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Telde como espacio novelesco : apuntes sobre la configuración del espacio narrativo en Las espiritistas de Telde, de Luis León Barreto

Quevedo García, Francisco Juan

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LETRAS A TELDE 1351-2001 TELDE COMO ESPACIO NOVELESCO: APUNTES SOBRE LA CONFIGURACIÓN DEL ESPACIO NARRATIVO EN LAS ESPIRITISTAS DE TELDE, DE LUIS LEÓN BARRETO Francisco Juan Quevedo García CONFERENCIA LETRAS A TELDE 1351-2001 TELDE COMO ESPACIO NOVELESCO: APUNTES SOBRE LA CONFIGURACIÓN DEL ESPACIO NARRATIVO EN LAS ESPIRITISTAS DE TELDE, DE LUIS LEÓN BARRETO Francisco Juan Quevedo García Ciudad de Telde, 18 de mayo de 2001 © M.I. Ayuntamiento de Telde © Preliminar: Lydia Alonso Quesada y Victoriano Santana Sanjurjo. © Del texto: Francisco Juan Quevedo García Edición, composición y diseño gráfico: M.I. Ayuntamiento de Telde. Coordina el Proyecto Letras a Telde, 1351-2001 : Concejalía de Cultura Asesores del Proyecto: Lydia Alonso Quesada y Victoriano Santana Sanjurjo. Depósito Legal: GC 342-2001 ISBN: 84-89104-33-6 Imprime: Imprenta Gráficas Las Huesas ÍNDICE Preliminar 7 Telde como espacio novelesco 11 Bibliografía citada 33 ○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○ ○○○○○○○○○○○○○○○○○○○ ○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○○ Francisco Juan Quevedo García 6 Telde como espacio novelesco 7 PRELIMINAR Si hay un libro que ha logrado difundir el nombre de nuestra Ciudad por todos los rincones del mundo gracias al título que lo identifica y a los numerosos, precisos y preciosos fragmentos que, a modo de instantáneas, lo ilustran, ése es, sin duda alguna, Las espiritistas de Telde de Luis León Barreto (Valencia: Prometeo, 1981). Si hay un investigador que ha conseguido, con la constancia de su labor, adentrarse en las entrañas de esta obra y, con sus análisis, presentárnosla como una de las novelas más importantes de nuestro siglo, al menos en lo que toca a la literatura de nuestro Archipiélago, ése es, también sin duda alguna, Francisco Juan Quevedo García, nuestro conferenciante, profesor Titular de Literatura Española de la Facultad de Filología de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y renombrado especialista en Literatura Canaria (o en Canarias, como le gusta decir a León Barreto). La obra y su estudioso se funden en las próximas páginas de esta cuarta entrega de «Letras a Telde, 1351-2001» para testimoniar el esfuerzo de un escritor como Luis León, que no es teldense ni podría entrar a formar parte de una nómina de autores con peculiaridades estéticas afines a otros naturales de nuestra Ciudad, pero que, con su particular sensibilidad, ha sabido extraer de un motivo, a priori, aditicio, como puede ser la referencia a Telde como mero enclave en el que desarrollar una historia cualquiera, una suerte de matices fundamentales para el desarrollo de la trama narratológica de Las espiritistas de Telde. Un caso como el de la familia Van Francisco Juan Quevedo García 8 der Walle pudo suceder en cualquier lugar del mundo; pero el caso concreto, único, el infausto acontecimiento de la familia Van der Walle, sólo pudo ocurrir en Telde, y no en un Telde cualquiera, no, sino en uno muy determinado: el de los años que antecedieron a la Guerra Civil Española. Como se podrá constatar en la lectura de esta conferencia, el profesor Quevedo García logra demostrar la importancia del paisaje en la gestación de los acontecimientos narrados, ya que si Telde no hubiese sido como era y, entre otras cosas, adoleciese de ese marcado parecido con Jerusalén, Jacinto Van der Walle –al margen de males congénitos– no tendría contexto alguno en el que asentar y desarrollar sus desvarios proféticos ni su hermana Francisca, por extensión, acabaría reclamando la muerte de Ariadna para que el alma de éste pudiese subir a la derecha del Padre. Telde es el origen de una dinastía que inicia un judío holandés, Pieter Van der Walle, en el siglo XVI, quien, huido de la justicia por haber sustraído fondos municipales que custodiaba, logra embarcarse de polizón rumbo a Sevilla y de aquí, casado con María Vargas (o Josefina