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Ors, los Ortega y los Toros

Gibert, Rafael

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l pasado año falleció Don Rafael Gibert y Sánchez de la Vega (1919-2010), catedrático de Historia del Derecho en las Universades de Granada, Complutense de Madrid y Nacional de Educación a Distancia, en la que se jubiló. La Asociación “Peña Cátedra Taurina”, con sede en este último centro universitario, nos ha hecho llegar un trabajo del citado profesor que, por el carácter de la publicación donde aparceió, ha tenido escasa difusión en los medios que se ocupan de la materia taurina. De este modo, hemos creído oportuno volverlo a editar en estas páginas por su evidente interés y como homenaje al catedrático desaparecido. Se trata del artículo titulado “Ors, los Ortega y los toros”, incluido en la obra coordinada por Francisco Rico Pérez, Centenario del Código Civil, Madrid, 1986, volumen 5, tomo 2, págs. 73-105 Revista de Estudios Taurinos Revista de Estudios Taurinos N.º 30, Sevilla, 2011, pág. 97 E Revista de Estudios Taurinos N.º 30, Sevilla, 2011, págs. 99-142 ORS, LOS ORTEGA y LOS TOROS Rafael Gibert Amis médicos Juan Pablo d’Ors Pérez-Peix y Miguel Ortega Spottorno eguramente, una tertulia de taurinos respondería a la segunda pregunta de mi encuesta con la copiosa serie de justos ditirambos y alabanzas que suelen proferir los interrogados, pues de todos es sabido que la superior inteligencia de José Ortega y Gasset se empleó, aunque no tanto como hubiera merecido, en el tema de la afición a la gloriosa fiesta, y que lo planteó en páginas imperecederas. Me temo que en cuanto a la primera, sobre lo que para ustedes significa Eugenio d’Ors Rovira, la respuesta había de ser decepcionante y al mismo tiempo estímulo para tratar el punto de cómo ante una misma realidad española los dos grandes coetáneos, en su paralela trayectoria de pensamiento, catalán y español imperialmente hispánico, reaccionaron cada uno con su propio estilo y su temperamento. En la gran enciclopedia de la tauromaquia, Los Toros, ha quedado consignada la doble y desigual estimación de ambos pensadores. En su tomo II, aparecido en 1947, con posterioridad, al I y III ambos de 1943, y a propósito de la polémica sobre la licitud y la conveniencia de la fiesta, el autor, José María de Cossío, escribió: «Don José Ortega y Gasset ha anunciado en varias ocasiones la publicación de un estudio creo que titulado Paquiro o de la tauromaquia, que esperamos con verdadera ansia y en el que es seguro S Rafael Gibert 100 que no será la antipatía o la oposición a los toros lo que la inspire. Asimismo me complazco en reiterar que a su iniciativa se debe la composición de este libro y que a su estímulo debo yo el haberme embarcado en la aventura de escribirlo» (pág. 196). Seguía una amplia referencia al libro de Ramón Pérez de Ayala Política y Toros Yentre la rápida mención de otros autores, no faltaba la de su amigo y contertulio: «No recuerdo que don Eugenio d´Ors haya intervenido nunca en la polémica sobre la conveniencia del espectáculo taurino: pero esta ausencia en tiempos en que podría haber sido eficaz y normal su intervención, verbigracia, los días en que Eugenio Noel hacia sus campañas, creo que es harto expresiva de la actitud de esta generación que vengo considerando... Recientemente y cuando el tema taurino está en pleno favor, ha hablado de él, considerándole desde el punto de vista estético y señalando su carácter y el lugar que debe ocupar en la concepción orsiana de la cultura, que no admite el desorden ni la rebeldía ni aun en lo que pudiera juzgarse más arbitrario. Entre las características estéticas señaladas a la fiesta, Ors admite su barroquismo, y aun lo cree inevitable en fiesta que ha aspirado al titulo de nacional, pero no el colorismo subrayado tantas veces, sino la plástica más estatuaria, «reposado triunfo sobre las asechanzas de la muerte en constante desafío y burla de ella»: Las consecuencias y variaciones a que este tema da lugar en su espléndido ensayo Estética y tauromaquia., no son de este sitio: pero sí quiero señalar las diferencias que le separan de la consideración tópica de la fiesta, tal como la hemos visto, por ejemplo en Velarde, y reseñar esta opinión que desde un ángulo nuevo descubre aspectos estéticos de la fiesta, lejos de los lugares comunes habituales» (pág. 198). Dejaremos aparte el habitual tributo a la doctrina de la generación. Velarde era un autor que había destacado los valores visuales y cromáticos de la fiesta. La aportación de Ors y Ors, los Ortega y los Toros 101 Ortega se encuentra o bien en lugares menos accesibles de sus respectivas obras, o vieron la luz pública en fechas posteriores a ese 1947, por lo que es oportuno añadir su reseña a las páginas de la monumental poligrafía taurina. No me ha sido posible localizar el referido ensayo, término que no gozaba de la preferencia del Glosador, al cual hubo también de referirse él mismo, y que constituye el documento esencial y definitivo, ausente de los presentes apuntes. I De sobra conocido y apreciado es el hecho de la gran amistad que unió a ambos Ortega, Domingo y don José, y que ha quedado impresa en una excepcional colaboración literaria entre un filósofo y un torero: «Domingo Ortega, El arte del toreo. Conferencia dada en el Ateneo de Madrid el día 29 de marzo de 1950. Con un anejo de don José Ortega y Gasset». En aquella conferencia del Ateneo de Madrid, en los tiempos oscuros, invitado por nuestro recordado Pedro Rocamora, el mismo que unos años atrás se había traído de Lisboa a nuestro primer filósofo para que le sorprendiera la insultante salud de España tras la guerra civil, Domingo Ortega más que un brindis lanzó un desafió a su tocayo para que formulara su Sistema de la Tauromaquia. Allí dijo el torero, con un inconfundible acento orteguiano, que estaba haciendo falta «el libro del arte del toreo» y que sólo dos tipos de hombre podían realizarlo: «el primero, un gran filósofo que sienta el arte de la fiesta nacional, y no creo que reúna estas dos condiciones más que don José Ortega y Gasset, que desgraciadamente no tendrá tiempo, por sus muchas ocupaciones mentales» La conferencia, aparte de encerrar un elevado saber, es un prodigio de sencillez y garbo, con el rasgo gracioso de presentarse él allí, en la docta casa, como un espontáneo. Dignificando así la suerte perturbadora e infamada. El segundo hombre que podría Rafael Gibert 102 realizar ese libro necesario y, al parecer, inexistente, sería un matador de toros; pero esto le parecía todavía mas difícil al disertante, porque ese matador, si se preparaba para el arte de las letras, no tendría tiempo para su propio oficio. Con el fin de resolver tal aporía (¿se dice así?), el conferenciante propuso una solución, acerca de la cual no perdía esperanza: «¡A ver si surge un día en el Toreo un hombre del Renacimiento!». En esa conferencia, el gran torero