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La educación andaluza del reverendo H.J. Rose

Murphy, Martin

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155 LA EDUCACIÓN ANDALUZA DEL REVERENDO H. J. ROSE Hugh James Rose (1840-1878) descendía de una larga línea de clérigos anglicanos dedicados al estudio. Su padre fue Archidecano del condado de Bedfordshire, y su tío por parte de su padre fue uno de los fundadores del “Oxford Movement”1, y más tarde rector de King’s College de la Universidad de Londres. Su tío por parte de su madre William Burgon, decano de Oriel College de la Universidad de Oxford, fue un infatigable y formidable defensor de causas perdidas y enemigo de todo cambio. El romanismo, el racionalismo y el liberalismo le merecían igualmente su anatema. Estaba en contra del acceso a la universidad de los no-anglicanos, y muy especialmente de las mujeres. En 1870 predicó un sermón que tomaba como texto un versículo del Génesis en que Dios le pregunta a Jacob “¿Dónde está tu esposa?”, a lo que Jacob responde: “En la tienda”. Pues ahí es donde deben estar las mujeres, cada una en su casa, declaró Burgon. Con motivo del permiso que en 1884 se otorgaba a las mujeres para presentarse a los exámenes universitarios, lanzó una nueva descarga desde el púlpito, que se publicó después bajo el título 1. Grupo que abogaba por el restablecimiento de la tradición católica dentro la iglesia anglicana. Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 49, 2021, pp. 155–163 Por Martin Murphy 156 de To Educate Young Women like Young Men: A Thing Inexpedient and Immodest (Educar a las mujeres jóvenes como a los hombres: algo innecesario e inmodesto). Concluía dirigiéndose directamente a las mujeres: “Inferiores a nosotros os hizo Dios, e inferiores hasta el final permaneceréis. Pero, así y todo, no estáis en peor situación”. Para Hugh James Rose el peso de la tradición familiar tuvo que ser oneroso, sobre todo habida cuenta de que su tío era decano de Oriel College cuando él llegó de estudiante en 1860. Cuatro años después se graduó con la nota mínima, que no es lo que se esperaba de un Rose. Tras ser ordenado, se pasó siete años de cura rural y capellán militar, pero la muerte de su padre en 1873 lo dejó libre para escoger su propio rumbo, y decidió aceptar el puesto de capellán en la compañía inglesa de minas de plomo de Linares, territorio desconocido para los curiosos impertinentes. Durante los cuatro años que pasó en Andalucía pudo estudiar de cerca el carácter y las condiciones de vida de los obreros andaluces. Durante un corto período de veinticuatro años Linares había sido testigo del desarrollo de la minería de plomo que para el año 1867 era la mayor del mundo en la extracción de este metal. Por esta época la población aumentó de siete mil a cuarenta mil habitantes, y el paisaje quedó transformado por la proliferación de castilletes y chimeneas edificados alrededor de las minas según el patrón de las de Cornualles, la zona minera del suroeste de Inglaterra donde fueron contratados obreros ingleses con experiencia minera para trabajar en las minas españolas. Hugh Rose no halló en Linares ni un átomo de belleza: nada más que plomo, plomo, plomo dondequiera que se mirase. La mayor parte de los hombres venidos de Cornualles eran Metodistas Primitivos cuyo pensamiento y conversación no iban más allá de la biblia. Rose prefería la compañía más amena de los mineros españoles y de sus familias, y se puso a investigar las condiciones de su trabajo, su paga, su vivienda, su comida, su atuendo, su ocio, sus costumbres, sus supersticiones, y hasta las hierbas medicinales que tomaban. Bajó a las minas para observar la extracción y producción del plomo, y atestiguó el efecto contaminante en el medio ambiente. De ahí el título de su libro Untrodden Spain and her 156 LA EDUCACIÓN ANDALUZA DEL REVERENDO H. J. ROSE 157 Black Country: being Sketches of the Life and