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El mito británico de la Peninsular War

Moreno Alonso, Manuel

Abstract

Este artículo aclara el concepto de la denominada Peninsular War, poniendo de manifiesto la parcial versión británica del mismo a lo largo de los siglos. Un recorrido historiográfico riguroso demuestra que la guerra, ejemplo de resistencia española y de inactividad británica, dejó sin embargo, una versión manipulada y desvirtuada de los hechos que minimizaban el esfuerzo español y maximizaban los logros británicos. Se analizan datos interesantes de los ecos de tal guerra en Gran Bretaña, desde la acuñación de la expresión por Robert Southey en 1823 a su rastro en periódicos, representaciones teatrales, novelas, relatos de aventuras y viajes. Así mismo se presentan fuentes españolas antes ignoradas que recuperan voces alternativas para complementar y rechazar la representación británica, tradicionalmente entendida en clave de gesta heroica.

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Erebea Revista de Humanidades y Ciencias Sociales Núm. 6 (2016), pp. 65-86 issn: 0214-0691 Fecha de recepción: 17 de nov. de 2016 Fecha de aceptación: 30 de nov. de 2016 Palabras Clave Peninsular War; guerra antinapoleónica; Wellington; ejército británico. Keywords Peninsular War; antinapoleonic war; Wellington; Bristish army. Resumen Este artículo aclara el concepto de la denominada Peninsular War, poniendo de manifiesto la parcial versión británica del mismo a lo largo de los siglos. Un recorrido historiográfico riguroso demuestra que la guerra, ejemplo de resistencia española y de inactividad británica, dejó sin embargo, una versión manipulada y desvirtuada de los hechos que minimizaban el esfuerzo español y maximizaban los logros británicos. Se analizan datos interesantes de los ecos de tal guerra en Gran Bretaña, desde la acuñación de la expresión por Robert Southey en 1823 a su rastro en periódicos, representaciones teatrales, novelas, relatos de aventuras y viajes. Así mismo se presentan fuentes españolas antes ignoradas que recuperan voces alternativas para complementar y rechazar la representación británica, tradicionalmente entendida en clave de gesta heroica. Abstract This article clarifies the concept of the so-called Peninsular War, exposing the partial British version used along the centuries. A rigorous historiographic approach proves that the war, an example of Spanish resistance and Bristish inactivity left a manipulated and distorted view of the real facts, minimizing Spanish efforts and maximizing British victories. Interesting facts about the echoes of that war in Great Britain are provided, from Robert Southey’s first use of the expression in 1823 to traces in journals, theatrical representations, novels, adventure stories, and travel accounts. Spanish sources that have been historically ignored are taken into account and prove alternative voices to complement and reject the British representation, traditionally understood as a heroic deed. El mito británico de la PENINSULAR WAR Manuel Moreno Alonso Universidad de Sevilla Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 67 La guerra contra Napoleón en España (1808-1814), que afectó a Portugal desde 1807, es una lucha de especial significación en todos los países implicados, que los británicos han llamado Peninsular War, y sus historiadores han explicado como una guerra llevada a cabo al margen de sus aliados, como si apenas hubiera tenido que ver con la de estos. Hecho que obedece, sin duda, a que ambos Estados peninsulares se habían convertido en dos subpotencias frente a los dos gigantes europeos, Francia e Inglaterra, que luchaban por el control económico y político de Europa. Pero esto no quiere decir que fuera una guerra periférica, de importancia secundaria por tratarse de un frente alejado de París o Londres. Muy por el contrario, fue en España donde se decidió el destino de Napoleón en aquella brutal guerra de resistencia y desgaste que terminó por arruinar a la Península. Como muy expresivamente dijo el general francés Sarrazin –que en 1810 se pasó a los ingleses y en 1814 fue autor de una de las primeras Histoire de la guerre d’Espagne et Portugal de 1807 à 1814– “la guerra en España tuvo en suspenso a todos los espíritus”1. Sin embargo, realizada y contada después la guerra como cosa propia, la versión británica que ha prevalecido se ha construido al margen de la guerra sostenida por España, con lo cual aquélla pierde buena parte de su significación si la analizamos desde un punto de vista historiográfico