DISCDRSO
INADGORAL
LEIDO
EN
LA
SOLEMNE
APERTURA
DE
SEVILLA
el
DIA
1,.
de
oc ub e
DE
1887
DISCURSO
lAÜGüRAl
LEIDO
ll'í
hA
S§41M11
AFlE PEA
DE
LA
Uni e sidad
Li e a ia
EL
DIA
1.»
DE
OCTUBRE
DE
1887
POR
EL
DOCTOR
B.
PHÜBEN0IO
MÜBAHIA
Y
PÁIEAGA
MARQUÉS
DE
CAMPO
AMENO
CATEDEÁTICO
POR
OPOSICIÓN
DE
LITERATURA
GENERAL
Y
LITERATURA
ESPAÑOLA
h
h
SEVILLA
Imp en a
y
Li og a ía
de
José
M.=*
A iza
CALLE
DE
LAS
SIERPES,
NÓM.
19
1887
^XCMO.
jSEÑOR:
1
>1
O
á
p opios
me ecimien os,
no
á
o ui os
aza es
de
una
sue e
cap i¬
chosa,
que
sólo
á
e minan e
manda o
de
los
que,
po
su
au o idad
y
po
el
a ec o
que
yo
les
consag o,
pueden
impone me
un
e dade o
sac i icio,
debo
el
gene almen e
codiciado,
aunque
pa a
mí
emido
y
a iesgadísimo
hono
de
habla
en
nomb e
del
Claus o
uni e si a io,
inaugu ando
con
mi
mo¬
des o
discu so
ues as
p eciadas
a eas.
¡Pe o
qué
du a
compensación
me
habéis
impues o,
seño es,
al
concede me
gene osos
dis inción
an
señalada!
Lle a
ues a
oz
en
es e
ac o
solemnísimo;
desen ol e
algún
pun o
cien¬
í ico
ó
li e a io
de
mane a
que
no
desdiga
de
ues o
epu ado
sabe ;
de¬
ja me
oi
aquí,
donde
el
ecue do
de
los
homb es
eminen es,
que
en
años
an e io es
me
p ecedie on,
así
como
el
de
los
genios
inmo ales,
cuyas
ce¬
nizas
gua damos
en
depósi o
sag ado,
hacen
que
odo
esul e
descolo ido;
aza
despejadas
sendas
á
una
ju en ud
en usias a,
que
con
el
ímpe u
p o¬
pio
de
los
pocos
años
se
p ecipi a
en
el
desconocido
campo
de
la
ciencia,
he moso
y
egalado
pa a
el
que
en a
con
pié
segu o;
pe o
lleno
de
pelig os
y
unes ísimo
pa a
el
que
po
a ajos
se
in e na
en
sus
espesu as;
y
cumpli
con
es e
delicado
enca go
en
el
b e ísimo
espacio
de
iempo
que,
po
causas
ajenas
á
ues a
olun ad
cie amen e,
pe o
no
po
ello
menos
ap emian e
y
di ícil,
me
habéis
concedido,
es,
sin
linaje
de
duda,
muy
supe io
á
mis
ue zas
y
á
lo
que
con
undamen o
eníais
de echo
á
espe a
de
un
compa¬
ñe o
que
odos
oso os
conocéis.
¿Llega á
ues a
bondad
has a
el
ex emo
de
ayuda me
á
sali
de
si uación
an
comp ome ida?
Un
ecu so
queda
á
ues o
alcance
oda ía
y
es
el
de
o o ga me
ues a
indulgencia
sin
asa
alguna,
p ome iéndoos
yo
en
cambio
se
an
b e e
que
no
engáis
iempo
de
ol ida la,
y
hablándoos
de
algo
que
á
odos
po
igual
nos
in e esa,
de
aquello
que
inspi a
siemp e
al
p o eso
p edilecciones
singula ísimas.
Po
es a
lige a
indicación
hab éis
comp endido
ya
que
ni
me
e ie o
ni
podía
e e i me
más
que
á
la
he mosa
ciencia
de
la
Li e a u a,
po
odos
u ilizada,
pa a
odos
indispensable,
y
sin
la
cual
las
más
al as
lucub aciones
del
sabio
y
los
uelos
más
a e idos
del
genio
esul an
de icien es,
cuando
no
en ecos
y
desmayados.
No
hace
mucho
iempo,
po
cie o,
que
con
honda
pena
oía
el
cuad o
de
las
ciencias,
que
á
ues a
conside ación
se
o eció
en
solemnidad
idén¬
ica
á
la
de
hoy.
Con
de enimien o
un
an o
p olijo,
se
ós
hablaba
de
la
Ju¬
isp udencia,
de
la
Zoología,
de
la
His o ia,
de
la
bdlología,
de
la
Química,
de
las
Ma emá icas,
de
la
Me a ísica
y
de
la
Medicina,
sin
que
pa a
nada
se
eco dase
la
ciencia
que
sube
al
pa
de
la
Me a ísica
á
las
egiones
del
pensa¬
mien o
y
de
las
úl imas
azones
de
las
cosas;
que
mues a
mejo
que
la
Filo¬
logía
y
que
la
His o ia
los
sen imien os
é
ideas
que
animan
á
los
pueblos
en
las
dis in as
épocas
de
su
ida;
que
in e esa
álos
homb es
más
que
la
Zoolo¬
gía,
que
la
Química
y
que
las
Ma emá icas,
pues o
que
les
enseña
las
glo io¬
sas
adiciones
y
los
bellos
ecue dos
que
o man
la
ele ación
de
ca ác e
y
la
dignidad
délas
cos umb es;
que
p es a
más
u ilidad
que
la
Ju isp udencia
al
educa
nues os
ins in os
pa a
que
se
con o men
espon áneamen e
con
las
le¬
yes
acionales
que
és a
da;
y
que,
po
úl imo,
a en aja
á
la
Medicina
enca ¬
gada
del
cue po,
cuan o
el
espí i u
excede
en
al eza
á
lo
que
sólo
es
ma e ial.
Sin
azón,
injus icia
ó
descuido
impe donables,
que
yo
debo
enmenda
desde
es e
si io
en
nomb e
de
la
e dad,
en
nomb e
de
la
igualdad
de
las
ciencias,
an e
el
al a
sup emo
de
la
sabidu ía.
¿Qué
ue a
de
los
a ios
conocimien os
humanos
si
la
Li e a u a
no
les
o eciese
el
medio
segu o
de
mos a se
con
la
p ecisión,
galanu a
y
g acia
que
los
hace
in e esan es
á
odos,
y
po
cuyos
medios
ijan
nues a
a ención,
ec ean
el
ánimo
y
p opo cionan
dulcísimos
espa cimien os?
Las
e dades
más
ascenden ales
y
de
u ilidad
más
eco¬
nocida,
pe de ían
pa e
de
su
encan o
y
se ían
un
abajo
pesado
pa a
nues¬
a
in eligencia,
si
la
Li e a u a
no
les
die a
los
a a íos
y
is osísimas
p eseas
con
que
han
de
llama
á
las
pue as
de
la
imaginación
pa a
que
és a
las
aco¬
ja
bené ola.
Ved
lo
que
inde ec iblemen e
ocu e,
cuando
po
desg acia,
se
encuen an
di o ciadas
la
ciencia
y
las
buenas
o mas
li e a ias;
el
discu so,
el
olle o,
el
lib o,
la
composición
poé ica
se
nos
caen
de
la
mano
y
juzgamos
e ónea
ó
impe ec amen e
del
ondo
po
la
mala
o ma
con
que
se
les
ha
e-
es ido.
Y
si
a endemos
á
las
condiciones
in e nas
de
es a
ciencia,
decidme,
jcuál
puede
aspi a
como
ella
á
ennoblece
los
ánimos,
á
pu i ica
las
cos um¬
b es
y
á
ele a
el
co azón
á
la
belleza
po
esencia,
uen e
pe enne
de
odo
gozo
y
é mino
inal
de
odo
amo
e dade amen e
pu o?
Los
mismos
gen iles
c eye on
que
sólo
el
a e
que
la
Li e a u a
aba ca
y
es udia,
había
hecho
na¬
ce
y
p opaga
las
ideas
eligiosas;
y
has a
la
Mi ología
nos
enseña,
que
ese
a e
únicamen e
hizo
sociables
á
los
homb es,
les
dió
sen imien os
humanos
y
piadosos,
les
des as ó
su
udeza
p imi i a,
les
co igió
sus
desen enados
ins in os
y
los
mo ió
sua emen e
al
espe o
de
la
mo al
y
de
la
ley.
Po
o a
pa e,
seño es,
qué
ciencia
como
la
Li e a u a,
omando
es a
palab a
en
su
sen ido
más
la o,
iene
el
exclusi o
p i ilegio
de
ab i
de
pa
en
pa
las
mis e iosas
pue as
de
las
ci ilizaciones
pasadas
y
o ece nos
en
galla da
exposición
las'
aspi aciones,
p og esos,
desmayos
é
ideales
del
géne o
humano,
mos ándonos,
o a
el
lánguido
quie ismo
y
el
excep icismo
dogmá ico,
que
á
los
indios
habían
de
da les
o zosamen e
sus
pan eís icas
eogonias
y
su
p imi i a
iloso ía
espi i ualis a,
degene ada
más
a de
en
un
aniquilan e
mis icismo;
o a
la
cla e
pa a
desci a
los
adelan os
y
admi ables
p og esos
cien í icos
de
los
Egipcios,
cuyas
nebulosidades
y
ge oglí icos
se
an
desa ando
len amen e,
g acias
á
la
ciencia
que,
al
ma ca nos
el
modo
de
se
de
aquel
pueblo
o iginal,
e oca
y
le an a
como
po
medio
de
mágico
conju o
las
ígidas
momias
que
gua dan
su
secula es
Pi ámides
é
Hipogeos
pa a
que
con es en
á
las
p egun as
que
la
c í ica
les
hace
en
o den
al
conocimien o
de
su
pasado;
o a
la
humana
é
in e esan e
ida
del
pueblo
g iego
cón
aquellos
sus
en usiasmos,
pa io ismo,
alo ,
independencia
y
espí i u
analí ico;
con
sus
g andes
poe as,
ilóso os,
his o iado es
y
homb es
públicos,
que
an os
modelos
y
enseñanzas
deja on
á
la
imi ación
de
las
edades;
o a
el
se e o
pueblo
omano,
des inado
en
los
p o idenciales
a canos
á
enseño ea se
del
mundo
odo
y
á
p epa a lo,
aunque
en
singula
mane a,
po
las
ideas
e idas
en
su
li e a u a
pa a
la
g andiosa
as o mación
que
las
doc inas
del
C uci icado
habían
de
imp imi le;
ya
el
o iginalísimo
y
poé ico
pueblo
á abe
con
odos
sus
ca ac e es
dis in i os,
como
son
las
pasiones
a dien es,
los
impe uosos
deseos,
los
i ísimos
a anques
de
amo
y
de
enganza,
las
imágenes
a e idas
y
igu as
hipe bólicas,
que
nos
des¬
cub en
una
imaginación
llena
de
uego;
ó
bien,
ace cándonos
á
iempos
más
inmedia os,
nos
pin a
las
agas
aspi aciones
y
los
anhelos
c ecien es
de
los
pueblos
mode nos,
lle ados
po
su
insaciable
sed
de
mejo amien o
y
p o¬
g eso
á
ompe
los
an iguos
moldes
de
las
sociedades
que
pasa on,
undan¬
do
sus
doladas
ilusiones
y
isueñas
espe anzas
en
las
mágicas
co ien es
que
las
ideas
de
igualdad,
de
au onomía
y
de
libe ad
|D oducen.
