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Ilustración y modernidad en torno a las cigarreras. Género, técnica y trabajo en torno a las obreras de la industria del tabaco (1728-1936)

Puntas Aguilar, Tomás

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Tomás Puntas Aguilar Ilustración y modernidad en torno a las cigarreras Género, técnica y trabajo en torno a las obreras de la industria del tabaco (1728-1936) TRABAJO DE FIN DE MÁSTER Dirigido por la Dra. María de Paz Amérigo y el Dr. Lino Camprubí Bueno Doble Máster en Profesorado de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas Y Filosofía y Cultura Moderna Sevilla 2021 2 3 ÍNDICE INTRODUCCIÓN……………………………………………………………………...5 1. EL TRIUNFO EN CUESTIÓN: FILOSOFÍA POLÍTICA Y REVOLUCIÓN INDUSTRIAL …………………………………………….………………………10 1.1. Sueño ilustrado………………………….……………………………………..18 1.2. Conflictos liberales………………………………………….…………………25 1.3. Desencuentros modernos………………………………………………………36 2. LA DERROTA EN CUESTIÓN: GÉNERO, REBELIÓN Y CLASE ……..44 2.1. Obrera, mujer fatal…………………………………………………………….46 2.2. Junta de Damas, grieta argumental………..…………………………………..54 2.3. Liberalismo, explotación laboral..…………………………………………….60 2.4. Cigarrera, sujeto político…………………..………………………………….66 CONSIDERACIONES FINALES…………………………………………………...78 BIBLIOGRAFÍA…………………………………………………………..………….82 4 5 INTRODUCCIÓN “Tal vez fue porque a mi madre le gustaba vestirnos igual a mi hermana melliza y a mí, aunque no nos parecíamos nada, e incluso a nuestra tercera hermana, y a la cuarta… Tal vez fue por eso, pienso, que nunca acabé de confiar en las apariencias. Porque aun cuando adultas siempre hemos tenido una excelente relación, el hecho es que bajo aquella encantadora estampa de armoniosa sincronización infantil subyacían tantos conflictos como los que cabe esperar de la relación normal entre los seis hermanos que llegamos a ser” Almudena Hernando 1 El presente estudio tiene una vocación filosófica y una naturaleza, irremediablemente, humanística. Pretendemos comprender el recorrido histórico de la conformación de las cigarreras como sujetos políticos a la vez que intentaremos encuadrar el fenómeno en su contexto de la manera más plural y precisa posible. De ahí que las pesquisas filosóficas vayan acompañadas de reflexiones de índole historiográfica, antropológica, literaria, artística, geográfica o paisajística. Al igual que Almudena Hernando descubre que la Arqueología le permite bucear en los interrogantes que se afana en responder, en nuestro caso, la mirada holística que ofrecen las Humanidades nos indican la senda poliédrica que llevó a las mujeres trabajadoras de las fábricas de tabacos a lidiar con su realidad material y simbólica. En sentido estricto, la investigación que encaramos se enmarcaría dentro de la Filosofía Política y la Historia de la Ciencia, concretamente del campo relativo a los avances técnicos y sus consecuencias sociales e ideológicas. Trataremos de dilucidar cómo incidió en la sociedad liberal patriarcal la existencia de miles de cigarreras combativas en la industria, al mismo tiempo que veremos hasta qué punto la Revolución Industrial que había multiplicado la producción de tabaco terminaría amenazando los puestos de trabajo de las obreras a través de la mecanización de los procesos fabriles. 1 Hernando, A. (2018). La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Madrid: Traficantes de Sueños, 9788494806872, 25. 6 En la presentación de su obra sobre los orígenes del patriarcado, Almudena Hernando continúa reflexionando acerca de sus motivaciones y su metodología: Tal vez también pudo ser esto [su desconfianza hacia las apariencias] lo que me llevó, sin saberlo, a estudiar arqueología, porque después de haber dedicado una tesis doctoral al Calcolítico del sureste español me di cuenta de que apenas me interesaba lo que había ocurrido en el 2.500 a. C., y se convirtió en un misterio profundo la causa que podía haberme conducido hasta allí. […] Lo que me atraía de la arqueología era que, utilizada en sentido metafórico, me ofrecía un procedimiento de análisis genealógico, de largo plazo, que enseña a bucear en las raíces y los fundamentos de los procesos visibles, fijando la atención en la lógica profunda que les da sentido y no en la apariencia que su expresión puede revestir en un momento dado. Entendí también que la prehistoria enseña a considerar los orígenes como una de las claves esenciales de esos procesos. […] Pero, sobre todo, comprendí que el estudio de la cultura material, en la que se especializa la arqueología en tanto que disciplina, proporciona un instrumento particularmente interesante para abordar el estudio de una sociedad cuando se desea huir de las apariencias, porque dirige la mirada a lo que la gente hace y no, como en el caso de la historia, a lo que ha decidido contar de sí misma 2 Por lo que respecta a la presente investigación, intentaremos ofrecer también esta mirada arqueológica alegórica a la que se refiere la autora. Es evidente que lo que la historia tradicional ha contado de las cigarreras, cuando lo ha hecho, presenta serias injusticias. No fue hasta la década de 1990 cuando figuras como Paloma Candela Soto o Eloísa Baena Luque comenzaron a observar a las trabajadoras de las fábricas de tabacos como sujetos históricos completos, con sus identidades, sus contradicciones, sus miedos, sus conflictos, sus luchas, sus triunfos y sus derrotas. Hasta entonces, estas obreras habían, simplemente, constituido bien piezas folclóricas bajo la mirada del costumbrismo, bien piezas de producción para la historiografía marxista de corte más clásico. Fue la extensión de los estudios culturales lo que permitió mirar a las cigarreras más allá de las apariencias, más allá del mito de Carmen y de los rostros anónimos de la clase obrera. Nuestro objetivo aquí es relacionar la condición de mujer trabajadora de estos sujetos históricos con otros fenómenos contemporáneos tales como el desarrollo del capitalismo, la amenaza de la mecanización, las lógicas racionalizadoras, el liberalismo político, los prejuicios patriarcales, la instauración de la beneficencia pública o los progresos de las mujeres de las altas esferas del siglo XIX. 2 Hernando, A. (2018). La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno. Madrid: Traficantes de Sueños, 9788494806872, 25-26. 7 La apariencia que envuelve al progreso aún vive en nuestros huesos. Las promesas de futuro en base a los avances tecnológicos siguen pujantes. Nada más hay que ver los informativos televisivos para contemplar la repetición de un discurso que radica en el enaltecimiento de los inventos per se, exentos de perspectiva crítica ni contexto social, político, económico, cultural o ecológico. La máquina nos sigue fascinando del mismo modo que lo hacía en los siglos anteriores, por mucho que sus máximos defensores fueran unas futuristas italianos que, a la vez que glorificaban la velocidad y las tuberías industriales, despreciaban, literalmente a la mujer y al feminismo. Nuestro deseo en las páginas que siguen no es otro que mostrar de qué manera la máquina, la modernidad, deslumbró a los sueños ilustrados de progresos orientados a la educación y a la emancipación de la humanidad de su ignorancia y de las desigualdades. La Revolución Industrial, desarrollada en el siglo XIX pero importante ya durante la centuria anterior en las potencias más hegemónicas, corrió en paralelo a las transformaciones políticas de la sociedad. El fenómeno fue coetáneo de la abolición de la esclavitud, del movimiento obrero, del sufragismo e, incluso, de las reflexiones en torno al tratamiento infligido sobre los animales. Y, es que, frente a las bondades de la industrialización aireadas por un relato que, como decíamos, persiste entre nosotros, ya son numerosos los estudios que han ido dirigiendo su mirada a las sombras del proceso. Se ha hablado, por ejemplo, de la esclavitud, de la racionalización de la explotación capitalista deshumanizante, de la imposición de cuidadora de la mujer en el rol de la familia o de la estabulación masiva de los animales como causas de la Revolución Industrial. Hemos decidido que una imagen precede a la introducción del trabajo que iniciamos ahora. Dicha imagen es una fotografía que hemos decidido difuminar, tomando la apariencia de una ilustración. Hemos modificado su naturaleza para que nos revele su esencia o, al menos, para que no disfrace demasiado la instantánea bajo la normalidad, la familiaridad, que otorga una fotografía. La hemos retocado con el fin de que parezca una creación, ya que consideramos que lo es. La imagen no es natural, no es fruto del inocente flash. Detrás de ella, se esconde toda una arqueología que posibilitó su existencia. Detrás de la fotografía se esconden el triunfo del relato tradicional de la Revolución Industrial, la extensión de las mujeres gitanas como elementos folclóricos del Estado-Nación español, los conflictos laborales en el seno de 8 las fábricas de tabacos y muchas cosas más. Difuminando la instantánea, los rostros desaparecen. La fantasía de la individualidad desaparece, dando paso a la estructura, a los roles. Los rasgos faciales genuinos de cada cara, la naturaleza de cara cuerpo, queda diluida en favor de la disposición de los cuerpos en el espacio. La vestimenta, despojada de detalles pero aún ilustrativa, permite ver que, a priori, estamos ante un grupo numeroso de hombres junto a dos mujeres uniformadas. Ellos también están uniformados, en realidad. La eliminación de los matices también propicia que destaque una especie de cordón de separación en la escena. Solo quedaría averiguar quiénes están a qué lado del cordón, a quién separa este. La construcción patriarcal de la sociedad invita a pensar que ellos disfrutan de toda la sala –metáfora de la normalidad, la verdad o la vida pública– y que son ellas las que quedan señaladas, connotadas y enclaustradas tras el cordón –metáfora de la conceptualización, de la otredad o de la marginación. Efectivamente, así es. Las dos mujeres quedan detrás del cordón. Podrían confundirse con piezas de museo, con figura de cera. La disposición de la sala y sus cuerpos les arrebata sus rostros, sus inquietudes, su particularidades, de la misma manera que lo hace el difuminado de la fotografía. Muchas son las dualidades que se han asimilado a esta distinción férrea entre el hombre actor y la mujer pasiva, entre los constructos masculino y femenino. Podríamos hablar de la separación occidental moderna entre la razón y las pasiones, la cabeza y el corazón o el estómago, la verdad y el engaño, la civilización y la naturaleza, las certezas y el misterio. Sin embargo, aunque latentes de fondo, este no es el objeto concreto de nuestra investigación. La meta de nuestro estudio es dilucidar cómo fue el proceso histórico que precedió a esta fotografía, realizada en 1929 en el marco de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Pretendemos entender la complejidad de la derrota –o victoria– histórica que rodea a las cigarreras. Porque las dos mujeres que aparecen en la instantánea son trabajadoras de la fábrica hispalense, expuestas junto a las máquinas que habían desempleado a tantas y tantas de ellas. Además de figurar, las cigarreras, situadas en el Pabellón de la Real Fábricas de Tabacos de Sevilla de la Exposición, cantaron el himno del evento, compuesto por los hermanos Álvarez Quintero. El costumbrismo y las letras de hermandad hacia las antiguas colonias americanas disfrazaban los conflictos y la sangre vertida. 9 Siete años después de 1929, serían otros los militares que detentarían el poder. Ya no serían Miguel Primo de Rivera y Alfonso XIII quienes suspendieran las garantías constitucionales que habían regido el tablero político liberal de los siglos XIX y XX. Ahora serían Mola, Franco, Sanjurjo, Queipo, Varela y otros quienes acabarían con la celebración de elecciones y las garantías democráticas. La represión de estos nuevos militares, educados la mayoría en la impunidad y en la psicopatía de la guerra en Cuba y Marruecos, se llevó por delante la vida de decenas de miles personas represaliadas. Varias de ellas, como veremos, cigarreras. Es el caso, por ejemplo, de Micaela de Castro, única mujer de la provincia de Cádiz candidata en los comicios de 1933, y de las Tres Rosas: Amparito, Antonia y Paquita. Su militancia obrera les resultó un motivo de peso para su fusilamiento, su eliminación de la historia. Mientras las obreras de la tabacalera cantaban el himno de la Exposición del 29, no había problema con ellas. El problema venía cuando reivindicaban condiciones dignas de vida. Algunas militaron en el feminismo, al calor de las proclamas sufragistas. Si traspasaban el cordón, si pasaban de la pasividad a la acción, si dejaban de figurar para actuar como sujetos políticos de pleno derecho, si cantaban sus reivindicaciones en vez del himno de los Álvarez Quintero, debían ser eliminadas de la escena. Con esta investigación, tratamos de ofrecer el recorrido histórico y filosófico, humanístico, que desembocó en los hechos mencionados de 1929 y 1936. De un lado, la exposición costumbrista de las obreras. Del otro, el fusilamiento de las cigarreras como máximo expresión de odio y miedo de las élites hacia el movimiento obrero y el empleo femenino. Nos retrotraeremos, para empezar, a los tiempos de los sueños ilustrados, veremos los conflictos generados por las exclusiones del liberalismo y estudiaremos las contradicciones surgidas a partir del desencuentro entre las promesas de progreso y la realidad material de penuria generalizada. Cuestionaremos, en definitiva, el relato triunfalista y aséptico de la Revolución Industrial. Asimismo, en la segunda parte del texto, nos interrogaremos hasta qué punto las cigarreras perdieron, ya que su derrota terminó sucediendo, sí, pero mucho más tarde de lo previsto y en unas condiciones mucho mejores de lo que pretendían las élites. Y, es que, las obreras, al igual que las señoras de las Juntas de Damas, pusieron en jaque los pilares patriarcales de la sociedad. Intentaremos, al fin, mostrar por qué el asesinato de Carmen en la novela de Merimée no es fruto de la casualidad, sino de una cultura política misógina que nos atraviesa. 