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Bayreuth
Áreas de investigación: estudio de los nombres propios, onomástica literaria, teoría de los nombres.
EL NOMEM, EL ALÓNIMO Y LA NOMEMÁTICA. ADEMÁS, RESEÑA DEL LIBRO DE SILVIO BRENDLER NOMEMATIK
Nomema, alonomas y nomemática. Observaciones sobre el libro de Silvio Brendler Nomematik
I
Si algo caracteriza a la lingüística moderna desde aproximadamente comienzos del siglo XX, es el abandono de una consideración puramente histórica de la lengua, como la que todavía defendía Hermann Paul de manera apodíctica. Junto con este abandono de la perspectiva exclusivamente histórico-lingüística, se produjo la preeminencia de la sincronía como objeto preferente de estudio de las investigaciones lingüísticas y, con ello, una «reducción del número de unidades elementales de descripción», en particular «mediante el establecimiento del concepto de fonema en la fonología [y] del concepto de morfema en la morfología». (Thümmel 2005: 651). Por mucho que la lingüística actual se haya alejado entretanto del estructuralismo clásico, estos términos —a los que se puede añadir el lexema— y los supuestos teóricos asociados a ellos, por ejemplo, los rasgos distintivos y las oposiciones, así como procedimientos analíticos como la segmentación, se han convertido en un repertorio indispensable de la ciencia lingüística. Llama la atención que la onomástica todavía parezca permitirse prescindir en gran medida de este instrumental conceptual. Esta carencia o atraso metodológico quizá se deba a que la toponomástica, aún orientada en gran medida hacia la historia de la lengua y la etimología,
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ger von Bedeutung sein (vgl. aber Kohlheim, Hengst 2004), er macht sich aber vor allem in der Anthroponomastik negativ bemerkbar. Insbesondere bei Untersuchungen, die auch statistische Fragestellungen implizieren, bei denen also immer die Frage eine Rolle spielt, welche Namenformen als zusammengehörig, als „identisch“ anzusehen sind, resultiert das Fehlen eines methodologisch konsequenten und auf der Höhe der allgemeinen Linguistik stehenden Begriffs- und Methoden-inventars oft genug in zumindest terminologischer Unklarheit, wenn nicht sogar in angreifbaren Resultaten.
Desde 1977 existe, sin embargo, un inventario conceptual de orientación estructuralista que puede remediar esta situación. Inspirándose en una propuesta de Rudolf Freudenberg (Freudenberg 1967/68), en el trabajo de Volker Kohlheim sobre los nombres de pila de Ratisbona de los siglos XIII y XIV se añadió a la pareja Phonem y Allophon la pareja onomástica Nomem y Allonom (Kohlheim 1977: 71). Así se llenó un vacío terminológico. El propósito inicial de esta nueva acuñación terminológica era poder manejar la diversidad de formas onímicas que surgía al estudiar los nombres de pila de Ratisbona de la Baja Edad Media. Había que determinar si formas documentadas como Gumbertus, Cumbertus, Gumprecht, Gumpprecht, Gumplinus debían considerarse como uno o varios nombres en el análisis estadístico de los nombres (Kohlheim 1977: 36). Y —esta era la idea decisiva— no había que proceder según criterios etimológicos, que sin duda ya no tenían importancia para los hablantes/escribas de los siglos XIII y XIV, sino que las identidades de los nombres debían corresponder a la conciencia de quienes los usaban y representar su competencia onímica. En principio, el análisis lingüístico del sistema de nombres de Ratisbona a finales de la Edad Media debía proceder, pues, del mismo modo que el estudio del sistema onímico de una lengua desconocida. Kenneth Lee Pike ya había proporcionado el marco teórico de este enfoque «etnológico». Según Pike (1967), llamamos «ético» a un método de investigación que aplica criterios impuestos desde fuera al sistema estudiado. Este método está justificado como punto de partida, pero solo puede ser provisional, pues no necesariamente se corresponde con las circunstancias reales. Dos formas de nombre que, por su mismo origen etimológico, calificamos de «idénticas» pueden ser consideradas nombres distintos por la conciencia de los hablantes de una época pasada —o incluso presente—. Se trata, por tanto, de reconstruir la competencia onímica de los hablantes de un período pasado. Si se consigue, obtenemos, en términos de Pike, unidades «émicas». Un ejemplo actual: los nombres Adelheit, Aleida y
