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El círculo de Antonio Ordóñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin

March Celaya, Francisco

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Fernando González-Viñas BIBLIOGRAFÍA Colón, Carlos (2005): Un cine para tres Españas (1929-1960), Real Maestranza de Caballería de Sevilla. González Viñas, Fernando (2007): Sol y sombra de Manolete, Córdoba, Berenice. _______ (2013): Manolete. Biografía de un sinvivir, Córdoba, Almuzara. _______ (2022): El Cordobés y el milagro pop, Córdoba, El Paseíllo. Olaf B. Reader (2003): Tumba y poder. El culto político a los muertos desde Alejandro Magno hasta Lenin, Madrid, Siruela. 84 85 Revista de Estudios Taurinos N.º 51, Sevilla, 2022, págs. 85-94 EL CÍRCULO DE ANTONIO ORDOÑEZ UN TESTIMONIO DE VÍCTOR GÓMEZ PIN Francisco March Celaya* M.– Querido Víctor, se trata de que nos arrojes un poco de luz sobre cuáles fueron las claves de la particular relación que mantuvo Antonio Ordoñez con muchos intelectuales, que llegaron a configurar lo que podríamos llamar “el círculo de Ordoñez”. Para ello, qué mejor comienzo que preguntarte por qué un estudiante catalán de filosofía, como eras tú en ese momento, y un torero, además de la dimensión de Antonio Ordóñez, llegan a establecer un vínculo de amistad que se prolongó hasta la muerte del maestro. V.G.P.– Había visto torear a Antonio Ordóñez y desde que anunció su retirada en la temporada de 1968 tenía algo así como un sentimiento de nostalgia. Una retirada motivada por un fracaso rotundo en un mano a mano con Paco Camino en Pamplona en el que aprovechó que Camino estaba dando unos lances para abandonar la plaza, entre los insultos del público. Luego toreó en El Chofre, en San Sebastián y se retiró. En 1972 yo estaba estudiando en París y aunque viajaba muy poco a España me acerqué a Pamplona, a los sanfermines, donde tenía muchos amigos de muy diversos matices políticos pero todos corredores del encierro. Un día, al acabar el encierro, me fui a tomar un cal- * Escritor y crítico taurino. P. 86 Antonio J. Pradel 86 dito caliente, a un bar, el “Señorío de Sarriá”, y le reconocí. Estaba con su hija Belén y alguien más, que resultó ser Manolo Vázquez. Y como había leído en Le Monde una pequeña nota de que Ordóñez, que llevaba cuatro años retirado, iba a torear la Goyesca de Ronda, me acerqué a él y con respeto e incluso timidez le dije que vivía en París y había leído en la prensa de allí que igual toreaba la Goyesca y que si fuera así haría todo lo posible (la economía era la que era) por estar esa tarde. No me contestó a la pregunta, pero me presentó a su hija y a Manolo Vázquez y empezó a hacerme preguntas sobre mi vida en París. Al despedirme me hizo esperar un momento, le pidió papel y lápiz a un camarero y me dijo que le anotara mi dirección en París. Al día siguiente fui con mis amigos a desayunar a otro bar y estaba él allí, con Dolores Aguirre. Me reconoció y dijo: ¡hombre, el parisino! Nos dijo que nos sentáramos con ellos, compartimos charla y nos despedimos. Alos quince días recibí una carta de él en mi domicilio de París donde, escuetamente, decía: sí voy a torear la Goyesca en Ronda. Me las arreglé, en tiempo y recursos, y en septiembre viajé a Ronda, donde incluso acabé de escribir “El drama de la ciudad ideal”. El cartel de la Goyesca era Antonio Bienvenida, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. A Luis Miguel le cogió un toro en Bayona y quedó en mano a mano. Los toros eran de Carlos Núñez y Bienvenida, que estuvo muy bien, entendió que aquella tarde el protagonismo correspondía a Ordóñez y no puso objeción a que éste pidiera el sobrero. Todos tenemos en nuestra memoria de aficionados