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El comisario Galván, entre Sevilla y Tánger

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El comisario Galván, entre Sevilla y Tánger

Author: Jiménez Núñez, Alfredo
Publisher: Universidad de Sevilla
Year: 2015
Source: https://idus.us.es/bitstreams/0574e90a-be54-4bd4-9a79-583aff6897c8/download
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EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA
Y TÁNGER1
Po alF edo JiMénez núñez
I. “AMERICANO ASESINADO EN LA ALAMEDA”
Así decía una escue a no a de p ensa. La pe sona que llamó
a la Policía dijo que e a “ame icano”, aunque los agen es halla on
en unos bolsillos disimulados o os dos pasapo es de o as an as
nacionalidades. De momen o se habló de “mue e na u al”. El
comen a io i e e en e de un cu ioso de los que se agolpaban en
la calle, ue que había mue o “de gus o” dado que se encon aba
en un bu del de lujo. Sin emba go, el o ense dic aminó ac u-
a del cuello p oducida po unas manos ue es y expe as. La
madama del negocio decla ó que el p esun o ame icano había
llegado con o o indi iduo; que los habían oído discu i en un
ese ado mien as espe aban unas bebidas y a las chicas; y que
“el i o” se ma chó con p isa poco después.
Todo apun aba a un ajus e de cuen as. Se in o mó de inme-
dia o al consulado de los Es ados Unidos pa a con i ma la nacio-
nalidad del mue o. El cónsul ogó la mayo disc eción po azones
de imagen, pues e an muchos los súbdi os ame icanos, mayo men e
1. Tex o leído en la sesión de la Academia el 19 de junio. Una e sión amplia
se publicó en las páginas de ABC de Se illa median e sie e en egas. La p ime a
apa eció el 10 de julio; la úl ima, el dos de agos o de 2015.
Mine ae Bae icae. Bole ín de la Real Academia Se illana de Buenas Le as,
2ª época, 43, 2015, pp. 241–267.
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mili a es, que se ían en las bases de Mo ón y Ro a o en las ins a-
laciones del ae opue o de San Pablo. La gue a ía en e Rusia y
los Es ados Unidos había c eado en pocos años una g an colonia
ame icana. Se hizo ca go de la in es igación el comisa io Gal án, el
más jo en y con mayo expe iencia en casos elacionados con ex-
anje os. Fede ico Gal án hablaba idiomas, especialmen e ancés,
y es u o des inado en Tánge cuando e a “ciudad in e nacional”. Fe-
de ico Gal án se había ganado su emp ano ascenso as esol e el
asesina o de un súbdi o ancés en una inca de Cons an ina. Como
le gus aba econoce , había sido pa a él una g an expe iencia la in-
es igación que lle ó al alimón con el comisa io Maig e , je e de la
Policía Judicial de Pa ís, que in e ino o iciosamen e2.
Gal án se di igió como p ime a p o idencia al consulado
de la A enida de las Delicias. Po supues o, había que ac ua con
ac o y “diplomacia” an e un cónsul gene al bien elacionado
con las al u as de su Gobie no, pues e a cuñado del embajado
en Mad id que, a su ez, e a he mano del embajado ame icano
en las Naciones Unidas. No mos ó el cónsul especial pena po
la íc ima: un supues o ame icano (con es pasapo es en el bol-
sillo), encon ado mue o en una “casa de lenocinio”. “¿En una
casa de qué…?”, había p egun ado con displicencia el cónsul.
Gal án, que se había pues o ino, como le había ecomendado su
je e, acla ó: “En una casa de pu as… Pu as de lujo”.
Gal án le mos ó al cónsul los pasapo es de la íc ima; un
unciona io omó no a de ellos y se los de ol ió. El policía ehu-
só co ésmen e el ca é que le o eció el diplomá ico (no enía el
es ómago aquella mañana pa a ca é he ido a la ame icana), y se
despidió has a ene no icias de la Embajada sob e la iden idad del
mue o. Ya en la ace a de la a enida, Gal án se ajus ó el somb e-
o, se ap e ó el cin u ón de la gaba dina, y echó a anda con cie o
empaque hacia los ja dines de C is ina. El an ía le lle a ía a la
Campana y desde allí, a pie, llega ía a la calle Monsal es, sede de
la Je a u a. Cualquie se illano que se c uza a en su camino hab ía
2. Al edo Jiménez, Asesina o en p ima e a. El comisa io Maig e en Se i-
lla. Edi o ial Pa én esis. Se illa, 2011.
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is o un homb e oda ía jo en, ancho de homb os, no muy al o y
con bigo e. En la España de F anco los españoles e an baji os y
lle aban bigo e. La ba ba e a pa a algunos homb es muy mayo es
y a os, como escapados de un iejo e a o de amilia. Fede ico
Gal án e a mo eno, con en adas en la cabeza que augu aban cal-
icie. Sus ojos e an cla os, y en su os o una son isa ácil que se
helaba de golpe cuando pe día la paciencia o se cab eaba.
