Eduard Berend und die Anfänge der deutschen literarischen Onomastik
Abstract
Im Jahr 1942 publizierte der Herausgeber von Jean Pauls Werken, Eduard Berend, aus dem Schweizer Exil einen Aufsatz über Jean Pauls Namengebung, der als Gründungstext der modernen wissenschaftlichen Literarischen Onomastik gelten darf. Er zeigt darin nicht nur auf, wie Jean Paul zu seinen sehr oft exzentrischen Namen kam, sondern charakterisiert detailreich die poetische Namengebung des Dichters. Dadurch entwirft er teils explizit, teils implizit die Methodik einer künftigen wissenschaftlichen Literarischen Onomastik.
Full text
VOLKER KOHLHEIM
Bayreuth
Áreas de investigación científica: onomástica literaria, teoría de los nombres, antroponimia, hodonimia.
DOI: doi.org/10.35321/all84-10
EDUARD BEREND Y LOS INICIOS DE LA ONOMÁSTICA LITERARIA ALEMANA
Eduard Berend y los inicios de la onomástica literaria alemana
RESUMEN
En 1942, el editor de las obras de Jean Paul, Eduard Berend, publicó desde su exilio suizo un artículo sobre la asignación de nombres de Jean Paul, que puede considerarse el texto fundacional de la onomástica literaria científica moderna. En él no solo muestra cómo Jean Paul llegó a sus nombres, muy a menudo excéntricos, sino que también caracteriza detalladamente la asignación poética de nombres del poeta. De este modo, esboza, en parte explícita y en parte implícitamente, la metodología de una futura onomástica literaria científica.
PALABRAS CLAVE: Eduard Berend, Jean Paul, onomástica literaria, metodología, onomástica literaria comparada, fonosemántica, número de sílabas, socioonomástica, nombres parlantes, nombre antitético/quebrado.
RESUMEN
En 1942, el editor de las obras del poeta alemán Jean Paul (Richter), Eduard Berend, publicó desde su exilio suizo un artículo sobre las prácticas poéticas de asignación de nombres de Jean Paul. Este artículo puede considerarse el texto fundacional de la onomástica literaria científica. Berend no solo muestra cómo encontró Jean Paul sus nombres, sino que ofrece un análisis detallado de su práctica de asignación de nombres. Así, en parte explícita y en parte implícitamente, Berend concibe una metodología para la futura onomástica literaria científica.
PALABRAS CLAVE: Eduard Berend, Jean Paul, onomástica literaria, metodología, onomástica literaria comparada, fonosemántica, número de sílabas, socioonomástica, nombres parlantes/cratílicos, nombre antitético/quebrado.
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1. UNA VIDA DE FILÓLOGO PARA JEAN PAUL
No es del todo erróneo datar en el año 1942 el inicio de una onomástica literaria científica alemana. Ese año aparece en la revista estadounidense Publications of the Modern Language Association of America, en lengua alemana, el extenso artículo Die Namengebung bei Jean Paul, de Eduard Berend. Ya puede decirse que este artículo contiene mucho más de lo que promete el título: nada menos que un proyecto precursor de la onomástica literaria, hasta entonces inexistente, desarrollado mediante una exposición ejemplar de las técnicas de asignación de nombres del poeta Jean Paul (Richter) (1763–1825).
