La independencia de América: Primer centenario y segundo centenario
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LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA PRIMER CENTENARIO Y SEGUNDO CENTENARIO
JACINTO CHOZA, ANTONIO DE DIEGO, JESÚS FERNÁNDEZ MUÑOZ Y JUAN JOSÉ PADIAL (editores) LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA PRIMER CENTENARIO Y SEGUNDO CENTENARIO THÉMATA C S I C - U C A L D A S - U C V - U M A U P B - U S - U V A W I S E
Editado con la ayuda de la Junta de Andalucía como incentivos a actividades de carácter científico y técnico, modalidades de congresos y publicaciones, convocatoria 3/2010. Este libro se publica con la colaboración de las siguientes entidades: Consejo Superior de Investigaciones Científicas: CSIC Universidad de Caldas: UCALDAS Universidad Central de Venezuela: UCV Universidad de Málaga: UMA Universidad Pontificia Bolivariana: UPB Universidad de Sevilla: US University of Virginia at Wise: UVA WISE © Jacinto Choza, Antonio de Diego, Jesús Fernández Muñoz y Juan José Padial (edición y prólogo). © Francisca Barrera Campos, Salvador Bernabéu Albert, Marta C. Betancur, Jacinto Choza, Antonio de Diego González, Víctor Hugo Gómez Yepes, Seny Hernández Ledezma, Ignacio López-Calvo, Graciela Maturo, Carlos Mundt, Rosa Núñez Pacheco, Juan José Padial, Jaime Peire, Carolina Pizarro Cortés, Esteban Ponce Ortiz, José Santos Herceg y Guillermo Vázquez Vicente (textos). © Editorial Thémata: 2011. Primera edición, diciembre 2012. Primera reimpresión para América, agosto 2013. Editorial Thémata C/ Italia, 10. Valencina de la Concepción. 41907 Sevilla, ESPAÑA Tlf: (34) 955 720 289 E-mail: [email protected] Web: www.themata.net ISBN: 978-84-936406-2-0 • DL: SE-3714-2012 Impresión: Estugraf • Impreso en España Derechos exclusivos de edición reservados para Editorial Thémata. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin autorización escrita de los editores.
ÍNDICE
– 9 – PRÓLOGO ........................................................................................ 15 1. LOS CENTENARIOS EN LA CULTURA CONTEMPORÁNEA (ABRAZOS Y RECHAZOS) ................................................................. 19 SALVAdOR BERnABéu ALBERt (Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC, Sevilla, España) 1.1. Entre Comte, San Cristóbal Colón y el Ángel de la Independencia .................................................................................. 22 1.2. Los Padres de la Nación: un debate patriótico ............................ 24 1.3. ¿Cómo sobrevivir a los centenarios? ............................................. 26 1.4. ¿Quo vadis, bicentenario? ................................................................. 30 2. CARTAS DE UN PRECURSOR DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA: JUAN PABLO VISCARDO Y GUZMÁN ................ 33 ROSA núñEz PAchEcO (Universidad Nacional San Agustín de Arequipa, Perú) 2.1. Introducción ..................................................................................... 33 2.2. Historia epistolar de un precursor ................................................. 34 2.3. Cartas del conspirador .................................................................... 39 Bibliografía .............................................................................................. 48 3. HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN Y LA INDEPENDENCIA EN EL RÍO DE LA PLATA (1983-2010) ............................ 49 JAImE PEIRE (Universidad Nacional de Tres de Febrero-Conicet, Buenos Aires, Argentina) 3.1. Introducción: metanarrativas sobre las revoluciones iberoamericanas ............................................................................... 49 3.2. Reorientaciones. Continuidades y cambios .................................. 53 3.3. Más continuidades que cambios: los consulados ........................ 59 3.4. Sorpresa historiográfica .................................................................. 61 3.5. Invasiones inglesas y militarización ............................................. 66 3.6. Representación y soberanía ............................................................ 72 3.7. Revolución y guerra, orden y desorden ....................................... 77 3.8. La nueva patria y la comunidad imaginada. Patriotismo. Participación e identificación de las clases populares ................ 87
– 16 – aportaciones puede agruparse en dos áreas temáticas, la identidad latinoamericana y la revisión de la historiografía clásica. La construcción de identidades generales (hispanidad, americanidad, etcétera) constituye el primero de los núcleos temáticos del volumen. Juan José Padial en su “Historia cultural de la hispanidad” analiza la metáfora de la madre patria partiendo del derecho romano y los conceptos filosóficos cristianos y muestra cómo se formó la idea de hispanidad de Ramiro de Maeztu. Carlos Mundt analiza la «autenticidad de ser americano». ¿Qué es más determinante en la construcción cultural de América, la influencia indígena, la criolla o la africana? Gabriela Maturo aborda la construcción de la identidad y del ethos de hispanoamericana, en su diálogo con la modernidad, la postmodernidad y la transmodernidad europea. Esteban Ponce plantea los «disfraces» de la identidad americana durante los dos centenarios. La interacción del mundo indígena, el mundo mestizo y el ethos barroco, que Bolívar Echeverría establece como los ingredientes de Latinoamérica. Ponce sostiene que el ethos barroco no instrumentaliza el mestizaje, sino que asumía en el pasado (y sigue asumiendo actualmente) la pluralidad de América. Marta Betancur explora los imaginarios sociales como elementos imprescindibles para la construcción y la transformación de la sociedad. El imaginario social de independencia creció en red con los imaginarios de igualdad, soberanía del pueblo, justicia y república. Este conjunto de valores aún no ha fraguado en una unidad adecuada, debido a las divergencias de los grupos que han asumido el poder. José Santos realiza un estudio de las historias de la filosofía latinoamericana y de los problemas asociados con ella. Los problemas de la identidad de la filosofía latinoamericana son muy importantes para determinar la identidad latino-americana misma. En continuidad con la historia de la filosofía latino-americana, Víctor Hugo Gómez analiza el valor de la ciencia y la investigación científica en la configuración de su identidad. La reflexión sobre la filosofía y la ciencia es un punto requerido para un balance adecuado en el bicentenario de América Latina. El segundo bloque temático del volumen cuestiona la historiografía clásica y los tópicos anexos reinterpretándolos. Rosa Núñez aborda la figura de Juan Pablo Viscardo y Guzmán, que preparó el camino a la independencia. Ciertas características estilísticas suyas hacen pensar que estamos ante un escritor que poetizó y ficcionalizó la historia indepentista americana mucho antes de que ocurriese.
– 17 – Francisca Barrera, en su estudio sobre el Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chile del jesuita criollo Ignacio Molina, analiza la contribución de un discurso del patriotismo criollo que recoge y aúna los elementos de la tradición, a la vez que los modifica y adapta, de acuerdo a un proyecto ilustrado que exige la creación de una identidad progresista y moderna. Ignacio Molina tiene muy en cuenta la diferencia americana y construye un núcleo protonacional chileno. Jaime Peire en “La historiografía sobre la independencia en el Río de la Plata en el bicentenario” muestra la evolución de los criterios historiográficos desde 1983 hasta la actualidad. Desde la renovación de fuentes, pasando por el mayor protagonismo de las clases populares, hasta la restitución los sentidos «diversos» que hay en la historiografía. Seny Hernández explica la constitución de la Junta Suprema de Venezuela conservadora de los derechos de Fernando VII, y establece relaciones entre la formación de la nación venezolana y la participación política, las creencias y los comportamientos de los diversos grupos culturales que intervinieron en el proceso. Ignacio López-Calvo analiza el papel de los culíes chinos en la guerra de la independencia cubana. Este grupo étnico, que estaba profundamente marginado en la época colonial, se muestra como uno de los factores independentistas. Guillermo Vázquez analiza la independencia de Costa Rica, que después de tres siglos como parte de la Corona Española, inicia su independencia con grandes problemas en su proceso de integración regional puesto que en la constitución de aquella primera República Costaricense no se explicitaban propósitos generales de carácter económico, político y social. Por último, Antonio de Diego aborda los centenarios desde la historia de la ópera, siempre asociada en América a la celebración y al poder, y analiza distintas óperas en diferentes contextos históricos. Muestra el modo en que estas obras expresan los ideales políticos de cada momento histórico. La Escuela de Estudios Hispanoamericanos del CSIC y su director Salvador Bernabéu han hecho posible, con su ayuda, la celebración de este tercer seminario, así como los participantes que se desplazaron a Sevilla, que por unos días volvió a convertirse con todo derecho en la capital simbólica de Latinoamérica. Quede aquí constancia del agradecimiento a todos ellos. El III SICLA, siguiendo la tradición, ha vuelto a ser un encuentro fructífero y rico. No solo por el nivel de académicos de los trabajos presentados, sino también por las perspectivas abiertas en las conclusiones
– 18 – del seminario. A los profesores que participaron en ediciones anteriores, se les han unido nuevos especialistas de diferentes áreas (filosofía, historia, literatura, ciencia política, etcétera), que han abierto nuevos horizontes y posibilidades al SICLA. Se espera que estos trabajos sean de utilidad para los estudiosos de la realidad latino-americana. Jacinto chOzA, Antonio dE DIEGO, Jesús FERnándEz muñOz y Juan José PAdIAL Málaga-Sevilla, 12 de mayo de 2011
– 19 – cAPítuLO 1 LOS CENTENARIOS EN LA CULTURA CONTEMPORÁNEA (ABRAZOS Y RECHAZOS)1 SALVADOR BERNABÉU ALBERT (Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC, Sevilla, España) 1.1. Entre Comte, San Cristóbal Colón y el Ángel de la Independencia 1.2. Los Padres de la Nación: un debate patriótico 1.3. ¿Cómo sobrevivir a los centenarios? 1.4. ¿Quo vadis, bicentenario? COn letras mayúsculas, ha aparecido en nuestro horizonte cultural El Bicentenario. Aparte de la sorna que provocan estas conmemoraciones en algunos periodistas y sectores radicales, incrédulos o desmotivados2, ya entrenados con los festejos y mitotes del V Centenario (1992), lo cierto es que la llegada imparable de las fechas en que se proclamaron oficialmente las independencias de las diversas repúblicas iberoamericanas están llenando de inquietud a los distintos gobiernos de ambos lados del Atlántico. [1] Una primera versión de este trabajo apareció en la Revista de Occidente: “El desafío de la oportunidad: los centenarios americanos”, n.º 341, octubre de 2009, pp. 61-76. En esta ocasión, lo he ampliado, modificado en varias partes y anotado por primera vez. [2] Los ejemplos de abusos son múltiples, como la Academia Bicentenario, una escuela de cantantes a imitación de la Operación Triunfo española, o el Festival Olímpico Bicentenario, que llenó el Paseo de la Reforma de la capital mexicana de veintiséis escenarios deportivos, incluyendo la instalación de una piscina o alberca donde se mojó el multimedallista norteamericanio Michael Phelps.
– 20 – Salvador BernaBéu alBert A priori, el acontecimiento se presenta apasionante, comenzando por la creación de las comisiones nacionales. España, por ejemplo, ha nombrado al ex-presidente Felipe González como embajador «plenipotenciario y extraordinario» con la encomienda de representar a la nación y, en la medida de sus conocimientos y buen juicio, disipar malentendidos. Los trabajos que le esperan al político sevillano serán hercúleos, dada la enorme geografía a atender y los largos tiempos que el bicentenario abarca, ¡nada menos que desde el 2009 al 2021! A pesar de este fichaje estrella, la voluntad del actual gobierno es la de mantener una presencia de baja intensidad, autocrítica y dejando a un lado los protagonismos. Esta actitud, bautizada por el escritor José Tono Martínez como «la estrategia del acompañamiento»3, es la postura defendida por el ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos o por intelectuales como Miguel Ángel Basterier. Sin embargo, el término no es muy apropiado, pues, como indica Sebastián de Covarrubias, acompañar es «ayuntarse uno a otro, o como igual o como inferior», lo que no se termina de aclarar. Y añade el autor del Tesoro de la Lengua Castellana o Española: «Y todo lo que es accesorio se dice acompañar a lo principal, por vía de adorno», lo que equivale a otorgar a España el triste papel de «la estrategia del adorno». Pero vayamos por partes. Uno los países más activos en los preparativos es Chile, nación que ya nombró una Comisión del Bicentenario el 16 de octubre del 2000 por iniciativa del ex-presidente Ricardo Lago. Este rápido alumbramiento ha tenido sus efectos multiplicadores (y quizás devastadores) a tenor de las cientos de comisiones que han surgido a lo largo del país austral. En la página web de los bomberos chilenos se anuncia que: «El Directorio del Cuerpo de Bomberos de Santiago, en sesión efectuada en el mes de enero del presente [2009] acordó constituir una Comisión Especial denominada “Comisión Bicentenario”, la cual tiene por objetivo proponer y coordinar las diferentes actividades que nuestra institución realizará durante el año 2010». Y más al norte, en las desérticas regiones de Arica y Parinacota, para no ser menos, las fuerzas vivas de la región también reunieron su comisión el 16 de julio del 2009, otorgando el «Sello Bicentenario» a la remodelación de dos parques y un aeropuerto y al estudio [3] tOnO mARtínEz, J.: “La estrategia del acompañamiento”, en El País, 10 de octubre de 2010. Puede encontrarse en www.elpais.com/articulo/opinion/estrategia/acompañamiento/ elpepiopi/20090817elpiopi_11/Tes.
– 21 – Los centenarios en la cultura contemporánea (abrazos y rechazos) de dos propuestas: la exaltación de la Cultura Chinchorro y la instalación de las modernas ciclovías en las ciudades. Sirvan estos ejemplos, que se repiten desde Tijuana a Ushuaia, para confirmar la tesis de Pierre Nora de que vivimos en la era de las conmemoraciones. Unas conmemoraciones abusivas, en palabras del malogrado Tzvetan Todorov, quien denunció el frenesí de las celebraciones, con sus cortejos de mitos y ritos, vinculados a ciertos acontecimientos considerados por los políticos del Estado-nación como fundadores de la identidad común4. El citado Nora, que quiso crear una historia contracelebraciones con su gran proyecto editorial Les Lieux de mémoire5, tuvo que reconocer su fracaso al comprobar el poder de la «obsesión conmemorativa» que se ha extendido por todo el planeta. Si es así, nos encontraremos, en los próximos años, con una ingente serie de actos evocadores, que podríamos encuadrar en tres apartados: materiales (edificios, obras de ingeniería, exposiciones, etcétera), simbólicos (banderas, himnos, poesías, esculturas, murales) y funcionales (misas, procesiones religiosas, cabalgatas, banquetes oficiales, recepciones, congresos y desfiles militares), que servirán para sorprender y emocionar a un sector de la sociedad deseosa de dejar por unos días la rutina y contemplar el cielo nacional donde habitan, en armonía, los padres de la patria, las heroínas diligentes y algún que otro caudillo o presidente nacionalista. Todo puede tener su sitio, pues como recuerda Mauricio Tenorio: «Celebrar es una decisión política, no histórica, no historiográfica»6. Sin embargo, negros nubarrones se acercan para aguar la fiesta. El inicio de las conmemoraciones coincide con un escenario narco-terrorista en alza y económico a la baja, que preocupa a todo el planeta. Aunque desconocemos el alcance de ambas pandemias, la segunda parece que se quedará por más tiempo, provocando el descenso del crecimiento económico, la caída de las exportaciones y la disminución de las inversiones extranjeras. Además, la última matanza de emigrantes salvadoreños en México, el recrudecimiento de los ataques de la guerrilla colombiana, los discursos inflamados de Hugo Chávez o las confesiones del viejo Castro han evidenciado la división de las naciones americanas, que componen [4] tOdOROV, T.: Los abusos de la memoria. Barcelona: Paidós, 2008. [5] nORA, P. (dir.): Les lieux de mémoire, 3 vols. Paris: Editions Gallimard, 1997. Véase en especial los capítulos del primer volumen reunidos bajo el título de “Commémorations”, que recoge trabajos de GOuLEmOt, J.-M.; WALtER, E.; AmALVI, C.; BEn-AmOS, A.; ORy, P. y AGEROn, C.-R.; pp. 351-515. [6] tEnORIO tRILLO, M.: Historia y celebración. México y sus Centenarios. México: Tusquets, 2009, p. 23.
– 22 – Salvador BernaBéu alBert un escenario de inestabilidad y gran complejidad. Características que frenarán las iniciativas generales, de gran alcance, desarrollándose bicentenarios a la carta, de impacto local, construidos con modernos métodos de cirugía histórica, que contribuirán poco o nada a diseñar las nuevas metas y retos estratégicos que deberían dirigir las relaciones entre Europa y América Latina y a progresar en la creación de la cada vez más mítica Comunidad Iberoamericana. Cabe preguntarse entonces si los centenarios y sus secuelas (bicentenarios, sesquicentenarios, etcétera) tienen sentido en este principio de siglo, en un mundo global, demasiado acelerado y saturado de espectáculos, ceremonias, premiaciones y saraos de todo pelaje. La respuesta sería negativa por muchas razones, pero habría que matizarla al menos para echar un vistazo a los nobles orígenes de estas conmemoraciones y para conocer, antes de encargarles su funeral, los beneficios que aportaron a la humanidad. 1.1. Entre Comte, san Cristóbal Colón y el Ángel de la Independencia La instauración y difusión de los centenarios debe mucho a la corriente o escuela positivista, inspirada en las obras del francés Auguste Compte y del británico John Stuart Mill, partidarios de que el único conocimiento auténtico era el científico. Confiados en llegar a conocer las leyes de la naturaleza y a situar a la humanidad en la senda del progreso, los positivistas patrocinaron congresos, exposiciones universales y un calendario anual que, a imagen del religioso, honrase cada día, de cada mes, a lo largo del año, a un bienhechor de la humanidad y difundiera los acontecimientos que hubieran supuesto un paso decisivo en la evolución de la humanidad. Se buscaba construir una historia civil y laica del progreso humano en sus múltiples manifestaciones. Así nacieron las costumbres públicas de los centenarios: como justo tributo de admiración y gratitud a los hombres, a las mujeres y a los sucesos que influyeron poderosamente en la historia general del mundo o en la particular de alguna región o rincón. Hasta aquí todo bien, pero lo que ocurrió fue que los centenarios pronto imitaron las ceremonias y las prácticas religiosas: las procesiones cívicas, los lugares de peregrinaje, las grandes concentraciones frente al altar de los descubridores, poetas y pintores, las medallas conmemorativas, etcétera. Las conmemoraciones centenarias se iniciaron en España
– 23 – Los centenarios en la cultura contemporánea (abrazos y rechazos) en 1876 con la dedicada al padre Feijoo. Sin duda, un buen principio por ser uno de los pensadores más punzantes y brillantes de la historia de España. Le seguirían los centenarios de Calderón, Murillo, santa Teresa, Saavedra Fajardo, san Juan de la Cruz y Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz. Esta galería de personajes tenía, sin duda, suficientes méritos para ser conocida y admirada por los españoles. Los centenarios, con su estela de reediciones, ceremonias públicas e inauguraciones de monumentos cumplieron lo que esperaban sus impulsores: fueron didácticos (aumentaron los lectores y admiradores), recuperaron la memoria (aunque sesgada y acomodaticia) y salvaron de la piqueta varios edificios, especialmente las casas natalicias y mortuorias de los héroes conmemorados, a la vez que decoraban las fachadas, las plazas y las avenidas con esculturas, columnas, rotondas, farolas centenarias y bancos decorados con banderas e imágenes de los héroes nacionales. Sin embargo, a pesar de este gran despliegue de esfuerzos, los detractores de los centenarios surgieron con gran rapidez. Las primeras voces discordantes aparecieron en 1892, cuando el IV Centenario del primer viaje de Cristóbal Colón invadió la vida de los españoles. Italia y los Estados Unidos promovieron una celebración del marino genovés, que había sido convertido desde mediados del siglo xIx en un héroe romántico y hasta en un mártir del catolicismo, con serias posibilidades de subir a los altares como magistralmente narró el cubano Alejo Carpentier en El Arpa y la Sombra (1978). Frente a esta corriente, la mayoría de los historiadores y periodistas españoles apostaron por un centenario nacional. En palabras del marino e historiador Fernández Duro: «España habrá de enaltecer entonces primero y ante todo a España, por aceptar la grande empresa, para lo cual las otras carecían de aptitud y arrojo». O en palabras del periodista Ángel Stor: «Hay en el descubrimiento de América un personaje más grande que Isabel y Fernando el Católico, más grande que Colón mismo. Este personaje es España, verdadera protagonista de aquella maravillosa epopeya». En consecuencia, se produjo un torneo honorífico entre España, Italia y los Estados Unidos, que echaron un pulso por protagonizar el centenario. Al final hubo un empate técnico. Italia reforzó la figura de Colón gracias a la Raccolta Colombina, colección documental extraordinaria sobre el marino genovés que cimentó los nuevos estudios colombinos y que sirvió de modelo a las lujosas colecciones y álbumes conmemorativos independentistas que financiaron los diversos gobiernos hispanoamericanos a partir de 1910; los Estados Unidos mostraron al mundo su poderío con la Exposición Universal de Chicago (1893); y España fue el
– 24 – Salvador BernaBéu alBert escenario multicolor de lo banal y lo profundo, lo chabacano y lo serio, la pandereta y la serena pluma. «Vete a hacer el indio» y «que te den dos duros» son los recuerdos populares de unos festejos que terminaron con algaradas y disturbios por la falta de coordinación7. Pero también se recuperaron numerosas páginas olvidadas de la presencia española en América y Oceanía, y se cimentaron iniciativas y amistades que serían aprovechadas hasta por los exiliados de la Guerra Civil8. ¿Todo ello hubiera ocurrido sin el centenario? Posiblemente, pero hubiera costado más. Las conmemoraciones de 1892 sirvieron para popularizar la hazaña colombina, recordando a sus decisivos colaboradores españoles, y para que los diferentes lugares con héroes americanistas los festejaran, sobre todo si se trataba de misioneros, descubridores y conquistadores. El IV Centenario permitió que los esfuerzos de escritores, científicos y políticos por impulsar las relaciones entre América y España encontraran más medios y facilidades para difundir sus deseos y arengas, aunque buena parte de los esfuerzos quedaran solo en eso. Hubo, eso sí, docenas de crónicas de América que se editaron por primera vez, congresos que debatieron medidas comerciales, financieras —científicas y sociales—, y exposiciones que mostraron piezas precolombinas a un público deslumbrado. Las conmemoraciones de 1892 se extendieron por los cinco continentes, si bien, como cabía esperar, fue en América donde encontraron más apoyos. En general, y salvo los grandiosos fastos de los norteamericanos, las repúblicas del sur repitieron los programas y celebraciones europeas con ayuda de los colectivos de emigrantes de Italia y España. La experiencia de 1892 fue muy positiva, a pesar de los excesos y errores cometidos, aunque solo fuera porque sirvieron de ensayo a los centenarios de las independencias que se iniciaron en 1910. 1.2. Los Padres de la Nación: un debate patriótico Hace cien años, las conmemoraciones de las independencias de las diversas repúblicas americanas preocuparon a los políticos de ambos lados del Atlántico. Para España, la coyuntura internacional se presentaba más favorable que en 1892, una vez que había perdido la totalidad de [7] BERnABéu ALBERt, S.: ”El IV Centenario del Descubrimiento de América en la coyuntura finisecular (1880-1893)”, en Revista de Indias, n.º 44, 1984, pp. 345-366. [8] SEPúLVEdA muñOz, I.: Comunidad cultural e hispano-americanismo, 1885-1936. Madrid: UNED, 1994.
– 25 – Los centenarios en la cultura contemporánea (abrazos y rechazos) sus territorios americanos y filipinos en 1898 y dejó de ser una potencia colonial. Además, las ambiciones de los Estados Unidos provocaron que muchos intelectuales y políticos de la época abogaran por el hispanismo como único modo de frenar el agresivo expansionismo yanqui. Pero esta corriente de simpatía tenía que convivir con otra de rechazo del legado hispano, profundamente arraigada y que se manifestaba en los desfiles, las representaciones teatrales, los discursos patrióticos y las ceremonias anuales que recordaban a los héroes de la guerras contra España. Tras la independencia, se elabora una imagen del indio como ancestro metafórico que sería liberado gracias a la independencia. Los discursos patrióticos comparan a Moctezuma con los grandes caudillos de Esparta y Roma, y unen simbólicamente la década de 1820 con la América prehispánica, negando el período colonial y la herencia española. Esta corriente histórica domina en varias repúblicas durante gran parte del siglo xIx. Su uso, como ha estudiado Rebecca Earle, está asociado a los logros del partido liberal, aunque pensadores de otras corrientes también utilizan esta versión indianesca del pasado9. España se convierte en la usurpadora e invasora de unos idílicos imperios indígenas que ahora vuelven a resurgir. Por supuesto, la crueldad y la inhumanidad hispanas de las primeras décadas de la conquista se extienden a las calamidades, violencia y desastres del período independentista, aunque estemos ante auténticas guerras civiles y los políticos e intelectuales republicanos, como vástagos de viejos linajes y colaboradores con los funcionarios reformistas de Carlos III y Carlos IV, tengan alguna responsabilidad en lo bueno y lo malo del régimen colonial. Uno de los debates más interesantes de esos momentos tiene como protagonista a los padres de la patria10. No a todos los nuevos republicanos les gustaba la idea de celebrar a los monarcas precolombinos, sobre todo en aquellos territorios y estados donde las virtudes de estos reyes legendarios no estaban consensuadas o simplemente no existían. Entonces, se buscó el acuerdo en torno a los jefes rebeldes y a las fechas de las batallas que derrotaron a los ejércitos realistas. Nació así un calendario independentista que ha llegado hasta nuestros días con pocas modificaciones. Los argentinos celebran su libertad en mayo; los venezolanos y los colombianos en julio; los bolivianos, ecuatorianos y uruguayos en agosto; [9] Cfr. EARLE, R.: The Return of the Native. Indians and Myth-Making in Spanish America, 18101930. Durham: NC, Duke University Press, 2007. [10] Ibídem. Remito al lector al tercer capítulo de la citada obra de Rebecca Earle, titulado: “Padres de la Patria”: Nations and Ancestors.
– 33 – cAPítuLO 2 CARTAS DE UN PRECURSOR DE LA INDEPENDENCIA AMERICANA: JUAN PABLO VISCARDO Y GUZMÁN ROSA NÚÑEZ PACHECO (Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, Perú) «Se puede decir que cada uno escribe la carta como retrato de su propia alma». Demetrio 2.1. Introducción 2.2. Historia epistolar de un precursor 2.3. Cartas del conspirador 2.1. Introducción JuAn Pablo Viscardo y Guzmán es una figura central en el proceso de la Independencia americana. Fue quien preparó el camino para otros grandes personajes históricos como Francisco de Miranda, Simón Bolívar y San Martín. La historia personal de este precursor tiene fuertes implicancias en la historia de América Latina, ya que su pensamiento repercutió hondamente en el espíritu de lucha por la independencia que envolvió al continente en los siglos pasados. Este precursor forjó sus ideas en el exilio, en medio de muchas adversidades que hasta comprometieron su propia vida. Dichas ideas las plasmó en forma de textos, principalmente cartas y ensayos, los cuales se constituyen como una fuente invalorable para conocer a plenitud su pensamiento. Es necesario destacar que además del valor histórico de
– 34 – Rosa Núñez Pacheco estos documentos, estos tienen un valor literario puesto que la escritura de Viscardo presenta ciertas características estilísticas que incluso hacen pensar que estamos frente a un escritor que poetizó y ficcionalizó no solo la historia indepentista americana sino también su propia historia personal. Esta ponencia está dividida en dos partes. En la primera analizaremos un texto autobiográfico de Viscardo. En la segunda revisaremos la correspondencia que envió a las principales autoridades inglesas con las que creyó podía hacer posible su sueño de liberar América. 2.2 Historia de un precursor Ya han transcurrido más de dos siglos desde que Juan Pablo Viscardo falleciera en febrero de 1798 en Londres y aún es poco lo que se sabe sobre su misteriosa y errante vida. En esta sección contaré su historia a partir de la nota autobiográfica que él mismo dictó a su hermano Joseph Anselmo y que acompañó a la carta que enviaron a Lord Sydney con fecha del 27 de octubre de 1782. La he dividido en tres secciones que corresponden a tres momentos y lugares importantes de su vida: Perú, Italia e Inglaterra. La primera tiene que ver con su origen; la segunda con su destierro; y la tercera con la libertad con que el precursor arequipeño soñó para su patria y América entera. Esta nota autobiográfica de Viscardo presenta ciertas peculiaridades que nos van a permitir indagar sobre el tema de la identidad personal, es decir, cómo él mismo se autorrepresentó a través de la escritura. a) El origen «Joseph Anselmo y Juan Pablo Viscardo de Guzmán, de la diócesis de Arequipa en el Perú son hijos del difunto Maestre de Campo Don Gaspar, y nietos de Don Bernardo Corregidor de Condoroma, el primer alcalde de Arequipa. Fueron a estudiar a Cusco con los jesuitas y después de ingresar a la misma congregación, fueron expatriados a Italia»1. En esta primera sección se menciona los dos lugares claves antes de su exilio: Arequipa y Cusco. La primera corresponde en concreto a Pampacolca, el pueblo natal donde nació un 26 de junio de 1748. Siendo [1] VIScARdO y Guzmán, J. P.: Obra completa. Lima: Biblioteca Clásicos del Perú/4, ediciones del Centenario Banco de Crédito del Perú, p. 369.
Cartas de un precursor de la inpendencia americana... – 35 – aún niños, los hermanos Viscardo fueron enviados a Cusco a estudiar al Real Colegio de San Bernardo donde recibieron una sólida formación jesuítica. La capital imperial ejerció una fuerte influencia en su personalidad sobre todo por los personajes históricos que conocieron como José Gabriel Condorcanqui quien más adelante se llamaría Túpac Amaru II2. En 1767, cuando se produjo la expulsión de los jesuitas de las colonias españolas, los hermanos Viscardo tuvieron que abandonar el país junto a todos los miembros de la orden. Los embarcaron en el navío Santa Bárbara en marzo de 1768 y arribaron a España en agosto para luego ser derivados a Italia adonde llegaron en abril de 1769. b) El destierro «Durante su largo y penoso exilio, hicieron todo lo posible por obtener que la Corte española les concediera el beneficio por lo menos de una pensión a cuenta de los bienes que les pertenecían en el Perú […]. Ellos en el mes de mayo del año pasado intentaron como último recurso apelar a la Gran Duquesa de Toscana por intermedio de dos jesuitas alemanes que están en la Corte de Florencia, también sin resultado»3. Esta segunda sección corresponde a su destierro en Italia, donde los hermanos Viscardo se establecieron por largo tiempo principalmente en el pueblo de Masacarrara. Antes de dicho traslado ellos habían accedido a secularizarse, ya que las autoridades españolas les habían ofrecido el retorno al Perú. Ese período fue muy difícil dada las condiciones económicas en que vivieron sobre todo después que Joseph Anselmo formara familia, de ahí su insistencia ante las autoridades españolas para recibir la herencia paterna. Lamentablemente, los familiares que vivían en el Perú se interesaron muy poco por el destino de ellos, salvo su tío D. Silvestre quien también les dejó una herencia que nunca llegaron a disfrutar. A pesar de esa adversidad, los hermanos Viscardo se enriquecieron con la cultura que se vivía en las ciudades italianas gracias a la presencia de los jesuitas españoles y americanos quienes hicieron posible que los estudios hispánicos y americanistas en Italia alcanzaran un gran nivel4. [2] Cfr. PAchEcO VéLEz, C.: “Juan Pablo Viscardo y Guzmán” en Biblioteca Hombres del Perú. Lima: PUCP, ALVA ORLAndInI, H. (dir.), Fondo Editorial: Universitaria, 2003, p. 384. [3] Ibídem. [4] Cfr. PAchEcO VéLEz, C.: Op. cit., p. 389.
– 36 – Rosa Núñez Pacheco c) La libertad soñada «Las noticias que luego tuvieron sobre la revolución del Perú y conocedores de la disposición de espíritu que dejaron en estos pueblos, los convencieron de que su regreso a la patria y la devolución de sus bienes no dependía ya de la Corte de España, lo que les llevó a emprender el viaje al Perú cuando felizmente les fue dado venir a Inglaterra, según su anhelo. Creen que su concurso sería de gran asistencia en caso de mandar una escuadra a la mar del Sur, no solo por su abolengo y el respaldo de sus bienes, sino principalmente por sus conocimientos de la América española y el idioma peruano que recuerdan medianamente. Ese idioma, que es universal en todo el Perú y Quito, sería absolutamente necesario de internarse de estas tierras». La parte final de este texto autobiográfico corresponde al momento cuando Viscardo comienza a entablar relaciones con autoridades del gobierno inglés, movido más por el deseo de independencia para su patria que por el desengaño que sufrió al no recibir la herencia de su familia. En Italia es donde recibe noticias de la rebelión de Túpac Amaru II que se realizó en noviembre de 1780. Este hecho tuvo gran repercusión en las decisiones que adoptaría más adelante para concebir un plan que permita liberar a América del dominio español. Para ese entonces, los hermanos Viscardo ya habían recorrido varias ciudades italianas y habían entablado contactos con importantes personajes que les proporcionaron información sobre la situación de las colonias españolas. Asimismo, habían conocido al cónsul inglés John Udny, a quien Juan Pablo le envió dos cartas en setiembre de 1781 en las que le dio a conocer su proyecto independentista de España con el concurso de Inglaterra. En 1782, Juan Pablo y Joseph Anselmo Viscardo realizaron su primer viaje a Londres utilizando los seudónimos de Paolo Rossi y Antonio Valessi, respectivamente. Lamentablemente llegaron en una época en la que Inglaterra estaba solucionando sus conflictos con España y Francia, de modo que sus proyectos no recibieron la debida atención, por lo que tuvieron que regresar a Italia en 1784. Esta nota autobiográfica de Viscardo, si bien breve, permite reflexionar sobre el tema de la identidad a partir de la escritura, es decir, sobre la autorrepresentación a través de una autonarrativa, la cual a su vez se convierte en una autointerpretación de su propia vida. Al desarrollar una autonarrativa, el individuo establece una conexión coherente entre los diversos sucesos de la vida, que estima relevantes, al menos para él. La característica propia de la autobiografía es una construcción y
Cartas de un precursor de la inpendencia americana... – 37 – configuración de la propia vida, que siempre está en proyecto de llegar a ser. Esta autointerpretación de la propia vida permite hacerla inteligible o darle significado. La autobiografía representa, pues, un género particular dentro de las «escrituras del yo» como las memorias, los diarios íntimos, las cartas, las confesiones, los autorretratos, las historias personales, etcétera. El relato autobiográfico exige que coincidan la identidad del autor, la del narrador y la del personaje. Es un relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, poniendo el acento sobre su vida individual, en particular sobre la historia de su personalidad. En este caso se restringe a un relato en prosa, referido a un tiempo ya vivido, y donde el yo gramatical (y sus variantes) suele marcar una identidad entre autor/narrador/personaje. Por su parte, el narrador suele ocupar una posición de visión retrospectiva del relato5. En el caso de Viscardo, su breve nota autobiográfica presenta las siguientes características: En primer lugar, hay que considerar dos aspectos: el narrador, es decir quién cuenta la historia; asimismo, el tiempo, es decir cuándo se cuenta esa historia. Respecto a lo primero es necesario mencionar que dicho texto está redactado en tercera persona del plural, exactamente en un «ellos tácito», dado que se refiere a ambos hermanos. El no utilizar un «yo» o un «nosotros» da cuenta de la notoria distancia que el narrador adopta respecto a la vida que está contando, de modo que la relación autor/narrador/personaje pareciera que no tuviera una correspondencia exacta, sin embargo ello no impide que haya una conexión coherente entre los diversos hechos de la vida de los hermanos Viscardo que el narrador está contando. En relación al tiempo, hay que considerar que las narraciones autobiográficas consisten en dar un orden al conjunto de sucesos pasados, encontrando un hilo conductor que establezca las relaciones necesarias entre lo que el narrador era y lo que hoy es. De esta manera, la narración media entre el pasado, presente y futuro, entre las experiencias acontecidas y el significado que ahora han adquirido para el narrador en relación a los proyectos futuros. Por ello mismo, una historia de vida no es solo una recolección de recuerdos pasados (reproducción exacta del pasado), ni tampoco una ficción, es una reconstrucción del presente (identidad [5] BOLíVAR, A. et al.: La investigación biográfico-narrativa en educación. Enfoque y metodología. Madrid: La muralla, 2001, pp. 30-35.