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Elke proceden todos de adal-heit, pero hoy se consideran perfectamente tres nombres diferentes. A la inversa, en la Ratisbona medieval se consideraban intercambiables las formas Matheus y Mathyas, que etimológicamente proceden de dos etimologías hebreas diferentes, como muestra la serie de testimonios hern Mathyas dez Wakchers hausfrawe (a. 1341), Matheis der Wacher (a. 1342), Matheus der Wachker (a. 1342), bei Metlein dem Wocher (a. 1345) (Kohlheim 1977: 511), pues en todos los casos se trata de una misma persona. Por tanto, debemos suponer que para los hablantes de Ratisbona de aquella época existía una unidad mental que les permitía reconocer como idénticas las formas de nombre que acabamos de citar. Llamamos Nomem a esta unidad mental abstracta, y Allonom a sus realizaciones en el habla o por escrito (Kohlheim 1977: 71). Lo decisivo es que el Nomem debe entenderse como una unidad mental abstracta. Por ello, su notación es puramente convencional. Esto no siempre se ha comprendido en la bibliografía posterior sobre el Nomem. Así, en Kohlheim (1977), los Nome(me) se representaron mediante etimones del alto alemán antiguo (es decir, «kuon-rāt» como Nomem de los alónimos Chunrat, Konrad, Chuntz, Kunz, etc.). En un artículo posterior se propuso representar el Nomem entre barras, por analogía con la notación habitual de los fonemas. Para los alónimos citados arriba Mathyas, Matheis, Matheus y Metlein, resulta apropiado representar como /MATHEIS/ el Nomem subyacente a todos ellos (Kohlheim 2001: 148). Sin embargo, incluso con esta notación existe el riesgo de considerar /MATHEIS/ como la forma «más relevante». Ya en 1966 Rudolf Freudenberg había propuesto abandonar, al anotar los fonemas, las letras que evocan «asociaciones engañosas» con valores fonéticos y optar en su lugar por símbolos nuevos (Freudenberg 1966: 9). Así pues, cabría imaginar introducir para representar el Nomem /MATHEIS/ simplemente la notación /M/ o incluso un número.
Cuando se definieron por primera vez los conceptos de Nomem y Allonom, predominaban en lingüística los métodos conductistas. Por ello, el análisis del material onomástico de Ratisbona se realizó según los métodos del distribucionalismo estadounidense, desarrollados por Zellig S. Harris (Harris 1969; cf. Kohlheim 1977: 67–80). Las concepciones «mentalistas y psicológicas» se consideraban obsoletas. Desde la perspectiva actual, en cambio, puede afirmarse que la introducción del concepto de Nomem supuso, en cierto sentido, anticipar posiciones cognitivistas. Si Freudenberg formuló en 1966: «Los fonemas son conceptos obtenidos mediante síntesis mental» (Freudenberg 1966: 13), lo mismo se aplicaba al concepto de Nomems, definido poco tiempo después. Desde la perspectiva actual
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Desde una perspectiva cognitivista, cabe constatar: Nomeme corresponden a los conceptos que existen en el cerebro de los hablantes con respecto a expresiones onomásticas concretas.1
Quizá se haya observado que en la serie de alónimos mencionada arriba Gumbertus, Cumbertus, Gumprecht, Gumpprecht y Gumplinus están representados dos tipos distintos, que tradicionalmente denominamos «formas completas» y «formas abreviadas». Ya en su trabajo de 1977, Volker Kohlheim había propuesto hablar aquí de tipos de realización: «Aunque el tipo de realización sigue perteneciendo al nivel virtual [es decir, al nivel émicamente definido], la elección del tipo de realización correspondiente solo la lleva a cabo el hablante o escribiente en la situación concreta de habla o escritura, y dicha elección depende siempre de la situación o del contexto, así como de la intención del hablante/escribiente y de las expectativas que este atribuya a su interlocutor» (Kohlheim 1977: 79s.). Así pues, un hablante/escribiente que desee realizar el nomem /MARGARETE/ debe decidir si lo hace mediante el alónimo Margarete, propio de un nivel (dominio) formal de comunicación, o si emplea uno de los alónimos Grete, Gretchen, Gretel, Gretelchen, propios de un nivel (dominio) informal de comunicación y pertenecientes lingüísticamente al tipo de realización «hipocorístico». De este modo, también se incorporan aspectos pragmalingüísticos al modelo presentado, primariamente sistémico-lingüístico, pues el tipo de realización que emplee el hablante depende de la situación pragmática concreta.
