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Discurso inaugural leído en la solemne apertura de la Universidad Literaria de Sevilla el día 1o de octubre de 1887

Mudarra y Párraga, Prudencio, (m.1907)

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DISCDRSO INADGORAL LEIDO EN LA SOLEMNE APERTURA DE SEVILLA el DIA 1,. de oc ub e DE 1887 DISCURSO lAÜGüRAl LEIDO ll'í hA S§41M11 AFlE PEA DE LA Uni e sidad Li e a ia EL DIA 1.» DE OCTUBRE DE 1887 POR EL DOCTOR B. PHÜBEN0IO MÜBAHIA Y PÁIEAGA MARQUÉS DE CAMPO AMENO CATEDEÁTICO POR OPOSICIÓN DE LITERATURA GENERAL Y LITERATURA ESPAÑOLA h h SEVILLA Imp en a y Li og a ía de José M.=* A iza CALLE DE LAS SIERPES, NÓM. 19 1887 ^XCMO. jSEÑOR: 1 >1 O á p opios me ecimien os, no á o ui os aza es de una sue e cap i¬ chosa, que sólo á e minan e manda o de los que, po su au o idad y po el a ec o que yo les consag o, pueden impone me un e dade o sac i icio, debo el gene almen e codiciado, aunque pa a mí emido y a iesgadísimo hono de habla en nomb e del Claus o uni e si a io, inaugu ando con mi mo¬ des o discu so ues as p eciadas a eas. ¡Pe o qué du a compensación me habéis impues o, seño es, al concede me gene osos dis inción an señalada! Lle a ues a oz en es e ac o solemnísimo; desen ol e algún pun o cien¬ í ico ó li e a io de mane a que no desdiga de ues o epu ado sabe ; de¬ ja me oi aquí, donde el ecue do de los homb es eminen es, que en años an e io es me p ecedie on, así como el de los genios inmo ales, cuyas ce¬ nizas gua damos en depósi o sag ado, hacen que odo esul e descolo ido; aza despejadas sendas á una ju en ud en usias a, que con el ímpe u p o¬ pio de los pocos años se p ecipi a en el desconocido campo de la ciencia, he moso y egalado pa a el que en a con pié segu o; pe o lleno de pelig os y unes ísimo pa a el que po a ajos se in e na en sus espesu as; y cumpli con es e delicado enca go en el b e ísimo espacio de iempo que, po causas ajenas á ues a olun ad cie amen e, pe o no po ello menos ap emian e y di ícil, me habéis concedido, es, sin linaje de duda, muy supe io á mis ue zas y á lo que con undamen o eníais de echo á espe a de un compa¬ ñe o que odos oso os conocéis. ¿Llega á ues a bondad has a el ex emo de ayuda me á sali de si uación an comp ome ida? Un ecu so queda á ues o alcance oda ía y es el de o o ga me ues a indulgencia sin asa alguna, p ome iéndoos yo en cambio se an b e e que no engáis iempo de ol ida la, y hablándoos de algo que á odos po igual nos in e esa, de aquello que inspi a siemp e al p o eso p edilecciones singula ísimas. Po es a lige a indicación hab éis comp endido ya que ni me e ie o ni podía e e i me más que á la he mosa ciencia de la Li e a u a, po odos u ilizada, pa a odos indispensable, y sin la cual las más al as lucub aciones del sabio y los uelos más a e idos del genio esul an de icien es, cuando no en ecos y desmayados. No hace mucho iempo, po cie o, que con honda pena oía el cuad o de las ciencias, que á ues a conside ación se o eció en solemnidad idén¬ ica á la de hoy. Con de enimien o un an o p olijo, se ós hablaba de la Ju¬ isp udencia, de la Zoología, de la His o ia, de la bdlología, de la Química, de las Ma emá icas, de la Me a ísica y de la Medicina, sin que pa a nada se eco dase la ciencia que sube al pa de la Me a ísica á las egiones del pensa¬ mien o y de las úl imas azones de las cosas; que mues a mejo que la Filo¬ logía y que la His o ia los sen imien os é ideas que animan á los pueblos en las dis in as épocas de su ida; que in e esa álos homb es más que la Zoolo¬ gía, que la Química y que las Ma emá icas, pues o que les enseña las glo io¬ sas adiciones y los bellos ecue dos que o man la ele ación de ca ác e y la dignidad délas cos umb es; que p es a más u ilidad que la Ju isp udencia al educa nues os ins in os pa a que se con o men espon áneamen e con las le¬ yes acionales que és a da; y que, po úl imo, a en aja á la Medicina enca ¬ gada del cue po, cuan o el espí i u excede en al eza á lo que sólo es ma e ial. Sin azón, injus icia ó descuido impe donables, que yo debo enmenda desde es e si io en nomb e de la e dad, en nomb e de la igualdad de las ciencias, an e el al a sup emo de la sabidu ía. ¿Qué ue a de los a ios conocimien os humanos si la Li e a u a no les o eciese el medio segu o de mos a se con la p ecisión, galanu a y g acia que los hace in e esan es á odos, y po cuyos medios ijan nues a a ención, ec ean el ánimo y p opo cionan dulcísimos espa cimien os? Las e dades más ascenden ales y de u ilidad más eco¬ nocida, pe de ían pa e de su encan o y se ían un abajo pesado pa a nues¬ a in eligencia, si la Li e a u a no les die a los a a íos y is osísimas p eseas con que han de llama á las pue as de la imaginación pa a que és a las aco¬ ja bené ola. Ved lo que inde ec iblemen e ocu e, cuando po desg acia, se encuen an di o ciadas la ciencia y las buenas o mas li e a ias; el discu so, el olle o, el lib o, la composición poé ica se nos caen de la mano y juzgamos e ónea ó impe ec amen e del ondo po la mala o ma con que se les ha e- es ido. Y si a endemos á las condiciones in e nas de es a ciencia, decidme, jcuál puede aspi a como ella á ennoblece los ánimos, á pu i ica las cos um¬ b es y á ele a el co azón á la belleza po esencia, uen e pe enne de odo gozo y é mino inal de odo amo e dade amen e pu o? Los mismos gen iles c eye on que sólo el a e que la Li e a u a aba ca y es udia, había hecho na¬ ce y p opaga las ideas eligiosas; y has a la Mi ología nos enseña, que ese a e únicamen e hizo sociables á los homb es, les dió sen imien os humanos y piadosos, les des as ó su udeza p imi i a, les co igió sus desen enados ins in os y los mo ió sua emen e al espe o de la mo al y de la ley. Po o a pa e, seño es, qué ciencia como la Li e a u a, omando es a palab a en su sen ido más la o, iene el exclusi o p i ilegio de ab i de pa en pa las mis e iosas pue as de las ci ilizaciones pasadas y o ece nos en galla da exposición las' aspi aciones, p og esos, desmayos é ideales del géne o humano, mos ándonos, o a el lánguido quie ismo y el excep icismo dogmá ico, que á los indios habían de da les o zosamen e sus pan eís icas eogonias y su p imi i a iloso ía espi i ualis a, degene ada más a de en un aniquilan e mis icismo; o a la cla e pa a desci a los adelan os y admi ables p og esos cien í icos de los Egipcios, cuyas nebulosidades y ge oglí icos se an desa ando len amen e, g acias á la ciencia que, al ma ca nos el modo de se de aquel pueblo o iginal, e oca y le an a como po medio de mágico conju o las ígidas momias que gua dan su secula es Pi ámides é Hipogeos pa a que con es en á las p egun as que la c í ica les hace en o den al conocimien o de su pasado; o a la humana é in e esan e ida del pueblo g iego cón aquellos sus en usiasmos, pa io ismo, alo , independencia y espí i u analí ico; con sus g andes poe as, ilóso os, his o iado es y homb es públicos, que an os modelos y enseñanzas deja on á la imi ación de las edades; o a el se e o pueblo omano, des inado en los p o idenciales a canos á enseño ea se del mundo odo y á p epa a lo, aunque en singula mane a, po las ideas e idas en su li e a u a pa a la g andiosa as o mación que las doc inas del C uci icado habían de imp imi le; ya el o iginalísimo y poé ico pueblo á abe con odos sus ca ac e es dis in i os, como son las pasiones a dien es, los impe uosos deseos, los i ísimos a anques de amo y de enganza, las imágenes a e idas y igu as hipe bólicas, que nos des¬ cub en una imaginación llena de uego; ó bien, ace cándonos á iempos más inmedia os, nos pin a las agas aspi aciones y los anhelos c ecien es de los pueblos mode nos, lle ados po su insaciable sed de mejo amien o y p o¬ g eso á ompe los an iguos moldes de las sociedades que pasa on, undan¬ do sus doladas ilusiones y isueñas espe anzas en las mágicas co ien es que las ideas de igualdad, de au onomía y de libe ad |D oducen. Po es o oimos á un ilus e poe a i aliano deci :—«Yo quie o encon a un nue o mundo ó ahoga me así como mi compa io a Colón».