se definió como clasicista. Según él, treinta o cuarenta años atrás, es decir, entre 1910 y 1920, se había producido la decadencia del arte. Los aficionados no seguían unas normas, sino a unas personas. Necesario era el «bien hacer, al cual hasta las fieras se entregan». Y el bien hacer se encontraba en el clasicismo. que había encarnado Pedro Romero (el tercero, como Abderramán, de la dinastía 17541839). «Hay otras normas –dijo–de las de Romero, pero son negativas para la eficacia y la belleza del arte en toda su magnitud». Las normas clásicas eran: parar, templar y mandar, él se permitió añadir entre la primera y la segunda: cargar. Lleno de autoridad, le dio un repaso al público. La mayoría, que repugnaba a Goethe, tenía la idea, o la creencia, de que parar es quedarse parado; y no. Parado se dan pases, muchos pases, pero no se torea; se destorea. Los toreros eran hijos de las preferencias del público. No hacía una critica, porque él respetaba a todo el que pisa un ruedo, pero daba su opinión. Criticó abiertamente e! momento presente de los Toros; la crisis se debía a «la euforia de la posguerra». El toro había casi desaparecido. Se le mutilaban las defensas, pero «los muchachos (los jóvenes espadas) eran inocentes; no tenían más culpa que haber seguido el camino que ustedes les marcaron. Ustedes, aficionados...». No se dominaba al toro. Pedro Romero había dado las normas sencillas, geniales, eternas acerca de cómo se debe torear; normas clásicas y piedra fundamental. El que se apoyaba en ellas era quien abría nuevos caminos. En el cumplimiento de las normas había que ser inexorables. Una gran personalidad tal vez podría prescindir de ellas; pero no servir de modelo a los que venían detrás, sino que Ors, los Ortega y los Toros 103 éstos debían volver a las normas. Este era el deber de las nuevas generaciones. Manifestó su nativa aristocracia: «Cuando la masa interviene, el arte degenera». También en su estimación por el peligro: «El arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. La grandiosidad del torero reside en que el público reciba la impresión de que aquello no es broma». Definió la belleza del toreo como la del grupo escultórico en movimiento. Revelaba su espíritu didáctico: «suavidad y lentitud es lo que le gusta al toro» (pág 36); «a algún toro hay que enseñarle a embestir». Aconsejaba leer El arte de torear, libro que Paquiro había compuesto, conforme a las normas recibidas de Pedro Romero. No causará sorpresa al lector que en medio de su disertación Domingo Ortega proclamase su amistad con el autor del Glosario y, lo que es más importante, su adhesión a una doctrina fundamental del pensamiento orsiano: «Como dice mi admirado amigo don Eugenio d’Ors, no hay que cansarse de hacer la apología de la perfección, porque de lo demás, en fin de cuentas, siempre habrá bastante» (pág. 33). Terminó su conferencia diciendo que «los grandes artistas siempre se han formado dentro de normas y reglas del Clasicismo, y que los clásicos eran aquellos que tenían una personalidad dentro de normas eternas». Una definición que hubiera suscrito don Eugenio d’Ors, que allí recibió el refrendo para su posición en un rifirrafe mantenido cuatro años atrás en el periódico Arriba, donde tenía instalado desde 1944 su Novísimo Glosario. II Al iniciar su carrera literaria Eugenio d’Ors no entendía de Toros y se alababa de ello. Comentando (Glosari, págs. 9-10) el diario íntimo de un poeta finisecular, avecindado en Vich, Francisco Rierola, sentimental, ensimismado y solitario, sor- Rafael Gibert 104 prendió al Glosador que junto a delicadas expansiones líricas y certeros juicios sobre obras de arte, el intelectual catalanista había embutido reseñas crudas y detalladas sobre corridas de toros, con apreciaciones rotundas, secamente técnicas sobre el comportamiento no sólo de los toreros sino también de los toros, dentro del cual ocupaban un lugar preferente el número de caballos destripados, que entonces alcanzaban cifras espeluznantes: siete, nueve, doce o catorce. ¡Más caballos! era el grito habitual en las plazas, que en labios de una señorita, e incluso en los de un poeta tenía que parecer horrible a un espíritu culto. El mismo Rierola se dolía en su diario de estar dominado por esa «afición clandestina hacia la bárbara fiesta» Yconfesaba que había resistido la «cruel afición» y pronunciado pestes sobre toreros y sobre el público de los toros. Consignó que la primera corrida a la que había asistido le produjo, al empezar, repugnancia miedo y fastidio, pero en seguida se rindió y se emborrachó: «aplaudió, gritó ¡bravo! y se levantó del asiento». La fiesta se convirtió en su vicio, como para otros la morfina y cayó en la más profunda perversión: leer y repasar libros de tauromaquia. Hay, tras esto, una extraña glosa que encierra un planteamiento orsiano, estético y moral o político acerca de los Toros. Provocada por la anécdota de la boda de un torero, lleva por titulo “El cromo de Machaquito” (Glosari, págs. 313-315). La noticia había conmocionado a las Españas, y sobre todo a las provincias. También lo haría a él, a condición de verla convertida en un cromo. Los antiguos recuerdan aquellas estampas brillantes, recortadas y en relieve, con vivos colores, que representaban héroes, personajes históricos o legendarios y también toreros, que los niños coleccionaban, intercambiaban y se jugaban entre si. Venían como obsequio en las tabletas de chocolate. Han desaparecido, pero brillan en la memoria de quienes alcanzaron a manejarlas. El Glosador quería ver convertida en cromo aquella noticia de la boda del torero. Lo había fabricado Ors, los Ortega y los Toros 105 en su imaginación, pero vino a destruirlo simplemente el fotograbado que, en los periódicos, acompañaba a la noticia. Observó el contraste entre el cromo fabricado por la imaginación sobre las breves indicaciones de un telegrama o una gacetilla y la gris ilustración gráfica que venía a deshacerlo, «La vida puede no ser de color de cromo, pero no es, ciertamente, color de fotograbado». El texto de los periódicos franceses le había producido una purísima alegría. Relataban que Machaqulto, «el gran artista de España, triunfador en las multitudes y en los corazones, enamoraba en las arenas a damas, monjas y princesas». Una tarde, en la “oriental Cartagena”, en la plaza de toros sombreada por palmeras, había ejecutado una proeza sin igual. El redactor francés no daba su nombre específico a esta proeza: el Glosador, pobre tanbién de tecnicismo taurino, se abstenía de darlo, y he aquí que en la plaza estaba una condesa, maravillosamente bella, rica de tesoros fabulosos, y de tan recatada virginidad que no había osado salir de la casa paterna sino con el rostro tapado por una espesa mantilla. Su nombre, doña Ángeles. Ante las proezas del torero, sintió encenderse en ella y subir una llamarada en su interior, y, roja de pasión, entre el público delirio, había arrojado al ruedo su