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El comisario Galván, entre Sevilla y Tánger

Jiménez Núñez, Alfredo

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241 EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER1 Por alFredo JiMénez núñez I. “AMERICANO ASESINADO EN LA ALAMEDA” Así decía una escueta nota de prensa. La persona que llamó a la Policía dijo que era “americano”, aunque los agentes hallaron en unos bolsillos disimulados otros dos pasaportes de otras tantas nacionalidades. De momento se habló de “muerte natural”. El comentario irreverente de un curioso de los que se agolpaban en la calle, fue que había muerto “de gusto” dado que se encontraba en un burdel de lujo. Sin embargo, el forense dictaminó fractura del cuello producida por unas manos fuertes y expertas. La madama del negocio declaró que el presunto americano había llegado con otro individuo; que los habían oído discutir en un reservado mientras esperaban unas bebidas y a las chicas; y que “el vivo” se marchó con prisa poco después. Todo apuntaba a un ajuste de cuentas. Se informó de inmediato al consulado de los Estados Unidos para confirmar la nacionalidad del muerto. El cónsul rogó la mayor discreción por razones de imagen, pues eran muchos los súbditos americanos, mayormente 1. Texto leído en la sesión de la Academia el 19 de junio. Una versión amplia se publicó en las páginas de ABC de Sevilla mediante siete entregas. La primera apareció el 10 de julio; la última, el dos de agosto de 2015. Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 43, 2015, pp. 241–267. 242 militares, que servían en las bases de Morón y Rota o en las instalaciones del aeropuerto de San Pablo. La guerra fría entre Rusia y los Estados Unidos había creado en pocos años una gran colonia americana. Se hizo cargo de la investigación el comisario Galván, el más joven y con mayor experiencia en casos relacionados con extranjeros. Federico Galván hablaba idiomas, especialmente francés, y estuvo destinado en Tánger cuando era “ciudad internacional”. Federico Galván se había ganado su temprano ascenso tras resolver el asesinato de un súbdito francés en una finca de Constantina. Como le gustaba reconocer, había sido para él una gran experiencia la investigación que llevó al alimón con el comisario Maigret, jefe de la Policía Judicial de París, que intervino oficiosamente2. Galván se dirigió como primera providencia al consulado de la Avenida de las Delicias. Por supuesto, había que actuar con tacto y “diplomacia” ante un cónsul general bien relacionado con las alturas de su Gobierno, pues era cuñado del embajador en Madrid que, a su vez, era hermano del embajador americano en las Naciones Unidas. No mostró el cónsul especial pena por la víctima: un supuesto americano (con tres pasaportes en el bolsillo), encontrado muerto en una “casa de lenocinio”. “¿En una casa de qué…?”, había preguntado con displicencia el cónsul. Galván, que se había puesto fino, como le había recomendado su jefe, aclaró: “En una casa de putas… Putas de lujo”. Galván le mostró al cónsul los pasaportes de la víctima; un funcionario tomó nota de ellos y se los devolvió. El policía rehusó cortésmente el café que le ofreció el diplomático (no tenía el estómago aquella mañana para café hervido a la americana), y se despidió hasta tener noticias de la Embajada sobre la identidad del muerto. Ya en la acera de la avenida, Galván se ajustó el sombrero, se apretó el cinturón de la gabardina, y echó a andar con cierto empaque hacia los jardines de Cristina. El tranvía le llevaría a la Campana y desde allí, a pie, llegaría a la calle Monsalves, sede de la Jefatura. Cualquier sevillano que se cruzara en su camino habría 2. Alfredo Jiménez, Asesinato en primavera. El comisario Maigret en Sevilla. Editorial Paréntesis. Sevilla, 2011. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ242 243 visto un hombre todavía joven, ancho de hombros, no muy alto y con bigote. En la España de Franco los españoles eran bajitos y llevaban bigote. La barba era para algunos hombres muy mayores y raros, como escapados de un viejo retrato de familia. Federico Galván era moreno, con entradas en la cabeza que auguraban calvicie. Sus ojos eran claros, y en su rostro una sonrisa fácil que se helaba de golpe cuando perdía la paciencia o se cabreaba. Dos horas después de llegar a la Jefatura, la embajada informó que el muerto fue miembro del servicio secreto, y el pasaporte americano era falso. Había nacido en Nueva York de padres judíos llegados de Rusia. Hacía un año que se desvaneció sin dejar rastro; se le dio por muerto o pasado al enemigo. El crimen de la Alameda tomaba un giro inquietante. La presencia y muerte de un americano era un dato a considerar seriamente en el marco de la guerra fría. ¿Qué había traído al antiguo agente secreto a Sevilla en compañía del individuo que abandonó el burdel después del crimen? Era urgente su captura para encontrar respuestas. Eran muchos los recursos en hombres y material de guerra que Estados Unidos tenía en “las bases españolas de utilización conjunta”. ¿Se preparaba un sabotaje o una campaña de agitación contra la presencia