—Po es o se enue¬ an en F ancia y en Ingla e a los p odigios que an iguamen e sona an en las encan adas li as de O eo y An ión, escuchándose ambién en la ibuna pública las elocuen es y en usias as ideas, que son pa imonio exclusi o de los pueblos en la p ime a época de su ida, ó cuando empiezan nue os y desconocidos caminos en el cons an e muda de las ideas: po es o emos egene ada nues a li e a u a nacional en los úl imos iempos, g acias á aquellos que, desde el campo de la p osc ipción ó de la desg acia, emplea¬ on los ené gicos acen os que demandaban sus las imados de echos, po que la li e a u a en oda ci cuns ancia y condición e leja la sa ia, el espí i u y la ida in e na que p oducen las ascenden ales ca ás o es y los pasos de gigan e que da la humanidad, pe siguiendo cons an emen e su pe ección, y que, como en ninguna o a pa e, se hallan ex e io izadas en las c eaciones del genio. Pe o sin duda alguna que o ende ía ues a ilus ación si insis ie a en demos a os lo que es cla o como la luz me idiana pa a oda pe sona cul a. Mis es ue zos deben i encaminados solamen e á en esaca de ese amenísimo campo li e a io el ema que cons i uya el ondo de es a b e e o ación académica, pa a que, seducidos po su insinuan e a ac i o, no os ijéis demasiado en la pob e mane a que end é de desen ol e lo. Con ieso que, á segui mis a iciones, a a ía alguna de las muchas é in e esan es ma e ias que la li e a u a gene al comp ende; pe o po no da le á mi abajo un sabo ma cadamen e abs ac o y hui de odo lo que se pa ezca á in luencias, elaciones, causas, consecuencias, e c. de las cosas á que la gene alidad de los que discu en se encuen an siemp e inclinados, oy á elegi un ema c í ico de la li e a u a española, que b ille sí po su impo ancia, pe o que no cau i e menos po lo de inido de su ex ensión y ca ác e , con ibuyendo de es e modo, aunque en la modes a es e a que mis ecu sos consien en, á la g an ob a, de que an necesi ada es á nues a his¬ o ia, como hace poco iempo me decía el eminen e cuan o modes o sabio don Au eliano Fe nández Gue a: «Tiempo es ya de ilus a pun os conc e¬ os li e a ios en ez de e ó icas declamaciones y áciles gene alidades; pues sin monog a ías bien es udiadas no puede habe his o ia de ningún géne o». Aho a bien, Excmo. S .; las dos exigencias á que an e io men e me e e ía, las llena cumplidamen e, en mi sen i , el discu so que se eduzca á o ma un b e e, pe o comple o y ace ado Es udio c i ico del A cip es e de Hi a, compa ándolo con Rabelais. — 9 — Pocos esc i o es p opios ó ex años han me ecido de la c í ica examen más apasionado que Juan Rüiz. Al e la desdeñosa p e e ición á que le e lega algún c í ico ex anje o de se eno juicio é ilus ación econocida, po lo demás, di íase que los celos de nacionalidad le lle aban á nega la exis encia li e a ia del coloso español que, en el siglo XIV, supo ele a se po su p opio genio á una al u a ex ao dina ia, oscu eciendo el apagado b illo que á las eces despedían as os meno es de luz p es ada é indecisa. Cuando oímos cali ica le de Pe onio español y asis imos á la egocijada a ea de muchos que en esacan de sus ob as la ase pican e, el cuad o de colo subido, la escena a e ida y esbaladiza, nos pa ece es a en en e de aquellos ebus¬ cado es de ajenas debilidades, siemp e dispues os á con e i las en i an¬ dos é impe donables pecados, si ecaen en clase ó pe sona espe able, que no impa ciales y se e os c í icos, ganosos an solo de quila a la e dad de las cosas. Si, po úl imo, nos ijamos en aquellos nimios a is a cos, que an disecando uno po uno los e sos odos de es e g an poe a, pa a no ija se más que en la palab a imp opia, en la udeza del lenguaje, ó en la al a de e si icación, c eemos achicada la misión del que aspi a á dic a leyes al gus o, po p escindi de los iempos, luga es y ci cuns ancias, po desen en¬ de se de la g andiosa esplendidez del conjun o y pa a mien es, con mal disimulada delec ación, en pequeñas impe ecciones, que muchas eces, y en con a de lo po ellos imaginado, hacen el e ec o que p oduce siemp e el luna disc e o en os o de muje he mosa. ¡Qué di e encia en e és os y aquellos o os esc i o es nacidos pa a la in es igación p o unda'y ascenden al, ajenos al espí i u de escuela ó de bande ía, y llamados á descub i los elemen os sus anciales de las ci ilizacio¬ nes, elacionándolos á ma a illa con el iempo y con las ob as en que se mani ies an! G acias á sus luminosos abajos podemos ap ecia hoy en su jus o alo la signi icación del A cip es e de Hi a y es i ui le al luga emi¬ nen e que desde luégo le señala on los Cia ás, Wol , Dozy, Tikno , don Tomás An onio Sánchez, Quin ana, Amado de los Ríos y o os más, que han dedicado sus alen os á la p o echosísima cuan o poco ap eciada labo de in es iga los p ime os pasos del genio cas ellano. Pe o en iendo que nos se ía pun o menos que imposible el delinea ace adamen e la in e esan e silue a del Can o de sus amo es, si no echá a¬ mos una ápida ojeada sob e algunos de los elemen os que en sus días se agi aban en el seno de la sociedad española y daban ca ác e especial á sus cos umb es; sob e algunas de las in luencias ex añas que se dejaban sen i hondamen e en nues a li e a u a la sella on con pe eg ino ma iz; sob e la — i6 — Td, Senno Dios mió, que el homen c ies e, En o ma e ayuda a mi el u agip es e, Que pueda ase un lib o de buen amo aques e, Que los cue pos aleg e, e a las almas p es e. Y p epa ado de es e modo, po deci lo así, é impo ándole poco de la mala in eligencia que se dé á lo que esc iba, po lo mismo que an ácil es equi oca se cuando se quie e pene a en el sag ado de las ajenas in encio¬ nes, como lo p ueba con el p ecioso apólogo del doc o de G ecia y de Ri¬ baldo omano, nos dice que los homb es deben dis ae se y aleg a se en medio de sus cuidados, po que la is eza ae consigo deplo ables conse¬ cuencias. ¿Y qué cosa más á,p opósi o pa a log a es e obje o, así como el de sen a nos la base de la elación y conside aciones que ha de hace nos después, que la de eseña en una sola y eliz pincelada la aspi ación unánime de odo homb e y animalía? Como dise A is ó eles^ cosa es e dade a. El mundo po dos cosas abaja: la p ime a. Po a e man enengia; la o a cosa e a Po a e jun amien o con emb a plasen e a. Hé aquí descubie o ya el e eno edado á que acude nues o poe a, y que an as censu as y an punzan es le han alido. Pe o, dejando pa a des¬ pués el ana ema ó jus i icación que po ello me ezca, p osigamos el análisis de sus mal en endidas poesías. En el deseo que le emba ga de hace pe ¬ ec amen e sensibles sus lecciones, se p esen a él mismo como p o agonis a de las a iadas y abulosas a en u as que a á e e i , y ponde ándonos la g an a ición que en su iempo u o á las muje es, como cualquie o o pecado , empieza su ca e a de amo es, di igiéndose á una seño a de buenas cos umb es, de iqueza y calidad. Pe o no puede habla le á solas, odeada de dueñas como se halla y le manda una cán iga, po medio de complacien e mensaje a, á la cual con es a la dama nega i amen e con la ábula del Leo i en e mo y la aposa^ si bien le da el consuelo de esc ibi un is e dic ado, en el cual ponde e sus amo es. Es o alien a las espe anzas del poe a, aun¬ que los malos o icios de alsos y en idiosos amigos die on al as e con odo po hace le á ella pe de la é en las p omesas de los homb es. En is ecido el A cip es e, y lleno de ama gos desengaños con las cosas del mundo, comp ende que odo es anidad menos ama á Dios y se i le, y á ello se consag a con a do . Pe o conside ando que Si Dios quando o mó el o ne, en endie a. Que e a mala cosa la muje , non la die a. 17 — Y que, como dice la abla, Una a e sola, nin bien can a nin bien llo a, puso sus ojos en muje non san a y, po consiguien e, más ácil, aunque con an neg a o una, que el amigo mensaje o de quien se si ió, comióse an¬ quilo la ianda, en an o que á él Xa iso umia su des en u a, lales con a¬ iempos encienden más y más sus deseos amo osos, a i ados indudable¬ men e po la ci cuns ancia de que él se conside a nacido bajo el signo de Vénus y no puede sus ae se al impe io del amo , como nos dice en los siguien es e sos: Muchos nagen en Venus-, que lo mas de su ida Es ama las muge es- nunca se les ol ida- T abajan e a anan mucho sin medida, E los mas non ecabdan la cosa mas que ida. En es e signo a