El tema de la referencia, hoy tan central en la teoría onomástica, desempeñó a lo sumo un papel indirecto en el trabajo de 1977. Se trataba de analizar los nombres del corpus de los dos volúmenes del Libro de documentos de Ratisbona, cuyo alcance cronológico llega hasta 1378, y prepararlos para estudios estadísticos de nombres. Y ello exclusivamente en función del corpus, dentro del sistema. Por consiguiente, se consideraba que dos formas onomásticas distintas eran «idénticas» si aparecían en el mismo «entorno». La gran mayoría de los nombres de pila —y solo de estos se trataba— aparecía en un sintagma onomástico que, por regla general, constaba de tres elementos: nombre de pila + artículo determinado + sobrenombre. En el caso de las mujeres, al sobrenombre se añadía el sufijo de moción -in. Si dos formas onomásticas, por ejemplo Stepfan y Stepfel, aparecían entonces como intercambiables junto al sobrenombre der Enichl, quedaba demostrada la
1 Vgl. zu kognitiven Wortkonzepten Rickheit, Weiss, Eikmeyer (2010: 73–76). Silvio Brendler (2008: 75) allerdings gesteht erst der späteren Version des onomastischen Ansatzes, wie sie in Kohlheim, Hengst (2004) vorliegt, ein kognitivistisches Herangehen an die Problematik zu. Wortwörtlich hieß es aber bereits in der Fassung Kohlheim (1977: 71): Diejenige sprachliche Einheit, die es dem kompetenten Sprecher einer Sprachgemeinschaft erlaubt, verschiedene Namensformen als identisch zu erkennen, nennen wir ‚Nomem’ [...]“. „Erkennen“ aber ist eine kognitive Leistung.
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«identidad», es decir, los dos alónimos (realizados) Stepfan y Stepfel pertenecían a un mismo nomem (virtual) /STEPHAN/. Este método seguía estrictamente el distribucionalismo tal como lo había formulado Harris (1969). Aunque se daba por supuesto que las formas onomásticas registradas en los documentos del Libro de documentos se referían a personas concretas de la época y, por tanto, desempeñaban una función referencial, esto solo tenía un papel indirecto en la determinación de los nomemes. Otra consecuencia de esta perspectiva tan centrada en el corpus era que un aspecto hoy prioritario no desempeñaba papel alguno: dado que se analizaba un inventario de nombres, concretamente de nombres de pila, ni siquiera podía plantearse la idea de que «un» nombre solo pudiera referirse a una persona. Al discutir cómo tres alónimos, muy semejantes en su forma pero situados en «entornos» distintos —es decir, que aparecen en el sintagma onomástico junto con sobrenombres diferentes—, podían no obstante asignarse a un mismo nomem —no es posible examinar aquí con más detalle los pormenores del procedimiento—, se afirmaba: «Si quisiéramos atenernos únicamente al criterio del significado discursivo [es decir, del entorno en la realización], los tres alónimos [Ruger der Pochner, Ruger der Prunnhofer, Ruger vor der Chappel] no serían idénticos y, en consecuencia, habría que asignarlos a tres nomemes distintos. Pero tal conclusión es absurda: es sabido que toda comunidad lingüística utiliza muchos menos nombres que entidades nombra» (Kohlheim 1977: 72). No es que entonces no se reconociera la problemática de esta afirmación, pero se la refutó remitiendo a Eugenio Coseriu (1967: 268: «[...] los nombres propios pueden ser multívocos, pero son siempre monovalentes») y a Farhang Zabeeh (1968: 57: «We may use, for example, [...] ‚Joan’ to refer to many women»). En el fondo, se trata del problema, aún vigente, de la teoría y la filosofía de los nombres: la tensión entre «monovalencia y formación de clases» onímicas (Windberger-Heidenkummer 2011). Hoy ya no hablamos tan despreocupadamente de «un nombre». Disponemos de una terminología más diferenciada: así, Willy Van Langendonck (2007), en el caso citado, no hablaría de un «name», sino de un «proprial lemma», y Silvio Brendler, en el libro que se presentará enseguida, hablará de un «archinomem». Sin embargo, en aquel entonces también se concebían los nomemes que debían determinarse como lemas de un inventario histórico de nombres.