americana? Ocho años antes, en 1954, el Partido Comunista de España lanzó un “Mensaje a los intelectuales patriotas, a los trabajadores de la Ciencia, de la Literatura y el Arte”. El blanco de los ataques eran las bases americanas, calificadas de “Gibraltares norteamericanos”. El mensaje denunciaba la existencia de bombas atómicas que podrían estallar por accidente y convertir el país en tierra radioactiva e incultivable. Galván también pensó en el consulado americano, un bello pabellón de la Exposición Ibero–Americana del veintinueve que contaba entre su personal nada menos que con un cónsul general, un cónsul y dos vicecónsules de carrera, amén de administrativos americanos y españoles. Los consulados, menos protegidos que las embajadas, han sido siempre objetivo preferente del terrorismo político. En octubre de 1962, la tensión entre los Estados Unidos y la Unión Soviética había alcanzado un punto crítico. La fallida invasión de Cuba había debilitado al presidente Kennedy y envalentonado a Kruschev. Los misiles soviéticos en la isla de Castro EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 243 244 eran una provocación insoportable para la gran potencia de Occidente. La CIA (Agencia Central de Inteligencia) tenía en alerta a todos sus peones en Europa ante la inminencia de un conflicto armado. ¡La guerra fría se calentaba! Por órdenes de muy arriba, el comisario Galván se hizo cargo del asesinato de un americano más que sospechoso en una zona muy sensible de Europa. A la hora bruja de ciertos ambientes, Galván inició su investigación. La prensa seguiría creyendo en un ajuste de cuentas entre individuos indeseables. Un hombrecillo que hacía un poco de todo a la puerta de la casa de citas, confirmó al comisario la llegada de los dos extranjeros y la salida precipitada de uno de ellos. “Ya se habían tomado unas copas y venían bien cargados. En una servilleta traían la dirección”, dijo el hombrecillo. “¿La servilleta era de un bar cercano?”, le preguntó Galván. “Sí, el más grande del barrio…”. Galván se dirigió al bar, preguntó por el encargado, y éste llamó a un camarero. “Yo les di la dirección. Uno era moreno, sabía español. El otro era rubio hasta en las cejas. Hablaban un idioma que no me sonaba; ni inglés ni francés. Por cierto, había dejado de llover por la tarde y el rubio se olvidó la gabardina que traía al brazo”. En este punto intervino el encargado, que parecía nervioso: “Yo guardé la gabardina pensando que volvería a recogerla. Por la mañana supimos del asesinato, y desde entonces hemos tenido aquí mucho jaleo...”. Galván, que había perdido su natural semblante, le espetó: “Quiero ver la gabardina”. Era una prenda de calidad, hecha en la Alemania Oriental según una etiqueta interior. “¿Algo en los bolsillos”. “Nada de valor, se lo juro... Un pasaje del ferry de Tánger a Algeciras, que tiré a la papelera”. “¡Imbécil! –exclamó el policía–. Pues mete la gabardina en una bolsa y se la das al inspector que se pasará por aquí. ¿Pensabas, enano, que te estaría bien la prenda”. El comisario se había cabreado con razón. II. TÁNGER: TAN CERCA, TAN LEJOS –Alicia, me voy a Tánger–. Alicia miró a su marido con expresión incrédula. Hacía seis años que el entonces inspector dejó su destino en la ciudad marroquí, donde había vivido los años más fascinantes de su carrera, según le gustaba decir. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ244 245 –¡Qué importante, señor comisario! Y, naturalmente, tu promesa de llevarme un día a la ciudad que te cautivó quedará para mejor ocasión –comentó Alicia con ironía y un tono amargo en la voz. –Pues sí, cariño. Son cosas del oficio. Tampoco pensaba yo que volvería a Tánger para ocuparme de un crimen en Sevilla. ¿Has oído la radio? Yo creo que el asesinato del americano tiene relación con Tánger. Me han dado carta blanca y me la juego con mi pista tangerina. –En fin, que tengo que hacer la maleta y desearte que lo pases bien en tu querido Tánger–. El comisario Galván la miró con ternura. Alicia era una mujer de mala salud, nada grave, aunque siempre enferma. Los años de Tánger fueron llevaderos mientras vivió la madre de Alicia, mujer fuerte y sana que murió de apoplejía o exceso de salud. El destino voluntario en Tánger permitió ahorrar algo y le sirvió al inspector para hacer méritos. Cuando Marruecos proclamó en 1956 su independencia de España y Francia, Galván regresó a la Península. Tánger dejaba de ser “ciudad internacional”, aunque conservó mucho de su encanto centenario. Alicia siempre sospechó que el policía había tenido algún lío en tierras africanas pero, gracias a una suegra inteligente, las cosas nunca llegaron a mayores en el matrimonio. “Mujer, ¿es que no conoces a los hombres? Si yo te contara de tu padre, policía y picarón como el que más”. Hundido en el asiento trasero de un citroen del Parque Móvil, Galván daba vueltas en su cabeza a la muerte del americano, un espía doble asesinado por un hombre que le rompió el cuello en un burdel. La Policía buscó en vano un tipo corpulento y rubio como la panocha, que hablaba un idioma raro, tal vez ruso, que no se expondría a ser reconocido con señas