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El infierno sobre rieles. La violencia que no cesa en La Mara de Rafael Ramírez Heredia

Camacho Delgado, José Manuel

Abstract

La Mara (2004) es una de las grandes novelas hispanoamericanas sobre la violencia que azota la frontera que hay entre México y Guatemala, donde operan las maras, los narcotraficantes y todo tipo de bandas mafiosas. Rafael Ramírez Heredia recrea el peregrinaje lastimoso de miles de inmigrantes indocumentados que tratan de cruzar México a lomos del tren conocido como la Bestia

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Anuario de Estudios Americanos, 73, 2 Sevilla (España), julio-diciembre, 2016, 539-572 ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 El infierno sobre rieles. La violencia que no cesa en La Mara de Rafael Ramírez Heredia/ Hell on Rails. The Continuing Violence in La Mara by Rafael Ramirez Heredia José Manuel Camacho Delgado orcid.org/0000-0001-6655-7272 Universidad de Sevilla Para Cristina Mercedes, ancladita en mis andentros, deshaciendo fronteras La Mara (2004) es una de las grandes novelas hispanoamericanas sobre la violencia que azota la frontera que hay entre México y Guatemala, donde operan las maras, los narcotraficantes y todo tipo de bandas mafiosas. Rafael Ramírez Heredia recrea el peregrinaje lastimoso de miles de inmigrantes indocumentados que tratan de cruzar México a lomos del tren conocido como la Bestia. PALABRAS CLAVE: Violencia; Tren (la Bestia); Frontera; Bandas; Corrupción; Narcotráfico; Tatuajes; Maras. La Mara (2004) is one of the greatest Latin American novels about the violence plaguing the border between Mexico and Guatemala, where the maras (gangs), drug traffickers and all kinds of mafia organizations operate. Rafael Ramirez Heredia recreates the pitiful pilgrimage of thousands of undocumented immigrants who try to cross Mexico on a train known as the Beast. KEYWORDS: Violence; Train (the Beast); Border; Gangs; Corruption; Drug trafficking; Tattoos; Maras. Copyright: © 2016 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. 539 Del Tijuanita a El Palmito. Hacia una cartografía fronteriza de la corrupción Poco antes de su muerte, el escritor mexicano Rafael Ramírez Heredia (Tampico, 1942-Ciudad de México, 2006) dejó para la literatura en español una obra deslumbrante y monumental, una novela virtuosa e irrepetible en el uso de los recursos orales, una ficción admirable surgida de las espesuras abisales de la selva, un relato portentoso que perfila con trazo certero la corrupción y la violencia descarnada de la frontera entre México y Guate - mala, donde campan a sus anchas las bandas juveniles y los grupos criminales organizados para extorsionar, chantajear y asesinar a los inmigrantes indocumentados que tratan de alcanzar el norte del sur. La Mara,1como tituló el escritor mexicano su extraordinaria novela, obtuvo desde el primer momento el reconocimiento de la crítica —Premio Dashiel Hammett de la Semana Negra de Gijón (2005)— y fue considerada como «la obra más importante escrita en México en los últimos treinta años».2 Ramírez Heredia ha situado su novela en el corazón de una frontera tan importante como la que conduce a los indocumentados hasta EEUU, y que supone una escala importantísima en los movimientos migratorios hacia el norte, como es la frontera que divide y conecta a México con sus vecinos del sur, Guatemala, Honduras y el Salvador, a través del río Suchiate, uno de los lugares más turbios y peligrosos de la larga travesía, porque alrededor de sus aguas opera todo tipo de mafias y grupos violentos, donde se trafica con armas, con drogas, con indocumentados, con mujeres, con órganos, con todo aquello que pueda generar algún tipo de riqueza en los márgenes de la ley. En este sentido, el título propuesto por el novelista mexicano, La Mara, resulta equívoco, porque no es una obra al uso centrada en estas pandillas urbanas sino que plantea las formas complejas de la violencia en torno a una frontera fluvial, donde los mareros actúan como compinches de las autoridades locales y de los poderes fácticos de la sociedad, facilitando la impunidad e, incluso, la protección de los cuerpos de seguridad del estado, del ejército desplegado en la zona, de los agentes de inmigración o de la propia migra norteamericana. De los establecimientos que conforman este inquietante microcosmos, el narrador centra su atención en varios enclaves que trazan las prin1 México-Madrid, Alfaguara, 2004. En adelante cito siempre por esta edición, indicando en el propio texto el número de página entre corchetes. 2 Cardona, 2006. JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 540 cipales líneas argumentales de la novela: el prostíbulo o «bailadero» de doña Lita, conocido como el Tijuanita, la estación policial de El Palmito, el consultorio médico-mágico de Ximenus Fidalgo, la casa llena de insectos de don Nicolás Fuentes, excónsul de México y las propias aguas del Suchiate en donde trabaja sin descanso un balsero conocido como Tata Añorve y que será clave en la dimensión trágica y mesiánica de la novela. Buena parte de la localización de la novela transcurre en el Tijuanita, el prostíbulo de altos vuelos de Tecún Umán, en la parte guatemalteca, donde las jóvenes no solo están adiestradas en las artes del kamasutra tropical, sino que además, muchas de ellas tienen sus propias redes de distribución y su clientela incondicional que les permite hacer negocios con la cocaína, las metanfetaminas, el crack o la propia heroína. De alguna forma, todas las historias que articulan La Mara están conectadas con este epicentro del placer, un topos lujurioso y fronterizo, un santuario erótico cómplice de la violencia vertical que coloniza toda esta zona, donde los códigos, los valores y las normas han sido subvertidos para generar un nuevo espacio regido por sus propias leyes. Al igual que ocurre en otros prostíbulos de postín de la narrativa hispanoamericana —como los que aparecen en El lugar sin límites de José Donoso, en El amor en los tiempos del cólera o en Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, en La casa verde o Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, en La carreta de Enrique Amorim, en Ilona llega con la lluvia de Álvaro Mutis o en La dulce canción de Cayetana, de Nélida Piñón—, también en La Mara el prostíbulo de doña Lita es el centro neurálgico del poder, donde se dan citas las fuerzas vivas de la sociedad: el licenciado Cossio, el general Valderrama, el excónsul Nicolás Fuentes, los «comandantes» Julio Sarabia, alias el Moro, y Artemio Medardo, más conocido como el Burrona, además de toda una ristra de empresarios de moralidad venenosa, suficientemente peritados en las mil prácticas delictivas que convierten ambas orillas del Suchiate en un verdadero parque temático de la criminalidad. La propietaria del burdel es doña Lita, mujer emprendedora y llena de iniciativas, auténtica matriarca de la vida nocturna, que cuida a sus muchachas con un afán maternal, atendiéndolas con mimo y animándolas para que prosperen y puedan montar sus propios negocios en un futuro inminente, aunque pocas conseguirán desenclavar la poderosa influencia de la madame. A pesar del mundo sórdido de los burdeles y lupanares de la frontera, doña Lita