Aurelia), llega hasta las islas del sur, o sea, Canarias, donde, con cédula de honorabilidad y cristiandad vieja compradas a golpe de doblones, logra asentarse e iniciar su estirpe. Nuestra Ciudad, pues, no es más que el Edén de este holandés que, en un afán por no perder su identidad y, consecuentemente, a sí mismo, logrará retomar un apellido que escondió en los lugares donde ya estaba condenado a ser nadie: Vanderst, en L’Ecluse (Zeebrugge, Gante u Ostende) y Vandale, en Sevilla. Siglos más tarde, las páginas doradas que comenzase a escribir Pedro Vandale al frente de La Vega tendrían un amargo colofón en el crimen sobre Ariadna Van der Walle. Como si de un ente superior se tratase, Telde ha sido testigo y, a su manera, ha coadyuvado a que la gloria pecunaria que los inge- Telde como espacio novelesco 9 nios de azúcar concedían a la próspera hacienda del holandés se convirtiese, con el tiempo, en la extirpación traumática de un clan que no desapareció por mor de los distintos acontecimientos históricos que habría de sobrevenir a nuestro país en las décadas posteriores, ni por el cruce con otras familias que trajese consigo la desaparición paulatina del apellido, sino por la trabazón del fanatismo con la ignorancia, que, en un ambiente tan mágico, mítico y legendario como el de nuestras islas y, sobre todo, el de nuestra tierra, terminó por desembocar de forma irremediable en una tragedia como la descrita en las páginas de Las espiritistas de Telde. Para lograr una idea más completa sobre lo apuntado en este Preliminar, es preceptivo acudir a las próximas páginas en las que, de forma magistral, el profesor Quevedo García se adentra en todas las cuestiones abordadas. Pero eso no es todo. Sería pertinente aprovechar la ocasión para invitarles a que amplíen sus conocimientos sobre la obra que nos ocupa acudiendo a una lectura imprescindible dentro de la cada vez más extensa bibliografía sobre la obra de Luis León Barreto. Se trata en esta ocasión de un libro de nuestro conferenciante intitulado Las espiritistas de Telde y la historia de Canarias, publicado por el M.I. Ayuntamiento de Telde, en 1997. En él, con el rigor y la amenidad a la que nos tiene acostumbrados el profesor Quevedo García, logramos adentrarnos no sólo en el complejo mundo de la novela como objeto literario y documento histórico, sino que, además, logramos ubicar la creación de Barreto en el contexto ideológico que envolvió a los autores de lo que se conoció como narrativa canaria de los años setenta y que, entre otros, tuvo como uno de sus pilares fundamentales exponer, más allá de los tópicos convencionales, lo que para ellos era "la insularidad". De esta visión de lo isleño, de la búsqueda de sus esencias y de la conformación de sus presencias, nació una enriquecedora perspectiva literaria del entorno, constatable en las novelas Francisco Juan Quevedo García 16 en los diferentes momentos de su historia. Más aún, son parte fundamental de esa historia. La transmisión cultural e histórica que se refleja en la novela se lleva a cabo a través de un haz de acontecimientos que se interpretan gracias a la constante referencia al núcleo de la narración, el crimen de Ariadna Van der Walle acaecido en la Ciudad grancanaria de Telde en 1930. Este hecho hace que sea esta localidad la que se convierta en el principal foco de atención de la obra desde el punto de vista de los espacios, hacia donde hay que dirigir las miradas para aclarar las claves de ese trágico suceso, unas claves que se remontan en el tiempo. Telde es el escenario de la muerte de Ariadna Van der Walle, como lo es también del asentamiento de su primer ascendiente en Canarias: Bien que lo sabían los agentes de Flandes, pues ellos mismos favorecieron la marcha de intermediarios que recibían datas de hasta veinte fanegadas en vez de las doce que constituyeron La Vega de Pieter Van der Walle, sobre el barranco principal de Telde, uno de los ingenios más prósperos de toda la isla, pues –según las datas que aparecen en los libros de la familia– pudo amortizar la deuda suscrita con don Pedro Jáimez en sólo siete años, y aún así se asoció con él en nuevas exploraciones de Tenoya