Pero ¿quién era Eduard Berend? Nacido en Hannover en 1883, procedía de una familia judía burguesa acomodada¹. Su padre, Emil Berend (1846–1920), era abogado y notario, y llegó a ser consejero secreto de justicia. Ya durante sus estudios fascinaron al joven Eduard Berend los escritos de Jean Paul, de modo que en 1907 concluyó sus estudios doctorándose en Filología Alemana con una tesis sobre el tema Jean Pauls Ästhetik². Hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, Berend fue un erudito privado en Múnich, pero ya entonces concibió el proyecto de una edición completa de las obras de Jean Paul, con el apoyo del historiador de la literatura Julius Petersen. Tras el fin de la guerra, en la que Berend había participado como voluntario, preparó primero una edición de las cartas de Jean Paul; en 1927, la Academia Prusiana de las Ciencias le encargó la edición de las obras de Jean Paul, una tarea monumental que desempeñó hasta 1938, cuando se le comunicó que debía abandonar Alemania de inmediato. Aunque logró emigrar a Suiza, no consiguió realizar el traslado que esperaba a Estados Unidos. Terminada la guerra, la Academia Alemana de las Ciencias le pidió que asumiera la edición de los volúmenes aún pendientes de la edición histórico-crítica de Jean Paul, pero solo en 1957 pudo reanudar su actividad en Marbach am Neckar. Antes de su muerte, en 1973, Eduard Berend recibió numerosos honores; entre otros, en 1957 el estado federado de Baden-Württemberg le concedió el título de «profesor», y en 1963 recibió el doctorado honoris causa de la Universidad Libre de Berlín.
De este esbozo biográfico habrá quedado claro que Eduard Berend, cuando a comienzos de los años cuarenta del siglo XX redactó en su exilio suizo un artículo sobre la asignación de nombres de Jean Paul,
¹ Los datos biográficos según Knickmann (1994/1995).
² Publicado en 1909 por la editorial Duncker, Berlín.
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estaba perfectamente preparado para ello. No solo conocía como editor de las obras de Jean Paul estas mejor que nadie, sino que también estaba familiarizado con la gran cantidad de apuntes y extractos conservados en los cuadernos y libretas del escritor (sobre esto, Müller 1988). Que se ocupara precisamente de la asignación de nombres de Jean Paul se debió probablemente, por una parte, a que, a diferencia, por ejemplo, del «Goethe reacio a los nombres» (824), Jean Paul emplea una innumerable cantidad de nombres de personas y lugares, y, por otra, quizá también a que Jean Paul le había señalado, por así decirlo, el camino, pues había sido «uno de los primeros que se pronunciaron teóricamente sobre la cuestión de la elección poética de nombres» (822)³. Estas declaraciones se encuentran en el §74 de la segunda edición de su Vorschule der Ästhetik, de 1804, y comienzan con el aforismo: «Incluso la nimiedad de poner nombres apenas es una» (Jean Paul 2015: 175). Pero volvamos al artículo de Eduard Berend y preguntémonos qué tiene que comunicarnos sobre la onomástica literaria.
2. ESBOZO DE UNA FUTURA ONOMÁSTICA LITERARIA
Al comienzo de su artículo, Berend esboza visionariamente el futuro de la onomástica literaria: aunque deseable, sería sumamente difícil de realizar «responder, en la más amplia extensión temporal y espacial, a la pregunta de según qué consideraciones y principios bautizaron los poetas a sus personajes inventados; las diferencias de las épocas, los pueblos y las lenguas se reflejarían claramente en este espejo» (820). Para el propio Berend, se trataba de un proyecto utópico, sobre todo porque aún partía de la idea de que un solo investigador emprendería esta tarea. Sin emplear todavía este concepto, Berend ya había esbozado aquí una onomástica literaria comparatista global, un concepto que, gracias a las posibilidades informáticas actuales, parece haberse acercado a su realización. Cabe remitir aquí a los trabajos de la lingüista neerlandesa Karina van Dalen-Oskam, quien hizo desarrollar programas informáticos capaces de reconocer en gran medida correctamente los nombres en textos digitalizados y de clasificarlos también según determinados criterios. Mediante estas llamadas named entity recognition and classification tools pueden analizarse grandes cantidades de textos digitalizados en cuanto a
³ Residente en Ginebra, E. Berend emplea la ortografía suiza, que ya entonces no conocía la «ß».
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analizar y comparar el uso y la función de los nombres (van Dalen-Oskam 2016).
