scieee Science in your language
[es] (orig)

Barroco en la posmodernidad: los destinos de un estilo

Abstract

El texto evoca el barroco imperial español, crepuscular, en el hoy posmoderno que el pensamiento y la vivencia de la ciudad se está despidiendo.

Read accessible full text

Barroco en la posmodernidad: los destinos de un estilo

Author: Rodríguez de la Flor, Fernando
Publisher: Editorial Universidad de Sevilla
Year: 2001
DOI: 10.12795/astragalo.2001.i19.03
Source: https://idus.us.es/bitstreams/525254ce-156c-4116-b7d2-be42e4543069/download
BARROCO EN LA POSMODERNIDAD: LOS DESTINOS DE UN ESTILO* Fernando R. de la Flor El texto evoca el barroco imperial español, crepuscular, en el hoy posmoderno que el pensamiento y la vivencia de la ciudad se está despidiendo. A Pedro Serra Definitivamente, el agitar el espectro hoy B arroco en la posmodernidad. .. Los destinos del barroco imperial hispano en la actualidad... Tratar de evocar esta cuestión ante un colectivo, como el de los arquitectos y urbanistas, involucrado como agente principal en el proceso de modernización; evocar, digo, un momento retardatario, un modo productivo no enteramente sometido a la racionalización; venir a recordar (desde luego intempestivamente) aquello que está más allá de la Ilustración, donde casi nada nos es dado ver, puede resultar una pretensión anticuada, fuera enteramente de toda actualidad, inoportuna. * El texto transcribe el fondo y a trechos la forma de la intervención oral de su autor en el contexto del Seminario de la VI Bienal de Arquitectura. Modemo-Posmodemo: un siglo. celebrado en el Palacio de la Magdalena (Santander) del 30 de julio al 3 de agosto de 2001. reprimido del Barroco supone, sobre todo, conjurar un momento grave de España, que nos aprestamos finalmente a enterrar en el olvido para siempre. Y con ello -y esto afecta a los colectivos mencionados arriba-, de lo que también nos despedimos es de un pensamiento y de una vivencia de la ciudad que, sobreviviendo incluso al momento moderno, ha venido definitivamente a liquidarse en nuestro hoy posmoderno. Se trata, pues, con perseverancia impertinente de inquirir el destino de lo que sobrevive de la organización imaginaria del orden barroco en la Posmodernidad, y -dado que estamos entre arquitectos y urbanistas- ¿qué queda -si algo queday en qué conflicto vive -si es que vivela potente huella dejada en el territorio peninsular por la organización conceptual del Antiguo Régimen. -XXI21 ASTRAGALO, 19 (2001) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2001.i19.03 Profesor de Literatura de la Universidad de Salamanca

22 Antiguo Régimen del que puedo adelantar que, en verdad, pretendió crear en la Península un espacio donde reinara la excepción, lo que Horacio Cape! ha denominado recientemente una suerte de «física sagrada», convirtiendo tal geografía, también la urbana, en una suerte de «península metafísica», y, en definitiva, en tierra entendida, prioritariamente, de manera religiosa y trascendente. Es decir: donde la disposición de lo visible sigue rangos y categorías que apuntan hacia lo invisible. Esta deuda dejada por la era de la trascendencia, no puede ser tan rápidamente saldada ni olvidada, cuando se trata del establecimiento de una genealogía auténtica de la ciudad española, pues el proceso, como señaló Harvey en su día, es el que nos ha conducido sin duda de la «civitas christiana», a la ciudad secular, en la que definitivamente aparecemos instalados. Ubi sunt?, como decían los elegíacos latinos lacrimógenamente, ¿qué se ha hecho de? ¿qué ha sido del Barroco y de lo barroco entre nosotros, los españoles, cuyas ciudades conocieron entonces su verdadera edad de oro, dejándose suceder después por las ciudades coloniales de la plata; por las ciudades de la comisa norte del hierro, hasta dar en la espectaculares ciudades del titanio que porliferan en la actualidad?. SI se quiere, de la sociedad tradicional y de sus modos de vida y de hacer ciudad. Al preguntarse por lo moderno, este encuentro, me parece, legitima también cualquier interrogación que confronte lo que está más allá de lo moderno con lo que está más acá de él. Si este encuentro pretende, como creo, volver al problema del tiempo; conjugar el hecho de la ciudad en el modo del tiempo y, en definitiva, hacer fenomenología del tránsito entre épocas y movimientos, dejando en un lugar secundario la preocupación por el espacio y por la lógica espacial que hoy lo domina todo, entonces esta intervención mía alcanzará a tener algún sentido, ello si logra, aunque sea por un momento, traer el recuerdo de fechas que amenazan perderse en la infitud de los nuevos espacios urbanos, ya sin memoria para ellas: 1580, 1609, incluso, como veremos, 1975 ... Los problemas para abordar un objeto de esta naturaleza que busca la diacronía y que es transversal a tantos saberes, son varios. El principal de ellos relacionado con el hecho mismo de preguntarse en un momento especialmente abierto hacia su configuración de futuro, donde sólo el porvenir es determinante, por el destino o destinos que se ha reservado dentro de él a alguno de sus pasados. Pues es posible que a ese pasado no se le haya reservado en verdad ningún presente, y mucho menos un porvenir que supiera estar al menos a la altura épico-tráPor un lado lo que planteo es, pues, una cuesgica de lo hasta aquí vivido. tión de filosofía del patrimonio, pero por otro, el enunciado afecta a la entidad conceptual, al estatuto mismo de nuestro propio momento fracturado y definitivamente volcado hacia el futuro; lugar de quiebra y hasta de holocausto, La era imperial Entre nosotros, el pasado por antonomasia, no puede ser otro que el de nuestra propia e ra - XXII -