En una versión ampliada de la teoría se introdujo además el concepto de archinomem (Kohlheim 2001), que volverá a aparecer en la parte II de este artículo con un sentido distinto del que le da Kohlheim. La aplicación a los apellidos se examinó brevemente (Kohlheim 2005), mientras que Karlheinz Hengst abordó los conceptos de norma y alónimo en el ámbito de la toponomástica, siguiendo a
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Kohlheim (Kohlheim, Hengst 2004; Kohlheim, Hengst 2006). La terminología nomemática también fue utilizada ocasionalmente por otros autores, más recientemente por Renāte Siliņa-Piņķe (2009), y se incorporó al manual Die Personennamen im Deutschen de Wilfried Seibicke (2008:101).
II
En 2008, Brendler presentó en su libro Nomematik. Identitätstheoretische Grundlagen der Namenforschung (insbesondere der Namengeschichte, Namenlexikographie, Namengeographie, Namenstatistik und Namenstheorie) una teoría ampliamente ampliada y refinada para determinar identidades onímicas. La extensa obra (448 páginas, numerosas ilustraciones, 6 mapas) se consulta con facilidad gracias a un índice de nombres y otro temático (421–428; 429–448); una sección titulada «Concreciones» (321–391) documenta también visualmente los nombres mencionados. La abundante bibliografía (393–419) da cuenta de la meticulosidad del autor, a quien probablemente no se le habrá escapado ninguna obra relacionada, en sentido estricto o amplio, con el tema del libro.
Ya al comienzo de la «Introducción» (25–52) se afirma: «El término “identidad onomástica” designa la aparición de uno y el mismo nombre en distintos momentos de la comunicación, es decir, en el uso lingüístico» (31). Como sinónimos se emplean las expresiones «isonimia» o «identidad onímica». Para que dos (o más) nombres sean idénticos, «isónimos», deben tener el mismo origen etimológico y designar uno y el mismo objeto; es decir, han de ser «referencialmente idénticos», correferenciales. Aquí queda señalado ya el principal contraste con los trabajos de Kohlheim, en los que «identidad» significaba identidad formal. La identidad de uso, la correferencialidad, era allí solo el punto de partida para demostrar la existencia de nomemes que, una vez establecidos, podían referirse efectivamente a varias personas. Para Brendler, en ese caso ya no hay identidad onímica, sino únicamente homonimia (33).
