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http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 Estudio de una localidad en dos cuadernos escolares de 1946-1947 Study of a village based on two notebooks school 1946-1947 Jesús Asensi Díaz Profesor Honorífico. Universidad Autónoma de Madrid Resumen Se estudian aspectos de la comunidad de Hontanaya (Cuenca) que aparecen en dos cuadernos escolares, de 1946-47, de cuando el autor de este artículo tenía 7-8 años. Aparecen dibujados el p lano de la clase y el mapa del término municipal, señalándose todos los lugares y accidentes del mismo. Un ejercicio de vocabulario riquísimo con términos agrícolas y de la vida rural, algunos ya desconocidos, con pequeños dibujos. Una redacción sobre el pueblo, de gran sencillez y espontaneidad. Y una página de dibujo al natural: la farola de la plaza, la ermita del Santo Cristo, una oveja, un queso y una espiga. Se tratan las características de los cuadernos escolares de la época en los medios rurales y escuelas unitarias. El estudio de la comunidad se completa con dibujos y fotos del Maestro Enrique Asensi. Palabras clave Escuela unitaria, pupitre bipersonal, industrias caseras, redacción, caligrafía, vocabulario, término municipal, medio ambiente. Abstract Different aspects of the community of Hontanaya (Cuenca) are studied based on two school notebooks, 1946-47, when the author of the present article was 7-8 years old. The class structure and the municipal area are described locating all the places there. Rich vocabulary and small drawings are used with a lot of agricultural words related to rural life, some of them already forgotten. We can have access to paperwork on the village and to some natural pictures as: the central square streetlamp, the Santo Cristo sanctuary, some sheep, some cheese, some wheat. We can see the characteristics of the school notebooks at that time in a country school with a rural background. The study of the community is completed with drawings and photos by the teacher Enrique Asensi. Key words Country school, two-place school desks, homemade industry, redaction, calligraphy, vocabulary, municipal area, environment. ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 100
http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 El Maestro y los cuadernos escolares Al término de la contienda civil, en el comienzo de la dura posguerra española llegó, en 1940, al pueblecito conquense de Hontanaya, que tenía entonces 1400 habitantes, el maestro, Enrique Asensi Bartolomé, represaliado y despojado de su plaza en propiedad en Canillas de Albaida (Málaga), como fueron tantos buenos maestros. Desarraigado de su tierra natal y con tres hijos pequeños tuvo que adaptarse, en todos los sentidos, a su nueva situación. Como era un gran profesional y hombre afable, dotado de grandes cualidades, se entregó de lleno a la educación e instrucción de los casi cincuenta alumnos con que contaba la matrícula de la escuela unitaria de niños del pueblo. Sin apenas materiales, sin libros, enseñó a sus alumnos muchas cosas útiles. Como buen pedagogo, formado con las reformas educativas de la República, se ocupó de que los niños conocieran bien primero su entorno natural y social, para después ir ampliando concéntricamente sus conocimientos como demandaba una didáctica avanzada, que él apenas vislumbró, y que no era la que implantó el nuevo régimen. Los cuadernos escolares fueron el instrumento de que se sirvió el Maestro Enrique Asensi, para que cada alumno construyese su propio universo cultural. Resúmenes, ejercicios, actividades variadas, gráficos, dibujos, etc. eran recogidos por los alumnos, según el grado a que estaban adscritos por su edad y nivel de conocimientos. Se servía de la pizarra, en gran medida, para plasmar en ella parte de lo que los alumnos copiarían, después, en las hojas rayadas de sus cuadernos. Estos se convertirían en auténticos libros personalizados con el esfuerzo del aprendizaje diario. El estímulo del trabajo bien hecho, que los alumnos comparaban entre sí, era otro aliciente en una escuela alegre donde se trabajaba sin presiones y con gran motivación. Hemos tenido la suerte de conservar nuestros cuadernos escolares, desde 1944 a 1947, y de dos de ellos nos servimos para ilustrar el estudio de la localidad que realizó el Maestro Enrique Asensi en su escuela de la que fuimos alumno. (Fig. 1) Fig. 1. Jesús Asensi Díaz, alumno de la Escuela Unitaria de Niños de Hontanaya (Cuenca), en 1946. ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 101
