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Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del Siglo de Oro

Puddu, Rafaele

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TOROS Y CAÑAS. LOS JUEGOS ECUESTRES EN LA ESPAÑA DEL SIGLO DE ORO* Raffaele Puddu** l hijo del Corsario Rojo, en Santo Domingo, bajo la falsa identidad de conde de Miranda, compite corriendo gallos por los bellos ojos de la marquesa de Montelimar. Un siglo después, los cowboys que Glenn Ford ha guiado más allá del Río Grande compiten con los vaqueros mexicanos en la misma prueba de destreza ecuestre. Naturalmente, ni Emilio Salgari ni Delmer Daves pueden haber extraído estos rasgos de color criollo de La quintaine, la course de bague et le jeu des têtes1, el libro de 1983 de Lucien Clare, que quiere que estos juegos, ya en boga en los reinos metropolitanos, se hayan trasplantado y difundido rápidamente en las Indias españolas y portuguesas. Para Clare hay dos parejas simétricas de juegos ecuestres: quintaine-bague (en español, estafermo ysortija; en italiano, quintana y anillo), toros-cañas. Las dos parejas de juegos están Revista de Estudios Taurinos N.º 24, Sevilla, 2008, págs. 13-49 E * Publicado originalmente en italiano, bajo el título de “Toros y cañas: i giochi equestri nella Spagna del Secolo d’Oro”, en Quaderni Storici, nº 117, III, 2004, págs. 807-830. Traducción de Carlos Martínez Shaw. ** Universidad de Cagliari. 1Lucien Clare, La quintaine, la course de bague et le jeu des têtes - Étude historique et ethno-lingüistique d'une famille de jeux équestres, París, 1983. Raffaele Puddu 14 vinculadas, respectivamente, a la monta a la brida o a la jineta2. En extrema síntesis: se monta a la brida en caballos de mayor envergadura, con estribos largos, arzones más levantados, un freno, y por tanto un bocado, más coercitivo, mientras que en la monta a la jineta los caballos son más ágiles que potentes, el bocado más ligero, los estribos más cortos. Sobre los campos de batalla de la primera Edad Moderna, cargan a la brida los hombres de armas pesadas, caracolean los reiters tardocincuecentistas, galopan los caballeros seicentistas de Gustavo Adolfo y los ironsides de Cromwell; entre los siglos XV y XVI combaten, en cambio, a la jineta precisamente los jinetes españoles, y quizás los stradiotas balcánicos a sueldo de Venecia. Por otra parte, sería descaminado que, fiándonos del significado del vocablo español jinete, que indica al que cumple la acción de cabalgar y deja el término caballero para definir su rango social, identificásemos apresuradamente la brida con la caballería pesada y la jineta con la caballería ligera. Entre las representaciones de caballeros montados y armados a la ligera, siempre más numerosas a medida que, a partir del siglo XV, aquéllos empiezan a «ser incluidos entre los “lance2Tapia y Salzedo, que sostiene la primacía de la jineta en la paz y en la guerra, incluye el “Torear con varillas“ entre los seis ejercicios de la brida, junto a “Sortija, Estafermo, Justa, Torneo, Golpes de Espada", mientras que para lidiar toros y lancear leones (actividad ciertamente más difundida entre los moros que entre los españoles) le parece más adecuada la silla de la Gineta. Señala, por otra parte, que «en Portugal corren la Sortija a la Gineta, con lanças de veinte y seis palmos, que requieren mas pulso que las de la Brida, por ser con floreos, y diferentes bueltas» (Gregorio de Tapia y Salzedo, Exercicios de la Gineta. Al Principe nuestro Señor d. Baltasar Carlos por Don G. de T. y S. Cavallero de la Orden de Sant-Iago, Procurador de Cortes de la Villa de Madrid, y Comissario de los Reynos de Castilla, y Leon, por su Magestad en la Iunta de la Administracion de los Reales Servicios de Millones, Madrid, Diego Díaz, 1643; Prefacio). ros”», para desarrollar más tarde un papel militar autónomo y superar en mucho numéricamente a la caballería pesada superviviente, no es fácil encontrar ninguna traza de estos jinetes españoles en las crónicas de las guerras de Italia». Es verdad que el gentilhombre del Quinientos, que abandona el arnés completo en favor de «armi espedite», o que, como el marqués de Pescara en los días de Pavía o Carlos V en Mühlberg, pese a quedarse en la silla está «armado como soldado de a pie (armato da fante a piedi)»3, no tiene nada en común con los jinetes de La Higueruela, el gran fresco de la Sala de las Batallas de El Escorial. Todos los moros aparecen allí montados a la jineta, con unos estribos tan cortos como para levantar las rodillas hasta casi el cuerno de la silla, un escudo oval como única arma defensiva y una jabalina en alto sobre la cabeza, presta a ser arrojada; de la misma manera cabalgan, están armados y combaten una parte de los cristianos, a cuyo flanco, por otro lado, unos hombres de armas cubiertos de hierro, sólidamente plantados sobre largos estribos, irrumpen, lanza en ristre, en una lucha que parecen dominar desde la altura de un rango social superior. Quien hojee el rico catálogo de la muestra sevillana Mil años del caballo en el arte hispánico4buscando una representación de la españolísima silla jineta, tendrá que contentarse con dos detalles de la gran Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 15 3 Paolo Giovio, Le vite del Gran Capitano e del Marchese di Pescara, volgarizzate da Ludovico Domenichi, Bari, 1931, págs. 133, 427. Sobre la iconografía del hombre de guerra del siglo XVI, a medio camino entre infante y caballero, de Gonzalo Fernández de Córdoba a Carlos V, cf. Raffaele Puddu, Il soldato gentiluomo, Bolonia, 1982, págs. 108-109. 4Mil años del caballo en el arte hispánico. Catálogo de exposición (Real Alcázar de Sevilla, 5 de abril-17 de junio de 2001), Madrid, 2001. Los testimonios medievales resultan más numerosos, desde los caballeros moros miniados en el códice de las “Cantigas de Santa María" (págs. 40, 43) hasta “Santiago como Miles Christi" (pág. 54). pintura escurialense5; por lo demás, Amadís y Santiago Matamoros, condottieri y cortesanos, soberanos y privados le vendrán todos al encuentro montados a la brida, en tributo a un sistema de representación, más que a una praxis, definido en el tiempo de los primeros bellatores y todavía vinculante para la iconografía aristocrática. Nutrida de tradiciones más que de innovaciones, la España ecuestre parece por tanto rehuir la línea interpretativa que Schiera propone para el resto de Europa, atribuyendo a la hipología «un puesto propio entre los tres principales procesos de modernización de la sociedad de los siglos XV al XVII: el tecnológico, el científico y el político-social»6. Para volver de la guerra al juego: el estafermo es la carrera lanza en ristre contra un simulacro más o menos estilizado de adversario que, como el clásico Sarraceno de Arezzo, golpeado en el escudo gira sobre sí mismo y alcanza con el otro brazo, armado o simplemente perpendicular al tronco, al caballero menos hábil o demasiado lento; en la sortija, unos anillos suspendidos a una altura conveniente deben ser enfilados al galope con la lanza o con el estoque. Su variante más baja, en un doble sentido, son las cabezas (o los gallos, o cualquier objeto, clavado sobre el terreno), que se atraviesan con la espada o se atrapan Raffaele Puddu 16 5Ibidem, pág. 21. Por otra parte, mientras el “detalle de los jinetes musulmanes" (fig. 7-B) muestra a los moros correctamente montados a la jineta, en el “detalle de los jinetes cristianos" aparece más bien una formación de caballeros con arneses pesados que empuñan lanzas provistas de guardamanos y montan inequívocamente a la brida. 