y Agaete, junto con otras dos en la Ciudad de Telde, en los lugares conocidos por Picachos y San José de Las Longueras, de tal modo que a su muerte –en 1593– el apogeo de la familia era considerable. Los controles de los lealdores certificaban, año tras año, la benignidad de los azúcares, las mieles y remieles, las confituras y conservas de los ingenios de Pieter y su socio Pedro Jáimez, y al poco vinieron mercaderes de Génova a competir con los de Amberes, y la isla fue una red de ingenios donde se amasaban las primeras fortunas.6 Pieter Van der Walle es un judío holandés que huye a Sevilla primero, y luego a las Islas Canarias, tras haber cometido un desfalco de los fondos de su municipio que él custodiaba. Luis León Barreto nos lo presenta a través de una fórmula que nos remite a la tradición literaria: «Cuentan que Pieter Van der Walle era un judío prestamista que tenía su casa 6 LET, págs. 31-32. Telde como espacio novelesco 17 entre el palacio de los señores de Gruuthuse, la escribanía y el convento de las beguinas, en un pasadizo sombreado desde el que podía contemplarse un fragmento del gran canal y del puerto»7. Como parte de un plan premeditado de antemano, el escritor nos introduce en los orígenes de la familia Van der Walle, los descendientes de ese judío holandés hábil en los negocios y de espíritu emprendedor serán los autores del crimen de las espiritistas. La novela se inserta en la tipología narrativa de la saga familiar, comienzo y final de una dinastía. Al observar esos inicios da cuenta del asentamiento que tras la conquista se produjo en las Islas Canarias. En este sentido, el narrador destaca el lugar de privilegio que estas islas tuvieron en cuanto al comercio del azúcar se refiere. Antonio M. González Padrón confirma este aspecto: «La zona intermedia, entre la costa y la montaña, conocida bajo el topónimo de La Vega Mayor fue dedicada al cultivo extensivo de caña de azúcar»8. En general, se hace eco González Padrón del importante papel desempeñado por la Ciudad de Telde en la historia de Canarias: «Telde, la fructuosa, aquella pequeña «Ciudad» sede del Primer Obispado del Archipiélago Canario era entonces la primera y única Ciudad «europea» más allá de las Columnas de Hércules»9. Luis León Barreto es periodista. Enrique López, el personaje de Las espiritistas de Telde, también lo es. En el periódico de ámbito nacional en el que trabaja recibe el encargo de realizar un reportaje sobre el caso del asesinato de Ariadna Van der Walle. En principio, es éste el motivo principal de su trabajo. Tras su llegada a la isla, sin perder el referente bási7LET, pág. 27. 8González Padrón, Antonio M.(1994): «Noticias históricas de la agricultura en Telde», en Guía Comercial de la Ciudad de Telde, n.º 7, Telde, noviembre, pág. 14. 9González Padrón, Antonio M. (1987): «Orígenes de la Ciudad de Telde», en Guía Comercial de la Ciudad de Telde, n.º 1, Telde, diciembre, pág. 5. Francisco Juan Quevedo García 18 co de ese suceso y de su reportaje periodístico, Enrique López percibe otras realidades que conforman la fisonomía histórica y social de Canarias. Para comprobar la fiabilidad de los datos de su investigación, visita en persona lo que fue la hacienda de los Van der Walle en La Vega de Telde; una hacienda que fue antaño rica y provechosa convertida ahora en una tierra yerma que apenas mantiene nada de su antiguo esplendor: –Mire: desde que pasó la desgracia esa tierra no sirve ni para chochos– y le cuenta que el barranco penetró una noche de crecida hasta que abatió la casa del mayordomo y la noria de don Cayo Aurelio, cuyos restos yacen diseminados por la explanada, los cangilones comidos por el ferruje al igual que los fragmentos de la cadena y el engranaje que movía el tambor, al lado de la araucaria y los laureles de Indias que están en el centro del claro del jardín, y al otro extremo el lugar de las caballerizas que debieron ser muy animadas en la época de la recolección y el trasiego, pero donde sólo vio fragmentos de la barandilla que separaba el nido de camelias rojas de la rosaleda. Encontró cinabrio y verdín en un fragmento de bronce que tal vez formó el basamento escultórico