– 38 – Rosa Núñez Pacheco del yo), en función a una trayectoria futura6. En la nota autobiográfica del Viscardo el tiempo empleado corresponde mayormente al pretérito indefinido, el cual se usa cuando la persona que habla da informaciones sobre el pasado y presenta los hechos sin relacionarlos con el momento en que se está hablando. En el texto, toda la vida pasada de los Viscardo está contada en ese tiempo pretérito, y solo en la parte final el narrador utiliza el presente cuando dice que ellos creen que la ayuda de Inglaterra será fundamental para el proyecto independentista. El uso explícito del presente pretende entonces vincular los hechos del pasado con el mismo momento cuando se está hablando. En segundo lugar, esta nota autobiográfica revela un proceso de mejoramiento, según la terminología de Claude Bremond7. Ese proceso de mejoramiento se podría expresar de la siguiente manera: Expatriación-Exilio-Lucha por la Independencia, lo cual tendría también una correspondencia con el cambio de su estado emocional: Felicidad. El sufrimiento se refiere al momento cuando es exiliado a Italia y todos los intentos por regresar al Perú; y la felicidad correspondería al deseo de obtener la libertad para su patria y América y por consiguiente el retorno a su patria. Es necesario mencionar que esta nota autobiográfica no comprende el total de su vida, sino solo hasta el momento cuando entra en tratativas con el gobierno inglés. Si consideramos toda su vida el proceso quedaría de esta forma: Sufrimiento-Felicidad-Desengaño, dado que, como sabemos Viscardo murió en febrero de 1798 solo y sin que su proyecto personal y político se concretara debido a la ambigüedad de la actitud del gobierno inglés respecto al apoyo al proceso de independencia americana, lo cual le provocó una tremenda decepción y posterior muerte. En tercer lugar, el tema de la identidad personal y cultural está expresado de manera muy notoria en esta nota autobiográfica de Viscardo. Polkinghorne, citado por Bolívar y otros, dice que alcanzamos nuestra identidad y la idea de nosotros mismos por el empleo de la configuración narrativa, y totalizamos nuestra existencia comprendiéndola como la expresión de una historia simple que se revela. Así, las acciones pueden ser leídas como textos, donde el autor alterna los papeles del autor/ actor creativo y ―al tiempo― intérprete hermenéutico8. En el texto de [6] BOLíVAR, A. et al.: Op. cit., p. 92. [7] BREmOnd, C.: “La lógica de los posibles narrativos”, en BARthES, R. (comp.): Análisis estructural del relato. Buenos Aires: Ediciones Buenos Aires, 1982. [8] BOLíVAR, A. et al.: Op. cit., p. 89.
Cartas de un precursor de la inpendencia americana... – 39 – Viscardo, él se reconoce en primer lugar como hijo de un importante personaje arequipeño, de modo que su filiación paterna no presenta problema alguno, tampoco su filiación geográfica y cultural, ya que se asume peruano y americano. Y, además, conocedor de la lengua nativa, o sea el quechua. Este hecho es de suma importancia porque de manera implícita revela que Viscardo asumía un mestizaje cultural de una manera no conflictiva: lo hispánico y lo americano parecían fundirse armoniosamente, de ahí que más adelante Viscardo emplee el recurrente gentilicio «español americano» en sus célebres cartas. Lo americano en Viscardo incluye al criollo y al indígena y la síntesis de ambos grupos. Hay que resaltar que Viscardo tenía una alta conciencia sobre la realidad de los indios y mestizos como parte importante del cuerpo de nación que era ya para él el Perú Panandino. Al respecto, Luis Alberto Sánchez dice que: «Viscardo […] como casi todos los jesuitas en exilio, sentíase miembro de una patria continental, parte de una patria universal […]. Entendía que su peruanidad era solo una parte de su hispanidad regional. Su actitud era la de un español americano que reivindicaba la autenticidad de lo americano sin mengua de lo hispano»9. Lo que habría que señalar es que ese mestizaje entre lo hispánico y lo americano no se daba en términos de igualdad, por eso consideraba que era necesario conseguir la libertad de los americanos porque solo siendo libres se podía hablar de igualdad. 2.3. Cartas del conspirador La carta es una manifestación comunicativa que pone en contacto a dos sujetos, uno de los cuales transmite unos contenidos a los que el segundo accede y puede contestar, por lo que la comunicación, en este caso, como en toda manifestación literaria, es una comunicación a distancia que difiere de la comunicación que se establece entre varios sujetos presentes que hablan y reciben respuestas en el acto, directamente. La existencia de cartas literarias, por otro lado, puede llevamos [9] SánchEz, L. A.: Prólogo de Juan Pablo Viscardo y Guzmán, Obra completa. Lima: Biblioteca Clásicos del Perú/4, ediciones del Centenario Banco de Crédito del Perú, p. 15.
– 40 – Rosa Núñez Pacheco a cuestionarel carácter de esas otras cartas que, al menos en apariencia, no han sido escritas con propósito literario10. Se atribuye a Demetrio (337 a. C.-283 a. C.) la autoría del tratado Sobre el estilo, donde se sintetiza la doctrina epistolar de la Edad Antigua. Ahí el ateniense dice que la epístola o carta es escrita y enviada como un regalo literario a alguien, por ello quien la escribe debe poner mucho cuidado en su elaboración11. En efecto, la epístola es una antigua manifestación literaria; sin embargo, su sentido y función ha ido variando a lo largo del tiempo. En el siglo xVIII aparecieron las cartas privadas y las cartas públicas. Las primeras se constituyen como manifestación de la privacidad entre los sujetos que se escriben; las segundas, en cambio, pretenden tener un destinatario muy amplio. En cuanto a Juan Pablo Viscardo y Guzmán se puede decir que la escritura le ayudó a sobrellevar el duro destino que le tocó vivir. Fueron muchas las cartas que escribió durante el exilio que padeció fuera de su patria a la que anhelaba retornar todos los días de su existencia. La publicación de esas cartas en la Obra Completa de Juan Pablo Viscardo y Guzmán en la colección Biblioteca Clásicos del Perú, constituye una fuente valiosa para comprender su pensamiento y su personalidad. Si bien la fama de Viscardo se debe a la contundencia de su Carta a los españoles americanos, existen otras cartas que revelan el talento literario del precursor. Así, Luis Alberto Sánchez en el prólogo a dicha edición dice: «J. P. Viscardo era uno de los tantos jesuitas desterrados en Italia y nadie, excepto los miembros de la Orden, tenía conocimiento de sus inquietudes y actividades literarias»12. Igualmente, César Pacheco Vélez sostiene que: «A partir de los felicísimos hallazgos de Simmons podemos hablar ya, con toda precisión, de una breve pero sustantiva obra literaria de Viscardo»13. En efecto, la aparición de dichas cartas, gracias al hallazgo que hizo el profesor Merle Simmons entre el legado de Rufus King, dan cuenta de un Viscardo poseedor de un talento literario que se ha plasmado no [10] PuLIdO tIRAdO, G.: “Teoría y práctica del género epistolar en Federico García Lorca”, disponible en: http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:Epos-4482B146BD74-9B7C-9EC3-B6E37C03ED44&dsID=PDF [11] dEmEtRIO: Sobre el estilo. Madrid: Gredos, 1979, pp. 96-97. [12] VIScARdO y Guzmán, J. P.: Obra completa. Lima: Biblioteca Clásicos del Perú/4, ediciones del Centenario Banco de Crédito del Perú, p. 15. [13] Ibídem, p. 23.
Cartas de un precursor de la inpendencia americana... – 41 – solo en un estilo particular de escritura sino también en la adopción de una forma literaria que, para ser escrita en ese tiempo, revela un manejo inmejorable de las técnicas literarias. En la colección antes aludida se incluyen más de veinte cartas que escribió Viscardo a autoridades italianas e inglesas, gran parte de ellas con el seudónimo de Paolo Rossi. Además, también figuran los siguientes ensayos: “El proyecto para independizar América Española”, escrito entre 1790 y 1791 en Liorno y Londres; “El Ensayo histórico sobre los disturbios de América Meridional en 1780”, fechado en enero de 1782 en Londres; “El esbozo político sobre la situación actual de la América Española y sobre los medios de estrategia para facilitarle su Independencia”, fechado en Londres en marzo de 1793 y en febrero, marzo y noviembre de 1795; “La paz y la dicha del nuevo siglo” escrito en Londres en 1797. Mención aparte merece la Carta a los españoles americanos, cuya redacción, según algunos estudiosos de la obra de Viscardo, se dio entre 1787 y 1791. Dicho texto se ubica en el lindero del género epistolar y el ensayístico. Carlos Deustua dice que esta carta fue redactada en 1791. Así lo testimonia la misiva que dirigiera Viscardo al Secretario de Estado, Sir James Bland Burgues, con fecha del 15 de setiembre de 1791, cuando el prócer se encontraba en Londres y usa el seudónimo Paolo Rossi. Esta Carta a los españoles americanos fue escrita en español. Así lo asevera la citada misiva de 15 de setiembre de expresa: «Habiendo terminado mi Carta a los Españoles Americanos, tengo el honor, señor de enviarle adjunto la traducción […]». El texto en español no apareció sino hasta el reciente siglo pasado. Él se traduce y se difunde impreso inicialmente en francés para, seguramente, llegar con más facilidad al auditorio culto de Europa. A continuación revisaremos el contenido de las principales cartas que escribió el precursor: a) Cartas a John Udny En 1781, Viscardo envía dos cartas escritas en italiano al cónsul británico en Liorna, John Udny, donde le proporciona noticias sobre la rebelión de Túpac Amaru en el Perú14. En ambas firma como Gio. Paolo Viscardo de Guzmán y las escribe desde Massacarra, aunque en una de ellas dice que recurrió a la mano de Joseph Anselmo, su hermano [14] Según Percy Cayo y César Pacheco, hay una carta posterior a otro funcionario del gobierno de Londres donde Viscardo dice que escribió a John Udny hasta cuatro cartas sobre el tema de la rebelión de Túpac Amaru y el surgimiento de sus proyectos revolucionarios, p. 24.
– 48 – Rosa Núñez Pacheco BIBLIOGRAFÍA: BAcAcORzO, J., G. y X.: Los hermanos Viscardo y Guzmán: pensamiento y acción americanistas. Lima: Universidad Ricardo Palma, Centro de Investigación, prólogo de SImmOnS, M. E.; 2000. BREmOnd, C.: “La lógica de los posibles narrativos”, en BARthES, R. (comp.): Análisis estructural del relato. Buenos Aires: ediciones Buenos Aires, 1982. BOLíVAR, A. y otros: La investigación biográfico-narrativa en educación. Enfoque y metodología. Madrid: La muralla, 2001. BELAúndE RuIz dE SOmOcuRcIO, J. de: Juan Pablo Viscardo y Guzmán, ideólogo y promotor de la Independencia hispanoamericana. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2002. dEmEtERIO: Sobre el estilo. Madrid: Gredos, 1979. dEuStuA PImEntEL, C.: Juan Pablo Viscardo y Guzmán. Lima: Editorial Brasa, 1994 (Forjadores del Perú, 4), p. 123. hAmPE mARtínEz, T.: “Juan Pablo Viscardo y Guzmán ante el bicentenario de la Independencia hispanoamericana”, en Cuadernos Americanos (Nueva época), n.º 115. México D. F.: enero-marzo 2006, pp. 79-94. PAchEcO VéLEz, C.: “Juan Pablo Viscardo y Guzmán”, en Biblioteca Hombres del Perú, ALVA ORLAndInI, H. (dir.). Lima: PUCP. Fondo Editorial: Universitaria, 2003. PuLIdO tIRAdO, G.: “Teoría y práctica del género epistolar en Federico García Lorca”. tInIAnOV, Y.: “El hecho literario”, en VOLEk, E. (ed.): Antología del Formalismo Ruso y el Grupo de Bajtín, Polémica, historia y teoría literaria. Madrid: Fundamentos, 1992. VARGAS uGARtE, R. S. J.: La carta a españoles americanos de don Juan Pablo Viscardo y Guzmán. Lima: Gráfica Pacific Press S.A., tercera edición, 1971. VV. AA.: Literatura epistolar. México: editorial Océano de México, 1999. VIScARdO y Guzmán, J. P.: Obra completa. Lima: Biblioteca Clásicos del Perú/4, ediciones del Centenario Banco de Crédito del Perú, 1998.
– 49 – cAPítuLO 3 HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN Y LA INDEPENDENCIA EN EL RÍO DE LA PLATA (1983-2010) JAIME PEIRE (Universidad Nacional de Tres de Febrero-Conicet, Buenos Aires, Argentina) 3.1. Introducción: metanarrativas sobre las revoluciones iberoamericanas 3.2. Reorientaciones. Continuidades y cambios 3.3. Más continuidades que cambios: los consulados 3.4. Sorpresa historiográfica 3.5. Invasiones inglesas y militarización 3.6. Representación y soberanía 3.7. Revolución y guerra, orden y desorden 3.8. La nueva patria y la comunidad imaginada. Patriotismo. Participación, identificación de las clases populares 3.9. Conclusiones: revoluciones, no revolución 3.1. Introducción: metanarrativas sobre las revoluciones iberoamericanas CuAndO en 1983 la democracia retornaba a la República Argentina después de 53 años de interrupciones reiteradas, dos eran las principales matrices historiográficas que se utilizaban en las aulas para explicar las independencias de América ibérica. Aunque las dos registraban los aspectos exógenos de ellas, no lo hacían de la misma manera en el énfasis que ponían a la hora de entender los factores externos que se vinculaban al mundo americano, y terminaban resultando explicaciones casi frontalmente opuestas de las independencias.
– 50 – Jaime Peire Por un lado estaba el clásico trabajo de Lynch Las revoluciones hispanoamericanas. Este trabajo ―publicado en la década del setenta pero difundido a fines de la misma década y sobre todo en los ochenta en Iberoamérica― sostenía que la causa causans de estas revoluciones habían sido las reformas borbónicas. En efecto para este autor, el siglo xVIII, siglo que en ese entonces era considerado de depresión en Europa, había marcado un autogobierno de por los hispanoamericanos. Estos habían prevalecido en el comercio del contrabando, logrando quebrar el sistema impuesto por la Península. También se habían asegurado las mejores tierras ―en buena medida arrebatadas a los indios, pero también adquiridas por las «composiciones» que funcionaban ya desde el siglo xVI― y se imponían en los cabildos y las audiencias, comprando la mayoría de las veces los oficios y los puestos públicos, ante el marasmo en que estaría sumida la metrópoli. Este predominio descansaba en la cuasi desesperación por el metálico de la Corona, tanto como en un factor fundamental: la prevalencia de los criollos en el juego económico, social y político. Frente a esta situación ―según Lynch― a partir del cambio de corona con la dinastía borbónica, pero especialmente durante el gobierno de Carlos III cuando los ingleses tomaron La Habana en la Guerra de los siete años, al advertir la enorme diferencia de las ganancias entre otras colonias y las hispánicas, y ponerlas en el contexto del predominio criollo, la Corona decide iniciar una ofensiva para recuperar lo que consideraba suyo. Esto lo hizo especialmente a través de las reformas fiscales y el control del contrabando, bombeando las ganancias que ahora estaban en manos de los criollos, hacia la metrópoli. Sin embargo, para ello, debía ser capaz de desalojar a estos de los puestos de privilegio: ellos eran el gran enemigo a derrotar. Pero la «tranquilidad» colonial ya había sido puesta en movimiento con la expulsión de los jesuitas, muchos de ellos también criollos, poniéndolos en guardia contra las reformas que estaban viniendo, pero sobretodo forjando la idea de unas patrias, naciones en el lenguaje historiográfico de la época, cuya añoranza de los expatriados iba a crear el ansia de la independencia de la opresión española. Junto con ella, se había puesto también en movimiento el ius resistendi neoescolástico, que los Borbones trataron de desterrar sin éxito, prohibiendo las doctrinas jesuíticas. Lynch trazaba un panorama del éxito de las reformas borbónicas más bien ambiguo. En general consideraba que habían llegado tarde y que su resultado fue negativo. Si bien habían logrado en buena medida
– 51 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... desafiar la hegemonía de los criollos, sin embargo eso no quiere decir que hubieran surtido el efecto deseado. Si bien muchas intenciones se hicieron realidad, lo cierto era que el equilibrio colonial de la pax hispánica había quedado trastocado para siempre. Aunque no lo expresaba de esta manera, los criollos constituían el ejército de ocupación que España no tenía en América: el fiel de la balanza que sostenía el equilibrio de la sociedad. Y ante el aumento del las tasas fiscales, las rebeliones no solo fueron indígenas; las hubo también de destacados criollos. Y la sangrienta represión no fue bien vista en América, tanto como la rebelión de las masas indígenas, especialmente rurales. Diciéndolo en términos actuales, para Lynch las reformas borbónicas terminaron deslegitimando su gobierno o desgastándolo severamente. Los relatos melancólicos de los expulsos o los libelos llamando a la emancipación, como en los de Viscardo y Guzmán u otros intelectuales como Fray Servando Teresa de Mier, o Antonio Nariño, habían sido el puente que les había permitido concebir a los hispanoamericanos las revoluciones cuando la invasión anecdótica de Napoleón llegó a España y decidieron adelantarse a los hechos, antes de que todo el orden social ―que los españoles irresponsablemente habían puesto a prueba y los criollos consideraban peligrosamente dañado― se derrumbara estrepitosamente y acabara con ellos, como había sucedido en Haití. De esta manera, quedaba establecido un nexo entre las grandes rebeliones indígenas, las rebeliones criollas y las revoluciones hispánicas que acabaron con la Monarquía hispánica en América, con el trasfondo de las reformas borbónicas realizadas por una Corona que intentaba recuperar ―y en parte lo lograba, aunque efímeramente― su antigua fortaleza, en la versión de Lynch1. Sin embargo, otro grupo de investigadores, entre los que podemos destacar a Tulio Halperín Donghi, venían sosteniendo ya desde un poco antes, que no era la fortaleza de los criollos la que había derribado a la Corona española sino fundamentalmente la vacatio regis que se produjo cuando Bonaparte invadió la Península y casi la tomó por entero, obligando a la disolución de la Junta Suprema ―con la que en general los Americanos no habían tenido problemas― y a constituir un frágil Consejo de Regencia en 1810. Esto generó muchos problemas, numerosos distritos no aceptaron este nuevo gobierno como legítimo y consideraron que [1] Otros de los defensores del patriotismo criollo es David Brading. Cfr. de este autor Los orígenes del nacionalismo mexicano. México: SEP, 1973, y Mito y profecía en la Historia de México. México: Vuelta, 1988, y el megarelato completo en Orbe indiano. De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867. México: FCE, 1998.
– 52 – Jaime Peire la acefalía implicaba que la autoridad «retrovertía» sobre ellos, expandiéndose la Revolución y los movimientos juntistas con mayor rapidez en general en los virreinatos o Capitanías más dinámicos y modernos, más comerciales, como el Río de la Plata o Venezuela. Al principio la guerra tuvo características reducidas, para hacerse después una «guerra a muerte», que movilizaría masivamente a la gente. Las revoluciones no eran, pues, fruto de las reformas borbónicas, sino de la crisis misma del imperio hispánico, aunque la crisis comenzara con las reformas y su disolución posterior fuera resultado de una dinámica propia después de que Napoleón colocara ―en realidad― el golpe final de una larga saga de derrotas que no solo eran militares, y que las reformas ―en su fracaso― no habían logrado impedir. Así se titulaba un nuevo libro publicado a mitad de los ochenta, muy usado en las universidades hispanoamericanas, y que conservaba el mismo punto de vista exógeno, aunque más moderado, que subrayaba la debilidad extrema de España, por un lado y ―retomando un punto de vista anterior― señalaba que en América se había ido erosionando la fe política en la Monarquía española ―con toda la carga que esa palabra de origen griego tenía― quizás a partir de la alianza de la Corona con los asesinos de sus parientes franceses. A partir de esa alianza, España se había visto arrastrada a una serie de guerras que la sumieron en una agonía de la que Napoleón fue solo el punto final, desde la perspectiva americana2. A fines de los ochenta, Modernidad e independencias, escrito por el sucesor de François Chevalier, François-Xavier Guerra, transformaría profundamente este panorama ―aunque sin abandonar sus afinidades con el estudio de los factores exógenos de las revoluciones― hundiendo, quizás por décadas en las universidades hispanoamericanas, las investigaciones con difusión internacional amplia de los estudios endógenos. Dotado de una gran creatividad, y fruto de las discusiones que él mismo había sabido impulsar en París I, este libro estaba pensado como una transposición de las renovaciones historiográficas que en Francia habían significado los trabajos de René Rémond y especialmente de François Furet, antes de su cruzada antimarxista, tanto como las discusiones acerca de «lo político» de Pierre Rosanvallon, trayendo de vuelta los temas políticos a la historiografía relevante latinoamericana3. [2] hALPERín dOnGuI, T.: Crisis y disolución de los imperios ibéricos. Madrid: Alianza Editorial, 1985. [3] FuREt, F.: Pensar la revolución francesa. Barcelona: Petrel, 1978. ROSAnVALLOn, P.: Por una historia conceptual de lo político. Discurso de ingreso en el Collège de France. Buenos Aires: FCE, 2003.
– 53 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... Este libro y el que le sucedió acerca de los espacios públicos en Iberoamérica, que compilara con su sucesora en la cátedra, Annick Lamperiérè, como la profusa producción historiográfica que lo acompañó, pivoteaban a mi juicio entre dos ideas4. En primer lugar, las revoluciones hispánicas ―palabra esta última que hasta su llegada era muy mal vista en los ámbitos académicos de las principales universidades en Argentina― fueron el fruto de una sola revolución que sacudió al imperio hispánico como un todo, aunque tuviera modulaciones distintas, pero con ritmos que indicaban un mismo origen. La primera de estas revoluciones se había producido en España ―furiosamente en contra de Napoleón― y era el origen de la nueva concepción de la Nación y de la difusión del liberalismo en Iberoamérica. En segundo lugar, que estas revoluciones lo eran porque ―al igual que el resto de las atlánticas y no menos importantes que las que hasta ese entonces se consideraban de primer orden― habían sido el origen de las modernidades iberoamericanas: consistían en una profunda mutación cultural, introducida de la mano de las élites ―la historia de las élites era lo que la historiografía continental enfatizaba en esos momentos― entendiendo por ello la emergencia de los nuevos espacios públicos, los mercados, el Estado y el sujeto político individual, de manera mancomunada. Aunque en el caso de Iberoamérica esto fuera de manera ambigua más evolutiva que en Francia y no sin retrocesos; pero la idea era que había sido ―de todas maneras― irreversible. Era el ingreso a la modernidad y no tenía regreso. 3.2. Reorientaciones. Continuidades y cambios Si bien ―como es lógico en un trabajo de estas características― no intentaremos hacer un racconto exhaustivo de cómo evolucionaron estas metanarraciones, que solo pretenden ser indicativas, trataremos de hacer una síntesis de cómo ellas se fueron desarrollando en las prácticas historiográficas y cómo fueron respondiendo a los problemas que los contextos de la producción historiográfica planteaban. Por un problema [4] GuERRA, F.-X.: Modernidad e independencias. Madrid: Mapfre, 1992. GuERRA, F.-X. y LAmPERIéRè, A.: Los espacios públicos en Iberoamérica, ambigüedades y problemas, siglos xviii-xix. México: FCE, 1998. Del mismo autor, la compilación Las revoluciones hispánicas. Madrid: Complutense, 1995. Cfr. Sobre este autor, PEIRE J.: “François-Xavier Guerra y las nuevas perspectivas en la historia política de América Latina”, en PEIRE, J. (comp.): Actores, representaciones e imaginario. Homenaje a François-Xavier Guerra. Buenos Aires: Eduntref, 2007.
– 54 – Jaime Peire de espacio y de respeto a grandes temas que no podemos abordar globalmente, dejaremos fuera de nuestra competencia los temas específicamente económicos y los estudios de corte etnohistórico, cuya renovación también ha sido muy significativa, pero que exceden nuestras posibilidades de espacio. Así, por ejemplo, Halperín sostenía recientemente que treinta años son muchos para encadenar uno y otro (reformas borbónicas y revoluciones hispanoamericanas) y que cada vez se ofrecen testimonios más convincentes de que fue la debilidad de España y, por lo tanto, del vínculo con las colonias lo que causó la independencia, a causa del agotamiento del patrimonio ideal cuanto de los recursos materiales sobre los que se basaba la Corona para gobernar las Indias. Ese fue el sentido de las reformas ―como en los demás países―: defender lo suyo5. La alianza obligada con los regicidas franceses señalaba a sus súbditos que se estaba viviendo una nueva era donde los antiguos criterios de legitimidad eran ignorados por la misma España, aunque solo unos pocos lo vieron como una invitación a la revolución. «Por su parte las élites aunque no conmovidas en su lealtad, no dejaron de tomar en cuenta la decadencia de un poder monárquico y metrópolitano al que nunca habían rehusado obediencia pero cuyos desfallecimientos habían aprendido hacía desde hacía mucho tiempo a utilizar para ampliar la esfera abierta a sus decisiones autónomas»6. Eso se veía en Buenos Aires especialmente en la dificultad del tráfico con la metrópoli. Se emplearon buques que las reformas reservaban a los coloniales, se abrió el comercio a los buques neutrales de colonias extranjeras: después de Trafalgar fue difícil (1805) mantener el contacto. Dentro se perpetraban alianzas burocrático-mercantiles rivales, más allá de la esquemática clasificación de Bartolomé Mitre entre comerciantes legales y extralegales. Pero se ha dado como consecuencia de la crisis del vínculo atlántico, una sucesión de vertiginosas metamorfosis de la coyuntura externa, haciendo precario el tráfico y dando oportunidades excepcionales a los que reaccionaban con rapidez, aunque se [5] hALPERín dOnGhI, T.: “La revolución rioplatense y su contexto americano”, en Academia Nacional de la Historia (coord.): Nueva Historia de la Nación Argentina. Buenos Aires: Planeta, 1999, TIII, p. 254. Pero en la América sajona sí había implicado la independencia, significativamente. [6] Ibídem, p. 255.
– 55 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... hacía imposible fijar una situación estable, sino que solo era posible la rápida acumulación en el corto plazo. Lo que sí hicieron las reformas fue ampliar la base social para la vida intelectual, haciéndola más amplia y heterogénea, mediatizando la gravitación del clero, ya mermada después de la expulsión de los jesuitas, a los que se sumaba la necesaria ―aunque modesta― competencia técnica de los militares que se sumaban y, sin duda, desde 1801 la Prensa, que tenía una fe muy segura en el futuro de la región. Al establecer tráficos en las costas atlánticas americanas y las costas azucareras del Índico, a veces con navíos construidos en el Río de la Plata, Buenos Aires se estaba revelando capaz de convertirse en el «centro del mundo comerciante» y convertirse en la «Tiro sudamericana»7. Como se observa, no obstante que Halperín sostiene el mismo punto de vista que en los libros mencionados8, hay un sutil desplazamiento de la perspectiva hacia qué estaba sucediendo en América, con un lente de aumento que antes no se encontraba. Comienza a cobrar importancia algo que ―si bien insinuado con anterioridad en su libro Revolución y guerra, que se ocupaba precisamente de la formación de la élite en el Río de la Plata― no lo estaba con una mirada por una parte global americana, pero al mismo tiempo centrada en Buenos Aires. Hay otra innovación que no aparece tan remarcada en Revolución y guerra: si Halperín se desmarcaba de las visiones anteriores sobre las élites vistas como principalmente terratenientes, considerándolas más bien mercantiles y burocráticas, aquí aparece más claramente la mirada ínterimperial, la actuación de las nuevas ideas y la gravitación de las redes sociales, puestas en conexión con la amplitud causal de las reformas, y por tanto ―a pesar de la afirmación de que los años entre ellas y la revolución son muy extensos― conectándolas causalmente: las reformas ponen en marcha circuitos que estarán preparados para actuar por sí solos cuando la necesidad lo aconseje9. Sin embargo, el otro gran metarrelato había sobrevivido a pesar de su desprestigio, y de que había sido desmontado por la crítica y refutado en cada una de sus partes. Pero su anulación total era imposible por la potencia y el atractivo de su narrativa. La historia de élite y el acento en [7] Ibídem, p. 258. [8] Deberíamos agregar el más difundido de todos en América latina, Historia contemporánea de América Latina. Madrid: Alianza Editorial, 1967. [9] hALPERín había estudiado el tema de las ideas en Tradición política española e ideología revolucionaria de mayo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1985.
– 56 – Jaime Peire las revoluciones como hispánicas ―es decir un conjunto homogéneo con un mismo ritmo― no logró la muerte de su metanarrativa adversativa. Fruto de ella es América Latina, ente colonial y nación, que redoblaba la apuesta: «Las raíces de la Independencia fueron la deconstrucción del Estado criollo, su sustitución por un nuevo Estado imperial y la alienación de las elites americanas. Al resentimiento criollo le acompañó un malestar popular que tenía mayor capacidad paras provocar una revolución social que la Independencia política. Este malestar fue un continuo desafío a la autoridad durante la colonia, la revolución y la república»10. Pero mientras tanto la historiografía heredera de ambas corrientes, estaba confluyendo y aplicando las consecuencias de ambos relatos en cada rincón de lo que había sido el imperio. Por lo tanto ahora lo que predominaban son «relatos» en plural que ya no se pretenden unívocos ni esencialistas sino que prestan atención a las variaciones ―territoriales, sociales, culturales, etcétera―. Producidas dentro de unidades que no se corresponden necesariamente con la escala nacional sino con las que dejó por herencia aquella crisis. Tal desplazamiento es visible, como sabemos, tanto en la historiografía argentina como hispanoamericana y extensible a la apertura hacia nuevas temáticas y objetos de investigación, inimaginable hasta hace un par de décadas11. Un ejemplo de cómo se ha aplicado el relato criollista de Lynch ―pero desde otra perspectiva― es la búsqueda de un punto de vista en donde se vuelva a establecer una conexión entre las grandes rebeliones indígenas y las revoluciones posteriores. Para el Río de la Plata esto es una tendencia reciente, ya que el otro relato se había impuesto de una manera un poco acrítica. En los últimos años se ha retomado el punto de vista de que las primeras juntas revolucionarias eran en realidad autonomistas, como lo habían dicho ya otros historiadores, especialmente para México, donde esto parecía factible, pero el punto de vista había sido un poco abandonado, especialmente en el río de la Plata12. [10] Barcelona: Crítica, 2001, p. 152. [11] Marcela Ternavasio en www.loshistoriadoresyelbicentenario.org/textos/, 2 de noviembre de 2009, p. 2. [12] Por ejemplo, uno de los manuales más usados para estudiar la historia contemporánea de América Latina, establecía una continuidad entre las rebeliones indígenas y las revoluciones posteriores. Cfr. LOckhARt, J. y SchWARtz, S. B.: América Latina en la edad moderna. Madrid: Akal, 1992.