al c eo que yo nasgí, Siemp e punné en se i duennas que conogí, Elbien que me egie on, non lo desg adecí, A muchas se í mucho, que nada acabescí. Como quie que he p obado mi signo se a al En se i á las duennas pimna e non en al-, Pe o aunque o ne non gos e la pe a del pe al. En es a a la somb a es plase comunal. Es a ue za del sino, que le obliga á consag a se al se icio de las due- ñas, le da ocasión pa a habla la gamen e del in lujo de los as os, e elán¬ donos lo conocida que le e a la ciencia o ien al, y mos ándonos á la ez las adicales y singula ísimas as o maciones que el amo hace en los que como él han nacido bajo el in lujo de Venus, ales como las de con e i al udo en ingenioso, en hablado al mudo, en a e ido al coba de, en lige o al pe e¬ zoso, al iejo en jo en, e c. Apesa de semejan es bene icios, el amo emplea siemp e el lenguaje de la men i a, lo cual no es pa e pa a que nues o hé oe deje de in en a un nue o lance amo oso con dama an p incipal y an apues a como soña a su deseo. La con es ación á las can igas que él le en ía las ex-, p esa el desdeñado aman e, poniendo en boca de su amada, en e o as bien aco dadas azones, la muy c is iana que sigue; E non pe de é yo á Dios nin el su pa aíso, Po pecado del mundo que es somb a de aliso. Pan epe idas quieb as amo osas ha ían desmaya al más en e o y de¬ cidido campeón; y así es que Juan Ruiz se e i a á sus iendas, esignado con su ad e sa sue e, cuando en sueños se le apa ece Don Amo , a ando de da le nue os alien os, lecciones y consejos, necesa ios pa a log a los u os ape ecidos. 3 i8 — No e a es a, po cie o, la coyun u a más p opicia pa a ecibi con mi¬ mos á semejan e huésped, po lo cual el poe a las imado le dice, sin ningún linaje de mi amien os, que se e i e inmedia amen e de su is a, que él es la causa de odos los males que a ligen al mundo, incapaz de sal a á un solo hom¬ b e, aunque puede ma a á cien mil, pe diéndolos en cue po y en alma, au o de los sie e pecados mo ales y de los más a oces c ímenes come idos po el géne o humano; en una palab a, amon ona sob e Don Amo an du as in¬ ec i as y sang ien os da dos, igo izados los unos y las o as po los opo ¬ unos y exp esi os apólogos que escoge pa a hace los más punzan es, que sólo los esis i ía con calma el que á odo ance quie e consegui la ic o ia sob e su enemigo y no hay sac i icio ni humillación que no es é dispues o á ealiza . Lejos, pues, de en u ece se con a el ai ado A cip es e, le con es a el Amo con g an comedimien o, diciéndole que la culpa de odo es de quien ha que ido se maes o an es que discípulo, ob ando po su cuen a y iesgo, sin acudi á él como debía demandándole consejos y p o ección. No á odas las muje es con iene p e ende , sigue diciéndole el Amo ; y pa a que los es ue zos del enamo ado lleguen á é mino eliz, es p eciso an e odo sabe elegi muje que eúna las siguien es condiciones; Ca a muge e mosa, donosa e lozana, Que no sea mucho luenga, o osí nin enana; Si podie es, non quie as ama muge illana, Que de amo non sabe, es como bausana. Busca muge de alla, de cabeza pequenna. Cabellos ama illos, non sean de alhenna, Las gejas apa adas, luengas, al as en penna, Anche a de cade as; es a es alla de duenna. Ojos g andes, e mosos, pin ados, elusgien es, E de luengas pes annas bien cla as e eyen es. Las o ejas pequennas, delgadas pa a al mien es, Si ha el cuello al o, a al quie en las gen es. La na iz a ilada, los dien es menudillos, Egoales, e bien blancos, un poco ap e adillos. Las ensi as be mejas, los dien es agudillos, Los lab os de la boca c mejos, angos illos. La su boca pequenna asi de buena guisa. La su az sea blanca, sin pelos, cla a e lisa, Punna de habe muge que la eas de p isa Que la alla del cue po e di á es o á guisa. ¿Y cuales hab án de se los medios con enien es pa a log a el amo de una muje semejan e? Inú iles se ían los a anes odos de un enamo ado si — 19 — no u ie a una g anelísima ac i idad unida á una pe se e an e cons ancia: Po la pe esa pie den muchos la compannía Po pe esa se pie de muge de g and alía. Y pa a co obo a es as a i maciones nos p esen a el ejemplo de los dos pe ezosos que que ími casa coji una dueña, y el de don Pi as Payas, pin o de B e aña, que es án llenos d/^g acejo, de in ención y de co du a. Pe o o¬ da ía más que la diligencia enca ece al que enamo a, que sea dadi oso y espléndido, po que el dine o hace milag os inaudi os, ales como los que ea¬ liza en la cu ia omana, cuyo ecue do o ece p e ex o al A cip es e pa a lan¬ za una despiadada ilípica con a la Có e de los Pon í ices, que esul a oda¬ ía más i a, po e e i se en ella á la de A iñon, en donde la se e idad y la igidez dejaban bas an e que desea . O as muchas ecomendaciones le hace el Amo , como la de que sea ese adísimo en asun os muje iles, que gua de en odo las o mas, y que huya del icio de la emb iaguez pa a que no le suceda lo que al e mi año, que po causa de ella pe dió su alma. Si pone en p ác ica es os buenos con¬ sejos, le asegu a un éxi o b illan e, anunciándole, po úl imo, que su c iado Pán ilo y su muje doña Venus end án á isi a le muy p on o, dándole nue¬ as y ci cuns anciadas ins ucciones. Cuando el A cip es e despie a de aquel sueño que an as espe anzas le in undía, in oca á doña Venus, la cual añade, en e ec o, á las an e io es o as ad e encias, como la de que no se e aiga ni acoba de po la epulsa que de una muje eciba, sino que, al con a io, debe en onces edobla sus es ue zos, empleando los segu os medios del a e y de la más e inada as ucia. Es o lo ncaba de decidi , pe o con miedos y emblo es, sin emba go, se di ige bajo el nomb e de D. Melón de la Hue a á una ecina iuda y bella, que se lla¬ ma DP End ¿7ia, la cual echaza sus decla aciones amo osas con al desdén que, empleando sus palab as, no alen pa a ella dos piñones. Pe o la insis¬ encia de él, y el ai e de sen imien o y de e dad que da á sus palab as, hacen que al in se ablande la iuda, quedando conce ados pa a e se á solas. No con en o aún con es e iun o, le exige D. Melón la p ompa de que en luga opo uno le da á un ab azo en p ueba de.su amo ; pe o ella, indignada, iesdeña la p opues a, pe suadiéndose él con es o que ha ido demasiado lejos, y buscando en su auxilio una T o a-con en os pa a que eponga lus cosas al es ado p óspe o que an es enían. Bien p on o opieza á la ieja *que el a ia menes e , a e a e maes a e de mucho sabe », con la cual iene Un ingenioso y chispean e diálogo, en que espec i amen e se p ome en la ¬ gas alb icias y se icios cuidadosos. Pa a p oba le la ieja e ce a que no 20 e an baldías dichas p omesas, empieza su ob a de seducción po sali ála calle sonando cascabeles y endiendo joyas, so ijas y o as baga elas, que exci an la cu iosidad de D.^ End ina has a el pun o de llama á la endedo a. Desde ese momen o desplega és a al lujo de malicia, de habilidad y de a e, que poco á poco a haciendo mella en el ánimo de la iuda, ya p esen ándole al galán con simpá ico a ac i o, ya poniéndole ejemplos que la con enzan, co¬ mo el de la ahi a da e de la golo7id ma, el cual es con es ado con el o iginal del lobo y de la pue ca, ya haciendo, en in, ales p odigios de ingenio, que al cabo accede la iuda á e se con D. Melón en la casa de la buhona, donde, pa a su desg acia y emo dimien o, queda mise ablemen e bu lada. Tan a e ida le pa ece es a a en u a al A cip es e, que, no a e iéndose á ca ga con la esponsabilidad de la in ención, consigna al acaba la; Si illanias he dicho haya de os pe dón Que lo eo del es o ia, dis Pan ilo y Nason. Es a es la única a en u a amo osa co onada de éxi o en el poema que enimos examinando, y le si e pa a da se e ísimas lecciones y consejos á las dueñas, ponde ándoles los pelig os que o ece la sociedad y las a e ías de que se si en las gen es con el in de alcanza sus uines y menguados de¬ seos, diciendo además, po si oda ía no se ha comp endido bien su in ención: En iende bien mi e.s o ia de la ija del End ino Dijela po e da ensiemj^ o, non po que á mi ino. Ko pa an aquí, sin emba go, los amo osos des elos del que nació bajo el in lujo de Venus, sino que, auxiliado siemp e po T a a-con en os, y sin da se pun o de eposo, uel e los ojos á una dama p incipal y dis inguida, cuya mue e le sume en la más p o unda desespe ación. En onces se enca¬ mina á las sie as de Lozoya, como pa a dis ae se de los de aneos de las ciu¬ dades, y es o o ece un nue o y ecundo campo á su malean e condición. Pe o las pas o as y zagalas que Juan Ruiz encuen a en aquellas ag es¬ es mon añas no se dis inguen po su aguda in eligencia como las que pin an los poe as p o enzales, ni es án ado nadas de aquellas i udes y g acias que los g iegos y la inos die on á las suyas: ús icas y mon a aces, descon iadas y maliciosas, aunque con un ondo de hidalguía que ca ac e iza á nues os campesinos, si ienen algún asgo de bondad, ó consag an algún agasajo al A cip es e, es con la espe anza de que él les da á mues as de su econoci¬ mien o y la gueza, apa eciendo así unas pin u as an na u ales, escas y lo¬ zanas de aquellas aque izas, como sólo pudie a hace las más a de el ilus e Ma qués de San illana. 