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Economía monetaria de las áreas
rurales de la Lusitani a romana
Noé Conejo Delg ado
Diciembre 2018
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UNIVERSIDAD D E SEVILL A
FACULTAD D E GEOGRAFÍA E HISTORIA
DEP . DE PRE HISTORIA Y ARQUEOL OGÍA
UNIVERSIDAD E DE LISBO A
FACULDAD E DE LETRAS
ÁREA DE HISTÓR IA
Economía monetaria de las áreas
rurales de la Lusitani a romana
Noé Conejo Delg ado
D IREC TORES
Pr of. Dra. Fr ancisca C haves Trist án
Universida d de Sevilla
Pr of. Dr. Ca rlos Fabiã o
Universida de de Lisboa
Tesis para optar al grado de Doctor en el
Programa de Doctorado de Historia, por la
sección de Arqueologia.
Tese elaborada para obtençã o do grau de
Doutor no ramo de Hist ória, na especialidade
de Arqueologia
Diciembre 2018
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A mis padres y mi hermano
" Cuando emprendas tu viaje a Ítaca,
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigo nes ni a los cíclopes,
ni al colérico Pose idón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado,
si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea lar go .
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puer tos nunca vistos antes .
Detente en los emporios de F enicia
y hazte con her mosas mercancía s ,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales ,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
V e a m uchas ciudades e gipcias
a apr ender, a apr ender de sus sabios.
T en siempr e a Ítaca en tu mente.
Lleg ar allí es tu destino .
Mas no apr esur es nunca el viaje.
Mejor que dur e muchos años
y atracar, viejo y a, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste e n el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan her moso viaje.
Sin ella no habrías empr endido el camino .
Pero no tiene y a nad a que darte.
Aunque la halles pobr e, Ítaca no te ha eng añado .
Así, sabio como te has vuelto , con tanta experiencia,
entenderás ya qué signific an las Ítacas ."
C. P. Kavafis
Antología poética
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Í NDICE
Í NDICE DE IM ÁGENE S Y TABLA S ( P . 17)
RESUMEN ( P . 31)
RESUMÉE
( P . 34)
R ESUM O
( P . 37)
A GRADECIM IENTOS ( P . 41)
C APÍTULO I: I NTROD UCCIÓN , O BJET IVOS Y M ETODOLOGÍA ( P.49)
1.1. Objetivo s (p. 51)
1.1.1. Objetivos Numismáticos (p. 52)
1.1.1.1. Conocer e l grado de monetarización de l as áreas ru rales . (p. 52)
1.1.1.2. Comparar los ritmos de circulación monetaria entre las áreas rurales y las áreas
urbanas . (p. 52)
1.1.1. 3. Identificar la velocidad de circulación y perduración monetaria . (p. 53)
1.1.1.4 . La moneda en contextos rurales: ¿ Circula ción real o circulació n
aparente? (p. 53)
1.1.2. Objetivos Arqueológicos (p. 54)
1.1.2.1. ¿ Villae como centros pro ductivos o villae como centros de consumo? (p. 54)
1.1.2.1. La demanda de pro ductos y servicios implica un coste monetario . (p. 55)
1.1.2.2. ¿El fin de la moneda en las áreas rurales im plica el final de l as vill ae ? (p. 55)
1.1.3. Objetivos Históricos (p. 56)
1.1.3.1. El consu mo como hecho social: ¿s on las villae lugares de promoción? (p. 56)
1.2. Meto dología (p. 57)
1.2.1. Problemas metodológicos (p. 57)
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1.2.1.1. Sobre moned as descono cidas y no entreg adas . (p. 57)
1.2.1.2. Sobre moned as perdidas y nue vamente halladas. (p. 58)
1.2.1.3. Sobre y acimientos rur ales y su desig nación. (p. 59)
1.2.2. La moneda y los contextos ru rales: mét odo de análisis (p. 60)
1.2.2.1. Tipos de moned a hall ada . (p. 60)
1.2.2.1.1. Monedas halladas en
villae
pero de procedencia
dudosa (p. 61)
1.2.2.1.2. M onedas halla das en
villae
a través de metodolog ía
arqueológica pero sin contexto arqueológico definido (p. 62)
1.2.2.1.3. M onedas halla das en
villae
a través de metodolog ías
arqueológicas y bien contextualizadas (p. 62)
1.2.2.2. ¿Cuantificació n o cualificación de la moneda? (p. 64)
1.2.3. Lusitania: un espacio privilegiado (p. 66)
1.2.3.1. Las áreas co n carácter propio (p. 70)
1.2.3.1.1. La Vía de la Plata. (p. 73)
1.2.3.1.2. Costa Atlántica y Alentejo. (p. 73)
1.2.3.1.3. A lgarve. (p. 74)
1.2.4. Guía del estudio. (p. 75)
Resumen del Capítulo II. (p. 78)
C APÍTULO II. L A MONEDA EN EL CAMPO : ¿U NA ASIGNATURA PENDIENTE
DE LA NUMISM ÁTICA ? ( P . 79)
P ARTE P RIMERA
2.1. Las inspiraciones: Polanyi y F inley . (p. 79)
2.2. Moneda y ruralidad I: Crawford, Hopkins, Duncan -Jo nes y Howgego. (p. 84)
2.3. ¿Cómo llegaba la moneda a las áreas rurales? . (p. 97)
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2.4. ¿Cuantificar o cualificar la moneda en el mundo rural? (p. 99)
P ARTE S EGUNDA
2.5. Moneda y ruralidad II: Estudios de casos. (p. 105)
2.5.1. Francia (p. 105)
2.5.2. Países Bajos y Alemania (p. 112)
2.5.3. Gran Bretaña (p. 114)
2.5.4. Italia (p. 117)
2.5.5. Áreas Orientales (p. 120)
P ARTE T ERCERA
2.6. El caso hispano: luces y sombras . (p. 122)
2.6.1. Tarraconense (p. 124)
2.6.2. Betica (p. 126)
2.6.3. Lusitania (p. 128)
2.7. Colorario . (p. 133)
Resumen Capítulo III. (p. 136)
C APÍTULO III: L AS
VILLAE
DE LA L USIT ANIA ROMA NA ( P . 137)
Parte Prim e ra
3.1. La villa : ¿Un concepto a considerar? (p. 137)
3.1.1. La
villa
desde una perspectiva económica (p. 139)
3.1.1.1.El fundus , una base y unida d económica . (p. 140)
3.1.1.2. El fundus , una base de especulación . (p. 143)
3.1.1.3. La villa , una unidad de consumo . (p. 155)
3.1.2. La
villa
desde una per spectiva social (p. 159)
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Í NDICE DE IM ÁGENE S Y TABLA S
Capítulo I: I ntroducción, O bjetivos y Me todología
Índice de im ágenes
Fig. 1. Mapa de la Lusitania con las villae seleccionadas para este estudio (p. 63)
Fig. 2. Mapa de las vías principales de la Lusitania. (p. 68)
Fig. 3. Mapa de la Lusitani a con las ciu dades y las villae señaladas. En diferente color las tres
áreas de estudio con las vías principales remarcadas . (p. 72)
Capítulo III: Las
villae
de la Lus itania romana
P ARTE TERCERA
Índice de imágenes
Fig. 1. División conventual de la Lusitania. (p. 199)
Fig. 2. Comparación entre las plantas de las villae de Torre de Palma, Boa Vista, Sao
Cucufate y La Sevillana. (p. 198)
Fig. 3. Stibadium documentado en la villa romana de Horta da Torre. (p. 204)
Fig. 4. Mausoleos de la villa romana de Quinta do Marim. (p. 204)
Fig. 5. Lagar de la villa romana de Torre de Águila. (p. 205)
Fig. 6. Crismón hallado en uno de los ábsides de la villa romana de Quinta d as Longas. (p.
206)
Fig. 7. Plano de la villa romana de la Cocosa. (p. 209)
Fig. 8. Enterramientos en el interior de la villa romana de Torre del Águila. (p. 210)
Fig. 9. Basílica de Torre de Palma. (p. 211)
Capítulo IV: Las monedas e n las áreas r urales de l a vía de la Pl ata
Índice de im ágenes
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Fig. 1. Mapa de las villae de la Lusitania con el área de influencia de la Vía de la Plata. (p.
217)
Fig. 2. Gráfico donde se muestra el total (en número y porcentaje) de las monedas ha lladas
en todas las villae ubicadas próximas a la Vía de la Plata. (p. 219)
Fig. 3. Ca ntidad de m onedas ha lladas por periodos en las villae del sur de la Lusita ni a
oriental. (p. 220)
Fig. 4. Cantidad de moneda s halladas por periodos en las villae del norte de la Lusitania
oriental. (p. 221)
Fig. 5. Mapa elaborado por B lázquez Cerrrato (2002: 282) con hallazgos de époc a de
Claudio I en el entorno de la vía de la Plata. (p. 224)
Fig. 6. Número de monedas legible emitidas por los e mperadores de los siglos I y II. (p.
226)
Fig. 7. Índice de número de monedas por año emitidas por los e mperadores de los siglos I
y II. (p. 227)
Fig. 8. Paredes finas y lucernas de origen emeritense ha lladas en Quinta das Longas . (p.
227)
Fig. 9. Comparación entre las plantas de la s villae de Torre de Palma, São Cucufate y La
Sevillana. (p. 229)
Fig. 10. Gráfico donde se compa ra el número de monedas por año de l as villae de la Vía de
la Plata con los índices de Belo y Conimbriga . (p. 232)
Fig. 11. Gráfico que representa el número de piezas legibles emi tidas por cada emperador
del siglo III. (p. 234)
Fig. 12. Gráfico que representa el índice de monedas por a ño emitidas por ca da emperador
del siglo III. (p. 234)
Fig. 13. Planta de la villa romana de Torre de Palma donde se han marca do en color las
transormaciones de este periodo. (p. 240)
Fig. 14. Ánforas aparecidas en la villa romana de Quinta das Longas. (p. 241)
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Fig. 15. Gráfico donde se compara el numerario acuñado entre el 306- 330 . (p. 245)
Fig. 16. Mapa con el porcentaje de moneda aportado por cada c eca en el periodo 306 – 330. (p. 247)
Fig. 17. Mapa con el porcentaje de moneda aportado por cada ceca en el periodo 330 – 348 . (p. 252)
Fig. 18. Mapa con el porcentaje de moneda aportado por cada ceca en el periodo 348 – 363 . (p. 254)
Fig. 19. Mapa con el porcentaj e de moneda a port ad o por ca da ceca de los usurpadores
Magnencio y Decencio. (p. 255)
Fig. 20. Planta de villae ampliadas en la mitad del siglo I V. (p. 258)
Fig. 21. Esculturas halladas en el ninpheum de Quinta das Longas. (p. 260)
Fig. 22. Plano de Quinta das Longas. (p. 262)
Fig. 23. Áreas productivas de la villa romana de Torre Águila. (p. 264)
Fig. 24. Mapa de las villae de la Lusitania con AE2 valentiniano y teodosiano . (p. 267)
Fig. 25. Pizarra de Valdelobos. (p. 277)
Índice de tab las
Tabla 1. Distribución cronológica de las monedas halla das en las villae sel eccionadas .
(p. 218)
Tabla 2. Total (en nú mero y porcentaje) de las m onedas hallada s en todas la s villae
ubicadas próximas a la Vía de la Plata. (p. 219)
Tabla 3. Nº de moneda s acuñada s por cada emperador (ss. I - II) e índic e de moneda s por
año. (p. 2 25)
Tabla 4. Tabla con el número de ejemplares legibles recuperados por villa durante el siglo
III. (p. 233)
Tabla. 5. Tabla con el número de ejemplares legibl es por ceca 260 - 270. (p. 2 36)
Tabla. 6. Tabla con las piezas le gibles emitidas por cada ceca en l a Primera Tet rarquía (285-
305) . (p. 239)
Tabla 7a . Tabla con el número de moneda emitida por cada ceca entre el 307- 330 . (p. 245)
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Tabla 7. Numerario acuñado entre el 309 -330 por las ce cas en las v illa e del Iter , Conimb riga y
Ammaia. (p. 246)
Tabla 8. Proporción del numerario acuña do entre el 309 -330 por ceca s en las v illae del Iter ,
Conimbriga y Ammaia. (p. 246)
Tabla 9. Comparación del numerario acuñado entre el 330 -348 en las v ill ae del Iter ,
Conimbriga y Ammaia . (p. 251)
Tabla 10. Comparación de las proporciones del numerario acuñado entre el 330 -348 en l as
v illae del Iter , Conimbriga y Ammaia . (p. 251)
Tabla 11. Comparación de las proporciones del numerario acuña do entre el 3 48 - 363 en las
v illae del Iter , Conimbriga y Ammaia . (p. 253)
Tabla 12. Comparación de las proporciones del numerario acuña do entre el 3 48 - 363 en las
v illae del Iter , Conimbriga y Ammaia . (p. 254)
Tabla 13. Número y periodo de las monedas de los tesoros halla dos en villae del Iter . (p.
269)
Tabla 14. Número de la s moneda s acuñada s entre el 364 y 395 y halla das en la s villae del
I ter. (p. 270)
Tabla 15. Número de monedas por ce cas documentadas en los tipos ReparatioReipvb (378 –
388) y Gloria Romanorum (392 – 395). (p. 270)
Capítulo V: L as monedas en l as áreas rur ales de la vía de la Plata
Índice de im ágenes
Fig. 1. Mapa de las vías principales de la Lusitania. (p. 285)
Fig. 2. Mapa de las villae estudiadas en este capítulo. ( p. 286)
Fig. 3. Detalle del ager de Olisipo con las villae mencionadas en el texto. (p. 286)
Fig. 4. Gráfico donde se observa la cantidad de m onedas hallada spor periodos en las villae
atlánticas. (p. 289)
Fig. 5. Estatua de l dios Mercurio aparecida en la villa romana de Sã o João – Laranjeira . (p.
297)
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Fig. 6. Gráfico comparativo con el índice de mone d as por año observado en la provincia de
la Lusitania y las villae del área atlán ti ca. (p. 300)
Fig. 7. Torcularium norte de la villa romana de Freiria. (p. 305)
Fig. 8. Miliario de Probo hallado en Olisipo. (p. 305)
Fig. 9. Ánforas del tipo Almagro 50, 51a, b y c hallada s en la villa romana de Frielas. (p.
306)
Fig. 10. Planos de las villae de Vila Cardilio, Frielas, Freiria y Santo A ndré de Almoça gme.
(p. 308)
Fig. 11. Gráfico con los porcentajes del numerario hallado por ceca en el periodo 306 -330.
(p. 313)
Fig. 12. Mapa con el a provisionamiento del numerario halla do por ce ca en el periodo 306 -
330. (p. 313)
Fig. 13. Sección de los tanques hallados en Casais Velhos . (p. 314)
Fig. 14. Planta de la pars urbana de la vi lla romana de Rabaçal. (p. 314)
Fig. 15. Gráfico con los porcentajes del numerario hallado por ceca en el periodo 306 -330.
(p. 317)
Fig. 16. Mapa con el a provisionamiento del numerario halla do por ce ca en el periodo 330 -
348. (p. 318)
Fig. 17. Inscripción de un o de los mosaicos de la vill a romana de Vila Cardilio fechado en la
segunda mitad del siglo IV. (p. 321)
Fig. 18. Gráfico con los porcentajes del numerario hallado por ceca en el periodo 348 -363.
(p. 323)
Fig. 19. Gráfico con los porcentajes d el numerario hallado por ceca co n Magnecio y
Decencio. (p. 324)
Fig. 20. Mapa con el a provisionamiento del numerario halla do por ce ca en el periodo 348 -
363. (p. 325)
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Fig. 21. Mapa con los hallazgos de AE en las villa e de la Lus itania. E n verde la s villae que
han proporcionado AE2 y en rojo las que han aportado un tesoro. (p. 334)
Fig. 22. Mapa de distribución de terra sigillata focense. (p. 336)
Fig. 23. Plano de la necrópolis sobre las estructuras de anterior villa ro mana de Sã o Miguel
de Odrinhas. (p. 340)
Índice de tab las
Tabla 1. Reparto cronológico de las piezas halladas en las villae del área atlántica. (p. 288)
Tabla 2. Número de monedas halladas e índice de monedas por año aparecidas en cada villa
del área atlántico. (p. 291)
Tabla 3. Número de monedas físicas y por año halla das en las villae de l área atlántica
durante la dinastía julio -claudia. (p. 293)
Tabla 4. Número de monedas físicas y por año halla das en las villae de l área atlántica
durante la dinastía flavia. (p. 295)
Tabla 5. Número de monedas físicas y por año halla das en las villae de l área atlántica
durante los emperadores adoptivos y la dinastía antonina. (p. 296)
Tabla 6. Número de mon edas aportado por cada en emperador del siglo III en cada villae del
área atlántica. (p. 298)
Tabla 7. Número de ejemplares recuperado por villa durante el periodo 260 -2 70. (p. 301)
Tabla 8. Número de ejemplares emitidos por cada ceca durante el periodo 260- 270 . (p. 301)
Tabla 9. Número de ejemplares emitidos por cada ceca durante el periodo 260 -270
repartidos por villae . (p. 302)
Tabla 10 . Monedas del siglo IV halladas en las villae de la Lusitania atlántica . (p. 310)
Tabla 11. Comparación en número del numerario hallado entre las villae del área a tlántica y
el numera rio documentado en las ci ud ades de Conimbriga y Belo para el periodo 306- 330 . (p.
311)
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Tabla 1 2. Comparación en porcentaje del numerario halla do entre las villae del área
atlántica y el numerario documentado en l as ciudades de Conimbriga y Belo para el periodo
306 - 330 . (p. 312)
Tabla 13. Comparación en número del numerario hallado entre las villae de l área a tlántica y
el numera rio documentado en las ciuda des de Conimbriga y Belo para el periodo 330- 348 . (p.
316)
Tabla 1 4. Comparación en porcentaje del numerario halla do entre las villae del área
atlántica y el numerario documentado en l as ciudades de Conimbriga y Belo para el periodo
330 - 348 . (p. 317)
Tabla 15 . Número de monedas aportado por cada villa durante el periodo 348- 378 . (p. 320)
Tabla 16. Número de monedas indeterminadas aportado por ca da villa durante el periodo
348 - 378 . (p. 320)
Tabla 17. Comparación en número del numerario hallado entre las villae del área a tlántica y
el numera rio documentado en las ci ud ades de Conimbriga y Belo para el periodo 348- 363 . (p.
322)
Tabla 18 . Comparación en porcentaje del numerario halla do entre las villae del área
atlántica y el numerario documentado en l as ciudades de Conimbriga y Belo pa ra el periodo
348 - 363 . (p. 323)
Tabla 1 9. Número de mone das aportado por cada villa durante el último tercio del siglo IV .
(p. 326)
Tabla 20 . Distribución de las monedas aportadas por cada villa durante el último tercio del
siglo IV según la procedencia. (p. 328)
Tabla 21. Distribucción de las monedas contenidas en el tesoro de Freiria I. (p. 329)
Capítulo VI : La moneda e n las áreas r ural es del Algarve
Índice de im ágenes
Fig. 1. Mapa de las principales vías de comunicación en época romana en el A lgarve. (p.
346)
Fig. 2. Mapa de las villae es tudiadas en la región del Algarve . (p. 348)
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Fig. 3. Gráfico con el número de ejemplares distribuidos por cronologías y a portado por
cada villae del Algarve. (p. 351)
Fig. 4. Gráfico con la proporción de ej emplares distribuidos por cronolog ías y a portado
por cada área rural de la Lusitania. (p. 352)
Fig. 5. Gráfico que mues tra el índice de moneda s por año de la dinastía julio -claudia. (p.
358)
Fig. 6. Gráfico con el número de monedas halladas en las áreas de la L usitania y los
emperadores de los siglos I y II d.C. (p. 359)
Fig. 7. Fragmentos de terra sigillata sidgálica aparecidas en el yacimie nto de P edras d’R ei. (p .
362)
Fig. 8. Prensas de vino y de aceite del siglo II d.C. documentadas en la villa romana de
Milreu. (p. 365)
Figs. 9. Edificio de carácter colegial hallado en Ossonoba . (p. 367)
Fig. 10. Bustos de Adriano y Agripina hallados en la villa romana de Milreu. ( p. 368)
Fig. 11. Busto de Dama Antonina ha llado en Tavira y conservado actualmente en el Museu
de Evora. (p. 369)
Figs. 12 y 13. Imagen frontal y trasera de la estatua de Apolo hallada en las inmediaci ones
de la villa de Álamo. (p. 37 1)
Fig. 14. Mapa del Algarve con las villae estudiadas. En rojo los lugares donde han aparecido
los tesoros mencionados en el texto. (p. 375)
Fig. 15. Pars rús tica de la villa romana de Milreu. (p. 378)
Fig. 16. Mausoleos de la villa romana de Quinta do Marim. (p. 379)
Fig, 17. Ánforas Almagro 51c aparecidas en Quinta do Lago. (p. 380)
Fig. 18. Gráfico donde se compa ra el número de monedas de la reforma de Diocleciano
hallado en las tres áreas rurales de la Lusitania . (p. 383)
Fig. 19. Gráfico comparativo entre las villae del Algarve y las ciudades de Conimbriga , Baelo
y Zilil . (p. 389)
25
Fig. 20. Mapa con el aprovisionamiento del numerario ha llado por ceca en el periodo 306 –
330. (p. 389)
Fig. 21. Gráfico compara tivo del porcentaje e piezas con ceca s legibles e ile gibles entre las
villae del Algarve y las ciudades de C oni mbriga , Baelo y Zilil . (p. 391)
Fig. 22. Gráfico comparativo de los porcentajes aport ados por cada ceca en las villae del
Algarve y las ciudades de Conimb riga , Baelo y Zilil pa ra el periodo 330- 348 . (p. 393)
Fig. 23. Mapa con el aprovisionamiento de l numerario hallado por ceca en el periodo 330 –
348. (p. 393)
Fig. 24. Gráfico comparativo de los porcentajes aport ados por cada ceca en las villae del
Algarve y las ciudades de Conimb riga , B aelo y Zilil para el periodo 348 - 363 . (p. 396)
Fig. 25. Mapa con el aprovisionamiento del numerario ha llado por ceca en el periodo 348 –
363. (p. 397)
Fig. 26. Gráfico comparativo de los porcentajes aport ados por cada ceca en las villae del
Algarve y las ciudades d e Conimbriga , Bael o y Zilil para el periodo de M agnenc io y
Decencio. (p. 398)
Fig. 27. Mapa del aprovisiona miento del numerario hallado por ceca en el periodo 348 -363.
(p. 398)
Fig. 28. Mapa con los hallazgos de AE en las villae de la Lusitania. En verde la s villae que
han proporcionado AE2 y en rojo las que han aportado un tesoro. (p. 403)
Fig. 29. Mapa con los hallazgos de AE2 en las villae del Algarve. En verde las villae que han
proporcionado AE2, en rojo las que han a portado un tesoro y en amarillo el hallazgo de
aureos. (p. 409)
Índice de tab las
Tabla 1. Número de ejemplares distribuidos por cr onologías y aportado por ca da villae del
Algarve. (p. 350)
Tabla 2. Número de ejemplares dist ribuidos por cronología s y propo rción documentado
en cada área rural de la Lusitania. (p. 351)
32
fin de una economía monetaria. En último lugar hemos expuesto un corpus de villae con su
descripción, su bibliografía espec ífica y el ca tálogo de las monedas que ha aportado ca da
una.
* * *
33
34
RÉSUMÉE
L’objet de cette thè se de doctorat test l’é tude et l’analyse de l’économie monétaire
des aires rur ales de la Lusitanie. Pour cela nous avons réalisé une sélection des s ites
archéologiques ruraux le s meilleurs connus localisés dans ce territoire. Au total nous a von s
étudié 36 villa e et une agglomération secondaire qui ont fourni une somme de 3667
monnaies. Dans ce chiffre n’ont pa s été inclus les trésors monétaires découverts da ns ce s
aires mais ils ont été aussi analysés dans notre étude . La chronologie des monnaies et des
sites archéologiques commence dans le I er siècle a v. J.- C. et jusqu’aux VI e – VII e siècles apr.
J. -C. (avec de s ex ceptions plus tardives).
Nous avons fait une étude numismatique à partir d’une perspective archéologique.
La monnaie a été a nalysée avec des critères qua ntitatifs et qualitatifs, par rapport à des
autres matériaux archéologiques comme les céramiques, les éléments sculpturaux,
architectoniques et décoratifs. En plus, l’info rmation stratigraphique nous a permis
connaître le dégrée d’approvisionnement monétai re de ces territoires et l’usage prolongé de
la monnaie. En plus, nous avons tenu en compte d’autres éléments f ondamentalement pour
comprendre le rôle de la monna ie dans les a ires rurales lusitaniennes : l’impor tance de s
voies de communication, la proximité des villa e aux villes, les foires et les march és et les
études numismatiques réalisée sur les contextes urbains.
Pour une bonne analyse de l’in formation nous avons divi sé la Lusitanie e n trois
parties, selon quelques éléments définitoires : la Vía de la Plata (Les Voi es X, XXIII et
XXIV d’Itinéraire d’Ant onin étaient stimulées par Augusta Emerita , la capitale de la
Lusitanie, et elles étaient axe d’articulation de s territoires) la côte atlantique (le port
d’ Olisi po liait la Méditerranéenne et l’Atlantique avec la Lusitanie) et l’Algarve (les ports
d’ Ossonoba et de Balsa unissaient le sud de la Lusitanie avec le cercle de l’étroit).
Le travail est organisé en qua tre parties : en premier lie u, nous a vons réalisé un état
de la question sur l’usag e de la m onnaie dans les aires rurales de l’Empi re romain. En
deuxième lieu, nous avons caractérisé la villa romaine de point de vue économique et social.
En troisième lieu, nous avons fait un état de la question sur les villae de la Lusitanie. En
quatrième position, nous avons éva lué le matériel numismatique fourni pa r les 37 sites et
nous avons faite une étude numismatique (le dégrée d’approvisionnement, l’ana lyse des
ateliers monéta ires, l’usage des monnaies, une co mparaison entre ces lieux et les villes
35
d’Hispanie…). Pour finir, nos avons élaboré d’une part un chapitre synthétique où nous
avons comparé les trois aires lusitaniennes et d’autre des conclusions avec les idées les plus
significatives que nous avons obtenu : les aires rurales de la Lusitanie étaient très bien
monétarisées, il existait un rythme de circulation monétaire différent entre la campagne et la
ville lusitanienne et le disparition des villae ne favorisait pas la fin de l’économi e monétaire .
* * *
36
37
RESUMO
O objeto da presente tese de doutoramento consiste no estudo e anál ise da economia
monetária das áreas rurais da Lusitânia. Para tal, procede u -se a uma seleção dos s ítios arqueológicos
rurais mais bem documenta dos localizadas ne ste territó rio.
No total foram estuda das 36 villae e uma aglomeraç ão secundária, que contribuíram com
um total de 3667 moedas. Neste número não f oram contabilizadas outros tesou ros de moedas
achados nestas localizaçõe s, as quais foram, no entanto, incluída s no presente estudo. A cro nologia
das moedas e das r espetivas villae abrange o período que vai do séc. I a.C. até aos sé culos VI - VII
d.C. (com exc eções mais tar dias).
Este estudo numismático é realizado desde uma perspe tiva arqueológica. A moeda foi
analisada de acordo com critérios quantitativos e qua litativos, tend o em conta outro s materiais
arqueológicos como ce râmicas, elementos escultóricos, arquitetónicos e dec orativos (mo saicos,
pinturas murai s, fo ntes, jar dins). E sta informaçã o estratigráfic a permi tiu conhec er o nível de
aprovisionamento monetário destes te rritórios, bem como a dur açã o do uso da moeda. For am ,
além disso, co nsiderados outros elemen tos fundamentai s para o conhecimento do p apel da moeda
nas áreas rurais lusi tanas, tais como a impo rtância das vias de comunicaç ão, a pr oximidade entre
villae e cidade s, a possível existência de feiras e mercados, e também os estudo s numismátic os
realizados so bre contextos urbanos.
Para uma melhor análi se da infor mação reunida, dividiu-s e a Lusitânia em tr ê s partes, a
partir de algun s elementos concretos: a Via da Prata (O Iter impulsionado por AugustaEmerita ,
capital da Lusitânia, exerceu como eixo articulador entre territórios. Ligava em duas s eções as
cidades de Augusta Emerita [atual Mérida] com Asturica Augusta [Astorga] e Hispalis [ Sevilla]), a costa
atlântica (o por to de Olisipo ligava o Mediterrâneo e o A tlântico à Lusitânia ) e o Algarve (os port os
de Osonoba e Balsa liga vam o sul da Lu sitânia ao es treito de Gibraltar).
O trabalho divide-se em várias partes bem diferenciadas, embora complementária s. Em
primeiro lugar é apresentada uma parte teórica na q ual é exposto o objetivo primordial deste
estudo, isto é, conhece r o impacto da moeda nas áreas rurais da Lusitânia. Para tal, foi definida uma
metodologia que ofereceu solução aos pr oblema s surgidos durante o processo de investigação: a
escolha dos sítios rurais (principalmente as villae escavadas), e a pr ocura, localizaçã o, avaliação e
revisão do e spólio numismát ico encontrado nestes lugare s.
Neste ponto, realizou-se um es tado da questão do uso da moeda nas áreas rurais do
Império Romano, para o qual se procedeu à leitura crítica dos trabalhos mais s igni ficativos
publicados nos último s a nos. Foram analisadas, e m pr imei ro lugar as obras de referênc ia,
38
inspiradoras de outras, posteriores, as quais se decidiu dividir por países. Desta forma s e f icou a
saber que es tilo de abordage m se tem vindo a a plicar a es te tipo de conhec imento.
Este exercício de leitura crític a serviu para estabe lecer as comparaç ões pertinentes entre o
panorama numismátic o europeu e o ibérico, no qual foi també m realiza do o me smo ti po de
trabalho. No caso do território peninsular optou-se pelo mesmo método, tendo o foco incidido nos
estudos con sagrados à Lus i tânia. Por últim o, e a mod o de corolário, referem -se as lac unas em
relação à abordagem desta temática nos território s lusitano s e hispanos, relativamente a outras
regiões histó ricas.
Na segunda parte, a villa romana f oi caracterizada sob diferentes pontos de vista. Neste
apartado refletiu-se acerc a do papel da moeda na esfera económica e social destas vil lae , para o qual
se tomaram co mo referência as obras clássica s, os res ultados das mais r ece ntes escava ções e os
estudos dedicado s à sociedade da época romana. Desta forma, levou -se em consideração a
importância da moeda no desenvolvimen to económico de stes luga res, entendidos não apenas como
lugares de produç ão, mas també m como centro s de consumo de i mportaçõe s e ideia s.
Estas comunidades rurais, e sobretudo as elites, ter ão manifestado u m conjunto de
necessidades sociais que o consumo de determinados bens terá ajudado a sup rir. O registo
monetário documentado ness e s centros pode ajudar a entender este compo rtam ento social, e a
conhecer o impac to das di ferentes reformas monetária s nas áreas rurais l usitanas.
As referidas reflexões são acompanha das de duas partes diferenciadas. Em primeir o lugar,
um estado da que stão acerca dos estudos arqueológico s dedicados à v illa na Lusitânia (arquitetura,
decoraçã o [azulejos, estuqu es, escultu ras], i mplantação na paisagem, cristianismo e Antiguidade
tardia). Esta revisão historiográfica permitiu avaliar os aspetos que têm sido mais tratados no
panorama científic o e de que mod o a numismática pode colmatar as necessidade s. Para finaliza r
esta parte, e sem perder de vista o ponto anterior, apresenta -se uma breve histó ria das villa e da
Lusitânia, na qual se expõe a evoluç ão destos sítio s relacionada com a his tória da p rovíncia.
Em segundo lugar procede u-se ao estudo numismático, tendo sido dedicado um capítulo a
cada região identificada na província. Cada capítulo inicia -se com uma reflexão acerca da
importância de cada região , bem como dos p roblemas metodológic os encon trados. Tr ás esta s
considerações, as moeda s achadas foram analisadas de acordo com o cri tério cronológico
convencional, tendo em c onta os estudos numismáticos mais recentes. Este procedimen to
possibilitou a comparação entre as dinâmicas económicas e monetárias documentadas nestas
regiões e ent re as cidades mais próximas.
A moeda é tratada neste trabalho como um objeto arqu eológico, pelo que é estudada junto
com outros materiai s tais como cerâmicas, vidros, azulejos e esculturas co m relação estratigráfic a,
39
além de alterações estrutura is e decorativa s, ligadas ao desenvolvimen to económic o destes lugare s
(procura de serviç os e de bens e o respe tivo con sumo). Estas conexõe s são essenciais para c onhecer
o grau de circula ção dos exe mplares monetário s.
Por outro lad o, a avaliação da quantidade , bem como da qualidade, destas peças reveste-se
de interesse no sentido em que permite entende r o impacto das refo rmas monetárias im periais
(inflacção e rarefaçã o monetárias) na econom ia rural. Estas reflexões são acompanhadas de
documentaçã o gráfica que inclui mapas, tabelas e gráficos comparativos, plantas de villae e imagens
dos achado s mais signific ativos.
Finalmente, foi elaborada uma síntese na qual são co mparadas as três área s e outras cida des
hispanas e afric anas. O objet ivo deste capítulo co rolário consiste e m obter uma per spetiva gl obal do
uso da moeda nas áreas rurais lusitana s. Neste sentido, o s mapas, as tabela s e os gráficos permitira m
estabelece r estas comparações, na medida em que contr ibuem com dados evidentes , tais co mo os
obtidos nas cidade s de Coni mbriga, na Lusitânia, Belo em Bética e Zilil em Mauretania Tingitana.
A partilha d os dados obtidos nas três r egiões é fundam ental para chega r às três ideias qu e
serão expostas nas conclus ões. Estas f oram referidas em vária s ocasiões ao longo do texto mas
impõe-se, dada a sua import ância, voltar a fazê-lo: as áreas rurais da Lusitânia estav am fortemente
monetarizadas, a circulação monetária na Lusitânia fazia -se segundo ritmos diferente s no campo e
na cidade , e o fim das villae n ão ditou o fim da ec onomia monetária.
Seguem-se às conclusõe s a bibliografia cons ul tada, referida de acordo com os critério s
bibliográficos mai s recentes.
Por último, apresenta-se um corpus de villae com a respetiva descrição (localiza ção, fases
construtivas, materiais arque ológicos achados e element os característic os), a bibliografia específica
de cada sítio arqueol ógico e o catálogo das moedas encontradas em cada uma. A vi m de evitar um
corpus dema siado exaustivo, as moedas são re ferenciadas numa tabela sintética, construída a partir
dos dados mai s releva ntes de cada peça . Este capítulo é pr ece dido de umas breves linhas
explicativa s das abreviaturas utilizadas nas tabela s catálogo (nomes de cada moeda e as abreviatu ras
mais usuais das respetiva s casas da moeda ).
* * *
40
41
AGRADECIMIENTOS
Tras ha ber cursado el Máster de Arqueología que realizamos en la Universidad de
Sevilla durante el curso 2013 - 2014, la Profesor a Chave s Tristán nos propu so la realización
de los estudios de doctor ado. Durante el Máster habíamos trabajado en la difusión de la
villa romana de la Dehesa de la Cocosa y su lamentab le estado de conservación. Su ce rcanía
a nuestra localidad natal y su de fensa como patrimonio en pelig ro de de strucción nos
hicieron tene r contacto con un campo de invest igación tan interesante como es el mundo
rural romano. Partiendo de este he cho, decid imos perfilar juntos una línea de investigación
que a nalizara este campo desde una perspectiva numismática, donde t ambién se tuvieran en
cuenta otros elementos arqueológicos.
Desde ese momento hasta ahora, hemos realizado un largo camino cargado de
múltiples expe riencias y de personas. Todas nos han aportado todo tipo d e ex periencias,
desde facilitarnos datos, permisos para estudiar material es, digitalización de libros, artículos,
memorias, hasta consejos, correcciones y ayuda s desinteresadas. Sin duda , la l abor de estas
personas ha sido vital para la redacción de este trabajo y creemos que es de obliga ción
presentarlas a modo de gratitud con nombres y apellidos.
Así pue s debo agradecer encarecidamente su tiempo y dedicación a José María
Álvarez Martínez, Trinidad Noga les Basarrate, A gustín Vel ázquez, Elísabeth B arroso y
Nova Guerrero del Museo Naciona l de Arte Romano de Mérida por los consejos, ánimos,
publicaciones y todo lo que me han facilitado las veces que hemos visitado esta Ins titución .
Lo mismo pa ra Guillermo Kurtz, Beatriz Griñón y Andrés Silva del Museo Arqueológico
Provincial de Badajoz; José Miguel Rodríguez Bornay de l Museo A rqueológico de Cáce res ,
Rosario Pérez y Alberto Bescós del Museo Arqueológico Provincial de Salamanca y Marí a
Mariné Isidro del Museo Arqueológic o Provincial de Ávila. Ellos han dedicado parte de su
tiempo, como a todo el r esto de investigadores, en ayudarnos a buscar piezas y a tenerlas
preparadas para cuando hemos visitado los respectivos fondos . También hemos tenido que
consultar memorias de excavación e informes que ne cesitan de un proceso burocrático a
veces lento. Por el lo, y por aligerar a veces ese trámite, quiero dar la s gracias a Roberto
Carlos Fernández y José Ramón Bello de la Direc ción General de Patrimonio Histórico y
48
49
CAPÍTULO I
INTRODUCCIÓN, OBJETIVOS Y METODOLOGÍ A
Durante ca si 30 años de s pués de la publicación del traba jo de J. -P. Bost – titulado
“ Villa y circulación monetaria : hipótesis de trab ajo ” 1 en las actas de la II Mesa Intern acional de la
Lusitania 2 – no se han realizado estudios similares en esta provincia romana. De hecho,
parece que ningún investigador ha decidido lle va r a cabo l a lectura global del registro
numismático aparecido en las villae de cua lquier provincia hispana. Esta ausencia de anál isis
general está en contraste con la proliferación en las últimas décadas de estudios
numismáticos pormenori zados. Aquí la moneda hallada en villae es integrada en la
interpretación histórica del lugar junto al resto de materiales documentados.
La moneda como objeto de estudio encierra en sí misma una información muy
variada que debe ser obs ervada desde diferentes perspectiva s. La diversidad de a spectos
que se pueden analizar a través del registr o numismático nos permite llevar a cabo la
reconstrucción de cambios ec onómicos. Pero tambié n nos posibilita un acercamiento a
quienes la utilizaron. Sin embargo el historiador y/o el arqueólogo que se marca tal objetivo
deben pla ntears e desde el primer momento el saber cómo a poyarse en otras ciencias; con la
intención de alcanzar el mayor rendimiento de un análisis numis mático.
Utilizar la numismática para acerca rse a la realidad histórica solo es posible con el
apoyo de esta en otras ciencias afines como la arqueología, la epigrafía y la onomás tica; que
a su vez son la ba se generadora de la propia Historia 3 . Es más que evidente que si no se
dispone de estos cimientos , no podremos realizar nunca una correcta interpr etación
hermenéutica de la moneda como testimonio de un tiempo pretérito. Es más,
fracasaríamos en el intento de utiliza rla como base en la realización de un discurso histórico
donde primarían perspectivas de carácter social y económico.
1 BOST 1992 – 1993 .
2 Les Campagnes de L usitanie romaine: occupa tion du sol et háb itats, Salamanca 1992.
3 CHAVES TRIST ÁN 2009: 51 -52.
50
La moneda como objeto arqueológico también debe ser estudiada bajo cierta
cautela, siendo el especia lista precavido de sus correspondientes pa rticularidades: las
circunstancias de su ha llazgo, su relaci ón con otros materiales arqueológic os , presencia o
ausencia d e contextos arqueológicos y la duración de su uso. Conscientes de estas
limitaciones, el numísmata debe establecer una serie de criterios de tipo metodológico que
le permitan dis cernir qué tipo de datos debe n tenerse en cuenta a la hora de inicia r un
análisis. Pero si importante es la evaluación del material numismático, interesante es a su
vez la definición del pu nt o de partida.
