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Sobre la memoria y el olvido: La fotografía y el objeto como transmisores de memoria Trabajo de Fin de Máster Para optar al Título de Máster Oficial en Arte: Idea y Producción por la Universidad de Sevilla Autora: Lorena Camacho Gea Firma de la alumna: Tutora: María Luisa Vadillo Rodríguez Vº. Bº. de la Tutora: Sevilla, [2015]
A mi abuela Encarna
RESUMEN En este estudio tratamos de reflexionar sobre la memoria y el olvido a través de elementos cotidianos, concretamente nos centraremos en el objeto y la fotografía doméstica como artefactos cargados de atributos memoriales. El desasosiego por vencer el tiempo y el olvido –cuestión que parece ser común en todos los humanos-, se encarna en ciertos objetos y fotografías, siendo éstos dotados de un carácter trascendental por representar para nosotros un momento del espacio-tiempo perteneciente al pasado, que consideramos que ha sido capturado por estos artefactos. Pese a toda esa carga memorial que les atribuimos, parece existir una serie de características que suelen ser un impedimento para esta conservación y remembranza del pasado a través de ellos. Nos centraremos en analizar estos hándicaps y razonar hasta qué punto y por cuánto tiempo podremos conservar notas del pasado, comparando nuestros razonamientos con numerosos artistas y pensadores que exploran estos planteamientos que, por otro lado, hemos traducido artísticamente en forma de pintura, instalación y la manipulación manual fotográfica. ABSTRACT In this study we try to think about the memory and the oblivion through everyday items, specifically we will focus on the objetc and the domestic photography as artifacts loaded of memorials attributes. The restlessness to beat time and oblivion - issue that seems to be common in all human being-, it is embodied in certain objects and photographs, which we give a transcendental character to represent for us a moment of spacetime belonging to the past,that we consider to have been captured by these artifacts. In spite of that memorial load we attributte them, it seems to be a number of features that are an impediment for this conservation and remembrance of the past through them. We will focus on analyzing these handicaps and reason to how far and for how long we could keep notes of the past, comparing our reasoning with numerous artists and thinkers who explore these approaches what, on the other hand, we have translated artistically as painting, installation and photographic manual handling. PALABRAS CLAVES Fotografía, álbum, imagen virtual, objeto, doméstico, memoria, ausencia, olvido. KEYWORDS Photography, album, virtual image, object, domestic, memory, absence, oblivion.
ÍNDICE RESUMEN ............................................................................................................................. 5 ABSTRACT ........................................................................................................................... 5 PALABRAS CLAVES ............................................................................................................. 5 KEYWORDS .......................................................................................................................... 5 1. INTRODUCCIÓN ............................................................................................................ 9 PRIMERA PARTE (APORTACIONES ARTÍSTICAS) ......................................................... 13 2.1. Aportación 1: El álbum de Barthes ............................................................................ 14 2.1.1: Catalogación de la obra ...................................................................................... 14 2.1.2 Proceso de creación–producción ......................................................................... 17 2.2 Aportación 2: Avatares I y II........................................................................................ 20 2.2.1 Catalogación de la obra ....................................................................................... 20 2.2.2 Proceso de creación–producción ......................................................................... 22 2. 3 Aportación 3: Encarnación ........................................................................................ 26 2.3.1 Catalogación de la obra ....................................................................................... 26 2.3.2 Proceso de creación–producción ......................................................................... 29 (SEGUNDA PARTE) APORTACIONES TEÓRICAS ........................................................... 33 3. DISTINTOS ASPECTOS DE LA FOTOGRAFÍA DOMÉSTICA. ....................................... 34 3.1 Estatuas de sal ........................................................................................................... 36 3.2 Del deadbook al Facebook ......................................................................................... 50 4. MEMORIAS DEL OBJETO COTIDIANO .......................................................................... 67 5. CONCLUSIONES ............................................................................................................ 80 FUENTES DOCUMENTALES ............................................................................................. 83 A. Fuentes primarias ..................................................................................................... 83 B. Fuentes secundarias ................................................................................................. 83 Filmografía .................................................................................................................... 84 Entrevistas .................................................................................................................... 85 Webs personales .......................................................................................................... 85 Recursos electrónicos................................................................................................... 85 C. Tabla de figuras ........................................................................................................ 89 ANEXOS .............................................................................................................................. 94 Anexo número 1 ............................................................................................................... 94 Anexo número 2 ............................................................................................................... 98
9 1. INTRODUCCIÓN Hubo un tiempo en el que escuchaba las historias y vivencias de juventud que mi abuela Encarnación me contaba, mientras pasábamos las hojas del álbum de fotos que periódicamente me mostró desde las fases más primitivas de mi consciencia hasta hace escaso tiempo. “Preguntar a los abuelos por lo que sus propios abuelos les contaban cuando eran pequeños puede ser el límite máximo de la transmisión oral” (Ortíz, 2005: 196). Yo miraba atentamente las fotografías e intentaba aprender datos sobre los individuos que en ellas aparecían: quiénes eran y cuáles eran sus lugares en nuestro árbol genealógico cuyas ramas se extendían más lejos de lo que mi memoria alcanzaba a recorrer. Cada fotografía parecía despertar en mi abuela pequeños relatos y acontecimientos. Las imágenes eran la excusa para revivir otros tiempos. Tras su muerte, ese álbum pasó a convertirse en objeto de reflexión y a él volvía incesantemente, en un intento de no olvidar toda esta prosa que aprendí a lo largo de todos esos ratos de pláticas frente a él, intentando averiguar si yo también había desarrollado esos resortes que hacían saltar alguna historia coetánea a la época de las fotografías. Como si el álbum hubiera adquirido la capacidad de relatarse solo y funcionar como uno de esos libros sonoros, que al abrirse, mediante un mecanismo que posee hace sonar automáticamente una melodía. Pero ahora el álbum parecía un desierto compuesto por huellas de otros tiempos materializadas en papel. […] se emparenta muy significativamente con signos como el humo (indicio de un fuego), la sombra (proyectada), el polvo (depósito del tiempo), la cicatriz (marca de una herida), el semen (residuo del goce), las ruinas (vestigio de lo que estuvo allí), etcétera. En tanto permanezcamos en la categoría de los índex, quizá uno de los procesos más cercanos a la fotografía (¿una de sus mejores metáforas?) sería el bronceado de los cuerpos, esta exposición de la piel (superficie al menos tan sensible como la emulsión: asunto de película) […]. (Dubois, 1994: 56) A través de esta investigación, pretendemos reflexionar sobre la memoria y la capacidad de evocar recuerdos a través de dos herramientas distintas. Por un lado, la fotografía doméstica como imagen dotada de capacidad memorial. Dejando a un lado las cuestiones estéticas y técnicas, nos preguntamos sobre la relación entre el tiempo, la memoria y la fotografía familiar o doméstica, trabajando sobre todo a partir del álbum mencionado anteriormente, que tendrá un gran peso en nuestro estudio. También reflexionamos sobre la fotografía actual, con el propósito de confrontar los arquetipos de las imágenes domésticas del pasado con las del presente, pero a través de las cuales también nos planteamos el sentido de la imagen virtual y sus características. Pero en general, nos centramos sobre todo en la capacidad de la fotografía para captar un momento y poder volver a él a través de ella, ya que, desde sus inicios hasta la actualidad, la fotografía, sobre todo la de aficionados, ha estado al servicio del recuerdo “el olvido es pérdida: instantes, acontecimientos, rostros, alejándose de nuestros ojos impotentes. Incapaces de volver a ver lo que en otro tiempo vieron” (Jiménez, 1996: 27). Nos preguntamos si es el desasosiego por el paso del tiempo y nuestra forma de enfrentarnos a la muerte, los que han impulsado la expansión de la fotografía, que a día de hoy gracias a la creación del mundo virtual, ha adquirido una ubicuidad y una reproducción sin precedentes. Por otro lado, nos planteamos las mismas capacidades para conectar con la memoria que poseen los objetos que van quedando con el paso del tiempo en nuestros hogares de
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17 2.1.2 Proceso de creación–producción Sentimos, concebimos, razonamos, reímos o lloramos, abrazamos con pasión el dolor, desechamos los cuidados; da igual: pues ya sea el gozo y el dolor, el sendero de su marcha aún está libre. El ayer del hombre jamás será como el mañana; ¡nada dura salvo la propia mutabilidad! (Shelley, 2013: 143) El título de esta obra remite directamente a la famosa obra de Barthes (1980) La cámara lúcida, la cual nos hizo replantearnos el significado de la fotografía familiar y estudiar un nuevo punto de vista para formar una observación más antropológica y menos estética de ésta. Las fotografías de las que nos ocuparemos, como representación general del álbum familiar son las del álbum mencionado en la introducción –que heredé de mi abuela-, el cual posee cierta antigüedad datándose alguna de sus fotografías alrededor del año 1920. Estas imágenes nos hacen ver, ochenta años después, la marca del paso del tiempo que ha dejado constancia de los cambios físicos naturales para el cuerpo humano. Imágenes de niños que actualmente son ancianos o que incluso han fallecido. Momentos, congelados que muestran los elementos que se dispusieron ante el objetivo en un acto fotográfico que creemos que ha captado la realidad de la forma más sincera posible -y a nivel visual así espero que captura imágenes incompletas y descontextualizadas del transcurso de los acontecimientos. Aunque mi abuela me relataba la historia de las personas que en él aparecen, roto el vínculo que unía el álbum con ella, éste ha perdido gran parte de su sentido. Aunque sí recordamos a un gran número de los individuos que en él aparecen, nos resulta realmente complejo adivinar a través de las imágenes cómo eran estas personas en ese tiempo. El hieratismo imperante en la mayoría de fotografías se acentúa gracias a las poses estereotipadas y a las sonrisas escuetas que eran en esa época, la forma correcta de posar ante una fotografía. Cuando pasen las generaciones y se pierda la historia familiar de los ascendentes en la genealogía, estas fotografías perderán por completo su significado y serán similares a nivel de significado, a cualquier fotografía –la mayoría antiguasque encontramos en los mercadillos y que imaginamos que venden entre otras razones, por su pérdida de razón de ser. Es por ello, que esta obra está compuesta por dichas fotografías con los rostros manipulados, borrados, distorsionados o con apariencia fantasmal. Imágenes que recreamos mediante la mancha, la mezcla de color, la transparencia, la quemadura, la abrasión, etcétera. Intentamos mediante estos recursos, hacer un juego visual y simular como si el paso del tiempo hubiera podido manipular a los que aparecen en las imágenes, Figura 2. 2 Imagen del álbum. Figura 2. 1 Imagen del álbum.
