El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y regocijos en Huelva y los pueblos de su entorno en los siglos XVII y XVIII
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Revista de Estudios Taurinos N.º 27, Sevilla, 2010, págs. 55-74 EL HURTO COMO MODO DE PROVISION DE TOROS PARA LOS JUEGOS Y REGOCIJOS EN HUELVA Y LOS PUEBLOS DE SU ENTORNO EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII Juan Francico Canterla González os Archivos de la provincia de Huelva guardan una importante documentación para el estudio de la fiesta en los siglos XVII y XVIII. La información más relevante se conserva en los municipales. Las Actas Capitulares recogen noticias de las fiestas votadas y de los regocijos organizados por los cabildos en honor de los señores de la ciudad y los monarcas. De los juegos celebrados por los vecinos, que fueron inmensa mayoría, rara vez ha quedado alguna referencia en estos libros y los que han sobrevivido al olvido lo han sido por algún motivo singular1. Del toro que corrieron los aficionados de Huelva el veintisiete de noviembre de 1769 se guarda memo1Algunas de estas celebraciones fueron espectaculares. Por los desposorios del duque de Béjar hubo en Gibraleón en 1703 «máscara burlesca, luminarias, fiesta de vacas emboladas con rejones burlescos, juego de toros, sorteadores, fuegos y los dulces que sean necesarios» (AMGi Leg 7). No menos espléndidas fueron las fiestas organizadas por el Cabildo onubense en 1707 en celebración del nacimiento del Infante de Castilla, en las que hubo comedias, luminarias, cabalgatas, vacas emboladas, fiesta de toros, cuatro de ellos de muerte, y sorteadores (AMHu Leg 13). L
Juan Francisco Canterla 56 ria por los daños que causó en la colación de San Pedro a su regreso al campo y del regocijo celebrado la víspera del Corpus de 1709 por la cogida que una vaca propinó a Francisco Javier Ortiz, de la que salvó la vida milagrosamente. Salvo estos casos puntuales, las fiestas del común han pasado a la historia sin dejar huella. Los pleitos civiles y criminales constituyen otra importante fuente informativa. En estos papeles el protagonista por excelencia es el toro. Los testigos describieron a los justicias su hábitat, los cuidados que le prodigaban los pastores, los daños que ocasionaba a bienes y personas y los peligros que lo acechaban, entre los que sobresalían lobos, cuatreros y garrochistas.2 Denuncias que aparentemente nada tienen que ver con la fiesta, de toreadores reconocidos por su valor y chulería, como el cura Sebastián Pérez que salía en hábitos a la plaza con «el alfanje desnudo a matar al toro» (AOH Encinasola Leg 14), y de aficionados, como el presbítero valverdeño Caballero Bolaños, que hacía decenas de kilómetros a lomos de burro para ver torear en Manzanilla a sus famosos varilargueros (AOH Valverde Leg 525). 2La afición a garrochar toros incentivó desde el final del siglo XVII la formación de tropas de caballistas. Sus integrantes salían al campo, separaban el animal de la manada, generalmente con alanos, y lo picaban. En 1689 la justicia condenó a cinco mozos de Gibraleón por matar una vaca en el sitio de los Zarzales «con una puya gruesa» (AMGi Leg 806). En 1691 dos jinetes garrocharon en el mismo pueblo un buey atorunado de Manuel Lorenzo, dejándole el palo clavado en el cuerpo (AMGi Leg 807). La afición por la garrocha creció de tal modo en la Tierra Llana que algunos jornaleros se desplazaban a trabajar con su caballo y la vara. En 1724 Juan Franco, vecino de Manzanilla, fue procesado por garrochar una vaca de José García en el Retamal de Enmedio, una finca de Chucena (AMCh Leg 530).