http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 Fig. 2. Plano de la clase de la escuela unitaria de niños de Hontanaya (Cuenca), tomada del cuaderno escolar del alumno Jesús Asensi Díaz (1947). El plano del aula y el edificio escolar El plano del aula fue el trabajo primero para que los alumnos partieran de lo más inmediato. Dibujarlo, de forma esquemática y sencilla, fue una actividad muy motivadora, que todos HQWHQGtDQ -102ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 102
http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 perfectamente, porque era el lugar en el que pasaban cinco horas diarias. Lo dibujaron el grado medio y el superior -los medianos y los mayoressegún sus capacidades y destrezas, teniendo en cuenta las dimensiones, el mobiliario, los objetos, la situación y la orientación, todo ello de acuerdo con una escala que los alumnos supieron entender. El plano que ofrecemos (Fig. 2) es el de un alumno de ocho años que ha dispuesto, bastante bien, todos los elementos del aula, los pupitres, la mesa del maestro y, a cada lado, una pizarra y un armario. Las ventanas no están muy bien delimitadas, ni tampoco la puerta de entrada desde la calle. Sí aparece señalada la columna central que tenía el aula. En fin, realizar este plano suponía para el maestro desplegar todas sus habilidades en una escuela unitaria de casi cincuenta alumnos. Era, como digo, el primer ejercicio que aparece en nuestro cuaderno antes de pasar a estudiar y reseñar otros aspectos de la localidad. perfectamente, porque era el lugar en el que pasaban cinco horas diarias. Lo dibujaron el grado medio y el superior -los medianos y los mayoressegún sus capacidades y destrezas, teniendo en cuenta las dimensiones, el mobiliario, los objetos, la situación y la orientación, todo ello de acuerdo con una escala que los alumnos supieron entender. El plano que ofrecemos (Fig. 2) es el de un alumno de ocho años que ha dispuesto, bastante bien, todos los elementos del aula, los pupitres, la mesa del maestro y, a cada lado, una pizarra y un armario. Las ventanas no están muy bien delimitadas, ni tampoco la puerta de entrada desde la calle. Sí aparece señalada la columna central que tenía el aula. En fin, realizar este plano suponía para el maestro desplegar todas sus habilidades en una escuela unitaria de casi cincuenta alumnos. Era, como digo, el primer ejercicio que aparece en nuestro cuaderno antes de pasar a estudiar y reseñar otros aspectos de la localidad. El edificio escolar, es decir, la escuela del pueblo, estaba enclavado en la plaza, frente al ayuntamiento. Era un inmueble viejo y deteriorado de dos plantas que en la primera albergaba la unitaria de niños y en la segunda, la unitaria de niñas. No había más dependencias que las dos aulas con las ventanas desvencijadas, el suelo de tablas de madera, pupitres bipersonales, algunos bancos corridos y muy escaso material. Con todo, era uno de los edificios importantes del pueblo en el que, en ocasiones, ondeaba en su fachada la bandera nacional. Con este emblema patrio lo dibujamos y coloreamos todos los chicos (Fig. 3) El edificio escolar, es decir, la escuela del pueblo, estaba enclavado en la plaza, frente al ayuntamiento. Era un inmueble viejo y deteriorado de dos plantas que en la primera albergaba la unitaria de niños y en la segunda, la unitaria de niñas. No había más dependencias que las dos aulas con las ventanas desvencijadas, el suelo de tablas de madera, pupitres bipersonales, algunos bancos corridos y muy escaso material. Con todo, era uno de los edificios importantes del pueblo en el que, en ocasiones, ondeaba en su fachada la bandera nacional. Con este emblema patrio lo dibujamos y coloreamos todos los chicos (Fig. 3) Fig. 3. Dibujo escolar del edificio de las escuelas unitarias de Hontanaya (Cuenca), en 1946. Dibujo al natural: cosas de mi puebloDibujo al natural: cosas de mi pueblo (OGLEXMRDOQDWXUDOGHPRQXPHQWRVREMHWRV\OXJDUHVILMDEDILMDEDODDWHQFLyQGHORVDOXPQRV GHVDUUROODEDGHVWUH]DVPRWULFHV\VREUHWRGRODFUHDWLYLGDGHQLFLDWLYDSHUVRQDO1RVHVHJXtDHQ HVWHFDVRODFRSLDFLHJDGHPRGHORVTXHHVORSUHGRPLQDEDHQWRQFHV$OQRH[LVWLUGLEXMRV ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 103
