Realidad, sueño y u opía en La isla desie a.
Un ace camien o al mundo
ea al de Robe o A l
José Manuel Camacho Delgado
Depa amen o de Filologías In eg adas,
Uni e sidad de Se illa
En la ob a li e a ia del esc i o a gen ino Robe o A l , la imaginación no condu-
ce a los pe sonajes a la libe ación, sino a la de o a de ini i a. Su ea o es á lleno de
c ia u as mise ables que a an de sob epone se inú ilmen e a los con inuos encon ona-
zos con la ida co idiana. Sus ob as con emplan nume osos desdoblamien os imagina i-
os que pe mi en al au o in oduci di e en es ni eles en la icción y plan ea el ea o
den o del ea o. En La isla desie a, una de sus piezas más b e es y ep esen adas, los
pe sonajes de una is e o icina po ua ia expe imen an un cambio adical en sus idas
cuando dejan de abaja en un só ano y son asladados a la décima plan a de un inmue-
ble. Allí, a a és de un inmenso en anal, son eclamados po un sin ín de en aciones
que se encuen an más allá del mundo g is de la o icina. Los empleados descub en los
bene icios de la luz na u al, la llegada de los buques, el bullicio de la calle, los eclamos
de la libe ad, elemen os que acaban deses abilizando la u ina adminis a i a. No obs-
an e, es el ela o de uno de los pe sonajes, el mula o Cip iano, cuya memo ia es esen-
cialmen e li e a ia, el que a as a al es o de los o icinis as a la ensoñación y a la con-
siguien e de o a.
En el mundo li e a io de Robe o A l la ensoñación no si e pa a edi-
mi al homb e, sino pa a condena lo. Los con inuos desdoblamien os ima-
gina i os que con empla su ob a si en pa a sume gi a sus pe sonajes en
una ealidad de ca ás o e donde no hay ál ulas de escape, ni pun os de
uga po los que aspi a a una si uación mejo que no sea el pequeño y g an
desas e de la ida co idiana. En es e sen ido la d ama u gia de Robe o A l
insis e en los emas ya desa ollados y consag ados en sus cuen os y no e-
las, c eando una gale ía de pe dedo es que a an de sob e i i an e las con-
inuas hos ilidades de una ealidad implacable con los más débiles.1En su
uni e so li e a io la imaginación no es lib e ni g a ui a. Tampoco iene un
sen ido democ a izado . Las c ia u as mise ables es án condenadas a ene
sueños mise ables po lo que oda o ma de ensoñación se acaba con i -
1 Pa a una sín esis de los emas y mo i os más ecuen es en la li e a u a de Robe o A l
éanse los abajos de Aden W. Hayes: Robe o A l : la es a egia de su icción. Lond es, Thamesis,
1981, y Ri a Gnu zmann: Robe o A l o el a e del calidoscopio. Bilbao, Se icio Edi o ial Uni e sidad
del País Vasco, 1984.
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iendo en un espejo cónca o que de uel e aún más de o mada la imagen
g o esca de la ealidad.2
La isla desie a (1937) es oda ía hoy la ob a más ep esen ada de
Robe o A l .3En es a ci cuns ancia in e ienen nume osos ac o es, como
es la b e edad del ex o, en un solo ac o, cuya lec u a indi idual es equipa-
able a la de un ela o co o; la accesibilidad de los elemen os écnicos que
hacen posible su ep esen ación y la p opia na u aleza de la ob a, que la
con ie e en una sín esis pe ec a del ea o a l iano. Una ob a en donde se
aúnan pe ec amen e ealidad y an asía, co idianidad y ensoñación, deseo
y us ación. Al igual que ocu e con el conjun o de su d ama u gia, el
desa ollo a gumen al se mue e siemp e en un doble plano: el de la eali-
dad mise able de los pe sonajes y el de los sueños que es os son capaces de
cons ui y que no son más que la p olongación de sus us aciones. Si a
como ejemplo pa adigmá ico el o ecido en su ob a T escien os millones
(1932) en donde la p o agonis a, una mucama a la que le ha co espondido
una he encia de 300 millones con cincuen a y es cen a os, es incapaz de
imagina se una ida eliz con an o dine o. A di e encia de la Fábula de la
leche a de La Fon aine, en la que es á inspi ada pa cialmen e la ob a, la si -
ien a mu ila cualquie cona o imagina i o, impidiendo la cons ucción de
un mundo eliz y placen e o en el que ella sea la e dade a p o agonis a.