tan llamativas. El asesino debió aprovechar la madrugada para salir como una sombra de una ciudad todavía dormida. La siniestra pareja debió buscar albergue en el prostíbulo para pasar la noche, un lugar donde nadie hace preguntas, donde todos y todas saben que lo mejor es mantener la boca cerrada si hay problemas. Lo que no estaba previsto fue un enfrentamiento súbito que terminó en asesinato. Según las deducciones del comisario Galván, discreparon sobre la fecha y el lugar de un EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 245 246 atentado que fuera noticia y provocara una protesta popular contra la presencia americana. Ningún taxista dio noticia del Rubio, nombre con que fue bautizado el asesino hasta conocer su identidad. Por la tarde, la comisaría de la Macarena recibió la denuncia de un coche robado en el barrio. Como el dueño libraba ese día, no lo echó de menos hasta última hora, y la Policía no relacionó de momento el robo con el crimen. Cuando la noticia llegó a la Jefatura, Galván intuyó que el Rubio abandonó la ciudad en ese coche. El pasaje del ferry hallado en la gabardina del asesino y el robo del coche fueron sus razones (a falta de otras) para viajar a Tánger. La ciudad marroquí fue en los años cuarenta “nido de espías”, refugio de fugitivos y puente para otros destinos. Un microcosmos de razas y religiones, con una vieja medina de calles angostas y enrevesadas donde ni el más rubio ni el más moreno, ni el más alto ni el más bajo llaman la atención o despiertan sospechas. A medio camino entre Sevilla y Algeciras, Galván hizo un alto en una venta y llamó a la Jefatura para saber si había alguna novedad antes de alejarse más de la ciudad. Al salir a la carretera vio aparcado de tal modo un coche negro que no podría decirse si “iba” o ”venía”. Llamaba la atención su tamaño y potencia en un país que empezaba a moverse en el “seiscientos”, el coche que según un ministro de Franco le había ganado la guerra al comunismo. A principio de los años sesenta, Tánger seguía siendo puerto de recalada y “meeting point” de millonarios de vida efervescente, de magnates y mangantes de las finanzas, de gente del cine y otras artes, de jóvenes americanos geniales y extravagantes encandilados por un mundo para ellos exótico. En otras palabras, Tánger aún ofrecía buena parte de una tradición milenaria anclada entre dos mares, dos continentes, y siempre animada por su variopinta y palpitante población. Oscurecía cuando el ferry entró en el puerto de Tánger. La ciudad, encaramada en sus cerros, encendía sus primeras luces dispuesta a vivir una noche más de las mil y una que habían ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ246 247 tejido una historia deslumbrante y tormentosa. El saludo de un oficial de la Gendarmería Real llamó la atención de Galván, que había anunciado su llegada pero no esperaba a su amigo en el muelle. Los dos comisarios se abrazaron y felicitaron por el reciente ascenso en sus carreras. La actuación del español sería discreta, cosa entre viejos camaradas, pues Galván sólo contaba con leves indicios y con su intuición para justificar su presencia en la ciudad. La sorpresa del encuentro desvió la atención de Galván que desde la rampa del ferry veía alejarse a todo gas al coche negro y potente de la venta que en algún punto del camino adelantó al modesto citroen del Parque Móvil. El comisario marroquí llevó a su colega a Hamadi. En cuanto entraron en el exquisito restaurante, Galván se sintió invadido por recuerdos y abrumado por imágenes, sonidos y olores familiares. Los años de Tánger habían sido agridulces para Federico Galván. La costa española estaba a tiro de piedra, pero él vivía en un país extraño; en un ambiente de ensueño o pesadilla según días y estados de ánimo. Cuatro hombres maduros, vestidos con impecable chilaba, tocaban sus instrumentos. Un metre de barba puntiaguda, chaleco con bordados de arabescos y pantalón bombacho, les dio la bienvenida y les llevó al rincón predilecto del comisario marroquí. La cena fue tradicional: harira (sopa), tajine (guiso de pollo), y de postre una pecadora variedad de deliciosos pastelillos. El marroquí tomó zumo de naranja (nada de alcohol en público). El cristiano sólo bebió cerveza para su pesar. Y fumaron kif o tabaco del que en España se conocía como “de contrabando”. Nasser Alami no preguntó durante la cena sobre las relaciones del matrimonio ni los pormenores del crimen de la Alameda sevillana. El gendarme conocía las razones que un día llevaron a Galván a Tánger; sabía que el español (y “policía”) se había dejado “prender” por los encantos y encantamientos de la ciudad milenaria. La discreción del marroquí era la propia de una cultura que respeta la intimidad y obedece el principio de no mostrar nunca demasiada prisa ni excesiva curiosidad. Ya en la sobremesa, envueltos en humos y sones casi flamencos, se entró en detalles sobre el crimen del americano. EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 247 248 –Nasser, necesito tu ayuda –le dijo el español a su colega con voz grave–. Con este viaje me he arriesgado ante mi jefe, y él ante sus superiores. Si estoy equivocado