Veikalas apie baltiškų vietovardžių slavinimą ir slaviškų lietuvinimą
Full text
«утка» = lit. ant-uka «una becada» Mielke I 6, añtukas «saxicola oenanthe» Dusetos (distrito de Vozgėliai), antukỹs «íd.» Veliuona⁵. Art. «Die Metatonie im litauischen und lettischen». K. Būga señala que las palabras añtukas e iñtukas tienen el sufijo -ukas y las vuelve a comparar con la palabra añtis «Ente». En el diccionario etimológico de la lengua lituana de E. Frenkel, en el artículo de la palabra añtis «Ente», encontramos las palabras antuka «Schnepfe», añtukas «saxicola oenanthe, wheat ear, Weisskehlchen», antikas (Dusetos), intukas (Tauragnai, Bez. Utena), antukýtis (Veliuona) «Steinschmätzer, Steinschnäpper»⁶. Cuesta creer estas comparaciones, pues kúltupys no se parece en absoluto a un pato. Probablemente, K. Būga fue inducido a error por Chr. G. Mielke y otros diccionarios, donde el significado de antuka se indica como «eine Schnepfe, es decir, becada». En el «Diccionario de la lengua lituana» académico, esta inexactitud ya ha sido corregida: la palabra antuka remite allí a antukỹs, y esta, a su vez, a antikas «Oenanthe oenanthe». La formación de los términos dialectales antukas e intukas se explicaría con mayor precisión así: antė + -ukas e intė + -ukas. En el «Diccionario de la lengua lituana» se indica que las palabras antė e intė tienen el significado de «granero». Además, la palabra antė (al igual que antìs) tiene también el significado de «hornacina de la estufa». La correlación de significados «espacio detrás del horno, rincón» → «granero» es muy evidente. Al relacionar con estas palabras el nombre aukštaitio kúltupys, se puede explicar de manera más convincente.
K. Gaivenis
UNA OBRA SOBRE LA ESLA VIZACIÓN DE LOS TOPÓNIMOS BÁLTICOS Y LA LITUANIZACIÓN DE LOS ESLAVOS
Jurgen Prinz, Die Slavisierung baltischer und Baltisierung slavischer Ortsnamen im Gebiet des ehemaligen Gouvernements Suvalki, Wiesbaden (editorial Otto Harrassowitz), 1968, 320 p. con mapa.
El problema de la eslavización de los topónimos y antropónimos bálticos no se plantea por primera vez en la bibliografía lingüística: tan solo en la última década han aparecido varios trabajos dedicados a esta cuestión¹. Sin embargo, el libro de J. Prinz aquí reseñado supera con mucho, por su extensión, a las demás obras de este campo.
El libro consta de una introducción, diez capítulos y conclusiones. Al final del libro, el autor incluye un índice temático.
En la introducción, J. Prinz, entre otras cosas, llama la atención sobre las dificultades que plantea el estudio de la toponimia báltica hallada en territorios eslavos. Ofrece ejemplos tomados del libro de V. Toporov y O. Trubachov «Análisis lingüístico de los hidrónimos de la cuenca alta del Dniéper» (Moscú, 1962) y de los trabajos de H. Schall, que muestran que algunos de los vestigios de la toponimia báltica interpretados por esos autores también pueden explicarse de otro modo. En las observaciones generales, J. Prinz expone brevemente cuál era la composición étnica de la gobernación de Suvalki a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y examina críticamente las fuentes utilizadas
5 K. Būga, Rinktiniai raštai, II, V., 1959, p. 393.
6 E. Fraenkel, Litauisches etymologisches Wörterbuch, Heidelberg—Göttingen, 1955, tt., p. 11—12.
1 K. O. Falk, Sobre los estudios de la eslavización de los nombres propios y de lugar lituanos, «Scando-Slavica», IX (1963), p. 87—103; Sobre los métodos de eslavización de los nombres propios y de lugar lituanos. Sobre el origen y la difusión de los nombres en -ánce, «Språkliga Bidrag», t. 4, n.º 19, Lund, 1964, p. 1—16; J. Otrębski, La eslavización de los nombres de aguas y de lugar lituanos, «Z polskich studiów slawistycznych», Serie 2, Lingüística, Varsovia, 1963, p. 267—286.