Brendler distingue con agudeza entre identidad onímica (isonimia) e igualdad de nombres y demuestra que existen distintos tipos de igualdad onímica (33–38): (1) igualdades etimológicas de nombres; (2) igualdades formales (con distinto origen etimológico), por ejemplo, los topónimos alemanes Koblenz < lat. Confluentes y Koblenz < antiguo sorbio *Kobyl’no/* Kobyl’na «el asentamiento donde hay yeguas»; (3) igualdad semántica de nombres, por ejemplo, alemán Schwarza, inglés Blackwater; (4) igualdades de nombres referencialmente idénticos, que a su vez pueden subdividirse en aquellas de igual etimología, por ejemplo, alemán
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Alemania, danés Tyskland, con la misma semántica, p. ej., alemán Schwarzwasser, antiguo sorbio *Čornica, y aquellos en los que solo coincide el objeto al que se hace referencia mediante nombres formal, etimológica y semánticamente distintos, p. ej., alemán Deutschland, inglés Germany, finés Saksa. Por último, existe también (5) «ecuaciones de igualdad de nombres idénticos», en las que se cumplen simultáneamente todas las igualdades parciales recién enumeradas, como en los testimonios de la Austria del siglo XV Bertl Menhart = Partl Menhart. Según Brendler, solo estas últimas ecuaciones son «relevantes desde el punto de vista de la teoría de la identidad de nombres» (38). Al examinar los onimos, Brendler distingue entre el «nivel perceptivo» y tres «niveles cognitivos» (40 y ss.): en el nivel perceptivo se sitúan las concretizaciones (orales o escritas) del onimo (en Kohlheim eran los alónimos realizados). El nivel de la cognición se subdivide en el nivel de las realizaciones, en el que se reconocen distintas concretizaciones de nombres como variantes dentro de un sistema onímico; el de las sistematizaciones, en el que se forma un sistema en el cerebro de los hablantes; y el de las archisistematizaciones, que surge al «reflexionar y expresarse» sobre los nombres. Cuando oímos o leemos un nombre, identificamos primero el objeto nombrado por él «como un individuo determinado, pero no especificado con mayor precisión» (44). A diferencia de este acto de «identificación» inicial, la «identificación» tiene lugar al «establecer la identidad de un individuo fijada por un nombre» (44). En todo caso, Brendler rechaza un «examen de los nombres independiente de sus portadores», por «no hacer justicia a la esencia del nombre» (50).
El capítulo 1 del libro (53–80) contiene, en una «panorámica histórico-científica», un análisis de los autores que emplearon la terminología nomemática antes que Brendler. Como ya se ha expuesto, el enfoque de Kohlheim, centrado en la forma lingüística, se diferencia del de Brendler sobre todo en que, para Kohlheim, un Nomem puede referirse (en la realización) a un número infinito de portadores de nombres. Para Brendler, se trata aquí de «Nomeme homónimos» (63). Siguiendo aún a Kohlheim (y Kohlheim, Hengst 2004), propone una terminología lingüísticamente más homogénea al sustituir «Alónimo» por «Nom» en el nivel de la concretización, y «tipo de realización» por «Alónimo» (64). A continuación, aborda los trabajos publicados desde Kohlheim (1977) que emplean la terminología nomemática y concluye, a modo de resumen, que ninguno tiene en cuenta el criterio que para él es decisivo: la identidad funcional; «al parecer, sencillamente se confunde la identidad etimológica con la identidad nominal (se toma la isogenia por isonimia)» (80).
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El capítulo 2 (81–170) lleva el título «Nomemática»2. Lo decisivo para el enfoque nomemático, es decir, émicamente orientado, es considerar los nombres dentro del sistema, entendiendo el sistema de nombres, de manera similar a Kohlheim (1998), como un subsistema del sistema léxico y este, a su vez, del sistema lingüístico (82). Brendler denomina «gramática de los nombres» a la «descripción de las propiedades lingüísticas constitutivas de los nombres [...] como Nomeme», es decir, la descripción de su forma fonemática/grafemática (85). A continuación, se redefinen las unidades Nom, Alónimo y Nomem: «Un Nom es la concretización de un Nomem funcional y gramaticalmente idéntico, mientras que un Alónimo constituye la realización de un Nomem funcional y gramaticalmente idéntico» (89). Se hacen evidentes aquí dos diferencias respecto del modelo de Kohlheim. Mientras que para Kohlheim un Nomem, como mera unidad formal —como «proprial lemma» en el sentido de Van Langendonck (2007)—, podía referirse en el nivel de realización a varios portadores de nombres, esto no sucede en el modelo de Brendler. En segundo lugar, para Brendler «los nombres con formas distintas que, sin embargo, designan uno y el mismo objeto, [...] representan Nomeme diferentes y, por tanto, nombres diferentes» (103). Con ello, ciertamente, se pierde de vista la intención del enfoque de Kohlheim (1977). Precisamente se trataba de reunir las distintas variantes pertenecientes a un Nomem, sobre todo las formas abreviadas y afectivas de una forma plena, de acuerdo con la competencia onímica de quienes asignaban y llevaban nombres a finales de la Edad Media, a fin de hacerlas aprovechables estadísticamente. En cambio, Brendler considera las formas abreviadas y afectivas nombres «autónomos» y, por eso, habla de «nombres abreviados y nombres afectivos» (103). Sin embargo, si se hace esto y se aplica también en la práctica, no es posible estudiar adecuadamente, desde una perspectiva diacrónica y diastrática, por ejemplo, la difusión de los nombres de santos en la Edad Media. En tal caso, siempre se daría preferencia estadística al nombre (Nomem) que presente pocas o ninguna aloforma. Dado que en la Edad Media la nomematización de aloformas (a diferencia de lo que ocurre hoy) era muy poco frecuente, este procedimiento distorsionaría considerablemente el panorama.