A continuación, Berend formula exigencias para el intérprete de los nombres literarios. En la investigación poetonomástica «no importa tanto el sentido directo y el sonido del nombre como los múltiples matices secundarios que resuenan en él, las asociaciones más cercanas o más lejanas que se vinculan con él» (820). Si Berend habla aquí, por una parte, de los «múltiples matices secundarios» y, por otra, de las «asociaciones más cercanas o más lejanas», probablemente podamos reconocer ya en ello la misma diferenciación que más tarde, desde una perspectiva sistémica, condujo a distinguir entre los «valores intrasistémicos» y los «valores extrasistémicos» del nombre poético: entre los «valores intrasistémicos» se encuentra el plano fonológico, la simbolismo sonoro de los nombres, todo aquello que puede denominarse fonosemántica; se encuentran recursos estilísticos como la repetición de nombres y el paralelismo, la oposición y la aliteración; y, finalmente, la semántica de los «nombres parlantes» (Kohlheim V. 2019: 32–36). En cambio, deben considerarse «valores extrasistémicos» las relaciones intertextuales e intercontextuales con personas o lugares ficticios o reales (Kohlheim V. 2019: 36–40). En este contexto, Berend aborda también cuestiones traductológicas al señalar las dificultades a las que se enfrenta el traductor de nombres parlantes, es decir, semánticamente transparentes (821; cf. Kohlheim V. 2019: 291–309).
También es interesante que Berend ya aborde en su tratado poetonomástico aspectos de teoría de los géneros: constata que, por una parte, «debe distinguirse entre obras poéticas serias y cómicas, entre idealistas y realistas», «y probablemente también entre obras épicas y dramáticas; pues en ambas los nombres están sometidos a condiciones muy diferentes» (821). Mientras que en el escenario son decisivas la impresión externa del personaje y su comportamiento, y el nombre desempeña solo un papel secundario, «en la narración, en cambio, [...] el nombre contribuye esencialmente a suscitar una determinada imagen de su portador» (321). Llama la atención que Berend mencione aquí la épica y la dramática, pero no la lírica. Sin duda hay poemas que no contienen nombres propios (Mörike: Im Nebel ruhet noch die Welt, / Noch träumen Wald und Wiesen...), pero, por otra parte, los nombres pueden imprimir toda la atmósfera de un poema (Mörike: Wie heißt König Ringangs Töchterlein? / Rohtraut, Schön-Rohtraut...⁴
⁴ Sobre la Schön-Rohtraut de Mörike, véase Schildberg-Schroth 1995: 183-142. Sobre los nombres propios en la lírica, véase Gottschalk 2009.
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Berend también aborda aspectos de estética de la producción, aunque, naturalmente, sin emplear todavía este término. Así, critica los desaciertos «en los que incurren algunos escritores al elegir nombres extranjeros», por ejemplo Carlyle, quien dio al héroe de su novela Sartor Resartus (1834) «el nombre imposible de Teufelsdröck» (820). Más importante es lo siguiente: cuando constata que Jean Paul dice «no sin cierta razón que las heroínas y los héroes de sus novelas no podrían existir sin sus deliciosos nombres» (821), se acerca mucho a la idea de que, en realidad, es el nombre el que constituye al personaje (Kohlheim V. 2019: 25–28).
3.
LA ELECCIÓN DE NOMBRES DE JEAN PAUL, PRECURSORA DEL FUTURO
Para valorar la originalidad de la elección de nombres de Jean Paul, primero la contrasta con las prácticas de asignación de nombres literarios de sus contemporáneos y ofrece así él mismo las primeras indicaciones para una historiografía de la literatura «desde el nombre». En la época de Jean Paul, escribe Berend, «todavía prevalecía en gran medida la antigua costumbre o incorrección de designar los nombres de personas o lugares solo con letras sueltas, por lo general las iniciales, o con asteriscos, por ejemplo, en la Historia de la condesa sueca de G., de Gellert» (823). Otros, como Goethe, a menudo indicaban en lugar del nombre solo una profesión o el estado civil: «el arquitecto, el capitán; la madre, el tío» (823). Jean Paul, en cambio, sentía antipatía por el anonimato, también en la vida real: «Si de un ser desconocido», cita Berend al poeta, «solo sé el nombre, me resulta más individual y más cercano al corazón que sin él» (824). Con ello, Berend atribuye al poeta un conocimiento de teoría de los nombres que parece haberse impuesto lentamente: que la función principal del nombre propio no es la función identificadora, sino la función individualizadora (cf. Windberger-Heidenkummer 2011: 20, nota 1).