siempre mantiene, al menos en apariencia, una actitud protectora y solidaria hacia sus muchachas, a las que trata de inculcar unos EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 541 valores que pasan por la profesionalidad y la lealtad en el cumplimiento de su trabajo, advirtiéndoles en todo momento de los peligros que entrañan las trampas del corazón, las espinas y el veneno que se liba en los amores traicioneros y previniéndolas de las tretas y mil peligros derivados de los reclamos de los coyotes, polleros y otros elementos transfronterizos. El único amor que se le conoce es el curita de Mazatenango, un párroco muy poco ortodoxo, profundamente comprometido con el mensaje cristiano, pero alérgico a las normas y protocolos dictados desde la curia vaticana. En realidad, las actividades de doña Lita van más allá de los trajines del Tijuanita, asumiendo papeles de intermediaria encargada de contactar con los coyotes y polleros de la zona para llevar a los indocumentados hasta puntos intermedios del territorio mexicano, con la complicidad siempre de los agentes de la migra mexicana —el Moro y el Burrona, principalmente—, tal y como vemos en el capítulo 19 de la novela. Es ella quien facilita el viaje laberíntico de Dimas Berrón, junto con su esposa, y otros tres inmigrantes centroamericanos al final de la novela (capítulo 26). Del rosario de personajes que pululan o trabajan en el Tijuanita, el narrador centra su atención en dos prostitutas, Selene Artigas y Sabina Rivas, el gran amor del cónsul mexicano don Nicolás Fuentes. Selene Artigas, más conocida como Lizbeth o la panameña, aparece por primera vez en el capítulo quinto de la novela, cuando el autobús en el que va camino de la frontera guatemalteca para trabajar en el Tijuanita es detenido en un retén de los habituales por los agentes de la policía mexicana, sin saber que se trata de la última adquisición de doña Lita para el mejor «bailadero del mundo». La solución viene de uno de los compinches de doña Lita, el comandante Julio Sarabia, quien al redactar su informe sobre el retén de marras habla de siete detenidos, ignorando así la presencia de la panameña. Los gringos aceptan este vacío aprovechándose sexualmente de las mujeres que han sido detenidas para su deportación, con lo que la corrupción se inocula también en los eficientes y probos funcionarios norteamericanos, quienes son capaces de facilitar la entrada a Guatemala a cambio de los pertinentes favores sexuales: «la panameña fue colocada como guatemalteca por las razones que Sarabia comentó como un favor que los gringos gruñeron aceptando, porque a su vez ellos se estuvieron las horas dentro de la celda de las mujeres con la hondureña jovencita y con Selene-Lizbeth, dura de cuerpo, con las tetas como astas de novillo» [91]. Muy pronto Lizbeth se va a convertir en la favorita de doña Lita, en la muchacha encargada de satisfacer las fantasías sexuales de los ricos y JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 542 poderosos que controlan ambas orillas de la frontera fluvial. La primera vez que Lizbeth cruza el Suchiate para trabajar en uno de los lugares de moda en la zona mexicana, lo hace conducida por un balsero clave en la novela, el Tata Añorve, quien todavía no ha vivido la terrible desgracia de perder a su hija a manos del marero Jovany Rivas y que de alguna forma trata de protegerla contra los males y las perversiones que se filtran a través de las aguas del río, en un gesto premonitorio de su propia tragedia: La siguió con los ojos al subir tan diferentes a las de su chiquita. El cabello largo tan distinto al de Anamar. Su niña jamás usaría esos colores en las uñas de los pies, y tuvo ganas de decirle a esa muchachita de cabello brillante, olorosa a baño enzacatado y perfume pegosteoso, que los zopilotes siempre hacen rodelas a los fiambres y que lo pensara mucho antes de atreverse a cruzar la noche del camino, porque las ratas devoran a los pajarillos que se apartan de su nido; sabiendo de lo inútil de las palabras que no dijo se quedó en la orilla, con el agua a la cintura, con la mano trazando una disimulada cruz [132]. Lizbeth llega al burdel mexicano con la idea de ejecutar todo tipo de coreografías y deleitar a los asistentes con sus bailes sensuales, deslizándose por la barra americana, contoneándose en una silla al son de la música de Marea Baja que tanta gloria le ha dado en otros establecimientos, obviando que en este lugar solo la quieren para disfrutarla en la cama y llevar a cabo las más estrafalarias fantasías sexuales. Por eso, tras una noche loca, de sexo loco, de grandes ingestas de cocaína y anfetaminas, de no saber cuál es el revés ni el derecho de la realidad, Lizbeth despierta con «la punzadura de los dientes ajenos en la carne machacada en varios sitios, en especial los pezones» [135] y con una resaca tremenda que no es solo física, sino también mental, aguijoneada por todo tipo de humillaciones y resentimientos cuando recuerda: los señores de una alegría discreta pasaron a las apuestas en la bebida, a los abrazos rudos, a los jaloneos, a las exigencias dolorosas de alojar por atrás lo que ella a muy pocos les ha permitido, la molestia de chupar una y otra y otra las pichulas alineadas frente a su cuerpo hincado, y hacer cosas que no la sorprendieron más de lo que hubieran hecho las peticiones cobradas extra con los clientes del Tijuanita, o lo que el patrón don Santos le enseñara en ciudad de Panamá, o don Nico en Tecún como coyote jarioso. Puros cerotes con el nombre de don, que son los peores, como don Chava, como don Cossio, sin dejar de lado a doña Lita, los carajientos dones [136]. Sin embargo, no solo se cruza la frontera entre México y Guatemala para ofrecer belleza y un sinfín de artes amatorias, sino también para hacer las veces de intermediaria («mula» o «camella») en el suculento negocio de la droga, proporcionada siempre por el comandante Burrona. El mercadeo EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 543 de la cocaína obliga al personaje a cruzar infinidad de veces el río Suchiate, conocido entre los maras como el río Satanachia, lo que le permitirá establecer una extraña complicidad con el viejo balsero, quien siempre habla en un tono profético y apocalíptico, sobre todo cuando se refiere a las bandas de tatuados, lo que impresionará a los visitantes que lleguen hasta su casa, generándose una particular corriente mesiánica. De hecho, Lizbeth es de las pocas que se atreven a comercializar la droga con los mareros, a pesar de que Peredo, el presentador del Tijuanita, le «diga que meterse con esos tipos es andar jugando con las babas del diablo» [243]. Su idea, cuando gane suficiente dinero, es «regresar a ciudad de Panamá a poner un negocio de bingo, un cabaret de lujo o una casa de cambio» [243], equiparándose así a otros personajes de la novela —como Dimas Berrón o Rosa del Llano— que aspiran a alcanzar el sueño americano, simbolizado, en este caso, en la ciudad de Miami. Sin embargo, no es la vida lujosa y confortable lo que espera a la panameña, sino un infierno de drogas y alcohol que arruinará su cuerpo y su vida. En La Mara hay una relación muy particular y próxima al amor entre don Nicolás Fuentes, excónsul de México, y Sabina Rivas, una de las bellezas rutilantes que trabajan en