Dos ho as después de llega a la Je a u a, la embajada in o -
mó que el mue o ue miemb o del se icio sec e o, y el pasapo e
ame icano e a also. Había nacido en Nue a Yo k de pad es ju-
díos llegados de Rusia. Hacía un año que se des aneció sin deja
as o; se le dio po mue o o pasado al enemigo. El c imen de la
Alameda omaba un gi o inquie an e. La p esencia y mue e de un
ame icano e a un da o a conside a se iamen e en el ma co de la
gue a ía. ¿Qué había aído al an iguo agen e sec e o a Se illa
en compañía del indi iduo que abandonó el bu del después del
c imen? E a u gen e su cap u a pa a encon a espues as. E an
muchos los ecu sos en homb es y ma e ial de gue a que Es ados
Unidos enía en “las bases españolas de u ilización conjun a”. ¿Se
p epa aba un sabo aje o una campaña de agi ación con a la p e-
sencia ame icana? Ocho años an es, en 1954, el Pa ido Comunis a
de España lanzó un “Mensaje a los in elec uales pa io as, a los
abajado es de la Ciencia, de la Li e a u a y el A e”. El blanco
de los a aques e an las bases ame icanas, cali icadas de “Gib al-
a es no eame icanos”. El mensaje denunciaba la exis encia de
bombas a ómicas que pod ían es alla po acciden e y con e i el
país en ie a adioac i a e incul i able. Gal án ambién pensó en
el consulado ame icano, un bello pabellón de la Exposición Ibe-
o–Ame icana del ein inue e que con aba en e su pe sonal nada
menos que con un cónsul gene al, un cónsul y dos icecónsules
de ca e a, amén de adminis a i os ame icanos y españoles. Los
consulados, menos p o egidos que las embajadas, han sido siem-
p e obje i o p e e en e del e o ismo polí ico.
En oc ub e de 1962, la ensión en e los Es ados Unidos y la
Unión So ié ica había alcanzado un pun o c í ico. La allida in-
asión de Cuba había debili ado al p esiden e Kennedy y en a-
len onado a K usche . Los misiles so ié icos en la isla de Cas o
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e an una p o ocación insopo able pa a la g an po encia de Oc-
ciden e. La CIA (Agencia Cen al de In eligencia) enía en ale a
a odos sus peones en Eu opa an e la inminencia de un con lic o
a mado. ¡La gue a ía se calen aba! Po ó denes de muy a iba,
el comisa io Gal án se hizo ca go del asesina o de un ame icano
más que sospechoso en una zona muy sensible de Eu opa.
A la ho a b uja de cie os ambien es, Gal án inició su in-
es igación. La p ensa segui ía c eyendo en un ajus e de cuen as
en e indi iduos indeseables. Un homb ecillo que hacía un poco
de odo a la pue a de la casa de ci as, con i mó al comisa io la
llegada de los dos ex anje os y la salida p ecipi ada de uno de
ellos. “Ya se habían omado unas copas y enían bien ca gados.
En una se ille a aían la di ección”, dijo el homb ecillo. “¿La
se ille a e a de un ba ce cano?”, le p egun ó Gal án. “Sí, el
más g ande del ba io…”. Gal án se di igió al ba , p egun ó po
el enca gado, y és e llamó a un cama e o. “Yo les di la di ección.
Uno e a mo eno, sabía español. El o o e a ubio has a en las ce-
jas. Hablaban un idioma que no me sonaba; ni inglés ni ancés.
Po cie o, había dejado de llo e po la a de y el ubio se ol idó
la gaba dina que aía al b azo”. En es e pun o in e ino el enca -
gado, que pa ecía ne ioso: “Yo gua dé la gaba dina pensando
que ol e ía a ecoge la. Po la mañana supimos del asesina-
o, y desde en onces hemos enido aquí mucho jaleo...”. Gal án,
que había pe dido su na u al semblan e, le espe ó: “Quie o e
la gaba dina”. E a una p enda de calidad, hecha en la Alema-
nia O ien al según una e ique a in e io . “¿Algo en los bolsillos”.
“Nada de alo , se lo ju o... Un pasaje del e y de Tánge a Al-
geci as, que i é a la papele a”. “¡Imbécil! –exclamó el policía–.
Pues me e la gaba dina en una bolsa y se la das al inspec o que
se pasa á po aquí. ¿Pensabas, enano, que e es a ía bien la p en-
da”. El comisa io se había cab eado con azón.
II. TÁNGER: TAN CERCA, TAN LEJOS
–Alicia, me oy a Tánge –. Alicia mi ó a su ma ido con
exp esión inc édula. Hacía seis años que el en onces inspec o
dejó su des ino en la ciudad ma oquí, donde había i ido los
años más ascinan es de su ca e a, según le gus aba deci .
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–¡Qué impo an e, seño comisa io! Y, na u almen e, u p o-
mesa de lle a me un día a la ciudad que e cau i ó queda á pa a me-
jo ocasión –comen ó Alicia con i onía y un ono ama go en la oz.
–Pues sí, ca iño. Son cosas del o icio. Tampoco pensaba
yo que ol e ía a Tánge pa a ocupa me de un c imen en Se illa.
¿Has oído la adio? Yo c eo que el asesina o del ame icano iene
elación con Tánge . Me han dado ca a blanca y me la juego con
mi pis a ange ina.
–En in, que engo que hace la male a y desea e que lo
pases bien en u que ido Tánge –. El comisa io Gal án la mi ó
con e nu a. Alicia e a una muje de mala salud, nada g a e,
aunque siemp e en e ma. Los años de Tánge ue on lle ade os
mien as i ió la mad e de Alicia, muje ue e y sana que mu ió
de apoplejía o exceso de salud. El des ino olun a io en Tánge
pe mi ió aho a algo y le si ió al inspec o pa a hace mé i os.
Cuando Ma uecos p oclamó en 1956 su independencia de Espa-
ña y F ancia, Gal án eg esó a la Península. Tánge dejaba de se
“ciudad in e nacional”, aunque conse ó mucho de su encan o
cen ena io. Alicia siemp e sospechó que el policía había enido
algún lío en ie as a icanas pe o, g acias a una sueg a in eligen-
e, las cosas nunca llega on a mayo es en el ma imonio. “Muje ,
¿es que no conoces a los homb es? Si yo e con a a de u pad e,
policía y pica ón como el que más”.