– 57 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... Efectivamente, no es difícil encontrar en la historiografía correspondiente geográficamente a la zona andina o subandina de lo que era el Virreinato del Río de la Plata no solo una cronología distinta de las revoluciones, sino también una conexión entre las rebeliones indígenas y las revoluciones «criollas», muy distinta de las explicaciones porteñas o cordobesas. Por ejemplo, Rossana Barragán, expresa que de la relación entre las rebeliones y las juntas que las investigaciones de muchos especialistas y las de ella misma indican, se pasó de pedir un «buen gobierno» a exigir un «gobierno propio» pero que estas cosas no implicaban en ninguno de los dos casos necesariamente una intención separatista para con el Rey, a quien se consideraba por encima del sistema político13. Retomando el antiguo ―y abandonado― punto de vista de Boleslao Lewin, concluye que: «Consideramos que es el gobierno propio el que permite finalmente entender no solo la relación entre 1781 y 1809 sino también la relación entre el proceso que condujo a la ruptura política. Más que el término “independencia”, en sí importa por tanto explorar lo que significaba para los grupos locales la posibilidad de un gobierno propio, sus atribuciones y límites, sus relaciones hacia otras instancias pero también hacia los Virreinatos»14. Parecidas observaciones hacen Sergio Serulnikov, para el caso de La Plata (hoy Sucre) y María Luisa Soux para el caso de Oruro, aunque esta última enfatiza que la misma línea se establece entre los indios. Serulnikov destaca la alianza entre élite y plebe como consecuencia de la derrota de Tupac Amaru permitiendo establecer una posible conexión entre las rebeliones andinas y el intento juntista de Charcas en 1809. La línea se establece a partir del sentimiento antipeninsular que las reformas borbónicas provocan en especial a partir de la resulta de 1785, que se diferencian de las de «muera el mal gobierno» y tienen una particularidad que le permite sostener que la protesta giró en torno a del sentido de identidad colectiva, de pertenencia de los residentes urbanos, [13] Y criticando a Guerra expresa que: «En lugar de pensar en un solo registro posible que marca la Historia en términos de un continuum entre fidelidad al Rey y ruptura con la corona Española y la Monarquía o entre concepciones tradicionales, entre un antes premoderno y un después revolucionario, debiéramos pensar en la posibilidad de varios registros y proyectos simultáneos, muchas veces en pugna». BARRAGán, R.: Del Bueno gobierno al Plan de gobierno. El lenguaje político en las disputas por espacios de soberanía entre 1781 y 1809. Salta, Encuentro Internacional Revolución e Insurgencia en América del Sur, 2007, p. 2. [14] Ibídem, p. 16.
– 64 – Jaime Peire Como ha dicho Halperín, el impacto de la nueva fuerza militar ―mayormente metropolitana y de la burocracia borbónica― fue cooptada en Buenos Aires por las élites locales en mayor medida que en otras partes del imperio, como ya había pasado antes con el extrañamiento de los jesuitas, estableciendo lazos mutuamente ventajosos junto con los paniaguados que venían con ellos, aun compitiendo con los locales pero abriendo oportunidades, pero con tensiones menos intensas que en el resto del imperio. Aún así, en los niveles más altos el 90% de ellos era metropolitano, argumentando la corrupción y desenfrenada codicia de los locales. Estos argumentaban que los peninsulares no eran inmunes al clientelismo. La ambivalencia de esta relación era insalvable pero no debe magnificarse. A diferencia del Alto Perú, en Buenos Aires las reacciones a las reformas borbónicas fueron imperceptibles. El costo económico de las rebeliones andinas fue enorme, y, aunque no minara según este autor la lealtad hacia el Rey, introdujo unas tensiones en la sociedad que estarán presentes más tarde y de esta manera nunca se logró recobrar la confianza en la pax hispánica, ya frágil antes. Esta innovación, está acompañada en la práctica historiográfica de una verdadera «revolución» en este campo, en el Río de la Plata. La investigación ha puesto de manifiesto que en lo que era el Virreinato, no se produjo solo «una» revolución, la de Buenos Aires sino que cada región, podríamos decir con cierta certeza cada intendencia, tuvo «su» revolución, su plebe y sus élites movilizándose en pos de realizarla, y que en definitiva, decir «río de la Plata» puede constituir una ―ya― inadmisible simplificación. «Lo que parece haber sucedido en el campo historiográfico en los últimos años es una suerte de réplica de lo ocurrido históricamente con la crisis de la monarquía: hubo una explosión de “derechos soberanos” de los pueblos» que reivindican para sí el status de ser estudiados en igualdad de condiciones que los centros. Lo dicho puede usarse para los indios y se obtendrá un calendario y una agenda revolucionario con una cronología significativamente distinta en cada caso23. Quizás sea este el lugar para detenerse muy brevemente en una cuestión candente sobre la que hay distintos diagnósticos: la revolución, ¿fue una Revolución con lo que esta palabra designa a partir de la Revolución francesa? En la década del ochenta: [23] tERnAVASIO, M.: www.loshistoriadoresyelbicentenario.org/textos/, 2 de noviembre de 2009, p. 2.
– 65 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... «Tendía a generalizarse en la historiografía americanista una interpretación que venía a recusar una tradición forjada desde el siglo xIx: la independencia no había implicado ninguna revolución o, a lo sumo, había sido una revolución política que por lo tanto había dejado prácticamente intactas las estructuras y relaciones sociales. Esta interpretación vino a ser cuestionada por otra que tendió a predominar claramente en la década del 1990 y que revalorizaba y enfatizaba los componentes políticos de los procesos de independencia y hallaba justamente en ellos la sede de su carácter revolucionario». Lo que estaba preanunciado en Revolución y guerra de Halperín24. Quizás una de las herederas y expositoras más contundentes de esta posición sea Marcela Ternavasio, para quien la revolución: «Fue una ruptura diferente, más audaz y profunda, consumada en el gesto de rechazo que la élite criolla sostuvo primero, frente a la opción particular de las Cortes convocadas por el Consejo de Regencia para constituir una nueva nación española, y luego frente a la Constitución sancionada por dichas Cortes en 1812». Está claro que la opción separatismo se impuso y ganó consensos a partir de ellas, y que para los actores ya no había posibilidades de ir hacia atrás, y esto es claramente revolucionario, en esta óptica, aunque esa revolución tenga una semántica fundamentalmente política25. Es decir, para estos autores, hay un consenso de que hay una Revolución, pero esta tiene fundamentalmente un carácter político. En todo caso es el carácter que más les llama la atención. Como veremos otros buscarán una salida a este diagnóstico, pero esta es la herencia de la década del 90, que ha establecido una agenda muy rica, que se está desplegando en estos momentos, pero con la cual algunos disienten, problematizándola. Porque, de alguna manera, el desorden que la Revolución provocó implica el estudio de la esfera económica y social de la cual no puede escindirse en la realidad, no tanto por un dogma ideológico, cuanto por un imperativo documental: nos lo dicen las fuentes. Lo que para Fradkin ―por ejemplo― dicen las fuentes es que ni se pueden escindir los distintos niveles de análisis, ni se puede todavía dar un diagnóstico global, porque hay que avanzar mucho más todavía [24] FRAdkIn, R. y GELmAn, J.: Desafíos al Orden. Política y sociedades rurales durante la revolución de Independencia. Buenos Aires: 2009, p. 7. [25] tERnAVASIO, M.: “Ser insurgentes frente a la ‘nación de dos hemisferios’. La disputa argumentativa en el Río de la Plata en los años posrevolucionarios”, en nun, J. (comp.): Debates de Mayo. Nación, cultura y política. Buenos Aires: Gedisa, 2006, p. 78.
– 66 – Jaime Peire en los casos regionales para tener un panorama más completo. Sin embargo, hay algo en el que todos parecen estar de acuerdo: una vez que el proceso «revolucionario» comenzó nada fue igual y no se pudo volver hacia atrás. Los actores mismos tenían conciencia clara de una ruptura que se fue haciendo insalvable. 3.5. Invasiones inglesas y militarización Pero lo que hizo del caso rioplatense algo único, fueron las invasiones inglesas, que generaron procesos sociales y culturales en cascada, que la historiografía comenzó a revisar a partir del 2001, quizás movilizada por la crisis argentina producida en ese año. Para decirlo rápidamente: a causa de estas invasiones, cuando se desata la «revolución» el ejército y las milicias, estaban del lado de la causa patriota. Hasta tal punto que el último Virrey no entró en la capital ―después de ser difícilmente reconocido― sino después de negociar con los militares varios puntos entre los que se encontraba no desmovilizar a las milicias que habían luchado en las Invasiones y que no eran en realidad ya necesarias, pero que inclinaban la balanza del lado de los criollos. En este sentido, el mismo Halperín advierte quen en las invasiones inglesas, los prósperos comerciantes del norte y este de España cedieron el protagonismo a los más modestos americanos y andaluces, ganando así el sector americano hasta entonces marginal en la élite porteña el control de la fuerza militar que no tenía rival y que movilizaba una plebe urbana promovida a primer plano. Después de las invasiones y de la unión con Portugal e Inglaterra, carecía de sentido seguir pegando a una tropa con el dinero que se debería enviar a España para ayudarla contra Francia, pero era imposible desafiar a quien tenía verdaderamente el poder militar. La historiografía se ha alejado de la explicación tradicional que ponía en las invasiones el «despertar» de la conciencia de una «nación» aletargada por el dominio colonial. Pero sin embargo, hoy es común que algunos historiadores rioplatenses piensen que las Invasiones inglesas fueron más importantes que la misma revolución de mayo, porque de la dinámica que sobrevino a partir de ella ―ente ellas la deposición convalidada después por la Corona― surgieron las condiciones posibles para generar un proceso revolucionario que finalmente unió a un puñado de provincias que declararon su independencia de España.
– 67 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... Este nuevo dinamismo ―que cualquier historiador entiende que no surgió de la nada―26 provocó cambios profundos algunos de los cuales los investigadores fueron desentrañando con el inicio de la democracia. El primero, que ya había sido introducido por Halperín, era la militarización del Río de la Plata. En efecto, el drenaje de recursos materiales hacia las «clases populares» que las invasiones significaron, la militarización en la que ellas se vieron involucradas y después la guerra revolucionaria implicaron un cambio de gran significación en el dinero porque mucho de este pasó a manos de las clases menos favorecidas, con el consecuente pero resignado recelo de las élites27. Pero hay más. Las más recientes investigaciones establecen que las invasiones inglesas constituyeron ―por un lado― una obligada movilización plebeya que en un principio estaría alineada bajo el mando de las élites de una manera ficcionalmente «democrática», ya que los jefes de batallones habían sido elegidos por sus subordinados. Pero aún cuando esas elecciones fueran sospechosas y muchas fuentes así lo dijeran, la victoria sobre el enemigo y la posterior deposición del Virrey, el nombramiento por aclamación como nuevo jefe militar de Liniers ―el héroe de la Reconquista―, la confirmación de este por parte del Rey como Virrey interino, la mofa del virrey depuesto en toda clase de pasquines y libelos que circulaban en Buenos Aires y el resto del Virreinato hablan por sí solo de un brusco cambio o de un cambio que estaba en lo oculto y salió a la luz vehiculizado por este triunfo militar. Veamos brevemente los principales cambios que la historiografía estudió en lo últimos decenios: por el lado de las élites, la aparición de un nuevo ícono, el «pueblo argentino», que sin tener las connotaciones románticas nacionales, será identificado por los criollos como el gran protagonista de la victoria en los versos que estas élites ―que después serán los autores de los versos patrióticos poco más tarde, cambiando simple y significativamente los ingleses por los peninsulares como el enemigo―. Esto sucedió a partir de 1806 hasta 1825 con la derrota definitiva del ejército español. Aparece en estos versos una nueva iconografía una [26] PEIRE, J.: Narrativas fundacionales en la prensa y otros documentos generacionales rioplatenses: 1801-182. Madrid: Editorial Plaza y Valdés, en prensa junto a las demás ponencias del SICLA II, Medellín, 2009. [27] hALPERín dOnGhI, T.: “Militarización en Buenos Aires, 1806-1815”, en El ocaso del orden colonial. Buenos Aires: Sudamericana, 1978.
– 68 – Jaime Peire nueva poesía, la neoclásica, por oposición a la temática, la iconografía católica tradicional y al romancero español28. Pero además de estos avances significativos y otros que estudian las élites, otra historiografía, influida por Eduard Thompson, y la «historia desde abajo», advirtió que la participación popular iniciada en 1806 fue extremadamente importante y que había sido soslayada porque había una tensión en la historiografía sobre el verdadero papel de su participación en relación con la élite29. El primero que trazó la ruta y el programa de una investigación metodológicamente seria en este frente fue Gabriel Di Meglio: y no es casualidad que su artículo, que desató una ola de investigaciones, fuera en el 2001, justo cuando Argentina era una bomba de tiempo, con puebladas al grito de «que se vayan todos». Para Di Meglio, la «plebe» ―como él eligió llamarla― es un nuevo actor que comienza a ser movilizada en 1806, pero que progresivamente irá adquiriendo una autonomía por medio de su participación en la lucha y en los festejos patrióticos y porque era utilizada como árbitro en las disputas entre las élites. Di Meglio estudia ―se podría decir― casi todos los aspectos disponibles: los barrios donde la plebe vive, las distintas fracciones sociales que la integran, las movilizaciones, los distintos motines donde es enrolada, etcétera Pero su podría decir que su mayor mérito, a mi juicio es la percepción, por un lado, del ciclo revolucionario entre 1806 y 1825 como algo global, un movimiento único, y por otro, el estudio de la progresiva autonomía de los amotinamientos, hasta hacerse prácticamente incontrolables por medio de motines autónomos, donde no habían sido convocados, ni se manifestaban sumisos. Desde el punto de vista de las fuentes, los procesos militares que estudian son muy innovadores y son el pivote de su narrativa. Hay un proceso de movilización creciente y de autonomía progresiva que él estudia para Buenos Aires, que demuestra la importancia de este nuevo actor hasta la llegada de Rivadavia y después de Rosas, ambos del partido del orden, aunque el primero sin la sensibilidad del segundo para los requerimientos populares, cuando este tipo de movilizaciones finaliza o cambia de signo simbólico, es decir, hay una nueva [28] PEIRE, J.: “‘La Argentina’ de los sentimientos en la lírica rioplatense del ciclo revolucionario: 1767-1825”, en Anuario del IEHS, 23, 2008, pp. 17-46. [29] FRAdkIn, R.: ¿Y el pueblo dónde está? Contribuciones para una historia popular de la revolución de independencia en el Río de la Plata. Buenos Aires: Prometeo libros, 2008, pp. 9-26.
– 69 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... etapa, después de la muerte del principal caudillo del partido popular, Manuel Dorrego30. Este movimiento hacia el estudio de las clases populares, a veces nombradas como clases subalternas, según el grado de autonomía social y cultural que se les adjudique, fue llevado también a los sectores rurales de todo el virreinato, como veremos más adelante, que ya venían siendo estudiados pero desde diferentes ópticas historiográficas. Raúl Fradkin intenta impulsar un estudio de las clases subalternas rurales, ampliando así el trabajo de Di Meglio, que solo se ocupaba del ámbito urbano, pero ―aunque desde abajo― siguiendo la estela de Guerra en el estudio de lo político. Para este autor las «revoluciones» que se observan en el ámbito rural fueron incluso anteriores a las urbanas ―pues las clases subalternas fueron movilizadas ya desde las invasiones inglesas― y se inscriben en un ciclo tumultuario hispánico que arranca en el siglo xVI, pero que ya a principios del siglo xIx tiene componentes nuevos, aunque pueden subsistir en formas antiguas o al revés. En todo caso, lo importante es, por un lado, si, como dicen muchas fuentes, el populacho debía ser engañado o incluso pagado o «seducido», quiere decir que no se obtenía su favor fácilmente y que resultaba relevante. Por otra, que es ya insostenible presentar una imagen del ciclo tumultuario unidireccional, desde la península hacia las colonias, desde las élites hacia el populacho, desde las ciudades hacia el campo. Pero hay aún otro ángulo desde el que los estudios sobre la revolución han avanzado mucho y es el de las ideologías que han aglutinado a los recurrentes «movimientos de pueblo» que se han producido en el ciclo revolucionario, entendiendo aquí por ideologías las formas políticas de organizar un ente político que gestionara los nuevos valores que circulaban en este nuevo mundo que emergía. En nombre de cuáles ideas se dieron estos movimientos que convulsionaron constantemente a las desunidas «Provincias Unidas», para tomar la expresión ya clásica de Genoviève Verdo. No estamos hablando de las «ideas» tema ya discutido y sin salida, porque la apropiación de las ideas en nombre de las cuáles se hizo la revolución es un tema más que complejo que está todavía por estudiarse en cada lugar, y del cual no [30] dI mEGLIO, G.: “Un nuevo actor para un nuevo escenario. La participación política de la plebe urbana de Buenos Aires en la década de la revolución (1810-1820)”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y americana, 3ª serie, n.º 24, 2001, Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 2001. ¡Viva el bajo pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución de Mayo y el rosismo. Buenos Aires: Prometeo libros, 2006.
– 70 – Jaime Peire podemos aquí trazar un balance claro, sino las ideologías de cómo organizar los territorios que iban decantando a lo largo de la revolución rioplatense31. Es bien sabido que a lo largo y ancho de las revoluciones iberoamericanas alternaron en el poder principalmente dos ideas acerca de cómo organizarse, más allá del proclamado republicanismo: una forma centralista y otra forma federalista o a veces confederacional, que no son la misma cosa. En el caso del Río de la Plata, las guerras civiles que se produjeron después de 1820, tomaron la etiqueta de estas ideologías, aunque gracias a la historiografía actual sabemos que esto es solo un aspecto ―quizás superficial― del problema. Fabián Herrero es el que ha estudiado este tema, en la estela de la importancia cobrada por los estudios políticos de François-Xavier Guerra, expresando que estas tendencias se produjeron desde el principio. Estaban los que eran partidarios de las movilizaciones populares en los «cabildos abiertos» o en las Asambleas Provinciales, es decir, a favor de una especie de democracia plebiscitaria que escandalizaba a las élites que defendían un tipo de representación más moderna. En realidad la originalidad de Herrero estriba, por un lado, en advertir que desde el principio de la revolución se implantó u método de gobierno cerrado (Juntas, triunviratos, directorio) que solo apelaba a una reducida élite. Pero Herrero estudia también, por otro lado, las dificultades de estas élites que además estaban fraccionadas, especialmente en los momentos de derrotas militares, que provocaban rupturas a un nivel mayor. Aunque ellas muchas veces fueran electas por elecciones ―en las que a veces participaban unos pocos― ese tipo de representación no habría alcanzado para lograr un consenso que construyera un ente político estable, lo que explicaría el fracaso de Buenos Aires en la organización política. Parece entonces que entre 1810 y 1820 ―hasta que el partido del orden clausuró la posibilidad de otro tipo de representación― hubo dos tipos de representación que Herrero estudia especialmente a través de la esgrima de la Prensa, pero que como dijimos estuvieron presentes aunque no fueron excluyentes entre sí, pero que constituirían dos «sistemas» distintos. Estaban los que de acuerdo a los sistemas más «modernos» defendían el sistema del voto y condenaban todo tipo de reunión política como los cabildos abiertos y las asambleas, es [31] Para ver un ejemplo de la complejidad del problema Cfr. dEzzuttO, F.:“Derecho de gentes y derecho natural en el proceso emancipatorio rioplatense. Cuestiones de método”, en IV Jornadas Nacionales “Espacio, memoria, identidad”. Rosario: Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, 2004.
– 71 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... decir el «sistema representativo», más cercano a como lo concebimos hoy, y estaban los que defendían el «sistema popular». En el cabildo abierto actuaban los demagogos que, para unos, seducían a la multitud y para otros, en cambio, organizaban la opinión hacia una deliberación razonable. Pero muchas veces los cabildos abiertos ―dado que se consideraban representativos― hacían peticiones o incluso intentaban la toma del poder y para muchos eran considerados como un modo de legitimidad popular y se denominaban «movimientos de pueblo»: de este modo estos últimos movimientos no serían alzamientos que solo se basaban en la fuerza, sino que su fuente de legitimidad se apoyaba en la presencia y voluntad del pueblo, quien era en definitiva el depositario de la soberanía. Hay que aclarar que algunos periódicos defendían un sistema «mixto», donde esta «política de hecho» ―en palabras del autor― era legítima32. Estos partidarios de los cabildos abiertos y de las asambleas parecían ser el germen de una organización de tipo confederacional, a veces federativa, e hicieron varias revueltas para derribar a sus oponentes, que defendían una organización unitaria con fuerte predominio de Buenos Aires33. Pero además hay otra cosa interesante ―que disparó las investigaciones posteriores― y es que tanto Di Meglio como Herrero encontraron ―mediante el estudio pormenorizado de las redes sociales― una serie de mandos intermedios, a veces llamados tribunos de la plebe sin los cuales estas revueltas no hubieran sido posibles y eran las suficientes como para ver con cierta claridad que tanto estos mandos [32] hERRERO, F.:“¿La revolución dentro de la revolución? Algunas respuestas ideológicas de la élite política de Buenos Aires”, en Herrero, F. (comp.): Revolución política e ideas en el Río de la Plata durante la década de 1810. Buenos Aires: Ediciones cooperativas, 2004, p. 109. [33] Es importante señalar que Herrero también está escribiendo en la coyuntura argentina del 2001, donde al lado del «que se vayan todos» emergieron en muchísimos distritos asambleas populares que discutían los problemas políticos del distrito proponiendo medidas, tratando de asumir una responsabilidad política ante la crisis de representación y en la falta de capacidad de respuesta de los políticos a sus problemas reales, en la que se veían inmersos.
– 72 – Jaime Peire intermedios como «los de abajo» eran imprescindibles para organizar una revuelta y tumbar un gobierno34. Y esto fue una gimnasia que había comenzado con las invasiones inglesas, y especialmente después de un tumulto en 1811, donde se veía claramente la alianza entre los uniformes militares, las chaquetas de las élites y el populacho, azuzado por estos mandos intermedios: una alianza que se repetirá hasta que a fines de la década del 20 el partido del orden tomara el poder invocando el orden y la ley y cerrara este ciclo, haciendo efectivo ―pero solo en Buenos Aires― lo que la Gaceta de Buenos Aires había rogado desde hacía tiempo, evocando la Revolución francesa: poner «fin a la revolución y principio al orden». Pero la etapa del orden estaba lejos de haber comenzado35. 3.6. Representación y soberanía Después de las invasiones inglesas estaba claro que Buenos Aires ―y quizás todo el virreinato con ella― había tenido su propia suerte en sus manos, había optado por la Monarquía española ―aunque pueden discutirse los motivos― había depuesto a un virrey, nombrado a otro, conseguido que la Corona lo legitimase, pero lo que la historiografía más reciente parece haber advertido, de diferentes maneras, es que Buenos Aires había dado un gran paso en la construcción de una sociedad política. La lucha armada había generado en primer lugar, la producción de nuevos espacios de legitimidad a partir del ejercicio de la ciudadanía como ciudadano en armas defendiendo la república, en el sentido [34] Para Herrero los centralistas «pretendían una estructura estatal con jurisdicción en todas las provincias, con un poder ejecutivo fuerte de carácter nacional y con residencia en Buenos Aires. Control político sobre un inmenso territorio que implicaba, al mismo tiempo, disponer de un enorme espacio económico dedicado especialmente al comercio». Los confederacionistas en cambio proponían «depositar todo el poder en la soberanía provincial, manteniendo una relación laxa con las demás provincias. En el marco de los parámetros que establecía ese Estado, pretendían utilizar los muy jugosos recursos bonaerenses para beneficio propio, dejando de lado todos esos gasto que producían los ejércitos, las reuniones nacionales, ente otras cargas que, si bien eran de carácter estrictamente nacional, la experiencia histórica había mostrado que hasta aquí solo Buenos Aires era el que pagaba esas enormes cuentas. En este preciso sentido, reformar el Estado implicaba hacer serios y muy decisivos cambios». Ibídem, p. 118. [35] Cit. por FRAdkIn, R.: “Tensiones política y sociales en la frontera de Buenos Aires y Santa Fe en 1816. La conspiración de los sargentos”, en BRAGOnI, B. y mAtA, S.: Entre la colonia y la república. Insurgencias, rebeliones y cultura política en América del Sur. Buenos Aires: Prometeo libros, 2008, p. 191.
– 73 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... antiguo del término, pero en el sentido moderno de legitimidad.36 El ejército ―decía Pilar González Bernaldo― representaba a la revolución y al pueblo mismo de Buenos Aires. Había un rapport muy especial entre los dos, que la militancia revolucionaria trataría de quebrar profesionalizando el ejército ―espacio impropio para conducir la revolución según pensaba esta élite― y tratando de imponer las nuevas ideas sobre la representación, en donde ejerciendo una pedagogía cívica que pretendía legitimarse por el discurso, se podría construir una nación imponiendo la civilidad, que era su esencia, mediante el despliegue de una nueva sociabilidad: las sociedades patrióticas y las logias. Tal el discurso que mayo habría venido a plantificar en el imaginario social, para Pilar González Bernaldo37. La construcción de una sociedad política «moderna» imponía mecanismos de representación que la vacatio regis hacía patéticamente urgentes, para relacionar la sociedad civil con la sociedad política mediante la representación y su implementación necesaria mediante el voto, que traía consigo toda una nueva política que basaba su legitimidad en las elecciones. Ello hacía también importante la construcción de una opinión pública que orientara el debate público y construyera esta nueva sociedad política38. Caído el Rey, sostiene Darío Roldán, había que reconstruir la soberanía y el Estado y la representación fue el elemento elegido para cubrir los dos problemas, en desmedro de la limitación al poder, que era precisamente lo que lo habría hecho una contracara plena de una Monarquía absoluta39. [36] La historiografía ha demostrado como cada cabildo representaba a los patricios, a los vecinos, y en definitiva las ciudades y sus campañas y las mismas fuentes denominaban a ese conjunto, «república». Cfr. SchAuB, J. F.: “El pasado republicano del espacio público”, en GuERRA, F.-X. y LAmPéRIéRE, A. et al. (comps.): Los espacios públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas. Siglos xvii y xviii. México: FCE, 1998, pp. 27-53. En cuanto a la producción de la legitimidad, Cfr. GOnzáLEz BERnALdO, P.: “Producción de una nueva legitimidad: ejercicio y sociedades patrióticas en Buenos Aires entre 1810 y 1813”, en Comité Argentino para el Bicentenario de la Revolución Francesa, Imagen y recepción de la Revolución Francesa en la Argentina. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano, 1989 pp. 27-51. [37] GOnzáLEz BERnALdO dE quIRÓS, P.: Civilidad y política en los orígenes de la nación Argentina. Las sociabilidades en Buenos Aires, 1829-1862. Buenos Aires: FCE, 2001. [38] Cfr. El ya clásico estudio de tERnAVASIO, M.: La revolución del voto. Política y elecciones en Buenos Aires, 1810-1852. Buenos Aires: Siglo xxI, 2001. [39] ROLdán, D.: “La cuestión de la representación en el origen de la política moderna. Una perspectiva comparada (1770-1830)”, en SáBAtO, H. y LEttIERI, A.: La vida política en la Argentina del siglo xix, armas, votos y voces. Buenos Aires: FCEE, 2003, pp. 25-43.
– 80 – Jaime Peire inteligibles ―o problematizan― partes del relato que son ambiguas y no teleológicas55. Ana Frega estudia la revolución en la Banda Oriental, en la figura de Artigas, pero también en otros actores sociales de la misma Banda, que explican su «fracaso» y la situación posterior. La influencia de Artigas se extendía en 1815 a las provincias del noroeste y centro de las Provincias Unidas ―Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, e incluso Córdoba, hasta donde llegaba la atracción del «Sistema de los pueblos libres» como se llamaba a la propuesta artiguista― pero que tenía su base neurálgica en la campaña oriental. Pero las élites de Montevideo desconfiaban de su igualitarismo ―que incluía también a los indígenas― y de lo que hoy llamaríamos su populismo, disidente tanto de los portugueses ―siempre una amenaza― como de los afanes centralistas de Buenos Aires. «Las élites locales habían manifestado su apoyo al sistema de los Pueblos Libres como posibilidad para afirmar su dominio en una provincia-región, pero no estaban dispuestas a cargar con el peso de la guerra, máxime cuando en la etapa radical de la revolución, el artiguismo parecía amenazar sus posiciones y posesiones». Ellas pretendían un después de la revolución que retornara a la estabilidad, algo muy diferente de lo que Artigas parecía pretender56. Desconfiaban de lo que consideraban «un entusiasmo frenético de la libertad» que entendían como un «espíritu de pillaje», que escondía en realidad una disputas por las tierras y ganados, que venían de antes57. Desaparecido Artigas de la escena militar, la situación en la Banda Oriental exigía que el gobierno o el caudillo de turno debiera hacer concesiones si quería evitar la resistencia de las partidas sueltas asegurándose en estas negociaciones apoyo en las redes sociales preexistentes, dada la peculiaridad oriental, pero estaba claro que cualquier orden que surgiera, ya no sería una restauración del orden anterior. Julio Djenderedjian afirma, [55] «Una lectura de conjunto permite advertir el peso relativo de algunos importantes supuestos que organizan las pesquisas, y que inspirados en vertientes teóricas afines a la agency theory, ha colocado en las últimas décadas la acción colectiva, los mediadores y los sectores subalternos en el lugar expectable de la agenda de la historia social y política del siglo xIx hispanoamericano». BRAGOnI, B. y mAtA, S.: Op. cit., p. 22. [56] FREGA, A.: “Guerras de independencia y conflictos sociales en la formación del Estado Oriental del Uruguay, 1810-1830”, en Dimensión antropológica, n.º 35. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2005, p. 30. [57] FREGA, A.: Op. cit.
– 81 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... precisamente que hay una tensión muy fuerte entre la revolución de los vecinos, que controlaban el acceso a la tierra en Entre Ríos y la Banda Oriental, y la de los indios y mestizos, a los que Artigas les otorgaba tierra en el «Reglamento Provisorio para el fomento de la campaña oriental de 1815» ―empezando por los más miserables― pero paradójicamente dándole el control de este proceso a las élites locales: la vigencia de este reglamento duró pocos meses, pero su intención puso a Artigas en la historiografía más o menos reciente a la cabeza de la lista de verdaderos revolucionarios58. Sin embargo, la influencia de Artigas no se asentaba sobre una misma configuración social, y no siempre produjo los mismos resultados. Eso parece haber sido el caso de la provincia de Entre Ríos, importante estratégicamente en el mapa geográfico y político: «De este modo, el artiguismo entrerriano ―como el santafecino― fue mucho menos radical y plebeyo y permitió a sus núcleos dirigentes comenzar una experiencia completamente inédita: la configuración de una entidad soberana que no emergía del poder autonomizado de una ciudad y que se asentó en un sistema de relaciones que contenían una fuerte dosis de negociación local y compensación a los sectores subalternos estructurado en torno a las milicias»59. Después de 1815 el espacio entre Buenos Aires y Santa Fe se hizo conflictivo por la fragmentación del entramado social y económico. Emergieron nuevos líderes entre los alcaldes los curas y los jefes de milicias reclutados entre linajes de jerarquía antigua, pero ellos necesitaban la alianza de líderes locales que tampoco podían prescindir de las autoridades y fuerzas superiores60. Los estudios de Fradkin sobre una revuelta de sargentos en esta misma frontera, permiten entrever aspectos sumamente interesantes del movimiento social que la revolución y la guerra estaban provocando. Las revueltas en el ejército no eran nuevas e incluso algunas habían llegado a deponer gobiernos. Pero este autor realiza un estudio donde lo original es que fue encabezada por sargentos [58] dJEndEREdJIAn, J.: “Roots of Revolution: Frontier Settlement policy and the emergence of new Spaces of power in the Río de la Plata Borderlands 1777-1810”, en Hispanic American Historical Review, n.º 88, 4, pp. 639-668. [59] FRAdkIn, R.: “¿Qué tuvo de revolución la independencia?”, en Nuevo Topo. Revista de Historia y pensamiento crítico, 5. Buenos Aires: 2008, p. 15. [60] FRAdkIn, R. y RAttO, S.: “Liderazgos locales en la frontera entre Buenos Aires y Santa Fe (1815-1820)”, en FRAdkIn, R. y GELmAn, J. (comps.): Desafíos al Orden. Política y sociedades rurales durante la Revolución de Independencia. Rosario: Prohistoria ediciones, 2008, pp. 37-60.
– 82 – Jaime Peire que pretendían hacer una «revolución» ―Fradkin arriesga que quizás querían decir una protesta parecida a una huelga― por la reiterada demora del prest, o socorro diario que se daba a los soldados. Lo notable es cómo estos sargentos se dieron el lujo de enfrentar a toda la oficialidad y ser absueltos en el juicio posterior. Lo que muestra que había un espacio de negociación entre los «sectores subalternos» ―denominación que usa Fradkin a diferencia de Di Meglio que prefiere la de plebe, más bien urbana― que muestra que podían poner en tela de juicio las cuestiones de lealtad y obediencia. Esto puede demostrar una capacidad de negociación a partir del enrolamiento y más allá de una posible y simple coacción61. Donde antes teníamos a los caudillos imponiendo un orden social, ahora tenemos un espectáculo mucho más complejo, fruto de la revolución y de la guerra: los resultados de esta última, son los que la historiografía reciente ha comenzado a analizar pormenorizadamente en toda su complejidad. Lejos de la armonía que planteaban los historiadores tradicionales, el desorden (utilizando de un nuevo modo esa vieja palabra) parece haber dado paso a los estudios de las montoneras y el bandidaje social, como salida a una situación verdaderamente compleja. Así, por ejemplo, en la frontera entre Córdoba y Santa Fe, Valentina Ayrolo muestra cómo estamos ante un escenario que parece comportarse de manera autónoma y conflictiva, azotado por las denominadas montoneras, partidas sueltas que en general asociaban reclamos sociales con objetivos políticos, de composición heterogénea, pero de predominio de «gauchos». Las luchas entre, el Directorio ―gobierno unipersonal centralista de las Provincias Unidas que cayó en 1820― el autonomismo santafecino y las entradas de los indígenas del chaco impedían consolidar ninguna autoridad efectiva. De esta manera, surgían liderazgos locales que eran sumamente importantes por la función crucial de ese espacio para [61] FRAdkIn, R.: “Tensiones políticas cit”, en BRAGOnI, B. y mAtA, S.: Op. cit., pp. 169-192. Cfr. también del mismo autor, “Anatomía de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires a mediados de la década del 20”, en Dimensión cit., pp. 163-189. Asimismo, La historia de una montonera. Bandolerismo y caudalismo en Buenos Aires, 1826. Buenos Aires: Siglo xxI, 2006. Aunque Fradkin lo ha desarrollado mucho, el consenso entre los historiadores acerca de la importancia de estas montoneras y de los líderes y movimientos locales y de su poder de negociación es grande, fruto del desarrollo del método de redes sociales.