Character of the Spaniard of the Interior (La España inexplorada y su país negro: esbozos de la vida y carácter del español del interior).2 La llegada de Rose a Málaga en 1873 coincidió con los últimos días de la República Democrática Federal cantonalista. Si no hubiese sido un cura habría sido un periodista excelente, pues sabía combinar una rigurosa y detallada observación con la empatía y la imaginación. Escribió que la ciudad aún estaba dominada por los intransigentes radicales, los cuales le sorprendieron por su actitud amistosa. No dudaba de que la causa cantonalista era apoyada con fervor por la mayoría de la población, y vio destrozadas las esperanzas del pueblo tras la intervención ordenancista (la llamada “pacificación”) del General Pavía. El relato que ofrece de la vertiginosa crisis política que culminó en el golpe militar del 3 de enero de 1874 está sorprendentemente exento de prejuicios. Se refiere al auge y declive del prestigio de Castelar, aclamado como salvador al ser nombrado Presidente el 6 de septiembre, y vilificado como enemigo del pueblo solo unas semanas después, cuando utilizó al ejército para deshacer a los intransigentes. Cuando Rose llegó a Málaga, el sereno, en su ronda nocturna, aún proclamaba “¡Han dado las dos y media! ¡Viva la República Democrática Federal!”, pero para cuando llegó a Linares el grito del sereno había vuelto a su tradicional forma de “¡Ave María purísima!”. Al pasar por Álora, yendo hacia el norte, presenció una escena que le dejó sorprendido: Al salir a la calle a la mañana siguiente [a su llegada], oí en la distancia el sonido de una banda musical que tocaba con vivacidad la conocida marcha de la marsellesa, y al poco aparecieron a la vuelta de la esquina cuatro chavales que portaban un ataúd pequeñito, el ataúd de un niño rubio de unos siete años que yacía sobre un papel azul, con tapa de cristal que dejaba ver su cara plácida. Una caterva de chiqui2. Publicada en dos tomos, Londres: Samuel Tinsley, 1875. Versión española, solo parcial y reorganizada, en Viaje a la Andalucía inexplorada (Sevilla: Editorial Renacimiento, 2012). El Black Country, o país negro, es la región central de Inglaterra donde se desarrolló la revolución industrial, y fue llamada así por el efecto contaminante de la industria y del carbón. 157 MARTIN MURPHY 158 llos haciendo cabriolas, cantando y gritando corrían delante del ataúd, y detrás, a paso rápido y tocando con fuerza y soltura venía la banda de músicos que yo había oído. Y tras ellos, en filas de cuatro, caminaban cincuenta o sesenta hombres jóvenes, los más de ellos mineros o de clase obrera. El grupo depositó el ataúd al borde de la fosa y se marchó. Para Rose, hombre de una fe profunda aunque discreta, la ausencia de ritos funerarios cristianos en esta comunidad rural era una irreverencia muy preocupante. Se horrorizó de la pobreza y abandono en que estaba el cementerio: los pequeños cuerpos de niños fallecidos envueltos en papel plateado, la tierra arenosa sembrada de huesos humanos, los cardos llenos de cabello humano, y “nada que mereciese el nombre de lápidas sepulcrales”. ¿Cómo se explicaba esta situación? Esta pregunta le daría mucho en que pensar. Desde el principio Rose se negó a actuar de representante de la empresa que le había contratado, aunque las relaciones entre patronos y obreros eran buenas: no existía el apartheid que reinaba en las minas de Riotinto. A los mineros españoles y sus familias les atraía el buen humor de Rose, su sencillez y porte varonil. Sobre todo, no se dedicó jamás al proselitismo; es más, fue criticado por las Sociedades Bíblicas por no ganar prosélitos. Él y su esposa (la cual solo hace una brevísima aparición en su relato) aprendieron mucho de sus criadas. La más joven, Isidra, “una marimacho traviesa, atrevida y de un geniecillo feroz”, le fascinaba por su descaro y disposición respondona. Su madre, Isabel, vivía en la casa con su esposo Manuel. Rose