o perdiendo un tiempo precioso, me caerá una buena. El enfrentamiento entre Kennedy y Kruschev se deja sentir en Europa. Las bases de Morón y Rota se encuentran en estado de alerta. Si los rusos no detienen los barcos que llevan misiles a Cuba, sólo Alá sabe qué puede ocurrir. Para mí que la presencia en Sevilla de un traidor de la CIA y de un asesino ruso no ha sido casual. Desde luego, no eran turistas”. Galván había dicho “Alá” por deferencia a su amigo, que era creyente y observante. “¿Y qué puedo hacer yo?”, preguntó el marroquí entre preocupado y perplejo. “Es urgente localizar y detener al Rubio; averiguar si se proponían un sabotaje en las bases americanas. Pienso en algún incidente o accidente que soliviante a la población española contra los yanquis: unos cuantos muertos, preferiblemente españoles de los que trabajan en las bases de ´utilización conjunta´. El atentando y la protesta serían noticia internacional”. III. EL FRAILE Y LA JOVEN JUDÍA El comisario Galván durmió bien. Un té con menta, como saben preparar en Marruecos, alivió la digestión. Muy temprano, en horario monacal, el comisario se dirigió al convento franciscano. Iba a cuerpo bajo el cielo azul de una mañana de suave brisa marina. Al comisario le gustaba adoptar en su trabajo una cierta “pose”; sus compañeros decían que se “pirraba” por actuar como si estuviera en un teatro. Y Galván –que conocía estas burlas– se crecía en su papel para burlarse también de sus compañeros e impresionar a los subordinados. En el hotel había repasado Galván la prensa local, con especial atención al diario España, en busca de cualquier noticia sobre el crimen de la Alameda3. Ni una línea. La ciudad seguiría pensando en un ajuste de cuentas entre gente 3. El diario España de Tánger se fundó el 12 de octubre de 1938, en plena Guerra Civil. Dejó de publicarse en 1967. Fue su primer director Gregorio Corrochano, escritor y crítico taurino en las páginas de ABC. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ248 249 de mal vivir. Más resonancia tuvo en Sevilla el crimen de las estanqueras ocurrido unos años antes en el establecimiento que las víctimas tenían en la Puerta de la Carne, cerca de donde vivía el comisario Galván. Al pasar delante del Teatro Cervantes, Federico Galván vio un gran cartel que anunciaba “Casablanca”. No pudo evitar uno de sus numeritos, y llevándose la mano al ala del sombrero hizo un guiño de complicidad al gran Bogart, que parecía sonreírle desde la altura. Durante la cena, el comisario Nasser Alami mencionó a Galván dos personas que podrían informarle sobre el Rubio: un fraile español y el escritor y compositor americano Paul Bowles, personajes muy distintos pero amigos por su común afición a la música. Tánger es una ciudad de contrastes, de extremos que a veces se tocan. Galván conoció en su tiempo al fraile, y hasta compartieron confidencias. Paul Bowles era famoso entre escritores americanos y marroquíes; lo había visto más de una vez en los cafés, pero nada más. “Creo que los conociste –le dijo Nasser la noche anterior–. Son extranjeros, pero metidos en ciertos ambientes tangerinos que nos están vedados a los marroquíes. Oyen y saben cosas que se nos escapan o se nos ocultan a nosotros. Por mi parte, encargaré a uno de mis hombres que localice a ese individuo del que sólo sabemos que es grandote y muy rubio. Ni siquiera es seguro que esté en la ciudad”. Fray Patrocinio García tenía poco más de cincuenta años y una larga experiencia en la parte española del antiguo Protectorado. Le interesaban las costumbres y leyes del país, la libertad de culto; le apasionaba la música popular, cuyos orígenes estudiaba con rigor y pasión. Fray Patrocinio estuvo de acuerdo en que Paul Bowles, su amigo americano, podría saber cosas de esas especies raras que pululaban en la ciudad. Y se atrevió a sugerir una tercera persona: Raquel, la joven judía que conoció el inspector Galván. –¿Por qué Raquel? –preguntó sorprendido el comisario. –Bueno, me habla usted de un judío americano. Si vive en Tánger y ha vuelto, deberá intentar una vía que sólo tranEL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 249 256 de facciones pronunciadas, nariz grande y ojos claros. De manera instintiva, el comisario dirigió la mirada hacia la mesita con las fotografías, y pensó en “Jane”, la esposa con cara de niña traviesa y divertida que se consumía en una clínica de Málaga. Galván entendió al final de una larga charla (o un sabroso monólogo) que su anfitrión había aprovechado un encuentro inesperado para dar suelta desde su soledad a recuerdos y vivencias ante un desconocido que no volvería a ver en la vida. Paul Bowles, con su medio siglo bien cumplido, era superviviente cualificado de una segunda generación rota que encontró en Tánger un escenario ideal para la representación de sus sueños y pesadillas. “Tánger siempre nos sorprende, nunca nos deja impasible” pensó el español envuelto en la melancólica atmósfera del salón. No podía imaginar que en aquellos momentos la tragedia rondaba en una casa de un pacífico barrio de la ciudad. v. aSeSinato Sin SanGRe Ya en la calle, Galván se preguntó qué había sacado