Hundido en el asien o ase o de un ci oen del Pa que Mó il,
Gal án daba uel as en su cabeza a la mue e del ame icano,
un espía doble asesinado po un homb e que le ompió el cue-
llo en un bu del. La Policía buscó en ano un ipo co pulen o
y ubio como la panocha, que hablaba un idioma a o, al ez
uso, que no se expond ía a se econocido con señas an lla-
ma i as. El asesino debió ap o echa la mad ugada pa a sali
como una somb a de una ciudad oda ía do mida. La sinies a
pa eja debió busca albe gue en el p os íbulo pa a pasa la
noche, un luga donde nadie hace p egun as, donde odos y
odas saben que lo mejo es man ene la boca ce ada si hay
p oblemas. Lo que no es aba p e is o ue un en en amien o
súbi o que e minó en asesina o. Según las deducciones del
comisa io Gal án, disc epa on sob e la echa y el luga de un
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a en ado que ue a no icia y p o oca a una p o es a popula
con a la p esencia ame icana.
Ningún axis a dio no icia del Rubio, nomb e con que ue
bau izado el asesino has a conoce su iden idad. Po la a de, la
comisa ía de la Maca ena ecibió la denuncia de un coche obado
en el ba io. Como el dueño lib aba ese día, no lo echó de menos
has a úl ima ho a, y la Policía no elacionó de momen o el obo
con el c imen. Cuando la no icia llegó a la Je a u a, Gal án in u-
yó que el Rubio abandonó la ciudad en ese coche. El pasaje del
e y hallado en la gaba dina del asesino y el obo del coche ue-
on sus azones (a al a de o as) pa a iaja a Tánge . La ciudad
ma oquí ue en los años cua en a “nido de espías”, e ugio de
ugi i os y puen e pa a o os des inos. Un mic ocosmos de azas
y eligiones, con una ieja medina de calles angos as y en e e-
sadas donde ni el más ubio ni el más mo eno, ni el más al o ni
el más bajo llaman la a ención o despie an sospechas. A medio
camino en e Se illa y Algeci as, Gal án hizo un al o en una
en a y llamó a la Je a u a pa a sabe si había alguna no edad
an es de aleja se más de la ciudad. Al sali a la ca e e a io apa -
cado de al modo un coche neg o que no pod ía deci se si “iba”
o ” enía”. Llamaba la a ención su amaño y po encia en un país
que empezaba a mo e se en el “seiscien os”, el coche que según
un minis o de F anco le había ganado la gue a al comunismo.
A p incipio de los años sesen a, Tánge seguía siendo pue -
o de ecalada y “mee ing poin ” de millona ios de ida e e es-
cen e, de magna es y mangan es de las inanzas, de gen e del cine
y o as a es, de jó enes ame icanos geniales y ex a agan es en-
candilados po un mundo pa a ellos exó ico. En o as palab as,
Tánge aún o ecía buena pa e de una adición milena ia ancla-
da en e dos ma es, dos con inen es, y siemp e animada po su
a iopin a y palpi an e población.
Oscu ecía cuando el e y en ó en el pue o de Tánge . La
ciudad, enca amada en sus ce os, encendía sus p ime as luces
dispues a a i i una noche más de las mil y una que habían
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ejido una his o ia deslumb an e y o men osa. El saludo de un
o icial de la Genda me ía Real llamó la a ención de Gal án, que
había anunciado su llegada pe o no espe aba a su amigo en el
muelle. Los dos comisa ios se ab aza on y elici a on po el e-
cien e ascenso en sus ca e as. La ac uación del español se ía
disc e a, cosa en e iejos cama adas, pues Gal án sólo con aba
con le es indicios y con su in uición pa a jus i ica su p esencia
en la ciudad. La so p esa del encuen o des ió la a ención de
Gal án que desde la ampa del e y eía aleja se a odo gas al
coche neg o y po en e de la en a que en algún pun o del camino
adelan ó al modes o ci oen del Pa que Mó il.
El comisa io ma oquí lle ó a su colega a Hamadi. En
cuan o en a on en el exquisi o es au an e, Gal án se sin ió in-
adido po ecue dos y ab umado po imágenes, sonidos y olo es
amilia es. Los años de Tánge habían sido ag idulces pa a Fe-
de ico Gal án. La cos a española es aba a i o de pied a, pe o él
i ía en un país ex año; en un ambien e de ensueño o pesadilla
según días y es ados de ánimo.
Cua o homb es madu os, es idos con impecable chilaba,
ocaban sus ins umen os. Un me e de ba ba pun iaguda, chale-
co con bo dados de a abescos y pan alón bombacho, les dio la
bien enida y les lle ó al incón p edilec o del comisa io ma o-
quí. La cena ue adicional: ha i a (sopa), ajine (guiso de pollo),
y de pos e una pecado a a iedad de deliciosos pas elillos. El
ma oquí omó zumo de na anja (nada de alcohol en público). El
c is iano sólo bebió ce eza pa a su pesa . Y uma on ki o aba-
co del que en España se conocía como “de con abando”.
Nasse Alami no p egun ó du an e la cena sob e las ela-
ciones del ma imonio ni los po meno es del c imen de la Ala-
meda se illana. El genda me conocía las azones que un día lle-
a on a Gal án a Tánge ; sabía que el español (y “policía”) se
había dejado “p ende ” po los encan os y encan amien os de la
ciudad milena ia. La disc eción del ma oquí e a la p opia de
una cul u a que espe a la in imidad y obedece el p incipio de no
mos a nunca demasiada p isa ni excesi a cu iosidad. Ya en la
sob emesa, en uel os en humos y sones casi lamencos, se en ó
en de alles sob e el c imen del ame icano.