observó la devoción intensa que le dispensaba a su pequeño dios doméstico, una estatuilla de San Juan Bautista de niño. “Todas las tardes vestía y desnudaba a San Juan, acariciaba sus piernecitas de santo, y me hacía a mí tocarlas también cuando subía para acostarme, mientras recitaba ¡pobre, pobre!.” Una tarde le metió en la boca al “pequeño muñequito revestido” uno de los cigarros medio fumados de Rose y lo colocó al pie de la cama matrimonial para que Manuel lo pudiese disfrutar al volver del trabajo. Apenas había aspecto de la vida de Linares, tanto la subterránea como la de la superficie, que escapase su atención. 158 LA EDUCACIÓN ANDALUZA DEL REVERENDO H. J. ROSE 159 Describió todo el proceso de producción de plomo y sus efectos medioambientales, informando sobre el alto número de muertes por pleuresía, cólico de plomo y tisis. Las prestaciones sanitarias eran rudimentarias, y halló que aun se utilizaba el Herbolario Dioscórides (en edición de 1695) como guía de farmacopea. No obstante, aunque los obreros no se cuidaban de su salud y seguridad, descubrió que el gobierno no se demoraba en investigar la causa de los accidentes e imponía multas a las empresas culpables. Otros temas de los que se ocupó Rose incluyen la paga, la dieta, el deporte y las actividades de ocio. Al atardecer los obreros tenían la opción del café (donde se solía jugar al dominó y de vez en cuando se montaban zarzuelas) o del burdel. Durante los ritos de Semana Santa le asombró el cambio repentino de la actuación apasionada a la actitud de burla, como cuando un coro de chicos entonaron “el desgarrado y plañidero canto de una salmodia cuaresmal” y al acabar se destornillaron de risa. Tras abandonar Linares, Hugo Rose pasó dos años más en Andalucía como capellán de las congregaciones angloparlantes de Jerez y Cádiz, lo cual le dio la oportunidad de viajar más extensamente, a menudo con su caña de pescar y su cuaderno de dibujos. Sus observaciones sobre las instituciones caritativas le prestan a sus escritos un valor documental que aún no ha sido apreciado del todo por los historiadores sociales. Le causó buena impresión la Casa de la Misericordia de Cádiz, en la que los residentes se beneficiaban de un régimen que aunaba las libertades con las restricciones, la asistencia con la autosuficiencia. ¡Un sistema mucho más humano –pensaba– que el que prevalecía, rígido y desolado, en los asilos de pobres de Inglaterra! También le impresionó la Escuela Normal, donde la educación física y la música formaban parte del programa de estudios y donde se aprendía cómo se debía enseñar a los sordomudos. Pero al mismo tiempo el gobierno republicano que había introducido este régimen progresista había obliterado casi todo vestigio de religión de la vida pública: en estas instituciones estaba prohibida la presencia de capellanes, y en la Casa de los Niños Expósitos, el rito del bautismo había sido sustituido por ceremonias civiles en que se tomaban nombres tales como Libertad e Igualdad en vez de María o de José. Solo 159MARTIN MURPHY 160 las hermanas de San Vicente de Paúl seguían trabajando en los hospitales, orfanatos y hospicios, y Rose no tenía más que elogios para su labor. Pero ¿cómo se explicaba la indiferencia, incluso el odio contra la iglesia? “Mi religión ha quebrado”, le dijo un viejo botero en Cádiz. Ya no se volvía la gente a la iglesia en busca de instrucción, inspiración o apoyo. La iglesia había perdido su dominio sobre la población. Como a un oficial viejo que intenta reimponer su autoridad sobre una compañía de soldados desmoralizada, no se le hacía caso. Sin embargo, Rose vislumbraba el cristianismo no escrito y no expresado que latía bajo la superficie. En un segundo libro de 1877, Among the Spanish People (Entre el pueblo español), se refirió a toda una serie de temas adicionales: canciones infantiles, bailes, supersticiones, ferias, teatros rústicos, y las nuevas modas entre la