de su visita más allá de conocer un raro espécimen de una rara generación. Bowles había visto un par de veces al Rubio. La primera vez fue en el café Hafa, el más popular de la ciudad, que desde sus bancadas en declive se asoma de día y de noche a la costa española. El Rubio conversaba en ruso con otros tres individuos. Bowles no hablaba ruso pero distinguía muchos idiomas con su fino oído de compositor. La otra ocasión fue un cóctel con asistencia del cuerpo consular, representantes de intereses rusos y gente variopinta que acudía a estos actos para ver y dejarse ver. Con estos datos, Galván se dirigió a la Gendarmería: desde ese momento, la Policía marroquí se encargaría de buscar a Daniel el Rubio en ciertos círculos tangerinos. Nasser Alami llamó al hombre de su mayor confianza y le dio instrucciones. De nuevo a solas, Galván se decidió a mencionar su sospecha de que alguien seguía sus pasos por la ciudad, y le habló del coche grande y negro que vio en la venta y en el ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ256 257 muelle. El marroquí esbozó una sonrisa burlona y no dijo nada. Todo había sido una chusca coincidencia. Una banda que operaba entre Tánger y Sevilla tenía a punto una importante operación de contrabando. Un soplón de la Policía española, que jugaba con dos barajas, alertó a los contrabandistas de la marcha repentina del comisario Galván a Tánger, creyendo que el viaje tenía que ver con la operación. El coche negro siguió a Galván por carretera. Cuando sus ocupantes se aseguraron de que el destino era Algeciras (según reveló el ventero, que había escuchado parte de la conversación con la Jefatura), adelantaron al coche del PMM y embarcaron en el ferry. Una vez en Tánger, los contrabandistas no salían de su estupor en su vigilancia a un comisario español que visitaba a un fraile en su convento y a un americano de vida extraña, o se veía a plena luz del día con una joven que no era mora ni española.Cocidos los malhechores en su propia salsa, los hombres de Nasser Alami, que también seguían a la banda, cayeron por sorpresa sobre los del coche y sus compinches tangerinos. No quiso el marroquí distraer la atención de Galván ni involucrarlo en un asunto que nada tenía que ver con su presencia oficiosa en la ciudad. El mismo soplón avisó a la Gendarmería y el astuto Alami se apuntó un tanto más en su carrera. Las sospechas de Galván hicieron reflexionar una vez más al colega marroquí sobre un fenómeno corriente entre turistas y otros visitantes. Muchos extranjeros se movían por Tánger bajo la sensación de ser vigilados. Para el gendarme, acostumbrado a actuar entre dos mundos (el árabe y el occidental), eran los extranjeros los responsables de un ambiguo estado de satisfacción y suspicacia, de encanto y encantamiento. La explicación estaba en un conjunto de circunstancias que hacen de las ciudades árabes un espacio pintoresco y también misterioso: hombres con fez y chilaba que sólo deja ver la punta de sus babuchas; mujeres con velo y elegante caftán de mil colores (alguna con burka que apenas muestra el mundo por una rendija); música de laúdes, tambores y flautas que suena a película de intriga; la voz puntual del muecín que llama al rezo desde la torre de la mezquita; pregones no menos ininteligibles que chocan contra los muros de la medina, creando todo ello una atmósfera que turba el ánimo y dispara la EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 257 258 imaginación. “No sé por qué se quejan o sorprenden –se preguntaba Nasser Alami–. ¿No es esto lo que vienen a buscar? ¿No es esta mezcla de emociones lo que hace de Tánger o Marraquech un destino hondamente pretendido y jamás olvidado?”. Un timbrazo interrumpió la conversación que se traían los dos policías. La centralita pasaba una llamada de alguien que insistía en hablar con el comisario Nasser Alami; la voz era de una mujer joven. El rostro del marroquí se demudó mientras escuchaba y miraba fijamente al español. “Ven conmigo”, dijo con voz grave. “¿Adónde?”, preguntó Galván alarmado. “Ahora te cuento, pero no perdamos tiempo”. El coche oficial fue dejando por las calles un reguero de sonidos ominosos. La gente saltaba a las aceras o se metía en un zaguán como si la sirena sonara a muerto. Un aguador callejero rompió su cántaro contra un carro; un ciclista derribó a una anciana. El coche se paró bruscamente ante una casa en cuya puerta parecía esperar una joven; poco más que una chiquilla. Tenía los ojos nublados por las lágrimas y se retorcía las manos como si quiera estrujar entre ellas su pena. Era Esther, hermana de Raquel y amiga de la judía que se había dejado cautivar por Daniel el Rubio. Por la mente de Galván cruzaron sentimientos de culpa mientras maldecía la hora que le llevó a Tánger y al encuentro con personas tan ajenas al crimen de la Alameda sevillana. Pero la tragedia era aún mayor de lo que le hicieron temer las medias palabras de su amigo Nasser. La gente empezaba a agolparse delante de la casa atraída por el silbido de la sirena. Los dos oficiales entraron en la vivienda siguiendo a la joven hasta el jardín. Galván no quería creer lo que había dicho la