18 emular que la captura fotográfica posee vida y mostrara la realidad de un tiempo que no puede detenerse, haciéndola por tanto más sincera. Puesto que estas imágenes pierden su capacidad de transmitir recuerdos a medida que avanzan los años y pasan de generación en generación, de mano en mano, las caras y cuerpos de los retratados se desvirtúan en esta pieza como se diluye su recuerdo. Para mantener un vínculo homónimo de nuestra creación con respecto al álbum original, hemos conseguido uno idéntico y además, hemos respetado el tamaño y la posición en que se encontraban las imágenes originariamente, potenciando así esa impresión de cómo ha actuado el paso del tiempo en nuestra memoria, ya que muchas de las fotografías que aparecen en el antiguo, han sido omitidas en el nuevo. Por todas estas razones, ambos álbumes se expondrán juntos, para que el espectador pueda visualizar esa metáfora de cómo el paso del tiempo ha ido eliminando los recuerdos materializados en forma de imagen, ganando así terreno el olvido, que es representado por los espacios vacíos de las páginas del álbum. El procedimiento a seguir para la manipulación de las imágenes se ha basado en la intuición y el azar. Primero, hemos digitalizado todas las imágenes para imprimirlas después en un papel de baja calidad que nos da más juego en el uso de los materiales empleados: lejía, amoníaco, acetona, aguafuerte, distintos tipos de plástico que hemos quemado, barniz, aguarrás, cera, resina, entre otros. Miramos las fotografías y trabajamos sobre ellas según la fuerza o debilidad del recuerdo que ésta nos transmite. Sin encorsetarnos en un hacer metódico, dejamos que los materiales que empleamos realicen aleatoriamente las manchas, transparencias o quemaduras pertinentes. En muchos casos, basta con una sola prueba, en otros imprimimos varias veces la imagen hasta que conseguimos un resultado que consideramos interesante. En imágenes en las que hemos trabajado con elementos como la lejía o el aceite, las manchas han seguido evolucionando a lo largo de los días obteniendo resultados distintos según el tiempo de espera para escanear la imagen. La casualidad ha ejecutado muchas de las piezas ya que en varias ocasiones, por ejemplo, hemos trabajado la parte anterior de la imagen para descubrir después, que nos resultaba más satisfactoria la parte posterior de la hoja donde se ha filtrado el color de forma totalmente fortuita. En definitiva, nos hemos dejado llevar por lo visual y las sensaciones que las imágenes despertaban en nosotros para crear un álbum de recuerdos desvirtuados. Figura 2. 5 Imagen manipulada del álbum. Parte posterior. Figura 2. 6 Imagen manipulada del álbum. Parte anterior. Figura 2. 3 Imagen manipulada del álbum. Parte posterior. Figura 2. 4 Imagen manipulada del álbum. Parte anterior.
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20 2.2 Aportación 2: Avatares I y II 2.2.1 Catalogación de la obra Título: Avatares I y II Dimensiones 92 x 73 cm. Soporte y procedimiento: Óleo sobre lienzo Fecha: 2015
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23 2.2.2 Proceso de creación–producción Como explicamos posteriormente, parece que el desasosiego por el transcurrir del tiempo, nos ha impulsado a seguir desarrollando el medio fotográfico como paradigma de la captación del espacio-tiempo en imagen. Junto con el perfeccionamiento de la cámara fotográfica, se ha ido acelerando el número de fotografías que realizamos y aumentando el número de dispositivos para realizarlas, abaratándose, haciéndose más accesibles y fáciles de manejar. Este avance técnico ha hecho que podamos hallar cámaras fotográficas alojadas a aparatos que usamos en nuestra vida diaria como pueden ser los ordenadores o los teléfonos móviles. Quizá éste sea uno de los motivos por el cual la imagen fotográfica se ha multiplicado enormemente en los últimos años. Este afán por documentar visualmente muchos momentos de nuestra vida cotidiana, ha obtenido como consecuencia una enorme cantidad de imágenes, la mayoría de ellas virtuales, que invaden sobre todo las redes sociales en particular e internet en general. Estas imágenes poseen el don de la ubicuidad; aparecen y desaparecen a golpe de impulso eléctrico transformado en luz. En esta pieza, nos planteamos sobre todo la capacidad de albergar recuerdos que pueden poseer estas imágenes que, al igual que las domésticas tradicionales, poseen elementos comunes que dificultan la capacidad de evocar recuerdos, a los que se les unen algunos nuevos por su condición no física. Como las imágenes mentales –las imágenes de nuestro pensamiento-, las electrónicas sólo están en el mundo yéndose, desapareciendo. Por momentos están, pero siempre dejando de hacerlo. Como lo espectral, su ser es el de las apariciones –y, como ellas, se apresura rápido a abandonar la escena que comparecen-. Son, al mismo tiempo, (des)apariciones. (Brea, 2010: 67) Este, es un mundo mediatizado por imágenes, donde quiera que haya una pantalla el flujo de imágenes será continuo. Una detrás de otra sin dejarnos tiempo para asimilar siquiera qué estamos viendo, desaparecen para dejar paso una nueva y así sucesivamente. ¿Cómo afecta a nuestra capacidad de recordar a través de las imágenes cuando éstas son tan abundantes? Por otro lado, aunque nuestro comportamiento ante el objetivo de la cámara ha evolucionado debido a que nos hemos familiarizado con ésta desde su invención, como veremos en el desarrollo del texto, creemos que al igual que ocurría anteriormente en el álbum físico, lo que mostramos al mundo virtual a través de las fotografías que exponemos al público –sobre todo en las redes sociales-, sigue siendo un producto estereotipado y amoldado a unos patrones que se repiten a la hora de qué hay que mostrar y qué se debe disimular u ocultar. Guy Debord, reflexiona profundamente sobre la problemática de este nuevo uso de las imágenes a nivel global, a través de las cuales nos relacionamos y representamos en una construcción virtual: Allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales, motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver, por diferentes mediaciones especializadas, el mundo que no puede más ser directamente alcanzado, encuentra normalmente en la vista del sentido humano privilegiado que fue en otras épocas el tacto; el sentido más abstracto, el más susceptible de engaño, corresponde a la abstracción generalizada de la sociedad actual.
24 (Debord, 2005: 13) En definitiva, tratamos de reflexionar acerca de nuestra nueva forma de comunicarnos a través de la imagen en las redes sociales y específicamente en Facebook. Mediante experimentaciones sobre fotografías, semejantes a las que presentamos en la obra anterior, manchamos, tapamos y borramos los rostros de las personas que aparecen en la imagen, siendo éstos cada vez más matéricos. Mediante la pintura, transformamos estas manipulaciones en retratos a través de los cuales pretendemos transmitir la imagen desvirtuada que encontramos como verdadera en el mundo virtual. Ambas escenas que recreamos, pertenecen a dos momentos distintos en los que aparecen caras que se transforman sonrientes al verse ante el objetivo de la cámara. Estos momentos fotografiados pertenecen a contextos significativos que en ninguna medida son reflejados en la imagen captada. Manchas y desfiguraciones que dejan entrever parte de los individuos pero ocultando otras, al igual que realizamos en el mundo virtual y las redes sociales donde mostramos sólo lo que queremos. Figura 2. 7 Imagen manipulada extraída de Facebook. Figura 2. 8 Imagen manipulada extraída de Facebook.
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32 Figura 2. 13 Imagen de un patrón de ganchillo de mi abuela.
33 (SEGUNDA PARTE) APORTACIONES TEÓRICAS
34 3. DISTINTOS ASPECTOS DE LA FOTOGRAFÍA DOMÉSTICA. Todos los acontecimientos importantes de nuestra vida (y últimamente, cualquier evento cotidiano) se han convertido en oportunidades fotográficas; todo momento o instante es fotografiable, como indica Ortíz: “la fotografía, para casi todos, es un objeto –un artefacto diríamos mejorfamiliar que forma parte de nuestras vidas” (Ortíz, 2005: 189). No hay más que echar un vistazo a los nuevos dispositivos relacionados con la conexión al mundo virtual para darnos cuenta de que la mayoría de ellos poseen una cámara fotográfica alojada en ellos. La nueva expansión de la imagen a través de Internet o redes sociales unido al abaratamiento de los medios fotográficos y su fácil manejo son algunos de los factores que podrían explicar esta invasión visual, sin precedentes en la historia, a través de la imagen fotográfica. Pero no creemos que sean los únicos que la han propulsado. El impulso de fijar todos los momentos que no queremos que caigan en el olvido, puede que sea uno de los principales motivos de esta amplitud de herramientas para poder realizar fotografías en cualquier momento. Los individuos quieren llevar consigo cualquier aparato que les permita defenderse del ataque del olvido fotografiando todo lo que desean recordar para siempre. No olvidemos que al acto de realizar fotografías se le denomina ‘inmortalizar’. Pero ¿realmente conseguimos guardar ese momento fotografiado o inmortalizado de forma permanente? ¿Funciona la fotografía como una ventana para volver al momento capturado? Y lo que es más importante, ¿capta la fotografía todos los elementos necesarios para reavivar posteriormente los recuerdos?. Pierre Bourdieu, que ha revisado el tema de la fotografía doméstica afirma: ¿Por qué la actividad fotográfica tiene tal predisposición a ser difundida que son muy pocos los hogares, al menos en las ciudades, que no poseen cámara?¿Basta con invocar la accesibilidad de los instrumentos que requiere esta práctica y la simplicidad de su uso?[…] Pero la ausencia de obstáculos económicos y técnicos sólo es una explicación suficiente si nos planteamos como hipótesis que el consumo fotográfico responde a una necesidad que puede satisfacerse dentro de los límites de los recursos económicos. Sin embargo, ¿no sería esto hacer desaparecer el problema sociológico, ofreciendo como explicación lo que la sociología debería explicar? (Bourdieu, 2003: 51) Indudablemente, mirar fotografías reporta cierto beneficio. Podemos remontarnos a otros tiempos y observar con toda la calidad de detalle los elementos que se presentan en las imágenes. Nos ayudan en cierta manera a sobrellevar el angustioso e incesante paso del tiempo, ya sea bien captando las imágenes o revisándolas. Gracias a ellas, antiguamente alojadas en la intimidad del álbum familiar y en la actualidad a través de las redes sociales, nos encontramos en continuo contacto posibilitando mostrar cualquier cosa que deseemos a golpe de fotografía y del posterior ‘clic’ con el que las enviamos al mundo virtual. Pero aquí también se nos plantea un problema que surgió con el mundo virtual. La cantidad de imágenes sin precedentes que podemos hallar en la red y, sobretodo, en las plataformas sociales, hacen que la tarea de recordar sea bastante complicada. El archivo virtual que hemos creado se agranda por segundos, en ese mal de archivo que ya había descrito Derrida: […] bajo la forma de una pulsión de destrucción, la propia pulsión de conservación, que podríamos asimismo denominar la pulsión de archivo. Esto es lo que llamábamos hace poco, habida cuenta de esta contradicción interna, el mal de archivo. Ciertamente
35 no habría deseo de archivo sin la finitud radical, sin la posibilidad de un olvido que no se limita a la represión. (Derrida, 1997: 27) En este capítulo de nuestra investigación teórico-práctica reflexionamos sobre la función y la problemática de la fotografía doméstica centrándonos en el retrato para relacionarla con numerosos autores que la han usado en su producción artística en relación con la creación personal que presentamos en este proyecto. Por ello, nos sumergiremos en la trascendencia de la fotografía familiar, en sus características generales relacionándola con la memoria, el paso del tiempo, la muerte y los nuevos medios de comunicación, entendiendo la fotografía en su dimensión teórica de huella.