6Pierangelo Schiera, “Socialità e disciplina: La metafora del cavallo nei trattati rinascimentali e barocchi di arte equestre", en Il potere delle immagini. La metafora politica in prospettiva storica. Pubblicazioni dell'Istituto storico italogermanico in Trento, Bolonia, 1993, pág. 143. Por otra parte, hay que señalar que Schiera no presta ninguna atención a la cultura ecuestre de España, mostrando compartir con ciertos tratadistas del barroco alemán la opinión de que existieron sólo «tres escuelas de caballería en Europa: la italiana (...), la francesa y la alemana» (Ibidem, pág. 168). inclinándose sobre la silla hasta rozar el suelo. La pareja estafermo-sortija emerge sólo esporádicamente de las fuentes de buena parte del Siglo de Oro, hasta tal punto que, no obstante la diferente opinión de Clare, se puede dudar de su existencia en el ámbito español, o al menos de su relevancia. Infinitamente más nutridas son las fuentes relativas a la pareja toros-cañas. Además de todas las referencias iconográficas y literarias, así como a la abundancia de testimonios, editados o inéditos, relativos a actos públicos, festejos, entradas7, las fundamentales son: a) los siete tomos de las Relaciones poéticas sobre las fiestas de toros y cañas8; el trabajo decimonónico de Jenaro Alenda y Mira, que cataloga 1795 Relaciones de solemnidades y fiestas públicas9. (Clare localiza entre ellas 62 escritos sobre estafermos y sortijas, sólo una gota en la fluvial documentación de las fiestas de toros Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 17 7Algunas de ellas recogidas en las Relaciones Históricas de los siglos XVI y XVII, al cuidado de F. R. de Uhagón, Madrid (Sociedad de Bibliófilos Españoles), 1896. Clare (op. cit., pág. 118) atribuye gran peso documental a la bague royale celebrada en Madrid el 31 de marzo de 1590, en la que participaron algunos de los más celebrados nombres de la nobleza española y a la que asistieron «Su Majestad y Altezas en la primera ventana de la Armería, y en las demás ventanas las damas» (Relaciones Históricas, págs. 221-232). Se tiene más bien la impresión de que los afrancesados juegos de bague y brida pueden tener acogida en el ámbito cerrado de la corte, especialmente en ocasión de cumbres matrimoniales o diplomáticas entre las casas reales de ambas vertientes de los Pirineos, para ceder en cambio el campo a espectáculos ecuestres peculiarmente ibéricos en las circunstancias en que el poder, político y social, se muestra a los ojos de todos los súbditos. Se puede poner en parangón la escaramuza escenificada en Toledo en 1561 bajo los ojos del rey y la reina entre cien caballeros montados a la jineta y una infantería, armada con todo realismo de picas y arcabuces, equipada por los gremios de la ciudad (Ibidem, págs. 80 y ss.) con, en el extremo opuesto, las sofisticadas alegorías caballerescas aprestadas en Bayona en honor de la reina Isabel de Valois por los Grandes de Francia y España (Ibidem, págs. 97 y ss). 8Relaciones poéticas sobre las fiestas de toros y cañas, al cuidado de Antonio Pérez y Gómez, 7 vols., Cieza, 1971-1973. 9 Jenaro Alenda y Mira (1903), Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España, Madrid, tomo I. Este volumen, el único que se publicó, fue premiado por la Biblioteca Nacional de Madrid en 1865. y cañas que, en cada ciudad de España, acompañaban las solemnidades civiles y religiosas; c) los tratados sobre el arte ecuestre, sobre los toros, raros y tardíos10, y especialmente sobre las cañas: un corpus verosímilmente exhaustivo que junta entre veinte y treinta, de densidad y valor desiguales11. En su mayor parte atestiguan la boga y el prestigio de la jineta, mientras dos son dedicados a la brida: con el título de Reglas de la Cavalleria de la Brida se publicó en 1568 la traducción de Gli Ordini di cavalcare del napolitano Federico Grisone12, y precisamente en Nápoles apareció en 1602, en edición bilingüe, el Discurso sobre Raffaele Puddu 18 10 Alonso Gallo Gutierrez, Advertencias para torear. Dedicadas al Excelentissimo Señor don Gaspar Alonso Perez de Guzman el Bueno, Duque de la Ciudad de Medina Sidonia, Marques y Conde, Gentil Hombre de la Camara de su Magestad, etc. 1653, Madrid; Gaspar de Bonifaz, Reglas de Torear. Al exmo Señor Conde Duque Gran Canciller, 1887, unas pocas páginas tiradas en once ejemplares en Madrid a expensas y al cuidado del descubridor, Francisco de Uhagón, que declara haberlas encontrado en una colección de manuscritos de la Biblioteca Nacional, después de haber hallado la noticia en Tapia y Salzedo; Diego de Contreras Pamo: Advertencias para Torear, al Excelentisimo Señor Duque de Terranova, sin fecha ni lugar de edición. Palau las data en 1620 y señala una reproducción foto-litográfica de 1874. 11 Para un catálogo de la tratadística ecuestre en la España de los siglos XVI-XVIII, cf. la introducción de José Antonio de Balenchana al Libro de la Jineta y descendencia de los Caballos Guzmanes de Luis Bañuelos de la Cerda, publicado por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, junto a otro tratadito titulado Pintura de un Potro, Madrid, 1877, págs. XVII-LXX. Balenchana enumera y describe treinta escritos españoles, entre los de Chacón, del siglo XVI, y Mora Melgarejo, del siglo XVIII, y cinco portugueses. 12 Federico Grisone, Reglas de la Cavalleria de la Brida, y para conoscer la complession y naturaleza de los Cavallos, y doctrinarlos para la Guerra, y servicio de los Hombres: Con diversas suertes de Frenos. Compuestas por el S. Federico Grison Gentilhombre Napolitano: Y aora traduzidas por el S. Antonio Florez de Benavides, Regidor de la Ciudad de Baeça. Dirigidas al Excelentissimo Don Iuan de Austria, Baeza, 1568. Publicado en Nápoles en 1550, reimpreso una veintena de veces y traducido a las principales lenguas europeas, Gli Ordini di cavalcare constituye el máximo fruto de la renombrada escuela partenopea de equitación fundada entre los siglos XV y XVI por G. B. Pignatelli, que formó alumnos de tanto relieve como De la Broue y Pluvinel. la Carrera de la lanza de Diego Silvestre13, para la instrucción de los caballeros que, con o sin arnés completo, querían participar en un torneo o correr la sortija. El único que trata conjuntamente la brida y la jineta es el mexicano Juan Suárez de Peralta, que insiste en el papel del caballo no sólo, como es tópico, en los orígenes de la nobleza del Viejo Mundo, sino también en la conquista y la defensa del Nuevo14. Junto a él, destacan por haber nacido en las Indias o haber vivido allí largo tiempo Bernardo de Vargas Machuca (que hace seguir a la notable Milicia de Indias otros dos escritos sobre el arte de cabalgar a la jineta15, en los cuales muesToros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 19 13 Diego Silvestre, Discurso sobre la Carrera de la lanza armado y desarmado, del Señor Don D. S. Cavallero Hijo Dalgo Montañes, y Soldado del Potentissimo, y Catholico Rey de España. En lengua toscana, y Castellana a inteligencia, y beneficio comun, y del servicio de su Magestad. Dirigido al Ilustrissimo y excelentissimo Señor Don Francisco de Castro Cavallero de la Orden de Santiago, Comendador de Palomas, lugarteniente, y Capitan General por su Magestad en el Reyno de Napoles, y del Consejo Real, Nápoles, 1602. 