imperial, siglo o «siglos de oro», también conocidos en teoría de los estilos como «Barroco». Núcleo, éste, fuerte del pasado pues, donde se aniquila la organización feudal y el breve sueño renacentista, y concentración de semanticidad hispana, tan fuerte y persistente, que su organización mental es capaz de enfrentarse a la Ilustración, que le sucede, ello hasta «desanimarla» y reducirla a un breve episodio, a una vigilia alucinada, más que a, propiamente, un goyesco «sueño de la razón». Precisamente en nuestros días y envuelto en la polémica de la posmodernidad, se ha dado una primera acogida a todo ello cor: la obra de pana, antiguamente mestiza, arabizada, ingobernable, reduciendo su entropía, su desorden, y homogeneizando a las masas con técnicas que han sobrevivido y se han perfeccionado. Calabresse tendría hoy para nosotros el mérito -y de ahí la acogida privilegiada dispensada a su librode haber individualizado los procesos retóricos que gobiernan la gran producción barroca, y de haber, además, señalado su persistencia y sofisticación en nuestro momento posmoderno, contribuyendo así a afirmar la presencia de aquel pasado en este presente. hace una decena de años de O. Calabrasse, su Así la sustitución, la proliferación, la conde ncélebre neobarroco 1, en la que aparecían disesación terminan constituyendo la poética ñadas las estrategias formales del Barroco, de escueta que nos gobierna, y en ella debemos las que se aseguraba allí que informaban reconocer la herencia formal, no de ningún nuestro tiempo, nutrían las operaciones típicas de la posmodernidad. momento ilustrado, sino precisamente, la conexión privilegiada con ese momento bizarro, arriesgado, y hasta entrópico y letal, que Habría, pues, una operatividad formal significó el conceptismo y el culteranismo barroca, bajo cuyas leyes, además -y ahí estaría el interés de su retombe, de su vuelta-, se situaría gran parte de la producción simbólica actual. Desde luego, por ejemplo, bajo su esquema productivo se ubicaría toda el área del espectáculo de masas, al que propia y justamente podríamos denominar en gran medida «barroco»; pero también los procesos sociales de comunicación -como el cartelismo, la publicidad, la inundación de la ciudad colonizada por la letra ... - . Todo esto tiene exacta una genealogía en las técnicas de poder desarrolladas con suma efectividad por el absolutismo confesional que controla virtualmente -desde 1580, pero intensificado en 1609, con la expulsión morisca- , la urbe hisbarroco, del cual vendrían directamente la organización general de los efectos retóricos de nuestro tiempo. La vuelta a la retórica actual, es la forma técnica de la vuelta del Barroco, que insidiosamente se propone a nuestro presente como gran máquina y fábrica potente del imaginario artístico. Ideologías de la forma que hoy sabemos no quedan reducidas al dominio de la lengua literaria, sino que, en realdiad, permean todo el campo de producción social, ya sean cu adros, modos de concebir planteamientos de una batallla o, propiamente edificios, dando así entre nosotros: pintores conceptistas, urbanistas culteranos y arquitectos jerigoncistas, - XXIII - 23 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672

