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La ampliación del arca de Noé: la primera fauna ultramarina

Aznar Vallejo, Eduardo

Abstract

The opening of the new world brought about the disclosure of realities which had so far remained ignored or barely guessed at. Among them, the animal realm, and its representation, either in its material or symbolic significance, stands as a crucial chapter. This article will be dealing with it at the outset of the western exploration process, in the areas encompassed between the Strait of Gibraltar and the Gulf of Guinea. We shall be considering travel narratives that show the amazement of Europeans at the unexpected events and wonders displayed before their eyes. Such an enterprise unfolds broadly throughout the fifteenth century, comprising the three large areas of Macaronesia, Sahara and Guinea.

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CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 17 DOI: https://doi.org/10.25145/j.cemyr.2023.31.02 Cuadernos del CEMyR, 31; septiembre 2023, pp. 17-42; ISSN: e-2530-8378 LA AMPLIACIÓN DEL ARCA DE NOÉ: LA PRIMERA FAUNA ULTRAMARINA Eduardo Aznar Vallejo* Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas Universidad de La Laguna Resumen La apertura al nuevo mundo significó el descubrimiento de realidades hasta entonces ignoradas o poco conocidas. Uno de sus capítulos es el de los animales, tanto en su presentación real como simbólica. Nos ocuparemos de él en su primer ámbito de exploración, el que se extendía desde el Estrecho de Gibraltar hasta el Golfo de Guinea; y lo haremos fundamentalmente a través de los relatos de viaje, que muestran la sorpresa de los europeos ante las novedades y maravillas que se ofrecían a sus ojos. Esta empresa abarca, grosso modo, el sigloxv y distingue tres grandes unidades: Macaronesia, Sahara y Guinea. Palabras clave: África, exploraciones medievales, mundo animal. ENLARGEMENT OF NOAH’S ARK: THE FIRST OVERSEAS WILDLIFE Abstract The opening of thenew worldbrought about the disclosure of realities which had so far remained ignored or barely guessed at. Among them, the animal realm, and its representation, either in its material or symbolic significance, stands as a crucial chapter. This article will be dealing with it at the outset of the western exploration process, in the areas encompassed between the Strait of Gibraltar and the Gulf of Guinea. We shall be considering travel narratives that show the amazement of Europeans at the unexpected events and wonders displayed before their eyes. Such an enterprise unfolds broadly throughout the fifteenth century, comprising the three large areas of Macaronesia, Sahara and Guinea. Keywords: Africa, medieval explorations, animal realm. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 18 0. INTRODUCCIÓN El estudio de los animales medievales cuenta con abundante bibliografía, especialmente en el campo del simbolismo. Las fuentes, tanto escritas como iconográficas, constituyen la base de esta predilección. Su papel en la heráldica, en los tratados de magia, en los sermones sobre vicios y virtudes, en las fiestas, etc., refleja su peso en el pensamiento de la época. Tanto la literatura moralizante (Padres de la Iglesia, hagiografia, exempla...) como las representaciones artísticas (bestiarios, capiteles, blasones...) ilustran este tipo de lectura. Ello no quiere decir que se desconociese la realidad animal, pues su utilidad en el trabajo, la guerra, la alimentación, la transformación artesanal, etc., y el peligro de las bestias informaban la vida cotidiana. Las fuentes en este campo son más tardías y menos abundantes, pero en constante progreso. Las «casas de fieras» de los poderosos reunían animales exóticos, tal como reflejan las ilustraciones de Las Partidas; mientras que los tratados, tanto agrarios como de caza, reflejaban los cotidianos. También el arte se irá abriendo a la representación realista de los animales, preludiando el gusto renacentista por su imagen natural. Esta doble herencia influía en los viajeros, que valoraban los animales reconocidos en función de la consideración y utilidad que tenían en sus lugares de origen. En sentido opuesto, analizaban el empleo que los aborígenes daban a sus animales, dentro de la dialéctica identidad/alteridad. En su descripción anidaba también el deseo de descubrir las «maravillas» que el mundo desconocido prometía, considerando estas como propias de la naturaleza, aunque de carácter extraordinario. Y en algunos casos se planteaban la humanidad o animalidad de los seres descubiertos. 1. LAS ISLAS DE LA MACARONESIA Las primeras informaciones sobre la fauna de estas regiones aparecen distorsionadas por el peso de los mitos clásicos y por el carácter alegórico de los primeros relatos. En el caso de Canarias y, en menor medida, en el de los otros archipiélagos macaronésicos, la distorsión venía creada por la idea de las Afortunadas y por la oposición entre civilización y barbarie. La primera pretendía hacer coincidir lo dicho de manera general y alegórica para el conjunto del finis terrae con las islas que se iban descubriendo. En el plano animal, sus principales aportaciones eran la presencia de lagartos, canes, aves y siluros y la idea de que el mar arrojaba gran cantidad de animales a las islas, donde se pudrían1. Tales descripciones, que venían de Plinio, fueron recogidas luego por los * E-mail: [email protected], https://orcid.org/0000-0001-6639-3853. 1 Plinio El Viejo, Historia Natural. Libros iii-vi. Trad. A. Fontán, I. García Ribas, E. del Barrio Sanz, M.aL.Arribas Hernáez. Madrid, Editorial Gredos, 1998, libro vi, pp. 199-205. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 19 Islarios del primer Renacimiento2. Estos repiten la presencia de canes, dos de los cuales poseyó Juba, según Solino. Citan, además, aves y peces de agua dulce, aunque sin precisión. Recogen también las cabras, aunque les añaden ovejas y jabalíes, probablemente cerdos salvajes. Los últimos datos apuntan a un conocimiento más real de la fauna insular. Este giro procede de los primeros relatos de viaje. El de Niccoloso da Recco, redactado por Bocaccio, menciona las citadas cabras, ovejas y jabalíes, de los que obtuvieron pieles y sebo. Añade aceite de pescado, despojos de focas, palomos, halcones y otras aves de rapiña, los últimos seguramente trasunto de especies para ellos desconocidas3. El de los genoveses, recogido en fuentes árabes, limita la fauna local a las cabras y señala la utilidad de sus cuernos para la labranza4. Tales datos se encuentran también en la cartografía. La muestra más antigua es la carta de Angelino Dulcert, que recoge la futura Isla de Lobos como li vegi mari, en alusión a las focas monje5. Añade, lejos del Archipiélago, una isla Capraria. Los siguientes portulanos incorporan nuevos nombres de animales: Palomas, Cuervos Marinos, Conejos, Lobo6. El Libro del Conoscimiento hace una síntesis de estos mapas al visitar supuestamente las Islas Perdidas, que Ptolomeo había llamado las islas de La Caridad7. Con alguna repetición, son en total veinticinco, de las que solo tres estaban habitadas: Canaria, Lanzarote y Fuerteventura. Sus nombres plantean dudas acerca de su carácter real o simbólico. En primer lugar, porque desconocemos si las denominaciones indican la figura de las islas o la existencia del animal, lo que en los dos últimos ejemplos resulta inimaginable, salvo que se entienda por lobos los marinos. A continuación, porque los términos sufrieron corrupciones en su transmisión. A este propósito, se ha llegado a plantear que el término Lo Legname no tiene relación con la madera y la isla de igual nombre, como se repite habitualmente, 2 Tomamos los ejemplos de la obra de Montesdeoca Medina, José Manuel, Los islarios de la época del humanismo: el de insulis de Domenico Silvestri. Edición y traducción, tesis doctoral Universidad de La Laguna, 2000, pp.139 y 140 [en línea] http://riull.ull.es/xmlui/handle/915/9995 [consultado el 22/5/2022]. También en Tesis doctorales curso 2000/2001. La Laguna: Universidad de La Laguna, Servicio de Publicaciones, D.L. 2004. Un resumen de la cuestión en Montesdeoca Medina, José Manuel, «Las Islas Canarias en los islarios (I)». Fortunatae. vol.188 (2007), pp. 107-124. 