16 Finalmente, el hallazgo se produjo gracias a la desobediencia del conductor del aparato submarino que buscaba la bomba en combinación a la sapiencia del indígena almeriense, y no meramente a la sofisticada racionalidad del procedimiento científico, técnico y militar. Octavio Augusto, Roosevelt, Franco, Paco el de la Bomba y Homer J. Simpson. Cinco hombres que comparten esta peculiar genealogía. El emperador y el dictador tienen en común, a su vez, el anhelo de autarquía. Las aspiraciones agrarias del franquismo vinieron de la mano de la apuesta por el desarrollo científico técnico del país. Trataron de sacarle el máximo provecho a la tierra mediante la ingeniería. La máquina ya no era una amenaza para el hombre blanco, sino un arma. El aislamiento español terminó gracias a los sucesores de Roosevelt, que incluyeron al franquismo en la ONU a cambio de seguir desplegando su particular despegue tecnológico y militar. Revolución Industrial, democracias liberales y totalitarismo dándose la mano, una vez más, dejando un extraño paisaje. Fraga, ministro franquista, bañándose en la playa de Quitapellejos años antes de presentarse a las elecciones como demócrata. Había que salvar la industria turística. Coste y beneficio. El deterioro natural y humano a consecuencia del incidente de Palomares no fue reparado como se merecía, a pesar de que Paco el de la Bomba peleó. Los habitantes de la localidad sirvieron para investigar la incidencia del plutonio en el cuerpo. Las conclusiones del estudio, en cambio, se mantuvieron en secreto durante mucho tiempo. Esos habitantes, antes que sujetos, eran objetos de estudio. Un accidente histórico los situó en el mapa de la historia. Hombres de honor, a través del cine, recordó a principios del siglo XXI la búsqueda de la cuarta bomba. El protagonista de la película es el primer maestro de Marina estadounidense, que tuvo que sortear todo tipo de injusticias por ser negro. Algo parece haber cambiado. De hecho, la estatua de Roosevelt, desde 2020, ya no preside el Museo Americano de Historia Natural, a petición de la dirección del mismo y con el apoyo de la alcaldía. Sin embargo, no hay rastro de Paco el de la Bomba en Hombres de honor. Mucho menos de su esposa o de la alcaldesa de Palomares que consiguió que la población accediera a los informes médicos sobre el impacto del plutonio en sus cuerpos. Aún quedan muchos sujetos, muchas voces y muchos cuerpos que visibilizar en esta era de analfabetismo ilustrado protagonizada por Homer. La 17 intención de este humilde estudio es arrojar algo de luz sobre los rostros de las cigarreras. 18 1.1. Sueño ilustrado “En España ya no hay nada ni movimiento ni cemento ni ladrillos ni llistillos: ¡hipotecada! Y los euros con la cara de Juan Carlos aplastada ya no sirven para nada: ¡hipotecada!” Las Bistecs El mundo actual, en boca de Marina Garcés, es «radicalmente antiilustrado» 16 . Vivimos tiempos de frustración y retroceso. De la misma manera, Cinta Canterla afirma que el pensamiento contemporáneo hunde sus raíces en la «quiebra de la razón ilustrada» 17 . El siglo XVIII significó el asentamiento de las bases de las esperanzas y, también, los laberintos filosóficos, científicos y políticos que, desde entonces, conviven entre nosotros. El proyecto ilustrado, de carácter emancipador, corrió en paralelo al impulso del liberalismo y la modernización de la sociedad. Esta época, marcada por la confianza en la inevitabilidad del progreso gradual de la especie 18 , bebió de fuentes de distinta índole. La intensa esfera pública de discusión de las ideas generó un caldo de cultivo propicio para profundas transformaciones estructurales e ideológicas. Al desempeñar una labor crítica frente a los prejuicios, no fueron pocos los escritos ilustrados que se posicionaron contrarios a la esclavitud, el patriarcado, la pobreza, la ignorancia e, incluso, ciertos aspectos del especismo. Aunque la tecnificación fría se impusiera, disfrazando con un nuevo rostro la ideología de la dominación, ello no quita el espíritu emancipador del movimiento ilustrado. En palabras de Canterla: La Ilustración no fue un todo monolítico, sino que fraguó ella misma, desde sus propios ideales, la crítica interna que permitiría la superación progresiva d sus zonas más oscuras, de su modelo de racionalidad hegemónica, canalizando sus energías hacia nuevas formas de concebirla más complejas […]. La razón ilustrada, es, sí, la del liberalismo capitalista, la del sujeto solipsista, la 16 Marina Garcés (2017): Nueva ilustración radical, Barcelona: Anagrama, 9788433916143, p. 7. 17 Cinta Canterla (2009): Mala noche, Sevilla: Fundación José Manuel Lara, p. 13. 18 Francisco Vázquez (2007): “Claroscuros de la razón ilustrada”, Ilustración y libertades, 1, p. 26. 19 del positivismo, el colonialismo, la biopolítica, la tecnocracia, la ciencia deshumanizada… Pero la razón ilustrada es también la del feminismo, el abolicionismo, los liberales radicales; la de la crítica a los excesos de la revolución, la pacifista, la de una razón comunicativa y compleja, la de una naturaleza no fragmentada; o la del sujeto corporeizado e histórico, la comunidad como asiento de civilidad, la compasión por el cuerpo inerme; finalmente, también la que busca la atención a la diversidad y a las diferencias sin disolver la dignidad humana universal ni los derechos del hombre; la que defiende una complejidad de saberes que realimenten a las ciencias con miradas más amplias sin renunciar a la herencia de la Revolución Científica 19 . En ocasiones, Ilustración y modernización se han visto como una sola cosa. Es cierto que las élites hicieron suyas las proclamas de libertad y recondujeron los vientos de cambio hacia nuevas formas de tiranía, como veremos en las siguientes líneas. Asimismo, es comprensible que, ante esto, surgieran en el siglo XIX la desesperanza y el deseo de huir de los excesos de la civilización. Sin embargo, conviene vislumbrar el pensamiento ilustrado y las transformaciones modernizadoras como dos fenómenos coetáneos pero, aunque imbricados, de naturaleza diferente. En el segundo bloque del presente estudio podremos comprobar hasta qué punto la deriva de dicha dualidad queda representada en el proceso histórico experimentado por las cigarreras. Por el cuerpo de trabajadoras de las fábricas de tabaco han pasado figuras feministas, motines espontáneos, la disciplina industrial, la amenaza de la mecanización o la organización obrera. De ahí la necesidad de esbozar qué rasgos presentó el tiempo ilustrado y liberal que coincidió, no lo olvidemos, con la entrada de las cigarreras en las tabacaleras. Uno de los filósofos principales que indagó las causas del fracaso del proyecto ilustrado fue Max Horkheimer. El alemán, sobre las cenizas de las guerras mundiales y el holocausto, se preguntó en 1947 cómo doscientos años de progreso europeo habían acabado en la mayor de las barbaries. Precisamente en Alemania, avanzadilla cultural y económica del continente. La respuesta la encontró en el triunfo de la razón instrumental, una razón subjetiva preocupada por los medios en vez de por los fines 20 . Parece que la cultura que facilitó grandes avances técnicos y científicos también condujo las transformaciones sociales hacia nuevos modos de opresión. Abandonados los fines, el pensamiento se limitó «al nivel de los procesos industriales» 21 , como si la 19 Cinta Canterla (2009): Mala noche, Sevilla: Fundación José Manuel Lara, p. 265. 20 Max Horkheimer (2010): Crítica de la razón instrumental, Madrid: Trotta, p. 45. 21 Max Horkheimer (2010): Crítica de la razón instrumental, Madrid: Trotta, p. 59. 20 confianza ciega en el progreso hubiera dejado el rumbo del mismo a la deriva de procesos intelectuales automáticos. Ello ha dejado a la modernidad en un callejón sin salida. La voluntad de dominio sometió las aspiraciones ilustradas. Razón se equiparó a razón científica y el biologicismo fundamentó la justificación de las exclusiones sociales 22 . Así, pues, el esquema de valores dieciochesco profundizó la brecha entre racionalidad e irracionalidad, entendiendo racional como aquello que extiende la uniformidad e irracional como aquello que «establece las diferencias» 23 . Este yo universal, mecánico y uniforme adoptó el disfraz de la técnica y la ciencia para acelerar el progreso de la humanidad. Sin embargo, dicha ilusión sirvió para tapar las grandes dominaciones que se desarrollaban y que lo harían, a partir de ahora, a través de nuevos códigos. El contrato social originario esbozado por Hobbes, Locke y Rousseau se interpretó en clave patriarcal, clasista y racista. Todos los hombres nacen iguales, sí, pero solo los hombres libres propietarios pudieron firmar aquel contrato primigenio. Por lo tanto, serían estos quienes, dotados de racionalidad, debían ostentar los derechos políticos y sociales. Este discurso ya fue, de algún modo, denunciado por contemporáneas y contemporáneos. Por poner tan solo un ejemplo, ya Hume vio en las teorías del contrato social un apoyo ideológico de la facción burguesa que pretendía ascender en la carrera por el poder en Europa 24 . Las legítimas aspiraciones de las Luces, orientadas a la crítica y la educación de la humanidad, aunque no exenta de prejuicios, presentaban la voluntad de cambio de mentalidad frente al freno que representaban la ignorancia y la tiranía. La premisa, en cambio, pasada por el filtro del proceso histórico, se convirtió en perversa en mano de sus actores. Los avances técnicos hijos de la Revolución Científica y las transformaciones sociales derivaron en los siglos XVIII y XIX en un reforzamiento del control de las instituciones sobre los sujetos. Derivaron, al fin y al cabo, en lo que ha venido a llamarse disciplina, tal y como comprobaremos más adelante. Antes de ello, abordaremos la figura de Francis Bacon, el denominado filósofo de la Revolución Industrial, en la antesala de los sucesos laborales, culturales y técnicos que atravesarían 22 Francisco Vázquez (): “Claroscuros de la razón ilustrada”, p. 25. 23 Cinta Canterla (2009): Mala noche, Sevilla: Fundación José Manuel Lara, p. 16. 24 Francisco Vázquez (2007): “Claroscuros de la razón ilustrada”, Ilustración y libertades, 1, p. 232. 21 la vida de las cigarreras. Asimismo, analizaremos cómo la irracionalidad asimilada a mujeres, negros, pobres y animales fue discutida desde el primer momento, sirviendo de caldo de cultivo de los movimientos sociales contemporáneos. La confianza ciega en la máquina desvió la mirada de las injusticias que se estaban cometiendo. La exclusión de los «no pensantes» 25 fue ignorada porque la inteligencia se delegó en los avances tecnológicos 26 . Francis Bacon soñó más de un siglo antes de la Ilustración con la aplicación del conocimiento científico a la industria. Promulgaba la organización institucional del saber en aras de la transformación radical de las condiciones de vida 27 . Su pensamiento aboga por un retorno a la naturaleza, imposibilitado por la especulación erudita de sus coetáneos. Obedeciéndola, el ser humano podría aprender y dominarla. En su época, libros técnicos sobre metalurgia y minería, como los de Biringuccio y Agricola, se jactaban de nacer de la observación directa de la naturaleza, lo que bajo la expresión de Bacon significaba la restitución del «comercio de la mente con las cosas» 28 . No deja de ser paradójico que el despliegue del saber técnico produjera, tiempo después, el alejamiento de la naturaleza estudiado por Canterla, Horkheimer y Garcés, entre otras voces. De hecho, el mismo Francis Bacon se lamentó en vida de la manera en que dicho impulso científico e industrial se estaba llevando a cabo ya en el siglo XVII. En apenas una centuria, Inglaterra se situaría en cabeza de dicho fenómeno, pero, como señala el pensador londinense, no lo haría de manera sistemática y filantrópica. Los avances se sucedieron de forma desorganizada, exentas de la dirección de un plan estatal hegemónico, y egoísta 29 . Nos situamos en los antecedentes inmediatos de la estrecha colaboración entre saber, poder y capitalismo industrial. Como decía la canción de Las Bistecs que iniciaba este apartado, hoy no queda “ni movimiento ni cemento”, esto es, ni proyecto emancipador ni progreso material, ni siquiera frágil, efímero y ficticio. España, precaria, está endeudada, “hipotecada” en un presente oscuro. Nos parece un dibujo acorde a las ideas que Garcés expone en su Nueva ilustración radical. Condición moderna, de la que forman parte tanto los avances 25 Cinta Canterla (2009): Mala noche, Sevilla: Fundación José Manuel Lara, p. 21. 26 Marina Garcés (2017): Nueva ilustración radical, Barcelona: Anagrama, 9788433916143, p. 55. 27 Farrington (1991): Francis Bacon, filósofo de la Revolución Industrial, p. 13. 28 Farrington (1991): Francis Bacon, filósofo de la Revolución Industrial, p. 15-19. 29 Farrington (1991): Francis Bacon, filósofo de la Revolución Industrial, p. 21. 22 científicos como los movimientos sociales, condición posmoderna, en ocasiones demasiado autorreferencial, y condición póstuma, resignada. A las cigarreras, protagonistas de nuestro estudio, les tocó vivir, sobre todo, la efervescencia de los conflictos liberales en torno al trabajo y el género. Las fábricas con las últimas cigarreras en nuestro país cerraron a inicios del siglo XXI, especialmente. No obstante, hacía ya décadas que los fuertes lazos entre las trabajadoras y las conquistas laborales se habían remplazado por la entrada de la máquina y la masculinización progresiva de la plantilla. Conflictos modernos dieciochescos y decimonónicos, frustraciones posmodernas de la desindustrialización española de los 1980 y resignación tras el cierre producido por la oleada globalizadora de los 2000. Centrándonos en la primera de estas tres cuestiones, viajamos ahora a tres nuevas localizaciones históricas para tratar los vínculos andaluces entre Ilustración, liberalismo y modernidad. Cádiz, 1763. Comienza la publicación del periódico La Pensadora Gaditana, escrito y regentado por Beatriz Cienfuegos, pseudónimo de Beatriz Manrique de Lara Alberro. La autora, perteneciente a la aristocracia del Puerto de Santa María, interviene en el debate ilustrado y liberal hasta 1784 30 . La entrada de libros prohibidos por Cádiz y el ambiente cosmopolita de la ciudad habían hecho de ella un hervidero ideológico. La difusión de las nuevas ideas encontró acomodo, de la misma manera, en el pensamiento humanista de tradición peninsular. La mentalidad moderna generó un debate general en el que participó Beatriz Cienfuegos para indicar el freno que suponían los privilegios estamentales al progreso de la comunidad. Para la escritora, el individuo no tenía una dimensión privada únicamente, sino que se debía tomar consciencia de su dimensión pública y del impacto que este pueda generar en el cuerpo social. Los individuos, educados y libres de prejuicios, serían, en un sentido humano, «útiles a la Patria, al Estado y a sí mismos» 31 . La racionalidad científica, en comunión con lo apuntado por Bacon, era importante, sí, pero más lo era para Cienfuegos su aplicación, orientada siempre hacia el respeto a la dignidad, hacia la sociabilidad y hacia el desarrollo de los individuos y la comunidad 32 . 30 Cinta Canterla (2018): “Beatriz Manrique de Lara Alberro”, pp. 749-752. 31 Cinta Canterla (2005): “Patria y nación en La pensadora gaditana”, p. 37. 32 Cinta Canterla (2005): “Patria y nación en La pensadora gaditana”, pp. 34-40. 