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fuentes toponímicas. El autor afirma que, en los casos en que las formas de los topónimos diferían entre distintas fuentes, las consignó todas; cuando coincidían, citó únicamente el libro «Lietuvos apgyventos vietos» (Kaunas, 1925), publicado con motivo del censo de población de 1923 (en adelante, L. 23).
En el capítulo de las traducciones («Die Übersetzung»), el autor llama la atención sobre el hecho de que las peculiaridades de la interacción entre la toponimia báltica y la eslava exigen distinguir la traducción (por ejemplo, lituano Raudondvaris – polaco Czerwony Dwór) de la explicación o interpretación semántica, es decir, en esencia, de la sustitución semántica (se trata de casos en los que topónimos de semántica poco clara adquieren un sentido por su semejanza externa con una palabra común de otra lengua y se les atribuye así una semántica clara; por ejemplo, lituano Višakio Rūda – polaco Wysoka Ruda). Según J. Pr incas, se traducen con mayor frecuencia los nombres de lugar o sus componentes cuyo significado original es más general y sencillo. Por ejemplo, lituano Senieji Alk snėnai – polaco Ol kśniany Stare: solo se traduce el concepto senieji, mientras que Alksnėnai únicamente se adapta al sistema fonético polaco. El autor plantea la idea, bastante interesante a primera vista, de que la forma del adjetivo depende de si el topónimo calificativo forma o no un par de polarización: si el topónimo calificativo es también polarizador, su adjetivo, según sostiene, presenta forma definida (en polaco, el adjetivo va después del sustantivo), por ejemplo:
lituano Senieji Alk snėnai y Naujieji Alk snėnai
polaco Ol kśniany Stare y Ol kśniany Nowe;
si el topónimo calificativo no forma un par de polarización, su adjetivo, según sostiene, presenta forma indefinida (en polaco, va antes del sustantivo), por ejemplo:
lituano Naujas Kaimas
polaco Nowa Wieś.
Sin embargo, esta idea parece dudosa. En primer lugar, hay que señalar que se conoce también la variante Naujasis Kaimas del topónimo Naujas Kaimas. Además, hay ejemplos de topónimos calificativos que forman pares de polarización, pero cuyos adjetivos son indefinidos; por ejemplo, Naujas Strūnaitis ir Senas Strūnaitis (distrito de Švenčionys). Y, a la inversa, el adjetivo de un topónimo calificativo que no forma un par de polarización puede ser definido, como en Senoji upė (Alanta). Al parecer, la forma del adjetivo depende menos de que el topónimo forme un par de polarización que de la popularidad de los adjetivos definidos en el dialecto.
En este capítulo, el autor presenta numerosos e interesantes casos de traducción: se traduce solo el epíteto (Kirsna, Didžioji – Kirsna Wielka); se traduce la palabra entera (Pilkalnis – Lysa Góra, Alkšninė; el autor escribe incorrectamente Alksnyne – Olszyna); el sufijo diminutivo se traduce mediante una palabra que expresa diminutivo (Likiškėliai – Likiški Male), etc.
El autor observa acertadamente que esta traducción del «significado» de un topónimo solo es posible cuando se dan determinadas condiciones de bilingüismo.
En el capítulo sobre la sustitución (explicación, interpretación, die Deutung), J. Pr incas analiza otro caso de interacción entre topónimos que, a diferencia del que acaba de tratarse, también es posible sin bilingüismo. Como ya se ha señalado, aquí no se «traduce» el «contenido» ni el «significado» del topónimo, sino su forma, fonéticamente bastante similar en ambas lenguas. Sin embargo, en la lengua receptora, esa forma apenas modificada suele adquirir un contenido completamente distinto (salvo, sobre todo, en los topónimos antroponímicos; además de lo mencionado arriba
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del ejemplo mencionado Višakio Rūda – Wysoka Ruda; compárese también el lituano Molinė: molis con el polaco Malina: malina «frambuesa»). Es importante tener presente que en este caso no cabe hablar de regularidades fonéticas, pues la sustitución las vulnera fácilmente.