21 Pe suadido el A cip es e de que lo mismo en el campo que en la ciudad el amo y el dine o son iguales, y que lle an siemp e como secuela desas¬ es y uido, se uel e á Dios nue amen e y se encamina á la e mi a de N a. S a. del Vado, en donde can a á la Vi gen con una unción digna de Gonzalo de Be ceo, y en donde ecue da la pasión del Sal ado pa a que nos si a de egla en nues a ida c is iana. Una ez cumplidas es as piadosas p ác icas, y ace cándose el iempo san o, se e i a á su casa pa a descansa de an as a igas, cuando ecibe dos ca as de Doña Cua esma, desa iando en una de ellas á Don Ca na al y exigiéndole al A cip es e la o a que, jun amen e con los ’ demás A ci¬ p es es y clé igos, se p epa e á la campaña que con a aquel enemigo an á lib a has a el Sábado de glo ia. Juan Ruiz a isa á Don Ca nal del g a e pelig o que co e, y en onces és e con oca á odos sus pa ciales y alia¬ dos, en e los que se cuen an los pollos, aisanes, gallinas, cab i os, jaba¬ líes, lieb es, e c., a mados de oda clase de ins umen os de cocina, y se eúnen con emo , pe o dispues os á mo i po de ende la causa de su legí¬ imo ey y sobe ano. Comen y beben opípa amen e, y, ale a gados y do - iTiidos, los so p enden en medio de sus eales las ague idas hues es de Doña Cua esma, que en su sed de enganza y de ex e minio, no dejan i os á ninguno de sus con a ios, si no es á Don Ca nal, que ponen p eso, y á Don Tocino y á Doña Regina, que mandan colga an al os como a alaya. E an de e , nos dice el poe a, los asgos de alo y el he óico es ue zo que des¬ plega on en es a jo nada los a unes, sa dinas, anguilas, sábalos, albu es y demás gen es de ma y de ío, que en usias as de endie on á su sobe ana. Don Ca nal, he ido y p eso, no puede comunica se con nadie, excep uando an sólo á un aile, que lo con ie e ácilmen e y lo con iesa, imponiéndole la du ísima peni encia de que no coma más que len ejas, espinacas y habas, gua dando los ie nes á pan y agua. Con es o el pode ío de Doña Cua es- iiia se ex iende y consolida, has a que el Domingo de Ramos, y en unión con Uon Ayuno, se escapa el p isione o y se esconde en la aljama de los judíos. Al p opaga se es a no icia, iembla Doña Cua esma, abandonada á la ez de sus pa ciales, y sin espe a á más, llegado el Sábado San o, se ma cha en pe eg inación á isi a los San os Luga es, con lo cual el Ca na al y el Amo , que es su compañe o insepa able, ecob an en el mundo su an iguo pode ío. Lo p ime o que se ocu e á es os sobe anos es en a se po ie as de Cas illa, y á ecibi los y i o ea los salen ailes, clé igos, abades, a ci¬ p es es, bea as y monjas, decla ándose odos ellos sus pa ida ios en usias¬ as; pe o como Juan Ruiz e a an iguo asallo de Don Amo , ué el que e- 22 cibió mayo es dis inciones, me eciendo la singula ísima hon a de que se albe ga a en su ienda y le con ase las a en u as qiie du an e el in ie no le habían sucedido en Andalucía. Má chanse después ambos huéspedes, esuel¬ os á isi a la e ia de Alcalá y á eco e odo el mundo, mien as que nues o poe a queda cuidadoso, aunque con aleg ía y con deseo de en a nue as a en u as amo osas. Con es e in llama á la complacien e T o a-con en os, que lo inclina á una iuda lozana y ica, y seguidamen e á una beldad muy de o a; pe o, echa¬ zando una y o a sus locas p e ensiones, le dice la ieja, que haga el amo á una monja, «po que quien á monjas non ama, non ale un ma a edí». P és ase á ello Juan Ruíz, y T o a-con en os le pone la pun e ía á D.^ Ga o- za, que e a muje de buena ida y sen ido sano, en ablándose en e una y o a, la go y sab osísimo diálogo, que lo hacen más in e esan e oda ía las ábulas y ejemplos que in oducen, como el del ho elano y la culeb a; el del galgo e del seño ; el nn de Mon e ado e del mu de Guadalaxa a; el del gallo que alló el za i en el mulada y o os; dando odos es os disc e eos po esul ado el que se comuniquen y en iendan D.^ Ga oza y el A cip es e. Pe o es os amo es e an pu os y san os, como el alma de la monja, de la cual dice el poe a: Mucho de bien me iso con Dios en limpio amo En cuan o ella ué i a, Dios ué mi guiado , y cuya pu eza y san idad, lib e de la más lige a somb a de pecado, con¬ se a on siemp e, has a que la mue e de es a i uosa muje dejó sin escudo al A cip es e. De nue o quie e la mediane a que su p o egido se dedique á una mo a pa a hace le eco e así las muje es de oda clase y condición, cuando el allecimien o epen ino de la ieja a ía las cosas, así como las ideas del poe a, que se limi a exclusi amen e á declama con a la mue e despiadada y á esc ibi un sen ido epi a io, en el cual pide un Pa e nos e pa a la pob e pecado a. El poema e mina hablándonos de las a mas que debe usa odo c is¬ iano pa a ence al mundo, al demonio y á la ca ne, diciéndonos ambién cuáles son las p opiedades que ienen las dueñas chicas y la mane a de en¬ ende su lib o, no sin ad e i nos, al conclui , que sólo pa a da solaz, á la ez de enume a los pelig os del mundo, esc ibe y ela a en jugle ía. Ya enemos expues o, aunque sólo á g andes asgos, odo el plan del A cip es e de Hi a y con él los undamen os de las g a ísimas acusaciones que se le di igen. ¡Es e es el esc i o inmo al, cuyas ob as debie an desapa. ece en in e és de las buenas cos umb es, y cuyas o mas li e a ias dis an an o de la anhelada pe ección! Pe o examinemos ambién á la lige a uno y o o ex emo, y ácilmen e llega emos á adqui i la con icción de que sólo el apasionamien o ó la mala é son los que pueden engend a esas a i maciones exaje adas. El A cip es e de Hi a se p esen a en la liza li e a ia, como engo dicho an e io men e, en la p ime a mi ad del siglo XIV; ae enhies a la ac edi ada bande a de la e udición, has a el pun o de no omi i ningún elemen o de cul u a de los que las li e a u as ex añas podían o ece le; aspi a á co egi po medio de la sá i a, p incipalmen e, las iciadas cos umb es que de día en día se p opagan; conside a emedio e icaz pa a ello i descub iendo las llagas sociales, menos conocidas cuan o con o mas más seduc o as se ocul aban; igo iza sus enseñanzas inmolando su p opio nomb e pa a hace ¬ las más angibles, y el esul ado de su p o echosísimo es ue zo ué el mo al y a iado poema que acabamos de examina . ¿Ni qué o a cosa sino mo aliza se p opone el que en ez de ado na el icio con las is osas apa iencias de la i ud, ocul ándolo á las mi adas de la inocencia, lo hace apa ece á nues os ojos al como es y despojado de los ajenos a a íos con que, hipóc i a, se engalana a? ¿Cuándo ué an epues o el médico que busca una cica ización alsa y supe icial, á el o o que, cono¬ ciendo la g a edad y consecuencias de la úlce a ebelde, no la descuida ni abandona mien as no ha hecho desapa ece odos los gé menes mo bosos c ue con iene? ¿Quién que no enga i ísimos deseos de co egi y de enmen¬ da nos dice, como el A cip es e lo hace, es os son los medios de qiie se si e el mal pa a in il a su eneno y es e es el an ído o pa a hace lo ine i¬ caz de odo pun o? Algo es ya pa a con ence nos de su sana in ención, y dejando apa e la lec u a impa eial de su poema, el ca ác e sace do al que le dis ingue. Pe o mucho más es oda ía la sen ida in ocación que hace á Dios y á la Vi gen pa a que le ayuden y le hagan sali ai oso de una emp esa que es aba