aristocracia de deportes ingleses como las carreras de caballos, las regatas de remo, y hasta el cricket. Escribió que, siendo él pobre, a menudo tenía que viajar a pie y compartir comida y hospedaje con los pobres, y que en el campesinado español encontró “lo que había venido buscando pero no había encontrado hasta ahora: amor a la verdad, generosidad fraternal, devoción caballeresca, nobleza de carácter, religión sin hipocresía, y todas las virtudes mezcladas con un poquitín de cochambre”. En sus caminatas por el campo halló un espíritu gemelo en el pobre cura párroco de Baños de la Encina (Jaén), hombre que vivía de lo que podía cazar con su escopeta y su perdiz-reclamo, y que pensaba que Pío Nono y la Reina Victoria eran los mejores gobernantes de toda la historia. Hugo Rose también fue corresponsal del Times de Londres y envió informes sobre mejoras sociales, informes que reflejan su creciente interés en la reforma del sistema penal. En el curso de sus investigaciones halló aspectos de los que las autoridades inglesas bien podrían beneficiarse. El confinamiento en solitario era algo desconocido, y en el presidio de Cartagena pudo observar que todos los encarcelados que tenían un oficio no solo podían practicarlo sino también enseñárselo a los que no tenían ninguno. ¡Cuán diferente era la supuesta cárcel modelo de Oxford, donde a los prisioneros solo se les permitía el ejercicio punitivo de la rueda de andar! En la cárcel de mujeres de Alcalá se les permitía a las madres tener a sus hijos con ellas, y Rose se sintió conmovido 160 LA EDUCACIÓN ANDALUZA DEL REVERENDO H. J. ROSE 161 por la solidaridad de las encarceladas: como no tenía suficiente dinero para dar a todas, aquellas a las que le tocó algo lo compartieron con las que no recibieron nada. “¿Dónde en el mundo religioso iba uno a encontrarse un sacrificio parecido?” se preguntaba Rose. Felicitó al gobierno republicano por sus reformas, pero a la vez pintó un espantoso cuadro de las condiciones que halló en los calabozos del Saladero en Madrid y del Hacho en Ceuta: ¡Oh, esas miradas intensas llenas de ansia, esos rostros boquiabiertos, esas sucias manos extendidas, esos dedos que señalaban tremblando, esas oscuras caras de fieras endurecidas por sus culpas, esos ojos de lobos hambrientos, nunca los olvidaré! Las palabras no alcanzan a pintar la oscuridad, la suciedad, el hervidero de corrupción que eran estos antros en los que no conseguía entrar ni una partícula de luz divina o humana, ¡donde nada se veía o se oía salvo el homicidio o la crueldad, por un lado, y la miseria, el hambre y la obscenidad, por otro! Este interés en las capas más bajas de la sociedad, protestaba Rose, no se debía a motivos de curiosidad perversa, sino a un deseo de “hacer el bien en un país al cual me siento unido y a cuyos habitantes debo mi más sincera gratitud”. Es típico de Rose que a su llegada a Madrid se dirigiese no al Museo del Prado sino a las orillas del Manzanares para hablar con las lavanderas y hacer averiguaciones sobre su paga y condiciones. Entre los españoles lleva un capítulo entero dedicado a las “trabajadoras del río”, con los precios que cobraban por lavar la ropa. Un agente de policía, a quien preguntó que cuántas lavanderas había, le respondió que “tantas como santos en el cielo”. Ningún inglés se mostró más susceptible que Rose al atractivo de lo que él mismo denominó “la mujer española”, tema en el cual sobrepasó a Don Quijote (aunque es verdad que Rose se fijó más en los rasgos físicos de sus Dulcineas). Hay un pasaje sobre “los encantos de la mujer de la clase obrera” que dice así: Su forma es simétrica hasta la perfección, y ni una onza de su cuerpo está fuera de lugar [...]. Tiene los ojos oscuros, brillantes e inquietos, que a veces se 161MARTIN MURPHY 162 dirigen de un lado a otro con una mirada absorta, inconsciente, como si en perpetua búsqueda de aquello que nunca se encontrará [...]