36 3.1 Estatuas de sal La investigación se inicia abordando el concepto de la imagen fotográfica cotidiana, la que solemos encontrar en el álbum fotográfico que heredamos de nuestros padres y ellos a su vez heredaron de los suyos. Éste se encuentra ubicado en la confianza de lo íntimo, lo familiar, y se solía mostrar a los miembros de este núcleo de confianza. Otro tipo de imágenes como las producidas para el fotoperiodismo o a las fotografías destinadas a los medios de comunicación eran imágenes públicas y al alcance de todo el mundo. En la actualidad, esas pertenecientes a la esfera de lo familiar se han sumado a las del campo de lo público ofreciéndose al alcance de todos, sobre todo en el espacio de las redes sociales – cuestión que analizaremos en el siguiente subcapítulo-. En nuestro caso, las fotografías que nos sirven como base para gran parte de la producción artística presentada en este Trabajo Fin de Máster, son las del álbum que mencionamos en la introducción y que es la base de la aportación artística El álbum de Barthes. Estas imágenes mencionadas están fechadas desde principios del siglo pasado (1920) hasta las más actuales que podrán pertenecer a mediados de los años ochenta. Aunque también trabajamos con imágenes fotográficas actuales y el objeto ligado al concepto del objeto-memoria, son este conjunto de fotografías las que conforman una parte trascendental del proyecto, las que más protagonismo referencial tienen en él. Hasta la implantación en el colectivo social de lo que se denominó la WEB 2.0 a principios de nuestro siglo, el libro fotográfico resultaba ser un objeto indispensable en el seno de una familia: “Incluso el rito de observarlas junto a la nueva generación ofrece la posibilidad de mantener la tradición, introduciendo a los jóvenes en la historia de la familia”. (Alexa y Guarné, 1998: 113). Así tendríamos un archivo íntimo y familiar en el que recopilar y coleccionar, casi como un álbum de cromos, las imágenes de todos los seres que se consideran del mismo ámbito familiar o afectivo: conservar la imagen de aquellos que ya no están con nosotros e incorporar a los nuevos miembros, sirviendo así de herencia histórica. No olvidemos la célebre frase de Susan Sontag “coleccionar fotografías es coleccionar el mundo” (Sontag, 2006: 15), en este caso con el objetivo de embalsamar visualmente parte de la leyenda de la familia. Y es que mirar fotografías es observar siempre en pretérito, como menciona Carmen Ortiz (2005) en Maneras de mirar. Lecturas antropológicas de la fotografía, la idea de familia está íntimamente tan ligada al medio fotográfico, como lo están también la cuestión de la memoria y su conservación a través de la fotografía. Podemos extraer entonces, que de forma secundaria familia y memoria se encuentran también unidas. […] la fotografía es ese deseo de retener y conservar a la vez y, así, posibilitar el olvido inmediato de las cosas, apartándolas en esa memoria anexa y exterior a nosotros; pero también es la apetencia de curiosear contemplando a través de la mirilla, de volver visible lo oculto. (de la Cruz, 2010: 733) Utilizamos la fotografía y el álbum como un archivo externo a nuestra memoria y damos como verdadero lo que nos muestran, donde podemos acumular todos los momentos que creamos merecedores de ser recordados con todo el lujo de detalles que la fotografía nos garantiza “una fotografía –toda fotografíaparece entablar una relación más ingenua, y por lo tanto más precisa, con la realidad visible que otros objetos miméticos” (Sontag, 2006: 19). ¿Pero esto nos aseguraría poder recordar ese momento o reconocer las características que ansiamos de la persona fotografiada?.
37 En primer lugar, debemos reflexionar sobre el acto fotográfico y su relación con el sujeto dentro de un marco histórico concreto que es el que hemos señalado anteriormente, aproximadamente entre 1920 y 1980. En ese momento, la forma de actuar ante la cámara era muy concreta y completamente distinta a lo que es hoy. La persona, cuando se colocaba frente a ésta, adquiría unas actitudes en relación a la pose que se han ido repitiendo a lo largo de la historia, heredadas de la pintura “las fotografías se hacen, todavía, en función de la visión artística clásica, al menos en la medida en que las condiciones de la fabricación de lentes y el hecho de que se utilice un objetivo único, lo permiten” (Bourdieu, 2003: 136) y que se han adquirido como el arquetipo de fotografía ‘correcta’ que, por lo tanto, fuerzan al sujeto a mimetizar unos cánones predeterminados. Incluso en los propios álbumes familiares, podemos observar un cambio muy importante en los tipos de poses y ademanes que se consideran apropiados en cada momento […]. Sin embargo, en las fotografías más antiguas (que pueden recogerse en el mismo álbum) encontramos un uniforme aspecto de seriedad y dignidad en los retratados. Aparte de que la vista frontal y hierática se asocie en nuestra cultura visual occidental con la dignidad y el decoro […]. El aspecto de solemnidad que conlleva dejarse retratar por el fotógrafo, junto a la conciencia de que ese momento quedará eternizado de alguna manera […] (Ortíz, 2005: 201) Las fotografías que utilizamos para una sección de la parte artística del trabajo (Figura 3.1), son las del álbum que mencionamos en la introducción. Podemos comprobar que se repiten los arquetipos, sobre todo en las fotografías más antiguas: mirada al frente, sonrisa escueta, cuerpo erguido, etcétera. ”Posar es respetarse y exigir respeto” (Bourdieu, 2003: 143) Entonces cuando me siento observado por el objetivo, todo cambia: me constituyo en el acto de <<posar>>, me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen. Dicha transformación es activa: siento que la Fotografía crea mi cuerpo o lo mortifica, según su capricho […] (Barthes, 1980: 37) Al igual que menciona Roland Barthes en estas líneas, podemos deducir también que el sujeto fotografiado, sobre todo en los primeros años de la invención fotográfica, no se encontraría en una posición natural que reflejase la cotidianidad de su día a día, puede que por lo extraordinario de este acto en la vida diaria. Incluso, en algunos momentos iniciales Figura 3. 1 Imágenes del álbum que muestra poses y expresiones y parecidas.
38 de esta técnica, se creía en la capacidad de atrapar parte del sujeto sustancial en la imagen. Nadar habla sobre la teoría de Balzac en su libro Quand j´étais photographe: Así pues, según Balzac, cada cuerpo en la naturaleza está compuesto por series de espectros, dispuestos en capas superpuestas hasta el infinito, películas infinitesimales en la forma de láminas dispuestas en todas direcciones en las que la óptica percibe dicho cuerpo. El hombre no pudiendo jamás crear -es decir, a partir de una aparición, a partir de lo impalpable, hacer una cosa sólida o bien, de la nada hacer una cosa-, cada operación daguerriana, al aplicarse, sorprendía, despegaba y retenía una de las capas de cuerpo objetivado. De ahí que para de un espectro, es decir, de una parte de su esencia constitutiva. (1900, Citado en Krauss, 2002: 22) Observamos entonces que cuanto más actuales las imágenes, más variedad hay en las poses, debido también a que el acto fotográfico se ha multiplicado en número de manera vertiginosa. Es este aspecto engañoso de las fotografías, debido tanto a las poses antinaturales como a los momentos fotografiados, el que nos hace vacilar sobre la veracidad fotográfica doméstica. Podemos seguir viendo una y otra vez ver repetidas las mismas tipologías a lo largo y ancho de los álbumes que hoy publicamos en las redes sociales: cumpleaños, reuniones familiares, vacaciones, sujetos ante monumentos turísticos…imágenes tan repetidas que parecen prototipos. “Hoppál comprobó cómo se mantienen en estas imágenes, a través de las generaciones, lugares comunes siempre fotografiados: bodas, funerales o visitas de familiares de Hungría”. (Alexa y Guarné, 1998: 112). El colectivo Miroir Noir, compuesto por los artistas Miloš Kopták y Rai Escalé tratan en numerosas ocasiones la estandarización de la fotografía a través de una pintura cargada de gestualidad, mancha y trazo donde lo tradicional y lo siniestro se amalgaman para convertirse en imágenes impactantes. En las series Comunion, Propter Nuptias y Petits Marriages, versionan escenas fotográficas de ceremonias de la religión católica como la primera comunión o el matrimonio siendo éstas desvirtuadas de su mensaje original en el que la pureza, lo familiar y lo espiritual eran los elementos protagonistas. A partir de su lectura creativa y su propuesta artística esas escenas se vuelven amenazantes, extrañas y oscuras. Figura 3. 3 Miroir Noir. Dobry vecer. 2014 Figura 3. 2 Miroir Noir. I want to marry you. 2013
39 Es este carácter siniestro que despierta las deformaciones de los rostros el que nos interesa. Sigmund Freud (2008) definía lo siniestro como aquello que nos resultaba familiar, pero que, de repente, se ha vuelto desconocido. El psiquiatra afirmaba en esta teoría que una de las cualidades que más despertaba esa sensación era el daño a los órganos oculares. Recordemos por ejemplo la espeluznante y mítica escena de Un perro Andaluz (1929), donde podemos ver a la protagonista siendo cortada en un cojo con una cuchilla. Esta herida en los ojos podemos verla reflejada tanto en los retratos de Miroir Noir como en esta investigación a través de nuestras pinturas y algunas manipulaciones fotográficas: “[…] la experiencia psicoanalítica nos recuerda que herirse los ojos o perder la vista es un motivo de terrible angustia infantil. Este temor persiste en muchos adultos, a quienes ninguna mutilación espanta tanto como la de los ojos” (Freud, 2008: 21). Una artista que trabaja el aspecto de la interpretación de la fotografía doméstica es Lola Sandoval (1964). En sus pinturas aparecen retratos individuales y colectivos creados con óleo a partir de fotografías antiguas donde vemos personajes de todo tipo: señoras ataviadas con antiguas galas, hombres de otro tiempo, e individuos bastante peculiares con rasgos y expresiones extraños. Una de las cualidades a resaltar de sus trabajos es el aspecto inquietante que desprenden la mayoría de estas obras. Podríamos decir que tienen esa cualidad definida por Barthes (1980: 58-59) como punctum que, aunque éste lo aplica a la fotografía, bien podríamos extrapolarlo a estas pinturas: En latín existe una palabra para designar ésta herida, este pinchazo, esta marca hecha por un instrumento puntiagudo; esta palabra me iría tanto mejor cuando me remite también a la idea de puntuación y que las fotos de que hablo están en efecto como punzadas, a veces incluso moteadas por estos puntos sensibles; precisamente esas marcas, estas heridas, son puntos. Este segundo elemento que viene a perturbar el Studium lo llamé punctum […] el punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza). Este término, creemos, que se adapta bastante bien a las obras que proponemos. En ellas hay algo que sobrecoge sin saber específicamente, por lo general, de qué se trata. Algo que nos recuerda a la teoría de lo siniestro de Freud (2008), que nos recuerda el desasosiego que puede despertar aquello que era familiar, pero que se ha vuelo desconocido. La artista menciona que se nutre principalmente de fotografías antiguas ya Figura 3. 4 Detalle de la obra: Avatares II Figura 3. 5 Detalle de una fotografía manipulada