riguroso, teniendo en cuenta la magnitud y el significado de la lucha en la Península. Pues durante seis largos años ésta se convirtió en el único escenario continental donde de forma ininterrumpida se materializó el enfrentamiento con Napoleón a causa de la sorprendente resistencia de España y a pesar de la prolongada inactividad en ésta por parte británica, resultante del fracaso de la cooperación entre ingleses y españoles que pronto habría de surgir entre los propios aliados. Lo que llevó al famoso historiador militar británico Charles Napier a decir que Wellington “había peleado por España, y en España, y nunca con España”2. Desde el punto de vista historiográfico actual no cabe la menor duda de que esta guerra presenta un interés bastante menor si privilegiamos en su conocimiento la parte por el todo, en el caso de que pueda admitirse que la visión particular del 1 “La guerre d’Espagne tenait en suspense tous les esprits”, en Mémoires du Général Sarazin, écrites par lui même depuis 1770 jus’qu’ en 1848. Bruselas: Vancaulaert, 1848, p. 244. 2 José Canga Arguelles, Observaciones sobre el tomo segundo de la Historia de la guerra de España que escribió en inglés el teniente coronel Napier, Londres: D. M. Calero, 1830, p. 84. 68 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso conflicto, en este caso la lucha británica por sí sola, pueda explicarse al margen de la totalidad. Es decir, que difícilmente aquélla puede entenderse si se desprende de la lucha a muerte que los españoles en su conjunto –ejército y pueblo– sostuvieron por su independencia en una guerra plenamente revolucionaria por su contenido político, ideológico y social. Que en ello ha consistido la versión tradicional que los ingleses han dado de “su” guerra en la Península, despreciando tantos y tantos aspectos fundamentales para su comprensión, mucho de los cuales tienen, incluso, una significación mucho más relevante desde el punto de vista histórico. De donde la necesidad, por un lado, de señalar las pautas de lo que fue la contribución británica a la guerra antinapoleónica en España y, por otro, analizar los fundamentos de su interpretación tradicional, tan necesitados como están de una revisión profunda. Ciertamente cada uno de los contendientes combatió contra los ejércitos napoleónicos a su modo y, con bastante frecuencia, de forma contrapuesta, sin tener en cuenta a sus aliados. Lo que hizo que, al final, estos hicieran su propia guerra, que luego sus historiadores contaron a su modo. Dentro de este contexto lo vio muy bien un militar francés a comienzos del II Imperio, al señalar con gran agudeza que el ejército de Napoleón tuvo que luchar contra tres naciones: la española, “perseverante en su odio”; la portuguesa, “de parecido comportamiento”, y la inglesa, “fría, hábil calculadora de las posibilidades de éxitos y sabiendo merecerlos por bravura”3 El relato británico de esta guerra tampoco ha valorado en su justa medida que Gran Bretaña vio en la sublevación española una oportunidad excepcional para combatir a Napoleón, cuyos ejércitos se encontraban esparcidos por todas las partes de Europa sin poder abandonarse a sus intereses sin grave daño. Lo que explica que el levantamiento de los españoles provocara tal entusiasmo que hasta en los teatros de la capital inglesa se representó entre otras muchas una pieza de teatro con el título de The Spanish Patriots, or a Nation in Arms (1808). Incluso los mismos periódicos lo presentaron con rara unanimidad como la “última oportunidad” que se ofrecía para poner coto a la prolongada marea de victorias francesas. Igualmente parece haberse desdibujado la excepcional oleada de hispanofilia que conmovió al Reino Unido como no se recordaba nunca. Lo que dio lugar a que nadie pusiera en duda que la entrada de España en la lucha iba a suponer el debilitamiento del enemigo común al contar con una plataforma estratégica desde la que actuar, que ofrecía un teatro de operaciones mucho más difícil de dominar para los franceses que las llanuras de Alemania o los Países Bajos. Razón por la cual no son raros los testimonios británicos que hablan, incluso, de que la “salvación de España” no dependería solo de sus esfuerzos, “ni tampoco de nuestra 3 Antoine Laurent Apollinaire Fée, Souvenirs de la guerre d’Espagne: dite de l’indépendance, 1809-1813. París: Berger-Levrault, 1856, p. 294. Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 69 El mito británico de la Peninsular War ayuda por grande que sea”, sino que era preciso conectar la guerra en España con movimientos hostiles en otras regiones de Europa. No obstante lo cual, al final, lo que ha prevalecido ha sido una versión oficial de aquella guerra que, prescindiendo de esta realidad, ha desvirtuado la historia, minimizando el esfuerzo peninsular a favor de la victoria final, que muchos británicos siguen creyendo haber sido exclusiva de ellos. Olvidando el hecho de que la Península sufrió extraordinariamente el peso del inmenso poder de Napoleón, la versión británica de “su” guerra es, además, tan negativa de sus aliados españoles que en muchos casos sus explicaciones hasta parecen tener mucho más que ver con argumentos procedentes de los prejuicios de la “leyenda negra” que de la más elemental explicación histórica. Pues fueron demasiadas las ocasiones en las que los británicos vieron solamente lo que quisieron ver. Con lo cual se distorsiona la realidad de un conflicto mucho más complejo en el que lo mismo los sucesos que la forma de narrarlos a lo largo del tiempo precisan de otros elementos para su mejor comprensión y esclarecimiento. También parece haber desaparecido de la memoria el impacto que en su tiempo ejerció en el Reino Unido la actitud de resistencia sin igual de “toda la nación española” frente al ataque napoleónico, un hecho que conmovió al mundo y que no tenía precedentes en el continente. Así lo entendió en Inglaterra el famoso radical William Cobbett, quien, después de haber leído las proclamas de aquellos “hombres resueltos”, señaló que por fin había surgido un “espíritu general de resistencia” contra Francia. “Esta es la única oportunidad justa que se ha ofrecido para detener el progreso de Napoleón. Es la única causa a la que el pueblo de Inglaterra ha deseado el éxito con todo su corazón”, dijo4. Todo lo cual dio lugar a una lucha conjunta de extraordinaria significación para ambos países que vinculó a las dos naciones de forma muy especial. Hasta el punto de constituir el comienzo de la implicación británica en los asuntos españoles, que habría de extenderse hasta la consolidación definitiva del régimen liberal en España en 1840, si bien desde el comienzo de la guerra peninsular no volverá a haber entre Inglaterra y España un solo incidente serio de rivalidad militar. A lo que hay que añadir también en ambos países el efecto de una guerra patriótica y nacional como aquélla con tan elevado componente ideológico y de opinión henchido de consecuencias. La guerra comenzó en 1808, un año que en el caso de España constituye un punto de referencia fundamental en su historia (equivalente a lo que para Francia pudo ser 1789) que, lejos de ser una fecha más en las guerras napoleónicas, propició el desencadenamiento de una experiencia revolucionaria de proporciones desconocidas que los nuevos aliados difícilmente pudieron calibrar. Pues para los tories entonces en el poder la revolución la representaba el jacobinismo de 4 “Spanish Revolution”, en Cobbett’s Weekly Political Register, vol. 14 (1808), p. 9. 70 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso Bonaparte, por lo que era necesario sostener los derechos de las monarquías de Europa. De esta forma, lejos de atisbar el movimiento revolucionario que acababa de desencadenarse en España no solo en el orden social sino en el político (la constitución de hecho de un poder que solo de derecho implicaba el respecto a los fundamentos jurídicos del orden absolutista), los británicos siempre pensaron que, en su orden de prioridades, la guerra debía concentrar los esfuerzos de los españoles, y que las reformas tenían que centrarse en el terreno militar. Con lo cual los nuevos aliados difícilmente pudieron comprender buena parte de las vicisitudes de una guerra revolucionaria que como tal era tan diferente de los enfrentamientos convencionales. De donde las grandes limitaciones de la visión de “su” guerra en la Península. Doscientos años después, sin embargo, el análisis detallado de una guerra como aquélla ofrece innumerables aspectos que no pueden seguir siendo tratados desde el punto de vista tradicional, y mucho menos explicados al margen de aquella lucha conjunta que, en lo que concierne a la Península, presenta rasgos fundamentales y desconocidos para su comprensión global. Aun cuando, en una permanente crisis de alianza con los españoles, los ingleses en su lucha contra las tropas napoleónicas lucharon como en una guerra dentro de otra. El hecho es tanto más destacado cuanto que esta guerra ocupa un lugar fundamental en la historia y en la historiografía tanto de España como de Inglaterra. Con la particularidad de que, por espacio de seis años, dos naciones que tradicionalmente habían