3 Utilizo la edición de Peloso, Silvano, «La spedizione alle Canarie del 1341 nei resconti de Giovanni Bocaccio, Domenico Silvestri e Domenico Bandini», en F. Morales Padrón (coord.), VIColoquio de Historia Canario-Americana, Las Palmas de Gran Canaria, Cabildo Insular de Gran Canaria, 1988, vol. ii, pp. 813-827. 4 Viguera Molins, María Jesús, «Eco árabe de un viaje genovés a las Islas Canarias antes del 1340». Medievalismo. Boletín de la Sociedad Española de Estudios Medievales, vol. 2 (1992), pp. 257-258. 5 Bibliothèque Nationale de France, Res. Ge. B 696 [en línea] https://gallica.bnf.fr/ ark:/12148/btv1b52503220z/f1.item.r=angelino%20dulcert [consultado el 22/5/2022]. 6 Los detalles pueden seguirse en Cortesão, Armando, História da cartografía portuguesa. Coimbra, Junta de Investigãçoes do Ultramar-Lisboa, 1970. 7 Lacarra Ducay, María Jesús; Lacarra Ducay, María del Carmen, Montaner Frutos, Alberto (ed.), Libro del Conosçimiento de todos los regnos et tierras et señorios que son por el mundo, et de las señales et armas que han. Edición facsimilar del manuscrito Z (Múnich, Bayerische Staatsbibliothek, Cod. hisp. 150). Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1999. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 20 sino con el cordero (lagnan)8. A este respecto, el mapa de Hereford, realizado a fines del siglo xiii, muestra en el mar de Irlanda la Insula Arietum, junto a la isla Avium9. El segundo legado en la visión de las islas es el carácter bestial de sus habitantes, atribuido a su íntima convivencia con animales. Así está recogido tanto en literatos como en supuestos viajeros. El retrato más agrio es el de Nobilitate y Rusticitate10 del canónigo zuriqués Hemmerlin, que reelabora las noticias sobre la primera evangelización de Canarias, presentando a los nativos como «personas de ambos sexos, ceñidas y envueltas en pieles de animales muertos, ladrando como lo hacen los perros y, sin embargo, entendiéndose claramente entre sí, con una cara semejante a la que comúnmente tienen los monos». Además, les achaca el consumo de carne cruda, como lo hacían los cíclopes y quienes se alimentaban de animales silvestres en la India; y tal como lo hicieron en otro tiempo los vínulos y los húngaros. Se les recrimina, por último, que alimentasen a la prole al igual que a los animales salvajes. Los expedicionarios mallorquines de 1351 insisten en esta negativa visión, al señalar que las Afortunadas «están habitadas por gente ruda y brutal, que vive sin ningún tipo de ley, sino actuando de forma bestial en todas las cosas»11. Petrarca dirige su condena al carácter asocial de la población. Señala que disfrutaban de la soledad más que la mayoría de los mortales, pero eran tan salvajes y similares a las fieras que, al comportarse de tal manera, más por instinto natural que por su elección, no vivían tanto en soledad, sino que vagaban por lugares solitarios, o con animales salvajes, o con sus rebaños12. Los islarios renacentistas también ponen en duda la fortuna de las Afortunadas, tanto a nivel general como particular. En el primer caso, recuerdan que las tempestades arrojan en ellas animales salvajes, que impregnan toda la región con un olor repugnante, «por lo que no parece que sea adecuada la denominación de Afortunadas»13. Y de Capraria se dice que, al estar dominada por cabras y enormes lagartos, está poco poblada, por lo que el nombre de Afortunada «no parece convenirle»14. Los archipiélagos portugueses no cuentan con este tipo de imágenes, dado el influjo realista de la colonización de Canarias, realizada con anterioridad. Sin embargo, Valentim Fernándes da pábulo a la leyenda de Machín. De ella hace arran8 Comunicación verbal del profesor Barral Sánchez. 9 Hereford, Catedral [en línea] http://www.capurromrc.it/mappe/!0157hereford.jpg [consultado el 22/5/2022]. 10 Lütolf, Alois, «Acerca del descubrimiento y cristianización de las Islas del Occidente de África». Revista de Historia, n.º 64 (1943), pp. 290-292 [traducción del original alemán, Lütolf, Alois, «Zur Entdeckrung und Christianisirung der westafricanischen Inseln», De Theologische Quartalshrift, vol. 8 (1877), pp. 319-332]. 11 Sevillano Colom, Francisco, «Los viajes medievales desde Mallorca a Canarias». Anuario de Estudios Atlánticos, vol. 18 (1972), pp. 27-57, en concreto nota n.o14. 12 Petrarca, Francesco, De vita solitaria. Liber ii, cap. iii, Ioannes Le Preux 1600, pp. 223224; Petrarca, Francesco, Excelencia de la vida solitaria. Ed. Mario Penna. Madrid, Ediciones Atlas, 1944, p. 121. 13 Montesdeoca Medina, Los islarios, p. 140. 14 Montesdeoca Medina, Los islarios, p. 145. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 21 car la introducción de cabras y carneros15, de la que se beneficiarían posteriormente los viajeros que hacían escala en ella en el tornaviaje de Canarias16. También menciona la abundancia de peces y las aves mansas, transfiriendo a la época precolonizadora datos propios de comienzos del siglo xv. El archipiélago castellano fue el primero en contar con una descripción «de primera mano» de su realidad faunística. El mérito es de Le Canarien, que recoge el viaje efectuado por los colonos franceses a partir de 1402. Aunque describe la situación isla por isla, el denominador común es la presencia de cabras y ovejas. Respecto de estas últimas no menciona la variedad sin lana, recogida por cronistas posteriores y que volveremos a encontrar en África. En las islas con mejores condiciones climáticas se recogen los cerdos y en Gran Canaria «unos perros salvajes que parecen lobos, pero son más pequeños»17. Esta imagen general se refuerza por la mención a las bases alimenticias y fabriles de la población, constituidas por carne, cueros, leche, quesos y grasas. Siguen en importancia las menciones a aves, recogidas en dos listas generales: «halcones, gavilanes, alondras y gran abundancia de codornices...»18 y «pajarillos, garzas, avutardas, unos pájaros de río con un plumaje distinto al de los nuestros, grandes palomas con la cola moteada de blanco, y una increíble cantidad de pichones de palomar..., codornices, alondras e innumerables aves de otras clases»19. Tales denominaciones no deben tomarse al pie de la letra, pues se trata de asimilaciones a especies previamente conocidas, aunque dan idea de los géneros existentes. En ocasiones no basta con este recurso y es preciso acudir a largas comparaciones. Es el caso de «una clase de pájaros que tienen plumas de faisán y el tamaño de un papagayo, con una cresta sobre la cabeza como los pavos, y levantan poco el vuelo», que suponemos que se trata de la abubilla y que se explica en el contexto del intenso comercio de papagayos africanos hacia Europa20. Otro ejemplo es el de «una especie de pájaros, blancos y del tamaño de una oca, que andan continuamente alrededor de la gente y no dejan ninguna basura», que podemos interpretar como guirres (alimoche canario)21. Esta suposición se ve reforzada por la cita de Saudades da Terra, que recoge: «otras aves hay casi tan grandes como patos, blancas y negras, llamadas guirres, que comen animales muertos»22. Curiosamente, las referencias a peces son prácticamente inexistentes, si exceptuamos la indicación de que los grancanarios «son grandes pescadores y excelentes 15 Aznar, Eduardo, y Corbella, Dolores, África y sus islas en el Manuscrito de Valentim Fernandes. Madrid, Dykinson, 2021, p. 176. 