Po
es o
oimos
á
un
ilus e
poe a
i aliano
deci :—«Yo
quie o
encon a
un
nue o
mundo
ó
ahoga me
así
como
mi
compa io a
Colón».—Po
es o
se
enue¬
an
en
F ancia
y
en
Ingla e a
los
p odigios
que
an iguamen e
sona an
en
las
encan adas
li as
de
O eo
y
An ión,
escuchándose
ambién
en
la
ibuna
pública
las
elocuen es
y
en usias as
ideas,
que
son
pa imonio
exclusi o
de
los
pueblos
en
la
p ime a
época
de
su
ida,
ó
cuando
empiezan
nue os
y
desconocidos
caminos
en
el
cons an e
muda
de
las
ideas:
po
es o
emos
egene ada
nues a
li e a u a
nacional
en
los
úl imos
iempos,
g acias
á
aquellos
que,
desde
el
campo
de
la
p osc ipción
ó
de
la
desg acia,
emplea¬
on
los
ené gicos
acen os
que
demandaban
sus
las imados
de echos,
po que
la
li e a u a
en
oda
ci cuns ancia
y
condición
e leja
la
sa ia,
el
espí i u
y
la
ida
in e na
que
p oducen
las
ascenden ales
ca ás o es
y
los
pasos
de
gigan e
que
da
la
humanidad,
pe siguiendo
cons an emen e
su
pe ección,
y
que,
como
en
ninguna
o a
pa e,
se
hallan
ex e io izadas
en
las
c eaciones
del
genio.
Pe o
sin
duda
alguna
que
o ende ía
ues a
ilus ación
si
insis ie a
en
demos a os
lo
que
es
cla o
como
la
luz
me idiana
pa a
oda
pe sona
cul a.
Mis
es ue zos
deben
i
encaminados
solamen e
á
en esaca
de
ese
amenísimo
campo
li e a io
el
ema
que
cons i uya
el
ondo
de
es a
b e e
o ación
académica,
pa a
que,
seducidos
po
su
insinuan e
a ac i o,
no
os
ijéis
demasiado
en
la
pob e
mane a
que
end é
de
desen ol e lo.
Con ieso
que,
á
segui
mis
a iciones,
a a ía
alguna
de
las
muchas
é
in e esan es
ma e ias
que
la
li e a u a
gene al
comp ende;
pe o
po
no
da le
á
mi
abajo
un
sabo
ma cadamen e
abs ac o
y
hui
de
odo
lo
que
se
pa ezca
á
in luencias,
elaciones,
causas,
consecuencias,
e c.
de
las
cosas
á
que
la
gene alidad
de
los
que
discu en
se
encuen an
siemp e
inclinados,
oy
á
elegi
un
ema
c í ico
de
la
li e a u a
española,
que
b ille
sí
po
su
impo ancia,
pe o
que
no
cau i e
menos
po
lo
de inido
de
su
ex ensión
y
ca ác e ,
con ibuyendo
de
es e
modo,
aunque
en
la
modes a
es e a
que
mis
ecu sos
consien en,
á
la
g an
ob a,
de
que
an
necesi ada
es á
nues a
his¬
o ia,
como
hace
poco
iempo
me
decía
el
eminen e
cuan o
modes o
sabio
don
Au eliano
Fe nández
Gue a:
«Tiempo
es
ya
de
ilus a
pun os
conc e¬
os
li e a ios
en
ez
de
e ó icas
declamaciones
y
áciles
gene alidades;
pues
sin
monog a ías
bien
es udiadas
no
puede
habe
his o ia
de
ningún
géne o».
Aho a
bien,
Excmo.
S .;
las
dos
exigencias
á
que
an e io men e
me
e e ía,
las
llena
cumplidamen e,
en
mi
sen i ,
el
discu so
que
se
eduzca
á
o ma
un
b e e,
pe o
comple o
y
ace ado
Es udio
c i ico
del
A cip es e
de
Hi a,
compa ándolo
con
Rabelais.
—
9
—
Pocos
esc i o es
p opios
ó
ex años
han
me ecido
de
la
c í ica
examen
más
apasionado
que
Juan
Rüiz.
Al
e
la
desdeñosa
p e e ición
á
que
le
e
lega
algún
c í ico
ex anje o
de
se eno
juicio
é
ilus ación
econocida,
po
lo
demás,
di íase
que
los
celos
de
nacionalidad
le
lle aban
á
nega
la
exis encia
li e a ia
del
coloso
español
que,
en
el
siglo
XIV,
supo
ele a se
po
su
p opio
genio
á
una
al u a
ex ao dina ia,
oscu eciendo
el
apagado
b illo
que
á
las
eces
despedían
as os
meno es
de
luz
p es ada
é
indecisa.
Cuando
oímos
cali ica le
de
Pe onio
español
y
asis imos
á
la
egocijada
a ea
de
muchos
que
en esacan
de
sus
ob as
la
ase
pican e,
el
cuad o
de
colo
subido,
la
escena
a e ida
y
esbaladiza,
nos
pa ece
es a
en en e
de
aquellos
ebus¬
cado es
de
ajenas
debilidades,
siemp e
dispues os
á
con e i las
en
i an¬
dos
é
impe donables
pecados,
si
ecaen
en
clase
ó
pe sona
espe able,
que
no
impa ciales
y
se e os
c í icos,
ganosos
an
solo
de
quila a
la
e dad
de
las
cosas.
Si,
po
úl imo,
nos
ijamos
en
aquellos
nimios
a is a cos,
que
an
disecando
uno
po
uno
los
e sos
odos
de
es e
g an
poe a,
pa a
no
ija se
más
que
en
la
palab a
imp opia,
en
la
udeza
del
lenguaje,
ó
en
la
al a
de
e si icación,
c eemos
achicada
la
misión
del
que
aspi a
á
dic a
leyes
al
gus o,
po
p escindi
de
los
iempos,
luga es
y
ci cuns ancias,
po
desen en¬
de se
de
la
g andiosa
esplendidez
del
conjun o
y
pa a
mien es,
con
mal
disimulada
delec ación,
en
pequeñas
impe ecciones,
que
muchas
eces,
y
en
con a
de
lo
po
ellos
imaginado,
hacen
el
e ec o
que
p oduce
siemp e
el
luna
disc e o
en
os o
de
muje
he mosa.
¡Qué
di e encia
en e
és os
y
aquellos
o os
esc i o es
nacidos
pa a
la
in es igación
p o unda'y
ascenden al,
ajenos
al
espí i u
de
escuela
ó
de
bande ía,
y
llamados
á
descub i
los
elemen os
sus anciales
de
las
ci ilizacio¬
nes,
elacionándolos
á
ma a illa
con
el
iempo
y
con
las
ob as
en
que
se
mani ies an!
G acias
á
sus
luminosos
abajos
podemos
ap ecia
hoy
en
su
jus o
alo
la
signi icación
del
A cip es e
de
Hi a
y
es i ui le
al
luga
emi¬
nen e
que
desde
luégo
le
señala on
los
Cia ás,
Wol ,
Dozy,
Tikno ,
don
Tomás
An onio
Sánchez,
Quin ana,
Amado
de
los
Ríos
y
o os
más,
que
han
dedicado
sus
alen os
á
la
p o echosísima
cuan o
poco
ap eciada
labo
de
in es iga
los
p ime os
pasos
del
genio
cas ellano.
Pe o
en iendo
que
nos
se ía
pun o
menos
que
imposible
el
delinea
ace adamen e
la
in e esan e
silue a
del
Can o
de
sus
amo es,
si
no
echá a¬
mos
una
ápida
ojeada
sob e
algunos
de
los
elemen os
que
en
sus
días
se
agi aban
en
el
seno
de
la
sociedad
española
y
daban
ca ác e
especial
á
sus
cos umb es;
sob e
algunas
de
las
in luencias
ex añas
que
se
dejaban
sen i
hondamen e
en
nues a
li e a u a
la
sella on
con
pe eg ino
ma iz;
sob e
la
—
i6
—
Td,
Senno
Dios
mió,
que
el
homen
c ies e,
En o ma
e
ayuda
a
mi
el
u
agip es e,
Que
pueda
ase
un
lib o
de
buen
amo
aques e,
Que
los
cue pos
aleg e,
e
a
las
almas
p es e.
Y
p epa ado
de
es e
modo,
po
deci lo
así,
é
impo ándole
poco
de
la
mala
in eligencia
que
se
dé
á
lo
que
esc iba,
po
lo
mismo
que
an
ácil
es
equi oca se
cuando
se
quie e
pene a
en
el
sag ado
de
las
ajenas
in encio¬
nes,
como
lo
p ueba
con
el
p ecioso
apólogo
del
doc o
de
G ecia
y
de
Ri¬
baldo
omano,
nos
dice
que
los
homb es
deben
dis ae se
y
aleg a se
en
medio
de
sus
cuidados,
po que
la
is eza
ae
consigo
deplo ables
conse¬
cuencias.
¿Y
qué
cosa
más
á,p opósi o
pa a
log a
es e
obje o,
así
como
el
de
sen a nos
la
base
de
la
elación
y
conside aciones
que
ha
de
hace nos
después,
que
la
de
eseña
en
una
sola
y
eliz
pincelada
la
aspi ación
unánime
de
odo
homb e
y
animalía?
Como
dise
A is ó eles^
cosa
es
e dade a.
El
mundo
po
dos
cosas
abaja:
la
p ime a.
Po
a e
man enengia;
la
o a
cosa
e a
Po
a e
jun amien o
con
emb a
plasen e a.
Hé
aquí
descubie o
ya
el
e eno
edado
á
que
acude
nues o
poe a,
y
que
an as
censu as
y
an
punzan es
le
han
alido.
Pe o,
dejando
pa a
des¬
pués
el
ana ema
ó
jus i icación
que
po
ello
me ezca,
p osigamos
el
análisis
de
sus
mal
en endidas
poesías.
En
el
deseo
que
le
emba ga
de
hace
pe ¬
ec amen e
sensibles
sus
lecciones,
se
p esen a
él
mismo
como
p o agonis a
de
las
a iadas
y
abulosas
a en u as
que
a
á
e e i ,
y
ponde ándonos
la
g an
a ición
que
en
su
iempo
u o
á
las
muje es,
como
cualquie
o o
pecado ,
empieza
su
ca e a
de
amo es,
di igiéndose
á
una
seño a
de
buenas
cos umb es,
de
iqueza
y
calidad.
Pe o
no
puede
habla le
á
solas,
odeada
de
dueñas
como
se
halla
y
le
manda
una
cán iga,
po
medio
de
complacien e
mensaje a,
á
la
cual
con es a
la
dama
nega i amen e
con
la
ábula
del
Leo i
en e mo
y
la
aposa^
si
bien
le
da
el
consuelo
de
esc ibi
un
is e
dic ado,
en
el
cual
ponde e
sus
amo es.
Es o
alien a
las
espe anzas
del
poe a,
aun¬
que
los
malos
o icios
de
alsos
y
en idiosos
amigos
die on
al
as e
con
odo
po
hace le
á
ella
pe de
la
é
en
las
p omesas
de
los
homb es.
En is ecido
el
A cip es e,
y
lleno
de
ama gos
desengaños
con
las
cosas
del
mundo,
comp ende
que
odo
es
anidad
menos
ama
á
Dios
y
se i le,
y
á
ello
se
consag a
con
a do .
Pe o
conside ando
que
Si
Dios
quando
o mó
el
o ne,
en endie a.
Que
e a
mala
cosa
la
muje ,
non
la
die a.
17
—
Y
que,
como
dice
la
abla,
Una
a e
sola,
nin
bien
can a
nin
bien
llo a,
puso
sus
ojos
en
muje
non
san a
y,
po
consiguien e,
más
ácil,
aunque
con
an
neg a
o una,
que
el
amigo
mensaje o
de
quien
se
si ió,
comióse
an¬
quilo
la
ianda,
en
an o
que
á
él
Xa iso
umia
su
des en u a,
lales
con a¬
iempos
encienden
más
y
más
sus
deseos
amo osos,
a i ados
indudable¬
men e
po
la
ci cuns ancia
de
que
él
se
conside a
nacido
bajo
el
signo
de
Vénus
y
no
puede
sus ae se
al
impe io
del
amo ,
como
nos
dice
en
los
siguien es
e sos:
Muchos
nagen
en
Venus-,
que
lo
mas
de
su
ida
Es
ama
las
muge es-
nunca
se
les
ol ida-
T abajan
e
a anan
mucho
sin
medida,
E
los
mas
non
ecabdan
la
cosa
mas
que ida.
En
es e
signo
a al
c eo
que
yo
nasgí,
Siemp e
punné
en
se i
duennas
que
conogí,
Elbien
que
me
egie on,
non
lo
desg adecí,
A
muchas
se í
mucho,
que
nada
acabescí.
Como
quie
que
he
p obado
mi
signo
se
a al
En
se i
á
las
duennas
pimna
e
non
en
al-,
Pe o
aunque
o ne
non
gos e
la
pe a
del
pe al.