24 incluso, ambidextros de las dos escuelas, la teoría posmoderna-, trató de vincular acticomo entre todos resaltan esos Churriguera, a vamente el espíritu de época a una retomhée o los que la poética clasicista denomina «bárba- «eco» de las grandes vectores que habrían ros» y bizarros en el idioma de la arquitecpresidido el momento barroco, hermanándotura, y cuyo nombre de escuela no estaría de nos con él. Nuestra producción simbólica, más todavía aplicar a los arquitectos de los poseída por un «viento barroco» aun «sin excesos manieristas y dilapidadores que norte» (como escribía a principios de siglo caracterizan la década de los ochenta/noventa. D'Ors y recuerda hoy Jarauta), estaría en En otro orden de cosas, podemos asegurar también que la persistencia o huella mnémica del barroco o de lo barroco entre nosotros estaba vinculada también, no sólo a un mero problema de estrategias formales y de modos operacionales, sino a unas ideologías trágicas y a un pensamiento hispano de lo fatal, que sitúa el proceso histÓrico siempre a un paso de la catástrofe y de la desrealización del mundo. efecto movida por el impulso alegórico que determina hoy toda realización, y que consítuye, según Benjamín, la ley estilística dominante en la era barroca, igual que en la posmoderna. La estética, en efecto, y más precisamente Jos iconos más significados de la arquitectura nueva, como aquella barroca, aparece hoy presidida en profundidad por un efecto acusado de trompe roeil, de simulación, de engaño y de fantasmagoría, donde también El «desengaño» hispano barroco desemboca opera la argucia, la disimulación, sobre todo, directamente al cabo de Jos siglos con la pero también, el travestismo, y camouflage, la experiencia contemporánea de vivir la posutopía. De cabo a rabo, el mismo modo de vivir el malestar en la cultura, la continua disolución y crisis de los valores sociales que tiene como escenario la ciudad. La vida es sueño, podían decir en este sentido los barrocos, y saltando por encima del momento de diafanía iluminista que representa la Ilustración, y a la vista, por ejemplo, de las grandes cosmópolis y conurbaciones, nosotros también podemos decir con Calderón que, en efecto, la «vida nos parece un sueño». La obra de Severo Sarduy, entre los años sesenta y setenta -años clave para la suerte de transmigración, el mestizaje discursivo, y, en general, todas las estrategias que tienden finalmente a la desmaterialización, y mediante las cuales «los objetos, el mundo, el universo referencial se ve espectralizado». Es también en ese sentido que podemos pensar que la arquitectura posmoderna y el urbanismo responden a este espíritu complejo de lo barroco; algo que busca desesperadamente volcarse en la construcción de un campo de acontecimientos progresivamente más complejo bajo el régimen generalizado de Proteo y de la transformación, mientras se ve sometido a un vértigo de interpenetraciones que lo convierte en un territorio sin imagen estable, sin código interpretativo maestro, dando así -XXIV-

testimonio del funeral por la significación y el tiempo, que, por lo demás ha tenido entre referente perdidos en este otro fin de siglo. nosotros destacados analistas, como pueden Mucho más que el simpático perrito floral del Guggenheim, es la poderosa Circe, por un lado, y, sobre todo, el asombroso pavo real, por otro, como en el gran libro de Rousset, que describía los fenómenos cortesanos barrocos, los que siguen siendo los emblemas verdaderos de un momento proceloso, donde se ha puesto en pie la duda sobre propia entidad real de lo real mismo. Sólo que esta duda razonable ya no formaría parte de un desgarro metafísico, sino que, como ha escrito Sánchez Robayna, el barroco, en esto, vuelve a nosotros como barroco líght, barroco «de la levedad», un neobarroco que habría perdido en sus realizaciones mayores la gravedad finalista y atormentada que presidió su primer momento, en tanto estilo o «modelo de la profundidad». Las grandes cuestiones dramáticas se han vuelto súbitamente irrelevantes, en consecuencia también los grandes modelos de ciudad trágica española (y hubo un tiempo en que casi todas lo eran, de Llerena a Toro, de Trujillo a Ciudad Rodrigo o Morella) se desmantelan en nuestros días para convertirse rápidamente en parques temáticos de la españolidad esencial. Spain was different Y, sin embargo, incluso pese al título y la promesa implícita en él, no desearía entrar en ninguno de estos modos del retomo barroco (el del drama y el de la retórica) a nuestro serlo Subirats, Brea o Jarauta. Más bien quisiera cambiar el sentido de la reflexión y retomar una dimensión local del problema, quiero decir con local, penínsular, española si quieren, cosa esta última que no es la habitual ya entre nosotros (como un efecto más, yo creo que indeseable, de la globalización y la mundialización de nuestros referentes). Entonces quisiera dedicar algun espacio al hecho mismo de preguntarme si la sociedad española ha superado definitivamente su imaginario imperial y barroco, y, de haberlo hecho, cuándo lo ha hecho, e, incidentalmente también, como ello influye en el paisaje de los acontecimientos y termina conformando también el territorio de nuestro tiempo. Me pregunto por la suerte de nuestro capital barroco (e incidentalmente me preguntaré también por el destino que han recibido las capitales barrocas y, en general, los grandes hitos y referencias barrrocas, que me parece emprenden ya sin paliativos el camino final de un destino en la industria del ocio, como ese palacio ducal de Lerma, expurgado de su aura poderosa y presto ya para servir al país en la forma de uno de los mejores paradores de Europa). Y ello porque pienso que, como un efecto también perverso de la propia dinámica de la transición y el potente desarrollo económico que la ha seguido, hemos sido lanzados hacia el futuro, lo que equivale a decir también, que -XXV25 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672