16 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 178. 17 Aznar, Eduardo, Corbella, Dolores, Pico, Berta y Tejera, Antonio, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos. San Cristóbal de La Laguna, Instituto de Estudios Canarios 2006, p. 132. 18 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 127. 19 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 133. 20 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 127. 21 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 133. 22 Frutuoso, Gaspar, Las Islas Canarias (de Saudades da Terra). Ed. E. Serra, J. Régulo y S.Pestaña. San Cristóbal de La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 1964, p. 140. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 22 nadadores»23. Y ello a pesar de la insistencia de otros cronistas en la práctica aborigen del marisqueo y la pesca litoral, comenzando por Diogo Gomes, quien recoge anzuelos de cuernos de cabra en Tenerife24. Los autores posteriores insisten en este aspecto. Abreu Galindo lo refiere a Gran Canaria, al indicar: «Aprovechábanse los naturales de esta isla mucho del mar. Era mantenimiento del común el pescado, que mataban a palos, de noche, con hachos de tea encendidos de luengo de la costa; y del marisco, que hay mucho y bueno en redondo de toda la isla»25. Espinosa va más lejos en sus impresiones y menciona algunos de los pescados y mariscos aprovechados en Tenerife: clacas, burgados, lapas, almejas, cangrejos, etc.26 A ellos se suma Gaspar Frutuoso, que señala en La Gomera: «mucho y buen marisco, y cangrejos de dos clases, como son los que llaman moros y judíos, burgados, almejas y clacas, como tienen todas las Islas Canarias»27. Capítulo aparte merecen los ostrones o conchas de Canaria, cuyo principal interés era de tipo comercial, pues se intercambiaban por oro en la costa de Guinea. Los Acuerdos del Cabildo de Tenerife recogen, año y medio después de su conquista, las distintas especies de pescado y su valoración mediante tasa. El pescado de vara valía a siete maravedís la libra; sama, peje rey, breca y bicuda a seis; cazón a cinco; y abadejo a cuatro28. Tales noticias no niegan la importancia de la carne en la dieta aborigen, que alcanzó a los expedicionarios franceses, que se vieron obligados a consumir carne en Cuaresma. La Crónica francesa recoge, en cambio, otros animales marinos. En primer lugar «unos peces extraordinarios, que se mantienen erguidos cuando oyen llegar los barcos y los esperan hasta que los tienen cerca, y cuando vuelven a caer al mar dan tal golpe que se oye desde muy lejos; su altura sobre el mar puede llegar al tamaño de una lanza; los marineros los llaman sirenas». Sin duda se trata de delfines, especie bien conocida entre los pescadores de la época29. La presencia de 23 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, pp. 131 y 230. 24 Sintra, Diogo Gomes de, El descubrimiento de Guinea y de las islas occidentales [14841502]. Introducción, ed. crítica, trad. y notas, D. de López-Cañete Quilis. Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1992, p. 75. 25 Abreu Galindo, Fray Juan de, Historia de la conquista de las Siete Islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, Goya, 1955, p. 160. 26 Espinosa, Fray Alonso de, Historia de Nuestra Señora de Candelaria. Santa Cruz de Tenerife, Goya, 1952, p.30. 27 Frutuoso, Gaspar, Las Islas Canarias, p. 147. 28 Serra Ràfols, Elias, Acuerdos del Cabildo de Tenerife I (1497-1507). San Cristóbal de La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 1949, n.o24 de 26 de enero de 1498. 29 La designación de «sirenas» para algunos tipos de delfines era frecuente entre los pescadores castellanos. A modo de ejemplo, podemos citar la anotación que hace Cristóbal Colón el 9 de enero de 1493 en su Diario del primer viaje (Colón, Cristóbal, Textos y documentos completos. Ed. Consuelo Varela. Madrid, Alianza, 1982, pp. 111-112: «El día passado, cuando el Almirante iva al río del Oro, dixo que vido tres serenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara; dixo que otras vezes vido algunas en Guinea en la Costa Manigueta». Más tarde, en 1518, el preboste de Bermeo pretendía cobrar a los pescadores de la villa «un tercio de las ballenas y las sirenas» (García de Cortázar, José Ángel, et alii, Vizcaya en la Edad Media. San Sebastián, Haramburu, 1985, vol. ii, p. 117). CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 23 estos y otros cetáceos en las aguas del Archipiélago debía de ser abundante, como apunta el aprovechamiento del ámbar gris, que recoge Torriani para Fuerteventura30. Pero el animal marino que cuenta con mayor presencia en el relato es la foca. Ello debido a su utilidad para cumplir con necesidades perentorias, como la del calzado31 y como fuente de riqueza, con vistas a la exportación. La estimación de beneficios en el caso del canal entre Lanzarote y Fuerteventura, sumando grasas y pieles, era de 500 doblas de oro anuales32. La arqueología ofrece datos complementarios sobre la fauna primigenia y su evolución. Se trata en concreto del yacimiento de San Marcial del Rubicón, en Lanzarote. Su información es más reveladora en los aspectos de aculturación culinaria que en los de la presencia de determinadas especies, dado que se trata de un lugar de convivencia de las dos culturas. En el primer aspecto hay que subrayar la adopción de ciertos consumos, casos de aves (pardelas, hubaras) y moluscos (lapas y ostrones); y el sacrificio de ejemplares jóvenes, lo que no era común en la alimentación aborigen33. En su conjunto, Le Canarien presenta la naturaleza insular con características propias de «Las Afortunadas». Se trata de un país sano, hasta el punto de que nadie de la expedición enfermó en dos años y medio; y no existen en él animales venenosos34. El reparo a esta idílica visión era de tipo moral, pues se presenta a sus moradores, debido a la falta de instrucción, como infieles o paganos que viven «casi como animales, cuyas almas se van a condenar»35. La descripción in situ de la primitiva fauna de las islas portuguesas presenta una menor riqueza, acorde con la falta de poblamiento humano. Por esta razón, las descripciones de la misma descansan sobre las aves. Cadamosto, a mitad del sigloxv, recoge como únicos animales silvestres las codornices y los cerdos salvajes36. Las primeras son ejemplo de las aves migratorias y comunes a otros archipiélagos. Los segundos son muestra de la «suelta» de animales, como paso previo a la colonización. La precisión sobre el carácter salvaje de estas especies hace que los pavos reales y las perdices nombradas previamente deban de calificarse como «introducidas», de manera categórica en el primer caso y probable en el segundo. También menciona 30 Torriani, Leonardo, Descripción e historia del Reino de las Islas Canarias antes Afortunadas, con el parecer de sus fortificaciones. Santa Cruz de Tenerife, Goya, 1959, p. 71: «por toda la orilla del mar se halla ámbar de excelente calidad y algunas veces en gran cantidad» 31 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 89: «y pasaron a la isla de Lobos para cazar lobos marinos debido a la acuciante necesidad de calzado que tenían sus hombres». 