el burdel y que da voz a las miserias y sinsabores de las prostitutas del Tijuanita. Su historia, punteada a lo largo de la novela, está centrada en el capítulo 16, conectada siempre a las confidencias que le hace a don Nico, antes de su caída en desgracia. Natural de San Pedro Sula (Honduras), Sabina Rivas procede de una familia violenta y desestructurada, con un padre tremendamente agresivo y una madre, doña Jaci, preocupada solo por sus cosas, generándose un caldo de cultivo excepcional para que la niña Sabina acabe prostituyéndose por la calle y su hermano Jovany ingrese en el mundo de la Mara Salvatrucha 13. Como reconoce a don Nico «El pasado de nosotras es agua revuelta que nadie quiere beber, ni siquiera un bróder leal» [189]. Con apenas trece o catorce años tuvo que salir huyendo de su casa, para caer en manos de Mario Antenor, un texano, de origen salvadoreño, que la violará de manera inmisericorde y más tarde la ofrecerá como festín sexual a un grupo de amigos, todos nacionalizados norteamericanos pero de origen hispano, repitiendo de manera sórdida la historia de miles de mujeres de los burdeles. Sin embargo, en su historia contada una y mil veces a don Nico hay un asunto turbio, una zona oscura de su biografía referente a sus padres, una pulsión incestuosa creciente hacia la figura de su hermano, el marero Jovany Rivas. El cónsul siempre se pregunta «¿Por qué ese asunto mete a la catraJOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 544 cha en unas negruras que le arrancan los chillidos?» [192]. La razón no es otra que el origen parricida de las dos primeras lágrimas de Jovany, el asesinato de sus padres, lo que lo convierte en un auténtico héroe en el mundo ultraviolento de la Mara Salvatrucha.3Pasado el tiempo, Sabina se enteraría, en el barrio de Suncery de San Pedro Sula, de que «habían enterrado a sus padres sin ella saber en qué cementerio estaba la cripta, o si reposaban en tierra bendita» [289]. La historia verdaderamente conmovedora de Sabina Rivas es la pasión incestuosa por su hermano, alimentada a lo largo de los años en la búsqueda obsesiva de sus olores en cada uno de sus clientes y en los coqueteos amorosos con sus amantes ocasionales. El miedo, la atracción sexual y la fascinación por la maldad de Jovany acaban generando en Sabina una personalidad obsesiva, en intensa búsqueda de aquel que la atemoriza y cuyo deseo aparece larvado en lo más profundo de su conciencia: No quiere saber que su hermano Jovany anda cerca, aunque lo sabe. Lo sabe y le aterra que una noche se le aparezca y le renueve ese sentimiento que odia, o lo peor, lo que siente con los hombres y se le pega al recuerdo del hermano, y eso es mucho menos agrio que si él le contara dos partes de la historia de las lágrimas tatuadas en la cara […] … que oiga lo que quiere decirle, que ella no tiene salida, está marcada como vaca de engorda desde que supo lo que Jovany había hecho pa ponerse dos de sus malditas lágrimas… […] …si le pide que se acueste con él, que cojan como locos, a lo mejor ella le dice que sí, que lo único que le importa es olerle el sudor, que le meta la pichula hasta lo hondo del cuerpo y así no tenga voz pa pedirle cuentas por lo que les hizo a sus padres, la maldita sinrazón de haberles dado luz verde pa ponerse un par de lágrimas y darse el lujo de que la clica lo admire por ser más el más cabrón de los cabrones del mundo [32 y 284]. A mitad de camino entre la vida prostibularia y su casita cerca del río Suchiate, encontramos a don Nicolás Fuentes, uno de los personajes más complejos de la novela, quien practica todo tipo de corruptelas menores desde su condición de cónsul de México en el norte de Guatemala, después de haber pasado veinte años como oficial de pasaportes en Ciudad de México. Presentado al principio de la obra como un personaje en caída libre, abandonado en todos los sentidos, pasa sus días encerrado en la casa donde nada funciona, tumbado en su hamaca, acompañado por un televisor asediado por las interferencias, sin aseo personal, rodeado de mugre y cochambre, con el pijama manchado por la orina y rumiando los recuerdos lacerantes de la bellísima Sabina Rivas, cuyo paradero desconoce y cuya muerte presume en la matanza de la Ermita del Carrizal. Su trabajo no ha sido fácil en Tecún Umán, a sabiendas de la animadversión de los 3 Así se lo declaró el propio Rafael Ramírez Heredia a Raquel Garzón (2004). EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 545 guatemaltecos hacia la población mexicana y de la imposibilidad de vivir en una localidad abrasada por el calor y la violencia. Durante años ha dado muchas visas a cambio de sexo, con frecuencia a niñas que apenas eran adolescentes, viajando ocasionalmente al DF para rendir cuentas de sus gestiones en la frontera, pero siempre cuidadoso con no convertirse en un ser omnipotente de la burocracia, una deidad rectora de las visas y otros documentos necesarios para la legalidad transnacional. Aunque ha sido cauto en todas sus fechorías en los últimos diez años, la sospecha, posiblemente lanzada desde el propio gobierno regional, de que estuvo implicado en la matanza del Carrizal, ha terminado costándole el cargo diplomático que ha ejercido con el consentimiento y la aprobación de la mayoría de los vecinos de Tecún Umán, un lugar infame y pestilente, lleno de burdeles y «bailaderos» que huelen a orines. En cierto sentido, sus corruptelas son siempre sexuales, como le recuerdan a doña Lita sus muchachas, y siempre ha sido muy cuidadoso con no tocar otros asuntos que podrían convertirse en auténticos avisperos para la tranquilidad y su seguridad diplomática en ese territorio inhóspito, al que llama «basural, refugio de canallas tatuados» [21], por eso se ha mantenido alejado del tráfico de drogas —a pesar de las invitaciones insistentes y machaconas de los agentes de inmigración— y de las pandillas y bandas callejeras, grupos ponzoñosos de jóvenes escorados hacia una violencia patológica: Pero a los tatuados nunca les dio papel alguno. Chacales perdidos de la oscuridad. A ésos los evita si se atraviesan en su camino. Percibe sus ojos en la negrura de los bailaderos. Oye su voz en el pitido del tren. En la estación donde tienen su madriguera. Para ellos la visa no es vida, es la calavera del demonio. Nunca hizo eso y tampoco tuvo nada que ver con la noche en el Carrizal. Eso bien lo sabe, aunque haya gente que lo dude […] Aferrado a eso por no querer penetrar en directo a la historia de los hombres tatuados, semidesnudos, dispuestos a hendir hasta el silencio, de odio encanijado, de muerte en los ojos. Tampoco a los alijos de cocaína, por más que Julio el Moro Sarabia, y el Burrona, cada quien por su lado, lo camelaran, lo siguieran por meses para decirle que no fuera tonto: … don, el gobierno ni se da cuenta… [20 y 23]. Su caída en desgracia, tras ser maliciosamente relacionado con el episodio trágico del Carrizal, se debe en buena parte a su posicionamiento independiente y poco cómplice con las corruptelas policiales a ambos lados de la frontera. A pesar de sus chanchullos libidinosos con las jóvenes del Tijuanita, don Nico no ha visto con buenos ojos la corrupción policial, el tráfico de armas y de drogas o la complicidad de las autoridades con los mareros. Tampoco está de acuerdo con las