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Pa a habla del es ado de la lengua española en el siglo
XVIII hemos de pa i de una e idencia que nunca con iene ol i-
da : que una lengua es un o ganismo i o en pe manen e e olu-
ción. Y en pocos o ganismos se e leja con an a exac i ud la ieja
idea de He ácli o del mundo como cambio, has a el pun o de que
incluso aquellas lenguas que me a ó icamen e llamamos “mue -
as” no siemp e lo son, en igo , po su desapa ición o al sino po -
que han e olucionado con i iéndose en o as lenguas di e en es,
c is alización úl ima de sus asgos iniciales, some idos en el co e
de los iempos a un p oceso ans o mado que alumb a siglo as
siglo, año as año y día as día, nue as opciones comunica i as.
“O inno a si o pe i e”, dice el p o e bio i aliano. Lo que no cam-
bia, pe ece, y eso es al ez lo que ha podido sucede con cien os
de lenguas que han desapa ecido el mundo po que la eliminación
ísica de sus hablan es o una excesi a endogamia ce cena on sus
posibilidades de ans o mación. El la ín, esa lengua de la que de-
i a nues o idioma, no es á en e dad “mue a” sino ealizada en
el cu so de la his o ia en las di e en es opciones comunica i as de
la Romania. Po eso pudo deci Dámaso Alonso que la lengua de
los millones de españoles e hispanoame icanos de hoy no es o a
cosa que “el la ín del siglo XX”, la exp esión ac ual de lo que en la
España omana hablaban nues os an epasados.
Nues a lengua es á i a. Es como una esponja que lo ab-
so be odo, que lo e leja odo. Y po ello ha de es a siemp e
la lenGua li eRaRia en iemPoS de
Jo ellanoS
Po ROGELIO REYES CANO
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some ida al cambio. Lo es amos comp obando día as día noso-
os mismos en nues o ámbi o de con i encia. ¡Cuán o nos cues a
a eces econoce nos en el léxico o en los usos aseológicos de los
jó enes, o nos esul an chocan es an as oces nue as como hoy nos
en an po el camino de la in o má ica, la ele onía mó il, el depo -
e, la polí ica, el pe iodismo o simplemen e el habla de la calle! En
un p ime momen o ecibi emos esas no edades con un pun o de
so p esa y has a de escep icismo. Y puede, en e ec o, que muchas
de ellas sean an e íme as que no me ezcan más a ención. O as,
sin emba go, acaba án p ospe ando, inc us ándose en el sis ema de
la lengua, y e mina emos po acep a las. Nues a lengua es á i a.
Eso es lo que ha sucedido siemp e en el cu so del iempo y lo que sin
duda con inua á sucediendo mien as el mundo exis a. No hay quien
le ponga pue as al campo de la lengua ni sea capaz de some e la a
leyes ígidas desde ningún pode ex e no a la lengua misma: ni des-
de la polí ica ni siquie a desde el pode cul u al. A lo más que puede
llega se, como hacen las academias, es a suge i no mas de buen
en endimien o, a aconseja los usos más azonables pa a p opicia
la in eligibilidad en e los hablan es. Pe o el español del u u o se á,
sin duda, el que sus hablan es quie an que sea.
En los p ime os siglos medie ales el cas ellano e mi-
nó imponiéndose en la Península Ibé ica no an o po azones
polí icas o de p es igio cul u al y li e a io - que ambién- sino
sob e odo po su uncionalidad y su u ilidad como “lengua an-
ca”, es deci , como ins umen o común de comunicación en e
los habi an es de los di e en es einos. Y es lo que segui á ocu-
iendo hoy a pesa de odos los es ue zos en con a io de los
nacionalismos. Todo idioma que se cuece en sí mismo acaba po
anquilosa se y e ocede , o se á bu lado po sus p opios hablan-
es como necesidad impe iosa pa a comunica se con sus eci-
nos. El español ac ual unciona como e dade a “lengua anca”
pa a más de cua ocien os millones de hablan es, muchos de los
cuales hablan a su ez o as lenguas de meno alcance, y has a
a sus más ecalci an es ad e sa ios les se á imposible igno a
esa ealidad. Leía yo hace pocos días en la p ensa que muchos
jó enes de una egión española con lengua p opia que habían
sido adoc inados desde la in ancia en la igno ancia – cuando no
en el desp ecio- del español, al llega a cie a edad – los ca o ce
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o quince años- eían en sus casas no los p og amas ele isi os
“polí icamen e co ec os” de la cadena au onómica sino la a-
iedad de o e as en cas ellano, pa a ellos más a ac i as, que le
suminis aban o as cadenas nacionales. Es deci , el “lad ón” –
en es e caso la lengua- había sido expulsado po la pue a pe o
se había colado de nue o po la en ana. Y es que, como odo en
la ida, un idioma “o c ece o mue e”, y eso es lo que ha pasado
ambién, cla o es á, con el español del siglo XVIII del que quie-
o habla les a con inuación.
