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El origen del hombre : la selección natural y la sexual

Darwin, Charles, (1809-1882)

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IHEMEP^ EL ORIGEN DEL HOMBRE OBEAS DEL MISMO AUTOE PUBLICADAS POR ESTA CASA Mi viaje alrededor del mtmdo . — Dos tomos: Dos pesetas. El origen de las especies t omos: Tres pesetas. La expresión de las emociones en el hombre xj en los animales . — Dos tomos: Dos pesetas. CAELOS E. DAEWIN EL mm DEL HOMBRE LA SELECCION NATURAL Y LA SEXUAL Traducción de A. López White F. Sempere y Compañía, Editores Calle del Palomar, uúm. 10 VALENCIA Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.*— Valencia Carlos R. Darwin Carlos Roberto Darwin nació el 12 de Febrero de 1809 en Shrewsbury. En el año 1825 entró en la Universidad de Edimburgo, y dos años después en él colegio del Santo Cristo, en Cambridge. En 1831 emprendió á bordo áoiBeagle, buquedel Es¬ tado, un viaje que duró cinco años y al que debió, sin duda, la primera concepción de su teoría sobre el transformismo. Á su viaje se debió, ade¬ más de una relación del mismo, un notabilísimo trabajo sobre la formación de los arrecifes de corales y una interesante monografía de los cirrópodos, que prueba el espíritu de observación y la originalidad del talento del naturalista inglés. Resentida la salud de Darwin á causa de las fatigas del viaje, á su regreso alejóse del tumulto de la capital de Inglaterra, estableciéndose en su posesión de Down, cerca de Bromley, separada de Londres por una hora de vía férrea. Entonces fué cuando fructificaron en su espíritu las ideas reco-- i 12 CARLOS R. DARWIN ger, que ha observado durante mucho tiempo el Cebus Azaree en su país natal, le ha visto padecer catarros, con sus ordinarios síntomas, y terminan¬ do, cuando con demasiada frecuencia se repetían^ por la tisis. Estos monos sufren también apo¬ plejías, inflamaciones y cataratas. Los remedios producen en ellos los mismos efectos que en el hombre. Muchas especies de monos tienen un pro¬ nunciado gusto por el té, el café y las bebidas espirituosas; fuman también el tabaco con placer, como he tenido ocasión de observar yo mismo. Brehm asegura que los habitantes del Africa Nor¬ te oriental cazan los mandriles poniendo, en los lugares que frecuentan, vasos conteniendo una cerveza fuerte, con la que se embriagan. Ha obser¬ vado algunos de estos animales cautivos, en esta¬ do de embriaguez, y da un relato curioso de.las extrañas gesticulaciones á que se entregan. Al día siguiente parecen encontrarse sombríos y de mal¬ humor, cogiéndose la cabeza entre las manos y presentando una expresión lastimera; se apartan con disgusto cuando se les ofrece cerveza ó vino, y sólo apetecen el jugo del limón.- Estos hechos, poco importantes, prueban cuán semejantes son los-nervios del gusto en el hombre y los monos, y cuán parecidamente puede ser afectado el sistema nervioso de ambos.t Infestan el cuerpo del hombre parásitos inter¬ nos, que á veces producen funestos efectos, y le atormentan parásitos externos; todos pertenecen á los mismos géneros ó familias que los que se encuentran en los demás mamíferos. Los mismos procedimientos curativos cicatrizan sus heridas. En todos los mamíferos, la marcha en conjunto de la importante función de la reproducción pre¬ senta las mayores similitudes desde las primeras EL ORIGEN DEL HOMBRE 13 asiduidades del macho hasta el nacimiento y la cría de la prole. Los monos nacen en un estado tan débil como nuestros propios hijos. El hombre di¬ fiere de la mujer por su talla, su fuerza muscular, su vellosidad, etc*, como también por su inteligen¬ cia, como sucede entre los dos sexos de muchos mamíferos. En una palabra, no es posible negar la - estrecha correspondencia que existe entre el hom¬ bre y los animales superiores, principalmente los monos antropomorfos, tanto en la conformación general y la estructura elemental de los tejidos, como en la composición química y la constitución. Desarrollo del embrión.—EX hombre se des¬ arrolla de una óvula de cerca de dos centímetros de diámetro, que no difiere en ningún punto de la que da origen ú los demás animales. El embrión humano, en un período precoz, puede á duras pe¬ nas distinguirse de los otros miembros del reino de los vertebrados. En este período, las arterias terminan en las ramas arqueadas, como para lle¬ var la sangre á branquias que no existen en los vertebrados superiores, por más que las hendidu¬ ras laterales del cuello persistan marcando su po¬ sición anterior. Algo más tarde, cuando se han desarrollado las extremidades, como hace notar el célebre de Baer, «las patas de los lagartos y mamí¬ feros, las alas y patas de las aves, como las manos y los pies del hombre, todas derivan de una mis¬ ma forma fundamental». «Sólo—dice el profesor . Hiixley—en las últimas fases del desarrollo es cuando el nuevo ser humano presenta diferencias marcadas con el joven mono, mientras este último se aleja por su elevación del perro, tanto como lo hace el hombre. Por extraordinaria que parezca esta aserción, está demostrada como verdadera.» Después do estas citas es inútil entrar en más 14 CARLOS R. DAR WIN detalles para probarla gran semejanza que ofrece el embrión humano con el de los otros mamíferos. Añadiré, con todo, que se parece igualmente, por muchos puntos de su conformación, á ciertas for¬ mas que, en estado adulto, son inferiores. El cora¬ zón, por ejemplo, no es al principio sino un simple vaso pulsátil: efeclúanse las deyecciones por un pasaje cloacal; el hueso coxis sobresale como una verdadera cola, «extendiéndose mucho más que las piernas rudimentarias». Ciertas glándulas, cono¬ cidas bajo el nombre de cuerpos de Wolf, que existen en los embriones de todos los animales vertebrados de respiración aérea, corresponden á los riñones de los peces adultos, y funcionan de un n[\odo semejante. Pueden llegarse á observar, en un período embrionario más avanzado, algu¬ nas semejanzas sorprendentes entre el hombre y los animales inferiores.’ Bischoff asegura que á. fines del séptimo mes, las .circunvoluciones del cerebro de un embrión humano se presentan en el mismo estado de desarrollo que en el babuino adulto. Terminaré tomando de hluxley la respues¬ ta que da á la pregunta de si ellfombre debe su origen á una marcha distinta de la que presenta el origen del perro, del ave, de la rana ó del pez: «Es incontestable que el modo de origen y las pri¬ meras fases del desarrollo humano, son idénticas á las de los animales que ocupan los grados in¬ mediatamente inferiores á-él en la serie zoológica, y que, bajo este punto de vista, está rnucho más cerca de los monos que éstos lo están'del perro.»' Rudimentos .—No se podría encontrar un solo animal superior que no presentase alguna parte en un estado rudimentario, y esta regla no hace ex¬ cepción alguna á favor del hombre. Deben distin¬ guirse, lo que no es siempre fácil en ciertos casos. EL OniGBN DEL HOMBRE 15 los Órganos rudimentarios de los que sólo se ven en estado naciente. Los primeros son absoluta¬ mente inútiles, como las mamas de los cuadrúpe¬ dos machos, ó los incisivos de los rumiantes, que no llegan á atravesar la encía, ó prestan tan lige¬ ros servicios á sus posesores actuales, que no podemos suponer de ningún modo que se hayan desarrollado en las condiciones con que hoy exis¬ ten. Los, órganos, en este último estado, no pue-i den llamarse estrictamente rudimentarios, pero, tienden á serlo. Los órganos rudimentarios son eminentemente variables, hecho que fácilmente se comprende, ya que siendo inútiles, ó pdco menos, no están sométidos á la acción de la selección natural. A menudo desaparecen por completo; con todo, cuando así sucede, pueden ocasional¬ mente reaparecer por reversión, hecho que me¬ rece una atención especial. ;^^Los principales agentes que parecen provocar el estado rudimentario en los órganos son la falta de uso.;' Sobre muchos puntos del cuerpo humano se han observado rudimentos de músculos diversos: los hay entre ellos que, existiendo regularmente en algunos animales inferiores, pueden, ocasional¬ mente, volverse á encontra-r en estado mu,y redu¬ cido en el hombre. Conocido es por todos la apti¬ tud que tienen muchos animales, y especialmente el caballo, para mover ciertas partes de la piel, por la contracción del panículo muscular. Se en¬ cuentran restos de este músculo en estado de ac¬ tividad en algunos puntos del cuerpo humano: en la frente, por ejemplo, donde hace pestañear. Los músculos que sirven para mover el aparato externo del oído y los músculos especiales que determinan los movimientos de las distintas par- 16 CARLOS R. DARWIN tes pertenecientes al sistema paniculoso, se pre¬ sentan en estado rudimentario en el hombre. En su desarrollo, ó á lo menos en sus funciones, pre¬ sentan variaciones frecuentes. He tenido ocasión de ver un individuo que podía mover hacia ade¬ lante las orejas, y otro que podía retirarlas hacia atrás. La facultad de enderezar las orejas y diri¬ girlas en distintos sentidos, presta indudablemen¬ te grandes servicios á muchos animales, que pue¬ den así conocer el punto de peligro, pero nunca he oído hablar do hombre alguno que tuviese la menor aptitud á enderezarlas orejas, único movi¬ miento que le pudiera ser útil. Toda la parte ex¬ terna de la oreja, en forma de concha, puede ser considerada como un rudimento, la propio que los diversos repliegues que en los animales infe¬ riores sostienen y refuerzan la oreja, cuando está tiesa, sin aumentar en mucho su peso/Las orejas de los chimpancés y orangutanes son singular¬ mente parecidas á las del hombre, y los guardia¬ nes del Zoolical Gardens me han asegurado que estos animales no las mueven ni las enderezan nunca; están, por lo tanto, consideradas, como á función, en el mismo estado rudimentario que en el hombre./No sabemos decir por qué estos ani¬ males, como los antepasados del hombre, han per¬ dido la facultad de enderezar las orejas. Es posi¬ ble,aunque esta idea no me satisface por completo, que poco expuestos al peligro, en consecuencia de su costumbre de vivir en los árboles, y de su fuer¬ za, hayan movido con poca frecuencia las orejas durante un largo período, perdiendo así la facul¬ tad de hacerlo. Este hecho sería semejante al que ofrecen las aves grandes y de paso que habitando las islas oceánicas, donde no estaban expuestas á los ataques de los animales carniceros, han per- EL ORIGEN DEL HOMBRE 17 dido, consiguientemente, el poder de servirse de sus alas para huir. Existe muy desarrollado en los ojos de los pájaros un tercer párpado, colocado en el ángulo interno que, por medio de músculos accesorios, pueden subir rápidamente la parte delantera del ojo. El mismo párpado se encuentra en algunos reptiles y anfibios, y en algunos peces, como el tiburón. Se le ve también, bastante desarrollado, en las dos divisiones inferiores de la serie de los mamíferos, los monotremos y los marsupiales, y en algunas más elevadas. En el hombre, los cua¬ drúpedos y mamíferos restantes, existe, como admiten todos los anatomistas,'bajo la forma de un simple rudimento, el pliegue semilunar. El sentido del olfato tiene una gran importan¬ cia para la mayor parte de los mamíferos, ya ad¬ vierta á unos .el peligro, como en los rumiantes; ya permita á otros descubrir su presa, como en los carnívoros; ya sirva para los objetos, como en el jabalí. Pero son pocos los servicios que presta aun á los salvajes, entre los que está más desarro¬ llado generalmente que entre las razas más civili¬ zadas. Ni les advierte el peligro ni les guía hacia su sustento; no impide á los esquimales dormir en una atmósfera dedas más fétidas, ni á muchos sal¬ vajes comer la carne medio podrida. Los que creen en el principio de la evolución gradual no admitirán fácilmente que este sentido, tal como existe hoy, ha sido adquirido en su estado actual originariamente por el hombre. Sin duda ha here¬ dado esta facultad debilitada y rudimentaria de algún antecesor antiquísimo á quien era útil, y que de ella hacía continuo uso. Esto nos permite comprender por qué, como justamente observa Maudsley, en el hombre el sentido del olfato está 2 18 CARLOS R.^DARWIN «notablemente sujeto á recordar vivamente la idea y la imagen de las escenas y de los sitios olvida¬ dos»; porque en los animales que tienen este mis¬ mo sentido muy desarrollado, como los perros y los caballos, vemos también una asociación muy marcada entre antiguos recuerdos de lugares y de personas y entre su olor. El hombre difiere notablemente por su desnu¬ dez de tod'os los demás primates. Algunos p’elos, cortos.y esparcidos, se encuentran, con todo, sobre la mayor parte del cuerpo en el sexo mas¬ culino, y vese sobre el del otro sexo un finísimo bozo. No puede caber duda alguna en que los pelos desparramados por el cuerpo sean rudimen¬ tos del revestimiento velloso uniforme de loS'ani¬ males inferiores. Confirma la probabilidad de esta opinión el hecho de que el vello corto puede oca¬ sionalmente transformarse en «pelos largos, uni¬ dos más bastós y obscuros» cuando está sometido á una nutrición auormal, debida á su situación en la proximidad de superficies que ^ean desde mucho tiempo asiento de una inflamación. El fino bozo lanudo de que está cubierto el feto humano en el sexto mes, presenta un caso más curioso. En el quinto mes se desarrolla en las cejas y la cara, principalmente en torno de la boca, donde es mucho más largo que sobre la la cabeza. Eschricht ha observado esto último en un feto hembra, circunstancia menos sorprenden¬ te de lo que á primera vista parece, {forque los dos sexos se parecen generalmente ppr todos los c’aracteres exteriores durante las primeras fases de la evolución. Lo dirección y colocación de los pelos en el cuerpo del feto son los mismos que en el adulto, pero están sujetos á una gran variabili¬ dad. La superficie entera, comprendiendo'hasta EL ORIGEN DEL HOMBRE 19 lá frente y las orejas, está cubierta de este modo de un espeso revestimiento, pero es un hecho significativo el que las. paUnnas de las manos y las plantas de los pies quedan completamente des¬ provistas de pelo, como las partes anteriores de las cuatro extremidades en la mayor parte de los animales inferiores.No pudiendo ser accidental tal coincidencia, hemos de considerar la cubierta ve¬ llosa del embrión como un representante rudi¬ mentario de la primera cubierta de pelos, perma¬ nente en los animales que nacen vellosos. Esta explicación es mucho más Completa y más con¬ forme con la ley habitual del desarrollo embrio¬ nario que la que se ha basado en los raros pelos diseminados que se encuentran sobre el cuerpo ; de los adultos. ; , Parece que las muelas más posteriores tienden á convertirse en rudimentarias en las raí:,as hu¬ manas más civilizadas. Son más pequeñas que . las demás muelas, caso igual al que ofrecen las muelas correspondientes del chimpancé y el oran¬ gután, y sólo tienen dos raíces distintas. No atra¬ viesan la encía antes de los diez y siete años, y me han asegurado que son susceptibles de criarse más pronto que los demás dientes, cosa que al¬ gunos niegan. En lo concerniente al tubo digestivo, sólo he encontrado un caso de un simple rudimento: el . apéndice vermiforme coecum.' . En los cuádrumanós y algunos otros órdenes \de mamíferos, sobre todo en los carnívoros, existe cerca de la extremidad inferior del húmero una abertura supracondjloidea, á través de la que pasa el gran nervio del miembro anterior y á me¬ nudo ^u arteria principal. Aho.ra bien; conforme ha demostrado el doctor Struthers y otros, exis- 20 CARLOS R. DARWIN ten en el húmero del hombre vestigios de est^e pasaje, que llega á estar algunas veces bien des¬ arrollado y formado por una apófisis encorvada y completada por un ligamento. Cuando se presen¬ ta, el nervio del brazo lo atraviesa siempre, lo cual indica evidentemente que es el homólogo y el rudimento del orificio supracondiloideo de los animales inferiores. El profesor Turner calcula que esto caso se observa en cerca de 1 por lÓO de los esqueletos actuales. Hay otra perforación del húmero, que-se puede llamar la intercondiloidea, que se observa en dis¬ tintos géneros de antropoideos y otros monos, y se presenta algunas veces en el hombre. Es nota¬ ble que este pasaje parece haber existido mucho más frecuentemente en los tiempos pasados que en los recientes. En muchos casos las razas antiguas presentan á menudo, en ciertas conformaciones, mayores semejanzas con las de los animales más inferiores que las razas modernas, lo cual es interesante. Una de las causas principales de ello, puede ser la de que las razas antiguas, en la larga línea de la descendencia, se encuentran algo más próxi¬ mas que las modernas de sus antecesores primor¬ diales, menos distintos de los animales por su conformación.