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–Nasse , necesi o u ayuda –le dijo el español a su colega
con oz g a e–. Con es e iaje me he a iesgado an e mi je e, y él
an e sus supe io es. Si es oy equi ocado o pe diendo un iempo
p ecioso, me cae á una buena. El en en amien o en e Kenne-
dy y K usche se deja sen i en Eu opa. Las bases de Mo ón y
Ro a se encuen an en es ado de ale a. Si los usos no de ienen
los ba cos que lle an misiles a Cuba, sólo Alá sabe qué puede
ocu i . Pa a mí que la p esencia en Se illa de un aido de la
CIA y de un asesino uso no ha sido casual. Desde luego, no e an
u is as”. Gal án había dicho “Alá” po de e encia a su amigo,
que e a c eyen e y obse an e.
“¿Y qué puedo hace yo?”, p egun ó el ma oquí en e
p eocupado y pe plejo. “Es u gen e localiza y de ene al Rubio;
a e igua si se p oponían un sabo aje en las bases ame icanas.
Pienso en algún inciden e o acciden e que soli ian e a la pobla-
ción española con a los yanquis: unos cuan os mue os, p e e i-
blemen e españoles de los que abajan en las bases de ´u ilización
conjun a´. El a en ando y la p o es a se ían no icia in e nacional”.
III. EL FRAILE Y LA JOVEN JUDÍA
El comisa io Gal án du mió bien. Un é con men a, como
saben p epa a en Ma uecos, ali ió la diges ión. Muy emp ano,
en ho a io monacal, el comisa io se di igió al con en o ancisca-
no. Iba a cue po bajo el cielo azul de una mañana de sua e b isa
ma ina. Al comisa io le gus aba adop a en su abajo una cie a
“pose”; sus compañe os decían que se “pi aba” po ac ua como
si es u ie a en un ea o. Y Gal án –que conocía es as bu las– se
c ecía en su papel pa a bu la se ambién de sus compañe os e im-
p esiona a los subo dinados. En el ho el había epasado Gal án
la p ensa local, con especial a ención al dia io España, en busca
de cualquie no icia sob e el c imen de la Alameda3. Ni una línea.
La ciudad segui ía pensando en un ajus e de cuen as en e gen e
3. El dia io España de Tánge se undó el 12 de oc ub e de 1938, en plena
Gue a Ci il. Dejó de publica se en 1967. Fue su p ime di ec o G ego io Co-
ochano, esc i o y c í ico au ino en las páginas de ABC.
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de mal i i . Más esonancia u o en Se illa el c imen de las
es anque as ocu ido unos años an es en el es ablecimien o que
las íc imas enían en la Pue a de la Ca ne, ce ca de donde i ía
el comisa io Gal án.
Al pasa delan e del Tea o Ce an es, Fede ico Gal án io un
g an ca el que anunciaba “Casablanca”. No pudo e i a uno de sus
nume i os, y lle ándose la mano al ala del somb e o hizo un guiño
de complicidad al g an Boga , que pa ecía son eí le desde la al u a.
Du an e la cena, el comisa io Nasse Alami mencionó a Gal án dos
pe sonas que pod ían in o ma le sob e el Rubio: un aile español
y el esc i o y composi o ame icano Paul Bowles, pe sonajes muy
dis in os pe o amigos po su común a ición a la música. Tánge es
una ciudad de con as es, de ex emos que a eces se ocan. Gal án
conoció en su iempo al aile, y has a compa ie on con idencias.
Paul Bowles e a amoso en e esc i o es ame icanos y ma oquíes;
lo había is o más de una ez en los ca és, pe o nada más. “C eo que
los conocis e –le dijo Nasse la noche an e io –. Son ex anje os,
pe o me idos en cie os ambien es ange inos que nos es án edados
a los ma oquíes. Oyen y saben cosas que se nos escapan o se nos
ocul an a noso os. Po mi pa e, enca ga é a uno de mis homb es
que localice a ese indi iduo del que sólo sabemos que es g ando e y
muy ubio. Ni siquie a es segu o que es é en la ciudad”.
F ay Pa ocinio Ga cía enía poco más de cincuen a años y
una la ga expe iencia en la pa e española del an iguo P o ec o a-
do. Le in e esaban las cos umb es y leyes del país, la libe ad de
cul o; le apasionaba la música popula , cuyos o ígenes es udiaba
con igo y pasión. F ay Pa ocinio es u o de acue do en que Paul
Bowles, su amigo ame icano, pod ía sabe cosas de esas especies
a as que pululaban en la ciudad. Y se a e ió a suge i una e ce a
pe sona: Raquel, la jo en judía que conoció el inspec o Gal án.
–¿Po qué Raquel? –p egun ó so p endido el comisa io.
–Bueno, me habla us ed de un judío ame icano. Si i e
en Tánge y ha uel o, debe á in en a una ía que sólo an-
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de acciones p onunciadas, na iz g ande y ojos cla os. De mane a
ins in i a, el comisa io di igió la mi ada hacia la mesi a con las
o og a ías, y pensó en “Jane”, la esposa con ca a de niña a iesa
y di e ida que se consumía en una clínica de Málaga.
Gal án en endió al inal de una la ga cha la (o un sab oso monó-
logo) que su an i ión había ap o echado un encuen o inespe a-
do pa a da suel a desde su soledad a ecue dos y i encias an e
un desconocido que no ol e ía a e en la ida. Paul Bowles,
con su medio siglo bien cumplido, e a supe i ien e cuali icado
de una segunda gene ación o a que encon ó en Tánge un es-
cena io ideal pa a la ep esen ación de sus sueños y pesadillas.
“Tánge siemp e nos so p ende, nunca nos deja impasible” pen-
só el español en uel o en la melancólica a mós e a del salón. No
podía imagina que en aquellos momen os la agedia ondaba en
una casa de un pací ico ba io de la ciudad.