– 83 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... mantener el comercio y las líneas de abastecimiento del ejército con Buenos Aires62. Los estudios sobre el área andina del sur, lo que era la frontera norte de las Provincias Unidas, son hoy día numerosos. Buscando superar las limitaciones de la historiografía «nacional», Sara Mata ha investigado las motivaciones de los campesinos insurrectos en el sur andino, y el sentido de sus luchas, que comienzan por lo menos en 1809, movimientos autonomistas que devinieron en movilizaciones rurales y fueron derrotados. A partir de 1814 parece claro que hay una insurrección rural, donde antes había una movilización. Para Gustavo Paz, Martín Miguel de Güemes construyó su poder mediante la extensión de la protección a los habitantes de la campaña movilizados y esta movilización terminó quebrando relaciones sociales coloniales entre la élite y la población rural basadas en el arrendamiento, el peonaje, la provisión de crédito y la administración de justicia por parte del cabildo. La guerra, por lo tanto, desató tensiones sociales y étnicas que habían estado contenidas, mientras las élites de Salta y Jujuy toleraron ese liderazgo por las urgencias de la guerra y el apoyo que obtenía del directorio y el Congreso. «Este desafío a la autoridad de las elites se basaba en una ideología republicana que moldeaba un concepto de “patria” vagamente definida, pero que incluía los conceptos de igualdad ante la ley y la abolición de las diferencias étnicas»63. Guemes tuvo que conducir y disciplinar esa movilización, tratando de asegurar la lealtad e lo mandos intermedios (cabos, sargentos y capitanes de milicia). Mata entiende que ya no es posible sostener un caudillismo carismático de Güemes ―héroe mítico salteño de la guerra de guerrillas contra la vanguardia realista― como la única explicación de la plebe rural al ejército realista. Tampoco acepta la explicación del patriotismo de los estancieros, que tuvieron múltiples reyertas con el caudillo, y terminaron destituyéndolo. Para ella es insuficiente también explicar esa resistencia en términos de puro interés [62] AyROLO, V.: “Entre la patria y los ‘patriotas a la rústica’”, en FRAdkIn, R. y GELmAn, J. (comps.): Desafíos cit., pp. 17-36. Quizás sea oportuno mencionar que Facundo Quiroga, el “Facundo” de Sarmiento, caudillo de La Rioja, fue asesinado en 1835 en esta provincia por líderes locales, los hermanos Reinafé. [63] PAz, G.: “Reordenando la campaña: la restauración del orden en Salta y Jujuy, 18221825”, En FRAdkIn, R.: Y el pueblo dónde está cit., p. 210.
– 84 – Jaime Peire económico y social, aunque no descarta que ello fuera un componente importante. La explicación debe contener todos esos ingredientes y más aún. Por un lado Güemes era de la élite salteña, pero se enfrentará a ella cuando otorgue a los milicianos ―sus épicos gauchos― el goce del fuero militar que los defendían del control de los poderosos terratenientes. «La condición de gaucho permitía a los peones no cumplir con sus tareas rurales, a los arrenderos no prestar servicios ni pagar los arriendos a los propietarios de las estancias y a muchos instalarse en las tierras sin la autorización del propietario o eludir sus contribuciones de ganado a la que se encontraban sujetos quienes no gozaban de algún tipo de protección política. A estos beneficios se sumaba el reconocimiento social que reportaba la lucha contra los realistas, a quienes identificaba como representantes de un orden social represor»64. Pero a su vez, esos peones, arrenderos, pequeños y medianos propietarios, habían sufrido las requisas realistas y ante el saqueo de sus bienes se habían unido a los líderes locales. También se enrolaron en la causa patriota muchos indígenas. Aquí la cuestión entronca con la tema del manejo del poder por parte de Güemes. Mata demuestra que su éxito nunca hubiera sido tal sin el concurso de líderes intermedios que no siempre participaban en las actividades guerreras, y con los que ―una vez más― Güemes debía negociar. La cuestión excedía al marco local, porque en el conflicto entraban también los comandantes de frontera del Chaco, que administraban la disputa del fruto de la mano de obra que se pudiera capturar en las entradas en territorio indígena, o del conchabo de estos en las estancias65. El «sistema Güemes», como se lo llamó, fue entonces una gran mediación entre poderes locales, y ―por demás importante― con el poder político [64] mAtA, S.: “Conflicto social, militarización y poder en Salta durante el Gobierno de Martín Miguel de Güemes”, en hERRERO, F.: Op. cit., p. 133. [65] Ibídem, p. 129.
– 85 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... porteño66. Para Paz ―sin embargo― terminada la guerra, sin el alcance del fuero militar y decretada la obligación del pago de arriendos, la élite volvía a tomar las riendas del poder real, estableciendo un orden basado «en las viejas relaciones sociales de arrendamiento y peonaje»67. Beatriz Bragoni estudió con detenimiento el caso de Cuyo (Provincias actuales de San Luis, San Juan y Mendoza de la Argentina) Su narrativa historiográfica estudia el período Sanmartiniano, analizando mitos y verdades de la épica construida por la historiografía tradicional. En línea con los estudios de la plebe en Buenos Aires, advierte la irrupción de las clases populares en la política, en el ejército de los Andes, férreamente controlado por un San Martín, distinto al que conocemos, construyendo un margen de autoridad fuerte, pero ―con todo― sin poder evitar las «disrupciones» que estas clases bajas producían, a veces porque los argumentos los daban las élites mismas. Desde el principio de la revolución en Mendoza, existía una decisión política de integrar al sector esclavo al nuevo orden revolucionario, aunque no sin tropiezos, con una potente pedagogía patriótica: «A pesar de las aspiraciones de sus mentores, la militarización de los esclavos negros y libres en Cuyo adquirió una forma de organización que previó la integración desigual en el ejército y en las milicias, que si bien no eliminó la distinción entre blancos y negros, terminó convirtiéndose en un ámbito de sociabilidad formidable no solo para obtener oficiales y soldados entrenados para hacer la guerra, sino como espacio de experiencia favorable a la difusión de preceptos libertarios e igualitarios sostenidos por la legitimidad uy la justicia revolucionaria»68. [66] mAtA, S.: “Insurrección e independencia. La provincia de Salta y los Andes del Sur”, en FRAdkIn, R.: Y el pueblo dónde está, cit., pp. 177-208. El «sistema Güemes dependía de la contingencia política, y de la lucha de las élites de los cabildos de Salta, ciudad cabecera y Jujuy, siempre postergada. De hecho el peor enemigo de Güemes fue el General Olañeta, que finalmente logró su muerte, nacido en Jujuy». Cfr. mARchIOnnI, M.: “Ente la guerra y la política. Las élites y los cabildos salto-jujeños en tiempos de Güemes”. En BRAGOnI, B. y mAtA, S.: Op. cit., pp. 217-243. El sucesor político de Güemes, Juan Antonio Álvarez de Arenales, pareciera haber sido más permeable a la influencia político-cultural de Buenos Aires, implementando varias de sus reformas más «avanzadas». Cfr. dI PASquALE, M.: “La gestión de Álvarez de Arenales. Presencia del rivadianismo en Salta”, en Revista Complutense de Historia de América, 35, Madrid, 2009, pp. 209-231. [67] PAz, G.: Op. cit., p. 222. [68] BRAGOnI, B.: “Esclavos, libertos y soldados: la cultura política plebeya en Cuyo durante la revolución”, en FRAdkIn, R.: Ibídem, p. 149.
– 86 – Jaime Peire Pero una vez desatada la movilización, en este caso por la militarización casi forzada, esto a veces llevó a consecuencias insospechadas, como la movilización de voluntarios para volver a Chile y derrocar el orden que San Martín y O’Higgins habían impuesto luego de derrotar a los realistas, que los hermanos Carrera habían encabezado, buscando a sus compatriotas diseminados ―muchos de ellos― en toda la geografía de las Provincias Unidas soldados dispuestos para este fin, pero que a veces amenazaban junto con los indios aliados a ellos ¡la toma de Buenos Aires!69 También la visión idílica y patriótica del Ejército de los Andes ha sido puesta en tela de juicio con saludable atrevimiento. Bragoni estudia la relación salario-patriotismo-disciplina-profesionalidad-virtud de este ejército, una construcción construida a través de los siglos. Así, por ejemplo, a fines de 1818 el ejército que había ganado en Maipo parecía estar «muy próximo a ser disuelto» decía un San Martín que quizás exageraba a al Director de las Provincias Unidas Pueyrredón, por su lastimosa situación económica. Pueyrredón ayudó, pero reclamó también la asistencia del Estado Chileno. La variable salario era considerada como central porque de ella pendía buena parte del patriotismo y la disciplina de los soldados o de la «virtud», principal pivote ideológico de los soldados. Si el dinero no hubiera llegado, quizás la imagen entera del ejército patriota se hubiera venido abajo: y aunque esto sea un contrafáctico, lo cierto es que las cartas de los generales de San Martín ―y de él mismo― reflejaban bastante desesperación70. Bragoni descubre con estas exploraciones aspectos que son convergentes con los otros espacios que esta ponencia. La militarización disparó el orden social colonial ―y en este caso no solo por el espacio cuyano― y este nunca volvería a ser el mismo, rebasando la capacidad de San Martín y de los que estaban al mando mientras él estaba de campaña, para mantener el orden, aún cuando el clero fue incluido en la misión de [69] BRAGOnI, B.: “Trazos biográficos de emigrados chilenos en las provincias Unidas: la trayectoria política de los hermanos Carrera, 1814-1821”, en PEIRE, J.: Actores, representaciones e imaginarios. Homenaje a François-Xavier Guerra. Buenos Aires: Eduntref, 2007, pp. 165-194. [70] BRAGOnI, B.: “Guerreros virtuosos, soldados a sueldo. Móviles de reclutamiento militar durante el desarrollo de la guerra de la independencia”, en Dimensión Antropológica, Instituto Nacional de Antropología e Historia, vol. 35. México: 2005, pp. 95-137.
– 87 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... disciplinamientoe incluyó desde arengas patrióticas hasta el abandono del hábito y la adopción del uniforme militar71. «Otra prueba para el orden sanmartiniano fue la rebelión de San Juan de 1820, atendida por las milicias cívicas de Mendoza, pero que obligó a las autoridades mendocinas a atender los reclamos ―como los de ampliación del fuero― y a montar un nuevo montaje institucional»72. 3.8. La nueva patria y la comunidad imaginada. Patriotismo. Participación e identificación de las clases populares Al dejar la óptica esencialista, perdió su centralidad el relato de la configuración nacional como central y se visibilizaron las identidades locales y sus construcciones de sentido, y eso da un nuevo giro al conjunto posterior al entender mejor la incidencia de la construcción del sentido de la «identidad» operada desde Buenos Aires con pretensiones de nacionales ―que como reconoce Myers― ya se daba en la década del diez y fue instalada a partir de Mitre, el inventor historiográfico de la Nación Argentina73. De allí que una de las figuras centrales que emergen entre las brumas historiográficas es la patria como construcción constante, o las distintas patrias, tanto en un momento como en los distintos momentos. Desde esta perspectiva se visibiliza el tema de la identidad ―o quizás mejor del sí mismo― desde el punto de vista de una construcción cultural74. Para decirlo con palabras de LaCapra: «tendemos a imaginar un triángulo donde el sentido y la experiencia forman los ángulos de la base y el lenguaje ocupa el vértice, donde el lenguaje transforma a la experiencia en sentido»75. Así, el estudio de la experiencia ―y más concretamente de [71] PELLAGAttI, O.: “Los capellanes de la guerra”, en BRAGOnI, B. y mAtA, S.: Op. cit., pp. 193-216. [72] Cfr. BRAGOnI, B.: “Al acecho del orden sanmartiniano”, en FRAdkIn, R. y GELmAn, J.: Op. cit., pp. 103-130. [73] myERS, J.: en nun, J. (comp.): Debates de Mayo cit. [74] Cfr. ARREGuI, J. V. y BASOmBRíO, M.: “Identidad personal e identidad narrativa”, en ARREGuI, J. V., dOmínGuEz, M. J. et al.: Thémata, Revista de Filosofía, n.º 22. Sevilla: Universidad de Sevilla, 1999, pp. 17-32. [75] LAcAPRA, D.: Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría crítica. Buenos Aires: FCE, 2006, p. 91. Cfr. También GÓmEz GARcíA, (coord.): Las ilusiones de la identidad. Madrid: Cátedra, 2000.
– 88 – Jaime Peire la experiencia revolucionaria y de sus consecuencias― cobró importancia, junto con el estudio del lenguaje y de la construcción de sentido76. Desde estos parámetros, hubo otro tema que emergió con fuerza en la historiografía, de la mano de la identidad. Superado el esencialismo nacional/ista, era lógico preguntarse por el tema de la identificación con la patria, incluso antes de la etapa revolucionaria, como hemos visto, en relación con la identidad77. La noción de patria es también polisémica. Los diccionarios no siempre resuelven con total solvencia los problemas semánticos, sino que el historiador debe fijarse cómo es blandida ―en términos de González Bernaldo― la expresión en cuestión, para verla apropiación que de ella está realizando el enunciante. Por ejemplo Quijada, señala que ya en el siglo xVI, en España la noción de patria tiene un sentido de globalidad que excede a la patria chica78. Muchos de los actores que intervinieron en Revolución utilizaron ―de los dos lados― ese concepto abarcativo de patria. Pero la nueva patria rioplatense que había nacido con la creciente importancia del atlántico y después con la creación del Virreinato no era una patria solo [76] Fradkin utiliza con frecuencia la palabra «experiencia» tan rica en la historiografía a partir de Thompson, pero retomada hoy día por autores como Joan Scott y Dominick LaCapra en un sentido social y cultural. En cuanto al tema del lenguaje, véase GOLdmAn, N. (ed.): Conceptos políticos clave en el Río de la Plata, 1780-1859. Buenos Aires: Prometeo libros, 2008. chIARAmOntE, J. C.: Nación y Estado en Iberoamérica. El lenguaje político en tiempos de las independencias. Buenos Aires: Sudamericana, 2004. DáVILO, B.: Los derechos, las pasiones, la utilidad. Debate intelectual y lenguajes políticos en Buenos Aires (1810-1827). Caseros, Eduntref, en prensa. En cuanto a la construcción de sentido en el período revolucionario citaremos algunos trabajos que hemos realizado más adelante. [77] El error estaba en un supuesto erróneo: «El que los origen de la futura nación argentina se basaban en sentimientos de identidad política. Fue necesario una más larga labor de análisis de vocabulario y del contexto político de aquel período para percibir el error. Es decir para percibir que en aquellos tiempos los sentimientos de identidad, si bien no ignorados ni minusvalorados sino apreciados como útiles para la fortaleza de una nación, no eran considerados fundamento de la legitimidad política ni, por lo tanto, base de las nuevas naciones, cuya emergencia, como ya señalamos, provenía de las nociones contractualistas predominantes en el período. Las naciones se formaban a partir de una relación contractual e implicaban un cálculo racional de ventajas y desventajas». chIARAmOntE, J. C.: “Nación y nacionalidad en la historia argentina del siglo xIx”, en nun, J.: Op. cit., p. 39. Pero esta posición, condujo a la pregunta: ¿entonces qué sucedía con las necesidades de arraigo de la gente, con sus sentimientos de pertenencia, con sus identificaciones, y con los sentidos asignados por esos sentimientos? La historiografía a perimetrar así el tema de la Patria, abandonando el tema de la historia conceptual, sin salida para explicar qué estaban diciendo las fuentes cuando ―repetidamente― nombraban la nación. Había que bucear más hondo que el lenguaje, en los íconos donde los sentimientos recalaban. [78] quIJAdA, M.: El imaginario cit., p. 16.
– 89 – Historiografía sobre la revolución y la inpendencia en el Río... geográfica. Esa patria era un lugar donde el yo estaba o se figuraba en sociedad con otros con una nueva sociabilidad, con nuevas maneras de vivir la vida social. Parte fundamental de esta nueva patria era una esperanza ―quizás desmedida― en la capacidad de progreso material indefinido donde Buenos Aires tenía un lugar de absoluto privilegio por su ubicación geográfica ídem, y que en la mirada de la pequeña ―pero crecientemente relevante élite porteña― fungía por la patria. Ellos eran la patria, y los patricios que mediante su militante patriotismo harían realidad sus sueños de grandeza. Y aunque nombraran a «sus provincias» o a las provincias «interiores», Buenos Aires y su campaña era lo que ellos veían realmente, y actuaban en consecuencia. Buenos Aires fungía por Argentina, en los hechos79. Como ha dicho Halperín: «Lo más notable de estas entusiastas predicciones es que en ellas no retiene papel alguno el vínculo imperial; si ellas no incluyen ningún corolario político, reflejan una identificación exclusiva con la comarca rioplatense cuyos alcances exceden los lazos afectivos con la “patria chica” que tradicionalmente habían coexistido sin tensiones, tanto en las variadas regiones de la metrópoli como en las de ultramar, con el de lealtad al soberano de las Españas»80. C’est a dire, que si sumamos lo que las fuentes dicen sobre las posibilidades económicas de «Argentina» (Buenos Aires y su campaña, especialmente), y las negociaciones obtenidas en el Consulado a la impotencia metropolitana, una nueva patria estaba naciendo: era la patria de la civilización y de la civilidad, o de la ilustración. La creciente autorreferencialidad de Buenos Aires en el centro de esa nueva Patria, hacía ―como dice Halperín― después de las invasiones inglesas y habiendo depuesto un virrey, se pensara como autónoma. Pero los fundamentos ideológicas de lo que era una patria ilustrada en esos momentos, incluían de manera larvada una evolución de ella que conducía hacia la libertad, ideologema que se tornará el eje del discurso [79] PEIRE, J.: “Los sentimientos de pertenencia y su evolución en la producción literaria rioplatense entre 1767-1825”, en ChuSt cALERO, M.: La Corona rota. Identidades y memoria en las independencias hispanoamericanas. Castelló: 2010, en prensa. [80] hALPERín dOnGhI, T.: “La revolución rioplatense y su contexto americano”, en Academia Nacional de la Historia (coord.): Nueva Historia de la Nación Argentina. Buenos Aires: Planeta, 1999, TIII, p. 258.
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– 101 – cAPítuLO 4 EL NUTRIDO CAMPO DE LAS HISTORIAS DE LA FILOSOFÍA LATINOAMERICANA JOSÉ SANTOS HERCEG (Universidad de Santiago de Chile, Santiago de Chile, Chile) EL estudio y trabajo sobre la filosofía latinoamericana, es, hoy por hoy, siguiendo la conocida categorización del argentino Francisco Romero, algo «normal», «habitual», sobretodo en algunos lugares del continente donde dicho tema se ha vuelto bastante «generalizado»: digamos que allí se ha «normalizado» en el sentido de que el dedicarse a estudiarlo se ha incorporado como «[…] una actividad ordinaria a la común vida del espíritu»1, se ha ido consolidando hasta pasar a ser «[…] uno de los asuntos habituales del común ejercicio intelectual […]»2. Es tanto así que la filosofía latinoamericana incluso ha trascendido los límites del continente. En este sentido, a inicio del siglo xxI Pablo Guadarrama constataba que las ideas filosóficas elaboradas en América Latina habían alcanzado un «reconocimiento mundial», con el consecuente aumento tanto en el interés por estudiarlas y como en la valoración que se hace de ellas. Dicho interés y reconocimiento tendría como fundamento, según el cubano, «[…] el grado de madurez alcanzado por la vida filosófica latinoamericana en la actualidad»3. Madurez que va necesariamente [1] ROmERO, F.: “Sobre la historia de las ideas” (1955), en La estructura de la Historia de la filosofía y otros ensayos. Buenos Aires: Losada, 1967, p. 61. [2] Ibídem, p. 54. [3] GuAdARRAmA, P.: Historia de la filosofía latinoamericana. Bogotá: Universidad Abierta a Distancia, 2000.
– 102 – José santos Herceg acompañada altos niveles de calidad y, sin duda, por un enorme caudal de producción. En efecto, es mucho es lo que ha ocurrido ―y lo que se ha escrito― en el campo de la filosofía en América Latina durante los últimos dos siglos. Tanto, que a estas alturas emprender la tarea de escribir su historia se ha vuelto una empresa que solo puede calificarse de enorme, monumental, incluso, titánica. Trabajo que pese a esta constatación muchos autores han tenido la valentía y la motivación de emprender. Es a raíz de ello que sorprende tanto que hace algunos años Carlos Boerlegui al comenzar su libro titulado Historia del pensamiento filosófico latinoamericano. Una búsqueda incesante de identidad señale que, pese a existir algunas monografías y artículos sobre diversas épocas o historias de los países iberoamericanos más potentes filosóficamente hablando, todavía no hay ninguna investigación «[…] que se dedique, de forma amplia y pormenorizada, a presentar lo más destacable del pensamiento filosófico latinoamericano en todas sus épocas históricas y en todas sus nacionalidades»4. Boerlegui pretende, por lo tanto, ser el primero en hacer un esfuerzo de sistematizar toda la historia del pensamiento filosófico latinoamericano. Como ha puesto de manifiesto ya David Sobrerilla (2007), en realidad la única novedad que presenta el libro de Boerlegui en este sentido es el haber sido la primera historia del pensamiento filosófico latinoamericano que se publica en España escrita por un español. De hecho, en otros países de Europa ya se había emprendido esa tarea, como son los casos del libro del italiano Sergio Sarti, Panorama della filosofa hispanoamericana contemporánea (1976); la obra del francés Alain Guy, Panorama de la Philosophic Ibéro-Américaine. Du xv siécle a nosjours (1989) y el estudio del alemán Heinz Krumpel, Philosophie in Lateinamerika. Grundzüge ihrer Entwicklung (1992). En América Latina, por su parte, los esfuerzos en este sentido ya constituyen una abundante tradición. A partir de mediados del siglo pasado, sobre todo a raíz de un impulso dado por el mexicano Leopoldo Zea en vistas de «recuperar» el pasado filosófico del continente, se inició un movimiento que no ha conocido detención. En efecto, entre 1945 y 1946 Zea recibe una beca que le permite recorrer un año los países iberoamericanos. En dicho viaje contacta a un selecto grupo de intelectuales latinoamericanos, reclutándolos para su proyecto de recuperación. Entre ellos estaban Arturo Ardao (Uruguay), Joau Cruz Costa (Brasil), Fco. Miró Quesada (Perú), José Luis Romero (Argentina), [4] BOERLEGuI, C.: Historia del pensamiento filosófico latinoamericano. Una búsqueda incesante de identidad. Bilbao: Universidad de Deusto, 2004, p. 21.
– 103 – El nutrido campo de la filosofía latinoamericana Guillermo Francovic (Bolivia). Más adelante se sumarán: Ernesto Mayz Vallenilla (Venezuela), Ángel y Carlos Rama (Uruguay), José Antonio Portuondo y Roberto Fernández Retamar (Cuba), Darcy Ribeiro (Brasil), entre otros. Comenzaba así la labor de «relatar» la historia de la filosofía en América Latina. Estos autores escarbaron en las tradiciones de sus propios países y en la de América Latina en general, dando lugar a una considerable textualidad: la mayor parte de la cual se ha publicado en el Fondo de Cultura Económica en México. Aunque no es mucho el tiempo que ha pasado desde que se iniciara este proceso, a estas alturas y contradiciendo flagrantemente la afirmación de Beorlegui, son multitud las historias de la filosofía que se han escrito tanto en los ámbitos nacionales como continentales. Es así como hay historias de la filosofía nacional en prácticamente todos los países del continente. A modo de ejemplo podría mencionarte el caso de Chile5, Bolivia6, Argentina7, Perú8, México9, Costa Rica10, República Dominicana11, Pa- [5] EScOBAR, R.: Filosofía chilena. Chile: Universidad Técnica del Estado, 1976. Y El vuelo de los Búhos. Visión personal de la actividad filosófica en Chile. Santiago de Chile: RIL Editores, 2008. JAkSIc, I.: Academic rebels in Chile; the role of philosophy in higher education and politics. Albany: State University of New York Press, 1989. Y SánchEz, C.: Op. cit. [6] FRAncOVIch, G.: La filosofía en Bolivia. Buenos Aires: Editorial Losada, 1945. Y El pensamiento Boliviano en el siglo xx. México: FCE, 1956. [7] LERtORA, M. C.: Historia del pensamiento filosófico Argentino. Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo, 1976. PRO, D.: Historia del pensamiento filosófico argentino. Mendoza: Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Instituto de Filosofía, 1980. E Historia de la filosofía Argentina, 1600-2000. Buenos Aires: 2001. [8] SALAzAR BOndy, A.: Historia de las ideas en el Perú contemporáneo: el proceso del pensamiento filosófico. Perú: F. Moncloa, 1967. Y RIVERA dE tuEStA, M.ª L.: Pensamiento prehispánico y filosofía colonial en el Perú: Filosofía e historia de las ideas en Latinoamérica. México: FCE, 2000. [9] zEA, L.: La filosofía en México. Libro-Mex, México, 1955. Y El positivismo en México. México: El Colegio de México, 1943. RAmOS, S. (1943). IBARGüEnGOItIA, A.: Suma filosófica Mexicana. México: Porrua, 2007. GALLEGOS ROcAFuLL, J. M.: El pensamiento mexicano de los siglos xvi y xvii. México: Centro de Estudios Filosóficos, 1951. BEuchOt, M.: La historia de la filosofía en el México colonial. Barcelona: Herder, 1996. VILLEGAS, A.: Autognósis: el pensamiento mexicano en el siglo xx. México: Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1985. E Historia de la filosofía en México. Siglo xx. México: UAT, 1988. mAGALLÓn, M.: Historia de las ideas en México y la filosofía de Antonio Caso. México: UAEM, 1998. Y ROVIRA, M.ª C.: Una aproximación a la historia de las ideas filosóficas en México, siglo xix y principios del xx. México: UNAM, 1997. [10] LáScARIS, C.: Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica. San José: Editorial ECA, 1964. [11] cORdERO, A.: Panorama de la filosofía en Santo Domingo, 2 vols. Santo Domingo: Imprenta Arte y Cine, 1962. Y PéREz dE LA cRuz, R. E.: Historia de las ideas filosóficas en Santo Domingo durante el siglo xviii. México: UNAM, 2000.
– 104 – José santos Herceg namá12, Uruguay13, Colombia14, Venezuela15, Ecuador16, Cuba17, etcétera. Todos estos países tienen, en distinto grado, trabajo adelantado sobre las historias de sus respectivas filosofías nacionales. En el plano de las historias continentales de la filosofía y solo con la intención de mencionar las más conocidas publicadas antes de 2004, habría que aludir en orden de aparición los libros de Ramón Insua Rodríguez (1945), Leopoldo Zea (1949), Alberto Caturelli (1953), Manfredo Kempf M. (1958), Alfredo Carrillo Narváez (1959), Francisco Larroyo (1963 y 1968), Abelardo Villegas (1963), William Rex Crawford (1966), Augusto Salazar Bondy (1968), Francisco Miró Quesada (1974 y 1981), Jaime Rubio (1979), Arturo Andrés Roig (1981), Horacio Cerutti-Guldberg (1986), José Luís Gómez-Martínez (1987), Enrique Dussel (1994), Javier Sasso (1998), Pablo Guadarrama (2000), Germán Marquínes A. (2001), entre muchos otros. Como se puede observar, entre los textos de historia de la filosofía en América Latina y en los diferentes países en particular, de hecho, se puede constituir una suculenta biblioteca. Justamente la existencia de esa multitud de historias pone de manifiesto que ninguna de ellas es «la» historia de la filosofía en América Latina, y cada uno es solo una versión posible de lo acontecido. Como ha sido puesto múltiples veces de relieve, el discurso historiográfico es [12] SOLER, R.: Pensamiento panameño y concepción de la nacionalidad durante el siglo xix. Panamá: Librería cultural panameá S.A, 1971. Y “Tradición, reflexión y enseñanza de la filosofía en Panamá”, en Tareas, n.° 79, septiembre-diciembre de 1991. [13] ARdAO, A.: Espiritualismo y positivismo en el Uruguay. México: FCE, 1950. [14] JARAmILLO uRIBE, J.: El pensamiento colombiano en el siglo xix. Bogotá: Editorial Temis, 1964. Y mARquínEz ARGtOtE et al.: La filosofía en América Latina. Historia de las ideas. Bogotá: El búho, 2001. [15] LunA, J. R.: El positivismo en la historia del pensamiento venezolano. Caracas: Editorial Arte, 1971. Y GARcíA BAccA: Antología del pensamiento venezolano de los siglos xvii y xviii. Caracas: 1953. Y Lecturas de historia de la filosofía venezolana. Caracas: 1972. muñOz GARcíA, A.: “Hacia una historia de la filosofía en Venezuela: prehistoria filosófica de la Universidad de Caracas”, n.º 33, 1999, pp. 81-100. [16] ROIG, A. A.: “Historia de las Ideas”, en Boletín de Filosofía n.º 9, vol 3. Chile: Universidad Católica Blas Cañas, 1997-1998. PALAdInES EScudERO, C.: Sentido y trayectoria del pensamiento ecuatoriano. México: UNAM, 1991. [17] VItIER, M.: La filosofía en Cuba. México: 1948. GuAdARRAmA, P.: Valoraciones sobre el pensamiento filosófico cubano y latinoamericano. La Habana: 1986. Y El pensamiento filosófico en Cuba en el siglo xx. Santa Clara: 1995. mEStRE, J. M.: De la filosofía en La Habana. La Habana: introducción de PIñERA LLERA, H.; 1952. PIñERA LLERA, H.: Panorama de la filosofía cubana. Washington: 1960. RIEPE, D.: “Philosophy in Cuba: then and now”, en Ideology and independence in the Americas. Minneapolis: knutSOn, A. A. (ed.), 1989. Y tERnEVOI, O.: La filosofía en Cuba. La Habana: 1981.
– 105 – El nutrido campo de la filosofía latinoamericana solo y simplemente una representación del pasado y la historiografía, es únicamente un relato acerca de la historia, una producción mayoritariamente escrita acerca de lo acontecido. «La historiografía (es decir “historia” y “escritura”) ―ha escrito acertadamente Michel de Certeau― lleva inscrita en su nombre propio la paradoja ―y casi el oxímoron― de la relación de dos términos antinómicos: lo real y el discurso. Su trabajo es unirlos, y en las partes en que esa unión no puede pensarse, hacer como si los uniera»18. La «futilidad» del discurso historiográfico ―como la llama De Certeau―, es decir, aquella constatación de que «[…] nunca será llenado el espacio que separa al discurso de la realidad»19 es lo que abre la posibilidad para que el relato, la relación que se hace de los hechos puede ser alterado, cambiado, dando origen a la coexistencia de múltiples versiones de la historia o, dicho de otra forma, a muchas historias que se refieren los mismo acontecimientos. Lo único que queda de lo sucedido son vestigios, ruinas (fuentes) con los cuales se construyen discursos sobre el pasado, interpretaciones más o menos coherentes, más o menos verosímiles de lo acontecido. «Los archivos ―dice De Certeau― forman el “mundo” de este juego técnico»20. La historiografía en tanto que «reproducción» de la realidad pasada es en realidad una «producción» del pasado. En este sentido señala Le Goff que «el pasado es una construcción y representación constante»21. De la historia de la filosofía en América Latina se han construidos múltiples representaciones; es por ello que al titular este trabajo he preferido utilizar en plural la palabra historia y, de hecho, lo he llamado “El nutrido campo de las historias de la filosofía latinoamericana”. Ante este panorama múltiple y variado de historias se hace necesario encontrar algún modo de organizarlo. Hay, sin duda, muchas formas de organizar este material utilizando diferentes criterios tanto formales como de contenido. En esta oportunidad ordenaremos el campo de acuerdo con la manera en que los diferentes historiadores organizan el relato, más bien, de acuerdo con los criterios que escogen los autores para ordenar su narración. En efecto, una nota que marca diferencia entre los relatos [18] cERtEAu, M. de: La escritura de la historia. México: Universidad Iberoamericana, 2000, p. 13. [19] cERtEAu, M. de: Op. cit., p. 22. [20] Ibídem, p. 23. [21] LE GOFF: 1995, p. 28.
– 112 – José santos Herceg A partir de las diferentes formas de organización de los discursos historigráficos se pueden clasificar las múltiples formas en que se ha relatado el decurso de la filosofía en América Latina. Esta nota que marca diferencia entre los relatos y determina la aparición de representaciones alternativas, es decir, las decisiones de los autores respecto de la organización del relato, admite, no obstante, otra variante que ya no es, ni puede ser, racionalista, romántica ni político-institucional. Se trata de la alternativa de historiar las ideas filosóficas renunciando a toda periodización, dejando por completo de lado la alusión a épocas, etapas o a nombres, generaciones, abandonando, incluso, las referencias políticas o institucionales con las que se intenta organizar o articular el relato historiográfico. En el ámbito latinoamericano es Arturo Andrés Roig quien, por inspiración confesada de Gramci, comienza a hablar de la posibilidad de construir una «historia episódica». Su punto de partida es la constatación de que las historias, los relatos sobre acontecimiento exigen, se cree que exigen, una organización. La organización que se hace de la historia, ya sea en fases, etapas, momentos, autores, generaciones, etcétera; es, como dice Roig, un elemento «[…] sin el cual se piensa que no se puede llevar a cabo una tarea historiográfica»33. Ella sería lo que hace posible agrupar los acontecimientos en unidades. Estos elementos funcionarían como los «guiones» de los que habla De Certeau cuando se refiere al «hacer historia» como una «fábrica de guiones» que permiten organizar el discurso acerca de los «hechos» del pasado34. Organización que busca una pretendida «continuidad» en el decurso de los acontecimientos, una continuidad que, desde Foucault es, como se sabe, objeto de sospecha. Se podría pensar, como dice Roig, que la continuidad es más una expresión de deseo de los historiadores, que es solo un «[…] proyecto de continuidad y hasta una desesperación por una continuidad a la que se la reviste de necesidad racional»35. Las líneas de continuidad, entonces, serían una aspiración-imposición sin objetividad y necesidad. Es en este contexto en el que Roig introduce la idea de una «historia episódica», es decir, una «[…] historia que se reduce a momentos puntuales que quedan señalados como rupturas sin significado, momentos de irracionalidad [33] ROIG, A. A.: ”La historia de las ideas y la filosofía latinoamericana”, en El pensamiento latinoamericano y su aventura. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1994, p. 97. [34] Cfr. cERtEAu, M. de: Op. cit., p. 20. [35] ROIG, A. A.: Op. cit., p. 101.