e izada de di icul ades, po lo mismo que e a posible echa á mala pa e sus palab as. Mucho ambién habla en p ó de su since idad y buena é, el que no enga incon enien e alguno en da al lib o su p opio nomb e, y has a hace se él mismo p o agonis a de aquellas escenas, cuando le hubie a sido acilísimo emplea un pseudónimo, como más a de hicie on algunos o os clé igos, y no po mo i os de apa iencias an g a es cie amen e; y sob e odo, seño es, disculpa po comple o á Juan Ruiz el cando y la sencillez de aquellos ien - pos p imi i os, que pe mi ían llama á las cosas po sus nomb es p opios, — 24 — sin que nadie se escandalizase, mien as que en los ac uales no ole amos en nues a con e sación ni en el esc i o una palab a que pueda o ende los más delicados oídos, mien as que nos pa ecen de pe las las inci an es desc ip¬ ciones, el equí oco sospechoso, la alusión in encionada ó el chis e de con¬ abando que oímos odos los días en el ea o, ya que no es emos dispues¬ os á disculpa ambién y has a agasaja con nues a admi ación y is o bueno el desen eno de las gen es pues as en al o, ó el descoco de aquellas o as que hacen su p o esión del más uidoso desca o. ;Y cómo se explica en onces, me p egun a eis, que el A cip es e se in¬ clina a á emplea si uaciones y lenguaje que en mane a alguna se a enían con su in ención y p opósi os? Hay que no pe de de is a pa a con es a á es a p egun a: los ma e iales que, como ya hemos indicado, le suminis a¬ ban las li e a u as o ien al y clásica, en las cuales apa ece la muje muy po bajo de la condición y al u a en que el C is ianismo la colocó, como obje o de place solamen e y sin la bas an e dignidad pa a echaza lo que á su de¬ co o se opone; la pin u a que los p o enzales hicie on de sus damas, elogia¬ das sob e oda ponde ación, pe o áciles y lasci as has a el ex emo de im¬ po a les poco halla se ligadas po los ínculos del ma imonio, si de sa is a¬ ce sus cap ichos amo osos se a aba, y la cos umb e cons an e y uni e sal, á que nunca se al ó en aquellos iempos de andan e caballe ía, y que e a como un sag ado canon pa a odo poe a y caballe o, de ene damas ó in¬ gi las, po que solamen e á ellas se les debían consag a los a ec os, e nezas y deseos, po que su imagen únicamen e podía se i de uen e de inspi a¬ ción y de ga an ía al caballe o, pa a p esen a se e guido en los o neos y comba es, segu o de ob ene la anhelada ic o ia, desde el pun o en que supe s iciosamen e la in ocaba, pidiéndole su aliosa y decidida p o ección. Tan espe ada e a es a cos umb e, que los homb es más g a es y sesudos, aquellos que po su ocación y es ado se hallaban á más dis ancia de es e géne o de ida, caye on ambién en la en ación y esc ibie on muy sa is e¬ chos en loo de su linda enamo ada. Únase á es o el obje o que Juan Ruiz se p opuso de pin a el icio con los colo es más i os pa a que llega a á ins¬ pi a en la ju en ud epugnancia y asco; el que las cos umb es iban empeo¬ ando p og esi amen e y se necesi aba emplea el lenguaje ap opiado pa a 1 e a a las, y más que odo, sin duda, que el A cip es e, po su condición de sace do e, no solamen e conocía las al as y pecados que salen al ex e io y dan ca ác e á las públicas cos umb es, sino ambién aquellos impulsos ecón¬ di os del alma, que casi se ocul an á la p opia conciencia, pe o que se dicen á los piés del con eso pa a que és e nos absuel a, de un simple cona o quizá, __ 25 — a eces no consen ido, aunque siemp e punza en el alma y a e güenza cuando sede ecue da. Es e ué, y no ememos equi oca nos, el campo más ecundo á que acudió nues o poe a, po que ninguno como él podía o ece le ejemplos de pecado más o iginales, ingeniosos y emibles, á la ez que e ica¬ císimos a isos y enseñanzas. No es, pues, que el A cip es e nos die a en las cos umb es disolu as, que alguna ez desc ibe, las de los cas ellanos de su iempo, sino que, o¬ mando algo de la ealidad, aumen ó y de alló el cuad o con desconocidos pe iles, que sacó de su an asía, ó del e eno de las ajenas in enciones, no edado pa a él. Po o a pa e, y es a conside ación es de una e dade a impo ancia. ¿No habéis obse ado que de odas las a en u as e e idas solamen e una llega á eliz ó in eliz é mino, según que áis llama lo? Y como si apesa de ello le pa ecie a pelig oso el ejemplo, nos dice que es á omada de O idio, y que sólo la in oduce en su na ación pa a que si a- de a iso y de ense¬ ñanza. Has a da á los hé oes nomb es ex anje os, con lo cual pa ece indica ^lue esas escenas escandalosas no es aban bien colocadas en es a ie a es¬ pañola. Sin que se nos ache de pesimis as, pod emos c ee que en onces, como en odos los iempos, hab ía en Cas illa c édulas End inas, pe o no e a lo co ien e, si es que juzgamos po es a ob a, is o que odas las pue as á ^ae llamó Juan Ruiz es aban ce adas á pied a y lodo. Más puede deci se oda ía: aquella monja Doña Ga oza, solici ada con ines pecaminosos, no solamen e echaza las p oposiciones que se le hacen, sino, que llega á pu i i¬ ca con el san o a oma de su i ud los li ianos deseos del p o ano aman e. P^cl mismo modo se mues an dignas de nues a legenda ia se e idad y epu ación aquellas al i as damas, espe ables po su calidad, á quienes se di igen en ado as insinuaciones, ap o echándose de es a ci cuns ancia el A cip es e pa a e leja en su poema lo que e a e dade amen e nacional, con iene á sabe : el espí i u eligioso, mani es ado de igual mane a en los loo es á la Vi gen ó en los himnos al Seño , que en las c is ianas conside a¬ ciones y en los esc úpulos de conciencia de que á cada ins an e ala dean sus dis in os pe sonajes; el espí i u caballe esco un poco degene ado po las ex- h'añas in luencias y po la decadencia de los iempos, pe o igo oso, sin em¬ ba go, pa a hace jus icia á la muje digna y en e a á que se alude en aque¬ llos nobles e sos. Sabe Dios, que aques a duenna, e quan as yo i, Siemp e quise gua da las, e siemp e las se í. Si se i non las pude, nunca las dese í, 4 uno siquie a llega a á queda en pié. G an -Gosie y Galemelle se sin ie on a acados de una ieb e con inua, que los lle ó á mejo ida, po no habe les adminis ado á iempo una con enien e e acuación. En is ecido Ga gan iia po es a doble pé dida, se di ige á Pa ís con p o¬ pósi o de dis ae se, y se sien a en una de las o es del emplo de Nues a Seño a, dando con sus pie nas en la ibe a del Sena; pe o al e las campanas de aquella Iglesia, que son las más g andes y pesadas de oda F ancia, las a anca sin di icul ad alguna, dispues o á coloca las en el cuello de su yegua, como si ue an cascabeles; en onces los pa isienses, que es aban llenos de es upo , admi ando aquel coloso, le oga on que las es i uyese al p imi i o luga en que se hallaban, dándole en cambio pa a su comida escien os bue¬ yes y doscien os ca ne os. Ma chóse en seguida Ga gan úa á la o illa del ma , y allí se encon ó con el sabio Me lin, que en una nube lo condujo á In¬ gla e a pa a que ayuda a al amoso Rey A us, encido du an e una semana en dos ba allas consecu i as. Con e ec o, Ga gan úa se p es a á ello sin di i¬ cul ad, y haciendo uso de una eno me maza, que el mismo Me lin le había ab icado, a eme e con a los enemigos del Rey A us con al b ío, que és os se ie on en la du a necesidad de con esa se encidos y de pedi le su g acia. El mona ca co espondió á los a o es de Ga gan úa, o eciéndole una espléndida comida, en la que se le si ie on, en e o as muchas cosas, los jamones de cua ocien os pue cos, y egalándole es idos an de su gus¬ o, que se conside ó emune ado muy su icien emen e. Después ayudó á su seño en o a gue a que los Holandeses é I landeses le p omo ie on, y en ella hizo ales y an cali icadas ma a illas, que sólo en la úl ima ba alla ma ó cien mil doscien os diez enemigos: lib ó ambién al país de un gigan e que a aba de enga los desas es su idos po los Magos, y, cuando había cumplido ya el se icio del Rey A us doscien os años, es meses y cua o días exac amen e, ué encan ado con o os pe sonajes que oda ía le acom¬ pañan. Es a es la sencilla na ación que con iene la no ela p imi i a e e en e á Ga gan úa. Aho a bien: p escindiendo de si Rabelais la in en ó ó nó, lo que a noso os nos impo a ene p esen e es que