abanico de marfil. Al instante, el torero, prendado de la belleza y de la cándida espontaneidad del gesto, recibió el inapreciable presente y ¡tuvo una inspiración! La de brindar a la señorita la muerte de aquel toro. Se ve que estaba en todo, y que era galante y bravo. Con una proeza nueva, de una sola estocada, «funesta para el toro», acabó la faena. Mató el toro y dio el paso definitivo hacia el matrimonio. Ahora se habían casado, bajo las palmeras, entre las ovaciones del pueblo. Hasta aquí, el cromo, suscitado por el bello relato. El fotograbado lo desvanecía: mostraba una novia de rostro pacífico y reposado, con algunos detalles de vestuario que no sabemos identificar, pero que se adivinan vulgares, mesocráticos, anticuados y económicos, de los cuales emergen las manitas, prudente y provincianamente cruzadas sobre una faldilla acampanada Para acabarlo de arreglar, la foto del padrino, don Benito Pérez Galdós, que a pesar de sus Episodios Nacionales, con la patriótica cubierta, que más adelante veremos caracterizar a los recintos taurinos, y darles aspecto de estanco de suburbio, no daba, ¡ay! tampoco la apariencia de un cromo. Esto no impedía que la vida fuera igual a un cuento, explicó a la discípula. En cuanto a la fiesta misma, no parece haberle interesado. Enemigo de toda ambigüedad, Eugenio d’Ors se abstuvo de los toros, pero rechazaba igualmente la pasión abolicionista. Entendió que era posible detestar el espectáculo de las corridas de toros bravos, sin gustar por ello de la violencia, el ruido y la obsesión de la propaganda antitaurina. Tal era la posición adecuada a un amigo de la civilidad. Lo peor de la fiesta nacional –a la que llamaba espectáculo– era el carácter central que tenía en la vida ciudadana. Marginalmente situado en la ciudad, oculto y disimulado dentro de ella, el espectáculo de los toros, incluso podía ser aceptable, como lo son tantas otras cosas, que tampoco se pueden alabar. Lo que en Francia se decía de algunos teatros, no precisamente malos, pero equivocados: à coté. Con esa discreción, todos ganarían, incluso los aficionados. El peor camino para llegar a una convivencia pacífica eran las campañas estruendosas que daban a la fiesta más actualidad, más centralidad. La imponían a la atención de todos, es decir, a la tentación de todos. Dio esta consigna a sus amigos antiflamenquistas (estrechamente unidos el flamenco y los toros), semejante a la que Bonald había dado a sus amigos contrarrevolucionarios: el antiflamenquismo no es un flamenquismo contrario, sino hacer lo contrario del flamenquismo (Glosari, l-VI-1914). Todavía en 1920, Eugenio d’Ors no ve en la Fiesta nacional, ajeno a su orden riguroso, a su organización civil, a sus ceremonias, de las que consideraba a España tan necesitada, más que “barullo y sangre” y nada, por supuesto, de su ritmo y belleza. Anecdótico, Rafael Gibert 106 Ors, los Ortega y los Toros 113 «Más pesaba el contenido atribuible a la segunda nota. Referíase éste a Granada. En el aire de Granada la atenuación de los colores les lleva a tan delicado matiz, que, entre ellos todos, la armonía se produce como por sí sola; cualesquiera que sean los atentados con que la amenace el capricho particular, inclusive si se trata de algunos de los atrevimientos y ultranzas del novillero AIbaícin. Como un nácar que la vecindad del incendio arrebola apenas, Granada en su luz, quita estridencia a la misma violencia, vulgaridad a la barbarie, disonancia al chasquido. Yacierta así a dejar incólume la alegría allí un poco pálida de la fiesta, al melancólico avanzar de los grises vespertinos.» (NGI. III, 1020). La larga citación permite comprobar que todavía en 1942 la fiesta no había conseguido captar la benevolencia del Glosador. Impedido por razones estéticas de ejercitarla, seguía encontrándoFig. n.º 53.- Fotografía de Eugenio d´Ors, Apud www.wikipedia.org. la pintoresca, y tal vez violenta vulgar, y disonante. Yen 1947 (Novísimo en Arriba 31-X), rechazaba el rojo sangre: «demasiado hay con los toros y con otras tentaciones sádicas». No gran aficionado a la música, una de sus fronteras, las bandas de las plazas y los pasodobles no podían causar más atractivo para él que el vino tinto de las medias, el patriotismo de los estancos y la lividez de los caballos. Pero algo iba adelantando: ya no veía necesario explicar a sus lectores que asajarado significa «pinta del pelo de los toros que indica su aproximación al color jaro; muy claro, como rubio» y ayer, 19 de abril, Julio Aparicio, con su vestido entonado, en la Maestranza, gracias a la Televisión nos permitió comprobar el efecto. Al menos Rafael Albaicín consiguió con su famoso atuendo figurar en la estricta onomástica taurina del Glosario. Era necesario ser el Gallo o el Guerra, para entrar en la selecta compañía. En efecto, tratando de las promociones novecentistas, con una recaída en la perturbación de las generaciones al uso, y convencido de pertenecer a una, afectada por específicas dificultades, aportó como prueba el destino de un coetáneo: «El caso de Cañero, cuyos grandes triunfos yo mismo hube de celebrar –¡y en cantares!– un día, es ejemplar. Cuidado que su estilo de torear y rejonear a caballo estaba abonado por clásicas soleras. Militar de carrera, sin embargo, en el campo del toreo vino a ser siempre tomado como intruso. Como un dilettante por no decir como un amarillo. Lo cual no ha impedido que, al llegar nuestra guerra y servirla Cañero valientemente, tampoco hayan querido los militares reconocerlo como uno de los suyos» (NGI. III, 892·893). Dejando aparte la reivindicación castrense, pasamos a copiar el texto relativo a dos generaciones, puesto que este parece haber sido el gusto del autor: «Si se compara el destino del Gallo o de Cañero con el del Guerra, recientemente cerrado en este mundo –de trayetoria éste Rafael Gibert 114 Ors, los Ortega y los Toros 115 tan segura y gradual, tan asentada en los principios básicos de la profesionalidad, de la época y de las costumbres; tan normal y clásica dentro de lo extraordinario–, con la biografía del Guerra tal como podía recapitularse y hasta ser epigrafiado, en presencia de su cadáver, definitoriamente vestido con la camisa blanca y bordada y la negra chaquetilla corta, se comprenderá enteramente el sentido de la estrella que sobre los primeros ha pesado». (NGI. III, 893). En efecto, el destino de Rafael Gómez Ortega (l882-89 le había impresionado: «hombre de la misma promoción (que Cambó, Flores de Lemus y José Pijoán), pudo entretejer en su biografía ovaciones con broncas, ser considerado a la vez como el mejor y como el peor de los toreros» (Ibidem 892). Dejando ahora el espinoso asunto de las generaciones, complicado por Eugenio d’Ors con el aditamento de dividirlas en promociones de cada cinco años, lo cierto es que el Glosario iba admitiendo en su selecta sociedad a los toreadores (como se dijo en la época ilustrada y han consentido los franceses), no ya