A propósito de la última línea , la economía rural de época romana en la provincia
de Lusitania y/o en el resto de Hispania ha sido un tema recurrente en los últi mos años. La
villa romana ha sido considerada siempre un sinónimo de romanizaci ón y su definición
como unidad económica no ha pasado desapercibida. Estudios con intención de a cercarse
al volumen de la producción de vino, aceite y ce real en estos lugares no han sido escasos.
Lo mismo para el consumo de otros productos importados o exp ortados. Por no hablar de
los trabajos consagrados a la arquitectura y todos sus derivados: plantas, balnea , mosaicos,
pavimentos…. Sin embargo, no s e han realizado en las últimas décadas est udios que
partieran del punto marcado por Bost en el trabajo ya r eferido. Y los que s on afines a la
temática – estudio de la s monedas halla das en alguna villae – no ha n sido tra tados con una
perspectiva regional y/o provincial.
El ha llazgo de monedas en área rurales ha sido un tema poco estudiado en Hispania
entre los numísmatas. La excepción la muestran algunos casos pa rticulares que se toman
hoy de referencia como b ase a ese acercamiento de las economías rurales. Sin embargo no
existen planteamientos que ha yan buscado integrar el resultado de estos estudios en otros
co n una perspectiva más ge neral; dejando en un segundo plano el yacimiento donde las
monedas fueron halladas. Lo mismo ocurre con proyectos de investigación donde se
recogen a modo de corpus las moneda s descubiertas en estos yacimientos, acotados en una
región y/o provincia. La relación de estas piezas monetarias con otros materiales
arqueológicos, la evolución arquitectónica de los yacimientos y el devenir histórico de los
territorios permiten recomponer con cierta facilidad la esfera económica y social del mundo
rural romano.
En la provincia romana de la Lusitania se han desarrollado numerosas
investigaciones sobre el mundo rural. De hecho, no son pocos los estudios que
paulatinamente se ha n ocupado del análisis : la e volución arquitectónica de las v illae , la
51
ocupación del territor io y su impacto en el paisaj e, el volumen de s us producciones, la
introducción del cristianismo y las transformaciones tras su abandono. Ante este panorama,
resultaba paradójico qu e no se hubie ra realizado aún un estudio que utilizara la
numismática para integrar aspectos claves como los que acabamos de mencionar.
Partiendo de esta situació n, se ha decidido analizar el registro numismático de los
yacimientos rurales de l a Lusitania. Nuestra propuesta difiere bastante de un estudio
puramente numismático donde sólo se realice un puro análisis de circulación monetaria o
una valorac ión desde una perspectiva cuantitativa del volumen de hallazg os o pérdidas
monetarias en los yacimientos rurales de la Lusitania. Estamos pues ante un análisis que
parte de sde la numismática pero que se inevitablemente en la arqueología y en la histor ia
para caracterizar económica y socialmente las áreas rurales de la Lusitania. La intenc ión e s
contar con una perspectiva integradora y una visión de conjunto, ya que nuestro estudio
no estará condicionado por la actual frontera hispano -portuguesa. Los yacimientos que
hemos sometido a estudio han sido localizadas en los territorios españole s de l a s provincias
de Badajoz, Cá ceres, Salamanca y Ávila y en los territorios portugueses de l a Estremadura
Portuguesa, todo el Alentejo y el Algarve.
1.1. Objetivos
Quizás lo primero que debemos definir antes de comenzar nuestro estudio
numismático es concretar cómo consideramos la moneda hallada en un registro
arqueológico:
- La m oneda como testigo de un hecho económico . La moneda hallada puede servirnos pa r a
conocer la inclusión de los yacimientos en las áreas comerciale s de l moment o, su situación
con respecto a los diferentes flujos económicos, el impacto de las reformas monetarias -
tanto en la ausencia de monedas por atesoramiento como la abundancia por inf lació n -.
- L a m oneda como testigo de un hecho social . La moneda está ligada directame nte al
consumo y este a veces no solo es realiz ado para solventar nece sidades de tipo vital. En
efecto, la moneda es una herramienta imprescindible para marcar el estatus de ca da
persona. Si la posesión de moneda s puede ser ya considerada un signo de prestigio, la
inversión de ésta en mercancías o en servicios multiplica su efecto de diferenc iador social.
Así pues, para desarrollar un estudio numismático a través de hallaz gos moneta rios
en contextos rurales es n ecesario partir de tres caminos completamente relacionados que a
52
continuación iremos desglosando. Por una parte el inicia do desde la ciencia numismática
que es el que nos va a permitir saca r el mayor rendimie nto a la moneda hallada en estos
yacimientos. Por otra, una enfoque arqueológico donde deberemos anali zar de manera
paralela la moneda hallada y los diferentes cambios estructurales documenta dos en estos
lugares . Recordemos que la moneda es un obj eto arqueológico. E sto implica analizar l a
información que aporta desde la estratigrafía del yacimiento , del mismo mod o que con el
resto de materiales. Por último debe ríamos fijar un punto histórico. E ste es fundamental no
solo para valorar la moneda en su momento y en su uso, sino también para relacionarla con
los acontecimientos y los diferentes cambios históricos a los que se adaptan los habitantes
de estas villae .
1.1.1. Objetivos Numismáticos
Tradicionalmente se ha considerado que las áreas rurales del Imperio Romano se
encontraban totalmente desmonetarizadas. Sin embargo, parece que esta idea ha sido
abandonada pa ulatinamen te con la profusión de exc avaciones donde han aparecido un gran
número de monedas. Esta premisa no s permite p roponer una serie de objetiv os que pa rten
desde el territorio lusitano donde no se ha realizado aún un análisis de este problema. A su
vez creemos que éstos podrían ser aplicados a otras regiones del Imperio:
1.1.1.1. Conocer el grado de monetarización de las áreas ru rales .
Superada la idea de que las áreas rurales de la Lusita nia no se encontraban inmersas
en la economía monetaria del Imperio - suficiente con los halla zgos - es necesario conocer
el gra do de aprovisionamiento y circulación de las monedas en áreas rurales 4 . La intención
es saber hasta qué punto influyeron la s medidas adoptadas por los diferentes emperadores -
legítimos y usurpadores – en las economía s rurales. También es interesante ana lizar cómo
fueron solventados en estas áreas los fenómenos de rarefación e inflación monetar ia.
1.1.1.2. Comparar los ritmos de circulación monetaria entre las áreas rurales y las áreas urbanas
En relación con el punto anterior; la compa ración entre estas do s rea lidades nos
permite conocer si existían diferentes ritmos de a provisionamiento y de renova ción
monetaria. Esto es fundamental pa ra identificar relaciones de dependencia entre la ci udad y
el campo y para saber si verdaderamente ambas partes se encontraban inmersas en los
mismos circuitos económicos. A su vez, el cote jo entre ambas realidades nos posibilita
4 HOWGEGO 1992 : 3 – 4.
53
encontrar respuestas a fenómenos ide ntificados en el mundo rural: usos prolongados de
moneda desmonetarizada, atesoramiento de piezas renovadas, lentitud de los
aprovisionamientos...
1.1.1.3. Identificar la velocida d de circulación y perdura ción monetaria .
Se pude ide ntific ar la ve locidad de l a circulación monetaria y su perduración a
través de la estratigrafía y el desgaste de las pie zas. Para nosotros es impo rtante conocer
cuándo era renovada la moneda en las áreas rurales y qué sucedía con la s piezas que habían
sido desmonetizadas. Este hecho es interesante para saber si la ausencia d e renovación
implicaba la perduración de piezas que habían sido desmonetizada s previamente. A su vez,
establecer la duración del uso de la moneda nos puede aproximar al funcionamiento de las
economías rurales del momento: ¿Utilizaban monedas que ya habían sido desmonetizadas
para mantener el funcionamiento de una economía monetaria un a vez había desaparecido
el Imperio? La intención es observar si existía continuidad en cua nto al uso monetario o se
preferían evolucionar haci a formas ec onómicas donde la mone da tenía un carácter
secundario.
1.1.1.4 . La moneda en contextos r urales: ¿Circulación real o circulación apa rente?
Está cla ro que la ca rencia de moneda en el registro arqueológico no debe implicar
una ausencia en cua nto a su uso 5 . Por ello, y en función de los tres objetivos anteriormente
descritos, conv iene plantears e si la moneda que hallamos en las excavaciones es la que en
realidad circuló o si solo estamos ante un reflejo d e la que en parte fue utilizada. En este
punto pa rtimos de los conceptos de c irculación monetaria real y circulación monetaria
aparente. Dos abstracciones que son muy aplicables al mundo rural: La mayoría de las
piezas halla d as en la Lusitania rural corresponden a ejemplares de bronce, por lo que
“aparentemente” eran las especies m onetarias más utiliza das. Sin embargo, el consumo de
mercancías, demanda de productos y el hallazgo y a lgunas noticias de descubrimientos de
piezas de oro y plata demuestran su utilización en las á reas rurales. Por lo tanto,
“realmente” f ueron utiliz adas acuñaciones de oro, plata y bronce . Esta reflexión deb e
hacernos partícipes de tener en cue nta tanto las piezas que han queda do en el registro
como las que no, pues tomando la premisa arqueológica por excelencia: la ausencia de
información, también es información.
5 CHAVES TRIST AN 1992: 1312 – 1313.
54
1.1.2. Objetivos Arqueológicos
Como se indicará también en la Metodología de este trabajo, las villae de Hispania
han sido estudiadas tradiciona lmente desde un a pers pectiva puramente descriptiva,
primando los el ementos arquitectónicos y decorati vos. Pero en los últimos años muchos
investigadores se han preocupado tambié n por ocupar ciertas parcela s de conocimiento que
se encontraban olvidadas. No obstante siguen existiendo hoy a lgunas lagunas que es
necesario revisar.
Un ejemplo de ello es la caracterización económi ca de estos lugares. En efecto,
habitualmente las excavaciones efectuada s sobre las villae se han ce ntrado en el estudio de
las áreas residenciales; focalizando sus atenc iones en la distribución del espacio, los
elementos decorativos y el nivel de riqueza suntuaria. A consec u encia de ello, la s áreas
productivas, de almacenaje y/o las destinadas a la residencia del personal servil no eran
estudiadas a no ser que se encontraran anexadas al edificio principal. E sto ha generado una
visión condicionada de las villae - junto a la descripción de los clá sicos - como centros
destinados únicamente a la residencia de un propietario y a la producción del cereal, del
vino y del aceite. Excavaciones y estudios reci entes han demostrado que esto s lug ares era n
mucho más dinámicos, so bre todo por probar una adaptación a las modas y a las diferentes
coyunturas socio-económicas.
El análisis del regi stro numismático documentado en estos ya cimientos puede
ayudar a compleme ntar el plano económico de es tos lugares. Para ello es necesario pla ntear
los siguientes objetivos:
1.1.2.1. ¿ Villae como centros pro ductivos o villae como centros de consumo?
La pregunta es complementaria ya que no podemos decantarnos por una de las dos
opciones. En efecto, es comúnmente ac eptada la idea de l a villa como una unidad de
economía agropecuaria - casi autosuficiente - de s tinada a l a producción para nutrir la s
ciudades y los mercados cercanos. Sin embargo, el registro a rqueológico nos muestra una
realidad muy diferente: obs ervamos centros abiertos que producen ex cedentes para ser
comercializados y a su ve z centros demandantes de productos y servicios. La intención con
este objetivo es demostrar que las villae no eran solamente centros autosuficientes
destinados a producir para su propietario y el merca do; sino que al estar inmersos en redes
comerciales también eran centros de consumo.
55
1.1.2.2. La demanda de productos y servicios implica un coste monetario
La compra de determinadas mercancías, la remodelación arquitectón ica de un
edificio y la decoración de este, son eleme ntos comunes en cuanto a la villa como un centro
de consumo. Ahora bien, en escasas ocasiones los inve stigadores han centrado sus
atenciones en calcular el coste real de este tipo de encargos. Bien es ci erto qu e nosotros no
vamos a poder tampoco aproximarnos a cuánto se pagó por la construcción de un
mosaico, la remodelación de un peristilo o el trabajo de los pintores que decoraron con
frescos un triclinium . Hoy disponemos de informaciones relativas a estos costes como
pueden ser el Edicto de Diocleciano sobre los pre cios máx imos o alguna inscripción que
haga referencia a tales cantidades. Sin emba rgo aún así resulta complic ado poder estimar
tales precios. Recordemos que el Edicto tuvo muy poca vig encia y solo nos podría ilustrar
para un momento determinado. De todas for mas es muy probable que no existieran
precios estándar sobre m uchos trabajos y mercanc ías. Ca da encargo sería personaliza do y
esto implicaría una negociaci ón del coste de los trabajos y la forma de pago. Lo mismo
sucedería para el sueldo de los trabajadores, no solo de este sector, sino los asalariados del
fundus . E stos he chos nos muestran la complejidad del mundo rural donde la moneda jugaba
un papel importante.
Analizar los eleme ntos decorativos, a rquitectónicos y la s merca ncías que podían
entrar en estos ce ntros rurales, es fundamental para conoc er el grado de ci rculación
monetaria en la s áreas rurales y a su vez, estima r el posible poder adquisitivo de estos
propietarios. En efecto, la ausencia de hallazgos monetarios en periodos concretos debe ser
también estudiada desde el propio consumo, pues a veces tales carencias coinciden con el
desarrollo arquitectónico y decora tivo de algunos yacimientos. Periodos de esple ndor que
son parejos a la circulación de una moneda potente necesaria para sufragar todo este tipo
de gastos.
1.1.2.3. ¿El fin de la moneda en las áreas rurales implica el final de las villae ?
A partir del siglo V las á reas residenciales de mu chas villae son abandona das de
manera paulatina, y que tales espacios experime ntan una nueva ocupación albergando
familias de ca mpesinos, actividades productivas o ente rramientos. Este proceso coincide
con el cese de la llegada de remesas monetarias a la península ibérica. Tradicionalmente se
ha propuesto para este periodo el inicio de un proceso de ruralización donde la moneda
dejaría de tener sentido ya que e l aparato imperial aca ba desplomándose. Sin embargo no se
56
han realiz ado estudios numismáticos en los que se analice el rol de la moneda en estas
nuevas economías. Conocemos que oc urre en los siglos V -VI en la península ibérica desde
un punto de vista moneta rio, pero no con precisión la situación de las áreas rurales. Con
este objetivo pretendemos reflexionar sobre dos aspectos: saber si la moneda continuó
siendo utiliza da tras el fin de la administración imperial occidental; y conocer cómo estos
usuarios mantuvieron este tipo de economía sin recibir una renovación monetaria. Para este
asunto es cla ve la arqueol ogía, ya que es fundamental la s relaciones estratigráficas y
cronológicas documentadas entre la moneda y otras piezas.
1.1.3. Objetivos Históricos
En a lgunas oca siones los arqueólog os estudian los yacimientos desde una
perspectiva tan analítica y técnica que pareciera que han olvidado lo esencia l: las relaciones
sociales y humana s que allí se dieron. Ciertamente hoy es complicado, a no ser por la
presencia de algún texto epigráfico, poder identificar con nombres a las persona s que han
formado parte de la historia de un lugar. Sin emba rgo, las fuentes clásicas y las
arqueológicas nos permi ten establece r un ace rcamiento casi próximo a las realidade s
sociales de la vida de un determinado espacio.
En las villae encontramos el mismo problema. Salvo a lgunos casos, no po demos
identificar con certeza quienes eran los propietarios de las villae , de donde procedían sus
ingresos, quienes eran sus siervos, el origen de los colonos, o el pensamiento de los tres
colectivos. No obstante h ay otras parcelas de conocimiento que creemos pueden resultar
fáciles de acercarnos a travé s de la numismática y la arqueolog ía, como el consumo como
un hecho social. Lamentablemente sólo la clase social más pudiente es la que nos ha dejado
más evidencias en el regis tro arqueológico y sob re la cua l nos resultará má s fácilmente
reflexionar. Partiendo de esta premisa hemos marcado el siguiente objetivo:
1.1.3.1. El consumo co mo hecho social: ¿son las villae lugares de promoción?
Como se desarrollará en ca pítulos siguientes, muchos autores han observado como
las villae han sido verdaderos escaparates de promoción de sus respectivos propietarios.
Este tipo de comportamiento está íntimamente ligado a la solvencia de cada uno de estos
domini quiene s presentaba n unas necesidades sociale s muy diferentes a las vitales. En efecto,
la competitividad entre los iguale s, la búsqued a de lo genuino y/o de la aceptación entre la s
élites por un repentino en riquecimiento no nos pue de pasar desapercibido. Todo este tipo
de comportamientos, por sociales que sean, s e traducen en prácticas económicas que
57
implicaban la posesión, uso y circulación de moneda. Así pues inte ntaremos lig ar
económicamente el consumo y el uso monetario como hecho social en sí mis mo con tal de
acercarnos a quienes querían demostrar a sí su estatus. Además de reflexionar sob re otras
posibles fuentes de riqueza que no procedían del agro .
1.2. Metodología
Estudiar la moneda h allada en cualquier tipo de contexto arqueológic o presenta una
serie de limitaciones que deben tenerse en cuenta. Por el lo mismo, antes de come nzar
nuestro análisis numismát ico es necesario da r a conocer las pautas que he mo s seguido a l a
hora de selecciona r la infor mación - discriminación e inclusión -, los problema s a los que
hemos debido enfrentarnos y las soluciones que hemos propuesto.
1.2.1. Problemas metodológ icos
La moneda descubierta en contextos arqueológicos presenta una con servaci ón a
veces pésima que implica trabajos de limpieza sistemática y restauración. En la may or pa rte
de los casos, el presupuesto con el que cuenta el equipo de arqueólogos de una
intervención no contempla la contratación de un restaurador para tratar e l material
numismático. Esto implica que en mucha s ocasiones las monedas sean conservadas en los
museos tal y como fueron extraídas de la tierra, a la espera de una limpieza y tratamiento
que, con frecuencia, nunca llega. En el lado opuesto se encontrarían prácticas poco
ortodoxas que consisten en la limpieza somera del material numismático. Un proceso muy
peligroso que daña duramente la moneda al ser eliminadas su pátina e incluso sus relieve s.
No obstante, este tipo de casos suelen ser excepcionales - y por nosotros un poco
exagerados - por lo que no todos los arqueólogos cometen semejantes errores.
Los halla zgos numismáticos en las áreas rurales tambié n compa rten los dos
problemas anteriormente descritos. Sin embargo, hemos podido identifica r varios en el
transcurso de nuest ra inve stigación que parece son comunes en varios pa íses, sin contar
con la lentitud burocrática y todo lo que ello conlleva:
1.2.1.1. Sobre monedas d esconocidas y no e ntregadas
En la inmensa may oría de las villae exca vadas de las que se tiene constancia han
aparecido un número va riable de monedas. Cantidades que pueden oscilar entre una decena
a un millar de ejemplares. De hecho, en las memorias de intervención arqueológica -
64
Sobre esta distribución hemos incluido un punto en las siguientes páginas donde
identificamos va rias áreas de estudio dentro de l a Lusitania. En cuanto a las monedas
aparecidas en las villae , teniendo en cuenta lo a nterior, se han recogido y ca talogad o un total
de 3681 piezas de diversas cronologías.
1.2.2.2. ¿Cuant ificación o cualificación de la mone da?
Para incluir este tipo de mate riales en el trabajo que presentamos hemos
considerado una serie de principios ya expuestos en estudios anterior es 11 .
Partimos de la premisa más que a ceptada de que el número de monedas halladas en
un yaci miento no es el total de piezas circulada s. Por lo tanto, las moneda s descubiertas
deben ser interpretadas como indicadores relativos a los niveles c irculación y
aprovisionamiento real. En efecto, dive rsos autores han indicado en estudios numismático
de tipo teórico que el n úmero de moneda perdida en un yacimiento sol o suele ser un a
mínima parte de la que de verdad circuló 12 .
Esta premisa conc uerda con otro aspecto a tener en cuenta que ya hemos
mencionado anteriormente: la diferencia entre circulación real y ci rculación aparente. Dos
conceptos que son fundamenta les, según nuestra opinión, pa ra conocer el grado de
circulación y uso de la moneda en las áreas rurales 13 . Por circulaci ón aparente se entiende
las piezas que – y valga la redundancia – aparentemente circularon: si sólo enc ontramos
moneda de bronce en un yacimiento, “a parente mente” creemos que es la moneda más
utilizaada en este lugar, por ausencia de piezas de oro y plata. Sin embargo la evaluación d e
estos índices monetarios, su compa ración con otros materiales y su relación con polític as
económicas y monetarias, nos permite establecer lo siguiente: la moneda ha llada en un
yacimiento s olo es un reflejo de l o que de verdad circuló, existiendo una circulación
monetaria compuesta por tres va lores (bronce, pla ta y oro). A esto último nos referimos
con circulación moneta ri a real. Este esta reflexión nos permite abordar mejor otra premisa
muy propia para las áreas rúrales: la escasez de hallazgos monetarios no implica un ba jo
nivel de aprovisionamiento 14 .
Partiendo de este punto conviene establecer cómo va mos a evaluar las piezas que
hemos recopila do en las villae de la Lusitania. Ya hemos considerado que el materia l que
11 Trabajos como R EECE 1991, 1993; CASEY 1974; COLL INS 1974 y GREENE 1986.
12 REECE 1991; CAS EY 1974: 8 4.
13 Utilizamos la de finición expuesta por R EBUFFAT 1996:
14 CASEY 1974: 402; GR EEN E 1986: 52 – 56; C HAVES TRISTÁN 1992: 131 2 – 1313.
65
disponemos procede exclusivamente de ex cavacio nes a rqueológicas. Bien es cierto que
algunas no disponen de contextos arqueológicos porque son resultado de excavaciones
antiguas. No obstante todo el material tienen una procedencia clara porque de lo c ontrario
tendríamos a nuestra dispos ición una cantidad de pieza s desorbitada. Este panorama nos
hace evaluar las monedas desde una pe rspectiva cuantitativa y otra cua litativa. Ambas nos
han permitido una visión compe netrada del material numis mático, genera ndo así un análisis
completo y pormenorizado.
Así pues hemos podido utiliz ar métodos de carácter cuantitativo muy utilizados en
la ciencia numismática. Nos referimos al cálculo del índice de hallazgos por mil defendido
por Casey 15 :
A su vez muchos autore s han tomado esta metod ología para calc ular el índic e de
monedas por año. Estos va lores nos resul tan interesantes pa ra los conte xtos que hemos
hallado en la Lusitania rural. El resultado de esta operación aritmética resulta fundamenta l
para realizar una comp aración entre el mundo rural y el urbano y a su vez entre esta
provincia y otras á reas de Hispa nia 16 . Esto lo podremos comprobar en t ablas donde
mostraremos las cifras (número físico de ejem plares, índice de moneda s por año,
porcentaje de pie zas ) que trasladaremos a gráficos polícromos donde se pueda n observar
mejor las diferencias. Esta práctica ha s ido fundamental para el estudio de la moneda
hallada durante los tres primeros siglos del Imperio.
En cuanto a la proced encia de cecas, estas ha n sido a nalizadas de sde otra
perspectiva. Nos ref erimos al numerario d el sigl o IV. Evidentemente no es impos ib le
calcular el índice de moneda por año durante este periodo, pero creemos que no es
necesario. En estos mom entos ha y una cantidad de moneda muy superior a momentos
anteriores, además de v arios emisiones coetáneos y múltiples cecas. Para el análisis de est e
numerario ha primado el carácter proporciona l. Se ha calculado el porcentaje de numerario
aportado por cada ceca a las áreas rurales y con estos va lores se ha podido contextualizar el
aprovisionamiento monetario. C omo es lógico, esto ha sido posible con la comparac ió n
15 CASEY 1974: 89.
16 P EREIRA et al. 1974; BOST, C HAVES, D EPEYROT, HIR NARD, R ICHARD 1987; DE PEYROT 1999;
LLEDÓ CARDON A 2007; RUIVO 2008 ; ARIAS FERRER 2012
66
entre la s cifras calculadas en nuestro estudio y las ya publicadas de otras ci ud ades hispanas
y mediterráneas.
Por otra parte también debe mos evaluar el material numismático desde una
perspectiva cualitativa. Es así como podremos acercarno s de una mane ra muy próxima a
los conceptos de circulación real y circulación aparente. Así pues compararemos el material
numismático hallado y otros eleme ntos importado s, de arquitectura o de decoración. Esto
es evidente para saber explic ar cuál era el ro l de la moneda hallada en las villa e . En efecto,
podemos enc ontrar una abundancia de moned as de bronce en un periodo determinado
pero estas quizás no s ha n lle gado por su escaso v alor en la circula ción del momento. E l
examen cualitativo de la s pie zas también nos permite reflexionar sobre los ejempl ares que
no nos han llegado y que sin duda sí circularon. A s u vez, este ejercicio también nos ayuda
a solucionar otros proble mas anteriormente descritos: perduración del uso monetario. La
prolongación de la vida de una piez a sólo la podemos constatar a través de las relaciones
estratigráficas de esta con otros material es asociados. Aquí también podemos hace r uso de
una perspectiva cualitativa para su uso. Evidentemente no podemos eva luar una pieza
hallada en un contexto cerrado de manera repentina como un inc endio a otra que ha ya sido
encontrada en un basurero, un entorno de abandono y derrumbe o u n relle no de
estructuras 17 . Estos hechos nos ayuda n a saber si l a moneda no fue recuperada por la
tensión del momento o simplemente fue depreciada por s u escaso valor.
1.2.3. L usitania: un espacio pri vilegiado
Una vez de finido cómo se va a estudiar el material numismático, tendremos en
consideración el espacio físico donde se han ubicado estas villae y cómo hemos de cidido
organizar la información desde un punto de vista geográfico.
Ubicada en gran parte de la facha da atlántica de la Península ibérica, la antigua de la
Lusitania es considerada la provincia romana más occide ntal de todo el Imperio Romano.
Esta situaci ón le permitió goz ar de numerosas ven tajas comunica tivas. La mayoría de sus
puertos pudieron nutrirs e de las rutas comerciales que conectaban la zona oriental y
mediterránea con la atlán tica y el norte. Su extensión, no tan amplia como el resto de
provincias peninsulares - tampoco escasa - permiten observar gra ndes contrastes
17 LLEDÓ CARDON A 2007: 9 citando a COLL INS 1974: 83 - 84; CAB ELLO BRIONES 200 8 :153 – 160
entre otras.
67
geográficos: importantes ríos, acc identes geográficos no despreciables y un a amplia línea de
costa que rodea todo el territorio.
Atendiendo al trazado más aceptado actualmente 18 y no entrando en el deb ate
sobre ello, los territorios lusitanos se enc ontraban dentro de los siguientes lí mites: el límite
norte de la provincia quedaba delimitado por el curso del Río Duero, de sde su
desembocadura hasta el nacimiento de su afluente Esla. Por lo que respecta al occide nt al y
sur, éstos se enc ontraban perfectamente definidos por la línea de costa. Los meridiona les y
orientales los más complicados de delimitar: un trazado curvilíneo que enlaza los ríos
Duero y Guadiana, incluy endo la s ciudades de Salmantia , O vula , Caesarobriga , el entorno de
Lacimurga , y el ager de Augusta Em erita . Los últimos 100 km del Río Gua diana hasta su
desembocadura sería el límite natural entre la provincia Lusitana y la Bética. En la
actualidad, la Lusitania se extendería en territorio español por la s provincias de Zamora,
Salamanca, la parte occid ental de la provincia de Ávila, del mismo modo la de Toledo, la
totalidad de C áceres y una parte de la de Badajoz. En lo que se refiere a Portugal, la
provincia ocuparía casi la totalidad de su superficie.
Los territo rios de la Lusitania se encuentran surcad os d e ríos caudalosos que han
condicionado el relieve, generando zonas bien escarpadas con sedimentos muy favorables a
la explotación agrícola. La parte central y oest e de la provinc ia corresponden al secto r
occidental de la Meseta Central de la Península Ibér ica. Este es un terreno b asculado hacia
el mar donde priman suelos arcill osos con escasos a ccidentes geográficos: Sistema Central
en el norte y Sierra Morena en el sur. Estas elevaci ones también favorecen pequeñas
depresiones que acaban colmatándose de sedimentos.
18 Se toma d e refer encia el mapa re alizado e n Alarc ã o, J.; Go rges, J .-G.; Mantas, V.; Salinas de Fr ías, M.;
Sillières, P. y Tra noy, A. (199 0) Propositio n p our un n ouvea u travé des limites anciennes de la Lusitanie
romaine, e n Les Vill es de Lu sitanie romaine: h iérarchies et te rritoires : table ronde i nternationale d u CNRS , Talence, le 8 - 9
décembre 1988 . Par is. P ara ma yor prec isión c ons ul tar la propue sta renovada de l Atlas Antr oponimico de la
Lusitania romana (2 003).
68
Fig. 2. Mapa de las vías principales de la Lus itania. Según MANTAS 2015: 101.
Los río s más significativos fueron utiliza dos inc luso como límite natural, como
bien hemos expuesto antes. El Duero es el curso más al norte de la provincia. Su pas o
propicia paisajes escarpados donde el Río queda encajonado en zonas graníticas; pero
también zonas de relie ve s más suaves cargadas d e sedimentos que han favorecido las
explotaciones agrarias, sobre todo vitícola s. Su desembocadura en el Océ ano Atlántic o
genera un pequeño estuario navega ble de bido a la escasa altura del relie ve. Por lo que
respecta al Río Tajo, su curso medio y bajo cruza la part e central de la provincia y
desemboca en la zona de Lisboa generando un gran estuario que ha favorecido multit ud de
actividades económicas y parte de su navegabilidad. Por lo que respecta al rel ieve, su pa so
por la Lusitania deja tras sí zona s abruptas donde el cauce es ba stante estrecho debido a la
naturaleza de los suelos, compuestos en su may oría de granitos y piza rras. Próximo a su
desembocadura éste se amplía, favoreciendo la navega ción. E l Río Guadiana es el ca uce
situado más al sur. Entra en la Lusitania por su zona más oriental, siendo su cauce medi o y
bajo utilizado pa ra delimitar administrativamente esta provinc ia con la Bética. E l curso en
69
su zona media no se encuentra tan encasillado como en los casos anteri ores. Esto ha
originado pequeñas depresiones que han creando ricos suelos con sedimentos,
posibilitando cultivos de todo tipo. El cauce bajo sí se e ncuentra más escarpado existiendo
zonas en las que la anchura de éste no supera los dos metros. Los territorios situados entre
el Tajo y el Duero, son amplias zonas - a excepción de las cadenas montañosas - semi-
llanas con escasa arboleda con suelos carga dos de granitos y pizarras. É stas no serán muy
propicias para la explotación agrícol a, de a hí que la mayor pa rte de estos territorios sean
destinados a prácticas ganade ras. Por lo que respecta al espacio situado entre el Tajo y el
Guadiana, los suelos son mucho más ricos, ex istiendo un gra n número de dehesas que
propician diversas explota ciones agropecuarias. Lo mismo sucede en el ce ntro de Portugal ,
donde la penillanura alentejana ocupa gran parte del territor io lusitano.
Por lo que se refiere a la costa de la Lusitania, esta comprende casi la totalidad de
la actual costa portuguesa. Un relieve accidentado donde se intercalan grandes acantila dos
con zona de playa. Las desembocaduras de los principale s ríos son bastante amplias
generando estuarios que han permitido la e mergencia de núcleos poblacionales, ya en época
prehistórica. Eje mplos más significativos son el estuario del Tajo y el del río Sado donde
surgieron ciudades lusitanas como Olisipo , en el primer caso, y Salacia , en el segundo. La
zona sur de la provincia, conocida hoy como el Algarve presenta un relieve particular.
Suaves zonas montañosas que propician pequeños valle s ricos en suelos sedimentarios .
Estas montañas condicionan el clima de la región al actual de escudo sobre las borrascas
que vie nen del norte. Por su parte, a pesar de existir zona s de aca ntil ados, la mayor parte de
la línea costera es suave generando también áreas dest inadas al cultiv o.
La amplia variedad de paisajes y suelos ha generado con el paso del tiempo la
paulatina ocupación del territor io lusitano, no solo a través de núcleos urbanos, que no son
pocos, sino de lugares destinados a la explota ción agropecuaria. Este hecho puede explicar
la constante adaptación al territorio que se observa en el estudio de yacimientos de tipo
rural. Por su par te, esta adecuación permite el desarrollo de prácticas no solo agrarias, sino
también ganaderas, a través de las cuales se intentaba exprim ir todo el beneficio aportado
por la tierra. En las zonas costeras, estas prá cticas serán compaginadas con otras
favorecidas por el mar como la pesca y la transformación de productos marinos. E sto
explica también una arquitectura propia de cada lugar, infl uenciada a su vez por la propia
climatología del territorio. En la Lusitania prima un clima totalmente med iterráneo con
temperaturas que varían bastante en función de la época del año. Así, con variaciones de
70
norte a sur, encontramos otoños lluv iosos e in viernos a veces secos con temperaturas muy
bajas, que contrastan co n los cálidos índices do cumentados en verano donde pueden
superarse los 40º en algu n as zonas del centro de la provincia. Primavera, que puede ser una
estación lluviosa, está repleta de días de sol, a l igual que el verano donde las precipitaciones
son bastante escasas. No obstante, la calidad del cl ima es idónea para las produccione s de
secano y ganaderías ovina y porcina.
En cua nto a los recurs os naturales, la zona central del actual Portug al y gra n part e
de la actual Extremadura está dominados por la dehesa, paisaje que no difiere des de el
mundo romano. Estos territorios ofrecían un gran número de bienes qu e no pasaban
desapercibidos, como la leña, el corcho y los frutos silvestres. Por su parte, muchos lugares
de la Lusitania se encont raban plagados de formaciones graníticas que fueron utilizada s
como material de construcción. En la zona central de la Lusitania de stacan grandes
afloramientos de mármol que ha n sido explotados ininterrumpidam ente desde época
romana. Tanto unos mate riales como otros es tarán presentes en las construcc iones rurales
lusitanas.
1.2.3.1. Las áreas con carácter propio
Las carac terísticas del relie ve y otras coyunturas his tóricas hacen de la Lusitania un
área extensa con zonas diferenciadas. La delimitación de estas - que hemos decidido
denominar con carác t er propio - ha sido crucial a la hora de estudiar las villae de manera
pormenorizada. A partir de este momento explicaremos qué criterios hemos tomado para
diferenciar tales áreas y en qué se caract erizan.
En primer lugar debemos partir de la propia lógica. Tradicionalmente los trabajos
de investiga ción s uelen acotarse a unos límites administrativos, independientemente de
cuándo hayan sido éstos establecidos - sean f ronteras actua les, límites de provincia s, conventi
o regiones en época romana -. Aunque bien es cierto que la tradición historiográfica
romana consideraba i mpe rmeables los límites romanos, reci entes estudios apuestan 19 por
unos límites a dministrativos que - como hoy - gozan de cierta permeabilidad. Esto implica
que la s líneas traza das sobre un mapa impreso no ti enen su reflejo en la realidad geográfica.
19 Guzmá n Armari o 2010, realiza u na revisió n sobre la impe rmeabilidad y per meabilidad de la s fr onteras
nortes del Imper io romano. A nuestro juicio, si e n una zona c arac terizada por construccio nes de tipo militar
con función fro nteriza, existi ó un flujo c ultural y e conómico, ¿cómo no en una provinci a do nde se ca recía de
tales eleme ntos militares par a la época del Alto y Bajo Imper io? S obre la permea bilidad ta mbién reflexio na
desde un punto de vista más teóric o France (2014) cuando hab la de la economía y la sociedad en un entorno
fronterizo (pp. 31- 32 )
71
Por lo tanto, las fronte ras, líneas o rayas no impiden la ci rculación de mercancías
importadas o exportadas, de personas o de idea s. Esta va loración nos lleva a plantear una
reflexión: las villae que se encuentren a varios km de los límites adminis trativos de la
Lusitania a ctuarían y funcionarían social y económicamente de la misma mane ra que las
propiamente lusitanas.
¿Cómo dividir territorialmente la Lusitania para estudiarla desde un punto de vista
numismático, ec onómico y social? En un primer momento sopesam os la ide a de articula r la
información en función de la división conventual, como tambié n ha s ido utilizado d e
manera metodológica en numerosos trabajos de catalogación de yacimientos 20 . No
obstante, a nuestro juicio esta división carecí a de precisión a la hor a de analizar
conjuntamente las villae , las vía s de comunicación y otros elementos del relieve, como las
líneas de costa. Teniendo en cuenta este hecho, y observando sobre el territorio una serie
de elementos socio-ec on ómicos, hemos podido identificar tres entidades con un carácter
propio: la zona de la Vía de la Plata - denominada tambié n parte oriental - ; la Costa
Atlántica y el Algarve.
Aunque realicemos esta diferenciación, simplemente pretendemos dotarnos de una
metodología para administrar mejor el gran volumen informativo que he mo s reunido. Al
fin y al cabo, todas las áreas se encuentran solapa d as - directa o indirectamente - gracias al
carácter económico y social de las vías de comuni ca ción. Ejemplo de ello será el Alentejo.
Esta región que ocu pa gran parte del centro de Portugal se encuentra a caballo entre las
áreas de la Vía de la Pl ata y las de la costa Atlántica. A su vez, este área es una zona
perfectamente conectada entre la s dos ca pitales provinciale s: Augusta Emerita (Mérida,
Badajoz) como capital a d ministrativa y Olissipo (ac tual Lisboa). A continuación rea lizaremos
una breve descripción de cada ámbito acompañado de su ubicación.
20 Serán c itados en el Capítulo III.
72
Fig. 3. Map a de la L usitania con las ciudades y las
villae
s eñaladas . En diferente co lor las tres ár eas
de estudio con las vías principal es remar cadas. En azul celeste la Vía de l a Plata. En verde la
Lusitania atlán tica. En fucsia el Algarve. Se puede observar l a permeabilidad de las áreas.
73
1.2.3.1.1. La Vía de la Plata
Formada por las vías X 21 , XXIV 22 y XXIII del Itinerario Antonino, conectaba
Hispalis , Sevilla e Italica , Santiponce con Augusta Emerita y esta última con Asturica Augusta ,
Astorga 23 . La unión de estas dos vías de comunicación no solo enl azaban el sur oeste
peninsular con su parte noroeste, sino que a demás, atravesaban toda la parte oriental de l a
Lusitania. Por su parte, l a situación de la capital p rovincial como punto interm edio ejerce
un papel fundam ental a la hora de redistr ibuir todo tipo de elementos . Es por ello que
tradicionalmente s e le ha considerado un verdadero centro distribuidor de merca ncías e
ideas 24 .
Así, teniéndose en cuenta estos hechos, se ha decidido incluir todos los yacimientos
documentados de tipo villae en las área s cercana s al paso del trazado de la vía. Aquí se
incluyen algunos yacimientos que no se enc uentran dentro de los límites administrativos de
la provincia pero sí influenciados por el pa so de la Vía. Algunos de ellos aparecidos en
parte de la provincia de Badajoz y zonas nortes d e las provincia s de Salamanca y Ávila.
Ejemplo de ello resultaría la s villae de Dña María y La Sevillana en Bada joz, El Saucedo en
Toledo y alguna s de Á vila y pertenecientes a la Tarraconense u otras como El Pomar y
Corral de los Caballos, ambas en Badajo z pe ro que en su día pertenecían a la Bética E n un
principio pretendíamos observar si existen diferenci as entre unas villae y otras pero con el
transcurso de la investigación nos dimos cuenta de que existe un mismo comportamiento.
Esto reforzaba la inclusión de estos yacimientos en el estudio. En última instancia, se
considerará la influencia de las ciuda des en sus respectivas á re as suburbanas y periurbanas,
donde se advierte una relación ciudad -campo m ucho más directa (casos de Augusta
Emerita, Ammaia, Norba Caeserina, Salmantia, Obula, Ebora o Pax Iulia )
1.2.3.1.2. C o sta Atlántica y Alentejo
Con la presencia de puertos impor tantes como el de Olisipo , Lisboa y Salacia ,
Alcacer do sal, y una a rticulación viaria bien distribuida a través de varias vías, l a zona
atlántica estaba conectaba con el interior de la Lusitania de una manera rápida y práctic a.