El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y... 57 Los papeles de las hermandades, Libros de Cuentas y Libros de Visita eclesiásticos, conservados en su mayor parte en el archivo arzobispal de Sevilla, documentan asimismo numerosos acontecimientos relacionados con la fiesta. Los libros de contabilidad, y singularmente las rendiciones de cuentas que hacían los mayordomos ante los párrocos, contienen datos de los ingresos que las cofradías obtenían de su patrimonio y de los gastos realizados en los cultos, conservación de propiedades y fiestas. En esta última data aparecen frecuentemente referencias al precio del toro y al dinero empleado en su cuidado. El análisis comparativo de ingresos y gastos diferencia dos tipos de cofradías: las ricas, que contaban con dinero para comprarlo y las pobres que, a falta de donaciones o préstamos, se veían abocadas a hurtarlo. Los Libros de Visita exploran por su parte los excesos ocasionados por la fiesta y las medidas para corregirlos. En general los inspectores del arzobispado se mostraron contrarios a la celebración de juegos de toros en el entorno de iglesias y ermitas, habitualmente acompañados de otros excesos como los bailes y la junta de hombres y mujeres, completamente rechazados por la Iglesia.3 Los procesos judiciales, los papeles de las cofradías y los Libros de Cuentas son una fuente informativa de primera mano para el estudio de una peculiar forma de aprovisionamiento de toros a la que llamaremos en adelante hurto de uso. En los siglos XVII y XVIII se asentó en los pueblos ubicados en los estuarios de los ríos Tinto y Odiel la convicción de que el animal podía 3Un sector importante de la Iglesia luchó con denuedo en el siglo XVIII por desvincular la fiesta de las ceremonias religiosas. Después de la prohibición del «abuso de correr por la calle toros de cuerda» (1790), el Supremo Consejo la emprendió contra los juegos, de los que las cofradías sacaban parte de sus recursos. La más grave de las prohibiciones (1807) afectó a las fiestas de la Coronada, Nuestra Señora de España y las que celebraban los vecinos de Calañas y Gibraleón a San Sebastián y San Roque (AMGi Leg 114).
Juan Francisco Canterla 58 jugarse lícitamente, sin consentimiento de su dueño, con tal de que después fuese devuelto, sano y salvo, al lugar donde se tomó. Esta peculiar forma de uso, favorecida por la pobreza crónica de los vecinos,4alcanzó gran auge en la villa de Huelva y su entorno y se convirtió en el recurso del que se valieron habitualmente las cofradías pobres para aprovisionar sus fiestas.5La extracción, término de uso común en la época, se consolidó ante la falta de protectores que beneficiasen a estas modestas instituciones con limosnas y préstamos de animales, favores que habitualmente hacían a las cofradías ricas. La liberalidad, hecha sin condición, permitió a los mayordomos emplear el toro en los trabajos que mayores réditos proporcionaban. Había veces en las que, por carecer de agresividad, era castrado y aplicado a las faenas del campo y otras en las que era utilizado como semental, lo que no excluía que acabase sus días en la plaza de la iglesia o en la explanada de alguna ermita6. 4Prueba inequívoca de esta pobreza son las reiteradas epidemias de hambre que sufrió la villa de Huelva, Entre 1680 y 1720 faltó el pan en treinta y cinco años; entre 1720 y 1750, en veintidós; y entre 1750 y 1808, en veinte. Las hambrunas, pese a los esfuerzos del Cabildo, llenaron alguna de vez de cadáveres las gradas de las iglesias y provocaron levantamientos populares como el que tuvo lugar en el año 1708 (AMHu Leg 13). 5El caso de las cofradías ricas era diferente. La hermandad de la Cinta, de Huelva, empleó en 1752 cuatro mil quinientos reales de vellón en la compra de seis toros de juego y veintidós capeones que fueron lidiados en dos corridas, una cantidad equivalente a veinte presupuestos de la cofradía del Rosario. 6Ni siquiera el toro de San Marcos se libró en ocasiones del sacrificio. En 1701 los oficios de la cofradía de Alosno decidieron, contra la opinión del arzobispo, vender un toro que había procesionado en los años anteriores y repartieron su importe entre los pobres. Los autos en los que se enjuició el hecho, recogen el testimonio del padre de uno de los mayordomos procesados haciendo constar que «un toro de limosna que habían dado vecinos de este lugar al santo (lo) mataron en juegos de toros su hijo y compañeros» (AOH Alosno Clase Sexta). La procesión del toro se celebró en el siglo XVII en muchos pueblos de la Tierra Llana, como Huelva, San Juan y Beas, donde fue terminantemente prohibida por el arzobispo Palafox en 1688.