a los caballeros, sino también a la plebeya gente de a pie. José Gómez, Joselito (1895-1920), trece años menor que su hermano y perteneciente tal vez a otra generación, en la que «en varones llegados con posterioridad a la primera promoción novecentista, ya parecía hasta cierto punto recobrada la capacidad del contorno fijo y de la definición personal segura» (lbidem, pág. 893). Claro está que el destino, en este luctuoso caso, la había hecho muy insegura. Fueron las Bellas Artes las que en 1944 abrieron la puerta grande del Glosario al torero de la trasguerra. Ocurrió que en la calle de Peligros, un año atrás, habían colocado en un escaparate la fotografía de una faena de Manuel Rodríguez, Manolete (1917-1947). “Exhibición castiza”, apostilló el Glosador con cierto retintín, a quien por contraste encantó ahora que una vecina agencia de viajes consagrase el suyo a celebrar el centenario de Lavoisier. Ante la imagen del torero se había detenido una pareja de novios, y el muchacho, en plan docente, exclamó: «¡Mira qué soso! ¡Si parece una estatua!». Don Eugenio escuchó la reflexión del enamorado y ésta le llevó «a otras hoy circulantes por ahí, acerca del sentido escultórico de la tauromaquia» (Novísimo Glosario 268-270). La hemos visto aceptada nada menos que por Domingo Ortega, varios años después. Que Manolete le había impresionado, lo comprobamos cuando poco después el Glosador hubo de referirse a una, ésta sí fuerte afición suya (Ibidem 333-330). Advirtió, no hacía falta que lo hiciera, que él no era aficionado al folklore, y sí se tratara de pretendidas psicologías nacionales, menos aún. Esto no impedía que él separase del profuso universal repertorio, que iba desde el refrán al rito y desde la danza al litigio, tres o cuatro instituciones capitales, que de verdad florecen en lo entrañable de algunos pueblos. Una de esas instituciones, como la monarquía, como el municipio, eran los Xiquets de Valls. Los describió para sus lectores madrileños. No era una institución foral, nacional; Cataluña la compartía con el Irán. Se practicaba en una parte del Irán. Igual en Cataluña, allí donde se articulaban Barcelona y Tarragona, en las tierras del Panadés. En Irán, «se figuraba que no en la más semitizada, sino en aquella donde se guardaban inmemoriales inspiraciones del Avesta y de los arios, que dualistas por constitución, habían colocado la moral en la justicia y la gracia en el esfuerzo». El espectáculo poseía una calidad soberana y levantaba el corazón de las muchedumbres con brío extraordinario. También el corazón del Glosador parangonaba «el papel lúdico de los Xiquets con el que en otras partes (en España) tiene la fiesta de los toros». Parecidos en despertar un entusiasmo frenético. Con la ventaja, para el Glosador, de que, carentes las torres humanas de emoción patética, ofrecían una mayor calidad plásRafael Gibert 116 Ors, los Ortega y los Toros 117 tica. Reconocía que en las torres estaba ausente el dinamismo de la fiesta de los toros, pero esto era preferible desde el punto de vista de la escultura: «No se niegue, por otra parte, que, dentro del ciclo manoletiano, la fiesta de los toros tiende a eliminar o atenuar, como secundarios, ciertos valores del dinamismo» [Ibidem 334). Una entrega de xenias, en el 4, trenzó el elogio a los estilos de Manolete y del cirujano Puig Sureda: «Quédate aplomado, opera tranquilo, si un vivir -o el tuyo-penden de un hilo» (lbidem. 711). Yel aplomo era la virtud viril por excelencia para el Glosador. Un cambio radical se había producido cuando en el curso de la obra literaria de Eugenio d’Ors encontramos la siguiente página. Hemos consignado el diálogo con Emilio García Gómez. También debe figurar aquí la amistad con Manuel Fig. n.º 54.- Fotografía sacada del texto original. Corrida de toros en un pueblo (composión y dibujo de David Perea). Machado, intensificada en esta época por encuentros académicos (NGL III, 727, 1039-40. Novísimo, passim). Movido por sus colegas o por propio impulso don Eugenio fue a la plaza. En el diario Arriba del 19 de junio de 1946, no en su Glosario, sino en la página 5, dedicada a los Toros, aparece el artículo de Eugenio d’Ors “Sobre la perfección y sobre Domingo Ortega”; lo ilustra una foto del retrato del diestro por Zuloaga. Está dirigido a José María de Cossío, que recientemente en la misma sede (8 y 13 de junio) había escrito sobre lo perfecto y lo inacabado. Para d’Ors, la preferencia por lo imperfecto era un rasgo romántico, y abusivo buscar en ello un signo de caracterización nacional. Rechazaba que se aplicase a Velázquez el calificativo de acabadito. La afición radical a lo imperfecto no era para él un carácter sino un estado. Se había permitido Cossío inventarle el «me conviene» que iba a hacerse famoso. ¿Podía ocurrir que en la perfección se perdiera la gracia? La gracia la da Dios a quien la tiene. Mozart no la había perdido; San Juan de la Cruz tampoco. Antonio Valencia, en el mismo periódico, había descubierto la vocación por lo perfecto en Juanito Araquistain, clásico del juego de pelota. El escrito terminaba: «Vámonos a los toros... íbamos a admirar, una vez más a Domingo Ortega. Mi experiencia corta ha podido canonizar en este domingo el caso Domingo Ortega. No ha esperado a que estuviese su efigie en la Academia Breve para declarar a quien quería oírme que sólo Domingo Ortega me ha dado en la arena los diez minutos de perfección cumplida y sin falla que en este arte mi apetencia por lo bien logrado podía esperar. Entre el orden dórico. representado aquí por el aplomado Manolete, y el impresionismo demasiadamente fugado de tanto corintio matador galardonado por mil orejas, Ortega y su orden jónico alcanzaban la madurez de la maestría». El 6 de agosto siguiente Antonio Díaz Cañabate, en el mismo periódico, publicaba su crónica: “La perfección de Rafael Gibert 118 Ors, los Ortega y los Toros 119 Domingo Ortega”, donde afirmaba que en la alcanzada por el maestro aquel año, cabía la superación, y tras reproducir las “palabras magistrales” de Eugenio d’Ors en aquel mismo lugar, añadió: «Perfección cumplida y sin fallo: esto es lo que vimos el domingo pasado en el ruedo de la plaza de Vitoria», Antonio Díaz Cañabate cuenta, en su Historia de una tertulia, que una noche, en Sevilla, de donde acababa de llegar, Eugenio d’Ors había visto torear a Gallito y que, fuertemente impresionado por su gracia y elegancia toreras le había dedicado un artículo (más probable una glosa). Interrogado sobre la suerte de ese presunto escrito, el maestro respondió con vaguedades que indujeron al cronista a suponer que no se había realizado. Pocas noches después, coincidieron en la Tertulia don Eugenio y Gallito; este se adelantó a don Eugenio y le pagó el café. En ausencia del diestro, el Glosador le comentó a Cossío: «¿Ha visto usted? Me ha invitado Gallito. ¡Claro, como ya casi soy revistero!» El testigo supone más adelante (pág. 269) que en una tertulia en la