- Aunque no funcionando en ningún modo como cola, el coxis del hombre representa claramente esta parte efe los demás aninqales vertebrados. En el primer período embrionario, es libre, y como hemos visto, excede las extremidades posteriores. En ciertos casos raros y anómalos, según I. Geoffroy Saint-Hilaire y otros, sábese que ha alcanza¬ do á formar un pequeño rudimento externo de cola. El hueso coxis es corto, no comprendiendo EL ORIGEN DEL HOMBRE 21 ordinariamente más que cuatro vértebras que se ofrecen en estado rudimentario, ya que, excep¬ tuando la de la base, únicamente presenta la parte central sola. Poseen sólo algunos^ pequeños mús¬ culos, uno de los cuales, según me ha indicado el profesor Turner, ha sido descrito por Thelle como una repetición rudimentaria del extensor déla cola, tan marcadamente desarrollado en muchos mamíferos. En el hombre, la médula espinal no se extien¬ de más allá de la última vértebra dorsal ó de la primera lumbar, pero un cuerpo filamentoso (filum termínale) se continúa en el eje de las sa¬ cras y aun por lo largo de la parte posterior de la secpión caudal ó región coxígea del espinazo. La parte superior de este filamento, según Turner, es, sin duda alguna, el homólogo del cordón espinal, pero la parte inferior está aparentemente formada tan sólo por la membrana vascular que la rodea. Aun en este caso, el coxis puede considerarse como poseyendo un vestigio de una conformación tan importante como lo es la de su cordón espinal, aunque ya sólo esté contenido en un canal hueso¬ so. El hecho siguiente, que me ha dado á conocer también Turner, prueba claramente que el coxis corresponde á la verdadera cola de los animales inferiores: Luschka ha descubierto recientemente, en la extremidad de la parte coxígea, uq cuerpo muy particular, arrollado, continuo con la arteria sacra mediana. Este descubrimiento ha inducido á Krause y á Meyer á examinar la cola de un mono (macaco) y la de un gato, y han encontrado en ambas, aunque no en la extremidad, un cuerpo arrollado semejante. El sistema de reproducción ofrece diversas es¬ tructuras rudimentarias, pero que difieren de los 28 CARLOS R. DARWIN actos de memoria, previsión é imaginación con otros muy parecidos, efectuados instintivamente' por animales inferiores; en este último caso, la aptitud para realizar estos actos habrá sido adqui¬ rida poco á poco por la variabilidad de los órga-' nos mentales y la selección natural, sin que haya contribuido á ello ninguna conciencia inteligente del animal en cada generación. '^No cabe duda íilguna, como lo indicó Wallace, en que una gran parte del trabajo inteligente efectuado por el hom¬ bre, se debe á la imitación y no á la razón;/ pero hay entre sus actos y los de los animales inferio¬ res la gran diferencia de que el hombre'no puede, con sus solos hábitos de imitación, hacer de una vez. por ejemplo, un hacha de piedra ó una piragua: es preciso que aprenda á ejecutar su obra por la práctica; en cambio, un castor puede cons¬ truir srr dique á un canal, y un ave su nido, tan perfectamente la primera vez que lo intenta como en su edad más avanzada. Volviendo á nuestro principal objeto; los ani¬ males inferiores, lo propio que el hombre, sienten evidentemente el placer y el dolor, la dicha y la desventura. Sería imposible encontrar una expre¬ sión más aparente de gozo que la que presentan los perros, gatos y otros animales en su infancia, cuando, como nuestros niños, juegan entre sí. Hasta los mismos insectos parecen gozar, como lo ha descrito P. Huber, quien ha visto agasajarse mutuamente las hormigas como los perros en sus primeros meses. # Tan conocido me parece el hecho de que los animales pueden ser excitados por las mismas emociones que nosotros, que no quiero importu¬ nar sobre este punto á mis lectores con numero¬ sos detalles. Obra sobre ellos el terror como sobre EL ORIGEN DEL HOMBRE 29 nosotros: causa en ambos temblor en los múscujos, palpitaciones en el corazón, una relajación en Jos esfínteres y el erizamiento de los pelos. La desconfianza, producto del miedo, caracteriza emiJjentemente á los anipiales salvajes. Las cualida¬ des de valor ó de timidez son extremadamente variables en los individuos de la misma especie, como claramente se nota en nuestros perros. To¬ dos sabemos cuán sujetos están los animales á oncolerizarse furiosamente, manifestándolo clara¬ mente. Numerosas anécdotas se han publicado sobre las venganzas hábiles y muchas veces apla¬ zadas mucho tiempo por los.animales. La amis¬ tad del perro con su dueño es notoria; básele ^isto.acariciarle durante su agonía. Como acerta¬ damente hace notar Whewell, «cuando se leen djemplos conmovedores de amor maternal, que Jan á menudo se cuentan de mujeres de todas las naciones y hembras de todos los animales>, ¿fiuién puede dudar de que el móvil que á ambos impulse no sea el mismo en los dos casos? El amor maternal se manifiesta hasta en los detalles más insignificantes. Rengger ha visto un mono americano (Cebus) ahuyentar con cuidado las moscas que atormentaban á su cachorro. Duvancel vió un hilobatos que lavaba la cara de los suyo.s en un arroyo; las hembras de los monos experimentan tal tristeza cuando pierden sus ca¬ chorros, que Brehm ha visto (en algunas especies fiue ha observado cautivas en el Africa del Norte) morir á consecuencia del dolor. Los monos huérmnos son siempre adoptados y guardados cuida-' desámente por los otros monos, tanto machos como hembras. Una hembra de babuino, notable por su buen corazón, no sólo adoptaba á los pefideños monos de otras especies, sino que exten- 30 CARLOS R. DARWIN día su conducta hasta los perros y gatos de poca edad. No llegaba, con todo, su ternura á partir con ellos.su alimento, cosa que sorprendió á Brehm, ya que estos monos lo reparten lealmente todo entre sus propios cachorros. Arañado por un gatito el mono que lo había adoptado, éste, sorprendido, dio una prueba de inteligencia cor¬ tándole las uñas con los dientes. Algunos monoá de Brehm gozaban incomodando, por toda clase dé medios ingeniosos, á un perro viejo que detes¬ taban, lo propio que á otros animales. La mayor parte de las emociones más comple¬ jas sOn comunes á los animales superiores y al hombre. Todos hemos, visto cuán celoso es el perro del cariño de su dueño, cuando este último acaricia algún otro ser; yo he observado el mismo hecho eútre los monos. Esto prueba'que los ani¬ males, no sólo aman, sino que también desean ser amados. Sin duda experimentan el senti¬ miento de la emulación. Gustan de la aprobación y la lisonja, y un perro á quien su amo hace lle¬ var la cesta manihesta un alto grado de orgullo‘y satisfacción. A mi entender,^ n'o es dudoso que -el perro sienta vergüenza, distinta del miedo, y algún sentimiento cercano á la modestia, cuando mendiga su comida demasiado á menudo. Un perro grande responde con el desprecio al gruñ.ido del gozquecillo; podíamos llamar á este acto magnanimidad. Muchos observadores han atesti¬ guado que á los monos no les gústa de ningún modo el que se burlen de ellos, y á menudo supo¬ nen ofénsas imaginarias, de las que se irritan. Pasemos ahora á las facultades y emociones más intelectuales, que t.ienen una gran importan¬ cia, ya que constituyen las bases del desarrólle de jas aptitudes mentales más elevadas. Los aiii- EL ORIGEN DEL HOMBRE 31 ^ales manifiestan muy evidentemente que disfru¬ tan en la excitación y sufren en el fastidio; así se observa en los perros, y según Rengger, en los iconos. Todosjos animales experimentan la sor¬ presa y muchos dan pruebas de curiosidad. Esta última aptitud les es algunas vecesperjudicial, como cuando el cazador les distrae con trampan¬ tojos. Yo lo he observado en el ciervo. Lo mismo pasa con el receloso gamo y algunas especies de patos salvajes. Brehm hace una curiosa rel-oción del terror instintivo que se apodera de sus monos ^•la vista délas serpientes; con todo, su curiosidad €ra tanta, que no podían contenerse y se asegura¬ ban de la verdad de su horror de una manera muy humana, levantando la tapa de la caja que enceí'raba las serpientes. Sorprendido yo por este re¬ tato, quis^ convencerme por mí mismo de su ve¬ racidad y transporté una serpiente disecada al Cercado de los monos del Zoological Gardens,enire tos que provocó una efervescencia, cuyo espec¬ táculo fué uno de los más curiosos que haya pre¬ senciado nunca. Los más alarmados fueron tres especies de cercopitecos, que se refugiaron rápi¬ damente en sus jaulas, dando con sus agudos chillidos advertencias del peligro, que fueron com¬ prendidas por los demás monos. Algunos jóvónes y un.viejo anubis no pusieron ninguna atención en la serpiente.,Entonces yo coloqué la serpiente henchida despaja dentro de uno de los grandes compartináentos. Al cabo de algún rato, todos los Iconos se habían reunido, formando* apretado círculo, alrededor del objeto que miraban ñjafnente, presentando el' aspecto más cómico que imaginarse pueda. Puestos extremadamente ner¬ viosos, un ligero movimiento eomuíiicado á una bola de madera, medio escondida entre la paje, y 32 CARLOS R. DARWJN que les era familiar, ya que les servía de juguete habitual, les puso instantáneamente en precipita¬ da fuga. Estos monos se conducían de un modo completamente distinto cuando se introducía en sus jaulas un pescado muerto, un ratón ú otros objetos nuevos: en tal caso, aunque asustados en el primer momento, no tardaban mucho en apro¬ ximarse á ellos para examinarlos y manosearlos. En seguida metí una serpiente viva dentro de un saco de papel mal cerrado y lo deposité en uno de los mayores compartimentos. Una de las mo¬ nas se acercó inmediatamente al saco, le abrió un poco con cuidado, echó una rápida mirada en su interior y se escapó velozmente. .Entonces.fui tes¬ tigo de lo que describe Brehm, porque todos, unos en pos de otros, alta la cabeza y recelosamente inclinada á un lado, no pudieron resistir á la ten¬ tación de ver el interior del saco, en cuyo fondo permanecía tranquilamente la serpiente. El principio' de imitación es poderoso en el hombre, sobre todo en su estado salvaje^ Desor hace notar que ningún animal imita voluntaria¬ mente un acto efectuado por el hombre, hasta que remontando la escala zoológica se encuentra á los monos, ciiyas disposiciones y facultades de cómi¬ ca imitación son de todos conocidas. A pesar de ello, los animales pueden remedar unos á otros; especies de lobos que habían sido criados por los perros, habían aprendido á ladrar, como á veces sucede con el chacal; falta saber si aquel acto puede llamarse de imitación voluntaria. Las aves imitan el canto de sus ascendientes y á menudo el de otras aves, y los loros son notoriamente, imitadores de todos los sonidos que oyen con frecuencia. ^.Casi no hay facultad más importante para el EL ORIGEN DEL HOMBRE progreso intelectual del hombre que la de la atentíón. Esta se maniftesta claramente entre los ani¬ males, com,o cuando un perro acecha cerca de un agujero para arrojarse sobre su presa. Los anima¬ les salvajes, cuando se ponen en acecho, llegan á estar tan absortos en su atención, que cualquiera se puede acercar impunemente ó ellos. M. Bartell me ha proporcionado una curiosa prueba de la variabilidad de esta facultad en los monos. Un individuo que adiestraba monos para exhibirlos, tenía la costumbre de comprar á la Sociedad Zoo¬ lógica cuadrumanos de especies comunes de 125 francos uno; pero ofrecía doble precio si le per¬ mitían llevarse tres ó cuatro por algunos días,para escoger de entre ellos. Interrogado sobre el hecho de poder apreciar en tan poco tiempo las faculta¬ des imitativas de un mono, contestó que esto de¬ pendía enteramente de su fuerza de atención. Si mientras explicaba algo á un mono, éste se dis¬ traía fácilmente con una mosca ó cualquier otro objeto, era preciso renunciar á adiestrarlo. Si tra¬ taba de hacerlo á pesar de ello, castigando las faltas de atención, sacaba peor resultado. Y al contrario, siempre lograba hacer un cómico actor del mono que estaba atento á sus lecciones. Casi es superfino recordar que los animales están dotados, con relación á las personas y los lugares, de una excelente memoria. En el cabo de . Buena Esperanza, sir A«drew Smith me asegura que un babuino lo había reconocido alegremente después de una ausencia de nueve meses. Yo po¬ seo un perro muy arisco y que muestra aversión por toda persona desconocida; expresamente puse á prueba su memoria después de estar cinco años y dos días ausente de su vista. Me acerqué á la cuadra en que se encontraba y le llamé según mi 3 34 CARLOS R. DARWIN antigua costumbre; el perro no manifestó nin¬ guna alegría ruidosa, pero me siguió inmediata¬ mente, obedeciéndome, como si le hubiese de¬ jado quince minutos antes. Por lo tanto, habíanse instantáneamente despertado en su espíritu una serie de antiguas asociaciones dormidas durante cinco años. P. Huber ha aprobado claramente que las hormigas pueden, después de una separación de cuatro meses, reconocer á sus camaradas de la misma comunidad. Sin duda los, animales apre¬ ciarán por algunos medios los intervalos de tiem¬ po pasados entre sucesos que se representar^ Una de las más elevadas preiTogativas del hombre es la imaginación, facultad por la cual reúne, sin mediar’ la volúntad, antiguas imágenes é ideas, creando de este modo resultados brillan¬ tes y nuevos, como lo hace notar Juan Pablo Richter: «Un poeta que ha de reflexionar si hará decir si ó tto á un personaje, váyase al diablo;.es sólo un estiipido.» El sueño nos da la mejor no¬ ción de esta facultad, y como dice también el mismo poeta, «el sueño es un arte poético invo¬ luntario». El valor de las creaciones de nuestra imaginación depende, excusado es decirlo, del nrímer’o, de la precisión y de la lucidez de nues¬ tras impresiones, del juicio ó del gusto bajo que admitimos ó desechamos las combinaciones in¬ voluntarias, y hasta cierto punto, de nuestro poder en combinarlas involuntar-iamente. Como los perr’os, gatos, caballos, probablemente todos los animales superiores, y aun las aves, están sujetas á tener ensueños, como lo han eviden¬ ciado autores de toda confianza y conforme lo prueban sus movimientos y gritos, debemos creer que están dotados también de alguna fuerza de imaginación. EL ORIGEN DEL HOMBRE 35 Es cosa admitida que la razón se encuentra en laxiúspide de todas las facultades del espíritu hu¬ mano, Pocas personas dudan de que los animales poseen alguna aptitud para el raciocinio. Véseles constantemente hacer pausas, deliberar y resol¬ ver. El hecho de que cuanto mejor conoce el natu¬ ralista por el estudio de las costumbres de un animal determinado, mayor importancia da al ra¬ ciocinio que al instinto de éste, es por demás sig¬ nificativo. En su obra sobre el Mar polar abierto, el doctor Rayes hace notar muchas veces que sus perros, remolcando los trineos, en vez de conti¬ nuar marchando unidos en masa compacta, cuan¬ do llegaban á correr sobre una capa de hielo de poco espesor, se separaban unos de otros para repartir su peso sobre una superficie más extensa. Esta era á menudo para los viajeros la única ad¬ vertencia de que disminuyendo la profundidad del hielo, era la marcha más peligrosa. Ahora bien; los perros, ¿obraban de tal modo á consecuencid de su experiencia individual, ó imitaban el ejem¬ plo de otros más experimentados, ó lo hacían en virtud de un hábito hereditario, es decir, de un instinto? Tal vez este instinto se remontaría á la época, ya antigua, en que los naturales empezaron á emplear perros para arrastrar sus trineos; tam¬ bién los lobos árticos, tronco del perro esquimal, pueden haber adquirido este instinto que les guiaba á no atacar en masas apretadas sobre las capas delgadas de hielo. Con todo, es difícil resol¬ ver problemas de este género. En diversas obras se han recogido tantos datos probando que hay algún grado de raciocinio en los animales, que me limitaré aquí á citar dos ó tres casos señalados por Rengger, y relativos á monos americanos, de orden muy inferior. Cuenta 3(5 CARLOS R. DARWIN este autor que los primeros huevos que había dado á sus manos, fueron por ellos rotos con tan poco acierto, que se perdió una gran parte de su contenido; pero después llegaron á golpear suave¬ mente uno de sus extremos sobre un cuerpo duro, separando los fragmentos de la cáscara con ayuda de los dedos. Después de haberse hecho daño”una vez con un instrumento cortante, no se'atrevían ó tocarle más-, ó sólo lo hacían con el mayor cuida¬ do. Con frecuencia, les daban terrones de azúcar envueltos en un papel, y habiendo Rengger susti¬ tuido en alguna ocasión al terrón una avispa viva, fueron picados por ella al desenvolver el papel confiadamente; desde aquel díatomaron la pre¬ caución de llevarse ó la oreja el envoltorio para oir si algún ruido se producía en su interior. .Si hechos semejantes (y todos los podemos observar parecidos en el perro) no bastan para convencer de que el animal puede raciocinar, no los sabría aumentar con otros más convincentes. A pesar de ello, citaré aún un caso relativo ál perro, porque se apoya en la observación de dos personas dis¬ tintas, y al mismo tiempo porque no puede depen¬ der mucho de la modificación de ningún instinto. «Habiendo M. Colquhoun herido en las alas á dos patos salvajes, éstos cayeron á la orilla opuesta de un arroyo, desde donde su perro trató de traérse¬ los, ambos de una vez, sin conseguirlo. El animal, ■ q ue jamás había magullado una sola pluma, se decidió por matar una de las aves; trajo la viva á su dueño y se "^volvió en seguida á buscar á la muerta. El coronel Hutchinsson refiere el caso de dos perdices, alcanzadas por un mismo tiro, que mató á una é hirió á la otra; ésta quiso huir, pero fué alcanzada por el perro, el cual, al volver con ella, encontró en su camino á la muerta y se de- EL ORIGEN DEL HOMBRE 37 tuvo evidentemente perplejo; después de una ó dos tentativas, viendo que no podía coger la muer¬ ta sin riesgo de perder la viva, mató á ésta resuel¬ tamente y trajo á las dos. Este fué el único caso conocido en que aquel perro mató la caza.» Aquí vemos un ejemplo de raciocinio, aunque imperfec¬ to, porque el perro, como el del caso precedente, hubiera podido traer lá viva y luego volver á bus¬ car la muerta. Los arrieros de lo América del Sur dicen::«No quiero daros la muía de mejor trote, sino la más radonah;k ío cual añade Humboldt: «Esta ex¬ presión popular, dictado por una larga experien-. cia,.combate el sistema de las máquinas anima¬ das mejor tal vez que todos los argumentos de la filosofía especulativa.» A mi modo de v'ér, hemos ya demostrado que ed hombre y los animales superiores, especialmente los primatos, tienen en común algunos.instintos. Todos poseen los mismos sentidos, intuiciones y sensaciones; pasiones, afeijtqs y sentimientos, aun los más complejos los tienen parecidos. Ex¬ perimentan la sorpresa y la curiosidad; poseen las mismas facultades de imitación, de atención, de memoria, de imaginación y de raciocinio,-aun¬ que en grados muy distintos. Muchos autores, á pesar de lo afirmado, per¬ sisten tenazmente en la idea de que las facultades mentales del hombre levantan entre él y los ani¬ males inferiores una barrera que nunca se puede salvar. Hace ya tiempo que tengo recogidos unos ■ veinte aforismos de este género; pero no creo que valgan la pena de seraquí^indicados, ya que su número y grandes diferencias prueban la ckificultad, si no la imposibilidad de su tentativa. Se ha áfirmado que sólo el hombre es capaz de un mejo- 44 CARLOS R. DARWIN diferentes razas liumanas. He querido darlos de¬ talles que preceden, para probar que una tenden¬ cia instintiva á adquirir un arte, no es, en ningún modo, privilegio exclusivo del hombre. Por lo que toca al origen del lenguaje articula¬ do, después de haber leído, por una parte, las in¬ teresantes obras de Hensleigh, Wedgwood, Pa¬ rrar y Scheleicher, y poi\otra las célebres lecturas de Max Müller, no me cabe duda que el lenguaje debe su origen á la imitación y á la modificación, ayudada con signos y gestos de distintos sonidos naturales, de las voces de otros animales y de los gritos instintivos del hombre mismo. Al tratar de la selección sexual, veremos que los hombres primitivos, ó mejor, algún antiguo progenitor del hombre, ha hecho probablemente un gran uso de su voz para emitir verdaderas cadencias musioales, como aun lo hace un mono del género de Jos gihones. Podemos deducir de analogías, gene¬ ralmente muy extendidas, que esta facultad ha sido pjercida especialrnente en la época de la re¬ producción, para expresar las distintas emocio¬ nes del amor, los celos, el triunfo y el reto ó los rivales. La imitüción de gritos musicales por so¬ nidos articulados, ha podido ser el origen de pa¬ labras, traduciendo diversas emociones comple¬ jas. Por la relación que tiene con el principio de imitación, debemos hacer notar la fuerte tenden- ^ cia que presentían las formas más próximas al ' hombre (monos, idiotas, microcéfalos y razas bár¬ baras de la humanidad) á imitar cuantoMlega á su oído. Comprendiendo á buen seguro los monos gran parte de lo que el hombre les dice, y en estado de naturaleza, pudiendo lanzar gritos que señalen un peligro á sus camaradas, no me pa¬ rece increíble el que algún animal simidno, más EL ORIGEN DEL ilOJIBRE 45 sabio, haya tenido la idea de imitar los aullidos de un animal feroz para advertir á sus semejan¬ tes, precisando el género de peligro que les ame¬ nazaba. En un hecho de esta natuealeza, habría un primer paso^ hacia la formación del lenguaje. Ejercitada cada vez más la voz, los órganos vo¬ cales se habrán robustecido y perfeccionado en virtud del principio de los afectos hereditarios del uso, lo que á su vez hpbrá influido en lo potencia de la palabra. Verdad que, bajo este punto de Vis¬ ta, la conexión entre el uso continuo del lenguaje y el desarrollo del cerebro, tiéne una importancia mucho mayor. Las aptitudes mentales han debido estar más desarrolladas en el primitivo progenitor del hombre que en ningún mono de los hoy exis¬ tentes, aun antes de estar en uso ninguna forma del lenguaje, por imperfecta que se la suponga. Pero podemos admitir con seguridad que,el uso continuo y el perfeccionamiento de esta facultad, han debido obrar á su vez en la inteligencia, per¬ mitiéndole y facilitándole el enlace de una serie más extensa de ideas. Nadie se puede entregar á una sucesión prolongada y compleja de pensa¬ mientos sin el auxilio de palabras, habladas ó no, de la misma manera que no se puede hacer un cálculo importante sin tener signos ó servirse del álgebra. También parece que hasta el curso de las ideas ordinarias necesita alguna forma de lengua¬ je, porque se ha observado