40 que en ellas puede percibir miradas con las que juega a través de la reinterpretación de lo que los retratados pensaban en el momento de tomar la instantánea: Me imagino sus vidas y lo que pensaban en el momento de la foto y luego los pinto. En una fotografía de boda, una estaba mirando a otra con cara de celos, y así la pinté. Trato de sacar la esencia de las personas. (Herrero, 2010: 5) Y pese a que habla a través de su pintura de ‘la esencia’ de las personas, creemos que el aspecto más interesante de la artista reside en la re-interpretación del individuo a través de su experiencia al mirar la fotografía. Recrea una nueva imagen a partir de un momento concreto en el que se realiza la instantánea, cuestión que enlaza directamente con nuestra forma de usar la fotografía doméstica como referente. Recreamos esas escenas y las transformamos a través de la pintura, transformando lo que en origen era una imagen-film en una imagen-materia, según la terminología de Brea. Es el carácter móvil de lo que el espectador puede interpretar de la fotografía, es el que incentiva estas especulaciones en un intento de leer el pensamiento de los nuevos protagonistas que emergen en la imagen fotográfica. Aunque nos asemejamos a esta autora en el uso de la fotografía y su interpretación como base, en nuestro caso no tratamos de crear una nueva imagen que acentúe lo que nosotros leemos en la imagen original, sino que las borramos y desvirtuamos para crear un nuevo álbum con seres cuyas caras, cuerpos y demás elementos han sido transformados en manchas, transparencias o simplemente han desaparecido. Se trata de un reescribir nuestra herencia visual, diluyéndola como se distorsionan los recuerdos con el paso de los años e inventando una evolución temporal y un envejecer ficticios sobre los seres que en ellas aparecen, en oposición a la quietud fotográfica que los congela invariables de forma indefinida. Figura 3. 6 Lola Sandoval. Sin título. 2012 Figura 3. 7 Lola Sandoval. Sin título. 2011
41 En el afán por desvirtuar y dañar las imágenes fotográficas nuestra obra sería más afín con la de Lorena Amorós (1974) quien utiliza el álbum familiar en una de sus series y en gran parte de su producción como base para crear nuevas imágenes con gran carga de siniestralidad y humor. Su imaginario comprende desde imágenes de su niñez, el video (súper 8), fragmentos de películas, de series (Barrio Sésamo, por ejemplo), el cine de ciencia ficción e incluso la composición del papel pintado que había en su habitación de niña. Amorós crea un imaginario mezclando memoria, humor y biografía. Sobre su serie Restos de restos menciona: La imagen funciona como resto, como fragmento, que habla visualmente de un pasado personal, pero, a su vez, vinculado con la memoria de una generación. Se podría hablar entonces de imágenes como frases de memoria. El material archivístico personal es tratado desde un punto de vista emocional y afectivo, con el fin de reflexionar de forma sensible y volcar una experiencia cómplice sobre el documento. (Amorós, 2015) Si bien en nuestro caso, la mayoría de las imágenes que utilizamos no forman parte directa de nuestra biografía debido a que gran parte de las imágenes son anteriores a nuestro nacimiento, sí conforman un imaginario de antecedentes a modo de pre-biografía, remarcando el carácter antiguo de muchas de ellas y su vínculo con la memoria a partir del álbum fotográfico y mi experiencia al recibir cierta herencia histórica de la familia por el relato oral de mi abuela. En el caso de Amorós, revisa el repertorio visual que conforma su infancia y lo mezcla con todos los elementos que acompañaban a su generación y crea una nueva ‘frase de memoria’ cargada de humor: El resultado puede entenderse como un compendio de imágenes discontinuas de carácter irónico y sin límites definidos, cuya intención es desbaratar el archivo familiar. Esta tarea de restituir, distorsionar, recomponer lo fotografiado y pintar el autorreferencial que todos heredamos, está vinculada con la necesidad de confrontar y volvernos contra lo que un día fuimos y ya no somos; contra lo que pensábamos que nos pertenecía y no logramos encontrar. (Amorós, 2015) Figura 3. 8 Lorena Amorós. Voluntad de forma. 1999-2002
48 Puede que por todos estos motivos, a Roland Barthes le costaba tanto encontrar una fotografía de su ya difunta madre, donde pudiera hallar su verdadera esencia para así reencontrarse con ella: Y he aquí que comenzaba a nacer la cuestión esencial; ¿la reconocía? Según van apareciendo esas fotos reconozco a veces una parte de su rostro, tal similitud de la nariz y de la frente, el movimiento de sus brazos, de sus manos. Sólo la reconocía por fragmentos, es decir, dejaba escapar su totalidad. No era ella, y sin embargo tampoco era otra persona. La habría reconocido entre millares de mujeres y, sin embargo, no la <<reencontraba>>. (Barthes, 1980: 106-107) Es, sin embargo, a través de una fotografía de su madre cuando era una niña la que le hace reconocerla, -de forma paradójica debido a que él jamás la vio con esa edad-. Descarta fotografías donde los rasgos físicos son los que él puede recordar y sien cambio, la encuentra en una fotografía realizada mucho antes de que él existiera. Y la descubrí. La fotografía era muy antigua. Encantadora, las esquinas comidas de un color sepia descolorido, en ella había apenas dos niños de pie formando un grupo junto a un pequeño puente de madera en un invernadero con techo de cristal. Mi madre tenía entonces cinco años (1898) […] ella, más lejos, más pequeña, estaba de frente; se podía adivinar que el fotógrafo le había dicho <<avanza un poco, que se te vea>>; había juntado las manos, la una cogía a la otra por un dedo, tal como acostumbraban a hacer los niños, con un gesto torpe. Todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que toda su vida había sostenido: la afirmación de una dulzura. (Barthes, 1980: 109-110) Quizás, el reflejo que proyecta su madre en esta imagen de su niñez fuera el menos trastocado gracias a la poca conciencia que se podría tener a esta edad, de lo que se espera ver en una fotografía: el tipo de pose que hay que adquirir para mostrarse de manera decorosa o la solemnidad del momento. Es en este, y en los casos en los que el fotografiado no tiene conciencia de ser fotografiado, en los que se puede captar de manera más sincera la actitud del retratado, porque entonces nos hemos librado de la carga de las exigencias entorno a las imágenes fotográficas. Pero muy a menudo (demasiado a menudo, para mi gusto) he sido fotografiado a sabiendas. Entonces, cuando me siento observado por el objetivo, todo cambia: me constituyo en el acto de <<posar>>, me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen. (Barthes, 1980: 37) En nuestro álbum, nos ha resultado imposible conseguir discernir fotografía alguna que refleje la parte más esencial de los individuos que en él aparecen. Puede que esto sea por la
49 distancia temporal y cultural que nos separa de él. Es ahora un libro lleno de imágenes cargadas de ficción y encorsetadas en los cánones seguidos en su época, que nos hace ser conscientes de cómo el paso del tiempo ha disminuido el número de los miembros de la familia y cómo les ha hecho cambiar. Puede que si en alguna de las fotografías, encontrásemos algún descuido por parte de los retratados y hubieran sido ‘inmortalizados’ sin ser conscientes de ello, quizá entonces se transformara parte de la esencia individual en imagen, pero aún nos seguiríamos enfrentando a la descontextualización de la fotografía y a la distancia temporal que nos separa de su momento de ejecución. “¿Alguna vez has visto una foto tuya, tomada cuando no sabías que te fotografiaban. Desde un ángulo que no ves mirándote al espejo? Y piensas ese soy yo, ese también soy yo” (Stoker, 2013). Figura 3. 17 Park Chan-Wook. Fotograma de la película Stoker. 2013
50 3.2 Del deadbook al Facebook Parecería lícito afirmar que, desde la prehistoria, el ímpetu por dejar marcas o rastros de nuestro paso por la Tierra ha sido una pulsión inherente a nuestra especie ya que a lo largo de la historia común hemos dejado un reguero de piezas diseñadas para ser mucho más duraderas que sus creadores. Nuestra imperante necesidad de inmortalidad nos ha acompañado desde tiempos inmemoriales y podemos llegar a afirmar que este hecho está relacionado directa e intensamente a la forma de enfrentarnos con el paso del tiempo a través del arte -y de otros muchos ámbitosa partir de los cuales hemos construido todo tipo de artefactos cuya función ha sido la de eternizar nuestra condición humana más allá de la animal o biológica. Desde la antigüedad más remota hasta el día de hoy, podemos encontrar este tipo de mecanismos de defensa contra el paso del tiempo. En la cueva de las manos de Santa Cruz (Argentina) podemos encontrar huellas de manos en negativo con la técnica prehistórica del estarcido que están datadas con más de 9000 años de antigüedad e invaden una de sus paredes. Hoy seguimos plasmando nuestras huellas como símbolo de inmortalidad; unas de las más conocidas popularmente, son las del llamado ‘paseo de la fama’ en la acera del Grauman´s Chinese Theatre, en Hollywood. En ambos casos estas marcas no dejan de ser una horma física de algo orgánico, una parte del cuerpo, plasmada en un soporte rígido, inmutable y sempiterno. Prácticamente, en cualquier lugar, podemos encontrar marcas y señales identificativas compuestas con elementos descriptivos de cada persona como pueden ser nombres, fechas y firmas -el típico “Juanito ama a Pepita. 02/05/2014”, por ejemplo-. Parece repetirse una obsesión por colocar mensajes parecidos en lugares similares y muchos de ellos con frases que rezan ‘para siempre’ o sinónimos. Podemos apuntar, como un curioso ejemplo, una escena de la conocida serie Los Simpson donde podemos ver cómo Bart afirma ‘esto quedará para la posteridad’ justo antes de escribir su nombre en cemento fresco. Este fenómeno se repite también en troncos de árboles, paredes, baños públicos, mobiliario urbano o zonas abandonadas, entre otros espacios. Ese ‘yo estuve aquí’ y muestra de ello es la permanencia de mi nombre que marca el lugar: yo me marcho, pero la señal se queda. Muy abundantes, dentro de esta tipología de marcas en lugares públicos, son los de tipo amoroso o romántico, que prometen adhesión eterna. Éstos pueblan los lugares Figura 3. 18 Imagen recuperada de Facebook. Grabado en la hoja de una Opuntia ficusindica (chumbera): “Pedrera, Pepe”, y un comentario que reza: Recuerdo para siempre, en Cefalú!