El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y... 59 Aunque los donantes eran por lo general ricos propietarios de manadas, no faltan casos de limosnas hechas colectivamente por los vecinos7. El préstamo, una figura que guarda cierta semejanza con el hurto de uso, fue una práctica poco habitual por los problemas que ocasionaba. En 1692 el Cabildo onubense se vio obligado a recurrir a diputados que velasen por el cumplimiento de los usos que regulaban la lidia de reses prestadas «por cuanto se puede ofrecer matar alguna o que reciba algún daño» (AMHu Leg 12). Con todo, algunos ganaderos, por devoción, cedían sus animales a condición de que los organizadores de los juegos se responsabilizasen de los daños ocasionados por la garrocha o las carreras. En 1699, un toro de Juana Tirado, una viuda onubense, murió a consecuencia de las heridas que le causó Nicolás Alemán, importante hombre de negocios de Huelva, comisario de la Hermandad Vieja de Talavera, sargento de la Compañía de Milicias, arrendador de rentas y prestamista del cabildo. La propietaria denunció a los oficios que el varilarguero le había herido «un toro suyo propio» y éstos ordenaron que «le pidiese lo conveniente» (AMHu Leg 12). En Cala, la muerte de un toro prestado por un vecino originó un 7Las donaciones de toros y el destino que se daba a su producto aparecen documentados en los Libros de Cuentas. Las obras de restauración llevadas a cabo en 1631 en la ermita de las Flores de Encinasola se sufragaron con el beneficio que produjo una res donada por el Conde de Avellaneda. Los toros del Conde del Alamo, un personaje vinculado a la Maestranza sevillana y protector de San Mamés, sirvieron para atender numerosos fines de esta hermandad de Aroche. En 1802 González de Castilla dio un toro a Nuestra Señora de la Aliseda que valió novecientos cincuenta reales (AGAS Caja 05298). En la vecina Cumbres Mayores estos regalos eran frecuentes. En 1736 Juan Casillas ofreció un novillo a la Cofradía de San Sebastián de limosna y Alonso García un buey a la cofradía del Amparo (AGAS Ib). En Calañas el fin de la donación era puramente lúdico: la víspera de la Coronada los arrieros calañeses depositaban en un lienzo monedas con las que compraban una vaca para jugarla y licores para la romería.