http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 grabados o fotos de lo que se iba a dibujar, el Maestro animaba a sus alumnos a crear su propia imagen, bien de forma presencial, como la farola y la ermita, o recreada en su mente, como la del queso, la espiga de trigo y la oveja, que tan bien conocían todos los chicos. Una de las páginas de nuestro cuaderno, titulada Cosas de mi pueblo (Fig. 4), contiene todos esos dibujos que vamos a analizar. Fig. 4. “Cosas de mi pueblo”, página de un cuaderno escolar, de 1947, con dibujos del alumno Jesús Asensi Díaz. La ermita del Cristo del Socorro es un monumento importante por acoger al Santo Patrono del p ueblo. Los alumnos fuimos a su lugar -cerca de la escuelaacompañados por el Maestro y dibuj amos la fachada, cada uno en su cuaderno. Ahora me fijo en la obsesión que teníamos por colocar la bandera nacional en lo alto de todos los monumentos, hasta dos veces, como es mi caso. N o recuerdo que efectivamente estuvieran allí; posiblemente fuera una licencia del niño pintor que en su escolaridad primaria dibujó muchas banderas. Lo que sí recuerdo era la atracción que sentía por las campanas y la emoción que me embargó cuando subí por primera vez al campanario. Otro recuerdo es el mural, pintado al temple –ya desaparecido-, que realizó el Maestro EnriISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 104
http:/revista.muesca./es |Cabás nº9 que Asensi en el frontal de la ermita y al que yo ayudaba, subido en unos grandes cajones de madera, facilitándole las pinturas y pinceles. El dibujo de varios tallos de la planta del trigo, formando espigas doradas, era una imagen conocida; la del trigo rubio y ondulante que cubría gran parte de los campos que rodean Hontanaya. Yo conocía -como todos los alumnossu proceso de siembra, crecimiento, siega y trilla, pues era la base de la elaboración del pan, alimento básico en aquellos tiempos. Están, también, los dibujos sencillos de una oveja, animal preciado que proporcionaba lana y leche a aquella economía cerrada, que muchos alumnos mayores ayudaban a pastorear; y la del queso, más preciado aún, manchego, de elaboración casera, que tantas veces vi cómo se hacía y maduraba, constituyendo un alimento exquisito y muy valorado. Pero, sobre todos, en la composición destaca la farola central de la plaza del pueblo, que en mi interpretación de niño sobrevuela, por su tamaño, muy por encima de la ermita. Era la farola de mis juegos infantiles, pues nuestra casa estaba, también, en la misma plaza ¡Cuántas veces habré subido y bajado sus tres peldaños, agarrándome fuerte a su base! La imagen de los mozos burlando a los toros en las becerradas de las Fiestas, sirviéndose de la farola, también la tengo presente. Y una fotografía, junto a ella, con mis hermanos el día de mi Primera Comunión en la iglesia cercana de San Pedro Apóstol. La plaza del pueblo La plaza del pueblo era el núcleo, el centro de toda la actividad comunitaria. Era cuadrada, amplia y soleada. Terriza, cuando llovía mucho se descarnaba y aparecían las piedras que formaban parte del firme y que había que consolidar y reparar de vez en cuando. En ella confluían cuatro calles principales y era el lugar de reunión de sus habitantes, del mercado ambulante, del recreo de la escuela, de las fiestas patronales (los toros, los fuegos artificiales, el concierto de la banda de música, el baile), de los juegos infantiles y adultos, etc. Era atravesada, diariamente, por los pares de mulas uncidas que se dirigían o volvían de trabajar el campo, con los mozos a lomos de los animales; y los carros que transportaban paja, trigo y otros cereales, leguminosas, hortalizas, frutas o enseres diversos. Los habitantes del pueblo cruzaban la plaza para ir a la iglesia que quedaba detrás; en ella se celebraba la misa los domingos y las ceremonias religiosas que tenían lugar en los bautizos, las primeras comuniones, las bodas y los entierros. Tenía unan torre muy esbelta, y en una de sus dos paredes laterales los mozos jugaban al frontón. Un poco más abajo de la plaza estaba el edificio de la Sociedad, que tenía un bar y en la parte de arriba un gran salón donde se proyectaba alguna vez el cine o se representaba teatro. ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 105