En este capítulo se analizan: a) derivados de nombres cristianos que son similares en lituano y en polaco (bielorruso, ruso), por ejemplo, el lituano Jokūboniai – el polaco Jakubańce (cf. Jokūbas, polaco Jakub); b) derivados de apelativos, por ejemplo, lituano Pūpa-sodis – polaco Popasodzie (cf. lituano pupà, polaco pop «sacerdote ortodoxo»); c) casos de sustitución de formantes, por ejemplo, lituano Kudrėnai – polaco Kudrany, etc.
El subcapítulo dedicado a los derivados de apelativos es especialmente amplio y detallado. En él, el autor observa muchos casos interesantes de sustitución (por ejemplo: polaco góra, de lituano giria; polaco ostrów, de lituano aštrùs; polaco krasny, de lituano krósnis, etc.). Solo resulta dudosa la clasificación de los nombres de las aldeas Drapaliai y Trumpaliai (pp. 60, 83), aunque con reservas, entre las formaciones compuestas cuyo segundo miembro, en opinión del autor, estaría relacionado con el apelativo lituano pàlios, convertido en polaco por sustitución en pole «campo». El nombre de la aldea Drapaliai deriva del nombre del lago Drapãlis, que probablemente es un derivado con el sufijo -alis; cf. el lago Tab-ãlis, en el distrito de Sij. Probablemente Trumpaliai tiene una formación similar (cf. también Trumpališkiai, aldea del distrito de Rokiškis).
En el capítulo «Miembros nominales de los topónimos compuestos y sintagmáticos», J. Princas examina detalladamente cómo se eslavizan los segundos miembros de los topónimos compuestos y las segundas palabras de los topónimos sintagmáticos. Además, el autor presenta algún que otro caso de lituanización. Por ejemplo, considera que los topónimos sintagmáticos cuya segunda palabra es būdà pueden ser construcciones eslavas lituanizadas: polaco Dębowa Buda – lituano Ąžuolų Būda; polaco Czysta Buda – lituano Čystà Būdà; polaco Lipowa Buda – lituano Liepavā Būdà (p. 74), etc. El autor fundamenta esta afirmación en que, al parecer, los oicónimos sintagmáticos son muy raros en lituano, mientras que son particularmente populares en polaco y, en general, en las lenguas eslavas. En lo esencial, hay que estar de acuerdo con esta última observación; sin embargo, puede ponerse en duda el origen de todo el modelo toponímico con Būda. Por ejemplo, el topónimo genitivo Ąžuolų Būda también puede no ser de origen eslavo. Tal vez conservó la forma genitiva porque su primera palabra, ąžuolas, es derivada, y en lituano los temas derivados más largos se combinan con mucha mayor dificultad con otras palabras. (Cf. también Rugėnų Būda frente a Šaravų Būda, distrito de Kėdainiai). Además, nombres de aldeas como Mažoji Būda, Sen oji Būda, Naujoji Būda (cf. Čystà Būdà) muestran también que algunos oicónimos sintagmáticos con Būda pueden haberse formado independientemente en el ámbito de la lengua lituana, aunque el nombre común būdà sea un eslavismo.
Entre los oicónimos compuestos cuyo segundo miembro procede de gãlas no corresponde mencionar el nombre de la aldea Raugalai (p. 76), pues no es un topónimo compuesto, sino un topónimo antroponímico derivado del apellido Ráugalas (cf. también Ráuga, Ráugas, Ráugala), que a su vez probablemente está relacionado con las palabras comunes ráugalas, ráugti, etc.
El topónimo Pirktavietė, Kepurienės, considerado una excepción (p. 91), en realidad no es un nombre de aldea compuesto, sino dos variantes distintas del nombre, cuyas formas lituanas son Kepurinė o Pirktãvietė. Es evidente que no pudieron convertirse en un solo topónimo compuesto.