En
es a
a
la
somb a
es
plase
comunal.
Es a
ue za
del
sino,
que
le
obliga
á
consag a se
al
se icio
de
las
due-
ñas,
le
da
ocasión
pa a
habla
la gamen e
del
in lujo
de
los
as os,
e elán¬
donos
lo
conocida
que
le
e a
la
ciencia
o ien al,
y
mos ándonos
á
la
ez
las
adicales
y
singula ísimas
as o maciones
que
el
amo
hace
en
los
que
como
él
han
nacido
bajo
el
in lujo
de
Venus,
ales
como
las
de
con e i
al
udo
en
ingenioso,
en
hablado
al
mudo,
en
a e ido
al
coba de,
en
lige o
al
pe e¬
zoso,
al
iejo
en
jo en,
e c.
Apesa
de
semejan es
bene icios,
el
amo
emplea
siemp e
el
lenguaje
de
la
men i a,
lo
cual
no
es
pa e
pa a
que
nues o
hé oe
deje
de
in en a
un
nue o
lance
amo oso
con
dama
an
p incipal
y
an
apues a
como
soña a
su
deseo.
La
con es ación
á
las
can igas
que
él
le
en ía
las
ex-,
p esa
el
desdeñado
aman e,
poniendo
en
boca
de
su
amada,
en e
o as
bien
aco dadas
azones,
la
muy
c is iana
que
sigue;
E
non
pe de é
yo
á
Dios
nin
el
su
pa aíso,
Po
pecado
del
mundo
que
es
somb a
de
aliso.
Pan
epe idas
quieb as
amo osas
ha ían
desmaya
al
más
en e o
y
de¬
cidido
campeón;
y
así
es
que
Juan
Ruiz
se
e i a
á
sus
iendas,
esignado
con
su
ad e sa
sue e,
cuando
en
sueños
se
le
apa ece
Don
Amo ,
a ando
de
da le
nue os
alien os,
lecciones
y
consejos,
necesa ios
pa a
log a
los
u os
ape ecidos.
3
i8
—
No
e a
es a,
po
cie o,
la
coyun u a
más
p opicia
pa a
ecibi
con
mi¬
mos
á
semejan e
huésped,
po
lo
cual
el
poe a
las imado
le
dice,
sin
ningún
linaje
de
mi amien os,
que
se
e i e
inmedia amen e
de
su
is a,
que
él
es
la
causa
de
odos
los
males
que
a ligen
al
mundo,
incapaz
de
sal a
á
un
solo
hom¬
b e,
aunque
puede
ma a
á
cien
mil,
pe diéndolos
en
cue po
y
en
alma,
au o
de
los
sie e
pecados
mo ales
y
de
los
más
a oces
c ímenes
come idos
po
el
géne o
humano;
en
una
palab a,
amon ona
sob e
Don
Amo
an
du as
in¬
ec i as
y
sang ien os
da dos,
igo izados
los
unos
y
las
o as
po
los
opo ¬
unos
y
exp esi os
apólogos
que
escoge
pa a
hace los
más
punzan es,
que
sólo
los
esis i ía
con
calma
el
que
á
odo
ance
quie e
consegui
la
ic o ia
sob e
su
enemigo
y
no
hay
sac i icio
ni
humillación
que
no
es é
dispues o
á
ealiza .
Lejos,
pues,
de
en u ece se
con a
el
ai ado
A cip es e,
le
con es a
el
Amo
con
g an
comedimien o,
diciéndole
que
la
culpa
de
odo
es
de
quien
ha
que ido
se
maes o
an es
que
discípulo,
ob ando
po
su
cuen a
y
iesgo,
sin
acudi
á
él
como
debía
demandándole
consejos
y
p o ección.
No
á
odas
las
muje es
con iene
p e ende ,
sigue
diciéndole
el
Amo ;
y
pa a
que
los
es ue zos
del
enamo ado
lleguen
á
é mino
eliz,
es
p eciso
an e
odo
sabe
elegi
muje
que
eúna
las
siguien es
condiciones;
Ca a
muge
e mosa,
donosa
e
lozana,
Que
no
sea
mucho
luenga,
o osí
nin
enana;
Si
podie es,
non
quie as
ama
muge
illana,
Que
de
amo
non
sabe,
es
como
bausana.
Busca
muge
de
alla,
de
cabeza
pequenna.
Cabellos
ama illos,
non
sean
de
alhenna,
Las
gejas
apa adas,
luengas,
al as
en
penna,
Anche a
de
cade as;
es a
es
alla
de
duenna.
Ojos
g andes,
e mosos,
pin ados,
elusgien es,
E
de
luengas
pes annas
bien
cla as
e
eyen es.
Las
o ejas
pequennas,
delgadas
pa a
al
mien es,
Si
ha
el
cuello
al o,
a al
quie en
las
gen es.
La
na iz
a ilada,
los
dien es
menudillos,
Egoales,
e
bien
blancos,
un
poco
ap e adillos.
Las
ensi as
be mejas,
los
dien es
agudillos,
Los
lab os
de
la
boca
c mejos,
angos illos.
La
su
boca
pequenna
asi
de
buena
guisa.
La
su
az
sea
blanca,
sin
pelos,
cla a
e
lisa,
Punna
de
habe
muge
que
la
eas
de
p isa
Que
la
alla
del
cue po
e
di á
es o
á
guisa.
¿Y
cuales
hab án
de
se
los
medios
con enien es
pa a
log a
el
amo
de
una
muje
semejan e?
Inú iles
se ían
los
a anes
odos
de
un
enamo ado
si
—
19
—
no
u ie a
una
g anelísima
ac i idad
unida
á
una
pe se e an e
cons ancia:
Po
la
pe esa
pie den
muchos
la
compannía
Po
pe esa
se
pie de
muge
de
g and
alía.
Y
pa a
co obo a
es as
a i maciones
nos
p esen a
el
ejemplo
de
los
dos
pe ezosos
que
que ími
casa
coji
una
dueña,
y
el
de
don
Pi as
Payas,
pin o
de
B e aña,
que
es án
llenos
d/^g acejo,
de
in ención
y
de
co du a.
Pe o
o¬
da ía
más
que
la
diligencia
enca ece
al
que
enamo a,
que
sea
dadi oso
y
espléndido,
po que
el
dine o
hace
milag os
inaudi os,
ales
como
los
que
ea¬
liza
en
la
cu ia
omana,
cuyo
ecue do
o ece
p e ex o
al
A cip es e
pa a
lan¬
za
una
despiadada
ilípica
con a
la
Có e
de
los
Pon í ices,
que
esul a
oda¬
ía
más
i a,
po
e e i se
en
ella
á
la
de
A iñon,
en
donde
la
se e idad
y
la
igidez
dejaban
bas an e
que
desea .
O as
muchas
ecomendaciones
le
hace
el
Amo ,
como
la
de
que
sea
ese adísimo
en
asun os
muje iles,
que
gua de
en
odo
las
o mas,
y
que
huya
del
icio
de
la
emb iaguez
pa a
que
no
le
suceda
lo
que
al
e mi año,
que
po
causa
de
ella
pe dió
su
alma.
Si
pone
en
p ác ica
es os
buenos
con¬
sejos,
le
asegu a
un
éxi o
b illan e,
anunciándole,
po
úl imo,
que
su
c iado
Pán ilo
y
su
muje
doña
Venus
end án
á
isi a le
muy
p on o,
dándole
nue¬
as
y
ci cuns anciadas
ins ucciones.
Cuando
el
A cip es e
despie a
de
aquel
sueño
que
an as
espe anzas
le
in undía,
in oca
á
doña
Venus,
la
cual
añade,
en
e ec o,
á
las
an e io es
o as
ad e encias,
como
la
de
que
no
se
e aiga
ni
acoba de
po
la
epulsa
que
de
una
muje
eciba,
sino
que,
al
con a io,
debe
en onces
edobla
sus
es ue zos,
empleando
los
segu os
medios
del
a e
y
de
la
más
e inada
as ucia.
Es o
lo
ncaba
de
decidi ,
pe o
con
miedos
y
emblo es,
sin
emba go,
se
di ige
bajo
el
nomb e
de
D.
Melón
de
la
Hue a
á
una
ecina
iuda
y
bella,
que
se
lla¬
ma
DP
End ¿7ia,
la
cual
echaza
sus
decla aciones
amo osas
con
al
desdén
que,
empleando
sus
palab as,
no
alen
pa a
ella
dos
piñones.
Pe o
la
insis¬
encia
de
él,
y
el
ai e
de
sen imien o
y
de
e dad
que
da
á
sus
palab as,
hacen
que
al
in
se
ablande
la
iuda,
quedando
conce ados
pa a
e se
á
solas.
No
con en o
aún
con
es e
iun o,
le
exige
D.
Melón
la
p ompa
de
que
en
luga
opo uno
le
da á
un
ab azo
en
p ueba
de.su
amo ;
pe o
ella,
indignada,
iesdeña
la
p opues a,
pe suadiéndose
él
con
es o
que
ha
ido
demasiado
lejos,
y
buscando
en
su
auxilio
una
T o a-con en os
pa a
que
eponga
lus
cosas
al
es ado
p óspe o
que
an es
enían.
Bien
p on o
opieza
á
la
ieja
*que
el
a ia
menes e ,
a e a
e
maes a
e
de
mucho
sabe »,
con
la
cual
iene
Un
ingenioso
y
chispean e
diálogo,
en
que
espec i amen e
se
p ome en
la ¬
gas
alb icias
y
se icios
cuidadosos.
Pa a
p oba le
la
ieja
e ce a
que
no
20
e an
baldías
dichas
p omesas,
empieza
su
ob a
de
seducción
po
sali
ála
calle
sonando
cascabeles
y
endiendo
joyas,
so ijas
y
o as
baga elas,
que
exci an
la
cu iosidad
de
D.^
End ina
has a
el
pun o
de
llama
á
la
endedo a.
Desde
ese
momen o
desplega
és a
al
lujo
de
malicia,
de
habilidad
y
de
a e,
que
poco
á
poco
a
haciendo
mella
en
el
ánimo
de
la
iuda,
ya
p esen ándole
al
galán
con
simpá ico
a ac i o,
ya
poniéndole
ejemplos
que
la
con enzan,
co¬
mo
el
de
la
ahi a
da
e
de
la
golo7id ma,
el
cual
es
con es ado
con
el
o iginal
del
lobo
y
de
la
pue ca,
ya
haciendo,
en
in,
ales
p odigios
de
ingenio,
que
al
cabo
accede
la
iuda
á
e se
con
D.
Melón
en
la
casa
de
la
buhona,
donde,
pa a
su
desg acia
y
emo dimien o,
queda
mise ablemen e
bu lada.
Tan
a e ida
le
pa ece
es a
a en u a
al
A cip es e,
que,
no
a e iéndose
á
ca ga
con
la
esponsabilidad
de
la
in ención,
consigna
al
acaba la;
Si
illanias
he
dicho
haya
de
os
pe dón
Que
lo
eo
del
es o ia,
dis
Pan ilo
y
Nason.
Es a
es
la
única
a en u a
amo osa
co onada
de
éxi o
en
el
poema
que
enimos
examinando,
y
le
si e
pa a
da
se e ísimas
lecciones
y
consejos
á
las
dueñas,
ponde ándoles
los
pelig os
que
o ece
la
sociedad
y
las
a e ías
de
que
se
si en
las
gen es
con
el
in
de
alcanza
sus
uines
y
menguados
de¬
seos,
diciendo
además,
po
si
oda ía
no
se
ha
comp endido
bien
su
in ención:
En iende
bien
mi
e.s o ia
de
la
ija
del
End ino
Dijela
po
e
da
ensiemj^ o,
non
po que
á
mi
ino.
Ko
pa an
aquí,
sin
emba go,
los
amo osos
des elos
del
que
nació
bajo
el
in lujo
de
Venus,
sino
que,
auxiliado
siemp e
po
T a a-con en os,
y
sin
da se
pun o
de
eposo,
uel e
los
ojos
á
una
dama
p incipal
y
dis inguida,
cuya
mue e
le
sume
en
la
más
p o unda
desespe ación.
En onces
se
enca¬
mina
á
las
sie as
de
Lozoya,
como
pa a
dis ae se
de
los
de aneos
de
las
ciu¬
dades,
y
es o
o ece
un
nue o
y
ecundo
campo
á
su
malean e
condición.