Jean Paul también evitaba la costumbre entonces habitual de otorgar nombres lo menos llamativos posible, aunque de sonido poético, como «Waldheim, Sternheim, Hohenthal» (825). Asimismo, apenas participó en la moda contemporánea de denominar a los personajes de novela con apodos profesionales adecuados a sus actividades: llamar a un zapatero Pech o Pfriem, o a un comerciante Pfeffer (826): en realidad, otra forma de anonimato. En general, Jean Paul sentía aversión por los nombres que «hablan» directamente: «Si me llamara Padre, Hijo o Gutsmuths, hace mucho que habría abandonado esos nombres», cita Berend de las notas autobiográficas de Jean Paul, el llamado Vitabuch (826). Berend ve aquí a Jean Paul como innovador de la asignación de nombres literarios, pero
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el siglo XIX no lo siguió en el rechazo de los nombres parlantes: la literatura del realismo —no solo la alemana— está llena de ellos. En este sentido, Jean Paul se adelantó mucho a su siglo; solo el siglo XX comenzó a rechazar los nombres parlantes de manera ostensible. Como ejemplo, citemos al escritor Hans Bender, quien en 1991 se pronunció por carta, en respuesta a una consulta: «No me gustan los nombres pintorescos, irónicos y cómicos. [...] Le indican al lector cómo debe imaginarse a los personajes: hablador, barrigón, vanidoso, miserable, etc.» (Debus 2002: 130). Así, también para la asignación de nombres de Jean Paul resultan válidas las palabras proféticas que Ludwig Börne pronunció en su discurso conmemorativo sobre Jean Paul, el 2 de diciembre de 1825, en Frankfurt del Meno: «Él, sin embargo, permanece pacientemente ante la puerta del siglo XX y espera sonriente hasta que su pueblo rezagado lo siga» (Börne 1993: 184).
4. LAS FUENTES DE LOS NOMBRES DE JEAN PAUL
Pero ¿cómo encontró Jean Paul sus numerosos nombres? Berend puede informar de ello de manera excelente, pues conocía los materiales de trabajo que el poeta dejó. Así, habla de un «cuaderno de recopilación» de Jean Paul, iniciado probablemente ya en 1789, que contiene una «lista muy extensa de nombres de lugares y personas» (828). De esta colección, que contenía «aproximadamente 2000 nombres de lugares y personas» (832), se desprende que Jean Paul «aprovechó toda oportunidad que se le ofrecía para ampliar su colección de nombres» (833). Al principio debió de anotar numerosos nombres de su patria, la Alta Franconia: «Solo hay que pasear una vez por las calles de Hof o Bayreuth para que, a cada instante, un nombre familiar de las obras de Jean Paul salte a la vista en un letrero de puerta o de tienda» (833). Y sus «relatos de viajes» pueden seguirse con precisión en el mapa (Kohlheim V. 2015). Después, según Berend, extractó calendarios, diccionarios y gramáticas franceses e ingleses. Nombres altogermánicos como Theoda los tomó del libro Über deutsche Vornamen und Geschlechtsnamen, publicado en 1800 por Tilemann Dothias Wiarda; los nombres de lugares los extrajo de los manuales geográficos habituales de su época (833 y ss.). Jean Paul inventó libremente sus nombres, algunos bastante llamativos, solo en raras ocasiones (834), aunque modificó ligeramente topónimos encontrados. Para ello había creado colecciones de morfemas toponímicos, como «Ober-, Unter-, Mittel-, Alt-, Frei-, Kirch-, -berg, -thal, -rode, -hofen, -fingen, -weiler, -hagen, -stetten» (835). También trasladó ocasionalmente a otras regiones lugares provistos de nombres reales,
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así, en la novela Siebenkäs (1796), la localidad sajona Kuhschnappel a Suabia (cf. Kohlheim V. 2019: 179–181).