En el trazado viario de stacan la Item ab Olisipone Bracaram Augustam (Vía XVI) desde Lisboa
hasta Braga, las vías que ponían en relación Olisipo con la capital provincial: Ite m ab Olisipone
21 RODRÍGU EZ MARTÍN 200 8-2009: 438
22 ROLDAN 1971: 129 – 150.
23 RODRÍGU EZ MARTÍN 200 8 – 2009: 439 y ss.
24 MAYET 1990; RO DRÍGU EZ MARTÍN 2005, 2011 -2012; B USTAM ANTE ÁLVAREZ 20 13.
80
Por una parte nos enc ontramos las propuestas defe ndidas en la década de los años
30 del siglo XX por el ec onomista británico Lionel Robbins. Este apostó por el poder del
“mercado” en la sociedad, entendiendo este como un intercambio voluntario, en el cual
existen dos partes ejecutoras que reciben un beneficio. Robbins considera el mercado como
un sistema autónomo que se encuentra auto regulado con un fin en sí mismo: la
prosperidad 26 .
Por otra parte se encue ntran los autores de nominados sustantivistas. Estos
apostaron por una ec onomía integrada en todas las relaciones sociales de una comun idad.
Tal definición será la antesala del término acuñado por Karl Polanyi de “ Economía
incrustada ” 27 . El impacto d e este último fue brutal en el pensamiento económico del
momento. De hecho los trabajos de Polanyi abrieron el debate entre los dos bloque s y a
mencionados, posibilitando la inclusión de otras corrientes, que también se encontr aban
enfrentadas. Ejemplo de ello es la discusión entre rela tivistas y universalistas , cla v e par a
poder articular teorías en torno a las características económicas de las sociedades primitivas,
como así lo manifestó Aartis 28 en pa labras de Wilk 29 .
Polanyi realiza a lo largo de sus obras una crítica al pensamiento económico cl ásico.
El autor consideraba que la teoría económica clásica y sus conceptos básicos sólo puede n
servir pa ra analizar la economía moderna de m ercado, generando confusión si se aplican al
conocimiento de economías pre -modernas 30 . Así, a través de un pensamiento contrario al
formalista, genera su propia definición de economía: una organización que tiene como
objetivo garantiza r el sustento del hombre, la cual habría estado integrada en el marco de
las relaciones sociales, subordinada a la política, a la familia y a la religión 31 . Este
planteamiento es muy distinto al formalista que concibe la economía como un e nte auto-
regulado y un el emento indepe ndiente de la sociedad. Esta de finición ec on ómica se verá
nutrida por una serie de r eflexiones posteriores sobre el comercio, el merca do y el uso del
dinero. Una s propuestas que serán adaptada s posteriormente al estudi o de sociedades pre-
modernas por parte de historiadores, arqueólogos y antropólogos.
26 RO BBINS 194 4: Ve r lo s capít ulos número IV titulado “Natur aleza d e la s generalizaciones ec onómicas” y
V titulado “Las generali zaciones ec onómicas y la re alidad”.
27 POLANYI 1976: 28 5-288; 198 9; 1994; 1995.
28 AARTS 2005: .3
29 WILK 1996: 5 – 6.
30 POLANYI, 1994: 62 -63; 84- 85
31 Ibídem , 104- 106
81
La economía es interpretada por Polanyi como un el emento organizado por pautas
de integrac ión, las cuales sirven de canal pa ra la distribución de bienes y servicios en un
sistema ec onómico. En este proceso se pueden identificar tres formas de integración. Estas
habían sido reconocida s por Malinowsky en sus trabajos de observación etnográfica en el
Pacífico: reciprocidad, redistribución e intercambio 32 . Posteriormente, las tres fueron
ampliadas por Polanyi en sus trabajos La economía como a ctividad institucionalizada 33 y El
sustento del hombre 34 . Las formas no deben confundirse con estadios evolutivos - pues
pudieron coexistir unos entre otr os - sino que deben entenderse como etapas de u n
desarrollo social 35 . Así, por reciprocidad Polanyi interpreta 36 el intercambio entre miembro s
de grupos de semejantes donde prima la igualdad; por redistribución, el intercambio entre
miembros de un grupo y un ce ntro, desde donde salen y llegan b ienes y servicios; por
intercambio, el sistema autorregulado de precios y merca do. Su interpretació n del mercado
generó bastante controversia pues consideró que el concepto de sociedad de merca do no
es sinónimo de la existencia de merca dos en una sociedad 37 . Él entendió el conc epto de
mercado de una manera dis tinta a como se interpretan en la sociedad actual. En suma,
lugares de reunión donde se realiz aban una serie transacciones donde los precios era n
fijados por la administración y no por la ley de la of erta y demanda 38 .
En una línea similar se encuentra su consideración sobre el u so del dine ro y la
distinción entre este y la moneda . El dinero es de gran importancia para comprender sus
deducciones sobre el mercado y la situación de este en la sociedad primi tiva y a nti gua.
Polanyi define el dinero y su uso como un s ist ema s emántico, es decir, asimilable al
lenguaje o a la escritura 39 ya que presenta un significado totalmente polivale nt e. El dinero
evoluciona en función de las necesidades de ca da socieda d, abstrayéndose físicamente en
unidades fungible s que dependen de cada realidad: medio de pago, patrón de valor,
depósito de riqueza, medio de cambio 40 . De ahí su significado versátil. Esta de finición
condicionará teorías posteriores sobre el uso del dine ro y la moneda , como el caso de
Crawford 41 , Hopkins 42 , Duncan-Jones 43 o los plantea mientos efec tuados d esde una
32 MALINOSWS KY 1995: 99 -115
33 POLANYI, 1977: 289 - 315
34 POLANYI, 1994: 109 - 118
35 Ibídem , 117- 118
36 Ibídem , 112- 116
37 Ibídem , 204- 205
38 Ibídem , 207
39 Ibídem , 177
40 Ibídem , 182- 184
41 CRAWFORD 1970 : 40 – 48.
82
perspectiva socia l y ritu al. En esta última destacan desde la antropología económica,
recogidos por A artis 44 , los plantea mientos de Dalton 45 , Bloch y Pa rry 46 y casos má s
particulares como Roymans 47 , Scheid-Tissinier 48 y Crielaard 49 .
Influenciado por Polanyi y contribuyendo a obras posteriores, el trabajo de Finley 50
también condicionó los est udios sobre el u so de moneda en la s área s rur ales. Con una
visión un tanto primitiva, Finley observa la economía antigua como estática y con una
continua preocupación por la autosuficiencia. Contempla que la base de la riqueza es la
posesión de la tierra 51 , de ahí que considere qu e estas economías tuvieran una vocación
puramente a grícola. Esto ex plica que la industria no se desarrollaba a favor de las grandes
propiedades agrícolas, pues estas eran las que producían el mayor número de riqueza 52 . Su
estudio resulta interesante por identifica r las relaciones entre el estado y la s ciuda des en
cuanto a la zos económicos se refiere. Tiene la particularidad de ha ber dedicado una pa rte
exclusiva a la observación de las correlaciones entre ciudad y áreas rurales, en globadas estas
últimas en la palabra “campo” que a nuestro juicio adquie re una mayor carga s emántica.
Al observar la subsistencia como base de la ec onomía de época antigua, Finley
dictaminó que la agricultura de subsistencia no pretendía producir pa ra nutrir merca dos,
sino para la manutención y alimentación. Los mercados exis tían y eran lugares frecuentados
por campesinos que pretendían nutrirs e de algunos eleme ntos necesarios para su completa
subsis tencia, pe ro nunca con un á nimo de lucro 53 . Esta definición se ajusta perfectamente a
la tesis aportada por Polanyi sobre el conce pto de mercado. No obstante el planteamiento
de Finley no es tan enc orsetado. Ciertamente su obra expone qu e en la economía antigua
existió una ausencia de producción con fines comerciales. Sin embargo, y apoya do por
textos grecolatinos, el autor obs ervó q ue los grandes propietarios se comportaban de
42 HOPKINS 1980; 2002.
43 DUNCAN-JON ES 1992.
44 AARTIS 2005: 14 y ss.
45 DALTON 1977.
46 BLOCH y PARRY 1989: 1 – 32.
47 ROYMANS 1990.
48 SCHEID-TISS INIER 1994.
49 CRIELAARD 2003 .
50 FINLEY 1975.
51 Ibídem , 55, 59, 65 , 76
52 Ibídem , 142
53 Ibídem , 148.
83
manera diferente a los campesinos. Estos manejaban desde sus residencias las producciones
con la intención de nutrir las ciudades y mercados 54 .
Como es lógico, las diferencias entre campesinos y grandes propieta rios suscitaron
influencias en otros autores posteriores 55 . Por su parte, las opiniones de Finley s obre
crecimiento económico t ampoco pasarían desapercibida por otros, quienes la s utilizarán
como base de postura s mucho más elaborada s. En el las se reflexio nará sobre cuestiones
monetarias y también financieras como el caso de Hopkins 56 y Duncan -Jones 57 .
Relacionado con la producción y su ca rácter lucrativo se encuentra el ca pítulo que
Finley destina a conocer las relaciones establecidas entre la ciudad y el campo. Su reflexión
más interesante es consid erar que la ciudad no sol o la componen las estruc turas urbanas,
sino también el hinterland rural denominado “campo” 58 . En función de la s relaciones que
establece el conjunto urbano con su hinterland, p ueden ex istir dos tipos d e ci udades: las
parasitarias y las simbióticas. E n diferente grado y con múltiples ej emplos, el autor aclara
que de mane ra directa o indirecta, los productos nece sarios para el desarrollo de la vid a
doméstica procedían de l ca mpo 59 . Las ciuda des se convierten por tanto en verdaderos
centros de consumo. Esta conc lusión, que ya había sido propuesta por Webe r 60 , condici ona
el pensamiento de Finley a lo largo de toda su obra. Aunque el autor ll eva a cabo un a
matización seria, reflexiona sobre la dife rencia entre el consumo para la autosuficiencia y el
consumo con intenciones lucrativas. Finalmente se deca nta por la primera postura a l
valorar una ec onomí a de gran voca ción agropec u aria 61 , con escasa inversión tec nológica e
industrial y una base de riqueza establecida en la tenencia de tierras 62 .
Como es evidente, ca rac terizar una ciudad como un centro de consumo en sí
mismo permite a lo s investigadores considerar que las transacciones comercia les se
realizaban en estos mismos luga res, o en su defecto, en mercados ce rc anos a ella s. Por lo
que respecta a la moneda, esta estaría reservada única mente a las transacciones efec tuadas
en tal es lugares, siendo las áreas rurales relegadas de la práctica comercial y de l uso
54 Ibídem , 148- 149.
55 CRAWFORD 197 0, entre otro s.
56 HOPKINS 1980.
57 DUNCAN-JON E 1992.
58 FINLEY 1975: 173.
59 Ibídem ,. 175.
60 WEBER 2002 : 938 – 975.
61 FINLEY 1975: 203
62 Ibídem ,. 197.
84
monetario. Teoría que influirá bastante sob re el propio Crawford 63 , quien justificó la
ausencia de moneda halladas en excavaciones de yacimientos rurales romanos con esta
misma premisa.
Por último Finley tambié n reflexionó sobre el dinero en sí y su carácter lucrativo.
De hecho reconoce la existencia del prestamismo y del papel de este en la s ociedad desde
un punto de vista moral y social. Afirmó que des de una perspectiva económica que el
dinero presentaba gran interés, pues no afecta al crecimiento económico en sí, ya que la
economía a nti gua carec ía de los mec anismos suficientes como para generar una moneda
con un carácter fiduciario 64 .
Con el paso de los años, verán la luz trabajos que de una mane ra u otra seguirán
tratando la naturaleza de la ec onomí a de época a nt igua. Debido a que gran parte de ellos
partirán desde una pers pectiva numismática, tanto cua ntitativa como cualitativa, es
conveniente llevar a cabo una separación y una lectura pormenorizada de cada uno de ellos.
2.2. Moneda y r uralidad I: Crawf ord, Hopkins, Duncan -Jones,
Howgego , Rathbone y Carrié.
Los trabajos de ca rácter sustantivista fueron los q ue más influenc ias aportaron a
estudios donde la numismátic a era uno de los pri ncipales puntos de partid a. Tanto la obra
de Polanyi como la de Fi nley serán la base pa ra las investigacio nes posteriores. Por ello no
resulta raro que se vuelvan a repetir los postulados de estos dos autores, junto la
incorporación de un gran número de matices.
Quizás el más representativo de todos - por la novedad de sus tesis - fue el trabajo
de M. H. Craw ford 65 . Con un gran impacto en su momento, sus líne as están totalmente
influenciadas por las teorías de Weber, en cuanto a la definición de ciudad como centro de
consumo y de Polany i en la descripción semántica del uso del dinero. Aporta una reflexión
genérica sobre el papel de la moneda en los interca mbios de época romana. Esta es la ba se
para explica r su postura s obre el uso de esta en las áreas rurales del Imperio Romano. De
hecho, esto fue suficiente para ser el pionero en tratar esta temática.
63 CRAWFORD 197 0: 43 – 45.
64 FINLEY 1974: 199
65 CRAWFORD 197 0.
85
Crawford otorgó un gran peso a la definición de Po lanyi sobre el dinero, sus usos y
el estatismo económico de la economía antigua 66 . De hecho se detuvo con especial interés
en reconocer el dinero como una medida de valor y un medio para producir e l intercambio
de bie nes. Este intercambio es identificado por el autor como transacciones comerciale s de
mercado donde existía un sistema de acuñaciones estable con una amplia gama d e
denominaciones. La intención era satisfacer la s múltiples realidades que se podía n generar
en cualquier trans acción. Según Crawford el sistema de acuñaciones romano había sido
creado para efectuar pagos de carác t er estatal 67 , pero la utilización de moneda en
transacciones de menor rango fue in evitable Esto generó un desarrollo paulatino de la
ec onomía monetaria en las áreas urbanas del Imperio Romano 68 . Su pensamiento se
encuentra totalmente influenciado por las teorías de Weber; quien consideró la ciuda d
antigua como un verdadero centro de consumo 69 . Aquí la moneda era necesaria para
regular las transacciones comerciales.
No obstante, la reflexión de Crawford incide mucho más en el pa pel de l Estado
romano en su capacidad de a cuñación que en el impacto de la moneda en la sociedad. Él
mismo observa como el Es tado est á más preocupado en evitar fals ificaciones que en
potenciar una ec onomía más desarr ollada a través del sistema monetario 70 . Así pues,
apoyado en este mismo planteamiento, el autor cons ideró que las áreas rurales de l Imperio
romano no ha bían sido incluidas en la economía monetaria. Para e llo no sólo utiliz ó los
postulados de Weber, sino que también se basó en las fuentes grec o -romana s y en los
últimos resultados de excavaci on es de complejos rurales de la antigua provincia de Britania .
A falta de datos cuantificables, C rawford consideró im posible poder identificar patrones de
uso en zonas rurales.
A pesar de gene rar seguidores, como Finley 71 o Burnett 72 , las crític as no tarda ron e n
llegar, siendo numerosos los autores que en a ños posteriores cue stionaron l a ausencia de
una economía monetaria en la s áreas rurales del Imperio romano. Hopkins 73 y Duncan-
66 POLANYI 1994: 18 2- 183
67 CRAWFORD 197 0:41
68 Ibídem ,. 41 - 42
69 WEBER 2002 : 938 – 975
70 CRAWFORD 197 0: 48.
71 FINLEY 1974: 148
72 BURNETT 1987: 96
73 HOPKINS 1980.
86
Jones 74 serán los encargados de dotar a las teorías de Craw ford de una serie d e matices, al
igual que Howgego 75 , Reden 76 , Aartis 77 , Martin 78 y otros tantos.
Tanto Greene 79 , Howgeg o 80 , Rede n 81 y Aartis 82 criticarán sustancialmente la obra de
Crawford desde una perspectiva arqueológica. E s cierto que este se apoya en una serie de
datos para afirmar la a use ncia de economía monetaria en zonas rurales. La réplica de estos
autores no solo ataca a la visión es tática de la ec onomía que de fine Crawford, sino tambié n
al uso monetario. Howg ego apuesta el dinamismo de la economía del Imperio romano. El
autor considera que el estado romano estuvo en una continua adaptación a la s múltiples
culturas con las que se encontró, en diferente grado de desarrollo en el momento de su
expansión. Estas acogieron de manera paulatina el proceso de romanización, siendo la
monetización de la economía uno de estos elementos
- “ El mundo en el qu e Roma expandió sus brazos a cogió a pers onas en diferentes estados de
desarrollo político y cultural ” 83 -- “ No creo que Crawford dijera que el uso del din ero en la economía
romana se encuentre de igual manera durante 400 años ” 84 -
Este hecho prueba la incorporación de las áreas a lejadas a una eco nomía monetaria,
por lo que las zonas rurales estarían más que incluidas en este sistema ec onó mico a través
del pa so del tiempo. Un raz onamiento ya expuesto por Hopkins 85 como veremos a
continuación.
Por otra parte Crawford había utilizado los datos obte nidos de la s ú ltimas
intervenciones arqueol ógicas rur ales realiza das antes de la publicación de su trabajo. La
intención era demostrar la ausencia de una economía monetaria en áreas rural es a través d e
la escasa moneda documentada. Por el contrario, tanto Howgego como otros , demuestran
la a parición en los últimos años de múltiples monedas en las exca vac iones de villae
repartidas por todo el Imperio.
74 DUNCAN-JON ES 1992.
75 HOWGEGO 1992 ; 1994
76 REDEN 2002 .
77 AARTIS 2005.
78 MARTIN 2015.
79 GREENE 1986: 50
80 HOWGEGO 1992 : 19 – 20.
81 REDEN 2002: 152.
82 AARTIS 2002: 6.
83 HOWGEGO 1992 : 19
84 AARTIS 2005: 6.
85 HOPKINS 1980.
87
Otros juicios sobre el planteamiento de Crawf ord es la de utilizar una visión
estática de los yacimientos. U na visión que bien queda reflejada en la denominada Premisa
Pompeyana 86 . Esta consiste en observar el yacimiento como si una imagen congelada del
pasado fuese. Por último, la s críticas también incidirán en el carác ter cuantitativo con el que
dotó a su trabajo. Una visión que con el paso del tiempo quedó desfasada po r ha llazgos en
las áreas rurales.
Como se ha podido observar en Craw ford, acercarse al uso de la moneda en las
áreas rurales romanas lle va a reflexionar sobre otro s conc eptos más compl ejos: cua ntificar
la moneda que se utilizaba. Ejemplo de ello es la obr a de Hopkins 87 , que es interes ante de
ser tratada por una do ble razón. E n primer lugar por considerarse una ve rsión renovada de
las teoría s de Finley, con una perspectiva mucho menos primitivist a que el a nterior. En
segundo, por establecer en la tributación de mone da un elemento cla ve en el aumento del
volumen de l comercio. E l análisis monetario que efectúa el autor es el que verdaderamente
presenta mayor interés p ara nosotros. Y a que a n uestro j uicio se pueden abstraer de sus
planteamientos elementos definitorios del uso de la moneda en las áreas marginales del
Imperio, y por ende, en las zonas rurales.
Hopkins basa su e studio en una serie de premisas utilizando el método deductivo.
Así, en la primera y en la segunda estima que los impuestos pagados en moneda a umentan
considerablemente el volumen de l comercio durante el Imperio romano. P or s u parte, en la
medida en que los impuestos se reca udaban en moneda en todas las provincia s del Imperio;
la s mis mas provincias debían conseguir moneda s uficiente para efec tuar tales pagos. La
moneda era obtenida a través de exportaciones de productos propios , h echo que les
permitían conseguir una cantidad de moneda equivalente al valor de estos mis mos biene s 88 .
La tercera suposición está claramente relacionada: el pago de las rentas se ef ectuaba de l a
misma manera que los impuestos . La conquista de territorios por par te del Imperio supuso
un aumento de la tierra cultivada, de propietarios y de sus re spectivos t rabajadores. Estos,
también tendrían que pagar los correspondientes impuestos y rentas del mismo modo que
las provincias. Para ello tendrían que llevar a cabo la venta de los excedentes que disponían
o la enaje nación de su propio trabajo con tal de conseg uir moneda con la cual sufragar las
demandas estatales y las de su propio dominus 89 . Este hecho tuvo, según H opkins, una
86 MORRIS 2005: 95 .
87 HOPKINS 1980; 200 2
88 HOPKINS 1980: 101
89 Ibídem ,. 104
88
consecuencia económica brutal a nivel local e inter -regional. El cobro de rentas y alquil ere s
en moneda generó transacciones comerciale s de ca rácter mercantil entre los propios
campesinos y las diferentes comunidades. La situación favoreció también el
enriquecimiento de la clase social a lta, compuesta por terratenientes y miembros de la élite
provincial. Los últimos vie ron a umentar sus in gresos en moneda fruto de esas redes locales
de comercio que se habían fraguado con anterioridad 90 .
Por lo que respecta a la cuarta suposición, Hopkins rela ciona la cantidad de barcos
hundidos entre los siglos II a .C. y II d.C. con un au mento considerable de las transacciones
comerciales de tipo interregional 91 . Para el autor, el aumento del volumen comercial está
íntimamente vinc ulado con el incremento de masa moneta ria circulante, siendo la quinta
proposición esta misma vinc ulación. El denario es contempla do por Hopkins como el
componente más definitorio del mercado, pues era el eleme nto más utilizado para realizar
las transacciones a larga dis tancia. La unión entre moneda nominal y relaciones comercia les
está justificada por el desconocimiento d el uso del crédito. Hopkins consider ó que aunque
el crédito hubiese ex istido no ha bría tenido tanta repercusión en el crecimiento ec onómico,
como sí tuvo la moneda 92 . Hoy se sabe que el uso del crédito en época romana es más que
utilizado, siendo este conocimiento empleado como eleme nto comparativo entre la
economía concerniente a la época romana y la de la époc a moderna 93 . Un aspecto que
Hopkins rechazó debido al desconocimiento que se tenía sobre este tema en esos
momentos.
En virtud de todo lo anterior, Hopkins val ora la sexta proposición: la ec o nomía
monetaria durante el Imperio romano s e encontraba totalmente integrada en un solo
sistema. Los flujos moneta rios promovidos por el pago en dinero de los diferentes
impuestos, las rentas monetarias y la s relaciones come rciales generadas por este mismo
hecho, contribuyeron a la integración de la economía en todo el Imperio 94 . Finalmente y
como última proposición, Hopkins sostiene que durante los siglo s I y II d .C. el Estado
romano recaudó un gran número de moneda a través de los impuestos. Tal cantidad fue
invertida para sufragar los gastos oc asionados por las legiones en las zonas fronterizas y
para subsanar las necesidades de la ci udad de Roma 95 . Hopkins cierra su trabajo con una
90 Ibídem ,. 104
91 Ibídem ,. 105
92 HOPKINS 1980: 106
93 GARCÍA GARR IDO 2001 : 3 4 y más recientemente LEROUX EL 2016: passim .
94 HOPKINS 1980: 112
95 Ibídem ,. 117 – 118.
89
reflexión final sobre las relaciones entre la tributación en moneda, el sistema reca udator io
romano, las riquezas personales y su evolución hacia el Bajo I mperio. Consideró que la
proporción entre la reca udación y los contribuyentes no era equilibrada, ya que existía un
gran número de personas que de una mane ra u otra quedaban libres de los pagos. Este
hecho, producido según el autor por la escasa relación existente entre el gobierno central y
los propio s contribuye ntes, es aprovecha do por la s diferentes élites pa ra nutrirse y
beneficiarse. El Imperio establecía una cantidad fija de recaudaci ón, pero no proponía
sobre quién debía aporta r tal cifra. Es te hecho c ondicionó bas tante el volumen de la
recaudación, ya que el poder polític o recaía en determinadas élites para las cu ales no pasaba
desapercibida esa descompens ación. A través de la r ecaudación se nutrían y a umentaban las
propiedades de tales élites, recayendo el gran peso tributario sobre el ca mpesinado. Esta
situación ex plica, según H opkins, el aumento de terratenientes sobre todo en zonas donde
la tributación exigida por el Imperio romano no era muy alta, y por tanto, en las cuales no
habría un control exhaustivo de la recaudación.
Según Hopking, la ex igencia de numerario para diferentes pagos (ten siones
fronterizas o inso stenibilidad del apara to burocrático) llevó a los emperadores a la
devaluación de la moneda de plata, evitando así la subida de impue stos y el agobio a los
contribuyentes 96 . Esta situación de cambio ec onómico encaminó a los propietarios y
terratenientes a expresar l os precios en unida des má s estables como era el t rigo, ge nerando
así el pago de tributos en especie donde la atención por parte del estado era mayor. No
debe entenders e esto como un a bandono de la eco nomía monetaria, sino una disminución
de los mercados interregionales y de la moneda circulante. Así, debido a que c on el pago d e
impuestos en espec ie existía una mayor supervisión, se permitió acortar las distancia s entre
los centros recauda dores y los con sumidores. Esto propició la disminución de las
transacciones a la rga distanc ia ya que no se necesitaba tanta moneda para el pago de los
impuestos 97 .
Aunque la obra de Hopkins está superada y recibió un gran número de críticas
posteriores, sus planteamientos dan un salto significativo con respecto a la ob ra de Finley al
admitir la existencia d e crecimiento económico durante la época romana. A su ve z,
consideró que la economía no es plenamente estática y observó un desarrollo significativo
de procesos que llevan a la integrac ión, De hecho, el uso monetario debe contemplarse
96 HOPKINS 1980: 118 -120.
97 Ibídem ,. 120 - 124
96
Carrié cree que el dominio de Ap piano no puede ser tomado como un unicum de las
explotaciones agrícolas ni de Egipto ni del mundo romano de esta época 127 . De hecho el
autor continúa diciendo que no debe ser entendido como un oasis monetario dentro de un
amplio desierto marcado por el trueque y la autarquía. Incluso estable ce qu e la importancia
de la docume ntación estudiada por Rathbone y su incursión en la caracterización
económica del mundo rural romano radica en su naturaleza cuantitativa más que cualitativa .
En efecto, Ca rrié muestra diversos ejemplos, también egipcios, donde la moneda ha
adquirido un rol más efectivo, es decir, que no sólo ha sido utilizada para el cá lculo de
gastos y beneficios . En la col ección de papiros de K elis, encontrados en el oasis de Dak leh,
se ha podido comprobar el uso de la moneda para el pago de la compra de una huerta,
sufragar los g as tos del transporte de mercancías o el salario de un profesor 128 . Hecho que
implica perfectamente el verdade ro rol de la moneda en l a sociedad rural egipcia del siglo
IV.
Para nos otros las ref lexiones que reali za Carrié s obre este asunto son de vital
importancia. El autor estima, tras el a nálisis de los pa piros anteriores, que se debe obviar la
creencia común sobre la inflación y la degenerac ión monetaria sufrida en el Imperio a
finales del siglo III . En estos momento s se ha brían producido una ge neralización de la
economía natural, es decir, del pago en especie 129 . Sin embargo, el autor observa la gran
cantidad de ejemplos en los que, durante momentos de escasez, s e sigue utiliz ando la
moneda para pagos de toda cl ase. En este mismo sentido Carrié 130 a l igual que otros com o
Jones 131 , Wickha m 132 o Carlà 133 muestran un especial interés por la moneda acuñada en oro,
la cual o cupará gran pa r te de los pa gos, tanto de impuestos, rentas, salarios como de
transacciones comercia les. Según W ickham era mucho más productivo el cobro en moneda
que en espe cie, ya qu e a no ser que fuera de especial necesidad, la moned a ni ocupab a
mucho espacio ni era perecedera, por lo que siempr e se apostaba por este medio 134 .
127 CARRIÉ 2003: 179.
128 Ibídem , 179 : siguiendo la obra d e WORP, K.A. (1995): Gree k Papyrifrom K ellis. Vol. I . O xford. (Dakleh
Oasis Projet Mon ograph 3. Oxbo w Monograph 54).
129 CARRIÉ 2003: 180.
130 Ibídem , 197.
131 JONES 1964: 460 – 461.
132 WICKHAM 2016: 137 .
133 CARLÀ 2003: 172 y ss.
134 WICKHAM 2016: 137 .
97
2.3. ¿Cómo llegaba la moneda al mundo rural?
Muchos autores han reflexio nado sobre cómo llega ba la moneda a la s áreas rurales
teniendo como punto de partida el propio mercado. E n efecto, según la premisa de a utore s
como Kehoe 135 o de Neeve 136 , las propiedade s rurales se beneficia ban de la venta d e sus
excedentes, variando la importancia del dinero en estas áreas en función de su
localización 137 . La apertura de estos ce ntros a los flujos comercia les era más que ev idente,
pues la bibliografía posterior lo mostrará. Tampoco podemos olvidar a otros inve stigadores
como Ligt 138 quien otorga a la s ferias y mercados (diarios, semanales, mensuales y
regionales) un papel muy importante en cuanto a la monetarización de los terr itorios rurales
y espec ialmente de las socieda des que a llí habita ban. Para el autor la entrada d e dine ro en la
economía rural propició una mayor flexibilidad de l ca mp esinado, a través de la cual
pudieron realiz ar intercambios menos personales sin estar marca dos por pr ácticas a ntigu as
como el trueque. Por ot ra parte, él mismo considera que la s posturas de Howg ego no
deben ser tan rígida s, pues al igu al que Neeve 139 , la economía monetaria de las áreas rurales
estaría condicionada por múltiples va riedades regionales y temporales que no deben pasar
desapercibidas 140 .
Bien es cierto que los planteamientos de Ligt son aplicables principalmente a los
primeros momentos del Imperio, no obstante sus reflexio nes pueden servir a épocas
posteriores. De hecho, esta postura debe considera rse como orientativa, como el mismo
autor ha ex puesto. Unida a estas prem isas se enc ontraría el pla nteamiento de Kats ari 141 ,
quien defiende que la monetarización d el Imperio, sobre todo en la s áreas orientales,
dependía de las ciuda des y los merca dos, pues estos últimos eran un polo de atracción para
campesinos y militares. A quí no sólo se beneficiaban de los producto s que nece sitaban y
vendían lo que producían, sino que también se proveían de moneda s para pago de
impuestos y otras transa cciones. Por otra parte, y ya para época más tardía s, Wickham
expone que no todos los campesinos tenían la facil idad de acercarse a l mercado a vender
sus productos pa ra obtene r moneda con l a cual hace r frente a sus impuestos 142 . Para el
135 KEHOE 1992 : 2.
136 DE NEEVE 1990 .
137 REDEN 2002: 84 si guiendo a MORLEY 1996.
138 LIGT 1990; 199.
139 NEEVE 1990.
140 LIGT 1993: 111.
141 KATSARI 2008: 247 ; 261 – 263.
142 WICKHAM 2016: 136 y ss.
98
autor sería lo más lógico, pero también es evidente que habría zonas no tan bien
comunicadas donde el tr ansporte de tales mercancías no sería rentable para su venta. E l
autor estima que existían otros mecanismos más pr ácticos para obtener moneda, como la
coemptio . Este implicaba la compra por pa rte del estado de las mercanc ías que él necesitaba,
a precios a veces no mu y bueno s pa ra los vendedores. Pero también había otro
procedimiento más "ca sero" docume ntado en la Italia del siglo V. Este era denominado
comparatio y consistía en transformar una cantidad en especie en moneda; un proceso más
habitual que favorecería el dinamismo de la economía domestica 143 .
Tanto las tesis de Ligt como la de Wickham puede n ser aplicadas a la Lusitania y al
resto de provincias. Por una parte se puede observar la inclusión de estos ya cimientos en
las esferas ec onómicas de la s ci udades cercana s. E s to queda demostrado por la cercanía de
las villae a l as vías principales, bien de manera directa, bien indirectamente a través de
ramales s ecundarios. A pesar de ello, t ambién s omos conscientes de la dificultad qu e
supondría el transporte de merca ncías a un determinado punto para su negocio y venta,
ocasionando numerosos costes de transporte y posibles pérdidas en el camino. Y por otra
parte, la identificación a rq ueológica de tal procedimiento. E n este sentido de bemos citar a
Martin quien observa la dificultad a la hora de de finir tal espacio a rqueológica mente - los
mercados y las transacc iones - del mi smo mo do que las relaciones entre las áreas
comerciales y los centros rurales 144 .
No sabemos si en la Lusitania estaba muy arraigado el procedimiento de la coemptio
o de la comparatio que describe Wickham; n i tampoco el grado de desarr ollo de los
mercados semanale s, mensuales o anuales. Por una propuesta lógica, podríamos decir que
habría que diferencia r primero qué tipos de transacciones se realiza ban dentro y qué ot ras
se lleva ban a cabo fuera de la villae . Autores como Doyen incluso identi fican en Gal ia
algunas villae en cuyos exteriores se realizaban merca dos semanales, es de cir, los
compradores y vendedores se situaban en torno a la villa y allí se compraban y se vendían
todo tipo de mercancías 145 . Lo mismo para algunas vi llae del norte de Á frica cuyos domini
organizaban nundinae en sus propios territorios pa ra beneficiarse de manera indirecta de
tales transaccione s 146 . Es muy probable que esto no s olo sucediera en Gal ia o África y que
fuera habitual en otras provincias como la Lusitania donde ex isten villae de extensione s
143 WICKHAM 2016: 392 -395.
144 MARTIN 2016: 13 – 32.
145 DOYEN 2015.
146 SHAW 1981: 58.
99
desorbitadas que bie n podrían albergar este tipo de activida d es. De hecho autores como
Ferrer Maestro afi rman con total seguridad que en la economía rural romana, sobre todo
en el periodo tardo-antiguo, los mecanismos de mercado y el intercambio comercial eran
parte de su respectivo sustento 147 . Al fin y a l cabo, la s villae se encontraban inmersas en lo s
flujos comercia les del momento, pues así lo demuestran la s mercancía s y la s monedas
halladas. Una conclusión a la que h an llegado otros investigadores en otr as partes del
Imperio 148 .
Por último no descartamos los negocios previos a la transacción y el comercio
itinerante. Aquí podríamos incluso citar la postura de Raynaud 149 quien est ima que l a
circulación monetaria no sólo se daba en centros ha bitados - en este caso las villae - sino
también por todo el campo; gracias a los mercados fijos o itinerantes y a las ferias
temporales. Al fin y al cabo la economía romana podía defi nirse, según Temin, como un
enorme conglomerado d e mercados interdepe ndientes 150 , s in especificar su naturaleza ni
ubicación. A nuestro juicio este tipo de estrategia económica pu ede ex plicar el consumo de
determinadas mercancías, principalmente de lujo y se mi -lujo. No podemos descartar
tampoco que mucha s cosecha s ya estuvieran vendidas antes de ser recolectadas, gracias
principalmente a la est imación de la pr oducción promovida por la experiencia de sus
cultivadores. Tanto Ligt, Ka tsari como W ickham o Raynaud ti enen razón en este sentido,
pues las múltiples variedades regionales y temporales condicionarían b astante el de venir
económico de estos centros rurales.
2.4. ¿Cuantificar o cualificar la moneda perdida en el mundo rural?
Tanto para arqueólogos, como hi storiadores y numismáticos, la moneda hallada
sugiere un sinfín de interrogantes, siendo el más común el cómo ev aluarla. Dive rsos
autores, algunos citados ya en primer capítulo de nuestro traba jo, han propuesto una serie
de estrategias con tal d e intentar dar una solución directa a esta cuestión. De he cho,
muchos de ellos han partido siempre de una misma pregunta: ¿cómo cuantificar la moneda
circulante a partir de la moneda perdida? Esto sigue siendo hoy difícil de res ponder, por no
decir imposible, sobre todo si atendemos a procedimientos puramente aritméticos 151 . A
147 FERRER MA ESTRO 2012: 257.
148 KESSLER y TEMIN 2008: 158 – 159
149 RAYNAUD 1996 : 203
150 TEMIN 2001: 16 9 en FERRE R MAESTRO 2012: 249.
151 En este mismo sentido r esaltamos la mi sma n ota que utiliza MART IN 2015: 158 de CECO O 2000: 271,
quien estima qu e la teoría cu ant itativa del d inero es inútil por lo pretérito de este.
100
pesar de los intentos, desde un punto de vista práctico, casar los datos arqueológicos con el
registro numismático resulta bastante compl icado pues el investigador deb e moverse en
estadios totalmente diferente s. A lo que debe sumársele la carencia de pruebas escritas
sobre actividades no precisamente simples.
Según Lockyear es comúnmente conocida la obsesión de arqueólogos e
historiadores po r utiliz ar la moneda como herramienta de datación de un h a llazgo 152 . La
complejidad de la circulación monetaria muestra la aparición de monedas en yacimientos
como un ve rdadero problema de método y de interpretación. Los investigadores no
versados en la disciplina desconocen elementos habituales a evalua r, como el tiempo que
transcurre entre la acuñación de una moneda y su pérdida: un día, un año o varios siglos.
En este mismo sentido también ca bría la manera de va lorar la cantidad de piezas
perdidas/halladas, siendo frecuente la adopción de ideas erróneas: una may or cantidad de
monedas perdidas en un yacimiento es sinónimo de una gran actividad comercial. Ante est e
tipo de premisas, mucho s inve stigadores han dedi cado trabajos en crea r metodologías o
patrones con los cuale s eva luar la moneda hallada en excavaciones arqueológ icas. La
inclusión de este punto en nuestro recorrido bibliográ fico es más que evidente. Muchos de
ellos han versado sus investigaciones y han testado sus metodologías sobre el registro
monetario de amplios yacimientos r urales.
Entre los estudios más significativos debe resaltar el trabajo de Casey 153 , que a demás
fue uno de los pioneros. Este autor reflexiona sobre el proceso de pé rdida de la moneda en
la Antigüedad, llevando a ca bo una serie de planteamientos apoyados en nuestra vida
cotidiana: las monedas ha lladas en exca vaciones son las que el propietario se pe rmitió
perder por su escaso valor, pues las de may or importe no serían extraviadas con facilidad, y
en su caso, siempre podría darse su recuperación 154 . El mismo autor propone incluso una
fórmula aritmética con la que poder extraer el índice de pérdida de moneda por año,
inspirada en los parámetros ofrecidos por Ravetz muchos años a ntes 155 . Para C asey es
fundamental valorar el número de moneda s perdidas, pues nos puede acercar a fenómenos
económicos que escapan a la rea lidad arqueológica: la inflación por ejempl o. Esta fórmula
gozó de gran ca ntidad de seguidores, e incluso, hay autores que la siguen utiliz ando 156 :
Desde un punto de vista práctico, la fórmula es bastante idóne a para llev ar a cabo un
152 LOCKYEAR 2012 : 192.
153 CASEY 1986; 1988.
154 CASEY 1988: 40.
155 RAVETZ 1964: 204 .
156 CASEY 1988: 41.
101
análisis de todo el numerario apa recido en un yacimiento. Sin embargo, Casey indica que
sólo es recomendable para lugares con más de 1000 piezas halladas, pues una cantidad
menor puede adulterar los resultados 157 .
Las matizaciones a esta fórmula no tardaron e n llega r. Quizás la crítica más
significativa viene de la mano del arqueólogo estadounidense Kevin Greene , quien observa
que Casey no estima para su ecuación la vida de una moneda, es decir, el tiempo
comprendido entre su acuñación y su pérdida 158 . El mismo autor tambié n hace hincapié en
la ca ntidad de monedas a nalizadas. Es ci erto que Casey afirma que su método está
destinado principalmente a conseguir parámetros gracias al a n álisis de ya cimie ntos similares
comparables. Mas el propio Greene establ ece que esta reflexión acaba siendo mera ment e
relativa. De he cho puede n existir yacimientos con un regi stro monetario similar, pero no
sabemos si la s metodologías aplicadas en la excavación fueron las mismas, por lo que el
resultado puede variar. Greene t ambién considera que las monedas ha lladas son valores
ínfimos a comparación de toda la moneda que pudo circular en el yacimi ento. Así mismo,
antes de tener en cuenta al yacimie nto como condicionante de la pérdida monetaria,
debemos reflexionar sobre la calidad de la moneda perdida 159 .