Juan Francisco Canterla 60 gran conflicto entre la hermandad de la Virgen y el alcalde, que se atribuyeron mutuamente la responsabilidad de lo sucedido. Estos casos eran con todo excepcionales ya que la mayor parte de las reses, incluso las garrochadas, regresaban vivas al campo y curaban después de algunos días. El hurto fue con diferencia el medio habitual de provisión de las fiestas y regocijos populares. La sustracción del animal se vio favorecida por la ausencia de normas que penasen a los usurpadores. Las Ordenanzas del ducado de Medina Sidonia de 1504, en vigor en buena medida a principio del siglo XVIII, castigaban la utilización abusiva de la res ajena, caso de los bueyes que se tomaban para las faenas agrícolas8, pero ni de pasada trataron del hurto del toro para la lidia. Las Ordenanzas dadas por el duque de Béjar en 1681 a sus estados fueron aún más permisivas y ni siquiera regularon el abuso del buey a pesar de la reiteración con la que se producía9. Sólo su artículo 34 prohibía la utilización del caballo sin consentimiento del propietario, un precepto especialmente destinado a evitar ciertos abusos de los oficios del cabildo (A.M.Gi Leg 13). Los Autos 8Art 227: «Cualquier persona que arare con buey ajeno, sin licencia de su dueño, pague por cada vez doscientos maravedíes de pena». Cit: Galán Parra, Isabel: «Las Ordenanzas ducales del año 1504. Administración y economía en los señoríos de los duques de Medina Sidonia. Quinto Centenario de la saca de yeguas» Cuadernos de Almonte. Serie Documentos I. 2004. págs 64 y ss). 9La documentación criminal del Archivo Municipal de Gibraleón conserva algunos procesos abiertos por el hurto de bueyes para la labra del campo o la trilla. Se deduce de ellos que los propietarios que recuperaban sus animales sin daño solían perdonar a los usurpadores. En cambio, cuando aparecían dañados, mantenían sus querellas hasta sentencia a fin de resarcirse de los perjuicios. En 1750 uno de los bueyes de José Almonte perdió parte de la piel de las patas al atascarse en un arroyo por el que intentó conducirlo el vecino de un pago próximo que lo había empleado en las faenas agrícolas sin autorización de su propietario. La resolución del justicia fue condenatoria (AMGI Leg 822).
El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y... 61 de Buen Gobierno, normas de policía promulgadas por los Cabildos para garantizar la paz y el bienestar de los vecinos, tampoco se ocuparon del supuesto. Las escasas villas, como Calañas o Beas, que incorporaron a su articulado preceptos para regular los juegos de toros, pasaron por alto el problema del hurto, una omisión que se vincula al ascenso de los mayordomos, autores ideológicos de la extracción, y a los empleos de los Cabildos, como corregidores y alcaldes. La ausencia de normas reguladoras del uso del toro para el juego obedeció, en todo caso, a motivaciones religiosas. No en vano eran las cofradías las organizadoras de los juegos y su lidia fruto de votos acordados por los antepasados en honor de los santos o la virgen. No menos relevante era el fin de estas funciones ya que con su producto se atendían obras piadosas, se fundaban hospitales y se tallaban imágenes y retablos.10 La falta de regulación legal favoreció la actuación de las cuadrillas y privó a los propietarios de argumentos jurídicos para reclamar sus toros. Ambas circunstancias concurren en un caso de extracción ocurrido en Huelva en el verano de 1668. Los responsables fueron los morenos de la villa, hermanos de la cofradía del Rosario, la institución, con diferencia, más 10 En 1731 se inició en Niebla el retablo de Nuestra Señora de la Concepción en la iglesia de Santa María de Gracia con la limosna de una fiesta de toros (AMNi Leg 10). En 1717 y 1718 se levantaron en Valverde una capilla y el altar de la ermita de Santa Ana y el altar, retablo y cuadro de la Santísima Trinidad de la calle de Peñuelas con los rendimientos de dos fiestas de toros (Cit.: Lara Ródenas, M.J.(1995): El tiempo y las fuentes de su memoria. Historia modema y contemporánea de la provincia de Huelva, t. III, Diputación de Huelva, pág. 390) En 1752 se construyó el retablo de la hermandad de la Cinta con el producto de dos fiestas de toros (Díaz Hierro, Diego: Diario Odiel, 14/08/1963).Y en 1761 se celebraron en Gibraleón tres corridas con vara de detener para costear un cuadro de la Purísima Concepción (AMGI Leg 10).