sido rivales, lucharon contra un mismo enemigo dentro de una alianza muy difícil. Un autor francés ha sostenido que los españoles adoptaron con los ingleses una actitud más de cobeligerantes que de aliados. Desde la perspectiva de hoy el hecho en sí mismo es además insólito, porque nunca un ejército inglés había combatido en las tierras de la Península como amigo a su vez de portugueses y españoles durante un período de tiempo tan dilatado y excepcional, en una convivencia con los aliados harto embarazosa. Aun cuando los británicos siempre han considerado esta guerra, y así la han contado, como “su” guerra, al margen de lo que sucedió en la Península. El nombre con el que la denominaron desde el principio, Peninsular War, tuvo, además, tal fortuna que fue utilizado poco después de su terminación por novelistas y escritores de aventuras que lo pusieron en relación con el “carácter español” (tal fue el caso de Alexander Dallas, adscrito al ejército británico del general Thomas Graham en el desembarco de Tarifa en febrero de 1811, en su voluminoso relato novelado que tituló Félix Álvarez or Manners in Spain, containing Descriptives Accounts of Some of the Prominent Events of the Late Peninsular War, and authentic Anecdotes Illustrative of the Spanish Character (1818)5. 5 Alexander R. C., Dallas, Felix Alvarez, or, Manners in Spain: containing descriptive accounts Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 71 El mito británico de la Peninsular War Si bien, olvidado pronto este precedente, la denominación final de “Guerra Peninsular” fue acuñada, definitivamente, tras la aparición en 1823 del primer volumen de la History of the Peninsular War de Robert Southey, un autor tan destacado en las letras británicas. Desde entonces, éste ha sido el nombre de aquella guerra que se ha impuesto no sólo en el Reino Unido sino en todo el mundo anglosajón (aunque Napoleón siempre entendió la lucha en Portugal para expulsar a los ingleses dentro de los “asuntos de España”). Y así la contaron después igualmente desde su punto de vista con olvido de tantos aspectos claves de la guerra en la Península que no le interesaban por no concernirles, con el consiguiente olvido o desprecio de aspectos fundamentales de su historia como los consistentes “en las calamidades traídas al mundo por el orgullo, la ambición, la avaricia, la venganza…, la hipocresía, la sedición o el celo desmesurado”, según la famosa definición de Edmund Burke, tan obsesionado por “la perversión de la Historia” con su “exagerado estilo de insidioso panegírico”6. De esta forma, tan limitada por consiguiente, la versión británica de “su guerra” –la Peninsular War–, transcurrió por cauces diferentes a la lucha patriótica sostenida por los españoles contra Napoleón. Los británicos no vieron que fue una guerra “nacional”, que así fue como definió la guerre d’Espagne, Stendhal, como “la première guerre nationale”7. Lo que hace necesario revisar la postrera versión que de ella dieron sus cronistas e historiadores posteriores. Pues difícilmente puede comprenderse aquélla si la sacamos del contexto de la guerra de España, que en este país los contemporáneos llamaron guerra de la Independencia española. Que así fue como finalmente, en el caso de España, resultó asumida desde el principio tal como se manifiesta en una muy abundante publicística contemporánea a los hechos, de la que dieron cuenta infinidad de escritos insertos en proclamas, artículos periodísticos, declaraciones y discursos. A la vista de todo ello, con dificultad podemos entender la guerra que los británicos llevaron a cabo en la Península, si ésta la explicamos fuera del contexto de la guerra que los españoles hicieron por su cuenta, es decir, la que estos llamaron desde el principio su guerra de la Independencia. Precisamente, escribiendo desde Inglaterra en un periódico memorable, José María Blanco White, usando ya en época tan temprana el término de “guerra de la independencia española”, dijo que el nervio de ésta era la “esperanza”, es decir, el intento de persuadir que la mayor of some of the prominent events of the late Peninsular War, and authentic anecdotes illustrative of the Spanish character: interspersed with poetry, original and from the Spanish. London: Printed for Baldwin, Cradock and Joy, 1818. 6 Edmund Burke, Reflections on the Revolution in France. London: J. Dodsley, 1790, pp. 209, 212 y 201. 7 Stendhal, “Napoléon”, en Oeuvres complètes. Paris: Champion, 1929, p. 366. 