Y pa a ello quie o pa i de lo que esc ibió el gadi ano
José Cadalso en una de sus Ca as Ma uecas:
“el lenguaje – dice- se muda al mismo paso que las cos-
umb es, y es que, como las oces [es deci , las palab as]
son in enciones pa a ep esen a las ideas, es p eciso que
se in en en palab as pa a explica la imp esión que hacen
las cos umb es nue amen e [es deci , ecien emen e] in-
oducidas”.
(Cadalso, Ca as Ma uecas, XXXV)
Cuando Cadalso habla aquí de las cos umb es que impul-
san la e olución de una lengua se es á e i iendo en sen ido am-
plio a odos los que hoy llama íamos “cambios sociales”, sea en
el o den del pensamien o, las c eencias, la polí ica, la sociedad,
las ciencias o el sis ema de alo es de una comunidad. Sabe muy
bien que el español de su iempo poco iene ya que e con el de
los pasados siglos medie ales y ni siquie a con el de la época
ba oca, an denos ada po los mejo es au o es de la Ilus ación.
En e ec o, en el siglo XVII el modelo lingüís ico – has a
en onces aco de con el ideal de equilib io y a monía del Renaci-
mien o- su i á una impo an e ans o mación. El Ba oco apo -
a una obsesi a a ención po el es ilo que consegui á excelen es
log os en el campo de la imagine ía poé ica – como es el caso de
Góngo a.- y en el discu so p osís ico – como en El Buscón de
Que edo. Pe o la lengua li e a ia se ha á cada ez más compli-
cada, di ícil y has a a i iciosa. España consigue el ni el más al o
de oda su his o ia li e a ia, pe o a inales del siglo los modelos
eu opeos iban ya po o o camino.
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Muy di e en e e a ambién el es ado de la nación espa-
ñola. El país que había os en ado la hegemonía polí ica y mili a
a lo la go de casi siglo y medio se encon aba ya en anca deca-
dencia, pe o seguía siendo aún una po encia impo an e. Había
pe dido buena pa e de sus dominios en Eu opa pe o conse aba
odas las colonias ame icanas. Ca los II el Hechizado, el úl imo
de las Aus ias, de na u aleza débil y en e miza, no ue capaz de
di igi con mano i me el imón del Es ado y mo i ía en el año
1700 sin he ede o, La Gue a de Sucesión en e 1701 y 1714
nos ae ía, como es bien sabido, a Felipe de Anjou, nie o de Luis
XIV de F ancia, que eina ía con el nomb e de Felipe V. Con él
en aba en España la Casa de Bo bón y odo el peso polí ico y
cul u al del país ecino.
¿Pe o qué ocu ía mien as an o con la lengua li e a ia?
Que pe sis ían los peo es icios exp esi os del Ba oco de los
epígonos de Que edo, Calde ón o Góngo a, ca en es del alen o
de sus maes os. Incluso en el ea o, géne o que iene mucho de
i o social, el pueblo de Mad id eclamaba encendido los más
uculen os d amones de un al Comella, un pésimo discípulo
de Calde ón, mien as que los p ime os ilus ados se a anaban
inú ilmen e po acionaliza las comedias in oduciendo en ellas
la p osa y e lejando los con lic os de la co idianidad. Y has a
llega on, ya asen ados en los pues os de pode du an e el einado
de Ca los III, a oma una inicia i a que hoy nos pa ece ía incon-
cebible: p ohibi po dec e o en la Gace a de Mad id – el Bole ín
O icial del Es ado de en onces-, la ep esen ación de au os sa-
c amen ales en el Co pus y o as ies as eligiosas, alegando no
sólo azones ideológicas sino ambién es é icas, ya que es ima-
ban que en los au os se concen aban los mayo es excesos de la
d ama u gia ba oca. Todo sea “po el bien del pueblo”, aunque
ese pueblo enga o os gus os di e en es. Pu o despo ismo ilus-
ado aplicado en aquella España bo bónica a un ámbi o an lib e
y an pe sonal como e a la es é ica li e a ia y a un géne o – los
au os sac amen ales- que a la gen e sencilla le gus aba e en las
plazas públicas o en los a ios de las iglesias.