Juan Francisco Canterla 62 humilde de la ciudad.11 Su corto presupuesto, que rara vez superaba doscientos reales anuales, no daba para la compra de un toro y forzó su hurto. El sábado 18 de agosto de 1668, Francisco Tirado y Esteban Rodríguez, dos jornaleros de bien, y algunos pardos sacaron una manada de reses de la dehesa de la Alquería y la encerraron en una corraleta construida con carretas y maderos en la plaza de San Pedro, el lugar designado para su lidia. El presbítero José Ordóñez Hidalgo reconoció entre ellas a cuatro de sus toros y ordenó a un esclavo de su padre que soltase tres y dejase uno para el juego, una decisión a la que se avinieron los responsables del encierro. La resistencia de uno de los animales a salir del corral provocó un incidente entre Tirado y el esclavo, aprovechado por Ordóñez para golpear al jornalero con el puño y abofetearlo en presencia de numerosas personas. Esta conducta, insoportable en un eclesiástico, le valió un proceso judicial y su encierro en la cárcel sevillana del señor arzobispo donde conoció su sentencia: un mes de reclusión en institución 11 La cofradía del Rosario organizó juegos de toros en Huelva entre 1650 y 1740, unas veces en la plaza de San Pedro y otras en la de San Juan, actual plaza de las Monjas. Contrastan sus escasos recursos y la pobreza de sus hermanos con la brillantez de estos festejos. Los morenos allanaban y regaban el terreno, levantaban los andamios, pagaban sorteadores y contrataban ministriles para que animasen la fiesta con sus chirimías (AOH Leg 304). Las escasas cuentas de la institución que se han conservado nunca refieren la compra, donación o préstamo de toros, un silencio que apunta al hurto como principal modo de aprovisionamiento de sus fiestas. Los juegos de 1733 y 1734 dejaron beneficio a la cofradía, un dato del que podría deducirse razonablemente que esos años los toros fueron donados. En 1733, el producto que dejó la fiesta ascendió a noventa reales y en 1734 a trescientos. En el proceso seguido contra el capellán Tomás Blanco por apropiarse indebidamente de una parte de este dinero, consta que el primer año se vendieron las cañamas, despojos y pieles de dos reses. La penuria de los cofrades del Rosario, que se autodefinían negros y pobres obligó a dar los trozos de carne de fiado (AOH Leg 304). Las consecuencias del proceso se dejaron sentir en 1735, año en el que el presupuesto de la cofradía apenas sobrepasó los cien reales, la cuarta parte del valor de un toro.
El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y... 63 religiosa, seis mil maravedíes de multa y la obligación de solicitar el perdón del ofendido ante cuatro sacerdotes (AOH Huelva Leg 43). La segunda mitad del siglo XVII fue la época dorada del hurto de uso. Las fiestas votadas en honor de San Sebastián, San Roque, Santiago y Santa Ana generalizaron los juegos de toros en Huelva y pueblos de su entorno y favorecieron la extracción de reses, una situación con la que tuvieron que transigir los propietarios ante la falta de normas que les permitiesen Fig. n.º 24.- Manada de toros bañándose en el río. (Imagen del archivo de la Fundación de Estudios Taurinos). reivindicarlas ante la justicia. Los vecinos tuvieron una participación decisiva en la organización de estos eventos. Una querella presentada contra una vecina de Gibraleón por bailar indecentemente el baile del adufe, conserva un excelente retrato de los trabajos que precedían a la diversión, en los que participaban los mozos «ajuntando carretas para la fiesta de los toros que se hizo (a la Virgen del Carmen) en 1689» (AMGi Leg 807)