. aSeSina o Sin SanGRe
Ya en la calle, Gal án se p egun ó qué había sacado de su
isi a más allá de conoce un a o espécimen de una a a gene-
ación. Bowles había is o un pa de eces al Rubio. La p ime a
ez ue en el ca é Ha a, el más popula de la ciudad, que desde
sus bancadas en decli e se asoma de día y de noche a la cos a
española. El Rubio con e saba en uso con o os es indi iduos.
Bowles no hablaba uso pe o dis inguía muchos idiomas con su
ino oído de composi o . La o a ocasión ue un cóc el con asis-
encia del cue po consula , ep esen an es de in e eses usos y
gen e a iopin a que acudía a es os ac os pa a e y deja se e .
Con es os da os, Gal án se di igió a la Genda me ía: desde ese
momen o, la Policía ma oquí se enca ga ía de busca a Daniel el
Rubio en cie os cí culos ange inos.
Nasse Alami llamó al homb e de su mayo con ianza y le
dio ins ucciones. De nue o a solas, Gal án se decidió a mencio-
na su sospecha de que alguien seguía sus pasos po la ciudad,
y le habló del coche g ande y neg o que io en la en a y en el
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muelle. El ma oquí esbozó una son isa bu lona y no dijo nada.
Todo había sido una chusca coincidencia. Una banda que ope a-
ba en e Tánge y Se illa enía a pun o una impo an e ope ación
de con abando. Un soplón de la Policía española, que jugaba
con dos ba ajas, ale ó a los con abandis as de la ma cha epen-
ina del comisa io Gal án a Tánge , c eyendo que el iaje enía
que e con la ope ación. El coche neg o siguió a Gal án po ca-
e e a. Cuando sus ocupan es se asegu a on de que el des ino e a
Algeci as (según e eló el en e o, que había escuchado pa e de
la con e sación con la Je a u a), adelan a on al coche del PMM
y emba ca on en el e y. Una ez en Tánge , los con abandis as
no salían de su es upo en su igilancia a un comisa io español
que isi aba a un aile en su con en o y a un ame icano de ida
ex aña, o se eía a plena luz del día con una jo en que no e a
mo a ni española.Cocidos los malhecho es en su p opia salsa, los
homb es de Nasse Alami, que ambién seguían a la banda, ca-
ye on po so p esa sob e los del coche y sus compinches ange-
inos. No quiso el ma oquí dis ae la a ención de Gal án ni in-
oluc a lo en un asun o que nada enía que e con su p esencia
o iciosa en la ciudad. El mismo soplón a isó a la Genda me ía y
el as u o Alami se apun ó un an o más en su ca e a.
Las sospechas de Gal án hicie on e lexiona una ez más al co-
lega ma oquí sob e un enómeno co ien e en e u is as y o os
isi an es. Muchos ex anje os se mo ían po Tánge bajo la sen-
sación de se igilados. Pa a el genda me, acos umb ado a ac ua
en e dos mundos (el á abe y el occiden al), e an los ex anje os
los esponsables de un ambiguo es ado de sa is acción y suspi-
cacia, de encan o y encan amien o. La explicación es aba en un
conjun o de ci cuns ancias que hacen de las ciudades á abes un
espacio pin o esco y ambién mis e ioso: homb es con ez y chi-
laba que sólo deja e la pun a de sus babuchas; muje es con elo
y elegan e ca án de mil colo es (alguna con bu ka que apenas
mues a el mundo po una endija); música de laúdes, ambo es
y lau as que suena a película de in iga; la oz pun ual del mue-
cín que llama al ezo desde la o e de la mezqui a; p egones no
menos inin eligibles que chocan con a los mu os de la medina,
c eando odo ello una a mós e a que u ba el ánimo y dispa a la
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imaginación. “No sé po qué se quejan o so p enden –se p egun-
aba Nasse Alami–. ¿No es es o lo que ienen a busca ? ¿No es
es a mezcla de emociones lo que hace de Tánge o Ma aquech
un des ino hondamen e p e endido y jamás ol idado?”.
Un imb azo in e umpió la con e sación que se aían
los dos policías. La cen ali a pasaba una llamada de alguien
que insis ía en habla con el comisa io Nasse Alami; la oz e a
de una muje jo en. El os o del ma oquí se demudó mien-
as escuchaba y mi aba ijamen e al español. “Ven conmigo”,
dijo con oz g a e. “¿Adónde?”, p egun ó Gal án ala mado.
“Aho a e cuen o, pe o no pe damos iempo”. El coche o icial
ue dejando po las calles un egue o de sonidos ominosos. La
gen e sal aba a las ace as o se me ía en un zaguán como si la
si ena sona a a mue o. Un aguado calleje o ompió su cán a o
con a un ca o; un ciclis a de ibó a una anciana. El coche se
pa ó b uscamen e an e una casa en cuya pue a pa ecía espe a
una jo en; poco más que una chiquilla. Tenía los ojos nublados
po las lág imas y se e o cía las manos como si quie a es uja
en e ellas su pena. E a Es he , he mana de Raquel y amiga de
la judía que se había dejado cau i a po Daniel el Rubio. Po la
men e de Gal án c uza on sen imien os de culpa mien as mal-
decía la ho a que le lle ó a Tánge y al encuen o con pe sonas
an ajenas al c imen de la Alameda se illana. Pe o la agedia
e a aún mayo de lo que le hicie on eme las medias palab as
de su amigo Nasse .
La gen e empezaba a agolpa se delan e de la casa a aída
po el silbido de la si ena. Los dos o iciales en a on en la i ien-
da siguiendo a la jo en has a el ja dín. Gal án no que ía c ee
lo que había dicho la jo en en el zaguán: “Raquel es á mue a”.