En esta misma líne a se puede enc ontrar el esquema que Collis 160 propone para
interpretar una moneda hallada en un yacimiento arqueológico o en un espacio más amplio,
como puede ser una prov incia. Este a utor incluso establece una división de eleme ntos en
función del propio contexto arqueológico. Para él, en el registro monetario existen dos
tipos de componentes: lo s eleme ntos observables y los no observables. En el primero de
los ca sos se refiere a la moneda en sí, su número y todo lo relacionado con los restantes
materiales arqueológicos (dataciones por cerámic a, estratigrafía, conjuntos). E n un segundo
nivel se encontrarían los elementos que deben teners e en cue nta de cara a rea lizar una
lectura completa de la moneda: políticas mo netarias, periodos inflacionarios, dinamismo
comercial o proximida d /lejanía de los mercados. Las recomendaci ones de Collis
157 CASEY 1986:89.
158 GREENE 1986: 56.
159 Ibídem ,. 56.
160 COLLINS 1988 : 190 – 194.
102
demuestran la cautela que el espe cialista deb e t ener cuando s e enfrenta a un registr o
monetario. Por el lo llegamos a la conc lusión de que las monedas halladas en una
excavación arqueológica no puede n ser tomadas como el único apoyo para conoc er la
economía y sociedad de un periodo histórico. No o bstante, sí no s permiten ace rcarnos con
cierta proximidad a tal fenómeno.
En este punto nos planteamos la siguiente cuestión: ¿debemos tener en cuenta la
cantidad de moned a hallada en un yacimiento o nuestras atenciones deben recaer en l a
calidad de la moneda pe rdida en época romana? Es descartada la premisa de que una gran
cantidad de moneda perdida en un determinado periodo histórico no de be interpretarse
como un sinónimo de dinamismo económico. La reflexión debe recaer a ntes en el porqué
se ha perdido tanta moneda antes de porqué se halla do tanta cantidad, como así estableció
Casey. P ero también d eben teners e en cuenta otr os elementos coetáneos a tal he cho:
importaciones-exportaciones de cerámicas, orfebr ería, marfiles, mercancías de consumo,
elementos arquitectónicos como decoración, remodela ción del espacio o ampliaciones. Es
entonces cua ndo surge por tanto una nueva pregu nta: ¿la moneda hallada en yacimientos
rurales es reflejo de la circulación real de la mone da, o es que a nuestros ojos existe una
circulación aparente? Las breves ref lexiones que establece Rebuffat 161 sobre este mismo
hecho nos ha inspi rado a valorar de sde una postu ra cualitativa la moneda hallada en los
campos lusitanos.
Como se verá en ca p ítulos siguientes, la moneda proporcionada por todas las villa e
lusitanas es de uso corriente y cotidiano, es decir, salvo excepc iones hay una ausencia
considerable de hallazgos en oro y plata. Tomando de referenc ia que la moneda de mayor
uso en los campos lusitanos eran los pequeños divisores del bronce, ¿cómo se efectuaba el
pago de un suntuoso mo saico? ¿Cómo pagaba n los propietarios u na vajilla de gran calidad?
¿Y una escultura? ¿Y una propiedad? Si actuá semos con una regla de tres, pensaríamos que
todos estos servicios y compras eran pa gados con sacos y sacos de pequeña moneda de
bronce. Esta conclusión es totalmente un disparate. E fectiva mente, en los campos lus itanos
también circuló la moneda acuñada en plata y oro, las cua les serían la s utilizadas para los
grandes pagos. Como es lógico, este tipo de moneda estaría reservada socialmente, es decir,
sería el propietario de la villa quien manejaría tales valores. No descartándos e el uso del
crédito como se ha visto en otras regiones del Imperio 162 . No disponemos de ejemplos para
Hispania, pero no sería extraño que esta práctica fuera a plicada para momentos puntuales
161 REBUFFAT 1996 : 148 – 150.
162 LEROUXEL 2016.
103
donde se necesitara grandes ca ntidades de oro y plata. E l crédito ev itaría el transporte de
grandes sumas y el respectivo riesgo de robo y pérd ida. Por lo que respecta al bronce, este
tendría un carácter más cotidiano y era el utiliz ado por todos los habitantes de estos
yacimientos para pequeñas y medianas transacciones.
Precisamente, como Casey afirmó más ar riba, la moneda perdida es la que su
propietario s e ha permitido perder, bien por su escaso valor, bien por poseer una gran
cantidad de ella s. Las piezas de un valor superi or estaban bien controlada s por sus
propietarios y si por descuido eran pe rdidas se llevaba a cabo una búsqueda incesante hast a
su recuperación, si era posible. Recordemos la de sesperación y alegría de la mujer que
protagoniza la parábola de la dracma perd ida y hallada:
"¿Qué m ujer qu e tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y
busca cuidadosamente ha sta que la encuentra? Y cuand o la encuentra, convoca a las amigas y v ecinas, y
dice: "alegraos conm igo, porque he hallado la dracma que había perdido". Del mism o modo, os digo, se
produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta" 163
Esta reflexión fue retomada en varias ocasiones por Reece quie n incluso pla ntea
una nuev a visión sobre el asunto. El a utor considera la pérdida como algo lógico en luga res
donde no existían pa vimentos, siendo muy poco frecuente la recuperación de las pieza s.
No obstante, establece u na considera ción para n ada despr eciable. R eece afirma que el
dinero en époc a romana podía s er desechado por su falta de va lor, es decir, su pé rdida no
propiciaba su recuperación, incluso podía ser esta casi intencionada 164 . Para ello, el autor se
apoya en comportamientos económicos más reciente donde observa que “ dentro de la moneda
estable casi siemp re hay inflación suave, con el resultado de que la moneda m ás ba ja siempre se va
deslizando hacia la pa rte inferior de la escala d e utilidad, casi fuera de la existencia ” 165 . Un aspecto que
se ha podido comprobar a partir del 2013 cuando el Banco Central Europeo ha planeado la
posibilidad de eliminar las monedas de uno y dos céntimos por falta de utilidad 166 . A modo
de ej emplo, este mismo aspecto ha sido seña lado por José Ruivo cua ndo ha intentado
explicar la abundancia de moneda de imitación de Claudio II en la Lusitania: una pérdida
intencionada por la falta de valor de la pieza acuñada 167 .
163 Lc 15, 8 -10 [ver. BJ]
164 REECE 1993.
165 REECE 2002: 93.
166 https://www.oroyfi nanzas.com /2013/05/bru selas -plantea-retira r-monedas- de -1-2-ce ntimos-euro/
[Consultado 14- 01 -2 017]
167 RUIVO 2008: 283 .
104
Este tipo de “desvaloriza ción” de la moneda puede acarrear otro fenómeno que
pasa totalmente desapercibido si atendemos a l nú mero de monedas halladas: la ex istencia
de moneda s de mayor o menor consideración de valor. A plicando a la moneda romana la
Ley de Gresham , no es par a nada descabellado pens ar en una depreciación de la moneda a
favor de otra de m ayor valor, la cual tiende a ser atesorada 168 . Este comportamiento
económico muy común durante la historia moderna y contemporánea, también se observa
en época romana siendo un ejemplo claro en la Lusitania: la ausencia de pieza s de las
reformas de Aureliano y Diocl eciano o la utilización del A E2 teodosiano en de trimento de
otras monedas considera das social y económicamente de menor valor, las cuales circularon
al mismo tiempo 169 .
Puesto de relieve la im portancia de la calidad de la moneda perdida por su
propietario, observamos con mayor claridad la carga social que implica el uso de la propia
moneda y los elementos económicos que podemos ubicar crono -culturalmente. Se
demuestra así la existencia de la doble ci rculación expresada por Rebuffat y lo complejo
que puede resultar el a nálisis del uso de una ec onomía monetaria en las á r eas rurales de
cualquier provincia romana. Por tanto, y a modo de conclusión podríamos decir que es má s
importante, a la par de interesante, reflexionar sobr e la moneda que no aparece en el
registro arqueológico. El análisis de la moneda perdida y las con sideraciones sobre la que
también realmente circuló, nos permite una visión completa del uso monetario en las áreas
rurales.
* * *
168 MARTIN EZ LE CLAINCHE 1996: 49.
169 Para e ste ejemplo ver CEPEDA 200 0.
105
P ARTE S EGUND A
2.5. Moneda y ruralidad II: Estudios de ca sos.
A lo largo de las últimas décadas han visto la luz numerosos trabajos destinados a dar
conocer el registro numismático aportado por grandes villae . La revisión de tales estudios
podía ocuparnos demasiado tiempo y la facilidad d e caer en la propia redundanc ia, pues la
mayor parte de ellos presentan una misma disposición y metodología. El propósito de este
punto es revisar las publica ciones más significativas con tal de establecer una comparativa
entre los mismos y el ca so hispano.
2.5.1. Francia
Desde estudios de casos particulares hasta visiones más regionales, la moneda en las
áreas rurales de la Galia ha generado numeros as publicaciones de interés. La mayor pa rt e
de estos a utores, convencidos de la necesidad del es tudio de estas piezas, han comenzado
su s trabajos con una misma crítica: la oblig ación de actualiza r los corpora de hallazg os y la
revisión de estos materiales con respecto al resto de los documentados.
Significativo por el aná lisi s tan minucioso que aporta de la moneda es el trabajo de
Callegarin sobre la villa de Lalonquette 170 , situada en la región de los Pirineos-atlánticos.
Este estudio, basado en las premisas metodológic as de Bost, permite al autor lo calizar
sobre el plano de la excavación los hallazgos moneta rios, facilita ndo la posible
interpretación de los usos de l as respectiva s estancias. No obstante el trabajo de Callegarin
es tambié n interesante por rea lizar un estudio regional. En efecto, su an álisis pone en
relación la villa de Lalonquette junto a otros ejemplos importantes de la re gión de
Aquitania. P ara ello el autor aporta una gran cantidad de datos numismáticos procedentes
de otras villae que se enco ntraban iné ditos. Este he cho nos ha prop orcionando una visión
mucho más completa de la circulación monetaria de una región bastante amplia. El carácter
provincial del artículo nos permite incluso tomarlo de referencia pa ra comparaciones entre
las provincias hispanas o del resto del Imperio.
Estudios más particulares pueden ser los publicados sobre la villa de Monchy- le -
Preux en la región de Pas-de-Calais 171 o el análisis del registr o monetario de la aglomeración
170 CALLEGAR IN 2000.
171 GRICOURT y J ACQUES 200 7.
112
hallazgos en las áreas rur ales que las urbanas, por lo que se termina con teorías que
sostenían tal circulación sólo en ámbitos urbanos. Así mismo se detiene en los momentos
más importantes de la cir culació n monetaria de época romana en la s zonas rurales gala s,
demandando una mayor cla ridad entre la circulación monetaria de tipo urbano y rural.
Sigue criti cando la carencia de estudios más ge nerales que aborden el problema desde los
niveles más bajos: esclare cer la importancia de cada yacimiento en función de su amplitud y
actividad para pod er así realizar un estudio más compl eto y más sis temático des de la
numismática.
2.5.2. Países Baj os y Alemania
Los territorio s ubic ados entre la Gallia Belgica y la Germana fueron estudiados
desde el primer momento por Van Heesch a quie n ya hemos hecho referencia . No
obstante ex isten otros autores como Joris Aartis que también ha efectuado una revisión
sobre las moneda s ha lladas en ciudades, santuarios y áreas rurales de es ta zon a 190 . Aartis ha
comprobado el alto grado de moneta rización de los campos ga los y germanos 191 donde las
vías de comunicación y el ejército desempeñaron una labor significa tiv a en su circulaci ón 192 .
La importancia de sus trabajos radica en la visión social q ue le otorga al uso de la moneda 193
con una clara influencia de a utores como Bloch y Parry 194 , ya citados anteriormente. Este
autor observa que en los primeros contactos esta blecidos por Roma con las respectivas
tribus de lugar, se prod uce una rápida aceptación de la moneda. Sin embargo esta
asimilación no sólo es ec onómica, sino que también presenta una amplia carga religios a y
social. En este sentido re flexiona nuevamente sobre el conc epto de monetización, donde
critica seriamente una visión line al de este proceso, es de cir, considerar que una sociedad
no inmersa en un proceso monetizador debe ser considerada inferior a otra que sí lo está.
Aartis afirma que lo s estudios destinados a r azonar sobre el proces o de
monetización sólo se ocupan de conocer el int erc ambio moneta rio que se da en las zonas
de merca do, olvidando otros donde la moneda juega un papel fundamenta l 195 . En este caso,
el ca rácter simbólico y votivo de la moneda se convierte en su ejemplo más ilustr ativo. Para
él muchas sociedades no monetarias se encontraban bien desarrolladas desde un punto de
190 AARTS 2000.
191 Ibídem , 183 – 185.
192 AARTS 2015.
193 AARTS 2005: 5 – 14.
194 BLOCH y PARRY 1989.
195 AARTS, 2015: 208 -209.
113
vista económico y social; empero aceptan la moneda no para su evolución como sociedad
sino para la inclusión en redes más amplias de contactos. En estos p rocesos de contacto y
de monetización, el ejército y los establecimientos militares son los protagonistas al
condicionar el proceso de difusión monetal. Sobre todo en áreas donde no existía una
economía monetaria. Aquí los santuarios jugarán un papel fundamental, ya que serían los
encargados de la custodia del dinero y el de pósito de monedas, siempre con un significa do
votivo 196 . E n suma, sus traba jos pueden considerarse un compleme nto muy interesante a
los de Howg ego, cuando éste reflexionaba sobre cómo era el proceso de inclusión en la
economía monetaria rom ana de áreas lejanas a esta p ráctica 197 .
En relación con su idea de monetización 198 , el mismo expone sus atencione s en la
economía monetaria donde se realizan intercambios come rciales, otorgando gran
importancia a los mercados, sobre todo en área s rurales. Establece que pa ra que se pueda
realizar tal proceso es nece sario la existencia de moneda divisionaria que permit a
intercambios a diferentes alturas, es decir, tanto pe queñas como grandes operaci ones. En
este mismo sentido, la presencia de grandes valores con los que se puedan efectuar grandes
pagos en pequeñas cantidades de moneda. Las d os realidades solo pueden darse si por
parte de la autoridad competente hay una inyección de numerario, con el cual incrementar
el volume n de piezas en circula ción. Aartis 199 cree que la naturaleza del sistema monetario
romano permitió un alto grado de monetiz ación de su ec onomía, y por ende, la ex tensión
de tales prácticas a todos los territorios que se enc ontraban bajo su dominio. No obstante,
recalca un aspecto ya resaltado por otro s autores ya citados: la importancia del crédito en
las sociedades rurales como práctic a complicada de identificar en el registro a rqueológico
actual pero con gran importancia en el d esarrollo económico de estos grupos.
Para nosotros, el carác ter social y simbólico que Aartis otorga a la moneda es
bastante interesante. No hemos enc ontrado ejemplos similares en la Lusitania,
principalmente porque la ocupa ción del campo y la emergencia de villae en es tos territorios
presentan una dinámica diferente. No obstante, sí somos conscientes del valor social que se
le puede atribuir a la tenencia de moneda , como así lo fue pa ra las tribus de la Galia Bélgica
o de la propia Germania. Como ya hemos expuesto, y salvando las distancias, la ca tegoría
social del individuo influirá en la capacidad de manejo de la moneda. En efecto, a mayor
196 AARTS 2003.
197 HOWGEGO 1992 .
198 AARTIS 2015: 208
199 Ibídem , 209. E n esta misma línea sigue a autores como Reden (2010:95) a quien ya hemos citad o
anteriormente.
114
posición social, mayor posibilidad de disponer moneda s de grandes valores, siendo
reservados los divisores e n bronce a la s clases má s humilde s. E sto, junto a las diferentes
coyunturas económicas condicionará la circulación real de moneda en las áreas rur ales.
2.5.3. Gran Br etaña
La escuela anglosajona puede considera rse pionera en los estudios de numismática
rural, como se ha podido observar en las páginas anteriores. Por su parte, también ex iste n
otros t rabajos que por su carácter loca lista no han sido menciona dos con anterioridad, ya
que toman por objeto de estudio los ha llazgos numismáticos en la a ntigua provincia de
Britania. Por esta razón hemos decidido establecer un análisis diferente.
Destacan los trabajos de Ca sey y Reece, ambos ya son conoc idos junto a otros, por
haber reflexionado sobre las circunstancias que envuelve n la pérdida de una moneda y su
posterior interpretación. De hecho, ya he mos mencionado a lguno de s us trabajos más
significativos en el apartado de Metodología y en este mismo c apítulo sobre la
cuantificación y cualificación de moneda perdida en contextos rurales. Pero sin duda es R.
Reece quien más se ha preocupado a la hora de evaluar el mate rial numi smático a parecido
en la ruralidad romana. El autor une perfectamente la perspectiva ari tmética con la
valoración histórica y social del uso monetario. Sus tr abajos se han ido renovando y
actualizando a lo largo de los años, pero siguen siendo una referenci a pa ra conocer cómo se
ha ido fraguando su metodología.
Reece ya advirtió la importancia del binomio ciu dad -campo cuando reflexionó
sobre Britania en época tardo-antigua 200 . Para él, el siglo IV es el moment o de may or
esplendor para los campos britanos por ser lugar de acogida de un gran número de
personas procedentes de ciuda des cercanas. E l mundo urbano había comenzado un claro
proceso de degrada ción y ruina, habié ndose perdido la mayor parte de los servicios
ofertados siglos atrás. Las villae y aldeas situadas en las zona s próximas a las ciudades y con
amplios agri serán los focos de atracción de esta población. Este cambio fue percibido por
la administración imperial que observa est os lugares como fuentes de recaudaci ón de
impuestos. Las nece sidades plant eadas por los ejércitos cerca nos hiz o dem andarles una
serie de productos básicos, producidos en su mayoría en estos centros rurales. A partir del
siglo I V, según Reece, la situación rural cambia. Muchas villa e desaparecen
“funcionalmente” ya que sus respec tivos propietari os aba ndonan los edificios, abriéndose
200 REECE 1980.
115
un periodo de ruina. S in emba rgo, los fu ndi adscritos a estas p ropiedades siguen
desempeñando las actividades agrarias. Con una división muy amplia, es tos terrenos
estaban destinados únicamente a producir - a un ritmo menor - y en manos de otros
pequeños propietarios. Según Reece, este tipo de ac tividad (división de la propiedad y la
explotación en manos de col onos) dominará gran parte de la economía británica durante
todo el Bajo Imperio.
Sus reflexiones sobre cómo la moneda pudo pe n etrar en estos ámbitos no son
desechables 201 . Según sus obs ervac iones, la moneda en las áreas rurales britanas estuvo en
convivencia con otras prácticas de tipo social. El aumento del uso monetario se produce a
partir de los siglos III y IV, pues los múltiples procesos inflacionarios que sufre la
economía imperial hacen llegar la moneda a t odos los á mbitos de la sociedad. Su
explicación es bastante elocuente: muchos campesinos solo necesitarían la moneda cuando
demandaran algún servici o en la ciudad, pudiendo tributar en sus respectivas aldeas o villae
en espec ie. E n estos luga res no era n necesario la utilizaci ón de la moneda por regirse aún
por economía s de tipo natural. Este hecho puede sorprendernos a pesar del alto grado de
monetización de las ci udades y la conexión de éstas con el medio rural a través de las vías
de comunicación.
No obstante, Reece también se da cuenta de que existen otros e stablecimientos
rurales que reciben moneda y que pasan desapercibidos en la mayor parte de los estudios.
El análisis de estos restos moneta rios debe rea lizars e desde diferente perspectiva, tenie ndo
en cue nta siempre la natu raleza de cada uno de ellos. Estos establecimientos son de varios
tipos entre los que se dif erencian: fuertes o pequeños establecimientos militares, templos,
pequeños yacimientos rurales (aldea s) y villae 202 . Esta categorización es bastante interesante
porque aporta una visión muy compl eta de la ruralidad, no siempre marcada por el carácter
productivo de la tierra. Ree ce, considera que aunque tene mos que estudiar ca da caso en su
circunstancia, generalme nte los yacimientos rurales a caban comportándose de manera
similar. Esto se debe a que la circula ción moneta r ia de sarrollada en la ruralidad britana,
sobre todo durante el siglo IV 203 , debe ser entendida como un fenómeno global 204 . E n
efecto, aunque nos encontremos con yacimientos de di ferentes naturalezas, éstos no están
inmersos en una misma entidad urbana, por lo que villae , a ldeas, fuertes militares y templos,
201 Interesante su postur a en REECE 1988: 34 - 41.
202 REECE 1991; 1993 .
203 REECE, 1988 : 106 .
204 Walton 1991: 24 , también lo consider a así siguie ndo las tesis d e Moorhead.
116
compartirían las mismas redes comerciales y enta blarían actividades económicas similares:
la explotación de la tierra y/o el consumo de los productos agrícolas. Al fin y al cabo, a
veces son difíciles de diferenciar en el registro arqueológico, por lo que su naturaleza aca ba
siendo la misma 205 .
La reciente tesis de Philippa Jane Walton nos de muestra cómo tras los trab ajos de
Re ece se ha continua do analizado este problema. De hecho, consideramos los aná lisis de
esta autora como los más reci entes en esta materia. Walton ha intentado acercarse al uso
monetario en Gran Breta ña durante el Imperio romano. La b ase de su est udio son lo s
hallazgos numismáticos 206 , donde cobran especial protagonismo los de contextos rurales.
La base de su estudio estadístico son los datos numismáticos conte nidos en el Po rtab le
Antiquities Scheme , que responde a las siglas de PAS . Considerado el mejor registro
numismático para una provincia romana, el PAS le ha servido a Walton para estable cer
mapas de dispersión y valorar la velocidad de la circula ción monetaria. Desde un punto de
vista metodológico se observa la aplicación de determinados discriminadores co n tal de no
adulterar la visión final: en varias ocasiones un registro numismático puede hace r referencia
a un hallazgo puntual de una sola pieza y/o una gran cantidad de ellas, corromper los
resultados de la muestra. W alton ha podido ide ntificar con este aná lisis pat rones de uso
monetario a nivel local, regiona l y provincial. Aunque ha primado la aleatoriedad, la
mayoría de los casos estudiados son de tipo r ural.
Watson llega a una s conclusiones muy similares a las a dvertidas por Reece a ños
atrás. Considera que el us o de la moneda no es un s inónimo de romanización. La a utora ha
observado la existencia de yacimientos datados en la Edad del Hi erro que ya estaban
inmersos en una economía monetaria mientras que otras zonas rurales, bien adentradas
cronológicamente en el Imperio, carecían de tal es usos. Para la autora, este hecho no debe
implicar la identificación de zonas a isladas en la economía mon etaria. L a ausenci a de
hallazgos o la escasez de ellos pueden ser interpretadas desde una perspectiva más social
que puramente económica. La autora sostiene que pueden ex istir comunidades con fuertes
relaciones sociales donde la moneda no es re quisito para realiz ar una transacc ión
económica. En este sentido, los miembros pueden seguir realizando activida des
relacionadas con el truque pa ra sus respectivos interca mbios, tributando al estado en forma
de especie y utilizando la moneda de manera puntual en actividades o servicios de las
205 WALTON 2011 : 24 sigue en este sentido a DAV IES y GRE GORY 1991.
206 WALTON 2011. Ver tam bién un trabajo má s recie nte donde analiza la misma problemática: W ALTON
2015.
117
ciudades cercanas 207 . Sin embargo, ella mis ma reco noce en su tes is la ne cesidad de la
actualización de los datos disponibles y la falta de estudios loca les y regionales. Estos dos
hándicap imposibilitan los estudios de carácter general, pues es necesario cubrir vací os de
conocimiento que pueden dar pié a conclusiones err óneas.
2.4.4. Italia
En los ámbitos académicos italianos también se ha tomado como objeto d e estudio
la moneda hallada en las áreas rurales. Aunque no existen numerosos ejemplos que
presenten un carácter global como los aná lisis regiona les, primando siempre los casos más
particulares, existen estudios que deben ser analizados con cierto interés.
La primera de nuestras reflexiones descans a sobre un pequeño trabajo publicado
hace ya más de tres décadas por Andrea Ca randini 208 . Este breve artículo es para nosotros
de vita l importancia, ya que ha influido bastante en el pensamiento de otros a rqueólogos y
numismáticos a la hora de analizar el registro monetario de tipo rural. Carandini,
influenciado por las teorías de Weber y Kula, identifica en la villa definida por Columella en
De Re Rustica dos tipos de esferas económicas en función de la produ ctividad de la
propiedad 209 . Por una parte se encontraría un a esf era caracterizada por una economía
natural. En esta formarían pa rte pequeños propietarios o grupos de campesinos que
explotaban sus tierras a través del policulti vo con la intenc ión de buscar su
autoabastecimiento y no un ingreso de beneficios. Por otra, encontraríamos una esfera de
economía de mercado. Grupos de propietarios libres con ca pacidades económicas para
manejar los mercados cerca nos. É stos apuestan por invertir sus capitales en sus
propiedades rurales y opt ar por el mo nocultivo. La intención es cla ve, obtene r el máximo
rendimiento de los resp ectivos cul tivos y el máximo beneficio con la venta de lo s
excedentes en los merca dos cercanos y controlados por ellos mismos. Si atendemos a la
circulación de productos el resultado es idéntico. La producc ión de la primer a esfera tendrá
un ca rácter meramente local y familia r, en cambio los segundos adquie ren una índole ex tra -
local, regional o inc luso provincial. El mismo Carandini hace una observación bastante
curiosa al papel social de estos propietarios en sus respectivas posesiones y esferas
económicas. Mientras que un dominus es observado como un paterfamilias en la esfera de la
207 WALTON 2011 : 290 – 291 ; 293 – 294.
208 CARANDIN I 1983.
209 Ibídem , 199 y ss.
118
eco nomía natural, en la esfera de la ec onomía de mercado éste se convierte en un
verdadero empresario.
Las teorías de Carandini influirán bastante en otros autores posteriores. El más
significativo es Bost 210 a quien mencionaremos después. El autor francés desa rrolla sus
investigaciones en territorio hispano, concretament e en las áreas rurales de la Lusitania: la
identificación d e villa e abiertas al come rcio y otras cerradas y autosuf icientes. Aunque el
autor bebe directamente de lo establecido por Ca randini, ap lica a tal visión un método
arqueológico con la valoración de la moneda desd e un punto de vista cualitativo más que
cuantitativo, teniendo en cuenta otros elementos esencia les como las cerámic as, esculturas
o los elementos arquitectónicos.
Entre los trabajos más si gnificativos de esta temática, podemos resaltar algu nos a
nuestro juicio bastante interesantes. Por una parte los estudios rea lizados por Ermanno
Arslan 211 focalizados en la Alta E dad Media . El autor reflexiona sobre conceptos que
perfectamente pueden ser aplic ados a épocas anteriores. Por una pa rte hace hincapié en
cómo hay que entender la propia circulación m onetaria, definiéndola como un hecho
complejo en el que inciden factores tales como el territorio, la disponibilidad de moneda
circulante o la s a ctividade s económicas de los grupos inmersos en tal ec onomía monetaria.
Por otra, también se detiene en lo variable que puede resultar el material numismático
hallado: procedente tanto de depósitos votivos o intenc ionados; descubrimientos fortuitos
o en un excavación arqueológica. P ara Arslan todos estos materiales deben ser evaluados
aunque se planteen métodos diferentes (sobre todo para las piezas que han pe rdido el
contexto arqueológico). El autor advierte del olvi do de esta documentación si no se l leva a
cabo un estudio sistemático de ella. Por último estable ce que el binomio ciudad -campaña
debe ser analizado desde una misma perspectiva y no desde dos punto s de vista separados.
Arslan observa cómo las ciuda des italianas del siglo IV y V tienden a ru raliza r sus
respectivos espac ios a consecuencia de un declive de la a ctividad urbana. Ante esta
coyuntura socio-económica, Arslan plantea qu e si se analiza el mundo rural tardo -antiguo
mirando hacia la ciudad, la ciudad debe mirar también hacia su ruralida d, pues al fin y al
cabo ambas realidades tienden a comportarse de manera similar.
210 BOST 1992 – 1993.
211 ARSLAN 2009: 975 – 983 con r eflexiones similares en ARSL AN 2006.
119
También realiz ó estudios sobre moneda hallada en las áreas rurales de Italia.
Mencionamos por ser de referencia los de la villa romana de Desenzano 212 y San
Cipriano 213 . Dos estudios donde prima la visión cuantitativa de la moneda hallada, con
escasas referencias a los materiales coetáne os y a los horizontes arqueológic os. No
obstante, su análisis permite la inclusión de estos ya cimientos en el desarrollo económico
del territorio italiano, deteniéndose especialmente en la influencia de volumen de emisión
de las cecas cercanas. E n este sentido, el autor sabe extraer al m áximo las ventajas del
estudio cua ntitativo de la moneda . E n los dos casos estamos ha blando de piezas bien
documentadas en el regis tro arqueológic o. Similares son los trabajos de Del C hiaro quien
publica una rela ción cronológica entre la moneda hallada y las marca s de alfarero en los
ladrillos de la villa romana de Campo della Chiesa, situada en la región de Tos can a. La
relación estratigráfica es crucial para poder establecer tal es parale los, de a hí que el a utor
aporte una secuencia cronológica de la ocupación de la villa ba stante fiabl e 214 .
Por lo que respecta a los trabajos reunidos por Morelli 215 , la moneda hallada en la
villa de Russi es el pretexto para rea lizar traba jos de arqueología participativa. La
publicación no presenta numerosas aportaciones científicas en el sentido de estudios de
contextualización y circulación monetaria, sino más bien la importancia de la moneda par a
reconstruir la economía y sociedad del momento. Aún así, el contenido es interes ante
porque permite acerca r a un público tan complic ado como es el infantil una ci encia tan
específica como la numismática: participación en l a limpie za y restauración d e las pieza s, su
respectiva catalogación o reconstrucción del proceso de acuñación.
Para los últimos años pud e tomarse de referencia la tesis de Marcella Giulia Pavoni.
Aunque su tesis aún se encuentra inédita 216 , la autora ha pub licado va rios trabajos donde ha
plasmado su metodología y presentado algu nos re sultados 217 . Considera desde el primer
momento que la moneda hallada en excavaciones no puede se r la base de un estudio
estadístico pa ra conoc er la masa circulante. No obstante, e s una herr amienta clave para
aproximarnos al m odus vivendi del mundo rural y hacia todas las a ctividades ec onómicas
desarrolladas 218 . Parte de ref lexiones metodológica s ya advertidas por otros autores en ot ras
212 ARSLAN 1994.
213 ARSLAN 2007.
214 DEL CHIARO 1992 .
215 MORELLI 2004 .
216 PAVONI 2005
217 PAVONI, 2007; 2008; 2 009.
218 PAVONI 2005: 5 -6.
120
regiones: escaso registr o de los hallazgos numismáticos, materiales procedentes de
excavaciones antiguas sin criterio, o documentación fragmentada que suele estar inconex a.
Para su análisis numismático Pavoni ha elaborado un catálogo de yacimientos organizados
en función de la cantidad de moneda aportad a por cada uno de ellos. La lectura de estos
registros arqueológicos es pareja a una evaluación de la cerámica documentada y los
cambios arquitectónicos observados en ca da villa . A través de este análisis, la autora
identifica un uso monetario desde una p erspectiva totalmente cualitativa utiliza ndo la
división crono-cultural expuesta por Guidi 219 . Por otra parte, sorpr ende el hecho de que al
haber utilizado un criterio cua ntitativo en su catálogo, no haya rea lizado un estudio de
circulación monetaria, como sí se ha observado en otros trabajos. Para nosotr os esta
metodología nos resulta un tanto desequilibrada pues apostamos por un análisis más
pormenorizado de cada cas o moneta rio, pudiendo identificar así en el registro a rqueológico
las características de la economía moneta ria romana. No obstante, seguimos a la autora
cuando a firma que este tipo de metodología es la apropiada al encontrarse este registr o
monetario inconexo, en ocasiones, con el resto de materiales.
Este carácter arqueológico con el que ha do tado su estudio ha permitido otros
razonamientos que son interesantes para aplicar en la Lusitania. En pri mer lugar un a
complicación a la hora de establecer el uso real de la moneda 220 . Bien es cierto que la autora
maneja pos ibilidades como la s ventas de ex c edentes, compras de merca ncías, pagos d e
impuestos, rentas y s alar ios; sin olvidar la importancia del mercado en e l pr oceso de
monetarización 221 . Sin embargo, como ella misma refiere, no sabemos si estas transacciones
eran realiza das dentro o f uera de la vi lla y si la mone da perdida y halla da es producto de
ellas o de otras menos significativas.
2.5.6.Áreas Ori entales
Bajo este sub-epígrafe recogemos los trabajos de la profesora Katsari dedicados al
estudio de la ci rculación monetaria en el área oriental d el Mediterráneo. En un análisis de la
circulación monetaria del A lto Imperio, la autora se pla ntea constantemente preguntas de
carácter numismático y económico que l e otor gan una visión mu y compl eta de cóm o
funcionó el sistema monetario romano en estos lugares.
219 GUIDI 2005.
220 PAVONI 2005: 16 0.
221 IBÍDEM siguiendo a L O CASC IO 1991: 327 – 330.
121
Sus reflexio nes son doblemente interesantes para nosotros. En primer lugar por
cuestionar el papel del ejército en el proceso monetiz ador de un lugar. Ya hemos
mencionado en líne as a nt eriores de cómo muchos t erritorios conocieron la moneda graci as
al papel difusor de los soldados en territorios próximos a las fronteras romanas. La autora
no nie ga tales actividades que ide ntifi ca cla ramente en muchas zonas orientales, sino que
limita en cierto modo transcendencia de este hecho. Según su análisis, Kat sari 222 afirma que
los merca dos son los verdaderos elementos difusores de moneda. Así, a través del
intercambio se ponen en contacto pe rsonas venidas de diversos lug ares y se hace r fluir las
mercancías de la s zonas urbanas y rurales. C omo es lógico, en una e conomía como la
romana, la moneda sería rápidamente aceptada a través de la actividad comercial, pues esta
era nece saria para todo t ipo de tr ansacciones. Por lo que respecta al ejército, este sigue
teniendo su importancia d ifusora pero se vale de las zonas de mercado para a bastecerse, no
preocupándose por generar tales instrumentos para el desarrollo económico y monetario de
un luga r. Unas reflexiones que bien pueden aplicarse a otras regiones del Imperio donde se
sigue creyendo en el papel monetarizador del ejército. En su obra más reciente 223 , la a utora
amplia el área de estudio y aplica la teoría de cuantificación del dine ro a la amonedación de
los siglos I – III en las regiones orientales del Imperio. Aquí retoma las ideas anteriores,
profundizando en aspectos cla ves p ara la monetarización de estos territorios: el poder de
los mercados y el papel del ejército en la distr ibución de la moneda .
* * *
222 KATSARI 2008.
223 KATSARI 2011.
128
Los Paseillos, La Herradora, Las Ca mpiñuelas y Los Torilej os 256 (todos en Monturque,
Cordoba). Más tarde en su tesis también recogió otros vincula dos a este tipo de
yacimientos rurales. Destaca n los de pósitos de época teodosiana hallados en la v illa d e las
Sibinillas (Manilva, Málaga), en la villa urbana del Olivar en Jaé n o el caso del Cerro de l
Pavero, en el Rubio, provincia de Sevilla 257 .
Numerosos son también los trabajos monográficos dedicados al estudio de las villae
más importantes, n o obs tante no existen muchos ej emplos en los que la moneda haya sido
estudiada como parte del registro arqueológico. La ex cepción son las villa e romanas de El
Ruedo (Almedinilla, Córdoba) y Puente Grande (Los Barrios, Cádiz) 258 . El ca s o de Puente
Grande es bastante interesante, pues la s monedas halladas en este ya cimiento son tomadas
de pretexto para reflexionar sobre la circulación monetaria de su entorno. U n ej emplo que
bien podía aplicarse a otras grandes villae béticas de las cuales existen numerosos ejemplos.
2.6.3. Lusita nia
La moneda hallada en las villae lusitanas no ha pasado desapercibida para el público
investigador, ya que no son poca s las public aciones gene rales y específicas que han tomado
como objeto de estudio estos materiales. Ejemplo de esta práctica son las obras de
Arqueología R omana do Algarve 259 y L ’Antiquité romaine au Portugal 260 donde encontramos un
gran número de noticia s sobre hallazgos numismáticos. Incluso algunas de ellas inc luyen
catalogaciones a proxim adas y nos han servido para identificar tales conjuntos en los fondos
de los Museos actuales.
Desde una perspectiva general debemos mencionar una serie de trabajos, que al
igual que en las anteriores provincias, han decidido incluir en sus repertorios la moneda
hallada en contextos rural es. Éstos han adquirido para nosotros una gran importancia, ya
que contienen la catalogación – y a veces estudio – de numerosos conj untos moneta rios,
evitándonos tene r que volver a catalogar tales materiales. Entre los ejemplos podemos
mencionar los de García -Figuerola Paniagua quien recoge en varias publicaciones los
256 GIL FERNAND EZ 1996.
257 Los d atos están contenidos en la tesis inédita de GIL FERNANDEZ 2001 , quien nos ha facilitado esta
información amableme nte de spués de nuestra consulta.
258 VAQUERIZO G IL y NOGU ERA CELDRÁN 1997; B ERNAL CASASOL A y LORENZO RO LDÁN,
2002.
259 ESTÁCIO DA V EIGA AFFONS O DOS SANTOS, M.L. 1971.
260 ALARCÃO 2009 .
129
hallazgos monetarios en la provinc ia de Salamanca 261 ; el estudio de circulación moneta ria
que efectúa Ruivo en la región de la Estremadura Portuguesa 262 ; el análisis que realiza
Blázquez Cerrato sobre la provincia de Zamora, donde se incluyen algunos ejemplos
rurales 263 : y del mismo modo el trabajo de Rodríguez C asanova en la zona de Benavente 264 .
Es cierto que esto s dos últimos e studios están de dicados a territorios que no estaban
incluidos en la provincia que nos compete, sino de la Tarraconense, no obstante, debido a
que nuestro propósito es revisar los materiales numismáticos encontrados en las áreas
rurales de la Vía de la Plata, hemos decidido incorpor arlos también aquí 265 .
No corren la misma su erte otros centrados en la misma área geo gráfica. Nos
referimos al trabajo de Blázque z Cerrato sobre la Vía de la Plata 266 . A pesar de haber
documentado una gran cantidad de hallazgos, son escasas las referencias a los ocasionados
en área s rurales. Sabemo s que la horquilla cronológica en la que ubica su trabajo no s e
extiende por el siglo III y IV d. C., periodo de m ayor a pogeo en estos yacimientos. No
obstante hemos documentado en villae de esta zona no pocos ejemplos de piez as acuñadas
durante los siglo I y II d.C. Creemos que estos material es no fueron recogidos por la autora
al encontrarse en su ma yoría inéditos o por cat alogar en los fondos de los Museos
correspondientes. Ejemplo contrario sería la tesis de José Ruivo 267 , que ya mencionada
anteriormente, recoge todas las monedas acuñadas en el siglo III d.C. halladas en la
Lusitania. Su catalogación ha permitido conoc er mejor el grado de monetización de los
campos lusitanos en este s iglo. Ade más de realizar una visión global sobre la propia
circulación monetaria, observando de sde el primer momento diferencias entre las áreas
rurales y las á reas u rbanas. Sin duda , su estudio e s clave para nosotros , pues nos permite
realizar comparaciones entre los siglos anteriores y posterior es, a la par de conocer de
primera mano cuál es el grado de aprovis ionamiento monetario del que disfrutan las
ciudades lusitanas.
Por lo que respecta a los estudios centrados en villae , existen varios trabajos
monográficos y un gran n úmero de artículos destin ados a este mismo cometido. A ntes de
261 GARCÍA-FIGU EROLA 1984; 1990.
262 RUIVO 1997.
263 BLÁZQUEZ CERR ATO 200 4.
264 RODRÍGUE Z CASANOV A 2002.
265 Mismo tema fu e tra tado e n nuestra comunicación “ Villae R omanas y Vía de la Plata: Apr oximación a la
economía r ural romana de la parte occid ental de la Península Ibérica a travé s del regi stro monetar io ” del XV
Congreso Internacional de N umismátic a, 21 a 24 septiembre de 2015 , Taormina, I talia.