Po el con a io, la icción que cons uye al ededo de la he encia esul a
uculen a y só dida, y en ella cada mo i o pa a el dis u e se con ie e en
causa de dolo y desespe anza.4
La ealidad de la o icina
Siguiendo con los desdoblamien os imagina i os que pe mi e la d a-
ma u gia de A l , La isla desie a5p esen a di e en es ni eles de lec u a que
an desde la ealidad a la ensoñación de los pe sonajes. La acción de la
2 Da id P. Russi: “Me a hea e: Robe o A l ’s Vehicle owa d he Public’s Awa eness o an
A Fo m”, La in Ame ican Thea e Re iew, Kansas, Fall 1990, 24/1, págs. 65-75.
3 Mi a A l , hija del esc i o , y Oma Bo é conside an que el an eceden e de es a pieza, cali-
icada po el esc i o como bu le ía, es un agua ue e publicado en 1928 y que lle a po í ulo
Di agaciones ace ca del empleado. En Pa a lee a Robe o A l , Buenos Ai es, To es Agüe o Edi o ,
1984, págs. 94 y 96.
4 Pa a una pano ámica gene al de su ea o, éase el lib o de Raúl H. Cas agnino: El ea o
de Robe o A l . Buenos Ai es, 1970.
5La isla desie a en Ob a Comple a, Buenos Ai es, Ediciones Ca los Lohlé, 1981, omo 2,
págs. 545-556. En adelan e las ci as apa ecen en el p opio ex o.
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ob a anscu e en una o icina de aduanas localizada en la décima plan a de
un edi icio uncional que es á p óximo al pue o de la ciudad (suponemos
que Buenos Ai es). El espacio escénico apa ece ca ac e izado en la aco a-
ción como una “o icina ec angula blanquísima, con en anal a odo lo
ancho del salón, enma cando el cielo in ini o caldeado en azul” (pág. 547).
En su in e io encon amos a los empleados, “desdichados” de la bu oc a-
cia adminis a i a, quienes pasan buena pa e de sus idas enco ados
sob e mon añas de papeles y alba anes en un abajo inaba cable. El mun-
do g is y cuad iculado de la o icina con as a con lo que sucede más allá de
los en anales: la llegada pe iódica de ba cos de odos los onelajes, cuya
inminen e p esencia iene anunciada po el pi ido de las si enas.
El con as e en e el mundo in e io y ex e io iene exp esado po las
aco aciones. Es os segmen os d amá icos, más allá de cualquie in o ma-
ción écnica, p opia del ex o espec acula ,6con ibuyen a c ea un espacio
psicológico en el lec o :
“F en e a las mesas esc i o ios, dispues os en hile a, como eclu as, abajan, inclina-
dos sob e las máquinas de esc ibi , los empleados. En el cen o y en el ondo del
salón, la mesa del JEFE, emboscado as unas ga as neg as y con el pelo co ado
como la pelamb e de un cepillo. Son las dos de la a de, y una ex ema luminosidad
pesa sob e es os desdichados simul áneamen e enco ados y eco ados en el espacio
po la desolada sime ía de es e salón de un décimo piso” (pág. 547).
(...)
“Nue amen e hay o o minu o de silencio. Du an e es e in e alo pasan chimeneas de
buques y se oyen las pi adas de un emolcado y el b onco pi o de un buque.
Au omá icamen e odos los EMPLEADOS ende ezan las espaldas y se quedan mi an-
do la en ana” (pág. 547).