que Laura Bridgman, joven sordomuda y ciega, en sus sueños hacía con los dedos signos. Una larga sucesión de ideas vivas y mutuamente dependientes, puede, á pesar ' de lo. dicho, atravesar el espíritu sin el concurso de ninguna especie de lenguaje, hecho que pode¬ mos inferir de los prolongados ensueños que se observan en los perros. Hemos visto que los pe- CARLOS R. DARWIN 46 ' rros de caza pueden razonar en algún modo, lo que evidentemente hacen sin servirse de lenguaje alguno. Las íntimas conexiones entre el cerebro y la facultad del lenguaje, tal como está desarro* Hada en el hombre, resaltan claramente de esas curiosas afecciones cerebrales que atacan espe¬ cialmente la articulación, y en las que desapare¬ ce el poder de recordar los substantivos, mientras subsiste intacta la memoria de ótros nombres. Tan probable es que los efectos del uso continuo de los órganos de la voz y de la inteligencia hayan llegado á ser hereditarios, como que la escritura, que depende simultáneamente de la estructura de la mano y de la disposición del espíritu, sea here¬ ditaria también, hecho completamente cierto. ' Fácil es comprender el por qué los órganos que sirven actualmente para el lenguaje han sido originariamente perfeccionados con este objeto con preferencia á otros. Las hormigas se comuni¬ can recíprocamente sus impresiones por sus an¬ tenas. Nosotros hubiéramos podido servirnos de los dedos como instrumentos eficaces, ya que, con la costumbre puede transmitirse á nn sordomudo un discurso pronunciado en público, palabra por palabra; pero entonces, la pérdida de las manos hubiera sido un serio inconveniente. Teniendo todos los mamíferos superiores los órganos voca¬ les construidos sobre el mismo plan nuestro, y sirviendo de medio de comunicación, es probable que, si este último debía progresar, se hubieran debido desarrollar preferentemente los mismos órganos, y esto es lo que se ha efectuado con la ayuda de partes bien ajustadas y adaptadas, tales como la lengua y los labios. El que los monos superiores no se sirvan de sus órganos vocales para hablar, depende, sin duda, de que su inteli- EL ORIGEN DEL HOMBRE 47 gencia no está suficientemente adelantada. Un hecho semejante se observa en muchas aves que, aunque dotadas de órganos propios para el canto, no cantan jamás. Así vemos que aunque los órga¬ nos vocales del ruiseñor y del cuervo presentan una construcción muy parecida, producen en el primero los más variados cantos, y en el segundo un simple graznido. La formación de las especies diferentes y de las lenguas distintas, y las pruebas de que ambas se han desarrollado siguiendo una marcha gradual, son las mismas. En lenguas distintas encontra¬ mos homologías sorprendentes, debidas á la co¬ munidad de descendencia, y analogías debidas á un semejante procedimiento de formación. La manera como ciertas letras ó sonidos se cambian por otros, recuerda la correlatividad del creci¬ miento. La presencia frecuente de rudimentos, ta.nto en las lenguas como en las especies, es más notable todavía. En la ortografía de las palabras se conservan á menudo letras que representan los rudimentos de antiguos modos de pronunciación. Las lenguas, como los seres orgánicos, pueden clasificarse por grupos subordinados, ya natural¬ mente, según su derivación, ya artificialmente, se¬ gún otros caracteres. Lenguas y dialectos domi¬ nantes se propagan extensamente y contribuyen á la extinción de otras lenguas. La lengua, como la especie, una vez extinguida, no reaparece nunca, como observa Lyell. Un mismo lenguaje lio nace nunca en dos puntos á la vez, y lenguas distintas pueden mezclarse y cruzarse unidas. Vemos en todas ellas la variabilidad, adaptando continua¬ mente nuevas expresiones, pero como la memoria es limitada, nombres adquiridos y aun lenguas enteras se extinguen poco á poco. Según la exce- 48 CARLOS 11 . DARWIN lente observación de Max Müller, «hay una lucha incesante por la vida en cada lengua entre los nombres y las formas gramaticales. Las formas mejores, más breves y más fáciles, tienden cons¬ tantemente á supeditar á las demás,'y deben el triunfo á su valor inherente y propio». A mi modo de ver, se puede agregar á estas causas la del amor á la novedad que siente en todas las cosas el espíritu humano. Esta perpetuidad y conservación de ciertas palabras y formas afortunadas en la lucha por la existencia es una selección natural. , La construcción muy regular y sorprendente¬ mente compleja de las lenguas de muchas nacio¬ nes bárbaras, ha sido para algunos una prueba, ó de su origen divino ó de la elevación del arte y de la antigua civilización de sus fundadores. Así es¬ cribe F. von Schlégel: «En estas lenguas que pa¬ recen ocupar el grado más inferior de cultura in¬ telectual, observamos á menudo que su estructura gramatical está elaborada hasta un grado máximo. Esto sucede con el vascuence.» Pero es induda¬ blemente inexacto al considerar una lengua como un arte, en el sentido de que hubiese podido ser metódicamente elaborada y formada. Los filólo¬ gos admiten hoy generalmente que las conjuga¬ ciones y declinaciones eran en su origen distintos nombres que se unieron después, y como este gé¬ nero de nombres así compuestos expresan las más claras relaciones entre los objetos y las per¬ sonas, no es cosa rara el que hayan sido usados entre casi todas las razas de las edades primitivas. El ejemplo siguiente nos dará una idea exacta de cuánto podemos engañarnos en lo que toca á la perfección. Muchas veces una Crinoidea no cuenta con menos de qiento cincuenta mil piezas, todas EL ORIGEN DEL HOMBRE 49 colocadas en una perfecta simetría y en líneas cuadradas; pero el naturalista no por esto consi¬ dera un animal de esta clase más perfecto que uno de tipo bilateral, formado de partes menos numerosas y que sólo se parecen entre ellas en los lados opuestos del cuerpo. Considera, con ra¬ zón, que el criterio de la perfección se encuentra en la distinción y especial modo de ser de los ór¬ ganos. Lo mismo pasa con las lenguas, en las que nunca la más simétrica y complicada debe consi¬ derarse superior á otras más irregulares, lacónicas y cruzadas, que han tomado nombres expresivos y útiles formas de construcción de las distintas ra¬ zas conquistadoras, conquistadas ó inmigrantes. De estas observaciones, aunque pocas é incom¬ pletas, deduzco que la construcción compleja y regular de gran número de lenguas bárbaras no constituyen en ningún modo una prueba de que sea debido su origen á un acto especial de crea¬ ción. Tampoco la facultad del lenguaje articulado es una objeción irrebatible á la creencia de que el hombre se haya desarrollado de una forma infe¬ rior. Conciencia, personalidad, abstracción, ideas gef nerales, etc.—Sería inútil emprender la discusión de estas facultades elevadas, que según muchos autores modernos, constituyen la única y más completa distinción entre el hombre y los anima¬ les; sería inútil, decimos, porque no hay dos solos autores cuyas definiciones convengan entre sí. Facultades de un orden tan superior no podían de ningún modo desenvolverse plenamente en el hombre antes de que sus aptitudes mentales hu¬ biesen alcanzado un nivel superior, lo que impli¬ ca el uso de una lengua completa. Nadie supone que un animal inferior reflexione sobre la vida y 4 50 "CARLOS R. DARWIN la muerte, ni otros asuntos parecidos; pero esta¬ mos bien seguros de que un perro viejo, poseyen¬ do excelente memoria y alguna imaginación, como lo prueban sus ensueños, no reflexiona jamás so¬ bre sus antiguos placeres Venatorios. Esto ya sería ' una forma de la conciencia de sí mismo. Por otra parte, como hace notar Büchner, ¡cuán poco podrá ejercer esta conciencia y reflexionar sobre la natu¬ raleza de su propia vida la infeliz esposa de un salvaje de la Australia, degradado, que casi no usa nombres abstractos y no sabe contar sino hasta cuatro! Es incontestable el hecho de que los animales conservan su personalidad. Cuando, en un ejemplo mencionado anteriormente, mi voz evoca en mi perro toda una serie de antiguas asociaciones en su inteligencia, es prueba de que ha de haber conseryado su individualidad mental, por más que cada átomo de su cerebro haya debido renovarse más de una vez durante el intervalo de cinco años. Sentimiento de lo bello . — Se ha afirmado que este sentimiento era especial también al hombre; pero cuando vemos aves machos que ante Jas hembras despliegan sus plumajes de espléndidos colores, mientras que otras, que no pueden osten¬ tar tales adornos, no se entregan á ninguna de¬ mostración semejante, no podemos poner en duda el hecho de que las hembras admiren la hermo¬ sura de sus compañeros. Su belleza, como objeto de ornamentación, no puede negarse, ya que las mismas mujeres se sirven de las plumas de las aves en su tocado. Al propio tiempo, las dulces melodías del canto de los machos durante la épo¬ ca de la reproducción, son evidentemente objeto de la admiración de las hembras. Porque, en efec- EL ORIGEN DEL HOMBRE 51 to, si éstas fuesen incapaces de apreciar los niagníficos colores, los adornos y la voz de sus ma¬ chos, todo el cuidado y anhelo que emplean para hacer gala de sus encantos serían inútiles, lo.cual es imposible admitir. No creo que podamos ex¬ plicar más satisfactoriamente el por qué ciertos sonidos y Colores excitan placer cuando armoni¬ zan, y por qué ciertos sabores y perfumes son agradables; pero es lo cierto que muchos animales inferiores admiran con nosotros ios mismos colo¬ res y los mismos sonidos. Él amor á lo bello, al menos en lo que respecta á la belleza femenina, no tien.e en el espíritu hu¬ mano un carácter especial, ya que difiere mucho en las diferentes razas, y ni'aun es idéntico para las distintas naciones de una raza misma. A juzgar ; por los repugnantes adornos y la música atroz que admira la mayoría de los salvajes, podría afirmarse que sus facultades estéticas están menos desarrolladas en ellos que en muchos animales, tales como las aves. Es evidente que ningún ani¬ mal es capaz de admirar la pureza del cielo en la noche, un paisaje bello ó una música sabia; pero tampoco los admiran más los salvajes ó las per¬ sonas que carecen de educación, ya que estos gustos dependen de la cultura de asociaciones de ' ideas muy complejas. Muchas facultades que han. contribuido útil¬ mente al progreso del hombre, tales como la ima¬ ginación, la’sorpresa, la curiosidad, el sentimiento indefinido de la belleza, la tendencia á la imita¬ ción, el amor á la novedad, etc., han debido enca¬ minarle á realizar cambios caprichosos de usos y costumbres. Menciono este punto, porque recien"- tementé un escritor sienta la afirmación de que el eapricho es «una de las diferencias típicas más no- 52 CAELOS K. DARWIN tables entre los salvajes y los animales». Es cierta que el hombre es caprichoso á lo sumo, pero es cierto también que los animales inferiores de¬ muestran frecuentemente sus caprichos en sus afectos, odios y sentimientos de belleza. Hay igualmente muchas razones para sospechar que aman la novedad en sí misma. ** Creencia en Dios. — Religión . — N o existe nin¬ guna prueba de que el hambre haya estado dotado primitivamente de la creencia en la existencia de un Dios-omnipotente. Por el contrario, hay de-> mostraciones convincentes, suministradas, no por viajeros, sino por hombres que han vivido mucha tiempo con los salvajes, de que han existido y existen aún numerosas razas que no tienen nin¬ guna idea de la Divinidad ni poseen palabra que la exprese en su lenguaje. Esta cuestión, inútil creo hacerlo constar, es completamente distinta de otra de orden más ele¬ vado: la de saber si existe un Creador y Director del Universo, cuestión que las más privilegiadas nnteligencias que han existido han resuelto afir¬ mativamente. Si bajo la palabra religión comprendemos la creencia en agentes invisibles ó espirituales, en¬ tonces todo cambia de aspecto, porque este senti¬ miento parece ser universal entre todas las razas menos civilizadas. No es difícil comprender su origen. Tan pronto como las importantes faculta¬ des de la imaginación, la sorpresa y la curiosidad, unidas á alguna fuerza de raciocinio, han llegado ó desarrollarse parcialmente, el hombre habrá tratado de comprender cuanto se ofrecía á su vista y de filosofar vagamente sobre su propia existencia. Como observa JVl. M. Lennan, «debe el hombre, por sí mismo, inventar alguna explica- , EL ORIGEN DEL HOMBRE 53 <ción de los fenómenos de la vida; y á juzgar por ■ su universalidad, la hipótesis más simple y que primeramente se presenta á su espíritu, parece haber sido la de atribuir los fenómenos naturales é la presencia en los animales, las plantas, los objetos y las fuerzas de la Naturaleza, de espíritus que causan efectos parecidos á los que el hombre cree poseer». Es probable, conforme demuestra M. Taylor, que la primera idea de los espíritus haya tenido su origen en el sueño, ya que los sal¬ vajes no distinguen fácilmente las impresiones subjetivas de las objetivas. Las figuras que apare¬ cen en sueños á los salvajes, creen éstos que vienen de muy lejos y se mantienen sobre ellos, «ó que el alma del que sueña parte para sus via¬ jes y vuelve con el recuerdo de lo que ha visto». Pero los, sueños del hombre no bastaban para inspirarle tal creencia, como no bastan al perro los suyos, y ha sido preciso que antes en aquél «e hayan desarrollado suficientemente las facul¬ tades citadas: imaginación, curiosidad, sorpresa, etcétera. La tendencia que tienen los salvajes á imagi¬ narse que los objetos ó agentes naturales están animados por esencias espirituales ó vivientes, puede comprenderse por un hecho que he tenido ocasión de observar en un perro mío. Este ani¬ mal, adulto y muy sensible, estaba tendido sobre el césped, un día muy cálido, á alguna distancia de un quitasol, sobre el que no hubiera fijado la atención si alguien hubiese estado cerca de aquel objeto. Pero la ligera brisa que soplaba agitaba el -quitasol á menudo, y á cada movimiento el perro prorrumpía en ladridos. A mi modo de ver, debía formarse la idea de una manera rápida y cons¬ ciente de que aquellos movimientos sin aparente <50 CARLOS R. DARWÍN los machos viejos se precipitaron inmediatamente j á socorrer á sus compañeros, presentando á los A perros un aspecto tan feroz, ijue éstos huyeron. I Se les azuzó de nuevo contra los monos, pero en j el intervalo transcurrido todos los babuinos ha- ■ bían ya subido á la montaña, exceptuando uno i solo que apenas tendría seis meses, y que, ha- •• hiendo trepado sobre una roca aislada, estaba sitiado por los perros y lanzaba lastimeros chilli- ' dos.Uno de los mayores machos, verdadero héroe, volvió á descender de la montaña, se encaminó lentamente donde estaba el otro, lo tranquilizó • con su presencia y se lo llevó triunfalmente. Los perros estaban demasiado sorprendidos para pen¬ sar en emprender el ataque. Es evidente que los animales asociados tienen un sentimiento de afección mutua que no existe en los animales adultos insociables. Difícil es á menudo juzgar si los animales se afligen por los sufrimientos de sus semejantes. ¿Quién puede - decirlo que sienten las ovejas cuando rodean y fijan la mirada en una de sus compañeras mori¬ bunda ó muerta? La ausencia de todo sentimiento de esta clase en los animales es algunas veces evidente, porque se las ve expulsar del rebaño un compañeroherido, ó á veces perseguirle hasta darle muerte. Este sería el rasgo más triste de la historia natural, á no ser que resultase cierta la explicación que dan algunos de este hecho, di¬ ciendo que el instinto y la raza obligan á los ani¬ males á abandonar un individuo herido por miedo de que las bestias de rapiña y el hombre no ven¬ gan en deseos de seguir el rébaño. En tal caso, su conducta no sería mucho más culpable que la de Ips indios de la América del Norte, que dejan pe¬ recer en el campo á sus camaradas débiles, ó los el origen del hombre 61 de la Tierra del Fuego, que entierran vivos á suspadres ancianos ó enfermos. A pesar de todo, muchos animales dan prue¬ bas de simpatías recíprocas en circunstancias pe¬ ligrosas ó apuradas. El capitán Stansbury halló en un lago salado del Utah un pejícaho viejo y completamente ciego, que estaba muy gordo, y que, por lo tanto, debía haber sido, desde hacía mucho tiempo, alimentado perfectamente por sus compañeros. M. Blyth nos informa de que ha visto cuervos indios nutriendo á dos ó tres com¬ pañeros ciegos, y ha llegado también á mis oídosun hecho análogo en un gallo doméstico. Podría¬ mos considerar estos actos como instintivos, pero son demasiado raros los casos citados para que se pueda admitir, un desarrollo de instinto alguno especial. Puede calificarse de demostración de simpatía hacia su dueño el furor con que el perro se echa encima dél que atropella á aquél. He visto una persona que fingía dar golpes á una señora, en cuyas rodillas se hallaba un perrito faldero muy tímido. El animalito se levantó airado, y acabados los simulados golpes, persistía de una manera conmovedora en lamer la cara de su dueña, como para consolarla. Brehm asegura que cuando se persigue á uh babuino en cautividad para casti¬ garle, los demás buscan medios de protegerle. ' Además de la amistad y simpatía, los ani¬ males presentan otras cualidades que en nosotros llamaríamos morales; estoy completamente de acueí-do con Agassiz para reconocer que el perro posee algo que se parece mucho á la conciencia. Tiene ciertamente este animal alguna fuerza para mandar sobre sí mismo, que no es en ningún modo resultado del miedo. Como nota Branbach, 62 CARLOS R. DARWIN perro se abstiene de robar la comida en ausen¬ cia de su dueño. Todos los animales que viven en comunidad y se defienden mutuamente ó atacan reunidos á sus enemigos, han de ser fieles uno á otro de algún modo: los que siguen á un jefe, de¬ ben también ser obedientes en algún grado. Cuan¬ do los babuinos van á saquear un jardín en Abisinia, siguen silenciosos ú su jefe. Si algún, moho joven é imprudente hace ruido, le dan sus compa¬ ñeros más próximos una manotada para enseñar¬ le á callar y obedecer; pero tan, pronto como están seguros de que no hay peligro alguno, manifiestan ruidosamente su alegría. Con respecto al impulso que mueve á ciertos animales á asociarse entre sí y á auxiliarse de diversos modos, podemos inferir que es de¬ bida, en la mayoría de los casos, á los mismos sentimientos de satisfacción .ó de placer que Experimentan cuando realizan otras acciones ins¬ tintivas. ¡Cuál no debe ser la energía de satisfac¬ ción necesaria para que el pájaro, tan lleno de actividad, pase días enteros sin moverse del nido empollando los huevos! Las aves emigrantes que¬ dan afligidas cuando se les impide emprender el viaje, y en cambio,,,sin duda, sienten gran alegría cuando lo realizan. La impresión del placer de la sociedad es prq,- bablemente una extensión de los afectos de fami¬ lia, que se puede atribuir principalmente á la se¬ lección natural y en parte al hábito.VEntre los animales para quienes la vida social era ventajo¬ sa, los individuos que encontraban mayor placer en estar juntos podían escapar mejor de diversos peligros; mientras que aquellos que descuidaban más á sus camaradas y vivían solitarios, deberían .perecer en mayor número. Es inútil tratar de in- EL ORIGEN DEL HOMBRE vestigor el origen de las afecciones paternales y filiales, que forman en apariencia la base de las afecciones sociales; pero podemos admitir que han sido, de una manera importante, adquiridas por selección natural. Es muy distinta del amor la simpatía. La amistad que siente el hombre para su perro, como la que éste siente para su dueño, se diferencia de la simpatía. Sea cual fuere el modo complejo como la simpatía haya nacido en los primitivos tiempos, ofrece una verdadera im¬ portancia para todos los animales que se defien¬ den con reciprocidad; por selección natural debe haberse aumentado precisamente, ya que las co¬ munidades que contuviesen mayor número de individuos en que se desarrollase la simpatía, de- . bían vivir mejor y tener una prole más numerosa. En múchos casos es imposible decidir si cier¬ tos instintos sociales han sido adquiridos por se¬ lección natural, ó si resultan indirectamente de otros instintos y facultades, tales como la simpa¬ tía, la razón, la experiencia y una tendencia á la imitación ó si son simplemente efecto de un hábito oontinuado durante mucho tieímpo. El notable instinto de apostar centinelas para advertir á la comunidad del peligro, apenas puede ser resulta¬ do indirecto de ningua otra facultad; es preciso, por lo tanto, que Ifaya sido adquirido directamen¬ te. Por. otra parte, la costumbre que tienen los machos de algunos animales sociables de defender la comunidad y atacar unidos á sus enemigos y á. su presa, puede haber nacido de alguna,simpatía mutua; pero el valor, y en muchos casos la fuerza, hah' debido adquirirse previamente, y es posible que por selección natural. Entre los diversos instintos y hábitos, hay unos que,obran con mucha más fuerza que otros. 