Berend señala otra peculiaridad, probablemente única, de las colecciones de nombres de Jean Paul: la subdivisión en nombres «buenos» y «malos» o «terribles», tanto en los nombres de lugares como en los de personas. Como Berend reconoció, no se trata únicamente de una separación entre personajes moralmente buenos y malos, sino también de una separación social entre lo alto y lo bajo, con la que se corresponden, en el sentido tradicional, lo serio y lo cómico (830). «Es significativo en este sentido», escribe Berend, «que entre los nombres “buenos” predominen claramente los extranjeros», por ejemplo, «Machy, Selis, Lorgna, Düchauffour, Ancillon, Almeria, le Baut, Davila [...]» (830). Los nombres «terribles», en cambio, son: «Streichert, Meuseler, Astmann, Stechmann, Banspach, Beez, Franzen, Fokeln [...]» (831).
Berend ve la razón más profunda de la diversidad de nombres de Jean Paul en la concepción que el poeta tenía del humor: Jean Paul, según Berend, «había reconocido [...] que el humor, puesto que se basa en el contraste entre el mundo sensible y la idea, debe individualizarlo todo, hasta en el más mínimo detalle» (828). Mediante este arte de la «individualización humorística de todas las personas y estados», Jean Paul prepara, según Berend, el realismo posterior del siglo XIX y se anticipa parcialmente a él (828).
5. ANÁLISIS DETALLADO DE LA ASIGNACIÓN DE NOMBRES DE JEAN PAUL
En el tratado de Berend sigue un análisis detallado ejemplar de la asignación de nombres literarios de Jean Paul. Así, examina el número de sílabas de los nombres propios y constata que en Jean Paul las personas o lugares insignificantes reciben nombres monosilábicos («Kob, Kolb, Lind, Knef, Lerch, Stark, Fisch [...]»), mientras que los nombres de objetos importantes son polisilábicos (837). Con ello probablemente reconoció un hecho de validez general. El propio Berend menciona también a Fontane, que habría procedido de manera similar (836 y ss.); al hecho de que también en el ámbito anglófono un mayor número de sílabas se correlaciona con una posición social más elevada apunta, por ejemplo, la afirmación del señor Chucks en la novela Peter Simple (1834), de Frederick Marryat: «When I was in good society, I [...] seldom bowed, Sir, to anything under three syllables» (cit. según Hengst, Sobanski 2000: 81). Berend aborda también el consonantismo de los nombres propios de Jean Paul y constata que numerosos nombres terminan en [s], lo que, en combinación con una consonante precedente, posee «una gran fuerza onomatopéyica y suele producir un efecto más o menos cómico» (838). Como ejemplos, Berend cita «Kuhpanz,
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Renovanz, Veldenz […]» (839). A Jean Paul le gusta añadir a sus nombres las terminaciones diminutivas -lein o las abreviaciones meridionales alemanas -le y -el, lo que confiere a sus personajes «un aire acogedor, inofensivo y antiheroico. Por ello, casi todos los “héroes” de las idilias y humoradas de Jean Paul pertenecen a este grupo: Fixlein, Krönlein, Schmelzle, Fälbel, Freude[l], Fibel, Vierneissel» (839). Sobre todo es significativa la fonosemántica de las vocales: «Las personas desagradables llevan con frecuencia una Ö larga en la sílaba tónica, por ejemplo, Oefel, Oehrmann […]» (842). También tienen una connotación negativa la Ä y la E largas: «Blaise, Flätz, […] Egelkraut» (842). Cuando Berend sigue constatando que «la I larga posee un carácter decididamente amistoso», mientras que la A y la O largas caracterizan «figuras nobles y elevadas, por ejemplo, Albano, Cesara, Liane, Beata […]» (842), coincide plenamente con los resultados más recientes de la investigación fonosemántica, según los cuales la vocal [i] se asocia casi universalmente con la idea de lo pequeño, mientras que las vocales [o] y [u] lo hacen con la de lo grande (Elsen 2015: 29). Berend diagnostica también rasgos socioonomásticos en la asignación de nombres de Jean Paul cuando constata: «Las personas de las clases altas tienen [...] con frecuencia nombres extranjeros, aunque por lo demás no se las caracterice como extranjeras». En cambio, los nombres franceses llevan «invariablemente personajes terribles o, en todo caso, frívolos» (842).