tres o cuatro toros que perduran en ella y en la mía está ese sobrero de Núñez en Ronda y la faena de Ordóñez. No exagero si digo que no nos queríamos ir de la plaza y me atrevo a decir que nunca hubo una Goyesca como aquella. De hecho, Antonio decidió que siempre, mientras pudiera, torearía la Goyesca pese a estar retirado. Era tal su compromiso que cada temporada dejaba de beber desde que acababan los sanferEl círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin... mines hasta la cita de Ronda. Fueron años en los que nuestra amistad (nunca falté a la Goyesca) se consolidó. P.M.– Luego vino su vuelta. V.G.P.– Sí, en 1981 Ordóñez quiso hacer temporada toreando en plazas menores. Yo ya estaba de profesor en el País Vasco y aunque no pude ir a verlo a Palma de Mallorca sí lo hice al día siguiente a Ciudad Real. Recuerdo que El País -sí, El País, cómo han cambiado los tiemposrecogía en uno de los titulares de su primera página: “Fracaso de Antonio Ordóñez en su reaparición en Palma de Mallorca. En la corrida de Ciudad Real se le vio absolutamente descompuesto, el público le llamaba viejo y otras lindezas, el ambiente era casi solanesco”. Conseguí hablar por teléfono con él, que estaba alojado en el Parador y me dijo que no se encontraba bien y que iba a viajar a París. Resulta que toreando en el campo había tenido un percance y, error de diagnóstico, le dijeron que era una cuestión muscular, pero lo cierto es que ante el toro la pierna le dolía muchísimo y la sensación de indefensión, más aún con su forma de torear, sin escape posible, era total. Nos reunimos en París y me anunció que le iba operar uno de los cirujanos más prestigiosos, el Dr. Pattel. Después de la operación Ordóñez me dice que le pregunte a Pattel si iba a poder torear y la respuesta del médico es categórica: Oui, vuelve dentro de un mes para revisión. Lo celebramos en un restaurante al que yo iba a menudo, allí celebré con mis amigos la muerte de Franco. Al cabo del mes, volvió a la consulta y quedamos en un bar a la salida para que me contara. Y allí el cirujano le dijo que no podría volver a torear. Yo le dije a Ordóñez que Pattel, en mi presencia, le había asegurado que podría volverá torear y me respondió: “fue una mentira piadosa”. ¿Cómo se atrevió a tal engaño? le dije y él contestó: también se engaña a los enfermos de cáncer. Pero 87 86 Antonio J. Pradel 86 dito caliente, a un bar, el “Señorío de Sarriá”, y le reconocí. Estaba con su hija Belén y alguien más, que resultó ser Manolo Vázquez. Y como había leído en Le Monde una pequeña nota de que Ordóñez, que llevaba cuatro años retirado, iba a torear la Goyesca de Ronda, me acerqué a él y con respeto e incluso timidez le dije que vivía en París y había leído en la prensa de allí que igual toreaba la Goyesca y que si fuera así haría todo lo posible (la economía era la que era) por estar esa tarde. No me contestó a la pregunta, pero me presentó a su hija y a Manolo Vázquez y empezó a hacerme preguntas sobre mi vida en París. Al despedirme me hizo esperar un momento, le pidió papel y lápiz a un camarero y me dijo que le anotara mi dirección en París. Al día siguiente fui con mis amigos a desayunar a otro bar y estaba él allí, con Dolores Aguirre. Me reconoció y dijo: ¡hombre, el parisino! Nos dijo que nos sentáramos con ellos, compartimos charla y nos despedimos. A los quince días recibí una carta de él en mi domicilio de París donde, escuetamente, decía: sí voy a torear la Goyesca en Ronda. Me las arreglé, en tiempo y recursos, y en septiembre viajé a Ronda, donde incluso acabé de escribir “El drama de la ciudad ideal”. El cartel de la Goyesca era Antonio Bienvenida, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. A Luis