64 CARLOS R. DARWIN Nosotros mismos tenemos conciencia de que ciertas costumbres son más' difíciles de extipar. ó de desviar que otras. Puédanse observar fre¬ cuentemente entre los animales luchas entre va-’ riados instintos, ó entre un instinto y alguna tan* dencia habitual; así, cuando se llama á un perroque persigue una liebre, se detiene, vacila y 6 , prosigue en su empeño, ó vuelve lleno de ver-; güenza á su dueño; el amor maternal de una-’ perra por sus cachorros pugna con la afección por su dueño, cuando se ve á la perra esconderse j para ir á ver á aquéllos, presentándose como ver* í gonzosa de no acompañar al segundo. Uñó de' los casos más curiosos que conozco de un insj tinto dominando á otro, es el del instinto de emi¬ grar venciendo al maternal. El primero está pro3 fundamente arraigado; un pájaro enjaulado en la i estación en que emigran, se arroja contra los hie* J rros de la jaula hasta despojar su pecho de las .1 plumas y llenarlo de sangre. La fuerza del ins1 tinto maternal impulsa con no menos vigor á las | aves tímidas á desafiar grandes peligros, aunque d no sin vacilaciones y contrariando los impulsos J del instinto de conservación. Con todo, es tan l poderoso el instinto de emigrar, que frecuente- . ] mente se ve, entrado ya el otoño, á golondrinas * que emprenden el viaje abandonando á sus pe- ' queños polluelos, que mueren miserablemente en sus nidos. ^ El hombre, animal sociable. —Es cosa admitida generalmente que el hombre es un ser sociable. Echase de ver en su aversión por el aislamiento y en su afición á la sociedod, además de la de su propia familia. La reclusión solitaria es uno de los castigos más severos que pueden imponérsele. Algunos autores suponen que el hombre ha vi- KL ORIGEN DEL HOMBRE 65 vido en otras épocas en familias separadas; pero en la actualidad, aunque familias solas ó reuni¬ das en pequeños grupos recorren las inmensas soledades' de algunos países salvajes, viven, se¬ gún mis informes, manteniendo relaciones con otras familias que habitan las mismas region'es. Estas familias se reúnen á véces en consejo, aso¬ ciándose para la defensa común. Contra el hecho de que el s^vqje sea un animal' sociable, no se puede imsTócar el. argumento de que las tri!)us estén continuamente en guerra, porque los ins¬ tintos sociales no se extienden jamás á todos lo^ individuos de una misma especie. A juzgar por la analogía con la mayor parte de los cuadrumanos, es probable que fuesen sociables los antecesores primitivos, de apariencia simiana, deh hombre; pero esto no ofrece para nosotros gran importan¬ cia. Aunque el hombre, tal como existe actual¬ mente, tiene muy pocos instintos especiales, por habér perdido lo.s que sus primeros ascendientes hubieron de poseer, no hay ningún motivo para que no haya conservado de una época extrema¬ damente remota algún grado de amistad instin¬ tiva y de simpatía para con sus semejantes. Hasta nosotros mismostenemos conciencia de que po¬ seemos efectivamente sentimientos simpáticos de esta naturaleza, pero no sabemos apreciar sí son instintivos (ya que su origen asciende á una gran antigüedad, como los de los animales inferiores) ó si los hemos adquirido cada uno en particular, en el transcurso de nuestra infancia. Siendo el hombre un animal sociable, es probable también que ha debido heredar una tendencia á ser fiel á sus compañeros, cualidad que es común á la ma¬ yor parte de los animales sociables. Podía poseer á la par alguna aptitud para mandarse á sí mis- 66 CARLOS R. DAR WIN mo, y tal vez para obedecer al jefe de la comuni¬ dad. Siguiendo una tendencia hereditaria, podía estar dispuesto á defender á sus, semejantes con el concurso de los demás y á ayudarles de un modo que no contrariase su propio bienestar ni sus deseos. Los animales más inferiores son exclusiva¬ mente, y ios más elevados en mucha parte, guia¬ dos por -instintos especiales, en los auxilios que prestan á los miembros de su comunidad; con todo, también en parte les impulsa á ello una amistad y una simpatía recíprocas, apoyadas apa¬ rentemente en algún raciocinio. Aunque el hom¬ bre no posea instintos especiales que le muevan á ayudar á sus semejantes, tiene una tendencia á practicarlo, y con sus facultades intelectuales per¬ feccionadas puede naturalmente guiarse,' para este objeto, en la razón y la experiencia. La sim¬ patía instintiva le hará apreciar en mucho la aprobación de sus semejantes, porque, como ha probado M. Bain, el amor de los elogios, el pode¬ roso sentimiento de la gloria y el miedo todavía más intenso del desprecio y de la infamia, «son un resultado de la influencia de la simpatía>. En el espíritu del hombre influirán, por consiguiente, mucho el elogio y la vituperación de sus seme¬ jantes, expresados por sus gestos y lenguaje. Los instintos.sociales adquiridos por el hombre de un estado muy grosero, ó seguramente por sus pri-' mitivos progenitores simianos, son aún hoy el móvil de buena parte de sus mejores acciones, pero éstas son principalmente determinadas por los deseos expresados y las opiniones de sus se¬ mejantes, y más á menudo aún por sus propios y egoístas deseos. Los sentimientos de amistad y de simpatía, á pesar de todo, lo propio que la EL ORIGEN DEL HOMBRE 67 íacultad de ejercer imperio sobre sí mismo, se fortalecen por el hábito, y como la fuerza del ra¬ ciocinio progresa en lucidez y permite al hombre el aquilatar la justicia de la opinión délos demás, llegará un día en que se verá obligado á seguir ciertas líneas de conducta, independientemente <iel placer ó de la pena que sienta al hacerlo. En¬ tonces podrá decir: «Yo soy el juez supremo de mi propia conducta», y repitiendo las palabras de Kant: «No quiero violar en mi persona la dignidad de la humanidad.» Los instintos sociales más duraderos renden á los menos persistentes .— Hasta ahora no hemos ■ discutido el punto fundamental sobre que gira toda la cuestión del sentido moral. ¿Por qué el honabre siente que debe obedecer á un deseo instintivo, mejor que á otro cualquiera? ¿Por qué se arrepiente amargamente de haber cedido al enérgico, instinto de su conservación, no arries¬ gando su vida para salvar la de un semejante? ¿Por qué sufre remordimientos de haber robado algo con que alimentarse, obligado por e! hambre? En primer lugar, es evidente que, en la huma¬ nidad, los impulsos instintivos tienen diversos grados de fuerza. Una madre joven y tímida se arrojará sin vacilar al mayor peligro para salvar á su hijo, pero no parasalvar á un cualquiera. Muchos hombres y aun niños, que jamás han arriesgado su vida por otros, pero que tienen des¬ arrollado el valor y la simpatía, en un momento dado, despreciando el instinto de conservación, se arrojan sobre las aguas de un torrente para salvar á un semejante suyo que se ahoga. En este caso, el hombre obedece al mismo instinto que hemos indicado antes, al hablar de I03 actos de humanidad de ciertos animales. Tales acciones 66 CARLOS R, DARWÍN parecen ser el simple resultado de la mayor pre¬ ponderancia de los instintos sociales ó rnaternales sobre los demás, porque se llevan á cabo de¬ masiado instantáneamente para qué haya tiempo de deliberar; no son tampoco dictadas por un sen¬ timiento de placer ó de pena, aunque ésta se siente si no se realizan. Algunos afirman que actos realizados bajo la influencia de causas impulsivas como las prece¬ dentes, no entran en el dominio del sentido moral^ ni pueden, por lo tanto, ser llamados morales. Los que tal dicen limitan esta calificación á los actos cumplidos con propósito deliberado,después de un triunfo sobre los deseos contrarios ó que estén determinados por elevados motivos. Pero es imposible trazar una línea divisoria de este géne¬ ro, por más que pueda ser real la distinción. Si se trata de motivos de exaltación, se pueden cijlar numerosos ejemplos de bárbaros, privados de todo sentimiento bondadoso para la humanidad, y no sendo guiados por ninguna pasión religiosa, que han preferido sacrificar heroicamente su vida ó hacer traición á sus compañeros; esta conducta debe considerarse indudablemente moral. En lo que respecta á la deliberación y á la victoria sobre los deseos contrarios, se puede ver á muchos ani¬ males dudar entre instintos opuestos, como cuan¬ do acuden al socorro de su prole ó al de sus seme¬ jantes en peligro; y.con todo, sus acciones, aunque hechas en beneficio de otros individuos, no son nunca calificadas de morales. Más aún, todo acto que repitamos á menudo, acaba por realizar¬ se sin dudas ni deliberaciones, y entonces no se diferencia de un instinto; con todo, nadie se atre¬ verá á decir que el acto deja entonces de ser mo¬ ral. No pudiendo distinguir los motivos, nosotros- EL ORIGEN DEL HOMBRE 69 «grupamos todas las acciones de cierta clase como morales cuando las lleva á cabo un ser moral, ya que éste puede comparar sus actos y móviles pa¬ sados y futuros y aprobarlos ó desaprobarlos. No nos asiste ninguna razón para suponer que los animales inferiores poseen esta facultad; por con¬ siguiente, cuando un mono arrostra el peligro para salvar á su compañero ó ampara al que ha qu-'edado huérfano, no llamamos su conducta mo^ ral, Pero en el hombre, que es el Solo que puede considerarse como un ser moral, ciertas acciones son llamadas morales, ya sean ejecutadas con de¬ liberación y en lucha con opuestas tendencias, ya por efecto de costumbres adquiridas paulatina¬ mente, ya, en fin, de una manera impulsiva, por el instinto. Volviendo á nuestro principal asunto, debemos < 3 e cir que, aunque algunos instintos sean más po- • derosos que otros, provocando actos correspon¬ dientes, no basta esto para afirmar que los instin¬ tos sociales sean ordinariamente más profundps, ó lo hayan llegado á ser por un hábito continuo en el hombre, que los instintos, por ejemplo, de la conservación, del deseo, de la venganza, etcétera. ¿Por qué el hombre se arrepiente (aun en el caso ' en que pueda tratar de ahuyentar los remordi¬ mientos) de haber cedido á un impulso con prefe¬ rencia á otro, y por qué siente á la par que ha de ai'repentirse de su conducta? Bajo este puuto de visto, el hombre difiere profundamente de los ani¬ males inferiores; sin embargo, creo que podemos hallar una razón que explique esta diferencia. /^El hombre no puede evadirse de reflexionar á causa de la actividad de sus facultades mentales; las impresiones é imágenes pasadas surgen de nuevo distintamente, sin cesar, en su imaginación. 76 CARLOS R. DARWIN claramente lo prueba.la historia de la diplomacia moderna. Desde que una tribu reconoce un jefe, la desobedencia se convierte en crimen y la su¬ misión ciega en sagrada virtud. El valor personal ha sido universalmenle coloóado en el primer rango entre las buenas cualida¬ des del hombre, ya que el que no lo posee no pue¬ de ser útil ni fiel á su tribu en los momentos de peligro; y aunque en los países civilizados un hom¬ bre, bueno, pero tímido, pueda ser mucho más útil á la comunidad que un valiente, instintiva¬ mente nos inclinamos á considerar más á éste cjue á aquél. La prudencia, cuando no se encami¬ na ál bien ajeno, aunque es una virtud muy útil, nunca ha sido bastante apreciada. Como ningún hombre puede practicar las virtudes necesarias al bienestar de su tribu sin sacrificarse, sin domi¬ narse á sí mismo y sin tener paciencia, todas es¬ tas cualidades han sido principal y justamente apreciadas en todas épocas. No podemos dejar de admirar al salvaje americano que se somete vo¬ luntariamente sin.exhalar un grito á las torturas más horribles, para probar y aumentar su fuerza de'alma y su valor, lo propio que el fakir de la India, que, con un insensato fin religioso, se balaneea suspendido de un hierro curvado, cuya punta atraviesa sus músculos. Las demás virtudes individuales que no afectán de una manera aparente (aunque realmente pueda suceder así) al bienestar de la tribu, no han sido jamás apreciadas^por los salvajes, por más que lo sean altamente, en la actualidad, por las naciones civilizadas. La más excesiva intempe¬ rancia no es una cosa vergonzosa entre los salva¬ jes. Sus costumbres son licenciosas y obscenas hasta un extremo repugnante. Pero tan pronto EL ORIGEN DEL HOMBRE 77 como el matrimonio polígamo ó monógamo se propaga, los, celos desarrollan la virtud femenina, que, honrada por Lodos, tiende á extenderse entre las doncellas. Aun hoy podemos ver cuán poca común es entre el sexo masculino ía castidad. Esta exige mucha fuerza de voluntad para domi¬ narse á si mismo, y ya desde una época muy an¬ tigua ha sido honrada en la historia moral del hombVe civilizado. Como consecuencia extremada de este hecho, también desde una remoto antigüe¬ dad se ha considerado como una virtud la pi-áctica del celibato. Tan natural nos parece la repug¬ nancia con que se ve la obscenidad, que llegamos á creerla innato, y con todo, esta base esencial de la castidad es una virtud moderna, que pertenece exclusivamente, conforme hace observar sir G. StoLiton, á la vida civilizada. Prueban también la verdad de este aserto los antiguos ritos religiosos de diversas naciones, los dibujos de las paredes^ de Pompeya y las prácticos groseras de muchos salvajes. Acabamos de ver que éstos, y probablemente lo mismo sucede con los hombres primitivos, na juzgan buenos ó malas las acciones sino en cuan¬ to afectan de una manera aparente al bienestar de la tribu, no el de la especie ni el del hombre considerado como miembro individual de la tribu. '"Esta conclusión conviene perfectamente con la creencia de que el sentido llamado moral se deri¬ vo primitivamente de los instintos sociales, ya que los dos se enlazan en su origen con la comunidad exclusivomente^Las principales causas de la poca moralidad de los salvajes, apreciadas bajo nuestra punto de vista, son: Primero, la limitación de la simpatía ó la sola tribu; segundo, una insuficiente fuerza de raciocinio que no permite reconocer el ■ 78 CAULOS R. DAUWIN ^alcance que puede tener para el bien general de la tribu el ejercicio de muchas virtudes, sobre todo individuales. Los salvajes no pueden figurarse la infinidad de males que producen la intemperancia, el libertinaje, etc.; tercero, un débil poder sobre sí mismo, ya.que esta aptitud no ha sido fortalecida en ellos por la acción continuada y tal vez heredi¬ taria del hábito, la instrucción y la religión. Me he extendido en los ant'eriores-detalles so¬ bre la inmoralidad de los salvajes, porque algunos autores han considerado recientemente bajo una elevada mira su naturaleza moral, ó atribuido la mayor parte de sus crímenes ó una benevolencia desencaminada. Estos autores apoyan sus afir¬ maciones en el hecho de que los salvajes poseen ,á menudo en alto grado, lo cual es sin duda cierto, las virtudes que son útiles y hasta necesarias ú la existencia de una comunidad ó tribu. Obseroaciones finales .—Los filósofos de la es¬ cuela derivativa de moral han admitido otras veces que el fundamento de la moralidad reposa so)u*e ,una forma do egoísmo, y más recientemiente sobro el principio de la mayor felicidad. De lo que antes hemos dicho podemos deducir que el sentido moral es fundamentalmente idéntico á los instin¬ tos sociales, y tratando de los animales inferiores sería absurdo considerar estos instintos como nacidos del egoísmo y desarrollados para la dicha de la comunidad. Y con todo, sin duda para el bien general han sido desarrollados. La expresión «bien general» puede definirse como el medio por el cual el mayor número posible de individuos pueden ser producidos en plena salud y vigor con todas sus facultades perfectas en las condiciones -á que están sometidos. Habiéndose desarrollado jsegún un mismo plan los instintos sociales, tanto EL ORIGEN DEL HOMBRE 79 <iel hombre como de los animales inferiores, sería -conveniente, á ser posible, emplear en ambos casos la misma definición y considerar como ca¬ rácter de la moralidad el bien general ó la pros¬ peridad de la comunidad, con preferencia ó la felicidad general; pero esta definición tendría tal vez que limitarse en cuanto á la moral político. Cuando un hombre arriesga su vida para sal¬ var la de uno de sus semejantes, parece más justo ■ decir que obra en favor del bienestar general que en el de la felicidad de la especie humana^El bienestar y la felicidad del individuo coincideuj^in duda habitualmente, y una tribu feliz y contenta prosperará mejor que otra qué no lo sea. Hemos visto que en los primeros períodos de la historia del hombre, los deseos expresados por la comu¬ nidad han influido en alto grado sobre la conducta de cada uno de sus miembros, y buscando todos la felicidad, el principio de «la-*^ felicidad mayor» ha llegado á ser una guía y un fin secundarios importantes. De este modo no hay necesidad de colocar en el vil principio del egoísmo los funda¬ mentos de lo que hay de más noble en nuestra naturaleza, á no ser que se llame egoísmo la sa¬ tisfacción que experimenta todo animal'cuando obedece á sus propios instintos y el disgusto que siente cuando no puede realizarlos. ■ La expresión de ios deseos y del juicio de los individuos de la misma comunidad, primero por ol lenguaje oral y después por la escritura, cons¬ tituye una guía de conducta secundaria, pero muy importante, que á veces ayuda á los instintos soci,ales, aunque otras esté en oposición con ellos. Preséntanos un ejemplo de esto último la ley del, honor, es decir, la ley de la opinión de nuestros iguales, y no la de todos nuestros compatriotas. 