joven en el zaguán: “Raquel está muerta”. Sobre el césped, con el cabello suelto y los ojos más verdes y grandes que nunca, estaba Raquel Córdova, la sefardí orgullosa de su origen, la mujer asaltada por las dudas cuando se hacía plenamente mujer. Los policías se inclinaron sobre el cuerpo de la joven, evidentemente muerta a pesar de no mostrar signos de violencia ni herida por disparo o puñal. Alami apartó los cabellos que le cubrían los hombros y cogió suavemente la cabeza entre ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ258 259 sus manos expertas. “¡Le han partido el cuello!”, exclamó con rabia. Galván, con un nudo en la garganta y los ojos a punto de lágrima, precisó entre dientes: “Marca de la casa”. De nuevo, el Rubio había aplicado su arma letal. Ni gota de sangre. Unas vecinas llevaron a su casa a Esther, que al fin se había derrumbado y parecía una muñeca de trapo que miraba sin ver ni oír a las mujeres que la rodeaban solícitas pero impotentes. Le dieron a beber algo caliente y aromático, que arrojó al instante. Repetía, como en una letanía hebrea, dos nombres de mujer: Raquel y Ruth, su hermana muerta y la amiga ingenua y temeraria que se había dejado embaucar por un asesino sin alma. Otra sirena alborotó aún más la calle, era el equipo de expertos. Nasser los dejó trabajar y pasó a la casa donde las vecinas protegían a Esther de la curiosidad del pueblo. Sabía quién era el asesino, y lo urgente era darle caza antes de que se esfumara. Miró con compasión a Esther y comprendió que no estaba en condiciones de responder a ninguna pregunta. Encareció a la mayor de las mujeres que la cuidara y encargó a un policía que hiciera guardia a la puerta de la casa. Daniel el Rubio podría enviar un sicario para rematar su acción. Esther sabría cosas como las que interesaban a los dos comisarios. Y los policías seguían ignorando el verdadero motivo de la presencia del Rubio en Sevilla y el asesinato de un antiguo agente de la CIA. El coche voló hacia la Jefatura con dos comisarios abordo que no terminaban de dominar su estupor y su rabia. El comisario Alami convocó a todos los agentes disponibles, les informó de la situación y dio órdenes de controlar todas las salidas de la ciudad, vigilar el puerto, averiguar quién embarcaba para cualquier destino, qué barco de pesca grande o pequeño se movía, qué yate o embarcación de recreo trataba de echarse a la mar. Las mismas medidas en el aeropuerto. No confiaba mucho en el procedimiento, pero era la rutina obligada. Sin necesidad del testimonio de Esther –que no pudo decir cuánto tiempo estuvo fuera de casa–era seguro que el crimen se cometió no más de dos horas antes de la llamada. El instinto o el corazón le decía a Nasser Alami que el Rubio seguía en Tánger. En cuanto al asesiEL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 259 260 nato de Raquel, no había mejor explicación que la necesidad de eliminar a una persona que se vio con el español en el Café de París. No había duda de que alguien le vigilaba. La colaboración que otro judío ofreció aquella misma tarde a Galván no pudo ser más inesperada y peregrina. vi. puZle de eSpíaS Un hombre alto, de unos treinta años, fornido pero de movimientos elásticos, casi felinos, entró en el hotel Continental y preguntó en la recepción por don Federico Galván. El joven de la recepción dudó unos segundos. “Veré si está. Nunca deja la llave”. Y el visitante sonrió con suficiencia. Sabía que Galván estaba en el hotel porque lo había seguido hasta la puerta, donde esperó unos minutos para disimular. “Sí, el señor Galván está en su habitación. ¿A quién anuncio?”. “Samuel Leví. Dígale que me envía Esther”. Una llamada y una respuesta: “Tenga la bondad de subir a la habitación 223. El señor Galván le espera”. El español seguía siendo idioma corriente en Tánger. El comisario estaba en mangas de camisa, el nudo de la corbata aflojado y el pelo revuelto. Al llegar a la habitación se había derrumbado sobre la cama y hundido la cabeza en la almohada con desesperación y abatimiento. Sonaron unos golpecitos en la puerta, Galván se levantó con un esfuerzo y fue a abrirle al tal Samuel Leví. Estaba tan confuso que no tomó precauciones ante la visita de un judío desconocido. Al verlo, se acordó de su impresión de que alguien iba tras sus pasos por Tánger. –Esther me ha pedido ayuda. Tan pronto como salió del shock me ha llamado –dijo el visitante sin más preámbulo; y Galván le invitó a sentarse junto al balcón por donde entraban los ruidos de la calle y la luz incisiva de un sol poniente. Todavía de pie, antes de entrar en materia, el comisario fue al mueble bar, sacó dos botellas y le dio a elegir al visitante: –Yo tomaré un coñac, lo necesito”, dijo el policía sin esperar respuesta. ALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ260 261 –Yo también –y brindaron en silencio por la muerta. Galván parecía no tener prisa, todo era ya demasiado tarde, demasiado inútil. El crimen de la Alameda quedaba muy lejos, difuso. La muerte de Raquel le había devuelto, de manera brutal, a los años vividos en Tánger. Y las aguas del Estrecho habían ensanchado la falsa distancia que secularmente