de algunas de las fuentes; quinientos metros hacia el naciente estaba la línea de chozas de los esclavos negros y moriscos, y los cobertizos de los camellos y las mulas. Creyó ver las hoces de la escarda y la siega, las sacas de acarreo para la molienda de la caña, las maderas crepitando para mantener encendidas las calderas y las mujeres que fabrican lejía, hilan o hacen albardas y amamantan a sus hijos que llevan media piel de don Nicolás, de don Jácome y de don Aristeo, pues sin duda fundaron dinastías de criollos como correspondía a su rango y condición en los buenos tiempos de La Vega, cuando la hacienda era un reducto de difícil acceso para los oficiales de justicia, pues entre sus muros reinaba el código del agasajo: telas y tapicerías de Ruán, Londres y Holanda, cofres labrados y carnes en salazón servían del mejor provecho para que los interdictos –por algún lance escandaloso de los jóvenes herederos, sus pendencias de taberna y sus ardides frente a maridos agraviados– se paralizasen. –Ni para chochos. Fíjese que ni siquiera anidan aquí los pájaros [...]10 Las expresiones utilizadas por el personaje que acompaña a Enrique López en su visita a la casa de los Van der Walle, 10 LET, págs. 79-80. Telde como espacio novelesco 19 amén de reflejar su condición popular, expresa a la perfección el cambio radical que se registra en su hacienda. La «desgracia» de la familia Van der Walle no solamente trae consigo el final de su estirpe, después de trece generaciones que arrancan con la decisión de Pieter Van der Walle de asentarse en la Ciudad de Telde y dedicarse al fructífero negocio de los ingenios de azúcar y a la exportación de sus cosechas, también conlleva el final de la fertilidad de la tierra en la que se levantó y luego se cimentó la dinastía, del mismo lugar en el que se culminó un ciclo que duró cinco siglos. El agricultor le cuenta al periodista los avatares que ha sufrido la hacienda. Todo su relato se centra en la comparación entre cómo era la casa antaño y cómo se había quedado tras el paso del tiempo. Desde que la abandonaron los Van der Walle, la hacienda familiar ya venida a menos se sumió en el desmoronamiento –«los cangilones comidos por el ferruje al igual que los fragmentos de la cadena y el engranaje que movía el tambor»–. Enrique López empieza a sentirse sobrecogido ante la historia de aquella hacienda, cree ver «las hoces de la escarda y la siega, las sacas de acarreo para la molienda de la caña, las maderas crepitando para mantener encendidas las calderas...». Los lectores nos hacemos eco de las sensaciones de Enrique López ante un espacio que únicamente mantiene recuerdos de un pasado radicalmente distinto. Las alusiones a las «telas y tapicerías de Ruán, Londres y Holanda»; a los «cofres labrados»; a las «carnes en salazón»; introducen en la escena un lujo vivido que desapareció para siempre. El contraste es manifiesto, el autor domina la situación narrativa mientras su protagonista se halla en medio del presente y del pasado con las incógnitas sobre el mundo nuevo que pisa rondándole por la cabeza. Enmarañado se encuentra Enrique López ante el cúmulo de experiencias que la realidad canaria le ofrece desde el instante en que divisa las islas. Las dificultades Francisco Juan Quevedo García 20 para encontrar una teoría objetiva sobre la muerte de Ariadna Van der Walle se acrecientan. No existe sólo una versión de los hechos, existen muchas versiones: la del juicio, la de la prensa de la época, la de los vecinos, la de los trabajadores de La Vega que dan su opinión de la tragedia... No acaba ahí el enredo del joven periodista. Su desconocimiento acerca de la realidad insular hace que aumente su confusión. Sin embargo, esta confusión se va aclarando en la medida que el relato avanza. De la misma manera que Enrique López va ordenando sus papeles acerca del trabajo que se le encomienda desde Madrid, se va ordenando en la narración los rasgos identificadores de la sociedad y la cultura de las islas. Es, al respecto, sumamente valiosa la decisión de Luis León Barreto de crear a un periodista que viene de fuera, de la península; una persona ajena a este archipiélago, conocedora