Miguel le cogió un toro en Bayona y quedó en mano a mano. Los toros eran de Carlos Núñez y Bienvenida, que estuvo muy bien, entendió que aquella tarde el protagonismo correspondía a Ordóñez y no puso objeción a que éste pidiera el sobrero. Todos tenemos en nuestra memoria de aficionados tres o cuatro toros que perduran en ella y en la mía está ese sobrero de Núñez en Ronda y la faena de Ordóñez. No exagero si digo que no nos queríamos ir de la plaza y me atrevo a decir que nunca hubo una Goyesca como aquella. De hecho, Antonio decidió que siempre, mientras pudiera, torearía la Goyesca pese a estar retirado. Era tal su compromiso que cada temporada dejaba de beber desde que acababan los sanfer87 El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin mines hasta la cita de Ronda. Fueron años en los que nuestra amistad (nunca falté a la Goyesca) se consolidó. P.M.– Luego vino su vuelta. V.G.P.– Sí, en 1981 Ordóñez quiso hacer temporada toreando en plazas menores. Yo ya estaba de profesor en el País Vasco y aunque no pude ir a verlo a Palma de Mallorca sí lo hice al día siguiente a Ciudad Real. Recuerdo que El País -sí, El País, cómo han cambiado los tiemposrecogía en uno de los titulares de su primera página: “Fracaso de Antonio Ordóñez en su reaparición en Palma de Mallorca. En la corrida de Ciudad Real se le vio absolutamente descompuesto, el público le llamaba viejo y otras lindezas, el ambiente era casi solanesco”. Conseguí hablar por teléfono con él, que estaba alojado en el Parador y me dijo que no se encontraba bien y que iba a viajar a París. Resulta que toreando en el campo había tenido un percance y, error de diagnóstico, le dijeron que era una cuestión muscular, pero lo cierto es que ante el toro la pierna le dolía muchísimo y la sensación de indefensión, más aún con su forma de torear, sin escape posible, era total. Nos reunimos en París y me anunció que le iba operar uno de los cirujanos más prestigiosos, el Dr. Pattel. Después de la operación Ordóñez me dice que le pregunte a Pattel si iba a poder torear y la respuesta del médico es categórica: Oui, vuelve dentro de un mes para revisión. Lo celebramos en un restaurante al que yo iba a menudo, allí celebré con mis amigos la muerte de Franco. Al cabo del mes, volvió a la consulta y quedamos en un bar a la salida para que me contara. Y allí el cirujano le dijo que no podría volver a torear. Yo le dije a Ordóñez que Pattel, en mi presencia, le había asegurado que podría volverá torear y me respondió: “fue una mentira piadosa”. ¿Cómo se atrevió a tal engaño? le dije y él contestó: también se engaña a los enfermos de cáncer. Pero 87 87 88 Francisco March anunciar el cáncer es anunciar la muerte, añadí y él remató: anunciarme que no podría ejercer mi trabajo de torero era ya anuncio de muerte, condena a ser inútil. Asumir ese adiós le llevó dos años, como él mismo reconoció. P.M.– Víctor, has hablado de la muerte de Franco. En aquellos años tu militancia política era conocida, y no tenía nada que ver con la forma de entender las cosas del maestro. En cualquier caso, creo que en vuestra amistad la ideología, el posicionamiento político de ambos, no supuso distanciamiento. V.G.P.–Nunca tuvimos un desencuentro en nuestra amistad, ni siquiera en nuestras posiciones políticas. Desde mi convicción marxista de que las cuestiones son estructurales y no pasan por las personas, esas diferencias ideológicas no me afectan. P.M.– Me gustaría que habláramos del círculo de Antonio. Formabas parte un grupo de intelectuales españoles muy cercanos a Antonio Ordóñez, y del que podríamos decir que el maestro hizo de elemento aglutinador. En él, Romero de Solís, González Troyano, Savater o Rafael Atienza. V.G.P.