60 CARLOS R. DARWIN Toda infracción á esta ley, aunque fuese recono¬ cida como conforme con la verdadera moralidad, causa á muchos hombres-más angustias que un crimen real. La misma influencia reconocemos en esta sensación acerba de vergüenza que expe¬ rimentamos aún, después de pasados muchos años, al acordarnos de alguna infracción acciden¬ tal de una regla, insignificante, pero establecido, de etiqueta. La experiencia de lo, que con el tiempo conviene más á todos sus individuos, guiará generalmente la opinión de la comunidad; •opinión que, por otra parte, á menudo será des¬ encaminada por ignorancia ó por debilidad de ra¬ ciocinio. Vemos ejemplos de esto en el horror que siente el habitante del Indostán, que reniega de su casta; en la vergüenza de Ja mujer árabe, qué no deja ver su rostro, y en muchos otros casos. Sería muy difícil distinguir el remordimiento que expe¬ rimenta el hijo del Ganges que ha probado un ali¬ mento impuro, del que le causaría el cometer un robo; es probable que el primero sería más pun- • zante. No sabemos cómo han tenido origen tantas absurdas reglas de conducta, tantas ridiculas creencias religiosas, ni cómo ha podido grabarse, tan profundamente en el espíritu del hombre en todas las partes del globo; pero es digno de notar que úna creencia constantemente inculcada en los ■ 'primeros años de la vida, cuando el cerebro es 'más impresionable, parece adquirir casi la natu¬ raleza de un instinto. Sabido es que la verdadera esencia del instinto es el ser seguido independien¬ temente de la razón ^Tampoco podemos explicar por qué ciertas virtudes admirables, como el amor á la verdad, son mucho más considerables en unas tribus que en otras, ni por qué prevalecen. EL ORIGEN DEL HOMBRE 81 hasta en las naciones civilizadas, diferencias pa¬ recidas. Sabiendo cuántas extrañas costumbres y supersticiones han podido arraigarse sólidamente, no debemos sorprendernos de que las virtudes personales nos parezcan, en la actualidad, tan naturales (apoyadas, como lo están, en la razón), que llegamos á creerlas innatas, por más que en sus condiciones primitivas el hombre no hiciese de ellas caso alguno. A pesar de muchas causas de duda, el hombre puede, generalmente sin vacilar, distinguir las reglas morales superiores de las in¬ feriores. Básanse las primeras en los instintos sociales, y se refieren á la prosperidad de las de¬ más; están apoyadas en la aprobación de nuestros semejantes y en la razón. Las inferiores, aunque apenas merecen esta calificación, cuando arras¬ tran á un sacrificio personal se enlazan principal¬ mente al individuo en sí, y deben su origen á la opinión pública, cultivada por la experiencia, ya que no se practican en las tribus groseras. ' Adelantando el hombre en civilización, y re¬ uniéndose las pequeñas tribus en comunidades más grandes, la simple razón indica á cada indi¬ viduo que debe extender sus instintos sociales y su simpatía á todos los miembros de la misma nación, aunque personalmente lesean desconoci¬ dos. Llegado á este punto, sólo una valla artificial se opone á que sus simpatías se hagan extensivas á los hombres-de todas las naciones y razas. Des¬ graciadamente la experiencia nos muestra cuánto tiempo se necesita para que lleguemos á conside¬ rar como semejantes nuestros á los hombres de otras razas que presentan con la nuestra una in¬ mensa diferencia de aspecto y de costumbre. La simpatía que alcanza más allá de los limites del hombre, es de'cir, la compasión por los animales. 6 82 CARLOS U. DARWIN parece ser una de las adquisiciones morales más recientes. Exceptuando la que sienten por sus animales favoritos, es desconocida por ios sálvajes. Los abominables espectáculos de los circos prueban cuán poco desarrollado está este senti¬ miento entre los antiguos romanos. Esta virtud, una de las más superiores en el hombre, parece ser resultado accidental del progreso de nuestras simpatías, que, haciéndose más sensibles cuanto más se extienden, acaban por aplicarse á todos los seres vivientes. Una vez honrada y cultivada por algunos hombres, se propaga por la instruc¬ ción y el ejemplo entre los jóvenes y se divulga luego en la opinión pública. ■ El mayor grado de cultura moral que podemos alcanzar es aquel en que reconocemos que debe¬ ríamos dominar nuestros pensamientos y «no soñar de nuevo, ni aun en nuestro fuero interno, en los pecados que han hecho agradable nuestro pasado», según dice Tennyson. Todo lo que fami¬ liariza el espíritu con una mala «00100, la hace tanto más fácil de llevar á cabo. Gomo hace mu¬ cho tiempo dijo Marco Aurelio: «Cuales sean tus pensamientos ordinarios, tal será también el ca¬ rácter de tu espíritu; porque el alma tiene el tinte de los pensamientos.» Nuestro gran filósofo Herberto Spencer ha emitido recientemente su opinión sobre el sentido moral. Dice: «Creo que las experiencias de, utili¬ dad, organizadas y fortalecidas á través de todas las generaciones pasadas de la raza humana,'han producido modificaciones correspondientes, que, por transmisión y acumulación continuas, han llegado á ser entre nosotros ciertas facultades de intuición moral, ciertas emociones correspondien¬ tes á una conducta justa ó falsa, que no tienen EL ORIGEN DEL HOMBRE ninguna base aparente en las experiencias de utilidad individual.» A nnii modo de ver, no se ofre¬ ce la menor improbabilidad inherante al hecho de que las tendencias virtuosas sean hereditarias con nriayor ó menor fuerza; pbrque sin mencionar las disposiciones y hábitos variados transmitidos en muchos animales domésticos^ he oído hablar de casos en que la inclinación al robo y é la mentira parecen existir en familias que ocupan una posi¬ ción desahogada; y como el robo es un, crimen muy raro entre las clases acomodadas, es difícil explicar por una coincidencia accidental la mani¬ festación de la misma tendencia en dos ó tres miembros de una familia. Si son transmisibles las malas inclinaciones, es probable que pase lo mis¬ mo con las buenas. Sólo por el principio de la. transmisión de las tendencias morales podemos darnos cuanta de las diferencias que se cree exis¬ ten, en este concepto, entre las diversas razas de la humanidad. Con todo, hasta ahora no tenemos documentos suficientes para juzgar de ello con completa seguridad. Finalmente, los'instintos sociales que han sido adquii-idos sin duda por el hombre, como por los animales interiores, para el bien de la comunidad, habrán originado en él algún deseo de ayudar á sus semejantes desarrollando algún sentimiento de simpatía. Impulsos de este género le habrán servido, en un principio, de regla de derecho. Pero é medida que habrá progresado en fuerza intelec¬ tual, llegando á ser capaz de seguir las más remo¬ tas consecuencias de sus acciones; que habrá ad¬ quirido bastantes conocimientos para rechazar costumbres y supersticiones funestas; que fijará más su ambición en el bienestar y la dicha de sus semejantes; que el hábito que resulta de la expe- 84 CARLOS R. DARWIN / . . rienda, la instrucción y el ejemplo, habrá desen¬ vuelto y extendido sus simpatías á los hombres de todas las razas, á los enfermos, á los idiotas, á los miembros inútiles de la sociedad, y en fin, hasta á los animales: á medida que hayaddo rea¬ lizando tantos progresos se elevará de más en más el nivel de su moralidad. Los naturalistas de la escuela derivativa y algunos partidarios del siste¬ ma de la intuición admiten que el nivel de la mo¬ ralidad se había elevado ya en un período precoz de la historia de la humanidad. Así como hay á veces luchas entre los diversos instintos de los animalesSnferiores, no nos sor¬ prende que pueda existir también en el hombre una lucha de los instintos sociales y virtudes que de ellos provienen, contra sus impulsos ó deseos de orden inferior, que sean por un momento más fuertes que aquéllos. Este hecho, según la obser¬ vación de M. Galton, no tiene' nada de notable, yo que el hombre ha salido, á partir de una época relativamente reciente, de un período de barbarie. Después de haber cedido á alguna tentación, ex¬ perimentamos un sentimiento de disgusto, que llamamos conciencia, análogo al que acompaña á la no satisfacción de los demás instintos; p'orque no podemos impedir que se presenten conti¬ nuamente á nuestro espíritu las impresiones é imágenes pasados; no nos es posible dejar de compararlas, al verlas ya debilitadas, con los ins¬ tintos sociales siempre presentes ó con hábitos contraídos desdo la infancia y fortalecidos duran¬ te toda la vida, hereditarios tal vez, y que han lle¬ gado de este imodo á ser casi tan enérgicos como los instintos. Al pensar en las generaciones futu¬ ras, no hay ningún motivo para tenier que en ella se debiliten los instintos sociales, y podemos ad- EL ORIGEN DEL HOMBRE 85 - rnilir que los hábitos de virtud adquirirían mayor fuerza fijándose por la herencia. En este caso la lucha entre nuestros instintos más elevados y los inferiores será menos profunda y la virtud triunfará. Resumen de los últimos capítulos .—No puede caber duda alguna en que existe una diferencia inmensa entre el espíritu del hombre más infe¬ rior y del animal más elevado. Si á un mono an¬ tropomorfo íe fuese posible considerarse á sí mismo de una manera imparcial, podría admitir que, aunque capaz de combinar un plan inge¬ nioso para saquear un jardín, ó de servirse de piedras para combatir ó para romper nueces, es¬ taría fuera del alcance de su inteligencia el pen¬ samiento de trabajar una piedra para convertirla en herramienta. Aun le sería más difícil seguir nn razonamiento metafísico, resolver un proble¬ ma matemático, reflexionar sobre Dios ó admirar una imponente escena de la Naturaleza. Con todo (siguiendo la suposición), algunos monos declara¬ rían probablemente que pueden admirar, y que efectivamente admiran, la belleza del color de sus compañeros. Convendrían en que, aunque llegan á comprender en sus gritos á otros monos algu¬ nas de sus percepciones ó de sus más simples necesidades, nunca ha pasado por su cabeza la noción de expresar ideas definidas con sonidos determinados. Podrían afirmar que están dis¬ puestos á ayudar á sus compañeros del mismo grupo de diversas maneras, á arriesgar su vida por ellos y encargarse de sus huérfanos; pero se verían obligados á reconocer que se escapa' com¬ pletamente á su comprensión este amor desinte¬ resado para todas las criaturas vivientes, que constituye el más notable atributo del hombre. 92 CARLOS R. DARWIN los granaderos y sus mujeres de gran talla, han nacido muchos hombres que han alcanzado ele¬ vada estatura. Si consideramos todas las razas humanas como no formando más que una sola especie, .su distribución es enorme; y hasta algunas razas distintas, como los americanos y los polinesios, ocu¬ pan por sí solas una extenc^ón inmensa. Es una ley muy conocida la de quedas especies muy re¬ partidas son más variables que las comprendidas en límites más reducidos, y se puede comparar más exactamente su variabilidad con la de las es¬ pecies esparcidas extensamente, con la de los ani¬ males domésticos. . La variabilidad no sólo parece estar determi-, nada por las mismas causas generales en el hom¬ bre y en los animales inferiores, si que .también en ambas clases de caracteres son afectados de una manera análoga. Monstruosidades que pasan con ligeras variaciones, son igualmente tan pare¬ cidas en el hombre y en los animales, que á am¬ bos se les puede aplicar los mismos nombres y la misma clasificación, como lo prueba I. Geoffroy Saiiit-Hilaire. No hay en ello más que una conse¬ cuencia del hecho de que unas mismas leye:^ pre¬ dominan en todo el reino animal. En mi obra sobre La variación en los animales domésticos, he tratado de agrupar de una manera aproximada las leyes de la variación, bajo las siguientes bases: La acción directa y definida de los cambios de condiciones, probada por el hecho de que todos ó la mayor parle dedos individuos de la misma es¬ pecie varían de la misma manera en las mismas circunstancias. Los efectos do la continuidad'ó de la falta de uso de las portes. La cohesión en las partes homólogas. La variabilidad de las partes EL ORIGEN DEL HOMBRE 9.Í múltiples. La compensación del crecimiento (ley de que aun no he encontrado ningún buen ejem¬ plo en el hombre). Los efectos de una comprensión mecánica de una parte sobre otra, como en el útero la de la pelvis sobre el cráneo del feto. Las causas que determinan la disminución ó la supre¬ sión de partes. El reaparecer por reversión carac¬ teres perdidos desde mucho_tiempo. En fin, la correlación de las variaciones. Todás estas llama¬ das leyes se aplican igualmente al hombre, á los animales inferiores y hasta á la mayor parte de las plantas. Acción directa y definida de los cambios en las condiciones .—Asunto es este sumamente difícil. No se puede negar que el cambio en las condicio¬ nes produce efectos, á menudo considerables, sobre organismos de todos géneros; y al primer golpe de vista parece probable que este resultado será invariable todas las veces que haya tenido el tiempo necesario para efectuarse. Pero no he po¬ dido obtener pruebas bástante claras en.apoyo de esta conclusión, ú la que se pueden oponer argu¬ mentos valiosos, a lo menos en lo que concierne á las innumerables estructuras adaptadas á fínes especiales. Con todo, no cabe duda alguna en que el cambio en las condicioaes provoca una exten¬ sión casi infinita de fluctuaciones "variables, que hacen el conjunto de la organización plástica en algún grado. En los Estados Unidos, cuando la última gue¬ rra, midieron la talla á más de un millón xle sol¬ dados, registrando los Estados en que habían nacido y habían sido criados. Este considerable número de medidas ha probado quer existen in¬ fluencias de alguna clase que obran directamente sobre la estatura, y que «el Estado en que se efec- 94 CARLOS R. DARWIN túa en su mayor parle el crecimiento físico y el en .que se ha nacido, indicando la ascendencia, ejer¬ cen una influen9ia marcada sobre la talla». De este modo se ha afirmado que la «residencia en los Estados del Oeste, durante los años de creci¬ miento, tiende á aumentar la estatura». Es cierto, por otra parte, que el género de vida de los mari¬ neros reduce la estatura, como se puede probar por la gran diferencia que existe entre la talla de los marinos y la de los sciidados, en las edades de diez y siete y diez y ocho años. M. A. B. Gould ha tratado de determinar el género de influencias que obraban tan eficazmente sobre la talla, sin conseguir más que resultados negativos, á saber: que no se relacionan con 'el clima, la elevación del país ó del suelo, ni dependen en grado apre¬ ciable de la abundancia ó de la escasez de las co¬ modidades de la vida. Esta última conclusión está en abierta contradicción con la que dedujo Villermé del estudio de los datos estadísticos sobre los quintos de las diversas provincias de Francia. Cuando se comparan las diferencias ¿pie por este concepto existen entre los jefes de la Polinesia y las clases inferiores de esta misma isla, ó entre los habitantes dé las islas volcánicas y féi’tiles y los de las islas de coral poco elevadas y estériles del mismo litoral, ó entre los indígenas de la Tierra de Fuego, según habiten las costas oriental ú occidental de su país, en las que son muy dife¬ rentes los medios de subsistencia, apenas es posi¬ ble no . aceptar el principio de que mejor alimenta¬ ción y mayor bienestar influyen sobre la talla. Pero los hechos precedentes prueban cuán difícil es llegar á ningún resultado preciso. Recientemen¬ te el doctor Bebdol ha probado que en los habitantes de Inglaterra la residencia en las ciu- EL orna EN DEL HOMBRE 95 dades, unida á ciiertas ocupaciones, ejerce una in¬ fluencia perjudicial sobre la talla, y afirma que este resultado es hasta cierto punto hereditario, como en los Estados Unidos. El mismo autor ad¬ mite además que allí donde una raza puede «al¬ canzar su máximum de desarrollo físico, allí también so eleva al más alto grado de energía y de valor moral», Stf'ignora si las condiciones exteriores pueden producir sobre el hombre algún otro efecto direc¬ to. Debería creerse que las diferencias de clima pudiesen ejercer una influencia marcada, ya que úna baja temperatura aumenta notablemente la actividad de Iqs pulmones, y un clima cálido la del hígado. Se había admitido antes que la luz y el calor determinaban el color de la piel y la natu¬ raleza de los cabellos, y ppr más que es difícil negar el que efectivamente dichos agentes ejerzan alguna influencia de este , g énero, casi todos los observadores convienen actualmente en que sus efectos han sido sólo tenues, aun después de mu¬ cho tiempo. Hay motivos para creer que el frío y la humedad afectan directamente al crecimiento del pelo en nuestros animales domésticos, peró no he encontrado pruebas de este hecho en lo que concierne al hombre. Efectos del crecimiento y de la falta de uso de las partes.—Es sabido que en el individuo el uso fortalece los músculos, mientras que su falta de uso ó la destrucción de su nervio propio los debi¬ lita. (mando se pierde un ojo, á menudo se atrofia el, nervio óptico. La ligadura de una arteria no sólo causa un aumentó en el diámetro de los va¬ sos vecinos, sino también en el espesor y la resis¬ tencia de sus paredes. Cuando,'á consecuencia de alguna lesión, deja de funcionar uno de los riño- 96 CARLOS R. DARWIN nes, aumenta el otro su tamaño y cumple doble trabajo. Los huesos destinados á sostener pesos mayores, aumentan de grosor y de longitud. Dife¬ rentes ocupaciones habituales producen modifi¬ caciones en las proporciones de las diversas par¬ tes del cuerpo. La comisión de los Estados-Unidos pudo comprobar que las piernas de los marineros eran un .0’217 de pulgada mós largas que las de los soldados, por mós que fuese la talla de los prime¬ ros menor por término medio. Ai mismo tiempo sus brazos tenían 1’09 de pulgada menos, y eran, por consiguiente, desproporcionadamente cortos en relación á su escasa talla. Esta menor dimen¬ sión del brazo débese aparentemente á su mayor empleo, pero constituye un resultado imprevisto, ya que los marineros se sirven de los brazos pgra tirar y no para soportar pesos. Se ignora si las modificaciones precitadas lle¬ garían ó ser hereditarias en el caso en que. los mismos hábitos se continuasen durante muchas generariones, pero es probable que así sería. Rengger atribuye la delgadez de las piernas y el grosor de los brazos de los indios payaguas ó que sus generaciones sucesivas han pasado la vida en embarcaciones, sin servirse casi de sus miembros inferiores. Otros autores han formulado opiniones parecidas sobre otros casos análogos. Según Cranz, que ha vivido mucho tiempo entre los es¬ quimales, «los indígenas dicen que el talento y la, habilidad para la pesca de la foca (arte en el que sobresalen) es hereditario; sin duda algo hay de cierto en esto, porque el hijo de un pescador de focas célebre se distinguirá entre los demás, aun¬ que haya perdido á su padre durante la infancia». Se asegura que, al nacer, los hijos de los obreros tienen en Inglaterra las manos más fuertes que EL ORIGEN DEL HOMBRE 97 los de las familias acomodadas. Sin duda, á la correlación que existe, al menos en algunos casos, entre el desarrollo de las extremidad,es y el de las •mandíbulas, se ha de atribuir la reducción de di¬ mensiones que estas últimas presentan en las clases acomodadas, cuyos individuos sólo some¬ ten sus miembros á un débil trabajo. Es positivo que las mandíbulas son generalmente más peque¬ ñas entre las personas civilizadas ó de buena posi¬ ción que entre Icrs obreros ocupados en trabajos mecánicos ó los salvajes. Pero entre estos últi¬ mos, según ha hecho notar H. Spencer, el uso más considerable para la masticación de alimentos groseros y sip cocer debe influir directamente sobre el desarrollo de los músculos masticatorios y el de los huesos con que éstos se relaciqna'n. En los niños, ya mucho tiempo antes del naci¬ miento, la epidermis de la planta de los pies es mucho más espesa que la de cualquiera otra parte del cuerpo, hecho que, á no dudar, se debe á los efectos hereditarios de una presión ejercida durante una larga serie de generaciones. La inferioridad en que se encuentran los euro¬ peos para con los salvajes respecto á la vista y á otros sentidos, es indudablemente efecto de la falta de uso, acumulado y transmitido á través de muchas generaciones. Rengger cuenta haber ob¬ servado en distintas ocasiones europeos criados entre los indios salvajes, y que han pasado con ello^ toda la vida, que no por esto les igualaban en la sutileza de los sentidos. El mismo natura¬ lista nota que las cavidades de cráneo que ocupan los diversos órganos de los sentidos, son más grandes endos indígenas americanos que en los europeos; lo que, sin duda, corresponde á una diversidad de igual orden en las diferencias de los 7 CARLOS R. DARWÍN Órganos mismos. Blumembach ha atestiguado también que las cavidades nasales son mayores en el cráneo de los indígenas americanos, y rela¬ ciona este hecho con la delicadeza de su olfato. Los mongoles de las llanuras del Asia del Norte tienen, según Follas, los sentidos dotados de una perfección sorprendente; y Pinchar cree que la mayor anchura de sus cráneos sobre los zygomas resulta del desarrollo considerable que adquieren sus órganos de los sentidos. Los indios quechuas habitan las altas mesetas del Perú, y Alcides d‘Orbygny asegura que han adquirido pechos y pulmones de dimensiones ex¬ traordinarias, respirando continuamente en una atmósfera muy rarificada. Las células de sus pul¬ mones son también más grandes y numerosas que las de los europeos. Estas observaciones han sido puestas en duda, pero M. D. Jorbes, que ha medido cuidadosamente un gran número de ayma¬ rás, raza vecina á aquélla, que vive á una altura variando entre diez ó quince mil pies, me informa de que difieren muy ostensiblemente de todas las demás razás que ha visto, por la circunferencia y la longitud de su cuerpo. En su tabla de medidas, la talla de cada hombre está representada por 1.000, .refiriéndose á esta unidad las demás dimensiones. Nótase en dicha tabla que los brazos extendidos de lós aymaras, más cortos que los de los euro¬ peos, lo son también mucho ftiás que los de los salvajes. Las piernas son igualmente más cortas, y presentan la notable particularidad de que, en todos los ayúiaras medidos, el fémur era más corto que la tibia. La longitud del fémur, comparada á la de la tibia, estaba por término medio en la relación de 211 á 252, mientras que en los europeos, medidos EL ORIGEN DEL HOMBRE 99 •qI mismo tiempo, la relación era de 214 á 230, y en tres negros de 258 á.251. Tienen también el húme¬ ro más corto que el antebrazo. Esta disminución de la parte del miembro más vecina al tronco, pa¬ rece ser un caso de compensación respecto al prolongamiento de este .