– 113 – El nutrido campo de la filosofía latinoamericana que no encajan dentro de una racionalidad que podría justificarlos»36. Momentos que se describen renunciando a justificarlos racionalmente dentro de una totalidad de sentido y que, por lo tanto, dejan fuera toda pretensión de articularlos. Al modo de una suerte de álbum de fotos, de colección de momentos, la historia comprendida como conjunto de episodios se agota en la descripción de instantes. La selección de los «episodios» referidos, sin embargo, es central, pues no cualquier irrupción de pensamiento es filosófico para Roig, sino solo aquellos en que aparece el «filósofo», en que, usando su terminología, aquello en que concurre lo que llama a prior antropológico ([1984]2009). La historia de las ideas filosóficas debe comenzar por la noción de sujeto, de sujeto filosofante en nuestro caso, lo que es completamente coherente, pues, según Roig, sin sujeto no hay filosofía. Se trata de aquel sujeto que «se pone a sí mismo como valioso» y «considera como valioso el pensar sobre sí mismo». El relato de la historia de las ideas filosóficas en el continente ha de tomar en cuenta la instalación de aquel sujeto. Ahora bien, según hace ver el mendocino, el sujeto filosofante latinoamericano, de hecho, no se ha instalado de una vez y para siempre. Es así como Roig sostiene que la filosofía en el continente ha tenido múltiples «recomienzos»: ella ha surgido cada vez que un sujeto se ha puesto a sí mismo como valioso y ha considerado que tiene valor el pensar sobre sí mismo. Se puede hablar de un comienzo con las ideas independentistas, de otro durante la etapa de la organización nacional, de un tercero durante la independencia tardía de Cuba y Puerto Rico, etcétera. Decía, al comenzar este texto, que es mucho lo que ha ocurrido en el campo de la filosofía en América Latina durante los últimos dos siglos, que es tanto, que intentar escribir su historia es una tremenda tarea. Tarea que, sin embargo, como he intentado mostrar, ya ha sido cumplida por múltiples estudiosos latinoamericanos y no-latinoamericanos, con lo que hacía ver que el esfuerzo de Carlos Boerlegui se viene a sumar a una relativamente breve pero contundente tradición de estudios sobre la historia de la filosofía en América latina. Las historias que se han narrado, sin embargo, aunque admiten algunas coincidencias, tienen a divergir profundamente, al punto de que, en ocasiones, parece que se refirieran definitivamente a objetos del todo diversos. Da la impresión de que se relatan historias de lugar diferentes, pues los autores relevados difieren, las organizaciones cambian, los estilos son diversos, etcétera. Lejos de ver un problema en esta pluralidad de representaciones que [36] Ibídem.
– 114 – José santos Herceg llegan a ser incluso antagónicas, lo que se tiene aquí es sin lugar a dudas una riqueza: una multiplicidad de versiones que permite observar una historia desde distintas perspectivas, desde diferentes escorzos, reconociendo, desde el principio, que ninguno de ellos es «la» versión verdadera, «la» historia de la filosofía latinoamericana.
– 115 – El nutrido campo de la filosofía latinoamericana BIBLIOGRAFÍA: ARdAO, A.: Espiritualismo y positivismo en el Uruguay. México: FCE, 1950. BOERLEGuI, C.: Historia del pensamiento filosófico latinoamericano. Una búsqueda incesante de identidad. Bilbao: Universidad de Deusto, 2004. BEuchOt, M.: La historia de la filosofía en el México colonial. Barcelona: Herder, 1996. cAtuRRELLI, A.: La filosofía en Hispanoamérica. Córdoba (Argentina): 1953. ―Historia de la filosofía Argentina, 1600-2000. Buenos Aires: 2001. cARRILLO nARVAEz, A.: La trayectoria del pensamiento filosófico en Latinoamérica. Quito: Ed. Casa de la cultura ecuatoriana, 1959. cERtEAu, M. de: La escritura de la historia. México: Universidad Iberoamericana, 2000. cERuttI-GuLdBERG, h.: Hacia una metodología de la Historia de las ideas (filosóficas) en América Latina. Guadalajara: Universidad de Guadalajar, 1986. cORdERO, A.: Panorama de la filosofía en Santo Domingo, 2 vols. Santo Domingo: Imprenta Arte y Cine, 1962. cRAWFORd, W. R.: El pensamiento latinoamericano de un siglo. México: Editorial Limusa-Wiley, 1966. dAVIS, H. E.: “La historia de las ideas en Latinoamérica”, en Fuentes de la cultura Latinoamericana II. México: FCE, zEA (comp.), 1995, p. 221. ―Latin American Thought. A Historical Introduction. New York: The Free Press, 1974. duSSEL, E.: “Hipótesis para una historia de la filosofía latinoamericana”, II Congreso Internacional de Filosofía Latinoamericana. Bogotá: USTA, 1982, pp. 405-436. EScOBAR, R.: Filosofía chilena. Chile: Universidad Técnica del Estado, 1976. ―El vuelo de los Búhos. Visión personal de la actividad filosófica en Chile. Santiago de Chile: RIL Editores, 2008. FRAncOVIch, G.: La filosofía en Bolivia. Buenos Aires: Editorial Losada, 1945. ―El pensamiento Boliviano en el siglo xx. México: FCE, 1956.
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– 121 – cAPítuLO 5 EL DISCURSO DEL PATRIOTISMO CRIOLLO EN EL COMPENDIO DE LA HISTORIA GEOFRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE FRANCISCA BARRERA CAMPOS (Universidad de Sevilla, Sevilla, España) 5.1. Hacia una comprensión de la obra del abate Molina en el marco de la independencia de Chile 5.2. Discurso criollo e identidad protonacional 5.3. Conclusión 5.1. Hacia una comprensión de la obra del Abate Molina en el marco de la independencia de Chile LAS historias naturales de los jesuitas criollos escritas desde el exilio han despertado un renovado interés a casi doscientos años de la independencia de las naciones latinoamericanas. Antonello Gerbi1 nos señala detalladamente la importancia de estas obras y su tono marcadamente confrontacional en la llamada «Disputa del Nuevo Mundo». Pero más allá de este hecho que parece ser el punto más alto de una idea que venía gestándose desde la llegada de los primeros conquistadores, cabe destacar el impacto que generaron las historias naturales para la creación de la llamada «comunidad imaginada»2. [1] GERBI, A.: La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica. México: FCE, 1960. [2] AndERSOn, B.: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México: FCE, 1993.
– 128 – Francisca Barrera campos presente, van a ser claves para la narración de la historia y la definición del sujeto que enuncia y denuncia desde ella. Es decir, los jesuitas no concebían el conocimiento desde una perspectiva que no involucrara una actividad constante de acción directa y pensamiento. Tampoco desconocían que dentro de las formas de conocer, el sujeto conocedor aportaba una visión marcada por un contexto que le era propio. Así, las narrativas incorporan al sujeto criollo, pero también al conocimiento ilustrado, porque son conscientes del espacio cultural e histórico que les permite construir una respuesta y entrar en diálogo con los filósofos europeos. En la propuesta educativa de los jesuitas, es posible encontrar una aproximación a los saberes que resignifica el mundo (en este caso del mundo americano), a través de la acción directa del sujeto sobre él involucrando su experiencia, su capacidad intelectiva y disponiéndose para dar a tales conocimientos una función social, por medio de la cual se buscaría no solo la verdad, sino la felicidad de las personas y el hallazgo de formas más dignas de vida para todos. La estrategia de verdad relacionada a la labor social y espiritual de la Compañía se pone de manifiesto en la obra de Molina a través de la terminología naturalista. Aquí el enunciador desprende una serie de informaciones relacionadas con el conocimiento actualizado de la historia natural, su verdad está en la escritura científica naturalista, en la presentación de un texto que está mediado por condiciones teóricas que intervienen en la distribución de sus capítulos, en el nombre de los objetos que describe, en la discusión con otros métodos de clasificación, etcétera. La forma en que opera la condición de verdad en esta narración no implica necesariamente un juicio único e inapelable (otros sabios y hombres de ciencia pudieron haber escrito igualmente sobre las cosas americanas cuando han venido a las tierras y observado los fenómenos que a ella se refieren, y no por ello ser menos verídico su testimonio). Sin embargo, el efecto que produce la experiencia de ser americano, de concebirse a sí mismo como tal y de haber nacido en estas tierras, confieren al sujeto criollo una forma que legitima su verdad sobre las otras, ya que contiene la experiencia del ser, sobre la experiencia del estar en. Por otra parte, la falta de verdad absoluta se refiere principalmente a las obras de los antiamericanistas, que, como señala Molina, se trata de sujetos que no solo no han visto, sino que tampoco han querido ver lo que cualquier otro vería en los relatos de viajeros que han estado en tierras americanas. Como señalamos anteriormente, la respuesta a las imputaciones antiamericanistas tenía un doble juego de significados, puesto que cada
– 129 – El discurso del patriotismo criollo en el Compendio de la historia... una de los aspectos discutidos tenía de trasfondo la justificación de la subalternización, explotación, invalidación y postergación de intereses americanos. Al situarse en este nivel intratextual en el que el diálogo se torna más conflictivo, encontramos el verdadero problema a referirse y del cual no se hace explícita ninguna imputación: la verdad acerca de América en el mundo. ¿Es o puede llegar a ser el continente americano parte del mundo civilizado? ¿Cómo se integra América al sistema del mundo occidental, como un objeto de orden inferior al servicio de un centro hegemónico, o puede acaso integrarse desde su propia diferencia y formar parte de una comunidad civil, moderna e ilustrada? Las respuestas a estas preguntas se desarrollan a lo largo de la narración y se argumenta a través de distintos momentos y estrategias discursivas. Una de las primeras teorías que justificaba el sometimiento de los hombres nacidos en América (y dentro de esta categoría, los criollos, mestizos, negros, indígenas, etcétera) es la teoría del determinismo climático. Como señala David Brading a propósito de México, esta servía de justificación para menospreciar las agrupaciones culturales incas y aztecas y para mofarse de los criollos. Así, fue reservado a los jesuitas exiliados defender la verdad sobre el conocimiento del Nuevo Mundo. De tal manera, la tradición patriótica criolla que venía gestándose desde los inicios del colonialismo, se opone a la tradición imperial19 para hacer valer sus intereses frente a los colonizadores españoles y europeos. De tal manera, libro primero cumple una función primordial en la estrategia argumentativa del Compendio, ya que una de las principales causas de la degradación del continente americano tenía su fundamento en un clima malsano e insalubre20. Con la intensión de romper con este esquema impuesto por los antiamericanistas, la narración natural se centra en primera instancia en los factores climáticos, llámese vientos, temperatura, humedad, etcétera poniéndolos al servicio del paisaje chileno. Como podremos apreciar de la lectura, no hay una ruptura con la teoría [19] A este parecer Brading señala que no es de extrañar que cuando el jesuita Juan Viscardo y Gumán hiciera un llamado a los españoles americanos para acabar con la tiranía de España, citara a Las Casas y a Garcilaso, y no a Voltaire o a Rousseau en apoyo a su denuncia. Así el espíritu criollo despertaba más que nunca la exaltación del pensamiento de la diferencia como eje dinamizador de la cultura y como arma contra cualquier difamación. El espíritu criollo se impone desde sus propias construcciones de pensamiento, para las cuales ya contaban con insignes representantes. [20] Este aspecto también es trabajado por nAVIA méndEz-BOnItO, S. en su artículo “Las historias naturales de Francisco Javier Clavijero, Juan Ignacio Molina y Juan de Velasco”, en mILLOnES FIGuEROA, L. y LEdESmA, D.: El saber de los jesuitas, historias naturales y el Nuevo Mundo. Madrid: Ediciones Iberoamericana, 2005.
– 130 – Francisca Barrera campos que vincula directamente la influencia del clima con el desarrollo de los tres reinos de la naturaleza, antes bien se forma parte de este pensamiento, sin embargo, dicha representación no puede aplicarse a la realidad chilena ya que esto significaría la justificación de las teorías representadas por Buffon y De Pauw. Por otra parte, la descripción del clima no solo se encuentra al principio de la obra de Molina, este es un tema recurrente, ya sea de manera explícita o implícita, pues, a medida que se describe la fertilidad de la tierra y sus frutos, o el desarrollo del hombre en sus distintas esferas, se está haciendo alusión a los beneficios climáticos que permiten, precisamente, que todo el conjunto americano se desenvuelva de manera armoniosa. En este sentido, cuando se le restituye la naturaleza a las naciones de chilenos, se da el primer paso para elaborar las respuestas a las preguntas antes formuladas. Hay un discurso que debe construirse para validar la posición del sujeto criollo frente al peninsular y europeo, y es precisamente este punto el que marca las señales de una escritura que aúna elementos de una tradición y que a la vez se crea a sí misma buscando fortalecerse desde la diferencia epistémica. Por otra parte, en la elección que cada uno de los jesuitas del exilio realiza se harán presentes las marcas protonacionalistas de una cultura particular asentada en espacios delimitados por condiciones geográficas y políticas. La historia geográfica, natural y civil del reino de Chile, costa de dos partes. La primera, está dividida en cuatro libros de los cuales, el libro uno tiene como función primordial: «Dar una descripción suscinta del Reyno de Chile, que sirve de oportuna introducción á lo demás de la obra, trato de sus estaciones, de sus lluvias y demás meteoros aqueos; de sus vientos, de sus exhalaciones ígneas, de los volcanes […] y de la salubridad de su clima»21. El resto de los libros contiene una descripción de los tres reinos de la naturaleza: mineral, vegetal y animal, de los cuales habla por grados (siguiendo el sistema lineano), «concluyendo mi narrativa, formando una idea ligera del hombre, considerado como habitante de Chile»22. La segunda parte del compendio se dedica exclusivamente a la historia civil del reino y fue publicada cuatro años después del primer [21] mOLInA: Op. cit., p. 9. [22] Ibídem, p. 10.
– 131 – El discurso del patriotismo criollo en el Compendio de la historia... libro. Sin embargo, ya desde el inicio se había prometido este trabajo que tenía como función ser parte de la escritura de defensa del reino de Chile en el contexto de la disputa. En los casos de ambas escrituras, el autor-enunciador se concibe a sí mismo como el sujeto imparcial que se contenta con «exponer sencillamente las cosas» y «limitarse a una simple narración». Con esto, intenta hacer valer como simple, directa y objetiva su exposición, trabajando al servicio de la verdad y no de una causa particular (que podía ser tanto la del exilio de los jesuitas ―a los cuales siempre nombra como «compatriotas», denotando el sentimiento de unión que subyace entre los miembros de la Compañía de Jesús― como también la causa del criollo). La historia civil cuenta con cuatro libros. El primero se refiere al estado de los chilenos antes de la llegada de los españoles. El segundo libro dedica su atención a los araucanos, sus costumbres y cultura. El tercer y cuarto libro se refiere a las batallas de la conquista entre españoles e indígenas y a las distintas expediciones que se hicieron a las tierras de Chile por otros grupos de conquistadores23. Finaliza la historia civil con una pequeña descripción actual del reino junto con un índice de verbos chilenos y el catálogo antes mencionado de escritores de las cosas de Chile. Para ilustrar mejor el panorama que nos ofrece el segundo tomo de la historia natural, recordemos la filosofía que representa el abate como miembro de la comunidad letrada. Molina supera el esquema providencial y se sitúa en una «filosofía de la historia»24. De tal manera, el jesuita cree en un mundo en la cual las sociedades pasan por distintas etapas o edades, a través de las cuales el hombre progresa desde el estado nómada salvaje, pasando por el asentamiento en grupos agrícolas, hasta su plenitud en las sociedades civilizadas25. Considerando este sistema histórico como una construcción cuyo principal eje es el progreso, la escritura del Compendio es también una apuesta a la civilidad de los pueblos chilenos, ya que el sujeto que enuncia lo hace desde el convencimiento [23] Holandeses, en este caso. [24] ROJAS mIx, M.: Fin del milenio y el sentido de la historia: Lacunza y Molina. Santiago de Chile: Lom Ediciones, 2001, p. 11. [25] Para un análisis más completo de los períodos de progreso señalados por el ABAtE mOLInA, véase ROJAS mIx: pp. 105 y 116.
– 132 – Francisca Barrera campos de estar reconstruyendo una historia civil26 y con esto, dando a sus habitantes la posibilidad de progresar desde el estado en que se encontraban (para este caso, el estado agricultor, etapa previa al inicio de las civilizaciones) a una forma de occidentalidad27. En este sentido, se restituye a Chile dentro de un orden histórico lo que permite internarlo en el esquema occidental, si no en la modernidad misma28. Esta «civilidad» de la que hablamos justifica dos aspectos: primero el proyecto jesuítico que, inserto en las comunidades indígenas, contribuía a la creación de sujetos capaces de constituir un orden comunitario y de reconocer en ese orden la presencia de un Dios único y salvador que regía al mundo29, el Dios católico; y segundo, el dominio del grupo hegemónico criollo, que a través de la narración enunciada por un yo criollo ―que se representa como la voz de un nosotros― se representa a sí mismo como mediador entre el saber local chileno y europeo, conduciendo a la patria hacia la luz del progreso. [26] Como señala Fermín del Pino, desde el padre Acosta la historia natural inicia una bipartición que dará luz a un nuevo género, el de historia natural y moral (esto último, por estar referida a los hechos y costumbres de los hombres de América). Ver PInO, F. del: “La historia natural y moral de las indias como género: orden y génesis literaria de la obra de acosta”. Disponible en internet: http://www.fas.harvard.edu/~icop/fermindelpino. html. Sin embargo, la historia moral también sufre un cambio cuando a partir de la razón ilustrada, «el estudio del hombre y sus costumbres —mores— deriva en una especie de antropología que va a dar cuenta de las costumbres humanas en su etapa de desarrollo civil (occidental)». Ver también hAchIm, L.: “Desde la historia moral a la historia civil”. [27] Notemos entonces que para el pensamiento de Molina, todos los pueblos habían pasado por los estados antes mencionados y por ende, ninguno de ellos tenía derecho a negarle a otro la posibilidad crecer y desarrollarse a través de la historia. «Seamos imparciales y recordemos que todas las naciones sean Americanas, Europeas, ó Asiaticas, han sido semejantísimas en estado selvático, del qual ninguna ha tenido el privilegio de eximirse». mOLInA: Op. cit., tomo II, p. 94. [28] Naturalmente habían pasos que dar para llegar al mundo moderno, entrar a la occidentalidad era uno de ellos. Cuando el abate Molina habla de una historia civil para los pueblos indígenas no significa que inmediatamente los inserte como sujetos modernos. De hecho reconoce que están en un momento de asentamiento agrícola. Sin embargo, los reconoce como sujetos capaces de seguir un rumbo de progreso que era natural a todas los grupos y confiere valor a su cultura y sobre todo, la capacidad de entrar al mundo a partir de sus propias formas de conocimiento, que considera válidas y auténticas. [29] Los encargados de llevar a cabo la conquista espiritual, fueron los misioneros de distintas órdenes religiosas (franciscanos, dominicos, jesuitas, agustinos, carmelitas), algunos de los cuales acompañaron a los conquistadores desde las primeras incursiones. Al cristianizar a los indígenas, los misioneros le trasmitían la cultura occidental, es decir, las costumbres, lenguajes y forma de trabajos europeas y con esto las formas civiles más básicas de la comunidad moderna.
– 133 – El discurso del patriotismo criollo en el Compendio de la historia... Por otra parte, el tomo de la historia civil tiene el mérito de unir la historia del pueblo araucano con las historia de la conquista, para formar una sola narración conocida como la Historia del reino de Chile. Se advierte entonces un reconocimiento del pasado en la medida en que este crea una nación nueva y distinta cultural e históricamente, de la que el sujeto criollo se hace conocedor legítimo. El indigenismo es incorporado desde una óptica reivindicadora a lo largo de la narración, a partir de la cual se exaltan ciertas variantes simbólicas que indirectamente van a ser asimiladas al grupo criollo, como por ejemplo, la valentía, orgullo y fortaleza, a propósito de la guerra de Arauco. Así, también la lengua mapuche se dota como valor representativo, pues da al reino un elemento distintivo y autóctono frente a las culturas metropolitanas y a las demás provincias americanas. Sin embargo, la lengua no solo cumple un proceso de identificación, es también la que posibilita nombrar, describir y caracterizar los elementos propios del espacio chileno. Este modelo de lenguaje aproxima a una cultura regional, sustituyendo los modelos comparativos por formas originales de representación que crean un marco de referencia partir de sí mismas. De ahí que el problema de la nomenclatura sea no solo un conflicto de carácter científico, sino también una manera de operar a través de la palabra con distintos mecanismos de poder. Existen cosas que solo pueden nombrarse desde la propia realidad, por lo tanto, las lenguas europeas adquieren una limitación y denotan insuficiencia frente a la naturaleza chilena. De ahí que aparezca este sujeto criollo que habla el mapudungun, demostrando conocer y valorar el idioma de los indígenas de las tierras del país, utilizándolo no para construir gramáticas exóticas, sino para integrarlo a la historia natural, geográfica y civil del Reino de Chile. Sin embargo, esto no sería suficiente. La comunidad indígena chilena era pequeña y vivía asentada en grupos que aún no habían alcanzado un conocimiento profundo del mundo que lo rodeaba. No es necesario ahondar mucho en este aspecto para hacer notar que evidentemente las condiciones del pueblo chileno estaban muy por debajo de las comunidades aztecas o incaicas en cuanto al número de habitantes, conocimientos culturales, economía, inventos, escritura, ciencias, etcétera. Por lo tanto, quien escribiera de Chile con el fin de hacerlo valer al interior de la comunidad europea debía ser lo suficientemente convincente y astuto para dar al país los alcances necesarios de la contienda. La cultura indígena local tenía cierto grado de importancia, pero no podía utilizarse como fundamento mayor para trazar el proyecto criollo ya que no era suficiente en sí misma. Se explica entonces en primera
– 134 – Francisca Barrera campos instancia por qué se inicia la defensa con la historia natural, que en suma adquiere mayor relevancia dentro de los dos tomos, no solo porque fue publicada en los momentos más tensos de la polémica, sino también porque como hemos hecho notar, su publicación significó el argumento principal desde el cual Chile miraría al mundo. La historia natural contiene una descripción minuciosa y exaltada de los elementos de la naturaleza chilena. El sujeto enunciador dedica su atención a todo lo relacionado con el paisaje y los recursos posibles de explotar, ya que a partir de esto se hace posible pensar que Chile podría llegar a tener cabida en el sistema de progreso moderno. Desde el comienzo de la obra, hay una excesiva preocupación por situar a Chile dentro de coordenadas geográficas naturales que delimitan el espacio dominado del reino. Se da énfasis a no confundir el país con lugares como el Cuyo, la Patagonia y las tierras de Magallanes30. Hay dos maneras que son justificadas en la enunciación para dibujar los límites del reino: primero en su aspecto natural, es decir, lo que la misma naturaleza ha unido en temperamento y frutos, y segundo, en las costumbres de sus habitantes y sus rasgos físicos. Señala así: «Algunos geógrafos dan á este Reyno una extensión mucho mayor que la que nosotros le señalamos, pues comprehenden asimismo dentro de sus límites el Cuyo, la Patagonia y las tierras Magallánicas: regiones que, además de estar separadas de Chile por la misma naturaleza, se diferencian totalmente de él no menos en el temperamento que en sus frutos y habitadores, los quales se diferencian de los Chileños en las facciones, en las costumbres y en sus lenguajes»31. En este sentido, es interesante hacer notar que los elementos que son diferenciadores o específicos de un espacio determinado, son a su vez lo que va construyendo a este sujeto enunciador, que en la medida en que reconoce una identidad específica del territorio (primero haciendo referencia a los límites que la naturaleza madre impone, con las semejanzas en sus climas y vegetales y por último, aludiendo al hombre natural que logra traspasar los demarcaciones y sus costumbres, lenguajes [30] Recordemos que estas provincias no gozaban de los mejores testimonios en cuanto a su clima. Incluso el mismo abate hace hincapié en este aspecto. De esta manera el jesuita señala: «Asi que, mientras la atmósfera Chilena conserva su bellisimo azul, y goza de una cumplida serenidad, las provincias de Tucumán y de Cuyo […] estan inundados de lluvias copiosas y molestados de furiosisimas tempestades». mOLInA: Op. cit., p. 24. [31] mOLInA: Op. cit., p. 3.
– 135 – El discurso del patriotismo criollo en el Compendio de la historia... y rasgos físicos), va trazando un cuadro unitario32 que refleja su propia identidad y los límites de su poderío. En otras palabras, al escribir sobre las fronteras de Chile, escribe también sobre las demarcaciones de «el Chile propio»33. Como vemos, el discurso del patriotismo criollo es un discurso que ostenta poder, incluso desde su marginalidad. La historia natural manifiesta la estrecha relación que existe entre el poder que se ejerce sobre los territorios y la facultad de representarlos a través de la palabra. El sujeto que enuncian reconoce estar limitando su historia al contexto de la disputa, y con esto, dando a entender que los dominios de su conocimiento sobrepasan el conjunto de su narración. En ese poder decir más, vemos como el discurso criollo es el discurso del sujeto que se estima como aquel que puede representar porque conoce y domina los objetos en su naturaleza misma. Sin embargo, este poder en la palabra se ve alterado por las condiciones del exilio, que implican la lejanía del enunciador respecto del sujeto de su discurso ―lejanía e imposibilidad de un regreso― en síntesis, pérdida. Así, por una parte el yo se posiciona en todo lo que es descrito y narrado yo he visto-yo conozco-yo estuve y por otra, la nostalgia y la pérdida se hacen presentes en la exaltación continua de todo el paisaje chileno, través de una serie de adjetivaciones hiperbólicas, comparaciones y metáforas: «El Reyno de Chile es uno de los mejores países de toda la América: pues la belleza de su cielo, y la constante benignidad de su clima, que parece se han puesto de acuerdo con la fecundidad y la riqueza de su terreno, le hacen una mansión tan agradable, que no tiene que envidiar ningún dote natural de quantos poseen las mas felices regiones de nuestro globo. Las quatro estaciones del año […] son regulares, y están muy bien caracterizadas […]. Desde que empieza la primavera, hasta la mitad del año, conserva el cielo de todo el Reyno una perpetua serenidad […] siendo raro por ese tiempo alguna ligera lluvia»34. Por otra parte, el poder que se esgrime en de la facultad de representar a través del lenguaje opera también en la ausencia de palabra. En este sentido, los silencios nos remiten a un significado que queda fuera [32] «[…] yo comprehendo también dentro de sus confines no solamente los valles occidentales de la propia montaña, que seguramente le corresponden, sino los valles orientales; pues aunque caen fuera de los lindes naturales, están ocupados y poblados por los Chileños desde tiempo inmemorial». mOLInA: Op. cit., p. 4. [33] mOLInA: Op. cit., 9. [34] Ibídem, p. 17.
– 136 – Francisca Barrera campos del lenguaje. El poder que ostenta el criollo sobrepasa la capacidad del lenguaje de contener la plenitud del espacio chileno: «Son innumerables los ríos menores que descienden de la cordillera, ó que se forman de aquellas fuentes […]. Son tan diversas y tan abundantes en este Reyno las tres especies […] que si hubiésemos de dar cuenta de todas, necesitaríamos componer una obra tan basta como la Piritologia de Henckel»35. En la medida en que avanza la narración, los símbolos que van a configurar el paisaje chileno se hacen cada vez más claros. Entre ellos, la cordillera es sin duda el emblema del discurso criollo en el Compendio. Desde él deriva toda la abundancia natural del reino. La cordillera es el accidente natural que limita, protege y dota de riqueza, armonía y belleza: «[…] aquella montaña, cuyas altísimas cumbres, siempre blancas y relucientes, forman una perspectiva maravillosa»36. Sin embargo, esto no es suficiente para el discurso del patriotismo criollo ya que su objetivo no era convertir al reino en una especie de edén americano, sino reivindicarlo dentro de las posibilidades que ofrecía el mundo moderno occidental. Es decir, Chile debería aparecer no solo como una postal idílica, sino también como una promesa posible de ser cierta a luz de la razón. De ahí que el enunciador se esfuerce por establecer analogías entre Italia y Chile, las que tienen por función apelar a un vínculo extratextual conocido por los lectores que significa como modo de garantía de realidad y como referencia que se desplaza en cuanto a mito cultural. En este sentido, las variadas alusiones que se hacen a este país se explican en la necesidad de dar a conocer el mundo americano y en especial, las tierras de Chile, a partir de un referente conocido por los lectores que es a su vez portador de atributos que el mismo jesuita se preocupa por enaltecer, de tal manera que el hombre europeo pudiera generar en su mente una imagen de Chile asociada a la belleza, la comodidad, la benignidad del clima, y la abundancia de recursos, desplazando entonces el mito de un país a otro. La función que cumple Italia, como objeto semiótico, es altamente ideológica, pues proyecta toda una construcción imaginaria global en torno a sí misma, que ilumina el futuro del reino: [35] Ibídem, pp. 67 y 87. [36] Ibídem, p. 18.
– 137 – El discurso del patriotismo criollo en el Compendio de la historia... «Este país es, por decirlo así, la Italia, o más bien el jardín de la América meridional, en donde brilla, con la misma perfección y abundancia que en Europa, todo cuanto se puede apetecer para disfrutar de la vida cómoda; pues hallandose situada la porcion mas considerable baxo los mismos grados de latitud, goza de los mismos climas […]. Los Andes […] hacen las veces de Alpes y de los Apeninos […] y así como la prosperidad de Italia se deriva sin duda de las dos predichas cadenas de montes, la del Reyno de Chile depende totalmente de sus cordilleras»37. 5.3. Conclusión En el Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chile escrita por el abate Molina, la narración se centra principalmente en el espacio nativo del Reino. Se describe detalladamente los elementos de la flora, fauna, clima y habitantes, junto con sus costumbres y forma de vida. La apropiación de la tierra se hace por medio del conocimiento del entorno natural y del dominio que el hombre civilizado puede ejercer sobre él. En este caso, el yo enunciador se presenta a sí mismo como una autoridad que con su conocimiento basado en la experiencia legítima (y no el mero contacto con fuentes bibliográficas de poco valor en su procedencia), hace suyo no solo el entorno, sino también las posibilidades que de él se desprenden. La narración de Molina es de un presente que encuentra su fundamento en el futuro próspero, en la promesa de lo que puede llegar a ser dadas las condiciones favorables que del entorno se enuncian. El relato contiene en sí mismo la semilla del porvenir, que es la esperanza de la conciencia criolla; en ella es donde siente cada vez más la posibilidad de consolidar su identidad y su razón de ser, el principio ontológico de su existencia. Este «jardín de la América» no puede sino ser habitado por el hombre civilizado, conocedor de sus tierras y portador de la fe cristiana: el criollo. En este mismo sentido, el indígena pasa a ser una proyección de la naturaleza chilena, es decir, una instancia civilizatoria, un ejercicio de occidentalización en apariencia menos violento que el imperialismo español. La subordinación al eje de raza como patrón común de dominación, desplaza al sujeto colonizador pero no a la colonialidad del poder38. [37] Ibídem, p. 3. [38] Ver quIJAnO, A.: “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en LAndER, E. (comp.): La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Buenos Aires: Clacso, 2000.
– 144 – Seny Hernández Ledezma fundamentales durante la etapa de la independencia nacional y que tenían sus raíces en la Ilustración. En este proceso de ir construyendo la independencia, los acontecimientos de abril de 1810 fueron de vital importancia e iniciaron un período de transición, a través del cual comienza a emerger en las conciencias de los activistas políticos, en particular y de los miembros de la población de la Capitanía General de Venezuela, en general, las aspiraciones por una nueva forma de gobernar. Una serie de aspectos esenciales que caracterizan en la actualidad al sistema político venezolano iniciaron su recorrido desde ese entonces y constituyeron la génesis de acuerdos políticos para consolidar la democracia como forma de gobierno, el motor de las luchas por el rescate y el mantenimiento de los derechos políticos y económicos, la práctica de la ciudadanía para realizar acuerdos políticos, la concertación de intereses para formular políticas públicas, el principio de representación gubernamental y el ejercicio de la soberanía nacional. Desde todas estas perspectivas pueden estudiarse las dinámicas de los acontecimientos suscitados el día de la Declaración de la Independencia de la República Bolivariana de Venezuela. 6.2. Fundamentación de la investigación Las decisiones que puede adoptar una comunidad de individuos constituyen fenómenos que tienen un carácter filosófico y se orientan a través de un conjunto de preguntas básicas2 como quiénes toman las decisiones, cómo fueron elegidas las personas que toman las decisiones, cuáles son los factores que intervienen en el proceso de tomar las decisiones, cómo influyen sus preferencias o sus historias personales en las decisiones que llegan a adoptar. Las instituciones políticas pueden ser vistas como centros para tomar decisiones de alto nivel y los líderes que la conforman son percibidos como las personas capaces de influir en el proceso. Los acontecimientos suscitados durante el 19 de abril de 1810 pueden ser interpretados como un conjunto de decisiones que se fueron adoptando en contacto con la realidad y que tuvieron un marcado carácter político, de naturaleza colectiva porque en esas decisiones participaron [2] SIdJnAkI, D. et al: Political Decision-Making Process (Studies in National, Comparative and International Politics). Amsterdam: Elsevier Scientific Publishing Company, 1973, pp. 1 y 2.