23 Barrio de la Laguna, Sevilla, 1767. Pablo de Olavide, limeño afrancesado, acaba de ser nombrado asistente del rey en la ciudad. Carlos III, pretendiendo sumarse a los aires ilustrados de Europa 33 , desempeñó diversas reformas estructurales dentro del espíritu racionalizador de la época. Varias estuvieron protagonizadas por Olavide. En la localidad hispalense, se revitaliza el proyecto de urbanización del barrio que había acogido históricamente a la mancebía. El conocido como Compás de la Laguna constituía un espacio marginal, húmedo y delictivo. La solución, siguiendo la racionalización de la vida que venimos analizando, giró en torno al plano ortogonal, al asentamiento de una plaza en el centro y al reparto de los solares para las grandes familias. Un grupo de inversores, encabezado por Molviedro, compró las distintas parcelas. La desaparición del burdel municipal, en el que eran explotadas sexualmente prostitutas foráneas, no había hecho cesar la actividad 34 . La intención era limpiar la zona con civilización, expurgando la naturaleza de las pasiones impías. La utopía de barrios y pueblos ex novo, no obstante, será el foco de graves frustraciones pasadas las décadas. La Carolina, 1770. Finalizan las grandes obras de construcción de nuevo cuño de la localidad. El asentamiento respondía al proyecto de las Nuevas Poblaciones, dirigido desde la Corona y comandado, otra vez más, por Pablo de Olavide. La operación destacó como una de las grandes reformas borbónicas del momento. La idea era civilizar los espacios oscuros del mapa andaluz, deshabitados o habitados por malas gentes. Al igual que en el barrio de la Laguna, el plano en damero proyectó la ilusión civilizatoria del progreso. En un sentido práctico, se buscaba el control del territorio para combatir la presencia de bandidos en los caminos. Además de las esperanzas modernizadoras y racionalizadoras, en este proyecto también podemos observar el choque entre las nuevas ideas y la reacción conservadora de parte de la élite española. Las novedades ilustradas generaban impacto y escándalo en la España católica. Las ideas y acciones de Olavide, así como su vida personal, propiciaron el recelo de personajes como el padre Eleta, confesor del rey, que terminó conduciendo al limeño a la Inquisición 35 . 33 Gómez y Téllez (2004): “Pablo de Olavide y Jáuregui, un católico ilustrado”, p. 8. 34 Ollero (2012): El barrio de la Laguna de Sevilla, p. 37-38. 35 Gómez y Téllez (2004): “Pablo de Olavide y Jáuregui, un católico ilustrado”, p. 8-12. 24 Las reformas borbónicas dieciochescas impactaron en la población más conservadora y agitó sus miedos años antes, incluso, de la temida Revolución Francesa. Los aires laicizantes irían creciendo entre las distintas corrientes liberales antes y después de 1789. Curas, aristócratas y reyes acabarán entrando en conflicto con ello, así como Pablo de Olavide, víctima del proceso. A su vez, las desigualdades sociales ganarían espacio en los círculos de debate. Ya Beatriz Cienfuegos, a mediados del siglo XVIII, advertía de la inconveniencia de los privilegios por razón de estamento y género. La transformación política radical que supuso el auge del liberalismo a raíz del cambio de centuria situaría estas discusiones en el centro de una esfera pública cada vez más amplia y participativa. La invasión napoleónica haría a Fernando VII aceptar durante la guerra los postulados liberales de Cádiz de 1812. Por mucho que a su vuelta los rechazara, en 1820, el absolutismo caerá de nuevo gracias al pronunciamiento de Riego en Las Cabezas de San Juan. El nuevo régimen era imparable. Había, pues, que controlarlo. En las próximas líneas resumiremos los movimientos que, en el tablero político, se fueron desarrollando durante el siglo XIX, siglo en el que las cigarreras irán ganando protagonismo, ya sea como obreras amotinadas, exóticas figuras literarias o mujeres liberadas de las imposiciones del matrimonio. 25 1.2 Conflictos liberales Las cigarreras rompieron el molde. En tanto trabajadoras de la Revolución Industrial, vivieron en los límites de las convenciones sociales. Frecuentemente, de hecho, lo hicieron fuera de ellos. Estudiaremos cómo la sociedad burguesa liberal, a pesar de proclamar a viva voz la idea de la libertad, supuso el encierro de las mujeres en el hogar. La construcción de la familia nuclear que se fue desarrollando a la par del capitalismo industrial requería la permanencia de las mujeres en el rol de esposas, hijas y madres. La existencia de fábricas de tabacos en las que cientos y miles de trabajadoras percibían un salario y pasaban horas fuera de sus casas constituía una anomalía al esquema patriarcal preestablecido. Sin embargo, las necesitaban. Más adelante, cuando rastreemos el caso concreto de las cigarreras, veremos cuáles fueron las razones por las que estas reemplazaron a los primigenios cigarreros. Además de resultar una anomalía, las obreras de las tabacaleras se caracterizaron por protagonizar más de un motín y más de una huelga. Lucharon por unas condiciones algo más dignas dentro de la mísera situación de una población urbana en pleno proceso de proletarización. El objetivo de las siguientes líneas no es otro que el de mostrar el contexto político que rodeó a las cigarreras decimonónicas. Para ello, debemos conocer por qué las gentes del ámbito rural emigraron masivamente a las urbes, qué consecuencias produjo, cómo las clases populares fueron organizándose y, finalmente, de qué manera la monarquía intentó sobrevivir a su deslegitimación bajo el paraguas de la nación, el progreso y la religión. Tanto las ideas como los acontecimientos históricos siempre son asimilados de manera compleja y diversa por sus contemporáneos. Seguir el rastro de la cultura política peninsular en el siglo XIX significa aceptar que pensamientos y actitudes revolucionarias y reaccionarias pueden manifestarse a la vez por parte del pueblo, ya sea en materia de género, económica o política. Intentaremos arrojar algo de luz sobre esto para comprender, a su vez, por qué las protagonistas del presente estudio también podían albergar contradicciones en su propio ser. Hablar de fábricas de tabacos es hablar de ciudades industrializadas, de éxodo rural, de privatizaciones de tierras, de acumulación del capital, de mecanización y racionalización del trabajo, de mujeres trabajadoras, de exotización de las mismas a través del mito de Carmen. Es hablar de Revolución Industrial, de motines, de 32 Cádiz, Sevilla, Córdoba y Málaga. Cargados de un importante espíritu jacobina, estos órganos aglutinaban a liberales radicales, progresistas y republicanos cuyo sueño era repetir el cambio de sistema que había provocado la Revolución Francesa en tierras galas. Ya en 1789, los panfletos y folletos incendiarios habían corrido como la pólvora en los principales puertos y puestos fronterizos, precisamente las ubicaciones privilegiadas de las fábricas de tabacos. Tal y como manifestó la Confederación Patriótica de Málaga, su objetivo residía en “propagar las luces, extender los conocimientos útiles y promover la instrucción pública” 45 , que no hicieron tan solo en los centros urbanos en expansión. El triunfo de estas vías paralelas a los grandes aparatos estatales giró en torno su arraigo en un mundo rural, no olvidemos, en plena crisis. Por citar solo algunos emplazamientos andaluces, destacamos la presencia de estos círculos en Tarifa, Trebujena, Lebrija, El Arahal, Cazalla, Albuñol, Baza, La Carlota, Cabra, Doña Mencía y Luque. La invasión francesa de 1823, a petición de Fernando VII, produjo la última vuelta de nuestro país al absolutismo. Muerto el rey, en 1833, se reactivaron los mecanismos de sociabilidad política previos con la aparición de nuevos periódicos y nuevos clubs. Estos podían presentar, en ocasiones, un carácter elitista. De hecho, el partido estacionario o moderado, en plena pugna con el partido progresista, también trataría hacerse un hueco. El régimen isabelino se sustentará sobre el primero, de carácter reaccionario y caciquil. Por ello, en el segundo tercio del siglo XIX, tanto durante las regencias como durante el reinado de facto de Isabel II, se impondrán las prerrogativas oligárquicas que venimos analizando y que tanto mal causaron a las poblaciones rurales y las masas proletarias urbanas. El sufragio permanecerá restringido en función al censo. Solo las clases pudientes podrán ostentar los cargos de representación y participar de la vida pública. En el caso de los hombres libres, claro. Para las mujeres y las personas esclavas aún quedaban décadas de lucha para poder optar, siquiera, a ciertos derechos de ciudadanía. Frente al universo de las élites, sin embargo, se fraguaba toda una serie de alternativas en ascenso. 45 Diego Caro Cancela (1997): “La impronta jacobina del liberalismo radical en Andalucía (1820-1873). Una aproximación desde la sociabilidad política”, p. 201. 33 El republicanismo, con sus espacios de discusión, irá extendiendo los postulados democráticos, basados en el sufragio universal –aún masculino–, la supresión de privilegios de clase, la educación laica y la referencia histórica de los triunfos jacobinos. Las fuerzas progresistas se impusieron brevemente en la década de 1850, pero fueron rápidamente reemplazadas por los denominados moderados, reaccionarios de facto. No obstante, a la sombra de la corrupción monárquica y oligárquica, de los negocios fraudulentos que propició la asunción del ferrocarril y la minería en nuestro país, latía la mecha de la insurrección popular. Las ideas más avanzadas fueron instalándose en los círculos rurales y urbanos más deprimidos hasta que, en 1868, estallara la Revolución La Gloriosa que, de la mano de conspiraciones cortesanas, expulsaría a Isabel II del país. Entonces, la desplegaría una verdadera eclosión periodística, dando entrada a la esfera pública a gran escala al jacobinismo. Se ha venido documentando cómo, además, las bibliotecas privadas se inundaron de la influencia francesa revolucionaria 46 . Los sectores más progresistas de la sociedad vieron, por fin, la oportunidad de irrumpir en el tablero político después de décadas de discusión, motines y organización. Las masas populares se politizaron, tal y como anunciábamos anteriormente, y los círculos de corte jacobino redoblaron sus esfuerzos en la instrucción del pueblo. La inspiración francófila del Sexenio Democrático quedará cristalizada en los Comités de Salud Pública que vendrían a sustituir a los ayuntamientos en 1873 durante el movimiento cantonal. Las clases populares se politizaron y tomaron protagonismo en la historia, sí, especialmente en los sucesos de 1868. No obstante, no lo hicieron de la manera en la que soñaron las mentes ilustradas y jacobinas. El desarrollo de los acontecimientos revolucionarios, la liberación del pueblo de algunas de sus cadenas, estuvo más motivada por los bajos impulsos que por la luz de la razón, cosa que no niega la palmaria influencia de las ideas políticas en todo el proceso. Así lo estudia Isabel Burdiel en un reciente artículo. En él, la investigadora analiza las representaciones de la realeza y de las élites políticas a través de las viñetas grotescas difundidas de forma clandestina durante el siglo XIX. Estas creaciones populares, críticas tanto con el sistema establecido como, a veces, con los cambios de índole social, podrían equipararse a los actuales memes y stickers que circulan por WhatsApp, Facebook o 46 Diego Caro Cancela (1997): “La impronta jacobina del liberalismo radical en Andalucía (1820-1873). Una aproximación desde la sociabilidad política”, p. 203. 34 Twitter. No dejaban de ser expresiones subversivas, también, a una moral moderna que, entendían entonces, les apretaba. Por ello, a pesar de la plausible participación de las clases populares en la vida pública, en muchas ocasiones, esta presentó un carácter reaccionario, esto es, misógino, homófobo, racista. A continuación, comprobaremos la complejidad del asunto. Tanto es así que la propia Isabel II, fugada del país tras la insurrección de 1868, a inicios de su reinado se había granjeado el favor general gracias a estos sentimientos de corte conservador a escala moral. La revolución de 1868, vista desde este prisma, más que un triunfo de las luces, se considera una victoria del “pudor” 47 : Habéis despedido una mujer… ¡perdonad! Una reina, llaga de su pueblo, vergüenza de su sexo, escandalosa calamidad, cúmulo de todas las liviandades de un hombre, sin una sola virtud de mujer; con todos los vicios públicos, sin una sola virtud privada; con todos los pecados de una Magdalena, sin uno de sus remordimientos; beata que del confesionario ha ido al lupanar; cristiana con un serrallo de hombres; Luis XV hembra con su parque de rumiantes, que ha convertido […] su lecho en trono y sus queridos en vuestros reyes. Ésta es la revolución del pudor. Comenzábamos el presente estudio aludiendo a dos corrientes históricas que avanzaron en paralelo a partir del siglo XVIII. De un lado, la protagonizada por las élites, la mecanización, la acumulación de riqueza y la modernización, corriente tendente a la deshumanización a ojos de Horkheimer y Adorno. Del otro, aquella emancipadora encarnada en los movimientos de liberación de género, clase, etnia o raza e, incluso, especie. Veíamos ambas como fuerzas contrapuestas en plena disputa dialéctica por hacerse con el timón de la historia. Y así, en cierto modo, podemos seguir observándolas, en tanto en cuanto el patriarcado, el capitalismo, la esclavitud y el especismo participaron de lleno en una Revolución Industrial que llevó al límite de lo permisible las dinámicas deshumanizadoras de la modernidad, dinámicas denunciadas en el seno del feminismo, el movimiento obrero, el abolicionismo y el animalismo. La reflexión en torno al sujeto y a quién merece derechos de ciudadanía, condiciones laborales medianamente dignas o, al menos, un trato humano, se produjo al calor de los acontecimientos. Los debates de salón salieron a las calles y, una vez lo hicieron, 47 Isabel Burdiel (2018): “La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España”, Historia y política, 39, p. 25. La autora recoge la cita del periódico republicano La Discusión. Se trata de un texto de Félix Pyat redactado el 17 de octubre de 1868. 35 tomaron su propio cuerpo. Por ello todo el mapa de lo ocurrido es mucho más complejo que lo ideado por ilustradas y revolucionarios obreros. La insurrección popular de 1868, que propició grandes avances políticos y sociales, sucedió instigada por razonamientos e impulsos de naturaleza reaccionaria, paradójicamente. Al fin y al cabo, la razón emancipadora asfixiaba a las pulsiones, al igual que la razón tecnocientífica, industrial y burguesa. Los legítimos postulados jacobinos, centrados en la instrucción del pueblo en aras de su liberación, no dejaban de formar parte de un plan mayor con un fin establecido. En lo inmediato, lo grotesco entraría en acción a través de viñetas e incidentes conservadores. En cierto modo, el pueblo se levantó también contra unos códigos burgueses a los que pertenecían muchas de las mentes emancipadoras. La corriente reaccionaria de índole moral temía de los cambios producidos en el seno de una cultura que interpretaban enferma, en crisis. El último tercio del siglo XIX vivió el empuje popular en el cosmos político, sí, pero también la impugnación del excesivo racionalismo que la economía, la técnica e, incluso, la revolución propugnaban. Dicha reacción ha sido acuñada con el término “romanticismo político”, caracterizado por la búsqueda de una “interpretación mágica de la existencia” 48 más allá de las certezas científicas, industriales o emancipadoras. Las líneas que siguen pretenden arrojar luz en torno al complejo encuentro de las élites con las clases populares, así como con sus escalafones intermedios. No podemos aproximarnos a la multitud de aristas que guardan las cigarreras como sujetos históricos sin detenernos en este punto. Entre otras cosas, porque, no olvidemos, las trabajadoras de la tabacalera se convertirían, a su vez, en un mito viviente a nivel cultural, político y popular. 