. Tiene los pechos bien formados, cónicos y puntiagudos; las manos pequeñas, bien formadas y primorosas; el mentón cuadrado, poco saliente y apuntado, como los de las damas que se ven grabadas en las planchas sepulcrales de las iglesias inglesas [...]. Es un perfecto ejemplo de buena salud; capaz de comer sopa de ajo a las seis de la mañana; labrar el campo; dar a luz sin asistencia médica, y estar en su puesto del mercado a los dos días. Admite, no obstante, que “la belleza de la mujer española generalmente no se extiende a la nariz y la boca”, y añade que el carácter femenino varía de región en región: “Cuanto más al norte, más amables y mejores resultan las mujeres. Graciosa y simpática como es, la mujer andaluza no tiene la hondura y verdad de la castellana o la catalana”. Madrid era, en cambio, “la maldición de España”, lugar donde “los hombres no tienen consideración, ni piedad, ni sentimiento de compasión por la mujer”. En un capítulo titulado “El Madrid de los barrios bajos” describe cómo en los barrios gitanos situados más abajo del Puente de Toledo –las barriadas de Las Injurias y Las Cambroneras– halló la verdadera nobleza de carácter que había venido buscando desde hacía tiempo: “El haber llegado a conocer una gitana común y corriente en toda su altura de pureza y hondura de devoción, en todo su espíritu de sacrificio, en toda su religión sin el regusto ofensivo de esta, es una educación liberal”. En diciembre de 1874 informó acerca de la entrada en Madrid de las tropas alfonsinas que venían a restaurar la monarquía. Estaba bien, pensaba, que la multitud que vino a aclamarlos viese a estos hombres batalladores con sus uniformes raídos “con sus miradas temerarias y desafiantes, con sus rostros envejecidos por la guerra, con sus sandalias hechas trizas, para que así aprendiese que la guerra no es ninguna broma”. Estos soldados, añadía proféticamente, seguramente contribuirían a crear un despotismo militar, “pero, inteligentes por naturaleza, tienen sus propias preguntas, y algún día requerirán respuestas”. 162 LA EDUCACIÓN ANDALUZA DEL REVERENDO H. J. ROSE 163 En un capítulo final Rose elogiaba las mejoras sociales y educativas que tuvieron lugar entre 1875 y 1877, destacando la fundación de la Institución Libre de Enseñanza, “un esfuerzo gallardo, noble y encomiable por librarse del lastre de la supervisión estatal y eclesiástica”, aunque en general era pesimista en cuanto a las perspectivas del país bajo una monarquía restaurada: “Sevilla ha vuelto a la Edad Media”, le dijo en esa ciudad un corresponsal: “Los curas, los bandidos, los toreros y los Borbones han vuelto a prosperar”. Hacia finales de 1876 Rose era un hombre enfermo. Regresó a Inglaterra, donde murió dos años después a la edad de treinta y siete, dejando viuda y dos hijos. Fue enterrado junto a su padre en el cementerio de la iglesia de Houghton Conquest, ya un hombre cambiado. “Podría haber pasado por español muy fácilmente”, rezó un elogio, “a causa del pelo y ojos negros, y de su porte grave y cortés adquirido por su residencia en la Península”. Los años que siguieron a la partida de Rose de Linares fueron testigo de un crecimiento masivo de la industria minera y de los residentes británicos en la ciudad. Hallamos una oportunidad excepcional de conocer el desarrollo industrial y la vida social del lugar en las cartas que el joven ingeniero Reginald Bonham Carter, miembro de una eminente familia liberal conocida por su tradición de servicio comunitario y político, escribió a su madre entre 1897 y 1906.3 Don Regino (como le llamaban), que disfrutaba de una popularidad universal, murió en un accidente minero a la temprana edad de treinta y cuatro años, y se le enterró en el cementerio protestante de Linares. 3. Ver Robert y Margaret Vernon, Don Regino: Reginald Bonham Carter. An English Mechanical Engineer in Linares. The Story of his Short Life, 1872 to 1906, Bredon: Worcestershire, 2016. 163 MARTIN MURPHY