Sob e el césped, con el cabello suel o y los ojos más e des y
g andes que nunca, es aba Raquel Có do a, la se a dí o gullosa
de su o igen, la muje asal ada po las dudas cuando se hacía
plenamen e muje . Los policías se inclina on sob e el cue po de
la jo en, e iden emen e mue a a pesa de no mos a signos de
iolencia ni he ida po dispa o o puñal. Alami apa ó los cabellos
que le cub ían los homb os y cogió sua emen e la cabeza en e
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sus manos expe as. “¡Le han pa ido el cuello!”, exclamó con
abia. Gal án, con un nudo en la ga gan a y los ojos a pun o de
lág ima, p ecisó en e dien es: “Ma ca de la casa”. De nue o, el
Rubio había aplicado su a ma le al. Ni go a de sang e.
Unas ecinas lle a on a su casa a Es he , que al in se había
de umbado y pa ecía una muñeca de apo que mi aba sin e
ni oí a las muje es que la odeaban solíci as pe o impo en es. Le
die on a bebe algo calien e y a omá ico, que a ojó al ins an e.
Repe ía, como en una le anía heb ea, dos nomb es de muje : Ra-
quel y Ru h, su he mana mue a y la amiga ingenua y eme a ia
que se había dejado embauca po un asesino sin alma. O a si-
ena albo o ó aún más la calle, e a el equipo de expe os. Nasse
los dejó abaja y pasó a la casa donde las ecinas p o egían a
Es he de la cu iosidad del pueblo. Sabía quién e a el asesino,
y lo u gen e e a da le caza an es de que se es uma a. Mi ó con
compasión a Es he y comp endió que no es aba en condiciones
de esponde a ninguna p egun a. Enca eció a la mayo de las
muje es que la cuida a y enca gó a un policía que hicie a gua dia
a la pue a de la casa. Daniel el Rubio pod ía en ia un sica io
pa a ema a su acción. Es he sab ía cosas como las que in e e-
saban a los dos comisa ios. Y los policías seguían igno ando el
e dade o mo i o de la p esencia del Rubio en Se illa y el asesi-
na o de un an iguo agen e de la CIA.
El coche oló hacia la Je a u a con dos comisa ios abo do
que no e minaban de domina su es upo y su abia. El comisa-
io Alami con ocó a odos los agen es disponibles, les in o mó
de la si uación y dio ó denes de con ola odas las salidas de la
ciudad, igila el pue o, a e igua quién emba caba pa a cual-
quie des ino, qué ba co de pesca g ande o pequeño se mo ía,
qué ya e o emba cación de ec eo a aba de echa se a la ma .
Las mismas medidas en el ae opue o. No con iaba mucho en
el p ocedimien o, pe o e a la u ina obligada. Sin necesidad del
es imonio de Es he –que no pudo deci cuán o iempo es u o
ue a de casa–e a segu o que el c imen se come ió no más de
dos ho as an es de la llamada. El ins in o o el co azón le decía a
Nasse Alami que el Rubio seguía en Tánge . En cuan o al asesi-
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na o de Raquel, no había mejo explicación que la necesidad de
elimina a una pe sona que se io con el español en el Ca é de
Pa ís. No había duda de que alguien le igilaba. La colabo ación
que o o judío o eció aquella misma a de a Gal án no pudo se
más inespe ada y pe eg ina.
i. puZle de eSpíaS
Un homb e al o, de unos ein a años, o nido pe o de mo-
imien os elás icos, casi elinos, en ó en el ho el Con inen al y
p egun ó en la ecepción po don Fede ico Gal án. El jo en de
la ecepción dudó unos segundos. “Ve é si es á. Nunca deja la
lla e”. Y el isi an e son ió con su iciencia. Sabía que Gal án
es aba en el ho el po que lo había seguido has a la pue a, donde
espe ó unos minu os pa a disimula . “Sí, el seño Gal án es á en
su habi ación. ¿A quién anuncio?”. “Samuel Le í. Dígale que me
en ía Es he ”. Una llamada y una espues a: “Tenga la bondad de
subi a la habi ación 223. El seño Gal án le espe a”. El español
seguía siendo idioma co ien e en Tánge .
El comisa io es aba en mangas de camisa, el nudo de la
co ba a a lojado y el pelo e uel o. Al llega a la habi ación se
había de umbado sob e la cama y hundido la cabeza en la almo-
hada con desespe ación y aba imien o. Sona on unos golpeci os
en la pue a, Gal án se le an ó con un es ue zo y ue a ab i le al
al Samuel Le í. Es aba an con uso que no omó p ecauciones
an e la isi a de un judío desconocido. Al e lo, se aco dó de su
imp esión de que alguien iba as sus pasos po Tánge .
–Es he me ha pedido ayuda. Tan p on o como salió del
shock me ha llamado –dijo el isi an e sin más p eámbulo; y
Gal án le in i ó a sen a se jun o al balcón po donde en aban
los uidos de la calle y la luz incisi a de un sol ponien e. Toda ía
de pie, an es de en a en ma e ia, el comisa io ue al mueble ba ,
sacó dos bo ellas y le dio a elegi al isi an e:
–Yo oma é un coñac, lo necesi o”, dijo el policía sin espe-
a espues a.
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–Yo ambién –y b inda on en silencio po la mue a.
Gal án pa ecía no ene p isa, odo e a ya demasiado a de,
demasiado inú il. El c imen de la Alameda quedaba muy lejos,
di uso. La mue e de Raquel le había de uel o, de mane a b u al,
a los años i idos en Tánge . Y las aguas del Es echo habían en-
sanchado la alsa dis ancia que secula men e ha sepa ado España
de Ma uecos.