72 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso parte de España no peleaba en vano en una tarea conjunta en la que contaba con la ayuda de Inglaterra8. Observación ésta de gran interés que nos permite comprender que para los españoles, desde el principio, la lucha conjunta hispano-británica formó parte de una guerra por su independencia. De donde la significación simbólica para España, que no para Inglaterra, del Dos de Mayo de 1808 –“la matanza de Madrid”, la llamó Wellington–, que es mucho más que un simple episodio en las guerras napoleónicas por su extraordinaria repercusión en el enfrentamiento franco-británico. Pues se trata de una fecha emblemática que marca el inicio de la guerra, sobre la que el liberal Bartolomé Gallardo escribió que fue entonces cuando se lanzó “el primer grito de la independencia española: grito sublime que se oyó en los últimos términos de la monarquía”9. Hecho que reconoció hasta el propio José Bonaparte, quien el 21 de agosto de 1810 escribió a la reina Julia diciéndole que “todos serán aquí nuestros amigos si hablamos sobre la independencia de España y la libertad de la Nación”10. Con textos de época en la mano podríamos argumentar también que la guerra de la independencia de España fue una “guerra de independencia” para Inglaterra, que por ello luchó e hizo “su” guerra en la Península, para asegurar su independencia. El mismo Wellington llegó a decir en 1810 que si los franceses llegaran a desembarcar en Inglaterra, “entonces los súbditos de Su Majestad descubrirían lo que son las miserias de la guerra, unas miserias que gracias a la providencia no han tenido que conocer, y la prosperidad del país y la felicidad de sus habitantes quedarían destruidas”11. Yendo más lejos en este mismo sentido un periódico británico de 1816, al año siguiente de la victoria final sobre Napoleón, la llamó “guerra de existencia” porque de ella dependió la propia “existencia de Inglaterra”, que nunca dejó de estar amenazada desde que se declaró la guerra en 1793 hasta el 31 de marzo de 1814, pues “durante este largo período, apenas pasó un día en que Inglaterra no hubiese estado amenazada”12. Particularmente crítico había sido el año 1797, con la armada holandesa a disposición de Francia, las flotas británicas del norte y del canal de la Mancha amotinadas, Irlanda al borde de la rebelión, los puertos italianos controlados por Francia, y España aliada a ésta. Situación que mejoró 8 “Cádiz. Sospechas contra Inglaterra”, El Español, 30 de septiembre de 1811, pp. 495-504. 9 Bartolomé José Gallardo y Blanco, “Pueblo”, en Diccionario crítico-burlesco del que se titula “Diccionario razonado manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocacion han nacido en España”. Cádiz: Imprenta del Estado Mayor Genearl, 1811, p. 124. 10 Mémoires et correspandance politique et militaire du roi Joseph; publiés, annotés et mis en ordre, par A. Du Casse. Paris: Perrotin, 1853-54, vol. VII, p. 319. 11 Arthur Wellesley, duque de Wellington, Maxims and Opinions of Field-Marshal, His Grace, the Duke of Wellington. London: H. Colburn, 1845, p. 113. 12 The Courier, 19 de enero de 1816. Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 73 El mito británico de la Peninsular War sensiblemente este mismo año con la victoria del cabo de San Vicente frente a España. No obstante lo cual, el temor general a una invasión, que reforzó el sentido de unión nacional dominante, no disminuyó en verdad en Inglaterra hasta que se inició la guerra peninsular. Un asunto controvertido, por tanto, el de su denominación que no es baladí a la hora de analizar críticamente, tal como ellos la concibieron, la guerra de los ingleses dentro de la guerra peninsular contra Napoleón. Que no en vano un autor tan cáustico y malevolente hacia los españoles como el viajero romántico británico Richard Ford, que tanto se interesó por la guerra peninsular en la versión oficial británica, llegó a ridiculizar sarcásticamente el nombre con el que se llamaba en España a la guerra. Hasta el extremo de insinuar que la guerra de los españoles más bien debiera llamarse “guerra de la Dependencia”. De la dependencia, naturalmente, de España respecto de Inglaterra, que así es como en la práctica se la ha venido a considerar en el Reino Unido en su versión canónica. Lo que nos lleva a tener que recordar que denominada, efectivamente, como guerra de la Independencia de España desde su comienzo tal como se desprende de tantos textos coetáneos, este carácter le dio una impronta especial, lo mismo que ocurrió con las guerras nacionales “de independencia” vividas por otros países en trances revolucionarios como fue el caso de los Estados Unidos en su anterior lucha con