– Sí, aunque el vínculo de cada uno era distinto, de mayor o menor intimidad, pero no se puede hablar de un núcleo cerrado. Eso sí, para todos nosotros, Ordóñez era “el torero sagrado”, expresión que utilizó el crítico taurino Ignacio Álvarez Vara Barquerito. Pese a torear una sola vez al año, en un pueblo de Andalucía que por otras razones tiene su leyenda, era indiscutible. Un año después de esa Goyesca del año 72, tuvo lugar un Seminario taurino, en los jardines de la casa de Rafael Atienza en Ronda, al que entre otros asistieron los que antes citabas. No estaba previsto que interviniera Ordoñez porque toreaba la Goyesca al día siguiente, pero apareció por allí. Podríamos decir que esa fue la génesis de ese grupo. Años después, en julio, hubo 88 El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin... 89 un Congreso en Ronda, también con Antonio Ordóñez presente, que significó la matriz del “Encuentro Música y Filosofía” que organiza la Real Maestranza de Caballería de Ronda con el Congreso Nacional de Ontología y que va por la decimonovena edición. Ese primer encuentro se tituló “Música callada”, homenaje implícito a José Bergamín y entre los asistentes estuvieron el alcalde de Venecia o Miquel Barceló. P.M.– Cómo se explica que, a diferencia de Belmonte, el propio Manolete o ahora en cierta medida José Tomás, a Antonio Ordóñez, pese a todo lo que estamos hablando y aún teniendo en cuenta su relación con Hemingway u Orson Welles, no se le vincule con los intelectuales. V.G.P.– Ordóñez tiene un origen campesino pero sus inquietudes intelectuales, su curiosidad, era total. Era consciente de que los toros debían aproximarse a ese universo y, por ejemplo, estaría Fig. n.º 9Antonio Ordoñez en el callejón de la plaza de toros de Ronda, 1958, fotografía de Miguel Martín, Real Maestranza de Caballería de Ronda. 88 Francisco March anunciar el cáncer es anunciar la muerte, añadí y él remató: anunciarme que no podría ejercer mi trabajo de torero era ya anuncio de muerte, condena a ser inútil. Asumir ese adiós le llevó dos años, como él mismo reconoció. P.M.– Víctor, has hablado de la muerte de Franco. En aquellos años tu militancia política era conocida, y no tenía nada que ver con la forma de entender las cosas del maestro. En cualquier caso, creo que en vuestra amistad la ideología, el posicionamiento político de ambos, no supuso distanciamiento. V.G.P.–Nunca tuvimos un desencuentro en nuestra amistad, ni siquiera en nuestras posiciones políticas. Desde mi convicción marxista de que las cuestiones son estructurales y no pasan por las personas, esas diferencias ideológicas no me afectan. P.M.– Me gustaría que habláramos del círculo de Antonio. Formabas parte un grupo de intelectuales españoles muy cercanos a Antonio Ordóñez, y del que podríamos decir que el maestro hizo de elemento aglutinador. En él, Romero de Solís, González Troyano, Savater o Rafael Atienza. V.G.P.– Sí, aunque el vínculo de cada uno era distinto, de mayor o menor intimidad, pero no se puede hablar de un núcleo cerrado. Eso sí, para todos nosotros, Ordóñez era “el torero sagrado”, expresión que utilizó el crítico taurino Ignacio Álvarez Vara “Barquerito. Pese a torear una sola vez al año, en un pueblo de Andalucía que por otras razones tiene su leyenda, era indiscutible. Un año después de esa Goyesca del año 72, tuvo lugar un Seminario taurino, en los jardines de la casa de Rafael Atienza en Ronda, al que entre otros asistieron los que antes citabas. No estaba previsto que interviniera Ordoñez porque toreaba la Goyesca al día siguiente, pero apareció por allí. Podríamos decir que esa fue la génesis de ese grupo. Años después, en julio, hubo 88 89 El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin 89 un Congreso en Ronda, también con Antonio Ordóñez presente, que significó la matriz del “Encuentro Música y Filosofía” que organiza la Real Maestranza de Caballería de Ronda con el Congreso Nacional de Ontología y que va por la decimonovena edición. Ese primer encuentro se tituló “Música callada”, homenaje implícito a José Bergamín y entre los asistentes estuvieron el alcalde de Venecia o Miquel Barceló. P.M.