14 Juan Suárez de Peralta, Tractado del Cavalleria, de la Gineta y Brida; en el qual se contienen muchos primores, assi en las señales delos Cavallos, como en las condiciones: colores y talles: y como se ha de hazer un hombre de a cavallo de ambas sillas, y las posturas que ha de tener, y maneras para enfrenar, y los frenos que en cada silla son menester, para que un Cavallo ande bien enfrenado: y otros avisos muy principales y primos, tocantes y urgentes à este exercicio. Compuesto por don I. S. de P., Vezino y natural de Mexico, en las Indias. Dirigido al muy excelente señor don Alonso Perez de Guzman el bueno, Duque de Medina Sidonia, Conde de Niebla, Marques de Caçaça, en Africa, Sevilla, 1580, fols. 3, 4. 15 Bernardo de Vargas Machuca, Milicia y Descripcion de las Indias, por el Capitan don B. de V. M., Cavallero Castellano, natural de la villa de Simancas, Dirigido al Licenciado Pavlo de Laguna Presidente del Consejo Real de las Indias, Madrid, 1599; Libro de Exercicios de la Gineta, compuesto por el Capitan Don B. de V. M., Indiano, natural de Simancas en Castilla la Vieja. Dirigido al Conde Alberto Fucar, Madrid, 1600; Teorica y exercicios de la Gineta, primores, secretos y aduertencias della, con las señales y enfrenamientos de los cauallos, su curacion y beneficio. Por el Gouernador Don B. de V. M. Dirigida a Don Luis Enriquez, Conde de Villaflor, del Habito de Alcantara, Comendador de Cabeça del Buey, Madrid, 1619. Sobre Vargas Machuca, cf. Raffaele Puddu, I nemici del re. Il racconto della guerra nella Spagna di Filippo II, Roma, 2000, págs. 109 y ss. tra todavía su consideración de los juegos ecuestres como palestra militar y el combate a caballo como raíz de nobleza), Francisco Pérez de Navarrete (autor de un sucinto y poco significativo Arte de Enfrenar16) y Simón de Villalobos. En 1605, su hermano, Diego de Villalobos y Benavides, no por casualidad capitán de caballos lanças (o sea, de una cada vez más obsoleta caballería pesada) en Flandes y autor de unos Comentarios17 sobre dicha guerra, hace publicar su Modo de Pelear a la Gineta18. Ya el empleo del verbo «pelear» nos habla de una concepción, estética y funcional, de la caballería más arcaizante en relación con la de los caballeros metropolitanos, dedicados a «jugar» o «correr» inofensivas cañas en vez de cabalgar en la batalla. Contra los amerindios, Vargas Machuca y Nájera19 son testigos, el caballo es todavía elemento disuasorio e instrumento Raffaele Puddu 20 16 Francisco Pérez de Navarrete, Arte de Enfrenar del Capitan Don F. P. de N., Corregidor y Iusticia mayor de los puertos de Santiago de Guayaquil y Puerto-Viejo en el Pirù. Al excelentissimo Señor Conde, Duque, Gran Canciller, etc., Madrid, 1626. 17 Diego de Villalobos y Benavides, Comentarios de las Cosas sucedidas en los Paises baxos de Flandes; desde el año de mil y quinientos y noventa y quatro, hasta el de mil y quinientos y noventa y ocho. Compuestos por Don D. de V. y B., Capitan de cavallos lanças Españolas, Madrid, 1612. Sobre la concepción que Villalobos muestra de la caballería en plena guerra de Flandes, cf. de nuevo, Raffaele Puddu, I nemici del re, op. cit, págs. 98-99. 18 Simón de Villalobos, Modo de pelear a la Gineta. Compuesto por Don S. de V., y hecho imprimir por Don D. de Villalobos y Benavides su hermano. Dirigido a la muy Noble y muy leal Ciudad y Cavalleros de Xerez de la Frontera, Valladolid, 1605. 19 Alonso González de Nájera, Desengaño y reparo de la guerra del Reino de Chile, donde se manifiestan las principales ventajas que en ella tienen los Españoles, y los engaños que de nuestra parte han sido causa de la dilacion de su conquista, con un medio que promete brevedad para acabarla. Dirigido a Don Pedro Fernandez de Castro, conde de Lemos, etc., por el Maestre de Campo A. G. de N., gobernador de Puerto-Hercules y alcaide de sus dos castillos por el Rey nuestro señor, Madrid, 16071614, CODOIN 48, Madrid, 1866. Sobre el papel del caballo en las guerras contra los araucanos, cf. Raffaele Puddu, I nemici del re, op. cit, págs. 120-123. de guerra, cuando en los Paises Bajos son los tercios de infantería los que soportan el peso de los combates. Por otra parte, los centros urbanos coloniales carecen de una nobleza cortesana que pueda alimentar el auge de las cañas, y los juegos ecuestres practicados por los caballeros del Nuevo Mundo deben ciertamente parecer poco elegantes y aburridos a los que llegan del Viejo. Por lo regular, en los reinos metropolitanos los caballeros se enfrentan a los toros con la lanza, para desenvainar la espada una vez que el fresno se ha quebrado contra la dura cerviz de la fiera. Al acentuarse la fisonomía profesional y deportiva de los juegos ecuestres en detrimento de la aristocrática y caballeresca, y por tanto sólo en los últimos decenios del Siglo de Oro, se afianzará el uso del rejón, una especie de gran banderilla, como en el toreo ecuestre todavía practicado en España y, sobre todo, en Portugal. Ya sea en La vie quotidienne en Espagne au Siècle d’Or de Marcelin Defourneaux20, ya sea en las páginas que Carmen Sanz Ayán consagra a fiestas y espectáculos en el volumen colectivo La vida cotidiana en la España de Velázquez21, se dedican a las cañas menos espacio que a los toros, de los cuales aparecen aquéllas casi como un corolario. «Como el juego de cañas, la corrida de toros está asociada a las manifestaciones más solemnes, y no es raro ver, en el curso de una misma jornada, una sucederse al otro»22. Para Defourneaux, desde sus orígenes, y por largo tiempo, el rejoneo a caballo con toros no habría sido un deporte practicado por profesionales de extracción social con frecuencia bastante modesta, Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 21 20 Marcelin Defourneaux, La vie quotidienne en Espagne au Siècle d'Or, París, 1964, págs. 147-156. 21 La vida cotidiana en la España de Velázquez, al cuidado de José N. Alcalá-Zamora, Madrid, 1989, págs. 204-208. 