Pe o
las
pas o as
y
zagalas
que
Juan
Ruiz
encuen a
en
aquellas
ag es¬
es
mon añas
no
se
dis inguen
po
su
aguda
in eligencia
como
las
que
pin an
los
poe as
p o enzales,
ni
es án
ado nadas
de
aquellas
i udes
y
g acias
que
los
g iegos
y
la inos
die on
á
las
suyas:
ús icas
y
mon a aces,
descon iadas
y
maliciosas,
aunque
con
un
ondo
de
hidalguía
que
ca ac e iza
á
nues os
campesinos,
si
ienen
algún
asgo
de
bondad,
ó
consag an
algún
agasajo
al
A cip es e,
es
con
la
espe anza
de
que
él
les
da á
mues as
de
su
econoci¬
mien o
y
la gueza,
apa eciendo
así
unas
pin u as
an
na u ales,
escas
y
lo¬
zanas
de
aquellas
aque izas,
como
sólo
pudie a
hace las
más
a de
el
ilus e
Ma qués
de
San illana.
21
Pe suadido
el
A cip es e
de
que
lo
mismo
en
el
campo
que
en
la
ciudad
el
amo
y
el
dine o
son
iguales,
y
que
lle an
siemp e
como
secuela
desas¬
es
y
uido,
se
uel e
á
Dios
nue amen e
y
se
encamina
á
la
e mi a
de
N a.
S a.
del
Vado,
en
donde
can a
á
la
Vi gen
con
una
unción
digna
de
Gonzalo
de
Be ceo,
y
en
donde
ecue da
la
pasión
del
Sal ado
pa a
que
nos
si a
de
egla
en
nues a
ida
c is iana.
Una
ez
cumplidas
es as
piadosas
p ác icas,
y
ace cándose
el
iempo
san o,
se
e i a
á
su
casa
pa a
descansa
de
an as
a igas,
cuando
ecibe
dos
ca as
de
Doña
Cua esma,
desa iando
en
una
de
ellas
á
Don
Ca na al
y
exigiéndole
al
A cip es e
la
o a
que,
jun amen e
con
los
’
demás
A ci¬
p es es
y
clé igos,
se
p epa e
á
la
campaña
que
con a
aquel
enemigo
an
á
lib a
has a
el
Sábado
de
glo ia.
Juan
Ruiz
a isa
á
Don
Ca nal
del
g a e
pelig o
que
co e,
y
en onces
és e
con oca
á
odos
sus
pa ciales
y
alia¬
dos,
en e
los
que
se
cuen an
los
pollos,
aisanes,
gallinas,
cab i os,
jaba¬
líes,
lieb es,
e c.,
a mados
de
oda
clase
de
ins umen os
de
cocina,
y
se
eúnen
con
emo ,
pe o
dispues os
á
mo i
po
de ende
la
causa
de
su
legí¬
imo
ey
y
sobe ano.
Comen
y
beben
opípa amen e,
y,
ale a gados
y
do -
iTiidos,
los
so p enden
en
medio
de
sus
eales
las
ague idas
hues es
de
Doña
Cua esma,
que
en
su
sed
de
enganza
y
de
ex e minio,
no
dejan
i os
á
ninguno
de
sus
con a ios,
si
no
es
á
Don
Ca nal,
que
ponen
p eso,
y
á
Don
Tocino
y
á
Doña
Regina,
que
mandan
colga
an
al os
como
a alaya.
E an
de
e ,
nos
dice
el
poe a,
los
asgos
de
alo
y
el
he óico
es ue zo
que
des¬
plega on
en
es a
jo nada
los
a unes,
sa dinas,
anguilas,
sábalos,
albu es
y
demás
gen es
de
ma
y
de
ío,
que
en usias as
de endie on
á
su
sobe ana.
Don
Ca nal,
he ido
y
p eso,
no
puede
comunica se
con
nadie,
excep uando
an
sólo
á
un
aile,
que
lo
con ie e
ácilmen e
y
lo
con iesa,
imponiéndole
la
du ísima
peni encia
de
que
no
coma
más
que
len ejas,
espinacas
y
habas,
gua dando
los
ie nes
á
pan
y
agua.
Con
es o
el
pode ío
de
Doña
Cua es-
iiia
se
ex iende
y
consolida,
has a
que
el
Domingo
de
Ramos,
y
en
unión
con
Uon
Ayuno,
se
escapa
el
p isione o
y
se
esconde
en
la
aljama
de
los
judíos.
Al
p opaga se
es a
no icia,
iembla
Doña
Cua esma,
abandonada
á
la
ez
de
sus
pa ciales,
y
sin
espe a
á
más,
llegado
el
Sábado
San o,
se
ma cha
en
pe eg inación
á
isi a
los
San os
Luga es,
con
lo
cual
el
Ca na al
y
el
Amo ,
que
es
su
compañe o
insepa able,
ecob an
en
el
mundo
su
an iguo
pode ío.
Lo
p ime o
que
se
ocu e
á
es os
sobe anos
es
en a se
po
ie as
de
Cas illa,
y
á
ecibi los
y
i o ea los
salen
ailes,
clé igos,
abades,
a ci¬
p es es,
bea as
y
monjas,
decla ándose
odos
ellos
sus
pa ida ios
en usias¬
as;
pe o
como
Juan
Ruiz
e a
an iguo
asallo
de
Don
Amo ,
ué
el
que
e-
22
cibió
mayo es
dis inciones,
me eciendo
la
singula ísima
hon a
de
que
se
albe ga a
en
su
ienda
y
le
con ase
las
a en u as
qiie
du an e
el
in ie no
le
habían
sucedido
en
Andalucía.
Má chanse
después
ambos
huéspedes,
esuel¬
os
á
isi a
la
e ia
de
Alcalá
y
á
eco e
odo
el
mundo,
mien as
que
nues o
poe a
queda
cuidadoso,
aunque
con
aleg ía
y
con
deseo
de
en a
nue as
a en u as
amo osas.
Con
es e
in
llama
á
la
complacien e
T o a-con en os,
que
lo
inclina
á
una
iuda
lozana
y
ica,
y
seguidamen e
á
una
beldad
muy
de o a;
pe o,
echa¬
zando
una
y
o a
sus
locas
p e ensiones,
le
dice
la
ieja,
que
haga
el
amo
á
una
monja,
«po que
quien
á
monjas
non
ama,
non
ale
un
ma a edí».
P és ase
á
ello
Juan
Ruíz,
y
T o a-con en os
le
pone
la
pun e ía
á
D.^
Ga o-
za,
que
e a
muje
de
buena
ida
y
sen ido
sano,
en ablándose
en e
una
y
o a,
la go
y
sab osísimo
diálogo,
que
lo
hacen
más
in e esan e
oda ía
las
ábulas
y
ejemplos
que
in oducen,
como
el
del
ho elano
y
la
culeb a;
el
del
galgo
e
del
seño ;
el
nn
de
Mon e ado
e
del
mu
de
Guadalaxa a;
el
del
gallo
que
alló
el
za i
en
el
mulada
y
o os;
dando
odos
es os
disc e eos
po
esul ado
el
que
se
comuniquen
y
en iendan
D.^
Ga oza
y
el
A cip es e.
Pe o
es os
amo es
e an
pu os
y
san os,
como
el
alma
de
la
monja,
de
la
cual
dice
el
poe a:
Mucho
de
bien
me
iso
con
Dios
en
limpio
amo
En
cuan o
ella
ué
i a,
Dios
ué
mi
guiado ,
y
cuya
pu eza
y
san idad,
lib e
de
la
más
lige a
somb a
de
pecado,
con¬
se a on
siemp e,
has a
que
la
mue e
de
es a
i uosa
muje
dejó
sin
escudo
al
A cip es e.
De
nue o
quie e
la
mediane a
que
su
p o egido
se
dedique
á
una
mo a
pa a
hace le
eco e
así
las
muje es
de
oda
clase
y
condición,
cuando
el
allecimien o
epen ino
de
la
ieja
a ía
las
cosas,
así
como
las
ideas
del
poe a,
que
se
limi a
exclusi amen e
á
declama
con a
la
mue e
despiadada
y
á
esc ibi
un
sen ido
epi a io,
en
el
cual
pide
un
Pa e
nos e
pa a
la
pob e
pecado a.
El
poema
e mina
hablándonos
de
las
a mas
que
debe
usa
odo
c is¬
iano
pa a
ence
al
mundo,
al
demonio
y
á
la
ca ne,
diciéndonos
ambién
cuáles
son
las
p opiedades
que
ienen
las
dueñas
chicas
y
la
mane a
de
en¬
ende
su
lib o,
no
sin
ad e i nos,
al
conclui ,
que
sólo
pa a
da
solaz,
á
la
ez
de
enume a
los
pelig os
del
mundo,
esc ibe
y
ela a
en
jugle ía.
Ya
enemos
expues o,
aunque
sólo
á
g andes
asgos,
odo
el
plan
del
A cip es e
de
Hi a
y
con
él
los
undamen os
de
las
g a ísimas
acusaciones
que
se
le
di igen.
¡Es e
es
el
esc i o
inmo al,
cuyas
ob as
debie an
desapa.
ece
en
in e és
de
las
buenas
cos umb es,
y
cuyas
o mas
li e a ias
dis an
an o
de
la
anhelada
pe ección!
Pe o
examinemos
ambién
á
la
lige a
uno
y
o o
ex emo,
y
ácilmen e
llega emos
á
adqui i
la
con icción
de
que
sólo
el
apasionamien o
ó
la
mala
é
son
los
que
pueden
engend a
esas
a i maciones
exaje adas.
El
A cip es e
de
Hi a
se
p esen a
en
la
liza
li e a ia,
como
engo
dicho
an e io men e,
en
la
p ime a
mi ad
del
siglo
XIV;
ae
enhies a
la
ac edi ada
bande a
de
la
e udición,
has a
el
pun o
de
no
omi i
ningún
elemen o
de
cul u a
de
los
que
las
li e a u as
ex añas
podían
o ece le;
aspi a
á
co egi
po
medio
de
la
sá i a,
p incipalmen e,
las
iciadas
cos umb es
que
de
día
en
día
se
p opagan;
conside a
emedio
e icaz
pa a
ello
i
descub iendo
las
llagas
sociales,
menos
conocidas
cuan o
con
o mas
más
seduc o as
se
ocul aban;
igo iza
sus
enseñanzas
inmolando
su
p opio
nomb e
pa a
hace ¬
las
más
angibles,
y
el
esul ado
de
su
p o echosísimo
es ue zo
ué
el
mo al
y
a iado
poema
que
acabamos
de
examina .
¿Ni
qué
o a
cosa
sino
mo aliza
se
p opone
el
que
en
ez
de
ado na
el
icio
con
las
is osas
apa iencias
de
la
i ud,
ocul ándolo
á
las
mi adas
de
la
inocencia,
lo
hace
apa ece
á
nues os
ojos
al
como
es
y
despojado
de
los
ajenos
a a íos
con
que,
hipóc i a,
se
engalana a?
¿Cuándo
ué
an epues o
el
médico
que
busca
una
cica ización
alsa
y
supe icial,
á
el
o o
que,
cono¬
ciendo
la
g a edad
y
consecuencias
de
la
úlce a
ebelde,
no
la
descuida
ni
abandona
mien as
no
ha
hecho
desapa ece
odos
los
gé menes
mo bosos
c ue
con iene?
¿Quién
que
no
enga
i ísimos
deseos
de
co egi
y
de
enmen¬
da
nos
dice,
como
el
A cip es e
lo
hace,
es os
son
los
medios
de
qiie
se
si e
el
mal
pa a
in il a
su
eneno
y
es e
es
el
an ído o
pa a
hace lo
ine i¬
caz
de
odo
pun o?
Algo
es
ya
pa a
con ence nos
de
su
sana
in ención,
y
dejando
apa e
la
lec u a
impa eial
de
su
poema,
el
ca ác e
sace do al
que
le
dis ingue.
Pe o
mucho
más
es
oda ía
la
sen ida
in ocación
que
hace
á
Dios
y
á
la
Vi gen
pa a
que
le
ayuden
y
le
hagan
sali
ai oso
de
una
emp esa
que
es aba
e izada
de
di icul ades,
po
lo
mismo
que
e a
posible
echa
á
mala
pa e
sus
palab as.