– Cómo se explica que, a diferencia de Belmonte, el propio Manolete o ahora en cierta medida José Tomás, a Antonio Ordóñez, pese a todo lo que estamos hablando y aún teniendo en cuenta su relación con Hemingway u Orson Welles, no se le vincule con los intelectuales. V.G.P.– Ordóñez tiene un origen campesino pero sus inquietudes intelectuales, su curiosidad, era total. Era consciente de que los toros debían aproximarse a ese universo y, por ejemplo, estaría Fig. n.º 9 . - Antonio Ordoñez en el callejón de la plaza de toros de Ronda, 1958, fotografía de Miguel Martín, Real Maestranza de Caballería de Ronda. 89 90 Francisco March 90 desolado con lo que está pasando ahora. Era un hombre, por llamarlo como mínimo, conservador. Venía de una situación de pobreza, pero había alcanzado un estatus social y se puede interpretar que defendía ese estatus, lo que me parece lo más razonable del mundo. Pero lo que no hizo nunca fue confundir la defensa de ese estatus con sus relaciones personales. Tuvo amigos de todo el espectro social e ideológico. Todos sabemos que, cuando su apoderado era Domingo Dominguín, militante del PCE, el coche de Ordóñez se utilizaba para acciones clandestinas, como pasar gente por la frontera. Él era consciente de ello, pero no decía nada. Hay está, por ejemplo, su profunda relación con Alberto González Troyano, que, como tantos otros, había pasado por el PCE. El caso de Fernando Savater es también significativo. Su padre era notario en San Sebastián y sacaba cada año dos abonos para “El Chofre”, a repartir entre Fernando y su hermana. Pues bien, a Fernando le gustaba contar que a él siempre le tocó la corrida de Antonio Ordóñez. Ordóñez, para todos nosotros, era El Maestro, un término que hoy se repite con muchos, pero sin la connotación que nosotros le dábamos. P.M.– ¿Esa relación, de culto, pero también de amistad, era la misma que la que mantuvo con Hemingway y Welles? V.G.P.– Pues diría que con Hemingway tuvo la misma relación que con el propio González Troyano. Vamos a ver. Francesco Rossi, militante destacado del Partico Comunista Italiano, rueda en Ronda “Carmen”, se queda después dos meses en Ronda. Yo no me imagino a Ordóñez tener un trato distinto con sus amigos según fuera su posicionamiento político y relevancia social, aunque su trato fuera a veces áspero. Con Hemingway tengo alguna anécdota que me contó, con Orson Welles menos, aunque recuerdo una con el actor Gilbert El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin... Roland. Ordóñez había tenido una cornada grave en la frontera de México con EE. UU., en Tijuana. El actor estaba allí y se asustó, más aún cuando supuso que en aquella plaza no habría los medios necesarios para atender al herido. Llamó a Orson Welles para que interviniera y le dejaran pasar la frontera y así sucedió. A Welles yo no lo conocía, pero me encanta que sus cenizas, por decisión del propio cineasta, estén enterradas en la casa de Ordóñez en Ronda. P.M.– ¿Se igualaba Antonio Ordoñez en la amistad? Quiero decir que, si esa relación tan estrecha de la que hablas implicaba una cierta jerarquía a su favor, al ser él, al fin y al cabo, el admirado. V.G.P.