sólo de los tópicos que han alimentado una visión inexacta de las islas. Es un acierto del escritor palmero organizar el redescubrimiento de Canarias a través de la figura de un foráneo que recibe, como un caudal, el impacto de una historia y de una cultura diferente a la suya. El impacto es doble por su condición de periodista. Él no viene a Tamarán –Gran Canaria– a pasar unos días de vacaciones, aunque el encargo del reportaje lleva aparejado también esta consideración festiva. Viene a trabajar, a investigar y a escribir un reportaje sobre un asunto de relieve, de elevado alcance social. Ha escogido Luis León Barreto al protagonista ideal para impulsar el proyecto explicativo de lo insular que se aprecia en Las espiritistas de Telde. La anécdota de la novela se sustenta en una imagen general del archipiélago, que posee como eje el espacio teldense: Otras veces encallaban las naos con esclavos para las Antillas, pilotadas por hombres que desconocían la trampa de los arrecifes y bajíos entre Gando y Melenara, y el resto lo compraban a los portugueses, o lo adquirían en las rapiñas de Costa de Oro, y todos eran diestros en el trapiche para el acarreo de la caña y los envases donde guardaban la cachaza y el Telde como espacio novelesco 21 guarapo para el refino, y se hacían cristianos y eran bautizados en la ceremonia del día de Corpus, y desde entonces recibieron el nombre y apellido que sus dueños quisieron darles, y con todo eran parcos y diligentes, por lo que les fue permitido recolectar cardones secos para las hogueras de San Juan, así como hacer los enramados del templo y el acompañamiento de las procesiones con sus danzas al son de cascabeles sujetos por tiras de balango en las piernas. Y cada primero de noviembre recorrían las calles estas comparsas haciendo sonar la esquila de ánimas.11 El tráfico de esclavos africanos con rumbo hacia las Antillas se reconoce a través de este relato en donde se pone de manifiesto cómo entronca en la cultura canaria la cercana cultura del continente africano. Desde el espacio –«Otras veces encallaban las naos con esclavos para las Antillas, pilotadas por hombres que desconocían la trampa de los arrecifes y bajíos entre Gando y Melenara»–, hasta la incorporación de las costumbres de esos esclavos a los ritos católicos –«el acompañamiento de las procesiones con sus danzas al son de cascabeles sujetos por tiras de balango en las piernas»–. De ahí al entramado de la historia de la familia Van der Walle sólo median palabras: «Y cada primero de noviembre recorrían las calles estas comparsas haciendo sonar la esquila de ánimas». El orbe espiritual, anímico, que se descubre en esta novela –que obra como coadyuvante de la tragedia que se nos detalla– arranca desde estos presupuestos de la sociedad insular. El espacio, la historia, la cultura, los sucesos...; todo se funde en un conglomerado imposible de deshacer. El novelista dota de función narrativa los lugares escogidos. Se nos comenta lo peligrosa que es la costa entre Gando y Melenara, pero no para dejarnos con la simple descripción. Los parajes nos conectan con otros medios narrativos: con la anécdota novelesca, con los personajes –como esos esclavos anónimos con rumbo a las Antillas–, con una época pasada, con el re11 LET, pág. 33. Francisco Juan Quevedo García 22 gistro lingüístico del narrador que se mueve con soltura entre diferentes terminologías: «bajíos», «cardones», «balango», «esquila»... Estas circunstancias de un modo u otro guardan relación con la historia de las espiritistas, pues forman parte del sustrato cultural de las islas. La investigación de ese sustrato es exhaustiva, como se advierte en este testimonio de Pieter Van der Walle: En el año del Señor de mil y quinientos noventa y tres, a veinte días del mes de octubre, yo, Pedro Van der Walle, natural que soy de la Ciudad de Brujas, en Flandes, y vecino de la isla de Canaria, en la Ciudad de Telde, dispongo por ésta mi postrera voluntad ante el escribano don Jerónimo Gutiérrez, que suscribo hallándome postrado en mi hacienda, donde llaman La Vega, que es sobre el río y frente al poblado de Cendro [...] Digo y declaro que como cristiano