Mucho
ambién
habla
en
p ó
de
su
since idad
y
buena
é,
el
que
no
enga
incon enien e
alguno
en
da
al
lib o
su
p opio
nomb e,
y
has a
hace se
él
mismo
p o agonis a
de
aquellas
escenas,
cuando
le
hubie a
sido
acilísimo
emplea
un
pseudónimo,
como
más
a de
hicie on
algunos
o os
clé igos,
y
no
po
mo i os
de
apa iencias
an
g a es
cie amen e;
y
sob e
odo,
seño es,
disculpa
po
comple o
á
Juan
Ruiz
el
cando
y
la
sencillez
de
aquellos
ien -
pos
p imi i os,
que
pe mi ían
llama
á
las
cosas
po
sus
nomb es
p opios,
—
24
—
sin
que
nadie
se
escandalizase,
mien as
que
en
los
ac uales
no
ole amos
en
nues a
con e sación
ni
en
el
esc i o
una
palab a
que
pueda
o ende
los
más
delicados
oídos,
mien as
que
nos
pa ecen
de
pe las
las
inci an es
desc ip¬
ciones,
el
equí oco
sospechoso,
la
alusión
in encionada
ó
el
chis e
de
con¬
abando
que
oímos
odos
los
días
en
el
ea o,
ya
que
no
es emos
dispues¬
os
á
disculpa
ambién
y
has a
agasaja
con
nues a
admi ación
y
is o
bueno
el
desen eno
de
las
gen es
pues as
en
al o,
ó
el
descoco
de
aquellas
o as
que
hacen
su
p o esión
del
más
uidoso
desca o.
;Y
cómo
se
explica
en onces,
me
p egun a eis,
que
el
A cip es e
se
in¬
clina a
á
emplea
si uaciones
y
lenguaje
que
en
mane a
alguna
se
a enían
con
su
in ención
y
p opósi os?
Hay
que
no
pe de
de
is a
pa a
con es a
á
es a
p egun a:
los
ma e iales
que,
como
ya
hemos
indicado,
le
suminis a¬
ban
las
li e a u as
o ien al
y
clásica,
en
las
cuales
apa ece
la
muje
muy
po
bajo
de
la
condición
y
al u a
en
que
el
C is ianismo
la
colocó,
como
obje o
de
place
solamen e
y
sin
la
bas an e
dignidad
pa a
echaza
lo
que
á
su
de¬
co o
se
opone;
la
pin u a
que
los
p o enzales
hicie on
de
sus
damas,
elogia¬
das
sob e
oda
ponde ación,
pe o
áciles
y
lasci as
has a
el
ex emo
de
im¬
po a les
poco
halla se
ligadas
po
los
ínculos
del
ma imonio,
si
de
sa is a¬
ce
sus
cap ichos
amo osos
se
a aba,
y
la
cos umb e
cons an e
y
uni e sal,
á
que
nunca
se
al ó
en
aquellos
iempos
de
andan e
caballe ía,
y
que
e a
como
un
sag ado
canon
pa a
odo
poe a
y
caballe o,
de
ene
damas
ó
in¬
gi las,
po que
solamen e
á
ellas
se
les
debían
consag a
los
a ec os,
e nezas
y
deseos,
po que
su
imagen
únicamen e
podía
se i
de
uen e
de
inspi a¬
ción
y
de
ga an ía
al
caballe o,
pa a
p esen a se
e guido
en
los
o neos
y
comba es,
segu o
de
ob ene
la
anhelada
ic o ia,
desde
el
pun o
en
que
supe s iciosamen e
la
in ocaba,
pidiéndole
su
aliosa
y
decidida
p o ección.
Tan
espe ada
e a
es a
cos umb e,
que
los
homb es
más
g a es
y
sesudos,
aquellos
que
po
su
ocación
y
es ado
se
hallaban
á
más
dis ancia
de
es e
géne o
de
ida,
caye on
ambién
en
la
en ación
y
esc ibie on
muy
sa is e¬
chos
en
loo
de
su
linda
enamo ada.
Únase
á
es o
el
obje o
que
Juan
Ruiz
se
p opuso
de
pin a
el
icio
con
los
colo es
más
i os
pa a
que
llega a
á
ins¬
pi a
en
la
ju en ud
epugnancia
y
asco;
el
que
las
cos umb es
iban
empeo¬
ando
p og esi amen e
y
se
necesi aba
emplea
el
lenguaje
ap opiado
pa a
1
e a a las,
y
más
que
odo,
sin
duda,
que
el
A cip es e,
po
su
condición
de
sace do e,
no
solamen e
conocía
las
al as
y
pecados
que
salen
al
ex e io
y
dan
ca ác e
á
las
públicas
cos umb es,
sino
ambién
aquellos
impulsos
ecón¬
di os
del
alma,
que
casi
se
ocul an
á
la
p opia
conciencia,
pe o
que
se
dicen
á
los
piés
del
con eso
pa a
que
és e
nos
absuel a,
de
un
simple
cona o
quizá,
__
25
—
a
eces
no
consen ido,
aunque
siemp e
punza
en
el
alma
y
a e güenza
cuando
sede
ecue da.
Es e
ué,
y
no
ememos
equi oca nos,
el
campo
más
ecundo
á
que
acudió
nues o
poe a,
po que
ninguno
como
él
podía
o ece le
ejemplos
de
pecado
más
o iginales,
ingeniosos
y
emibles,
á
la
ez
que
e ica¬
císimos
a isos
y
enseñanzas.
No
es,
pues,
que
el
A cip es e
nos
die a
en
las
cos umb es
disolu as,
que
alguna
ez
desc ibe,
las
de
los
cas ellanos
de
su
iempo,
sino
que,
o¬
mando
algo
de
la
ealidad,
aumen ó
y
de alló
el
cuad o
con
desconocidos
pe iles,
que
sacó
de
su
an asía,
ó
del
e eno
de
las
ajenas
in enciones,
no
edado
pa a
él.
Po
o a
pa e,
y
es a
conside ación
es
de
una
e dade a
impo ancia.
¿No
habéis
obse ado
que
de
odas
las
a en u as
e e idas
solamen e
una
llega
á
eliz
ó
in eliz
é mino,
según
que áis
llama lo?
Y
como
si
apesa
de
ello
le
pa ecie a
pelig oso
el
ejemplo,
nos
dice
que
es á
omada
de
O idio,
y
que
sólo
la
in oduce
en
su
na ación
pa a
que
si a-
de
a iso
y
de
ense¬
ñanza.
Has a
da
á
los
hé oes
nomb es
ex anje os,
con
lo
cual
pa ece
indica
^lue
esas
escenas
escandalosas
no
es aban
bien
colocadas
en
es a
ie a
es¬
pañola.
Sin
que
se
nos
ache
de
pesimis as,
pod emos
c ee
que
en onces,
como
en
odos
los
iempos,
hab ía
en
Cas illa
c édulas
End inas,
pe o
no
e a
lo
co ien e,
si
es
que
juzgamos
po
es a
ob a,
is o
que
odas
las
pue as
á
^ae
llamó
Juan
Ruiz
es aban
ce adas
á
pied a
y
lodo.
Más
puede
deci se
oda ía:
aquella
monja
Doña
Ga oza,
solici ada
con
ines
pecaminosos,
no
solamen e
echaza
las
p oposiciones
que
se
le
hacen,
sino,
que
llega
á
pu i i¬
ca
con
el
san o
a oma
de
su
i ud
los
li ianos
deseos
del
p o ano
aman e.
P^cl
mismo
modo
se
mues an
dignas
de
nues a
legenda ia
se e idad
y
epu ación
aquellas
al i as
damas,
espe ables
po
su
calidad,
á
quienes
se
di igen
en ado as
insinuaciones,
ap o echándose
de
es a
ci cuns ancia
el
A cip es e
pa a
e leja
en
su
poema
lo
que
e a
e dade amen e
nacional,
con iene
á
sabe :
el
espí i u
eligioso,
mani es ado
de
igual
mane a
en
los
loo es
á
la
Vi gen
ó
en
los
himnos
al
Seño ,
que
en
las
c is ianas
conside a¬
ciones
y
en
los
esc úpulos
de
conciencia
de
que
á
cada
ins an e
ala dean
sus
dis in os
pe sonajes;
el
espí i u
caballe esco
un
poco
degene ado
po
las
ex-
h'añas
in luencias
y
po
la
decadencia
de
los
iempos,
pe o
igo oso,
sin
em¬
ba go,
pa a
hace
jus icia
á
la
muje
digna
y
en e a
á
que
se
alude
en
aque¬
llos
nobles
e sos.
Sabe
Dios,
que
aques a
duenna,
e
quan as
yo
i,
Siemp e
quise
gua da las,
e
siemp e
las
se í.
Si
se i
non
las
pude,
nunca
las
dese í,
4
uno
siquie a
llega a
á
queda
en
pié.
G an -Gosie
y
Galemelle
se
sin ie on
a acados
de
una
ieb e
con inua,
que
los
lle ó
á
mejo
ida,
po
no
habe les
adminis ado
á
iempo
una
con enien e
e acuación.
En is ecido
Ga gan iia
po
es a
doble
pé dida,
se
di ige
á
Pa ís
con
p o¬
pósi o
de
dis ae se,
y
se
sien a
en
una
de
las
o es
del
emplo
de
Nues a
Seño a,
dando
con
sus
pie nas
en
la
ibe a
del
Sena;
pe o
al
e
las
campanas
de
aquella
Iglesia,
que
son
las
más
g andes
y
pesadas
de
oda
F ancia,
las
a anca
sin
di icul ad
alguna,
dispues o
á
coloca las
en
el
cuello
de
su
yegua,
como
si
ue an
cascabeles;
en onces
los
pa isienses,
que
es aban
llenos
de
es upo ,
admi ando
aquel
coloso,
le
oga on
que
las
es i uyese
al
p imi i o
luga
en
que
se
hallaban,
dándole
en
cambio
pa a
su
comida
escien os
bue¬
yes
y
doscien os
ca ne os.
Ma chóse
en
seguida
Ga gan úa
á
la
o illa
del
ma ,
y
allí
se
encon ó
con
el
sabio
Me lin,
que
en
una
nube
lo
condujo
á
In¬
gla e a
pa a
que
ayuda a
al
amoso
Rey
A us,
encido
du an e
una
semana
en
dos
ba allas
consecu i as.
Con
e ec o,
Ga gan úa
se
p es a
á
ello
sin
di i¬
cul ad,
y
haciendo
uso
de
una
eno me
maza,
que
el
mismo
Me lin
le
había
ab icado,
a eme e
con a
los
enemigos
del
Rey
A us
con
al
b ío,
que
és os
se
ie on
en
la
du a
necesidad
de
con esa se
encidos
y
de
pedi le
su
g acia.
El
mona ca
co espondió
á
los
a o es
de
Ga gan úa,
o eciéndole
una
espléndida
comida,
en
la
que
se
le
si ie on,
en e
o as
muchas
cosas,
los
jamones
de
cua ocien os
pue cos,
y
egalándole
es idos
an
de
su
gus¬
o,
que
se
conside ó
emune ado
muy
su icien emen e.
Después
ayudó
á
su
seño
en
o a
gue a
que
los
Holandeses
é
I landeses
le
p omo ie on,
y
en
ella
hizo
ales
y
an
cali icadas
ma a illas,
que
sólo
en
la
úl ima
ba alla
ma ó
cien
mil
doscien os
diez
enemigos:
lib ó
ambién
al
país
de
un
gigan e
que
a aba
de
enga
los
desas es
su idos
po
los
Magos,
y,
cuando
había
cumplido
ya
el
se icio
del
Rey
A us
doscien os
años,
es
meses
y
cua o
días
exac amen e,
ué
encan ado
con
o os
pe sonajes
que
oda ía
le
acom¬
pañan.
Es a
es
la
sencilla
na ación
que
con iene
la
no ela
p imi i a
e e en e
á
Ga gan úa.
Aho a
bien:
p escindiendo
de
si
Rabelais
la
in en ó
ó
nó,
lo
que
a
noso os
nos
impo a
ene
p esen e
es
que
su
no ela
sa í ica
e sa
sob e
es e
pe sonaje,
pe o
dando
á
su
nacimien o,
educación
y
hechos
nue¬
as
in as
y
desconocidos
pe iles.