– 145 – 1810: El establecimiento de la junta suprema de Venezuela... activamente los miembros de la población de la entonces Capitanía General de Venezuela, residenciados en Caracas. Ese día se destituye al Presidente, Gobernador y Capitán General Vicente Emparan y se constituye una Junta Suprema integrada por nuevos dirigentes políticos, especialmente criollos, en representación del pueblo. Benedict Anderson3 desarrolla en el Capítulo IV de su libro Imagined Communities una serie de ideas que explican los comportamientos de los criollos en Hispanoamérica durante el proceso de la Independencia, las cuales han sido seleccionadas como hilo conductor de la estructura de esta investigación y conforman elementos identitarios de los sujetos en análisis. Las ideas propuestas por el autor son incorporadas a la investigación mediante un doble análisis. El primero, constituido por la revisión de documentos que contienen investigaciones de carácter histórico sobre la realidad hispanoamericana durante la primera década del siglo xIx ,y el segundo, que consiste en un análisis cualitativo del acta que constituyó la Junta Suprema de Venezuela Conservadora de los Derechos de Fernando VII firmada el 19 de abril de 1810, tomando en cuenta tanto las circunstancias que ocurrieron ese día como los detalles de las decisiones políticas adoptadas, las razones que las fundamentaron y las medidas más relevantes adoptadas por el gobierno. Las ideas que orientan la investigación, desarrolladas por Benedict Anderson en su libro son el ejercicio del liderazgo en Hispanoamérica para la conducción de los movimientos independentistas son las protestas en contra del proceso de dominación político y económico ejercido desde la metrópoli y el contenido de los principios políticos de la Ilustración que sirvieron de base a las decisiones adoptadas y a la manera como fueron adoptadas por esos actores. De acuerdo con el autor4, el liderazgo para la conducción de los movimientos independentistas estuvo organizado por propietarios de tierras aliados con un pequeño número de comerciantes y varios tipos de profesionales como abogados, militares y funcionarios locales y provinciales. La participación política de esos grupos obedecía a las funciones que cumplían dentro de la sociedad, muchos de los cuales estaban representados en los cabildos, que constituían instituciones desde las cuales se ejercía el poder local para tratar asuntos básicamente [3] AndERSOn, B.: Imagined Communities. London: Verso, 1991, pp. 47-65. [4] Ibídem, 48.
– 146 – Seny Hernández Ledezma administrativos y que tuvieron una singular importancia en el proceso de la independencia. Se entiende por cabildo dentro del contexto de la investigación5: «Un organismo dedicado al gobierno y administración de las ciudades y villas, representando la comunidad de vecinos. Se basó en el modelo español de ayuntamiento o cabildo medieval, que en América adquirió nuevo brío convirtiéndose en un núcleo importante del estado colonial. Este modelo de administración local, con ciertas variaciones, corresponde a lo que hoy conocemos como el concejo municipal que se encarga de regir la vida administrativa de las ciudades actuales. Esta institución mantuvo una estructura genérica y cumplió con la normatividad impuesta desde la metrópoli sobre su composición y funcionamiento. Sin embargo fue flexible contando con una gran capacidad de adaptación a las condiciones particulares de cada lugar, lo que le permitió tener ciertos grados de autonomía como lo fueron los municipios medievales españoles». Benedict Anderson, al tratar el tema de la Independencia Hispanoamericana6 se refiere también a las protestas de los criollos en contra del proceso de dominación ejercido desde la metrópoli española. El control económico efectuado desde Madrid estuvo caracterizado con la imposición de nuevos impuestos, la búsqueda de una mayor eficiencia para recolectarlos, el fortalecimiento del monopolio comercial, la centralización de jerarquías administrativas y la promoción de la inmigración de españoles peninsulares. Todas esas medidas debilitaban el poder económico de los criollos, quienes se venían fortaleciendo financieramente y aspiraban influir significativamente en la política colonial mediante su participación activa en los asuntos de las colonias. En el caso venezolano, se gestaron las circunstancias propicias para alcanzar sus propósitos durante los acontecimientos que se suscitaron el 19 de abril de 1810. Anderson7 se refiere, así mismo, a la ideología de los criollos, quienes se inspiraron en conceptos políticos procedentes de distintos autores de la Ilustración, cuyos contenidos impulsaron los ideales independentistas y se convirtieron en un arsenal crítico de los antiguos regímenes imperiales. [5] BEtAncuR, M. C.: Historia Administrativa del Cabildo Colonial, La Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, 1675-1820. Medellín: Alcaldía de Medellín, 2005, p. 4. [6] AndERSOn, B.: Op. cit., p. 50. [7] Ibídem, pp. 50 y 65.
– 147 – 1810: El establecimiento de la junta suprema de Venezuela... A través de la imprenta en Hispanoamérica8 se difundieron los principios políticos que habían inspirado tanto a la Independencia de los Estados Unidos de América como a la Revolución Francesa. Cuando se suscitan los acontecimientos del 19 de abril de 1810, el terreno estaba abonado para que las decisiones que se adoptaron respondieran al contenido manifiesto de esas ideas revolucionaras. En el Acta Constitutiva de la nueva Junta Suprema de Gobierno que se analiza, se hará referencia a tres conceptos básicos procedentes de la obra de Juan Jacobo Rousseau, los cuales son la Soberanía popular, el Derecho Natural y la Voluntad General. 6.3. Contexto histórico que contribuyó con el establecimiento de las nuevas juntas de gobierno en Hispanoamérica Dos acontecimientos fundamentales contribuyeron con el establecimiento de las nuevas juntas de gobierno en Hispanoamérica, la dominación francesa en España y la alianza de los nuevos gobiernos hispanoaméricanos con el Rey Fernando VII, lo cual implicaba desconocer la autoridad francesa que se había establecido en la metrópoli. Dentro de esta coyuntura política, los dirigentes criollos decidieron participar activamente y constituir nuevas juntas de gobierno en las cuales ellos pudieran ejercer el principio de la representación popular en el proceso de toma de decisiones relativo a asuntos de carácter público de las respectivas colonias. Las juntas se establecieron con el propósito de preservar los intereses de Fernando VII9. El 19 de abril de 1810 se estableció la Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Esta junta no fue reconocida por importantes provincias de la Capitanía General de Venezuela, las cuales decidieron continuar apoyando a las autoridades coloniales. En el acta10 que se escribió ese día para constituir la Junta Suprema, se menciona la situación que vivía España y el Rey Fernando VII, como una manera de [8] Ibídem, p. 65. [9] La primera Junta Suprema de Gobierno que se estableció fue en Quito el 10 de agosto de 1809, la segunda fue el 19 de abril de 1810 en Caracas. Ese mismo año, se establecieron otras dos juntas de gobierno en Cartagena y en Pamplona, por solo citar unos ejemplos. Consultar en las Referencias el documento escrito por Iván Vila. [10] Ver en anexo copia del Acta de la Junta Suprema de Venezuela Conservadora de los Derechos de Fernando VII.
– 148 – Seny Hernández Ledezma justificar la constitución de una nueva junta de gobierno que operase desde el cabildo de Caracas, para atender: «A la salud pública de este pueblo que se halla en total orfandad, no solo por el cautiverio del señor Don Fernando VII, sino también por haberse disuelto la junta que suplía su ausencia en todo lo tocante a la seguridad y defensa de sus dominios invadidos por el Emperador de los franceses, y demás urgencias de primera necesidad, a consecuencia de la ocupación casi total de los reinos y provincias de España, de donde ha resultado la dispersión de todos o casi todos los que componían la expresada junta y, por consiguiente, el cese de su funciones». Estas palabras describen con bastante exactitud las noticias que se habían recibido desde la metrópoli y como el Rey Fernando VII había decidido abdicar y ceder a Napoleón todos sus derechos al Trono de España e Indias, lo cual fue reconocido en los Tratados de Bayona del mes de mayo del año 1808. Así mismo, durante el mes de junio del mismo año, la Junta Suprema de Sevilla envió información a los dominios españoles en América sobre las razones que habían motivado su creación y sobre la organización de la resistencia a favor de Fernando VII11. Dados estos acontecimientos, el Ayuntamiento caraqueño había decidido unirse también a la resistencia española y desobedecer las pretensiones de poder que tenían los franceses en los territorios de las colonias españolas. La dominación francesa en territorio español durante el año 1808 exigía que España financiara las guerras napoleónicas. Esta situación era percibida por los criollos con cierta inquietud porque sentían temor ante las medidas que pudiera adoptar el gobierno francés hacia las colonias en Hispanoamérica. Los criollos aspiraban ejercer cargos políticos de cierta jerarquía en las colonias y ese derecho estaba reservado exclusivamente a los blancos peninsulares. El vacío de poder que se creó en la metropóli y el temor a una insurrección popular, los condujo a establecer juntas de gobierno y a ejercer cargos de autoridad en ellas. No decidieron separarse de la metrópoli sino que buscaron una solución intermedia que consistió en apoyar a la resistencia española que se estaba gestando y proclamarse fieles a Fernando VII12. [11] BREWER-cARíAS, A. R.: “Algo más sobre el 19 de abril de 1810 y algunos antecedentes de la Revolución de Caracas”, palabras para el acto de Clausura de las Jornadas de Derecho Público de la Universidad Monteavila, Caracas 29 de abril de 2010, pp. 1-3. [12] nuñEz, J.: La Revolución Francesa y la Independencia de América Latina. 1989, pp. 30 y 31.
– 149 – 1810: El establecimiento de la junta suprema de Venezuela... Las nuevas juntas de gobierno se instalaron en los cabildos y debido a la naturaleza de las medidas de gobierno que adoptaron, le dieron una mayor capacidad de decisión a esas instituciones. 6.4. El cabildo como institución y el establecimiento de la nueva junta suprema de gobierno de 1810 En las colonias españolas de Hispanoamérica llegó a constituirse un «poder dual», entre los criollos, que tenían el poder económico y los blancos peninsulares que detentaban el poder político, en representación de la Corona española. Ese poder dual, a lo largo del siglo xVIII adquirió las formas de luchas y enfrentamientos políticos que se expresaron en motines, rebeliones y alzamientos ciudadanos dirigidos por los cabildos, que se habían convertido en centros de poder criollo, mientras el poder de los blancos peninsulares se concentraba en cargos como los de virreyes, audiencias o capitanes generales13. Por otra parte, el cabildo era un órgano del poder de una minoría privilegiada. Para participar en el cabildo era necesario tener títulos militares, eclesiásticos, de nobleza o tener poder económico suficiente como ocurría con los criollos. Los mestizos, indios y esclavos solo podían lograr participar en los cabildos siendo representados por los procuradores. Generalmente, los asuntos tratados en los cabildos respondían a los intereses de la población privilegiada14. Cada vez que se fundaba una ciudad se establecían los cabildos y se utilizaba un ritual que consistía en: «Escoger el lugar en nombre del Rey, se realizaba el entierro de una vara y una cruz simbolizando la justicia y la voluntad de Dios, se trazaba una línea, se cortaba maleza simbolizando la posesión de la tierra e inmediatamente se elegía el cabildo quien se encargaría del gobierno de la nueva ciudad»15. Los cabildos tuvieron dos componentes fundamentales el Regimiento y la Justicia, por lo que se encargaban de regir los asuntos [13] Ibídem, pp. 23 y 24. [14] BEtAncuR, M. C.: Historia Administrativa del Cabildo Colonial, La Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, 1675-1820. Medellín: Alcaldía de Medellín, 2005, p. 11. [15] Ibídem, p. 4.
– 150 – Seny Hernández Ledezma administrativos de la ciudad e impartir justicia, haciéndose cargo de las causas civiles y criminales. Cuando se establece la Junta Suprema en la ciudad de Caracas el 19 de abril de 1810, de acuerdo con el contenido del acta constitutiva, se reunieron en la sala capitular todas las personas que firmaron el documento y que constituían los miembros cabildo y desde el mismo cabildo entraron en contacto con la población que se había reunido en la calle para efectuar las consultas necesarias. Los acontecimientos que se narran en el acta, se presentan de manera detallada y recogen tanto la renuncia del Presidente, Gobernador y Capitán General de Venezuela, Vicente Emparán, como la participación de la población en la calle y la designación de los nuevos miembros de la Junta Suprema de la siguiente manera: «Y entonces, aumentándose la congregación popular y sus clamores por lo que más le importaba, nombró para que representasen sus derechos, en calidad de diputados, a los señores doctores don José Cortés de Madariaga, canónigo de merced de la mencionada iglesia; doctor Francisco José de Rivas, presbítero; don José Félix Sosa y don Juan Germán Roscio, quienes llamados y conducidos a esta sala con los prelados de las religiones fueron admitidos, y estando juntos con los señores de este muy ilustre cuerpo entraron en las conferencias conducentes, hallándose también presentes el señor don Vicente Basadre, intendente del ejército y real hacienda, y el señor brigadier don Agustín García, comandante subinspector de artillería; y abierto el tratado por el señor Presidente, habló en primer lugar después de su señoría el diputado primero en el orden con que quedan nombrados, alegando los fundamentos y razones del caso, en cuya inteligencia dijo entre otras cosas el señor Presidente, que no quería ningún mando, y saliendo ambos al balcón notificaron al pueblo su deliberación; y resultando conforme en que el mando supremo quedase depositado en este Ayuntamiento muy ilustre». La nueva Junta Suprema inició sus funciones ese mismo día dentro del cabildo y las medidas que se adoptaron, tenían un carácter de emergencia que no admitían, desde la óptica de los nuevos miembros de la junta, ninguna dilación.
– 151 – 1810: El establecimiento de la junta suprema de Venezuela... 6.5. El impacto de la dominación político-económica de la metrópoli en las medidas adoptadas al establecerse la nueva Junta Suprema de Gobierno La dominación política de la metrópoli en Hispanoamérica se ejercía a través de las autoridades designadas para ejercer los distintos cargos, con el propósito de tener la certeza de que las instrucciones dadas iban a ser obedecidas tanto por los funcionarios que acataban las órdenes, como por los otros integrantes de la población. Era así como se ejercía la autoridad, basada en el principio del mando y de la obediencia. Esta dominación había empezado a ser cuestionada y las medidas implantadas, así como la forma de ejercer la autoridad no contaban con la legitimidad suficiente por diversos sectores de la población. La dominación económica se basaba en los controles que desde la metrópoli tenía el comercio de los productos que se producían en territorio hispanoamericano y la excesiva carga de impuestos asignada a los productos. Sergio Rodríguez16 evalúa críticamente las medidas adoptadas por la Corona española entre las cuales se pueden señalar: la restricción de las exportaciones de acuerdo con las necesidades exclusivas del comercio peninsular, con lo cual se limitaban las posibilidades de los criollos de encontrar nuevos mercados; la obligación de consumir las mercaderías que los comerciantes españoles vendían con sobre precio, mientras que los criollos aspiraban comprar productos con menores precios; y la imposición de nuevos impuestos, cuando los nativos exigían que se rebajaran. El 19 de abril de 1810 la nueva junta adoptó una serie de medidas, que se conocen en la actualidad porque forman parte del texto del acta constitutiva junta y fueron expuestas públicamente con el propósito de difundirlas para su conocimiento por los miembros de la población y para introducir los cambios requeridos que transformaran el orden y la organización impuestos desde la metrópoli en los aspectos administrativos que respondían a la satisfacción de los intereses de los criollos. En este orden de ideas, se efectuó la destitución del señor don Vicente Basadre por el señor don Francisco de Berrio, quien se convertía, de esta manera en Fiscal de Su Majestad en la Real Audiencia de Caracas y encargado del despacho de su Real Hacienda. Así mismo, se mencionó que los miembros del Tribunal de la Real Audiencia iban a ser destituidos [16] ROdRíGuEz, S.: “La Revolución de Independencia. Una Revolución del Abajo Profundo”, en Revista Rebeldía, n.º 62, 16 de octubre de 2008, p. 54.
– 152 – Seny Hernández Ledezma y que otros miembros, de mayor confianza de los miembros de la Junta designada, serían nombrados. Como puede observarse, las nuevas designaciones y las medidas que se adoptaran iban a estar dirigidas a reducir los impuestos y a fomentar la autonomía administrativa dentro de la Capitanía General de Venezuela. El mando de las armas quedó a las órdenes del Teniente Coronel don Nicolás de Castro y del Capitán don Juan Pablo de Ayala, quienes debían acatar las órdenes emanadas del Ayuntamiento, que se convertía en depositario de la suprema autoridad. Otra de las medidas adoptadas consistió en formar cuanto antes el plan de administración y gobierno que fuera más conforme a la voluntad general del pueblo. Las medidas relacionadas con la seguridad y el orden público quedaron expresadas de la siguiente manera: «Continuar las órdenes de policía por ahora, exceptuando las que se han dado sobre vagos, en cuanto no sean conformes a las leyes y prácticas que rigen en estos dominios legítimamente comunicadas, y las dictadas novísimamente sobre anónimos, y sobre exigirse pasaporte y filiación de las personas conocidas y notables, que no pueden equivocarse ni confundirse con otras intrusas, incógnitas y sospechosas». Se mencionaron a los diputados, que habían sido designados por el pueblo, para que representaran dentro del Ayuntamiento sus intereses y a quienes se les otorgó voz y voto en las reuniones. Los diputados elegidos por el pueblo fueron el Teniente de Caballería don Gabriel de Ponte, don José Félix Ribas y el teniente retirado don Francisco Javier Ustáriz. 6.6. Principios políticos fundamentales procedentes de la Ilustración presentes en el acta constitutiva de la nueva Junta Suprema de Gobierno Los criollos y los clérigos en Hispanoamérica se reunían periódicamente en tertulias para leer y comentar los contenidos de ejemplares de la Encyclopédie, dirigida por Diderot y D’Alembert, así como las obras de Rousseau, Montesquieu, Voltaire, entre otros representantes de la Ilustración. Existe una interpretación generalizada entre los historiadores sobre la manera en cómo se asimilaban estas lecturas durante
– 153 – 1810: El establecimiento de la junta suprema de Venezuela... las tertulias, cual sostiene que las mismas se hacían desde las propias convicciones y referentes culturales de los asistentes17. Ya desde 1932, J. Fred Rippy sostuvo en su libro Historical Evolution of Hispanic America que los ideales de libertad, derechos naturales e igualdad ante la ley y soberanía popular, desarrollados en Inglaterra, recibieron expresiones literarias irresistibles en Francia, fueron puestos en práctica inicialmente en los Estados Unidos y constituyeron la gran fuerza espiritual de las heroicas luchas por la emancipación de Hispanoamérica18. Las concepciones sobre el gobierno, el Estado, la soberanía popular, el Derecho Natural, los Derechos Ciudadanos y Humanos y la Voluntad General se integraban a un discurso emancipador que correspondía a las circunstancias históricas que se vivían en aquellos tiempos y de alguna manera, experimentaban internamente que la transición hacia los cambios políticos era posible. Los conceptos utilizados por los pensadores ilustrados europeos se reproducían en los escritos y discursos de los criollos. Se llegaba a rechazar el origen divino de la monarquía y se difundía la idea de la soberanía popular, para la constitución de los nuevos gobiernos republicanos e incluso para el establecimiento, la consolidación de la legitimidad política o para revocar el mandato de la misma monarquía. En muchos casos, dentro de Hispanoamérica, se llegó a plantear la legitimidad política de las Juntas Provinciales y de la Junta Suprema establecida en España, basada en el principio de soberanía popular, mientras el Rey Fernando VII estuviese en cautiverio. En varios lugares de Hispanoamérica se conocía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y el compromiso político de las personas se fortalecía inspirado en los derechos naturales, basados en la igualdad, la libertad, la seguridad y la resistencia a la opresión. Las percepciones en torno a los gobiernos cambiaban también porque en el nuevo imaginario político comenzaba a emerger la importancia del sentido de responsabilidad gubernamental para garantizar la felicidad [17] cAncInO, T. H.: La Ideología de la Independencia de Chile y el Discurso de la Revolución Francesa. 2008; cita las ideas de cRIStOFFAnInI, P. en su libro Dominación y legitimidad política en Hispanoamérica. Dinamarca: Aarhus University Press: Aarhus, 1991, quien expresaba que: «Estos movimientos de ideas no llegaron a insertarse en un vacío ideológico cultural. Las sociedades hispanoamericanas a la hora del impacto de estas corrientes estaban ya conformadas por una matriz de pensamiento y acción, que arrancaba de una visión aristotélico-tomista del universo, la sociedad y el mundo». [18] Ibídem, p. 103.
– 256 – Carolina Pizarro Cortés Enero-junio de 2002, pp. 49-85. ShARPE, J.: “Historia desde abajo”, en BuRkE, P. et al.: Formas de hacer historia. Madrid: Alianza, 1995, pp. 38-58. SuáREz, C.: “El espacio femenino en la nueva novela histórica hispanoamericana: una lectura de Juanamanuela mucha mujer de Martha Mercader”, en Actas 2. Congresso Brasileiro de Hispanistas. Disponible en: http:// www.proceedings.scielo.br/scielo.php?script=sci_arttext&pid=MSC00 00000012002000300012&lng=en&nrm=iso, 10 de abril de 2010. tOdOROV, T.: “Mikhail Bakhtin. The dialogical principle”. Theory and history of literature. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1984, pp. 41-74. WhItE, H.: Metahistoria. México: FCE, 1992.
– 257 – cAPítuLO 12 DEL BICENTENARIO AL CENTENARIO: MUNDO INDÍGENA, MUNDO MESTIZO Y EL ETHOS BARROCO DE BOLÍVAR ECHEVERRÍA ESTEBAN PONCE ORTIZ (University of Virginia at Wise, USA) «En la desesperación de su ceguera, creyendo tejer el pasado había tejido el porvenir». Manuel Scorza CuAndO en Quito, hace más de cien años se inauguraba el monumento mayor de la ciudad al héroe de la Batalla de Pichincha, Mariscal Antonio José de Sucre, denominado por el propio Bolívar «el vengador de los Incas»1, los mestizos acriollados de la centenaria república celebraban con desfiles alegóricos la libertad política obtenida por el héroe venezolano para las cinco naciones andinas. Al «vengador de los Incas» saludaban sendas alegorías de la libertad de cada uno de los países andinos. Las niñas que fungían como tales eran blancas-mestizas familiares de los cancilleres de las distintas naciones representadas. En carruaje aparte, una de esas niñas con vestimenta indígena y plumas alegorizaba a América liberada. Sin serlo, o sin creer serlo, la niña blanca se «disfrazaba» como indígena para representar a esa gran porción de la población que estaba excluida de la celebración centenaria. El indígena podía ser parte del imaginario histórico, pero no de la nación presente [1] muRAtORIO, B. (ed.): Imágenes e imagineros. Quito: FLACSO, 1994, p. 14.
– 258 – EstEban PoncE ortiz que se apremiaba a ingresar en la modernidad. Y, sin embargo, el efecto alegórico en último término ni borraba definitivamente al indígena de la realidad nacional ni lo representaba adecuadamente, de modo que el efecto terminaba por ahondar el abismo de la ausencia indígena en la ceremonia. El gesto de representarlo en el escenario del poder en el Ecuador termina por hacer más agudo el vacío que media entre los liberadores teóricos y los teóricamente liberados. Sin duda, en aquel comienzo de siglo y en aquel centenario hace cien años, las preocupaciones mayores de los intelectuales y los políticos estaban más ligadas a la urgencia del progreso, y la repetición de la cartilla cívica sobre los héroes era solo una estrategia mal aplicada para alcanzar ese objetivo. No importaba que el patrioterismo cívico no salvara la distancia real con el indígena real que no se veía representado ni en la alegoría, ni en la gesta heroica de Sucre, ni en la nación que ya celebraba su primer siglo de existencia. Blanca Muratorio, en su libro Imágenes e imagineros, representaciones de los indígenas ecuatorianos, siglos xix y xx, recopila una importante colección de trabajos sobre el tema de esas representaciones, cada uno de los ensayos de ese libro explica los mecanismos con los que se borraba al indígena real para sustituirlo con la alegoría genérica que lo desplazaba hacia un universo meramente retórico. Y cuando se hablaba del indígena real era para reforzar la convicción de estar frente a un problema: «el problema del indio», axioma que en último término responsabilizaba al indígena de la imposibilidad de la nación de entrar en el sendero de la modernidad y el progreso. Con el transcurso de las primeras décadas del siglo xx, se consolidó en la región andina la corriente de pensamiento «indigenista». Los intelectuales románticos desde el siglo xIx habían insertado al indio en el paisaje andino con mayor o menor acierto2. Manuel González Prada con Nuestros indios, anunció el primer acercamiento realista a la condición del indio americano y bajo el influjo de este, desde los ensayos de Mariátegui en 1928 y el de Pío Jaramillo Alvarado sobre El indio ecuatoriano, pasando por Huasipungo en 1934, El mundo es ancho y ajeno (1941) y Los ríos profundos (1958) hasta las novelas de Manuel Scorza en los 70, el indigenismo se consolidó como una tendencia intelectual, particularmente en el mundo andino, pero llegó a ser una tendencia latinoamericana que se extendió desde la literatura hacia otros ámbitos culturales como la música y también las artes plásticas (baste mencionar [2] Mera, Montalvo, Olmedo, Zaldumbide, Crespo Toral en Ecuador; Matto de Turner en el Perú (parcialmente Palma podría ser).
– 259 – Del bicentenario al centenario: mundo indígena, mundo mestizo y... como ejemplo la música del altiplano que recorrió Latinoamérica en los 70 y 80; y las tendencias pictóricas de Cecilio Guzmán de Rojas, Oswaldo Guayasamín y Eduardo Kigman, entre tantos otros)3. Pero el indigenismo producido por mestizos encontró sus límites, unas veces, en el paternalismo etnocéntrico en el que se fundaba, heredero de no pocas nociones románticas, otras, en la carga ideológica que exigía el realismo social; y, otras, finalmente, en los prejuicios de la modernidad frente a todo saber-otro que hiciera resistencia al progreso o al desarrollismo. A la larga los movimientos artísticos indigenistas se convirtieron «en un nuevo sistema blanco-mestizo de exclusiones y antagonismos», como apunta el estudioso de la literatura andina Michael Handelsman4. La apropiación de las voces indígenas y el juego ventrílocuo y vicario de las tendencias indigenistas ha sido criticada en las décadas más recientes por las teorías post-coloniales. Sin embargo como dice Handelsman, el indigenismo fue el principio necesario para que en la década de los 90, se produjera un giro radical en el modo de la presencia de los pueblos indígenas y afro-descendientes. El Ecuador fue un espacio privilegiado en el que las organizaciones y movimientos aglutinantes de esas «minorías» se autoerigieron modelo de reivindicación y auto-representación, hasta el punto de iniciar un proceso reconfigurativo de las «cartografías físicas y mentales de la nación», como afirma Handelsman5. Quizás con cierta ingenuidad, Handelsman quiere empezar a leer ya la nueva literatura y los nuevos productos culturales que deberían empezar a generarse desde esta flamante condición «intercultural» de la nación ecuatoriana; y en los albores de la «refundación» del estado, tónica con la cual se celebra el bicentenario. Así como el crítico literario, muchos en el país y en la región, dan por hecho el nacimiento del nuevo estado «intercultural» amparado en la última Constitución. Sin embargo, la posibilidad de esa nueva nación «descolonializada» debe darse en los términos que advierte la crítica poscolonial, Catherine Walsh, y lo cita el propio Handelsman, más como un proceso siempre inacabado y en constante riesgo, más que como una meta alcanzada. El colonialismo es un riesgo permanente que va de la mano del etnocentrismo, y este es prácticamente una necesidad cultural de los pueblos. Este es el punto central de mi [3] Arturo Borda (La Paz, 1883-1953); José Sabogal (Cajamarca, 1888-1956); Camilo Egas (Quito, 1889-1962); Miguel Camargo (Sicuani, 1941) son algunos de los que se podría mencionar. [4] hAndELSmAn, M.: “Joaquín Gallegos Lara y ‘El síndrome de Falcón’: literatura, mestizaje e interculturalidad en el Ecuador”, en Kipus: revista andina de letras 25, 2009, p. 169. [5] Ibídem, p. 170.
– 260 – EstEban PoncE ortiz participación en este seminario. Hablar sobre el ejercicio de tensión, no de equilibrio, en el que debe propiciarse la consolidación de la interculturalidad como modo de vida que aspira a una suerte de poscapitalismo y poscolonialidad. La tensión intercultural implica la formulación de puentes sobre bases relativamente etnocéntricas que continuamente intentan salir de sí para propiciar encuentros que no sean borraduras del otro ni renuncias del yo-cultural, estructura dialógica que exige un respeto «radical del otro». Un verdadero estado de postcolonialidad, o el estado más cercano posible a una auténtica superación de la colonialidad, depende totalmente de esta disposición a establecer un diálogo cultural, no sin prejuicios pero ciertamente sin condiciones previas. Una persona de escasas luces en el tema intercultural me preguntaba alguna vez: ¿qué aporte significativo a la humanidad habían dejado las culturas americanas prehispánicas? Difícilmente esa persona podrá entender que el aporte mayor de esas culturas está porvenir, porque hay en ellas un estado latente de valorizaciones que todavía no han sido atravesadas por la cultura del mercado. De modo que la esperanza intercultural radica en lo que, como seres occidentales marcados inevitablemente por el modelo de modernidad «real», queremos, podemos o debemos aprender de las culturas que por lo menos parcialmente han visto cruzar esta modernidad a cierta distancia. Espero que en uso y respeto del ejercicio de racionalidad que nos reúne, no se pretenda entender que la propuesta de esta ponencia es un retorno «robinsonesco» a la selva, pero sí un reclamo de respeto radical por esas comunidades culturales que asumen su derecho de integrarse a su propio ritmo y conveniencia al engranaje moderno. Descubro dos ejemplos esperanzadores de las posibilidades de los productos interculturales aparecidos en los últimos dos años. El primero lo cita el propio Michael Handelsman, quien alude en su artículo al Festival ÑAWIPI, primer festival de cortometrajes quichua en el Ecuador, producido por la organización RUPAI; el segundo ejemplo es el documental Crude, del director británico Joe Berlinger. Ambos son muestras de tecnologías y lenguajes de la modernidad que entran en contacto con el entramado de una cosmovisión alterna que modifica los tiempos de la modernidad. La propia tecnología cinematográfica transforma al indígena que se apropia de las tecnologías audiovisuales, pero también los sujetos de la modernidad quedamos expuestos a esa mirada otra que se aproxima al mundo de modo diferente y que puede ayudarnos a configurar una modernidad alternativa. Los festivales de cine Ñawipi organizados por la organización RUPAI son muestras interesantes de las primeras producciones de cine quichua ecuatoriano, andino y en general de
– 261 – Del bicentenario al centenario: mundo indígena, mundo mestizo y... pueblos originarios de América. Y el documental británico Crude es otro ejemplo importante de las posibilidades interculturales, para discutir los efectos de la modernidad «real». Crude es un indicio de esos otros diálogos paralelos al discurso de la modernidad, en los que se registran otro tipo de encuentros entre el progreso «real» y sus demandantes; hay aquí indicios de unas formas de cooperación diversa en las que se anuncia la búsqueda del «respeto radical» que viabiliza la interculturalidad. Es imperativo aproximarse a las razones de la resistencia al desarrollismo antes de condenarlas. En la actualidad, es verdad que los pueblos indígenas buscan asociados que se unan a sus causas, pero ya no son más, agentes de segundo orden meramente movilizados por los intereses políticos de otros. No se puede pretender pensar que conforme se integran a los espacios «modernos» de debate y de lucha eminentemente política, las agrupaciones indígenas se integran también a un esquema de negociación política que antes les era ajeno. No se puede pretender que en el diálogo en el terreno de estructuras metodológicas occidentales se mantenga una pureza ni de procedimientos ni de cosmovisión, su modo de entender el mundo va transformándose. Y, a mi parecer, lo interesante de la interculturalidad posible es que también la cosmovisión moderna se deje también transformar por ciertas positividades que ahora mismo resultan contradictorias con un proyecto de modernidad desarrollista o «real». Los tiempos no son los mismos y la analogía puede resultar ineficiente, pero quizás es productivo recordar las condiciones en que Walter Benjamin escribía en las décadas intermedias entre las dos guerras mundiales, entre la crítica al totalitarismo soviético que iba consolidándose y la crítica a los recursos engañosos del capitalismo total, que también se anunciaba con redoble de tambores. Hace pocos meses, en la ciudad de México, se produjo la muerte del filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría, quien dictó cátedra en la UNAM por casi cuarenta años, sobre marxismo, las teorías de Benjamin sobre la historia y el arte, la escuela de Frankfurt y los problemas políticos y culturales de Latinoamérica. Echeverría también tuvo que lidiar con el fin del socialismo «real» totalitario y el inicio del capitalismo global. Como ha declarado el crítico Fernando Balseca: «Echeverría no solo actuó como un hombre de izquierda en un tiempo en que los referentes se derrumbaban […] sino, además, como un marxista que además sostuvo la necesidad de mantener renovados un pensamiento y una práctica transformadores»6. [6] BALSEcA, F.: “Bolívar Echeverría, redivivo”, en Rocinante n.º 21, julio de 2010, p. 5.