A a és del eno me en anal de la o icina los empleados eciben la
sensación g a i ican e de la luz del sol, con e ida en un símbolo posi i o
en e a la oscu idad de la ida co idiana. Pe o no es sólo la luz na u al un
elemen o dis o sionado en el mundo de la o icina: ambién lo es el sonido
de los buques que anuncian su llegada a pue o, p oceden es de ie as leja-
nas que son concebidas po los o icinis as como geog a ías imposibles e
inalcanzables. Los empleados abajan ho a as ho a sopo ando la en a-
ción que supone el llamamien o de los buques. Sus pi idos ecue dan al
can o de las si enas y como los pe sonajes de la epopeya clásica, los o ici-
nis as end án que esis i a los eclamos de la libe ad. Todos esos mundos
6 Véase la ob a de Fe nando de To o: Semió ica del ea o. Del ex o a la pues a en escena.
Buenos Ai es, 1987.
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posibles que es án más allá del g an en anal de la o icina eje cen sob e los
empleados una ue za i esis ible, un magne ismo que los a anca de la ul-
ga idad de sus idas y hacen de la ensoñación un bas ión en e a la medio-
c idad y la u ina.
A pesa de la iqueza de ma ices de las aco aciones, los pe sonajes no
es án ca ac e izados de o ma indi idual, sino colec i a, a a és de la ca e-
go ía labo al. Sal o el caso del mula o Cip iano, los o icinis as, homb es
y muje es, no ienen os o, ni asgos ísicos, ni siquie a una mane a pa i-
cula de es i . Su ca ac e ización iene dada po la p o esión que desem-
peñan: son empleados de aduanas con unos sueldos an bajos como la p o-
pia au oes ima. El a uendo con que se p esen a an e el espec ado (y lec o )
debe se g is y pob e, aco de con las expec a i as de sus idas. Son además
pe sonajes a que ípicos, cuyo ca ác e gene al iene dado po la ausencia
delibe ada de nomb es p opios. Así, encon amos a El Je e, los empleados
1.º y 2.º, las empleadas 1.ª, 2.ª y 3.ª y el Di ec o . Los únicos pe sonajes que
ienen nomb e y algún asgo singula son Manuel y Ma ía, o icinis as de
oda la ida que an a come e el e o de soña con una isla desie a, dan-
do así nomb e a la ob a. Son ellos quienes más se equi ocan en el cumpli-
mien o del abajo como consecuencia de los eclamos que es án más allá
del en anal:
MANUEL.—No es posible abaja aquí.
EL JEFE.—¿No es posible abaja aquí? ¿Y po qué no es posible abaja aquí?
(Con len i ud) ¿Hay pulgas en las sillas? ¿Cuca achas en la in a?
MANUEL (poniéndose de pie y g i ando).—¡Cómo no equi oca se! ¿Es posible no
equi oca se aquí? Con és eme. ¿Es posible abaja sin equi oca se aquí?
EL JEFE.—No me al e, Manuel. Su an igüedad en la casa no lo au o iza a an o. ¿Po
qué se a eba a?
MANUEL.—Yo no me a eba o, seño . (Señalando la en ana). Los culpables de que
nos equi oquemos son esos maldi os buques.
EL JEFE (ex añado).—¿Los buques? (Pausa) ¿Qué ienen los buques?
MANUEL.—Sí, los buques. Los buques que en an y salen, chillándonos en las o e-
jas, me iéndosenos po los ojos, pasándonos las chimeneas po las na ices. (Se
deja cae en la silla) No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS.—Don Manuel iene azón. Cuando abajábamos en el sub-
suelo no nos equi ocábamos nunca.
MARÍA.—Cie o; nunca nos sucedió es o.
EMPLEADA 1.ª—Hace sie e años.
EMPLEADO 1.º—¿Ya han pasado sie e años?
EMPLEADO 2.º—Cla o que han pasado.
TENEDOR DE LIBROS.—Yo c eo, je e, que es os buques, yendo y iniendo, son
pe judiciales pa a la con abilidad (pág. 548).