Ya se había señalado que Jean Paul rechazaba los nombres parlantes, es decir, semánticamente transparentes. Sin embargo, constata Berend, dada su gran difusión no podía excluirlos por completo, «pero rara vez los emplea de modo que indiquen inequívocamente el carácter o la posición del portador». Así, tal relación no puede demostrarse «en absoluto, o solo de manera muy artificiosa», en «el consejero escolar Stiefel, [...] el alcalde Harnisch, el predicador de madrugada Flachs» y otros (846).
Finalmente, Berend llama la atención sobre una peculiaridad onomástica de Jean Paul que fue retomada con frecuencia por los escritores del realismo: el nombre internamente contradictorio. Berend menciona aquí a Attila Schmelzle y Amandus Katzenberger (848). El contraste reside aquí en las distintas connotaciones de las partes del nombre completo, el nombre de pila y el apellido. Attila Schmelzle, de la narración Des Feldpredigers Schmelzle Reise nach Flätz (1809), aparece representado como un caso casi patológico de ansiedad; a ello remite su apellido, que evoca la idea de lo que se derrite, de lo blando. Sin embargo, él mismo se considera extremadamente valiente y cree verse correctamente representado por su nombre de pila Attila, que, como nombre encarnador, remite al caudillo huno, el «azote de Dios» (cf. Kohlheim V. 2019: 67–71). También en el caso del excéntrico médico Amandus Katzenberger, de la narración Dr. Katzenbergers Badereise (1809), el apellido representa su naturaleza, que a sus conciudadanos les resulta sumamente áspera y obstinada.
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Su nombre de pila Amandus, sin embargo, un gerundivo, designa a alguien que, como formula acertadamente E. T. A. Hoffmann (1995: 952), «debe y tiene que», a saber, amar. Que pueda hacerlo es otra cuestión, pero su nombre de pila evoca un subtexto que probablemente también haya contribuido a «inducir a los intérpretes a las interpretaciones más opuestas» (Ueding 1993: 174). Para este tipo de nombres, Peter Demetz (1964: 197–201) introdujo el término «nombre antitético» y citó como ejemplos Alonzo Gieshübler, de Theodor Fontane (Effi Briest, 1895), y el Dr. Niels Wrschowitz (Der Stechlin, 1898) (cf. Kohlheim R. 2019: 176). Gunter Presch, por su parte, denominó «nombres quebrados» (ibid., 5) a este tipo de nombres, en los que pueden «infiltrarse contradicciones» (Presch 2002: 100), de modo que «significan esto y lo contrario», y les dedicó una monografía entera. Su ejemplo literario fue Tonio Kröger, de Thomas Mann: también este es un nombre antitético, enteramente en la tradición de Jean Paul.
Berend concluye su artículo con una valoración global de la asignación de nombres de Jean Paul. Según informa, ya a sus contemporáneos les habían llamado la atención los nombres insólitos del poeta. No siempre recibieron su aprobación. Charlotte von Kalb admiraba a Jean Paul y, sin embargo, juzgó: «Por mucho que esté entregada al semidiós Jean Paul [...], estoy muy descontenta con su elección de nombres» (849). Berend concede a los críticos que la elección de nombres de Jean Paul es en parte muy «rebuscada» (850), pero hace notar que Jean Paul no quería escribir novelas realistas, sino que «a pesar de todo el realismo en los detalles, solo quería construir un mundo de fantasía romántico» (850). En efecto, afirma Berend con razón, «los realistas declarados [...] a veces se permitieron mucho más, por ejemplo [...] Fontane con Sahnepott, Thomas Mann con Klöterjahn, Lobgott Piepsam; Sesemi Weichbrodt, y sobre todo Raabe con nombres como Schlotterbeck, Ulebeule [...], Knackstert, etc.» (850). Y cuando Berend concluye su artículo precursor con las palabras: «Los grandes maestros del arte narrativo del siglo XIX [...] fueron todos, directa o indirectamente, discípulos suyos» (850), también podrá afirmarse lo mismo sobre la relación entre Berend y los investigadores de los nombres literarios a partir de mediados del siglo XX.