http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 El edificio del ayuntamiento ocupaba el lugar principal, y en su balcón posaban las autoridades en las fiestas señaladas. Junto a él, formando ángulo con la plaza y limitando una de las calles, se encontraba la casa asignada al Maestro, mi casa, la de mis padres y hermanos, la de mi niñez. Era una casa enorme, con habitaciones frías, pero espaciosas, con una gran chimenea en la sala p rincipal, patio, pajar, corrales, cobertizos y estancias que eran la delicia de mis juegos y descubrimientos infantiles. El otro extremo de la plaza lo cubría una gran tapia con un enorme portalón que pertenecía a una familia rica y acomodada que poseía extensas posesiones, entre ellas un monte cercano. La plaza, en fin, configuraba, en gran medida, la vida del pueblo en sus múltiples manifestaciones. El Maestro Enrique Asensi la dibujó, en varias ocasiones, causando asombro a los alumnos contemplarla en el papel. Recordamos que algunos alumnos mayores realizaron un dibujo similar tomando como modelo el que hizo el Maestro, que es el que ofrecemos en la Fig. 5. Fig. 5. La Plaza de Hontanaya (Cuenca), en 1947, dibujada por el Maestro Enrique Asensi. La escuela y la comunidad rural El Maestro de Hontanaya era consciente de que vivía y enseñaba en un medio rural y que muy p ocos de sus alumnos, en aquella época, iban a salir de allí. Por eso, intentaba conectar la escuela con el medio, lo que se refleja en los cuadernos escolares. Yo experimenté, en mi niñez, aspectos de la naturaleza que después nunca tuve ocasión de vivenciar en ningún sitio y que todavía recuerdo. Aprendí a conocer y a tratar los animales en su vida natural. Recuerdo las tardes de verano en que enormes bandadas de vencejos sobrevolaban la plaza y la torre de la iglesia, con sus finos chillidos, dando círculos y giros incomprensibles que nos dejaban extasiados. IngenuamenISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 106
http:// revista.muesca.es | Cabás nº9 te, lanzábamos al aire trozos de papel, con un agujero en el centro, donde pensábamos que alguno metería la cabeza y caería apresado al suelo. El instinto cazador estaba muy desarrollado en los niños de entonces. Salíamos por los alrededores del pueblo con nuestros tiradores a cazar los pájaros que estaban en los aleros de los tejados o en los árboles. Apresar lagartijas, escarabajos, mariposas, escorpiones y ranas era otra gran diversión para la que había que desarrollar una fina observación y destrezas y técnicas diversas. Algunos de estos animales los llevábamos a la escuela, por disposición del Maestro, para allí ser objeto de una observación y descripción científicas. La caza formal fue, también, otra de mis grandes experiencias infantiles. Con mi padre, el Maestro, fui alguna vez al monte a cazar conejos con escopeta y, también, perdices. Y con mi amigo Manuel Jiménez, que con sólo unos años mayor que yo era un experto cazador, salía al campo acompañado de dos galgos de su propiedad. Mis recuerdos de las carreras de estos perros admirables detrás de las liebres no las olvido, así como todas las vicisitudes de un día de caza en los campos y sierras que rodean Hontanaya. Los conejos y las liebres formaban parte de la dieta habitual en aquellos tiempos, bien provenientes de la caza o de los corrales familiares que albergaban una pequeña granja casera. Fig. 6. Dibujo-collage del Maestro Enrique Asensi Bartolomé, representando una era de Hontanaya (Cuenca), en 1946. En primer término, su hijo y alumno Jesús Asensi Díaz Montar en burros, mulas y caballos era un divertimiento, pero también una ayuda de muchos alumnos mayores en las tareas agrícolas. Uno de mis grandes deseos era trillar, y más de una vez, en que iba a las eras, conseguía relevar al mozo que estaba faenando para montarme en el trillo y dar vueltas y más vueltas a la parva, encantando de realizar esta monótona tarea. El Maestro Enrique Asensi recortó un día una fotografía mía y con ella realizó un atractivo collage, dibujando un par de mulas tirando de un trillo, con un labriego subido en él, sobre un fondo que reflejaba las sierras y el monte bajo que pertenecían al pueblo (Fig. 6). Tenía mucha creatividad y a mí me causó sorpresa verme integrado en esa escena, rural y bucólica, que conservo con nostalgia. Y ya que estamos en la era diré que una gran obsesión mía fue quedarme una noche a ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 107