48 Florencio Hubeñak (1985): “El romanticismo político”, p. 156. 36 1.3. Desencuentros modernos Sevilla, otoño de 1862. Isabel II pisa las tierras de Andalucía décadas después de que lo hiciera su padre, Fernando VII. En concreto, se adentra en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla 49 . Las protagonistas de nuestra investigación, las cigarreras, comparten espacio con la reina, cabeza de un Estado-Nación español en plena construcción. Las trabajadoras viven prácticamente en el edificio. Compaginan como pueden las obligaciones instauradas por el patriarcado y el sistema económico dominante. Deben cuidar y producir. Sus hijos e hijas también conocen bien los muros de la factoría. Los horarios son, hasta cierto punto, flexibles. Entre las tareas familiares y laborales, siempre están ocupadas. Jornada extenuante. En la fábrica, cobran por trabajo realizado. La calidad del tabaco mengua con el paso del tiempo. En casa, su labor no está reconocida, es invisible. Espacio público y espacio privado. Las condiciones sanitarias de la fábrica dejan mucho que desear, pero sobreviven. La reina no conoce el edificio. Entra por primera vez. Sabe que es un símbolo de la industria moderna, así como está al tanto del escaso furor que las tierras sureñas sienten tanto por la Corona y el régimen establecido como por la nación española 50 . Isabel II visita también la fábrica textil de la familia Pickman, de origen británico. También allí se formará una gran plantilla femenina, menor que la de la tabacalera, en cualquier caso. Quedan aún ocho años para que las clases populares, a las que intentaba equipararse por medio de estos viajes oficiales, la expulsaran del país. Los intentos de la monarquía por parecer moderna y útil fracasarían en 1868. La monarca sirve de ejemplo de la ambivalencia manifestada por el pueblo y el transcurrir de la historia. Si bien en 1847, a inicios de su reinado, Isabel II contó con la simpatía general, en 1868, a causa los mismos motivos pero ya en otro contexto, la reina perdería dicho favor general. Mientras que, en su primera etapa, los rumores de romance con el general Serrano hicieron de ella un símbolo de la resistencia a las estrecheces morales a las que la sometían su regente madre y la Corte, en su ocaso, su vida privada 49 Núñez-García, V. M. (2019): “Monarquía y nación a través de la visita de Isabel II a Andalucía en 1862. La dimensión cultural de las ceremonias reales”, p. 342. 50 Núñez-García, V. M. (2019): “Monarquía y nación a través de la visita de Isabel II a Andalucía en 1862. La dimensión cultural de las ceremonias reales”, p. 336. 37 la expulsaría del trono 51 . Entre una fecha y otra, los poderes fácticos intentaron impulsar una imagen positiva de la Corona, acorde a los nuevos tiempos. Pretendieron subirse al tren del progreso, literalmente. 1858 constituyó el año en el que los Borbones iniciaron la costumbre de realizar giras por todo el territorio estatal. Se estrenaron con la inauguración de la línea ferroviaria que unía Madrid y Alicante 52 , ciudades que en ese momento ya llevaban décadas de producción tabacalera, por otra parte. Los viajes que emprendió Isabel II a partir de entonces tenían como objetivo sondear el apoyo popular que ostentaba la reina. En el marco de la nueva sociedad liberal, fascinada por los avances técnicos y los retratos costumbristas, así como amenazada por las frecuentes insurrecciones, resultaba crucial sentar las bases propagandísticas de la monarquía moderna. A mediados de la década de 1850, el régimen borbónico implantado por las regencias de María Cristina y Espartero, continuado por la joven Isabel al subir al trono, sufrió una honda crisis. Entre 1854 y 1856 se desarrolló el denominado Bienio Progresista. La facción moderada, que hasta entonces había detentado el poder, vio cómo las demandas de las calles y los clubs políticos se materializaron en leyes y artículos de la nueva constitución. Asimismo, la imagen de la Corona quedó profundamente dañada. Por aquel entonces se produjo el primer gran juicio parlamentario por corrupción de la España contemporánea 53 . Los impulsos modernizadores de la economía liberal parecía que habían venido acompañados del fraude real y cortesano. María Cristina de Borbón, junto a Fernando Muñoz, se había lucrado de los negocios relacionados con el ferrocarril, las minas de mercurio, la trata de esclavos, los préstamos financieros y las riquezas de las colonias del Caribe. De la misma forma, se habían hecho con el poder de la prensa. Sus ilegalidades alcanzaron también la implantación de diversas lecherías por la Península. La transición hacia los tiempos modernos en el ámbito económico parecía haber favorecido a los Borbones. En cambio, las transformaciones políticas, en el seno de una sociedad de masas cada vez más crítica, parecía amenazar su permanencia en el poder. 51 Isabel Burdiel (2018): “La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España”, Historia y política, 39, p. 31. 52 Núñez-García, V. M. (2019): “Monarquía y nación a través de la visita de Isabel II a Andalucía en 1862. La dimensión cultural de las ceremonias reales”, p. 340. 53 Isabel Burdiel (2018): “La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España”, Historia y política, 39, p. 34. 38 Tocaba acercarse a las clases populares. Tocaba encarnar las abstracciones de los nuevos tiempos –nación, constitución, progreso– a través de la figura de Corona. Así, esta se beneficiaría recíprocamente de las connotaciones positivas de los conceptos enumerados. La construcción del Estado-Nación, capitaneada por el avance de las ciencias y la industria, a la par que por la monarquía parlamentaria, estaba en marcha. Sin embargo, las grietas del discurso no tardarían en aparecer. En la práctica, como hemos visto, los Borbones estaban favoreciendo a la oligarquía aristocrática y burguesa, ya fuera en el campo o en las crecientes ciudades. Curiosamente, los negocios de María Cristina, juzgados durante el Bienio Progresista, atravesaron cada uno de los temas disputados por los movimientos sociales contemporáneos que estudiaremos. Véase la industria, para la cuestión obrera femenina; véase el comercio de esclavos, para el abolicionismo; véase, incluso, las lecherías, para la cuestión animal. La monarquía no solo personificó los pilares conservadores de la nueva sociedad liberal, sino que también constituyó la evidencia del engaño, de la corrupción. Este fue el motivo inmediato que empujó a Isabel II a recorrer el territorio nacional, con especial atención a las zonas donde la afección hacia su persona y hacia el régimen establecido era menor. Lo cierto es que los viajes emprendidos por la Corona conformaron un importante agente de nacionalización en el siglo XIX 54 . Después de visitar Alicante en 1858, Isabel II se dirigió a varias regiones peninsulares más hasta preparar su gira por Andalucía en 1862. La reina llegó, entonces, a una tierra sureña que se había levantado en 1836, 1840, 1843 y 1854, dentro de un ciclo de revoluciones liberales que culminaría en 1868. Aterrizaba en una comarca simpatizante con el movimiento juntista y las facciones más avanzadas del liberalismo estatal, donde el movimiento democrático y republicano se mostraba en plena expansión y donde, además, se habían originado varias revueltas campesinas. Entre estas últimas destacan las de Arahal y Utrera de 1857 y, especialmente, la de Loja de 1861. El general Narváez, mano derecha de la reina, auténtico cacique de su Loja natal, no dudaría en desfilar junto a Isabel por la localidad durante la gira andaluza, alardeando de carruaje real y de haber indultado a varios de los presos de la revuelta. El cortejo, además, transcurrió por Andújar, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Jaén, Granada y Málaga, pasando fugazmente por Almería y dejando a Huelva 54 Núñez-García, V. M. (2019): “Monarquía y nación a través de la visita de Isabel II a Andalucía en 1862. La dimensión cultural de las ceremonias reales”, p. 333. 39 huérfana de su reina. 46 días repletos de eventos para compensar 39 años de ausencia borbónica en Andalucía. La visita real a cada una de las localidades iba acompañada de una cobertura propagandística de gran envergadura. En torno al acontecimiento, se generaba una auténtica expectativa de progreso para la zona. La monarquía se afanó en equipararse a la prosperidad material de manera simbólica. Aprovechó, a su vez, para entablar fuertes lazos con las élites de cada lugar, socializando con ellas y dejándose ver por el pueblo. Al mismo tiempo, repartía limosnas como prueba de la presunta generosidad de la realeza. La prensa sobredimensionaba la promoción que la visita de Isabel II significaba a nivel económico, social y cultural. Se estaba librando una batalla por el futuro y los Borbones no podían quedarse atrás, en el Medievo, en el Antiguo Régimen. Debían ser la imagen de la modernidad. Del mismo modo, las giras estaban llenas de gestos hacia las instituciones religiosas y civiles, pertenecientes al ámbito público y al privado. Como benefactora de la nación y de las distintas regiones, también visitaban grandes obras de infraestructura y fábricas industriales. En este punto aconteció la entrada de la reina al edificio habitado por las cigarreras, tal y como señalábamos anteriormente. La Corona se presentaba como la personificación de la eficiencia del Estado, de su modernidad. No faltaban los espectáculos para impresionar a las masas, basados en los últimos avances en materia de iluminación o en los fuegos artificiales. No obstante, todo ello no era más que eso: fuegos artificiales. La imagen de la reina Isabel II se desinflaría con facilidad. A lo largo de su gira, su círculo había intentado hacer de ella un símbolo respetable. Ya que, al ser una figura pública, no entraba en un canon de la época que encerraba a las mujeres al espacio privado del hogar, el convento o, en último término, el psiquiátrico, la propaganda isabelina echó mano de una metáfora religiosa y familiar a partes iguales. Así, a pesar del oxímoron de la expresión, la auparon como “la Madre de la Patria” 55 . El aspecto católico resultaba fundamental en la construcción de la nación española, hecho que motivó la presentación de la reina a través de los arquetipos femeninos de la religiosidad, la caridad y la maternidad. Si algo tenían en común las cigarreras y la reina Isabel es que se salían de 55 Núñez-García, V. M. (2019): “Monarquía y nación a través de la visita de Isabel II a Andalucía en 1862. La dimensión cultural de las ceremonias reales”, p. 345. 40 los esquemas patriarcales que prescribían qué posición debían ocupar las mujeres en la sociedad, siendo esta el espacio privado. Ya que no podían representar a la monarca en su hogar, puesto que detentaba un poder público, las ceremonias enfatizaron su rol de madre, cosa que condujo a los infantes hacia un mayor protagonismo en detrimento del rey consorte, el duque de Cádiz, víctima de múltiples sátiras populares. La Corona albergaba todos los instrumentos de propaganda a su disposición. En cambio, los movimientos tectónicos accionados desde los clubs políticos regentados por republicanos y progresistas minaron la imagen de status quo. En esta tarea colaboraron, por su lado, la facción de las élites descontentas con la reina o que, directamente, aspiraban a hacerse con el trono. 1868 fue el resultado, también, de terremotos en el seno de la cúspide de la pirámide, sin duda. De hecho, el golpe de Estado que derrocó, junto con la movilización popular, a Isabel II, fue instigado, entre otros, por Antonio de Orleans, su cuñado y huésped del Palacio de San Telmo, vecino de la Real Fábrica de Tabacos hispalense. Las derivas históricas quisieron que, ya fuera desde el flanco aristocrático, ya desde la intelectualidad democrática, ya desde la repetición de insurrecciones populares fruto de su politización incipiente, la revolución septembrina de 1868, conocida como La Gloriosa, pusiera punto final al reinado isabelino. Ello posibilitó a nuevos periodo de avances sociales y políticos, el Sexenio Democrático, durante el cual las cigarreras de las distintas factorías peninsulares protagonizarían importantes motines contra los intentos de modernización y mecanización de las fábricas. Finalizada esta fase, se inició un nuevo ciclo conservador borbónico en el que, sin embargo, Isabel II ya no tendría cabida. Cánovas del Castillo, arquitecto de la Restauración, le negaría a la reina su mero regreso físico a España en los siguientes términos: “V. M. no es una persona, es un reinado, es una época histórica, y lo que el país necesita es otro reinado y otra época histórica diferente a las anteriores” 56 . Ahora bien, para culminar el retrato de los años isabelinos, nos queda relacionar los patrones de género escondidos tras la construcción política de los escándalos protagonizados por la monarca. Recordemos que los mismos romances que hicieron de Isabel, a inicios de su reinado, una figura simpática a ojos del pueblo la expulsarían del 56 Isabel Burdiel (2018): “La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España”, Historia y política, 39, p. 45. La autora extrae la cita de Real Academia de la Historia, Archivo privado de Isabel II, leg. 9/9655, Antonio Cánovas a Isabel II, 30 de abril de 1875. 