51 mencionados anteriormente, pero poseen su sitio más típico: los puentes. En ellos el lema ‘te amo para siempre’ se cosifica en forma de candado, y se coloca en las barandillas de estas construcciones, muchos de ellos con el nombre, fecha o las iniciales de los enamorados, simbolizando la idea de una unión eterna e irrompible, puesto que al colocarlos, se lanza la llave al río. Podríamos decir que hemos sabido seguir unos patrones fijos en toda la extensión de territorio humano a la hora de materializar la lucha contra el tiempo y que podríamos hacer una catalogación prácticamente infinita (paradójicamente) de todas las expresiones de nuestra especie en la citada batalla. Al igual que otros muchos teóricos, José Luis Brea (2010: 39) señala a la fotografía, desde su invención, como el recuerdo recurrente de nuestra muerte: […] donde la imagen-materia se nos ofrecía como portadora de la promesa de permanencia, de eternidad, la imagen fílmica apenas nos garantizará sino promesa de lo contrario: de impermanencia y pasajeriedad, dándose como vanitas, recuerdo de muerte segura – memento mori-, fuerza de melancolía. Por su condición de pretérito, la fotografía mantiene un vínculo muy estrecho e irrompible con el paso del tiempo y por ende, con la muerte “ese algo terrible que hay en toda fotografía: el retorno de lo muerto” (Barthes, 1980: 36) ya que estas imágenes petrificadas nos recuerdan cada vez que se las mire, que mientras ellas se mantienen estáticas, nosotros continuamos en el flujo imparable del tiempo, nosotros somos el retrato de Dorian Gray: “Tu cuadro me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene razón. La juventud es lo único que merece la pena. Cuando descubra que envejezco, me mataré” (Wilde, 2009: 56). Aun así, parece que usamos la fotografía como una especie de defensa contra nuestra condición pasajera y frente al envejecimiento al que estamos condenados sin poder hacer nada en contra de él. La fotografía es una manera de dejar constancia de que un día fuimos jóvenes y a la vez, que ya no lo somos. A lo largo de la historia la tradición del retrato ha estado muy presente y se ha plasmado tanto en la escultura como en la pintura o la fotografía. Dentro de este género existen numerosas variantes entre las que se encuentra la del retrato fúnebre que, de la misma manera, tuvo un gran protagonismo no sólo por la insistencia del hombre en dejar su huella para la posteridad, siendo ésta una de las principales razones de la existencia del retrato, sino también por la inquietud provocada por la incertidumbre de la muerte y sus consecuencias. (de la Cruz, 2010: 1) Nuestra mortalidad nos impulsa a utilizar el medio fotográfico, sobretodo en momentos que consideramos especialmente irrepetibles, para poder así recrearlos de manera perpetua. Esta herramienta fue totalmente revolucionaria, un hito en la historia. De hecho, su práctica se ligó a planteamientos de tintes mágicos o incluso negativos, siendo acusada de ser capaz de capturar el espíritu del retratado. Estas especulaciones dan por adquirida la inteligibilidad inherente de la huella fotográfica, presupuesto que depende a su vez de los conceptos del pensamiento del siglo XIX que acabo de enumerar, es decir, la huella fisionómica y su poder de revelación, y el poder que posee la luz para transmitir lo invisible e imprimirlo en los
52 fenómenos. Pero para poder relacionar entre sí todas estas nociones, es necesario que la ciencia y el espiritismo se alíen. Ahora bien, sabemos que este maridaje tuvo lugar en más de un lugar el periodo que tratamos y que esta unión tuvo una prolífica descendencia. Mi tesis es que, como tal, el concepto que se tenía de la fotografía en sus inicios fue el resultado directo de dicha unión. (Krauss, 2002: 33) En los álbumes encontramos una especie de time lapse de los individuos que en él aparecen. Realizamos una foto y otra, y la siguiente siempre será posterior aunque se realice en una ráfaga justo en el instante sucesivo. Atrapamos fragmentos de vivencias y las estiramos infinitamente, recortamos un acontecimiento y lo suspendemos en el vacío. Como hemos mencionado anteriormente, las fotografías familiares suelen ser tomadas en los mismos momentos y estos se repiten a lo largo del tiempo, como si tratásemos de construir nuestro propio Libro de las cabezas como el de Esther Ferrer (1937). Una fotografía cada cinco años desde el año 1981 para hacer composiciones con cada mitad de un lapso de tiempo distinto y ver el efecto del paso de los años en la propia faz de la artista, haciendo una reflexión sobre la vida, el tiempo y la muerte. Ferrer nos habla del tiempo y el espacio, de lo infinito, de la muerte y del marco del arte, a través de fotografías, instalaciones, esculturas y performances. En una entrevista define qué es para ella el tiempo: Repitiéndose con su presencia de forma infinita, sucediendo y definiendo un lugar, la memoria, la historia, el olvido, el conocimiento, la vida. Memoria y olvido construyen la historia: el lugar y la repetición definen una presencia, un cuerpo que cambia con el tiempo y una presencia que es nuestra vida. (García, 2011) Sus reflexiones sobre estos conceptos son realmente reveladoras. Sin llegar a ninguna conclusión cerrada, Ferrer se hace consciente del transcurso del tiempo, a través de la huella que deja, en el caso de Autorretrato en el tiempo y Autorretrato en el espacio en su propia cara: Solo sé que es algo que deja huellas. Y que cuando trabajas con él, te tienes que remitir irremediablemente al espacio. Y el uso del tiempo me ha llevado a emplear Figura 3. 19 Esther Ferrer. Autorretrato en el tiempo. 1981-1999 (work in progress)
53 mucho la fotografía. De Ahí la serie «Autorretrato en el tiempo», con las huellas que deja sobre mi rostro, que marcan mi biografía, o «Autorretrato en el espacio», que evoca la forma que tenemos los seres humanos de aparecer y desaparecer de esta vida. (Díaz-Guardiola, 2014) “La fotografía nació en los 30 estallando de improviso, lejos de toda previsión, como dice Nadar” (Krauss, 2002: 30) y, como ya sabemos, significó una revolución en cuanto a la captación de imágenes por ser un instrumento mecánico, rápido y preciso. No obstante, a pesar de haber mencionado con anterioridad la relación de la fotografía con la muerte, debemos detenernos en su correspondencia absoluta entre ambas en cuanto se encarna en la producción que responde a la fotografía mortuoria o post-mortem; un ámbito que enlazaría con nuestra anterior investigación a través de la fotografía post-mortem ligada a la creación pictórica. De esta cuestión siempre nos ha interesado el impacto que se produce al modificarse partes concretas de la anatomía humana, que sobretodo suelen ubicarse en el rostro, y especialmente en los ojos como ya hemos citado en el capítulo anterior. Freud (2008) también mencionaba el miedo que puede despertar la duda de si un ser posee vida o no. Esta tipología fotográfica sigue siendo un referente importante al que recurrimos en nuestras manipulaciones fotográficas realizadas para la pieza El álbum de Barthes ya que, a Figura 3. 20 Esther Ferrer. Autorretrato en el espacio. 19702014 Figura 3. 21 Fotografía manipulada. Figura 3. 22 Fotografía manipulada
54 través de ellas, reflexionamos sobre la fotografía, el paso del tiempo y la muerte. Recuperamos, en cierta manera, todo lo aprendido con la fotografía post-mortem y las sensaciones que esta causaba, para realizar nuestras experiencias. La idea del retrato póstumo tiene mucho que ver con esa preocupación que ha invadido al ser humano desde que éste ha sido consciente de la muerte de los demás y, por ende, de la suya propia. La incertidumbre ha hecho que se fabrique una serie de creencias y supersticiones que tienen que ver con una vida en el Más Allá, construyendo, en ocasiones, un mundo paralelo e invisible para el ojo humano pero muy presente y real en el imaginario colectivo. Estas inquietudes, como muchas otras, se han plasmado a través del arte, destacando por ejemplo las máscaras mortuorias, los retratos pictóricos en el lecho de muerte, las xilografías representando el tema del Memento Mori, o las fotografías post-mortem, entre las que se incluirían aquellas que describen los ritos y costumbres alrededor de la muerte. (de la Cruz, 2010: 2) La fotografía post-mortem, o mortuoria, aparece a mitad del siglo XIX, poco después del nacimiento de la primera fotografía y, aunque el medio se hizo muy popular, obtener una instantánea propia o de un familiar era algo costoso y solo estaba al alcance de unos pocos. Por ello, unido a la alta tasa de mortandad infantil de la época, nació la fotografía postmortem. Con esta técnica, se podía captar la imagen de un ser querido al cual aún no se había inmortalizado: “El hombre necesita recordar a la persona fallecida de alguna manera ya que su imagen se va desvaneciendo con el tiempo” (de la Cruz, 2010: 732). Andrea Cuarterolo en Fotografiar la muerte (2002) hace una pequeña panorámica de la historia y los usos de este tipo de fotografía, de cómo ha pasado de ser una parte del ritual mortuorio occidental a ser un tema prácticamente tabú. El pensamiento romántico de la época, junto a la gran influencia de la religión cristiana de esos años, hacían concebir al individuo como un todo en el que se englobaba cuerpo y alma. Por ello, conservar la imagen del difunto era una forma de atesorar parte de él. Esta práctica estaba totalmente normalizada y formaba parte de la sociedad. Un ejemplo de esta costumbre y del pensamiento que la acompañaba, aparece en una escena del film Los otros (2001) donde se muestra a la protagonista tomar un antiguo álbum fotográfico y preguntarle a su sirvienta qué era ese álbum y por qué salían todos dormidos. Figura 3. 23 Alejandro Amenábar. Fotograma de la película Los otros. 2001
55 A lo que la sirvienta contesta: ‘este es el libro de la muerte. En el siglo pasado, solían fotografiar a los muertos con la esperanza de que sus almas vivieran a través de los retratos’. Una de las tipologías más reseñables de este tipo de fotografía, y que más relación tiene visualmente con las piezas retratistas que presentamos, son aquellas donde se intenta representar al difunto como si estuviese vivo. Para conseguir esta apariencia, los fotógrafos se valían de numerosos recursos como maquillaje, soportes para mantener al difunto de pie o la manipulación de los ojos, entre otros. Hay relatos de fotógrafos que describen con qué sustancias se debían pintar los labios y cómo retratar el rostro para disimular la expresión cadavérica, demostrando la gran atención que se le prestaba a la cara del difunto ya que era considerada la parte más representativa. Era también una práctica común realizar estos retratos, con los objetos favoritos del difunto y la vestimenta o el uniforme que lo caracterizaba; todo ello para afianzar más resistentemente el recuerdo de esa persona e intentar reunir todas las características que le representaban. De hecho, se realizaban una gran cantidad de imágenes de niños junto a sus juguetes o en su propio cuarto, mostrando sus objetos más característicos como algo representativo del sujeto. Esta cuestión del objeto como representación y contenedor de memoria será estudiada en el segundo capítulo y trabajada en la pieza Encarnación. Nos preguntamos en este punto, si nos encontramos ante el paradigma de la sinceridad fotográfica. Por muchos artificios que se utilizaran en este tipo de fotografía, la imagen de la muerte sale a borbotones a través de ella. Vemos un cuerpo estático, como normalmente aparecen todos los cuerpos en las fotografías, pero la diferencia es que este cuerpo ya es estático de manera natural. A ello se suma que no hay una expresión fisionómica que intente transmitir la personalidad del individuo, pues este ya no existe. Bien es cierto que en este tipo de fotografías se controlan las poses al igual que en las fotografías de vivos, pero nos muestran una imagen cruda a pesar de que se intenta maquillar de todas las maneras posibles. Vemos un cuerpo, con más o menos artificio, pero un cuerpo y nada más. La fotografía ya no mortifica al retratado como mencionaba Barthes (1980: 37). En la fotografía la presencia de la cosa (en cierto momento del pasado) nunca es metafórica; y por lo que respecta a los seres animados, su vida tampoco lo es, salvo cuando se fotografían cadáveres; y aun así: si la fotografía se convierte entonces en algo horrible es porque certifica, por así decirlo, que el cadáver es algo viviente, en tanto que cadáver: es la imagen viviente de una cosa muerta. Pues la inmovilidad de la foto es como el resultado de una confusión perversa entre dos conceptos: lo Real y lo Viviente: atestiguando que el objeto ha sido real, la foto induce subrepticiamente a creer que es viviente a causa de ese señuelo que nos hace atribuir a lo Real un valor absolutamente superior, eterno; pero deportando ese real hacia el pasado (<<esto ha sido>>) la foto sugiere que éste está ya muerto. (Barthes, 1980: 123-124) En la actualidad todo lo relacionado con la imagen directa de la muerte ha sido suprimido y aunque existen excepciones (en Indonesia, por ejemplo, cada tres años cambian de ropa y limpian a sus muertos en el Manae) la fotografía post-mortem ha quedado bastante reducida. El cambio de pensamiento hacia el individualismo, hizo que la forma de ver a las personas y a la muerte fuera diferente. Posteriormente el cuerpo se comenzó a entender más como materia y como tal, en el momento de la muerte se desligaría del individuo; se convertiría en restos biológicos. Además, el cambio con respecto a la relación del individuo con el ritual funerario hizo que pasara a verse de la colectividad a la intimidad “en los siglos