intromisiones de los agentes de JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 546 la migra norteamericana, quienes parecen hacer y deshacer a su antojo, a pesar de estar en una frontera muy alejada de los Estados Unidos, retorciendo aun más la implacable corrupción institucional: Dichos señores —evitó decir sujetos— llegan a eso de las nueve de la mañana y se retiran ya entrada la noche. Por los informes se sabe que los dos señores ejercitan el idioma inglés y al parecer comandan a los funcionarios mexicanos, quienes cumplen con acuciosidad las órdenes de los ya mencionados señores, regresando a la frontera a los indocumentados o dejando pasar a quienes determinen los multicitados señores extranjeros […] el par de gringos al mando de un puesto fronterizo mexicano a miles de kilómetros del río Bravo recibía un estímulo por parte de su gobierno de cincuenta dólares por cada centroamericano detenido que no fuera guatemalteco, y que cálculos bajitos mencionaban de ochenta a cien deportados al día [33-34]. Don Nico vive en un completo abandono desde que fue cesado en su puesto diplomático, paladeando el desastre cotidiano en el que sobrevive, la obsesión por la desaparecida Sabina, el pijama maloliente, la tele que no funciona, los insectos, las cucarachas y los alacranes que se pasean alegremente por su casa, la brisa podrida que llega desde el río Satanachia, «como Ximenus le dice al río» [36]. En su deterioro imparable se queja amargamente de que siempre estuvo solo en su oficina, sin que nadie de la Secretaría le hiciera caso cuando denunció que los gringos estaban mandando en la frontera. Su declive le impide volver a una cotidianidad que se pierde en la bruma del pasado, porque ni siquiera puede «ir al Tijuanita si la cerveza lo hace orinar a cada rato y se mancha los pantalones y le da vergüenza que lo vean así» [187]. Posiblemente fueron sus denuncias veladas las que determinaron su caída, sobrepasando las líneas rojas de la información reservada que cuestionaban la actuación de los agentes norteamericanos, tal y como plantea en su escrito de defensa: Que nunca tuvo que ver con contrabandos de nada, aunque en las investigaciones jamás saliera la palabra contrabando. Que sugirió, nunca de una manera directa porque no era tan torpe, que en la frontera hay un permanente contrabando de armas y de drogas. Que el tráfico con indocumentados es pan de cada hora. Que el cónsul informó a tiempo de las sectas religiosas [281]. Pero nada de eso sirve, porque don Nico, hombre querido en Tecún Umán, se va a convertir en el chivo expiatorio de todas las bellaquerías cometidas en la frontera y su denuncia de la complicidad de los mareros en dichas prácticas corruptas, en connivencia con los poderes fácticos, la policía, el ejército y los servicios de inmigración, será cuestionada y ninguneada por las autoridades mexicanas que verán en el cónsul un verso suelto al que hay que silenciar por la vía de su destitución: EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 547 sabía que una lágrima clavada para siempre en el rostro era igual a un cristiano menos en el mundo de acá abajo, y si las lágrimas del Poison eran dos, pos dos eran los batos putos que se habían ido a bailar a los congales del cielo [54]. Cuatro serán las lágrimas que ensucien el rostro juvenil de Jovany, cuatro lágrimas que representan muertes y sufrimiento, asesinatos inmisericordes que son asumidos por el lector como ajustes de cuentas con un pasado turbio y lleno de perturbadoras patologías. Esas lágrimas aparecen una y otra vez en su memoria, porque representan a los cuatro muertos que carga sobre su conciencia —Laminitas, sus padres y la joven Anamar, hija del Tata Añorve— y que aparecen de forma quimérica en los momentos de mayor violencia, casi siempre relacionados con el río Suchiate-Satanachia, con la selva o con el tren abarrotado de indocumentados a los que hay que robar, torturar y marcar de por vida: Y si nada sabía, menos aún que de ahí mero, de esa mentada Ciudad Hidalgo, ya dentro de un país llamado México, sale un tren vacío, enorme, largo como pesadilla, para ir hacia el norte, y que alguna vez, después de los trece segundos que tuvo que soportar para ser marero, ya con lágrimas tatuadas en las mejillas, tratando de no recordar siquiera lo que tuvo que hacer para ponerse esas cuatro primeras lágrimas que arden sin cesar como si a cada hora se las estuvieran tatuando con la palita gris de varios pequeños y dolorosos dientes, se treparía al tren en marcha y se escondería entre dos vagones oyendo el estruendo de la máquina y de las ruedas de hierro, pero no para irse al norte del norte del norte, sino para agarrar lo que el Poison, el Rogao y el Parrot le mandaron que agarrara, que hiciera en aquella noche, primera para él, en que los ruidos del tren fueron más débiles que los gritos salidos de la oscuridad saturada de llantos de las perras que no querían satisfacer las ganas de los batos locos siempre cargan y de los otros aullidos que nunca lo abandonan, la mirada de doña Jaci, la rabia sorprendida de su padre, las babas dulces de la niña, lo que en el hoyancón del camino lanzara Laminitas en esa súplica de sus ojos diciendo no saber la razón de morirse tan cerca de quien tanto lo calentaba [56]. En cierto sentido, la mirada escrutadora del narrador sigue los pasos de Jovany Rivas, convertido en una suerte de paradigma necesario para explicar los resortes y la tipología del clásico marero en todas las fases de su inmersión en una de las bandas o clicas. A lo largo de las sinuosas líneas argumentales de La Mara, tomamos conciencia del conflicto familiar de Jovany, sus robos e intimidaciones a los vecinos, las relaciones sexuales con su hermana, la ejecución de sus padres que lo convierten en un verdadero héroe entre los suyos, o cómo, de manera espectacular, Ramírez Heredia narra su ingreso en la Mara Salvatrucha en el capítulo décimo, que constituye un verdadero monumento verbal. A través de trece secuencias que reproducen los trece segundos en los que se pone a prueba JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 554 al aspirante, el narrador retuerce un lenguaje que detalla la ferocidad del rito de entrada con su avalancha de golpes propiciados por los veteranos del grupo, el crujir de los huesos rotos, las costillas fracturadas, los dedos desmembrados, los dientes arrancados de las encías a patadas, la hemorragia que estalla en la cara, una violencia espeluznante contra el candidato que se convertirá en el certificado de su valentía, en su compromiso fraternal e ineludible con los demás miembros de la pandilla, ofreciendo, de manera ritual, un tributo de dolor que los une para siempre21 —«Ellos son los que le atizan. Su verdadera familia» [120]—: Aguardan una oscuridad vana porque nadie llegará a detener la entrada del nuevo, que sentado fuma. Nadie será capaz de quitarle la ilusión al nuevo bróder. Nadie que se oponga al borbollón de golpes que durará trece segundos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y así hasta completar trece que es el número de segundo a segundo a segundo hasta llegar a trece y el nuevo sea parte de la clica 13 sin que el machacar de los golpes le quite el gusto de ser uno de ellos. Y también el número que le da contraseña a su Mara. No