Las fuentes poco fiables también indujeron al autor a error en cuanto al origen del topónimo Asiūklės Pamūrgiai, que se escribe de diversas formas (Pamurgiai, Asiūklės, Asiūklenskiai, polaco Pomorgi Osiukłańskie) (p. 91). La primera palabra de este oicónimo, Asiūklės, es la forma genitiva del nombre de la aldea vecina
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el genitivo del nombre de otro pueblo Cola de caballo. Por lo tanto, por su formación es un topónimo genitivo simple y no hay motivo para hablar de su carácter eslavo originario.
J. Princas considera que la forma primitiva del nombre de la aldea Makauskai (polaco Makowszczyzna) es la protoforma polaca o rusa reconstruida *Макобское. Sin embargo, esta reconstrucción resulta innecesaria aquí, pues el nombre de la aldea Makauskai deriva del apellido Makauskas.
En el capítulo «Sufijos» se muestra primero cómo se eslavizan los oicónimos lituanos sufijados. El autor examina por separado cada sufijo e indica sus variantes polacas. Entre otras cosas, presenta ejemplos en los que, en lugar de un oicónimo lituano con sufijo diminutivo, el polaco presenta un topónimo calificativo cuya primera palabra es el adjetivo małe u otro similar; cf. lituano Likiškėliai—polaco Likiszki Małe (p. 105). Son casos muy interesantes, aunque quizá no convenga considerarlos siempre calcos de diminutivos, sobre todo cuando también se conocen formas sintagmáticas lituanas; cf. lituano Geistariūkai, polaco Giejsztory Małe, E. Volterio—Geištarai Mažai2. La cuestión es que el autor compara grafías de épocas distintas (la actual y la de finales del siglo XIX). Es posible que no se exprese el diminutivo de forma diferente en lituano y polaco, sino que, en uno u otro caso, las formas polacas reflejen la posible existencia de una construcción lituana intermedia (por ejemplo, *Mažieji Geistārai).
El autor distingue bastante bien los derivados sufijados de los no sufijados. Solo se observan un par de imprecisiones: el autor considera que el topónimo Bedaliai deriva del sufijo -el- || -ėl-, aunque probablemente no sea más que el plural del apelativo bedalis (cf. dalia); el topónimo Pūskepaliai, que el autor considera derivado del mismo sufijo, es de origen antroponímico, pues procede del apellido compuesto Pūskepalis (cf. pūšė, kėpalas).
En la segunda parte de este capítulo, el autor ofrece una perspectiva inversa particular de la primera, mostrando qué sufijos lituanos corresponden a los eslavos. Es cierto que la segunda parte no es una copia exacta de la primera, pues aquí faltan algunos de los sufijos examinados en la primera parte, o se encuentran derivados que no se mencionan en ella.
En el capítulo «Prefijos», uno de los más breves —pues los prefijos empleados para formar oicónimos son relativamente pocos—, el autor examina cómo se eslavizan (en su mayoría, se polonizan) los nombres de lugares habitados que llevan prefijo.
En el capítulo «Terminaciones», J. Princas muestra primero detalladamente cómo se eslavizan las terminaciones de los topónimos lituanos -a, -ė, -ia, -is, -ys, -(i)us, -ai, -ės, -iai, -ys (plural), -(i)os. A continuación, el autor examina los casos de lituanización de terminaciones eslavas. Este examen, entre otras cosas, será necesario para elaborar reglas de transcripción al lituano de nombres propios eslavos.
El capítulo sobre el vocalismo es particularmente amplio y detallado. El autor muestra primero qué vocales eslavas, sobre todo polacas, sustituyen a las lituanas. Además, J. Princas procura determinar, cuando es posible y pertinente, la frecuencia de las sustituciones. El capítulo también presenta variantes de nombres cuando faltan formas auténticas. En muchos casos esto resulta útil, pero a veces el autor amplía demasiado el trabajo de este modo, sobre todo cuando ofrece «variantes» de las formas lituanas. Estas «variantes» son, por lo general, deformaciones evidentes (tomadas habitualmente de Volterio) o formas dialectales. Por ejemplo, las «variantes» de las formas lituanas con a o o (pp. 179—180), correspondientes a la o polaca, presentan en la lengua literaria la vocal a o o, pero no ambas en secuencia: Amalviškiai, Mockabūdžiai,
2 Э. Вольтер, Списки населенных мест Сувалкской губернии, С. Петербург, 1901, p. 38
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Mólinė, Põcvietis, Valiai, Mōgiškės, Noreikai, Panoreikupiai, Ropydai Santakà. Todos estos topónimos proceden de dialectos de la Alta Lituania occidental que conservan inalterada la vocal o (tanto acentuada como inacentuada). Las «variantes» Amoliškės, Mackobūdzis, Malinė, etc., son solo deformaciones y, por tanto, no deben equipararse a hechos lingüísticos genuinos.