32 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 134. 33 Tejera, Antonio y Aznar, Eduardo, El asentamiento franconormando de San Marcial del Rubicón (Yaiza, Lanzarote). Un modelo de arqueología de contacto. Yaiza, Ayuntamiento, 1989, pp. 85-92. 34 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 115. 35 Aznar, Corbella, Pico y Tejera, Le Canarien. Retrato de dos mundos, i. Textos, p. 110. 36 Aznar, Eduardo, Corbella, Dolores y Tejera, Antonio, Los viajes africanos de Alvise Cadamosto (1455-1456). San Cristóbal de La Laguna, Instituto de Estudios Canarios, 2017, p. 83. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 24 palomas, que al inicio de la instalación eran mansas, por lo que podían ser cazadas al lazo37, dato que ratifican Zurara y Diogo Gomes38. Este último añade cuervos y recuerda que los primeros repobladores hubieron de mantenerse inicialmente de aves y del abundante pescado. Otra vía de información es la toponimia. Dias Leite la recoge al hablar del reconocimiento de Madeira por sus descubridores. En ella figuran la Punta de los Garajaos, aves marinas; la Cámara de Lobos, en alusión a las focas; y la Punta del Pargo, en alusión a un pez parecido a los de esta especie39. Estas primeras noticias corresponden mayoritariamente a Madeira, dada su más temprana colonización. Los datos sobre Azores apuntan en la misma dirección. Es decir: muchas aves, y predominando en ellas las que dan nombre al Archipiélago40. Contemporáneamente se ha puesto en dudas la existencia de este tipo de rapaces en el Archipiélago y se ha querido vincular el topónimo con el color azul, ligado a la vegetación. Parece más lógico que se ligue a las aves, aunque fueran de otra especie o algo diferentes a las de Irlanda, pues la información de Gomes se repite en Valentim Fernandes41. Además, Gaspar Frutuoso, oriundo de dicho archipiélago, menciona los azores entre la fauna de Canarias42. Los cronistas posteriores, además de reseñar las aves mansas43, inciden en dos aspectos: las «sueltas» y la ausencia de animales venenosos. Valentim Fernandes indica a propósito de las primeras: «en el año de 1420 el infante don Enrique mandó a soltar ganado en la isla Desierta. Pensaba poblarla como había hecho con Madeira y las demás». Y añade que Gonçalo Velho soltó en la isla de Santa María «cerdos, vacas, ovejas y cabras». Respecto de las segundas señala: «en esta isla de Madeira no había ningún tipo de animales, ni mansos ni salvajes, ni bichos ni ratones. Pero ahora hay en ella de toda clase, salvo bichos y animales venenosos. Solo se encuentran unos lagartos pequeños, de un palmo, que no causan mal a nadie»44. La ponderación de la ausencia de animales venenosos, regusto de las Afortunadas, se encuentra también en Dias Leite45 y Gaspar Frutuoso. Este último recoge para Madeira tres episodios de la búsqueda infructuosa de animales feroces, bichos pon37 Aznar, E., Corbella, D. y Tejera, A., Los viajes africanos..., p. 83. 38 Zurara, Gomes Eannes de, La Crónica de Guinea: Un modelo de etnografía comparada. Ed. E.Aznar., D.Corbella, A. Tejera. Barcelona, Ed. Bellaterra, 2012, p. 269; Sintra, Diogo Gomes de, El descubrimiento de Guinea, p. 81. 39 Frutuoso, Gaspar, Saudades da Terra, libro ii, pp. 9, 19 y 36. 40 Frutuoso, Gaspar, Saudades da Terra, libro iii, p. 48 y ss.; libro iv, p. 5 y ss.; libro vi, p. 2 y ss. 41 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 188. 42 Frutuoso, Las Islas Canarias..., p. 140: «bilhafres y milanos, que son como bilhafres, gavilanes, azores y otras aves de rapiña». 43 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 182: había en esta isla/Madeira/palomas silvestres, mansas, negras, grandes y muy sabrosas; también palomas torcaces, codornices negras y tórtolas, todas mansas. 44 Aznar y Corbella, África y sus islas, pp. 187, 189 y 181. 45 Leite, Jerónimo Dias, Descobrimento da ilha da Madeira e discurso da vida e feitos dos capitaes da dita ilha. Ed. Joao Franco Machado. Coimbra, Universidade de Coimbra, 1949, pp. 12 y 22. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 25 zoñosos y nocivos, serpientes y cobras venenosas, más allá de unas lagartijas «de un dedo»46. Y lo mismo se afirma de Azores, cuyos animales más venenosos «son arañas y hormigas»47. Los autores de esta segunda época también incorporan la fauna marina, especialmente referida a las Azores. Entre el marisco se citan lapas, clacas, bucios, cangrejos, langostinos y langostas. Y entre los peces chernes, gorazes (besugos), salmonetes, doradas, garoupas (meros), bicudas, abróteas o brótolas, sardinas, tainhas (lisas), muges de tarrafa (de atarraya) y albafar o albafora. Este último no se comía y de él se aprovechaba el aceite de su hígado, empleado en candelas y en adobar navíos48. Las primeras imágenes de la fauna de Cabo Verde presentan rasgos comunes con las de los otros archipiélagos portugueses, dada la carencia de población autóctona. Esto hacía que la mirada de los exploradores se dirigiera a los abundantes peces y a las aves mansas. Parte de estas son calificadas por Diogo Gomes como ansares, término que plantea dudas sobre su significación concreta y que falta en fuentes posteriores49. Cadamosto repite la presencia de aves, en especial palomas y pescado; pero introduce un nuevo animal, que con el tiempo va a constituir un símbolo de las Islas: la tortuga50. Este autor, que la califica como serpiente con concha, pondera su uso como alimento, pero ignora su capacidad curativa contra la lepra, defendida por Valentim Fernandes, Eustache de la Fosse y fray Bartolomé de las Casas51. A final de la centuria, Valentim Fernandes repite la abundancia de aves, pescado y tortugas, aunque de estas señala que han perdido su poder sanador y «ahora son tan dañinas que la gente sana se enferma»52. Según su opinión la causa es «que después de que las poblaron con negros, corrompieron el aire como en su tierra, que es insano». También ilustra un fenómeno común a la colonización portuguesa: la suelta de animales. A este respecto menciona nueve islas deshabitadas, pero pobladas de cabras: Boa Vista, Sal, Brava, San Nicolás, Rasa, Mala Sombra, Santa Lucía, San Vicente y San Antón53. Saudade da Terra añade, tras la colonización de las islas, pavos, monos, gallinas de Guinea y gatos de algalia, cuyo origen apunta claramente a la importación; y abundante ámbar54. 46 Frutuoso, Saudades da Terra, libro ii, pp. 18, 20 y 35. 47 Frutuoso, Saudades da Terra, libro iv, p. 258. 48 Frutuoso, Saudades da Terra, libro vi, p. 25. 49 Sintra, El descubrimiento de Guinea, pp. 62-63. 50 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, pp. 149-150. 