hay quien pueda cruzar la vida sin una identificación que les diga a los del más allá de dónde salió ese que porta los tatuajes, el letrero y las lágrimas en el rostro. … pa que los batos locos del otro barrio sepan de qué sitio arrancaron en el viaje… … de qué lugar del puto mundo vienen… Y los haga resaltar de los demás que no son suyos, como sí lo son los signos en sus cuerpos, el valor de cada una de las figuras que les clavaron punto a punto, dolor a dolor que no manifestaron aunque la mano del dibujante punzara las agujas sucias en la punta de una espátula con hilera de dientes, delineadores perfectos de las figuras en el cuerpo y de los tres puntos en sus nudillos […]. Para mostrar que un marero no se tumba ni siquiera cuando le aticen con todo, que no se va a quejar porque le rompan el alma, ni se va a cuajar antes que La Vida Loca le enseñe que para entrar a la Mara Salvatrucha 13 tiene que calarse los güevos bien puestos pa soportar esos segundos recibiendo chungazos menos duros de los que les ha dado la vida antes de ser parte bien alebrestada de la clica donde están… [75-76]. Otros mareros cumplen una función estructural y permiten ampliar el arco temático. Uno de ellos, se presenta como «Marvis Menses. Guatemal - teco. Trabajador libre. Soltero. Católico. Veinte años. Guatemalteco, repite y muestra sus documentos. A visitar a unos amigos en Tapachula. En dos o tres días se regresa a Tecún Umán. Viaja solo. No pertenece a ninguna banda y nunca ha oído mencionar eso de la Mara Salvatrucha» [86]. Se encuentra detenido en El Palmito, el puesto de la policía de inmigración en el que, obviamente, no se creen la versión del pandillero. El propio agente Julio Sarabia el Moro es testigo de las lágrimas tatuadas y de la violencia 21 Valenzuela Arce, 2013b. EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 555 de los motivos dibujados en su piel, que indican peligro y amenaza para todo el que se cruce en su camino: Julio Sarabia mueve la boca removiendo la saliva. No conoce el tipo, no puede conocer a toda la gente de Tecún, pero sí sabe de qué árbol se cuelga el verga ese. A la luz de la oficina, los tatuajes del hombre parece que se mueven. La manta le cubre parte del cuerpo, no así el rostro donde un racimo de lágrimas tatuadas, tres de un lado y dos del otro, le parten las mejillas. La manta no esconde los brazos adornados de calaveras y aves. Tampoco cubre las manos donde tres puntos tatuados en los nudillos florecen como rosas negras […] Marvis se quita la manta gris. Lo hace como si fuera un mago segundos antes de iniciar su acto. Los tatuajes del cuerpo se mimetizan en las paredes de la celda: dragones de hocico flamígero, el rostro de un Cristo de mirada fiera, serpientes entrelazadas, águilas de ojos penetrantes, cruces sobre tumbas, miles de puntos que arman una constelación de estrellas, las dobles fauces de un tigre [86 y 92]. Al igual que Lizbeth, Marvis Menses no va a ser registrado en el parte oficial de El Palmito a pesar de haber sido detenido en un retén rutinario, como si fuera transparente o invisible para los agentes de inmigración, y va a aprovechar esta condición para desvalijar con inusitada violencia al grupo de indocumentados que comparten la celda, pasando por alto que se encuentra en un recinto policial donde la complicidad con los mareros es evidente y todo parece estar sumergido en las aguas pestilentes de la corrupción. No hay duda de que existe una complicidad absoluta entre las fuerzas del orden y las pandillas que pululan por la selva, a las que se recurre para la protección de ciertos operativos relacionados con el tráfico de armas o de drogas, tal y como Ramírez Heredia narra en el capítulo 21. De esta forma, la corrupción, en perfecto maridaje con la violencia, no solo es vertical y horizontal,22 sino que parece tocarlo todo por medio de interminables círculos concéntricos que convierten el espacio de la frontera en un verdadero esperpento de la sociedad, un esperpento atravesado por líneas de ferrocarril en las que los inmigrantes van a vivir un auténtico calvario. La Bestia o el «tren de la muerte», como se le llama popularmente, no es un tren solo, obviamente, sino una red de convoyes que cruzan México de sur a norte, en ambos sentidos, transportando todo tipo de mercancías, entre las que destacan los productos químicos o altamente tóxicos que deberán evitar a toda costa los inmigrantes. Después de cruzar el río 22 A estas formas de violencia y corrupción, analizadas por Dorfman en los años 70, Alfredo Nateras incorpora otras categorías procedentes de la sociología como la violencia «multifacética», «dinámica», «política», «estructural», «simbólica» o «cotidiana» (Nateras, 2006, 73). JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 556 Suchiate en alguno de los puntos que conecta a Tecún Umán con Ciudad Hidalgo, los indocumentados tendrán que abordar el tren, que no está preparado para llevar pasajeros, tratando por todos los medios de alcanzar el techo de los vagones o quedar instalados en cualquier saliente de hierro o en las escalerillas que conectan unos vagones con otros, en los lugares más insólitos, después de luchar a brazo partido con otros hombres y mujeres que en su desesperación patean, golpean, muerden, arañan, arrastran, con el único objetivo de tener un pequeño espacio a lomos de la Bestia que le permita llegar lo más cerca posible de la frontera con los Estados Unidos.23 Una de las particularidades de este tipo de trenes es que no anuncian los días ni las horas de salida, facilitando, de esta manera, una información privilegiada para todo tipo de coyotes, poyeros, halcones de los narcos, chivatos y soplones de los maras y otros informantes de la fauna transfronteriza, que utilizarán esta valiosísima información, filtrada oportunamente, para rentabilizarla con grandes cifras económicas.24 Tan importante como subir al tren en medio de la batalla campal y escapar de lo que se ha llamado «la nube de inmigrantes», es evitar a toda costa los «vagones malos», aquellos que cargan productos tóxicos y, sobre todo, sortear aquellos lugares donde viajan estos informantes de los narcos, de las maras o de otras mafias operativas, que más tarde señalarán para su desvalijamiento a los indocumentados que supuestamente tengan mejores recursos económicos. La subida al tren se hace en movimiento, en medio de los tropezones, codazos y empellones por alcanzar el mejor sitio posible, por lo que las caídas y los accidentes forman parte del traqueteo siniestro del tren, con sus ristras habituales de miembros cercenados o inmigrantes que mueren al caer bajo sus ruedas, a los que hay que sumar las caídas por efectos de la modorra, el sueño o los vaivenes inesperados de la maquinaria en los tramos difíciles del trayecto. Muchos serán enterrados en los cementerios locales, en fosas comunes casi siempre, sin un nombre y unas señas para identificarlos en el manglar de la desgracia, porque la mayoría viaja sin documentación, de ahí el apodo de «indos», con el objeto de dificultar y retrasar su deportación en el caso de ser detenidos por los agentes del ramo 23 Martínez, 2010, 64-79. Chouza, 2014. Dalton y Elías, 2014. 