–No me habló Raquel de us ed cuando nos encon amos
después de seis años. Y no sé cómo pod á ayuda nos en es e
asun o an is e –dijo al in Gal án; y añadió sin pausa–: ¿Co-
noció us ed a Raquel?
–Digamos que é amos algo más que amigos. Quie o deci
que en e noso os se es aba aguando una elación con u u o;
al menos, yo lo p e endía. Raquel conocía mis ac i idades co-
me ciales en Ma uecos, pe o nunca le dije oda la e dad; emía
que esa e dad pusie a in a una elación que empezaba a hace
de mí un homb e dis in o –Gal án mi ó al isi an e a los ojos y
io since idad. También es e homb e ecio y de ges os segu os
es aba conmo ido po la mue e de la jo en de ojos e des in ini-
os–. Aho a sólo quie o alige a la losa que ha caído sob e Es he .
Es lo que Raquel me pedi ía.
–¿Y, bien…?–exclamó Gal án emedando la p egun a de
Paul Bowles en o a en e is a no menos ex aña.
–Aho a me ocupo de cues iones in e eses come ciales, pe o
hace años ine a Ma uecos como agen e del Mosad, el se icio de
in eligencia is aelí. Los espías nos quemamos un día, y en Tánge
llegamos an p on o a conoce nos que el disimulo es pa e de una
adición más que una egla inú il del o icio. Es cu ioso cómo el
papel y los mé odos del agen e sec e o o del espía oman en cada
país y en cada cul u a o mas p opias. Tánge iene en es o una la -
ga his o ia –y haciendo una pausa, con la is a pues a en la copa,
Samuel Le í concluyó su explicación–: Desde hace un iempo
es oy en la si uación ambigua de no eje ce , pe o sigo o eciendo
a Is ael mi expe iencia y mis con ac os iejos y nue os.
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–¿Y cómo no se ha di igido al comisa io Alami? Somos
amigos y es á colabo ando en el caso que me ajo a Tánge .
–Nasse Alami conoce mis ci cuns ancias, pe o nues o en-
cuen o da ía un ca ác e o icial a mi ac uación. El homb e que
us edes llaman “el Rubio” es un judío ame icano al se icio de
los usos, un enegado de su país y de Is ael. Pe o no pe damos
más iempo, aho a somos es los in e esados en caza a esa bes-
ia y acaba con ella sin muchos mi amien os. A us ed y a mí nos
une una amis ad uncada po las mismas manos que han o o el
cuello de Raquel. Tal ez sea és a mí úl ima acción como an iguo
agen e.
–La son isa helada de Samuel Le í es emeció al español.
Fede ico Gal án no e a más que un compe en e comisa io ocu-
pado de homicidios pasionales o c ímenes ulga es; un p obo
unciona io que nunca u o que e con espías y agen es sec e-
os despiadados y expedi i os como debió se Samuel Le í. Pa a
colmo, la pis a ange ina se complicaba aún más. Según las e e-
laciones del judío, el KGB so ié ico ambién es aba in oluc ado.
Gal án co ió a con a le a su amigo Nasse las no edades.
El ma oquí, a su ez, le con i mó las palab as de Samuel Le í:
“Es cie o, los usos es án me idos en odo es o”. Y el ema de
los misiles a Cuba ol ió a pone se sob e la mesa con odo su
d ama ismo. En los dos úl imos días, la ensión in e nacional se
había ali iado con la decisión de K usche de de ene los ba cos
en la aya que el p esiden e Kennedy había ijado como lími-
e. Pe o el mundo seguía sob ecogido an e el i a y a loja en e
Washing on y Moscú. Todos los miemb os del Mosad en el no e
de Á ica es aban en ale a y no pe dían de is a a los agen es
so ié icos. Ya se p oduje an con lic os egionales o una e da-
de a gue a, Is ael enía mucho que pe de como país amigo de
Washing on y blanco p e e en e de los “halcones” usos. En e
o os de alles que Samuel Le í con ó a Gal án, el di ec o del
Mosad e a Isse Ha el, nacido en Rusia y emig an e en Pales ina
cuando e a jo en. Es e homb e pode oso di igió dos años an es el
secues o espec acula de Adol Eichmann en A gen ina, que e -
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minó con el aho camien o del sanguina io nazi. Su odio isce al
con a los nazis lo enía aho a concen ado en judíos enegados
como Daniel el Rubio.
“Po lo is o, Tánge uel e a se un nido, un puzle de es-
pías como en los años cua en a”, esumió Gal án. “Pues sí –asin-
ió Nasse Alami–. Y cada uno iene su pa e. El Rubio ha ma ado
en Ma uecos, y su c imen es cosa mía”.
* * *
Samuel Le í pidió a los dos comisa ios un pa de ho as
pa a mon a la ope ación que les lle a ía a la cap u a de Daniel
el Rubio. “Vi o o mue o”, había ecalcado el an iguo agen e del
Mosad. Gal án quiso ap o echa la espe a pa a es a a solas un
a o y despeja la empes ad de ecue dos y sen imien os que le
a o men aban. Sen ía que es aba al inal de un caso con e ido
po el des ino en una a en u a muy pe sonal que como un puen e
sob e el Es echo enlazaba el pasado con el p esen e en gi os e -
iginosos de ida y uel a. Se eía a sí mismo en la di ícil pos u a
de ene un pie en España y o o en Tánge . ¿Y dónde enía la
cabeza? ¿Dónde el co azón?