26 hemos sido bruscamente desterritorializados y desubicados de los primitivos marcos de referencia. En el trayecto algo importante se ha perdido, empero. Los sicoanalistas dirían que los du elos pertinentes por el padre y el pasado enterrado no se han celebrado adecuadamente; es posible, entonces que los espectros nos visiten para recordarnos las deudas para con ellos. Probablemente quieren sentirse parte de ese futuro que nosotros nos disponemos a abrazar, como si hubieramos nacido sin simiente ni generación de otros. Hijos en realidad de nada y productos, más que de una transición, de un proceso intencional de olvido, de, como diría Jameson, una exclusión estructural de la memoria. Un poco desterritorializados y desubicados. Lo cual se deja sentir, sobre todo, en nuestras ciudades, realmente metidas en un proceso reformulador, que es acaso lo más significativo y relevante de lo acaecido en el decenio transcurrido entre 1990 y 2000. Han sido en total apenas veinticinco años dedicados minuciosamente a olvidar el pasado, con el objeto de reubicarse en el centro de una totalidad de escala planetaria, y éstos no parecen ya tantos, sobre todo cuando se piensa de qué materia prima está de verdad hecho este país, y surgiendo muchas dudas acerca de si anímicamente también ha podido producirse este cambio en una sociedad que hace tan sólo sesenta estaba ampliamente ruralizada, y sometida todavía al principio de unas ideologías forjadas en la era de los felipes (de los que el franquismo, como se sabe, En efecto, la prueba es esta obsesiva reflexión se soñaba sucesor y heredero). que hoy se vuelca íntegramente sobre la topología del porvenir, sobre el espacio del futuro. Nos obsesiona el paisaje del mañana, cuando recién hemos abandonado la casa de tierra del ayer, mientras todavía por doquier pueden encontrarse las ruinas de un orden recién abandonado en proceso ahora de rehabilitación (como se dice). No bien se cierra, en lo s años 74 y 75, nuestro sueño colonial e imperial, común con los portugueses, y abandonamos los territorios africanos -Angola, el Sáhara, Guinea ... -el país ha sido ob li gado en todos los terrenos a dejar atrás para siempre las formas expresivas de su marginalidad fantasmal y el cómodo hábitat de lo periférico; e ll o para abrazar el centro duro de la vanguardia del proceso transformador, como noveno miembro in pectore del G-8. Así que, propiamente, la ve locidad de camb io ha determinado el que no se trate ya de efectuar una mera superación del pasado, sino que ha sido en verdad necesario todo un proceso de encriptación de la experiencia histórica, acompañado de una reescritura de la historia, un lavado de su cara, conectado con la Reforma y con el papel desempeñado en ella por grandes historiadores, entre los que destacaremos a nuestros efectos a Maravall padre, un maestro, como también lo fue el hijo (ministro de Educación), en dar un giro al pasado para hacerle confluir armónicamente en la marcha ineluctable de la histori a, haciendo que de una vez el pasado de verdad pasase. 1975, la fecha del libro de Maravall -La cultura del Barroco-nos da en efecto la pista - XXVI -