que sólo se habló de toros, don Eugenio debió de pasar una mala noche porque no hizo sino escuchar toda la velada. «La conversación de toros le aburre». Yel mismo don Eugenio habría dicho: «Yo en esto de los toros soy un antofagasta parcial», expresión creada por García Lorca para designar una clase de pelmas en tertulia, precisamente por sus intervenciones inoportunas, pero el sabio silencio del Glosador indica que también en esta disciplina había tomado la mejor parte. Varios lugares del Glosarlo nos muestran qué auténticamente le había impresionado el arte taurino. «Derribar temas» aconsejó a sus amigos que iban a deliberar sobre el libro español. «A los temas, en reuniones de esta índole, no hay que pretender hacerles objeto de una verdadera corrida de toros, con suerte de matar, sino de una especie de fiesta campera, con acoso y derribo. Se pica al toro, es decir, al tema, en el lugar preciso y conveniente y lo demás, ya viene solo. Parece que esto resulta infinitamente más útil para la ganadería (Novísimo 194-195)». Ciertas mareas, en la natación, le dieron la impresión de «los toros huidos y mansurrones, que se arrancan al bulto con la intención más aviesa... Andas y andas para acercarte al enemigo; y el enemigo, apenas te tiene a mano, salta sobre tí y te revuelca» (Ibidem 212-213). Descubrió la técnica del matador de reses bravas: correrlas, desorientarlas, excitarlas y fatigarlas a la vez, preparándolas a la suerte suprema, en que, desprovistas ya éstas de medios defensivos, no pueden evitar el ataque brusco, la estocada [Ibidem 626). Aunque en algunos casos el toro herido termina con el torero y se cobra todas las muertes de su raza. Elogió el arte de torear de Zuloaga (Ibidem 710), que comprobaremos. Proclamó como mérito del Misterio de Elche su «riesgo a lo taurino», que le impedía ser un espectáculo (Ibidem 731). Lástima que, suspendidos durante su estancia en Pamplona del 36 al 39, los encierros –forma de arte taurino ordenado, civil colectivo, ceremonioso, noble y popular– los considerase todavía bajo enseña turística, sin relación alguna con aquel Misterio (lbidem 275). Con estupor aprendo que tuviera por tan bárbaro el derribo de una catedral como el encierro de los toros en San Fermín (Ibidem 825), o menos respetable una plaza de toros que una academia en cuanto a la división de opiniones (lbidem 631), como había reprochado a la República buscar embajadores en las plazas de toros (Nuevo Gl. III, 514). ¿Dónde mejor? Trataba del pintor Salvador Dalí (Novísimo 442). Frente a sus críticos que señalaban su significación vanguardista, el Glosador quería sostener su interpretación tradicional, y lo expresó con esta imagen: «Mientras más se arranca el esnobismo ante el percal rojo de la pintura de un Dalí, mejor se le hunde hasta la cruz el estoque de nombrar a Jerónimo Bosco». En otro que ahora no consigo localizar, adoptó de la continuidad de los pases en una faena la cualidad que debían tener los argumentos en una discusión. «Una conferencia debería ser siempre como un Rafael Gibert 120 Ors, los Ortega y los Toros 121 pase en la lidia de un toro. No se le da al toro un pase para dejarlo como estaba. Prepara a la estocada suprema que alguien dará, un día, con mejor espada» (Ibidem 595-596). Con esperanza, he buscado en las glosas inmediatas a la tragedia de Linares, 29 de agosto de 1947, algún eco de la impresión que debió de producir en quien tanto admiraba la prestancia y el aplomo del héroe, pero sí tenemos la fortuna de contemplar dos columnas que el Glosador debió de leer, y en las que brilla una afinidad con su propio pensamiento, y una sabrosa información, bajo la cual late el diálogo, su preferencia. Reprodujo el Arriba del 3 de septiembre un comentario por Joaquín de Zugazagoitia, alcalde de Bilbao y director de El Pueblo Vasco, donde a propósito de Manolete opinaba haber sido Belmonte un torero barroco y Joselito un clásico. Según esto, Manolete sería un neoclásico, el primero que pisó el terreno del toro, instaurador de un nuevo y prodigioso estilo; asentado en un valor sereno y lúcido. Le evocó quieto y erguido, eje de los movimientos del toro que giraba dócil en su tomo. Yle identificó con la filosofía estoica del cordobés Séneca, por su sobriedad. Exaltó su pundonor y el mérito de una paz ganada en el peligro. Pocos días después, el 16, Arriba publicaba la crónica de su corresponsal en Roma Rafael García Serrano “Manolete junto al Coliseo”. Le había dado la noticia Luis García Alonso, el agregado de prensa de la embajada española. Il corrieree della sera llamó a Manolete «Beethoven de la tauromaquia». El corresponsal evocó las grandes faenas del desaparecido, mayor torero de toda la historia, y definió su «angélica lidia». «El Coliseo le traía a la sangre un viento de plaza de toros, antiguo y clásico». Pidió que Dios le diera para descanso una tarde infinita, de oro y azul. III Dos veces Pepe Ortega –mejor llamarle así en esta ocasión– declaró no ser un aficionado a los Toros y se reservó la opinión que tenía acerca de la fiesta nacional. Se acercó, pues, al tema por pura devoción intelectual ante un hecho que le parecía importante y significativo. Yvino a ser el máximo teórico del rito que identificó con España. Raro es que no llegase al convencimiento de que la vertebra. Hay una confesión que le delata: había asistido a las corridas en el tiempo de su propia adolescencia, cuando las impresiones se graban más enérgicamente. Tal vez le llevó su buen padre, don José Ortega y Munilla, éste sí declaradamente aficionado, como él mismo llevaría a su hijo Miguel, acaso con la misma lealtad que le impulsó a hacerle bautizar en la iglesia católica, por cumplir el compromiso contraído y para que no dejara de ser íntegramente español. Un alto tratadista y, sin embargo, no dejó un estudio sustantivo, acabado, sistemático sobre la Tauromaquia pues en sus planes de trabajo filosófico, que se iniciaron con la Meditación de El Escorial (1914), quedó sólo el título enigmático de Paquiro o de las corridas de toros. Pero una serie de escritos y disertaciones ocasionales ha aportado a la Fiesta un estudio en cierto modo definitivo. Aparte de su amistad con toreros, él fue un gran lector sobre el arte y la ciencia de los ruedos, y lo más decisivo: toreó. El texto quizá más sustancial de Ortega acerca de los Toros surgió de un modo incidental en el curso de sus lecciones en Madrid durante el invierno de 1948-49 sobre Toynbee y la Historia Universal. Al comenzar la VII, mencionó que dos semanas atrás su amigo y tocayo Domingo Ortega al terminar una lectura densa y larga le había dicho: «Hoy la faena ha sido dura». Y en seguida no pudo reprimir la indignación que le había causado un comentario periodístico acerca de la asistencia de toreros a sus disertaciones. Le sorprendió que «tales mentecatos no tuvieran idea de lo que debe ser la ciencia ni de lo que es y ha sido el toreo en España». Entonces declaró que el rigor