24 Véanse los documentales: A lomos de la Bestia, de Jon Sistiaga, Canal Plus España, 2011, http://www.documaniatv.com/social/jon-sistiaga-a-lomos-de-la-bestia-video_eaa08f74d.html; y Fron - teras al límite: La frontera de la bestia (México-Guatemala), TVE, 2015, http://www.documania tv.com/social/fronteras-al-limitie-2-la-frontera-de-la-bestia-mexico-guatemala-video_58822a28c.html. [Consultado: 01/08/2016]. EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 557 o bien porque ya no la tienen, después de haber sido atracados y robados a lo largo del trayecto.25 La geografía mexicana está punteada de estaciones o apeaderos en los que se produce el abordaje a la Bestia por parte de los inmigrantes, aprovechando la carga o descarga de la mercancía, pero también de puntos negros en los que operan las maras, los narcos y las mafias de todo pelaje, a veces compinchados con los responsables o funcionarios de la estación, o en sintonía con el maquinista y los interventores del tren. Es frecuente que los tatuados vayan camuflados entre los inmigrantes, haciéndose pasar por uno de ellos. Por eso, el miedo es constante en cada kilómetro del viaje, el temor agazapado en cada curva, la congoja y la angustia en cada tramo de vías, en cada pitido de la Bestia, pitido o silbato que puede ser anuncio de salida o de llegada, o código secreto a modo de contraseña para alertar a las maras del inminente asalto. Aparecen entonces las armas más rudimentarias, palos, machetes, navajas, cuchillos, punzones, alicates, herramientas y aperos que han perdido su significación positiva para convertirse en instrumentos que generan un dolor atávico, que mueve los miedos más ancestrales del hombre, que devuelve a la víctima a un primitivismo mayor del que tratan de escapar. Los tatuajes en el cuerpo, los puntos negros en los nudillos, las lágrimas feroces que certifican el número de víctimas, el lenguaje encriptado y retorcido de los pandilleros, sus cabezas rapadas, las bocas desdentadas, los ojos saltones por las drogas, cuando no vacíos por los golpes, todo acaba generando una atmósfera tenebrosa y asfixiante, infierno de herrajes y plantas, posiblemente sobredimensionado por los medios de comunicación, como creen Valenzuela y otros,26 pero que en cualquier caso supone una inmersión en las zonas más abisales y turbias de la sociedad: Entre 1998 y 2003 se produjo el incremento de las actividades violentas y delictivas de estos grupos. Sin embargo, es a partir de 2004 cuando, de manera espectacular, las maras (la «Salvatrucha» y la «18») empiezan a ocupar un lugar central en el imaginario del miedo y se convierten en la «nota valiente» favorita de los medios. Es indudable que dos factores contribuyen a esta centralidad mediática: la decisión del gobierno estadounidense de declararlas «problema de seguridad nacional» y, desde luego, la «diversificación» delictiva de la mara: venta de protección y traslado de migrantes (centroamericanos, europeos del este, árabes) de Centroamérica a México, en red con grupos mexicanos; control de la ruta fronteriza Guatemala-México (Tecún Umán-Ciudad Hidalgo) a través de «la bestia» o «el tren de la muerte»; posesión de 25 Íñiguez Ramos, 2013. Navarro Briones, 2013. Hernández y Valle, 2015. Ximénez de Sandoval, 2015. 26 Valenzuela Arce, 2013b, 35. Reguillo, 2016. JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 558 armas de alto calibre y de asalto. Sin embargo, y pese a los continuos reportes de los medios, todavía estamos lejos de entender desde adentro este acelerado deslizamiento hacia la violencia extrema y la delincuencia de los jóvenes agrupados en maras.27 Es cierto que el fenómeno de las maras ha podido ser utilizado por los gobiernos centroamericanos como una forma de suprimir y violar derechos constitucionales y retorcer el código penal a su antojo, pero las cifras que ofrece el periodista Jon Sistiaga no dejan lugar a dudas: del casi medio millón de indocumentados que se suben a la Bestia, casi un diez por ciento de ellos van a ser secuestrados, vejados, torturados, mutilados o asesinados ante la mirada atónita y reticente de los demás pasajeros, sin perder de vista que siete de cada diez mujeres serán violadas y vejadas en repetidas ocasiones antes de llegar a su destino,28 con lo que su vida, si la mantienen, quedará para siempre estigmatizada.29 El tren cumple una función importante en La Mara, no solo por ser un medio de transporte clave para los indocumentados más pobres que tratan de llegar al norte de México, sino también por formar parte ya de la imaginería más siniestra de la zona, con una importante carga mitológica que ha llevado a la opinión pública a bautizar al tren como «la Bestia» y que es, en última instancia, el responsable de ese continuo zigzagueo de indocumentados que buscan entre los vagones de carga una nueva oportunidad para sus vidas. Lo dice un personaje sin escrúpulos, obsesionado con el dinero, el agente de inmigración Artemio Medardo, alias el Burrona: «que lo pongan cerca de donde el tren tiene su reino, el bendito tren que pega más insectos que un mosquitero, que jala las hordas que quieren irse y creen que el tren los va a sacar del calor y nomás embauca a los jodidos que traen pocos dólares, o sea» [214]. Y en otro lugar: «No se queja, qué se va a quejar si estos vergas se estuvieran quietecitos en su país, el negocio se desploma» [259].30 Por paradójico que resulte, el tren cargado de indocumentados e inmigrantes desamparados reactiva la economía más sucia y sórdida de la zona y es protagonista y testigo de algunas de esas escenas más abyectas y 27 Reguillo, 2016, 4. 28 Sistiaga, 2012. Salinas, 2011. 29 Martínez, 2010, 80-99. 30 Galgani plantea una formidable paradoja, ya que el «tren se constituye en la simbólica resistencia con que el progreso prueba y expele a los que no considera dignos de sí. Maquinaria nueva que lleva hacia el norte, hacia la promesa, hacia el futuro, pero que puede arrojar hacia la muerte o devolver hacia el pasado, la pobreza, el sur, con el cuerpo amputado o con el alma vendida a los poderes fácticos que gobiernan en la frontera. El tren es el adelanto de lo que serán los Estados Unidos para los inmigrantes, es decir, una férrea promesa de progreso y rapidez, pero también la amenaza destructiva de un sistema que revienta a quienes no se adaptan a sus leyes y mecanismos» (2009, 30). EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 559 abominables de la novela, que parecen sacadas de las pinturas de El Bosco. Sin embargo, Ramírez Heredia no pone la lupa en los inmigrantes que se aferran a los hierros del tren, no cuenta su durísima cotidianidad a la espera de que el tren arranque o se detenga en alguna estación, a excepción de algunos pasajes referidos al inmigrante Dimas Berrón y su esposa, Rosa del Llano (capítulos 7, 19 y 26). De hecho, el tren aparece y desaparece de la obra, como tragado por la selva rencorosa, sin embargo, el capítulo primero y el último están conectados por su presencia inquietante, lo que confiere una dimensión circular y casi onírica a esta pesadilla que se vive de forma tormentosa sobre las vías y los rieles. En La Mara hay un personaje que ejerce una gran influencia en todos los estamentos, Ximenus Fidalgo, quien se presenta ante el lector como una especie de brujo o visionario, chamán o líder de una secta, alguien que parece dominar el mundo que le rodea con su misticismo