22 Defourneaux, op. cit, pág. 153. gancia que bien poco tiene de marcial, arrojándose cañas mojadas en yeso37 y protegiéndose con adargas de característica forma bicúspide, parecidas a las usadas por los moros38. Habitualmente, al término de la batalla con las cañas, todas las cuadrillas se lanzan a una furiosa galopada que se reclama también de las «fantasías» de los jinetes magrebíes. Es preciso observar que ningún texto del Siglo de Oro dedica demasiadas palabras a explicar cómo se desarrolla el juego de cañas39. No es sin embargo tan extraño: ¿qué escritor futbolístico consideraría hoy necesario recordar a lectores no extraterrestres o futuribles la mecánica del juego? Juan Dávila Puertocarrero, conde de Puñonrostro, es bien claro: «mi propósito (...) es dezir lo que se ha de hazer para estar graciosamente a cavallo: y aunque he hablado del juego de cañas, si bien se mira todo lo que he dicho va endereçado a que se tenga buena gracia, y assí no es necessario tratar demas orden de juego»40. Raffaele Puddu 28 37 Según Fernández de Andrada, estaban hechas «antiguamente (...) con astas de cerezo Campesino». Explica cómo se manejan y se lanzan (Fernández de Andrada, op. cit., fols. 163-164). 38 Puertocarrero describe la “Darga para jugar”, el modo correcto de arrojar las cañas, cuya violación «parece mal, y aun se suelen causar enemistades» (op. cit., fol. 59), y las posibles evoluciones de las cuadrillas en la plaza (Ibidem, fols. 62-63), así como también Fernández de Andrada (op. cit., fols. 161-163) y Aguilar (op. cit., fols. 39 y ss), que ofrece importantes detalles sobre las cañas, sobre sus dos medidas (las más cortas, de seis palmos, son las más gruesas), sobre las correas que, con toda probabilidad, permitían su recuperación, y sobre el modo de lanzarlas en contiendas singulares, por parejas o cuadrillas enfrentadas (Ibidem, fols. 43-44). Chacón dedica a las cañas el capítulo XII, recordando haberse «hallado en muchos juegos de cañas, en ordenarlos». 39 Una compilación tan exigua como indiferente a la filología en Luis Toro Buiza: Noticias de los juegos de cañas reales tomadas de nuestros Libros de Gineta, Sevilla, 1944. 40 Puertocarrero, op. cit., fº 62. Los tratadistas no ahorran en cambio los detalles de adorno y de conducta, considerados parte sustancial de la actuación, si no del entero espectáculo, pero sobre todo esencial para la autocelebración individual y colectiva ante el rey, cuando ocupa su palco, la nobleza cortesana, los espectadores populares. En fin, al frecuentador de los tratados sobre la jineta, sobre los toros y, sobre todo, sobre las cañas, le queda la impresión, probablemente compartida por los que asistían a estos juegos, de que su estética reviste mayor importancia que sus normas e incluso que su desarrollo41. Incluso en la elección del caballo, el jinete gentilhombre deberá gobernarse por las leyes de la armonía. Es preciso antes que nada evitar que en la disputa entre la voluntad del hombre y el instinto del bruto el primero se descomponga en la silla perdiendo la “gracia”; y en segundo lugar, el “talle”del caballo ha de conformarse con el del caballero, «pues donde no ay correspondencia y proporción no puede aver armonía ni consonancia»42. «Quando se anduviere passeando, (se) ha de traer el cavallo muy quieto y sosegado, trayendo la renda algo más cogida que suelta, porque ande con más buen ayre y mejor postura de rostro»43. Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 29 41 Tanto en la gran Monarquía Hispánica como en los estados urbanos o regionales de la Italia del siglo XVI, el de los gentilhombres de corte era, en efecto, «un corps dont l'objectif est moins de vaincre que d'être admiré» (Frédérique Verrier (1997): Les armes de Minerve. L'humanisme militaire dans l'Italie du XVIe siècle, París, pág. 174). Por otra parte, Fernández de Andrada considera oportuno «advertir los quadrilleros, que los jugadores, que buscaren para sus quadrillas, sean muy buenos hombres de a cavallo: porque en esto consiste la bondad del juego, mas que en la costa, y curiosidad de las libreas» (op. cit., fº 161). 42 Puertocarrero, op. cit., fols. 9-11. 43 Aguilar, op. cit., fº. 27. El puño debe ser firme, se debe evitar lo que se llama «jugar la rienda»: las riendas deben estar tensas para dejar recogido al caballo, de modo que no dé sacudidas por aquí y por allá (Puertocarrero, op. cit., fº 27). Arzones más elevados44 y estribos más amplios, además de hacer «más hermoso el caballo», permiten un mejor asiento en la silla del caballero, «siempre derecho y el rostro sereno y descuidado», que «todo (...) ha de hazer (...) descuydada y disimuladamente45. Tanto en el juego, al menos en el de las cañas, como en el paseo o la carrera, o sea en las evoluciones que lo preceden o lo siguen, su primer cuidado será mostrar “facilidad y desenvoltura”, huyendo de toda “affectacion”. El caballo deberá aparecer «desapassionado»y el caballero “descuydado”46, a fin de dar la Raffaele Puddu 30 44 Puertocarrero quiere que el cuerno de la silla esté más elevado que el arzón posterior, «porque si fuesse más baxa de delante causaría fealdad» (Puertocarrero, op. cit., fol. 11): más allá de la preocupación por la irrenunciable gracia del asiento en la silla, parece evidente un cambio total de las proporciones respecto a los arzones habituales desde siglos atrás para los hombres de armas: éstos golpeaban con la lanza en ristre, mientras sus herederos se inclinan hacia adelante para arrojar las cañas, a riesgo de terminar sobre el cuello del caballo. Es la muerte, también técnica, de la caballería medieval. 45 Chacón, op. cit., caps. IV, VII, VIII, recomienda tener el brazo libre de las riendas relajado hacia abajo, para no parecerse «a los espantajos que ponen a los paxaros» (Suárez de Peralta, op. cit., fol. 30). Intolerable «fealdad» es descomponer el orden abriendo las piernas al apretar al caballo con los talones o al espolearlo (Puertocarrero, op. cit., fols. 9, 35). 46 Aguilar, op. cit., fols. 26, 27, 30. «Es tan conviniente y necessario, para poder parescer bien, andandose passeando, ó haziendo mal á cavallo, huyr el affectacion que si no se tiene particular cuenta y cuydado en ello, todo lo que se hiziere, y la buena postura que se truxere, dara fastidio y parescera mal. Porque la propria affection, y desseo demasiado que se tiene de parescer bien, haze a los effectos que de alli salen parar en los estremos, y dexar el medio que es el que da gracia y perfection á todas las cosas. Por tanto el cavallero que, quisiere andar bien puesto y parescer bien, ha de procurar de andar de tal suerte y manera, que aunque trayga desde los pies á la cabeça, todo el cuydado y quenta que se requiere, lo haga con tanta llaneza, descuydo y facilidad, que no se le parezca ni entienda el artificio que trae, sino que todos los que lo vieren resciban, contentamiento y admiracion, de verlo andar tan bien puesto y concertado, y tan á lo llano y al natural» (Ibidem, fol. 27). Conceptos y términos análogos emplea Suárez de Peralta: «huyr de la affectacion en lo que hiziere, porque con ella dara fastidio y no parecera bien nada de su desemboltura, ni es possible tenerla con la affection, y los effectos que della salen paran en los estremos, y dexan el medio, que es el que se ha de procurar, pues da a todas las cosas gracia y perfección» (Suárez de Peralta, op. cit.,fol. 25). impresión de un perfecto control del hombre sobre el animal, del intelecto racional sobre la ciega pasión. «Que aquel que estuviese enfrenado con el freno de el Señor, sería santo»47: del profeta Zacarías, Fernández de Andrada extrae una metáfora que en sus múltiples acepciones, religiosa, filosófica y, sobre todo, política, enaltece la equitación hasta las gradas del trono. Con “buen ayre y gracia”, dados por la naturaleza y refinados por el arte48, el gentilhombre cabalga en la plaza bajo los ojos de un público que, al contrario de los atletas de nuestro tiempo, verosímilmente no percibe en su abigarrada, magmática composición social, sino más bien como una especie de ceñudo tribunal aristocrático49. No le convienen por tanto ni el desenfreno ni los igualmente vulgares floreos50, ni tampoco «dar boz ni dezir cosa que parezca ni suene mal. Aunque en la entrada puede entrar diziendo, aparta, aparta, y afuera, afuera, y en el juego Sanctiago Sanctiago y a ellos a ellos»51. Deberá mostrarse lo más “sosegado” posible: el “sosiego”, la misma sprezzatura que Castiglione recomienda a su cortesano, Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 31 47 Fernández de Andrada, op. cit., fol. 75. 