56 anteriores, la muerte, al igual que la vida, era un asunto que involucraba a toda la comunidad y los sentimientos y el dolor que provocaba eran compartidos por todos sus miembros” (Cuarterolo, 2002: 29). Por otro lado, el desarrollo tecnológico hizo que cada familia y prácticamente cada individuo tuvieran una televisión en casa y también una cámara fotográfica, por lo que no había que recurrir a la fotografía mortuoria para conservar una fotografía del fallecido. Este nuevo planteamiento social occidental, se ha ido continuando hasta nuestros días, por lo que, en la actualidad, por lo general rechazamos cualquier recuerdo social, familiar o popular de la muerte; ya sea resultado del ritual funerario o simplemente la imagen de un cuerpo carente de vida: “La negación de la muerte en este siglo es un elemento trágico que está ligado a la negación de la vejez: si se niega la vejez es porque ésta recuerda a la muerte” (Boltanski, 2000: 14). En el campo de lo artístico, hay numerosos artistas que tratan el tema de la muerte (ya que este es universal) y uno de los que lo hace de manera totalmente directa es Joel Peter Witkin (1939). Mediante la fotografía de cadáveres, realiza composiciones sobre distintos temas como el sexo, la historia del arte y el teatro. En ellas podemos ver un amplio espectro de imágenes que recrean escenas afines a la estética surrealista, todas enmarcadas en un estilo potente y muy personal. Es significativo el uso que hace de los fragmentos de los cuerpos que utiliza en sus composiciones, que através de una descontextualización, los incorpora a bodegones, composiciones clásicas y retratos. Esta serie de imágenes nos muestran un mundo extraño y onírico donde en ocasiones podemos ver a difuntos en actitudes y poses ‘normales’. Los retratos de Witkin, cobran un nuevo nivel de lectura ya que les ha añadido un significado diferente al crear situaciones y escenarios extraordinarios. Cuando el artista utiliza una cabeza como un florero la objetualiza para convertirla en un elemento funcional. Esta imagen, nos ataca visualmente, ya que se trata de una situación totalmente inusual y sorprendente, incluso aterradora. De él nos atrae la atmósfera que crea a través de sus fotografías donde se nos plantea la duda de si un ser posee vida o no, descrita por Freud (2008) como una de las situaciones que más fácilmente despiertan la sensación de lo siniestro. Figura 3. 24 Joel Peter Witkin. Anna Akhmatova. 1998 Figura 3. 25 Joel Peter Witkin. Story from a book. 1999
57 El artista crea imágenes que aluden reiteradamente a la muerte. “Las fotografías de muertos son, en realidad, un pleonasmo visual, una muerte dentro de la propia muerte. Es la violencia dentro de la violencia […]” (de la Cruz, 2010: 739). El paralelismo que encontramos de este artista con respecto a nuestra obra reside ahí, en las sensaciones que se despiertan con estas fotografías. Aunque nosotros utilicemos otros procedimientos, pretendemos conseguir en cierto grado un sentido afín al de las obras de Witkin. Philippe Jusforgues (1967) realiza composiciones a partir de collages o con fotografías intervenidas a través de las que crea un universo nuevo lleno de ironía donde lo grotesco abarca el rol principal. La distorsión formal que crea a partir de las técnicas con las que trabaja, causa una sensación perturbadora y disonante. Las imágenes de las que parte principalmente son de fotografías domésticas -aunque algunas otras son de tipo sexual, de interiores, de decoración o de paisajes, entre otros-. En nuestra producción personal nos acercamos a la técnica del artista al experimentar directamente sobre las fotografías y emplear imágenes provenientes del archivo familiar. Por ello las del artista y las que componen nuestra pieza El álbum de Barthes, son en su mayoría fotografías medianamente antiguas. Este autor nos ha inspirado considerablemente a la hora de realizar intervenciones directas sobre las imágenes y a experimentar este tipo de proceder de una forma azarosa e intuitiva: “ Gracias al realismo de la fotografía, mis personajes toman la vida y neutralidad de las fotos de la familia, constituyendo un conjunto perfecto donde pueden interferir” (Coeval Magazine, 2015) La conciencia sobre el paso del tiempo se hace física a través de las obras retratistas y esculturales –aunque de sus esculturas hablaremos en el siguiente capítulo Memorias del objeto cotidianodel artista Gil Gijón (1989). En una entrevista que el artista nos ha concedido, nos cuenta cómo lo ritual entra en contacto en su producción plástica, añadiéndole a ésta cierto carácter performativo y cuidando todas las fases de su proceso creativo: Yo iba a casa de mis familiares y veía el álbum con ellos. Nunca he elegido yo ninguna de las imágenes, en cambio, solo tenía que esperar y observar cuáles de ellas destacaban por el recuerdo o la emotividad que causaban en la persona con la que las venía. Días después, cuando consideraba que todo lo allí revivido se había depositado en forma de polvo, entonces volvía y lo recolectaba. (Gijón, 2015) I l u s t r a c i ó n 1 l o s t r e s p e p e s 2 0 2 4 I l u s t r a c i ó n 2 l o s t r e s p e Figura 3. 26 Philippe Jusforgues. Climax. 2010 Figura 3. 27 Pilippe Jusforgues. Cabinet. 2010
64 A través del apropiacionismo de imágenes, vídeos y otros medios interdisciplinares, en su última exposición en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (C.A.A.C) en 2015 llamada Risas en la oscuridad, continúa con su tendencia de crear piezas cómicas y punzantes, reflexionando aquí concretamente sobre los arquetipos femeninos y la cantidad infinita de información audiovisual y visual que invade el universo virtual. Revisa el significado original de las imágenes, que cambia descontextualizándolas o reeditándolas a su antojo. “En la situación de marcado cambio político y social que estamos viviendo, sospechar de las imágenes es esencial para activar nuestro presente” (Cañas, 2015). En nuestro caso, utilizamos la red como fuente de imágenes sobre las que trabajar. Para las obras que aquí presentamos, concretamente, hemos partido de dos imágenes de Facebook, de las que tenemos conciencia del momento en el que fueron realizadas. Ambas muestran en apariencia momentos felices y supuestamente casuales; naturales. Pero sabemos que no reflejan el transcurso real de los acontecimientos que se sucedieron en aquellos momentos: no eran felices ni relajados, ni mucho menos naturales. Lo que nos queda, sin embargo, no es otra cosa que el reflejo superficial que proyectan. Es por ello que, mediante manipulaciones sobre las fotos impresas, incidimos en los rostros que aparecen, los deformamos, manchamos y tapamos. A continuación, mediante distintos procedimos pictóricos componemos una imagen incurriendo en los semblantes y eliminando las sonrisas y expresiones congeladas que aparecían en ellas. Igual que en el mundo virtual, en estas obras mostramos u ocultamos según nuestro parecer, dejamos que el espectador pueda apreciar ciertos detalles pero otros no. De forma semejante a las manipulaciones fotográficas, a través de la pintura nos dejamos guiar por las sensaciones que causan las imágenes a medida que las componemos, sin limitarnos por un método pictórico rígido, vamos de la figuración a la abstracción y de la saturación a la transparencia. Figura 3. 36 María Cañas. La mano que trina. 2015
65 Figura 3. 38 Detalle de la obra Avatares II La transmisión continua de imágenes se ha hecho necesaria en tanto que utilizamos las redes y el mundo virtual (véase de ejemplo juegos como Second Life y Los Sims) como extensiones de nuestro cuerpo; “[…] la red como prótesis necesaria, como campo abierto a un poder-ser siempre en transformación y como vía de escape posible a fijaciones identitarias que dependen de la corporalidad física” (Prada, 2012: 156). Este es un mundo mediatizado, con pantallas que nos rodean y llaman nuestra atención constantemente. Una sociedad más virtual que real, que se comunica a través de perfiles idílicos, y que experimenta las vivencias a través de dispositivos para ‘captar’ el momento, guardarlo y compartirlo. Guy Debord inicia La sociedad del espectáculo (2005) con las siguientes palabras “Toda la vida de las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación”. Figura 3. 38 Detalle de la obra Avatares II
66 Figura 3. 39 Antoine Geiger. Sur-Fake. 2015
67 4. MEMORIAS DEL OBJETO COTIDIANO Ya que en una primera fase hemos estudiado el poder memorial de la fotografía familiar o doméstica tanto física como virtual, nos planteamos en este capítulo cuál es la capacidad de conservación, de remembranzas del objeto cotidiano, ya que una de las piezas que presentamos en esta investigación tiene esta naturaleza objetual como base para la evocación de recuerdos. Son muchos los objetos que quedan tras el fallecimiento de una persona: ropa, comida, enseres personales, fotografías, muebles, figurillas… y muchos de ellos son los que conservamos e incluso heredamos. Desde nuestro punto de vista, el poder de evocar recuerdos del objeto reside en que es tangible. Aunque las fotografías impresas también lo son, el objeto es más rico a la hora de experimentar sensorialmente puesto a que responde a los cinco sentidos: tacto, vista, oído, olfato y gusto. […] aunque nuestro pasado se ha perdido para siempre, los objetos nos devuelven fragmentos de nuestra identidad, elementos que nos permiten aceptar la dolorosa distancia entre nuestro pasado y nuestros recuerdos, entre lo que somos ahora y lo que soñábamos ser. (Saladini, 2011: 25) En este caso los objetos que utilizamos en la pieza que nos concierne (Encarnación) responden a varios planos sensoriales. Por un lado, la mecedora responde a la vista y al tacto como es evidente, pero también al oído cuando ésta se mueve; y al olfato, ya que el viejo metal que la compone despide un leve pero característico olor. Sobre todo, el sonido que produce por su condición de inestabilidad es el que nos conecta directamente con recuerdos del pasado. Por otro lado, las piezas de ganchillo que conforman la instalación, responden a la vista y, sobre todo, al tacto. Pero ambas partes de la obra, no tendrían el significado que les atribuimos si no fuera por el plano contextual que hemos compartido con ellos, ya que la relación memorística que les otorgamos es una construcción mental que hacemos al asociar el objeto a sucesos y vivencias que ocurrieron en el pasado. Es por ello que cuanto más personales y más vinculados estén a alguien o a nosotros mismos, más recuerdos despertarán este tipo de elementos biográficos. Muchos objetos evocan la memoria: un viejo sillón, un cartel repintado en una tienda de ultramarinos, un reloj de cuerda, una muñeca de porcelana, un pizarrín..., y, por supuesto, la magdalena de Proust. Cuanto más dotado de carácter y más personal es el objeto, más aguijonea esa memoria y la impone. (Gándara, 2012) El hecho de que pertenecieran a mi abuela, hacen que para nosotros no puedan ser solamente una mecedora y unas piezas de ganchillo. El carácter personal que ambos tienen es altamente transmisor de recuerdos a nivel global. Es decir, al contrario que en la fotografía, el objeto transmite y nos habla de todas las vivencias que hemos o han experimentado en torno a él. Junto a éste suele ir unida una información que normalmente ya conocemos de antemano como, por ejemplo, cuál es o era su uso. También las marcas que le han quedado a través del tiempo nos pueden dar una idea de cómo de antiguo es
68 dicho objeto. Todos estos datos conforman un conjunto de testimonios y sensaciones que nos hablan en cierta manera. Si, además, hemos interactuado con él, poseemos un abanico de momentos recopilados en el inconsciente psíquico, como ha ocurrido en nuestro caso con las piezas de ganchillo y la mecedora. Nuestras impresiones guardadas en nuestra mente, afloran en ocasionas recordándonos un acontecimiento en concreto, sin saber muy bien por qué, pero podría deberse al tiempo o vivencias compartidas con ellos. Norman nos habla de cómo funciona la memoria a largo plazo y cómo funcionan los recuerdos: La medida en que podremos alguna vez recuperar experiencias y conocimientos de la MLP [memoria a largo plazo] depende mucho de cómo se interpreta el material en primer lugar. Es probable que lo que se deja almacenado en la MLP conforme a una interpretación no se pueda recuperar más adelante cuando se busca bajo otra interpretación. (Norman, 1990: 90) Aunque ocurre menos que en el caso de lo fotográfico, el objeto tampoco escapa al estereotipo y a la repetición a la hora de atribuirle connotaciones memoriales. No nos detendremos demasiado en este aspecto, pero debemos hablar por ejemplo, del objeto comercializado como recuerdo, como en el caso del souvenir. La R.A.E. define esta palabra como: “Objeto que sirve como recuerdo de la visita a algún lugar determinado” (Real Academia Española, 2015); es decir, un objeto que encarna el recuerdo (general) de la visita de un sitio en particular. A lo largo de los años, los rincones de los hogares suelen poblarse de estas pequeñas figurillas de nuestros viajes o de los de seres queridos que han hecho algún viaje y se han acordado de nosotros -en ese caso, el objeto significa que has estado presente en la memoria de alguien en el momento en el que estaba en ese lugar-. Lo curioso de esta tipología de objeto es que todos suelen parecerse entre sí: son de pequeño tamaño y muchas veces contienen el nombre o la imagen de lo más representativo del sitio en concreto. Todos tenemos ese tipo de ‘recuerdo’ en forma de figurilla, pero no creemos que pueda transmitir realmente lo más esencial de esa vivencia, al igual que ocurre con las fotografías turísticas de individuos frente al lugar más conmemorativo del lugar visitado. “Pero Madrid no tiene una Torre Eiffel, un Coliseo o un Big Ben. ¿Qué se llevan entonces? ¿Una flamenca, un toro, una camiseta de Cristiano Ronaldo?” (Nieto, 2013), se pregunta un periodista en el periódico El País, en un artículo sobre el top de los souvenirs preferidos por los turistas en Madrid. La seriación y repetición de iconos estereotipados poco nos pueden transportar a un momento concreto de una vida única. Esto cambiaría si a ese Figura 4. 1 Ejemplo de souvenir icónico.