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A la oposición in e io -ex e io de la o icina iene a suma se o a
dico omía impo an e: la e iciencia del pasado en e a la inope ancia del
p esen e. Las en aciones que habi an a ue a del edi icio son malas pa a el
buen uncionamien o de la o icina. La luz del sol, el ai e esco, el sonido
de los buques son elemen os noci os que dis aen la a ención y dislocan la
e icacia adminis a i a. F en e al deso den con que se inicia la ob a, el
pasado ep esen a el o den y la disciplina, lejos de los eclamos de cual-
quie o ma de an asía. En el sub e áneo del edi icio no hay silbidos de
ba cos, ni ai e pu o, ni luz na u al, sino silencio, ai e iciado y luz a i i-
cial; po ello, nada puede dis ae la a ención de los o icinis as. Pa a el
Empleado 1.º “Uno es aba allí an anquilo como en el ondo de una um-
ba” (pág. 550) y Manuel a i ma que allí se sen ían “como una lomb iz soli-
a ia en un in es ino de cemen o” (pág. 554). Ascende al décimo piso del
bloque de o icinas no es sólo una o ma de subi ísicamen e, sino sob e
odo espi i ualmen e. La isión que ienen del pue o, de las calles y de los
buques los ace ca a una ealidad que ha es ado ue emen e ep imida y que
acaba p esen ándose como un deseo, como una ensoñación.
El mula o Cip iano
El pe sonaje que se enca ga de conec a el mundo in e io con el ex e-
io , y el pasado con el p esen e es el mula o Cip iano. Aunque conocemos
su nomb e, és e siemp e iene señalado an es de sus in e enciones como
“mula o”, lo que le con ie e un asgo dis in i o con espec o a los o os pe -
sonajes de la o icina. Su colo ep esen a el mes izaje, la usión, la sín esis
y el sinc e ismo. Pe o ambién ep esen a un elemen o pe u bado en el
mundo de los empleados “blancos” po cuan o su concep o de la ida y de la
libe ad es á lejos de los usos eu opeís as pa a en onca con el modus i en-
di de las cul u as neg oa icanas. A l lo p esen a como un “MULATO, sim-
ple y complicado, exquisi o y b u al, y su oz po momen os pe suasi a”
(pág. 550). Es amos an e un pe sonaje que ep esen a una o alidad y un
sen ido global de las cosas. En ealidad, más que una c ia u a singula con
asgos p opios, su cons ucción obedece a adiciones li e a ias di e sas y
su memo ia no es la de un homb e no mal, sino la de un a que ipo: Cip iano
ep esen a al iaje o u ópico de la li e a u a y la his o iog a ía colonial.
Ves ido con “uni o me colo de canela” (pág. 550), Cip iano es el
o denanza que lle a y ae los ecados de la o icina. Es el único que puede
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en a y sali del edi icio en ho as de abajo (y de sol) po lo que su p e-
sencia si e pa a conec a las dos ealidades. Sin emba go, Cip iano no es
un pe sonaje pasi o y sumiso como pod ía suponé sele po su condición de
o denanza, sino que es un homb e ebelde y su ca ác e ins igado a a
pone en uncionamien o la pequeña agedia i ida po los o os pe sona-
jes.7El mula o se p esen a an e sus compañe os como un e dade o expe -
o en la ciencia náu ica: conoce el onelaje y calado de los buques, el eco-
ido que ealizan, el as ille o en el que ue on cons uidos, el día que los
bo a on y odo lo e e en e al a e de ma ea . Según in o ma, ha sido “g u-
me e, la apla os, ma ine o, cocine o de ele os, maquinis a de be gan i-
nes, imonel de sampanes, con amaes e de paquebo es...” (pág. 551).
A eno de sus conocimien os me ece ía se ingenie o na al o capi án de
aga a, a pesa de la inc edulidad, e incluso la bu la, con que los o os pe -
sonajes oyen el ela o de su expe iencia ma ine a:
MULATO (sin mi a al que lo in e umpe).—Desde los sie e años que doy uel as
po el mundo, y ju o que jamás en la ida me he is o en e chusma an insigni i-
can e como la que engo que a a a eces...
MARÍA (a EMPLEADA 1.ª).—A buen en endedo ...
MULATO.—Conozco el ma de las Indias. El Ca ibe, el Bál ico... has a el océano
Á ico conozco. Las ocas, ecos adas en los hielos, lo mi an a uno como muje es
abu idas, sin mo e se...