48 Puertocarrero, op. cit., fols. 7-8. 49 No por causalidad Chacón (op. cit., cap. XII) recomienda «no salir solo, si no fuere muy buen cavallero, y tuviere muy señalado cavallo: porque si lo haze mal, es tan mirado, y da que reyr a la gente que lo mira». 50 Declara expresamente Aguilar: (Aguilar, op. cit., fol. 35): «No tracto de los floreos que se pueden hazer con lança y adarga, por no alargarme en cosas de poca calidad & importancia (...) a ningun cavallero le estara bien hazerlo publicamente. Porque la lança y el adarga, se han de traer siempre que se hiziere mal a cavallo, con la orden y concierto y decencia que requiere, a la persona que lo hiziere». En la «carrera de la lança», el mexicano Suárez de Peralta (Suárez de Peralta, op. cit., fol. 36), de gustos menos aristocráticos, autoriza en cambio «muchas desembolturas y galanterias, quantas quisiere que todo se haze bien con desemboltura que el cavallero tiene». 51 Aguilar, op. cit., fol. 40. Y de nuevo Aguilar: «Porque a ningun hombre de suerte y principal, le estaria bien correrla publicamente, en cavallo que tuviere necessidad para allegarlo al cabo, de otra mayor ayuda que los pies. Porque en nin- dejará su impronta en la postura en la silla, la expresión del rostro, la manera de envolverse en la capa y en todos los gestos, el primero de todos el de quitarse la gorra para saludar al príncipe, a los grandes, a las damas, siempre asociado al justo grado de respeto. Puesto que, en efecto, como especialmente en verano, por más que se haya tenido cuidado de regar el terreno, a causa del polvo levantado por el galope de decenas de cascos «ni los cavalleros pueden ver lo que hazen, ni menos pueden ser vistos», adquieren particular importancia los momentos en que los gentilhombres a caballo «daran una buelta todos juntos passo a passo a mirar las damas y cavalleros que estan en las ventanas»52, pero sobre todo «a la parte que estuviere el Principe o señor, o persona que lo merezca, y quitarle su gorra muy cortesmente, y yrse destocado algunos passos, no muchos, y cubrirse apretandose la gorra en la cabeça muy bien53». Para el elegante Raffaele Puddu 32 guna manera se sufre en aquel tiempo y lugar, dar ninguna voz corriendo, ni golpe en las riendas, ni hazer otro ningun movimiento con el cuerpo para aguijar el cavallo. Sino fuera solamente yrle dando con los pies, llevando todas las otras partes puestas en su assiento y lugar, porque de otra manera mas paresciera hazer officio de corredor que de cavallero» (Aguilar, op. cit., fol. 30); «assi se ha de andar en todos ellos sin mudar otra postura, y sin tirar cuchillada a ninguna parte. Porque de otra forma, seria muy notado el cavallero, que corriendo ó escaramuçando anduviesse con la espada tirando cuchilladas al ayre» (Ibidem, fol. 32). Deudor evidente de Aguilar, también Fernández de Andrada (Fernández de Andrada, op. cit., fol. 162) recomienda que «mientras entraren y jugaren, no den vozes, ni digan cosas que parezca mal». 52 Chacón, op. cit., cap. XII. 53 Suárez de Peralta, op. cit., fol. 29. En la carrera con la lanza, «si quisiere quitarse el bonete no tome la lança hasta que haya passado delante del señor», y si estuviese presente «persona tal que se le deva hazer cortesia, harala» (Ibidem, fols. 31, 32). Para Puertocarrero, «si huviere algun señor a quien se deva respetar buelva hazia el, y vaya al principio de la carrera sin hazer reparo lo mas de espacio que pudiere, y buelva hazia el señor lo mas sosegado que pueda». (Puertocarrero, op. cit., fol. 33). y aristocrático Fernández de Andrada uno no se descubre frente «a nadie, sino fuere algun Principe, o Grande»54. Al contrario de la mayor parte de los tratadistas contemporáneos, el conde de Puñonrostro separa el objetivo de la gineta del del arte militar: simplemente, «de la Gineta sera el fin cavalgar tan bien y gracioso, que contente a quien lo entendiere»55. El juego de cañas no tiene nada que ver con la vieja caballería pesada feudal, y ni siquiera con la caballería ligera renacentista, ya que son sólo los árabes, dentro de la tradición fronteriza y de la costumbre magrebí, los que lanzan jabalinas desde la silla de sus ágiles corceles, mientras que tanto las cañas como la monta a la jineta, de la que son la expresión primaria, quedan aferradas a la tradición morisca y al legado histórico-cultural de la Reconquista. Si, en efecto, a Europa entera le gusta asistir a batallas simuladas entre extravagantes ejércitos que mezclan indios, tártaros, turcos, persas, africanos y salvajes de variado color56, de Aragón a Levante numerosas mascaradas, no sólo carnavalescas, culminan en menos fantasiosos combates entre moros y cristianos, en los que toman parte todos los habitantes de un pueblo57. En el otro extremo de la escala social, la práctica del torneo a la francesa, que florece en la peninsula ibérica como en el resto del continente y que dura hasta el tiempo del caballero borgoñón Carlos de Gante, es suplantada después, en el siglo de la hegemonía española, por las mucho más españolas cañas58. Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 33 54 Fernández de Andrada, op. cit., fol. 147. 55 Puertocarrero, op. cit., fol. 7. 56 Frédérique Verrier (op. cit., pág. 247) indica las raíces históricas de este mundo fantástico en las empresas de los conquistadores y en las expediciones de Carlos V a Túnez y Argel. 57 Defourneaux, op. cit., pág. 151. 58 C. A. Marsden, “Entrées et fêtes espagnoles au XVIe siècle”, en Les Fêtes de la Renaissance, 3 vols., París, C.N.R.S., 1975, vol II, págs. 391 y ss. Fue gracias a la jineta, según Chacón, cómo los Reyes Católicos «ganaron y sojuzgaron estos reynos de España» y el Gran Capitán «gano dos vezes toda Italia»59. «El uso que se olvida indignamente/ De la noble gineta belicosa,/ Con quien la illustre Hespaña victoriosa/ De Moros quebranto la altiva frente,/ Con un buelo suave y excelente,/ Lo levanta en su obra ingeniosa,/ Un Aguila con pluma caudalosa,/ A honor y gloria de Española gente,/ Sera de nuestra España celebrada,/ Del auctor generoso la memoria,/ Que de lança y de pluma, dio tal prueva,/ Y la Affrica estara atemorizada,/ Pues la antigua destreza se renueva,/ Que della nos dio siempre gran victoria»60. Estos versos de Gonzalo de Molina cierran la Cavalleria de la Gineta de Aguilar. No parece pues una casualidad que tantos tratadistas, desde Aguilar, justamente, a Chacón, de Suárez de Peralta a Fernández de Andrada, sean andaluces o que sus escritos se publiquen en Sevilla. Para dar prueba de su familiaridad con los clásicos, además de para realzar el prestigio de las cañas, Fernández de Andrada hace derivar de la Eneida sus raíces más profundas61, para situar sin embargo en su Andalucía, frontera entre la Cristiandad ibérica y el Islam norteafricano, los orígenes históricos no sólo del juego62, sino de todo el arte de Raffaele Puddu 34 59 Chacón, op. cit., Dedicatoria. 