– Antonio Ordóñez era, utilizando una expresión aristotélica, una unidad focal de significación, un personaje muy importante en la España de la época y para quienes nos identificamos en la tauromaquia. En lo que a mí y otros como los antes nombrados se refiere, la relación era absolutamente inter par. Le parecía fundamental que los intelectuales, por llamarlo así, tuvieran algo a decir en tauromaquia. P.M.– ¿Y se interesaba él por vuestro mundo? V.G.P.– Mira, una vez, Antonio Ordóñez me preguntó si con la Filosofía se sentía miedo. Le contesté que una pregunta tan seria necesitaba una contestación meditada. Y sí, claro que se siente miedo. Él era capaz de hacer esas preguntas. P.M.– Aunque suene tópico, digamos era una mente abierta. V.G.P.– Ordóñez es el torero que encarna la tauromaquia en la época franquista, como también Manolete, El Cordobés o el propio Luis Miguel Dominguín. Y en cada caso hay que matizar las circunstancias en la que les toca vivir y cómo resuelve cada uno el guardar un mínimo de dignidad en ellas y no te hagan 91 90 Francisco March 90 desolado con lo que está pasando ahora. Era un hombre, por llamarlo como mínimo, conservador. Venía de una situación de pobreza, pero había alcanzado un estatus social y se puede interpretar que defendía ese estatus, lo que me parece lo más razonable del mundo. Pero lo que no hizo nunca fue confundir la defensa de ese estatus con sus relaciones personales. Tuvo amigos de todo el espectro social e ideológico. Todos sabemos que, cuando su apoderado era Domingo Dominguín, militante del PCE, el coche de Ordóñez se utilizaba para acciones clandestinas, como pasar gente por la frontera. Él era consciente de ello, pero no decía nada. Hay está, por ejemplo, su profunda relación con Alberto González Troyano, que, como tantos otros, había pasado por el PCE. El caso de Fernando Savater es también significativo. Su padre era notario en San Sebastián y sacaba cada año dos abonos para “El Chofre”, a repartir entre Fernando y su hermana. Pues bien, a Fernando le gustaba contar que a él siempre le tocó la corrida de Antonio Ordóñez. Ordóñez, para todos nosotros, era El Maestro, un término que hoy se repite con muchos, pero sin la connotación que nosotros le dábamos. P.M.– ¿Esa relación, de culto, pero también de amistad, era la misma que la que mantuvo con Hemingway y Welles? V.G.P.– Pues diría que con Hemingway tuvo la misma relación que con el propio González Troyano. Vamos a ver. Francesco Rossi, militante destacado del Partico Comunista Italiano, rueda en Ronda “Carmen”, se queda después dos meses en Ronda. Yo no me imagino a Ordóñez tener un trato distinto con sus amigos según fuera su posicionamiento político y relevancia social, aunque su trato fuera a veces áspero. Con Hemingway tengo alguna anécdota que me contó, con Orson Welles menos, aunque recuerdo una con el actor Gilbert 91 El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin Roland. Ordóñez había tenido una cornada grave en la frontera de México con EE. UU., en Tijuana. El actor estaba allí y se asustó, más aún cuando supuso que en aquella plaza no habría los medios necesarios para atender al herido. Llamó a Orson Welles para que interviniera y le dejaran pasar la frontera y así sucedió. A Welles yo no lo conocía, pero me encanta que sus cenizas, por decisión del propio cineasta, estén enterradas en la casa de Ordóñez en Ronda. P.M.– ¿Se igualaba Antonio Ordoñez en la amistad? Quiero decir que, si esa relación tan estrecha de la que hablas implicaba una cierta jerarquía a su favor, al ser él, al fin y al cabo, el admirado. V.G.P.– Antonio Ordóñez era, utilizando una expresión aristotélica, una unidad focal de significación, un personaje muy importante en la España de la época y para quienes nos identificamos en la tauromaquia. En lo que a mí y otros como los antes nombrados se refiere, la relación era absolutamente inter par. Le parecía fundamental que los intelectuales, por llamarlo así, tuvieran algo a decir en tauromaquia. P.M.