– 262 – EstEban PoncE ortiz Echeverría, sostuvo un pensamiento crítico agudo en un tiempo de relajación en el que los discursos de izquierda preferían armonizar con el victorioso capitalismo de extremos o el capitalismo del ethos realista, para usar un término del propio Echeverría. De modo que vale la pena recuperar la figura de este agudo pensador latinoamericano, en sus lecturas rigurosas de Benjamin, en tiempos en que América Latina vive con intensidad el momento de su esperanza, pero sin duda corre el riesgo de empantanarse en esquemas populistas y fascistoides de confrontaciones improductivas, o, de renunciar con ligereza a la oportunidad única de asumir una voz propia en el concierto de la globalidad, una voz que aporte novedad al discurso del mero rendimiento económico. Los textos de Echeverría pueden ser iluminadores sobre todo en el intento de concertar una globalidad cultural que dé cabida a cosmovisiones plurales, y no se cierre sobre el esquema de un proyecto único y totalizador de progreso. De especial interés en relación al tema que he abordado son los trabajos de Bolívar Echeverría en torno a la cultura barroca en Hispanoamérica. Entendida esta como la matriz de una modernidad alternativa que habría estado configurándose en las márgenes de las colonias hispanas, en el espacio utópico de las «misiones jesuíticas» conocidas como del Paraguay. Proyecto utópico que fue destruido, fundamentalmente por el exceso de modernidad real (o de ethos realista) que implicaba el despotismo ilustrado, y en cuya destrucción se truncó un proyecto de interculturalidad integradora, que afirmaba el valor de la acumulación, pero al mismo tiempo afirmaba la necesidad de que prevalezca una conciencia del «valor de uso» frente a la galopante maquinaria que afirmaba sin más la dictadura del valor valorizado, o valor de cambio o valor de capital puro. Para Echeverría, ese ethos barroco no existió nunca como pureza radical que se opusiera de modo binario al ethos realista, que define Echeverría como aquel en donde se consolidan las formas de pensamiento del capitalismo radical. El pensador ecuatoriano distingue cuatro modos básicos o ejes teórico-culturales, cuatro ethos, sobre los que va adquiriendo forma la modernidad tal como la vivimos en el presente, a saber: el real, el clásico, el romántico y el barroco. Entre los siglos xVI y xVIII estos cuatro modos de afrontar la necesidad de un cambio (la modernidad) actuaron combinándose, alternándose sin que sea posible determinar unas fronteras fijas que los delimiten. En la lectura de Echeverría, el barroco, por su valor acumulativo y su capacidad de asimilar pluralidades y por su condición de dramatismo frente a la crisis que generaba el surgimiento de la modernidad, se constituyó como una
– 263 – Del bicentenario al centenario: mundo indígena, mundo mestizo y... condición de pensamiento propicia al encuentro de diferencias. No así el ethos realista que se imponía cada vez con más fuerza como una maquinaria de homogenización. El ethos realista sería una máquina aglutinante en la que se pretende borrar, eliminar las diferencias últimas sobre certezas que no admiten cuestionamiento. En cambio, el ethos barroco estaría siempre procurando el imposible de acumular formas diversas sin perder nada, al mismo tiempo que se sostiene sobre una fuerte tensión de duda; la certeza en el ethos barroco es un casi un contrasentido. De este modo, en el pensamiento de Echeverría, el proyecto barroco de las Misiones del Paraguay conllevaba un modo de cosmovisión total en el que las diferencias culturales convivían en medio de tensiones y en medio, incluso, de indefiniciones radicales. El punto central de las misiones del Paraguay era evitar a toda costa la imposición de un modelo cultural; se quería proponerlo como alternativa, pero sin negarse a la experiencia de dejarse tocar por la cultura otra. Obviamente esta no fue la experiencia generalizada del sistema colonial, por eso Echeverría restringe el ejemplo del ethos barroco a la experiencia particularísima de esas misiones, que justamente fueron clausuradas por representar un riesgo inminente a la consolidación del modelo «realista» de modernidad. La utopía fue condenada no por imposible, sino porque se mostró en ese experimento como extremadamente posible bajo un amplio conjunto de condiciones dadas. Para Echeverría no es posible recrear esas condiciones y no creía que el ethos barroco pudiera dar origen en el siglo xxI a la modernidad alterna, pero sí consideraba que la peculiaridad de los rezagos de esa condición que perviven en muchas formas culturales latinoamericanas, eran un fundamento válido para pensar en mecanismos de superación del modelo de modernidad real. Su esperanza de un postcapitalismo no es la esperanza de una cultura barroca revivida, pero sí veía a esta como el aporte peculiar que América Latina puede ofrecer en la construcción de una modernidad alterna. El ethos barroco no privilegiaría la consolidación de una condición mestiza como lo han hecho muchos otros teóricos latinoamericanos, y tampoco pretendería asumir la «salvación» de las culturas indígenas, privilegiaría sí la condición de un respeto «radical», en el que el mestizo asume un máximo posible de renuncia a imponerse culturalmente, aunque no renunciaría a ser quien es en su propia cultura que ya no es india y tampoco es totalmente occidental. Ese mestizaje barroco que se atreve a dudar del valor total de la maquinaria del ethos realista se convierte en el espacio en que es posible generar un pensamiento que facilite una auténtica interculturalidad, en oposición a los
– 264 – EstEban PoncE ortiz gestos globalizadores que únicamente se despliegan como nuevos espacios de conquista cultural, en los que en el fondo no hay cabida para la diferencia. En tanto que en el juego de espejos barrocos la diferencia se potencia como riqueza que debe ser preservada no como mero muestreo de folklore, sino como la única vía de una auténtica, aunque siempre en tensión, pluralidad. El ethos barroco no instrumentaliza el mestizaje como mero puente a través del cual el indígena terminará por integrarse a occidente, sino todo lo contrario, como herida vivificante de los peligros homogeneizantes de las maquinarias de acumulación de capital.
– 265 – Del bicentenario al centenario: mundo indígena, mundo mestizo y... BIBLIOGRAFÍA: BALSEcA, F.: “Bolívar Echeverría, redivivo”, en Rocinante n.º 21, julio de 2010, pp. 4-6. EchEVERRíA, B.: La modernidad de lo barroco. México: Era, 1998. ―Valor de uso y utopía. México: Siglo xxI, 1998. hAndELSmAn, M.: “Joaquín Gallegos Lara y ‘El síndrome de Falcón’: literatura, mestizaje e interculturalidad en el Ecuador”, en Kipus: revista andina de letras n.º 25, 2009, pp. 165-181. muRAtORIO, B. (ed.): Imágenes e imagineros. Quito: FLACSO, 1994.
– 272 – Graciela Maturo Noroeste, ligado a la cultura peruana y boliviana que forma parte de la cultura Andina, o el Litoral, que participa de la fisonomía del Paraguay, o las provincias de Cuyo, que se relacionan histórica y culturalmente con Chile. Por ello es necesario y legítimo ampliar el concepto de identidad nacional al más abarcador de identidad latinoamericana, reconociendo que estamos frente a una familia de pueblos con una historia y un acervo cultural comunes, y diferencias regionales o nacionales que no fragmentan sino matizan aquella unidad, hoy planteada como el horizonte ineludible de una reintegración política. Podríamos intentar el siguiente esquema de las oleadas sucesivas de modernización, con fechas y conceptos aproximativos: Primera modernización: 1492-1810. El continente, nombrado como América por el cartógrafo europeo Waldessemüller, era habitado por pueblos de disímil grado de evolución. Algunos de ellos eran nómades y recolectores, mientras otros habían producido civilizaciones de cierto grado de avance, con la construcción de ciudades más grandes que otras europeas contemporáneas y adelantos en su conocimiento del mundo, una concepción del tiempo y los ciclos cósmicos, una ética de vida basada en el respeto a la naturaleza. De todos modos, recordemos que a la llegada de los conquistadores ya existía la imposición de los imperios creados por aztecas e incas sobre comunidades más débiles, condenadas a rendirles tributo, hecho que alentó el avance colonialista. A título de ejemplo, los historiadores ―y los propios actores― nos dicen que Hernán Cortés entró en Tenochtitlán seguido de indígenas sometidos que se plegaron a él, así como nos aseguran que en Paraguay, el asentamiento español se hizo posible por las concubinas y alimentos provistos por los guaraníes. Algunos de los pueblos autóctonos eran ágrafos, otros tuvieron una escritura pictórica o ideográfica. Los colonizadores españoles y portugueses, a partir de la llegada del Almirante Colón, introducen a medias la Modernidad europea, incipiente en la Península. Traían el hierro, las armas de fuego, el caballo para la guerra, los instrumentos de medición, la brújula, el vidrio, los objetos manufacturados, el alfabeto. Implantaron su idioma (español, portugués) de origen latino y con él cierta manera racional de mirar el mundo. Las lenguas del conquistador fueron incorporando el vocabulario indígena y manteniendo algunos arcaísmos hasta conformar la lengua que hablamos, cuya sintaxis racional latina ha persistido. Los españoles instalaron muy prontamente imprentas e introdujeron el libro, ―un objeto extraño para los indígenas, que pintaban sobre cortezas de árboles― instrumento de la colonización y la evangelización; fundaron escuelas, universidades, conventos. Trasladaban a los pueblos aborígenes
– 273 – La identidad de los pueblos hispanoamericanos en el... ―y no es un dato menor― la tradición judeocristiana, si bien la fe popular se encargaría de matizarla con creencias indígenas. Al incorporarse, en forma oprobiosa, al esclavo africano, se amplió la base antropológica multiétnica de los pueblos del Nuevo Mundo. Llegó a crearse el Reino de Indias, que formaba parte del estado español con sus características propias y fue destruido por el propio estado español con el advenimiento de los Borbones. Segunda modernización: 1810-1860. Las colonias españolas (no así las portuguesas) se emancipan a partir de 1810, bajo la tutela ideológica de Francia y los Estados Unidos, y con el control comercial de Inglaterra, como ha sido suficientemente demostrado por el revisionismo histórico de varias generaciones. Las minorías libertarias esgrimían instrumentos ideológicos liberales, netamente europeos, aunque era reconocible en el territorio un americanismo ancestral, gestado en la población mestiza. Las consecuencias de esta distancia se verían en las décadas subsiguientes, a través de guerras internas —nunca totalmente resueltas— que expresaron la confrontación de las minorías europeizadas con grandes masas populares herederas de la cultura indiana. Tercera modernización: 1860-1930. Con el triunfo de las minorías liberales se inicia la organización de las naciones, que tomaron como modelos a la joven nación norteamericana, emancipada de Inglaterra en 1776, y a Francia, cuya revolución (1789) había abolido el régimen monárquico y declarado los derechos universales del hombre. Se hizo evidente, a partir de la década del 80, la rápida europeización de las principales ciudades, y el contraste con las masas campesinas, «criollas» y en gran medida analfabetas, lo cual no significa carentes de cultura Los caudillos eran hombres cultos que fueron mostrados como bárbaros. La América hispánica había quedado como un subcontinente agrario dependiente del comercio con Gran Bretaña, sobre el cual se produjo, especialmente en el Cono Sur, la irrupción de la inmigración europea. Algunos intelectuales, especialmente la generación del novecientos, iniciaron una fuerte denuncia, desarrollando un nacionalismo latinoamericano que tuvo consecuencias años después. Por un lado nacía un nacionalismo conservador, por otro un nacionalismo popular. Cuarta modernización: 1930-1990. A partir de 1930, se inicia la parcial industrialización de los países latinoamericanos y la emergencia de los movimientos nacionales. Las minorías dirigentes se dividieron, y se dio el surgimiento de posiciones de revisión histórica y revaloración de la cultura propia. En la Argentina, el brote nacionalista del 43 abre paso al líder popular Juan D. Perón, que avanzó la Tercera Posición entre las
– 274 – Graciela Maturo potencias que polarizaban el mundo enfrentando a su vez filosóficamente la oposición maniquea entre un individualismo disgregante y el colectivismo masificador. Pese al accionar de los movimientos nacionales, América Latina sufrió, innegablemente, a partir de los años 50, una penetración del american way of life. Quinta Modernización: 1990-… Pero la historia occidental había de producir aún una última «revolución», de carácter implosivo, que arranca de los años 60. La invención del microchip abrió la era cibernética, puso en marcha la robotización e inauguró la revolución de las comunicaciones, generando como consecuencia la destrucción del estado socialista y la expansión del capitalismo a buena parte de la tierra, dentro del llamado «nuevo orden mundial». Este imperfecto esquema apunta solamente a señalar la necesidad de una toma de conciencia de lo que ha significado y significa el proceso de la Modernidad, alterización fundamental del subcontinente latinoamericano, que viene durando cinco siglos, tantos como la etapa propiamente histórica de América. 13.3. La Modernidad y la crítica de Occidente Me parece necesario detenernos en el concepto mismo de Modernidad, etapa final y característica de Occidente. No podemos ignorar, como lo hacen ciertos grupos post-coloniales o regionales, que en un momento privilegiado de la humanidad, el que ubicamos en Grecia cuatro siglos antes de Cristo, nació por decirlo así el hombre moderno: los hombres empezaron a pensar por sí mismos, con independencia de sus mitos de origen. Al utilizar la propia razón, desarrollaron un pensamiento crítico, una filosofía, un conocimiento de sí y del mundo, y luego una ciencia y una técnica prodigiosamente incentivada en los últimos siglos. Nacía el humanismo de vocación intercultural que fue base de la cultura mediterránea, y que, fusionado con el mensaje evangélico, llegó a amalgamar en Europa una multitud de pueblos. El monólogo de Prometeo encadenado, en el comienzo de la tragedia de Esquilo, habla con fuerza premonitoria del robo del fuego y de sus consecuencias históricas. El cristianismo acompañó ese «descenso a los infiernos» que trajo, al mismo tiempo, grandes beneficios para la humanidad. Este proceso, que avanza a partir del siglo xVI, abarca sin duda grandes descubrimientos y avances positivos para la humanidad, acompañados de experiencias de dominación, desigualdad, retroceso y barbarie.
– 275 – La identidad de los pueblos hispanoamericanos en el... Nos hace falta acceder a un «pensamiento de la complejidad» a la manera de Edgar Morin, para no incurrir en torpes simplificaciones. La profunda transformación que produjo la Modernidad en el conocimiento de la naturaleza y la vida humana no es comparable a las de períodos anteriores de la historia. Su exacerbación de un modo del conocimiento al que se dio en llamar con exclusividad científico condujo a la secularización de la cultura, la autonomía de la razón, el acelerado desarrollo técnico, y la pérdida creciente del marco axiológico humanista, rasgos que alcanzan máximo desarrollo en la etapa actual. El pensador Eric Voegelin, bajo el influjo de Hans Urs von Balthasar, atribuye al florecimiento del antiguo gnosticismo esa destrucción de la cultura cristiana. Hay sin embargo elementos para considerar, con mayor amplitud, que esa cultura albergaba la posibilidad de un descenso y una negación, previos a su resurgimiento en una etapa nueva. La modernidad ha sido expansiva. Es imposible despegarla de un proyecto de dominación que se entrecruza con el ímpetu civilizador y evangelizador. El llamado Nuevo Mundo se ofreció como el continente destinado por excelencia a la expansión europea, a través de dos orientaciones bien diferenciadas: por un lado la colonización ejercida por pueblos latinos en el Centro, Norte y Sur de América, con una cuota importante de mestización y una acción evangelizadora que acompañó la parcial y progresiva modernización de los pueblos; por otro la colonización anglosajona en el Norte del continente, apoderándose de lugares ya colonizados por España, con el exterminio de la población primigenia y la total implantación de la nueva cultura signada por la Reforma. La conquista española fue el detonante de la mala conciencia europea. La expansión de Europa hacia el Asia y el África no fue fundante y duradera como lo fueron en América las de España y Portugal. Los reclamos de Fray Antón de Montesinos, Fray Bartolomé de las Casas y Antonio de Córdoba, la batalla jurídica de Francisco de Vitoria y el accionar de la Escuela de Salamanca no pueden ser obviados en la rectificación de las demasías iniciales de la Conquista militar, y en la creación de un nuevo derecho de gentes, no solamente para las colonias sino para el mundo. El Occidente ilustrado miró con ojos nuevos a las comunidades del Nuevo Mundo, si bien no alcanzó hasta mucho tiempo después a medir de igual modo al africano, traído como mano de obra esclava. Europa descubría un Mundo Nuevo, y este iniciaba la revolución de la propia Europa, en sus ideas, su política, su ciencia misma. El humanista Tomás Moro usó la palabra griega Uthopia o sea el no-lugar, para referirse, encubiertamente, a la experiencia americana. Se trataba
– 276 – Graciela Maturo en verdad de una eutopía, el buen lugar, pues América era intuida por los humanistas, críticos de la modernidad puramente científica y de la burguesía creciente en Europa, como el territorio en que la Historia podría rectificar su curso. Más allá de las intenciones imperiales de la Conquista y la parcial destrucción de pueblos y culturas originarias, en América ―la que José Martí llamaba nuestra América― se generó de hecho una parcial mestización e inculturación del español, heredero de ricos legados, con los variados aborígenes, orientales por su modo de pensamiento, que poblaban la región. Aunque no podemos negar la parcial mortandad ―el genocidio premeditado en algunos casos y la ignorancia con sus desvastadoras consecuencias en otros― de estos pueblos por el avance militar y por enfermedades que trajo el invasor, se dio nuevamente el fenómeno inusual de la mestización, como lo muestra, con mayor fuerza que tratado alguno, la variada población actual. Al mestizaje originario lo acompañó y sucedió la transculturación, como lo señala con justicia Ramiro Podetti, revisando el pensamiento del cubano Fernando Ortiz. Por mi parte no dejo de atribuir ese impulso a la vocación dialogante del humanismo cristiano, que se hace evidente en el Evangelio pero también en Nicolás de Cusa, Moro o León Hebreo. Se iniciaba en el siglo xVI, con utopistas y predicadores, la crítica de Occidente, movilizada por el contacto del hombre blanco con hombres incontaminados por la civilización occidental. Es la presencia del humanismo católico, con su fondo de conciliación de los opuestos, la que ha moderado, tanto en Europa como en América, la crítica abrupta a la modernidad occidental. Por eso hablamos, para América, de una transmodernidad, que sin ser absolutamente moderna evita el extremo antimoderno. Surgía el espíritu barroco, romántico, mundonovista, pensamiento de opuestos al que Alejo Carpentier ha visualizado con agudeza como eje permanente de la cultura latinoamericana. La modernidad generó perspectivas optimistas y críticas profundas, en cada uno de los momentos importantes de su avance: el surgimiento de las ciencias empírico-naturales, el maquinismo, la revolución industrial, la cibernética. No es posible ignorar sus avances y beneficios, de los cuales hacemos uso los hombres de la tierra, si bien esos beneficios no han llegado a todos. Pero tampoco es posible negar sus efectos no deseables. La negación del Occidente científico-técnico, insinuada por los pensadores románticos, fue llevada a su extremo límite por Friedrich Nietzsche. Su gesto acusador fue germen de distintas oleadas de pensamiento y modificación cultural a lo largo del siglo xx, hasta alcanzar en sus últimas
– 277 – La identidad de los pueblos hispanoamericanos en el... décadas, la versión atenuada de la filosofía post-moderna. Era una versión light, para el consumo de una sociedad desvitalizada de postrimerías de la Historia y en verdad no ha pasado de ser una moda intelectual sin capacidad para moderar los excesos de la modernidad técnica parcialmente expandida desde un grupo de países del hiper-desarrollo al resto del mundo. Los filósofos europeos de la llamada posmodernidad hicieron el diagnóstico de la sociedad de fin de siglo. Describieron el mundo de la fragmentación, la desconstrucción, el cruce de mensajes, la pérdida de los patrones identificatorios, la muerte de los grandes relatos orientadores, es decir, los mitos religiosos, históricos, morales, que han conducido a la humanidad. También se refieren a otros aspectos secundarios: el resurgimiento del arte, ligado a los medios técnicos, el pensamiento débil, el retorno a lo pequeño y cotidiano. El fracaso de los ideales que validaron el saber y el hacer, habría impulsado a la sociedad posmoderna a nuevas maneras de validación: la performatividad o eficiencia, y el consenso de la comunidad científica, social, etcétera, en muchos casos creado artificialmente por los medios de comunicación masiva. Lyotard señalaba, intentando describir a las sociedades más desarrolladas, que el lenguaje ya no posee una verdad ni aspira a ella. El discurso de la verdad vino a ser sustituido por prácticas locales, así como el arte-verdad se habría visto reemplazado por el cultivo de formas gratas y las estrategias destinadas a obtener el consenso del gusto. Este panorama, parcialmente trasladado a los pueblos periféricos y vivamente exaltado por algunos de sus intelectuales y políticos no expresa totalmente ―ni en lo esencial― la constitución cultural de América Latina. Su adopción ha sido catastrófica en la erosión a los valores y aun más catastrófica en sus consecuencias económicas. Es legítimo reflexionar sobre el alto precio de la etapa cibernética, que produjo el paso de una parte de la sociedad a una vida hedonista desentendida de valores, y la necesaria esclavización de otra porción muy numerosa de la población del planeta, que quedaba sumergida en la pobreza, cuando no en la indigencia y la pérdida de la dignidad. Se pasa de las decisiones nacionales a las supranacionales a favor del poder financiero en el que la revolución cibernética, que podría ser herramienta de liberación y hominización, se pone al servicio de la dominación y la masificación. La realización de la utopía técnica, justo es reconocerlo, no ha traído la felicidad al género humano. La perspectiva adquirida permite visualizar que se ha llegado al anverso del optimismo alentado en los comienzos de la revolución científica. Sucesivas crisis planetarias, los estragos de dos
– 278 – Graciela Maturo guerras mundiales y los inicios de una tercera, los etnocidios, los estallidos atómicos, la creciente iniquidad social, la mortandad, la enfermedad y la miseria en vastas regiones de la tierra, e incluso el vaciamiento de la cultura en medio del desarrollo, hacen dudar del triunfo del proyecto científicotécnico, fundador de la dependencia en las conciencias, a diferencia de la etapa anterior donde se pretendía dominar los recursos naturales y bienes de producción. 13.4. Transmodernidad de América Latina Cuando María Zambrano pensaba en la identidad de España, constataba la persistencia de un perfil humanista, místico, introspectivo, poético, un tanto refractario a la cultura de los objetos y las innovaciones técnicas. Algo similar puede afirmarse de la América hispánica, pese a su parcial aceptación de la modernidad. El poeta bilbaíno Juan Larrea llamó «rendición de Espíritu» al gesto fundante de España en las «nuevas Españas» que creó más allá del Océano, aunque no se trataba de la transmisión lisa y llana de una cultura, sino de un nuevo ciclo inclusivo de otras culturas. Resulta importante preguntarse cuál es el lugar de las identidades nacionales en este momento complejo de la historia, en que parecen abolidas las fronteras de las naciones. ¿Estamos frente al universalismo, meta anhelada por los pueblos históricos y justificación de un camino de luchas? ¿O se trata en cambio de un nuevo intento parcial de dominación que viene a acentuar el desequilibrio del mundo y la inestabilidad interna de las naciones llamadas periféricas? Con toda evidencia, no es un tema que pueda ser simplificado. El siglo xx, tiempo que acentuaba el imperativo de la ciencia y sus derivaciones técnicas, fue también el teatro de hondas transformaciones que reconocían móviles éticos: se producía la revolución de los campesinos, los humildes, los asalariados, las mujeres, los jóvenes, y también, en compleja movilización histórica, de las naciones coloniales. Las transformaciones sociales de la época llegaron en ciertos casos a la inversión y el desborde de las estructuras tradicionales, aunque siempre hubo reservas de identidad para calibrar los cambios, recuperando valores básicos. Francis Fukuyama enunció en 1989 una frase muy repetida en los medios intelectuales: La historia ha terminado. Más allá de su evidente parcialidad, que no hace justicia a la tenacidad humana sobre la tierra, es indudable que expresaba cierta verdad: existe una generalizada conciencia
– 279 – La identidad de los pueblos hispanoamericanos en el... sobre el cambio de época, reforzado por la convicción filosófica del fin de la modernidad. Se ha declarado el límite del proyecto moderno, asentado en el conocimiento científico, el dominio de la naturaleza y el sometimiento de buena parte del mundo al poder central. Ese tramo, ciertamente admirable por muchos aspectos, ha culminado en la «utopía tecnológica», que desplazó en los últimos tiempos a la utopía social. Hoy nos hallamos ante la soterrada implosión del sistema capitalista, último eslabón del proyecto político occidental. La nueva revolución, signada por la cibernética, se introduce en la vida de los latinoamericanos aproximadamente a partir de 1990, por dar una cifra aproximada que afecta a toda la región. La revolución cibernética engendra y acompaña el proceso de la globalización tecno-económica, que afecta y cuestiona las identidades de los pueblos. Es evidente que en las naciones en desarrollo, se ha ahondado cada vez más la brecha entre minorías que algunos sociólogos llaman «feudos tecnológicos», dependientes de los centros de poder, y grandes masas desposeídas que no solo carecen de esos bienes sino que no han completado el ciclo de satisfacción de sus necesidades básicas. Esto ha alterado el desenvolvimiento de una cultura que tanto en su vertiente popular como en su vertiente ilustrada había venido mostrando puntos de acercamiento y convergencia histórica, desarrollando aspectos del ethos cultural que en términos amplios identifica a la comunidad de los pueblos hispanoamericanos, y en términos más estrictos permite el reconocimiento de las identidades nacionales, cada vez más vulneradas por la uniformización que acompaña a la expansión tecnológica. El problema es la transnacionalización del poder en manos de las grandes corporaciones económicas y financieras, que hoy en vez de recurrir a las ocupaciones militares (excepción Irak), apelan a conducir las conciencias y doblegar toda forma de resistencia a través del pensamiento único. Señalábamos que a lo largo de la historia latinoamericana transmoderna muchas ideas y productos fueron aceptados o reformulados por una América que iba afirmando su propia identidad. Con la revolución cibernética se produjo una inflexión: sus productos son aceptados en general por la parte de la población que tiene acceso a ellos, pero su ideología es criticada por deshumanizante por muchos pensadores y educadores. Desde los años setenta en adelante y con el apoyo de gobiernos militares, fue sofocado el americanismo del Tercer Mundo y paulatinamente reemplazado, en especial para las clases medias y los grupos universitarios, por los esquemas de la intelectualidad francesa o alemana: se desplazó el concepto de liberación por el de construcción
– 280 – Graciela Maturo de ciudadanía, en sustitución de la temática de la identidad se impuso hablar de la «sociedad fragmentada», más que de justicia social se habló de los derechos humanos, se importó el debate sobre la multiculturalidad, la cuestión del género, la exaltación de las minorías, el «derecho al aborto», etcétera. El ejercicio del pensamiento complejo, que defiendo continuamente, me mantiene al margen de negaciones o exclusiones que impidan el parcial reconocimiento de estos temas, pero me atrevería a afirmar que no expresan las tensiones del mundo latinoamericano en que son vigentes la pareja, la familia, la necesidad del trabajo y la procreación, la religiosidad popular, los grandes relatos que en otros espacios se dieron por abolidos, la búsqueda de la belleza, la fe, la esperanza en el kairós o tiempo profético capaz de presentificar las utopías en el tiempo concreto de los hombres. El sentido de justicia del pueblo latinoamericano, central y ejemplificador para la humanidad, explica también las tensiones sociales y políticas de estos tiempos; los derechos humanos, parcialmente proclamados hoy, tienen vigencia desde nuestros orígenes, lo contrario sería negar esa impronta del humanismo cristiano. Las necesidades y creencias propias de pueblos jóvenes son a menudo criticadas como remanentes anacrónicos por los teóricos de la «nueva sociedad europea» que invierten las tendencias considerando «derecha» a la izquierda tercermundista, e «izquierda» a su propia mentalidad de fin de mundo, abocada a la administración del confort y la técnica para grupos desvitalizados, que abandonaron las luchas sociales. Son, sin duda, los representantes del pensiero dévole, los teóricos del fin de la civilización occidental. Por supuesto, en la propia Europa han surgido críticos de esta mentalidad, como lo son Cornelius Castoriadis, Pierre Clastres o Marcel Gauchet, quienes han atacado el seudo-universalismo globalista y la social-democracia que pretende imponerse como nuevo modelo social. Para Gauchet la social-democracia sería el signo de un quiebre en la relación del hombre con su Otredad, dejando al individuo en absoluta soledad como sujeto de derechos humanos abstractos, divorciado de su medio y ajeno a toda problemática atinente a su origen o destino1. Desde otra vertiente se rescata hoy el pensamiento del católico alemán Carl Schmitt, recientemente reeditado en Argentina2, quien combatió el relativismo de los valores. Para nosotros, hombres y mujeres de un país periférico al poder central transnacional, la nueva atmósfera mental e instrumental que afecta [1] GAuchEt, M.: La democracia contra sí misma. Rosario: Homo sapiens, 2004. [2] SchmItt, C.: La tiranía de los valores, trad. de Abad, S. Buenos Aires: Hydra, 2010.
– 281 – La identidad de los pueblos hispanoamericanos en el... la cotidianidad del vivir empezó a hacerse actuante a partir de 1990, por poner un hito reconocible, pese a que la Trilateral Comision es de fines de los 60. Acababa de caer el muro de Berlín y el panorama mundial asentado en estadísticas de crecimiento económico acelerado, produjo al comienzo cierta euforia en las clases dirigentes, posponiendo las necesidades reales y creando cierto «idealismo numérico», que no se tradujo necesariamente en felicidad. Imágenes inoportunas, no solo traídas por los medios de comunicación que han achicado el mundo sino por la propia experiencia, nos acercaban otra realidad connatural a la globalización: creciente desempleo, desnutrición y baja expectativa de vida para naciones y continentes enteros (por ejemplo África); reaparición de enfermedades crónicas y agudas que parecían vencidas, multiplicación de enfermedades sociales ―stress, SIDA, depresión, cáncer― concentración de la miseria en ghettos que se convierten en focos de delincuencia; discriminación, violencia, individualismo despiadado; alienación de algunos sectores por su alto nivel de vida y su búsqueda de seguridad; destrucción de otros por la miseria, la falta de horizontes o la pérdida de la dignidad. La droga es el flagelo que completa esta acción destructiva. Unido a esta falta de equidad social, el marco predominante en la vida cotidiana quedó signado por la expansión de una cultura masificante que conlleva una inevitable pérdida de los símbolos comunitarios y una continua inversión de valores y emblemas tradicionales. El accionar de los medios de comunicación crea la imagen de que siempre hay que esperar algo nuevo, mejor que lo anterior, pero esa novedad pasa por lo trivial, por los objetos. Pasó la etapa de los movimientos nacionales que aglutinaron a las masas campesinas y obreras, murieron los líderes populares e incluso tiende a desaparecer como clase la clase trabajadora, aglutinada dentro de nuestra imperfecta industrialización. Es más, la revolución post-industrial tiende a hacer desaparecer el trabajo, como lo conocimos en la etapa industrial, en cambio aumentan los servicios, en la ecuación global hay más empleo, pero no se puede negar que la ecuación es excluyente para los que no acceden al mismo. El estado en retirada es también responsable, sustituyéndolo en el mejor de los casos por el subsidio, y en otros por la indigencia. No perdamos de vista que en el caso del subsidio, ya iniciado en nuestra sociedad, se genera igualmente el agudo problema del ocio ―lejano ya del otium humanista propicio a la filología― con su secuela de desequilibrio físico y moral. No faltan quienes afirmen que no es posible constatar en América Latina una identidad pura ni uniforme y podemos admitir que tienen su parte de razón, pero también podemos afirmar que siguen existiendo
– 288 – Graciela Maturo ―El humanismo Indiano. Actas de las Jornadas de Literatura hispanoamericanas 2002. Buenos Aires: UCA, 2004. ―Relectura de las crónicas coloniales del Cono Sur. Buenos Aires: USAL-CONICET, 2004. ―La literatura hispanoamericana: de la utopía al Paraíso. Buenos Aires: Fernando García Cambeiro, 1983. ―La identidad latinoamericana. Problemas y destino de una comunidad. Buenos Aires: Tekné, 1997. ―La razón ardiente. Aportes a una teoría literaria latinoamericana. Buenos Aires: Biblos, 2004. ―La identidad latinoamericana. Rosario: Ross, 2009. ―América, recomienzo de la Historia. Buenos Aires: Biblos, 2010. mEthOL FERRé, A.: La Iglesia en la historia de Latinoamérica. Buenos Aires: Nexo, 1987. O´GORmAn, E.: La invención de América, investigación acerca de la estructura histórica del Nuevo Mundo y el sentido de su devenir. México: FCE, 1984. ORtIz, F.: El huracán: sus mitologías y sus símbolos. México: FCE, 1947. ―Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. Madrid: Cátedra, 1999. POdEttI, J. R.: Cultura y alteridad. Caracas: Monte Ávila Editores, 2008. RIcOEuR, P.: “Civilisation universelle et cultures nationales”, en Histoire et vérité. Paris: Seuil, 1964. ScAnnOnE, J. C.: Discernimiento filosófico de la acción y pasión históricas. Planteo para el mundo global desde América Latina. Barcelona: Anthropos, 2009. SchmItt, C.: La tiranía de los valores, trad. de ABAd, S. Buenos Aires: Hydra, 2010. SEIBOLd, J. R.: La mística popular. México: Buena Prensa, 2006. zEA, L.: La filosofía americana como filosofía sin más. México: Siglo xxI, 1969. ―La esencia de lo americano. Buenos Aires: Pleamar, 1971.