Pe o en el campo de la lengua esas éli es del XVIII lle-
aban azón. Su disc epancia con el amane amien o pos ba oco
y su oposición on al a lo que ellos conside aban deg adan e
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apo aban una no a de lucidez en medio de an a con usión. La
ex a agancia había in adido el lenguaje y has a los mismos
í ulos de los lib os, hinchados y g o escos en un g ado que hoy
nos pa ece insóli o. Ra ael Lapesa nos o ece dos au én icas pe -
las en su His o ia del español. Veámoslos. El p ime o, de emá-
ica eligiosa, eza así: T ompe a e angélica, al ange apos ólico
y ma illo de pecado es. El o o, de di e imen o li e a io, se i-
ulaba nada menos que odo es o: Caxón de sas e li e a io, o
pe cha de maule o e udi o, con muchos e ales buenos, mejo es
y medianos, ú iles, g aciosos y hones os, pa a e i a las unes as
consecuencias del ocio.
No hace al a deci más. E a lógico que los mejo es espí i-
us del momen o salie an al paso de an a abe ación. Uno de ellos,
el aile benedic ino F ay Beni o Feijoo, que desde su con en o as-
u iano obse aba con ojos inquisi i os y ape u a de ideas lo que
es aba sucediendo en su pa ia, diagnos icó con agudeza el es ado
del cas ellano li e a io de su iempo. Con iene ija se a en amen e
en sus palab as po que suponen una impo an e p opues a de mo-
de nidad. Pe enecen a su Tea o C í ico Uni e sal (1726-1739):
“Consis e la p opiedad del es ilo – dice- en usa
de las locuciones más na u ales y más inmedia amen-
e ep esen a i as de los obje os. En es a pa e, si se
hace el co ejo en e esc i o es mode nos, no puedo ne-
ga que po lo común hacen en aja los anceses a los
españoles. En aquéllos se obse a más na u alidad; en
és os más a ec ación. Son sus esc i os como ja dines
donde las lo es espon áneamen e nacen; no como
lienzos donde es udiosamen e se pin an. En los espa-
ñoles picados de cul u a dio en eina de un iempo
a es a pa e una a ec ación pue il de opos e ó icos,
po la mayo pa e ulga es, una mul i ud de epí e os
sinónimos, una colocación iolen a de oces pompo-
sas, que hacen el es ilo, no glo iosamen e majes uoso,
sí asque osamen e en umecido. A que añaden muchos
una eme a ia in oducción de oces ya la inas, ya
ancesas, que debie an se decomisadas como con a-
bando el idioma. El emp és i o de oces que se hacen
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unos idiomas a o os es sin duda ú il a odos y ninguno
hay que no se haya in e esado en es e come cio. La
lengua la ina queda ía en un á ido esquele o si le hi-
ciesen es i ui odo lo que debe a la g iega; la heb ea,
con se mad e de odas, de odas he edó después algu-
nas oces, como a i ma San Je ónimo. Pe o cuando el
idioma na i o iene oces p opias, ¿pa a qué se han de
sus i ui po ellas las del ajeno? Ridículo pensamien o
el de aquellos que, como no aba Cice ón en un amigo
suyo, con oces inusi adas juzgan log a opinión de
disc e os. Ponen po medio el no se en endidos pa a
se epu ados po en endidos...
A in ini os españoles oigo usa la oz ema cable
diciendo: “Es un suceso ema cable, una cosa ema -
cable”. Es a oz ancesa no signi ica ni más ni menos
que la cas ellana no able ; así como la oz ema que, de
donde iene ema cable, no signi ica ni más ni menos
que la oz cas ellana no a, de donde iene no able. Te-
niendo, pues, la oz cas ellana la misma signi icación
que la ancesa, y siendo, po o a pa e, más b e e y de
p onunciación menos áspe a, ¿no es ex a agancia usa
de la ex anje a, dejando la p opia?”