último, según me ha in¬ dicado M. Jorbes. Los aymaras presentan otros singulares puntos de conformación, por ejemplo, la escasa proyección del talón. Estos honibres están tan completamente acli¬ matados á su residencia fija y elevada, que cuan¬ do, como otras, veces, los españoles les hacían descender á las llanuras orientales, lo hacen ac¬ tualmente tentados por los considerables sala¬ rios de los lavados auríferos, y sufren una mortali¬ dad espantosa. Siñ embargo, habiendo encontrado todavía M. Jorbes en las llanuras á dos familias que habían sobrevivido durante dos generacio¬ nes, notó que liabían heredado aún sus particula¬ ridades características. Era, con todo, evidente ya ó primera vista que todas éstas habían disminuído^^^y su medida exacta probó que sus cuerpos teníanrmenos longitud que los de los hombres de las mesetas, mientras sus fémures se habían alar¬ gado, ló propio que sus tibias, aunque en menor grado. Estas notables observaciones, á mi modo de ver, prueban evidentemente que una residen¬ cia en gran altura, durante muchas generaciones, tiende á.determinar modificaciones hereditarias en las proporciones del cuerpo, tanto directa como indirectamente. Por más que el hombre puede no haberse mo¬ dificado mucho durante los últimos períodos de su existencia, por causa de un aumento ó dismi¬ nución en el uso de algunas partes, los hechos <iue acabamos de señalar prueban que su aptitud ICO CARLOS E. DARWJN para ello no se ha perdido, y sabemos de lo ma¬ nera más positiva que la misma ley se aplica á los animales inferiores. De ello podemos, por lo tanto, inferir que cuando en una época .remota los antecesores del hombre se hallaban en un estado de transición, durante el cual de cuadrúpedos se transformaron en bípedos, la selección natural habrá: sido considerablemente ayudada por los efectos hereditarios del aumento ó la disminución en el uso de las diferentes partes def cuerpo. ' Límites de desarrollo . —El límite de desarrolla difiere del límite de crecimiento en que las par¬ tes que afecta continúan aumentando el volumen,, conservando su anterior estado. Bastará para nuestro objeto recordar la cesación de desarrollo del cerebro de los idiotas miÓrocéfalos, á cuya descripción ha consagrado Vogt una Memoria. Sus cráneos son más pequeños, y las circunvolu¬ ciones del cerebro menos complicadas que en el hombre normal. La disposición de la frente, pro¬ yectándose sobre las cejas, y el prognatismo esnantoso de las mandíbulas, da á estos idiotas algún parecido con los tipos inferiores de la humani¬ dad. Son débiles en extremó su inteligencia y la mayor parte de sus facultades mentales. No pue¬ den articular ningún lenguaje, son incapaces de una atención prolongada, pero se les ve inclina¬ dos á la imitación. Son fuertes y notablemente activos, brincando y haciendo muecas sin cesar. Suben las escaleras sallando de cuatro en cuatro los peldaños, y tienen cierta invencible tendencia ú encaramarse por los muebles y á trepar á los árboles. Esta última afición nos recuerda la del propio género que se observa en casi todos los niños, y la inclinación que muestran á juguetear, subiéndose á las pequeñas elevaciones de terrena EL OíliaBN DEL HOMBRE 101 .-que á su paso encuentran los cprdQros y cabritos, y^nimales primitivamente alpinos. ^ R eversión—GrvOiXi número de casos aplicables > á esta ley podrían haberse comprendido en el ^ anterior apartado. Cuando una conformación cesa an su desarrollo, pero continúa creciepdo tpdavía hasta semejarse mucho á alguna estructura co¬ rrespondiente existente en algún miembro inferi'or y adulto del mismo grupo, podemos, bajo cierto aspecto, considerarla como un caso de re¬ versión. Los miembros inferiores de un grupo nos suministran algunas indicaciones sobre la proba¬ ble conformación del antecesór común de este grupo, y no sería muy creíble que una parte dete¬ nida en una de las fases de su desarrollo embrio¬ nario, pudiese ser capaz de crecer hasta ejercer ulteriormente su función propia, si dicha parte no ' hubiese adquirido esta facultad de aumentar, en ■ algún estado de existencia inferior, en la cual era normal la conformación excepcional ó detenida. El cerebro simple de los microcéfalos, considerán¬ dolo en cuanto se parece al de un mono, puede, bajo este punto de vista, ser considerado como representando un Caso de reversión. Otros hay que se enlazan más rigurosamente á los hechos de reversión de que aquí nos ocupamos. Ciertas •conformaciones que se encuentran regularmente en los miembros inferiores del grupo de que el hombre forma parte, aparecen ocasionalmente en este último, aunque faltan en el embrión,humano normal, ó si en él se encuentran, se desarrollan ulteriormente de una manera anormal, por más que este modo de evolución sea precisamente el peculiar á los miembros inferiores del grupo. Los siguientes ejemplos harán comprender mejor estas -observaciones: 108 CAELOS R. DARWIÍÍ Variaciones correlativas .—En el hombre, como «n los animales inferiores, muchas conformacio¬ nes parecen estar tan íntimamente enlazadas -entre sí, que cuando una de ellas varía, otra hace lo mismo, sin que podamos, en la mayoría de los casos, indicar la causa. No sabemos decir cuál es la parte que predomina sobre la otro, ó si sobre las dos predomina alguna, desarrollada anterior¬ mente. Diversas monstruosidades se encuentran así énlazados mutuamente, confo^ane lo ha pro¬ bado I. Geoffroy Saint-Hiiaire. Las conformacio¬ nes homologas están particularmente sujetas á variar simultáneamente; esto mismo es lo que ■ observamos sobre los lados opuestos del cuerpo y en las extremidades superiores ó 'inferiores. Hace mucho tiempo Haeckel notó que cuando los músculos del brazó se desvían de su propio tipo, imitan casi siempre á los de la pierna, é inversa¬ mente. Los órganos de la vista y del oído,' los dientes y los cabellos, el color ^e éstos y de la piel, y el tinte y la constitución, están en mayor ó menor correlación siempre. Además de las variaciones que se pueden in¬ cluir en las agrupaciones procedentes, queda ex- -cédente una gran clase, que provisionalmente se puede llamar espontánea, porque, ignorando su origen, los casos que la componen parecen surgir sin causa aparente. Vese, sin embargo, que las variaciones de este género, ya’consistan en ligeras -diferencias individuales, ya en desviaciones de estructura bruscas y considerables, dependen mu- -cho más de la constitución del organismo que de la naturaleza de las condiciones á que ha estado -expuesto. T'asa de crecimiento . — H a s e visto á naciones eivilizadas en condiciones favorables, como los EL ORIGEN DEL HOMBRE 109^. Estados UnidoSj duplicar el número de sus habi¬ tantes en veinticinco años; hecho que, según un cálculo establecido por Euler, podría realizarseai cabo de algo más de doce años. Siguiendo esta proporción, la actual población de los EstadosUnidos, que es de 30 millones, llegaría á ser en 675 años bastante numerosa para ocupar todo el globo, á razón de cuatro hombres por metracuadrado de superficie. El obstáculo lundamental que limita el crecimiento continuo de los hom¬ bres es la dificultad de encontrar su subsistencia y vivir desahogadamente. Así nos podemos expli¬ car el ejemplo de los Estados Unidos, donde lassubsistencias son abundantes y el terreno exten¬ so. Si estos medios so duplicasen en Inglaterra^ duplicaría prontamenle su población. En las na¬ ciones civilizadas, el primero de los dos obstáculosobra, sobre todo, reduciendo el número de matri¬ monios. La proporción más^elevada de la morta¬ lidad de los niños en las clases menesterosas es también muy importante, como lo es igualmente la mortalidad que reina en todas las edades y las diversas enfermedades que se producen eií los inquilinos de habitaciones miserables y malsanas. Los efectos de las epidemias y de las guerras que¬ dan compensados prontamente y con creces en las naciones colocadas en condiciones favorables. La emigración puede contribuir también á una detención temporal, pero no ejerce ninguna in¬ fluencia sensible sobre las más pobres. Hay motivos para sospechar, según Malthus, que la reproducción es actualmente menos activa en los bárbaros que en las naciones civilizadas. No sabemos nada positivo sobre este punto, por¬ que no se ha tratado de hacer censo alguno entre los salvajes; pero resulta del testimonio acorde de lio CARLOS R. DARWIN tos misioneros y otros que han residido mucho tiempo en aquellos pueblos, que sus familias son ordinariamente poco numerosas. Parece que, en parte, se puede explicar este hecho por la costum¬ bre que tienen las mujeres de amamantar á sus hijos durante un larguísimo período; pero es proJ^able que los salvajes, que á menudo arrastran una vida muy penosa y no se procuran una ali¬ mentación tan nutritiva como las razas civilizadas, deben ser realmente menos prolíficos. He probado •en una obra precedente que todos nuestros ani¬ males domésticos y todas nuestras plantas culti¬ vadas son más fértiles que las especies correspon¬ dientes en el estado de naturaleza. No constituye una objeción grave á esta afirmación el hecho de .que los animales que reciben un exceso de ali¬ mento para ser cebados, ó que la mayoría de las plantas repentinamente transportadas de un terre¬ no casi árido á uno muy fértil, van mostrando mayor ó menor esterilidad. Tal afirmación me conduciría á esperar que los hombres que están en cierto sentido sometidos á una elevada civiliza¬ ción, serían más prolíficos que los salvajes. Es probable también que el aumento de fertilidad de las naciones civilizadas, tendería á ser un carácter hereditario, como en nuestros animales domésti¬ cos; sábese, por lo menos, que en las familias humanas se observa una tendencia á la produc- <íión de gemelos. Aunque menos prolíficos que los pueblos civi¬ lizados, los salvajes aumentarían, sin duda, rápi¬ damente, si no estuviese su número reducido ri- .gurosamente por algún motivo. Los Santali, tribu que habita en las montañas de la India, han ofre- <5Ído recientemente un ejemplo de este hecho, porque según ha probado M. Hunter, han tenido EL OKIGBN OEL HÍ.'JIimE 111 Í'' un aumento extraordinario desde la introducción de la vacuna, desde que se han debilitado algunas .epidemias y desde que la guerra ha sido estricta-, mente suprimida. Sin embargo, este aumento hubiera sido imposible si sus individuos no se hubiesen esparcido por los alrededores de su país para trabajar á salario. Los salvajes se casan fre¬ cuentemente, con la limitación de que nunca co¬ múnmente lo efectúan en la edad en que se ad¬ quiere la aptitud para ello. Frecuentemente los jóvenes han de probar que pueden ganar la sub¬ sistencia para la mujer, y por lo general han de proporcionarse, trabajando, el dote necesario para comprarla á sus padres. La dificultad que tienen los salvajes para procurarse la subsistencia, limi¬ taba á veces.su número de una manera mucho más directa que en los pueblos civilizados, porque todas las tribus se hallan exjuiestas á sufrir ham¬ bres rigurosas, durante las cuales vense precisa¬ das á alimentarse miserablemente, comprome¬ tiendo su salud. Obligadas muchas á llevar una vida nómada, causa ésta la muerte de úumerosos niños, según me han asegurado en Australia. Siendo las hambres periódicas, y dependiendo principalmente de las estaciones extremas, deben experimentar todas las tribus fluctuaciones en el número de sus pobladores. Estos no pueden au¬ mentar de un modo regular y constante, ya que no poseen medio alguno para hacer artificialmente mayor la cantidad del alimento. Cuando á ello se ven impulsados por la necesidad, los salvajes in¬ vaden los territorios vecinos, de lo cual resulta úna guerra con la tribu que los ocupa: es verdad, por otra parte, que dos tribus inmediatas siempre están en guerra. En sus tentativas para procurarse los medios de subsistencia, hállense expuestos á 112 CARLOS R. DARWIN numerosos accidentes sobre la tierra y sobre eí agua, y en algunos países han de defenderse, no siempre con éxito, de los grandes animales dañi¬ nos. Ha llegado á suceder en la India que algunos distritos han quedado despoblados por los estra¬ gos cometidos por los tigres. Malthus ha estudiado estas diversas causas de limitación en el aumento de población, pero na insiste bastante sobre ün hecho, tal vez el más importante de todos, el del infanticidio' y las prác¬ ticas para producir el aborto. Estas últimas reinan actualmente en muchas partes del globo, y según M. Lennan, el infanticidio parece haber predomi¬ nado otras veces en una escala aun más conside¬ rable. Tal vez tales crímenes tengan su origen en la dificultad y aun la imposibilidad en que se en¬ cuentran los salvajes para poder alimentar á los hijos que nacen. A las causas precedentes de limi¬ tación puede añadirse tal vez la del desarreglo de conducta; pero estas últimas no resultan de una falta absoluta de medios de subsistencia, aunque hay motivos para admitir que en algunos países (como ia China) se haya estimulado intencionada¬ mente el infanticidio, con el objeto de mantener la población en unos límites constantes. Si dirigimos nuestras miradas ú una época extremadamente remota, antes que el hombre hubiese adquirido la, dignidad del Ser humano» veremos que debía entonces obrar más por ins¬ tinto y menos por razón que los salvajes actuales. Nuestros antecesores primitivos semihumanos no practicarían el infanticidio, ya que los instintos de los animales inferiores nunca se muestran en tal estado de perversión que les impulsen á des¬ truir su prole. Tampoco debían poner al matrimo¬ nio las trabas de prudencia, y los individuos de EL ORIGEN DEL HOMBRE 113 ambos sexos' se aparejaban desde muy jóvenes. Los antecesores del hombre debieron tender, por consiguiente, 6 multiplicarse rópidamente, pero obstáculos de alguna clase, periódicos ó constan¬ tes, contribuirían á reducir su número con más rigor tal vez que entre los actuales salvajes. La naturaleza de estos obstáculos puestos al des¬ arrollo del hombre, como al de la mayor parte de los animales, no es desconocida ha^ta ahora. Sa¬ bemos que el ganado caballar y el vacuno, que no . es muy prolífico, ha aumentado con una enorme rapidez desde su introducción en la América del Sur. El animal más lento en reproducirse, el ele¬ fante, poblaría.el mundo entero en algunos milla¬ res de años. EÍ aumento de diversas especies de monos debe estar limitado por alguna causa, pero no, como hace notar Brehm, por los ataques de las fieras. Nadie pretenderá que la fuerza reproductriz actual del ganado de América haya crecido primeramente de una manera sensible para dis¬ minuir más tarde, á medida que cada región se poblase de un modo más completo. En este caso, como en los anteriores, es fácil haya habido un concurso de muchos obstáculos, difiriendo según las circunstancias; en el número de los más im¬ portantes deben probablemente incluirse las ca-' restías periódicas, resultado de las estaciones desfavorables. Lo mismo ha debido ocurrir á los antecesores primitivos del hombre. ^ Selección natural .