su no ela sa í ica e sa sob e es e pe sonaje, pe o dando á su nacimien o, educación y hechos nue¬ as in as y desconocidos pe iles. Ni la desmedida ex ensión de la ob a, ni la b e edad que el iempo me impone, consien en que yo os haga siquie a un lige o esumen de ella. Sola¬ men e señala é algunos de los azos más no ables pa a que si an de base á nues o juicio. Ni ampoco me es posible empeña me en desci a con exac- — 33 — i ud cuáles sean los pe sonajes á quienes se e ie en las alusiones di e sas que en ella encon amos; como imposible ha sido á los c í icos que en es a a ea se han ocupado con un e dade o a án. Quién supone que Ga gan úa ep esen a á F ancisco I; quién e as de ese nomb e, á En ique de Alb e ; G an -Gousie es Luís XII, según unos, y Juan de Alb e , según o os; Pan a- g uel, dicen muchos, e a a á An onio de Bo bón, mien as que no pocos hallan á En ique II en esa igu a; y Panu go, que sin dispu a se puede cali i¬ ca de uno de los pe sonajes más in e esan es y o iginales de la C ónica, ep esen a al Ca denal de Amboise, al Ca denal de Lo ena ó á Juan de Mon luc, según el dis in o c i e io con que se in e p e an sus palab as, di¬ chos y hechos. Pic ochole, el ey de Le né, que hace la gue a á G an - Gousie , es ya el Duque de Saboya, ya Fe nando de A agón; y colo¬ cados los c í icos en es e e eno de las in e p e aciones, ecuen emen e a bi a ias, se ha dado signi icación especial á cada una de las igu as que apa ecen, p e endiendo que An ioche, ep esen a á Roma; la asamblea de los Lan e nois al Concilio de T en o, F edons á los jesuí as, He T ippa á En ique Co nelio Ag ipa, Hippo adée, al con eso de F ancisco I; la yegua óe Ga gan úa, á la Duquesa d’E ampes; TUnique, al Papa; Thaunias e, al Rec o de la Uni e sidad; y así odas las o as, po más que, como dije an e¬ io men e, es as pe soni icaciones sean an ás icas pa a muchos. Igual di icul ad han encon ado siemp e los c í icos, al in e p e a cual¬ quie a de los pasajes de es a singula ísima composición. Rabelais, po ejemplo, se bu la, poniendo sus palab as en boca de Thaumas e, de la ani¬ locuencia de aquellos que dispu an po dispu a , y de la necedad de cuan os asis en á las discusiones y las aplauden, diciendo Thaumas e al conclui : *Es cosa demasiado il, y yo la dejo á los so is as mo ales que en sus dis¬ pu as no buscan la e dad, sino con adicción y deba e». ¿Y cuáles son los so is as á que se e ie e Rabelais? Hay quien dice que el conde de Dole , ogosísimo p o es an e; o os, que hace una g ose a ca ica u a de los eólo¬ gos ca ólicos, y la mayo pa e, que pin a á los doc o es de la So bona. En la'dispu a po signos que in oduce Rabelais, encuen an algunos el p opó¬ si o de idiculiza la p e endida ciencia de los nomb es, in oducida po Bedé; o os c een que se a a de la con e encia de Camb ay, en e el Ca ¬ denal de Tou non y Tomás Mo o, en la cual se habló mucho y no se hizo nada; no al a quien ea ep esen ados á E asmo ó á En ique Co nelio ■ Ag ipa, y has a se sos iene que la alusión a di ec amen e á los T apenses, ^ á los an iguos Pi agó icos. Pe o si en odas es as cues iones de poca impo ancia ela i amen e 5 — 34 — hay dudas y puede habe las con undamen o, no se end án nunca en lo que espec a á las ideas y doc inas desen uel as, ni en la cali icación que sus o mas me ezcan, po ninguna pe sona que con e dade a impa cialidad exa¬ mine una y o a cosa. En e ec o, en el capí ulo p ime o, que a a de la genealogía y an igüe¬ dad de Ga gan úa, pa odia las de N o. Seño Jesuc is o, haciendo gala de su impiedad en o ma an des emplada y cínica, que dice bien cla amen e odo lo que en es e pun o podía espe a se del es o de su ob a. La ges ación del hé oe en el ien e de su mad e Galemelle y la desc ipción que hace de su nacimien o es án pin adas con una ase an g ose a y un lenguaje an in¬ digno, que no lo esis i íamos en la ob a más ealis a de nues os iempos; los colo es y co e empleados en el es ido de Ga gan úa, la adolescencia de és e, sus en e enimien os y la mane a en que su pad e descub ió el espí¬ i u ma a illoso que había de dis ingui le, le dan ocasión pa a deci ales choca e ías, que ni siquie a a enuadas se pueden ep oduci ; la ins ucción en le as humanas que se le p opo ciona po un eólogo, su llegada á Pa ís, los discu sos que los doc o es de la So bona le di igen pa a oga le que uel a á su si io las campanas de la iglesia de Nues a Seño a, y la ins uc¬ ción especial que ecibió de es os mismos doc o es, odo ello a encaminado á idiculiza y esca nece la ciencia, la educación, las pe sonalidades más es¬ pe ables y cuan o el acaso ponía al alcance de su pluma enenosa. La gue a en e los habi an es de Le né, á las ó denes de su Rey Pic ochole, con a G an -Gousie y los suyos, es el p e ex o que oma Rabelais pa a desca ga sus i as sob e los eyes y caballe os; dándonos, po úl imo, en la undación de la Abadía de los Telami as, en sus eglas, cos umb es y ocupaciones p uebas e iden es de la malque encia, ó mejo di é, del odio econcen ado que el an iguo benedic ino enía en su alma pa a los ino ensi os compañe os de su ju en ud. Pe o si impío, obsceno y desen enado con a odo lo que es digno de espe o apa ece el Cu a de Meudon en el lib o p ime o de la C ónica Ga ¬ gan úa, oda ía se p esen a más cínico y epugnan e en los cua o subsiguien¬ es que a an del g an Pan ag uel. El capí ulo p ime o examina el nacimien o de és e, hijo de Ga gan úa, y dice que a á segui la cos umb e de odos los his o ióg a os, como hicie on los g iegos, los á abes y los au o es de las San as Esc i u as. En seguida se mo a del mis e io de la Enca nación, y sal¬ pica su ela o de asgos an nauseabundos y des e gonzados como sólo po¬ dían ocLi n sele al Bu ón de la e o ma; asgos que an cons an emen e en aumen o, así cuando desc ibe las cos umb es y hechos de Panu go, que, se- 35 ~ gún enemos dicho, es un pe sonaje capi alísimo de su ob a, como cuando és e nos dice los p ocedimien os que debían usa se pa a ab ica las mu allas de Pa ís en mane a al que nunca pudie an des ui se. También nos e ie e en es e luga cómo un g an clé igo de Ingla e a quiso dispu a con Pan a- g uel si iéndose de signos, y ué encido po Panu go, cuyos capí ulos ep oducen exac amen e el apólogo que el A cip es e de Hi a nos da bajo el í ulo del doc o de G ecia y de Ribaldo Romano. Re ié enos además los amo es de Panu go con una dama p incipal de Pa ís, empleando pa a des¬ c ibi los lenguaje y igu as cha acanas, y ela ando, po úl imo, nume osas y a iadas a en u as, que le acili an el e eno pa a eco e y he i las dis¬ in as clases sociales, y . que yo no ep oduzco aquí po saca os p on o de ese é ido cuan o cenagoso campo, y po que lo dicho bas a ya pa a ap ecia oda la des e gonzada malicia de es a composición unes ísima, del mismo modo que las u ianescas é inmundas o mas con que al público se o eció. Sólo di é, en esumen, que no hay nada di ino ni humano que no esca nezca y sea blanco de sus i os: lo mismo se bu la del mis e io de la ida u u a, al hace la elación de Epis omene esuci ado, que a aca con saña el celiba o, H abs inencia y la cas idad; lo mismo idiculiza el ma imonio y los o os mo¬ nás icos, que de iende las mayo es abe aciones, haciendo gala de una libe ¬ ad sin eno; pa a él no hay nada espe able en el mundo: ni el Papa, ni el ^ey, ni el Caballe o, ni el Obispo, ni el poe a, ni la muje , ni nadie, po que nadie se lib a de sus i ulen os sa casmos ni de las sang ien as y despiada¬ das bu las que á su en e ma imaginación se le ocu en. Es e dad que en es e descosido cuad o de impiedades, de obscenidad y de bu onadas de odo géne o, hace Rabelais un e dade o de oche de in¬ genio, de e udición y muchas eces de g acia; pe o el delei e que en alguna ocasión nos p opo ciona su lec u a es el mismo que expe imen amos al escu¬ cha la aguda é ingeniosa ase que de ez en cuando se ocu e al pob e de¬ men e, y que hace más sensible oda ía la' is e condición de su pe u bado espí i u. (¡Y es es e el ponde ado esc i o , cuyas ob as se ci an como un modelo en el géne o sa í ico, diciéndose de él que es á muy po encima de nues o A cip es e de Hi a, Juan Ruiz? ¿Pod á de ende se se iamen e que las ideas, doc