60 Aguilar, op. cit., Sea en la dedicatoria, sea en el prólogo, también Aguilar había enunciado la tópica relación entre guerra y “cavalleria de la gineta”, mediante la cual los antepasados del rey Felipe «con el favor de Dios consiguieron muchas victorias, y augmentaron sus estados», «aviendo consistido en ella, despues de la voluntad divina, el principal effecto de la restauracion y recuperacion de España del poder y subjection de los paganos». 61 Fernández de Andrada, op. cit., fols. 160-161. 62 Ibidem , fol. 160: el juego de cañas es «exercicio que no se puede hazer, ni se haze sino a la Gineta: y que es el mas necessario para esta Andaluzia, de todos los que se pueden cursar: por ser como es frontera de Africa, donde tanta destreza ay en el exercicio de la Gineta». cabalgar a la jineta, incluso su propio nombre. Alguno lo hace derivar de un «verbo griego, que significa cosa de ligera», otro de «un pequeño animalejo: que se dize Gineta, que es poco mayor que las comadrejas (...). Otros dixeron, se tomo de Ginocchio, que significa rodilla: porque con ellas se afirman en las sillas Ginetas. Otra opinion, y la mas verdadera es: Que este nombre de Gineta sea Arabigo, y que significa cosa ligera». Finalmente, «el general uso della exercitaron los Moros antes, y despues de venidos a España: de creer es, que la primera invencion seria suya: y que fueron los primeros, que la exercitaron con estribos, y los demas adereços necessarios, que usamos para su firmeza, de que se les deve la gloria de tan ingeniosa Caballería»63. Desde entonces la vasta área geográfica e histórica a caballo de Gibraltar está unida por una misma cultura ecuestre: Sevilla, Córdoba, Jerez de la Frontera, Úbeda, Baeza, Écija, Jaén, Marchena y Antequera rivalizan en la cría de caballos en los cuales se mezcla la sangre árabe con la de las antiguas razas ibéricas renombradas desde la edad clásica64. Utilizada por los árabes a lo largo de siete siglos de paz y de guerra, la jineta ha terminado por constituir una respuesta castellana a la histórica superioridad de la caballería pesada francesa, obligando al orgulloso adversario de las guerras de Italia a reconocer «la ventaja que en campaña rasa haze a la Brida»65. Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 35 63 Ibidem, fol. 43. Cf. también la dedicatoria a la ciudad de Sevilla. 64 Ibidem, fols. 45-46. Vargas Machuca extiende hasta la América española la cadena de transmisión de la jineta: «pues aunque es verdad que Berberia dio a España principio della, y España a las Indias, en esta parte se ha perficionado mas que en otra» (Vargas Machuca, Libro de Exercicios de la Gineta, op. cit., fol. 2). 65 Fernández de Andrada, op. cit., fol. 44. Vincular la jineta e incluso el juego de cañas a la guerra, función constitutiva de la aristocracia, como hacen Aguilar66, Fernández de Andrada67 y, sobre todo, Villalobos68, significa Raffaele Puddu 36 66 No sólo, como habíamos visto, admite el empleo en la plaza del grito de guerra de «¡Santiago y a ellos!» que los soldados españoles hacían resonar sobre los campos de batalla, sino también las tretas «desleales», y por tanto más guerreras que cortesanas, «de herir el cavallo del otro en el rostro, ó de cortar le las riendas ó las cabeçadas, ó de sacar se las fuera de la cabeça si le viniere á mano. Porque qualquiera destas cosas importaria mucho, para desbaratar y vencer al enemigo» (Aguilar, op. cit.,, fol. 36). 67 El Prefacio de su Libro de la Gineta de España trata principalmente del tema de la guerra, «medio tan conforme al fin natural, que tenemos, como es la paz», para desear, en el siglo del triunfo de la infantería y de las armas de fuego, «cien mil hombres de a cavallo divididos en cavallos ligeros con armadura leve, como los Albaneses, y Italianos: y en hombres de armas, como los del Reyno de Navarra: y en arcabuzeros de a cavallo con arcabuz portatil, o de cañon largo: y en ligeros Ginetes con su antigua, y loable lança, y adarga: Que junto esto con nuestra infanteria Española fueramos poderosos, a sujetar en pocos años la mayor parte del orbe». (Fernández de Andrada, op. cit., Al Lector). El cap. II está enteramente dedicado a «Como el Cavallo fue producido para la guerra»: caballos ilustres y anónimos, antiguos y modernos, «con desseo de ganar gloria, de que ellos son codiciosos, pelean con valerosa determinacion, hasta alcançarla, o perder la vida por ella» (Ibidem, fol. 8). Se deja arrastrar del amor por el noble animal hasta el punto de atribuir a la caballería no sólo el mérito de la victoria española de San Quintín, sino incluso el de los triunfos de Roma, que «casi todas las batallas que vencieron fue por medio della», y «el mejor medio, con que los Romanos adquirieron el Imperio (...) fueron los caballos». Más adelante, muestra no haber perdido completamente el sentido de la historia: «Pues que la nobleza, y Cavalleria aya en alguna manera procedido de los muchos servicios, y ayudas, que los cavallos hizieron a los hombres en el principio de su invencion: Quando la Infanteria no era de tanto provecho como agora, por no saberse formar los esquadrones, ni estar la disciplina militar en la perfeccion, y punto que oy esta». Conservan sin embargo su utilidad para la guerra todos los ejercicios ecuestres en los que se galope con lanza y adarga, sobre los cuales reconoce la autoridad de Aguilar «por ser muy diestro (...) por bivir en la Costa, donde cada dia se exercita en este genero de contienda» (Ibidem, fols. 12, 24, 13, 142). 68 Diego de Villalobos y Benavides dedica el Modo de Pelear a la Gineta de su hermano Simón a Jerez de la Frontera y a sus caballeros, en cuanto «exercitados, defendiendo de los Cosarios nuestras playas, y no solo agora lo hazen, mas afirmar su utilidad política y realzar al mismo tiempo su prestigio social. En efecto, no son los tratadistas indianos los únicos en considerar al caballo como fundamento de nobleza. Como Villalobos y Vargas Machuca69 piensan Mançanas70 y Aguilar71, Puertocarrero72 y, naturalmente, Fernández de Andrada73. Si el conde de Puñonrostro proclama la equitación indispensable para todo joven aristócrata que quiera confirmar la virtud de la propia estirpe y justificar su prestigio sirviendo al príncipe en la guerra74, si Aguilar habla de un «arte de la gineta» practicada desde sus lejanos orígenes «no solo del vulgo de los hombres, pero de muchos Principes y Reyes» y convertida después en «necessaria y conveniente para la policia, gala y gentileza de los cavalleros cortesanos y gente noble destos Reynos»75, si de la banal constatación que «del cavallo nasce el nombre y valor de los caballeros» Suárez de Peralta deduce que «los Nobles tienen obligacion mas que los otros, à seguir esta virtud, y assi no solo los Nobles, mas los viles hombres y baxos, con la fuerça y valor deste animal, se hazen cada dia grandes y muy illustres»76, Fernández de Andrada, persuadido de que Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 37 de tiempo immemorial lo hizieron, ganando el renombre de la Frontera como amparo de nuestras Costas»; en el prólogo declara el propósito de servir a Dios «desseando aprovechar a alguno en los desafios con los Moros» (Villalobos, op. cit., fols. 4-5, 6). Simón no lo desmiente: trata de escaramuzas y de acero, más que de carreras y cañas. 