– 289 – cAPítuLO 14 HISTORIA CULTURAL DE LA IDEA DE HISPANIDAD JUAN JOSÉ PADIAL (Universidad de Málaga, Málaga, España) EL Real Decreto de 15 de junio de 1918 que sancionó Alfonso XIII vendría a suponer, desde cierto punto de vista, el colofón a las celebraciones del primer centenario de la independencia de América. En su artículo primero y único el monarca, por la gracia de Dios y la Constitución, declaraba «fiesta nacional, con la denominación de “Fiesta de la Raza” el día 12 de octubre de cada año»1. El itinerario jurídico de esta ley comenzó años atrás como una aspiración de la asociación madrileña Unión Iberoamericana. Su presidente, Francisco Rodríguez San Pedro, había señalado en enero de 1913 que no había: «Ningún acontecimiento, en efecto, más digno de ser ensalzado y festejado en común por los españoles de ambos mundos, porque ninguno más ennoblecedor para España, ni más trascendental en la historia de las Repúblicas hispano-americanas»2. Esta idea sería repetida años más tarde por el legislador al redactar el Real Decreto arriba citado, quien al hacerlo retomaba la conversación entre Gomara y Carlos V, por la que el primero afirmaba unos cuatrocientos cincuenta años antes que «la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias». [1] http://www.boe.es/datos/imagenes/BOE/1918/167/A00688.tif [2] Cfr: http://www.filosofia.org/ave/001/a220.htm
– 290 – Juan José Padial Resulta sorprendente esta coincidencia en el pensar de Gomara y el de Rodríguez San Pedro. Gomara podía constatar que ninguna experiencia humana vivida hasta el siglo xVI tenía la magnitud del descubrimiento de América. Y en efecto, la cartografía, ingeniería y astronomía necesarias para el viaje de Colón, eran el equivalente a nuestras high techs, y en ese espíritu de vanguardia, de non plus ultra, se desarollaron en los sucesivo las técnicas de navegación y los descubrimientos geográficos plasmados en las excelentes y secretas cartas de navegación españolas. Además, el horizonte de posibilidades que abría América para España, apenas acabada la Reconquista y la unificación de sus diferentes reinos, era tan inaudito y prometedor, que cabe explicarse la afirmación de Gomara, y su congruencia con la ciencia y las experiencias vividas hasta el siglo xVI. La situación histórica cuatro siglos y medio más tarde era radicalmente diferente. La vanguardia en el desarrollo tecnológico era abanderada por países como Alemania o los Estados Unidos. Y respecto del dominio marítimo y del poder político, las posibilidades antes abiertas ahora se trocaban en el mantenimiento de buenas relaciones con las nuevas repúblicas independizadas hacía escasamente un siglo. Por ello, el alcance de la afirmación del Real Decreto es más reducido. No habla del mayor acontecimiento de la historia, sino de la historia hispano-americana. Pero la apelación a la historia común parte del horizonte de crisis que la generación del 98 vivió y expresó. Crisis de identidad, que afecta ante todo a España, y que por lo tanto viene a ser una crisis de identidad colectiva ―de España como nación― una vez que su función de metrópoli ha desaparecido y la inmensa parte de sus territorios le aparecen como amputados. Por ello, impresiona en este memorándum, que se considere el asunto más trascendental para muchas repúblicas que acababan de celebrar el primer centenario de su nacimiento, la fecha de su descubrimiento por parte española, y no el día de su independencia como nación. Hay como una pugna de nacionalismos. Lo que era mirada prospectiva en la afirmación de Gomara, ahora es mirada retrospectiva y búsqueda casi tentativa de un horizonte cultural en el que aparezcan algunas posibilidades que puedan ser consideradas como propias, como parte de una identidad a la que proyectarse. Un horizonte que busca inspiración en el pasado que se contempla, pero que no puede renacer. Naturalmente, el legislador se refiere únicamente a los españoles de ambas orillas del Atlántico, y por ello impresiona asimismo la autoconciencia española sobre lo que supuso el descubrimiento, conquista y soberanía de los
– 291 – Historia cultural de la idea de hispanidad territorios de Ultramar: nada más ennoblecedor, que dignifique más lo que España ha sido, que la adorne y le dé esplendor. Parece que hay algo de discurso retórico en las palabras de Rodríguez San Pedro, de discurso dirigido a atemperar las soflamas independentistas o a proporcionar un nacionalismo hispánico. El nacionalismo tiñó la vida de americanos y españoles y, por tanto, también la obra de sus historiadores. Los unos a «la búsqueda de los orígenes de las naciones surgidas en aquel proceso»3 emancipatorio, los otros releyendo el arco temporal que va del descubrimiento hasta la descolonización también desde un nacionalismo, pero hispánico. Como considera Luis Ribot, este quizá haya sido «el vicio habitual de casi toda la historiografía —también la nuestra—, excesivamente condicionada por el nacionalismo»4. ¿Era la vivencia expresada en el Real Decreto la expresión de una autoconciencia falsa, errónea, correcta? ¿Estaba tal comprensión dictada por el desastre que para España supuso la pérdida de Cuba y el fin definitivo del imperio? ¿Quizá más que percepción de un status quo, una maniobra política, un intento de influir en la valoración subjetiva, vital, de los pueblos hispanoamericanos? ¿O quizá tan solo una estrategia de política exterior de la antigua metrópoli? En cualquier caso, varias de las repúblicas latinoamericanas también se sumaron a las festividades, pero con una conciencia más clara de lo que se trataba. Ya en el mismo Real Decreto se citaban como antecedentes de esta conmemoración, la resolución del congreso del Perú por la que se constituía esta fiesta «como homenaje a la Nación Española y a Cristóbal Colón», o la del Consejo de Ministros argentino que insistía en este «homenaje a España, progenitora de naciones, a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua, una herencia inmortal». De España y no de las naciones latinoamericanas era de lo que se trataba, porque la imagen del mundo que en este lado del océano se tenía había cambiado considerablemente. Lo que estaba en juego era la autoconciencia colectiva española, la conciencia del sí mismo de España, como señalaran reiteradamente los literatos del 98. El aclararse esta cuestión venía a ser equivalente a averiguar el valor de verdad de la certeza que habían guiado los esfuerzos españoles desde el descubrimiento hasta la aceptación de las independencias. La narración de esta historia sin solución de continuidad vendría a ser: [3] RIBOt, L.:“El contexto: de la lealtad a la emancipación”, en El cultural. Madrid: 18/06/2010: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/27422/El_contexto_de_ la_lealtad_a_la_emancipacion [4] Ibídem.
– 292 – Juan José Padial «Uno de los componentes básicos del nacionalismo español y de la política exterior española a lo largo del siglo xx: la creencia en y la utilización de la continuidad “cultural” española en América»5. Varias imágenes y autorrepresentaciones de una nación española o hispanoamericana se sucedieron. La primera fue la creencia de Castelar en «la Raza» latina6. Juicio que pretendió fundamentar antropológicamente Menendez Pelayo, para quién: «Los rasgos identificadores eran fundamentalmente las bases étnicas, con una fuerte influencia geográfica; si bien con el tiempo fue rebajando los contenidos biológicos del concepto raza para dotarle de mayor fondo cultural y religioso. Independencia, sobriedad, seriedad y gravedad eran para él los rasgos definitorios»7. De esta Raza latina y transatántica; escrita así, sin adjetivar y con mayúscula. Es así como la historia del nacionalismo hispánico se inscribe en la poderosa corriente del historicismo del siglo xIx, por la parte de la historia del pensamiento, y en la parte de la historia política, en la Restauración borbónica. Aún contando con que la comunidad entre los pueblos transatlánticos fue en gran medida inventada, ficticia o imaginada ―por motivos de política exterior o religiosos― no obstante, los nacionalismos hispánicos intentaron «elevar el sentido histórico ―la conciencia de que estamos inscritos en una historia y de que la mejor manera de hacer comprensible un fenómeno humano, sea una institución, una costumbre o una creencia es contar su génesis, es decir, trazar su historia― al nivel de la conciencia reflexiva»8. En tal intento se sucedieron el panhispanismo, el hispanoamericanismo y la Hispanidad, como modelos alternativos de la identidad cultural hispanoamericana. Ya para el hispanoamericanismo y para la hispanidad, era claro lo inconsistente de asentar tal comunidad cultural sobre fundamentos étnicos. Así para Ramiro de Maeztu, el principal representante de la idea de Hispanidad, «el 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad». Sobre el despropósito de la idea de raza ya se [5] SEPúLVEdA, I.: El sueño de la Madre Patria. Hispanoamericanismo y nacionalismo. Madrid: Marcial Pons Historia, 2005, p. 12. [6] Cfr. ibídem, p. 68. [7] Ibídem, p. 193. [8] VIcEntE ARREGuI, J.: La pluralidad de la razón. Madrid: Síntesis, Madrid, 2004, p. 24.
– 293 – Historia cultural de la idea de hispanidad habían pronunciado Miguel de Unamuno o Antonio Machado9, desde el hispanoamericanismo. Para 1935 la exigencia de Maeztu se había hecho realidad. Isidro Gomá comprendió bien lo que se jugaba en este cambio de denominación: «nuestra unidad de origen, de historia y de destinos, en la caduca Europa y en esta América, lozana y pujante»10. Así, el programa de Maeztu tenía que ver con elevar al nivel de la conciencia reflexiva el lenguaje común, la unidad de historia y el depósito de símbolos sagrados, en suma con el denominador común, o con los vínculos de unidad, hispanoamericanos. Y esto con clara advertencia y serias dudas respecto de si España se comportó como madre o más bien como madrastra11. La metáfora de la Madre Patria implicaba para Gomá y para los impulsores de la idea de Hispanidad que España gestó a América, la formó en su seno, en su matriz cultural, y conformó un ser ―la Hispanidad― en lo que para Gomá eran los «millones de seres humanos, partidos en cien castas, con una manigua de idiomas más distintos entre sí que los más diversos idiomas de Europa». Además, esta génesis no fue solo lingüística, social o administrativa, sino también moral. En esta labor educativa, España corrigió y enderezó muchas de sus costumbres, pues a juicio de Gomá «la antropofagia, la sodomía, los sacrificios humanos, son las grandes lacras de Aztecas y Pieles Rojas, Caribes y Guaraníes, Quechuas, Araucanos y Diaguitas»12. España vendría a ser el factor de civilización frente a la barbarie de estos pueblos primigenios. En ningún lugar como en el De Inventione ciceroniano se puede encontrar mejor expresado el alcance teórico de este contraste entre la vida civilizada y la bárbara, por el que la acción civilizadora vendría a ser la entrada en un nuevo orden de cosas, un nuevo nacimiento; y el país civilizador tendría los atributos del progenitor, el que engendra, el que hace nacer: «Hubo un tiempo en el que los hombres deambulaban como animales por los campos y vivían en estado salvaje; no hacían nada bajo la guía de la razón, sino que procedían únicamente según su fuerza [9] Cfr.: http://www.filosofia.org/ave/001/a224.htm [10] GOmá tOmAS, I.: “Apología de la Hispanidad. Discurso pronunciado en el Teatro ‘Colón’,de Buenos Aires, el día 12 de octubre de 1934, en la velada conmemorativa del ‘Día de la Raza‘”, en Acción española, Tomo XI, n.º 64-65, pp. 193-230. Disponible en: http:// www.filosofia.org/hem/193/acc/e64193.htm [11] Cfr. la tercera parte del discurso que lleva como título: “Reparos que a España pueden hacerse en sus campañas por la hispanidad”. [12] GOmá tOmáS, I.: Op. cit., pp. 201 y 202.
– 294 – Juan José Padial corporal; no parecía existir religión ninguna, ni deberes sociales; nadie contraía matrimonio legítimo ni había cuidado sobre los hijos que se tenían por propios, ni se conocían las ventajas del Derecho […]. En esta coyuntura un hombre ―al que tengo por seguro como grande y sabio― tomó conciencia del poder escondido en el hombre y del amplio campo que le ofrecía su inteligencia para grandes cosas si pudiera desarrollar este poder mediante la instrucción. Los hombres estaban dispersos por los campos y escondidos por las selvas cuando los congregó según un plan. Los introdujo en todas las ocupaciones útiles y honestas, aunque se quejaban contra ello al principio por causa de su novedad; pero gracias al uso de su ingenio y elocuencia le oyeron con grandísima atención, y los pudo transformar en un pueblo amable y gentil»13. No es casual que este texto de Cicerón fuera citado por casi todos los representantes del humanismo jurídico del siglo xVI. Y aunque el pensamiento político español está fuertemente marcado por la vuelta a la escolástica de Vitoria, Domingo de Soto o Francisco Suarez, sin embargo, los puntos de referencia del debate de estos teóricos son por un lado la Reforma luterana y por otro el humanismo erasmiano. Es así como las ideas de los republicanos italianos del Renacimiento llegarán a lo que podría denominarse el republicanismo hispánico. En cualquier caso, el nacimiento moral y político de los pueblos americanos se debería a la acción civilizadora de España. Se trata de una tesis radical, la de Gomá, pues implica que cualquier posibilidad de negocio jurídico, de desarrollo técnico, religioso o económico de los pueblos americanos era debido a la acción civilizadora de aquella nación grande y sabia que los congregó de acuerdo con un plan. La fiesta de la Hispanidad venía a ser una fiesta de familia, la de unos hijos fuertes, sanos y recientemente emancipados, reunidos en torno a una buena madre, que vive lejos, pero a la que los hijos constantemente recuerdan con sus obras. Además y por la misma razón, la Hispanidad no solo se diría de los pueblos hispanoamericanos, sino que también se extendería a las Filipinas, Guinea Ecuatorial, el Sahara occidental, e incluso sobre territorios hoy estadounidenses como las Islas Marianas del Norte o el Territorio del Guam. Súbitamente la idea de Hispanidad se torna no solo etnocéntrica, sino también confusa, si se atiende a la variedad de acciones emprendidas por las naciones independizadas e incluso al antagonismo de sus políticas. [13] CIcERO: De Inventione, I. 2. Cit. Por tuck, R.: Natural Rights Theories. Their origin and development. Cambridge: Cambridge University Press, 1979, p. 33.
– 295 – Historia cultural de la idea de hispanidad La idea de Hispanidad goza de tres insignes precedentes. El primero nos viene de la Grecia clásica y queda recogido en la sentencia de que «a cualquier parte que vayas serás una polis». Los hombres no son tales solo por nacer físicamente, sino que su constitución sociocultural y moral forma parte indisoluble de su nacimiento. Y este nacimiento es el que los griegos resumían con la palabra paideia, que capacitaba al hombre no para realizar oficios y labores, sino para los discursos en el ágora, las decisiones políticas en el gobierno de la ciudad y las hazañas memorables en las batallas. La vida como ciudadano y no como bárbaro, meteco o esclavo es el telos humano; su naturaleza es política y, por tanto, requiere de un tipo peculiar de educación, y de una forma de vida también peculiar: la de la aparición pública mediante discursos y acciones. El contenido no solo teórico de esta idea, sino emotivo y de devoción política, permitió la colonización griega. La polis, al igual que la forma, es recibida por una materia, que es un territorio y unos pueblos que lo habitan: los de la Magna Italia, o los pueblos amerindios. En tal materia cabe instalar ―causa in qua― la polis o la Hispanidad y, de tal materia, surge ―causa ex qua― en todo tiempo y lugar más polis o más Hispanidad. La instalación y la edución se deberían a la paideia griega, la elocuencia ciceroniana o la acción civilizadora española. Así, la esencia y definición de polis o de Hispanidad gozaría de un grado de universalidad y espiritualidad que permitiría su extensión y desarrollo. El segundo precedente, en íntima conexión con el primero, de la idea de Hispanidad está en el Derecho Romano14. Cicerón diferenció entre patria naturae y patria civitatis, entre la patria como origen, localmente considerada y la patria civitatis donde al igual que la polis griega «se ejercen efectivamente los derechos y se cumplen las obligaciones, corresponda o no al lugar de nacimiento o al de la etnia o tribu respectiva»15. Esta esfera cuasi intangible, no identificada con el origen peculiar, con la provincia, eso era Roma. O en palabras de Mommsen, Roma no era una confederación de comunidades, sino que estas solo eran tales junto a la communis Patria romana16. Lo que las constituía y les mantenía en el ser ―forma dat esse― venía a ser la communis patria, la patria espiritual, [14] Debo estas observaciones, y las sugerencias bibliográficas, a la doctora Mercedes García Quintas. [15] cALzAdA, A.: “Origo, incolae, municipes y civitas romana a la luz de la Lex Irnitana”, en Revista Internacional de Derecho Romano. Servicio de publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, abril de 2010, p. 29. [16] mOmmSEn, t.: Römisches Staatsrecht, III,1 (1886; reed. Graz 1952) 781. Citado por cALzAdA, A.: Op. cit., p. 46.
– 296 – Juan José Padial y no circunscrita a un lugar o a un tiempo determinados. Cuando Ramiro de Maeztu intenta abarcar la extensión del concepto de Hispanidad, también hablará en los mismos términos. «Hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la civilización o el ser a los pueblos hispánicos de la península»17. Hay en sus palabras algo así como una ontologización de la cultura, que afecta de lleno a la idea de Hispanidad. Ontologización no tanto aristotélica como hegeliana, por el énfasis que tomará la noción de Hispanidad entendida como espíritu, y sus diferentes manifestaciones: «Nuestra comunidad no es racial, ni geográfica, sino espiritual. Es en el espíritu donde hallamos al mismo tiempo la comunidad y el ideal. Y es la Historia quien nos lo descubre»18. Pero conviene demorarse en la afirmación de Maeztu sobre que los pueblos americanos deben su ser o civilización a España. De nuevo la idea del Derecho Romano de las dos patrias del ciudadano arrojará luz sobre la esencia de la Hispanidad como nacionalismo. Ulpiano en el libro X De officio proconsulis, distinguía para los habitantes del imperio dos patrias, que fundaban deberes y prohibiciones asimétricas19. La una, la patria propiamente dicha, el lugar de nacimiento propio y de los padres ―Patria sua―. La otra, la urbe, Roma. La multiplicidad indefinida de patrias locales ―podríamos llamarlas «chicas»―, no obstaba para el reconocimiento y lealtad que eran debidas a la Patria communis. Roma no solamente era una patria local más. La condena de ostracismo en una patria local cualquiera era reconocida por Roma, que a su vez impedía la entrada del condenado en la Urbe. No obstante, la condena de ostracismo dictada en la Urbe no impedía al condenado la entrada en las demás ciudades del Imperio. No equivalía a una expulsión del Imperio, sino de la ciudad de Roma. La razón de este texto del Digesto hay que rastrearla en los tratados de los antiguos reyes romanos y de la República ulteriormente, con ciudades aliadas. El emperador estaba obligado a respetar estos tratados. Y estas ciudades con el paso del tiempo llevarían el apelativo de «libres», como muchas del área germánica20. Así también sucederá en la relación de España para con las naciones latinoamericanas ya emancipadas. Formarían todas parte de [17] mAEztu, R.: Defensa de la Hispanidad. Madrid: Rialp, 1998, p. 84. Subrayado mío. [18] Ibídem, p. 105. [19] «Constitutum eum, cui patria interdictum est, etiam urbe abstinere deber: contra autem si cui urbe fuerit interdictum, patria sua interdictum non videtur. Et ita multis constitutionibus cavetur». (D. 48, 22, 7, 15) [20] Cfr.: tuck, R.: Op. cit., pp. 38 y 39.
– 297 – Historia cultural de la idea de hispanidad una comunidad cultural, histórica, lingüística, religiosa y étnica, en la que la Hispanidad o lo Hispánico, tenía la función de elemento aglutinador en lo cultural, religioso, lingüístico, de las naciones ya libres e independientes. Lo hispánico era lo común y primigenio, lo universal y no local. Y es que: «Tanto cives como coloni y municipes eran ciudadanos de pleno derecho de su comunidad, y a través de su ciudad pertenecían eventualmente también a la patria universal de ciudadanos romanos; miembros de una comunidad urbana de ciudadanos romanos o de una comunidad de derecho latino»21. Esta communis patria es por tanto inseparable de la soberanía que ejercía, porque ella es la que hace a los cives y coloni ser tales y la que hace que los municipes también lo sean, esto es, que estén incorporados a la estructura administrativa y política llamado Imperio. Quizá ilustre esta relación el ejemplo que respecto a la relación entre forma y materia ponía el exrector de la universidad de Oxford, Anthony Kenny. La relación entre forma y materia, entre alma y cuerpo, o en nuestro caso entre communis Patria y patria local, entre Hispanidad y países hispanoamericanos, es la que se da entre una universidad y sus facultades. Las facultades son los órganos de la universidad. Y uno puede encontrarlas aquí o allí en el campus. Lo que no encontrará nunca es el edificio de la universidad, sino el de la facultad de Ciencias, la de Letras, la de Medicina o la Escuela de Ingenieros Industriales. La universidad no es un órgano más junto a estos edificios, sino lo que hace ser a estos sus facultades, órganos funcionales en un todo orgánico llamado universidad; y no meramente un conjunto de amplias dependencias. Maeztu constataba con acrimonia la distancia entre la communis Patria romana y la Hispanidad. Aquella tenía sus órganos de expresión en el Senado, las Magistraturas, los recaudadores de impuestos, los Teatros, etcétera. En cambio: «Ahora está el espíritu de la Hispanidad medio disuelto, pero subsistente. Se manifiesta de cuando en cuando como sentimiento de solidaridad y aún de comunidad, pero carece de órganos con que expresarse en actos»22. [21] cALzAdA, A.: Op. cit., p. 44. [22] mAEztu, R.: Op. cit., p. 88.
– 304 – Jacinto choza Pero eso ya nos daba alguna noticia de España y de algunos otros países. Las noticias de la guerra de Corea, las canciones de los artistas nacionales como Lola Flores y Antonio Molina, y de los triunfadores internacionales, especialmente los mexicanos Gloria Lasso y José Alfredo Jiménez (además de Ana María González y Los Panchos). En los 60 lo vivido y después recordado constituía un repertorio más amplio. La emigración masiva de trabajadores españoles a Europa. Los Seat 600. Las revoluciones estudiantiles. La llegada de la televisión a los hogares y, con ello, la multiplicación de noticias de todo el mundo. Luego el comienzo de la democracia y el desarrollo económico, el retorno de los emigrantes y el comienzo de la inmigración. La multiplicación de las universidades. Los primeros ordenadores y el inicio de internet. Para los habitantes de pequeños pueblos de la periferia española y de capitales de provincias con universidades, para los dedicados a la profesión académica, la transformación había sido colosal. Casi inasimilable. Paralelamente y conjuntamente a las vivencias de los acontecimientos de la vida española que se iban convirtiendo en historia de España, se encontraban las noticias y experiencias de Latinoamérica, que se iban sedimentando como recuerdos. La revolución cubana, los misiles, las dictaduras argentina y chilena, el boom de la literatura americana, la presencia creciente de trabajadores y estudiantes latinoamericanos en España. El adjetivo despectivo «sudaca» y luego el creciente prestigio de países como Chile, Brasil, México y algunos otros. Todo eso son recuerdos. La reflexión es otra cosa. Hay una reflexión común y que es la vuelta a los recuerdos para fecharlos, ubicarlos en su contexto, situar algunas de sus causas, etcétera, y hay otra reflexión especializada, que es la de los profesionales de la reflexión. Académicos del campo de la historia, la sociología, la filosofía, la literatura, etcétera, periodistas, poetas, novelistas, pintores, cineastas, políticos, jueces, etcétera. La reflexión académica y profesional tiene más garantías de objetividad, y también de verdad, pero no excluye los enfoques particulares, partidistas y sesgados. Porque la interacción entre los recuerdos individuales se produce igualmente entre los recuerdos de los grupos y comunidades humanas, y colorean también con sus tonos afectivos y enfoques selectivos el conjunto de los recuerdos. En un determinado momento, un individuo puede considerar que su vida ha sido un fracaso completo si encuentra cerradas las vías de acceso hacia la realización de sus expectativas y siente que lo ha perdido todo, y un grupo humano también, como les ocurrió a los españoles de la generación del 98 tras la guerra con Estados Unidos y la pérdida
– 305 – Recuerdo, reflexión y verdad sobre América de Cuba y Filipinas. Sentían el fracaso completo de la nación y el futuro no era más que una espesa niebla que cerraba todo el horizonte. La tarea más importante de los académicos e intelectuales fue hacer el duelo en primer lugar, e intentar ponerse en marcha después. Eso es lo que hizo singularmente Ángel Ganivet (1865-1898) con Idearium español y Porvenir de España, publicados ambos de 1898, el mismo año en que se suicidó arrojándose a las heladas aguas del Dvina en Riga, donde ejercía como cónsul de España en Letonia1. Intentar ponerse en marcha fue la tarea de los políticos e intelectuales que en 1918 instituyeron la celebración del día de la hispanidad el 12 de octubre, y reflexionaron sobre su significado, como Maeztu, Menéndez Pelayo, Unamuno y Gomá, como refiere Juan José Padial2, y la de quienes en 1929 promovieron la celebración simultánea de la Exposición Universal de Barcelona y la Exposición Iberoamericana de Sevilla3. En otros momentos de la vida, un individuo puede considerar que está llamado a realizar grandes empresas y que «los tiempos», o sea una serie de factores políticos, económicos y culturales propios y del contexto, favorecen la realización de las expectativas propias e incluso el de empresas inopinadas. Lo mismo les puede suceder a determinados grupos, como a los españoles que ganaron la guerra civil, y buscaron los episodios más sobresalientes de su pasado para encontrar su mejor realidad y proyectarla hacia su mejor futuro. La tarea de los profesionales de la reflexión en esos momentos fue celebrar un triunfo y proyectar un futuro con los mejores elementos con los que entonces contaban. Esa fue la tarea de quienes intentaron resolver el problema de «las dos Españas», según la expresión acuñada por don Antonio Machado, como los que participaron en el debate en las décadas posteriores a la guerra civil, bien desde el exilio (Salvador de Madariaga, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz), como desde la España franquista (Manuel García Morente), como Santos Juliá muestra en un actualizado y reciente estudio4. Esto es lo que cabe reseñar, en una primera aproximación, de la reflexión sobre la vida de los españoles en los últimos siglos. La cuestión [1] http://www.poesiadelmomento.com/luminarias/autores/76ganivet.html [2] PAdIAL, J. J.: “Historia cultural de la Hispanidad”, en AA VV: Independencia de América. Primer centenario y segundo centenario, en prensa. [3] http://es.wikipedia.org/wiki/Exposición_Internacional_de_Barcelona_ (1929). http://es.wikipedia.org/wiki/Exposición_Iberoamericana_de_Sevilla_(1929) [4] Cfr. JuLIá, S.: Historia de las dos Españas. Madrid: Taurus, 2004.
– 306 – Jacinto choza de la verdad de la historia de España o de la interpretación más adecuada es otro asunto, y otro más diferente aún el de la verdad de España. En América Latina el recuerdo y la reflexión registran un curso en cierto modo análogo al de los españoles. Por un cierto contagio del espíritu del 98 español, también se da una visión autocrítica y negativa entre los intelectuales americanos. Especialmente en el colombiano Fernando González (1895-1964), aunque es posible que en él al negativismo autocrítico americano se sume el propio del judaísmo5. La memoria épica de los latinoamericanos mantiene el recuerdo de la Independencia, con el apoyo de la arquitectura, el urbanismo, la escultura, la poesía y la novela, entre otras cosas. Así, monumentos como la Avenida de los Insurgentes en la ciudad de México, el de los Libertadores en Guayaquil, las estatuas de San Martín en Buenos Aires, de O’Higgins en Santiago de Chile, de Miranda en Caracas, el Parque de Bolívar en Medellín, las estatuas de Hidalgo y Morelos en México, y tantos otros retienen en presente perpetuo un pasado cada vez más remoto. Otros monumentos como Facundo o civilización y Barbarie, de Faustino Sarmiento; Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos; Los de abajo de Mariano Azuela o el Canto General, de Neruda; retienen en presente el primer siglo de autonomía y el estado de la conciencia latinoamericana en los tiempos del primer centenario de la Independencia. Y quizá con la misma o más persistencia y penetración que esos monumentos, también contribuían al mismo efecto los tangos, las habaneras, los corridos y los boleros, que esculpían en la conciencia de los latinoamericanos la vida de sus países como lo que ahora son. Al igual que en el caso de España, también en el de Latinoamérica los recuerdos apoyados por los monumentos de la épica son diferentes de la reflexión, y mucho más diferentes de la verdad sobre la historia de América y sobre la verdad de América, y también aquí desarrolla el debate sobre el ser de Latinoamérica. Los panamericanistas como Alfonso Reyes, proclama desde México una nueva doctrina de Monroe, América para los americanos y para el mundo, los hispanistas como el mexicano José Vasconcelos y los españoles José Gaos y Ángel Álvarez de Miranda, encuentran la esencia de América en su herencia cultural y religiosa europea y española, los latinoamericanistas como el uruguayo Alberto Zum Felde y el mexicano [5] Cfr. AnJEL R., J. G.: “Latinoamérica, un viaje a la defensiva (una ponencia sobre viajes y presencias en Fernando Goinzález)”, en BEtAncuR, M. C.; chOzA, J. y muñOz, G.: La idea de América en los pensadores occidentales. Sevilla-Madrid: Thémata-Plaza y Valdés, 2009, pp. 183-194.
– 307 – Recuerdo, reflexión y verdad sobre América Samuel Ramos cifran la identidad latinoamericana en la herencia cultural francesa6. Sobre todos ellos destaca el dominicano Pedro Henríquez Ureña (+1946) que en sus obras Corrientes Literarias en la América Hispana7 e Historia cultural y literaria de la América hispánica8, dejó escrita la primera y todavía la más completa y equilibrada perspectiva de la cultura latinoamericana. Henríquez Ureña no es indigenista, ni hispanista, ni panamericanista, ni latinoamericanista. Ni, mucho menos, una plañidera de sus desgracias, un defensor frente a sus invasores y opresores o un pregonero de sus posibilidades y sus sueños. Es un académico honesto y equilibrado. Alguna vez se le reprochó que no concedía al catolicismo llevado por España la menor importancia como rasgo esencial latinoamericano. Pero ese reproche, comprensible desde la posición del nacional catolicismo español de los años 40, deja de ser perceptible en los años posteriores. Henríquez Ureña es uno de los maestros de la historia cultural, cuando todavía la historia cultural no había empezado a formarse como corriente historiográfica, y el primer académico latinoamericano en cuya obra Latinoamérica puede ser y es reconocida por todos sus estudiosos, ya sean autóctonos o extranjeros. En filosofía Latinoamérica ha cultivado el género ensayo y ha desarrollado como campos preferidos la filosofía política y la filosofía de la historia, en relación con la historia de los países americanos. En literatura ha desarrollado en primer lugar la poesía, y ha desplegado el arco que va desde el modernismo de Ruben Darío hasta el surrealismo de Andrade, Neruda y Vallejo9. En pintura ha desarrollado también las formas propias del surrealismo indigenistas. En narrativa ha recogido su propia historia en relatos que recogen sus luchas de independencia, los sueños políticos de sus caudillos y el sacrificio de sus poblaciones10. Ahí están algunos de los rasgos esenciales más determinantes de América Latina. [6] Cfr. áLVAREz dE mIRAndA, A.: “Perfil cultural de Hispanoamérica”, 1948, en Mito, religión y cultura. Barcelona: Anthropos, 2008, pp. 125 y ss. [7] México: FCE, 2007. [8] Madrid: Verbum, 2009. [9] Este tema queda expuesto con más detención en “La identidad cultural latino americana” en BEtAncuR, M. C.; chOzA, J. y muñOz, G.: Op. cit. Y en “La fundación surrealista de América Latina”, en II SICLA, Narrativas Fundacionales de América Latina, en prensa. [10] Cfr. SOmmER, D.: Ficciones fundacionales. Las novelas nacionales de América Latina. México: FCE, 2004.
– 308 – Jacinto choza 15.2. Segundo siglo y segundo centenario La celebración del primer centenario fue abordada por el gobierno y los académicos españoles como una oportunidad de recomponer los vínculos rotos con la independencia, y para establecer nuevos lazos de cooperación y de concordia11. Por parte de los gobiernos latinoamericanos, la conmemoración se planteó como una ocasión para mostrar al mundo la modernidad y prestigio de cada país. Posteriormente y durante los cien años que transcurren hasta la celebración del segundo centenario, la escena política está ocupada por las dos guerras mundiales en la primera mitad y por el gran despliegue de América Latina en el escenario mundial en la segunda. Mientras el mundo está atrapado en los dos grandes conflictos bélicos, Latinoamérica, relativamente al margen de ellos o con una participación pequeña, se debate entre las dictaduras y las democracias, despliega en el mundo occidental el modernismo y el surrealismo, y reflexiona exhaustivamente sobre su debilidad y sus valores. A partir de 1960 hay tres acontecimientos que marcan de un modo nuevo y espectacular la realidad y la vida latinoamericanas. En primer lugar, el boom de la literatura latinoamericana, en segundo lugar la conflictiva celebración del V Centenario del descubrimiento, y en tercer lugar el boom de la economía latinoamericana a partir de 1990. Las novedades del segundo siglo de existencia de las repúblicas latinoamericanas cursan sobre un telón de fondo político que se mantiene constante. Por una parte, el combate que preside todo el siglo xx entre el capitalismo y el comunismo, por otra, la alternancia entre las democracias y las dictaduras, y siempre, la presencia de la corrupción, el caciquismo y los núcleos alternativos de poder que hacen sombra al poder de los estados. En los años 60, aparecen una serie de producciones literarias firmadas por el argentino Julio Cortazar, el peruano Mario Vargas Llosa y el colombiano Gabriel García Márquez, que en pocos años se traducen a todos los idiomas y ocupan los primeros puestos de la literatura mundial. Después seguirían los nombres de los argentinos Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares, el colombiano Alvaro Mutis, el mexicano Ocatvio Paz, el chileno Roberto Bolaño y algunos más que han [11] PAzOS PAzOS, M.ª L. J. y PéREz SAntOS, R.: “El centenario de la independencia en las revistas de las principales instituciones Hispanoamericanistas españolas”, en Revista de Indias, ISSN 0034-8341, 2007.
– 309 – Recuerdo, reflexión y verdad sobre América sido distinguidos con los más importantes premios literarios internacionales y, sobre todo, que han hecho presente la realidad latinoamericana al mundo entero. Como señala Doris Sommer12, los protagonistas del boom latinoamericano se esforzaron por hacer creer al mundo que antes de ellos no había propiamente literatura latinoamericana, y que dicha literatura empezaba con ellos. En realidad, la narrativa de la segunda mitad del siglo xx se diferencia de la de la primera mitad y de la del siglo xIx, pero no tanto como para que no pueda percibirse la continuidad. La literatura anterior a la segunda guerra es más romántica, más idealista y más edificante. Porque expresa los ideales revolucionarios e independentistas, y porque educa y encauza el imaginario criollo y el indígena en relación con esos ideales. La administración española había pretendido encauzarlos también, y por eso prohibió siempre, durante los siglos xVI al xVIII, la importación de cierto tipo de libros como El Lazarillo de Tormes y buena parte de la picaresca. Con todo, la administración colonial nunca pudo impedir la llegada y circulación de todo tipo de libros de la península, y de manera similar, los escritores del boom tampoco lograron construir ese muro entre ellos y la literatura anterior a la segunda guerra13. Y no solo en relación con Facundo o con Doña Bárbara, sino con otro buen número de títulos. Hay, pues, continuidad entre la literatura del primer siglo de vida de los países latinoamericanos y la del segundo. Pero hay también novedad en la literatura del boom. Menos romanticismo, menos idealismo, o dicho de otra manera, más realismo, o si se quiere, más surrealismo. El idealismo y el romanticismo se mantiene en política, en la revolución cubana, en las canciones de Atahualpa Yupanqui y Jorge Cafrune, de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Ahí aparece también el indigenismo y las corrientes que llevan al poder a Evo Morales en Bolivia. Pero en la literatura del boom el idealismo romántico no tiene una presencia viva en absoluto. Porque sus actores principales no hacen de los ideales políticos el tema principal de su literatura, porque en su vida personal tampoco se sitúan en la izquierda revolucionaria, y porque, aunque empiecen su carrera en una militancia de izquierda marxista, la acaban habiendo abandonado esas posiciones y ubicándose en posiciones moderadas, como es el caso de Octavio Paz. En líneas generales, acompañan y marcan el decurso ideológico de la segunda mitad del siglo xx, desde el [12] SOmmER, D.: Op. cit., pp. 18 y ss. [13] Ibídem.
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