grandilocuente y lleno de marbetes y sintagmas ampulosos, como si fuera el representante de las fuerzas cósmicas sobre la tierra. No obstante, en el perfil del personaje hay muchos aspectos que apuntan a una condición maldita, casi satánica, un líder carismático que hace y deshace a su antojo desde su consultorio astrológico y que mantiene unas relaciones privilegiadas tanto con los agentes de inmigración, como con las maras, pasando por doña Lita y otros personajes centrales del enclave fronterizo.31 Es él, según parece, quien le ha cambiado el nombre al río, sustituyendo «Suchiate» por «Satanachia»,32 lo que implicaría una especie de culto fluvial a la figura de Satanás. Desde este enclave puede ver —o sentir— a las decenas de inmigrantes que pululan por la selva a la espera de subirse al tren. Esos inmigrantes van doblados, como tratando de ser invisibles, caminando entre burdeles y cantinuchas, a la espera de llegar al destino, 5.000 kilómetros al norte, en el otro mar de Veracruz. Se trata de vidas anónimas, criaturas perdidas y desesperadas, cuyo desconsuelo se multiplica como los insectos que padecen ante la posibilidad de regresar a sus lugares de origen: Ximenus siente a la oscuridad excitarse con el movimiento de las sombras. Sabe que durante el trayecto el tren se detendrá tantas veces como estaciones existan, o como la policía migratoria lo decida, o como los tatuados lo ordenen para atajar a los que no conocen el poder de las aguas del río llamado Satanachia. 31 Kunz, 2008, 77-78. Galgani, 2009, 20-22. 32 En el mundo esotérico y mágico, Satanachia es considerado como el jefe supremo de los ejércitos infernales, conectado con el movimiento de los astros, y caracterizado por ser una criatura extremadamente violenta, sobre todo con las jóvenes, a las que maltrata, posee y descuartiza en rituales cosmológicos, con lo que de alguna manera conecta a Ximenus Fidalgo con los mareros. JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 560 Los ojos de Cristo y de Ximenus no cambian su expresión mientras arriba de los carros de hierro se inicia el combate por obtener un mejor sitio. Se pistonean los pujidos. A un hombre se le desfigura el rostro por la patada lanzada desde una posición más alta en el ferrocarril. Se escucha el desliz de los lamentos. Las amenazas y ofertas. Todo en voz baja, como si fuera un pacto nunca acordado. Se escuchan los golpes que otro recibe en las manos sangrantes para desprenderlo de su asidero. Ahí, la pelea que uno sostiene contra los jalones a su ropa para quitarlo de la escalera. Allá, los golpes que recibe un tórax pegado al latido del que le dispara los puñetazos mientras el dolor se esconde en el bufido que defiende su posición […] Percibe los olores y los ruidos del tren y lo que sucederá durante el viaje: la perforación de los mosquitos del dengue. Las pulgas. El mordisco de las ratas. El hambre sin tapujos. La terquedad de las niguas entre los dedos. Lo que las ruedas de hierro apachurrarán cuando alguno de ellos se canse y caiga. Lo que harán los maras tatuados [12-13 y 16]. Nadie como él para saber lo que todavía no saben los inmigrantes indocumentados, que el viaje está lleno de «persecuciones, atracos, romances, huidas y mucha sangre» [14] en su intento desesperado por subir al convoy. Todavía no saben que «en cada rejuego está la caída, la pérdida de los brazos, las piernas cortadas, la deportación, la cárcel, el ulular de las anfetaminas y el polvo de la coca. No lo imaginan porque es más terrible regresar hacia sus países quemados que sufrir las desventuras hacia el norte» [16]. Y si malo es encontrar en cualquier curva del ferrocarril un retén de los agentes de inmigración, armados hasta los dientes, nada será comparable a la terrible y fatal experiencia de encontrarse con la Mara Salva trucha, la temida MS 13, algunos de cuyos miembros viajan en el tren, camuflados para que no salgan a la luz sus terribles tatuajes, para ocultar sus lágrimas criminales. De alguna forma, su aparición en medio de la noche, en medio de la bruma de la selva tiene algo fantasmagórico, de pesadilla apocalíptica, de visión espeluznante que invita al escritor a lanzar una especie de reto metaliterario: «¿Qué contador de relatos podría inventar uno donde narre que a los lados de este mismo ferrocarril de avanzar asmático por entre la selva ajena, seres de tatuajes enramados en el cuerpo y lágrimas estáticas viajan por senderos oscuros esperando que el tren se detenga?» [16]. Esa visión espeluznante que se plantea en el primer capítulo de la novela se completa en el capítulo 15, cuando la MS 13 lleva a cabo su particular cacería contra los indocumentados que logran escapar de los agentes de inmigración, planteándose una formidable paradoja, puesto que al ser detenidos y deportados salvarán sus vidas, en contraste violento con la suerte que van a vivir quienes caigan en las garras de los mareros, sobre EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 561 todo si son mujeres, a las que violan y matan de forma salvaje, para dejar los cuerpos desmembrados, tasajeados y repartidos entre la maleza para alimento de las alimañas. Y todo ello parece verlo Ximenus Fidalgo utilizando la magia y los poderes que lo conectan con fuerzas sobrenaturales: Los ojos de Ximenus penetran la oscuridad, se acercan a las vías desoladas, lejos de las luces de los mexicanos. Se detienen. Allá, del otro lado de la vía, está la Mara Salvatrucha, puede ver las calaveras, la serpiente bífida, la cruz gamada, el rostro de la Virgen María y las letras de los tatuajes del Poison que se estremecen a la seña que hace al puñado de tatuados que siguen sus órdenes. Un poco más hacia el sur, el Parrot, brillante del cráneo y arañas sobre los hombros, murciélagos de afilados colmillos en los bíceps, lanza un corto chiflido y sus hombres se agachan [174]. La primera intervención tiene lugar por parte de los agentes de inmigración, que utilizan sus protocolos establecidos para parar el tren, requisar la mercancía, identificar a los viajeros que se descuelgan como racimos en un intento suicida de escapar a la policía, sin saber que las trampas de la selva deparan la sorpresa de la MS 13 agazapada entre la maleza: Al acto de linterna en sortilegio, el tren poco a poco disminuye la velocidad con el trabajo de detener lo que tanto ha costado iniciar. Las dos máquinas que jalan un sinfín de carros bufan haciendo la segunda a las órdenes de los dos migras parados en los durmientes de una vía que corre dentro de la floresta […] Las luces de las linternas sobre el tren descubren trozos de hierro, fragmentos de rostros, humos blancuzcos, cuerpos que se quieren untar al ferrocarril cuando las órdenes hechas ladrido lépero y los gritos que lanzan los agentes migratorios se dirigen hacia los que incrustados donde sea viajan arriba y se confunden con el resoplido de los motores que descansan [175]. Frente a las voces, los gritos, los exabruptos de la policía mexicana que llenan la noche de toda clase de ruidos, los mareros se mueven sigilosamente y se comunican entre ellos a base de silbidos. A los códigos de comunicación corporales —tatuajes en el cuerpo y lágrimas en la cara—, los mareros incorporan el silbido como un lenguaje codificado y encriptado que garantiza la invulnerabilidad de su