http:/revista.muesca./es |Cabás nº9 dormir en ella, como lo hacían muchos de mis amigos. Lo conseguí, una vez, en uno de aquellos chozos improvisados con unos palos y las gavillas de la mies, recién cortada, de techo. Fue una experiencia inolvidable dormir al aire libre, escuchando el canto de los grillos y las chicharras y contemplando el cielo tachonado de estrellas. Lo malo es que apenas pude dormir, llegando a casa con un picor insoportable a causa del polvo de la mies que se pegaba a la piel con fuerza. En el amplio corral de nuestra casa, llegamos a tener gallinas y conejos, asesorados por padres de alumnos que querían servir y agradecer al Maestro el desvelo por la educación de sus hijos. A estos animales había que cuidar y alimentar, como hacían tantos y tantos chicos del lugar, cosa que yo también practiqué. Y de vez en cuando, a pesar de mi corta edad, me enfrentaba al hecho terrible del sacrificio de estos animales que servían para el sustento de la familia. Yo era el mejor colaborador de mi madre en estos menesteres que, después, no he vuelto a realizar el resto de mi vida. Igualmente, llegamos a tener un cerdo, al que había que preparar diariamente su ración amasada de comida de salvado, mondas de patatas y otros desperdicios que el cochino engullía con ansia. La matanza era el gran momento esperado y duraba varios días, componiendo todo un ritual en el que colaboraban las familias del pueblo con la novata familia del Maestro. Yo también ayudaba - agarrando con fuerza una pata o una orejaen el momento cruel de sacrificio. Recuerdo los chillidos del animal, el gran barreño que recogía la sangre con la que se harían las ricas morcillas, el acto de chamuscar su piel y el momento de abrirlo en canal y de ir separando con detalle sus partes. Toda una lección de fisiología, de anatomía y de tecnología aplicada a las industrias caseras - como la denominaba el Maestrocuando se preparaban los jamones, se hacían los chorizos y morcillas y el lomo con manteca se guardaba en orzas. De las ovejas me impresionaba el momento del esquileo cuando un experto lugareño dejaba al animal desnudo, sin su capa protectora de lana. Y de las cabras, me quedaba perplejo contemplando su ordeño y cómo manejaba el pastor las enormes ubres, repletas de aquella blanca y espumosa leche que manaba a chorros, llenando cubas de este rico alimento que bebíamos con delectación. Lecciones específicas acerca de cada uno de estos elementos se daban en la escuela, explicando el Maestro muchas cosas que los chicos no sabían y que llegaban a oídos de las familias. En mi querida Hontanaya aprendí a observar y a querer la naturaleza en un medio rural que lo p ropiciaba y en una escuela que no estaba ajena a él. Y vivencié cómo la vida total del pueblo dependía del cambio y del desarrollo de las estaciones, de las labores agrícolas, del cuidado y p astoreo de los animales. Conocí cómo se realizaban las viejas y caseras tecnologías de la fabricación del queso, del vino, del aceite, del trigo y del pan, del envasado de frutos, de la salazón de los jamones, de la preparación de los embutidos y de tantas pequeñas actuaciones que resolvían la subsistencia humana en unos tiempos difíciles, a las que la familia del Maestro rural tuvo que sumarse. ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 108
http:/revista.muesca./es|Cabás nº9 WRPDGDGHVGHHOEDOFyQGHQXHVWUDFDVDpudiéndose ver bien los carros y galeras, que formaban los cercados y tendidos donde se acomo-daban los paisanos (Fig. 13). Fig. 12. Procesión. Fig. 13. Los toros de Hontanaya. El Maestro Enrique Asensi, además de los cuadernos escolares, nos dejó documentos gráficos con que completó su conocimiento de la localidad en la que desarrolló su profesión durante ocho años (1940-1948). Gracias a él, conocemos cómo eran las eras, las fiestas patronales, las primeras comuniones, las capeas de los toros, los edificios y calles, etc. Había aprendido a trabajar el medio ambiente más inmediato, como una forma de elevar a sus alumnos a conocimientos geográficos, históricos y sociales más amplios y profundos que muchos de ellos, me consta, le agradecieron toda su vida. Sabemos que entre sus lecturas estaba la magnífica obra Metodología de la Geografía de Chico y Rello, que editada en 1934 sirvió para formar a los alumnos de Magisterio del Plan Profesional. Un conocimiento del medio moderno, novedoso y experiencial, que venía a sustituir el conocimiento memorístico de accidentes geográficos y lugares lejanos que era lo que se empezaba a enseñar otra vez. Pero el Maestro Enrique Asensi, en su humilde y alejada escuela unitaria, afloraba la metodología nueva a riesgo de ser considerado otra vez maestro republicano. ISSN 1989-5909 | Cabás nº9 junio 2013 115