El autor no siempre distingue rigurosamente entre los rasgos dialectales y los propios de la lengua literaria. Así, al tratar la correspondencia de la lituana a en polaco, afirma que, entre otras cosas, la lituana a también puede corresponder a la polaca e: lituano Alksnekiemis (debería ser Alksniakiemis) – polaco Elksnokiemie. Sin embargo, este ejemplo no demuestra nada en este caso, pues la a o la e iniciales son aquí un rasgo dialectal, no un fenómeno de polonización. Los otros dos ejemplos (lituano Agliniškiai – polaco Agliniszki y lituano Eglinčiškė – polaco Eglincziški) son del todo innecesarios, puesto que en ambas lenguas las vocales iniciales son idénticas.
A veces el autor considera dialectales formas eslavizadas de topónimos. Por ejemplo, las formas que considera dialectales (p. 177) (tomadas de Volterio) Obromžiliai, Olakniškiai, Oleknonys, Otesnykai (salvo el caso no del todo claro de Oñčiškiai) no son sino topónimos lituanos eslavizados o deformados: Abromžiliai (?), Alėkniškiai, Aleknōnys, Atesninkai.
Hay casos en que el autor deriva una regla de formas toponímicas inexactas o poco claras. Por ejemplo, sostiene que el lituano -el-, -er- puede corresponder en las lenguas eslavas a -il-, -ir-, y ofrece estos ejemplos: lituano Aviernyčia, Daugerdiškių k., Pošervintis – eslavo Авирница, Донгирдышки, Поширвинты. Sin embargo, las formas lituanas citadas son o bien claramente deformadas (Pošervintis – debería ser Paširvintis, cf. Širvintà), o bien alteradas de manera irregular, probablemente por influencia del polaco (Aviernyčia – cf. Avìris). Solo cabe dudar en el caso del nombre de la aldea Daugerdiškiai, pues hoy también se pronuncia con -er- en el dialecto. Sin embargo, esta pronunciación probablemente sea reciente, ya que sin duda el topónimo deriva del nombre personal Daugirdas (la forma *Daugerdas no está documentada ni en el habla viva ni en las fuentes escritas). Además, el diptongo anterior de la raíz, -ir- y no -er-, queda también demostrado por la forma polaca de este topónimo, Dowgirdyszki (1881). Por consiguiente, la regla según la cual el lituano -el-, -er- puede corresponder a -il-, -ir- en las lenguas eslavas carece de fundamento y solo puede inducir a error a los lectores.
De manera semejante habrá surgido la sección sobre la correspondencia entre el lituano e y el eslavo i, y (p. 201). Todos los ejemplos que presenta el autor en los que al lituano e le corresponde i, y en las lenguas eslavas son dudosos. Así, lituano Didvyžiai || Dedvyžiai (el autor solo ofrece la segunda variante) – polaco Dydwize, Дидвиже según Volterio: las formas eslavas corresponden aquí al lituano Didvyžiai, y no se trata de que la e lituana se convierta en i, y en las lenguas eslavas. Lituano Kreštėnai – polaco Krekszczany; Volterio da una forma lituana inexacta, Krištėnai, y, como es lógico, también una forma eslava inexacta, Крикштаны. Por tanto, tampoco aquí hay transformación alguna de e en i, y. El Neviedys de Volterio, Niviedė de «Lietuvos apgyventų vietų» – polaco Niewietka tampoco demuestra que la e lituana pueda convertirse en i, y, porque la forma Niviedė es inexacta (debería ser Neviedė), y la secuencia inicial nie- de la forma polaca (Niewietka) pudo aparecer por analogía con la negación polaca nie. Por último, independientemente de cómo surgiera el polaco nie- en lugar del lituano ne-, no cabe hablar de correspondencia entre el lituano e y el polaco i, y.