mensaje, generándose una extraña conjunción musical entre los pitidos del tren y los silbatos de los tatuados: «El Rogao se talla las lágrimas grabadas en las mejillas […] Se escuchan los chiflidos del Poison contestados por los del Parrot y la noche se hace de pitidos» [174]. A la espera de poder asaltar el convoy, el Rogao «silba con otra modulación recibiendo la contraseña llegada de varios puntos desde arriba de los furgones de carga. Desde sus escondrijos, el Poison, el Parrot y sus hombres también escuchan» [175]. Resulta evidente que hay JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 562 numerosos mareros infiltrados en el tren y que conocen al dedillo todo el protocolo de actuación cuando se dé la orden con los silbidos de los jefes: Al contrario de los cerotes mexicanos, los mareros no gritan órdenes ni aprisionan a los que la cercanía se los permite. Aprovechando el descontrol, centran su accionar en las mujeres jóvenes, en las bichitas que llevan ropas holgadas, también en los batos de pantalones vaqueros, en los que cargan bultos pequeñicos. Los de la Mara Salvatrucha saben a quién agarrar y por qué, batos locos. Aquí está la única 13, batos putos. Los rejodidos agentes agarran lo que sea pa llenar la perversa estadística, la Mara Salvatrucha no; sabe lo que se debe tener a mano, lo que tiene un valor. La Mara posee ojos mil. Millones de papilas. Centenares de oídos. Voces múltiples. Manos tan largas como la oscuridad. Aliento de halcón [178]. Los mareros robarán, golpearán, mutilarán, castigarán de forma salvaje a los hombres y acabarán brutalmente con las mujeres, como una forma de marcar su territorio. Siempre dejarán algún testigo, alguien que pueda contar que ha sobrevivido, que pueda dar testimonio del poder de la MS 13, que pueda certificar el reinado absoluto que ejerce en ambos lados de la frontera, de esa frontera donde la barbarie y la violencia se trenzan en una geometría implacable.33 Quienes sobrevivan lamentarán siempre haber salido de sus casas, de sus terrenos, de sus pueblos, haber dejado atrás a la familia, a los amigos, a los difuntos, en busca de una quimera situada al otro lado de la frontera última de todas las fronteras.34 Por eso, los indocumentados sobrevivientes: Añoran sus fronteras del sur. Los dulces de coco. Las gallinas en cazuela. Los jarros de agua fresca. Los olores de su pueblo. La brisa de sus sierras. Los calores de sus costas. Piensan en lo dejado atrás como si fuera un sueño roto por un dolor hecho pánico que impide enfrentar a los guardianes tatuados [180]. Quien mantiene la solidaridad con todas las víctimas de los tatuados es el balsero Tata Añorve, que busca entre las lágrimas siniestras de los mareros al asesino de su pequeña Anamar. En su condición de mensajero de las dos orillas, el balsero es testigo privilegiado del tráfico de drogas y de armas, de la trata de muchachas, del ir y venir sin descanso de los 33 Como dice el propio escritor, «a su lado, los sicarios de Medellín son niños de teta. Los sicarios intentan vivir un día más, tienen cierta conciencia. Ellos [los mareros] no tienen moral, ni quieren propiedades, van semidesnudos para que se vean sus tatuajes, son casi de las cavernas […] El mara es un nuevo tipo de animal tatuado, que se mueve en la selva como un jaguar pero con mayor ferocidad y canallez», citado por Kunz, 2008, 75. 34 Como reconoció Rafael Ramírez Heredia en la entrevista a Raquel Garzón, «toda frontera es mágica. División de dos mundos, de dos culturas y dos maneras de ver la vida. La frontera del sur tiene una peculiaridad: divide pobreza de pobreza. Cruzar el río Suchiate implica llegar al norte, pero al norte de qué, ¿al norte del sur? EEUU aún está lejos» (Garzón, 2004, 3). EL INFIERNO SOBRE RIELES. LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 563 sonido de las balas sobre las romanzas de los coros de Sabia» [321], y que tienen un valor premonitorio de la propia matanza, perpetrada unos días más tarde. La autoridades acusan a Tata de utilizar sus recursos para arengar a la multitud con «mítines políticos con tono de franca subversión…» [322]. Acusan a los peregrinos de agredir a las autoridades, de ir contra los visitantes extranjeros e indocumentados, de romper la paz de la comunidad, todo ello propiciado, en cierto sentido, por la guerra declarada contra los mareros y sus compinches gubernamentales a los que el Tata Añorve acusa de «actos de bandidaje, asesinatos, violaciones, rapiña de los guardias, tropelías de los agentes migratorios, atracos de los polleros y la siniestra actuación de los tatuados, que nadie detiene sino son protegidos por chivatos y soldados, temidos por la ley y aliados de todo acto malvado» [324], todo ello avalado por el brujo o chamán de la frontera, Ximenus Fidalgo. La matanza se produce en plena noche, después de que el general Valderrama y el licenciado Cossio hayan dado la orden, en la que incluyen también la eliminación previa del Burrona, caído en desgracia ante los jefes [334]. De los dieciséis miembros de la comunidad religiosa de la Santa Niña del Río, en la que posiblemente también se encuentre Sabina Rivas, solo se salvará de la masacre el propio balsero, quien aprovechará su conocimiento exhaustivo del río para escapar a través de sus aguas y hacerse invisible para el resto de sus días. Nunca llegará a saber que las autoridades justifican la carnicería como un episodio de «la violencia intrarreligiosa y las fratricidas luchas por la posesión de la tierra» [326], ocultando un dato fundamental, como es la participación en ese terrible episodio de los miembros de los cuerpos de seguridad, ayudados por los mareros que están a sueldo y compinchados con las autoridades: que los asaltantes eran muchos, que afloraban desde el lado de la carretera, y que él, antes de meterse a la corriente del río y dejarse ir conociendo las maneras del Suchiate, protegiendo en el pecho la foto de su niña, pudo ver, a jirones ardorosos y jadeados, que los hombres disparaban armas contra la oscuridad, contra los bultos en el suelo, que acuchillaban a los inertes, que unos iban tocados por kepíes en la cabeza, otros vestidos con ropa oscura y letras en la espalda, y los más lucían tatuajes que bajo la luna brillaban remarcados en la piel [325]. En el presente narrativo de La Mara, situado un año después de esa matanza que parece condicionarlo todo, se ha restablecido un cierto orden —aunque sea el de los sepulcros—, reajustando los poderes que pugnan en la frontera, reestableciendo una jerarquía en que las fuerzas del mal, representadas por el brujo Ximenus y por las pandillas de tatuados, vuelven a JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 539-572. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.07 570 controlar el destino de los miles de indocumentados que tratan desesperadamente de subirse a lomos de la Bestia, dejando para el lector la amarga sensación de que la corrupción implacable y las formas complejas de la violencia han triunfado en este mundo inmisericorde que castiga severamente a los más débiles. Recibido el 13 de septiembre de 2016 Aceptado el 18 de octubre de 2016 Referencias bibliográficas Camacho Delgado, José Manuel, Césares, tiranos y santos en El otoño del patriarca. 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