266 BLAZQUEZ CERR ATO 200 2.
267 RUIVO 2008.
130
revisar los más importantes, tenemos que mencionar otros trabajos de tipo académico o de
difusión centrados en el estudio de a lguna villa lusitana. Estos ha n incluido en el estudio de
los materiales las monedas documentada s en las respectivas intervenciones. Normalmente,
estos traba jos son fruto de excavaciones efectuadas hace ba stantes a ñ os, a unque los
resultados se han presentado recientemente. El problema de estas inve stigaciones es que
incorporan la moneda a modo de dossier, impidiendo en muchos casos co ntextualiza r las
piezas. Por otra parte, o bien las referencias a éstas en el texto son escasas, o bien
simplemente se ha efectuado la identificación y catalogación de las piezas. Esto no implic a
un estudio pormenorizado para conocer qué papel jugaron las monedas en la vida del
yacimiento. Sin emba rgo, gracias a l cotejo de los trabajos a cadémicos con las memoria s de
intervención depositadas en la Administración hemos podido realizar tal ejercicio. Ejemplo
de ello es el caso de la villa romana de Torre de l Á guila (Montijo, Badajoz) 268 , Freiria
(Cascais, Lisboa) 269 y El Po mar (Jerez de los Caba lleros, Badajoz) 270 . Destacamos tambié n
los trabajos expuestos sobre las villae de C asais Velhos (Cascais, Lisboa) 271 y São João de
Laranjeira (Seixal, Setubal) 272 donde las monedas, apa r te de haber sido incluidas en el texto,
han sido recogidas en una tabla resumen con su correspondiente ubicación en el registro
estratigráfico.
Por lo que respecta a publicaciones monográficas y seriadas, debemos mencionar
los trabajos de J.- P. Bost. E l autor utiliz a la metodología que hemos mencionado al
principio de este punto para analizar el registro mo netario de dos grandes vill ae lusitanas: la
v illa de Sã o Cucufate (Vila de Frades, Portugal) 273 y la de Torre de Palma (Monforte ,
Portugal) 274 . En el primero de los casos , una excavación reg lada y bien documentada
permitió el contraste entre el registro monetario y el resto del registro arqueológico. Esto se
tradujo en la creación de mapas de dispersión de halla zgos monetarios y de otro tipo de
materiales, pudiéndose comprobar las áreas de mayor activ idad del yacimiento en ca da
periodo. E l estudio de las moneda s aparecida s en São Cucufate posibilitó demostrar el
grado de inclusión de una villa romana en las redes come rciales que le r odeaban. Bost
indicaba así el grado de apert ura de estos centros a la s diferentes vía s de comunica ción y
por ende, a los mercados locales, regionales y provinciales. Para ello se apoyaba tambié n en
268 RODRÍGU EZ MARTÍN 199 3.
269 CARDOSO 2016.
270 ÁLVAREZ SÁE Z DE BUR UAGA, ÁLVARE Z MARTÍN EZ y RODRÍGU EZ MARTÍN 1992.
271 SARMENTO 2012 .
272 SANTOS 2009.
273 BOST 1990.
274 BOST 2000.
131
la riqueza decora tiv a del edificio y algu nos elementos de importación. E n el ca so de Torre
de Palma sucede lo mismo. A unque el autor no pudo trasladar a la planimetría los
hallazgos, ni establecer una estrecha relación entre las monedas halla das y el resto de
materiales (principalmente por la metodología adoptada por los excavadores), sí puede
comparar el numera rio con otros trabajos más m etódicos, donde se ha conseguido tal
asimilación. Por lo tanto, no es de extrañar que a m bos estudios sean considerados ejemplos
metodológicos y de referencia para establecer comparaciones de tipo crono-cultural.
Otros trabajos también dignos de mención son el estudio y ca tálogo de las monedas
halladas en l a villa romana de Rabaçal (Penela, Coimbra, Portgual) 275 y el efectuado por
Cabellos Briones en El Saucedo (Talavera de la Rei na, Toledo) 276 . Ambos estudios so n
bastante interesantes ya q ue al igu al que los dos anteriores, rela cionan a la perfección el
hallazgo numismático con el registro arqueológic o. De hecho ha n ubicado gran pa rte de las
monedas sobre la planimetría (muchas de scubiertas tanto en la pa rs urbana como en la pars
rústica ) y ha n incluido las pieza s halladas en otras intervenciones anteriores. Sin embargo,
este último hecho puede ser un arma de doble filo. Muchos yaci mientos rur ales tienen
asociados un gran número de p iezas numismáticas debido a h allazgos esporádicos,
donaciones a los Museos, materiales requeridos a furtivos o/y otros procede ntes de
excavaciones antiguas que carecen de un registro arqueológico como el actual. No obs tante,
tanto en Rabaçal como en el Sau cedo se han podido inc orporar este tipo de informaciones
sin correr muchos riesgos, ya que se disponía de suficiente información para ubic ar en el
registro tales hallazgos. A pesar del buen análisis nu mismático que efectúan ambos autores,
los dos trabajos pueden considerarse hechos a islados totalmente . Efectivamente, los dos
análisis no realizan una lectura global de los hallazgos, es decir, no efec túan una visión que
sobre pase el yacimiento y s u área en cuestión. Realizan una comparación con otros
similares pero lejanos no ayudando a tener una visión más completa de la realidad lusitana.
El regi str o moneta rio de villae más menudas ha sido tambié n revisado como
complemento de monografías donde se estudian todos los aspectos de tales yacimientos.
Destacan el anál isis que efectúa Ha ba Quirós sobre las monedas halladas en las área s
rurales de Medellín, Badajoz 277 . La autora recoge un gran número de piezas procedentes de
pequeños ya cimientos rurales y realiza una comparativa entre éstas y todas las apa recidas en
275 PEREIRA, PESSOA, y SILVA 2012.
276 CABELLO BRIO NES 2008.
277 HABA QUIRÓS 1998 : 236 – 246.
132
el entorno urbano de Medellín . Siguiendo a Bost 278 , observa un mismo grado de
abastecimiento monetario, tanto en la ruralidad como en la urbanidad, y por tanto, estos
centros rurales disf rutarían de las actividades ec on ómicas cercanas y las respectivas r edes
comerciales. Del mismo estilo s on lo s trabajos de Águilar Sáez y Guicha rd sobre las villae de
Doña Maria y La Sevillana 279 , ubica das ya en la Bética pero dentro de la provincia de la
actual provincia de Badajoz, y el caso de Parreitas (Alcobaça, Leiria, Portugal) estudiada por
Ruivo 280 . En ambos casos los autores dedica n un capítulo a estudiar el registro monetario
del yacimiento, donde las monedas son puestas en común con la circulación monetaria que
se conoce en yacimientos cercanos. Este procedimiento es siempre desde un punto de vista
estratigráfico con ejemplos cl aros como Conimbriga y São C ucufate en t erritorio lusitano, y
otros como Belo o Clunia .
Otros casos son los que hemos rea lizado sobre las siguientes villa e : Huerta de San
Nicolás ubicada en el área periurbana de Ávila 281 ; Clavellinas (Torremejía, Badajoz ) 282 y
Vila Ca rdilio (Torres Novas, Santarem) 283 . En todos se observa la importanc ia de las vías de
comunicación (Vía XVI y Vía de la Plata) y la pro ximidad a importantes centros urbanos
como a lgo sustancial en el devenir socio-económico del yacimiento. Similares conclusiones
se han obtenido de las monedas halla das en las excavaciones de Quinta da s Longas (San
Vicente, Elvas) 284 . E stas han sido un pretexto para reflexionar sobre el uso social de la
moneda y una posible caracterización de los propietarios rurales. Por lo que respecta a las
villae de Milreu (Estoi, Faro) 285 y Quinta do Marim (Olhão, Faro) 286 los investigadores
relacionan directamente las monedas halladas con la capacidad económica de estos lug ares,
inmersos en la s redes co merciales marítimas existentes en el sur de la Lusitania, pues a sí lo
demuestran las mercancías halladas.
Por último, no podemos olvida r los trabajos incluidos en la denominada bibliog rafía
gris cuyos contenidos son omitidos por el público investigador. Existen un gran número de
memorias de excavación, informes de intervenc ión, registros de materiales sobre villa e en la
Lusitania (conservados en los archivos de los organismos correspondientes) qu e contie nen
278 Principalmente BOST 1 992 – 1993.
279 AGUILAR S AEZ y GUICHA RD 1993.
280 RUIVO 2008 b.
281 CONEJO D ELGADO 2015a.
282 CONEJO D ELGADO 2015b .
283 CONEJO D ELGADO 2017
284 CONEJO D ELGADO y CAL VALHO (En pre nsa) .
285 TEICHNER 1997.
286 GRAEN 2008 .
133
un gran número de referencias a ha llazgos numismáticos. En este caso, muc hos de estos
materiales inéditos han s ido incorporados a nuestr o estudio, bajo autorización de sus
autores, y que serán dados a conocer en la bibliografía concerniente a cada yacimiento.
2.7. Corolario
Llegados a este punto, conviene realizar una reflexi ón sobre la situación actu al de
los estudios dedicados a conocer la importancia del uso de la moneda en las áreas rurales de
época romana. Obs ervando todo el repertorio científico, se nos pla ntean una serie de
preguntas a las que queremos lle gar a responder: ¿La moneda usada en zonas rurales se
comportaba de manera diferente en cada provincia ? ¿La ausencia de moneda en
determinadas área s, debe ser interpretarla como una e scasez de uso monetario o del
recurrir a prácticas sociales como el truque? o simplemente ¿nos encontramos ante un
problema de método?
Como se verá en los c apítulos ve nideros, en la L usitania hemos docume ntado
variaciones que son influ encia d as por un sinfín de factores, empezando por las vías de
comunicación y terminan do por las diferentes mercancí as importadas. Si he mos observado
esta situación en un a sola provincia, ¿cómo no documentarla en otros luga res, más
romanizados y con sus tratos culturales tan diferentes a los lusitanos? En efecto, el grado d e
monetización de la ruralidad depende de múltiples factores, entre ellos, el nivel de inclusión
de las ciudade s cercanas en una economía monetaria y la ace pt ación por parte de sus
usuarios. Por su pa rte, debemos de scartar creencias tradicionales basadas en cuestiones de
tipo evolutivo, es deci r, la revisión historiográfica que hemos efectuado demuestra cómo la
moneda no es sinónimo de evolución social, y por ende de romanización. El proceso
mediante el cual s e lleva a cabo la a ceptación y uso de la moneda, no tiene porqué s er
totalmente lineal. Se han encontrado casos en los que la moneda es aceptada p ero no usada,
primando más otras prácticas, como el pago en especie o en traba jo, que no dejan su huella
en el registro arqueológico, por lo que nos encontramos ante una realidad más complej a de
los que parece.
Entonces, ¿estamos tambié n ante un claro prob lema de método? Como toda
disciplina ligada a la arqueología, los resultados obtenidos en excavaciones y prospe cciones
son siempre a proximados. Nunca vamos a tener la certeza de encontrarnos ante el número
exacto de mon edas perdidas en un yaci mi ento, como bien han expuesto autores como
Casey, Collis o Reece. Pero tampoco podemos conoc er con precisión el grado de
134
mo netarización de un área rural, si los dato s con los que contamos proceden de
excavaciones parcial es o de simples prospecciones. En efecto, en muchas ocasiones se
establece que ex isten zonas de mayor o menor grado de monetariza ción como W alton lo
ha reflejado bastante bien cuando ha iniciado sus análisis a través de los datos obtenidos en
PAS. En muchas ocasiones el investigador está más ante vací o de información que ante un a
escasez monetaria. Podemos decir que nos enc ontramos ante una rea lidad compleja a la
que se le debe a plicar una metodología propia. En función del devenir histórico, social y
económico de cada lugar, se puede n generar unos resultados muy dispares si comparamos
diferentes situaciones provinciales.
Por último podríamos co nsiderar que el estudio de la moneda en las á reas rurale s
romanas no ha pasado tan desapercibido como norm almente se piensa. En efecto, no son
escasos los trabajos publicados sobre esta misma temática pero siempre desde una
perspectiva loc al o micro-regional. No sabemos p or qué no se han efectuado estudios con
enfoques más amplios en los que se pueda n establece r comparacione s con ot ras provincias
del Imperio. Puede que la mala conservación de los materiales ha ya influido en el lo, e
incluso su respectiva gestión. No han sid o pocos los casos en los que nos hemos
encontrado referenc ias a conjuntos numismáticos en memorias de exca vaci ón que no han
sido encontradas posteriormente en los fondos de los museos. Estos hándica p puede ser
un el emento que justifique el escaso atrayente suscitado por estos materiales, pero otras
situaciones peores en arqueología no han impedido análisis brillantes.
¿Podríamos decir que la moneda en las áreas rurales es una asignatura pendie nte de
la numismática? Sí y no. No porque ha sido paulatinamente estudiada, sobre la que se ha n
emitido determinado juic ios y se han es tablecido propuestas de trabajo. E n este sentido
podemos observar los múltiples ej emplos citados sobre el registro monetario de muchas
villae del Imperio. Las reflexiones de otros autor es sobre el fenómeno de la monetarizaci ón
y su incidencia en el mundo rural también son aspectos que nos permiten responder de
manera negativa a esta pregunta. Del mismo modo para los planteamientos de a utores
preocupados por el desarrollo económico de estos lugares, quienes han tomado la moneda
de manera directa o indirecta como punto de partida.
Por otra parte, también podemos decir que sigue siendo una a signatura pendiente.
Las razones son varias. A pesar de las reflexiones y estudios, aún no se han rea lizado obras
de gran calado donde s e haya a nalizado esta pr oblemática desde una per spectiva más
global. Bien es cierto qu e existen, como hemos obs ervado, ejemplos pr ovinciales qu e
135
pueden tomarse de referencia, sin embargo estos no han da do pié a otros más gene rales .
Esta falta de perspectiva es quizás el aspecto más necesario pa ra completar la visión de la
moneda en los conte xto s rurales. Cuando se dispongan de obras con tal proyección
podremos decir que se ha superado esta asignatura pendiente.
* * *
136
RESUMEN
Este capítulo se e ncuentra divi dido en tres partes entrela zadas. En la primera se realiza una
reflexión sobre la villa romana como concepto. Aquí se ha c onsiderado aspectos ec onómicos (el uso
de la moneda, el consumo de mercancía s, la demanda de trabajos y el fundus como unidad de
producción y especula ción) y aspectos sociales (el consumo como hecho social, la originalidad y
riqueza como medio de fija ción de un estatus, la m oneda como elemento s ocial ) que nos han
permitido revisar en pr ofu ndidad este tipo de yacimientos. Estas lecturas nos han permitido
proponer una definición sobre la villa que englobe toda s sus respectiva s esfe ras, tomando a la
moneda como nexo de unión. La segunda parte del capítulo está dedicada a un estado de la
cuestión sobre el estudio de la villa r omana en la Lus itani a. Se ha realizado una r evisión de todos los
trabajos que han sido dividi dos cronológic amente. Al final de este análisis hemos expue sto las líneas
más representativa s y las car encias advertidas en cuanto al est udio de la villa en la Lusitania. En la
tercera parte hemos ela borado una historia de estos yac imientos en la provincia. Se han tomad o de
ejemplo las villae más signifi cativas, pues todas serán tratadas en las páginas siguientes como en el
Capítulo X donde se ha prof undizado sobre ca da yacimie nto.
137
Capítulo III
Las
villae
de la Lusitania r omana
P ARTE P RI MERA
3.1. La villa: ¿Un concepto a considerar?
La villa romana sigue siendo un objeto de estudio b astante recurrente en los últimos
años. No son pocos lo s autores que han deci dido definir este tipo de yacimientos a travé s
de las fuentes clásicas, de la realidad arqueológica o desde una combinación de ambas. El
registro arqueológico está continuamente actualizándose gracias a las múltiples
intervenciones arqueológi cas que se suceden. Una aproxima ción a tan amplio volumen
informativo nos demuestra que un acercamiento a la ruralidad romana no es tarea fácil, ya
que existen múltiples rea lidades de las que somos ajenos por la falta de información: la
entidad de los yacimient os, diferenc ias entre villa , vicus , pagu s , pequeñas granjas… 287 . por
ende, esto ya resulta complicado de precisar.
Hoy es comúnmente aceptado el impacto económico y social de la villa en sus
respectivos entornos. No obstante, podría decirse que a pesar de todo lo que se ha escrito,
sigue siendo complicado establece r una definición precisa de este tipo de yacimie nto. Este
hecho se complica aún más c uando sabemos que ya en época romana tal conc epto
presentaba un contenido polisémico, existiendo incluso múltiples palabras para referirnos a
él 288 . Autores como Percival 289 y Ferdière 290 definieron la villa como un conjunto d e
edificios bien diferenciados, donde existirían áreas dedicadas a actividades agrícolas y otras
numerosas y lujosas desti nadas a la residencia del propietario. Esta función residencia l, que
ha sido la más estudiada 291 , está en relación d irecta con los periodos estac ionales estable s
que los propietarios aprovechaban para retirarse a sus pos esiones y descansar de sus
287 Ya adver tidos entre otros por LEV EAU 1983.
288 J. - G. Gorges advierte de la siguie nte manera “ L e m ot v illa recouvre habituelleme nt pl usieurs réalit és, car les R omains
n’ont jamais eu qu’ un seul terme p our désig ner ce qui p eut être une ex ploitation agricole ou tout simplement une maiso n de
campagne plus ou moi ns luxueuse ” GORGES 1979 : 11.
289 PERCIVAL 1976: 13.
290 FERDIÈRE 1988:158.
291 Los siguie ntes autores ob servan u na clar a fa lta d e a ten ción a las zo nas pr oductivas de las v illae :
FERNAND EZ, C.; SALIDO, C. y ZARZALEJOS, M. 2014. También advertido en CARN EIRO 2010.
144
en tales dominios 336 . É stos , denominados conductores , tendrán un papel fundamental en la
economía rural del mundo tardo antiguo, ya que actua ban como intermediaros entre el
posesor y el campesino 337 . Pero en realida d eran grandes especuladores a corto plazo de las
rentas que debían pagar de estos últimos 338 . Por ende, el sis tema de ex plotación d e la tierra
también cambia, rec ibiend o gran protagonismo el sistema del colonato 339 : ca mpesinos libres
que explotaban una suerte de tierras arrendadas a cambio de una renta.
En efec to, durante el Imperio y sobre todo a partir de las últimas décadas del sigl o
II, la villa seguirá teniendo una gran importancia económica ya que la posesión de
propiedades agrarias constituía la base de la fortuna de may or pa rte de las élites urbanas 340 .
En este sentido podemos considerar la postura de algunos de autores a la hora de evaluar el
carácter productivo y rentable de algunas de estas posesiones ru rales. Tal es el caso que en
su mayoría, estos a utores creen que la producción de vino, a ceite y cereal se realizaba con
fines especulativos, es decir, con una clara intenc i ón de obtene r la máxima rentabilida d a
través de los comercios locales, regionales y medi terráneos 341 . Aquí también debemos
puntualizar la importancia del mar en algu nas villae próxima s a la costa. Se ha docume ntado
en yacimientos como Bo ca do Rio, Cerro da Vila y Parreitas puertos que no pasarían
desapercibidos a las redes comerciales. Ade m ás de Ca sais Velhos o Abicada donde se
llevaban a cabo a ctividades relacionadas con la transformación de productos marinos.
Recordemos la importancia de los puertos y las activ idades ligada s al sal azón y procesados
marinos en el desarrollo de a ctividades económicas de tipo indirecto que ha documentado
Lafon en la costa italiana 342 . Esto incluso podría servir de ejemplo de especulación más allá
de las produciones de los fundi .
Esta práctic a – la de especular – no era antigua, pues ya hemos mencionado que la
esencia de las propiedades rurales era la producción con estos fines 343 . Sin emba rgo, parece
que la situación es más evidente siglos más tarde, sobre todo al ser promovida
principalmente por los conductores en momentos tardíos, como a sí quedó reflejado en varios
336 VERA 2012.
337 VERA 1986; W ICKHAM (20 16) [2008]: 391 y ss.
338 BANAJI 2016: 74.
339 LO CASC IO 1997: 15 y ss.
340 LEVEAU 1988; F ERDIÈR E 1988: 101- 104 ; MELCHOR 2 006, 2007, 2013.
341 ARIÑO y DIAZ 1999: 189; TEICHN ER 2007; GORG ES 2008: 29; V IDAL MOL INA 2008: 45 ;
REMESAL RODR ÍGUE Z 2008: 51 – 52; ARIÑO y D IAZ 2002: VER; PEÑA CE RVAN TES 2010: 175 ;
CHIC 2011- 2012: 341 .
342 LAFON 2001 : 148 – 149 ; 158 y ss.
343 REMESAL RODR ÍGUEZ 2008.
145
Concilios hispano -visigod os. El caso interesante es el Concilio de Elvira ( cir . 300-306). Aquí
se denunció la práctica de algunos obispos, presbíteros y diáconos que busca ban obtener el
máximo beneficio de sus transaccione s come rciales fuera de sus luga res de residencia. El
propio concilio propone que tal práctica sea lleva da a cabo por hijos, libertos o
empleados 344 . Tal prohibición ha sido interpretado desde un punto de vista moral: los
mercados tenían un am biente fest ivo y pagano y no eran lugares recomendados para
personas consagrada s 345 . No sabiéndose a ciencia cierta la mercanc ía con la que se
transaccionaba, no es de extrañar que fueran excedentes agrarios, pues las propiedades
eclesiásticas tambié n se gest ionaron de la misma mane ra que las seglares 346 . Pero tampoc o
podemos olvidar que gran parte de los ingresos de los que se nutrían estos dom ini procedían
de las rentas gene rad as por los alquileres de estas propiedades, fundamentalmente a través
del régimen del colona to . Este hecho está en ci ert a medida condici on ado por nuevos
cambios en la administración promovidos por los emperadores de finale s del siglo III y
principios del IV. Muy ilustrativo es el fragmento 41.2 aportado por el historiador
Olimpiodoro de Tebas quien afirmaba lo siguiente:
“ Muchos de los hogares romanos recibían un ingreso de cuatro mil libras de or o
al año de s us propiedades, sin in cl uir el grano, el vino y otros productos que, si se
vendieran, serían de un tercio d e los ingresos en oro. Los ing reso s d e los hogares en R oma
de la segunda clase eran mil quinientas libras de oro ” 347
El relato de Olimpiod oro tiene para nosotros una especial importancia aunque sus
datos sean un tanto exagerados 348 . De hecho ha sido muy citado de ca ra a la caracterización
económica de las grandes familias de propietarios romanos 349 . Bien es cierto que el pasaje
aportado por este historiador es más tardío que la época que nos ocupa, no obstante nos
puede dar la clave para entender el origen de tal es pa trimonios y cómo fluía la moneda en
estos ya cimientos. Aunque los datos propo rcionados por Olimpiodo ro solo ha blan de la
clase sena torial romana, es sabido que las rentas eran la base de los ingresos de estas clases,
344 VIV ES 1963: 5.: Ca non XVIIII – De clericis negotia et nundina sect antibus: Episcopi , presbyteres et di acones si i n loci s
suis negotia ndi c ausa no n discedant, nec circumeuntes p rovintias. Sane ad v ictum sibi conquirendum aut filium aut libertum a u t
mercennarium a ut amicum aut quemlibet mittant et si voluerint negotiari , inta provinciam ne gotie ntur.
345 ARCE 2012: 24 .
346 JONES 1964/2: 78 8 – 792.
347 BLOCKLE Y 1983: 205 – 206.
348 WEISWEILER 2017 : 152 y ss.
349 E ntre otros: JONES 1964/2: 554; VER A 1986 : 370 -371 ; C HAVARRIA 2007 : 65; W ICKHAM 2016
[2008]: 393.
146
al igual que la de las curiales y de las eclesiásticas 350 . Las rentas eran cobradas, de pendiendo
del momento, en moneda o en especie, y como es ev idente, tiene para nosotr os una gra n
importancia en nuestro estudio numismático.
Las referencias a la moneda de oro que se advierten en el texto tampoco pueden
pasar desapercibida s, ya que nos muest ra dos hechos muy interesantes: por una parte cómo
la moneda de oro cobró un espec ial interés a partir de l siglo V. Algunos a utores inlcuso
piensan que las pieza s auríferas desbancaron a las de bronce al producirse su
desmonetarización a partir del 395 351 . En este sentido, se ha planteado la posibil idad de que
a partir de estas fechas sól o ci rculara el oro 352 , como así también se ha observado en los
contextos lus itanos 353 . Pero tampoco puede tomars e esto como verdad a bsol uta, ya qu e
durante este siglo y el siguiente el bronce continua teniendo cierta vida 354 . Se ha n
documentado las pieza s del siglo V en la villa de Rabaça l 355 y otras del siglo IV en contextos
muy posterior es en toda Hispania 356 . Por otro lado, no podemos olvidar el ca rácter social
de la moneda de oro. A u nque en el texto se hace referencia a las él ites romanas, Banaji
observa cómo este fue utilizado por los sectores más bajos debido a su amplia circulación a
partir del siglo V 357 . Hecho que nosotros cue stionamos en línea con otros autores como
Cepeda 358 y Marot 359 quiene s han ide ntificado, parejo a la ci rculación del oro, la utiliza ción
de bronces valentinianos y teodosianos.
No existe mucha documentación sobre cómo era el proceso de cobro de rentas. De
hecho, los datos relativos a este aspecto son muy posteriores a las fechas que baraja mos en
la provincia de Lusitania. A nuestro juicio, las not icias datadas en los siglos V y VI son
también ilustrativas para conocer la realidad del siglo IV. Al fin y al ca bo, no nos
encontramos ante un hiato cronológic o tan amplio, e inc luso es posible establecer
continuidad. El pasaje de Olimpiodoro es cl ave, pues se observa perfectamente la
diferencia entre el beneficio obtenido en moneda y en especie y la importancia del oro en el
350 WICKHAM 2016 [ 2008]: 252; 393.
351 BANAJI 2016: 116.
352 Ibidem .
353 A esta misma conclusión se lle ga e n Conimbriga (PEREIRA et al . 1974: 300 – 302) y en el estudio de la
moneda de la v illa r omana de el Saucejo (CABELLO BRIO NES 2008: 181) y en el Tesoro d e Torrecaños
(CEPEDA 2000 : 175).
354 MAROT 1997.
355 PEREIRA et al . 2012 : 123 – 126.
356 MAROT 1997.
357 BANAJI 2016: 116.
358 CEPEDA 2000.
359 MAROT 1997.
147
patrimonio de las élites del momento. Como ya hemos expuesto en el capítulo II, hoy
existe un amplio de bat e sobre el uso de la moneda en el campo. De hecho, ya
comprobamos cómo la mayor parte de las reflexiones establecida s eran sobre si la moneda
en las áreas rurales era utilizada para las pequeñas , mediana s y grandes transacciones o
pagos; o si a su vez la moneda era sustituida por el pago en especies o en mano de obra.
En honor a la verdad, es completamente imposible poder aportar un juicio cl aro sobre esta
pregunta. Como es evidente, cada propiedad, en función de las coyuntu ras s ociales y
económicas de cada mo mento, cobra ría sus rentas en función de sus ne cesidades. L o
mismo sucedería en la tributación.
Las reformas fi scales lle vadas a cabo por Diocleciano y C onstantino generaron una
nueva era de tributación en el Imperio romano a causa de la coyuntura política -ec onómic a
del momento. Estas reformas a fectaron directamente al mundo rural con la introducción
de un nuevo impuesto ll amado iu gatio (según sus propiedades)- capitatio (personal) 360 que
podía variar en función de l número de componentes de la unidad familiar 361 . Esta nueva
fiscalidad promovió la realización de nuevos censos y catastros donde queda ron regi stradas
todas las persona s que debían tributar 362 y donde el oro pasó a ser la moneda de
referencia 363 . A su ve z este método censitario y tributario sería utilizado por los resp ectivos
domini pa ra la gestión de sus p ropiedades 364 . Durliat 365 cree que estos regi str o s deben se r
interpretados desde ot ra p erspectiva ya que para él la s villae durante la Antigü edad tardía se
convirtieron en unidades fiscale s que tributaban e n función de lo s colonos que en ellas
habitaban. Es decir, es el fu ndus una unida d fiscal en sí misma 366 . Esta teoría, según
Chavarría 367 , fue duramente critica da por otros autores como W ickham, quienes observan
los planteamientos de Du rliat como demasiado esquemáticos. Es c ierto que el peso d e la
tributación recaía siempre en el campesinado, pues muchos de estos posesores a través de
360 CARRIÉ 1994; CA MERON 2 001: 46.
361 Este tema n o ha pasado d esaperc ibido a los investigad ores que han r eflexionado bastan te sobre ella.
Resulta in teresante el re corrido bi bliográfico e historiográ fico qu e realiza Aparic io Pére z (200 6: 60 – 71) q ue
bebe a su vez d e ELLUL (1970: CITA) quien tambié n ha razonado sobre el surgimiento d e la ca pitatio y sus
interpretaciones. Amb os auto res muestran c ómo este tip o de imposiciones variaba en función de las
realida des identificad as e n cada provincia del Imperio. Ta mbién puede ve rse la s explicaciones d e
DEPEYROT 1996: 25 – 26; G ARCIA MOR ENO 2005: 40 – 42 y CAMERO N 2001: 46 – 47.
362 APARICIO PER EZ 2006: 61 .
363 CARLÀ 2009: 80 y ss.
364 DURLIAT 1990: 15 .
365 Ibídem , 65 – 74 y citado por CHAVARRIA 2007: 66 .
366 DURLIAT 1993.
367 CHAVARRI A 2007: 66.
148
ciertos privilegios en algunas ocasiones inventad os 368 , quedaban exentos de muchos de
estos pagos 369 y esto es lo que puede explicar el colapso de la economía imperial 370 .
Tanto el pago de impuestos como de rentas también ge neró ciertas tensiones entre
cobradores y deudores. De la misma manera que las rentas, los impuestos no siempre era n
recaudados en moneda ; el pago en especie era a veces habitual e incluso s e conocía la
posibilidad del cobro en las dos formas dependie ndo de cada provincia y región 371 . Rees
recoge cómo en Egipto, en époc as donde el ejército se encontraba estacionado, el Estado
reclamaba el pago de los respectivos impuestos en moneda y en especi e. La medida,
sufragada en mayor parte por el ca mpesinado, no gozaba de muchos s impatiz antes 372 .
Seguramente nos encontramos ante la presión de los recauda dores sobre unas clases que
tenían dificultades para reunir lo demandado. Esta es sin duda la conclusión a la que llega
Giardina y Grelle con el análisis de la Tabla de Trinitrapoli 373 y de otras leye s del reinado de
Valentiniano I. E l contenido de la Tabla consiste en una constitución promulga da por el
emperador Valentiniano I con posterioridad al 368 y dirigida al prefec to del pretorio Sexto
Claudio Petronio Probo. El texto tiene como objetivo la vigilancia del proceso de exacción
de impuestos y ev itar a toda costa los abusos en cuanto a la equi valen cia de los pagos ,
cuotas y rentas. Recorde mos qu e tanto Valente como Valentiniano I fueron emperadores
muy comprometidos co n el buen funcionamiento de la administración del Imperio,
buscando a toca costa acabar con cualquier evidencia de corrupción a todos los niveles 374 .
La equi valencia en mone da o en especi e o viceversa es cl ave p ara enten der el
funcionamiento económico de estos centros a partir del siglo III 375 . Acabamos de exponer
líneas atrás cómo a partir de las reformas fiscales de Diocleciano se produce una nueva
forma de tributación: en moneda y en especie. Esta forma de pago, ya conoc ida
anteriormente 376 , también se aplica a otros que no tuvieran el carácter estatal como pueden
ser las rentas y a lquileres. E l fenómeno es llamado ada eratio y consistía en la conversión
directa de una cantidad expresa da en especie a su valor en moneda corri ente 377 . Por el
368 SCHLUMBER GER 1989: 92, seguido por CH AVARRIA 200 7: 65.
369 BROWN 1988 : 26 – 30.
370 CHAVARRI A 2007: 67 siguiendo la s citas de autores como Wickham y Carrié.
371 JONES 1964: 801 – 802.
372 REES 2004: 39.
373 GIARDINA y GRELLE 1983: 276 – 277.
374 LENSKY 2002: 272 – 273; 280 – 281.
375 VERBOV EN 2009: 106.
376 CORBIER 2005: 3 81.
377 SAYAS ABENGO ICHEA 19 95:488
149
contrario, por la práctica de la coemptio se entendía la equivalencia en es pecie de un a
cantidad de moneda. No obstante, la segunda práctica no era del todo flexible, siendo esa
equivalencia fijada por el propio Estado que era quien se beneficiaba de la transacción al
igual que sus funcionarios 378 . A su vez existió otra prác tica más cotidiana similar a la coemptio
que no debemos dejar pasar por inadvertida. Nos referimos a la comparatio que estableció
Gregorio Magno para evitar el abuso de los conductores sobre sus c olonos en sus
posesiones en Sicilia 379 . La práctica consistía en transformar una suma en metálico a una
suma en especie a través de un libro de equivalencias. La medida parece lógica pero más
que beneficiar a los colonos y cul tivadores, la operación favorecía el abuso de los
conductores: La transformación de moneda en especie también permitía el fraude y la
especulación 380 . Actividades s obre las que volveremos a incidir.
Los fenómenos de la adae rat io y coemptio eran mucho más complej os de lo que
acabamos de definir y estaba relacionado con la impos ición de la ann on a milita ris 381 que
anteriormente he mos referido en palabras de Rees. En efecto, la adaeratio no era siempre
utilizada y estaba destinada a momentos en los que el Estado ya había recibido suficientes
impuestos en especie y había cubierto así las necesidades demandadas. Una vez
conseguidos sus objetivos recauda torios, el Estado pedía recibir tales cantidades de especie
en moneda, utilizando para ello una serie de precios y equivalencias que hacían más fáci l la
transmutación. Por otra parte, tal práctic a podía ser también a plicada a pagos atrasados en
los que ya no se podía o debía hacer entrega de una ca ntidad en espec ie 382 . No obstante, la
situación se complica aún más tras la s reformas de Diocleciano. A partir de estas fechas,
los soldados y funcionarios estaban autorizados a percibir de quienes tenían la obliga ción
de contribuir, una ca ntidad en especie o su valor en moneda corriente 383 . Existían a su vez
ciertas excepciones como el caso del vino sobre el cua l estaba prohibida su transmutación
en moneda 384 . Así, según Ellul, cada funcionario se convert ía en un perceptor del impuesto
por su cuenta produciendo grandes alterac iones en la vida económic a del momento:
alteración de los precios, subidas y b ajadas rep entinas en función del momento de la
378 APARICIO PER EZ 2006: 77.
379 VERA 1986: 440 – 441.
380 WICKHAM 2016. 393 .
381 DEPEYROT 19 96: 28 – 29; C ORBIER 2005: 381.
382 Como se recoge e n el edicto de 1 de julio del 313 (CTh XI 3. 1) según DEPEYROT 199 6: 2 9.
383 APARICIO PÉR EZ 2006: 77 siguiendo a ELLUL 1970: 429.
384 DEPEYROT 19 96: 44.
150
recaudación; ex igencias de cantidades no legales por pa rte de los fun cionarios que
fomentaban la especulación y la corrupción 385 .
Para el estudio de la s vill ae cobra interés el fenómeno de la adaeratio y la compar atio ya
que nos pueden explicar dos práctica s muy necesarias para comprender la gestión
económica de estos lugares: la contabili d ad (producción y beneficio) y los pagos.
Depeyrot 386 critica a los autor e s que han considerado el fenómeno de la adaeratio como algo
marginal y que estaba destinado solamente a pagos de carácter milita r o estatal. No
obstante el autor se ha ce una pregunta que deja abierto el debate y que nos sirve para
reflexionar sobre la economía de la s villae : ¿no tuvieron importancia los cambistas en e ste
trámite? Depeyrot estima que el mundo de los cambistas y banqueros no se ha tenido en
cuenta lo suficiente, ya que alguien d ebía llevar a ca bo la transmutación para poder efectuar
los pagos, estando este grupo más que preparado para tal actividad. Lamentablemente no
disponemos hoy de docume ntación fiable en Hispania sobre estos procedi mientos y
muchos de los juicios que se tienen sobre tales prácticas son basados en comparaciones de
hechos posteriores. Sin e mbargo, creemos que el proceso de transmutar u na ca ntidad en
especie a s u valor en oro y viceversa est aba más extendido de lo que se cree. Los
documentos más ilustrativos de este hecho en nuestra área son las pizarras visigodas.
Aunque la mayoría de las pizarras son fechadas entre el siglo V y VII, existen
algunos ej emplos halla do s en conte xtos del siglo IV y otras en estratos fe chados en los
siglos VIII y X. Tal dilatación cronológica es interpretada por Díaz y Martín como la
consecuencia de un s istema de tradición romano que se expandió por toda la tardo -
antigüedad 387 . Este grupo de docume ntos epi gráficos ha sido muy estudiado en los últimos
años, incidiendo tanto en su ca rácter pa leográfico como en su significado ec onómico y
social 388 . Tradiciona lmente han sido vinculadas al mundo de la contabilidad 389 y más
recientemente a c u estiones puramente fis cale s. Estas últimas pizarras, denominadas vectigalia
rerum rusticarum , se ca rac terizan por contener un listado de nombres seguidos de una
385 ELL UL 1970 : 428 – 429 Nos mue stra incluso algunas práctic as que sin d uda fomentaron la especu lación y
la corrupción. Por ejemplo recoge como los soldad os y funcionarios autorizad os a re aliz ar el cobro de
impuestos a través d e c antidades en es pecie, revendían estas c antidades, y entregaban al Estado la c antidad de
moneda exigida, guard ándose pa ra ellos la dife rencia. C omo es lógico, esta práctica f omentaba el aumento d e
las e xigencias hac ia un campesinado cada vez más ahogado por la fiscalidad del Imperio y por la corrupción
de los funcionarios y soldados.
386 DEPEYROT 19 96: 44.
387 DÍAZ y MART ÍN 2011: 225 – 226.
388 En este sentido pode mos cita r los trabajos d e : ARCE et al. 2005; CHAVARRIA 2005; 2007: 57 y ss.;
DIAZ y MARTIN 2011 ; MARTÍN V ISO 2006;2010; 2015; V ELÁZQU EZ SORIANO 1989 ; 2000; 2001.
389 DIAZ y MART IN 2011.
151
cantidad d e cereal expresadas en modios, sextactios y otras medidas 390 . Estos listados,
aparecidos fundamentalmente en la zona noroeste de la Lusitania 391 , han sido interpretados
como evidencias de censos y el pago de rentas con un carác ter puramente local y privado 392 .
Otros observan un claro registr o tributario, e s de cir, una imposición nominal, en cereal
fundamentalmente, que recae sobre unos campesinos o una comunidad 393 . No obstante, el
debate sobre su utilidad y autoría sigue hoy abie rto, generándose continuamente re visiones
a lecturas anteriores.
Para nosotros es de gran interés las reflexiones que establecen Día z y Martín sobre
el conjunto de pizarras documentadas en el yacimiento de El C ortinal de San Juan en
Salvatierra de Tormes, Salamanca 394 . Aquí apareció lo que podría considerarse un archivo
de pizarras con un alto número de ejemplos relacionados con la contabilidad de un lug ar .
Los dos autores creen que este yacimiento podría interpr etarse como una of icina de tipo
fiscal donde se recauda ría lo estipulado en ca d a pizarra 395 . Sin embargo, ellos mismos no
son capa ces de saber a qué ha cen referencia en esencia los numerales de las citadas piezas.
Se preguntan si la s cifras son unidade s de pago y si estas serán en especie, su conversión en
modio canónico o su transformac ión en moneda de oro 396 con el proceso de adaeratio 397 . Es
lógico que esta pregunta no va a ser respondida nunca, a no ser que se encue ntr e una P iedra
Rosetta de las pizarras visigodas que nos permita conocer a la perfección el significado real
de tales numerales.