Al «reflexionar de manera profana o lingüística sobre las relaciones entre los nombres y/o las formas de los nombres» (112), nos situamos en el nivel cognitivo de las «archisistematizaciones». Así llegamos a los «archinomeme» cuando reflexionamos o hablamos sobre formas de nombres realmente relacionadas, o que solo lo parecen, y ello antes de fijar cualquier referencia. Por consiguiente, expresiones como «Conozco a dos personas que se llaman
2 Este término fue introducido por Brendler ya en 2003 (81).
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Ronny» todavía no constituyen nombres plenos (116). Los archinomeme pueden diferir ligeramente en su pronunciación o grafía (el ejemplo de Brendler es Gerit/Gerrit, p. 116). Cuando se formulan afirmaciones sobre la diacronía de las formas de los nombres, sean o no lingüísticamente correctas, Brendler habla de «archialónimo» (118).
A continuación se examinan los procesos mentales que intervienen en la abstracción —es decir, el tránsito desde la concretización hasta la archisistematización— y en su operación inversa, la especificación de unidades nomemáticas (126–128). También se tratan las relaciones entre entidades nomemáticas, en particular la isonimia y la anisonimia (130–140). Probablemente llamarán la atención las páginas siguientes, en las que Brendler presenta su concepto de «la Nomemática como estudio dinámico de la lengua» (140–144). Intenta superar mediante un procedimiento «pancrónico» el enfoque de Kohlheim, supuestamente «concentrado por completo en la sincronía» (140), pero no tiene en cuenta que también en Kohlheim (1977) la diacronía desempeñaba un papel decisivo como sucesión de estratos sincrónicos.3 Según Brendler, la «dinámica del análisis sistémico nomemático» se debe a las «fuerzas motrices principales de la dinámica lingüística: concretización, realización y sistematización» (141). Brendler no explica en detalle cómo puede derivarse de ello —una clasificación de procesos mentales inicialmente sincrónica— el cambio diacrónico. Con razón subraya la «problematicidad de establecer la identidad de las unidades lingüísticas en la diacronía» (142). Kohlheim (1977) también se enfrentó a esta problemática e intentó resolverla para el continuo temporal comprendido entre los años 893 y 1378 mediante una sucesión de estratos sincrónicos; así podían observarse fenómenos de cambio onímico como la división de un Nomem en dos distintos o la contaminación, es decir, la fusión de dos Nomeme en uno (Kohlheim 1977: 100–106). Y cuando Brendler pretende representar gráficamente en la p. 144 la evolución del topónimo actual «Chemnitz» desde «KAMENIZ» (hacia 1100), pasando por «KEMENIZ» (hacia 1200), hasta «KEM(E)NIZ» (hacia 1300), recurre de facto también a «estratos sincrónicos», tal como Kohlheim (1977) se vio obligado a hacer con los nombres de pila de Ratisbona. En cualquier caso, esto aún no constituye un «continuo complejo», como se afirma en la p. 143. Por eso, Brendler escribe con razón que «la onomástica todavía tendrá que desarrollar métodos adecuados para el estudio diacrónico de sistemas de nombres dinámicos» (143). Con su instrumental conceptual, ya ha desarrollado una herramienta útil para ello, pues el cambio onímico se manifestará inicialmente en concretizaciones que aparecen de manera aislada…