Ni
la
desmedida
ex ensión
de
la
ob a,
ni
la
b e edad
que
el
iempo
me
impone,
consien en
que
yo
os
haga
siquie a
un
lige o
esumen
de
ella.
Sola¬
men e
señala é
algunos
de
los
azos
más
no ables
pa a
que
si an
de
base
á
nues o
juicio.
Ni
ampoco
me
es
posible
empeña me
en
desci a
con
exac-
—
33
—
i ud
cuáles
sean
los
pe sonajes
á
quienes
se
e ie en
las
alusiones
di e sas
que
en
ella
encon amos;
como
imposible
ha
sido
á
los
c í icos
que
en
es a
a ea
se
han
ocupado
con
un
e dade o
a án.
Quién
supone
que
Ga gan úa
ep esen a
á
F ancisco
I;
quién
e
as
de
ese
nomb e,
á
En ique
de
Alb e ;
G an -Gousie
es
Luís
XII,
según
unos,
y
Juan
de
Alb e ,
según
o os;
Pan a-
g uel,
dicen
muchos,
e a a
á
An onio
de
Bo bón,
mien as
que
no
pocos
hallan
á
En ique
II
en
esa
igu a;
y
Panu go,
que
sin
dispu a
se
puede
cali i¬
ca
de
uno
de
los
pe sonajes
más
in e esan es
y
o iginales
de
la
C ónica,
ep esen a
al
Ca denal
de
Amboise,
al
Ca denal
de
Lo ena
ó
á
Juan
de
Mon luc,
según
el
dis in o
c i e io
con
que
se
in e p e an
sus
palab as,
di¬
chos
y
hechos.
Pic ochole,
el
ey
de
Le né,
que
hace
la
gue a
á
G an -
Gousie ,
es
ya
el
Duque
de
Saboya,
ya
Fe nando
de
A agón;
y
colo¬
cados
los
c í icos
en
es e
e eno
de
las
in e p e aciones,
ecuen emen e
a bi a ias,
se
ha
dado
signi icación
especial
á
cada
una
de
las
igu as
que
apa ecen,
p e endiendo
que
An ioche,
ep esen a
á
Roma;
la
asamblea
de
los
Lan e nois
al
Concilio
de
T en o,
F edons
á
los
jesuí as,
He
T ippa
á
En ique
Co nelio
Ag ipa,
Hippo adée,
al
con eso
de
F ancisco
I;
la
yegua
óe
Ga gan úa,
á
la
Duquesa
d’E ampes;
TUnique,
al
Papa;
Thaunias e,
al
Rec o
de
la
Uni e sidad;
y
así
odas
las
o as,
po
más
que,
como
dije
an e¬
io men e,
es as
pe soni icaciones
sean
an ás icas
pa a
muchos.
Igual
di icul ad
han
encon ado
siemp e
los
c í icos,
al
in e p e a
cual¬
quie a
de
los
pasajes
de
es a
singula ísima
composición.
Rabelais,
po
ejemplo,
se
bu la,
poniendo
sus
palab as
en
boca
de
Thaumas e,
de
la
ani¬
locuencia
de
aquellos
que
dispu an
po
dispu a ,
y
de
la
necedad
de
cuan os
asis en
á
las
discusiones
y
las
aplauden,
diciendo
Thaumas e
al
conclui :
*Es
cosa
demasiado
il,
y
yo
la
dejo
á
los
so is as
mo ales
que
en
sus
dis¬
pu as
no
buscan
la
e dad,
sino
con adicción
y
deba e».
¿Y
cuáles
son
los
so is as
á
que
se
e ie e
Rabelais?
Hay
quien
dice
que
el
conde
de
Dole ,
ogosísimo
p o es an e;
o os,
que
hace
una
g ose a
ca ica u a
de
los
eólo¬
gos
ca ólicos,
y
la
mayo
pa e,
que
pin a
á
los
doc o es
de
la
So bona.
En
la'dispu a
po
signos
que
in oduce
Rabelais,
encuen an
algunos
el
p opó¬
si o
de
idiculiza
la
p e endida
ciencia
de
los
nomb es,
in oducida
po
Bedé;
o os
c een
que
se
a a
de
la
con e encia
de
Camb ay,
en e
el
Ca ¬
denal
de
Tou non
y
Tomás
Mo o,
en
la
cual
se
habló
mucho
y
no
se
hizo
nada;
no
al a
quien
ea
ep esen ados
á
E asmo
ó
á
En ique
Co nelio
■
Ag ipa,
y
has a
se
sos iene
que
la
alusión
a
di ec amen e
á
los
T apenses,
^
á
los
an iguos
Pi agó icos.
Pe o
si
en
odas
es as
cues iones
de
poca
impo ancia
ela i amen e
5
—
34
—
hay
dudas
y
puede
habe las
con
undamen o,
no
se
end án
nunca
en
lo
que
espec a
á
las
ideas
y
doc inas
desen uel as,
ni
en
la
cali icación
que
sus
o mas
me ezcan,
po
ninguna
pe sona
que
con
e dade a
impa cialidad
exa¬
mine
una
y
o a
cosa.
En
e ec o,
en
el
capí ulo
p ime o,
que
a a
de
la
genealogía
y
an igüe¬
dad
de
Ga gan úa,
pa odia
las
de
N o.
Seño
Jesuc is o,
haciendo
gala
de
su
impiedad
en
o ma
an
des emplada
y
cínica,
que
dice
bien
cla amen e
odo
lo
que
en
es e
pun o
podía
espe a se
del
es o
de
su
ob a.
La
ges ación
del
hé oe
en
el
ien e
de
su
mad e
Galemelle
y
la
desc ipción
que
hace
de
su
nacimien o
es án
pin adas
con
una
ase
an
g ose a
y
un
lenguaje
an
in¬
digno,
que
no
lo
esis i íamos
en
la
ob a
más
ealis a
de
nues os
iempos;
los
colo es
y
co e
empleados
en
el
es ido
de
Ga gan úa,
la
adolescencia
de
és e,
sus
en e enimien os
y
la
mane a
en
que
su
pad e
descub ió
el
espí¬
i u
ma a illoso
que
había
de
dis ingui le,
le
dan
ocasión
pa a
deci
ales
choca e ías,
que
ni
siquie a
a enuadas
se
pueden
ep oduci ;
la
ins ucción
en
le as
humanas
que
se
le
p opo ciona
po
un
eólogo,
su
llegada
á
Pa ís,
los
discu sos
que
los
doc o es
de
la
So bona
le
di igen
pa a
oga le
que
uel a
á
su
si io
las
campanas
de
la
iglesia
de
Nues a
Seño a,
y
la
ins uc¬
ción
especial
que
ecibió
de
es os
mismos
doc o es,
odo
ello
a
encaminado
á
idiculiza
y
esca nece
la
ciencia,
la
educación,
las
pe sonalidades
más
es¬
pe ables
y
cuan o
el
acaso
ponía
al
alcance
de
su
pluma
enenosa.
La
gue a
en e
los
habi an es
de
Le né,
á
las
ó denes
de
su
Rey
Pic ochole,
con a
G an -Gousie
y
los
suyos,
es
el
p e ex o
que
oma
Rabelais
pa a
desca ga
sus
i as
sob e
los
eyes
y
caballe os;
dándonos,
po
úl imo,
en
la
undación
de
la
Abadía
de
los
Telami as,
en
sus
eglas,
cos umb es
y
ocupaciones
p uebas
e iden es
de
la
malque encia,
ó
mejo
di é,
del
odio
econcen ado
que
el
an iguo
benedic ino
enía
en
su
alma
pa a
los
ino ensi os
compañe os
de
su
ju en ud.
Pe o
si
impío,
obsceno
y
desen enado
con a
odo
lo
que
es
digno
de
espe o
apa ece
el
Cu a
de
Meudon
en
el
lib o
p ime o
de
la
C ónica
Ga ¬
gan úa,
oda ía
se
p esen a
más
cínico
y
epugnan e
en
los
cua o
subsiguien¬
es
que
a an
del
g an
Pan ag uel.
El
capí ulo
p ime o
examina
el
nacimien o
de
és e,
hijo
de
Ga gan úa,
y
dice
que
a
á
segui
la
cos umb e
de
odos
los
his o ióg a os,
como
hicie on
los
g iegos,
los
á abes
y
los
au o es
de
las
San as
Esc i u as.
En
seguida
se
mo a
del
mis e io
de
la
Enca nación,
y
sal¬
pica
su
ela o
de
asgos
an
nauseabundos
y
des e gonzados
como
sólo
po¬
dían
ocLi n sele
al
Bu ón
de
la
e o ma;
asgos
que
an
cons an emen e
en
aumen o,
así
cuando
desc ibe
las
cos umb es
y
hechos
de
Panu go,
que,
se-
35
~
gún
enemos
dicho,
es
un
pe sonaje
capi alísimo
de
su
ob a,
como
cuando
és e
nos
dice
los
p ocedimien os
que
debían
usa se
pa a
ab ica
las
mu allas
de
Pa ís
en
mane a
al
que
nunca
pudie an
des ui se.
También
nos
e ie e
en
es e
luga
cómo
un
g an
clé igo
de
Ingla e a
quiso
dispu a
con
Pan a-
g uel
si iéndose
de
signos,
y
ué
encido
po
Panu go,
cuyos
capí ulos
ep oducen
exac amen e
el
apólogo
que
el
A cip es e
de
Hi a
nos
da
bajo
el
í ulo
del
doc o
de
G ecia
y
de
Ribaldo
Romano.
Re ié enos
además
los
amo es
de
Panu go
con
una
dama
p incipal
de
Pa ís,
empleando
pa a
des¬
c ibi los
lenguaje
y
igu as
cha acanas,
y
ela ando,
po
úl imo,
nume osas
y
a iadas
a en u as,
que
le
acili an
el
e eno
pa a
eco e
y
he i
las
dis¬
in as
clases
sociales,
y
.
que
yo
no
ep oduzco
aquí
po
saca os
p on o
de
ese
é ido
cuan o
cenagoso
campo,
y
po que
lo
dicho
bas a
ya
pa a
ap ecia
oda
la
des e gonzada
malicia
de
es a
composición
unes ísima,
del
mismo
modo
que
las
u ianescas
é
inmundas
o mas
con
que
al
público
se
o eció.
Sólo
di é,
en
esumen,
que
no
hay
nada
di ino
ni
humano
que
no
esca nezca
y
sea
blanco
de
sus
i os:
lo
mismo
se
bu la
del
mis e io
de
la
ida
u u a,
al
hace
la
elación
de
Epis omene
esuci ado,
que
a aca
con
saña
el
celiba o,
H
abs inencia
y
la
cas idad;
lo
mismo
idiculiza
el
ma imonio
y
los
o os
mo¬
nás icos,
que
de iende
las
mayo es
abe aciones,
haciendo
gala
de
una
libe ¬
ad
sin
eno;
pa a
él
no
hay
nada
espe able
en
el
mundo:
ni
el
Papa,
ni
el
^ey,
ni
el
Caballe o,
ni
el
Obispo,
ni
el
poe a,
ni
la
muje ,
ni
nadie,
po que
nadie
se
lib a
de
sus
i ulen os
sa casmos
ni
de
las
sang ien as
y
despiada¬
das
bu las
que
á
su
en e ma
imaginación
se
le
ocu en.
Es
e dad
que
en
es e
descosido
cuad o
de
impiedades,
de
obscenidad
y
de
bu onadas
de
odo
géne o,
hace
Rabelais
un
e dade o
de oche
de
in¬
genio,
de
e udición
y
muchas
eces
de
g acia;
pe o
el
delei e
que
en
alguna
ocasión
nos
p opo ciona
su
lec u a
es
el
mismo
que
expe imen amos
al
escu¬
cha
la
aguda
é
ingeniosa
ase
que
de
ez
en
cuando
se
ocu e
al
pob e
de¬
men e,
y
que
hace
más
sensible
oda ía
la' is e
condición
de
su
pe u bado
espí i u.
(¡Y
es
es e
el
ponde ado
esc i o ,
cuyas
ob as
se
ci an
como
un
modelo
en
el
géne o
sa í ico,
diciéndose
de
él
que
es á
muy
po
encima
de
nues o
A cip es e
de
Hi a,
Juan
Ruiz?