51 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 192; Fosse, Eustache de La, El viaje de Eustache de la Fosse (1479-1481). Ed. E. Aznar y B. Pico, CEMYR, Centro de estudios medievales y renacentistas de la Universidad de La Laguna. San Cristóbal de La Laguna, 2000, pp. 45-47; Casas, Bartolomé de las, Obras Completas. Ed. M.Á. Medina, J.Á. Barreda y I. Pérez Fernández. Madrid, Alianza Editorial, 1994, p. 1036. 52 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 192. 53 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, pp. 193-197. 54 Frutuoso, Gaspar, Saudades da Terra, libro i, pp. 168-69. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 32 alimento. Termina contando su sistema de cría, con la intención de aclarar las ideas europeas al respecto. La relación de animales marinos termina con los lobos, que seguían constituyendo importantes colonias hasta Río de Oro, como la contemplada por Alfonso Gonçalves Baldaia evaluada en unos cinco mil ejemplares100. Su presencia quedó reflejada en la toponimia, como «isla de Lobos»101, seguramente también denominada Isla de los Cueros, por el aprovechamiento primordial de tales animales102. Los relatos consagrados a esta zona culminan con el espacio dedicado a un insecto volador; el saltamontes o langosta, que constituía un fenómeno muy llamativo. En primer lugar, por su número. Cadamosto, testigo ocular, lo evalúa de la siguiente forma: «A veces aparecen tantas en el cielo que lo cubren y no se puede ver ni el sol. Entre doce y dieciséis millas alrededor, lo que alcanza la vista se cubre, tanto el cielo como la tierra, lo que parece increíble»103. Valentim Fernandes repite la misma imagen, al señalar: «en algunas temporadas hay tantos que muchos días no se puede vislumbrar el sol»104. Ambos autores coinciden en resaltar su poder de destrucción, que para el segundo alcanza hasta las raíces y que el primero considera que, si se diera todos los años, en lugar de los tres o cuatro habituales, no se podría habitar en esa región. Sin embargo, la segunda fuente informa de su aprovechamiento como alimento, una vez secos y triturados105. Todos estos extremos están consignados en León el Africano106. 3. LOS ANIMALES DE GUINEA Y SANTO TOMÉ La llegada a la Tierra de Negros supuso un enorme cambio en la contemplación de la fauna, tanto en lo referido a la cantidad y variedad como en lo relativo a novedad. Sin embargo, algunos animales compartían ambos mundos. Esto se daba especialmente en el grupo de los antílopes. En él repiten gacelas y antas o dantas, pero se incorporan otros, como pangales y saigas o sigas, de mayor porte y buscados también por su cuero107. También reaparecen los gatos de algalia, aunque en este caso no se trata de una rareza fruto de importación, sino de una realidad generalizada108. Las nuevas noticias certifican el comercio de estos animales, pero también 100 Zurara, La Crónica de Guinea, p. 137. 101 Sintra, El descubrimiento de Guinea, p. 13. 102 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 91. 103 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, pp. 103-104. 104 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 113. 105 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 118. 106 León el Africano, Descripción general del África, p. 549. 107 Aznar y Corbella, África y sus islas, pp. 124, 140 y 158. 108 Zurara, La Crónica de Guinea, p. 262; Aznar y Corbella, África y sus islas, p.92: importaciones de los moros. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 33 de la algalia que producen y de sus pieles109. En los intercambios de estos animales suelen añadirse otros similares, caso de los babuinos y los gatos maimones. Estos últimos parecen ser «gálagos menores» o «gálagos del Senegal», pequeños primates de unos veinte centímetros y unos veinticinco centímetros de cola. Animal nocturno, con gran capacidad de salto, cuyo tamaño y agilidad recuerdan la complexión de un gato, aunque su nombre parece derivar de golo (‘mono’ en wólof). El valor de ambas especies parece radicar en ser animales de compañía, tal como apunta la pintura gótica. Las aves marcan un notable cambio, al estar dominadas por dos especies nuevas y singulares: los papagayos y las gallinas pintadas. Cadamosto se extrañó del poco aprecio de los nativos a los papagayos (debido a los daños que hacían en los sembrados), cuando él los veía como una fuente de importantes ganancias110. Su carabela cargó más de 150 crías, que se vendieron a medio ducado cada una. Entre la multitud de variedades existente, recoge dos. La primera que emparenta con la que llegaba a Venecia procede de Alejandría, aunque un poco más pequeña; y otra que se ve obligado a describir como «mucho más grande, con la cabeza, el cuello, el pico y los pies de color pardo y el cuerpo amarillo y verde», probablemente el llamado «lorito senegalés». Valentim Fernandes insiste en su gran número y señala ejemplares verdes y pardos con rabo púrpura111. Ninguno de ellos señala un valor distinto al ornamental. Las gallinas pintadas son presentadas por Cadamosto como gallinas de faraón, porque una subespecie procedía de Egipto. En realidad, se trata de la gallina de Guinea (Numididae meleagris). Las describe de la siguiente manera: «parecidas a los gansos, pero no como los que conocemos, sino de plumaje distinto». Esta variedad de «pintada» era numerosísima y muy apreciada por su carne. El resto de las aves merecen escasa atención, salvo para indicar las diferencias con sus congéneres europeos. La excepción a la norma la encontramos en la descripción de un «cálao terrestre». Su sorprendente figura merece una larga presentación: hay en esta tierra unas aves grandes que ellos llaman bugam, que quiere decir en nuestra lengua hechiceras, a las que no matan porque les pueden causar un daño grave: dicen que es un pecado matarlas. Estas aves son tan grandes como un cisne, tienen el cuello como un pato y presentan una corcova en la espalda; las plumas del cuerpo son negras y las de las alas son largas, unas blancas y otras negras. Es ave de tierra y camina alrededor de sus casas; posee el pico grueso, de un palmo de cumplido, y en la unión de este pico con la cabeza tiene un orificio por donde respira, etc. Los machos presentan una papada grande que, hinchada, es como la bolsa de un hombre, sin plumas, como de cuero, de color rojo escarlata. Las hembras tienen bocios similares, aunque de color azul fino112. 109 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 155; Aznar y Corbella, D., África y sus islas, pp. 125, 134 y 136. 110 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, pp. 128-129. 111 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 140. 112 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, pp. 125-126; Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 160. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 34 Pero el gran cambio de la fauna guineana respecto a las anteriores es la cantidad y variedad de animales salvajes. Encabezan este elenco las serpientes. Aunque las había pequeñas y no venenosas, las que llamaban la atención eran aquellas capaces de engullir una cabra entera sin descuartizarla, las que median más de 30 pies y las que proporcionaban el poderoso veneno que convertían en mortíferas sus armas. La forma de mantenerlas a raya era mediante hechizos, que solo los africanos conocían113. Los elefantes atrajeron la atención de los viajeros, tanto por su peso en la vida local como por su interés comercial. Cadamosto y Valentim Fernandes recalcan su carácter salvaje, dado que no se domestican como en India114. Y el primero niega la creencia de que no pudiesen arrodillarse, lo que les obligaba a dormir de pie, «lo que es pura invención, puesto que se echan en tierra y se levantan como cualquier otro animal»115. Se destacan sus atributos físicos (porte, fuerza, velocidad...) y su carácter pacífico, si no es atacado. Su caza exigía valor y destreza, al punto que quien conseguía la pieza era festejado como un héroe. Proporcionaban comida, muy apreciada por los guineos y minusvalorada por los europeos116, aunque ambos grupos concordaban en su enorme aporte. Las fuentes guineanas recogidas por Zurara señalan que cada ejemplar alcanzaba para dos mil quinientos hombres117; y Cadamosto equipara la carne de una pequeña cría con la de «cinco o seis toros de los nuestros»118. Su cuero se utilizaba para adargas y otros usos. La valoración de su marfil era común a ambos grupos, aunque con distintos niveles. Los europeos lo hacían por su alto valor comercial, como atestigua Zurara al indicar que en el Mediterráneo cada colmillo llegaba a pagarse a mil doblas119. Los indígenas, en cambio, buscaban su transformación artesanal, en parte destinada a la venta. Así lo recoge Valentim Fernandes, quien indica acerca de los habitantes de Sierra Leona: «son muy hábiles e ingeniosos. Tallan extraordinarias obras de marfil de cualquier objeto que les encarguen. Unos hacen collares, otros saleros, otros empuñaduras para las dagas y otras finuras»120. Tal era su aprecio, que un colmillo de doce palmos, enviado al rey, sirvió como regalo de este a su hermana, la duquesa de Borgoña121. Los cronistas mencionan el envío de pelos o cerdas a Portugal, aunque creemos que se hizo más por su valor simbólico que mercantil. Y lo mismo cabe decir de las patas de este paquidermo. 113 Ibidem. 114 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 157; Aznar y Corbella, D., África y sus islas, p. 158. 115 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 127. 116 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 158: Cadamosto la describe: «no es demasiado buena, me pareció dura, sosa y sin sabor»; Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 158: Fernandes señala «consideran que las partes más sabrosas son las uñas, la trompa y, sobre todo, el miembro viril», para añadir, p. 212, «No es carne sabrosa». 117 Zurara, La Crónica de Guinea, p. 226. 118 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 158. 119 Zurara, La Crónica de Guinea, p. 226. 120 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 158. 121 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 159. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 35 Otros animales salvajes que atrajeron la curiosidad de los viajeros fueron los cocodrilos e hipopótamos. Los primeros, denominados «serpientes de agua» por Cadamosto122 y señalados por su ferocidad, que acaba con la vida de hombres, mujeres, vacas y cualquier otro animal que se acercara a la orilla de los ríos. A pesar de ello y de su envergadura, superior a los 30 pies, Valentim Fernandes recoge la forma de cazarlos123. La información ofrecida por los relatos europeos se puede ampliar con la rica descripción de León el Africano124. Los segundos merecieron atención por su novedad. Este carácter es visible en su denominación y descripción por Cadamosto. Este autor comienza la descripción del «pez-caballo» de la siguiente manera: «es casi de la misma naturaleza que el lobo marino, que unas veces permanece en el agua y otras en tierra, y de estos dos elementos se sirve». Refuerza su admiración diciendo: «según he podido saber, no se encuentra este tipo de animal en ninguna otra parte por donde navegan los cristianos, excepto quizá en el Nilo». Este hecho contrastaba con el conocimiento que de este animal tenían las fuentes árabes, como se puede apreciar en la descripción que de él hace León el Africano125. El resto de animales salvajes solo mereció su enumeración, tanto en el caso de los felinos (leones, onzas, leopardos...) como en el de los diversos tipos de antílopes. A este grupo hay que añadir los búfalos y los jabalíes salvajes (facóquero común), mamífero artiodáctilo de la familia Suidae. En esta zona, la relación de animales domésticos es corta y poco detallada. Los ejemplares mencionados son caballos, bueyes y vacas, cabras, gallinas y perros. La ausencia de ovejas, sostenida por Cadamosto, tiende a explicarse por la incapacidad de reconocer como tal la variedad rasa. Sin embargo, la total ausencia de referencias la avala. Las carencias en este terreno quedan de manifiesto en la lista de animales pedidos por el jefe Numimansa para su envío desde Portugal. La relación es la siguiente: un azor, carneros y ovejas, patos y un puerco126. Como notas diferenciales hay que contar el menor tamaño de los bóvidos; que las vacas fuesen exclusivamente blancas, negras o mezcla de ambos colores y el consumo de canes. Esta práctica sorprendió a Cadamosto, quien no había escuchado que se practicase en otro lugar del mundo127. Por contra, Valentim Fernandes la recoge sin sorpresa e indica su importancia entre los sapes128. 122 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 123. 123 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 141: «Cuando los pescadores ven al cocodrilo dormido en tierra, desde sus almadías los espantan y el animal, asustando, corre hacia el agua y se esconde en el barro a dos o tres brazas de profundidad. El pescador sabe que allí donde el agua se mueve se encuentra el cocodrilo. Entonces le arroja un arpón grande de hierro embutido en un asta larga. Con un cordel ata una boya en el asta, mientras que el cocodrilo huye hacia otro lado y vuelve a sumergirse en el fondo. El pescador lo persigue y le lanza otro arpón. Y así muchas veces hasta que consigue agotarlo». 124 León el Africano, Descripción general del África, pp. 543-545. 125 León el Africano, Descripción general del África, p. 542. 126 Sintra, El descubrimiento de Guinea, p. 53. 127 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 156. 128 Aznar y Corbella, África y sus islas, pp. 140 y 149. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 36 Los caballos recibieron mayor atención, no tanto por su número como por su importancia social. Su escasez era debida a las condiciones ambientales, que hacían difícil su supervivencia. Cadamosto explica esta situación con las siguientes palabras: «no pueden sobrevivir por el gran calor, se hinchan tanto que al final acaban muriendo de una enfermedad que no los deja orinar y revientan»129. Como causa añadida cita la alimentación, pues «en lugar de avena, añaden también mijo, que engorda todavía más al animal». A pesar de esta dificultad, su importación, tanto del norte de África como de Europa, era habitual. Este comercio reportaba un gran beneficio, medido en número de esclavos obtenidos. Para alárabes y azanegas se cifran entre diez y quince, según su docilidad130. Las estimaciones sobre los intercambios portugueses son más abundantes y muestran su degradación con el transcurso del tiempo. Los lamentos por esta causa son numerosos, como los que ofrece Valentim Fernandes131. En el momento que él escribía, en el país mandinga solo se pagaban siete negros por caballo y en Río Grande, donde en tiempos pretéritos se ofertaban catorce esclavos por un