inas y enseñanzas e idas po el uno y po el o o en sus espec i as ob as ienen algún pun o de con ac o? ¿Se á pe mi ido a i ma oda ía, como ío hizo el Conde de Puymaig e, que el A cip es e de Hi a no puede apa ece ^ nues os ojos sino como una especie de Rabelais, como un Rabelais menos éneamen e cínico que el suyo, como un Rabelais hipóc i a, hecho p uden e - 36 - po el iempo y el país en que i ió? ¿Se á, en in, nues o poe a un esc i o descolo ido ó un sa í ico e gonzan e, indigno de igu a al lado de an g an maes o? Si no es u ié amos acos umb ados desde an iguo y en odos los ó denes á escucha la injus icia con que se nos a a po nues os ecinos, di íase que habían sido ex a iados en es a ocasión po un disculpable pa io ismo que les impidió e cla amen e el ondo de las cosas, a en os an sólo al ingenio, e udición y no edades de lenguaje que en su compa io a encon a¬ on. Pe o cuando no se sa is acen con p odiga le oda clase de elogios, sino que quie en le an a más y más su pedes al, ebajando las igu as de odos aquellos que con él ienen alguna elación, es p eciso deja bien des¬ lindados los campos y deci en oz muy al a, pa a que se nos oiga alguna ez, que nues o A cip es e de Hi a es in ini amen e supe io al sa cás ico Rabe- lais, ya nos ijemos en el ondo de sus composiciones, ya en los medios a ís icos que u ilizan, ya inalmen e en los asgos mo ales que los ca ac e¬ izan y en la ida espec i a que el uno y el o o lle a on. ;Y se á necesa io de ene se mucho iempo en es e pa alelo, después de habe indicado lo más salien e de sus ob as? Cie amen e que nó. La p ime a de odas las exigencias en una p oducción li e a ia,— econocido es á po odos, además de habe lo dic ado la azón y el buen sen ido,—es que su asun o sea digno del alo es é ico que como p oducción a ís ica debe alcanza . Y si en de e minadas ocasiones, según acon ece en la sá i a, iene el ingenio ue os y p eeminencias desusados, es en cuan o no aspasan los sac osan os de echos que á la i ud, al bien y á la e dad co esponden. Pues bien, seño es; como eco da eis, po lo que al habla de Juan Ruiz hemos dicho, és e ende eza sus es ue zos y a anes odos á coloca sob e base solidísima las undamen ales ideas de eligión y de mo al, que son el cimien o de oda sociedad cons i uida de una mane a posible. En su deseo de no menoscaba es os saludables p incipios, p o es a una y mil eces de su buena in ención y los ponde a y omen a á cada paso has a el pun o de co a con ecuencia el hilo de su na ación pa a habla nos de los es agos que su de iciencia ú ol ido p oducen, ó pa a a a de inculca los, aunque á eces lo haga cansada é impe inen emen e. La sal ación del alma y la elici¬ dad e e na es án inculadas á nues a é; la anquilidad de conciencia y el bienes a de la ida dependen de que ob emos con o me á lo que pide la mo alidad; y cuando de ella nos des iamos, nos sucede lo que acon eció á los que pe die on su cue po y su alma po encenaga se en el icio, ó po que, débiles y o nadizos, desp ecia on las g acias que habían de san i ica los. — 37 — ¿Puede da se una enseñanza más pu a ni que más con o me es é con lo que el bien y la i ud ienen de echo á pedi ? ¿Y qué es lo que, po el con a¬ io, nos p edica Rabelais? ¿Es el amo , es la ca idad pa a con sus semejan es lo que guía la pluma de aquel sace do e indigno y p os i uido? Nada más lejos de su ánimo que mo aliza , ó que a isa de los pelig os y enseña el medio de p eca e los: su p opósi o no es o o que el de des ui odo lo que en su iempo exis ía; el de hundi la au o idad; el de "in ama cuan o has a en onces había sido ene able; el de hace pe de la é en las an iguas c eencias; el de a anca del co azón las consolado as espe anzas, y p e¬ sen a el mundo po su lado de ec uoso y idículo, bo ando las g andezas y he oísmos de que el homb e es capaz, pa a que no se des aque o a cosa que las debilidades y laquezas del sé humano, quedando con e idas en anas palab as la inocencia, el cando , la gene osidad, la g andeza de alma, la piedad y odas las demás i udes que con sus agan es a omas ienen la misión de pu i ica el ai e que espi amos y lib a nos con sus des ellos y esplendo es de e los is es cuad os que desg aciadamen e o ece á me¬ nudo la na u aleza humana, caída y en e ma. En e ec o. Seño es, que Juan Ruiz y Rabelais no pueden compa a se po las ideas que desen uel en ni po la in ención que al esc ibi las les ani¬ ma, como no pueden compa a se el águila, que uela hácia a iba pa a e de ce ca el sol y pa a baña se en sus ayos, con el inmundo oedo , que en húmedo y lób ego pa aje pe sigue cons an emen e su ale osa y menguada ob a des uc o a. ¿Pues qué di emos espec o á los elemen os ex e nos de que el uno y el o o se si en? P eciso es econoce que en es e pun o llega el genio de Ra- Pelais á una al u a ex ao dina ia. Uno de sus más ilus es compa io as les llama á él y á Cal ino «los pad es de nues o idioma»; y en e ec o que Ra¬ belais en iqueció la lengua nacional con gi os y bellezas ales que nunca bas a en onces se habían conocido, y que ija on, po deci lo así, el pa ón á que u ie on después que ajus a se los buenos esc i o es. En e odas las cualidades que dis inguen la C ónica Ga gan iia, se halla una lexibilidad sin¬ gula ísima que le pe mi e pasa sin iolencia ni abajo alguno de lo más noble á lo más amilia y bajo; una habilidad siii gene is pa a na a con exac i ud y p opiedad, y el empleo de las palab as opo unas, según lo exi¬ ge la na u aleza de los asun os. Pe o jun o con es as ap eciabilísimas do es, ¡qué palab as an g ose as pa a nomb a las cosas! ¡qué epugnan e obsce¬ nidad en el lenguaje empleado po los in e locu o es de su no ela! ¡qué i e¬ e encia al desc ibi las cosas y las pe sonas! No puede lee se una página - 38 - en e a de sus esc i os sin que se sien a asco y se su an náuseas al e que la pod edumb e aspasa al ex e io y mancha las es idu as. Y si ya no nos ijamos en el lenguaje solamen e, sino en los demás e¬ cu sos que u iliza pa a descub i sus ideas, ¡qué al a de bene olencia y hon¬ adez no e ela ese insensa o a án de ei se siemp e de las mise ias ajenas, y ei se e e namen e, sin o ece el emedio una sola ez siquie a! ¡Qué al a de dignidad no acusan los elogios que haceRabelais de la di ina bo ella, y en los cuales apa ece como un bebedo e ec i o y en iciado, que an epone es a a i¬ ción á odas las o as! En muchos pasajes emplea la abundancia inago able, es é il y cansada de un homb e e dade amen e a inado, según la ase de uno de sus más ilus es compa io as; y, como él mismo nos dice, enía cos¬ umb e de esc ibi no solamen e an es, sino ambién después de bebe , y nunca llegó á come sin an es habe bebido como un buen amigo de Baco. Pues en cambio, nues o A cip es e de Hi a, sob e posee casi odas las ele an es condiciones que en el lenguaje de Rabelais acabamos de ponde a , emplea elemen os a ís icos de co e an di e so, que bien pod e¬ mos cali ica lo de con a io. ¿Qué impo a que haya un Puibusque, compa¬ io a del cu a de Meudon, que al p onuncia su juicio del A cip es e de Hi a nos dé p uebas de impa cialidad y desapasionamien o semejan es á la que sigue: «Juan Ruiz a oja la sá i a á manos llenas en uno de los lib os más in¬ diges os que han apa ecido en la in ancia de las li e a u as; es inú il busca el asun o en es e con uso amon onamien o de poemas, sin o den y sin ilación, que empieza en «el nomb e del Pad e, del Hijo y del Espí i u San o, mezcla ábulas, ejemplos, cán icos, in ocaciones á D.