3 Siehe Kohlheim (1977: 100–106): „Diachronischer Wandel des Namensystems“.
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se manifiestan, hasta que llega a la sistematización a través de las realizaciones de alónimos. En este sentido, hay que tener en cuenta la «asincronía en la sincronía», que se observa, por ejemplo, en la Ratisbona del siglo XIV en que los nomemas /MATTHIAS/ y /MATTHÄUS/, en la medida en que se referían a personas contemporáneas, estaban contaminados en un nomema /MATHEIS/ (con distintos alónimos), mientras que en las dataciones de documentos coetáneos los nombres del apóstol Matías y del apóstol y evangelista Mateo se mantenían estrictamente separados (Kohlheim 1977: 279–281). Precisamente en fenómenos de este tipo se hace visible el cambio onímico, aquí la fusión de dos nomemas en uno nuevo. También desempeña un papel aquí la categoría socioonomástica de los distintos dominios (ámbitos sociales de uso lingüístico),4 sobre la que Brendler no se detiene.
En el apartado siguiente, «Nombre y variantes de nombres desde una perspectiva nomemática» (144–147), Brendler vuelve a distanciarse del enfoque de Kohlheim al sostener que los alónimos /Friederich/, /Friedrich/, /Friedreich/, /Fridel/, /Fritz/ que aparecen en Kohlheim (1977) no deben considerarse como tales, sino que /Fridel/ y /Fritz/ son nomemas independientes, pues no entrarían en el «ámbito de tolerancia» de la identidad gramatical (146). Con «ámbito de tolerancia» se introduce, desde luego, un concepto muy problemático, como también constata Van Langendonck (2010: 206). ¿Quién determina hasta dónde puede llegar la tolerancia en cada caso? Para los habitantes de Ratisbona del siglo XIV, Friedrich y Fridel eran intercambiables, es decir, funcionalmente equivalentes, y por tanto se ajustaban a la definición de Kohlheim de alónimos de un nomema /fridu-rīh/.5 Tampoco tiene fundamento la objeción de que la notación de este nomema (y de otros) en forma altoalemana antigua no representa la conciencia lingüística de los usuarios de nombres de la Baja Edad Media y, por ello, debe rechazarse; pues, como se explicó al comienzo de este artículo, dicha notación es una mera convención que en ningún caso pretendía reflejar la competencia onímica de los habitantes medievales de Ratisbona.6 En «Consecuencias de la nomemática para la investigación de los nombres» (147–164), Brendler reclama, entre otras cosas, un enfoque fundamentalmente distinto para la formulación de
4 Siehe hierzu Kohlheim (2001: 151f.).
5 Precisamente en la ecuación de nombres citada por Brendler, Bertl Menhart = Partl Menhart, que para él sirve de ejemplo de una «ecuación de nombres con identidad onomástica» (véase más arriba), queda patente el problema del concepto «límite de tolerancia». La ecuación procedía de un registro de bienes austriaco de 1457 (véase R. Kohlheim 2006: 53). En otro contexto y en otra época, difícilmente se consideraría que Bertl y Partl fueran concreciones de un nomema; más bien se los relacionaría con Berthold y Bartholomäus. Lo que se considera tolerable como «idéntico» depende siempre de la época y del grupo.
6 Brendler también lo había reconocido en otro lugar (p. ej., p. 57). Véase al respecto Kohlheim (2001: 148).
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estadísticas de nombres y diccionarios (lexicones) de nombres. Considera precisamente estos últimos «todavía casi por completo carentes de nociones teóricas sobre la identidad» (151). Sin embargo, cualquier autor de diccionarios de nombres de persona debe de tener claro que sus entradas no son nombres en toda regla, cada uno referido a una sola persona, sino, como en cualquier diccionario, lemas (en la terminología de Brendler, arquinomemas).7 Por ello, el uso lingüístico habitual («El nombre de pila Sophia se viene poniendo desde hace siglos en el ámbito germanófono») probablemente seguirá siendo aceptable frente a la formulación exigida rigurosamente por Brendler («Los nombres de pila Sophia se vienen poniendo desde hace siglos en el ámbito germanófono») (150).