Los demás ejemplos presentados en esta subsección pueden explicarse de manera similar. Por consiguiente, la afirmación de que la e lituana puede convertirse en i, y en las lenguas eslavas carece de fundamento. Al parecer, surgió debido a la falta de fiabilidad del material.
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En este capítulo (y en el siguiente, «Consonantismo») abundan los casos en que no se distinguen las formas genuinas de las formas dialectales o deformadas (por ejemplo, p. 186, subsección c; p. 197, subsección c; p. 201, subsección c; p. 207, subsección c; p. 215, subsección c; p. 216, subsección a; p. 244–247, subsecciones 1.1.2–1.1.6; p. 250–251, subsecciones 1.2.3–1.2.6; p. 256, subsección 1.4.4, etc.). Esto reduce la precisión y fiabilidad de las conclusiones y obliga a valorar con mucha cautela, e incluso críticamente, los capítulos sobre el vocalismo y el consonantismo. Al parecer, el autor, al no disponer de material fiable, debería haber seguido otro camino: presentar primero las correspondencias y los cambios indudables, puramente lingüísticos y determinados por los sistemas de las lenguas, y después examinar las correspondencias esporádicas e irregulares (probablemente por separado en cada caso). Ahora que el capítulo sobre el vocalismo —particularmente «sensible» y necesitado de precisión milimétrica— contiene numerosas formas poco claras, dudosas o incluso inexactas, así como comparaciones poco fiables, el valor del capítulo entero ha disminuido considerablemente.
Sin embargo, pese a las interferencias indeseables, en líneas generales todavía es posible formarse una idea del panorama general de las correspondencias entre los sistemas vocálicos lituano y eslavo.
En este capítulo el autor examina también las correspondencias de las vocales eslavas en lituano.
En el capítulo sobre el consonantismo, el autor muestra primero qué consonantes de las lenguas eslavas sustituyen a las lituanas. Entre otras cosas, al tratar la correspondencia de la consonante lituana v en polaco, J. Princas rebate con razón a J. Otrębski respecto a la explicación de los topónimos Valkininkai y Varėnà, según la cual las formas eslavas Олькеники y Орани habrían surgido por descomposición (lituano Varėnoje→v-arėnoje→в Оранах).
A continuación, el autor muestra cómo corresponden en lituano las consonantes eslavas.
En el penúltimo capítulo, el décimo, el autor examina algunas cuestiones generales sobre el cambio fonético de los topónimos y su «adaptación» fonética, y señala las semejanzas y diferencias entre los sistemas vocálicos y consonánticos de las lenguas bálticas (lituana) y eslavas (polaca).
El último capítulo del libro contiene las conclusiones, en las que el autor, entre otras cosas, precisa y restringe las definiciones de los conceptos principales empleados en el trabajo: transferencia (Umsetzung), sustitución, interpretación (Deutung), traducción (Übersetzung), etc. Al final, J. Princas se detiene brevemente en el problema de la «posición lingüística» del topónimo. Es interesante la idea del autor de que la forma originaria (arquetipo) de un topónimo solo puede considerarse hallada cuando resulta motivada fonética, morfológica y semánticamente dentro del sistema lingüístico vigente en el momento de formación del topónimo.
Así pues, como muestra también esta reseña, la obra reseñada no solo es amplia, sino también interesante y necesaria. Su utilidad práctica consistirá, ante todo, en que podrá servir de referencia al elaborar las reglas de transcripción de topónimos y antropónimos del polaco al lituano y del lituano al polaco. En conjunto, el trabajo está preparado con esmero y su planteamiento metodológico está bien meditado y organizado.
El principal defecto del trabajo es la inexactitud del material en que se basa el autor. Los ejemplos expuestos anteriormente ya muestran cómo el material poco fiable indujo a error al autor. En el trabajo hay muchísimos topónimos inexactos; no es necesario ni tiene sentido enumerarlos todos, pues no se trata tanto de una culpa del autor como de quienes difundieron listas de topónimos plagadas de errores y deformaciones. Solo cabe decir que, si J. Princas hubiera dispuesto de datos exactos de la lengua literaria y de la dia-
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Si hubiera mencionado las formas de los topónimos, su trabajo habría sido mucho más compacto y preciso. Naturalmente, los distintos subcapítulos y apartados habrían adoptado una forma completamente distinta.