– ¿Y se interesaba él por vuestro mundo? V.G.P.– Mira, una vez, Antonio Ordóñez me preguntó si con la Filosofía se sentía miedo. Le contesté que una pregunta tan seria necesitaba una contestación meditada. Y sí, claro que se siente miedo. Él era capaz de hacer esas preguntas. P.M.– Aunque suene tópico, digamos era una mente abierta. V.G.P.– Ordóñez es el torero que encarna la tauromaquia en la época franquista, como también Manolete, El Cordobés o el propio Luis Miguel Dominguín. Y en cada caso hay que matizar las circunstancias en la que les toca vivir y cómo resuelve cada uno el guardar un mínimo de dignidad en ellas y no te hagan 91 91 92 Francisco March 92 traicionar ciertos principios. No me puedo imaginar a Antonio Ordóñez traicionando esos principios, entre ellos la lealtad. P.M.– Hablando de Luis Miguel, otro torero magnético para intelectuales y artistas, y con el que Antonio estaba unido familiarmente. Pese a estos puntos en común, da la impresión de que entre ambos hay un remarcado contraste. V.G.P.– Sí, sobre todo porque a Luis Miguel, además de ser una persona más formada intelectualmente, no le bastaba con ser torero, no le satisfacía lo suficiente, cosa que a Ordóñez no le ocurría. Ordóñez no emulaba a los intelectuales, pero pensaba que para la tauromaquia tener el respeto de los intelectuales era esencial y estoy convencido que nunca hubiera tolerado que la tauromaquia quedara adscrita a una determinada ideología, incluso egoístamente, porque sabía que eso no era bueno para el toreo, Lo bueno era, es, que el alcalde comunista de Nimes o Arles fuera taurino. Tampoco es que haya que ser Kant para entender eso, aunque, desgraciadamente, ahora parece que es así. P.M.– ¿Crees que era consciente de su trascendencia en el mundo que le tocó vivir? V.G.P.–Tendría que decirlo él. Pero si estoy convencido que él creía que era el mejor torero, aunque, como todos, siempre pensó y era verdad, no retórica, que no había hecho su faena. Y que la tauromaquia era él. Sí me atrevo a decir que si a alguno respetó fue a Paco Camino y jamás dijo una palabra contra El Cordobés, Benítez, como le llamaba. El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin... P.M.– Tampoco parece que, en realidad, le interesara demasiado la notoriedad, al margen de su propia fama como torero. V.G.P.– A ver. Hubo muchos mano a mano OrdóñezPaco Camino y ternas con El Viti. Pero no hay duda de que, por ejemplo, cuando toreaba Ordóñez en Pamplona era el día de Ordóñez. Tuvo una carrera relativamente corta, piensa que cuando quiere volver era mayor que lo que es ahora José Tomás. Antonio Ordóñez fue un torero muy melancólico. En Ronda, en la taberna “La Verdad”, hay una foto suya, joven, de cuerpo entero, en la que lo que llama la atención es la melancolía. No era arrogante, lo que tenía era empaque. Él nunca buscó una relevancia social, como sí El Cordobés o el propio Luis Miguel Dominguín. Es más, si te fijas hay pocas fotos de Ordóñez, incluso toreando. Hay una filmación anónima de la Goyesca de Ronda de 1972 que tenía Rafael Alberti en Roma que el poeta enseñaba a los visitantes. Alberti le dedicó dos de sus pinturas, lo que vuelve a demostrar que la política nunca supuso distanciamiento. En su época fue más popular El Cordobés, por supuesto, también Dominguín pero no creo que alguno más, pese a que él, incluso por su manera de torear, no se ajustaba, ni quería hacerlo, a ciertos clichés. De Paco Camino no le gustaban ciertos detalles, como que después de hacer una faena maravillosa saludara con la toalla entre las manos y cosas así. La manera que Ordóñez tenía de desplegar el pañuelo que le daba Curro, su mozo de espadas y fundamental en su carrera, era pura elegancia. Curro, que en “Carmen” es el que viste a Ruggero Raimondi para su papel de “Escamillo”, cautivó al grandioso barítono italiano, hasta el punto de que me preguntó que podía regalarle a Curro y le dije que el traje de “Escamillo” y así lo hizo. 93 92 Francisco March 92 traicionar ciertos principios. No me puedo imaginar a Antonio Ordóñez traicionando esos principios, entre ellos la lealtad. P.M.