ha separado España de Marruecos. –No me habló Raquel de usted cuando nos encontramos después de seis años. Y no sé cómo podrá ayudarnos en este asunto tan triste –dijo al fin Galván; y añadió sin pausa–: ¿Conoció usted a Raquel? –Digamos que éramos algo más que amigos. Quiero decir que entre nosotros se estaba fraguando una relación con futuro; al menos, yo lo pretendía. Raquel conocía mis actividades comerciales en Marruecos, pero nunca le dije toda la verdad; temía que esa verdad pusiera fin a una relación que empezaba a hacer de mí un hombre distinto –Galván miró al visitante a los ojos y vio sinceridad. También este hombre recio y de gestos seguros estaba conmovido por la muerte de la joven de ojos verdes infinitos–. Ahora sólo quiero aligerar la losa que ha caído sobre Esther. Es lo que Raquel me pediría. –¿Y, bien…?–exclamó Galván remedando la pregunta de Paul Bowles en otra entrevista no menos extraña. –Ahora me ocupo de cuestiones intereses comerciales, pero hace años vine a Marruecos como agente del Mosad, el servicio de inteligencia israelí. Los espías nos quemamos un día, y en Tánger llegamos tan pronto a conocernos que el disimulo es parte de una tradición más que una regla inútil del oficio. Es curioso cómo el papel y los métodos del agente secreto o del espía toman en cada país y en cada cultura formas propias. Tánger tiene en esto una larga historia –y haciendo una pausa, con la vista puesta en la copa, Samuel Leví concluyó su explicación–: Desde hace un tiempo estoy en la situación ambigua de no ejercer, pero sigo ofreciendo a Israel mi experiencia y mis contactos viejos y nuevos. EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 261 262 –¿Y cómo no se ha dirigido al comisario Alami? Somos amigos y está colaborando en el caso que me trajo a Tánger. –Nasser Alami conoce mis circunstancias, pero nuestro encuentro daría un carácter oficial a mi actuación. El hombre que ustedes llaman “el Rubio” es un judío americano al servicio de los rusos, un renegado de su país y de Israel. Pero no perdamos más tiempo, ahora somos tres los interesados en cazar a esa bestia y acabar con ella sin muchos miramientos. A usted y a mí nos une una amistad truncada por las mismas manos que han roto el cuello de Raquel. Tal vez sea ésta mí última acción como antiguo agente. –La sonrisa helada de Samuel Leví estremeció al español. Federico Galván no era más que un competente comisario ocupado de homicidios pasionales o crímenes vulgares; un probo funcionario que nunca tuvo que ver con espías y agentes secretos despiadados y expeditivos como debió ser Samuel Leví. Para colmo, la pista tangerina se complicaba aún más. Según las revelaciones del judío, el KGB soviético también estaba involucrado. Galván corrió a contarle a su amigo Nasser las novedades. El marroquí, a su vez, le confirmó las palabras de Samuel Leví: “Es cierto, los rusos están metidos en todo esto”. Y el tema de los misiles a Cuba volvió a ponerse sobre la mesa con todo su dramatismo. En los dos últimos días, la tensión internacional se había aliviado con la decisión de Kruschev de detener los barcos en la raya que el presidente Kennedy había fijado como límite. Pero el mundo seguía sobrecogido ante el tira y afloja entre Washington y Moscú. Todos los miembros del Mosad en el norte de África estaban en alerta y no perdían de vista a los agentes soviéticos. Ya se produjeran conflictos regionales o una verdadera guerra, Israel tenía mucho que perder como país amigo de Washington y blanco preferente de los “halcones” rusos. Entre otros detalles que Samuel Leví contó a Galván, el director del Mosad era Isser Harel, nacido en Rusia y emigrante en Palestina cuando era joven. Este hombre poderoso dirigió dos años antes el secuestro espectacular de Adolf Eichmann en Argentina, que terALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ262 263 minó con el ahorcamiento del sanguinario nazi. Su odio visceral contra los nazis lo tenía ahora concentrado en judíos renegados como Daniel el Rubio. “Por lo visto, Tánger vuelve a ser un nido, un puzle de espías como en los años cuarenta”, resumió Galván. “Pues sí –asintió NasserAlami–. Y cada uno tiene su parte. El Rubio ha matado en Marruecos, y su crimen es cosa mía”. * * * Samuel Leví pidió a los dos comisarios un par de horas para montar la operación que les llevaría a la captura de Daniel el Rubio. “Vivo o muerto”, había recalcado el antiguo agente del Mosad. Galván quiso aprovechar la espera para estar a solas un rato y despejar la tempestad de recuerdos y sentimientos que le atormentaban. Sentía que estaba al final de un caso convertido por el destino en una aventura muy personal que como un puente sobre el Estrecho enlazaba el pasado con el presente en giros vertiginosos de ida y vuelta. Se veía a sí mismo en la difícil postura de tener un pie en España y otro en Tánger. ¿Y dónde tenía la cabeza? ¿Dónde el corazón? El matrimonio con Alicia fue algo tardío. Alicia, cinco años más joven, se casó a los veinticinco, a la misma edad que la muerte sorprendió a Raquel en el jardín de su casa. ¿Qué pensó la joven judía en los pocos segundos que su cuerpo se agitó convulso mientras el Rubio crujía su grácil cuello de cisne entre sus manos poderosas? ¿Pudo ver la cara de su asesino? ¿Cruzó su mente un recuerdo, un pensamiento dedicado al policía español que trajo a su vida una bocanada de aire fresco entremezclado con una pasión cálida y turbadora como el viento caliginoso del desierto? “La mismo calima que de vez en cuando llega a Sevilla transportando goterones rojizos que lo manchan todo sin refrescar nada”, se dijo Federico Galván con la imagen de Alicia en su cabeza. “¡Pobre Alicia!”