Entre otros defectos menores e inexactitudes, cabe señalar algunas etimologías dudosas, especialmente en los casos en que un oicónimo sufijado se deriva directamente de una palabra común. Por ejemplo, de las palabras comunes de origen eslavo pōpas, pātašas (< en alemán Pottasch), randas (< en polaco rząd «autoridad, junta...»), šābalas, tāboras, važnyčia se derivan los topónimos Papiškės, Pāpiškiai (p. 55), Patašinė (que J. Princas escribe incorrectamente como Patašynė), Patašiškės, Patašiškė (p. 55), Rāndiškė (p. 55), Sabaliskėnai, Sabališkės (p. 56), Tabarai, Tabarauskai (p. 56), Vazniškiai (Gudeliai; J. Princas escribe incorrectamente Važniškiai), Vazniškiai (Liudvinavas; p. 57), que en realidad son derivados con el sufijo -išk- de los nombres personales Pāpas, Patašius, Rāndis, Sabalys, Tābaras, Tabarauskas, Vaznis, Vaznys, Vaznius. Otra cuestión es que algunos de estos nombres personales pueden ser de origen eslavo.
El nombre del pueblo Demeniškiai (p. 44) no deriva del ruso Демьян ni del polaco Dominik, sino del nombre lituano del lago Dėmenas.
Los topónimos Pakūonis (en polaco Pokojnie) y Salāperaugis (en polaco Salopirogi) son claros ejemplos de sustitución (Deutung), pero el autor solo los menciona en el apartado sobre la eslavización de las terminaciones.
Hay casos en que no basta con comparar las formas lituana y eslava de un topónimo para determinar cuál de ellas es anterior. Así, al hablar de los cambios de sufijos y terminaciones, el autor afirma que las formas polacas de los topónimos Alšėnai (pp. 65, 126; Garliava), Barsūkai (p. 164; Liudvinavas), Bundōriai (p. 166; Alytus), Olszamy, Borsuki, Bondary, son anteriores, y que sus equivalentes lituanos son adaptaciones del polaco. Sin embargo, tal afirmación requiere pruebas; más precisamente, se necesita la historia del topónimo. Pues, por ejemplo, el topónimo Barsūkai puede haberse formado después de que la palabra común barsūkas entrara en lituano. Por tanto, puede derivar de la palabra lituana (préstamo) barsūkas. En tal caso, la terminación polaca del topónimo -i no sería sino el equivalente de la lituana -ai, y no al revés, como sostiene J. Princas.
Al final del libro, el autor añadió un mapa de la antigua gobernación de Suwałki. Es un apéndice muy necesario; sin embargo, los topónimos del mapa también podrían haberse presentado en sus formas lituanas, al menos los nombres de los lugares más lituanos.
Se encuentran algunas inexactitudes en las citas; por ejemplo: en L. 23, p. 1 figura Likiškėlio, mientras que J. Princas da Likiškėliai; Sabeliškeniai (la forma correcta es Sabališkėnai) aparece en L. 23, p. 2, y no en la p. 1; Jokūboniai, en L. 23, p. 281, y no en la p. 218.
A. Vanagas
EL NUEVO «DICCIONARIO RUSO-LITUANO»
Diccionario ruso-lituano. Compilado utilizando material impreso y manuscrito recopilado por J. Baronas. Preparado por V. Baronas y V. Galinis. Editado para A-I por el profesor B. Larinas, para K-H y T-Ž por J. Macaitis (redactor responsable), y para O-C por K. Musteikis. «Mintis», Vilna, 1967 (parte I, 569 p., parte II, 622 p.).
El conocido pedagogo y lexicógrafo J. Baronas (1873—1952) publicó su «Diccionario ruso-lituano» en 1924. La segunda edición de su diccionario, considerablemente ampliada y re-
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