Juan Francisco Canterla 70 Los cuadrilleros no eran, contra lo que podría deducirse de los documentos anteriores, vulgares cuatreros. La traba de bienes de Romero, Pérez Dávila y Encalada, propietarios de casas, rebaños y animales de tiro, prueban que no eran pobres de solemnidad. En 1803, un testigo definió a los autores de la suelta del buey de Moguer como «señoritos, porque gente de campo y capa parda no se habían de haber atrevido» (AMMo Leg 367 bis) Sin duda, lo que los movía a tomar parte en la extracción no era un interés particular sino su compromiso con la cofradía, su devoción15 y su pasión por el juego. En 1738, Garrido Mora, un fraile carmelita, comunicó al justicia de Gibraleón la conversación que había escuchado, camino de Huelva, a los conductores del toro colorado de la viuda de Melgarejo. Sus principales preocupaciones eran ser alcanzados por los criados de la propietaria y fallar a los que los aguardaban en el puerto del Odiel. Pedro Garrido, montado a caballo, se burlaba de sus temores asegurándoles que «aunque viniera todo el mundo no fuera capaz de quitarnos el toro», una declaración que Agáchate, un popular cuadrillero, ratificó en términos categóricos: «Primero la vida que el toro» (AMGi Leg 818). La aventura fue otro importante atractivo del hurto. La captura de los animales venía precedida de la observación de sus costumbres, de los hábitos de sus cuidadores y de los obstáculos que podían estorbar los propósitos de los extractores. Llegado el momento del asalto, los cuadrilleros no dudaban en emplear la fuerza contra los pastores ya que éstos, fallido el intento de ocultarlos en las riberas de los ríos o en los montes de jaras y encinas, ponían gran diligencia en protegerlos. El testimonio prestado al justicia de Gibraleón por Juan Conde, testigo de don 15 Esta probado que algunos toreadores donaban limosna para participar en la lidia. En una cuenta de la cofradía del Rosario figuran anotados «37 reales de un rehilete que echó uno de los toreadores a la Virgen» (AMHu Leg 304).
El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y... 71 Manuel Rivero, acredita la violencia que emplearon los reos de San Juan del Puerto en la extracción de sus toros: «Vinieron a sacarlos mano armada... y habiendo querido estorbarlo un pastor llamado Manuel Rico le dijeron que se fuera a la mierda que se los llevaban y en efecto se llevaron los referidos tres toros, habiendo apedreado uno de los cuatreros a un vaquero llamado Manuel Jesús al que quiso garrochar» (AMGi Leg 830). La violencia era ejercida igualmente contra los propietarios que intentaban llevarse sus animales después de capturados. En septiembre de 1759 dos clérigos de menores órdenes, Elías Rodríguez y José Melgarejo, reunieron en una corraleta de maderos unos novillos, extraídos de los campos de San Juan del Puerto para jugarlos el día de la Ascensión (AOH San Juan del Puerto Leg 480). Entre ellos se encontraba una res de Laureano Morales. El animal había sido quebrantado en una fiesta que se hizo el siete de septiembre y su dueño pretendía sacarlo del corral y conducirlo al campo para que no se agravasen sus heridas en el juego del día catorce. Los eclesiásticos no sólo se opusieron a su pretensión sino que lo golpearon con unos garrotes16. Podría suponerse por las circunstancias que concurrían en el hurto de los animales, que los cuadrilleros los sacaban de los campos al azar. Nada más lejos de la realidad. Los procesos con16 En la villa de los Medina Sidonia se celebraban indistintamente en el siglo XVIII juegos de toros y corridas con vara de detener. Mientras que el hurto fue la manera habitual de aprovisionamiento de reses para los juegos, el toro de vara, por ser de muerte, debía ser imperiosamente comprado. La cuestión del pago dio origen a algunos contratiempos. En 1737 el hermano mayor de la cofradía del Carmen se vio obligado a suspender una corrida por no haber podido reunir el dinero que exigía el propietario de la res. En alguna ocasión el hurto fue obligado por el fracaso del ajuste del toro. El semental de la viuda de Melgarejo, al que se ha hecho referencia, fue hurtado después que los cuadrilleros onubenses fallasen en el intento de alcanzar un acuerdo en el precio de otro animal de Diego de Almonte. (AMGi Leg 818).