de la doctrina expuesta y la presencia de toreros en su auditorio eran dos hechos que juntos formaban una realidad inexcusable. Tuvo un Rafael Gibert 122 Ors, los Ortega y los Toros 129 cuando desde muchos siglos antes había desaparecido de todo el mundo. Las causas de esta perduración no han sido esclarecidas. Sólo es patente en las últimas tres centurias. Las fiestas nobles de toros, primero, y las corridas populares después, han logrado su artificial conservación. No sé si se tiene esto bien en cuenta, si se está atento a que esa función del coraje, lo que en la terminología taurina se llama casta, es superlativamente inestable y siempre a punto de extinguirse». La furia de nuestra res brava no se parece a ninguna otra en el mundo animal aún existente. Esto hacía muy difícil explicar el origen zoológico del bovino que con tanta pasión la ejercita. De un lado, aparece el toro específicamente bravo rodeado por todas partes de vacunos domésticos en que tal o cual individuo manifiesta ocasionalmente furibundez, pero que como linaje han hecho proverbial su mansedumbre. De otro lado, hay que todas las variedades de bovinos domésticos y mansuetos provienen de un toro originario, el bos primigenius, que era feroz (pág. 28). Acerca de lo cual utilizaba antigua (1919) y nueva (1950) bibliografía de la especialidad. La nota terminaba con su aprecio de la publicación, que vino a ser su epilogo: “La conferencia de Domingo Ortega es un documento único en la historia de la tauromaquia porque en ella un maestro insigne del arte se ocupa en definir menudamente el esquema de movimientos en que la técnica del toreo consiste». Pero, naturalmente, él tenía algo propio que decir. Por fortuna, los editores de sus obras completas no han tenido reparo en dar a luz inéditos, y entre éstos figura el muy denso y valioso que ellos han calificado, en mi opinión, de un modo insuficiente, como «borrador» de aquel epílogo. Se trata de algo más: un ensayo independiente y sustantivo, que vamos a repasar. Merece una lectura completa y detenida: aquí podemos darle tan sólo una ojeada que incitará sin duda al lector a completarla. Se ve que al redactar aquel epilogo, se desvió el autor hacía el tema central del toreo y el toro, pero se interrumpió, por entender que le llevaba demasiado lejos, y así ha quedado inédito este capítulo, por fortuna rescatado en las OOCC IX. 459-470. Define allí el autor la relación entre el torero y el toro como lo que los matemáticos llaman un «grupo de transformación», al parecer, tema científico difícil para nosotros. También consideraba el asunto desde la geometría para descender luego al lenguaje taurino y hablar de «los terrenos» del toro y del torero. Pues bien, la intuición de esos terrenos sería según él, un «don congénito y básico que el gran torero trae al mundo». En virtud del cual sabe el torero estar siempre en su sitio, porque ha anticipado infaliblemente el sitio que va a ocupar el animal. Todo lo demás es secundarlo. El continuo ejercicio permite a quien carece de ese don aprender los rudimentos de esa ciencia y le permite realizar, por ejemplo, los capotazos de los peones. «Pero el torero auténtico y pleno presupone ineludiblemente aquella extraña inspiración cinemática que sería, a juicio de Ortega –que nos convence a todos– el más sustantivo talento del gran torero». Este don, apuntemos, es el que hace al gran poeta, al gran músico, al gran pintor, al gran arquitecto. Por eso la excelencia aparece, decía, en las primeras actuaciones. Yen caso bien reciente hemos visto que apenas al salir de la infancia. «Tampoco el torero se hace, sino que nace». Importa retener que sobre la base del don (aquello que se da gratuitamente y por benevolencia) crece todo lo que Ortega entendía como importante, aunque secundario: valor, gracia, agilidad... Ahora bien, esa intuición de los terrenos encerraba un enigma. Su primer componente era la comprensión del toro, como género, no el conocimiento de sus variedades, que se adquiere por la experiencia sino la condición general en virtud de la cual el toro es un animal que embiste, y este acto del toro tiene una característica singular, que lo hace diferente de, por Rafael Gibert 130 Ors, los Ortega y los Toros 131 ejemplo, la furia de un hombre, que le saca de sí. Para el toro embestir es su condición constitutiva, en la que llega al máximo de su potencia vital. Del modo más gráfico y expresivo dice Ortega que el toro es un profesional de la furia, su furia es dirigida y esto es lo que permite al torero adaptarse a esa furia. No basta comprender todo esto en general. Es preciso que el torero lo comprenda en cada momento, a medida que va efectuándose, lo cual significa una compenetración genial, espontánea, instintiva, entre el torero y el toro. Si bien se mira, algo semejante ocurre en cualquier actividad humana: la del político, la del militar, la del empresario, la del futbolista, la del comerciante, la del banquero. Por eso hay genios en todas las profesiones y oficios. Hasta barrer una calle puede ser el objeto de análoga compenetración entre la vista y el brazo del hombre, la escoba y la basura. Por eso hay quien barre bien y hay quien barre genialmente. Ylo mismo un barbero. El secreto de la vida es saber para qué estamos dotados, Descubrirlo a veces la ocupa toda. Hasta un vago perezoso tiene un don que le hace ser perfecto en su... tarea Lo peculiar es que Ortega vino a descubrir que la esencia originarla del toreo estaba en la luz de la inteligencia. Ya José Daza había escrito en el Setecientos que «torear es un arte valeroso y robusto. engendrado y distribuido por el entendimiento» (Cossío II, pág. 170). «La lúcida percepción de lo que el toro va a hacer en el momento inmediato –coincidió Ortega– es lo que determina el movimiento o la quietud del torero». Advertimos que el filósofo había leído con profunda atención las páginas escritas por el torero Ortega y las interpretó lleno de entusiasmo en su propio lenguaje. Resumió su doctrina: «Torear bien es hacer que no se desprecie nada en la embestida del animal, sino que el torero la absorba y la gobierne íntegra». Ante la furia el profano o el mal torero ensaya una fuga; el gran torero se apoya en esa furia como un muelle y es ella la que sostiene su acción. Ahora comprendemos por qué Eugenio d´Ors. espectador even- tual y ajeno al mundo de los toros, acertó a ver en una actuación de Domingo Ortega la perfecclón absoluta de este arte. El primer axioma de la geometría taurina Ortega lo encontró formulado en dos versos del poeta Zorrilla: «El diestro es la vertical / el toro es la horizontal», De ese axioma derivaba algo que mi ignorancia no me permite entender: «la medida en que la horizontal sea más corta se va asemejando a la vertical y el toreo se hace más difícil». Ese teorema había producido un cambio en la historia de las corridas de toros. El autor abrevió explicaciones. Distinguió el toro navarro y el toro