69 Vargas Machuca, Exercicios de la Gineta, op. cit., Dedicatoria. 70 Eugenio Mançanas, Libro de enfrenamientos de la gineta. Por E. M., ensayador de la casa de la Moneda de Toledo por su Magestad, Toledo, Francisco de Guzmán, 1570, fol. 6. 71 Aguilar, op. cit., Prólogo. 72 Puertocarrero, op. cit., Dedicatoria, fols. 2 y ss. 73 Fernández de Andrada, op. cit., Dedicatoria, fols. 2 y ss, 6 y ss. 74 Puertocarrero, op. cit., fols. 2-4. 75 Aguilar, op. cit., Dedicatoria al rey, Prólogo. 76 Suárez de Peralta, op. cit., fol 4. hazañas de cada uno de los campeones94 y, bajo los ojos del rey, los aristocráticos lidiadores reverdecen contra los toros las glorias de su estirpe95. El pequeño, retrasado Carlos II se sienta por algunos años en el trono de España, y Ribero de Barros se pregunta «en que silla convendrá poner á su Magestad primero á cavallo, si en la Brida, ó en la Gineta»96: dos sillas, pero también dos naturalezas morales, dos actitudes políticas diferentes. «A la Gineta se ruega; a la Brida se manda»97, recita en efecto el proverbio familiar a todo jinete, y El Espejo del Cavallero en ambas sillas es dedicado a aquel duque de Pastrana que, a juzgar por el inovidable retrato que nos ha dejado Carreño de Miranda, debía ser capaz, mucho más que su soberano, de imponerse tanto sobre los hombres como sobre los caballos. Para el último fruto de la extenuada sangre de los Austrias parece, en cambio, obligada la elección «que mas conviene á la Monarquia, pues en la silla Gineta, no solo se conservará mejor la salud de su Monarca; pero Raffaele Puddu 44 94 Pompa Festival, Alegre, Merecida Aclamacion; laureda que Entretegieron Eruditas Plumas, y consagraron devidas confianças. A las Floridas Sienes de D. Iuan Lison de Texada, Aviendo Toreado en el Theatro Ilustre de la Ilustre, y siempre grande Ciudad de Valladolid. Año de 1654. En la Oficina de Antonio Suarez Solis, en Relaciones Poéticas, op. cit., tomo II. 95 Descripcion de los Toros, que se corrieron en la Plaça de Madrid á 7. de Febrero de 1680 en aplauso de las Bodas de el Rey N. S. Carlos Segundo, con la Reyna N. S. D. Maria Luysa de Borbon. Dedicada al Excelentissimo Señor Conde de Niebla. Scrivela una Pluma Forastera, y no Peregrina, en Relaciones Poéticas, op. cit., tomo II. 96 El Espejo, op. cit., pág. 1. O, más prolijamente, «EL PRIMERO / En que silla convendrá poner primero á su Magestad (que Dios guarde) para con los exercicios de ella conservar mejor la salud, como circunstancia tan importante? / EL SEGUNDO / La que conviene mas á su Monarquia, y á las preheminencias de ella? / EL TERCERO / Como saldrá mayor hombre de á cavallo en ambas sillas, si empeçando por la de Brida, ó por la Gineta» (Ibidem, pág. 3). 97 Ibidem, pág. 4. en ella se aprende, y se perficiona un Discipulo con saber obrar casi rogando»98. Las opiniones del caballero portugués suenan irremediablemente demodées. En el siglo del Rey Sol el absolutismo triunfa tanto sobre la silla como sobre el trono, y «la metáfora recurrente es siempre la de las riendas, importantes tanto para la educación individual como para la estatal: ellas son el símbolo del disciplinamiento»99. Veinte años antes de la toma del poder por Luis XIV, también Saavedra Fajardo había juzgado necesario «enseñar al príncipe desde su juventud á domar y enfrenar el potro del poder»100, pero en la Idea de un príncipe políticochristiano la «metáfora ecuestre»101, empleada en función éticoToros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 45 98 Ibidem, pág. 6. 99 Schiera, op. cit., pág. 153. Sobre la metáfora picadero-gobierno, cf. también las pág. 146 y ss. Una serie de representaciones ecuestres de Luis XIV que, según las enseñanzas de Menestrier, empuña firmemente las riendas del Estado, en Peter Burke: La fabbrica del Re Sole, Milán, 1993. 100 «Tambien conviene enseñar al príncipe desde su juventud á domar y enfrenar el potro del poder, porque si quisiere llevalle con el filete de la voluntad, dará con él en grandes precipicios. Menester es el freno de la razon, las riendas de la politica, la vara de la justicia y la espuela del valor, fijo siempre el príncipe sobre los estribos de la prudencia. No ha de ejecutar todo lo que se le antoja, sino lo que conviene, y no ofende á la piedad, á la estimacion, á la vergüenza y a las buenas costumbres. Ni ha de creer el príncipe que es absoluto su poder, sino sujeto al bien público y a los intereses de su estado: ni que es inmenso, sino limitado y expuesto á ligeros accidentes. Un soplo de viento desbarató los aparatos marítimos del rey Filipe II contra Ingalaterra.» (Diego de Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe político-christiano representada en cien empresas, Empresa XX, en Obras de Don D. de S. F., BAE, XXV, Madrid, 1947, pág. 55). 101 Mientras que para la educación social de la juventud noble no hay aquí sustanciales divergencias, en cambio sí las hay sobre la aplicación de la metáfora ecuestre al estado y a su organización. Desde este punto de vista, más bien se podría aventurar la hipótesis de que la aplicación –siempre, por otra parte, más bien tenue en las fuentes que he examinado– de la metáfora al Estado crece en proporción con la importancia que este último viene asumiendo en los distintos países (Schiera, op. cit., pág. 181). Según Schiera, ignorada en Italia, aquélla pedagógica más que político-estatal, asume un significado antiabsolutista que ciertamente no le hubiera gustado a Versalles. Usada en los campos de batalla europeos desde el tiempo en que los pequeños hidalgos que servían en los tercios de Flandes reprochaban a una nobleza cortesana, más dedicada a las cañas que no a las picas y a los arcabuces, la traición a su función militar, la brida conoce un nuevo auge también en la corte durante la decadencia setecentista, mientras los modelos y actitudes de la aristocracia española, sin exceptuar los modos de cabalgar, van perdiendo prestigio ante la presencia de los franceses. Tras El Espejo, Ribero de Barros dará a la imprenta La Jornada de Madrid, texto fatuo y barrocamente compuesto, en el cual, entre anécdotas, sonetos, vidas de santos y cortesanías, encontrará el modo de hacer remontar los orígenes de la silla gineta a Santiago y a las victorias obtenidas sobre los moros gracias a la intervención de «hombres de acavallo, venidos del Cielo», y de llamarla «aun oy (...) universal, en la mayor parte de el Mundo; pues es la que se halla en toda el Africa: Indias Orientales, y Nuevo Mundo, y toda España (donde solo se introduxo la de brida, despues del Señor Carlos V ser su Rey)»102. Pero la brida, dominadora del Viejo Mundo, ha hecho ya irrupción también en la decadente patria de la jineta: cada vez con mayor frecuencia se corren estafermo y sortija103 según los dictados de los viejos Raffaele Puddu 46 encuentra un terreno más fértil allí donde la autoridad del Estado lucha por afirmarse o por resistir, como en Alemania o en Inglaterra, pero sobre todo allí donde la Corona sale triunfante de la confrontación con todos los otros poderes, y por tanto en la Francia del Rey Sol. Puesto que en las fuentes que he examinado la aplicación de la metáfora al Estado está por completo ausente, se puede sostener la hipótesis de que su fallido arraigo más allá de los Pirineos refleja la crisis de la Monarquía Hispánica. 