caballo, luego pasaron a dar diez, para acabar ofreciendo seis, siete u ocho. Es cierto que el valor de los caballos dependía también de la ley de la oferta y la demanda. Así lo muestra la referencia de Münzer al envío por parte del infante don Enrique de caballos de poca utilidad a Budomel, en guerra con el rey de los jalofes, obteniendo por cada caballo viejo entre veinticinco y treinta esclavos132. Su utilidad para la guerra se enfrentaba con las dificultades de obtención, al punto que Cadamosto considera «hacen la guerra a pie, pues tienen muy pocos caballos»133, lo que repite Valentim Fernandes. Su alta estima se traducía en un denodado esfuerzo por conseguirlos, como muestra el siguiente relato: «Cuando llegan las carabelas de cristianos y algún señor quiere comprar caballos, este señor asalta la primera aldea que encuentra, sea de amigos o de enemigos, captura todos los hombres y mujeres que necesita y cuanto pueda llevarse». Para luego explicar: «los caballos no los adquiere tanto para la guerra como para su reputación. Incluso, aunque el animal esté enfermo o sepa que va a morirse al día siguiente, lo compra de todos modos, pues después conserva sus colas y las cuelga en sus aposentos. Y cuando va a alguna fiesta sus mujeres portan aquellas colas para confirmar que su marido ha sido dueño de tantos caballos»134. Para cuidar tan precioso bien se recurría a rituales de protección, como el recogido por Cadamosto: Cuando un señor compra alguno, hace venir a los encantadores, que ordenan prender una gran hoguera con ciertas ramas, a su manera, formándose una gran 129 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 130. En realidad, el principal enemigo de los caballos era la mosca tse-tse, lo que impedía su importación más allá de la Costa de Oro. 130 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 94. 131 Aznar y Corbella, África y sus islas, pp. 137 y 149. 132 Münzer, Hieronymus, «Do descobrimento da Guiné pelo infante D. Henrique», en A.Brasio, Monumenta missionaria africana. África Ocidental (1342-1199). Lisboa, Agência Geral do Ultramar, 1958, pp. 235-236. 133 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 110. 134 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 127. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 37 humareda. Sobre esta mantienen al caballo con las bridas, pronunciando algunas palabras; después lo untan con un ungüento sutil y lo mantienen encerrado veinte días sin que nadie lo vea, y le ponen en el cuello algunos amuletos moriscos, que parecen pequeños escapularios plegados en cuatro y cubiertos de cuero rojo. Creen que llevando estas fantasías al cuello van más seguros a la batalla134. Estos amuletos o grigris, en alusión al saquito que guardaba los objetos o los escritos apotropaicos, eran realizados por predicadores musulmanes y se empleaban también para la protección de las personas. En la Guinea animista los animales adquirían un nuevo valor: su utilización ritual. Tal práctica estaba relacionada, en primer lugar, con la conmemoración de la muerte. Esta comenzaba con la sepultura, ya que «a ningún hombre lo entierran solo, sino con animales como vacas, cabras o gallinas, según su condición»135. Este sistema de acompañamiento alcanzaba a personas, cuando se trataba de un jefe. Así, cuando moría el soberano de los beafadas mataban «a su principal mujer, al privado más próximo así como a su mejor esclavo o esclava, el mejor caballo, algunas vacas, perros, cabras y gallinas»136. Los aniversarios de los enterramientos se celebraban mediante sacrificios de gallinas o cabras. La sangre se derramaba sobre las figuras que representaba a los fallecidos, se comía la carne y se colgaban los huesos alrededor del cuello137. Los sacrificios de animales también eran la forma de venerar a los grandes ídolos, como sucedía en los santuarios silvestres de Cru. En ellos, el guardián del sitio recibía las ofrendas de los romeros y tras la rogativa sacrificaba las cabras o gallinas a los pies de la imagen y regaba su sangre138. La última manifestación de este tipo de rituales estaba ligada a la partida para la guerra. En esta ocasión, el señor mandaba sacrificar un número de vacas, acorde con su condición, cuyos trozos eran esparcidos por el camino que seguía. Toda su gente pasaba por encima de los trozos de carne, pero nadie comía de ellos, dejándolos para las aves y los animales139. El último archipiélago descrito en las relaciones del siglo xv es el de Santo Tomé. Sus condiciones naturales y, por tanto, su fauna se apartaban de lo descrito para la Macaronesia. Por ello, parte de sus animales resultaban novedosos y comunes con los de la Guinea continental. En unos casos eran especies introducidas, caso de los gatos de algalia, huidos de los armadores que los habían traído de la costa africana. En otros, podría tratarse de concomitancias entre ambos ámbitos geográficos. Este hecho es fácil de admitir en el caso de las aves, presentadas en Santo Tomé como «halcones, tórtolas; palomas domésticas y silvestres, alcatraces, rabicortos y patos, tanto bravos como mansos»; y en Annobon como «tórtolas, tordos y estorninos, iguales a los de 135 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos., p. 156. 136 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 150. 137 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 155. 138 Aznar, Corbella y Tejera, Los viajes africanos, p. 160. 139 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 123. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 38 aquí excepto en que tienen el pico muy corto»140. La ausencia de población preexistente plantea dudas acerca de la llegada de otras especies como las gallinas de Guinea, las serpientes venenosas, las ovejas rasas, peces sapo y las ratas o ratones «con orejas y rabos, aunque tan grandes como conejos»141. En este último caso podría tratarse de una confusión con el damán, que, aunque guarda cierto parecido con los roedores, se trata de un ungulado primitivo, apreciado por su carne. Especial atención se presta a los cocodrilos, tanto por su peligro, ya que «comen hombres, mujeres, vacas, bueyes y toda clase de animales», como por sus llamativas costumbres, pues «no salen completamente del agua, sino que siempre mantienen su cola en agua dulce» y «se mantienen sobre el rabo como un hombre sobre sus pies»142. Las diferencias entre islas no se limitaban a las aves, pues de Annobon se dice que no tiene cocodrilos, que sus serpientes no son venenosas y sus ratones son como los de Portugal143. La fauna marina también era objeto de renovada atención. En Santo Tomé, junto a animales ordinarios, caso de sardinas y abadejos, se contaban otros señalados como singulares. Estos recibían tal carácter bien por su tamaño, caso de los tiburones, o bien por ser considerados venenosos, caso de bicudas y peces aguja144. A sus rarezas, Annobon añade dos más. La primera se refiere a las tortugas que se crían en tierra y en mar. De ellas se dice que «ponen sus huevos como las gallinas, hoy uno y mañana otro; donde depositan el huevo allí lo dejan, y de él nace una tortuga, sin más cuidado. Y no los entierran como las tortugas marinas»145. La segunda toca a los cangrejos «similares a los portugueses. Se crían fuera del agua y, cuando se meten en ella, mueren. Trepan por los árboles y se alimentan de sus hojas»146. La situación geográfica de este archipiélago hacía que los procesos de adaptación animal adquiriesen nuevas características147. En primer lugar, porque determinadas especies no podían sobrevivir. Es el caso de los équidos, tanto caballos como asnos, que antes de un año morían por hinchamiento, tal como sucedía en la Guinea continental por la acción de las moscas tse-tse. Parte de sus funciones eran remplazadas por los animales bien adaptados, caso de vacas, bueyes y cerdos. Hay que considerar a continuación que las distintas variedades evolucionaban de forma diferente. Las cabras locales y de Guinea, diferenciadas por ser grandes de cuerpo y cortas de patas, parían todos los meses, mientras que las venidas de Cabo Verde lo hacían de tres en tres meses. Y lo mismo sucedía con las ovejas rasas respecto de las traídas de dicho archipiélago. 