—Hemos visto ya que el hom¬ bre varía por el cuerpo y el espíritu, y que tales variaciones son provocadas directa ó indirecta¬ mente por las mismas causas generales y según las mismas leyes que rigen-para con los animales inferiores. Extensamente esparcido el hombre por la superficie de la tierra, en sus incesantes 8 114 CARLOS R. DARWIN emigraciones ha de haberse hallado expuesto á las más distintas condiciones. Los habitantes de la Tierra de Fuego, del cabo de Buena Esperanza y de la Tasmania, en uñó de los hemisferios, y los de las regiones árticas en el otro, deben haber pasado por muchos climas y modificado muchas veces sus costumbres antes de fijarse en sus ac¬ tuales países. Los primeros antecesores del hom¬ bre, como todos los demás animales, tenderían á multiplicarse mucho más de lo que permitían sus medios de subsistencia; estarían expuestos oca¬ sionalmente á una lucha por la existencia, y por consiguiente, hallaríanse sujetos á la inflexible ley de la selección natural. Variaciones ventajosas de todos géneros habrán sido de e'ste modo accideiital ó habitualmente observadas, á la par que eliminadas las perjudiciales. No me refiero con esto á las pronunciadas desviaciones de confor¬ mación, que sólo aparecen á largos intervalos, sino sólo á las diferencias individuales. Sabemos, por ejemplo, que los músculos que provocan los movjmientos de nuestras manos y de nuestros pies están sujetos, cpmo los de los animales infe¬ riores, á una gran variabilidad. Si los antecésores simia nos del hombre (habitando una región cual¬ quiera y estando en camino de cambiar sus con¬ diciones) hubiesen estado divididos en dos grupos iguales, el grupo que contendría todos los indivi¬ duos más aptos, por su organización motriz, para procurarse la subsistencia ó para defenderse, su¬ ministraría un promedio mayor de sobrevivientes y produciría más descendientes que el otro grupo menos favorecido. Aun en el estado más imperfecto en que,exista actualmente, el hombre es la forma animal más preponderante que ha aparecido en la tierra. Se Eli ORIGEN DEL HOMBRE 115 ha esparcido con mucha mayor profusión que otro tipo alguno de organización elevada; todos le han cedido el paso. Debe evidentemente el hombre esta inmensa superioridad á sus facultades inte¬ lectuales, ó sus hábitos sociales, que le conducen á ayudar y á defender á sus semejantes y á su con¬ formación corporal. La suprema importancia de estos caracteres está probada por el resultado final fiel combate por la existencia. Por la fuerza fie su inteligencia ha fiesarrollafio el lenguaje articulafio, que ha llegado á ser el agente principal de su sor¬ prendente progreso. Ha inventado diversas armas, herramientas, lazos, etc. Ha construido balsas ó embarcaciones con las que ha podido dedicarse á la pesca y pasar de una isla á otra vecina más fértil. Ha descubierto el arte de encender fuego, y con su ayuda ha podido hacer comestibles y di¬ geribles raíces duras y estoposas, logrando tam¬ bién cocer plantas, que, venenosas crudas, cocidas han sido inofensivas. El descubrimiento de aquel arte, el mayor tal vez después del lenguaje, data de una época muy inferior á los primeros albores de la historia. Tan diversas invenciones, que habípn hecho al hombre preponderante aun en su estado más inferior, son el resultado directo de sus apti¬ tudes para la observación, la memoria, la curiosi¬ dad, la imaginación y el raciocinio. El acto de arrojar una piedra con la precisión <íon que lo hoce un indígena de la Tierra de Fuego, sea para defenderse, sea para matar un pájaro, exige la perfección más consumada en la acción combinada de los músculos de la mano, del brazo y de la espalda y de un sentido táctil bastante fino. Para echar una piedra ó una lanza, como para otros muchos actos, el hombre debe afirmar¬ se sobre sus pies, lo cual exige aún la coadapta- 116 CARLOS R. DARWIN ción perfecta de una porción de músculos. Para tallar un pedernal, convirtiéndolo en la herra¬ mienta de una ejecución más grosera, ó para dar á un hueso la forma de un corchete ó de un an¬ zuelo, se necesita una mano, completa, porque, como ha hecho notar M. Schoolcraft, el arte de transformar fragmentos de piedra en cuchillos, lanzas ó puntas de flecha, denota «una habilidad extremada y una larga práctica». De ello tenemos una prueba en que los hombres primitivos prac¬ ticaban la división del trabajo; no confeccionaba cada individuo de por sí sus herramientas de pe¬ dernal ó su grosera vajilla, sino que parece que ciertos individuos se consagraban á esta clase de trabajos, recibiendo sin duda en cambio el pro¬ ducto de la caza. Los arqueólogos están convenci¬ dos de que un gran período ha debido transcurrir antes de que nuestros antecesores hayan pensado en desgastar la superficie de los pedernales, llenos de aristas, para hacer útiles pulimentados. Un animal que se pareciese al hombre, provisto de una mano y un brazo bastante perfecto para arro¬ jar con precisión una piedra ó para labrar eií el .pedernal un grosero útil, podría, indudablemente, con una suficiente práctica, realizar casi todo lo que un hombre civilizado es capaz de hacer, tan sólo en lo que concierne á la habilidad mecánica. Bajo este aspecto, puede compararse la confor¬ mación de la mano á la de los órganos vocales, que sirven en los monos para la emisión de diver¬ sos gritos ó de cadencias musicales como en una especie, mientras en el hombre, órganos vocales muy parecidos se adaptan, por los efectos heredi¬ tarios del uso, á la expresión del lenguaje articu¬ lado. Pasemos ahora á los vecinos más inmediatos EL ORiaEN DEL HOMBRE 117 al hombre, y por lo tanto, á los mejores represen¬ tantes de nuestros primitivos antecesores. Las manos de ios cuadrumanos están conformadas sobre el mismo modelo general que las nuestras, aunque aquéllas están dispuestas con menos per¬ fección para diversos usos. Sus manos no les sir¬ ven tan bien para la locomoción como las patas al perro; así se observa en los monos que andan apoyándose sobre los bordes extremos de la pal¬ ma de la mano ó sobre el reverso de sus dedos doblados, como el orangután y el chimpancé. En cambio son sumamente á propósito para trepará ios árboles. Los monos cogen, como nosotros, ramas delgadas ó cuerdas entre el pulgar por una parte y los dedos y la palma por otra. Así pueden llevar á sus labios objetos bastante grandes, como por ejemplo, una botella. Los babuinos arrancan •raíces con sus manos, cogen, oponiendo el pulgar á los demás dedos^,avellanas, insectos y otros ob¬ jetos pequeños, y sacan así los huevos y los polluelos de los niños. Los monos americanos ma¬ gullan, golpeándolas sobre una rama, las naranjas silvestres hasta que, hendida la piel, la pueden arrancar con sus dientes. Otros monos abren con ayuda de los pulgares las conchas de las almejas. .Se arrancan las espinas que se clavan en su cuer¬ po y se buscan mutuamente sus parásitos. En el estado de naturaleza rompen los frutos de cás¬ cara fuerte golpeándolos con guijarros. Hacen rodar las piedras ó las arrojan á sus enemigos; sin embargo, ejecutan todos estos actos con mu¬ cha torpeza,.y ni siquiera son capaces de arrojar una piedra con precisión. Dista mucho de ser verdad, á mi modo de ver, el que ya que los monos cogen torpemente los objetos, «un órgano de prensión menos deta- 124 CARLOS R. DARWIN de los mamíferos actuales, pertenecientes á los mismos grupos, ha llegado á la notable conclusión de que en las formas modernas el cerebro es ge¬ neralmente mayor y sus circunvoluciones más complejas. He probado en otra obra que el cere¬ bro del conejo doméstico ha disminuido de tama¬ ño comparado con el del conejo silvestre ó de la liebre, lo cual puede atribuirse á que, viviendo los conejos en cautividad durante numerosas generaciones, han ejercitado muy poco su inte¬ ligencia, instintos, sentidos y movimientos volun¬ tarios. V El peso y el volumen crecientesdel cerebro y del cráneo en el hombre, han debido sufrir sobre ol desarrollo d.e la columna vertebral que los so.- porta, sobre todo‘mientras la cabeza tendía á er¬ guirse. En este cambio de posición, la posición interna del cerebro también habrá influido sobre la forma del cráneo, la cual, como lo prueban muchos hechos, se resiente fácilmente por accio¬ nes de esta clase. Los etnólogos admiten que puede ser modificada por el género de cuna en que se deposita el niño. Espasmos musculares habituales y una cicatriz que había resultado de una fuerte quemadura, modificaron una vez de una manera permanente los huesos de la cara. En jóvenes que, después de una enfermedad, que¬ da fijada la cabeza á un lado ó hqcia atrás, un ojo ha cambiado de posición y los huesos del cráneo se han modificado, cambios que parecen resultar de una presión ejercida por el cerebro, siguiendo una nueva dirección. Estos y otros hechos nos hacen comprender, hasta cierto punto, cómo han podido adquirirse las grandes dimensiones,y la forma más ó menos redonda del cráneo, constituyendo los Caracteres EL ORIGEN DEL HOMBRE 125 que tan eminentemente distinguen al hombre de los animales inferiores. Otra diferencia notable consiste en la desnudez de su piel. Las ballenas y delfines (cetáceos) y el hipopótamo la muestran igualmente; esto puede serles útil en el medio acuático en que están desti¬ nadas á moverse, sin perjudicarles por la pérdida de calor, ya que las'especies que habitan las re¬ giones frías están protegidas por un espeso reves¬ timiento de grasa, que llena el mismo, objeto que la piel revestida de pelo de las focas y de las nu¬ trias. Los elefantes y los rinocerontes están casi desprovistos de pelo, y como ciertas especies ex¬ tinguidas que en otras épocas vivían en un clima ártico estaban entonces cubiertas de una lona, parecería que las especies actuales de los dos gé¬ neros han perdido su revestimiento piloso bajo la infiuencia del color. Esto parece tanto más proba¬ ble, ya que los elefantes que en la India habitan distritos elevados y frescos, son más vellosos que los de los países más bajos. ¿Podemos inferir de este hecho que el hombre haya perdido su reves¬ timiento piloso á consecuencia de haber habitada primitivamente un país tropical? El conservarse ios pelos, en el sexo masculino principalmente, sobre la cara y el pecho, y en ambos sexos en las conjunciones de los cuatro miembros con el tron¬ co, serían hechos que apoyarían esta afirmación, admitiendo que se haya perdido el pelo antes de que el hombre haya adquirido la posición vertical, porque precisamente las partes que han conser¬ vado más pelos son las que entonces estarían más abrigadas contra el sol. La parte superior de la cabeza presenta, sin embargo, una curiosa ex¬ cepción, ya que en todos tiempos debe haber sido una de las partes más expuestas, y á pesar de 126 CARLOS R. DARWIN •ello, está espesamente revestida de cabello. Bajo este aspecto, el hombre conviene con la gran ma¬ yoría de los cuadrúpedos, que tienen general¬ mente su superficie exterior y expuesta más espesa que la inferior. El hecho de los otros miembros del orden de los primatos, á que perte¬ nece el hombre, aunque habitando diversas regio¬ nes tórridas, están muy cubiertos de pelos, sobre todo en la parte exterior, y contradice abierta¬ mente la hipótesis de que el hombre haya perdido la vellosidad general por la acción del sol. Por lo tanto, en vista de estos hechos, estoy dispuesto á creer que, conforme veremos á propósito de la selección sexual, el hombre, ó mejor, ha mujer primitiva, ha debido despojarse de sus pelos con algún objeto de ornamentación. Según una opinión popular, la falta de cola es uri hecho que eminentemente distingue al hombre; pero no lo caracteriza especialmente, ya qu^ el' mismo órgano falta en los monos que por su con¬ formación se acercan más al tipo humano. No se ha tratado de dar, al menos que yo sepa, ninguna explicación de la ausencia de cola en algunos mo¬ nos y en el hombre, cosa que, por otra parte, no tiene nada de extraño, porque este órgano puede presentar diferencias extraordinarias de extensión en las diversas especies de un mismo género. En algunas especies de macacos, por ejemplo, la cola es más larga que el cuerpo entero, y comprende veinticuatro vértebras; en otras se ve reducida á un trozo, apenas visible, compuerto de tres ó cuatro vértebras. De veinticinco vértebras se com¬ pone la certa en algunas especies de babuinos, mientras la del mandril no posee sino diez peque¬ ñas y desmirriadds, ó, según Guvier, solamente einco. Esta gran diversidad en la conformación y EL OílIGEN DEL HOMBRE 127 ia longitud de la cola en animales del mismo gé¬ nero é iguales costumbres, prueba casi que este órgano no tiene para ellos una grande importan¬ cia, de lo cual deberíamos esperar que en alguna ocasión llegaría á ser más ó menos rudimentaria, conforme continuamente lo observamos á propó¬ sito de otras conformaciones. La cola, sea larga ó corta, se adelgaza hacia su extremidad,, lo que, según presumo, resulta de Ta atrofia, por falta de uso, de los músculos terminales, con sus arterias, y nervios, arrastrando también la de los huesos. En lo que concierne ú la región coxígea (que en el hombre y los monos superiores se compone evidentemente de algunos segmentos reducidos de la base de una c'ola ordinaria), se ha pregunta¬ do algunas veces cómo se había podido hallar tan completamente hundida en el cuerpo. La res¬ puesta no es difícil, ya que en muchos monos los segmentos de la base de la verdadera cola se hallan parecidamente escondidos. M. Murie me informa de que en el esqueleto de un Macacas inornaius no adulto, ha contado nueve ó diez vér¬ tebras caudales que no tenían juntas más que 45 milímetros de longitud y de las que las tres pri¬ meras parecían estar hundidas, y las demás form'abínn la parte libre de la cola, que sólo tenía 25 milímetros de'larga y la mitad de espesor. Aquí las tres vértebras caudales hundidas correspon¬ den claramente á las cuatro vértebras disimuladas por una soldadura completa, que componen el coxis en la raza humana. He tratado de demostrar que algunos de los caracteres más distintivos del hombre han sido obtenidos, según todas las probabilidades, ó direc¬ tamente ó más á menudo de una manera indirec¬ ta, por selección natural. No olvidemos que no 128 CARLOS R. DARWIN han podido ser adquiridas de este modo las mo¬ dificaciones de estructura ó de constitución que no prestan ningún servicio á un organismo, adap¬ tándolo á su modo de vivir, á los alimentos que consume, ó pasivamente á sus condiciones am¬ bientes. A pesar de esto, no podemos decidir con mucha seguridad cuáles son las modificaciones que pueden ser ventajosas á cada organismo, porque ignoramos aún mucho sobre el empleo de numerosas partes y sobre la naturaleza de los caríibios que deben experimentar la sangre y los tejidos para adaptar un ser á un nuevo clima ó á una alimentación diferente. También debemos tener en cuenta el principio de la correlación que enlaza entre si tantas extrañas desviaciones.de estructura, como lo ha probado I. Geoffroy res¬ pecto al hombre. Independientemente de la corre¬ lación, un cambio en una parte puede arrastrar ó otras partes á modificaciones del todo inespera¬ das, debidas á un aumento ó disminución de uso. Conviene al propio tiempo reflexionar acerca de los hechos relativos al maravilloso crecimiento de las agallas, provocadas en las plantas por la picajdura de un insecto; acerca de los notables cam- *bios de.color determinados en los loros dándoles por alimentos ciertos pescados, ó inoculándoles el veneno de ciertos sapos: hechos todos que prueban que los fluidos del sistema, alterados con un fin especial, pueden provocar otros cam¬ bios extraños. Sobre todo, debemos recordar siem¬ pre con modificaciones adquiridas, y habiendo continuamente servido para algún uso útil en los tiempos pasados, han debido pasar á ser muy fijas y continuar heredándose mucho tiempo. Veo actualmente que es muy probable que to¬ dos los seres organizados, incluso el hombre, pre- EL ORIGEN DEL HOMBRE 129 sentan muchas modificaciones de estructura que ni les son de ninguna utilidad presente, ni les han sido útiles en el pasado. Ignoramos lo que pro¬ duce estas* innumerables pequeñas diferencias que existen entre los individuos de cada especie, porque si las explicamos por efectos de reversión, no hacemos más que apartar el problema algunos pasos hacia atrás; por otra parte, cada particula¬ ridad ha debido tener su causa propia. Si éstas causas, sean cuales fueren, obrasen más uniforme y enérgicamente durante un largo período (y no hay ninguna razón para que haya dejado de ser así muchas veces), su resultatlo sería probable¬ mente algo más que simples y ligeras diferencias individuales: sería más bien modificaciones cons¬ tantes y muy pronunciadas. Las modificaciones, no siendo ventajosas en ningún modo, no pueden haber sido mantenidas uniformes por selección natural, ya que ésta tiende á eliminar á las que son perjudiciales. A pesar de todo, la uniformidad de carácter podría resultar de la que se supone en sus causas determinantes, y podría ser efecto también del libre cruzamiento de muchos indivi¬ duos. De esta manera, el mismo organismo podría adquirir, durante períodos consecutivos, sucesi¬ vos modificaciones, que se transmitirían casi uni¬ formemente, en tonto que se conservasen las mis¬ mas causas influyentes y el cruzamiento libre. En cuanto á lo que concierne á las causas determi¬ nantes, sólo podemos decir, á propósito de las variaciones espontáneos, que se enlazan más íntimamente á la constitución del organismo'va¬ riante que á la naturaleza de las condiciones á que se encuentra sometido. , Conclusiones .—Hemos visto en este capítulo que, como otro animal cualquiera, estando el 9 130 CARLOS R. DAR WIN hombre actual sujeto á diferencias individuales multiformes, ó variaciones ligeras, lo habrán es¬ tado, también sin duda sus primitivos antecesores, ya que, entonces como ahora, son provocadas por las mismas causas y regidas por las'mismas leyes generales y complejas. Tendiendo á multiplicarse todos los animales con más rapidez que sus me¬ dios de subsistencia, lo mismo habrá sucedido á los antepasados del hombre, lo que inevitable¬ mente les habrá arrastrado á úna lucha por la existencia y á la selección natural. Esta última habrá sido considerablemente ayudada en su ac¬ ción por los efectos hereditarios de los órganos desarrollados por aumento de uso, ya que ambos fenómenos influyen constantemente,, uno sobre otro. Parece también que el hombre ha adquirido muchos caracteres insignificantes por selección sexual. Otra clase de cambios, no explicada,y tal vez bastante importante, debe atribuirse á la ac¬ ción, uniforme de estas influencias desconocidas, que ocasionalmente provocan en nuestros pro¬ ductos domésticos las desviaciones bruscas y pronunciadas de conformación, de que presentan algunos ejemplos. A.juzgar por las costumbres de los salvajes y de la mayor parte de los éuadrumanos, los hom¬ bres primitivos antecesores nuestros, simio-hu¬ manos, vivían probablemente en sociedad. En los animales rigurosamente sociables, la selección natural obra algunas veces indirectamente sobre el individuo, no conservando sino las variaciones que son útiles á la comunidad. Una asociación que comprenda gran número de individuos bien dotados, triunfa de aquellas cuyos miembros no están tan favorecidos, por más que cada uno de los individuos que componen la primera no pre- EL ORIGEN DEL HOMBRE 131 sente tal vez ninguna superioridad sobre los de¬ más miembros de la misma comunidad. Así han sido adquiridas muchas conformaciones sorpren¬ dentes de los insectos sociables, que prestan es¬ casos ó nulos servicios al individuo ó á su prole, tales como el aparato colector del polen, el agui¬ jón de la abeja obrera y las fuertes mandíbulas de’ la hormiga soldado. Ignoro si alguna conforma¬ ción ha sido modificada únicamente para el bien de la comunidad en los animales sociables supe¬ riores, por más que haya algunas que parecen prestarle servicios secundarios. Por ejemplo, los cuernos de los rumiantes y los fuertes caninos de los babuinos parecen haber sido adquiridos por los machos en el concepto de armas para la lucha sexual, pero sirven también para la defensa de la manada. Como veremos en el capítulo siguiente, el caso difiere completamente en lo que concierne á ciertas facultades mentales; porque éstas han sido principal y casi exclusivamente adquiridas en ventaja de la comunidad, y sólo es indirecto el beneficio que sacan al propio tiempo de ellas los individuos que la componen. A menudo se ha objetado á las ideas que aca¬ bamos de exponer, que siendo el hombre uno de los seres más débiles y el menos apto para defen¬ derse que existe en la Naturaleza, debía ser aún más débil y menos apto cuando, en sus condicio¬ nes anteriores, se encontraba en un estado de menor desarrollo. El duque de Argyll, por ejemplo, afirma que «la conformación humana ha divergido de la del bruto en el sentido de un debilitamiento -físico y de unamayor impotencia. Divergencia que, entre todas las demás, no puede atribuirse á la simple selección natural». Este escritor invoca el «stado de desnudez y sin defensa del cuerpo, la 132 CARLOS R. DARWIN falta de grandes dientes ó garras adecuadas á este' uso, la escasa fuerza que tiene el hombre, su poca rapidez en las carreras, la insuficiencia de su ol¬ fato para hallar su alimento ó evitar el peligro. Podría añadir además á estas imperfecciones la pérdida más grave de su aptitud para trepará los árboles al huir de sus enemigos. Viendo que ios habitantes de la Tierra de Fuego pueden subsistir sin vestidos en su horrible clima, no considera¬ mos que la pérdida del vello haya sido tan perju¬ dicial al hombre primitivo que habitaba un país cálido. Cuando comparamos al hombre sin de¬ fensas con los monos, muchos de los cuales éstán provistos de formidables dientes caninos, recorda¬ mos que sólo en los monos machos estos dientes alcanzan desarrollo completo y les sirven esen¬ cialmente para luchar contra sus rivales; las hem¬ bras, que no los poseen tan desarrollados, no por esto dejan de subsistir. Respecto á la fuerza y á la talla del cuerpo, no sabemos si el hombre desciende de alguna espe¬ cie comparativamente pequeña, como el chim¬ pancé, ó de una tan vigorosa como el gorila; por lo tanto