documental de sobre cuándo se dejó de vivir en España bajo el orden imaginario del Antiguo Régimen y, definitivamente, se pasó a esa tercera fase del capitalismo, de su régimen de bienes simbólicos y, en general, de su nuevo imaginario. Se trataba entonces de saber en qué punto preciso de estos años que corren desde una modernidad (prácticamente inexistente) a la posmodernidad (a la sazón totalmente triunfante) se ha producido la gran cesura, el corte, o la quiebra misma de la tradición autóctona, y cuándo es que nos hemos despedido de nuestro pasado, renunciando a él, así como bajo qué estrategias, éste ha podido desaparecer virtualmente bajo nuestros ojos o, como veremos, alcanzar a invertir enteramente su sentido. resulta ser sustancialmente, bajo esta mirada, sólo la prolongación de la vida agónica de ese antiguo régimen en la vieja piel de toro. Francisco de la Rubia ha señalado de manera brillante en su Franco como ciborg como el propio cuerpo monotorizado, cuasi cibernético, del caudillo terminal se convierte en la metáfora perfecta de la hibridez entre la nueva matriz tecnológica y la vieja raíz telúrica de lo carpetovetónico. Pues si bien ese cuerpo agónico del Caudillo recibe las prótesis de la última tecnología biológica, es verdad también que, por encima de los instrumentos que prolongan sus últimos momentos de vida, se tiende, pudoroso y rutilante, el mantón milagrero de la Virgen del Pilar; Viéndose auxiliadas las operaciones de Puede parecer un escándalo, pero, en efecto, la cirugía de precisión por la intervención saltodo se encamina a confirmar que el país se vífica de la mano incorrupta de santa Teresa mantuvo en lo sustancial atado a un orden imaginario y simbólico enteramente dependiente de su primera fase imperial hasta el año de gracia de 1975. Los momentos liberales, ilustrados, los años de avance y progreso franco hacia una sociedad emancipada en ese largo sueño acunado por la autarquía, el providencialismo y la xenofobia del absolutismo confesional, han sido, breves, episódicos y, cuando se han producido, lo han hecho, como analizó Subirats en su día, a propósito de una debilísima ilustración española, en tanto siempre que insuficientes. que siempre favoreció al dux hispano. Lo que, a todas luces, no hace sino conectar el espacio de la clínica donde agonizó el franquismo en el noviembre invernal del 75 con ese otro lugar taumatúrgico, lugar de declinaje de los Austrias, que fueron El Escorial o el alcázar madrileño, donde los cuerpos reales -el de Felipe 11 y el de Carlos 11, especialmentede modo literal se pudrían, retrasando así el momento de las inevitables crisis por venir y las correspondientes cesuras e hiatos dolorosos que las muertes de los taumaturgos siempre han de causar en las sociedades como El episodio culminador y monstruoso en sí la nuestra, arcaicamente organizadas. mismo del franquismo así, aun a pesar de someterse a renovadas operaciones de liffting, Una frontera, un borde y un borne temporal que remodelan el cuerpo anfibio de la nación, pasa así por aquel cuerpo agónico del año 75, -XXVII27 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672

28 definiendo, hacia delante el vertiginoso proceso de cambio español en la posmodemidad, y situando, al otro lado de lo definitivamente olvidado las sombras del pasado. con grandes consecuencias para el paisaje edificativo de nuestro país y para sus políticas de conservación patrimonial, los últimos actos de ese drama de los tiempos en que consiste precisamente la demostrada renuencia del paí s a En ese cuerpo singular Y simbólico en el que entroncar con un modelo o vector fuerte de encamó el Padre y el Estadista, se vienen progreso, y a adoptar -y hasta abrazar francaciertamente a unir y luego a separar definitimentelo que en términos de Weber llamavamente la retórica del nacional-catolicismo, mos la «ética del capitalismo». de un lado, y, de otro, las realidades tecnocráticas que no tardarían en ser determinantes y El abrazo del oso de ese movimiento hacia el exclusivas para el país, llevando todo hacia desarrollismo que se inicia en el 64 y culmilas aguas del mercado. nará en el 75, supondrá también la desaparición de la diferencia cultural y el final prograDe hecho, entonces, el paisaje cívico sobre el mado de un modelo propio de ciudad que proyecta su imagen el Generalísimo, en española, para lo que a historiadores de la sus cuarenta largos años de vida política, no es arquitect ur a y el urbanismo español les inteotro que el mismo viejo y sempiterno paisaje resa. ascético, en el fondo del cual siempre se construye y se edifica y planea en los términos de una ciudad perimetrada y elevada, orgullosamente aislada y penitencial, siguiendo el modelo místico de una imperial Toledo. Pocas cosas en verdad separan la concepción de la ciudad que tenía El Greco y la que trescientos años después reflejaría Zuloaga, como fondo para la emergencia de tal caudillo, todavía cesáreo, imperial, casi, en medio de una España barroca y tremendista, como alcanzara a verla Gómez de la Serna. Así, 1975, con su heraldo en el 64, cuando los planes de desarrollo de López Rodó inician el cambio sistémico, o, todavía más atrás, incluso, 1957, momento en que empezaron a producirse los primeros «milagros» económicos sectoriales, nos parece ciertamente la frontera, el terminus ante quem se desarrolla, Y decimos que eso se produce en 1975, porque todo parece indicar que no fue hasta entonces que una transformación de esta naturaleza pudo suceder. Aunque eventualmente, entre tanto, como veremos, ciertos gestos modernos -y , si pensamos en Benidorm, como ejemplo, en realidad, ultramodernosse habrían comenzado a producir mucho antes de esa fecha. La península pentagonal Pero el tránsito de la organicidad de Franco, el pasaje de su corporalidad orgánica a su nueva dependencia de máquinas y prótesis exteriores, hacia las cuales se realizó en verdad un transfer de su espíritu en los últimos días y meses del 75, metaforiza, en tanto cuerpo expiatorio y transferencia!, el cambio de piel y de identidad del país, y nos sirve - XXV III -