No obstante, la posible relación de éstos con el fen ómeno de la adaeratio nos acerca
más de lo pensado a la ge stión económica de las villae lusitanas 398 . Ya que para ello
tomamos como referencia el hallazgo de dos pizarras en contextos de finales del siglo IV y
principios del V en el yacimiento de San Pelayo; una villa romana localizada en el término
de Aldealengua, Sa lamanca 399 . La cronología de los estratos donde aparecieron sendas
390 MARTIN V ISO 2006: 266.
391 MARTIN V ISO 2010.
392 CHAVARRI A 2005: 115-116; WICKHAM 2016: 331 – 332.
393 RETAMERO 2000 : 290 que es seguido por MART IN VISO 2006 : 269.
394 DÍAZ y MART ÍN 2011: 234 y ss.
395 Ibidem , 238.
396 BANAJI 2016: 116 : a princi pios del sigl o V la moneda d e oro adquie re hasta un cará cter cotidiano, pues
era utilizada par a t odo tipo de transaccio nes. La teor ía d e este au tor es tá ba sada en las re flexiones de los
estudiosos d e la moneda hallada en Conimbriga . Aquí se observa un mayor uso d el oro tras el proceso de
desmonetarizaci ón de la maiorina teodosiana en l os últimos años d el siglo IV. PEREIRA et. al. 197 4: 300- 302
397 DÍAZ y MART ÍN 2011: 239.
398 CHA VARRÍA (2007: 58 y ss.) conside ra estos d ocumentos como una vía para c onocer e l sistema de
explotación y gesti ón de la tierra, pe ro también como ejem plo de la pervivencia de la propiedad rural.
399 DAHÍ ELENA 200 7.
152
piezas nos pe rmite relacionar las pizarras con la conta bilidad de la producción del
yacimiento o el cobro de las rentas de tales territorios. Lo mismo para el caso de
Valdelobos en Badajoz. Aquí apareció una recientemente reutil izada en un contexto
funerario del siglo V I, po r lo que seguramente fue realizada en los últimos momentos de
vida de una villa cercana 400 . Esta pizarra, que solo registra numerales, tiene gran interés por
varias raz ones. Por una, es uno de los pocos hallazgo s de este tipo situados en el entorn o
de Augusta Em érita . Por otra, el trazo epigráfico muestr a dos momentos de inscripc ión, dos
autores distintos y dos cue ntas bie n diferenciadas a unque utilicen los mismos numerale s.
Los autores que han analizado esta pie za estiman que se trata de un registro dominical de
los almacenes de una villa romana ce rcana 401 . Descartan la posibilidad de que esta pizarra
sea el resultado de una conta bilidad rela cionada con la recaudación fiscal. Hoy sigue abierto
el debate.
Como hemos expuesto, es verdade ramente complic ado conocer si estamos ante un
aspecto u otro, pero creemos que muchos de los numerales están más rela cionados con
prácticas similares a la adaeratio que con otras. Para el lo debemos tomar de referenc ia lo
establecido en De fisco Barcinonense. Bien es cierto que este documento es muy posterior a la
fecha de las pizarras que acabamos de mencionar, pero su contenido puede ser aplicable a
esta misma época. El te xto, fechado en 592, cons iste en una ca rta firmada por varios
obispos de la provincia tarraconense donde aprueban los impuestos reales que debe n pagar
los ha bitantes de sus jurisdicciones. En la imposición se observa claramente una
transmutación de una cantidad en especie a otra en moneda:
“(…) Debéis exigir del pueb lo , por cada m odio legítimo, nueve silicuas y por
vuestros trabajos un a más. Y por los d años inevitables y por los cambios de precios de los
géneros en especie, cuatro silicuas, las qu e ha cen un total de catorce silicua s, incluyendo e n
ello la ceb ada (…)” 402
Lejos de entrar en el debate sobre si en época visigoda continúa la política fiscal de
los emperadores romanos o si esta era más efectiva de lo que parecía 403 ; el texto debe
tomarse como una reliquia de lo que sucedía en la ec onomía bajo -imperial . Uno de los
aspectos que se toma de referencia para observar la continuidad con esa tradición romana
400 CORDERO RU IZ y MARTÍN VISO 2012 .
401 IBÍDEM: 263.
402 VIVES 1963: 54.
403 Para con ocer mejor el de bate, es recomenda ble la lec tura del análisi s efe ctuado por Rut h Pliego quie n
estudia el te xto desde una perspectiva numismática: PLIEGO 2009/1: 223 – 224.
153
es el uso de la silicua como moneda de referenci a. Pliego hace hincapié en este mis mo
aspecto, pues advierte que este tipo de moneda nunca fue emitida por l os propios visigodos
y de be ser le ída como una moneda de cuenta 404 . Sin embargo, parece que todo el mundo
debía conoc er su equiva lencia en la moneda del momento o en unas cantidades fijas de
especie.
Por lo que respecta a la transmutación de una ca ntidad e n especie a otra en
moneda, esto sería algo también cotidia no en el mundo rural hispano, y por ende el
lusitano, ale jándose por t anto del concepto puramente fiscal e impositivo de la a daeratio 405 .
Sobre esa cotidia neidad también se debe reflexion ar pues no s ería del todo complicado
establecer esta operación matemática. Del mismo modo el proceso inverso que antes
hemos llamado comparatio . Es muy probable que el autor del texto de las pizarras, que
también utilizaría el pergamino o papiro, supiera en el momento de escribir el numeral cual
sería su equiva lencia ex ac ta en moneda o en especie a travé s de un cá lculo mental. Esta
reflexión est á basada prácticamente en un cl aro ejercicio d e antropología y etnografía.
Salvando las distancias po demos incluso tomar de re ferencia dos casos muy posterior es. E n
primer lugar los advertidos en época medieval por Marc Bloch 406 . El autor identif ica varias
sociedades alto-medievales que utiliz aban la pimienta y la tela como base de s u sistema
monetario. A su vez, estas sociedades s abían enta bl ar la equivalencia entre estos materiales
“monetarios” y el propio metal. Podríamos tom ar de símil esto pa ra la conversión de
moneda y especie que realizarían los propietarios y ca mpesinos del mundo rural romano.
En un segundo lugar, también sa lvado la distancia, debemos situarnos en la époc a actual.
Hoy, cualquier persona dedicada a la práctica agrícola conoce de primera mano la
equivalencia en moneda de la producción d e sus terrenos; valor que varía anualmente en
función de la oferta y la dema nda. De hecho esta a cción es conoc ida en la terminologí a
agraria como el hecho de “a forar” siendo el resultado de este ej ercicio la bas e universal de
otras transacc iones y préstamos 407 . A unque este ejercici o no es la práctica de la ada eratio
romana, funciona ría del mismo modo que la comparati o . Eje mplo de ello podrían ser lo s
404 PLIEGO 2009/1: 223 siguiend o a su vez a MAROT 1999: 4 20 – 421.
405 APARICIO PER EZ 2006:77
406 BLOCH 1939 -1941.
407 F undamental para e llo resultaría la obra de Francisco Ver dejo González, quien publica en 1796 el Arte de
medir tierra y af orar líquidos y s ólid os . Un tratado de a ritmética y geometría básico para la labor del a grimensor. En
actuales territorios extremeños y anda luces la prác tica sigue vi gente aunqu e y a n o tie nen tanto pes o c omo en
siglos anteriore s. Estos “aforad ores” sabían e stimar la pr oduc ción de ce real, aceituna/ aceite, uva /vino y fruta
de un ter reno cu ltivado, sirvie ndo e sta val oración c omo base a especulaciones posteriores. Una práctica hoy
en vías de extinción q ue también sería r ealizado en época romana. Ya que al fin y a l c abo, la gest ió n y
explotación de la tierra, sigue siendo d e la misma manera, salva ndo las distancias, evid entemente.
256
catalogación de la s pie zas puede va riar debido al ca rácter subjetivo de su identifica ción 874 .
En nuestro caso ha primado el ca rácter irregular de las a cuñaciones y el arte tosco que las
caracteriza. No obstante, las piezas que no he mo s podido identificar debido a su esca so
grado de conservación, han sido incorporadas a la pa rcela de inde terminadas, para ev itar
posibles errores.
Imitacion del tipo
Fel Temp Reparatio
acuñado a partir del 355 y aparecido en la
villa
romande
Clavellinas (nº 52 del catá logo)
Aportar una explicación sobre este fenómeno es u na tarea bastante complicada, y
más a ún, cuando hoy ex is ten numerosas teorías s obre su propio orige n. La recop ilació n
bibliográfica estableci da por Sines 875 nos permite poder reflexio nar junto a ella sobre un
fenómeno aún abierto al debate. En cierta medida, parece ser que la escasez de numerario
es el que propició la acuña ción de estas pie zas tan irregulares 876 , un hecho ya repetido en
otros periodos anteriores. Sin embargo, la ex plicaci ón de esa carencia puede darnos pautas
a ente nder la utilización de estas en las á reas rurales del Iter . Por una parte, debemos prestar
atención a la teoría de Callu y Garnie r, qu ienes estiman que la situación convulsa que vive
la Galia en la segunda mitad del siglo IV pued e e xplicar la disminución de acuñaciones
oficiales en la península ibérica, fomentando la aparición de las imitaci ones 877 . Por otra se
encuentra la reflexió n de Depe yrot. El autor esti ma que el crecimie nto de acuñaciones
auríferas durante esta déca da y su correspondiente circulación, implicaría una mayor
demanda de moneda de bronce para las transacciones de menor valor 878 . Un hecho que
explicaría también la creación de tales imitaciones.
Por lo que respecta a la circulación d e estas piezas de imitaci ón, suponemos que
este tipo de acuñac ión estuvo deambulando dur ante gran parte de la segunda mitad del
siglo IV 879 . Es complica do establecer una fecha para su desuso 880 , y más en las áreas rurales
874 SIENES 2000: 89 seguid a por RUIVO 2012 : 348 – 349.
875 IBÍDEM,. 123 – 126.
876 IBÍDEM,. 125.
877 CALLU y GARNIER 1977: 2 95 seguido por Sienes 2000 : 124 y RUIVO 2012: 349.
878 DEPEYROT 19 92: 100, recog ido y seguido en cie rta medida por SIENES 2000: 125.
879 Salvando la s distancias, obser vamos que este comportamiento es comú n en otras área s. A modo de
ej emplo citam os el tra bajo d e Bost y Nami n sobre las mo nedas del Museo de Saint - Bertrand- de -Cominges,
donde ambo s autores defie nden que tale s imitaciones cir cularon a mpliamente d urante la seg unda mitad del
257
del Iter , ya que los ejemplares aparec en de manera frecuente en estratos totalmente
removidos. No obstante, suponemos que al hallarse junto a moneda teodosia na, ésta sea la
que a cabe desmonetizando las citadas imitaci ones, como se ha observado en Conimbriga 881 .
Un ejemplo interesante de anotar es el depósito votivo apareci do en los cimientos de la
Basílica de Torre de Palma. Aquí fueron hallados u n total de 10 monedas fechada s entre el
337 y 357, siendo la mayoría del tipo Fel Temp R eparatio 882 . Los arqueólogos t omaron de
referencia este descubrimiento pa ra datar la construcción de la Basílica en la mitad del siglo
IV 883 . Sin embargo, en los últimos años Chavarria ha cuestionado est a pr opuesta por
escasez de elementos fechables y ha sugerido el siglo VI como datació n de la edificación 884 .
De ser esto ve rdadero, este depósito sería otro claro ej emplo de la perduración de especies
monetarias ya demonetizadas en clara convivencia con ejempla res posteriores. Un hecho
que no es novedoso en Lusitania ya que contamos con vari os ejemplos de tal hecho. Uno
de los más evidentes es el ca so de Conimbriga donde se hallaron piezas de l siglo V
conviviendo con una amplia diversidad de individuos acuñados en la anterior centuria 885 .
La amplia difusión de este tipo de piezas debe también ser analizado desde una
perspectiva meramente arqueológica . El siglo IV es interpretado por todo s los autores
como el momento de mayor esplendor de las villae de Hispania 886 . Un periodo en el que se
pueden observar, sobre todo en la mitad de la centuria 887 , múltiples transformaciones
arquitectónicas (Fig. 20), aumento de áreas decoradas y un consumo continuado de
productos venidos de distancias considerables.
siglo IV. BOS T y NA MIN 20 02: 52. A su ve z, esta re fl exión e s seguida tant o por Sienes( 2000: 145) com o
Ruivo en el análisis de las imitaciones de Amma ia : RUIVO 201 2: 350.
880 SIENES 2000: 124. L a autora recoge las teorías más in teresantes sobre este hecho.
881 PEREIRA et al . 1974 : 302.
882 HUFFSTOT 1998
883 MALONEY 1995 ; HUFFSTO T 1998.
884 CHAVARRIA 2007: 14 9.
885 PEREIRA et al . 1974 : 302.
886 CHAVARRI A 2007: 93.
887 GORGES, J.G. 200 8b
258
Fig. 20. Planta de
villae
am pliadas en la mitad del sigl o IV. A. Qu inta da s Lon gas (CONE JO y
CARVALHO en prensa); B: Cabeço d os Mouros (CARVALHO y CABR AL 1994: 65); C: São
Cucufate (Alar ção et al. 1990 Lam. LXXIX) y D: El Saucedo (CASTEL O RUANO
et a l
. 2004: 200).
En las villae del entorno de la Vía de la Plata hallamos un gran número de estas
evidencias. Reformas en los peristilos, ampliaciones en las áreas residenciales y estructuras
259
basilicales son advertidas en los casos de El Saucedo 888 , San Julián de la Valmuza 889 , Torre
de Palma 890 , Cabeço dos Mouros 891 , Horta da Torre 892 , Hinoja l 893 , El Pomar 894 , E l
Pesquero 895 y La Cocosa 896 . Del mismo modo se han observado grandes transformaciones
en la s áreas termale s de alguno de estos edificios. R eis ha advertido que los balnea de Torre
de Palma, Torre Águ ila, Santa Vitória de Ameixial y São Cu cufate se amplían de una
manera amplia y se decoran profundamente 897 . De he cho, en el primero de los casos, la
autora cree que esta estructur a no sería de un uso priva do, sino que por su tama ño, sería
abierto a todos lo s habitantes de la villae 898 .
A propósito de lo anterior, se documenta una profusión decorativa que demuestra
el esplendor de estos lugares. La demanda de pavimentos musivos es frecuente en la mayor
parte de las villae durante esta segunda mitad del siglo IV 899 . Tal es el caso que no se ha
descartado la existencia de diferentes talleres itinerantes formados por artesanos ve nidos de
África y oriente que prestaran sus servicios a es tas áreas rurales 900 . Como es lóg ico, el
trazado vi ario fomentó la circulación de es tos artesanos que promocionarían s us productos
a los respectivos propietarios ru rales. Del mismo modo a rquitectos y maestros escultores.
Ejemplo de ello pueden ser los ricos pavimentos ricos en mármoles y el grupo escultórico
de gran calidad hallado en Quinta das Longas 901 (Fig. 21) o los fragmentos escultóricos
identificados en El Saucedo 902 . El consumo de estos trabajos y merca n cías muestran unos
propietarios con un amplio poder adquisitivo que no dudan en dotarse de los eleme ntos
más ricos para enga lanar sus residencia s rurales. Es tos po sesores responden perfectamente
al planteamiento de Banaji 903 sobre esas élites que se habían enriquecido paulatinamente por
888 AGUADO et al. 1999: 99.
889 GARCIA y SERRANO 1996: 38.
890 MALONEY y HAL E 1996: 2 90.
891 CARVALHO y C ABRAL: 199 4: 74.
892 CARNEIRO 2014 -II: 266 – 2 68.
893 ÁLVAREZ MARTINEZ 197 7:
894 ÁLVAREZ S ÁENZ et al. 199 2: 66.
895 RUBIO MUÑ OZ 1991: 439.
896 SERRA RAFOLS 1952: 68
897 REIS 2004: 43.
898 Ibídem .
899 No a portamos ejempl os es pecíficos ya qu e todas la s villae , a excepción de Cla vellinas y Corr al de los
Caballos, presenta n mosaicos de cronologías muy ce rcanas.
900 LANCHA 2004 : 419.
901 NOGALES et al. 2004 : 145.
902 CASTELO RUA NO et al . 200 4.
903 BANAJI 2016: 64 – 71.
260
la a cumulación de oro tras la reforma monetaria de C onstantino; y que habían inve rtido sus
capitales en la adquisición de propiedades rurales y en su embellecimiento.
Fig. 21. Es culturas hal ladas en el
ninpheu m
de Quinta das Longas. En NOGALE S
et al.
2003 : 11 8 y
126.
Atendiendo al registro arqueológico observamos un mayor consumo de productos,
tanto provincia les como otros ve nidos de lejos. No escasea la adquisición de salsas de
pescado procedente de la cue nca del tajo y del sur de la Lusitania, aceites béticos, y
cerámicas tardías de origen peninsular y africana. E jemplos de estas demand as los
encontramos en todas las villa e estudiadas. En Torre de Águila, sin conta r la terra sigillata , se
han estudiado de manera pormenorizada las lucernas halladas, ex istie ndo bastant es
ejemplos de talleres emerit enses 904 . En otras v illae , las lucernas tienen una procedencia
mucho más lejana, como en los ca sos de Quinta das longas 905 , El Pomar 906 y La Sevill ana 907
donde se han hallado a lgunas de origen africa na. Estas mercancía s ci rculan pareja s a otros
tipos cerámicos muy consumidos por estos centros durante la segunda mitad del siglo IV.
904 RODRÍGU EZ MARTÍN 200 5b:110- 111.
905 ALMEIDA y C ARVALHO 2 004: 380.
906 ÁLVAREZ et al. 1992 : 137.
907 AGUILAR y GU ICHARD 19 95: 217 – 218.
261
Destacan también la aparición de fragmentos de terra sigillata hispanica ta rdía y una gran
cantidad de terras igillata de origen africano. E n est e último caso, para esta segunda mitad
del siglo IV destaca por su amplia cantidad en todas las villa e la terra sigilllata africana de
tipo C, encontrando con relativa frecuencia las for mas Hayes 61, 63, 67a y b. Este tipo de
cerámica es ampliamente documentada en la s villae de San Julian de la V almuza 908 , Torre de
Palma 909 , Horta da Torre 910 , C lavellinas 911 , Los Término s 912 , Hinojales 913 , El Poma r 914 , La
Sevillana 915 El Saucedo 916 y Quinta das Longas 917 . E n una compa ración de tipos,
observamos que los a nteriores son también frecu entes en los hallados en la ciudad de
Ammaia por estas mismas fechas 918 . En este s entido, Quaresma resalta el papel
redistribuidor de Augusta Emerita , quie n mantiene hasta el siglo V fuerte s fluj os come rciales
con el litoral lusitano 919 . Por su parte, la posible comunidad de africanos residente en la
capital lusitana tambié n pudo influir en la demanda y distribución de estas merca ncías tan
genuinas, fomentando modas y consumo entre los h abitantes de la ciudad y del iter ,
también un importante vertebrador económico 920 .
Este hecho también ha si do perfectamente documentado en la villa de Quinta da s
Longas. Aquí se documentó en una de las intervenciones un basurero muy próximo a la
zona residencial de la villa (Fig. 22). Esta á rea, da t ada entre los siglos IV -V es una fuente
bastante interesante desde un punto de vista ma terial 921 .En efecto, la amor tización de
cerámicas de diversos tipos y de la moneda de imitación nos permite observar un cla ro
proceso de depreciación monetaria 922 muy similar a la observada en otros contextos
peninsulares 923 .
908 GARCÍA y SERRANO 1996: 37.
909 No se han e studiado su s mater iales pero hemos podido co nsultar los inventarios conservad os e n el Muse o
Nacional de Arq ueología de Lisbo a donde se halla n conservad os una multitud d e restos de ésta época.
910 CARNEIRO 2014 -II: 268.
911 JURADO y TIRAPU 2006: 238, 240, 24 3.
912 ALVARADO 1992 : 236 – 237.
913 ÁLVAREZ 1977 : 461.
914 ÁLVAREZ et al. 1992 : 120 y ss.
915 AGUILAR y GU ICHARD 19 95: 217 – 218.
916 ARRIBAS DOM ÍNGEZ et al. 1999.
917 ALMEIDA y CAR VALHO 2004: 380.
918 QUARESMA 2013 : 228.
919 Íbidem . P. 233.
920 BLÁZQUEZ MAR TÍNEZ 2 002: 168
921 ALMEIDA y CAR VALHO 2005.
922 CONEJO y C ARVALHO (en prensa).
923 LLEDÓ C ARDO NA 2007: 270 recoge el uso prolongad o de antoninianos de Galieno y Claudio II en
contextos de finales d el siglo IV, com o también se ha o bservado en el ca so de Quinta das Longas.
262
Fig. 22. Plano de Quinta das Longas. Los númer os hacen referen cia a l a mone da de su respe ctivo
catálogo. En círcul o rojo el lugar donde apareci ó el b asur ero, con la convivenc ia de piezas de
distintas épocas, las cual es se supone fueron depreciad as.
El contenido de este b as urero nos aport a evidencias de un consumo cer ámico
bastante continuado y la presencia de numerosos restos anfóricos. En este ca so, los
fragmentos del tipo Almagro 51c Clase 23 lleva a los autores a identificar un a demanda de
salsas de pescados procedentes tanto de la desembocadura del Tajo, como de las áreas del
sur lusitano 924 . No olvide m os que la industrias conservera de la ciudad de Olisipo y las
situadas en la desembocadura del Sa do experimentan durante el siglo IV un notabl e
crecimiento con una amplia producc ión de ánforas A lmagro 51c 925 . En función de estas
piezas, y sobre todo, por la gran cantidad de terra sigilla tas a fricanas documentadas; los
autores creen que tanto Quinta das Longas com o otras villae 926 se nutría de los flujos
comerciales venidos de Olisipo ha cia Augusta Em erita , siendo redistribuidos p or esta última
924 ALMEIDA y CAR VALHO 2005: 308 – 309.
925 LAGÓSTENA BA RRIOS 20 01: 319 – 320.
926 Otro eje mplo tambié n interes ante es el a nálisis e fectuado sobre la s ánforas documentada s en el término
municipal de Fronteira, Portalegre . Aquí se estudia n l os restos anfórico s de varios yac imientos rur ales, en tre
ellos los procedentes d e la villa de Horta da Torre. AL VES y CARNEIRO 2011 .
263
a lo la rgo del Iter 927 . Una observación muy parecida a la de Quaresma, ya advertida en el
párrafo anterior.
La enorme c antidad de evidencias de consumo son parejas a un aumento de las
áreas productivas de algunas villae . Ya expusimos en líne as a nteriores que de sgraciadamente
la mayor parte de estos centros solo ha n sido ex cava dos parcialmente, sin tener una visión
global de todas las áreas. No obstante, en otras sí se ha podido observar tales
transformaciones. En Torre Águila por ejemplo se produce un cambio en la orientación
productiva de la villa . Ésta que siglos a trás se hab ía de dicado únicamente a l prensado de
aceite, ahora amplía sus horizontes incorporando áreas de producc ión vitícola 928 (Fig. 23).
Lo mismo para C lavellinas 929 y La Coc osa 930 , que dur ante todo el siglo IV au mentan su
capacidad productiva de l vino y el aceite. En las villae de Torre de Palma 931 , Quinta da s
Longas 932 y S. Cuc ufate 933 sean ha llado para estos momentos grandes pren sas de ace ite, lo
que de muestra un compo rtamiento similar a las ant eriores. A pesar de estas ampliaciones,
parece ser que el esquema productivo de e stos centros sigue siendo muy pareci do al de
época atrás, es decir, una producción de stinada a abastecerse a sí mismo s y a los mercados
locales y regi onales 934 . En casos como la s villae situadas en el entorno de ciudades, ésta s
pudieron nutrir direc tamente a los centros urbanos, como entiende C ordero con el caso de
Augusta Emerita 935 .
927 El análisis de l re gistro anfóri co de Mérida d emuestra tambié n esta di námica comerc ial: CALDERÓ N
FRAILE 2002.
928 RODRÍGU EZ y CARVALHO 2008: 318.
929 JURADO y TIRAPU 2006: 238 – 239 .
930 SERRA RAFOLS 1952: 95 – 9 9.
931 MALONEY y HAL E 1996: 2 92.
932 ALMEIDA y CAR VALHO 2004: 381 – 382.
933 ALARCÃ O et al. 1990: 23 5 – 237.
934 PEÑA CERV ANTES 2010: 1 92; FERNAND EZ 2017b: 110.
935 CORDERO RU IZ 2013: 291.
264
Fig. 23. Áreas productivas de l a
villa
romana de Torr e Águila. Dibujo de RODRÍGUE Z MARTÍN
2011 – 2012: 454.
Como es evidente, todas las prueba s de consumo y producc ión quedan reflejadas
tanto en la moneda perdida como en la que no se perdió. Conociendo las numerosas
teorías que explican el fenómeno de las imitaciones, la postura de Depe yrot es la que no s
genera mayores atenciones . R ecuérdese que el autor ex pone que el aumento de la necesidad
de moneda de bronce estaría incentivado por un crecimiento de las emisiones de oro 936 .
Bien es cierto que en el registro de estas villae no ha a parecido ninguna moneda de metal
amarillo, y que para estas fechas, los hallazgos no son pa ra nada numeros os en la
península 937 . Sin emb argo, l a no aparición de pi ezas no debe ser interpretada como una
escasez de circulación. De he cho, la revisión que hemos realizado sobre mate rial
arqueológico documentado para este periodo es una prueba del uso del oro en las
transacciones comercia les rurales. En efec to, los ricos mosaicos emple ados para el
pavimento, las delic adas esculturas encargada s, la s modifica ciones estructurales de los
edificios rurales, las ce rámicas de importación, el aceite, el vino y las salsas de pescado
venidas de otras partes de la Lusitania debían ser pagadas con una moneda de may or va lor
que las piezas imitadas. Ya expusimos en el capítulo dedicado al uso de la moned a en el
campo cómo este tipo de observaciones está perfectamente liga do al principio de
circulación real y circulación aparente de la moneda 938 . Pero tampoco podemos olvidar los
pagos en especie o el uso del crédito. Aunque no tengamos evidencia s de estos do s últimos,
936 DEPEYROT 19 92: 100.
937 BOST et al. 1983: 137 – 176; SAGREDO SAN EUSTA QUIO 2007.
938 REBUFFAT 1996 : 149 – 150.
265
es probable que muchas de estas obras fueran pagada s por ade lantado y que para evitar el
transporte de grandes s umas de dinero s e utilizaran mec anismos de créd ito como los
documentados por Carrié 939 y Lerouxel 940 . No obstante esto solo es una observación.
Otro hecho que nos lleva a pensar en la importancia del oro en estos momento del
siglo IV es la reflexión mantenida por Chavarría y Banaji sobre las tr ansformaciones
observadas en las élites del momento. Se gún los a utores, debe mos recordar que a partir de
Constantino existieron numerosos burócratas pos eedores de grandes fortuna s en oro,
invirtiendo estas cantidades en sus propiedades rurales 941 . Sin embargo, tanto pa ra el resto
de personas que habitaban en las villae como p ara las transacciones medianas y pequeñas, el
oro no era ni la moneda más apropiada, ni la moneda corriente, por lo que la escasez de
moneda de bronce era pe r fectamente solucionada con las citadas imitaciones. Éstas es tarían
circulando hasta el último tercio del siglo IV, pues a unque se estima que su fabricaci ón
finaliza en tor no al 358 942 , el acusado desgaste demuestr a una pr olongada circulación.
Sinnes también afirma que tras esta fecha se p roduce una llegada bastante importante de
moneda de plata a la península, la cual des plazó la moneda de bronce a un segundo
plano 943 . E n las villae de la Vía de la Plata no se han documentado estas pie zas, tan solo
unas cuantas de moneda s del tipo Spes Reipu blice acuñada s por Juliano II. Emisiones que
marcan el fin de las imitaciones del tipo Fel Temp Reparatio .
4.3.4.4. 364 – 400
La moneda de los primeros años de la dinastía valentiniana tarda en llegar a las
áreas rurales del I ter . Tan solo 21 pieza s de un total de 2014 son los ejemplos que hemos
hallado, siendo 10 procedentes de la villa romana de Torre de Palma. Otra excepción ha
sido la silicua hallada en el depósito monetario de la villa de Saucedo. Al no haber sido
aparecida esta de mane ra aislada, no ha sido conta bilizada con e l resto. E sta ausencia
también ha sido observada en ciertos contextos a rqueológicos hispanos 944 , recibiendo
mayor número de moneda los yacimientos situados en la costa que los del interior 945 . En la
Lusitania se observa tambié n una carencia de la s emi siones de Va lente y Valentiniano I.
939 CARRIÉ 2003: 178 y ss.
940 Aunque la documentación que r ecoge el autor e s para época anterior, es probable su continuida d.
Interesante para esta idea el capítulo V de la obra. LERO UX EL 2016: 245 y ss.
941 CHAVARR IA 2007: 42 qui en a su vez reflexiona sobre la c ita de BANAJI 2001 : 46 – 60; más
recienteme nte BANAJI 2016: 6 4 – 71.
942 SIENES 2000: 127.
943 IBÍDEM .
944 RIPOLLÈS 2002: 212 .
945 IBÍDEM
272
recurre al análisis de alguno de los tesoros mencionados: La Sevillana. Es te conjunto
apareció en un niv el, seguramente de casi abandono, de una de las estancias de la pars rustica
de la villae 979 . Lo mismo para el caso de El Saucedo. Aquí, el hallazgo se realizó en el propio
peristilo, debajo de estratos de escombros. El edificio se encontraba en estado de ru ina por
abandono y no por un he cho fortuito. Parece ser que la no recuperación del conjunto no s e
produjo por una salida violenta de los habitantes de la villa , sino por el propio abandono 980 .
Para el autor, la no recup eración de estos conj untos puede deber se a la pérdida total del
valor de la s piezas. Así, cuando el edificio comienza a ser deshabitad o lo es
definitivamente, los propietarios de tales monedas prefieren deja rlas, seguramente por ser
un pesado bulto que presenta un valor muy inferior a la mone da de referencia , en este caso
el oro 981 . Un ej emplo de ello puede ser el tesoro de Torrecaños. De la s 1404 piezas que
formaban el conjunto, sólo una fue a cuñada en oro. ¿A cuá nto equiva lía exactamente esa
pieza aurífera con respecto a las demás? No lo sabremos hasta que no encontremos una
equivalencia clara por el registro epi gráfico. Sin emba rgo - a nuestro juicio - no es
disparatado que una sola moneda de oro tuviera más valor que todo el conjunto de bronce.
Figuerola también reflexiona sobre la moneda dispersa, viniendo a concluir que
dado su libre acceso y ci rculación prolongada, su depreciación también fue rápida,
explicando esto la gran cantidad de AE2 aislados encontrados 982 . La pérdida del valor de
estas monedas, según este autor 983 , también puede advertirs e con la modificación física de
las pieza s. En este sentido, en Saelices el chico también enc ontramos un AE2 perforado 984
que puede interpretarse con esta opinión, o sim plemente fue agujereado para evitar su
pérdida.
4.3.5. Siglos V – V I
Si mantenemos la s postur as de Cepeda y García Figu erola sobre la llegada a
Hispania de los AE2 en un momento muy posterior a su acuñación, estamos hablando d e
la circulación monetaria del siglo V. En efecto, aunque ya hayamos reflexionado sobre
979 FIGUEROL A 1999a: 52.
980 CABELLOS 2008: 186 – 187.
981 GARCÍA FIGU EROLA 1999A: 55.
982 Ibídem , 58.
983 Ibídem , 55.
984 MARTIN y HERNÁNDE Z 1995. Hace referencia a la moneda 1995/12/3028 -668 aparecida en la UE
3028, donde tambié n aparecie ro n restos cer ámicos de finales de l siglo IV.
273
estos hechos en el pu nto anterior, debemos reca lcar a lgunos a spectos cla ves para
comprender qué tipo de economía se empleó en los últimos momentos de las villae del iter .
Bien es ci erto que a nterior mente he mos ci tado constantemente a Figuerola y
Cepeda, quie nes han refle xionado bastante sobre la vida de este tipo d e acuñaciones en la
Hispania de los siglos V – VI. Para ambos autores es muy complic ado establecer una fecha
aproximada sobre el proceso de depreciación de la moneda. Al hilo de ello, debemos citar
los trabajos de Marot quien también ha estudiado este fenó meno. Lo interesante de la
autora pa ra nosotros, es plantea r que durante el siglo V y V I los A E2 teodosianos
experimentaron una entrada y salida de la ci rcula ción, es decir, que su valor intrínseco
aumentaba o disminuía en función de la necesidad monetaria 985 . Incluso la autora cree que
muchos de los depósitos monetarios halla dos en Hispania, y en concreto en la Lusitania,
responden a este tipo de comportamiento, siendo la fecha estimada para su ocultamiento
en el siglo VI y no cuando se promulga la de smonet izaci ón de éstas en el 395 986 . En cierta
medida, este planteamiento es muy interesante si a t endemos a la propia lógica: en lugares
donde la moneda era inexistente o donde circulaban muy pocas piezas, estas adquirirían un
valor superior a no ser d e la ex istencia de otras de mayor interés. Por su pa rte Figuerola,
quien no de scarta la postura de Marot, afirma que es muy compl icado poder demostrar
estos vaivenes a través de la numis mática y la arqueología, s iendo el m omento de la
depreciación del AE2 un campo abierto a debate 987 .
Ciertamente, muchos de estos centro s va n a continuar su actividad ha sta el siglo V I
cuando finalmente se abandonan o se transfor man radicalmente 988 . Mientras muchos de los
yacimientos situados al norte desaparece n durante el siglo V , la s torcularia de las villae de
Torre Águila , Torre de Palma, La Se villan a y Clavellinas continúan funcionando hasta el
siglo VI 989 . Es también durante este periodo donde se asiste a una profunda transformación
arquitectónica y económica de estos yacimientos en toda Hispania: reconversión de la pa r s
urbana en zona s productiva s y/o reutilización habitacional, tumbas y construcción de
iglesias 990 . E stos ca mbios tan repentinos, si son compa rados con la s décadas anteriores, ha n
sido también interpretados desde una persp ectiva histórica. A rce 991 estima que durante la
985 VER NOTA D E MAROT EN FIGUEROLA 1999a: 65
986 MAROT 2000 – 2001 : 150.
987 FIGUEROL A 1999A: 65.
988 CHAVARRI A 2007: 116, 137.
989 Ejemplos citados por P EÑA CERVANT ES 2010: 193.
990 CHAVARRI A 2007: 125.
991 ARCE 2007: 40 y ss.; 2012: 25 – 27;
274
usurpación de Constancio III muchos miembros de las él ites romanas hi spana s se vie ron
obligados a huir para salvar sus vidas, ya que se sabía que muchos de ellos apoya ron al
emperador legítimo. No sabiéndose la cantidad exacta, el autor cree que esto s potentados
abandonaron sus propiedades que fueron rápida mente ocupadas, bien por sus respectivos
conductores, bien por los mis mos campesinos. En est os momentos, algunos de estos
campesinos y/o conductores se aca barían enriqueciendo, intentando comportarse como las
antiguas élites huida s, y a veces ocupando lugares en altura como signo de poder y
control 992 . Paralelo a ello también se produce el surgimiento de las primeras a ldeas y granj as
habitadas por varias familias y que son difícilmente documentadas arqueológicamente a
causa de los materiales p obres utiliza dos en su co nstr ucción 993 . Estas nuevas unida des de
hábitat se situarían sobre o cerca de las antiguas villae y continua rían explotando sus
respectivos fundi 994 , ahora ya en manos de otras personas. Estas pequeñas y nuevas
comunidades acaban dando lugar a núcleos poblacionales en época medieval.
Lamentablemente sigue s iendo nece sario un gra n número de trabajos de a rqueología del
territorio para poder documentar mejor este fenómeno.
Sobre la evolución ec onómica de estos lugares, Cepe da apuesta por un proceso de
involución hacia una economía donde la moneda ocuparía un escaso lugar. Según el autor,
en este desarrollo generaliza do de la ruralización se a centuó el c arácter cerrado y
autosuficiente de los centros rurales. Sin emba rg o, nosotros creemos que estos luga res
también tendría n unas necesidades monetarias, quizás eventuale s, relacionadas con la
transferencia de ex cedent es u obligaciones tributarí as. El solidus romano o el tremis visigodo
serían la s monedas que solve ntaran estas necesidades 995 . De hecho Piego estima que la
moneda visigoda sería codiciada por todos los estratos de la población, bien por su
restringido a cceso 996 , bien por la escasez de numerario, conv irtiéndose inc luso en un obje to
de prestigio 997 . Ejemplos de la importancia del oro en estas economías puede ser, el solidus
de Honorio (404 – 408) ha llado en el tesoro de Torrecaños 998 o las dos piezas visigodas
992 WICKHAM 2016: 679 ; MARTIN EZ VISO 2015 : 309 – 310.
993 FERNANDE Z 2017A: 184 – 185.
994 WICKHAM 2016: 746 – 747.
995 CEPEDA 2000: 175.
996 PLIEGO 2009/1: 226.
997 CEPEDA 2000: 175 .
998 Ibíde m.
275
documentadas en El Saucedo. A quí la más antigua de las dos está descontextualizada,
mientras que la más moderna apareció entre los escombros de un área productiva 999 .
Por estas mi smas fechas, siglo V , es identificado en la ciudad de Conimbriga un
aumento de la circulación de l oro. A quí los autores cre en que el proceso de
desmonetización de la moneda de bronce teodosiana fue solucionado por un aumento de
del uso de las acuñaciones auríferas que durante el siglo V fue considerada la moneda de
mayor valor 1000 .Banaji observa en las crónicas de décadas anterio res tal hecho.
Concretamente toma de referencia el testimonio De rebús bellici cuyo autor crítica
enormemente la reforma monetaria de Constantino. En el texto se observa cómo las élites
del momento se enriquecen con la acumulación del oro mientras que la situación de la s
clases inferiores se a grava por la pérdida de valor de la mone da de bronce 1001 . Hec ho que
puede ser aplicado a décadas posteriores y explicar la aparición de muchos tesoros
teodosianos en estas villae del iter . Es probable que la no recuperación de los conjuntos de
El Saucedo, La Sevillana, Garciaz,Torrecaños, Santa Vi tória de Ameixia l fuese a causa de la
falta de interés en recuperar un material, que además de pesado, no tenía valor con respecto
al oro 1002 . No de scartándose tampoco una consecuencia de momentos fortuitos 1003 como el
casode Vale dos Mouros donde pa rece que el co njunto halla do estaba escondido en un
saco debajo de muchas herr amientas de herraje 1004 .
Paralelo a ello, Marot ha ide ntificado una serie de ha llazgos, lamentablemente
escasos en Lusitania, en los que observa que la moneda romana del siglo IV, con frecuenci a
imitaciones, c ircula con otr as piezas de bronce de origen vándalo e incluso bizantino
durante el siglo VI 1005 . E ste comportamiento puede justificar la necesidad de numerario de
una población ha bituada a l uso de la moneda en la s transacciones cotidianas y de menor
escala donde era complicado utilizar piezas acuñadas en oro.
Ciertamente, se mantiene en los últimos años que la situación en la Hispania del
siglo V es de continuidad en ciertos á mbitos a pesar de la caída del Imperio de
999 CABELLOS 2008: 181 .
1000 PEREIRA et al. 1974 : 300 – 303.
1001 BANAJI 2016: 112.
1002 Como también ha estimado Ce peda con otros conju ntos de la misma é poca. CEPEDA 2000: 174.
1003 También sostenida por CEPEDA 2000: 17 4.
1004 SÁ COIXÃ O et al . 201 1: 337.
1005 MAROT 2000-20 01 Seguida por PLIEGO 2009/1: 226 .
276
Occidente 1006 . De hecho, aunque el aparato estatal desapareciera, es más que probable que
la tributación y rentas s eguirían siendo cobradas y demandada en especie y en met al
aurífero y que algunos modos de vida continuaran. No olvide mos que uno de los motivos
que se baraja para ex plica r la desestabilizaci ón de l Imperio sea la continua evasión del pago
de tributos que lo s possesores realiz aban 1007 .Pero también debemos tener en cuenta el ca mbio
en cuanto a la propiedad y a la explotación de la tierr a. Ya hemos mencionado cómo las
villae dejan de tener sentido, s us estancias son reocu padas y que la s tierras son ahora
explotadas por una serie de campesinos que dependen de otros tipos de propietarios a
través del sistema del patrocinium 1008 .