^ Venus, himnos á la Vi gen, escenas de amo , cuad os licenciosos, locu as de odo géne o y acaba po un se món?» No impo a que un M . Sismondi deje de es udia sus poesías po que no le pa ezcan bas an e in e esan es; un M . Villemain que ni le ci e siquie a, ó un M . Via do que, á uel as de g andes elogios, diga de él que encuen a en sus ob as la maligna anqueza de un e dade o escép ico. So¬ b e odas esas g a ui as é injus as acusaciones es á el poema del A cip es e, que ya conocéis; es á la iqueza y a iedad que supo da al lenguaje poé ico; es á la galanu a y g acia que empleó al desc ibi , la acilidad y sol u a con que manejó los dis in os me os que en onces se conocían, y es o en un pe¬ íodo de e dade a udeza y casi un siglo an es de que apa ecie a en el mundo Rabelais. Po o a pa e, ¿quién puede compe i con Juan Ruiz en esa bondad na¬ u al que le lle aba á emplea siemp e y en oda sazón, lo cáus ico de su genio y lo humo ís ico de su condición aleg e, á a aca el icio y el pecado^ — 39 — espe ando, sin emba go, las pe sonas y indiendo ibu o á aquel an iguo p ecep o que se dic ó pa a el esc i o sa í ico: Pa ce e pe sonis, dice e de i iis, ¿Quién, como él, se complace en ponde a la i ud de la muje ue e, cuando en su camino se la opieza, y sube has a las nubes la pu eza sin man¬ cilla de aquella san a eligiosa, que no sólo echaza los amo es p o anos, an hábilmen e dispues os pa a busca su uina, sino que, mo ida de la a dien e ca idad, que es hija del c is ianismo exclusi amen e, limpia el co azón del lasci o aman e de oda impu eza, haciéndole consag a se á Dios con aleg ía y sin ese as? ¿Quién, como él, u o el acie o bas an e pa a o ece al i o cuad os pelig osos y si uaciones de colo subido, diálogos chispean es y a en u as escandalosas sin aspasa nunca los lími es del deco o ni los ue¬ os esenciales y p i a i os de la ob a li e a ia? ¿Pe o á qué insis i en lo que no puede desconoce se, á no media un juicio p econcebido ó una esuel a mala é? Sin emba go, ¿que éis ap ecia , como ema e, y en un solo golpe de is a, la inmensa dis ancia que sepa a á es os dos clé igos? Pues compa ad suma ísimamen e la ida y hechos de ambos, y no acila eis un momen o en de e mina cuál de ellos es el que nie ece ues o espe o y simpa ías. F ancisco Rabelais, que nació en Chinon en 1483, hizo sus p ime os es udios en la Abadía de Benedic inos de Seuillé, ó mejo diciendo, pa a em¬ plea sus mismas palab as, pasó algunos años de su ju en ud como los jó¬ enes del país, «bebiendo, comiendo y du miendo, comiendo, du miendo y bebiendo, y du miendo, bebiendo y comiendo». En ó después en el Con¬ en o de Fon enay le Com e, donde ecibió las dis in as ó denes sag adas bas a llega al p esbi e ado en 1511. Igno amos cuál ue a la causa de la se- e isima condena de p isión pe pe ua en los sub e áneos del con en o, que le ué impues a; pe o ya se debie a al libe inaje de que hizo os en ación en las ce canías del con en o, ya á la bu la impía de coloca se en luga de la es a ua de San F ancisco pa a ecibi ado aciones, ya uese po o as echo- de peo especie que ambién se le a ibuyen, ello es que muy á los p incipios se p esen ó al como había de se en adelan e. En 1524 le encon¬ amos con los hábi os de clé igo secula , y á la edad de cua en a y dos años a á Mon pellie á es udia la Medicina, p o esión que eje cía en público, ^1 nismo iempo que decía misa, y lle aba una ida an i egula como ecle¬ siás ico, que se le acusó de habe apos a ado, emiendo en onces él con un- <^amen o que caye an sob e su cabeza las censu as eclesiás icas. La mue e co espondió á semejan e ida, c eyendo unos que mu ió como un a eo y ce os como un escép ico ó como un epicú eo. — 40 — Del A cip es e de Hi a, po el con a ío, y apesa de las poquísimas no icias conse adas, se sabe que lo eció po el año de 1343, que ué un sace do e ejempla has a el pun o que nada u o que deci se de él en sus iempos, ni mucho después ampoco, y que si bien ué p eso de o den del A zobispo de Toledo, él mismo p o es a de su inocencia, a ibu¬ yendo es a esolución del P elado á calumnias y alsos es imonios. Sola¬ men e con ija nos en que nada pe judicial pa a su epu ación le impu a on sus coe áneos, llega emos á adqui i el con encimien o de que su nomb e debe apa ece sin mancha alguna, po que en la se e idad de aquella época y en un país como el nues o, en que nunca se es á dispues os á pe dona las laquezas de los que deben da ejemplo, desde luégo se le hubie a señalado con el dedo, como homb e pe judicial y con agioso. Pues bien, seño es, ¿no es cie o que la ida del uno y del o o co es¬ ponde á los u os que sus ingenios espec i os p oduje on? ¿Y cuál de los dos me ece á con jus icia el lau el del iun o, lle ándose jus amen e nues a en usias a admi ación, el calu oso ag adecimien o de la pos e idad y las bendiciones de la his o ia? ¿El que, impulsado po los más nobles sen imien¬ os, llega has a el sac i icio p opio en a as del bien ajeno; ó el que juega do¬ lo osamen e con nues os más ca os in e eses, el que llena el alma de dudas y descon ianzas, ama gando nues a exis encia y sumiéndonos en una e e na desespe ación? He concluido, espe abilísimo Claus o; pe o an es de abandona el ele¬ ado si io en que po ues a g acia me hallo, pe mi idme que di ija una pa¬ lab a á es a espe anzada ju en ud que nos escucha; que abso a con empla el majes uoso cuad o que hoy o ece la Uni e sidad hispalense, y que, á no duda lo, agua da oi , aunque sea en ase sin é ica y sin el indispensable po meno que más a de le da án sus doc os maes os, el pensamien o común que hacia ella nos anima, las exigencias que en su p opio in e és le deman¬ damos, los medios más áciles y segu os que hab á de pone en p ác ica pa a a iba sin desmayos á la deseada ciencia. ¡Ah, jó enes es udiosos, que á oso os an sólo me di ijo! Yo pod é deci os, eco dando la ase del di ino Pla ón y aplicándola al caso p esen¬ e, que si odo lo bello y bueno es ealmen e di ícil, ninguna belleza c eada, po ele ada y magní ica que sea, puede compa a se en sus esplendo es con la ciencia e dade a, des ello i ísimo de la palab a e e na y deliquio no — 41 — soñado que el dedo de Dios puso á las aspi aciones y anhelos de nues a alma; y, que si al es el ango que á la ciencia co esponde, las di icul ades pa a alcanza la son de odo pun o insupe ables, si una mano expe a y bienhe¬ cho a no sepa a las malezas que nos la ocul an, si el sace do e de esa di i¬ nidad, henchido de amo po sus semejan es, no nos mues a el sec e o que ab e las pue as de su g andioso emplo. Pues bien, amadísimos jó enes; noso os, po nues a o una y ocación, somos los enca gados de anquea ese di ino san ua io, en cuya ambicionada je a quía ocupa eis ma¬ ñana quizá luga más p eeminen e que el que noso os hemos log ado. Pe o c eedlo: esa se á nues a mayo glo ia y o gullo; ese el empeño que nos alien a: esas las legí imas aspi aciones de nues a conciencia, y á ese in han de i encaminados nues os es ue zos odos, sin que nos enza jamás el desalien o que p oducen o a la ing a i ud, o a la ama ga injus icia. Mas si ales son de nues a pa e los inqueb an ables p opósi os que de consuno o jan la obligación, el deseo y la p opia dignidad, de la ues a se eclama en jus a co espondencia el abajo asiduo, la pe se e ancia en el empeño y aquella saludable docilidad an p ecisa de suyo pa a log a los nobles ines de la enseñanza. En es os iempos en que po odas pa es se en onan á la azón descompues os di i ambos, en que se la p oclama sobe¬ ana po su pode ío é ilegislable po sus p eeminencias, es cuando más nece¬ si áis p e eni os con a sus ex a íos y laquezas, cuando más al a hace es¬ cucha la oz del p ác ico que sabe e i a los bajos escondidos y los emi¬ bles escollos. ¡Ah! que la azón humana, como des ello que es de la di ina, se ensancha y pe ecciona y ennoblece, some iéndose á la e dad inc eada; y en cambio, cuando de ella se des ía, a asa, ye a, en laquece y mue e. La ciencia, po la azón sola o mada, des anece el en endimien o, secando ¿ la ez el co azón, mien as que, cuando sigue el camino de echo que Dios ba que ido, y que ues os maes os os aza án, descub e ho izon es inde¬ inidos y p opo ciona place es an pu os como la e dad y an dulces como la he mosu a. Huid, po consiguien e, de las asechanzas que os p epa a án el mal y el e o , b indándoos á desho a au onomía, ciencia y desen enada libe ad; que esos son los can os de la si ena, las oces á que desdichada¬ men e die on oídos nues os p ime os pad es, pe diendo po ello la p imi¬ i a g acia y p i ando de es a di ina he encia á sus míse os descendien es. Con la p uden e di ección de ues os na u ales guías, con la labo cons an e y medi ada á que desde luégo os in i amos y con la docilidad del 4 ue,.sin p e ensiones idiculas y ex empo áneas, sigue al que po su edad y su expe iencia es á enca gado de di igi lo, hab éis log ado cumplidamen e 6