Juan Francisco Canterla 72 firman que los extractores requerían de antemano noticias de los toros más bravos a los propietarios de los fundos vecinos y no asaltaban la manada sin antes haber comprobado que reunían las cualidades imprescindibles para la lidia. Salvo el caso de las fiestas de capeones, para las que podía valer incluso una vaca, el toro que lidiaban sorteadores y garrochistas debía ser, preferentemente, un semental y en su defecto un novillo. En uno y otro caso debían de estar patentes sus atributos sexuales. En 1710 los vecinos de Cala, un pueblo serrano, impidieron que los toreadores le diesen garrochadas a una res después de advertir que le faltaba un testículo. El animal fue devuelto al campo y sustituido por otro que pastaba en la dehesa. Cualidad no menos importante era la agresividad. En todos los pueblos había reses reconocidas por su peligrosidad. En 1754 seis toros de Almonte se introdujeron en los cultivos de Moguer y causaron daños en las viñas y trigales. El propietario de unos sembrados de cebada a los que estaban empicados denunció los perjuicios que le estaban causando, sus características y su comportamiento: «Y serán diez o doce toros, algunos de ellos de piel negra, uno bragado y los otros tostados retintos, tan feroces y bravos que no se puede animar a ellos ... y que no los ha podido espantar aunque les ha tirado algunos tiros con escopeta y carga de munición y voces». Después de intentar localizar sin éxito a sus dueños, la autoridad autorizó a matarlos, sin pena (AMMo Leg 865). Más desgraciado fue el caso del negociante francés Pedro Rollán al que un novillo mató de una cabezada en el camino de Escacena, sin que hubiesen evitado la desgracia los gritos que le dieron Andrés Díaz y sus vaqueros «para que lo atajase» (AMCHu Leg 533). El hurto de uso del toro para el juego se extinguió a fin del siglo XVIII. Por fuerza los procesamientos judiciales debieron constituir un freno a la labor de las cuadrillas. Es siguificativo
El hurto como modo de provisión de toros para los juegos y... 73 que el Archivo de Gibraleón, depositario de una completa documentación criminal, no conserve un solo proceso instruido después de 1776, fecha de la extracción de los toros de Manuel Rivero. Sólo en una causa seguida por motivo de problemas surgidos en la administración de la cárcel de la villa se hace referencia a una fiesta que tuvo lugar en septiembre de 1781, a cuyo término los toros, seguramente hurtados, fueron devueltos al campo en medio de la algazara de mujeres y niños que les arrojaban piedras a su paso por la calle (AMGi Leg 831). Sería sin embargo excesivo creer que el temor al embargo y a la cárcel fueron los únicos desencadenantes de la desaparición del hurto de uso. La decadencia de los juegos de toros, entendidos como fiestas de origen, contenido y finalidad eminentemente religiosos, contribuyeron en mayor medida si cabe a su extinción. En los últimos decenios del siglo XVIII el Supremo Consejo y la Iglesia arremetieron contra estos regocijos, banquetes, borracheras, danzas, coplas y particularmente contra la junta de hombres y mujeres que los acompañaban. Su política miope no atinó a prevenir el perjuicio que causaban con ello a las propias cofradías. A fin de la centuria su falta de recursos se tradujo en el cierre de muchas ermitas, una situación que agravaron la Desamortización y la Guerra de Independencia. Los alcances se convirtieron en un lugar común en la vida de las hermandades y alejaron de ellas a los vecinos, reacios a desempeñar sus empleos por temor al embargo de sus bienes. Vigiladas, pobres y desorganizadas, las cofradías dejaron de hacer juegos de toros, y el hurto, perdida cualquier connotación piadosa, se convirtió en una acción propia de cuatreros, perseguida por la ley.
Juan Francisco Canterla 74 RELACIÓN DE LOS ARCHIVOS CITADOS AGAS (Arzobispado de Sevilla) AOH (Obispado de Huelva) AlviHu (Municipal de Huelva) AMNi (Municipal. de Niebla) AMTr (Municipal de Trigueros) AM. SJ (Municipal de San Juan del Puerto) AIvIGI (Municipal de Gibraleón) AMCHu (Municipal de Chucena) AMMo (Municipal de Moguer) AMZa (Municipal de Zalamea) AMCo (Municipal de Cortegana)