La cuestión de los campe sinos “de pendientes” de otros p ropietarios ha sid o muy
bien observado por Cordero Ruiz cuando analizó el poblamiento emeritense desde el siglo
IV. El autor estima que a partir de l siglo V se ident ifica un cambio en la propiedad agraria
donde entran en juego tres grupos muy diferentes 1009 . Por una parte la antigua a ristocracia
hispanorromana, por otra la visigoda y la jerarquía eclesiástica. Al hilo de este último sector
se encontrarían va rios trabajos como el de García Iglesias 1010 o el que realizada Cha varría 1011
sobre las propiedades de l Abad Nancto en el entorno de Augusta Emerita . La a utora cree
que el sustento del monasterio fundado por e ste abad se basaba en la s rentas que reci bían
de los campesinos que vivían en las propiedades del monasterio. Aunque estemos
barajando cronologías muy posteriores, pues se esti ma que el Abad Nancto vivió en el siglo
VI, la dinámica no debió ser muy diferente a l a desarrollada en otras comunidades o
propiedades eclesiásticas en el siglo V, de a hí que la hayamos tomado de ejemplo. Por otra
parte tampoc o podemo s olvi dar que muchos propietarios abrazaron el cristianismo y una
manera muy frecuente de inc orporars e a la nueva religión era al de sp ojarse de sus
propiedades terrenales. Estas serían entrega das a las iglesias próximas, que pasa ban a ser las
nuevas propietarias, recibiendo así también los beneficios y las rentas 1012 .
1006 CAMERON 2001: 200 – 201; GARCÍA MOR ENO 2005 : 180 – 187; CHAVARR IA 20 07: 69 – 70;
FERNÁND EZ 2017b: 126 y ss.
1007 BROWN 1988: 26 – 30 segu ido por C HAVARRI A 2007: 65; IBID EM; WICKH AM 20 16: 126 y ss ;
PLIEGO 2009/1: 229.
1008 WICKHAM 2016: 746 – 747.
1009 CORDERO RU IZ 2013: 318.
1010 GARCIA IGL ESIAS 1989.
1011 CHAVARRI A 2004.
1012 CHAVARRI A 2007: 41.
277
Estos tres grupos menciona dos por Cordero mantendrían el sistema de rentas que
ya se había observado en el siglo IV, lle vándose a cabo el cobro de estas en moneda y en
especie o en función de l o establecido en cada m omento. Lo mismo sucedería para los
impuestos. En relación a esto creemos que debemos menciona r el fenómeno de las pizarras
visigodas, las cuales empiezan a aparecer mayoritariamente en el norte del territorio lusit ano
durante los siglos V y VI. Este material, ya mencionado en capítulos anteriores puede
servirnos de apoyo para el conocimiento de la economía de este momento. Rec ordemos
que ya habían aparecido dos ejemplos muy anteriores , fec hados en torno a l siglo IV, pero
hallados en contextos de reutiliz ación. Nos referimos a los ej emplos ya citados de San
Pelayo en Aldealengua de Salamanca y Valdelobos, cerca de Montijo y de la antigua Augusta
Emérita en Badajoz (Fig. 25).
Fig. 25. Pizarr a de Valdelobos. Según CORDERO RUI Z y MARTIN VI SO 2012: 258
Sin emba rgo, la mayor parte de las pizarras son fec hadas en momentos del siglo VI
y posteriores, como el caso de El Cortinal de San Juan, todo un hito en hallazgos
epigráficos de este estilo. Estas piezas con numerosos numerales no su elen mencionar a la
propia moneda, y en las que sí, aún se sigue utilizando el nombre de solidus como referencia
monetaria. No obstante, los autores dedicados al estudio de estos numerale s a dvierten que
estas alusiones numismáticas corres ponden a una moneda de cuenta y no a un va lor
278
nominal 1013 . Sobre el resto de numerales, a ún siguen existiendo dudas sobre su verdade ro
significado: por una pa rte la acumulación de unidades de pago en especie, por otra la
conversión de moneda a especie o viceversa 1014 . Sea como fuere, no debe hace rse de ellas
una le ctura exclusivament e fiscal como se ha pla nteado por el lugar de sus hallazgos: zonas
de control donde se efectuaba la recaudación de est os tributos 1015 . Sino que se debe apostar
por una lectura más abierta donde tenga cabida tanto la fiscalidad como el contr ol de una
producción para el cobro de rentas o simplemente una conta bilidad que se nos escapa hoy
por falta de mayor número de registros.
La información advertida por la s piz arras es de interés para nosotros, e inclu so nos
pueden mostrar dos rea lidades muy distintas. Por una parte un ca mbio ec onómico brutal
en la ruralidad que nada tiene que ver con el sis tema de ex plotación de la t ierra de siglos
anteriores 1016 . Ya hemos mencionado cómo las villae de jan de tener el sent ido de tiempo
atrás, sus estancia s son reocupada s y las respectiva s tierras son ahora explotadas por una
serie de campesinos que dependen de otros tipo s de propietarios 1017 . Al mismo tiempo
empiezan a surgir de manera paulatina l as pr imeras aldeas 1018 y pequeños poblados 1019 ,
algunos de el los con gran perduración en époc a mediev al. A su vez, est os terr itorios
empiezan a ser supervisados y jeraquiz ados por un nuevo elemento paisajístico y
constructivo: los ca stra , que albergan las élites de estos momentos 1020 . Según Martín Viso 1021
estas élites disponen de una capa cidad política en cuanto a la recaudación tributaria se
refiere; a la pa r de ejercer un posible control sobre la producción agrícola de estas
comunidades quienes también tienen que contribuir con s us respectivas rentas.
Por otra parte, no pode mos deja r de lado el rol que la moneda que pudo haber
jugado en tales documentos . A unque las referen cias monetarias son escasas en los textos de
las pizarras, no descartamos que los numerale s interpretados como unidades de p ago en
especie, tuvieran un valor monetario comúnmente sabido y aceptado por todos. Es decir,
1013 DÍAZ y MART ÍN 2011: 239.
1014 IBIDEM
1015 MARTIN V ISO 2006: 266 y ss.
1016 CHAVARRIA 2005, BROGIO LO y CHAVARR IA 2008; MARTIN VISO 2006 ; AR IÑO y DIAZ 201 2;
CORDERO RU IZ 2013: 312 y ss.
1017 CHAVARRIA 200 7: 61 y ss.
1018 C ARVALHO 2015: 405 – 410 cita varios eje mplos de villae que acaban convirtiéndose en aldea a partir
del siglo V – VI.
1019 MARTIN V ISO 2016: 27 y ss.
1020 WICKHAM 2016: 679 .
1021 MARTIN EZ VISO 2015: 309 – 310.
279
una herencia de la adaeratio y comparatio pero aplicado a la cotidianidad 1022 . E ste valor era
conocido través de la transmutación de espec ie en moneda o vic eversa que podía ser
realizada menta lmente, como ya expusimos en el ca pítulo anterior. Ejemplo de esas
transmutaciones comúnmente aceptadas puede r esultar el contenido del texto De Fisco
Barcinonense 1023 que también hemos mencionado a nteri ormente. Aquí se toma de referencia
el modio canónico para realizar la transmutación monetaria. P arece que tal operació n
matemática era entendida por todos al tener una considera ción estándar. Sin embargo,
autores como P liego han estimado que las referencias monetarias del texto no de ben
entenderse como una moneda de valor nominal, sino más bie n hace n referencia a una
moneda de cue nt a conocida por todos. De hecho, puntualiza la autora que este texto no
puede ser aplicado a la totalidad del territor io hispan o 1024 .
Sea como fuere, está claro que estas comunidades s eguían utiliz ando la moneda
para determinadas transacciones, y que esta, seguía siendo un el emento diferenciador de la
sociedad: para los trat os cotidianos y/o de menor importancia se utiliza ría la moneda de
bronce de época romana y para los de mayor enver gadura la visigod a de oro 1025 .Incluso se
ha pla nteado que la tenencia de esta última estaría relacionada con el prestigio y cercanía a
la autoridad rea l 1026 , hecho que aleja bastante su utilización en las transacciones cotidianas
como se había pensado 1027 . No obstante, no podemos olvidar la s piezas visigodas halladas
en El Saucedo, las cuales ya ha n sido mencionadas. Uno de los ej emplos, la moneda de
Witiza, fue de scubi erta en un conte xto de derrumbe de una estancia donde aparecieron in
situ va sijas de gran tamaño y una presa de molino posiblemente de a ceite 1028 . Este ha llazgo
puede incluso ayudarnos a comprender el volumen de producción de estos lugares ya que,
obviando el uso cotidia no de estas monedas, posiblemente fue una pérdida de un pago de
gran envergadura, uniéndonos a las conclusiones de Pliego antes mencionadas.
Pero tampoco se descarta que en los ca mpos del ite r circularan moneda s acuñadas
en otra parte del Mediterr áneo. Recordemos que la Vía segu ía conectando partes muy
1022 Camer on ha conside rado estas tran smutaciones en e l ámbito de las transaccio nes efectua das entre
propietarios, e s dec ir, qu e mu chas veces era posib le que los exc edentes d e una finca u otra no llegar an n unca
al mercado, sino qu e e ran ve ndidas para obtener oro y o tras partes para e l mantenimiento d e las fincas y su
fuerza d e trabajo. Efectivamente , aquí se lle varía a cabo el cá lculo y la estimación de la s prod ucciones en oro ,
utilizando la e specie para otr os aspectos: CAM ERON 2001: 13 2.
1023 PLIEGO 2009/1: 223 y ss.
1024 Ibídem.
1025 Ibídem, 225.
1026 MARTÍN V ISO 2013: 73.
1027 PLIEGO 2009/1: 225 – 226.
1028 CABELLO BRIO NES 2008: 181.
280
importantes de la Peníns ula y esto no pasaba desapercibido para el propio comercio. Marot
ya observó una llegada considerable de piezas bizantinas en las zonas levantinas y catalanas
donde los hallazgos son más numerosos a partir del siglo V I 1029 . No obstante, en las villae
del iter no han a parecido muchos ejemplos. Tenemos constancia de un min imus de
Justiniano I halla do en Torre de Palma 1030 , pero no se dispone de contexto. Lo mismo para
otras piezas a parecidas en los entornos del iter , las cua les carecen también de esta
información 1031 . Es posible que estas pieza s de bronce circularan c on los AE2 de la dinastía
valentiniana y teodosina, al igua l que el oro visigodopor territorio lusitano a causa de
determinadas activ idades económicas. Recordemos que el puerto de Olisipo siguió teniendo
cierta actividad en esta mis ma época 1032 y que no era n escasas las comuni dades de personas
de origen oriental qu e allí habitaban a causa de l comercio 1033 . Como también se ha
detectado a tr avés de l a epigrafía en Augusta E merita 1034 y el consumo y f abricación de
determinados elementos de orfebrería de origen oriental 1035 . Algunos de ello s hallados
incluso en zona s rurales 1036 . Esto puede justificar la aparición de ponde rales de patrón
bizantino que están compl etamente rela cionados con la actividad comercial aunque estos
tengan un valor nominal 1037 . Más frecuentes en la z ona atlántica, como s e verá en el
siguiente ca pítulo, y en la zo na del Iter , en el vicus de Póvoa de Mile u, en Guarda 1038 . Por su
parte los AE2 tardo-romanos presentan módulos y pe sos casi parejos, por lo que no sería
extraño circularan a la par por asimilación 1039 .
A pa rtir del siglo VII y VIII estos yaci mientos, con cier ta continuidad de los siglos
anteriores 1040 , entran en u na dinámica muy diferente a la anteriormente descrita, a
consecuencia de nuevos acontecimientos históricos que se escapan a nuestros objetivos y
metodologías.
1029 MAROT 1997: 16 8, 185 – 187.
1030 En el catálogo que aportamos no disponem os de esta pieza, la cual no hemos identifica do en el conjunto
facilitado por el Museo. Puede ser que formar a parte de otras colecciones. L a r eferencia la hemos tomad o de
BOST 2000: 74.
1031 MAROT 1997: 16 8, 185 – 187 .
1032 FABIÃO 2009b.
1033 GARCÍA MOR ENO 1972: 14 1.
1034 VIZCAÍNO 2007 : 537; DE HOZ 2007 .
1035 BARRERO MAR TÍN 2017.
1036 PÉREZ MARTÍ N 1961.
1037 VIZCAÍNO 2007 : 696.
1038 OLEIRO 1952.
1039 MAROT 2000-20 01: 152.
1040 C ORDERO RUI Z y FRANCO MORENO 2012 .; tambié n como ejempl o la tesis d octoral de FRANCO
MORENO, B. (2008): De Emer ita a Marida . El territorio. El territ orio de Mérida en el trá nsito de la A ntigüedad tardía a
la Alta Edad Media . UNED Mé rida.
281
288
Fig. 3. Detal le del
ager
de
Olisipo
con las
villae
mencionadas en el tex to (E: 1/200)
Tenemos la ventaja d e que a lgunas de estas villae han sido estudiadas
monográficamente como los casos de Parreitas 1066 y Rabaçal 1067 . En ambas se ha p restand o
especial atención al registro numismático. Por suerte, estos trabajos también cue ntan con
referencia estratigráfica, y con la ubicación exacta de la aparición de cada pieza. Como es
lógico, el interés de estos radica en la posibilidad de cotejar esta realidad rural con otras
urbanas. E l ca so de C onimbriga será decisivo para conoc er el grado de circulación de las
piezas halladas en áreas rurales. También contamos con otros estudios numismátic os como
los trabajos de Ruivo. Este auto r, a demás de su obra sobre la Lusitania del siglo III , realizó
un análisis sobre la circulaci ón monetaria de los siglo s I a.C. ha sta el II d.C. en la
Estremadura Por tuguesa. Una región que ocupa en gran medida el área de estudio que
nosotros hemos acotado.
Como se puede observar en los gráficos sigu ientes, no existen diferencias
significativas en el aporte moneta rio de cada yacimiento. Sí es cierto que algunos de estos
lugares han proporcionado menos moneda que ot ros, no obstante, las cifras de estos suele n
ser muy similares en prop orción y cronología a los más numerosos. E n una visión general
del numerario, se observa a priori dos elementos destacables. En primer lugar, el impacto
1066 BARBOSA 2008a
1067 PEREIRA et al. 2012 .
289
económico de los difere ntes periodos inflacionarios de la economía imperial. E sto s e
traduce con un gran volumen de ha llazgos acotados en periodos muy determinados, lo que
nos demuestran que las villae s e encontraban abiertas a los circuitos económicos y de
aprovisionamiento del momento. E n segundo lugar, la influencia de O lisipo por su
proyección atlántica en la circulación de determinadas pieza s. Las villae atlánticas, a través
de la ce rcanía de esta á re a portuaria, no fueron aj enas a las rutas atlántica -mediterráneas,
nutriéndose de mercancías con procedencias muy lejanas.
Cronología
S.AndréAlm
oçageme
Freiría
S. Miguel de
Odrinhas
Quinta de
Bolacha
Almoinhas
-Frielas
CasaisVelhos
S. João-
Laranjeria
Columbeira
Vila Cardilio
Parreitas
Rabaçal
Total
%
Antes Augusto
-
1
-
-
-
-
-
-
-
-
-
1
0,10
Augusto> 192
1
8
2
2
1
-
1
-
15
-
6
36
3,84
Ind. Alto Imp.
3
-
2
1
1
1
-
-
-
-
2
9
0,96
193 - 260
3
5
3
1
-
1
4
-
3
2
-
22
2,35
260 - 274
24
16
16
22
1
-
3
1
19
28
41
171
18,16
274 - 306
2
-
-
1
-
-
-
1
6
1
4
15
0,14
306 - 330
2
5
1
2
-
1
4
-
7
1
8
31
3,31
330 - 340
9
13
7
2
4
-
8
3
15
4
36
101
10,47
340 - 346
4
2
-
7
-
2
2
1
1
-
3
24
2,45
347 - 353
3
4
-
7
-
-
1
-
6
8
53
82
8,76
Magn/Decencio
-
2
-
1
-
-
-
1
-
2
4
10
0,96
355 - 362
20
2
10
3
2
2
5
1
8
10
60
123
13,03
364 - 378
2
-
-
-
-
1
-
1
1
1
2
8
0,74
379 -398. AE2
26
21
35
2
6
7
1
7
23
28
14
1 75
17,94
378 -398 AE3/4
-
-
-
-
-
-
-
-
6
6
12
0,74
Ind. S. IV
7
3
9
5
2
-
4
-
15
5
86
136
14,52
Total
106
79
90
54
18
15
35
16
118
90
324
964
100
Tabla 1. Reparto cr onológico de las pieza s halladas en las
villae
de l área at lántica
Al hilo de lo último pueden relaciona rse algunos pequeños tesoros documentados
en estas villae . Lo s casos de Freiria y Rabaçal no ha n sido incorpo rados a la muestra de las
964 piez as, pues adulterarían significativamente los resultados. Los dos, con difere ntes
cronologías, serán mencionados y estudiados a corde con la circulación del momento, pero
siempre marcaremos la diferencia entre los hallazgos aislados de los
tesorillos/ocultamientos.
290
Fig. 4. Gr áfico donde se observa la c antidad de monedas hallad aspor periodos en las
villae
atlánticas
0 20 40 60 80 100
< Augusto
Augusto >192
Ind. Alt. Imp.
193 - 260
260 - 274
274 - 306
306 - 330
330 - 340
340 - 348
Reforma
Magn/Decen.
353 - 360
364 - 378
378 -395. Ae2
378 -395. Otros
S. IV
S. André de Almoçageme
Freiria
S. Miguel Odrinhas
Quinta de Bolacha
Almoinhas - Friela s
Casais Velhos
S. Joao.
Columbeira
Vila Cardilio
Parreitas
Rabaçal
291
5.3. Análisis de la cir culación monet aria
5.3.1. Siglos II - I a. C.
De las 10 villae que sometemos a estudio, tan solo la de Freiría ha a portado una
pieza a nterior a l gobierno de Augusto. La moneda en cuestión, un a s de Sa lacia (CNH nº
13), puede ser ejemplo de una moneda residual que continúa circulando e n época muy
posterior a su acuñac ión. Las emisiones de esta ceca estuvieron muy pr esentes en los
territorios ce rcanos a su emisión, pues a sí lo ha demostr ado Ruivo en s u estudio de la
Estremadura Portuguesa 1068 . Sin embargo sabemos q ue en el emplazamiento de la a ctual
villa de Freiria ya exi stía n ciertas a ctividades económicas y de consumo, como así han
demostrado los f ragmentos de ánforas itál icas y béticas da tadas a finales del siglo I a.C 1069 .
Cardoso interpreta el hallazgo de esta pieza como un testimonio evidente de transacc iones
comerciales continuadas 1070 . No obstante, no es raro pensar que este tipo de piezas puedan
presentar una prolongada circulación a lo largo de l tiempo, conv iviendo con otros
ejemplares de época imperial. Esta dinámica también ha sido advertida en las villae de la Vía
de la Plata, y como también veremos más adelante, en las ubicadas en el sur de la Lus itania.
Aún así nos sorprende que no se hayan documentado otros ejemplares de époc a
romano republic ana o acuñaciones de tipo hispánico diluidas en la circulación del siglo I.
Estos terr itorios ya conocí an la moneda con mucha antelación como así se ha observado en
algunos tesoros documentados por Hipólito 1071 . A su vez, la recopila ción que realiza Ruivo
sobre la Estremadura P ortuguesa muestr a un gran número de especímene s de es tas
cronologías, por lo que tuvieron que circular amplia mente 1072 . Muchas de las villae qu e
analizamos en este capítulo tienen su mayor apogeo en el siglo II I - IV, aún habié ndose
documentado estructuras del siglo I y II. Probablemente la amplia diferencia cronológica
entre la circula ción de pie zas del siglo II - I a.C . y los primeros momentos de estas villae
justifica la ausencia en el registr o de ejempla res.
1068 RUIVO 1993-1997 : 114-115.
1069 CARDOSO 2016: 359 ; 501.
1070 Ibidem , 271.
1071 HIPOLITO 1960-1 961.
1072 RUIVO 1993- 1997
292
5.3.2. Siglos I y II
Por lo que respecta a las pieza s emitidas durante los siglos I y II, se puede observar
una escasez de ha llazgos si comparamos la cifra con el resto del conj unto (43 monedas d e
936 totales)(Tabla 1).
Cronología
Santo
André de
Almoçage
me
Freiría
S. Miguel
de
Odrinhas
Quinta de
Bolacha
Almoinha s
-Frielas
S. João-
Laranj eria
Vila
Cardilio
Rabaçal
Total
m/a
Antes
Augusto
-
1
-
-
-
-
-
-
1
-
Augusto
-
-
-
-
-
3
-
3
0.075
Tiberio
-
1
-
-
-
-
7
-
8
0.34
Caligula
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Claudio
1
-
-
-
-
-
4
1
6
0.46
Nerón
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Vespas iano
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Tito
-
1
-
-
-
-
-
-
1
0.33
Domiciano
-
1
-
-
-
-
-
-
1
0.06
Nerva
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Trajano
-
-
1
-
-
-
-
-
1
0.05
Adriano
-
1
1
-
1
1
1
-
5
0.22
Antonino
Pio
-
1
-
1
-
-
-
-
2
0.08
Marco
Aurelio
-
1
-
1
-
-
-
3
5
0.25
Cómodo
-
2
-
-
-
-
-
-
2
0.16
Ind. s. I y II.
3
-
2
1
1
-
-
1
8
-
Total
4
9
4
3
2
1
15
5
43
-
Tabla 2. Número de monedas ha lladas e índice de monedas por año aparecidas en cada
villa
del
área atl ántico
5.3.2.1. Dinast ía Julio-Claudi a
Atendiendo a la dinastía julio-claudia , no se han do cumentado piezas de plata y oro,
siendo todas las ca talogadas en bronce (Tabla 3). No obstante, tampoco estamos ante un
gran número de hallazgos . Salvo las villae de Vila Cardilio, Santo André de Almoçage me y
Rabaçal que han aportado ejempl ares de esta dinastía, el resto carece de ejemplos. Hecho
que lla ma poderosamente la a tención, ya que tanto en el entorno de la Vía de l a Plata como
en el resto de la Estremadura Portuguesa vemos un número interesante de piezas
coetáneas. Ruivo ha observado una presencia sig nificativa de ejemplares tanto en plata
como en bronce, siend o el reinado de Claudio I el momento que más piezas ha
proporcionado 1073 . El autor hace hincapi é en que gran pa rte d e las monedas de este
periodo corresponden a las clá sicas imitaciones hispánicas del tipo Minerva 1074 , como se ha
1073 RUIVO 1993-1997 : 117.
1074 RIC I 100
293
advertido en otros yacimientos 1075 . No obstante, si atendemos al conjunto de piezas
halladas, de las 17 del periodo julio -claudio, 6 sólo corresponden a C laudio I, y de ellas , 4
fueron halla das en Vila Cardilio . Esta villa merece especial atención, ya que es el yacimiento
que más moneda de esta dina stía ha aportado. En un estudio pormenorizado de s u
numerario podemos observar que a excepción de una pieza emitida por Augusto en Roma;
el resto, tanto de éste como de Tiberio, corresponde a talleres pe ninsu lares, siendo
mayoritaria la ceca de Augusta Emerita .
As de Tiberio acuñad o en
Augusta Emerita
entre el 14 y 37 y hallado en Vila Cardilio (Nº 7 de l
catálogo)
Cronología
Santo André
de
Almoçageme
Freiría
S. Miguel de
Odrinhas
Quinta de
Bolacha
Almoinhas -
Frielas
S. João-
Laranjeria
Vila Cardilio
Rabaçal
Total
m/a
Augusto
-
-
-
-
-
3
-
3
0.075
Tiberio
-
1
-
-
-
-
7
-
8
0.34
Caligula
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Claudio
1
-
-
-
-
-
4
1
6
0.46
Nerón
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Total
1
1
14
1
18
0,87
Tabla 3. Número de moneda s físicas y por año halladas en las
villae
del área atlántica durante l a
dinastía jul io-claudia
En una compa ración con el resto de yaci mientos cerca nos, los índices a portados
por Vila Ca rdilio son muy parejos a los advertidos por Ruivo en la Estremadura
Portuguesa 1076 . La ubicación del yacimiento, muy próximo a la vía XVI y entre los agri de la s
ciudades de Scallabis y Seillum , puede explicar estos hallazg os. De hecho, creemos que es el
viario quien explica la llegada de estas piezas a la villa . No olvidemos cómo la Vía de la Plata
es considera da un verdadero agente difusor de piezas tan s ignificativas c omo la s
imitaciones de Cla udio I 1077 . Por otra parte, según las memorias de intervención
consultadas, la mayor parte de estas pieza s aparecieron en estratos con mate riales
1075 RUIVO 1993-1997 : 117-118.
1076 Ibidem , 120 -121.
1077 BLAZQUE Z CERRATO 200 2: 281-284.
294
removidos, halla dos debajo de la s estructuras cor respondientes a finales del siglo III 1078 . No
es de extrañar que este n umerario fuera el circulante en las primeras fases de Vila Ca rdilio ,
como también lo pudo ser en las fases po steriores. Sin embargo, la ausencia de estas
monedas en el resto de yacimientos puede tener diversas interpretaciones .
As de imitación del tipo miner va de Claudio I. Ca. 41 -51. Hall ado en Vila Cardilio. (nº 13 del
catálogo)
En un primer momento p ensamos que la metodolo gía arqueológica emplea da en el
estudio de alguno de estos lugares pudo condi cionar el volumen de material ha llado. No
obstante, como ya hemos indicado, la mayor parte de las villae incluidas han sido excavadas
recientemente, y por tanto, debemos abandonar el criterio metodológico. Resulta extraño
observar cómo en los t erritorios de la E stremadura Portuguesa circula ran en ciert a
abundancia piezas de talle res hispanos y otra s tantas de imitación de Claudio I. Podr íamos
pensar que otras villae no presentan un desarrollo arquitectónico y económico temprano, es
decir, que su momento de mayor actividad fue más tarde. Sin embargo, en a lgunas de ella s
se han documentado evidencias de consumo de mercancías datadas en el s iglo I. De todas
formas, la falta de piezas no debe ser interpretada bajo ningún conc epto como una ausencia
de circulación. E s muy probable que ejemplares de Augusto, Tiberio y Claudio I circularan
por las primeras fases de estas villae en esca so volumen y tuvieran un uso má s restringido.
Pero tambié n es posible que estas piezas circu laran en momentos muy po steriores a su
acuñación por el valor intrínseco de ca da moneda.
5.3.2.2. Dinast ía Flavi a
En lo que se refi ere a la dinastía flavia (Tabla 4), tan solo se han documentado dos
piezas (un dupondio de Tito y un a s de Domiciano) procedentes de la villa de Freiria. La
escasez de este numerario también se ha observado en la región de Estremadura
Portuguesa 1079 y en ciudades como Conimbriga 1080 o Belo 1081 .
1078 CONEJO D ELGADO 2017: 101 – 102.
1079 RUIVO 1993-1997 : 128.
1080 PEREIRA et al . 1974 : 220-221.
295
Cronología
Santo
André de
Almoçage
me
Freiría
S. Miguel
de
Odrinhas
Quinta de
Bolacha
Almoinha s
-Frielas
S. João-
Laranj eria
Vila
Cardilio
Rabaçal
Total
m/a
Vespas iano
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Tito
-
1
-
-
-
-
-
-
1
0.33
Domiciano
-
1
-
-
-
-
-
-
1
0.06
Total
-
2
-
-
-
-
-
-
2
0.39
Tabla 4. Número de moneda s físicas y por año halladas en las
villae
del área atlántica durante l a
dinastía flavia.
No obstante, se puede comprobar una gran diferencia entre estas villae y la s situadas
en la Vía de la Plata. E n las últimas, al igual que en los centros urbanos, se ha documentao
una notable ci rculación de piezas flavia s. Blázquez Cerrato ha interpr etado este he cho
como una consecuencia directa del proceso de reactivac ión ec onómica vivida en la zona
tras el gobierno de Vespasiano 1082 . Hecho que también se observa en otras ciudades de la
Lusitania, con la adopción de nuevos programas decorativos tras la proclamaci ón de la Lex
Flavia Municip alis 1083 . Es muy probable que esta a usencia de hallazgos responda a l mismo
fenómeno advertido en la dinastía anterior: a nte la escasa ci rculación de piezas, may or
atención en cuanto a su pérdida.
5.3.2.3. Emper adores A doptivos y Dinastí a Antonina
A partir de Nerv a la situa ción parece ca mbiar, aunque no han aparecido piezas de
este último, si se observa un a umento en la a parici ón de monedas acuñadas por Trajano y
Adriano, que continúa con Antonino Pío y Marco Aurelio (Tabla 5). Este incremento
también es observado en la región de la Estremadura Portuguesa 1084 , en el resto de la
fachada Atlántica con especia l atención al caso de Conimbriga 1085 , y en las zonas interiores 1086 ,
por lo que estamos ante una tónica general 1087 . No obstante, atendiendo al índice de
monedas por año, los valores siguen siendo bajos. Existe una ca ren cia de pieza s de
pequeño valor ya que las moneda s documentada s son sestercios y du pondios. Esta
ausencia ha sido interpret ada por Arias como una disminución de pequeñas transacciones,
a favor de otras más im portantes de las cuales en las que era n ecesaria una moneda de
mayor valor 1088 . Sin emba rgo, del mismo modo que en las villae de la s V ía de la Plata, en
1081 BOST y CHAVES 1984: 60.
1082 BLAZQUE Z CERRATO 200 2: 290.
1083 LE ROUX y TRANOY 1983 - 1984 ; FABI ÃO 2017: 14 .
1084 RUIVO 1993-1997 : 106-107.
1085 PEREIRA et al . 1974 : 220- 221.
1086 ARIAS FERR ER 2014: 199.
1087 RIPOLLÈS 2002: 204 -205.
1088 ARIAS 2012: 188 .
296
esta área, se han observado ciertos elementos que muestran un consumo de menor escala,
si esto lo comparamos con los gastos de edificación o compras más amplias (grandes
cantidades de vino y aceite o de cereal).
Cronología
Santo
André de
Almoçage
me
Freiría
S. Miguel
de
Odrinhas
Quinta de
Bolacha
Almoinha s
-Frielas
S. João-
Laranj eria
Vila
Cardilio
Rabaçal
Total
m/a
Nerva
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
Trajano
-
-
1
-
-
-
-
-
1
0.05
Adriano
-
1
1
-
1
1
1
-
5
0.22
Antonino
Pio
-
1
-
1
-
-
-
-
2
0.08
Marco
Aurelio
-
1
-
1
-
-
-
3
5
0.25
Cómodo
-
2
-
-
-
-
-
-
2
0.16
Total
-
5
2
2
1
1
1
3
20
0,75
Tabla 5. Número de moneda s físicas y por año halladas en las
villae
del área atlántica durante l os
emperadores adoptivos y la dinastía antonina
A pe sar de la esca sez de hallazg os, motivados en cierta medida por el ni vel de
arrasamiento de los ya cimientos, se ha podido comprobar el consum o de ciertas
mercancías. En este caso los halla zgos de lucernas, terra sigillata , ánforas oleareas y vinarias
en la s villae de Alto da Cidreira 1089 , Freiria 1090 y Ca rdilio 1091 son signos evide ntes de e sta s
pequeñas y medias transacciones. Atendiendo a la extensión de los yacimientos y al número
de fragmentos hallados, deducimos que no estamos ante un consumo elevado, sino má s
bien reducido donde no s e usaría moneda de gran valor. No obstante, como acabamos d e
mencionar estas fases están muy a rrasadas y nos impide una visión de conjunto. Estas
evidencias coincide n también con otras activida des económicas documentadas en la pro pia
línea d e cost a. Por una parte, la continuidad de la actividad de las salsas de pescado ,
conservas y salazón ide ntif icadas en la ciudad de Olisipo 1092 y el valle del Sado 1093 , Por otra l a
producción de aceites en las áreas rurales 1094 demuestran un amplio dinami smo económico
en estos primeros siglos.
1089 NOLEN 1988.
1090 CARDOSO 2016: 396 .
1091 DIOGO y MON TEIRO 1999 .
1092 LAGÓSTENA BA RRIOS 20 01: 246-247.
1093 MAYET y SILV A 2010.
1094 CARVALHO y ALMEIDA 1996.
297
Fig. 5. Es tatua del dios Mer curio aparecida en l a
villa
romana de S ão Joã o – Laran jeira según
SANTOS 2011: 528
Otro elemento de consumo que suele pasar desapercibido en estos contextos es la
demanda de estatuaria (Fig. 5) o merca ncías similares. Bien es cierto que no nos han llega do
ejemplos de ello, pero no podemos olvida r la estatua de bronce aparecida en la villa romana
de São João – Quinta da Laranjeira 1095 . Menuda pero de ca lidad, fue a morti zada en un
contexto de finales d el si glo III y principios del siglo IV. Como es lógico, est e tipo d e
mercancías no pa saban desapercibidas y en momentos de cambio de propiedad o
convulsión desaparecerían rápidamente.
5.3.3. Siglo III
El numerario acuñado en el siglo III e stá compuesto por un total de 199 pie zas. La
mayoría corresponde a las emisiones de Galieno, Cla udio II y las póstumas a nombre de
Divo Claudio (un total de 158 ejemplares, un 79,39% de las monedas de este siglo)(T abla6).
1095 SANTOS 2011.
304
mismos a utores como un a clara consecuencia de la ley de Gresham 1120 . Una tónica también
advertida en otros tesoros de mayor peso como son los de Porto C a rro y Sa mpaio. En
ambos se observa una presencia considerable de piezas emitidas tras la reforma de
Aureliano, al igual que bajo el mandato de Diocleciano y la Tetrarquia. Para Ruivo, quien
compara estos hallazgos con otros peninsulares, pa rece ser que el sur peninsular se nutrió
desde el primer momento de grandes contingentes de moneda reformad a, la cual fu e
atesorada rápidamente p or su conte nido en plat a 1121 . El autor ex plica que este flujo
procedente de Italia está justif icado por las relaciones comerciales mantenidas entre ésta y
las provincias lusitana y bética 1122 .
Nummus de Dio cleciano acuñ ado en Cartago el 297 y hallad o en Vila Cardilio (nº 38 del catál ogo)
En efec to, la facilidad de los lusitanos en adquirir es te tipo de moneda reformada se
ve también plasmada en el conjunto monetario de Freiria III. Aquí se observa cómo estas
piezas reformadas formaban parte de la moneda circulante, y que junto a las piezas de
menor ca lidad, - antoninianos de Claudio II e imitaciones de Divo Claudio - eran utilizadas
en las transacciones come rciales. Este hecho de b e rela cionarse también con el ca rácte r
productivo de estos centros rurales. R ecordemos que el tesoro fue hallad o en un área
dedicada a la ela boración de aceite, y que la villa de Freiría, es considerada uno de los c entro
de producc ión olivarero más importantes del área de Olisipo 1123 (Fig. 7). A est o hay que
sumarle otros con cierta preferencia por la a ctivida d vitícola 1124 , el trab ajo de la pie dra 1125 o
el mosaico 1126 . En estos momentos, esta ci udad portuaria junto a otras lusitanas, reciben
donaciones por parte del emperador; cantidades que coincidieron y contr ibuyeron al
florecimiento económico de estos centros 1127 . Esta pros peridad también concurre con la
1120 RUIVO 2008: 318 .
1121 RUIVO 2008-2013 : 29.
1122 IBIDEM
1123 CARDOSO Y ENCARNAÇ ÃO 1999.
1124 CARVALHO 1999 .
1125 FERNANDES 2014 : 13 y ss.
1126 CAETANO 2006: 31.
1127 ANDREU PINT ADO 1999: 471.
305
renovación del sistema viario lusitano, como así lo han atestiguado no pocos milia rios de
época de Probo, Maximiano y Constantino I 1128 (Fig. 8).
Fig. 7.
Torcularium
norte de l a
villa
romana de Fr eiria. Según PEÑA CERV ANTES 2 010: 989.
Fig. 8. Miliario de Prob o hallad o en
Olisipo 1129
El consumo de salsas y c onservas de pescado es otro indic ador del uso de moneda
de may or valor. En efec to, dudamos que la compra de salsas de pescado se ef ectuara con
piezas de imitación, por lo que tenie ndo en cuenta la composición monetaria de Freiría III,
las transacciones de media escala se efectuarían, bien en moneda reformada, bien en
antoninianos de gran contenido de plata. La demanda de estos p roduct os está más que
probada en los centros que hemos estudiado, siendo elevados los hallazgos de ánforas
1128 CEPAS 1997: 68.
1129 Conservado en e l Museu da Cid ade de Lisboa. La imagen de Hispa nia Epigra phica. http://eda -
bea.es/pub/rec ord_card_1.php?refpage =%2F pub%2Fsearch_sele ct.php&quicksear ch=miliario+probo&re c
=22958 [Consultad o 23/10/2018]. HEp 2, 19 90, 811.
306
relacionadas con esta actividad en las villae de Freiria 1130 , Frielas 1131 (Fig. 9), S. Mi guel de
Odrinhas 1132 ,Casais Velhos 1133 , S. João Laranjeiras 1134 y Villa Cardi lio 1135 .
Fig. 9. Ánforas de l tipo Almagro 50, 51a, b y c halladas en la
villa
romana de Fr ielas. (SILVA 2012: 98)
Por otra pa rte, no podemos olvida r que tanto la zona del estuario de Sado como la
del Tajo continuaron su la bor productora durante toda la centuria 1136 . Olisipo continuará
siendo un centro productor destacable , aunque existan hiatos que no pe rmitan tener una
visión total su productivida d 1137 . Lo mismo ocurre para otros tipo s de mercancías datadas
en este mismo periodo. En los ca sos anteriores no son escaso s los ejemplos de sigillatas
1130 CARDOSO 2016: 359 .
1131 SILVA 2012: 89 y ss.
1132 COELHO 2006 – 2007: 133.
1133 SARMENTO 2012: 37 y ss.
1134 SANTOS 2009: 13.
1135 DIOGO y MON TEIRO 1999 .
1136 MANTAS 1999: 181 .
1137 LAGÓSTENA 200 1: 308.
307
africanas A y C fechadas en la segunda mitad del siglo III 1138 . O pa vimentos musivos
datados en la segunda mitad del siglo III como los hallados en Frielas 1139 y Freiria 1140 . E s
evidente que tampoco faltarían elementos manufacturados que por su condi ción de
perecederos no nos han llegado.
A modo significativo, también tenemos que mencionar las reformas interna s de
algunos de estos edificios. En la transición del siglo III al IV se articula el espacio interno
de las villae de Vila Cardilio, Frielas, Freiría y Santo André de Almoçageme (Fig. 10). Estos
edificios comparten un peristilo cuadrangular con exedras semicirculares en ladrillo que
aportan simetría y dinamismo al conjunto. E ste he cho puede ser interpretado de muchas
maneras. Por una pa rte estarían las teoría s de C arvalho y Rodríguez Martín, quienes
estiman que nos encontramos ante un modelo típico del ager de O lisipo 1141 . Por otra,
múltiples preguntas sin respuesta: desde modas pa sajeras a maestros arquitectos itinera ntes
que “vendía n” su producto a los diferentes propietarios. Descartamos la hipotética idea de
propietarios conocidos o diferentes residencias d e un mismo po ssesor . A l fin y al cabo,
ninguno de estos propietarios, en la búsqueda de su legitimidad social a través del
consumo, buscaría tener el peristilo de su villa como el de su vecino o de su “competidor”
en la misma escala social que compartían.
1138 Freiria: CARDOSO 2016: 32 3, 337; Casai sVelhos: SARM ENTO 2012: 38 y ss.; S. Joao Lar anjeira:
SANTOS 2009: Lámi nas III-V I; Frielas: SILV A 2014 : 178; Vila Card ilio:MONTEIRO, A. (Dive rsos a ños):
Relatorio Arqueológic o de las 1º,2º,3º,4º,5º campa ñas de interve nciones arqueol ógicas en Villa Cardilio.
Veranos d e 1981, 1982 , 1983, 1984, 1985 . Por lo que respecta al r esto de sitios, no se dis ponen de d atos
sobre los materiale s, bien por encon trarse actualme nte en estudio , bien por carecer los respectivos relatorios.
1139 SILVA 2000: 79.
1140 CARDOSO 2016: 87.
1141 RODRIGU EZ MARTÍN y C ARVALHO 2008 : 313 – 314.
308
Fig. 10. Pl anos de las
villae
(de izq. a der.) de Vila Cardil io, Frielas, Fr eiria y Santo André de
Almoçagme segú n RODRÍGUEZ M ARTÍN y CARV ALHO 2008: 314.