140 Aznar y Corbella, África y sus islas, pp. 199 y 208. 141 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 199. 142 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 200. 143 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 208. 144 Aznar y Corbella, África y sus islas, pp. 200-201. 145 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 208. 146 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 208. 147 Aznar y Corbella, África y sus islas, p. 199. CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 39 4. CONCLUSIONES El descubrimiento y posterior comprensión de la fauna atlántica por los europeos fue un proceso gradual y adaptado a los diversos ámbitos geográficos. Sus notas de alteridad se explican por la posición periférica respecto de la ecúmene. Este hecho le confería inicialmente un carácter maravilloso, al tratarse de especies que presentaban diferencias respecto de sus congéneres metropolitanos o que eran poco o nada conocidas. En esta primera etapa, la intuición de la misma se veía afectada por dos aportes divergentes: el propio de la vida inocente y bienaventurada y el ligado al rechazo de la vida no civilizada. El progresivo conocimiento de la realidad animal llevará a una visión más realista, al integrarla su medio natural y humano. Su descripción comparte la visión etnográfica y la utilitarista. En el primer caso, los viajeros explican la importancia de las distintas especies en la alimentación y el trabajo de las sociedades visitadas, sin olvidar su utilización ritual. En cuanto a la comida, se señalan tanto las especies que rechazan los nativos, caso de los pescados de cuero, como las que excluyen los europeos, especialmente los perros. Otras, como el elefante y el avestruz, apuntan a un cierto proceso de adaptación. También se señala la diversidad en el consumo, debido a las distintas posibilidades de abastecimiento. Ello se traduce en la preservación de los ganados, eliminando el consumo de animales jóvenes o estableciendo amplios períodos de veda. Y lo mismo sucede en la adaptación al momento, que llega hasta el aprovechamiento de las plagas de langostas. En lo relativo a las otras utilidades de los animales, se destacan la utilización de los cueros, especialmente de antas y elefantes; y de los huesos, caso del marfil y los cuernos de cabra. También se pondera su uso en el transporte y en la guerra, especialmente en el camello; y no se olvidan de reseñar su utilidad como medio de orientación. El empleo ritual de los animales se contempla en los sacrificios para honrar a los difuntos, asegurar la buena marcha de ciertas actividades o preservar los lugares de culto. En la primera modalidad predominan los animales domésticos, en particular las gallinas; en la segunda, las serpientes. La posesión de ciertos animales era también un signo de prestigio social, como muestra el uso de los caballos, adquiridos a altos precios y protegidos por artes mágicas. El interés europeo en los animales africanos respondía a un doble objetivo: su aprovechamiento in situ y su integración en circuitos comerciales. El primero predominaba en las regiones efectivamente colonizadas y en él entraban pescado, marisco, ganado menor y aves. Su aportación no cubría todas las necesidades, por lo que los colonizadores introdujeron nuevas especies o completaron las existentes. Esto lo hicieron en el momento de la instalación o mediante sueltas previas. El resultado fue un proceso de adaptación, diferente según el lugar de instalación y el origen de los animales, pues no todos procedían de los reinos hispánicos. La atracción mercantil de la fauna comenzó por aquellos animales que proporcionaban cueros, muy demandados por la industria ibérica. En este capítulo se contaba el ganado menor, los diversos tipos de antílopes y los lobos marinos. A este grupo vino a sumarse el de productores de cosméticos, encabezado por los gatos de algalia; y el de las mascotas, representado por monos y papagayos. Próximos a estos últimos se encontraban las fieras, destinadas a los «zoológicos» señoriales; y los CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 40 derivados de los elefantes, dedicados igualmente a la ostentación de los poderosos. Algunos productos locales, como los caballos berberiscos, multiplicaban su valor en su distribución hacia Guinea. Lo mismo sucedía con los ostrones de Canarias, cambiados por oro en La Mina; aunque en este caso no se trataba del molusco sino de su concha. El interés suscitado por estas especies se tradujo en un mejor conocimiento y en el consiguiente esfuerzo por darlas a conocer. En unos casos, se trataba de compararlas a las variedades de referencia, ya fuesen ovejas sin lana, aves mansas, animales de menor porte o de distinta coloración. En otros, de oponerlas; como en la referencia a supuestos pelícanos, «que no son como los que aparecen en los libros». A falta de esta herramienta, se recurría a la descripción de sus características, tanto más prolija cuanto más alejada del modelo conocido. Este recurso alcanza también a las denominaciones, caso del «pez caballo» para el hipopótamo, «serpiente con concha» para la tortuga o «sirena» para el delfín. El avance en el conocimiento permitía deshacer falsas ideas, como que el elefante dormía de pie, o el avestruz no incubaba sus huevos. Procuraba también redefinir los géneros. Con acierto, en el caso del avestruz, catalogado de ave no de bestia. Y sin él, al considerar a la tortuga como pescado, aunque fuera contradiciendo su denominación de serpiente. Todo ello se traducía en una presentación más cabal y menos mítica. Recibido: 1 de junio de 2022; aceptado: 10 de agosto de 2022 CUADERNOS DEL CEMYR, 31; 2023, PP. 17-42 41 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Abreu Galindo, Fray Juan de, Historia de la conquista de las Siete Islas Canarias. Santa Cruz de Tenerife, Goya, 1955. Aznar, Eduardo, Corbella, Dolores, Pico, Berta, y Tejera, Antonio, Le Canarien. Retrato de dos mundos I. Textos. Instituto de Estudios Canarios, San Cristóbal de La Laguna, 2006. Aznar, Eduardo, Corbella, Dolores, y Tejera, Antonio, Los viajes africanos de Alvise Cadamosto (1455-1456). Instituto de Estudios Canarios, 2017. San Cristóbal de La Laguna. Aznar, Eduardo y Corbella, Dolores, África y sus islas en el Manuscrito de Valentim Fernandes. Madrid, Dykinson, 2021. Colón, Cristóbal, Textos y documentos completos. Relaciones de viajes, cartas y memoriales. Ed. C.Varela, Madrid. Alianza Editorial, 1992. Cortesão, Armando, História da cartografía portuguesa. 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