andaluz, prescindiendo de la variedad castellana. En el toro navarro, corto y nervioso, la horizontal es mínima y se asemeja a la vertical. El toro andaluz es más largo y más tardo en revolverse. Asu vez, en el pueblo español había dos repertorios de movimientos, que el toreo reproducía y estilizaba: el vasco y el andaluz. El vasco se mueve en ángulo y zigzag, como se ve en el arescu; el andaluz, en línea curva, larga y morosa. La suerte del toreo navarro sería el quiebro, rápido, para que el toro al revolverse encuentre en suerte al torero, mientras el toreo andaluz es de mayor reposo. No era posible precisar cuál de estos dos estilos era anterior pero, aislado el dato de que el nombre del primer torero que se presentó con una cuadrilla disciplinada llevara un nombre vasco, el autor se inclinaba a opinar que la reglón vasco-navarra tuvo cierta presencia en cuanto a las corridas de toros, aunque el gran desarrollo andaluz de la fiesta hubiera llevado a la conclusión de que la fiesta era una creación andaluza. En este punto el autor se detuvo y volvió al prólogo del libro, en la forma en que lo conocemos. Así, pues, su tarea quedó inconclusa. Diez años después volvió a surgir, de un modo incidental en medio del curso sobre Toynbee que hemos referido al comienzo de esta lectura. Se ve que no había dejado de preocuparle. Aún ha llegado a nosotros (IX, 465-470) otro fragmento inédito, sin fecha, conservado entre los papeles del autor. Una Rafael Gibert 132 Ors, los Ortega y los Toros 133 redacción, como solía, previa a la exposición oral, que luego se apartaba del texto preparado, según la oportunidad del momento o bien guiado por la propia inspiración. Esta vez se trataba de un brindis que debía pronunciar en un banquete ofrecido en homenaje; por causas que ignoramos, no llegó a celebrarse. Lo insólito de la ocasión, que había atraído a la Radiodifusión nacional y extranjera (por lo que quizá pueda fecharse en tomo a aquel curso público de 1948-49, en el que se pretendía encontrar, no sin razón, una clave política), era que se reunieran «a comer unos toreros en torno a un filósofo». El hecho era auténtico, lo que llevó al impenitente filósofo a analizar la autenticidad: «Todo lo que es históricamente real y genuino acontece ... porque ha resultado así» (pág. 466). O como decía Bernard Shaw, «la cosa sucede» (The Thing Happens). Preveía decir en ese brindis que era la «primera vez que se iba a hablar de las corridas de toros seriamente», iba a pedir que no se enfadasen los aficionados. Porque lo propio de ellos era hablar no seria, sino apasionadamente. Este era su cometido, que llenaba todo un hemisferio de la fiesta: la inmensa resonancia que produce en cafés y tabernas, tertulias y periódicos, lo acontecido dentro de la plaza. Esta era, para Ortega una de las gracias de las corridas de toros, que siendo acción silenciosa (hoy los micrófonos permiten conocer a los teleadictos cuanto y bien se habla en el ruedo y desde los burladeros, en la barrera y desde los tendidos) daban mucho que hablar. Pidió que imaginásemos que mágicamente se extirpase de la vida española todo lo hablado y escrito sobre Toros durante los dos últimos siglos: un hueco enorme, un pavoroso vacío se abriría. Entre los aficionados, declaró, sólo unos pocos, beneméritos, se habían ocupado de buscar y reunir datos sobre las corridas de toros. Gracias a esta labor, él podía intentar su peculiar tarea. Expresó su gratitud a esa labor que culminaba en la obra coordinada por José María de Cossío Los Toros. Pero reconocido su mérito aún se veía obligado a decir que tampoco ellos, aficionados curiosos, habían hablado en serio de los Toros. Yaquí puso un escolio sobre la seriedad que exigía partir de la no-existencia de las cosas antes de su existir. Tomando el hilo, para un español, dijo, la palabra torono era lo mismo que bull para un inglés, o el Stier de un alemán. Para un español que llevase en sus venas la sangre nacional, lo que la mayoría de nuestros compatriotas habrían perdido: la continuidad de la tradición desde veinticinco años atrás. Calculamos que hacia 1920, al final de la guerra europea. El español de cepa consideraba toro, no el macho bovino, sino aquel que con cuatro o cinco años poseyera casta, poder y pies. Con menos de cuatro años no era toro, sino becerro o novillo. Sin aquellas tres cualidades, toro malo. Con una advertencia sobre el relativo valor del tamaño, el filósofo, que en algún otro lugar había expresado la índole íntimamente taurina del acto de dar una conferencia se dispuso a decir algo a porta gayola. Ala palabra toreo se le había constreñido el sentido. Se entendía por toreo al modo de ejecutar una docena o poco más de suertes, unos lances de capa y otros de muleta. Arrancar esas suertes del conjunto de la fiesta falseaba su sentido. Le producía asfixia oír hablar así del toreo, porque estaba acostumbrado a respirar la realidad vastísima, amplísima, enorme, que era para él una corrida de toros. Se remontó a cincuenta años atrás –el tiempo de su primera juventud– en que por toreo se entendía todo lo que ocurría en la plaza «desde que el toro sale del toril hasta que se lo llevan las mulillas». Rechazaba el sentido restringido actual, que falseaba toda la cuestión. En la plaza había, sí, toreros, pero también un público y antes que nada, el toro. Todo esto no era una abstracción, sino una precisa, concreta realidad. Yde esto es de lo que iba a hablar. Aquí queda interrumpido el manuscrito. Conocemos por los fragmentos anteriormente considerados algunas de sus luminosas apreciaciones. La lectura, especialmente por los entendidos, a la luz de Rafael Gibert 134 Ors, los Ortega y los Toros 135 las experiencias de medio siglo más de Tauromaquia viva, hará que se demuestre otra vez el aserto goethiano, según el cual todo lo íncompleto es fecundo. Documento esencial y anterior a todo lo hasta aquí examinado es la carta de Ortega y Gasset no terminada ni enviada a su destinatario, José Maria de Cossío, y fechada en Lisboa el 30 de diciembre de 1943, incluida en el vol. IX de sus OOCC, págs. 471-473. Le acusaba recibo del tomo primero de Los Toros. llegado con retraso y que él había leído –el verano anterior– con bastante cuidado en el ejemplar proporcionado por un amigo. Alababa la enorme labor de este primer tomo, como también la del tercero. recibido al mismo tiempo, pero por su contenido, las biografías de toreros, para él menos interesante. Con menor detención. Nosotros, claro está, consideramos ese repertorio, que el tiempo transcurrido exigiría doblar, como lo más expresivo de la Fiesta con la multitud de figuras que no alcanzaron ni de lejos la maestría..., de fracasos, de insuficiencias, de adversidades. y sin embargo, de esfuerzos, sacrificios, y oscuros adelantos, el grande monumento funerario de una inmensa proeza, en la que destacan unas pocas figuras geniales, superiores, que no hubieran podido producirse sino sobre la base de dicha