Las evidencia s de consumo de mate riales y las reformas arquitectónicas no
corresponden a la calida d de moneda ha llada en estos lugares. De hecho resul ta complicado
hoy poder ubicar crono -culturalmente pieza s como las de Divo C laudio , ya que presentan
una ci rculación muy acusada. Ejemplo muy ilustrativo de este aspecto es el conjunto Freiría
II compuesto po r 22 antoninianos de Galie no , Cla u dio II, Quintilo, Tétrico I y Tétrico II,
siendo su may oría imitaciones del tipo Divo Claudio . R uivo, que ha sido el investigador que
dio a conocer el conjunto, estima que es complic ado estimar una cronología de la pérdida o
deposición, trasladándola a finale s del siglo III y principios del siglo IV. No obstante, ésta
pudo habe r sido incluso muy posterior. Las piezas se encontraban agrupada s junto a otros
elementos de metal que carecían de uso. Esta comp osición es interp retada por Ruivo como
309
la acumulación de metales destinada a la fundición y extracción de la plata 1142 . Nosotros
creemos que la cronología de la pérdida del conjunto es mu y posterior a la fecha expuesta
por el investigador. Para el lo nos ba samos en la propia circulación del tipo Divo Claud io , el
cual ha sido documentado en otros yacimientos cercanos en contextos muy tardíos.
Ejemplos de ellos son el t esoro A de Rabaçal en cuyo conjunto se documenta una pieza de
Divo Claud io junto a otras acuñadas en torno al 340 1143 , el ca so de Vila Cardilio donde estas
piezas conviven con otras de media dos del siglo IV 1144 y el tesoro de Freiria I compuesto de
AE2 de Graci ano, Va lentiniano, Teodosio, Arcadio y Honorio, ocultado seguramente en
torno al 400 y con una pieza de Galieno 1145 .
Por lo tanto podemos est ablec er que la moneda circulante a finales del siglo III en
las villae del atlánti co lusitano responde a numerosas pieza s de imitación, antoninianos
acuñados antes de los años 60 de la centuria y piezas emitidas tras la reforma de Aureliano
y Diocleciano. Este pan orama condicionará bastante el desarrollo ec onómico del sigl o
siguiente, donde la moneda de las reformas efectuadas por Constantino y sus hijos
convivirá con las respectivas imitaciones del tipo Divo Cla udio y de los em peradores del
Imperio Galo. Hec ho que queda probado en el tesoro Freiria II, y en los contextos de
algunas villae como Villa Ca rdilio , S. João Laranjerias, Perreiras, Freiria y Rabaçal, como ya
se ha citado anteriormente.
5.3.4. Siglo IV
Como sucede en el resto de las á reas lusitanas, el siglo IV es el periodo que más
moneda ha proporcionado en las villae de la Lus itania atlántica (Tabla 9). El conj unto, un
total de 638 ejemplares, se enc uentra bie n repa rtid o entre los 10 yacimientos que hemos
seleccionado para este estudio. No faltan ej emplos de tesoros ha llados tambié n en estos
yacimientos. E studiados y publicados son los de Freiria I 1146 y Ra baçal 1147 , mientras que
también existen otros que hoy se encuentran perdidos y de los que solo tenemos noticia
como los casos de Q uinta da Bandeira y Almoinhas 1148 . Como se ha rea lizado
1142 RUIVO 2008 ( II): 170-171.
1143 PEREIRA et al. 2012 : 142 – 143.
1144 CONEJO D ELGADO 2017.
1145 CARDOSO 1995 – 1997.
1146 CARDOSO 1995 – 1997.
1147 PEREIRIA et a l. 2014: 141 – 1 44.
1148 RUIVO 1998: 68 .
310
anteriormente, al igual que en el resto de áreas, estos conjuntos cerrados serán tratados de
manera diferente, en relación con los hallazgos aislados de las diferentes villae .
Cronología
S .
André Al
moçagem
e
Freiría
S. Miguel
de
Odrinhas
Quinta
de
Bolacha
Almoinh
as - Frielas
CasaisVelho
s
S. João-
Laranjeri
a
Colum-
beira
Vila
Cardilio
Parreitas
Rabaçal
Total
306 - 330
2
5
1
2
-
1
4
-
7
1
8
31
330 - 340
9
13
3
2
4
-
8
-
15
4
36
94
340 - 346
4
2
-
7
-
2
2
3
1
-
3
23
347 - 353
3
4
-
7
-
-
1
1
6
8
53
82
Magn/Dec
-
2
-
1
-
-
-
1
-
2
4
9
355 - 362
20
2
10
3
2
2
5
1
8
10
60
122
364 - 378
2
-
-
-
-
1
-
1
1
1
2
7
379 -398.
AE2
26
21
40
2
6
7
1
7
23
28
14
1 68
378 - 398
AE3/4
-
-
-
-
-
-
-
-
6
1
7
Ind. S. IV
7
3
9
5
2
-
4
-
15
5
86
136
Total
73
52
63
29
14
13
25
14
76
65
267
638
Tabla 10 . Monedas del siglo IV hal ladas en l as
villae
de la Lusitania atl ántica
5.3.4.1. 306 – 330
Del periodo comprendido por el primer tercio de siglo no se han documentado
numerosos ejempla res. Las piezas hallada s a partir de l 306 corresponden a los folles
reducidos acuñados tras la ba jada de peso de est a pieza impulsada por Constantino y
Majencio. Los tipos más representados son los del Soli Invict o Comiti seguido s de Aeternitas
Avg y de C onserv Vrb Sua . Desde un punto de vista cuantitativo, los ejemplares no son muy
numerosos, una ausencia que también se ha advertido en el resto de Hispania. Eje mplo s
evidentes son Conimbriga y Belo donde se observa un may or aprovisionamiento a partir del
318 1149 . Si atendemos al número de ejemplares propor cionado por ce ca, también se
observa un claro predominio de los talleres occiden tales. Esto también se ha constatado en
las dos ci udades anteriores y en las villae situadas en las áreas cercanas a l Iter , donde inc luso
se han ha llado una cantidad mayor de piezas .
A partir de l 318 a parece una mayor va riedad de numerario. Bien es cierto que la
cifra de las piezas a cuñadas entre el 318 y 324 no difiere del a nterior, desde un punto de
vista cua litativo se atisba una gran vari edad de tipos. En efecto, la may or parte de los
ejemplares presentan reversos del tipo Victoriae Laetae Princp Perp, Virtvs Exercit, Sarmantia
Devicta y Beata T ranqu ilitas . Tipos que s on impulsados tr as la nueva reforma de pesos
efectuada tras el 318 1150 y con la incorporación de mayor cantidad de pl ata al vellón
1149 DEPEYROT 19 87: 83 – 84.
1150 SAN VICENT E 1999: 70.
311
acuñado 1151 . Las piezas emitidas entre el 324 y 330 responden al tipo Providentiae Aug , el cual
fue difundido por Constantino a partir del 324 cuando este eliminó las monedas acuñadas
por Licinio en Oriente 1152 .
Por lo que respecta a l número de ejemplares aportados por cada ceca durante este
primer tercio de siglo, se puede observar un cl aro protagonismo de Ar elate y Roma como
centros emisores, seguido de otros occidentales como Treveri y Lvgdunum (Tablas 10 y 11;
Figs. 11 y 12) A un habiendo piezas procedentes de otros lugares del M editerráneo, la
inmensa may oría presentan un origen occidental, como tambié n se ha observado en los
centros urbanos que hemos tomado de referencia. No obstante, en una v isión
pormenorizada se puede comprobar que la s monedas aparecidas en Conimbriga y Belo
presentan diferentes orígenes aunque en ambas hay un aprovis ionamiento occidental.
306 – 318
318 – 324
324 – 330.
Total
V
C
B
V
C
B
V
C
B
V
C
B
LON
1
3
2
-
5
1
-
-
-
1
8
3
TR
-
9
1
3
23
2
1
1
1
4
33
4
LVG
2
11
1
1
2
3
-
-
-
3
13
4
ARL
-
15
11
4
9
3
1
6
-
5
14
30
OST
4
3
-
-
-
-
-
-
-
4
-
3
R
3
19
2
1
11
2
1
3
5
4
33
TI
1
4
1
1
9
4
-
-
-
2
5
13
AQ
-
-
-
-
4
3
-
-
-
-
3
4
SIS
-
-
-
1
6
8
-
2
-
1
8
8
SIR
-
-
-
-
-
-
-
1
-
-
-
1
THE
1
-
-
-
4
2
-
3
-
1
2
7
HER
-
-
1
-
1
1
-
2
-
-
2
3
CONS
-
-
-
-
-
-
-
-
1
-
1
-
NIC
-
-
1
-
-
1
-
3
-
-
2
3
CYZ
-
1
1
-
-
1
-
3
1
-
3
4
ANT
-
-
-
-
-
-
-
1
-
-
-
1
IMIT
-
-
-
1
-
1
-
-
-
1
1
-
ILEG
1
10
9
1
15
9
-
5
3
1
21
30
TOTAL
13
75
30
13
71
41
3
30
6
29
77
194
Tabla 11. Comparación en númer o del numerario hall ado en las
villae
del área atlántica (V) y el
numerario documenta do en las ciudades de
Conimbriga
(C) y
Belo
(B) para el periodo 306- 330 1153 .
En efec to, en el análisis rea lizado sobre el numerario aparecido en Belo, De peyrot
observa un predominio de la moneda procedente de las cecas de Arelate , Roma y Ticinum ,
mientras que en Conimb ri ga , la mayoría de la s piezas ha n sido emitidas por la ceca d e
1151 RIPOLLÈS 2002: 211 .
1152 SAN VICENT E 1999: 70.
1153 Basado en los datos e xpuestos en DEP EYROT 1987: 84
312
Trever i 1154 . Pereira y Bost creen que esta presencia gala en Conimbriga debe ser interpr etada
desde un punto de vista político-militar pues coincide con los años de l as guerr as de
sucesión de la Tetrarquía (307- 313) 1155 . Es posible que el abastecimiento de mon eda se
produjera por vía terr estre a través de la provincia de Aquitania 1156 . Por su parte, el
dominio de numerario emitido en Arelate , Roma y Ticinum es interpretado por Depeyrot
como una cla ra consecuencia come rcial de la producción a gran escala de la industria de
salazón y del garum en la ciudad de Belo 1157 .
306 – 318
318 – 324
324 – 330.
Total
V
C
B
V
C
B
V
C
B
V
C
B
LON
7,69
4,00
6,66
-
7,04
2,43
-
-
-
3,44
10,38
1,54
TR
-
12,0
3,33
23,06
32,39
4,86
33,33
3,33
16,6
13,76
42,85
2,06
LVG
15,35
14,66
3,33
7,69
2,81
7,29
-
-
-
10,32
16,88
2,06
ARL
-
20,00
36,6
30,76
12,67
7,29
33,33
20,00
-
17,20
18,18
15,46
OST
30,76
4,00
0
-
-
-
-
-
-
13,76
-
1,54
R
23,07
25,33
6,66
7,69
15,49
4,86
33,33
9,99
17,20
5,19
17,01
TI
7,69
5,33
3,33
7,69
12,67
9,72
-
-
-
6,88
6,49
6,70
AQ
-
-
-
-
5,73
4,86
-
-
-
-
3,89
2,06
SIS
-
-
-
7,69
8,45
19,43
-
6,66
-
3,44
10,38
4,12
SIR
-
-
-
-
-
-
-
3,33
-
-
-
0,51
THE
7,69
-
-
-
5,63
4,86
-
9,99
-
3,44
2,59
3,60
HER
-
-
3,33
-
2,43
-
6,66
-
-
2,59
1,53
CONS
-
-
-
-
-
-
-
-
16,6
-
1,29
-
NIC
-
-
3,33
-
-
2,43
-
9,99
-
-
2,59
1,53
CYZ
-
1,33
3,33
-
-
2,43
-
9,99
16,6
-
3,89
2,06
ANT
-
-
-
-
-
-
-
3,33
-
-
-
0,51
ALE
-
-
-
-
IMIT
-
-
-
7,69
-
2,43
-
-
-
3,44
1,29
-
ILEG
7,69
13,33
30,0
7,69
21,12
21,45
-
16,66
50,0
3,44
27,27
15,46
TOTAL
100
100
100
13
100
100
3
100
100
29
100
100
Tabla 12. Comparación en porcentaje de l numerario hallado en las
villae
del área atlántica (V) y el
numerario documenta do en las ciudades de
Conimbriga
(C) y
Belo
(B) para el periodo 306- 330 1158 .
En la s villae de la parte atlántica de la Lusitania también se ha observado la misma
dinámica que en la ciuda d de Belo . Es cierto que no disponemos de mucha d ocumentación
al respecto y tampoco existen estudios numismáticos de centros urbanos cercanos. No
obstante, es muy probable que la industria de salazón y el comercio marítimo influye ra en
este aspecto. Sabemos por otros estudios que la propia ciudad de Olisipo vive un periodo de
1154 DEPEYROT 19 87: 83 – 84.
1155 PEREIRA et al . 1974 : 250.
1156 DEPEYROT 19 87: 84.
1157 IBIDEM, 85.
1158 Basado en los datos e xpuestos en DEP EYROT 1987: 84
313
renacimiento económico durante los primeros años del siglo IV. Este hecho queda
probado varios aspectos cl aves: la documentación de ciertas obras de munificencia
conocidas a través de la epigra fía 1159 y nuevo desarrollo a gra n escala de actividade s
productivas de salazón y salsas de pescado. Como también se ha adve rtido en otras
ciudades del litoral atlántico 1160 .
Fig. 11. Gr áfico con los porcentaj es del numer ario hallado por ceca en el periodo 306 -330.
Fig. 12. Mapa con el aprovisi onamiento del nu merario hallad o por ceca en el periodo 306 -330.
1159 ANDREU PINT ADO 1997.
1160 LAGOSTENA BA RRIOS 20 01: 319.
0
5
10
15
20
25
30
35
40
45
LON
TR
LVG
ARL
OST
R
TI
AQ
SIS
SIR
THE
HER
CONS
NIC
CYZ
ANT
Villae Atlánticas
Conimbriga
Belo
320
Cronología
S. André
Almoçag em
e
Freiría
S. Miguel
de
Odrinhs
Quinta de
Bolacha
Almoinhas
-Frielas
Casais
Velhos
S. João-
Laranjeria
Columbeir a
Vila
Cardilio
Parreitas
Rabaçal
Total
347 - 353
3
4
-
7
-
-
1
1
6
8
53
82
Magn/Dec
-
2
-
1
-
-
-
1
-
2
4
9
355 - 362
20
2
10
3
2
2
5
1
8
10
60
122
364 - 378
2
-
-
-
-
1
-
1
1
1
2
7
Total
33
28
14
22
6
6
20
7
28
26
166
327
Tabla 15 . Número de monedas aportado por ca da
villa
durante el per iodo 348 - 378
Cronología
S. André
Almoçagem
e
Freiría
S. Miguel de
Odrinhs
Quinta de
Bolacha
Almoinhas-
Frielas
Casais
Velhos
S. João-
Laranjeria
Colum-beira
Vila Cardilio
Parreitas
Rabaçal
Total
Ind. S. IV
7
3
9
5
2
-
4
-
15
5
86
136
Tabla 16 . Número de monedas indeterminados aportado por cada
villa
durante el periodo 348 - 378
En un análisis pormenorizado de las pieza s aportadas por cada ya cimiento,
observamos como la mayoría se concentran en los años inmediatos a la mitad de la
centuria. Bien es cierto q ue las monedas documen tadas son valores inferior es y no han
aparecido aún n ingún ejemplar de oro. Sin e mbargo este tipo de comportamiento
monetario debe ser analizado desde otra perspectiva. En efecto, al igual que sucedió en las
villae de la Vía d e la Plata, también el ager de Olisipo muestra un periodo de d esarrollo y de
esplendor. Se comprueba en la mayoría d e los ya cimientos aquí estudi ados, dive rsas
reformas arquitectónica s y evidencia de consumo que atestiguan este grado de
transformación. C ambios en los baños, a mpliaciones y remodela ciones, son identificadas
principalmente en los casos de Freiria 1176 ,CasaisVelhos 1177 y Rabaçal. E n este último caso, los
autores que han estudiado su complej o termal han observado un cl aro contraste entre la
simpleza de la construcción y decora ción con respecto a la opulencia decorativa de la
villa 1178 . Aunque en estos ya cimientos no se observan numerosos cambios en sus
respectivos baln ea , no son escasas las villa e que aportan pavime ntos de mosaicos datados en
esta segunda mitad del siglo IV. Eje mplo de ellos son los de Rio Maior 1179 y Vila Cardil io 1180
(Fig. 17)
1176 CARDOSO 2016: 511 .
1177 GARCIA EN TERO 2006: 44 7- 449.
1178 REIS 2004: 104 ; GARCIA- ENTERO 2006 : 407.
1179 OLIVEIRA 2003 : 44.
1180 FERREIRA 1994.
321
Fig. 17. Ins cripción de uno d e los mosaicos de la
villa
romana de Vila Cardili o fecha do en la s egunda
mitad del siglo IV Según FE RREIRA 1994: l am. 9.
No obstante parece que hubo una de manda continuada de este tipo de de coració n
en gran número de villae aunque no nos hayan llegado evidencias de ello. Los tal leres
itinerantes se amoldaban a las ne cesidades pa rtic ulares de cada propietario, y como es
lógico a todo tipo de presupuestos. Este hecho ha sido bien definido por Tomás García 1181
que a su vez se apoya en los trabajos de Caetano 1182 . Los autores observan cómo los
mosaicos de las villae de Sa nto André de A lmoçageme y São Miguel de Odrinhas eran
elaborados sobre pavimentos de arcilla compactada lo que indic a un carácter humilde de la
construcción. No obstante, esta sencillez de los pavimentos no impidió la contratación de
los servicios de un taller musivario y el disfrute de estos. Como se puede comprobar, el
poder adquisitivo no era inconve niente pa ra marcar un estatus, aunque este fuera
solamente aparente.
La moneda hallada tampoco corresponde al número de ejemplares cerámicos
encontrados. Adve rtidos en párrafos a nteriores, se observan en la mayor pa r te de las villae
un consumo continuado de terra sigillata africana d e diversas tipologías. Del mismo modo
que de ánforas de contenido oleóico, vina rio y de salsas de pescado. El ejemplo
mencionado anteriormente es el de la villa de Freiria donde se cuenta con un a mplio análisis
de materiales 1183 . Como también se ha realiza do con los materiales de los sitios de Sã o
Miguel de Odrinhas 1184 , Frielas 1185 , São João Laranjeira 1186 , Vila Cardilio 1187 y Alt o de
Cidreira 1188 .
1181 TOMÁS G ARCÍA 2018: 28 – 29.
1182 CAETANO 2008: 48 – 50.
1183 CARDOSO 2016: 511 .
1184 COEHLO 2006-2007 : 132 – 1 33.
322
348 – 353
350 – 353
(Mag/Dec)
353 – 363
Total
V
C
B
V
C
B
V
C
B
V
C
B
AM
-
-
-
-
2
1
-
-
-
-
2
1
TR
1
2
-
-
8
1
-
3
-
14
13
1
LVG
1
2
-
5
24
1
2
22
-
8
48
1
ARL
4
12
3
2
19
2
12
142
15
18
173
20
R
3
1
1
-
11
4
14
218
15
17
229
20
AQ
-
1
1
-
2
-
2
30
3
2
33
4
SIS
1
-
1
-
-
-
-
21
2
1
21
3
SIR
-
-
1
-
-
-
-
6
-
-
6
1
THE
1
-
-
-
-
-
2
29
1
3
29
1
HER
-
-
2
-
-
-
-
3
1
-
3
2
CONS
-
-
1
-
-
-
-
58
-
-
58
1
NIC
1
-
-
-
-
-
-
16
2
1
16
2
CYZ
-
-
1
-
-
-
3
63
1
3
63
2
ANT
1
-
-
-
-
-
1
8
2
2
8
2
ALE
-
-
1
-
-
-
-
1
1
-
1
2
IMIT
-
-
-
1
-
1
3
-
17
¿?
-
21
ILEG
18
-
28
1
12
3
75
985
195
97
997
223
TOTAL
31
18
40
9
78
13
112
1605
255
166
2695
307
Tabla 17. Comparación en númer o del numer ario hal lado entre las
villae
de l ár ea atlántica (V)y el
numerario documenta do en las ciudades de
Conimbriga
(C) y
Belo
(B) en el per iodo 348 – 363 1189
En estos dos últimos casos, gracias al estudio pormenorizado de las ce r ámicas,
observamos un bagaje de mercancías bastante amplio, rela cionado con el momento de
esplendor que est á vivi endo la ciudad d e Olisipo . El puerto de la ciudad recibe en estos
momentos un gran número de artículos de procedencias lejanas. La forti ficación de la
ciudad y el fortalecimie nto de las calzadas de la provincia durante el reinado de
Magnencio 1190 muestran también su continuaci ón en el desarrollo económico de la ciuda d
portuar ia. Esta siguió r ealizando su labor com o distribuidora de merc ancías 1191 . Es
interesante relacionar estos hechos con la labor de las áreas productivas del estuario del
Tajo dedica das a la fabricación de salsas y conservas de pescado. Lagostena observa
bastante co ntinuidad y recupera ción con los pe r iodos anteriores 1192 . Lo mismo pa ra el
1185 SILVA 2001: 90; 2014 : 178.
1186 SANTOS 2009: 12 y ss.
1187 ALARCÃO y AL ARC ÃO 1966: COMPRO BAR CASA
1188 NOLEN 1988; R EIS 2004: 12 5.
1189 PEREIRA et al. 1974 : 250 – 251; DEPEYROT 1987: 164
1190 ARCE 1982: 24 y ss .
1191 MANTAS 1990a : 164.
1192 LAGOSTENA BA RRIOS 20 01: 320.
323
estuario del Sado y sur donde tambié n se do cumenta una actividad para nada despreciabl e
en estos momentos 1193 .
348 – 353
350 – 353
(Mag/Dec)
353 – 363
Total
V
C
B
V
C
B
V
C
B
V
C
B
AM
-
-
-
-
2,54
7,69
-
-
-
-
0,07
0,32
TR
3,22
5,55
-
-
10,1
7,69
-
0,18
-
8,40
0,48
0,32
LVG
3,22
5,55
-
55,55
30,7
7,69
1,78
1,37
-
4,81
1,78
0,32
ARL
12,88
66,6
7,50
22,22
24,3
15,3
12
8,84
5,88
10,80
6,42
6,51
R
9,67
5,55
2,50
-
14,1
4
14
13,58
5,88
10,20
8,49
6,51
AQ
-
5,55
2,50
-
2,54
30,7
1,78
1,86
1,17
1,20
1,22
1,30
SIS
3,22
-
2,50
-
-
-
-
1,30
0,78
0,60
0,77
0,97
SIR
-
-
2,50
-
-
-
-
0,37
-
-
0,22
0,32
THE
3,22
-
5,00
-
-
-
1,78
1,80
0,39
1,80
1,07
0,32
HER
-
-
2
-
-
-
-
0,01
0,39
-
0,11
0,64
CONS
-
-
2,50
-
-
-
-
3,61
-
-
2,15
0,32
NIC
3,22
-
-
-
-
-
-
0,99
0,78
0,60
0,59
0,64
CYZ
-
-
2,50
-
-
-
2,67
3,92
0,39
1,80
2,33
0,64
ANT
3,22
-
-
-
-
-
0,89
0,49
0,78
1,20
0,29
0,64
ALE
-
-
2,50
-
-
-
-
0,06
0,39
-
0,03
0,64
IMIT
-
-
-
11,11
-
7,69
2,67
0
6,66
¿?
0
6,84
ILEG
58,06
-
70,0
11,11
15,3
23,0
66,96
31,67
76,47
58,20
36,99
73,85
TOTAL
100
100
100
100
100
100
100
100
100
166
100
100
Tabla 18. Comparación en porcentaje del numerar io hallado entr e las
villae
de l área at lántica (V)y
las ceca s documentadas en porcentaje en las ciudad es de
Conimbriga
(C) y
Belo
(B) 1194
Fig. 18. Gr áfico con los porcentaj es del numer ario hallado por ceca en el periodo 348 - 363.
La exportación de estas producciones es sinónimo de una actividad comercial que
favoreció en gran parte la circulación moneta ria de todo tipo de acuñaciones. Por desgracia,
1193 IBÍDEM , 321.
1194 PEREIRA et al. 1974 : 250 – 251; DEPEYROT 1987: 164
0
2
4
6
8
10
12
AM
TR
LVG
ARL
R
AQ
SIS
SIR
THE
HER
CONS
NIC
CYZ
ANT
ALE
Villae Atlánticas
Conimbriga
Belo
324
las únicas que nos han lle gado hoy desde los campos atlánticos son las e mitidas en bronce y
de escasa calidad. En un análisis de estos mate riales se puede apreciar un claro dominio de
ejemplares procedentes de talleres occidentales. Una dinámica muy similar a la observada
en el numerario encontrado en las villae de la Vía de la Plata. En el resto de yacimientos
comparados también se pe rcibe una misma procede ncia. A sí, en el periodo 348 – 353
hemos advertido un cla ro dominio del material procedente de las cecas de Arelate y Roma,
lo mismo para el periodo posterior del 353 – 363 (Tabla s 16 y 17; Figs. 18, 19, 20). Aquí es
significativo tambié n el numerario de Treveris y Lugdun um , ade más del aportado por ot ras
cecas orientales. Este mismo hecho documenta en Conimbriga , donde el numerario
procedente d e Roma e s mucho más numeroso que el de Arelate , aún así los dos son los más
importantes. Los autores relaci onan este aspecto con la supremacía de Constacio tras la
usurpación de Magnencio 1195 .
Fig. 19. Gr áfico con los porcentaj es del numer ario hallado por ceca con Magnecio y Decencio
Tampoco p odemos olvidar el número de piez as identificadas como “il egibles”.
Este, bastante notable, nos ha impedido una lectura total de las cecas, siendo ide ntificadas
como oficia les a través de su arte, como ya hemos adve rtido en párrafos anteriores. Por lo
que respecta a las acuña ciones de los u surpadores Magnencio y Dec encio, las piezas no son
muy numerosas a pesar de la influenc ia ejercida por Magnencio en Olisipo . Re cordemos que
la ci udad tenía para él un poder estratégico de peso 1196 . En la s villae de la Vía de la Plata y en
Ammaia 1197 las piezas tampoco son numeros as. Sin embargo, parece que las ciudades de
Conimbriga 1198 y Belo 1199 recibieron una cantidad interesante de piezas. Es probable que la
calidad de estas impidie r a su lle gada a las área s rúales donde continuaron ci rculando la s
piezas emitidas por los empe radores legítimos. Los autores que ha n estudiado el caso de
1195 PEREIRA et al. 1974 : 280.
1196 ARCE 1982: 24 y ss .
1197 RUIVO 2012: 345-3 46.
1198 PEREIRA et al. 1974 : 250.
1199 DEPEYROT 19 87: 88.
0
20
40
60
AM
TR
LVG
ARL
R
AQ
Villae Atlánticas
Conimbriga
Belo
325
Conimbriga entienden que l a presencia significativa del numerario de Magnencio y Dec encio
es a causa del gra n volumen de emisión que impulsaron estos usurpadores 1200 . C ierto que
es, al i gual que en las villae , estas piezas presentan una escueta circulación, bien por sus
escasas marcas de uso, bien por la retirad a de la circulación tras la victoria de Constancio.
Lo interesante pa ra estos autores es que la s pi ezas fueron conservada s fuera de la
circulación, hecho que explicaría su hallazgo en con textos más tardíos.
Fig. 20. Mapa con el aprovisionamient o del numer ario hallad o por ceca en el periodo 348 -363.
Las últimas pieza s de este periodo corresponden a las pequeñas a cuñaciones de tipo
Spes Reipub lice emitidas a partir del 357 por Constancio II y Juliano II. El núme ro de
ejemplares no es muy elevado. De hecho solo contamos con 11 para este periodo 1201 , de los
cuales dos han proporcionado marca de ceca: uno de Roma y otro de Constantinopla. Las
piezas de Spes Rei Pub lice están presentes en poc as ca ntidades en Belo 1202 y Ammaia 1203 ,
mientras que en Conimbriga no presentan una ca ntidad despreciable 1204 . En estos contextos
urbanos sucede lo mism o que en las villae analizadas: piezas acuñadas en materiales de
escasa calida d y flanes de tamaño menudo. Este h echo ha impedido en ambos esce narios
poder identificar fácilmente el lugar de emisión. La puesta en circulación de estos
1200 PEREIRA et al. 1974 : 271.
1201 1 Santo André de Almoçagame, 1 en São Miguel de Odrinhas, 1 en Villa Cardilio , 2 en Pa rreitas y 6 e n
Rabaçal
1202 BOST, CHA VES, DEPEYRO T, HIRNARD , RICHARD 1987: 16 8, 176.
1203 RUIVO 2012 : 348.
1204 PEREIRA et al. 1974 : 280 y ss.
326
ejemplares coincide con la crea ción de otra moneda de un valor mucho más elevado: la
siliquae 1205 . Estos hallazgos pueden ser en cie rta medida una consecuencia de tal crea ción. Su
escaso valor nominal implicaría una rápida depreciación, lo que favorecería su perdida.
5.3.4.4. 363 – 400
La llegada de la din astía valentiniana supone un a reforma monetaria que implicó la
desmonetización de las emisiones de C onstancio I I y Juliano II. Leg almente estas piezas
debieron perder su v alor, pe ro en la práctica, continuaron siendo utiliz adas en los años
posteriores. El advenimiento de esta dinastía pe rmite la acuñación de nuevas moneda s de
bronce, el A E1 de l tipo R estitur R eipublicae y el AE3 con los tipos Gloria Romanorum y
Secvritas R eipvblicae 1206 . En la s villae que analizamos, estas piezas tienen un escaso impacto, de
hecho de los 193 ejemplares proporcionados pa ra el periodo 364 – 398, sólo 13
corresponden a este periodo y todos aparecidos en la s villae de R abaçal y Parreitas. Sin
embargo la situación es di fere nte en otros contextos lusitanos como en Conímbriga . Aquí los
hallazgos estas piezas no son numerosos pero tampoco depreciables. Los autores estiman
que esta presencia puede estar relacionada con las emisiones anteriores y posteriores. En
este sentido creen que las monedas de las primeras emisiones de la dina stía va lentiniana
suplieron el a bandono de la s acuñaciones de Constancio II y Juliano II, y a su vez, las
mismas cayeron en el olvido con la llegada del AE2 reformado por Graciano 1207 .
Cronología
Santo André
de
Almoçageme
Freiría
S. Miguel de
Odrinhas
Quinta de
Bolacha
Almoinhas
-Frielas
CasaisVelhos
S. João-
Laranjeria
Colum-
Beira
Vila Cardilio
Parreitas
Rabaçal
Total
364 - 378
2
-
-
-
-
1
-
1
1
1
7
13
379 -398.
AE2
26
21
35
2
6
7
1
7
24
25
14
1 68
378 - 398
AE3/4
-
-
-
-
-
-
-
-
2
6
12
Total
28
21
35
2
6
8
1
8
25
28
27
193
Tabla 19 . Número de monedas aportado por ca da
villa
durante el último tercio del siglo IV
¿Estamos ante un mismo caso en las villae d e la zona atlántica? No puede
descartarse esta posibilida d en la misma región. No obstante el registro no es tan numeroso
como en Conimbriga o en el conjunto de las villae de la Vía de la Plata, pero tampoco han
sido exca vadas tantas vill ae en estas áreas como en la última. La evidencia sí que muestra su
1205 SAN VICENT E 1999: 82.
1206 IBIDEM, 86.
1207 PEREIRA et al. 1974 : 289.
327
posible utilización, sin embargo es probable que como ha sucedido en otros momentos
anteriores, los contingentes de este tipo de pie zas no llegaran de manera frecuente a los
campos lusitanos. Aunque el uso de la moneda de Constancio II y Juliano II fuera
desmonetizadas, es muy probable que estos ejem plares siguieran circulando en las á reas
rurales, seguramente recluidos a las pequeña s trans a cciones. Es más, la lentitud en l a llegada
de nuevas remesas de moneda también propiciaría la continuación en el uso y difusión de
las imitaciones, como hemos mencionado en párrafos anteriores. No o bstante, estos
pequeños bronces no servirían para pagos de mayor envergadura.
Es también probable que estemos ante un mayor uso de la moneda d e oro,
reservada pa ra transacciones mayores y el pago al fis co. Este planteamiento ya lo referimos
en el aná l isis de las villa e de la Vía de la Plata. Ruivo, consideró que la fluctuación del
bronce está causada por una mayor circulación del oro 1208 . Volvemos por tanto a los
planteamientos de Bost y otros 1209 , quiene s identifican esta teoría según los h allazgos de
Conimbriga 1210 .
Los últimos momentos d el siglo IV están marcado s por la llegada y ci rculaci ón de
los AE2 emitidos por Gra ciano, Valentiniano II, Teodosio, Arca dio y Honorio, y la s piezas
emitidas por el usurpador Magno Máximo (Tabla 18). La entrada de este contingente de
monedas sería muy poste rior a su a ño de acuñación, como también se ha estimado en las
villae de la Vía de l a Plata. En la parte atlántica esta se produciría seguramente un tiempo
después de su llega da a la ciuda d de Conimbriga , donde se estima que fuera en la décad a
siguiente 1211 .La entrada en las economía s urbana s y rurales supuso un cambio si gnificativo
en la moneda circulante, donde hipotéticamente se abandonaron paulatinamente las
imitaciones anteriores 1212 . Los AE2 presentaban módulos mucho más amplios, de mayor
peso y de mejor ca lidad 1213 . Esto tambié n favoreció su atesoramiento cuando se produjo su
circulación 1214 .
1208 RUIVO 2012: 347 .
1209 BOST et al . 199 2 .
1210 PEREIRA et al. 1974 : 300.
1211 IBIDEM, 293.
1212 FIGUEROL A 1999: 99 – 118.
1213 SAN VICENT E 1999: 87.
1214 CEPEDA 2000: 162.
328
AE2 del tipo Gloria Romano rum. Acuñado por Arca dio en Constantinopla entre el 392 -395 y hall ado
en Vila Cardilio. (nº 95 del ca tálogo)
Periodos
TR
LVG
ARL
R
AQ
SIS
THES
HER
CONS
NIC
CYZ
ANT
IMIT
IND
Total
363 - 378
-
-
1
-
-
-
-
-
-
1
-
2
-
9
13
378 - 383
4
3
7
4
5
3
4
-
-
3
1
2
3
62
101
383 - 388
-
2
6
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
9
17
388 - 392
-
-
-
-
-
-
-
-
2
2
1
-
-
5
10
392 - 395
-
-
-
-
1
-
-
5
6
7
8
7
-
18
52
Total
4
5
14
4
6
3
4
5
8
13
10
11
3
102
193
Tabla 20 . Distribución de las monedas aportada s por cada
villa
durante el último tercio del siglo IV
según la procedencia.
En un a nálisis pormenorizado de la moneda documentada en estas dos déc adas se
observa una clara descompensación (Tabla 18). Llama la atención cómo el tipo Reparatio
Reipub presenta un mayor índice de pérdida que las emi tidas posterior mente, con el mismo
tipo y acuñadas por el usurpador Magno Máximo; y las del Gl oria Romanorum . Recuérdese
que la Lusitania, al igual que Hispania, quedó inmersa en los territorios dominados por el
usurpador Magno Máximo 1215 . Este hecho tambi én repercutió en la l legada de moneda de
este emisor, presente en estas villae como en el resto de la Lu sitania. No obstante,
comparando este numerario y el hallado en la Vía de la Plata, se observa un cla ro
desequilibrio. En este segundo caso, los AE2 son mucho más numerosos, mientras que en
la zona atlán tica el numerario no es tan elevado. E sto tambié n contrasta con el número de
piezas halladas en la ciudad de Conimbriga donde el volumen de los AE2 de la reforma del
378 es también significativo 1216 . Solo han documentado dos piezas de imitación entre
todas las catalogadas. Este hecho puede interpretarse como un posible signo de ne cesidad
de moneda 1217 ; sin embargo, las imitaciones del AE2 no fueron muy aceptadas entr e la
población del momento por el arte y el peso 1218 .
1215 IBIDEM, 167.
1216 PEREIRA et al. 1974 : 290 y ss.
1217 MAROT 2000 – 2001 : 134 – 1 37.
1218 SIENES H ERNANDO 2000: 148.
329
En contextos cerrados la situación es muy diferente. Ya h emos comentado en
párrafos anteriores que el AE2 fue muy bien aceptado y que esto facilitó su rápido
atesoramiento. A pesar de que estos conjuntos fueron bastante numeros os en toda la
fachada a tl ántica 1219 , en las villae solo se ha docume ntado uno de estos de pósitos . No s
referimos al caso de Freiria I, un conjunto de 6 9 AE2 que se halló en los niveles de
amortización del torcularium de la villa de Freir ia 1220 (Tabla 20). La composición de este
depósito es muy diferente al resto de piezas halladas en la s villae , pues los AE2 teodosianos
son mucho más numerosos que los emitidos en mo mentos anteriores.
Por tanto podríamos decir que ambos monedajes tuvieron el mismo impa cto, pues
seguramente lle garon al mismo momento. Tengamos en cuenta que algunas villa e se
encuentran en contacto directo con la ci ud ad de Olisipo , por cuyo pu erto seguro entraron
gran número de monedas directa. Esto también se ha estimado para otr as ciuda des
portuarias como Belo 1221 y área s costeras 1222 . A partir de estas entradas, la moneda viaja ría a
zonas interiores, concretamente a ciuda des de interés desde donde se dis tribuiría a las áreas
rurales 1223 .
Periodos
ARL
LVG
R
AQ
SIS
H
CONS
NIC
CYZ
ANT
IMIT
IND
Total
378 - 383
7
1
11
2
1
-
-
-
-
1
-
3
30
383 - 388
8
3
-
-
-
-
-
-
-
-
1
1
12
392 - 395
-
-
-
-
-
2
6
10
1
4
1
3
52
Total
15
4
11
2
1
2
6
10
1
5
2
7
63
Tabla 21 . Distribución de las monedas contenidas en el Tesoro Fr eiria I según la procedencia 1224
Si atende mos a l volumen del moneda je, tanto en el tesoro de Freiria como en el
resto de las villae que ana lizamos, las cecas occi dentales priman en las acuñaciones de la
dinastía val entiniana, mie ntras que las or ientales en las teodosianas. Un hecho que no
cambia con respecto a la tónica peninsular 1225 . Las pri meras muestran may or de sgaste que
las segundas. Ambos hechos concuerdan a la perfección con los ritmos de circulación que
identifica Cepeda en los tesoros localiz ados en Lusitania de este tipo de moneda 1226 . En
1219 CEPEDA 2000: 170. Mucho s de e llos solo se tiene noticia o aunque el hallazgo fue publicad o, no se
especificó el c ontenido, siendo hoy imposi ble su localización .
1220 CARDOSO 1995 – 1997.
1221 SAN VICENT E 1999: 567.
1222 RIPOLLÈS 2002: 212 .
1223 PEREIRA et al . 1974 : 295.
1224 CARDOSO 1995 – 1997.
1225 RIPOLLÈS 2002: 212 – 213.
1226 CEPEDA 2000: 165.
336
contactos con la otra parte de Oriente, pues seguramente actuaron como verdaderos
agentes comerciales como en otros escenarios peninsulares 1268 y mediterráneos 1269 .
Fig. 22. Mapa de distribución de
terra s igillata
focense. Según FABIÃO 2009b: 34
Por su parte, estas evidencias son también sig no de actividad y dinamismo
comercial. A pesar de que la s industrias de sa lazón de caen en el siglo V en Olisipo 1270 , parece
que el consumo en la ciudad de estos preparados procedentes de la zona del Sa do sigue
siendo continuo, como a sí han demostrado las ánforas de estos contenidos en contextos de
los siglos V I y VII 1271 . Las comunida des orientales, lig adas a las zona s portuarias por su
interés comercial, tendrían contacto dire cto con l as zonas urbanas y rur ales atlánticas
proporcionándoles la posibilidad de adquirir todo tipo de mercancías. Esto se ha podido
1268 ÉXPOSITO y B ERNAL 2007: 125; AMORES C ARREDAN O et al. 2007 .
1269 PIERI 2002.
1270 LAGOSTENA 200 1: 332 – 33 3.
1271 FABIÃO 2008: 74 3 citado tam bién en BOMBICO 2017 : 187.
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