41 país sin billete de vuelta. Si los rumores de cama con el general Serrano, de corte liberal, eran acogidos con una sonrisa por unas clases populares aburridas de las estrechas ideas burguesas de castidad, pudor o templanza, con el tiempo, las repetidas infidelidades de la reina se harían insoportables para la incipiente opinión pública. Lo cierto es que, frente al ideal racional orientado a la instrucción general y el frío debate intelectual, la politización de la sociedad de masas pivotó sobre el impacto emocional que causaban las habladurías privadas y clandestinas, la mayor parte de ellas de naturaleza más moral que política. Guste o no, así ocurrió. La asunción de identidades decimonónicas en clave emancipadora, ya fuera el feminismo, el movimiento obrero o el abolicionismo corrió en paralelo, retroalimentándose, con una población cada vez más partícipe de los asuntos públicos y, por lo tanto, que pronto reclamaría el lugar que le pertenecía en la historia. Sirva como ejemplo el testimonio de un conspirador liberal en 1847: El que diga que estamos sin civilizar que corra a las tabernas, las plazas, las carbonerías y los barrios bajos, y verá hombres y mujeres llenos de andrajos disputando sobre la Reina, el Rey, Monpensier, Mon, Pidal, Salamanca, Benavides, Espartero y el sistema tributario. Así es la época y habremos llegado a la de la política en la cual hasta los zapateros de viejos se creen estadistas consumados 57 . La sexualización de escenas políticas habitaba las sombras de la razón dentro de la esfera pública liberal de mediados del siglo XIX. De manera clandestina, se crearon folletos, pasquines y viñetas de contenido escatológico y sexual. La rebeldía política de los bajos fondos caminaba de la mano de la rebeldía moral. La diana favorita de estas ridiculizaciones no podía ser otra que la corte de Isabel II. Tal y como recoge Burdiel, la revolución de 1868 supuso un estallido desmesurado de liberación colectiva en este sentido 58 . Se conserva la serie de acuarelas Los Borbones en pelotas, en la cual se entremezclan la homofobia, la misoginia y las más oscuras pulsiones reaccionarias. Estas representaciones consolidaron una imagen de la reina nada favorable. En veinte años, por los mismos motivos, había pasado de gozar de la simpatía popular a ser una hembra desenfrenada. Los tiempos habían cambiado y la monarca ya no podía seguir al 57 Isabel Burdiel (2018): “La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España”, Historia y política, 39, p. 32. La autora extrae la cita de Archivo Histórico Nacional, Diversos, Títulos y Familias, leg. 3539/3.3, doc. 16. Eugenio de Avinareta a Fernando Muñoz, 8 de agosto de 1847. 58 Isabel Burdiel (2018): “La revolución del pudor: escándalos, género y política en la crisis de la monarquía liberal en España”, Historia y política, 39, p. 37. 48 que ello significaba para un romántico francés decimonónico. De hecho, con el paso de las décadas, la profesión de Carmen iría perdiendo peso en la narración, hasta el punto de desempeñar otros oficios. Carmen sería cantante, bailarina, actriz –empleos todos sexualizados, por otra parte. Llegaría, incluso, a trabajar en una fábrica de paracaídas 63 . Que, con el transcurrir de los años, la dedicación laboral del mito perdiera peso no deja de remarcar la verdadera intención del mismo. Por supuesto, la novela y sus inmediatas adaptaciones al teatro, la ópera y el cine no trataron de contar una historia a través de los ojos de una cigarrera. Digamos que la conflictividad social fruto de la Revolución Industrial, el movimiento obrero y el sufragismo que aquí nos preocupan no se situaban en el centro, precisamente, del resto de relatos. Carmen servía en tanto que mujer libre, gitana, exótica, andaluza, mala, prostituta, pública. Merimée y Bizet defendieron, mediante sus creaciones culturales, los valores victorianos de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. El papel de la mujer en la sociedad se circunscribía a esposa fiel, madre abnegada, guardiana de la familia, beata, recatada y enclaustrada en casa. La investigadora Ana Saloma Gutiérrez apunta cómo Don José, al asesinar a Carmen en el relato, restablecía el orden social y político que había sido alterado 64 . Al igual que Jack el Destripador, el castigo a las mujeres públicas presentaba la función patriarcal de reconducirlas al ámbito privado: la casa, el matrimonio, la familia. La promiscuidad de Carmen, caricaturizada hasta el límite, no era inocente. Las matanzas de Jack, tampoco. Saloma estudia en su artículo las contradicciones respecto al estereotipo femenino decimonónico. Por eso titula su estudio “De la mujer ideal a la mujer real”. Efectivamente, hubo una enorme grieta entre el sueño misógino de relegar a las mujeres al anonimato y su plasmación a la realidad. Entre otras cosas, las mujeres fueron reinas y cigarreras. Además, también ejercieron cargos públicos a través de las Juntas de Damas, como veremos. La investigadora latinoamericana arroja luz sobre las críticas de la sociedad novohispana hacia la Real Fábrica de Tabacos de Ciudad de México. Acusaban a la factoría de corromper a las mujeres e inducirlas a la prostitución, viendo en la prostitución, en un giro perverso, una ignominia hacia la prostituta y no hacia el hombre que la explota sexualmente. 63 Vera, M. T. y Meléndez, N. (2008). El mito de Carmen: exotismo, romanticismo e identidad. Ámbitos, 17, 344. 64 Saloma, A. (2000). De la mujer ideal a la mujer real. Las contradicciones del estereotipo femenino en el siglo XIX. Cuicuilco, 7, 18, 8. 49 La sociedad novohispana del siglo XIX denunciaba las amenazas morales que suponía el trabajo femenino asalariada fuera de casa, así como el mito de Carmen terminaría certificando. No obstante, estas élites masculinas, conservadoras y temerosas obviaron que estas labores ya venían practicándose desde el siglo anterior. Al igual que en Cádiz, en las colonias de Nueva España ya había cigarreras ejerciendo. La grieta solo podía cerrarse con estigma, terror y violencia. El discurso reaccionario presentaba incoherencias de gran calado. La Guerra de Independencia mexicana a raíz de la conquista napoleónica de Península, a inicios del siglo XIX, produjo un descenso de hombres disponibles para las fábricas, hueco que propició la entrada masiva de cigarreras en la tabacalera de Ciudad de México. Lo mismo estaba ocurriendo en el contexto español. En Sevilla, la invasión francesa provocó la paralización de la actividad de la Real Fábricas de Tabacos durante casi un año. Una vez retomada, los rostros de la plantilla ya no eran masculinos, sino femeninos. Las cigarreras gaditanas vinieron a la localidad hispalense para formar a las nuevas trabajadoras sevillanas. En las recién inauguradas fábricas de A Coruña, Madrid y Alicante, las obreras también serían mujeres. A ambos lados del Atlántico, la producción tabacalera recayó en manos femeninas. Así pues, Don José venía a simbolizar en Carmen la contención de la rabia masculina frente a la parcial emancipación femenina que se estaba desarrollando en algunos sectores de la sociedad. En varias ocasiones, la novela muestra cómo Don José siente la necesidad de matar a la protagonista. La frustración que le genera no poder controlarla le hace centrar su ira hacia Carmen y sus amantes: “je suis las de tuer tous tes amants” 65 . Al mismo tiempo, en cambio, Don José simboliza el arquetipo del hombre víctima de una mujer demasiado poderosa, una especie de Duque de Cádiz para el contexto isabelino. Finalmente, al asesinarla, tanto el protagonista como la sociedad patriarcal recuperan la honra, la estabilidad, la moralidad. Con Carmen, se acaba simbólicamente con la mujer liberada moderna, con el desenfreno carnal pecaminoso, con el erotismo orientalizante de la prostituta, con las fuerzas malignas de la naturaleza que atentan contra la civilización, con el demonio, con el peligro, con la mentira, con lo 65 Merimée, Carmen. Muro, 187. 50 salvaje y con la “espiral de destrucción” que amenazaba al hombre indefenso y, por lo tanto, a ojos del patriarcado, a la sociedad en general 66 . Don José, vasco, de buena familia, con principios y dedicado a la carrera militar, representaba la disciplina, el orden y la ley que la sociedad liberal decimonónica apuntaló como pilares profundos. Frente a él, Carmen, gitana, nómada, prostituta y cigarrera, representa la cara oculta del régimen político, económico y social, aquello que las élites querían controlar sin conseguirlo. Al inicio del presente trabajo, aludíamos a las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena encargadas a Pablo de Olavide. Dicho proyecto se levantó con objeto de extender el dominio borbónico de las ciudades hacia el campo. También la novela de Carmen emula dicho contraste, publicada en un momento en el que viajeros y viajeras procedentes de Francia o Reino Unido transitaban los caminos rurales de una Andalucía mora, africana, islámica, natural, exótica, auténtica, salvaje, repleta de bandidos clandestinos. Al Romanticismo le fascinó buscar la verdad en las sombras de la verdad. La vida planificada de las grandes urbes de la Revolución Industrial, con sus ensanches en damero y sus grandes avenidas iluminadas, simbolizaban una vida repetitiva y artificial de la que huir. Es por eso que las personalidades excéntricas de la Europa moderna buscaron acomodo fuera de sus países de origen. Los avances técnicos y científicos proveían de verdad a la sociedad. Sin embargo, la obsesiva racionalización de la vida había convertido a París o Londres en ciudades de mentira. Al mismo tiempo que repudiaban el carácter incontrolable de Carmen, de las cigarreras, soñaban con la sugerente idea de poder dominarla. María Teresa Vera y Natalia Meléndez también han revisado desde la perspectiva de género el carácter misógino y reaccionario del mito de Carmen. A nivel social, la protagonista simbolizaba la nueva realidad que se estaba implantando en las sociedades modernas. Carmen pertenecía al proletariado femenino en plena formación. Indican, además, cómo la mujer autónoma condenada por su rebeldía constituye un arquetipo clásico de la literatura occidental. La novela de Merimée también escondía la rivalidad franco-hispana consecuente de la guerra napoleónico de 1808. Siguiendo las premisas antropológicas de Lévi-Strauss, recuerdan el modo en que los mitos guardan la función de suavizar tensiones latentes en el seno de un grupo social. Tensiones surgidas, 66 Gordillo, I. (2010). Carmen: paradigmas míticos, históricos y narrativos del mito, 1-4. 51 tal y como venimos señalando, producto de las contradicciones surgidas a la hora de llevar a la práctica las creencias colectivas. Los mitos tratarían, en esta línea, de reconciliar el ser con el deber ser. Dicho esto, consideramos que, si bien el mito de Carmen conforma una expresión cultural que trata de explicar una realidad cigarrera inasumible por la sociedad patriarcal decimonónica, la obra de Merimée y la adaptación de Bizet no dejan de representar una justificación de la violencia contra las mujeres que se estaba produciendo. El mito, aunque pudiera suavizar tensiones, también constituía un llamado a la violencia de género, sin lugar a dudas. Por lo tanto, a pesar de alinearnos con la lectura que realizan del contexto de Carmen, discrepamos con las autoras cuando consideran a la obra edulcorante o, incluso, revolucionaria. Lo revolucionario se estaba produciendo a nivel material y lo estaban protagonizando las cigarreras de carne y hueso. Merimée vino a reconducir dicho fenómeno hacia la alerta y los terrores masculinos. Creemos conveniente, no obstante, mostrar la argumentación de Vera y Meléndez al completo: Más allá de las leyendas, que suelen ser afirmaciones falsas, el mito de Carmen tiene componentes socio-históricos fundamentados y, no pocas veces, contradictorios. Si el Romanticismo –afirma Raymond Williams (1985)– surgió como una reacción frente al industrialismo, lo cual provocó un interés y una idealización de las sociedades preindustrales, resulta que nuestra Carmen es el prototipo de una nueva clase, un proletariado femenino con una enorme carga de rebeldía, formado por mujeres independientes en lo económico y sentimentalmente activas. El mito de Carmen es revolucionario en tanto destructora del orden social establecido y de las buenas costumbres burguesas. Pero más allá del mito romántico y folklórico, la realidad histórica es que la Fábrica de Tabacos de Sevilla era el más importante establecimiento industrial de la época en Andalucía, que el siglo XIX verá como se va proletarizando este sector de la actividad y, por ende, incrementándose la conflictividad nacida no ya de lances amorosos, sino de las condiciones de trabajo que culminará, entre 1918 y 1923, con la organización y sindicación en torno a la Sociedad de cigarreras y tabaqueros “Nicot”. 67 El mito de Carmen vino a explicar literariamente el fenómeno de las cigarreras y, por extensión, de las mujeres trabajadoras de un siglo XIX hasta entonces “nada acostumbrado a la desobediencia civil femenina” 68 . Y lo hizo bajo la mirada misógina de los autores franceses. Habría que esperar hasta el último tercio de la centuria para aproximarnos a la realidad material de las tabacaleras. Tuvo que venir, para ello, la 67 Vera, M. T. y Meléndez, N. (2008). El mito de Carmen: exotismo, romanticismo e identidad. Ámbitos, 17, 344. 68 Ramón y Prérenon (2006), 50. En Gordillo, I. 8. 52 influencia de la novela realista, la motivación de narrar asuntos sociales por medio del arte y, claro, la irrupción de Emilia Pardo Bazán, una autora que frecuentó los círculos feministas europeos y que, a su vez, convivió con unas cigarreras gallegas a las que retrató en La Tribuna. Retomaremos esto más tarde. En relación a Carmen, toca recordar el rol de mujer gitana de la protagonista. Despertaba los terrores masculinos en tanto tomaba –okupaba– los roles propios de un hombre en la relación amorosa. Carmen lleva la iniciativa, utiliza a los hombres en su propio beneficio y, además, no considera que la sagrada institución del matrimonio sea una meta deseable. Venía a destruir todos los mantras de la sociedad liberal moderna decimonónica. Por ello, debía ser destruida ella misma y, así, salvar al status quo. Carmen fue el símbolo cumbre, pero hubo varias cármenes coetáneas cuyas infidelidades les condujeron a la ruina: Ana Ozores, Anna Karenina o Emma Bobary. Asimismo, bajo la influencia patente de Merimée, Pierre Louÿs publicaría a final de siglo Le femme et le pantin –La mujer y el pelele– protagonizada por Conchita Pérez 69 . Antes de Carmen, ya existieron en la trayectoria occidental Pandora, las sirenas, Venus, Diana Cazadora, Circe, Caribdis, Judith, Dalia, Salomé o Eva. El mito de la femme fatale, con sus diversos rostros, se adaptó entonces a la sociedad industrial burguesa. La familia resultaba fundamental para el capitalismo y la organización racional de la sociedad, y las mujeres debían sostener su salvaguarda. No podía haber mujeres fuera del matrimonio, el convento o el psiquiátrico. El régimen material y simbólico de la sociedad debía reproducirse a costa de la libertad de las mujeres, paradójicamente, en una sociedad que se denominaba liberal. Las grietas del discurso se ensanchaban por momentos y las respuestas reaccionarias cada vez eran más exageradas. Se caricaturizaban los tópicos gitanos que relacionaban, especialmente a las gitanas, con el demonio, la fealdad, la suciedad y el robo 70 . Para complejizar aún más el asunto los rasgos del pueblo gitano, orientalizado y exotizado por los viajeros y las viajeras del Romanticismo, fueron apropiados y reformulados por un costumbrismo español que temía la pérdida de las construidas tradiciones nacionales. La Antropología también nos enseñó que los símbolos son ambivalentes, y las cigarreras, las gitanas, las andaluzas, no serían una excepción. 69 Gordillo, I. (2010). Carmen: paradigmas míticos, históricos y narrativos del mito, 22. 