tarea colectiva, popular, en la que también cuenta la multitud anónima que, como es natural, no puede aspirar a durar en la memoria humana, y no en último término los escritores y críticos taurinos, que convirtieron ese humano esfuerzo en palabra. Escribió Ortega: «Comprenderá la emoción con que he visto todo esto, pues sobre la que la materia me produce hay el sentirme así como el abuelo de esta obra». Que estaba bien, muy bien. Pero la solidaridad en que se sentía respecto al autor y a su trabajo le obligaba a expresarle algunas desiderata que le pasaban por la cabeza. Las circunstancias no habían permitido que durante la gestación de la obra (que, como sabemos, tuvo lugar desde 1935, en Madrid y en medio de la guerra civil), estuvieran «juntos, en canje constante de ideas y proyectos». Entendía él que la obra debería irse elaborando hasta su perfección. en sucesivas ediciones. Lo logrado era mucho y reclamaba que todos los amigos contribuyeran con su colaboración. El libro se vendía muy bien en Lisboa. Rogaba al autor que, cuando se preparase una nueva edición, le dieran aviso, y que él le enviarla un minucioso y completo dictamen sobre ambos tomos, dictamen a un tiempo entusiasta. desinteresado y riguroso. En su opinión, debía desaparecer el capítulo dedicado a la zoología del toro, que Cossío había redactado con la colaboración de un profesor de la Escuela de Veterinaria de Madrid, y donde se analizaba la anatomía, la fisiología. la patología y la psicología del toro. En cambio era preciso que «el señor Vera ampliase mucho con morosidad y fruición su encantador capítulo». Se refería, sin duda, al capítulo que Cossío declaraba haber escrito con la colaboración del competente aficionado Alberto Vera y que trataba de las ganaderías. Ignoraba Ortega si en el segundo tomo se iba a volver con detalle a la historia de las ganaderías y a su prehistoria, pero el tema necesitaba ser muy documentado. Era espléndido el capítulo de las castas con su anejo de índice alfabético y de toros célebres (por el número de varas tomadas y el de caballos muertos o por haber puesto fin a la vida de toreros famosos). En opinión de Ortega, era conveniente añadirle: «un aparato automático para poder encontrar en cualquier punto de su historia toda ganadería del pasado. Ydividiendo este pasado en cuartos de siglo o periodos no mayores, determinar listas con las ganaderías (de) la mayor prez en cada sazón». Insistía en el punto de vista histórico: «Importa mucho acusar en todos los elementos de la fiesta las etapas por que ha pasado». Excelentísima idea había sido la del diccionario de las plazas. Era necesario completar las medidas de algunas que faltaban por azar o por olvido. Yen la introducción convenía discutir con dictamen de técnicos (toreros y aficionados) las ventajas y desventajas de las plazas grandes y las chicas. Rafael Gibert 136 Ors, los Ortega y los Toros 137 Proponía hacer una encuesta, mediante circulares enviadas a gentes de las ciudades y villas, preguntándoles por curiosidades ocurridas en las plazas. En cambio proponía suprimir el Anecdotario (de ocurrencias y agudezas de toreros), no sólo por gravemente insuficiente, sino porque a su juicio falseaba por completo la realidad del torero, de los toreros individuales y de la fiesta en general. Encontraba desproporcionados los capítulos dedicados a “Clases de fiestas” y “Al margen de la lidia”. Había que agrandar el primero y achicar el segundo. De este volumen quitaría las “Suertes en desuso”, trasladándolas al tomo II si en éste iba a ir la historia del toreo; allí estarían arropadas y comprensibles su existencia y su desaparición. En este primer tomo, Ortega no trataría sino de la tauromaquia de nuestro tiempo, es decir, la que en su torso había permanecido desde Paquiro hasta hoy. Se refería tal vez a la obra de Francisco Montes, Paquiro (1805-l851). En este punto formuló Ortega su visión histórica del arte, que revela la intensidad de su interés y la profundidad de sus conocimientos. Plan que ojalá encuentre un continuador. Presenta una variante de su doctrina de las generaciones, al distinguir entre estados y transiciones: «Mas como las extremidades o periferia de ese torso sí han tenido variaciones, yo no dejaría, muy subrayadamente, de hacerlas constar no considerando como figura canónica del repertorio de suertes la que domina desde hace quince años (es decir, 1928), porque es típicamente inestable y no formará época –es patológicamente reducida– sino que será pronto vista como mera transición. Bien claramente aparecen en el pretérito dos clases de épocas. Aun empezando sólo en 1835, tenemos: Paquiro, Chiclanero, Cúchares, estado del toreo a que sigue transición, hasta el Gordito, con Lagartijo. Frascuelo y el Guerra –que fue el de Fuentes–, los Bombas, Machaco, nuevo estado con Joselito y Belmonte. Los conceptos de estado y transición son independientes, aunque suelen coincidir en las etapas gloriosas o descaecidas. La fiesta de toros toma estructura tauromáquicamente distinta en cada estado, la cual se puede definir rigurosamente con larga lista de atributos donde se advierte que ni un solo elemento de la corrida ha dejado de sufrir. en uno u otro sentido, modificación». La objeción fundamental que puso a los dos volúmenes publicados (I y III), y especialmente al capítulo del “Análisis”, era que el toreo estaba demasiado visto desde su momento actual. La preferencia por el presente era inevitable en la óptica histórica, pero debía ser compensada mediante otra impuesta por la evolución misma del arte. Con esto, solamente iniciaba la conversación, lo de menos era tener o no tener razón. Lo de más, el cariño y el interés con que había leído el trabajo. La carta quedó interrumpida. El doctor Miguel Ortega Spottorno, en su admirable Ortega, mi padre (1983), nos ha dejado el más valioso testimonio acerca del pensamiento, y lo que es, según Goethe, primero: la acción del filósofo ante el Toro. Fiel fotógrafo suyo (aparte otros oficios: su médico, su conductor, su acompañante, su confidente, su embajador), le debernos dos Instantáneas, en las que don José aparece, respectivamente, «toreando de capa un toro no grande pero de cinco años y gran cuerna de la ganadería de Lastur, y al quite del toro que cita Ignacio de Zuloaga». Esto ocurrió en Azpeitia, el año 1935. Relata el biógrafo íntimo y fiel, que a Zumaya, donde en los años veinte veraneaba la familia, vino Juan Belmonte. Ambos, con Ignacio de Zuloaga, organizaban a beneficio del hospital festivales taurinos que se celebraban en una plaza de madera mala y vieja. Ortega temía que se hundieran los tendidos. Aunque se toreaban becerros, en uno de esos festivales Belmonte resultó cogido y le asistió el doctor Jauría, médico de Zumaya, que lo era también de la familia Ortega. Lafuente Ferrari, en su libro sobre Zuloaga, se refiere con detalle a una de estas becerradas, de 1924, en la que actuaron Belmonte, el Rafael Gibert 138