Como us edes hab án comp obado, más allá de algunas cu io-
sas a i maciones que deno an en exceso su iliación cle ical ( como
la idea de la lengua heb ea como o igen de odas según la au o idad
de San Je ónimo) e incluso de algún que o o desliz e ó ico de
u o ba oco (po ejemplo, ese pa alelismo an i é ico de la ase “no
glo iosamen e majes uoso, sí asque osamen e en umecido”), lo que
Feijoo es á e lejando en es e ex o es su desp ecio a las exage acio-
nes del español li e a io de inales del XVII y comienzos del XVIII
– sob e odo en su o ien ación cul e ana- y un ideal de na u alidad
exp esi a cuyo modelo es aba, como más adelan e e emos, en la
lengua ancesa de su iempo. Cuando habla de “una mul i ud de
epí e os sinónimos “ y de “una colocación iolen a de oces sinó-
nimas” se es á e i iendo a la p ác ica de la adje i ación pu amen e
deco a i a y al abuso del hipé ba on de los gongo inos. Y cuando
denuncia la “mul i ud de opos e ó icos”, al abuso de la imagine ía
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cul e ana. Feijoo se desliga de oda ampulosidad y eclama, dicho
sea en é minos coloquiales, una au én ica economía lingüís ica: que
cada palab a designe con p opiedad y concisión el obje o que ep e-
sen a. Y sin se un pu is a ni nega se a la in oducción de p és amos
ex anje os, los ese a á sólo, con muy buen sen ido, a aquellos
casos es ic amen e indispensables.
En esa misma línea de sensa a oposición a los modelos lin-
güís icos del Ba oco que inaugu a Feijoo en los albo es del XVIII
se si ua án, ya en la segunda mi ad del siglo, los ingenios más
no ables de la Ilus ación española. Un ejemplo muy cla o es el de
Cadalso, que en el cu so de sus Ca as Ma uecas exp esa á una y
o a ez su p eocupación po el es ado de la lengua española. Re-
co demos que Nuño, el español amigo del mo o Gazel, es á esc i-
biendo un dicciona io en el que las palab as no alseen la ealidad
y si an pa a nomb a con p opiedad las nociones y los obje os
que ealmen e designan, no el sen ido eu emís ico que la apa ien-
cia social les o o ga. Pa a ello es obligado esc ibi con p opiedad,
p ecisión y cla idad, ace cándose a la na u alidad del siglo XVI y
soslayando el a i icio del XVII, un siglo li e a iamen e maldi o:
“¿Quién c eye a que la lengua enida uni e salmen e
po la más he mosa de odas las i as dos siglos ha, sea
hoy una de las menos ap eciables? Tal es la p isa que se
han dado a echa la a pe de los españoles. El abuso de su
lexibilidad, digámoslo así, la poca economía en igu as
y ases de muchos au o es del siglo pasado, y la escla-
i ud de los aduc o es del p esen e a sus o iginales, han
despojado es e idioma de sus na u ales he mosu as, cua-
les e an laconismo, abundancia y ene gía. Los anceses
han he moseado el suyo al paso que los españoles lo han
des igu ado. Un pá a o de Vol ai e, Mon esquieu y o os
coe áneos iene al abundancia de las es he mosu as e-
e idas, que no pa ecía cabe en el idioma ancés; y sien-
do an e io es con un siglo y algo más los au o es que han
esc i o en buen cas ellano, los españoles del día pa ecen
habe hecho asun o o mal de humilla el lenguaje de sus
pad es. Los aduc o es e imi ado es de los ex anje os
son los que más han lucido en es a emp esa. Como no sa-
ben su p opia lengua, po que no se si en oma el abajo
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de es udia la, cuando se hallan con alguna he mosu a en
algún o iginal ancés, i aliano o inglés, amon onan gali-
cismos, i alianismos y anglicismos [...]
C eyendo la ansmig ación de las a es an i memen e
como c ee la de las almas cualquie a buen pi ago is a, he c eí-
do e en el cas ellano y la ín de Luis Vi es, Alonso Ma amo-
os, Ped o Ci uelo, F ancisco Sánchez llamado el B ocense,
Hu ado de Mendoza, E cilla, F ay Luis de G anada, F ay
Luis de León, Ga cilaso, A gensola, He e a, Ála a, Ce an-
es y o os , las semillas que an elizmen e han cul i ado los
anceses de la mi ad úl ima del siglo pasado, de que an o
u o han sacado los del ac ual.