70 Muro, M. A., 174. 53 Las cigarreras llegarían a ser símbolos nacionales frente a la globalización de corte francés. Al mismo tiempo, serían repudiadas con las recreaciones del mito de Carmen. También serían reprimidas en el plano material, por supuesto. Cabe imaginar que los motines organizados por las obreras de las tabacaleras no sentaban del todo bien a una sociedad que, ni siquiera, asumía su mera existencia como mujeres autónomas, productivas –en vez de reproductivas– y rebeldes. Veremos cómo, sin embargo, la ambivalencia de los símbolos harán de ellas unos emblemas costumbristas de la nación española, a pesar de que las mujeres que transgredieron el espacio privado fueron castigadas. Carmen, las cigarreras, las prostitutas y las gitanas simbolizaban lo incontrolable de una sociedad obsesionada con el control racional de la vida. Terminamos, pues, este apartado con una cita de Francisco Vázquez y Andrés Moreno en su Poder y prostitución en Sevilla que nos servirán de bisagra entre todo lo que venimos contando hasta ahora y el papel público de las mujeres de la élite en la beneficencia: Durante el primer tercio del siglo XIX se operó en las ciudades europeas una transformación radical que las dejaría marcadas para el resto de su existencia. Las transformaciones del sistema productivo, basadas en la aplicación de la energía a los procesos manufactureros y en la concentración de la mano de obra en un único lugar de trabajo (la fábrica) arrojaron sobre las ciudades un enorme caudal humano atraído por las nuevas posibilidades laborales. No todos, sin embargo, encontraban el dorado panorama que habían imaginado; al contrario, la ciudad industrial ofrecía a menudo subempleo, explotación y miseria. Todo un nuevo grupo social hace su aparición al compás del ir y venir de las máquinas y ello engendraría nuevas formas de marginación y de delincuencia desconocidas hasta entonces en Europa. Las ciudades eran centros de riqueza que ejercían una enorme seducción sobre las masas campesinas desprovistas de tierras por los cambios en la propiedad y en las formas de explotación agrícola, pero, al mismo tiempo, la creciente desigualdad en el reparto de aquella riqueza estableció una rígida línea de separación entre los habitantes de las ciudades. Lógicamente un fenómeno social de tal calibre y de tan rápido desarrollo no pasó desapercibido para quienes lo vivían y dio lugar a variadas reacciones. Junto a tomas de partido de corte filantrópico o junto a agrias denuncias, un sentimiento fue unánimemente compartido, el del miedo a las masas oscuras y miserables, el pánico hacia un colectivo pintado con tintas cada vez más negras 71 . 71 Vázquez, F. y Moreno, A. (1998). Poder y prostitución en Sevilla, tomo 2. Sevilla: Universidad de Sevilla, 21-22. 54 2.2. Junta de Damas, grieta argumental “Si la mujer tuviera medios propios de subsistencia, una posición social, una carrera, un porvenir debido a su aplicación, a su talento, ¿cómo iría a venderse, a prostituirse legal o ilegalmente a los hombres, de los que no necesitaría esperar posición, recursos, ni porvenir que ella tendría en su mano? No, la mujer que posee medios propios de subsistencia, la mujer que con su trabajo adquiere honra y dinero, no se prostituye, ni se casa sino con aquel a quien ama y de quien es amada” Rosa Marina 72 El miedo a las masas desarraigadas que produjo el éxodo rural y la ampliación de las desigualdades propias del liberalismo económico presentó diversos rostros. A la misma vez, los poderes públicos sintieron la necesidad de capitanear las medidas paliativas de caridad que previamente habían encabezado las órdenes religiosas, principalmente. La racionalización de la vida se extendía también a la organización de los márgenes de la sociedad, habitados por la población empobrecida. La tarea de cuidado de “las masas oscuras y miserables” a las que aludían Vázquez y Moreno –los enfermos, las niñas expósitas y los mayores sin recursos– recayó sobre las mujeres. Veremos qué implicación tuvo ello en el devenir ideológico del momento. Una de las cuestiones abordadas durante el siglo XIX en este sentido fue la prostitución, condenada a nivel moral, consumida por los hombres y sufrida por unas prostitutas explotadas sexualmente que, no olvidemos, cargaron con un gran estigma y con la violencia simbólica y física que airearon mitos como el de Carmen o el de Jack el Destripador. A su vez, se van a instaurar también desde distintos ámbitos acciones dirigidas a la mejora de la vida de unas mujeres prostituidas que, como señalaba Rosa Marina en La mujer y la sociedad en 1857, no se verían obligadas a vender su cuerpo y tuvieran la oportunidad de disfrutar de la vida digna que merecían. 72 Marina, R. (2019). La mujer y la sociedad. Breves consideraciones sobre la participación de la mujer en la sociedad. Jaén: Labio Asesino, 43. 55 Así pues, en un contexto de presunto progreso general, la concentración de grandes sectores sociales que no podían subsistir generó un profundo debate. Los centros de discusión que, como indicamos, proliferaron al calor de la Ilustración y el liberalismo se preguntaban qué papel debían tomar las instituciones públicas y las asociaciones civiles en el asunto. Especialmente, la lactancia y la atención de las niñas y niños expósitos recibieron las primeras miradas. También se organizaron hospitales para el cuidado de enfermos y mayores desamparados. Las Juntas de Damas, surgidas en el siglo XVIII dentro de entidades exclusivamente masculinas como las Sociedades Económicas de Amigos del País, fueron adquirieron progresivamente una mayor independencia y las mujeres que las integraban encarnaron la misma amenaza que, respecto al género, representaban las cigarreras. Tanto estas señoras de la aristocracia y la alta burguesía como las proletarias de las tabacaleras eran el ejemplo patente de que las mujeres sí podían y debían albergar una dimensión pública más allá del hogar. Es más, demostraron que, cuando lo hacían, superaban con creces las expectativas y actuaban con plausible eficacia. Nos interesa encarar, en este punto, la existencia de mujeres de la élite en la vida pública en tanto en cuanto formaron parte de esa quiebra producida en el seno del patriarcado decimonónico. Repararemos en las Juntas de Damas para comprobar que el edificio argumental misógino de las sociedades de la Revolución Industrial presentaba hondas fisuras en relación a las mujeres de las clases populares y, también, en lo que atañe a las nobles y burguesas, esposas estas últimas, frecuentemente, de los hombres poderosos que detentaban los organismos públicos 73 . Por poner solo un ejemplo de esto último, la María Bacigalupi, miembra de Junta de Damas de Barcelona, estaba casada con Joan Güell, empresario textil, banquero y político. Gracias tanto a su posición social como a la asunción de los roles femeninos imperantes, estas señoras no sufrieron el escarnio público de las cigarreras o, a pesar de su condición de reina, Isabel II. Al fin y al cabo, las damas se encargaban de extender al universo público las tareas de cuidado que les habían sido encomendadas para la vida privada. Al igual que la propaganda real había intentado, sin éxito, presentar a la monarca como la “Madre de la Patria”, las 73 Para el caso de Barcelona, Ana María Rodríguez recuerda: “A la Junta de Damas de Barcelona pertenecían las esposas, las madres o las hijas de concejales y alcaldes de la Ciudad, de diputados a Cortes y de senadores, de diputados de presidentes de la Diputación Provincial, de catedráticos de la Universidad, de propietarios de periódicos y de los burgueses más eminentes”. Fragmento extraído de Rodríguez Martín, A. M. (2013). La participación femenina en la beneficencia española. La Junta de Damas de la Casa de Maternidad y Expósitos de Barcelona, 1853-1903. Cuestiones de género: de la igualdad y la diferencia, 9, 142. 56 integrantes de las Juntas de Damas no dejaban de constituir una especie de “madres simbólicas” 74 . Fátima Salaverri, especializada en el caso gaditano, también se ha referido a sus labores como alegóricas de una “maternidad social” 75 . Resultaba crucial que sus funciones se limitaran a la extensión pública de su rol privado. Tanto es así que, en los orígenes de la institución, muchas de estas aristócratas y burguesas se vieron impedidas de participar a causa de sus ocupaciones hogareñas 76 . A pesar de que sus ocupaciones en las entidades no supusieran una amenaza, el mero hecho de que hubiera mujeres circulando por ámbitos públicos, esto es, masculinos, ya había causado diversas controversias en los inicios 77 . Superados estos escollos primigenios, en varias ciudades, como Cádiz o Madrid, las Juntas de Damas comenzaron su andadura. El organismo gaditano, curiosamente, nació el 8 de marzo de 1827. Su campo de actuación estaba extremadamente delimitado. Dependía directamente de la Sociedad Económica de Amigos del País municipal. Pertenecientes a la Quinta Clase de la misma –tras las de Agricultura, Industria, Comercio y Educación y Beneficencia, coordinaban actuaciones orientadas al cuidado de niñas indigentes y mujeres encarceladas. Asimismo, se afanaron en la gestión de la Casa de Expósitos local. Al frente de la institución gaditana se situó durante un largo periodo la marquesa de Casa-Rábago, Josefa Fernández O’riyan. Los sueños ilustrados y modernizadores de Carlos IV parecían materializarse entonces. La beneficencia laica iba creciendo y organizándose. Las integrantes de la Quinta Clase, al mismo tiempo que eran separadas y connotadas como algo distinto dentro de la Sociedad Económica de Amigos del País, llegaron a generar una identidad propia. De esta forma, las viejas aspiraciones borbónicas terminaron posibilitando, con el transcurrir de los fenómenos históricos, la incorporación femenina a la vida pública a 74 Salaverri, F. (2018). La Junta de Damas de la Sociedad Económica de Amigos del País de Cádiz y la Ley de Beneficencia de 1849. Trocadero, 30, 262. 75 Salaverri, F. (2018). La Junta de Damas de la Sociedad Económica de Amigos del País de Cádiz y la Ley de Beneficencia de 1849. Trocadero, 30, 260. 76 Así lo lamentaba en 1818, por ejemplo, María Loreto Figueroa Montalvo: “mis cuidados domésticos no me ofrecen la mejor proporción para comprometerme a aceptar el encargo de socia”. Extraído del Archivo Histórico Municipal gaditano por Fátima Salaverri y recogido en Salaverri, F. (2016). La Junta de Damas como modelo de acción social de género: aproximación a su constitución en Cádiz a principios del siglo XIX. En García-Gil, C., Flecha, C. et al (coords.), VI Congreso Universitario Internacional "Investigación Y Género", 639. 77 Méndez, J. (2004). La Junta de Damas y las Escuelas Femeninas de Formación Profesional (1787-1811). Cuadernos de Estudios del siglo XVIII, 14, 113. 57 través de la beneficencia pública. A lo largo de la primera mitad del siglo XIX, los impulsos laicos en este sentido siempre coincidieron con el auge de las ideas liberales en el poder, véase 1812 o el Trienio Liberal acaecido entre 1820 y 1823. La planificación de las labores mitigadoras de las desigualdades sociales por parte de las autoridades civiles quebraría antiguas estructuras de género. Las damas recibirían en 1849 el espaldarazo de las leyes estatales, en detrimento de dinámicas religiosas y aristocráticas propias del Antiguo Régimen. Por otro lado, las mujeres de la Quinta Clase se vieron beneficiadas por las reformas liberales surgidas en el ámbito territorial. La instauración de la división provincial les permitió desligarse del yugo municipal de la Sociedad Económica. La Ley de Beneficencia de 1849 les dotó de un mayor protagonismo, reconoció su eficiente funcionamiento y abrió la puerta a la creación de nuevas Juntas de Señoras en los pueblos de cada provincia. En Cádiz, las damas quedaron supeditadas a la Junta Provincial de Beneficencia, en detrimento de la hegemonía de la Sociedad Económica Gaditana de Amigos del País. Al igual que la irrupción de las cigarreras en la vida pública encendió los temores patriarcales, propiciando la aparición del mito de Carmen, los hombres de la Sociedad Económica que, hasta ahora, habían dominado y controlado los movimientos de la Junta de Damas no se tomaron especialmente bien que esta quedara, de facto, desvinculada de la entidad. En abril de 1858, la marquesa de Casa-Rábago, aun así, invitó a la Sociedad a participar en la elaboración de un nuevo reglamento interno. La respuesta que recibió iba cargada de ironía y descontento, así como desprovista de las esperadas reglas de cortesía: La Sociedad […] no se considera con facultades para dictar reglas sobre este particular […] nadie puede discernir con mas conocimiento i experiencia que las mismas Señoras, […] forme por sí el reglamento q estime conveniente al logro de sus deseos 78 . Se entiende el desplante. Los dueños de la Sociedad Económica, que hasta entonces habían impedido, incluso, la comunicación directa de las damas con el presidente de la misma, veían cómo finalizaba su control. A ello hay que sumarle las hondas contradicciones a nivel de género que su autonomía significaba. La labor de las 78 Salaverri, F. (2018). La Junta de Damas de la Sociedad Económica de Amigos del País de Cádiz y la Ley de Beneficencia de 1849. Trocadero, 30, 268. Extraído del Archivo Histórico Municipal de Cádiz. 64 político. Asimismo, la decadencia española en el contexto global generó frecuentes crisis económicas que incidió con dureza en el pueblo. La combinación de las diferentes casuísticas derivó en la pérdida de trabajadores y trabajadoras en el sector secundario durante la segunda mitad del siglo XIX, por mucho que esto sucediera en las décadas prominentes de la Revolución Industrial. Si, en 1860, el 17,5% del país se dedicaba a la industria, en 1900, solo lo haría un 13,5%, dejando por el camino a casi 200.000 personas 86 . Los intentos dieciochescos de industrializar convenientemente la Península no habían cuajado. Cien años después, la oligarquía se impuso y el tejido laboral destacaba por su irregularidad y pluriactividad. El capital privado se había impuesto sobre los planes reales del reformismo borbónico. Solo las fábricas de tabacos parecían haberse salvado de esta quiebra: Al empezar el siglo XIX era evidente que el intento de los reformistas ilustrados de promover en las últimas décadas del siglo XVIII establecimientos industriales a cargo del erario público (las fábricas reales) había fracasado. Las fábricas de tejidos de seda, lana, lino y cáñamo, de pólvora, de manufacturas de lujo (tapices, porcelanas), habían cerrado o languidecían, siendo un gasto insoportable para el Estado. Este fracaso se producía a pesar de los muchos privilegios y ayudas concedidos por los reyes, entre ellos a sus trabajadores: preferencia para contratar a sus hijos, aprendizaje gratuito, exención del servicio militar para los hombres, salarios superiores a los habituales, empleo estable… A pesar de ello un sector industrial público permanece durante todo el siglo, centrado en las actividades que eran monopolio del Estado y de las que éste extraía fuertes ingresos por impuestos indirectos, o que abastecían al Ejército (astilleros, pólvora…). Entre estas fábricas del Estado están las de tabacos, que al ser una manufactura muy intensiva en mano de obra y muy protegida, dieron lugar a las mayores plantillas que hubo en España. Las fábricas de tabacos de Sevilla y Madrid, con más de 5.000 trabajadores, la mayoría de ellos mujeres, fueron las mayores concentraciones obreras del país durante casi todo el siglo (la mayor fábrica textil de Barcelona, La España industrial, tenía poco más que mil obreras y obreros hacia 1857); lo mismo ocurría en Sevilla, Alicante, La Coruña y Valencia. A finales de siglo, a pesar de la mecanización creciente de las labores, todavía tenían plantillas con varios miles de trabajadores 87 . 