102 A. L. Ribero de Barros: La Jornada de Madrid. Compendio referido por A. L. R. de B., Moço Fidalgo en la Casa Real de Portugal: Ofrecido al Excelentissimo Señor Don Juan Gaspar Enriquez de Cabrera, Almirante de Castilla, Duque de Medina de Rioseco, Madrid, 1672, fol. 10. maestros italianos cuya gloria reverdece Versalles, y Ribero de Barros encuentra oportuno subrayar cómo incluso el Almirante de Castilla había elegido hacerse retratar «montado a la Brida»104. La recurrente expresión «Caballería Política» empleada por Dávila y Heredia en la Palestra Particular de los Exercicios del Cavallo, aparece ya desprovista de cualquier relación con la triste realidad de la Monarquía Hispánica, al igual que grotescamente desproporcionadas respecto a la «Política, gala y gentileza de los Cavalleros Cortesanos»105 son expresiones tales como «engañar la colera de sus Armas», «que fundais la honra de vuestras conquistas», «poner gloria en competencia» o «Nosotros los Cavalleros aventureros, conocidos en la tierra, y en la mar, hijos de los bravos conquistadores, honor y terror del mundo», empleadas o pronunciadas en ocasión de pruebas como «Estafermo, faquin, y sortija, tres lançadas a cada cosa; y luego en una misma carrera, variada por diferentes lados, sin cortarse en ninguno, Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 47 103 Si damos fe a Ribero de Barros, que sin embargo le dedica no poca atención, “está tan olvidada en Madrid correr la sortija” (Ibidem, fol. 28). Aceptando la invitación de Clare de estudiar los juegos ecuestres también partiendo de los que han llegado hasta nosotros (Clare, op. cit., págs. 51 y ss.), dan ganas de preguntarse en qué medida esta “sartilla” que en los días de carnaval apasiona a la gente de Oristano y de tantos otros lugares de Cerdeña revela una cierta influencia de la península italiana, donde todavía hoy está viva la tradición de la “quintana”, o, más bien, la situación periférica de la Cerdeña de los siglos XVI y XVII respecto a la metrópoli ibérica, a su tradición “morisca” y, sobre todo, a la corte y al mundo de los sportsmen aristocráticos. 104 Ribero de Barros, La Jornada, op. cit., fol. 29. 105 Andrés Dávila y Heredia, Palestra Particular de los Exercicios del Cavallo; sus propiedades, y estilo de Torear, y jugar las Cañas; con otras diferentes demonstraciones de la Cavalleria Politica. Por Don A. D. y H., Señor de la Garena, Capitan de Cavallos, Ingeniero Militar por su Magestad. Dedicado al Señor D. Pedro Fernandez del Campo, Cavallero del Orden de Santiago, del Consejo de Su Magestad, y de su Camara de Indias, y Secretario del Universal Despacho, Valencia, Benito Macé, 1674, Al Lector. cinco acciones de gallarda agilidad»106. Los años de Rocroi marcan el ocaso de los temidos tercios de infantería y al mismo tiempo de la «silla gineta», desde lo alto de la cual tantos hidalgos habían contemplado orgullosamente los dos mundos. «Hijo fatal de tres furias (...) coronado de dos muertes»107, el toro, mientras tanto, está desplazando al caballo del trono de animal símbolo del valor español, asumiendo el papel de protagonista de los Romances deportivos producidos entre el reinado de Felipe IV y la subida al trono de la casa de Borbón. Se canta su encierro bajo los ojos de la Aurora, su impetuoso irrumpir en la arena, su desesperada defensa contra una miríada de asaltantes, hasta «quando un Clarin, pronostico le advierte, /los ultimos presagios de su muerte». «El Vulgo alborotado», «si vivo lo temió, muerto lo espanta»108. Cuenca se vanagloria de la raza de los «toros tan bravos desta sierra»109 excavada por el curso del Huécar: en un vuelco de los roles Raffaele Puddu 48 106 Ibidem, fols. 14, 15. 18, 20. Por otra parte, en el parágrafo sobre «Combatir a cavallo con espada, capa», que define como «accion de mucho garbo», sugiere expedientes anticaballerescos (Ibidem, fol 75), copiados palabra por palabra, como es su costumbre, por Aguilar (Cf. Aguilar, op. cit., fol 36). 107 La Fiesta Real y Votiva de Toros, que a Honor de San Iuan Bautista, celebró Madrid. A 6. de Iulio de 1648. Descrivia D. Gabriel Bocangel Vinçueta Contador de Resultas de Su Magestad, y su Coronista. Dedicada a los Quatro Excelentissimos Señores, que lidiaron aquella tarde las Fieras, Madrid, Vicente Alvarez de Mariz, 1648, fol. 6, en Relaciones Poéticas, op. cit., vol. III. 108 Discursos a las Reales Fiestas, que la Muy Noble, y muy leal Ciudad de MURCIA hizo en onze y doze de Setiembre, de mil y seyscientos y veynte ocho. Dirigidos a Don Francisco Thomas Galtero Palazol, regidor, y Procurador general della. Por Diego Beltran Hidalgo, vezino de la misma Ciudad. Murcia, Luis Verós, 1628, en Relaciones Poéticas, op. cit., tomo I, págs. 20, 21 (El volumen no está paginado: la numeración de las páginas es mía). 109 Relacion verdadera, en la qual se da cuenta de la manera que en el rio de Huecar, de la ciudad de la Estrella, por otro nombre llamada CUENCA se corren los toros fuertes de la sierra, y las desgracias que en ellos muchas vezes suceden. Compuesta por Iuan Bautista Iustiniano Clerigo Presbytero natural de la misma Ciudad, Cuenca, 1625, fol. 11 (la numeración de los folios es mía), en Relaciones Poéticas, op. cit., tomo V. sociales que anuncia el futuro de la fiesta nacional, y con ello el final del noble teatro de la gineta», el pueblo menudo se enfrenta al toro para diversión de un público aristocrático. «Tambien por las ventanas, y balcones/ Adornados con muchos tafetanes / Tocadas con curiosas invenciones / Entre gentiles hombres y galanes, / Se ven damas llevando mil blasones, / Atendiendo a que estan hechos truanes, /Diziendoles mil gracias, y requiebros /Con regalada voz y dulces quiebros, //...// Fuera desto se ven muchos tablados / Entapizados con paños de colores, / Con damascos preciosos, y brocados, / Que ocupan caballeros, y señores, / Puestos en sus asientos sublimados / Mirando como alli los corredores / Silvan para que salga el bravo toro / Con los cuernos de plata, y la piel de oro»110. Toros y cañas. Los juegos ecuestres en la España del siglo de Oro 49 110 Ibidem , fº 6.