EMPLEADO 2.º—¡Che, debe hace un esco bá ba o po ahí!
EMPLEADA 2.ª—Cuen e, Cip iano, cuen e. No haga caso.
MULATO (sin ol e se).—A iada es a ía la luna si u ie a que hace caso de los
pe os que lad an. En un sampán me he eco ido el Ganges. Y había que e los
cocod ilos que nos seguían...(pág. 551).
La memo ia de Cip iano es a que ípica y esencialmen e li e a ia.
Conec a con la de los g andes iaje os del pe iodo colonial, en e los que
cab ía des aca a An onio Piga e a, y en onca de o ma de ini i a con oda
la li e a u a u ópica que se desa olla al calo de los g andes descub imien-
os geog á icos ealizados a lo la go de los siglos XVI y XVII. Cip iano
habla de luga es pa adisíacos, a mi ad de camino en e la A cadia clásica
y la U opía (1516) de Tomás Mo o:
7 Raúl H. Cas agnino ha esc i o al espec o: “La bu oc acia se desconcie a: el ho izon e
acuá ico, las chimeneas humean es de las na es, los más iles e guidos in i an a la ensoñación. Y a los
empleados sólo les bas a el es ímulo de un mula o en ado pa a imagina una isla pa adisíaca donde
i i una nue a edad de o o en ez de segui llenando p o idencias en manoseados expedien es de
ámi e. El absu do mágico y magia de lo absu do en an en juego”. Véase El ea o de Robe o A l ,
pág. 88.
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MULATO.—Allá no hay jueces, ni cob ado es de impues os, ni di o cios, ni gua -
dianes de plaza. Cada homb e oma a la muje que le gus a y cada muje al hom-
b e que le ag ada. Todos i en desnudos en e las lo es, con colla es de osas col-
gan es del cuello y los obillos ado nados de lo es. Y se alimen an de ensaladas
de magnolias y sopas de iole as.
TODOS.—Eh, eh...
EMPLEADA 2.ª—¡Eh! ¡Cip iano, que no nacimos aye !
MULATO.—Ju o que se alimen an de ensalada de magnolias.
TODOS.—No.
MULATO.—Sí.
EMPLEADO 2.º—Mucho... mucho...
MULATO.—Digo que sí. Y además los á boles es án siemp e ca gados de oda clase
de u a.
MANUEL.—No se á como la que uno comp a aquí, en la e ia.
MULATO.—Allá no. Cuelgan lib emen e de las amas y quien quie e, come, y quien
no quie e, no come... y po la noche, en e los g andes á boles, se encienden oga-
as y ocu e lo que es na u al que ocu a en e homb es y muje es
EMPLEADA 1.ª—¡Qué países, qué países!
MULATO.—Y digo que es muy saludable i i así lib emen e. Al o o día la gen e
abaja con más ánimo en los a ozales y si uno iene sed ( oma el aso de agua
y bebe), pa e un coco y bebe su deliciosa agua esca” (pág. 553).
El es imonio li e a io de Cip iano e oca el pa aíso pe dido, como
ocu e en el mundo u al de la A cadia o en la Edad de O o y e ie e el
anhelo de un u u o mejo , como ep esen a odo es imonio u ópico.
Aunque c ibado y cues ionado siemp e po la bu la de los o os o icinis as,
A l pone en manos de su pe sonaje una pun ada más en ese inmenso apiz
que ep esen an las sociedades ideales, como La ciudad del Sol (1602) de
Campanella, la Nue a A lán ida (1627) de F ancis Bacon, C is ianápolis
(1619) de Johann Valen in And eä o la Océana (1656) de James
Ha ing on.8En ese mundo ideal e insula , el homb e i e en pe ec a
a monía con el espacio na u al que le p opo ciona odo lo que necesi a pa a
su elicidad. El ópico del homo abe , capaz de sob e i i en comple a
au a quía y libe ad, con as a con el empleado que ha pe dido en la ma a-
ña adminis a i a su p opia iden idad. Es la u opía mes iza, o la nue a aza
cósmica, dominado a del Uni e sópolis, como la concibió el pensado
mexicano José Vasconcelos (1925) en su amoso ensayo de in e p e ación
de la sociedad ame icana.