viejo que soy, habiendo oído de la existencia de estas islas, concebí la idea de fundar aquí solar para los míos, y aprovechando el oficio de cuatro maestres que traje de las islas de Madeira, que son de la corte portuguesa y están al norte de éstas, mandé enclavar un ingenio para moler la caña de azúcar, que se da lozana [...] Hacienda que compré a los herederos del capitán Santi Steban, y la elegí junto al río por ser tierra apropiada para el vino, el trigo y los demás tesoros de la tierra, y preferí asentarme en Telde en vez de Las Palmas, que es la capital, por parecerme lugar más plácido, ameno y de mejores aguas, habitado por gente aficionada a la tranquilidad en vez de a los litigios y disensiones del Real.12 Un aspecto espacial de relieve en este fragmento articulado en torno a la Ciudad de Telde es el de la ubicación de la hacienda del personaje de Pieter Van der Walle, que se halla «donde llaman La Vega, que es sobre el río». Sorprende el uso de «río» en la descripción de un paisaje canario. Naturalmente ese río se refiere al barranco de Telde. A través de Pieter Van der Walle reparamos en la fertilidad de este terreno: «la elegí junto al río por ser tierra apropiada para el vino, el trigo y los demás tesoros de la tierra». Ignacio Morán Rubio, en su Breve historia de Telde, también hace hincapié en las bondades de ese lugar: La altura máxima del municipio se sitúa en las inmediaciones de la Caldera de los Marteles a 1.582 mts. Desde esta cota se han ido modelando los 12 LET, págs. 42-43. Telde como espacio novelesco 23 distintos barrancos y barranqueras que componen las cuencas hidrográficas de Telde. Señalaremos por su riqueza, agrícola o paisajística, la cuenca de Las Goteras, la del Barranco de Telde y El Draguillo. Estos cauces, además de ejercer de desagües, han motivado o servido de vehículo de transporte de ingentes cantidades de aluviones que, al sedimentarse, han ocasionado fértiles valles como el de Jinámar, Casares o el Valle de los Nueve, vegas como la de Telde o llanuras como la de Gando.13 La fertilidad de la tierra es una de las principales razones esgrimidas por Pieter Van der Walle para asentarse en Telde, pero precisa otro interesante argumento sobre todo desde un análisis sociológico. La comparación con la capital de la isla, con Las Palmas de Gran Canaria, le permitirá decidirse sobre dónde va a ser su residencia. Telde le parece «lugar más plácido, ameno y de mejores aguas, habitado por gente aficionada a la tranquilidad en vez de a los litigios y disensiones del Real». Nos ofrece el autor un cuadro de costumbres de la vida insular del siglo XVI en Gran Canaria. La proliferación de los viajes oceánicos, la importancia del Puerto de Las Palmas en las travesías comerciales, y el ser un centro de orden político hacen que en la capital la convivencia sea más ajetreada que en La Vega de Telde. Aquí Pieter Van der Walle encuentra una tierra propicia para sus planes, que pasan por «enclavar un ingenio para moler la caña de azúcar, que se da lozana». Muchos años después del asentamiento de Pieter Van der Walle en La Vega de Telde, los descendientes de este primer Van der Walle que llegó a Tamarán –Gran Canaria– continúan asentados en esta Ciudad; y sigue siendo este espacio el enclave nuclear de la novela: De manera que estuvieron varios días con ese guineo, y venga a decir que nuestro pueblo, visto desde las curvas de la carretera de Jinámar, parece Jerusalén por la abundancia de palmeras, con el calvario en los altos de 13 Morán Rubio, Ignacio (1995): Breve historia de Telde, M.I. Ayuntamiento de Telde, pág. 19. Francisco Juan Quevedo García 24 San Francisco y las torres tan hermosas de San Juan y el manto verde de la siembra. Decía el señorito que él estaba destinado a traer la nueva revelación del Señor, que todo esto se lo conté yo al sacristán pero él me dijo que no le diera importancia, serían chiquilladas.14 En la temática de Las espiritistas de Telde los planteamientos religiosos desempeñan un papel predominante. No en vano, una manera exacerbada de entender estos planteamientos lleva a unos seres fanatizados a cometer el crimen de Ariadna Van der Walle. En esta