– Hablando de Luis Miguel, otro torero magnético para intelectuales y artistas, y con el que Antonio estaba unido familiarmente. Pese a estos puntos en común, da la impresión de que entre ambos hay un remarcado contraste. V.G.P.– Sí, sobre todo porque a Luis Miguel, además de ser una persona más formada intelectualmente, no le bastaba con ser torero, no le satisfacía lo suficiente, cosa que a Ordóñez no le ocurría. Ordóñez no emulaba a los intelectuales, pero pensaba que para la tauromaquia tener el respeto de los intelectuales era esencial y estoy convencido que nunca hubiera tolerado que la tauromaquia quedara adscrita a una determinada ideología, incluso egoístamente, porque sabía que eso no era bueno para el toreo, Lo bueno era, es, que el alcalde comunista de Nimes o Arles fuera taurino. Tampoco es que haya que ser Kant para entender eso, aunque, desgraciadamente, ahora parece que es así. P.M.– ¿Crees que era consciente de su trascendencia en el mundo que le tocó vivir? V.G.P.–Tendría que decirlo él. Pero si estoy convencido que él creía que era el mejor torero, aunque, como todos, siempre pensó y era verdad, no retórica, que no había hecho su faena. Y que la tauromaquia era él. Sí me atrevo a decir que si a alguno respetó fue a Paco Camino y jamás dijo una palabra contra El Cordobés, Benítez, como le llamaba. 93 El círculo de Antonio Ordoñez, un testimonio de Víctor Gómez Pin P.M.– Tampoco parece que, en realidad, le interesara demasiado la notoriedad, al margen de su propia fama como torero. V.G.P.– A ver. Hubo muchos mano a mano OrdóñezPaco Camino y ternas con El Viti. Pero no hay duda de que, por ejemplo, cuando toreaba Ordóñez en Pamplona era el día de Ordóñez. Tuvo una carrera relativamente corta, piensa que cuando quiere volver era mayor que lo que es ahora José Tomás. Antonio Ordóñez fue un torero muy melancólico. En Ronda, en la taberna “La Verdad”, hay una foto suya, joven, de cuerpo entero, en la que lo que llama la atención es la melancolía. No era arrogante, lo que tenía era empaque. Él nunca buscó una relevancia social, como sí El Cordobés o el propio Luis Miguel Dominguín. Es más, si te fijas hay pocas fotos de Ordóñez, incluso toreando. Hay una filmación anónima de la Goyesca de Ronda de 1972 que tenía Rafael Alberti en Roma que el poeta enseñaba a los visitantes. Alberti le dedicó dos de sus pinturas, lo que vuelve a demostrar que la política nunca supuso distanciamiento. En su época fue más popular El Cordobés, por supuesto, también Dominguín pero no creo que alguno más, pese a que él, incluso por su manera de torear, no se ajustaba, ni quería hacerlo, a ciertos clichés. De Paco Camino no le gustaban ciertos detalles, como que después de hacer una faena maravillosa saludara con la toalla entre las manos y cosas así. La manera que Ordóñez tenía de desplegar el pañuelo que le daba Curro, su mozo de espadas y fundamental en su carrera, era pura elegancia. Curro, que en “Carmen” es el que viste a Ruggero Raimondi para su papel de “Escamillo”, cautivó al grandioso barítono italiano, hasta el punto de que me preguntó que podía regalarle a Curro y le dije que el traje de “Escamillo” y así lo hizo. 93 93