. Con su mala salud y sin ese hijo que procuraban con ahínco en las cortas vacaciones del inspector o en breves viajes a Sevilla por motivos del servicio. Alicia nunca visitó Tánger, nunca se presentó la EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 263 264 ocasión. Los españoles (los hombres) viajaban poco. Las españolas (las mujeres corrientes, las amas de casa) no viajaban nada. La salida al extranjero era privilegio de ricos y maldición para los emigrantes. Tánger, Marruecos, estaban aún más que lejos que Francia o Alemania. La inmensa mayoría de los andaluces tampoco conocía Portugal, aunque algunos lo podían ver desde la distancia. ¿Habría conseguido Tánger el milagro de la fecundidad con su atmósfera sensual, afrodisiaca? Alguna vez bromeó el matrimonio sobre esta posibilidad: creencias y métodos más raros y peregrinos eran corrientes entre parejas desesperadas. Pero nunca se hizo la prueba tangerina. Y dos punzantes preguntas dominaban en el amasijo de reflexiones del comisario. ¿Cuánto daño había hecho a las dos mujeres? ¿A cuál de las dos había herido más con su conducta? Alicia le ofrecía la oportunidad de una vida de reparación. Raquel había pagado con su propia vida un error imperdonable, un imposible. VII. SANGRE EN AGUAS DEL ESTRECHO En la tarde del veintiocho de octubre de 1962 el mundo dio un suspiro de alivio que retumbó de continente en continente. Los barcos soviéticos abandonaban las aguas del Caribe. Federico Galván también se embarcó ese día con un brazo vendado y un caso resuelto. Como hipnotizado por la espuma que el ferry dejaba tras de sí, el comisario repasaba los sucesos de la semana apoyado en la barandilla de popa. La investigación había terminado pero una pregunta nunca encontraría respuesta en este mundo. ¿Por qué la muerte de Raquel, la mujer de ojos verdes (o azules) de tanto bañarlos en la bahía de Tánger; de tanto fijarlos en un horizonte de casas encaladas como las de Marruecos? Para la muerte del americano en Sevilla no se encontró mejor explicación que su arrepentimiento en el último minuto, lo que no dejó otra salida al Rubio que el asesinato. Era la hipótesis más plausible y la menos comprometedora para la Policía y para el cónsul. La diplomacia ha sido siempre experta en echar tierra a los asuntos más desagradables, tarea fácil en una dictadura con una opoALFREDO JIMÉNEZ NÚÑEZ264 265 sición política domesticada y unas contrapartidas internacionales de mutua conveniencia como era el caso de las relaciones entre la gran potencia de Occidente y una España anticomunista en una posición estratégica inigualable. “Más o menos, lo de siempre”, se dijo para sus adentros el comisario Galván, que leía mucha historia de España. El comisario se detuvo una vez más en las actuaciones del último día con la vista puesta en la costa española y los ojos entornados por la fuerza combinada del viento y del sol. Samuel Leví no tuvo mayor dificultad en conseguir noticias sobre Daniel el Rubio. La colaboración de un compañero del Mosad dio fruto inmediato. “Si hubiéramos empezado por ahí –se lamentaba el comisario–, Raquel no habría muerto”. Pero la joven no conocía esa parte de la vida de un hombre que temía malograr con su revelación una amistad ilusionante. Daniel el Rubio se había refugiado en la Kasbah, en lo más alto de la medina, esperando que bajara la fiebre de su búsqueda por toda la ciudad. Las calles enrevesadas, pendiente arriba, pendiente abajo; la fácil comunicación de las viviendas a través de patios, pasillos y azoteas; la colaboración de algunos habitantes mal avenidos con la justica, hacían de la ciudad amurallada un refugio ideal para cualquier malhechor. Amén de la cercanía al puerto, pues la huida tendría que ser por mar. Cualquier intento de escape hacia el interior del país convertiría al fugitivo en una presa fácil para la Policía, que le daría caza como a un conejo. Los confidentes de Samuel Leví no habían precisado el lugar exacto donde se escondía el asesino. No lo sabían o se lo guardaban para sacar más provecho con una segunda entrega. El plan fue introducirse en la medina por varios puntos y marchar hacia la zona señalada por los chivatos. Nasser Alami avanzaría acompañado por un par de agentes. Desde el extremo opuesto lo haría Samuel Leví por su cuenta y riesgo y orden de no disparar salvo en defensa propia. El comisario Galván representaría el papel de turista despistado al que acompañarían a pocos pasos dos gendarmes de paisano. Galván quería interrogar sobre el terreno al judío renegado, evitar que el antiguo agente del Mosad, EL COMISARIO GALVÁN, ENTRE SEVILLA Y TÁNGER 265