69 objeto se le unieran nuevas experiencias vividas junto a él, en ese caso sí podría contener algo que transmitir o que poder rescatar a través de él –como lo que mencionaba anteriormente Norman de la imposibilidad de rescatar un recuerdo bajo otra interpretación-, pero no hallamos en este último caso mencionado la función original del souvenir, más allá de aportarnos una especie de garantía de haber estado en tal sitio. Por ejemplificar la relevancia que adquiere el objeto cuando está relacionado con un hecho histórico, hemos revisado subastas o ventas de objetos personales de personas conocidas, donde los coleccionistas han visto una oportunidad al considerar que podían obtener una pieza única. En una lista de los objetos subastados por más precio en el mundo en 2012, podemos encontrar por ejemplo un elemento que formó parte de un hecho histórico social y político: el vestido con el que Marilyn Monroe cantó el mítico ‘happy birthday Mr. Pressident’ a John F. Kennedy, que fue adquirido por 1,27 millones de dólares. Este objeto, podríamos decir que no posee ninguna cualidad física especial que le de ese carácter trascendental como para alcanzar esa suma de dinero. Seguramente existan muchos más vestidos exactamente iguales al de Marilyn, pero ninguno de ellos es ‘el vestido’. Ninguno de los otros vestidos idénticos, protagonizó uno de los momentos más icónicos de la historia de la televisión y ninguno fue llevado por Marilyn mientras cantaba esa canción. Este tipo de pieza adquiere esa cualidad de fetiche al haber estado en contacto con un ídolo de la sociedad protagonizando un evento histórico. Jean Baudrillard afirmaba en El sistema de los objetos: “ligar el gusto por lo antiguo a la pasión por la colección: existen afinidades profundas entre ambos, en la regresión narcisista, en el sistema de elisión del tiempo, en el dominio imaginario de la muerte y del amor” (Baudrillard, 1969: 86). Debe haber entonces una opinión generalizada de que el objeto conserva parte de la esencia de la persona que lo usa, pues lo único que diferencia los objetos mencionados, de copias idénticas, es ese carácter trascendental tras haber sido ése el que estuvo en un espaciotiempo concretos. Baudrillard (1969) también afirmaba que objetivamente las sustancias son lo que son pero que las personas les atribuíamos connotaciones de ser más verdaderas o falsas. Habla de un prejuicio cultural, al valor que se les da a los objetos, que consideramos más nobles por ser más antiguos como a la madera o a la piedra, frente al plástico o al cemento, que se les considera menos verdaderos o humanos. Gil Gijón, de quien ya hemos hablado en el capítulo anterior, trata el concepto de fetiche y cómo los objetos adquieren una nueva dimensión al ser desligados de su uso original, cuestión que traduce en esculturas que crea con polvo –al igual que hacía en sus retratos-. Estos objetos son concebidos desde un punto de vista muy distinto al que tenían originariamente, ya que cuando un objeto adquiere la dimensión de fetiche, es desligado de su uso y se vuelve un artefacto de contemplación –quien compara el vestido de Marilyn no Figura 4. 2 Marilyn Monroe cantando ‘Happy birthday’. 1962
70 creemos que lo hiciera para usarlo como una prenda, sino más bien como una pieza museística-. Gijón menciona sobre sus esculturas: Todas ellas son antiguos objetos que pertenecieron a alguien concreto de mi familia y que yo identifico como objetos fetiches. Éstos perdieron la utilidad que tuvieron en su momento y pasaron a ser objetos cargados de una energía especial. Pasaron a ser contenedores de memoria. (Gijón, 2015) El artista reconstruye esos objetos en una metáfora de cómo el paso del tiempo se encarna en el polvo que va cayendo y acumulándose sobre las cosas. En este aspecto nuestra pieza instalativa también se carga de ese carácter simbólico ya que, por ejemplo, la mecedora ya no sirve para sentarse, ahora es un objeto dedicado a la mirada, pasando de lo funcional a lo contemplativo tras la muerte de la persona que lo usaba ya que tras este suceso le hace único e inigualable. Desde un punto de vista más activo, el valor de lo objetual como recuerdo y representación del individuo a través de él, tiene gran peso en la acción de Paco LaraBarranco (1964), Que no te toque_ F.L.G. (2011) realizada a través de la performance, donde homenajea su padre fallecido. En una entrevista que nos ha concedido, el artista nos cuenta cuál es el valor del objeto para él y cómo todos los elementos que usó en la acción, tienen un significado específico que apoya sentido al conjunto, donde reflejaba el sentimiento de dolor que causa la muerte de un familiar cercano, en concreto su padre: Todos los elementos empleados para la performance tienen como justificación que pertenecen a 'mi memoria' –como metáfora, la aceituna, el aceite, el manteo alude a mi tierra, una tierra que ha sido trabajada por mis padres, también por mí en algunas ocasiones, durante la recogida de la aceituna. Sumado a lo anterior la vestimenta refiere a la presencia de mi padre 'que me viste', con la que me vinculo estrechamente. (Lara-Barranco, 2015) Figura 4. 3 Gil Gijón. Gafas. 2014
71 Valiéndose de todos estos elementos a modo de metáfora, crea un escenario cargado de significado: el traje que el performer llevaba durante la acción pertenecía a su padre, así como la ropa que hay esparcida sobre una pieza de tela denominada manteo –útil que se utiliza en la recogida de la aceitunaque pertenecía a su abuela y estaba bordada con las letras J.G.E. Durante la acción, Lara-Barranco escribe el título de la performance en la tela base (manteo), valiéndose de un pincel empapado en aceite industrial (el aceite industrial es protagonista en muchas de sus piezas). El título también aparece en setenta y nueve folios (su padre falleció con esos años) sujetos con un alfiler en las paredes de la sala en la que se desarrolla la acción. Tras esparcir las olivas de una espuerta “medio-llena-medio-vacía” de aceitunas, como especifica el artista, a continuación vierte sobre su cabeza 5 litros de aceite y se enrolla unos minutos en el manteo donde están acumulados todos los materiales mencionados. Todo ello acompañado del poema Caminante no hay camino interpretado en forma de canción por Joan Manuel Serrat. Como el artista menciona, “La finalidad de lo acometido es sólo una: IMPREGNARME, en una acción simbólica, de mi padre” (Lara-Barranco, 2010). Esa impregnación se lleva a cabo utilizando elementos que han formado parte de su vida y de la vida de su familia, para empaparse de los recuerdos y de lo que queda de su difunto padre, realizando una especie de crisálida con ellos y volver a la vida creando una alegoría donde la vida y muerte parecen retroalimentarse. La acción del artista nos hace conectar con las palabras expresadas por Javier Bustamante en su tesis Las voces de los objetos: vestigios, memorias y patrimonios en la gestión y conmemoración del pasado: “el mundo de los objetos cotidianos es determinante en lo que se denomina fenomenología de las ciencias sociales, donde la trama de objetos cercanos/cotidianos constituye un fenómeno sumamente trascendente para explicar las relaciones humanas y sociales […]” (Danilo, 2014: 71). Lo performativo de esta obra consigue transmitir directamente al espectador la idea del dolor de una ausencia reciente a través de la palabra pero sobretodo del objeto –al principio de la acción Lara menciona ‘lo que voy a tratar de hacer es rendir un homenaje a mi padre recientemente fallecido’ (LaraBarranco, 2011)-. Los presentes no sabían a qué nivel son representativos los elementos que el artista muestra en la acción, pero intuyen la carga simbólica y personal que hay en ellos. Aunque en nuestro caso, no nos expresemos en un lenguaje performativo, también tratamos de representar el dolor de la muerte a través del objeto. No daremos datos concretos o biográficos al espectador a la hora de ser expuesta esta obra, pero confiamos que la ausencia se manifieste a través del objeto en el espacio. Otro artista que trata el tema del objeto como sustitución y encarnación de la pérdida, es el fotógrafo Santiago Porter (1971) que realizó entre 2001 y 2002 una serie fotográfica Figura 4. 4 Paco Lara-Barranco. Imagen de la performance Que no te toque_F.L.G. 2011
72 denominada La ausencia, donde relata un suceso que ocurrió el 18 de julio de 1994 en Buenos Aires. Tal día, una bomba destruyó el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) matando a más de ochenta personas. A través de la serie distribuida en dípticos, muestra en una de las fotografías a los familiares de uno de los fallecidos en el atentado, y en la otra un objeto que le representara o que llevara consigo en el momento de su muerte. Mediante un escueto texto explicativo, introduce al espectador en el suceso acontecido y le muestra un fragmento de la vida de la persona fallecida por medio de ambas imágenes: su familia, y un objeto que le encarna y sustituye. […] los objetos singulares, barrocos, folklóricos, exóticos, antiguos. Parecen contradecir las exigencias del cálculo funcional para responder a un deseo de otra índole: testimonio, recuerdo, nostalgia, evasión. Se siente la tentación de descubrir en ellos una supervivencia del orden tradicional y simbólico. (Baudrillard, 1969: 83) ¿Cuánto de simbólico puede haber en un objeto según el contexto en el que se le inscriba? Un bolígrafo, una pelota, una mecedora o unas piezas de ganchillo siempre serán eso si nos abstraemos de contextos situacionales que le añadan el carácter distintivo de otro objeto semejante. La R.A.E. define la palabra símbolo como “Representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con esta por una convención socialmente aceptada”. Esa convención socialmente aceptada sería el valor que le atribuye un colectivo de individuos a un objeto, según en qué contexto se incluya el objeto. Entonces ¿sería ésta la esencia de los objetos; su contexto? En la obra de Porter y en la nuestra, es así. Nosotros dotamos a estos objetos de importancia y representación porque están íntimamente relacionados con unos hechos históricos. En esta, como en la obra de Paco Lara, se introduce al espectador en el contexto en el que se muestran las obras. En nuestro caso pretendemos dar pistas más ambiguas para que el observador mire las obras desde unos parámetros más abiertos, que den pie a llegar a más conclusiones. En el caso de la instalación solamente daremos un nombre que se convierte en el título de la obra: Encarnación
73 Figura 4. 6 Santiago Porter. La ausencia. 2001-2002 Figura 4. 5 Santiago Porter. La ausencia. 2001-2002