Se recurre a los más recientes hallazgos neurológicos y cognitivistas para respaldar también la teoría nomemática desde esta perspectiva (164–169). Este enfoque merece el mayor reconocimiento, pues la onomástica aún tiene que realizar una labor pionera en este sentido.8 Sin embargo, al reseñador le parece que la distinción entre memoria semántica y episódica (también llamada biográfica), descubierta ya en 1972 por Endel Tulving y desarrollada desde entonces, hoy probablemente aceptada de manera general, constituye una confirmación cognitivista de la nomemática aún mejor que la bibliografía citada por Brendler.9 La memoria semántica almacena conocimientos generales que trascienden a la persona, entre ellos el léxico mental, mientras que la memoria episódica almacena vivencias y acontecimientos autobiográficos (Rickheit, Weiss, Eikmeyer 2010: 36). Cabe suponer, pues, que los arquinomemas se almacenan en la memoria semántica, mientras que la memoria episódica (biográfica) contiene la información adquirida a lo largo de la biografía individual de cada usuario de nombres acerca de los portadores concretos de nombres, y posibilita así la referencia correspondiente.10
Los capítulos 3–7 siguientes tienen por objeto aplicar la nomemática, a modo de ilustración, a algunos tipos de nombres. Se examinan nombres de asentamientos (171–198), nombres de parcelas rurales (199–226), nombres de cursos de agua (227–254), nombres de plantas (255–281) y nombres de personas (283–311). Todos estos capítulos siguen el mismo esquema, que se inicia con
7 Vgl. auch Van Langendonck (2010: 196): „However, when, for instance, Goossens [...] speaks about the distribution of the name Müller in Germany [...], I am sure he knows what he is talking about: the name form (or in my view, better: ‘proprial lemma’ [...]) Müller [...]”
8 Siehe jedoch Van Langendonck (2007: 106–116).
9 Siehe z. B. Tulving (2002), Rickheit, Weiss, Eikmeyer (2010: 36–37).
10 Brendler no alude explícitamente a Tulving, aunque menciona brevemente, basándose en otra fuente, la oposición entre «almacenamiento de ejemplares» y «almacenamiento episódico» (p. 169), dos términos que probablemente estén inspirados en Tulving.
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estructurado. Sirva como ejemplo el capítulo 3: 1) «La identidad de los nombres de asentamientos como problema» (171–172), 2) «La Nomematik como solución del problema» (172), 3) «Los nombres de asentamientos como unidades nomemáticas» (173–185), 4) «La(s) identidad(es) de los nombres de asentamientos como relación(es) entre unidades nomemáticas» (185–198). Brendler atribuye a todos los campos de la investigación de los nombres que aborda deficiencias identitarias de diversa magnitud desde el punto de vista teórico. Considera que están más acentuadas en la investigación de los nombres de persona. En estos capítulos, su propósito es evitar que se confunda la identidad de los nombres con la igualdad de los nombres, «o también con la identidad etimológica o funcional» (171) de los nombres. En todos estos capítulos, la aplicación de la Nomematik se ilustra mediante formalizaciones detalladas (p. ej., 175–185), y todos concluyen con la constatación de que la historia de los nombres es historia de la identidad (p. ej., 198). Antes de la extensa sección de documentación e índices, ya mencionada al principio, aparecen una «síntesis» (313–318) y una breve «perspectiva» (319), donde se afirma, entre otras cosas: «Por último, queda [...] como tarea prioritaria para el futuro la exposición de los sistemas de nombres mediante la Nomematik (= la Nomematik como teoría de sistemas)» (319). El reseñista, que cree haber realizado ya una labor preparatoria considerable al respecto (véase Kohlheim 1997; 1998), suscribe plenamente esta afirmación.
Para concluir, cabe señalar que, al continuar y perfeccionar el método nomemático de Kohlheim, Brendler ha presentado sin duda un aparato terminológico elaborado para establecer identidades onímicas y, sobre todo, ha contribuido a que se tome conciencia de la problemática del concepto de «identidad» en el ámbito de la investigación de los nombres. Quedan por resolver algunos puntos débiles, como la definición aún insuficiente del concepto de «ámbito de tolerancia»; además, al reseñista le parece que la pretendida consideración «pancrónica» del cambio onímico diacrónico se afirma más de lo que realmente se lleva a cabo. El futuro dirá qué variante del enfoque nomemático —la propuesta por Kohlheim desde 1977 o la de Brendler— será relevante para la investigación práctica de los nombres.
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