(Cadalso, Ca as Ma uecas, XLIX, 1789, pós umas)
Lo que dice Cadalso en es a ca a es de sumo in e és. Po
una pa e, coincide con Feijoo en su ap eciación del buen an-
cés de su iempo y en sus c í icas a los que imi an en demasía
el lenguaje ba oco. Cuando habla del “abuso de lexibilidad” se
es á e i iendo sin duda al hipé ba on, y cundo denuncia la “poca
economía de igu as y ases de muchos au o es del siglo an e io ”
es á aludiendo al exceso de imagine ía e ó ica: igu as y opos
en demasía. Pe o po o a in oduce una e lexión nue a, a sabe :
que esos alo es del ancés (“laconismo, abundancia y ene gía”)
ya es aban p esen es en el español del siglo XVI. Había, pues, que
sal a po encima del Ba oco y busca la excelencia del español en
los modelos enacen is as, en el canon del “esc ibo como hablo”
de Juan de Valdés. Con iene eco da que ue on los ilus ados
quienes o mula on la noción de “Siglo de O o” pa a designa un
iempo de esplendo de la li e a u a española. Pe o lo que en en-
dían ellos po al no e a el siglo XVII (con las g andes igu as
de Lope, Calde ón o Que edo, que ellos no es imaban en mucho)
sino el XVI, con Ga cilaso y F ay Luis como modelos excelsos.
De ahí que las “au o idades” del buen cas ellano esg imidas po
Cadalso pe enezcan casi odas- como us edes acaban de e - a
ese siglo, quizá con la excepción de Ce an es, cuya llaneza en
el modo de esc ibi lo lib aba del in ie no en que penaban igu-
as como Góngo a, Que edo, Lope, Calde ón, Ma eo Alemán...,
que el au o gadi ano ni siquie a se digna menciona . Pa a emula
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al buen ancés de su iempo había que mi a , po lo an o, hacia
a ás, hacia el au én ico Siglo de O o, al buen español del siglo
XVI, p eciso, lacónico, límpido y ené gico.
Cadalso, pues, como an es había hecho Feijoo, man iene una
posición sumamen e equilib ada espec o al galicismo en un mo-
men o en que la in luencia ancesa comienza a inunda los usos y
cos umb es de los españoles, sob e odo en las clases más ele adas
y en los cí culos más snobis as. Se bailaba el minue , se usaban las
empol adas pelucas enidas de allende los Pi ineos; se pusie on de
moda los salones, la gas onomía ancesa... y has a una ipología
especí ica: el aba e píca o y e de ón siemp e al acecho as las
co inas de las es ancias nobilia ias; el idículo pe ime e, an iguo le-
chugino o pisa e de de nues as comedias del Siglo de O o, ambién
a la page, al úl imo g i o de la moda en pun o a es imen a y a la
p ác ica del co ejo amo oso o chichisbeo; la a is oc á ica madama,
seño a de la casa, impulso a del más pu o i ual ancés sob e la clá-
sica g a edad española de los Aus ias. Y na u almen e, el p u i o
de habla en ancés o, lo que e a aún peo , salpica de é minos an-
ceses el sis ema sin ác ico del cas ellano. Algo pa ecido había ocu-
ido a comienzos del XVI con el i aliano en e los españoles cul os.
Y aunque en aquella ocasión España dominaba en la polí ica, e a
sin emba go I alia, cul u almen e supe io , la que se imponía en los
ambien es li e a ios, y esul aba de buen ono maneja su lengua.
Hoy, como bien sabemos, i imos bajo el impe io del anglicismo,
que inunda muchas pa celas de la ida social.
En la España del XVIII asis i emos, pues, al enómeno co-
nocido con el nomb e de galicismo, opues o en su o mulación a
o o enómeno eac i o pa alelo :el cas icismo. Galicismo y cas-
icismo cons i uyen los dos ex emos del uso li e a io del español
que los mejo es esc i o es del XVIII (Feijoo, Cadalso, Jo ellanos,
Mo a ín...) se es ue zan con oda azón po e i a . El galicismo,
como e emos luego, e a sob e odo un p oduc o del esnobismo
ju enil y co esano, el deseo de ala dea de la lengua de moda.
Se eía en onces como un signo de p og eso y de mode nidad, de
sin onía con la supe io idad polí ica y cul u al de F ancia. Tam-
bién como un cauce legí imo de pene ación de la e minología de
la llamada ciencia nue a, es deci , del pensamien o cien í ico de
acionalis as anceses y empi is as ingleses. Y e an po lo gene-
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