6. RESUMEN: EL ARTÍCULO DE BEREND COMO TEXTO FUNDACIONAL DE LA ONOMÁSTICA LITERARIA
Lo anterior pretendía mostrar que el artículo publicado en 1942 por Eduard Berend, el editor de las obras de Jean Paul, con el
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Título La atribución de nombres en Jean Paul puede considerarse un texto fundacional de la Onomástica Literaria científica moderna en el ámbito germanófono. Tras un breve esbozo de la vida del científico germano-judío, se trataba ante todo de destacar aquellos aspectos de su trabajo que habrían de resultar decisivos para el futuro de la Poetonomástica. Así, E. Berend esboza ya al comienzo de su artículo el proyecto de una Onomástica Literaria comparatista de alcance mundial, un concepto que solo ahora, gracias a las posibilidades actuales de la informática, parece haberse acercado a una realización tangible. También se abordan cuestiones de teoría de los géneros relativas a la atribución de nombres literarios, cuestiones que aún distan mucho de estar definitivamente resueltas. Asimismo, Berend se ocupa de problemas de estética de la producción de la atribución de nombres literarios y sitúa la atribución de nombres de Jean Paul en su contexto histórico. De este modo puede mostrar que Jean Paul tenía concepciones poetonomásticas próximas a las del siglo XX. Como editor de las obras de Jean Paul, Berend también estaba familiarizado con sus materiales de trabajo, por lo que puede mostrar de dónde tomó el poeta sus nombres. Aunque estos suelen sonar llamativos, proceden casi sin excepción de la realidad. En su minucioso análisis, decisivo para el futuro, de la atribución de nombres de Jean Paul, Berend examina el número de sílabas de los nombres, su fonosemántica, sus características socioonomásticas y los nombres antitéticos/quebrados de Jean Paul. Finalmente, Berend valora la atribución de nombres de Jean Paul por su adecuación estilística. Con sus numerosas afirmaciones orientadas hacia el futuro, tal es la conclusión del artículo, Berend puede considerarse maestro de la Onomástica Literaria contemporánea.
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Eduard Berend y los orígenes de la onomástica literaria alemana
RESUMEN
El artículo «La atribución de nombres en Jean Paul» («Die Namengebung bei Jean Paul»), publicado en 1942 por Eduard Berend, editor de las obras de Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter), debe considerarse un trabajo fundacional de la onomástica literaria científica moderna en el ámbito germanófono. Tras una breve semblanza biográfica del científico judío alemán, quien probablemente escribió en el exilio suizo su obra sobre las particularidades de la atribución de nombres del poeta Jean Paul, sigue la visión clarividente de E. Berend sobre la onomástica literaria, presentada al comienzo de su trabajo. Se basa en un pensamiento global y en un proyecto comparatista mundial, y las posibilidades de la informática contemporánea le confieren una concreción tangible. Esta concepción abarca tanto los aspectos teóricos de la clasificación como los aspectos estéticos de la realización. E. Berend sitúa el fenómeno de la atribución de nombres de Jean Paul en su contexto histórico y muestra que Jean Paul se guiaba por una imagen poetonomástica característica del siglo XX. Como editor de las obras de Jean Paul, E. Berend también conocía bien los materiales de su trabajo, por lo que pudo indicar de dónde procedían los nombres empleados por el poeta. En su análisis exhaustivo de la atribución de nombres de Jean Paul, E. Berend aborda incluso la evaluación del número de sílabas y de la fonosemántica de los nombres, así como sus características socioonomásticas y los nombres antitéticos/quebrados de Jean Paul; elogia la precisión de la atribución de nombres de Jean Paul. Basándose en las numerosas afirmaciones de E. Berend, expuestas en las conclusiones del artículo, que señalan perspectivas para la investigación, debe considerársele un maestro de la onomástica literaria contemporánea.
Recibido el 6 de abril de 2021.
VOLKER KOHLHEIM
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