¿Pod á
de ende se
se iamen e
que
las
ideas,
doc inas
y
enseñanzas
e idas
po
el
uno
y
po
el
o o
en
sus
espec i as
ob as
ienen
algún
pun o
de
con ac o?
¿Se á
pe mi ido
a i ma
oda ía,
como
ío
hizo
el
Conde
de
Puymaig e,
que
el
A cip es e
de
Hi a
no
puede
apa ece
^
nues os
ojos
sino
como
una
especie
de
Rabelais,
como
un
Rabelais
menos
éneamen e
cínico
que
el
suyo,
como
un
Rabelais
hipóc i a,
hecho
p uden e
-
36
-
po
el
iempo
y
el
país
en
que
i ió?
¿Se á,
en
in,
nues o
poe a
un
esc i o
descolo ido
ó
un
sa í ico
e gonzan e,
indigno
de
igu a
al
lado
de
an
g an
maes o?
Si
no
es u ié amos
acos umb ados
desde
an iguo
y
en
odos
los
ó denes
á
escucha
la
injus icia
con
que
se
nos
a a
po
nues os
ecinos,
di íase
que
habían
sido
ex a iados
en
es a
ocasión
po
un
disculpable
pa io ismo
que
les
impidió
e
cla amen e
el
ondo
de
las
cosas,
a en os
an
sólo
al
ingenio,
e udición
y
no edades
de
lenguaje
que
en
su
compa io a
encon a¬
on.
Pe o
cuando
no
se
sa is acen
con
p odiga le
oda
clase
de
elogios,
sino
que
quie en
le an a
más
y
más
su
pedes al,
ebajando
las
igu as
de
odos
aquellos
que
con
él
ienen
alguna
elación,
es
p eciso
deja
bien
des¬
lindados
los
campos
y
deci
en
oz
muy
al a,
pa a
que
se
nos
oiga
alguna
ez,
que
nues o
A cip es e
de
Hi a
es
in ini amen e
supe io
al
sa cás ico
Rabe-
lais,
ya
nos
ijemos
en
el
ondo
de
sus
composiciones,
ya
en
los
medios
a ís icos
que
u ilizan,
ya
inalmen e
en
los
asgos
mo ales
que
los
ca ac e¬
izan
y
en
la
ida
espec i a
que
el
uno
y
el
o o
lle a on.
;Y
se á
necesa io
de ene se
mucho
iempo
en
es e
pa alelo,
después
de
habe
indicado
lo
más
salien e
de
sus
ob as?
Cie amen e
que
nó.
La
p ime a
de
odas
las
exigencias
en
una
p oducción
li e a ia,— econocido
es á
po
odos,
además
de
habe lo
dic ado
la
azón
y
el
buen
sen ido,—es
que
su
asun o
sea
digno
del
alo
es é ico
que
como
p oducción
a ís ica
debe
alcanza .
Y
si
en
de e minadas
ocasiones,
según
acon ece
en
la
sá i a,
iene
el
ingenio
ue os
y
p eeminencias
desusados,
es
en
cuan o
no
aspasan
los
sac osan os
de echos
que
á
la
i ud,
al
bien
y
á
la
e dad
co esponden.
Pues
bien,
seño es;
como
eco da eis,
po
lo
que
al
habla
de
Juan
Ruiz
hemos
dicho,
és e
ende eza
sus
es ue zos
y
a anes
odos
á
coloca
sob e
base
solidísima
las
undamen ales
ideas
de
eligión
y
de
mo al,
que
son
el
cimien o
de
oda
sociedad
cons i uida
de
una
mane a
posible.
En
su
deseo
de
no
menoscaba
es os
saludables
p incipios,
p o es a
una
y
mil
eces
de
su
buena
in ención
y
los
ponde a
y
omen a
á
cada
paso
has a
el
pun o
de
co a
con
ecuencia
el
hilo
de
su
na ación
pa a
habla nos
de
los
es agos
que
su
de iciencia
ú
ol ido
p oducen,
ó
pa a
a a
de
inculca los,
aunque
á
eces
lo
haga
cansada
é
impe inen emen e.
La
sal ación
del
alma
y
la
elici¬
dad
e e na
es án
inculadas
á
nues a
é;
la
anquilidad
de
conciencia
y
el
bienes a
de
la
ida
dependen
de
que
ob emos
con o me
á
lo
que
pide
la
mo alidad;
y
cuando
de
ella
nos
des iamos,
nos
sucede
lo
que
acon eció
á
los
que
pe die on
su
cue po
y
su
alma
po
encenaga se
en
el
icio,
ó
po que,
débiles
y
o nadizos,
desp ecia on
las
g acias
que
habían
de
san i ica los.
—
37
—
¿Puede
da se
una
enseñanza
más
pu a
ni
que
más
con o me
es é
con
lo
que
el
bien
y
la
i ud
ienen
de echo
á
pedi ?
¿Y
qué
es
lo
que,
po
el
con a¬
io,
nos
p edica
Rabelais?
¿Es
el
amo ,
es
la
ca idad
pa a
con
sus
semejan es
lo
que
guía
la
pluma
de
aquel
sace do e
indigno
y
p os i uido?
Nada
más
lejos
de
su
ánimo
que
mo aliza ,
ó
que
a isa
de
los
pelig os
y
enseña
el
medio
de
p eca e los:
su
p opósi o
no
es
o o
que
el
de
des ui
odo
lo
que
en
su
iempo
exis ía;
el
de
hundi
la
au o idad;
el
de
"in ama
cuan o
has a
en onces
había
sido
ene able;
el
de
hace
pe de
la
é
en
las
an iguas
c eencias;
el
de
a anca
del
co azón
las
consolado as
espe anzas,
y
p e¬
sen a
el
mundo
po
su
lado
de ec uoso
y
idículo,
bo ando
las
g andezas
y
he oísmos
de
que
el
homb e
es
capaz,
pa a
que
no
se
des aque
o a
cosa
que
las
debilidades
y
laquezas
del
sé
humano,
quedando
con e idas
en
anas
palab as
la
inocencia,
el
cando ,
la
gene osidad,
la
g andeza
de
alma,
la
piedad
y
odas
las
demás
i udes
que
con
sus
agan es
a omas
ienen
la
misión
de
pu i ica
el
ai e
que
espi amos
y
lib a nos
con
sus
des ellos
y
esplendo es
de
e
los
is es
cuad os
que
desg aciadamen e
o ece
á
me¬
nudo
la
na u aleza
humana,
caída
y
en e ma.
En
e ec o.
Seño es,
que
Juan
Ruiz
y
Rabelais
no
pueden
compa a se
po
las
ideas
que
desen uel en
ni
po
la
in ención
que
al
esc ibi las
les
ani¬
ma,
como
no
pueden
compa a se
el
águila,
que
uela
hácia
a iba
pa a
e
de
ce ca
el
sol
y
pa a
baña se
en
sus
ayos,
con
el
inmundo
oedo ,
que
en
húmedo
y
lób ego
pa aje
pe sigue
cons an emen e
su
ale osa
y
menguada
ob a
des uc o a.
¿Pues
qué
di emos
espec o
á
los
elemen os
ex e nos
de
que
el
uno
y
el
o o
se
si en?
P eciso
es
econoce
que
en
es e
pun o
llega
el
genio
de
Ra-
Pelais
á
una
al u a
ex ao dina ia.
Uno
de
sus
más
ilus es
compa io as
les
llama
á
él
y
á
Cal ino
«los
pad es
de
nues o
idioma»;
y
en
e ec o
que
Ra¬
belais
en iqueció
la
lengua
nacional
con
gi os
y
bellezas
ales
que
nunca
bas a
en onces
se
habían
conocido,
y
que
ija on,
po
deci lo
así,
el
pa ón
á
que
u ie on
después
que
ajus a se
los
buenos
esc i o es.
En e
odas
las
cualidades
que
dis inguen
la
C ónica
Ga gan iia,
se
halla
una
lexibilidad
sin¬
gula ísima
que
le
pe mi e
pasa
sin
iolencia
ni
abajo
alguno
de
lo
más
noble
á
lo
más
amilia
y
bajo;
una
habilidad
siii
gene is
pa a
na a
con
exac i ud
y
p opiedad,
y
el
empleo
de
las
palab as
opo unas,
según
lo
exi¬
ge
la
na u aleza
de
los
asun os.
Pe o
jun o
con
es as
ap eciabilísimas
do es,
¡qué
palab as
an
g ose as
pa a
nomb a
las
cosas!
¡qué
epugnan e
obsce¬
nidad
en
el
lenguaje
empleado
po
los
in e locu o es
de
su
no ela!
¡qué
i e¬
e encia
al
desc ibi
las
cosas
y
las
pe sonas!
No
puede
lee se
una
página
-
38
-
en e a
de
sus
esc i os
sin
que
se
sien a
asco
y
se
su an
náuseas
al
e
que
la
pod edumb e
aspasa
al
ex e io
y
mancha
las
es idu as.
Y
si
ya
no
nos
ijamos
en
el
lenguaje
solamen e,
sino
en
los
demás
e¬
cu sos
que
u iliza
pa a
descub i
sus
ideas,
¡qué
al a
de
bene olencia
y
hon¬
adez
no
e ela
ese
insensa o
a án
de
ei se
siemp e
de
las
mise ias
ajenas,
y
ei se
e e namen e,
sin
o ece
el
emedio
una
sola
ez
siquie a!
¡Qué
al a
de
dignidad
no
acusan
los
elogios
que
haceRabelais
de
la
di ina
bo ella,
y
en
los
cuales
apa ece
como
un
bebedo
e ec i o
y
en iciado,
que
an epone
es a
a i¬
ción
á
odas
las
o as!
En
muchos
pasajes
emplea
la
abundancia
inago able,
es é il
y
cansada
de
un
homb e
e dade amen e
a inado,
según
la
ase
de
uno
de
sus
más
ilus es
compa io as;
y,
como
él
mismo
nos
dice,
enía
cos¬
umb e
de
esc ibi
no
solamen e
an es,
sino
ambién
después
de
bebe ,
y
nunca
llegó
á
come
sin
an es
habe
bebido
como
un
buen
amigo
de
Baco.
Pues
en
cambio,
nues o
A cip es e
de
Hi a,
sob e
posee
casi
odas
las
ele an es
condiciones
que
en
el
lenguaje
de
Rabelais
acabamos
de
ponde a ,
emplea
elemen os
a ís icos
de
co e
an
di e so,
que
bien
pod e¬
mos
cali ica lo
de
con a io.
¿Qué
impo a
que
haya
un
Puibusque,
compa¬
io a
del
cu a
de
Meudon,
que
al
p onuncia
su
juicio
del
A cip es e
de
Hi a
nos
dé
p uebas
de
impa cialidad
y
desapasionamien o
semejan es
á
la
que
sigue:
«Juan
Ruiz
a oja
la
sá i a
á
manos
llenas
en
uno
de
los
lib os
más
in¬
diges os
que
han
apa ecido
en
la
in ancia
de
las
li e a u as;
es
inú il
busca
el
asun o
en
es e
con uso
amon onamien o
de
poemas,
sin
o den
y
sin
ilación,
que
empieza
en
«el
nomb e
del
Pad e,
del
Hijo
y
del
Espí i u
San o,
mezcla
ábulas,
ejemplos,
cán icos,
in ocaciones
á
D.^
Venus,
himnos
á
la
Vi gen,
escenas
de
amo ,
cuad os
licenciosos,
locu as
de
odo
géne o
y
acaba
po
un
se món?»
No
impo a
que
un
M .
Sismondi
deje
de
es udia
sus
poesías
po que
no
le
pa ezcan
bas an e
in e esan es;
un
M .
Villemain
que
ni
le
ci e
siquie a,
ó
un
M .
Via do
que,
á
uel as
de
g andes
elogios,
diga
de
él
que
encuen a
en
sus
ob as
la
maligna
anqueza
de
un
e dade o
escép ico.
So¬
b e
odas
esas
g a ui as
é
injus as
acusaciones
es á
el
poema
del
A cip es e,
que
ya
conocéis;
es á
la
iqueza
y
a iedad
que
supo
da
al
lenguaje
poé ico;
es á
la
galanu a
y
g acia
que
empleó
al
desc ibi ,
la
acilidad
y
sol u a
con
que
manejó
los
dis in os
me os
que
en onces
se
conocían,
y
es o
en
un
pe¬
íodo
de
e dade a
udeza
y
casi
un
siglo
an es
de
que
apa ecie a
en
el
mundo
Rabelais.