cita advertimos el entronque que se produce entre las descripciones paisajísticas y los pormenores de aquel escabroso suceso. Así nace la oportuna similitud entre Telde y Jerusalén: «por la abundancia de palmeras, con el calvario en los altos de San Francisco y las torres tan hermosas de San Juan y el manto verde de la siembra». Esta descripción no es solamente una hermosa instantánea de Telde hecha con el referente de Jerusalén. La dimensión religiosa que se le otorga a Telde al compararla con la ciudad sagrada realza el fervor religioso que poseen los Van der Walle. Ellos se ilusionan con las semejanzas que aprecian entre esos dos espacios. Jacinto Van der Walle –quien se veía «destinado a traer la nueva revelación del Señor»– actúa como un guía espiritual. Erige a su alrededor un mundo fanático e idealizado en su particular búsqueda de Dios. Como le ocurría al Quijote en sus desvaríos, los espacios se le transforman, Telde se transmuta en su mente en la Jerusalén bíblica. Sin intentar ir más allá de la mera exposición de hechos, hacemos notar la fuerte implicación que las órdenes religiosas han tenido en la Ciudad de Telde, sede del Primer Obispado del Archipiélago Canario. Antonio M. González Padrón investiga con buen criterio en el significado de la religión en Telde: 14 LET, pág. 165. Telde como espacio novelesco 25 Según el Dr. Hernández Benítez, nuestra feraz campiña fue tomada muy pronto por un cuerpo de élite del ejército castellano, nos referimos a la Real Hermandad de Caballeros de Andalucía de la que eran capitanes Pedro de Santi-Steban, Ordoño Bermúdez, Hernán y Cristóbal García de Castillo y otros tantos. Lo primero en erigirse, si está en lo cierto Marín y Cubas, fue un pequeño baluarte defensivo: «En Telde se fabricó de cal y piedra y cantería parda un fuerte con cuatro torreones cuadrado». Pero este historiador insiste: «Después de la conquista de esta isla de Canaria fundóse población en varias partes de ella, en ésta de Telde se hizo la parroquia del Señor San Juan Bautista, día en que los españoles entraron en las islas; esta fábrica fue primero de piedra y barro y ella se vino luego al suelo». Es una constante que se repetirá algo más tarde en América. Las dos primeras construcciones que se levantan al fundar la ciudad serán de carácter militar y otra eclesiástico. Así no sólo tenemos que el Santo Patrono que debía proteger a los «nuevos teldenses» fue elegido en función de una fecha cristiana, sino haciéndola hábilmente coincidir con las fiestas del beñesmen o recolección de frutos de los antiguos pobladores. ¿Eran conscientes los castellanos de esa concomitancia o sólo fue el azar? ¿conocían los conquistadores la importancia de Telde como centro mágico-religioso para la población autóctona?15 Quienes crean la ilusión de comparar la ciudad canaria con Jerusalén son los miembros de la familia Van der Walle, y quien se veía «destinado a traer la nueva revelación del Señor» es el señorito Jacinto Van der Walle, el único hijo varón sobre el cual recaen en la novela significativas sospechas: «Un incesto como una catedral. Estoy seguro de que el único amor verdadero que sentían era el de Jacinto. Pero sólo lo consumó Francisca, y por eso actuaba como médium, porque se había fundido en la carne de su hermano»16 . Esta opinión de Enrique López, el periodista venido de Madrid que el escritor configura para cohesionar las acciones narrativas, resulta sorprendente; pero no carece de sentido dado el influjo que Jacinto Van der Walle ejercía sobre su 15 González Padrón, Antonio M. (1993): «Telde bajo el influjo de las fundaciones religiosas», en Guía comercial de la Ciudad de Telde, n.º 6, Telde, noviembre, pág. 38. 16 LET, pág. 214. Francisco Juan Quevedo García 32 Telde como espacio novelesco 33 BIBLIOGRAFÍA CITADA: - ARENCIBIA, Yolanda (1990): «Introducción», en León Barreto, Luis: Las espiritistas de Telde, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. - CIFUENTES, Esperanza (1981): «Las espiritistas de Telde o la destrucción del mito», en Jornada, Santa Cruz de Tenerife, 3 de diciembre. - GONZÁLEZ PADRÓN, Antonio M. 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