80 5. CONCLUSIONES Hemos concluido a lo largo del estudio, en primer lugar, cómo la fotografía doméstica no resulta todo lo útil que puede parecer a primera vista en cuanto a su capacidad para captar completamente el acontecimiento que se quiere ‘inmortalizar’. En este sentido, se hace complicada la tarea de poder volver a él con el paso de los años a pesar del uso de la imagen como catapulta a los recuerdos. Ya sea de manera física o virtual, la reproducción constante de la fotografía nos hace concluir que ésta se ha convertido en una herramienta cuya importancia –en la actualidad sobre todoradica, mayormente, en el propio acto fotográfico. De este modo funciona más como un elemento que nos deja la posibilidad de olvidar y nos libera de tener que almacenar ese momento que capturamos en nuestra mente, ya que está guardado en la imagen fotográfica. En este punto volvemos una vez más a la concepción de archivar para olvidar que se expresa en Mal de archivo de Derrida: “Ciertamente no habría deseo de archivo sin la finitud radical, sin la posibilidad de un olvido que no se limita a la represión” (1997: 27). En el caso de los objetos domésticos, como hemos mencionado anteriormente, consideramos tras la investigación que éstos dan más juego potenciando lo memorial por lo tangible de éstos, y también, porque encarnan y representan el significado que nosotros les atribuimos ya sea en un sentido individual o colectivo. Ellos de por sí no cuentan nada concreto; funcionan como apoyo de asociaciones inconscientes que hacemos sobre sucesos vividos en un espacio-tiempo compartido con estos elementos. Ciertamente, este aspecto subjetivo puede darse también en la fotografía, ya que además de ser una imagen del pasado, en torno a ella también pueden darse vivencias significativas que la doten de un carácter especial, convirtiéndose también en un objeto al que asociamos un contexto y vivencias compartidas. Como ocurre en nuestro caso con el álbum que mencionamos, la importancia de éste radica en lo que mi abuela contaba acerca de él y los momentos que compartimos a torno a su desciframiento. Después de todo lo estudiado, podemos afirmar que existe una preocupación colectiva sobre el paso del tiempo, la muerte y en última instancia el olvido. En ocasiones hemos hecho una reflexión sobre qué objetos serían para nosotros imprescindibles en el supuesto de tener que conservarlos de una amenaza inminente. Hemos descubierto, que esta inquietud ha sido recopilada en el proyecto The burning house, en el que a través de una página web, se invita al público a mandar una fotografía de aquello que salvaría, si un incendio se apoderara de su casa, haciendo así un ejercicio mental de qué sería en ese supuesto lo prescindible y qué es insustituible. El abanico de respuestas es bastante amplio, pero hay varios elementos que se repiten en numerosas imágenes. En muchas de ellas aparecen mascotas, documentos de identidad, dinero… pero, sobre todo, parece repetirse la preocupación por salvar fotografías, dispositivos electrónicos como teléfonos móviles, ordenadores portátiles, discos duros y objetos que podemos considerar especiales o Figura 5. 3 The burning house. 2013 Figura 5. 2 The burning house. 2013 Figura 5. 1 The burning house. 2015
81 significativos para esa persona, la mayoría de los cuales, parecen carecer de valor económico. Esta preocupación por salvar objetos que relacionamos con el pasado y la memoria parece un síntoma más de un desasosiego general ante el avance incesante del tiempo, que todo lo consume a su paso, menos esas pocas cosas que han ido avanzando a través de los años con nosotros. Eliminar estos elementos, representaría una pérdida significativa, ya que esta experiencia nos haría experimentar una especie de simulacro de muerte, debido a que éstos elementos habían conseguido sobrevivir al paso del tiempo, finalmente sucumbiendo y recordándonos que también lo haremos nosotros algún día. El olvido es, al fin y al cabo, una cuestión que inquieta profundamente al ser humano. Es por ello que atribuimos a las fotografías y a los objetos, estas connotaciones memorísticas, para que encarnen momentos y personas que ya no existen, pero también para dejar testimonio de nuestra existencia. Haciendo un examen mental y personal de lo que hemos extraído de todos los conceptos recopilados, podemos decir que estos nos han hecho entender hasta qué punto es importante la permanencia del recuerdo, como una manera de evadirnos del avance temporal y fingir, en cierta manera, que la conservación de recuerdos implica una especie de inmortalidad encubierta, que siempre ha estado presente a lo largo de la historia del arte y sobretodo en el retrato y la fotografía. Actualmente podemos observar cómo ese afán de inmortalidad se expresa en forma de negación continua del envejecimiento y del paso del tiempo. Aunque bien es cierto que la muerte aparece junto con la violencia, cada vez de forma más abundante en los mass media, ambas se manifiestan desde un punto de vista orientado a la espectacularización, que nos ha insensibilizado y convertido en inmunes a estas imágenes repetidas constantemente. En suma, si revisamos los mass media, encontramos asiduos sistemas de juventud ‘eterna’, que nos son proyectados constantemente. Por medio de numerosos mecanismos, se ha creado un ideal de perpetuar lo más posiblemente la juventud a través de innumerables formas: desde cremas anti-edad, cirugía estética y elixires contra el envejecimiento, hasta criogenización y estudios de ingeniería genética para alargar nuestra esperanza de vida de manera exponencial. Es por ello que, en las obras que aquí presentamos, desarrollamos una manera de asumir la muerte y el envejecimiento expresándonos en este aspecto a través de la pintura y la fotografía, rechazando esta corriente actual que aboga por ocultar aquello que considera negativo. Nuestro interés se centra, en asumir aquello que se mantiene velado y revelarlo en forma de imágenes que reafirman la imposibilidad de detener el tiempo o capturarlo, centrándonos para ello, en la manipulación del rostro como representación del ser, –la cara, el espejo del alma-. Porque, aunque deseemos y tratemos por todos los medios suprimir la idea de muerte, ésta sigue siendo una certeza absoluta y arrolladora. Tras asumirla y enfrentarnos a ella en primera persona, reflexionar sobre la dicotomía entre recuerdo y olvido, nos ha dado algunas de las claves de cómo se enfrenta el ser humano al dolor de la pérdida y nos han ayudado a crear nuevas obras desde un punto de vista distinto. Hemos cambiado nuestra forma de expresarnos artísticamente y evolucionado a otros razonamientos que anteriormente no contemplábamos, para tratar esta problemática utilizando medios que nos han llevado a resultados más potentes, sólidos y novedosos en nuestra línea de trabajo, como es la instalación Encarnación, la cual ha marcado en nosotros un antes y un después en cómo pensar y entender el arte. En definitiva, a través de nuestras piezas hemos tratado de crear la traducción de nuestras emociones íntimas e individuales, para transformarlas en obras que se expresan en un lenguaje colectivo, ampliando las maneras de comunicarnos con el espectador. A nuestro juicio, nos da la impresión de que aunque tratemos de congelar el tiempo mediante todos los métodos posibles, a través del arte y sobre todo, por medio de la fotografía como herramienta principal de la captación del recuerdo en la actualidad, todo ese entramado que construimos a nuestro alrededor, que funciona de manera subjetiva y según las connotaciones que le otorguemos, se irá debilitando tras el paso de los años y las generaciones, perdiendo su esencia y significado, distorsionándose de lo que le hacía especial –de la misma manera que realizamos con las fotografías y pinturas que aquí
82 presentamos-, asemejándose a esas fotografías y objetos que encontramos en los rastros y mercadillos, que sugieren haber tenido un sentido que ahora desconocemos; volviéndose encriptados. Parece que el recuerdo está destinado al olvido, como nos revelan las palabras citadas en la mítica escena de Blade Runner (1982), en la que Roy Batty -un replicante, como denominan a los androides en el film-, momentos antes de su inminente muerte, hace una reflexión de cómo todas sus experiencias y vivencias están abocadas a desaparecer y todos los recuerdos que conserva en su mente, dejarán de existir cuando él perezca: “todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia” (Blade Runner, 1982)
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89 C. Tabla de figuras Figura 2. 1 Imagen del álbum. Pág. 18 Figura 2. 2 Imagen del álbum. Pág. 18 Figura 2. 3 Imagen manipulada del álbum. Parte anterior. Pág. 18 Figura 2. 4 Imagen manipulada del álbum. Parte posterior. Pág. 18 Figura 2. 5 Imagen manipulada del álbum. Parte anterior. Pág. 18 Figura 2. 6 Imagen manipulada del álbum. Parte posterior, Pág. 18 Figura 2. 7 Imagen manipulada extraída de Facebook. Pág. 24 Figura 2. 8 Imagen manipulada extraída de Facebook.. Pág. 24 Figura 2. 9 Mecedora utilizada para la instalación. Pág. 29 Figura 2. 10 Muestra de piezas de ganchillo de mi abuela. Pág. 30 Figura 2. 11 Recopilación de piezas de ganchillo de mi abuela. Pág. 31 Figura 2. 12 Recopilación de piezas de ganchillo de mi abuela.. Pág. 31 Figura 2. 13 Imagen de un patrón de ganchillo de mi abuela. Pág. 32 Figura 3. 1 Imágenes del álbum que muestra poses y expresiones y parecidas. Pág. 37 Figura 3. 2 Miroir Noir. I want to marry you. 20013. Pág. 38 Fuente: http://www.miroirnoir.org/i-want-to-marry-you-i209.html [Consulta: 1-12-2015] Figura 3. 3 Miroir Noir. Dobry vecer. 2014. Pág. 38 Fuente: http://www.miroirnoir.org/dobry-vecer-i252.html [Consulta: 1-12-2015] Figura 3. 4 Detalle de la obra: Avatares II. Pág. 39 Figura 3. 5 Detalle de una fotografía manipulada. Pág. 39 Figura 3. 6 Lola Sandoval. Sin título. 2012. Pág. 40 Fuente: http://www.lolasandoval.info/p/2012.html [Consulta: 1-12-2015] Figura 3. 7 Lola Sandoval. Sin título. 2011. Pág. 40 Fuente: http://www.lolasandoval.info/p/2011.html [Consulta: 1-12-2015] Figura3.8 Lorena Amorós. Voluntad de-forma. 1999-2002. Pág. 41 Fuente: http://www.lorenaamoros.com/Sel_Obra_Anterior/voluntad_de-forma.html [Consulta: 1-12-2015] Figura 3. 9 Lorena Amorós. Álbum familiar. 2000-2002. Pág. 42 Fuente: http://www.lorenaamoros.com/Sel_Obra_Anterior/album_familiar.html [Consulta: 1-12-2015] Figura 3. 10 Lorena Amorós. Álbum familiar. 2000-2002. Pág. 42 Fuente: http://www.lorenaamoros.com/Sel_Obra_Anterior/album_familiar.html [Consulta: 1-12-2015] Figura 3. 11 Lorena Amorós. Restos de familia. 2007. Pág. 42 Fuente: http://www.lorenaamoros.com/Sel_Obra_Anterior/Restos_d_familia.html [Consulta: 1-12-2015]
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98 Anexo número 2 Título: Sin Título Dimensiones: 72 x 92 cm. Soporte y procedimiento: óleo sobre lienzo. Fecha: 2015 Hemos empleado el mismo sistema de trabajo que en la serie Avatares, pero utilizando en este caso una de las fotografías del álbum mencionado a lo largo del estudio, tratando de jugar con lo antiguo de la fotografía y la distorsión para crear una imagen que dé la impresión de estar desapareciendo o descomponiéndose e incitar así a la reflexión sobre el paso del tiempo. Como ya hemos comentado anteriormente, esta distancia espacio-temporal del acto fotográfico, junto con la forma de posar ante la cámara en esa época, -calculamos que esta fotografía es de los años setenta aproximadamente-, hacen que el retrato se nos muestre distante y poco expresivo. En este caso, conocemos cercanamente a la persona que se muestra en la imagen y no creemos que a través de ella se exprese su personalidad, su forma de expresarse o sus rasgos más característicos. A través de la pintura, expresamos la idea de esta falta de información que creemos que abunda en la imagen fotográfica. Por medio de la veladura o la mancha tapamos y distorsionamos parte de la imagen, construyendo una metáfora de cómo se vuelven borrosos los recuerdos con el paso del tiempo.
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