8 Véanse las ob as de Fe nando Ainsa: La econs ucción de la U opía. México, Co eo de la
Unesco, 1999 y Louis Rougie : Del pa aíso a la u opía. México, F.C.E., 1984.
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Cip iano y los a uajes
El a uaje posee en odas las épocas una iquísima simbología. A lo
la go de la his o ia, la esc i u a de la piel ha enido un p o undo ca ác e
eligioso, como se desp ende del p opio Génesis bíblico,9pe o ambién ha
sido u ilizado como un signo de dis inción, sob e odo po pa e de los pue-
blos paganos y en la cul u a clásica. El o igen del a uaje se pie de en el
iempo y es an e io a cualquie es imonio esc i o. No obs an e, la palab a
“ a uaje” p ocede, según Co ominas, de la o ma polinesia “ a au” y ue
in oducida en Eu opa po los explo ado es Cook y Bougan ille en sus es-
pec i os iajes de 1769. El iaje o ancés ep oduce la oz “ a au” y Cook
la llama “ a owing”. Es e úl imo in odujo el é mino en la Relación de su
p ime iaje al ededo del mundo, as su es ancia en la isla de Tahi í:
“Es en ellos co ien e pin a se el cue po, casi de la misma mane a que en o as pa es
del mundo, p ac icando lo que ellos llaman a owing. Se esca i ican la piel, pun o
menos que has a hace sal a la sang e, con un pequeño ins umen o que iene la o -
ma de una azada; la pa e que co esponde a la pala es de hueso o de concha muy ina,
y su anchu a, de una pulgada o de pulgada y media; el bo de es á gua necido de agu-
dos dien es, en núme o de es a ein e, según su amaño; cuando a a u iliza se lo
humedecen en un líquido que p epa an mezclando una especie de hollín que se o -
ma con el humo que se desp ende al quema una nuez oleaginosa de que se si en
pa a alumb a se, y agua; los dien es así p epa ados se colocan sob e la piel, e imp i-
men pequeñas y lige as sacudidas al mango del ins umen o con un palo a p opósi o;
pe o an la piel de es a mane a e in oducen en ella al mismo iempo, en los pun os
he idos, la nue a composición, que deja un in e indeleble”.10
Todo pa ece indica que el a uaje, en cualquie a de sus mani es acio-
nes i uales, puede se as eado a lo la go de odas las épocas, desde
9 Sus o ígenes mí icos se emon an al Génesis bíblico, a la señal pues a po Dios a Caín pa a
p ese a su es i pe a lo la go de odos los iempos. “En onces dijo Caín a Yah eh: ‘Mi culpa es dema-
siado g ande pa a sopo a la. Es deci que hoy me echas de es e suelo y he de esconde me de u p e-
sencia, con e ido en agabundo e an e po la ie a, y cualquie a que me encuen e me ma a á’.
Respondióle Yah eh: ‘Al con a io, quienquie a que ma a e a Caín, lo paga á sie e eces’. Y Yah eh
puso una señal a Caín pa a que nadie que le encon ase le a aca a” (Génesis, 4).
10 La cu si a es de Cook. P ime iaje al ededo del mundo, Mad id, Espasa Calpe, 1944,
3 ols., págs. 199-200. Sob e el sen ido que puedan ene es as ma cas esc ibe en la página 200 lo
siguien e y se encuen a en: “La ope ación es penosa y los he idos a dan algunos días en cu a se; se
su e po los de ambos sexos en e doce y ca o ce años y se e ec úa en di e sas pa es del cue po
y según igu as a iadas, obedeciendo a la an asía del pad e o al ez del ango amilia . Las muje es
es án ma cadas en o ma de Zpo las jun as de los dedos de los pies y de las manos y ecuen emen e
po la pa e supe io de los pies; la ma ca de los homb es iene la misma igu a, y an o es os como las
muje es p esen an cuad os, cí culos y medias lunas y igu as mal dibujadas de homb es, a es o pe os,
y o as a ias ep esen aciones, en pie nas y b azos, algunas de las cuales se nos dijo enían signi ica-
ción, aunque nunca pudimos sabe cuáles ue an”.