El ma imonio con Alicia ue algo a dío. Alicia, cinco
años más jo en, se casó a los ein icinco, a la misma edad que
la mue e so p endió a Raquel en el ja dín de su casa. ¿Qué
pensó la jo en judía en los pocos segundos que su cue po se
agi ó con ulso mien as el Rubio c ujía su g ácil cuello de cis-
ne en e sus manos pode osas? ¿Pudo e la ca a de su asesi-
no? ¿C uzó su men e un ecue do, un pensamien o dedicado al
policía español que ajo a su ida una bocanada de ai e esco
en emezclado con una pasión cálida y u bado a como el ien-
o caliginoso del desie o? “La mismo calima que de ez en
cuando llega a Se illa anspo ando go e ones ojizos que lo
manchan odo sin e esca nada”, se dijo Fede ico Gal án con
la imagen de Alicia en su cabeza. “¡Pob e Alicia!”. Con su mala
salud y sin ese hijo que p ocu aban con ahínco en las co as a-
caciones del inspec o o en b e es iajes a Se illa po mo i os
del se icio. Alicia nunca isi ó Tánge , nunca se p esen ó la
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ocasión. Los españoles (los homb es) iajaban poco. Las es-
pañolas (las muje es co ien es, las amas de casa) no iajaban
nada. La salida al ex anje o e a p i ilegio de icos y maldición
pa a los emig an es. Tánge , Ma uecos, es aban aún más que
lejos que F ancia o Alemania. La inmensa mayo ía de los anda-
luces ampoco conocía Po ugal, aunque algunos lo podían e
desde la dis ancia.
¿Hab ía conseguido Tánge el milag o de la ecundidad
con su a mós e a sensual, a odisiaca? Alguna ez b omeó el
ma imonio sob e es a posibilidad: c eencias y mé odos más a-
os y pe eg inos e an co ien es en e pa ejas desespe adas. Pe o
nunca se hizo la p ueba ange ina. Y dos punzan es p egun as
dominaban en el amasijo de e lexiones del comisa io. ¿Cuán o
daño había hecho a las dos muje es? ¿A cuál de las dos había
he ido más con su conduc a? Alicia le o ecía la opo unidad de
una ida de epa ación. Raquel había pagado con su p opia ida
un e o impe donable, un imposible.
VII. SANGRE EN AGUAS DEL ESTRECHO
En la a de del ein iocho de oc ub e de 1962 el mundo dio
un suspi o de ali io que e umbó de con inen e en con inen e.
Los ba cos so ié icos abandonaban las aguas del Ca ibe. Fede-
ico Gal án ambién se emba có ese día con un b azo endado y
un caso esuel o. Como hipno izado po la espuma que el e y
dejaba as de sí, el comisa io epasaba los sucesos de la semana
apoyado en la ba andilla de popa. La in es igación había e -
minado pe o una p egun a nunca encon a ía espues a en es e
mundo. ¿Po qué la mue e de Raquel, la muje de ojos e des (o
azules) de an o baña los en la bahía de Tánge ; de an o ija los
en un ho izon e de casas encaladas como las de Ma uecos? Pa a
la mue e del ame icano en Se illa no se encon ó mejo explica-
ción que su a epen imien o en el úl imo minu o, lo que no dejó
o a salida al Rubio que el asesina o. E a la hipó esis más plausi-
ble y la menos comp ome edo a pa a la Policía y pa a el cónsul.
La diplomacia ha sido siemp e expe a en echa ie a a los asun-
os más desag adables, a ea ácil en una dic adu a con una opo-
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sición polí ica domes icada y unas con apa idas in e nacionales
de mu ua con eniencia como e a el caso de las elaciones en e la
g an po encia de Occiden e y una España an icomunis a en una
posición es a égica inigualable. “Más o menos, lo de siemp e”,
se dijo pa a sus aden os el comisa io Gal án, que leía mucha
his o ia de España.
El comisa io se de u o una ez más en las ac uaciones del úl i-
mo día con la is a pues a en la cos a española y los ojos en o -
nados po la ue za combinada del ien o y del sol. Samuel Le í
no u o mayo di icul ad en consegui no icias sob e Daniel el
Rubio. La colabo ación de un compañe o del Mosad dio u o
inmedia o. “Si hubié amos empezado po ahí –se lamen aba el
comisa io–, Raquel no hab ía mue o”. Pe o la jo en no cono-
cía esa pa e de la ida de un homb e que emía malog a con
su e elación una amis ad ilusionan e. Daniel el Rubio se había
e ugiado en la Kasbah, en lo más al o de la medina, espe ando
que baja a la ieb e de su búsqueda po oda la ciudad. Las calles
en e esadas, pendien e a iba, pendien e abajo; la ácil comuni-
cación de las i iendas a a és de pa ios, pasillos y azo eas; la
colabo ación de algunos habi an es mal a enidos con la jus ica,
hacían de la ciudad amu allada un e ugio ideal pa a cualquie
malhecho . Amén de la ce canía al pue o, pues la huida end ía
que se po ma . Cualquie in en o de escape hacia el in e io del
país con e i ía al ugi i o en una p esa ácil pa a la Policía, que
le da ía caza como a un conejo.
Los con iden es de Samuel Le í no habían p ecisado el
luga exac o donde se escondía el asesino. No lo sabían o se lo
gua daban pa a saca más p o echo con una segunda en ega. El
plan ue in oduci se en la medina po a ios pun os y ma cha
hacia la zona señalada po los chi a os. Nasse Alami a anza ía
acompañado po un pa de agen es. Desde el ex emo opues o lo
ha ía Samuel Le í po su cuen a y iesgo y o den de no dispa a
sal o en de ensa p opia. El comisa io Gal án ep esen a ía el
papel de u is a despis ado al que acompaña ían a pocos pasos
dos genda mes de paisano. Gal án que ía in e oga sob e el e-
eno al judío enegado, e i a que el an iguo agen e del Mosad,
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