Po
o a
pa e,
¿quién
puede
compe i
con
Juan
Ruiz
en
esa
bondad
na¬
u al
que
le
lle aba
á
emplea
siemp e
y
en
oda
sazón,
lo
cáus ico
de
su
genio
y
lo
humo ís ico
de
su
condición
aleg e,
á
a aca
el
icio
y
el
pecado^
—
39
—
espe ando,
sin
emba go,
las
pe sonas
y
indiendo
ibu o
á
aquel
an iguo
p ecep o
que
se
dic ó
pa a
el
esc i o
sa í ico:
Pa ce e
pe sonis,
dice e
de
i iis,
¿Quién,
como
él,
se
complace
en
ponde a
la
i ud
de
la
muje
ue e,
cuando
en
su
camino
se
la
opieza,
y
sube
has a
las
nubes
la
pu eza
sin
man¬
cilla
de
aquella
san a
eligiosa,
que
no
sólo
echaza
los
amo es
p o anos,
an
hábilmen e
dispues os
pa a
busca
su
uina,
sino
que,
mo ida
de
la
a dien e
ca idad,
que
es
hija
del
c is ianismo
exclusi amen e,
limpia
el
co azón
del
lasci o
aman e
de
oda
impu eza,
haciéndole
consag a se
á
Dios
con
aleg ía
y
sin
ese as?
¿Quién,
como
él,
u o
el
acie o
bas an e
pa a
o ece
al
i o
cuad os
pelig osos
y
si uaciones
de
colo
subido,
diálogos
chispean es
y
a en u as
escandalosas
sin
aspasa
nunca
los
lími es
del
deco o
ni
los
ue¬
os
esenciales
y
p i a i os
de
la
ob a
li e a ia?
¿Pe o
á
qué
insis i
en
lo
que
no
puede
desconoce se,
á
no
media
un
juicio
p econcebido
ó
una
esuel a
mala
é?
Sin
emba go,
¿que éis
ap ecia ,
como
ema e,
y
en
un
solo
golpe
de
is a,
la
inmensa
dis ancia
que
sepa a
á
es os
dos
clé igos?
Pues
compa ad
suma ísimamen e
la
ida
y
hechos
de
ambos,
y
no
acila eis
un
momen o
en
de e mina
cuál
de
ellos
es
el
que
nie ece
ues o
espe o
y
simpa ías.
F ancisco
Rabelais,
que
nació
en
Chinon
en
1483,
hizo
sus
p ime os
es udios
en
la
Abadía
de
Benedic inos
de
Seuillé,
ó
mejo
diciendo,
pa a
em¬
plea
sus
mismas
palab as,
pasó
algunos
años
de
su
ju en ud
como
los
jó¬
enes
del
país,
«bebiendo,
comiendo
y
du miendo,
comiendo,
du miendo
y
bebiendo,
y
du miendo,
bebiendo
y
comiendo».
En ó
después
en
el
Con¬
en o
de
Fon enay
le
Com e,
donde
ecibió
las
dis in as
ó denes
sag adas
bas a
llega
al
p esbi e ado
en
1511.
Igno amos
cuál
ue a
la
causa
de
la
se-
e isima
condena
de
p isión
pe pe ua
en
los
sub e áneos
del
con en o,
que
le
ué
impues a;
pe o
ya
se
debie a
al
libe inaje
de
que
hizo
os en ación
en
las
ce canías
del
con en o,
ya
á
la
bu la
impía
de
coloca se
en
luga
de
la
es a ua
de
San
F ancisco
pa a
ecibi
ado aciones,
ya
uese
po
o as
echo-
de
peo
especie
que
ambién
se
le
a ibuyen,
ello
es
que
muy
á
los
p incipios
se
p esen ó
al
como
había
de
se
en
adelan e.
En
1524
le
encon¬
amos
con
los
hábi os
de
clé igo
secula ,
y
á
la
edad
de
cua en a
y
dos
años
a
á
Mon pellie
á
es udia
la
Medicina,
p o esión
que
eje cía
en
público,
^1
nismo
iempo
que
decía
misa,
y
lle aba
una
ida
an
i egula
como
ecle¬
siás ico,
que
se
le
acusó
de
habe
apos a ado,
emiendo
en onces
él
con
un-
<^amen o
que
caye an
sob e
su
cabeza
las
censu as
eclesiás icas.
La
mue e
co espondió
á
semejan e
ida,
c eyendo
unos
que
mu ió
como
un
a eo
y
ce os
como
un
escép ico
ó
como
un
epicú eo.
—
40
—
Del
A cip es e
de
Hi a,
po
el
con a ío,
y
apesa
de
las
poquísimas
no icias
conse adas,
se
sabe
que
lo eció
po
el
año
de
1343,
que
ué
un
sace do e
ejempla
has a
el
pun o
que
nada
u o
que
deci se
de
él
en
sus
iempos,
ni
mucho
después
ampoco,
y
que
si
bien
ué
p eso
de
o den
del
A zobispo
de
Toledo,
él
mismo
p o es a
de
su
inocencia,
a ibu¬
yendo
es a
esolución
del
P elado
á
calumnias
y
alsos
es imonios.
Sola¬
men e
con
ija nos
en
que
nada
pe judicial
pa a
su
epu ación
le
impu a on
sus
coe áneos,
llega emos
á
adqui i
el
con encimien o
de
que
su
nomb e
debe
apa ece
sin
mancha
alguna,
po que
en
la
se e idad
de
aquella
época
y
en
un
país
como
el
nues o,
en
que
nunca
se
es á
dispues os
á
pe dona
las
laquezas
de
los
que
deben
da
ejemplo,
desde
luégo
se
le
hubie a
señalado
con
el
dedo,
como
homb e
pe judicial
y
con agioso.
Pues
bien,
seño es,
¿no
es
cie o
que
la
ida
del
uno
y
del
o o
co es¬
ponde
á
los
u os
que
sus
ingenios
espec i os
p oduje on?
¿Y
cuál
de
los
dos
me ece á
con
jus icia
el
lau el
del
iun o,
lle ándose
jus amen e
nues a
en usias a
admi ación,
el
calu oso
ag adecimien o
de
la
pos e idad
y
las
bendiciones
de
la
his o ia?
¿El
que,
impulsado
po
los
más
nobles
sen imien¬
os,
llega
has a
el
sac i icio
p opio
en
a as
del
bien
ajeno;
ó
el
que
juega
do¬
lo osamen e
con
nues os
más
ca os
in e eses,
el
que
llena
el
alma
de
dudas
y
descon ianzas,
ama gando
nues a
exis encia
y
sumiéndonos
en
una
e e na
desespe ación?
He
concluido,
espe abilísimo
Claus o;
pe o
an es
de
abandona
el
ele¬
ado
si io
en
que
po
ues a
g acia
me
hallo,
pe mi idme
que
di ija
una
pa¬
lab a
á
es a
espe anzada
ju en ud
que
nos
escucha;
que
abso a
con empla
el
majes uoso
cuad o
que
hoy
o ece
la
Uni e sidad
hispalense,
y
que,
á
no
duda lo,
agua da
oi ,
aunque
sea
en
ase
sin é ica
y
sin
el
indispensable
po meno
que
más
a de
le
da án
sus
doc os
maes os,
el
pensamien o
común
que
hacia
ella
nos
anima,
las
exigencias
que
en
su
p opio
in e és
le
deman¬
damos,
los
medios
más
áciles
y
segu os
que
hab á
de
pone
en
p ác ica
pa a
a iba
sin
desmayos
á
la
deseada
ciencia.
¡Ah,
jó enes
es udiosos,
que
á
oso os
an
sólo
me
di ijo!
Yo
pod é
deci os,
eco dando
la
ase
del
di ino
Pla ón
y
aplicándola
al
caso
p esen¬
e,
que
si
odo
lo
bello
y
bueno
es
ealmen e
di ícil,
ninguna
belleza
c eada,
po
ele ada
y
magní ica
que
sea,
puede
compa a se
en
sus
esplendo es
con
la
ciencia
e dade a,
des ello
i ísimo
de
la
palab a
e e na
y
deliquio
no
—
41
—
soñado
que
el
dedo
de
Dios
puso
á
las
aspi aciones
y
anhelos
de
nues a
alma;
y,
que
si
al
es
el
ango
que
á
la
ciencia
co esponde,
las
di icul ades
pa a
alcanza la
son
de
odo
pun o
insupe ables,
si
una
mano
expe a
y
bienhe¬
cho a
no
sepa a
las
malezas
que
nos
la
ocul an,
si
el
sace do e
de
esa
di i¬
nidad,
henchido
de
amo
po
sus
semejan es,
no
nos
mues a
el
sec e o
que
ab e
las
pue as
de
su
g andioso
emplo.
Pues
bien,
amadísimos
jó enes;
noso os,
po
nues a
o una
y
ocación,
somos
los
enca gados
de
anquea
ese
di ino
san ua io,
en
cuya
ambicionada
je a quía
ocupa eis
ma¬
ñana
quizá
luga
más
p eeminen e
que
el
que
noso os
hemos
log ado.
Pe o
c eedlo:
esa
se á
nues a
mayo
glo ia
y
o gullo;
ese
el
empeño
que
nos
alien a:
esas
las
legí imas
aspi aciones
de
nues a
conciencia,
y
á
ese
in
han
de
i
encaminados
nues os
es ue zos
odos,
sin
que
nos
enza
jamás
el
desalien o
que
p oducen
o a
la
ing a i ud,
o a
la
ama ga
injus icia.
Mas
si
ales
son
de
nues a
pa e
los
inqueb an ables
p opósi os
que
de
consuno
o jan
la
obligación,
el
deseo
y
la
p opia
dignidad,
de
la
ues a
se
eclama
en
jus a
co espondencia
el
abajo
asiduo,
la
pe se e ancia
en
el
empeño
y
aquella
saludable
docilidad
an
p ecisa
de
suyo
pa a
log a
los
nobles
ines
de
la
enseñanza.
En
es os
iempos
en
que
po
odas
pa es
se
en onan
á
la
azón
descompues os
di i ambos,
en
que
se
la
p oclama
sobe¬
ana
po
su
pode ío
é
ilegislable
po
sus
p eeminencias,
es
cuando
más
nece¬
si áis
p e eni os
con a
sus
ex a íos
y
laquezas,
cuando
más
al a
hace
es¬
cucha
la
oz
del
p ác ico
que
sabe
e i a
los
bajos
escondidos
y
los
emi¬
bles
escollos.
¡Ah!
que
la
azón
humana,
como
des ello
que
es
de
la
di ina,
se
ensancha
y
pe ecciona
y
ennoblece,
some iéndose
á
la
e dad
inc eada;
y
en
cambio,
cuando
de
ella
se
des ía,
a asa,
ye a,
en laquece
y
mue e.
La
ciencia,
po
la
azón
sola
o mada,
des anece
el
en endimien o,
secando
¿
la
ez
el
co azón,
mien as
que,
cuando
sigue
el
camino
de echo
que
Dios
ba
que ido,
y
que
ues os
maes os
os
aza án,
descub e
ho izon es
inde¬
inidos
y
p opo ciona
place es
an
pu os
como
la
e dad
y
an
dulces
como
la
he mosu a.
Huid,
po
consiguien e,
de
las
asechanzas
que
os
p epa a án
el
mal
y
el
e o ,
b indándoos
á
desho a
au onomía,
ciencia
y
desen enada
libe ad;
que
esos
son
los
can os
de
la
si ena,
las
oces
á
que
desdichada¬
men e
die on
oídos
nues os
p ime os
pad es,
pe diendo
po
ello
la
p imi¬
i a
g acia
y
p i ando
de
es a
di ina
he encia
á
sus
míse os
descendien es.
Con
la
p uden e
di ección
de
ues os
na u ales
guías,
con
la
labo
cons an e
y
medi ada
á
que
desde
luégo
os
in i amos
y
con
la
docilidad
del
4
ue,.sin
p e ensiones
idiculas
y
ex empo áneas,
sigue
al
que
po
su
edad
y
su
expe iencia
es á
enca gado
de
di igi lo,
hab éis
log ado
cumplidamen e
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