86 Candela, P. (1997). Cigarreras madrileñas: trabajo y vida (1888-1927). Madrid: Tecnos, 57. Recogido en Sarasúa, C. (2005). Trabajo y trabajadores en la España del siglo XIX. Working Papers (Universitat Autònoma de Barcelona. Unitat d'Història Econòmica), 7, 6. 87 Sarasúa, C. (2005). Trabajo y trabajadores en la España del siglo XIX. Working Papers (Universitat Autònoma de Barcelona. Unitat d'Història Econòmica), 7, 10-11. 65 Considerando la coyuntura económica que atravesó el país durante este tiempo, no es difícil imaginar el poder de negociación con el que contaron las cigarreras. De ahí el interés que, creemos, posee su estudio. En un momento de decadencia imperial, de fracaso de los planes fabriles borbónicos y de explotación obrera a través del pluriempleo y la precariedad, en las tabacaleras se concentraron plantillas femeninas muy numerosas que lucharon por la mejora de sus condiciones de vida. La coordinación estatal de las rebeliones cigarreras terminaría de poner en jaque a unas instituciones públicas que dependían fuertemente de la producción del tabaco para mantener o incrementar los ingresos en un contexto económico adverso. El liberalismo económico y político encontró en estas obreras una grieta importante en sus discursos de progreso y avance técnico. Por mucho que las romantizaran por medio del costumbrismo o que las demonizaran mediante el mito de Carmen, las mujeres de las tabacaleras consiguieron frenar la entrada de las máquinas de liado y picado a las factorías e, incluso, obtuvieron serias mejoras en sus condiciones laborales. No obstante, ello que no quita que sufrieran la explotación al igual que el resto de la masa proletaria decimonónica. Las cigarreras españolas, que llegaron a ser casi 30.000 88 , también fueron víctimas de las nulas medidas de protección frente al polvo o el humo y del asfixiante ritmo de trabajo. 88 Paloma Candela ha registrado la existencia de 27.115 cigarreras para 1895. A la cabeza, se situaban las fábricas Sevilla, con 5.331, Madrid, con 4.586, y Alicante, con 4.405. Aparecido en Candela, P. (1997). Cigarreras madrileñas: trabajo y vida (18881927). Madrid: Tecnos, 50. Recogido en Sarasúa, C. (2005). Trabajo y trabajadores en la España del siglo XIX. Working Papers (Universitat Autònoma de Barcelona. Unitat d'Història Econòmica), 7, 11. 66 2.4. Cigarrera, sujeto político “En cuantas luchas ha sostenido la Federación [Tabaquera], se puso de manifiesto cómo el factor femenino es algo decisivo y determinante. Mucho hace el número, en efecto; pero no menos hace la valentía, el arrojo de las cigarreras. Este gesto que nos caracteriza, tiene un valor inconmensurable […]. ¿Será que no tememos los peligros? No, no es eso; es que las mujeres estamos en lo general más faltas de libertad que los hombres y al hacer nuestra iniciación en la lucha sindical saturada de redentores ideales encontraremos lo que nos falta en el orden económico y moral. La luchas nos ofrece pan y libertad, más amplios horizontes de vida. He aquí, a mi modo de ver, las causas de nuestra valentía y nuestro arrojo” Eulalia Prieto 89 Nuestra investigación se acerca a su fin. Hemos tratado de mostrar el contexto ideológico y social que envolvió la existencia de las cigarreras durante sus décadas más pujantes, esto es, las relativas al siglo XIX. También nos hemos referido a los antecedentes ilustrados del siglo XVIII, así como veremos cómo evolucionó la lucha de estas obreras a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. En 1936, año del golpe de Estado militar contra el sistema constitucional hegemónico desde 1812, las huelgas y reivindicaciones de la clase trabajadora se vieron interrumpidas por la feroz represión de los sublevados. De ahí que hayamos decidido poner detenernos esta fecha, a pesar de que el espíritu combativo de las cigarreras se prolongaría hasta épocas muy recientes de nuestra historia. En 1931, Eulalia Prieto, presidenta de la Federación Tabaquera, animaba a sus compañeras a persistir en la lucha tras el oscuro periodo de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Del mismo modo, recordemos que, por aquel entonces, la gaditana Micaela de Castro animaba también a las obreras a continuar peleando por 89 Arenga de la presidenta de Eulalia Prieto, presidenta en 1931 de la Federación Tabaquera, publicado en la Unión Tabacalera, ente de difusión del sindicato. El artículo se titulaba “Para cigarreras” y ha sido recogido por Alicia Martínez en Martínez, A. (2009). Lavapiés y las cigarreras. En J. Rodríguez (coord.), La República y la cultura: paz, guerra y exilio, Madrid: Istmo, 9788470904868, 237-246. 67 unas condiciones dignas de vida y trabajo, por mucho que pesara el miedo a las represalias. Es significativo que Micaela aludiera en el discurso a su condición de madre de tres hijos. Si la transformación de la sociedad que había propiciado el liberalismo trató de enclaustrar a las mujeres en su rol familiar, estas lo tuvieron presente incluso en los perfiles más combativos. Eso sí, no por ello iban a abandonar el pulso que mantenían con las autoridades y la patronal. La conformación de la cigarrera como sujeto político está atravesada por su posición de clase y género. También a nivel étnico, puesto que muchas de ellas pertenecían al castigado pueblo gitano, rasgo este caricaturizado por la literatura reaccionaria decimonónica. Los conflictos en el seno de las factorías aparecieron desde los inicios del siglo XIX. Conforme fue avanzando la centuria, la conciencia colectiva fue creciendo y los motines puntuales y localizados dejaron paso a la lucha organizada. Los motines esporádicos se sustituyeron por las asambleas territoriales y las huelgas “de brazos caídos” coordinadas en toda la Península. Las grietas liberales posibilitaron la existencia de las integrantes de las Juntas de Damas en las altas esferas y de las obreras en las clases populares. A pesar del estigma difundido por obras como Carmen, la disputa por la emancipación de la mujer trabajadora seguía su curso. Género y clase van de la mano en tanto en cuanto, para la premisa patriarcal decimonónica, las mujeres no podían tener clase, es decir, trabajo. Su papel en la sociedad estaba restringido a la maternidad, desplegada en el ámbito privado mediante el cuidado de la familia y extendida al ámbito público a través de la atención de las personas más necesitadas. La aparición de obreras en la Revolución Industrial resultó una anomalía que reconducir, especialmente por medio del despido y la incorporación de las máquinas a las labores productivas. El paso del siglo XIX al XX traería, además, el desarrollo cada vez mayor de las reivindicaciones sufragistas en la Península. Materializado por fin en 1931, el voto femenino fue tomando protagonismo en la opinión pública. Varias de las cigarreras combativas del nuevo siglo, además de luchar por sus condiciones de trabajo, presentarían otra manera de ser en la sociedad. Se ha documentado cómo algunas de ellas tocaban la guitarra, por ejemplo, tomando un lugar simbólico atribuido eminentemente a lo masculino. La plantilla tabacalera fue menguando, sí, sobre todo de 68 presencia femenina, pero estas siguieron teniendo bastante fuerza. En el plano individual, aún más. El hecho de cobrar un salario y disfrutar de un empleo estable les situaba en una posición mucho más favorable que el resto de mujeres, incluso de aquellas también ocupadas en otros oficios. Los motines y las huelgas tuvieron efecto. Hablamos de constitución de sujeto político porque salieron del anonimato y de la exclusión que el patriarcado y el capitalismo le indujeron. Micaela de Castro llegaría a optar, en 1933, a ser diputada en Cortes. No fue elegida en las urnas, pero la única mujer candidata en los comicios de toda la provincia de Cádiz era cigarrera, detalle que no deja de ser ilustrativo del proceso que venimos mostrando. Micaela pudo haber sido representante política, no ya solo de sus compañeras dentro de la Federación Tabaquera, sino del conjunto del Estado, produciendo gran escozor entre la oligarquía y el ideario misógino, sin lugar a dudas. Por eso sucedió 1936. El aparato liberal basado en una constitución, un parlamento y la celebración de elecciones fue permitido mientras que las mujeres y la clase trabajadora no podía beneficiarse, tanto en teoría como en la práctica, de los pilares del régimen. En cuanto la situación amenazó los intereses de la élite, el sector más deshumanizado y reaccionario del ejército entró en escena. Primero, con la dictadura de Primero de Rivera y, luego, con las décadas totalitarias del franquismo. Los triunfos en materia social y laboral debían tocar a su fin. Las mujeres debían volver al hogar. Los trabajadores debían regresar a la sumisión. La mera posibilidad de que una cigarrera pudiera haber llegado a representar al pueblo en las Cortes merecía su fusilamiento, como así sucedió. El siglo XX se fue tiñendo progresivamente de sangre, como veremos al final del capítulo. La estigmatización de Carmen se hizo insuficiente, a pesar de que la máquina ya había entrado con fuerza en las fábricas, masculinizando una plantilla cada vez menos numerosa. El progreso basado en la industria tomaba carices deshumanizantes. Los sueños ilustrados de futuro eran reemplazados por la represión y la fría tecnificación moderna. Doscientos años separan la organización planificadas de las fábricas reales de tabaco en Cádiz y Sevilla de la represión franquista a las trabajadoras de la tabacalera. Si en 1620 ya había actividad en la localidad hispalense, en la zona de la actual plaza Cristo de Burgos, no fue hasta el segundo tercio del siglo XVIII cuando comenzaron a 69 llevarse a cabo serias transformaciones en el sector, auspiciadas por el reformismo borbónico. En 1728 y 1741 fueron apareciendo las grandes factorías, de nuevo cuño, en las dos ciudades andaluzas. Ya en Cádiz entraron cigarreras. Son varias las hipótesis que se han manejado a la hora de explicar la incorporación femenina. Principalmente, superados los sesgos sexistas, parecen haberse impuesto dos razones: la laboriosidad de la tarea, nada atractiva para los hombres 90 , y los menores honorarios percibidos por las trabajadoras. Los primigenios talleres se reemplazaron por los edificios modernos para cubrir el aumento de la demanda. En estos nuevos emplazamientos, la planta alta quedó reservada para funciones administrativas y para las propias casas de los directivos. Las plantas inferiores, por su lado, se orientaron a la producción material. En estas últimas, convivían trabajadoras, trabajadores y los animales que servían de fuerza de carga para molinos y presas. Los inicios dieciochescos darían paso al liberalismo moderno y, con él, a las transformaciones sociales, económicas y políticas en las que estuvieron implicadas las cigarreras. El siglo XIX conoció la apertura de las fábricas de Alicante, A Coruña, Madrid, Gijón, Valencia, Santander, Bilbao, Donosti y Logroño, que se sumaron a las pioneras de Sevilla y Cádiz. Las obreras gaditanas viajaran a la ciudad hispalense, en primer lugar, y a otros puntos peninsulares, más adelante, con objeto de enseñar el oficio a las recién incorporadas. La invasión napoleónica había interrumpido la producción sevillana y, a la vuelta, ya serán mujeres las que conformarán la plantilla. En Madrid, la elaboración de cigarros y el resto de tareas se daría en el edificio que hasta ahora había albergado la creación borbónica de naipes y aguardientes, uno de esos proyectos industriales reales que habían terminado fracasando. Conforme transcurría la centuria, las primeras movilizaciones se irían fraguando. En la década de 1830, surgen varios incidentes a raíz de la bajada de la calidad del tabaco. Al disminuir, la capacidad de las cigarreras de producción también menguaba y, en consecuencia, su jornal. En 1857, comenzaron los conflictos en respuesta al intento de introducir maquinaria en las factorías. En A Coruña, las obreras, en un episodio conocido, tirarían el tabaco por las ventanas y la azotea, a la vez que destrozaban las máquinas que las autoridades pretendían implementar. Diez años más tarde llegaría el culmen de las reivindicaciones de las trabajadoras de la tabacalera. Con la asunción del Sexenio Democrático y las 90 Nadales, M. J. (2014). Las cigarreras. En M. Cabrera y J. A. López (dirs.), VI Congreso Virtual sobre Historia de las Mujeres, 5. 70 revueltas al calor de la revolución de La Gloriosa, esbozada en esta investigación a través de distintas perspectivas, las obreras protagonizaron varios motines de gran calado. Estos levantamientos, contemporáneos a la incipiente organización proletaria, manifiestan, para Rubén Fernández, la adecuación de la lucha a las lógicas liberales que se venían construyendo durante todo el siglo XIX. En palabras suyas: El análisis de las fuentes ha planteado la posibilidad de que las trabajadoras desplegaran sus demandas como ciudadanas, desde la percepción de que tenían una serie de derechos y libertades naturales que no estarían siendo respetados, concretamente el derecho al trabajo como forma de autosuficiencia del ser humano. Es la identidad de ciudadana vinculada al trabajo la que explicaría, principalmente, el pensamiento y práctica de las cigarreras 91 . El liberalismo económico y político habían conformado ya los pilares de la cultura política del momento, haciendo que las protestas contra el mismo acabaran adoptando su mismo lenguaje. La negociación se establecía entre realidades consolidadas en torno al individuo, tales como el trabajo asalariado y el derecho de ciudadanía. El hecho de que las mujeres quedaran, gracias a la mitología patriarcal, excluidas de ambas realidades no evitó ni la existencia de las cigarreras ni la aceptación de la explotación laboral por parte de estas. Dicho esto, cabe recordar que la situación de las tabacaleras en especial por distintos motivos. Ahora toca indicar la naturaleza de monopolio estatal de la industria del tabaco. Las trabajadoras operaron contra unas autoridades que eran, directamente, aquellas que estaban tomando las decisiones para precarizar su posición o sustituir sus labores por las máquinas de picado y liado. Además, que hubiera varias generaciones de cigarreras coincidiendo en un mismo momento también hablaba de las peculiaridades del sector. Ellas demandaban unas condiciones dignas a un Estado liberal que proclamaba continuamente las ventajas del actual régimen político, en comparación con la oscuridad de los tiempos previos. En 1830, ya había en Madrid unas 3.000 cigarreras. Sería, por detrás de Sevilla, la localidad con mayor número de operarias. En aquel año, las amotinadas que reclamaban el mantenimiento de la calidad del tabaco importado estaban reclamando la justicia que les pertenecía en tanto que ciudadanas y trabajadoras. Si el liberalismo consistía en el pacto entre iguales, en la cesión de libertad individual en favor del 91 Fernández, R. (2019). ¿Quién era la cigarrera del siglo XIX? En M. Moreno, R. Fernández y R. A. Gutiérrez (coords.), Del siglo XIX al XXI: tendencias y debates (pp. 901-913). Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 9788417422622, 908. 71 colectivo, así como de la propia persona, el Estado debía cumplir. Si ellas cumplían sus deberes, las instituciones públicas tenían una serie de obligaciones para con ellas y las clases populares. De ahí que las masas proletarias combinaran sus bajas remuneraciones con la beneficencia. Las autoridades trataban de satisfacer unas expectativas sociales que, en la práctica, estaban tapando de forma muy pobre las carencias del nuevo capitalismo industrial. La mitología del régimen liberal quería vender una dignidad, un progreso y unos avances que no se estaban produciendo a escala social. Es más, las innovaciones tecnológicas amenazaban con ahondar más las desigualdades y enviar a las cigarreras despedidas directamente a la dependencia de la beneficencia. Un sistema económico enraizado en el trabajo y en la producción individual no casaba con las grandes tasas de paro y miseria extendidas por la ciudad y el campo. De ahí que el descontento fuera creciendo y coordinándose. La especialización y división del trabajo que fue instaurándose con la modernidad decimonónica 92 parecía desembocar inevitablemente en la mecanización de las labores productivas. Alrededor de este fenómeno se encuadraron las movilizaciones durísimas acontecidas a partir de 1868 y la huida de la reina Isabel II del país. En Madrid, se han documentado insurrecciones cigarreras en octubre de 1871, en junio de 1872 y en enero de 1874, año en el que culminaría el Sexenio Democrático. Ya para entonces, las proclamas dirigidas a la calidad del tabaco habían caducado. Las protestas se orientaban a la máquina y, también, a la propia organización del trabajo. Reivindicaban un reparto justo de la carga de trabajo para poder alcanzar un salario digno. Se trataba de una negociación moderna entre partes, relativamente recíproca, sobre todo dada la importancia y la fuerza de la industria tabaquera. El carácter ludista de los levantamientos no faltó. Al igual que con la especialización, sentían que la mecanización les arrebata una posición social, la de trabajadoras, que les pertenecía y con la que el liberalismo anunciaba que se alcanzaría la satisfacción de las necesidades materiales y vitales de los individuos. En 1872, una máquina de elaborar cigarrillos fue destruida, por mucho de que las autoridades defendieran que su presencia era, simplemente, a modo de prueba. La prensa del momento se hizo eco de cómo no solo 92 Suárez, J. M. (2004). La verja de la Fábrica de Tabacos de Sevilla. Laboratorio de arte, 17, 311. 72 las obreras rebeldes quedaron sin castigo, sino que sus peticiones fueron escuchadas y las máquinas, por el momento, no entrarían en los edificios 93 . A Coruña también viviría grandes movilizaciones durante el Sexenio Democrático. Tanto es así, que Emilia Pardo Bazán llevó a cabo una especie de trabajo de campo con las operarias de la fábrica para, más tarde, publicar su novela social La tribuna. La escritora, frecuente en círculos feministas europeos, sería otro de los enlaces entre las clases populares y las clases acomodadas que estaban viendo cómo se abrían grietas argumentales en la opresión sufrida por la mujer, ya formara parte o no de la clase proletaria. A nivel de género y de clase, los movimientos tectónicos se irían incrementando con el paso de las décadas. Con la vuelta de los Borbones al trono mediante la figura de Alfonso XII, los conflictos no cesarían en las tabacaleras. En 1885, las cigarreras sevillanas se levantaron ante el rumor de la introducción de la máquina. No se destruyó ninguna porque no la había, pero la mera sombra de su llegada aireó las dinámicas subyacentes. Las operarias de los distintos puntos de la Península sabían que la dirección llevaba años detrás de la mecanización de la producción. Una mecanización a la que las obreras respondieron con “abajo las máquinas, que nos roban el pan” 94 , tal y como recoge Eloísa Baena en su estudio. El testimonio del jefe de la fábrica hispalense del momento habla por sí solo. Este escribiría a sus superiores de Madrid: Se ha venido notando no dentro de la Fábrica ni en todos los talleres, sino en una parte de las mujeres operarias mismas, cierta alarma y cierto temor de que dado aquella producción pudiera ser causa de que disminuyera su trabajo manual y cotidiano ya que no desapareciera del todo […] a las maestras se les dio la consigna de que no se iban a meter máquinas de liar cigarrillos […] pero que la noche del domingo 22 de marzo llegaron las primeras noticias de rumores que corrían en la población de que en la mañana del siguiente día […] se proyectaba por las operarias de los talleres de cigarrillos, una manifestación en contra de la instalación de unas máquinas de hacer cigarrillos automáticamente que suponían se encontraban dentro de la fábrica, según unos rumores preparadas para funcionar, y según otros funcionando, ya toda vez que se daba por cierto, que se habían producido 10 cajones de labor confeccionada por dicho sistema automático […] por no existir sino en la imaginación de las operarias […] el lunes siguiente 23 […] que con afecto pudo penetrarme de adquirir el convencimiento de que si bien aparentemente los talleres 93 Fernández, R. (2019). ¿Quién era la cigarrera del siglo XIX? En M. Moreno, R. Fernández y R. A. Gutiérrez (coords.), Del siglo XIX al XXI: tendencias y debates (pp. 901-913). Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 9788417422622, 909. 94 Baena, E. (1993): Las cigarreras sevillanas, un mito en declive, 1887-1923, Málaga: Universidad de Málaga, 8474962439, 115. 73 comenzaban en tranquilidad habitual, se notaba cierto desasosiego […] la idea no había nacido de ellas, seguramente alguien se había encargado de imbuirlas […] los talleres de liar cigarrillos objeto de precaución estuvieron las horas reglamentarias de trabajo con la misma tranquilidad, con la misma prudencia, con la misma subordinación de que todos los días, al extremo, de que siendo esta una época en que por razón de las próximas fiestas de semana santa y feria las visitas de los forasteros afluyen de una manera extraordinaria […] que ninguna de las muchas visitas que en dicho día 23 se hicieron al establecimiento notaron ni pudieron notar otra cosa que la marcha regular y ordenada […] no podía deducirse la seguridad de que de una hora para otra no surgiera algún conflicto, dadas las condiciones que como es sabido son inherentes a los talleres, la volubilidad de la mujer […] que cuando en este estado se creía que el desbordamiento no podía ser mayor, este tomó aun peor carácter, pues empezaron por todos lados a caer cristales rotos a pedradas, y a palos y a sentirse el ruido de golpear sobre las puertas y el crujir de las mismas al resistir 95 El documento es bastante ilustrativo. Por un lado, de la misoginia imperante que vincula las movilizaciones a la voluptuosidad femenina. Las atribuciones de Carmen, extendidas a la mujer y asumidas por el discurso científico positivista, parecían salir del ámbito sentimental de las relaciones sexuales para venir a explicar los conflictos en el seno de la fábrica. El director de la factoría sevillana no escuchaba las demandas cigarreras porque surgían de la irracionalidad de su naturaleza, en vez de la templanza y elocuencia de los comportamientos masculinos. Recordemos que el protagonismo de las pulsiones frente a la racionalidad fría también era caricaturizado para el conjunto de las clases populares, los esclavos, el pueblo gitano y los animales, básicamente los cuerpos que estaban soportando sobre sus hombros el peso del progreso técnico de la civilización de la Revolución Industrial. Por otro lado, el testimonio nos parece muy significativo puesto que parece que sendas partes –la dirección y la plantilla– estaban atentas a señales sutiles que podían anticipar la llegada de aquello que temían: en el caso de la dirección, la llegada del motín, en el caso de la plantilla, la llegada de la máquina. La importancia de los rumores en el desencadenamiento de los hechos muestra la crispación imperante en ese instante. Había muchas dinámicas subyacentes que podían incendiarse con el más mínimo movimiento. 95 Gálvez, L. (1997). La mecanización en la Fábrica de Tabacos de Sevilla bajo la gestión de la Compañía Arrendataria de Tabacos (1887-1945), Madrid: Fundación Empresa Pública, 76-77. Lina Gálvez extrae el fragmento de A. H. F. T. S. Expedientes generales 627. Marzo 1885. 80 Comenzábamos la investigación hablando de Francis Bacon y Beatriz Cienfuegos, antecesores del desarrollo exponencial de la industria tabacalera en la Península. Bacon, anterior a su vez a Cienfuegos, advertía de la descoordinación con la que se estaban desplegando las innovaciones técnicas durante los siglos XVI y XVII. Además, alertaba que el espíritu que empujaba dichos avances radicaba en el egoísmo individual, y no en la búsqueda del bien común. El Estado moderno no estaba capitaneando la era de los descubrimientos, tal y como soñaba el británico, sino que lo hacían las familias aristocráticas y burguesas. La competición propia del capitalismo emergente desbancó cualquier posibilidad de triunfo de la planificación estatal idónea. Este fenómeno, a pesar de los intentos borbónicos por crear una red de industrias públicas –las tabacaleras fueron las pocas que funcionaron, tomó una proporción aún mayor cuando el liberalismo económico y político se impuso a finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX. La pujanza de la burguesía y la pretendida igualdad de estamentos, que no de clases, transformó el paisaje social y político de la contemporaneidad. Beatriz Cienfuegos había hablado en el siglo ilustrado de la inconveniencia de privilegios, ya fueran por razón de estamento o género, en tanto en cuanto limitan el desarrollo de la persona y de la patria. El conjunto de la comunidad, incluidas las mujeres, deben acceder a la educación y a la riqueza para el bien propio y colectivo. En cambio, el siglo XIX permitiría el ascenso al poder del binomio formado por la aristocracia y la burguesía, pero no la igualdad para las clases populares proletarizadas al calor de las privatizaciones de tierras y de la Revolución Industrial. Asimismo, tampoco propició la obtención de derechos de ciudadanía para las mujeres y los esclavos. La ciencia venía a ocupar el lugar que antes ocupaba la religión como justificadora de las diferencias instauradas. Las injusticias, en la modernidad, se explicaban a través del presunto estudio riguroso de la naturaleza femenina, negra, miserable. Las constituciones liberales dejaron fuera a los sectores –la inmensa mayoría de la población– considerados irracionales. Solo las élites que habían firmado el mitológico contrato social podían acceder a representar al pueblo y a participar de la vida pública. Estas élites eran los hombres libres, blancos y propietarios. En consecuencia, surgirían los movimientos sociales que soñaban con conseguir la emancipación y derrotar un régimen político y económico que, disfrazado de progreso y 81 avance técnico, estaba causando serias heridas. En materia de género, las Juntas de Damas, en la cúspide social, y las fábricas de tabacos, en lo que respecta a las clases populares, comenzaron a señalar con fuerza las contradicciones patriarcales que asumían la natural irracionalidad de la mujer. Demostraron que podían manejar instituciones y desempeñar oficios fabriles mejor que los hombres, incluso. En el siglo XX, el sufragismo acabaría consiguiendo el voto femenino, así como el movimiento obrero –en el que destacaron las cigarreras– consiguió mejoras sustanciales en las condiciones de vida y el freno de los intentos patronales de mecanizar la producción, en detrimento de la clase obrera. El empuje reaccionario aparecería de nuevo. De igual modo que, en el siglo XIX, Carmen o Isabel II fueron estigmatizadas en términos sexistas, en el siglo XX, la represión contra los movimientos sindicales y las sufragistas irán en aumento. Tanto es así varias cigarreras serían fusiladas por el franquismo en 1936, así como decenas de miles de sindicalistas y activistas de los movimientos sociales. Cuando consiguieron, apenas, obtener unas cuotas de representación similares a las de las élites, cuando hicieron pleno uso de sus derechos liberales de representación política, las Cortes y las constituciones se volvieron peligrosas para las élites reaccionarias. Por ello, la conquista de avances sociales vino seguida de años de dictadura militar, ya fuera la de Primo de Rivera o la de Franco. Las cigarreras perdieron, sí. Las máquinas entraron en las fábricas. Ellas salieron. Las plantillas se masculinizaron. El franquismo trató de reeducar a las obreras para que se ciñeran al cuidado familiar y al anonimato. No obstante, perdieron mucho más tarde de lo que podrían haberlo hecho y en unas condiciones mucho más favorables a las que siquiera soñaron. El progreso lineal de la Revolución Industrial las llevó al abismo de Finisterre. En la actualidad, ya sin cigarreras en la Península, los siglos de industrialismo amenazan con acabar la existencia misma del ser humano en un planeta cuyo deterioro aceleramos. Nos asusta que las promesas de las Luces terminen apagando el sol y el tiempo ya no vuelva a ser circular. 82 BIBLIOGRAFÍA Adorno, T. W. y Horkheimer, M. (2018). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta. 9788498796681. Andersen, M. (2004). Días de sol: viajes por Andalucía de un escritor danés, Madrid: Miraguano. 9788478132751. Arenas, C. y Baena, E. (1992). La mecanización del primer centro fabril de Sevilla: la Fábrica de Tabacos, 1887-1925. Archivo hispalense, 75, 228, 3-20. Arias, L. y Mato, A. (2005). Liadoras, cigarreras y pitilleras: la Fábrica de Tabacos de Gijón (1837-2002). Madrid: Dirección de Comunicación de Altadis. 8493293547. Ata Aidoo, A. (2018). Nuestra hermana aguafiestas. Oviedo: Cambalache. 9788494457265. Augé, M. (1993). Los no lugares. Espacios del anonimato. 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