como una auténtica «puerta del tiempo» 2, especialmente a quienes, no siendo sociológos ni economistas, y no compartiendo sus discursos rigurosos, vivimos en realidad de las construcciones imaginarias y mitopoéticas, dentro de un régimen de alegoría continuada en el que confiamos nos debe servir para explicar nuestro mundo al menos. En fin es una propuesta: toda cuestación de la modernidad o la posmodernidad pasa forzosamente sobre esa fecha liminar, a través de la cual estamos llamados nosotros a organizar la experiencia histórica, y naturalmente a través de la cual también debemos dar cierta cuenta del devenir de la ciudad española. Como ejemplo de esa pervivencia del Antiguo Régimen, respecto al cual el franquismo no es sino su suplemento y coda final, cabe decir cuando se examinan momentos estelares inmediatamente anteriores, que, por ejemplo, todavía en 1920, en el momento en que Mario Praz visita la Península, la encuentra dormida en su sueño de siglos, francamente incorrupta. Cuando esa vitrificación (grata a los conservadores) es detectada -por este dandy del conocimientolo es en calidad de auténtica excepción y anomalía, tanta que, incluso, rechazará el primer calificativo que le da al país para su libro -«España pintoresca»-, y Cuando por aquellos mismos años Buñuel emprende el proceso de su primera película política, Las Hurdes, encuentra por maravilla que los restos de la vieja sociedad rural austria perviven en España, en un territorio donde la condición no-progresada todavía se vive en realidad como delirio y pesadilla. En esas fechas, y para la mirada del protomoderno Buñuel, todavía no han cambiado las profundas geografías hispanas, cosa que demuestra emblemáticamente el cineasta refiriendo cada uno de los gestos de aquellos sus actuales hurdanos a la teratología artística de enanos, monstruos, bufones y mujeres barbudas, en donde la pintura española del Siglo de Oro consigue testimoniar una visión del mundo turbulenta y ya para siempre dramática. España estaba aquí dada como diferente, y esa diferencia era teatralizada, dramatizada por el cineasta. Ni un atisbo, ni un asomo siquiera de modernidad, de tiempos nuevos, había llegado entonces, a la altura de los treinta, a ese hábitat monstruosamente retardatario de lo hurdano, que en cierto modo se convirtió, por la fuerza del discurso mitopoético que Buñuel sobre él traza, en un emblema, y más bien en un jeroglífico, del modo hispano de habitar la tierra. abandonando para siempre la senda de los Antes, en los años diez o doce, Azorín había románticos, fustiga al país francamente atrapodido exhibir también con la filigrana de su sado, bautizándolo, de modo genial, como La estilo y en los primores de lo vulgar hispano península pentagonal, queriendo resumir en una descripción cumplida del ambiente triesa figura de cerramiento del orden geomédentino en que se desenvolvían las capitales trico, cuanto en ella se circunscribía de pasaespañolas en los días grandes de las festividatismo en torno a las huellas de un viejo orden des eclesiásticas. Rindiéndose, como por fósil. entonces lo hacían los máximos escritores del -XXIX29 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672

Coop Himmelblau Open House, Malibu (1992). -XXXVI-