no podemos decir si el hombre ha pasa¬ do á ser más grande y más fuerte, ó más peque¬ ño y más débil que lo eran sus antecesores. Sin embargo, debemos calcular que un animal de gran talla, dotado de fuerza y de ferocidad, y pudiendo, como el gorila, defenderse de todos los enemigos, probable, aunque no necesariamente, no llegaría á ser sociable: en tal caso, esto hu¬ biera, constituido un obstáculo inmenso para que el hombre adquiriese sus cualidades mentales de elevado orden, tales como la simpatía y el afecto para con sus semejantes. Considerándola de esta manera, habría sido ventajoso al hom- EL ORiaBN DEL HOMBRE 133 bre deber su origen á un ser comparativamente más débil. La poca fuerza corporal del hombre, su escasa velocidad en la locomoción, su carencia de armas naturales, etc., están cogipensadas con exceso: primero, por sus fuerzas intelectuales, que le han permitido, aun en su estado salvaje, fabricar ar¬ mas, útiles, etc., y segundo, por sus aptitudes so¬ ciales, que le han impulsado á ayudar á sus seme¬ jantes, y á recibir, en pago, ayuda de ellos. No hay país en el mundo en que más abunden las fieras que en el Africa meridional; ningún país en que las privaciones y la vida iguale á la de las re¬ giones árticas; y con todo esto, una de las razas más mezquinas y ruines, la de los bosquimanes, se mantiene en el Africa del Sur, de la misma mane¬ ra que los esquimales persisten eií las regiones polares. Los primeros antecesores del hombre eran sin duda inferiores, por la inteligencia y pro¬ bablemente por sus disposiciones sociales, á los salvajes más desgraciados que existen actual¬ mente; pero es perfectamente concebible que pue¬ den haber existido y hasta prosperado, si al propio tiempo que perdían por una parte lentamente su fuerza brutal y sus aptitudes salvajes, ganaban por otra parte en inteligencia. Pero aun conce¬ diendo que los antecesores del hombre hayan estado más desprovistos de recursos y de medios de defensa que los salvadores modernos, no se habrían hallado expuestos á ningún peligro par¬ ticular si hubiesen habitado algún continente cᬠlido ó alguna grande isla, como la Australia, la Nueva Guinea ó Borneo (el orangután habita aún en esta última región). Sobre una superficie tan considerable como la de una de estas islas, la -competencia entre las tribus habría, en condicio- 140 CARLOS R. DARWIN valor, ya que una forma cualquiera de gobierno es preferible á la anarquía. Los pueblos egoístas y levantiscos están desprovistos de esta coheren¬ cia, sin la cual nada es posible. Una tribu que poseyese en grado superior las cualidades preci¬ tadas se extendería y triunfaría sobre las demás; pero, á juzgar por la historia del pasado, también á su vez sería vencida por otra tribu, aun mejor dotada que ella. De este modo las cualidades mo¬ rales y sociales tienden siempre á progresar len¬ tamente y difundirse por el mundo. Pero se preguntará: ¿cómo han sido, en un principio, dotados de estas cualidades sociales y morales tantos individuos en los límites de una misma tribu? ¿De qué modo se ha elevado el nivel de perfección? Es muy dudoso que ios des¬ cendientes de padres más bondadosos ó más fieles á sus compañéros hayan sido producidos en mayor número que los de los individuos egoístas y pérfidos de la tribu. El individuo que prefiere sacrificar su vida antes que hacer traición á los suyos, no deja tal vez hijos para heredar su noble naturaleza. Los hombres más valientes, que luchan siempre en lo vanguardia y exponen su vida por sus semejantes, es más probable que sucumban por lo regular en mayor número que los demás. Apenas parece posible, por lo tanto (admitiendo que sólo nos ocupamos de una tribu victoriosa sobre otro), que el número de hombres dotados de estas virtudes ó el grado de perfección hayan podido aumentar por selección natural, ó sea por sobrevivir el más apto. Aunque las circunstancias que determinan un ■ aumento en el númei’o de hombres bien dotados en una misma tribu sean demasiado complejas para ser seguidas claramente, podemos recordar EL ORIGEN DEL HOMBRE 141 algunas de las etapas probablemente recorridas. En primer lugar, mejorándose el raciocinio y la previsión de los miembros, cada uno aprende pronto, por experiencia, que si ayuda á sus seme¬ jantes, éstos le ayudarán á su vez. Ya este móvil poco elevado, acostumbrándole, á cumplir actos de bondad,, podría fortalecer ciertamente el senti¬ miento de la simpatía que imprime la primera tendencia á la buena acción. Los hábitos seguidos durante muchas generaciones se encaminan á convertirse en hereditarios. Haytodavía otro y más poderoso estímulo para el desarrollo de las virtudes sociales: la aprobación y la censura de nuestros semejantes. El amor del elogio ó el miedo de la infamia dé¬ banse primitivamente al instinto de la simpatía, el cual se ha adquirido, sin duda, como todos los demás instintos sociales, por selección natural. Excusado, es decir que no podemos saber en qué período los antecesores del hombre, en-el curso de su desarrollo, han llegado á ser capaces del sentimiento que les impulsa á ser afectados por el elogio y la censura de sus semejantes. Sin em¬ bargo, los perros mismos son sensibles al estí¬ mulo, al elogio, á la reprobación. Que los salvajes más groseros experimentan el sentimiento de la gloria, pruébalo evidentemente la importancia que conceden á la conservación de los trofeos, frutos de sus proezas, su jactancia’extremada y los exce¬ sivos cuidados que se toman para «adornar y em¬ bellecer á su modo su cuerpo; tales costumbres no tendrían razón de ser si no hiciesen caso algu¬ no de la opinión de sus camaradas. Podemos admitir que, ya en una época muy remota, el hombre primitivo podía sentir la in¬ fluencia del elogio y de la reprobación de sus se- 142 CARLOS R, DARWIN mejantes. Es evidente que los miembros de la misma tribu debían aprobar toda conducta que les pareciese favorable al bien general y reprobar la que les perjudicase. Hacer el bien á los demás —hacer con los otros lo que quieras que te hagan ellos—es la piedra fundamental del edificio de la moral. Es imposible disminuir la importancia que el amor al elogio y el miedo á la reprobación han debido tener aún en tiempos muy atrasados. El hombre á quien un sentimiento profundo é ins¬ tintivo no impulsase á sacrificar su vida por el bien, ajeno, podía, con todo, ser movido á reali¬ zar parecidos actos por su sentimiento ambicioso de gloria, para excitar, con un ejemplo, el mismo deseo en otros, fortaleciendo así-porla práctica la noble necesidad de*la admiración. Con tales actos favorecería más á la tribu, que dejando eñ ella una prole numerosa, heredera de su grande y or¬ gulloso carácter. Un aumento de experiencia y de raciocinio permite al hombre comprender las más lejanas consecuencias de sus acciones; y las virtudes per¬ sonales como la temperancia, la castidad, etc., que eran desconocidas en los primeros períodos, aca¬ ban por ser apreciadas y aun tenidas como sagra¬ das, No necesito repetir lo que sobre este particular he escrito en el capítulo tercero. Lo que constitu¬ ye en conjunto nuestro sentido moral ó concien¬ cia es un sentimiento complicado que nace de los instintos sociales; está principalmente dirigido por la aprobación de'nuestros , semejantes; lo regla¬ menta la razón, el interés, y en tiempos más re¬ cientes, los sentimientos religiosos profundos, y lo fortalece la instrucción y el hábito. Es preciso no olvidar que aunque un grado muy elevado de moralidad no da á cada individuo EL ORIGEN DEL HOMBRE 143 y á sus hijos sino pocas ó nulas ventajas sobre los demás hombres de la misma tribu, todo progreso aportado al nivel medio de la moralidad y un au¬ mento en el número de los individuos bien dota¬ dos bajo este aspecto, procurarían positivamente •á esta tribu una ventaja sobre otra cualquiera. No cabe duda alguna de que una^tribu que com¬ prenda muchos miembros llenos de un gran espí¬ ritu de patriotismo, de fidelidad, de obediencia, de valor y de simpatía, prestos á auxiliarse mutua¬ mente y á sacrificarse al bien común, triunfará sobre la gran mayoría de las demás, realizándose 'una selección natural. En todos los tiempos y en ol mundo entero, unas tribus han suplantado á otras; y siendo la moralidad uno de los elementos para alcanzar la victoria, el número de los hom¬ bres en quienes se eleva el nivel moral tiende siempre á aumentar. Es difícil detérminar, sin embargo, el por qué una tribu dada habrá logrado elevarse, con pre¬ ferencia á otVa, en la escala de la civilización. Muchos salvajes se encuentran en las mismas condiciones en que se hallaban cuando fueron des¬ cubiertos hace algunos siglos. Conforme ha hecho observar M. Bagehot, nos inclinamos á considerar el progreso como una regla normal de la sociedad humana; pero la historia refuta esta opinión. De ella no tenían la menor ‘idea los antiguos, como no la tienen las naciones actuales del Oriente. Según otra autoridad, M. «la mayor parte de la humanidad no ha denioátrado nunca ningún deseo de ver mejorar sus instituciones civiles». El progreso parece depender del concurso de un gran número de condiciones favorables, demasia¬ do complicadas para ser seguidas. Háse notado, con todo, que un clima frío ha favorecido y casi ha 144 CARLOS R. DARWIN ■ sido indispensable al logro de este resultado, im- ' pulsando á la industria y á las diversas artes. Los esquimales, bajo la presión de la dura necesidad, han llegado á hacer muchas invenciones ingenio¬ sas; pero el rigor excesivo de su clima ha impedi¬ do, en ca^mbio, su progreso continuo. Los hóbitós nómadas del hombre, tanto en las vastas llanuras como en los espesos bosques de los trópicos; como en el litoral, le han sido, en todos los casos, altamente perjudiciales. Cuando tuve oca^sión de observar los habitantes bárbaros de la Tierra de Fuego, quedé sorprendido al ver en cuánta mane¬ ra la posesión de una propiedad, de un hogar fijo y la unión de muchas familias bajo un jefe, son las condiciones necesarias é indispensables de la civilización. Estos hábitos más tranquilos recla¬ man el cultivo del suelo, y los primeros pasos da¬ dos en el camino de la agricultura deben haber resultado probablemente de una casualidad, como la de ver las simientes de un árbol frutal caer so¬ bre un terreno favorable y producir una variedad más hermosa. Sea como fuere, el problema relati¬ vo á los primeros pasos que los salvajes han dado hacia la civilización, es todavía de resolución muy difícil. La selección natural en su acción sobre las na^ dones cimlizadas .—En el anterior capítulo, y en el principio del presente, he considerado los progre¬ sos efectuados por el hombre, á partir de la con¬ dición primitiva semihurnana, hasta su estado actual en los países en que todavía el hombre se encuentra en estado salvaje. Creo deber añadir aquí algunas observaciones relativas á, la acción de la selección natural sobre las naciones civiliza¬ das. Este asunto ha sido muy bien discutido por M. R. Grey, y anteriormente por Wallace y Gal- EL ORIGEN DEL HOMBRE 145 Ion. La mayor parte de mis observaciones están tomadas de'estos autores. Entre los salvajes, los individuos de cuerpo ó espíritu débil son elimina¬ dos prontamente, y los que sobreviven se distin¬ guen ordinariamente por su vigorosa salud. Los hombres civilizados nos esforzamps para detener la marcha de la eliminación; construimos asilos, para los idiotas y los enfermos, legislamos la' mendicidad, y despliegan nuestros médicos toda; su sagacidad' para conservar el mayor tiempo po¬ sible la vida de cada individuo. Abundan las razóijes para creer que la vacuna ha preservado á mi¬ llares de personas que, á causa deda debilidad de su constitución, hubieran sucumbido á los ata¬ ques variolosos. Aprovechando tales medios, los miembro_s débiles de' las sociedades civilizadas propagan su especie. Todos los que se han ocu¬ pado en la reproducción de los animales domésti¬ cos, pueden calcular cuán perjudicial debe ser el último hecho á la raza humana. Sorprende el ver de qué modo la falta de cuidados, ó tan sólo los cuidados mal dirigidos, pueden arrastrar á una rápida degeneración á una raza doméstica, y ex¬ ceptuando en los casos relativos al hombre mismo, nadie es bastante ignorante para permitir que se reproduzcan sus animales más defectuosos. Los socorros que nos inclinamos á dar á I 0 3 'seresenfermizos,son principalmente un resultado accesorio del 'instiqto simpático, adquirido origi¬ nariamente como formando parte de los instintos sociales, y que sucesivamente ha ido siendomás compasivo y extendiéndose más. Aunque á ello nos obligasen razones perentorias, no podríamos reprimir nuestra simpatía sin sentirnos acerba¬ mente heridos en la parte más noble de nuestra naturaleza. Indiferente ó insensible, practica el 10 146 CARLOS R. DARWIN médico una operación quirúrgica, pero se muestra así porque sabe que se trata de la .salud de un paciente: sólo por una ventaja fortuita no atende¬ ríamos intencionalmente al socorro de los seres raquíticos y enfermizos, pero en cambio nos re¬ sultaría de ello un perjuicio moral, positivo y du¬ radero., Por lo tanto, debemos admitir sin protes¬ tar los efectos malos á todas luces que resultan de la supervivencia y de la propagación de los in¬ dividuos enfermizos, ya que están atenuados por el hecho de que los miembros demasiadadébiles é inferiores de la sociedad se casan menos fácil¬ mente.que los sanos. Este freno podila llegar á -tener una eficacia real, si los débiles de cuerpo y espíritu se abstuviesen del matrimonio, cosa más dé desear qué de esperad ' ' En todos los países civilizados el hombre acu¬ mula su propiedad y la transmite ó sus hijos. De ello resulta que no todos los hijos, en un país, parten de un punto mismo al emprender el ca¬ mino de la lucha, á ciiyo término se encuentra la' victoria; pero este mal está compensado por el hecho de que sin la acumulación de los capitales, las artes no progresan, y principalmente por la acción de éstas, las razas civilizadas han extendido y extienden hoy por todas partes su dominio, re¬ emplazando á las razas inferiores. La acumulación moderada de la fortuna no causa ningún retardo ú lá marcha de la selección natural. Cuando un hombre pobre llega á ser rico, sus hijos se dedican á oficios q profesiones en los que no deja de ejer¬ cerse la lucha, y tienen más probabilidad de triun¬ far los individuos más favorecidos bajó el punto de vista del cuerpo ó del espírituf/La existencia de una clase de hombres que no están obligados á ganar su subsistencia con el trabajo material, KL ORIGEN DEL HOMURB 147 tiene una importancia inapreciable, porque que¬ dan encargados de todo el trabajo intelectual su¬ perior, del que dependen principalmente los pro¬ gresos materiales de toda clase, á la par que otras ventajas de orden más elevado^/Una fortuna con¬ siderable tiende, sin duda, á transformar al hombre’en un vago inútil, pero su número es siempre reducido, porque á consecuencia de cierto grado de eliminación, vemos cada día á personas ricas insensatas y de una conducta desarreglada que disipan todos sus biénes. El mayorazgo con sustitución de bienes, es un perjuicio más directo, por más que en otras épo¬ cas haya constituido una ventaja, creando una clase dominante. Los primogénitos, aunque sean débiles de cuerpo ó espíritu, generalmente se casan, mientras muchas veces no lo realizan así los demás hijos, por más que sean de buenas con¬ diciones físicas é intelectuales. Los primogénitos, por indignos que sean, no pueden derrochar sU fortuna. Los hombres ricos por derecho de primogenitura pueden escoger de generación en ge¬ neración por esposas las mujeres más bellas y más encantadoras, y probablemente las que estén dotadas á la par de una buena constitución física V actividad intelectual. Sean cuales fueren las consecuencias perjudiciales de la conservación continua de la misma línea de descendencia, sin ninguna selección, están atenuadas por los hom¬ bres de elevado rango qüe, tratando de acrecen¬ tar siemprq su fortuna y su poder, lo consiguen casándose con herederas.'Pero las hijas únicas hállanse expuestas, como lo ha probado M. Galton, á ser estériles, lo que, interrumpiendo conti¬ nuamente la línea directa de las familias nobles, traspasa la fortuna á alguna rama lateral, la cual. 148 CARLOS R. DAR-VVlN desgraciadamente, no está determinada por supe- , rioridad de ninguna especie, . Aunque la civilización se oponga algunas veces' "'del modo citado á la selección natural, favorece ; por otra parte aparentemente el mejor desarrollo del cuerpo, por el mejoramiento de la alimenta¬ ción y la exención de fatigad corporales penosas. Así, al menos, puede inferirse de que en todas partes donde han sido comparados los hombres civilizados con los salvajes, han sido encontrados aquéllos físicamente más fuertes. Parecen.tam¬ bién poder resistir las fatigas y privaciones, como lo han probado muchas expediciones aventureras y atrevidas. Pasemos á exa,minar ahora las facultades in¬ telectuales aisladamente. Si en cadív grado social se reuniesen los individuos en dos grupos iguales, . incluyendo en el uno todos los que fuesen inte¬ lectualmente superiores, y en el otro los que lo fuesen menos, no es dudoso que los primeros tendrían más éxito en todas sus empresas y edu¬ carían más/hijos. Hasta en las situaciones jnfe,- i-iores de la vida, la habilidad y el talento ofrecencierta ventaja, aunque en muchas, ocupaciones debe estar-muy reducida á-causa de la grén divi¬ sión del trabajo. Por lo tanto, se observaría en las naciones civilizadas alguna tendencia al aumento del número y á la elevación del nivel de los que tendrían más capacidad intelectual. No pretendo afirmar con esto que esta tendencia no puede ser contrabalanceada por otras circunstancias, tales como la multiplicación de los individuos indolentés y poco previsores, pero el talento, aun para estos últimos, debe ser ventajoso. A menudo se opone á estas ideas el hecho de que los hombres más eminentes que han apareI EL ORIGEN DEL HOMBRE 149 cido no han dejado hijos que heredasen su gran inteligencia. M. Gallón dice: «Siento no poder re¬ solver la cuestión de si y hasta qué punto los gran¬ des genios, hombres y mujeres, son estériles. Pero he probado que esto no es el caso de los hombres eminentes.» Los grandes legisladores, los fundadores de religiones bienhechoras, los filósofos y hombres científicos, han contribuido mucho más á los progresos de la humanidad con sus obras, que no lo harían dejando una nu¬ merosa prole. En lo que concierne á las confor¬ maciones físicas, lo que determina el mejoramien¬ to de una especie es Ja selección de los individuos mejor dotados, la eliminación de los que lo están menos, pero no la conservación de anomalías raras y pronunciadas^o mismo sucede con las facultades intelectuales: los hombres más inteli¬ gentes en.todas las categorías sociales llevan ven¬ taja sobre los ignorantes y tienden por lo tanto á aumentar.' numéricamente, si no se presentan otros obstáculos. Cuando en uná nación se ha elevado el nivel intelectual y ha aumentado el nú¬ mero de los hombres ilustrados, es fácil se vean aparecer más á menudo que antes hombres de genio, según un promedio indicado por M. Gallón, deducido de la ley .de desviación. En lo que se refiere ú las cualidades morales, progresan siempre bajo el punto de vista de algu¬ na eliminación de las disposiciones nocivas, aun en las naciones más civilizadas. Los malhechores son ejecutados ó encarcelados durante mucho tiempo, lo cual les impide transmitir libremente sus malas cualidades. Los locos y los hipocon¬ dríacos, ó viven en reclusión, ó acaban muchas veces por suicidarse. Los hombres pendencieros y de carácter violento encuentran á menudo una