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Alaska a la Tie a de Fuego y desde España a la lejana Aus alia. Sabemos
que en umbas egipcias pe enecien es al año 3500 a. C. se han encon ado
es a uillas con ma cas y asgos que pueden se conside ados como a uajes.
En el mundo clásico He odo o nos in o ma de que las muje es oyanas
e an a uadas como signo de dis inción y nobleza. Algo pa ecido nos cuen-
a Plinio de los homb es de algunas ibus de Sama ia y T acia.11 Galos,
no mandos, b e ones y godos pa ecen compa i es a misma inquie ud po
el a uaje. Has a aquí algunas pinceladas sob e la Eu opa pagana, sin em-
ba go, algo muy di e en e ocu ió en el mundo c is iano.
El o igen mí ico que se le a ibuye al a uaje en el An iguo Tes amen o
no puede se más maldi o. Quizás sea es a la p incipal azón po la que las
au o idades eclesiás icas a i ica on su condena po conside a lo una p ác i-
ca pagana y con a ia al mandamien o de Dios. Recué dese la p ohibición
ecogida en el Le í ico 19,28 (“No ha éis incisiones en ues a ca ne po los
mue os; ni os ha éis a uaje. Yo Yah eh”). Sin emba go, es o no ue impedi-
men o pa a que las p ác icas de es e signo se man u ie an en algunos sec o-
es de la población, acos umb ados a la ida e an e y al con ac o con o as
ci ilizaciones. Me e ie o a los c uzados medie ales, a los iaje os, a los ex-
plo ado es y, undamen almen e, a los na egan es. C uces, gallos, Ví genes
y el adicional San Jo ge luchando con a el d agón pasa on a con e i se en
la p ueba i e u able de que alguien había es ado en el luga mencionado.
El momen o de mayo esplendo del a uaje se p oduce a inales del
siglo XVI con los asen amien os de colonos eu opeos en ie as o ien ales,
sob e odo en con ac o con la cul u a nipona. Sin emba go, desde comien-
zos de siglo esul an muy in e esan es los es imonios coloniales o ecidos
po An onio Piga e a (1519-1522)12 y F ancis Fle che (1577-1580),13 en
11 He odo o nos in o ma de la ex aña cos umb e de lle a a uajes po que ya en es a época
ales p ác icas es aban asociadas a las cul u as ma ginales. Es os “s igma a” e an ca ac e ís icos de los
escla os, quienes habían sido ma cados con un hie o al ojo i o. El agmen o pe enece a su
His o ia, lib o V,6, Mad id, G edos, 1981, pág. 21, aducción de Ca los Sch ade : “En cambio, igilan
celosamen e a sus esposas (a es as úl imas se las comp an a sus pad es a un ele ado p ecio). Lle a
a uajes es á conside ado como un signo de nobleza, y de baja alea no lle a los” (la cu si a es mía).
O as e e encias sob e el ema las encon amos en A is ó anes, A es, 760; Esquines, De alsa
lega ione, 79; Luciano, Timón 17; Diógenes Lae cio, V,46; Cice ón, De o icis II 7,5; Dión C isós omo,
XIV, 19. O os au o es ecogen obse aciones pa ecidas pa a di e en es pueblos: Es abón VII 5,4, pa a
los ili ios; Anábasis V 4,32, pa a los mosinecos; y Pomponio Mela II, 10, pa a los aga i sos.
12 An onio Piga e a: P ime iaje al ededo del mundo (edición de Leoncio Cab e o).
Mad id, 1985, pág. 69.
13 El capellán F ancis Fle che ue compañe o de iaje de F ancis D ake en su uel a al ede-
do del mundo. Su es imonio ha sido ecogido po Hans Damm en el olumen i ulado F ancis D ake.
Pi a e ías en Amé ica. Mad id, B uno del Amo Edi o , 1929, págs 70 y ss.
REALIDAD, SUEÑO Y UTOPÍA EN LA ISLA DESIERTA
Tomo LVIII, 2, 2001 687