la propia Inglaterra. Aunque con la gran diferencia, señalada años después por Marx al ocuparse de ella, de que “todas las guerras de independencia libradas contra Francia llevan en común el sello de la regeneración, mezclado con la reacción, pero en ningún lado en el grado alcanzado en España”13. Sin embargo, entre los ingleses, el peso de la tradición –el mito– sigue siendo tan grande que, prácticamente sin excepción, los trabajos actuales dedicados a la guerra siguen ignorando la participación española. Lo mismo que ha ocurrido desde el principio. Pues las hazañas de Wellington en la Península alimentaron la imaginación de los británicos durante generaciones. La propia tradición oral con el transcurso del tiempo fue engrandeciendo y caracterizando “su” propia gesta de la que los historiadores darán una particular versión. Que así es como habrían de fundamentar la fama de invencibilidad de los ejércitos británicos que como tal se forjó en la Península. A pesar de que, como es bien sabido, hasta entonces las expediciones británicas sobre el continente, aparte de ser de muy corta duración más allá del esfuerzo bélico que significó el bloqueo, constituyeron siempre un fracaso. A lo que se suma el hecho de que, en los quince años de guerra intermitente con Francia, nunca Inglaterra pudo enviar a más de 20.000 soldados a la vez a Alemania o a los Países Bajos, los teatros de operaciones claves en la guerra continental antes de 1808. 13 Escritos sobre España. Edición de Pedro Ribas, Madrid, Ed. Trotta, 1998, p.113. 80 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso a los clérigos. Que es lo que ocurre con las explicaciones generadas por una historiografía exclusivamente militar centrada en las victorias de sus regimientos y en el gran error de los españoles de exponerse a dar batallas campales de forma temeraria y harto improvisada. Pues como ha indicado el historiador Michel Howard, en temas fundamentales de la historia militar o bien se ha hecho un “uso” indebido del pasado, o bien se ha abusado de la historia26. Una “perversión” ésta muy frecuente entre los historiadores militares del pasado. De donde la necesidad de elaborar una imagen más objetiva, mediante una cuidadosa selección e interpretación de los mismos hechos, emociones y creencias. Es decir, otra historia, una historia alternativa a la que se ha contado hasta ahora. Sin embargo, en el caso de Inglaterra, la tradicional historia de las batallas –que la New Military History americana ha llamado con acierto “Drums and Trumpets History”– invade todavía el relato de las nuevas versiones de la guerra peninsular. Con la particularidad de que este tipo de historia tan extensamente vulgarizado no se produce solo en ambientes exclusivamente militares. Sencillamente, no es ya sólo cuestión de táctica o estrategia de la batalla sino, en mucho mayor medida, de explicación general con claves humanas fundamentales en su contextualización. Pues nadie puede poner en cuestión que cuando ha terminado por imponerse una verdad oficial, tenemos que buscar la realidad histórica a través de las reacciones a dicha propaganda oficial, que de lo contrario terminará convirtiéndose en versión canónica. A lo que hay que añadir que las publicaciones británicas, minimizando su significado, estudian el período llenas de reproches frente a la realidad española del momento, y siempre zanjan el asunto describiendo las gestas militares de lord Wellington y el ejército británico con tintes épicos tan altisonantes al tiempo que se olvidan de todo lo demás. De la misma manera que ignoran a todos aquellos que tomaron parte junto con lord Wellington en las duras campañas contra las tropas del Imperio. Así, sobre la base de un relato oficial profundamente acrítico, se construyó toda una mitología alrededor del “héroe” o del “genio” que lo convirtió en un personaje superior al vencido Napoleón, comparable solo a Alejandro, a Aníbal (Francis Meredyth lo llamó el “Escipión de Britania” o a César. Algunos tratadistas mostraron su desacuerdo cuando le compararon con el general romano Quinto Fabio Máximo (que recibió el sobrenombre de Cunctator, “el que retrasa”, en referencia a su táctica militar durante la segunda guerra púnica, que llamaron “tácticas fabianas”). 26 Michael Howard, “The Use and Abuse of Military History”, en The Journal of the Royal United Services Institute, vol. CVII, nº 625 (1962), pp. 4-10. Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 81 El mito británico de la Peninsular War El culto a su memoria fue tan grande que no hay ciudad en el Reino Unido en donde no haya numerosos edificios, plazas, calles, monumentos, escuelas, instituciones, iglesias, tiendas y pubs que no lleven el nombre del héroe invicto. Hasta los restaurantes siguen sirviendo los Beef Wellington. Todo lo cual no deja de dar una idea de hasta qué punto la “fabricación” del personaje ha impregnado y sigue estando presente en la cultura británica. Incluso en las naciones del continente se le presentó como el salvador de Europa. Aun cuando, paradójicamente, no pocos aspectos de los entresijos de la alianza hispano-británica durante la guerra peninsular continúan siendo en gran medida una cuestión historiográfica a resolver. Pues la realidad es que muchas son las cuestiones que pueden ser objeto de debate, desde la fidelidad por ambas partes hasta cómo los ingleses utilizaron los subsidios para doblegar el gobierno español, pasando por la forma como se luchó o el monto de la ayuda económica y militar. Cuestiones todas tan complejas que, ante la magnitud de una guerra como aquélla, no pueden concluirse aceptando la tesis simplista de que la derrota final de Napoleón se debió a la capacidad financiera de los ingleses. La misma relación entre los aliados sigue presentando hoy las mismas aristas y dificultades entre los protagonistas de entonces que entre los historiadores actuales. Y lo mismo por parte española que por parte inglesa, aun cuando la labor de historiar aquella alianza se encuentra todavía en no pocos aspectos por hacer. Hay demasiada simplificación y demasiado peso de la tradición historiográfica. Ya que el análisis de la presencia británica en la Península no puede entenderse desde un ángulo exclusivamente militar, ofrecido bien por la versión oficial británica de los hechos o por la española. Una característica historiográfica de esta particular guerra británica sigue presentando, además, un tinte antiespañolista visceral y bastante primitivo, en el que continuamente se convierte a los dirigentes políticos y militares españoles de la época en chivos expiatorios de las desgracias comunes aliadas. Su ensañamiento, por ejemplo, con el teniente general español Gregorio González de la Cuesta – que como tantos otros militares consideraba peligrosa la actitud independiente de las juntas provinciales–, al que se tilda continuamente de ineficaz, inepto, arrogante, llega a los límites de la paranoia. En tales relatos se percibe, además, un sello de resentimiento latente que a los ojos de la razón no se explica más que dentro del contexto señalado. Por otra parte, siendo tan extensa la masa documental que existe sobre la guerra, no sólo los historiadores sino el gran público interesado en el tema –y este tema ha interesado y sigue interesando a los británicos de forma casi obsesiva junto con los otros asuntos inefables de la Gran Armada o Trafalgar– siguen prefiriendo la versión canónica de Napier (1828), que es el punto de partida de esta forma de entender la Peninsular War en buena parte del mundo anglosajón. Aún cuando el citado historiador reconoce que “antes de que la Península probara 82 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso su excelencia, las tropas inglesas fueron desprestigiadas de la manera más absurda en países extranjeros, y en su mismo país eran despreciadas”27. No obstante, su influencia ha sido tan determinante que el recientemente fallecido historiador británico John Keegan, que tanto ha contribuido a modificar los presupuestos de la vieja historia militar, ha puesto en cuestión alguna de las descripciones de Napier. Sin embargo, tras subrayar su carácter mítico y falta evidente de verosimilitud “en un momento generalmente reconocido como uno de los culminantes del esfuerzo británico en las guerras contra Napoleón”, tuvo que justificarlo por el hecho de haber sido “un pionero”, reconociendo irónicamente que “estoy siendo injusto”28. Pues según nos dice el citado historiador, Napier “tuvo para los ingleses de su época el mismo carácter de épica nacional que tendría para los de cinco generaciones después la lucha contra Hitler”29. No en vano fue el modelo que siguió T. E. Lawrence para contarlo en Los siete pilares de la sabiduría (1922). La Enciclopedia Británica en su novena edición llegó a equiparar a Napier con Tucídides y César. Todo lo cual no puede dejar de extrañarnos, pues todavía un siglo después de su publicación, uno de los decanos de los historiadores académicos ingleses llegará a calificar la tendenciosa obra de aquél como “la mejor historia militar en inglés y quizás en cualquier idioma”30. A pesar de que un crítico contemporáneo suyo muy perceptivo ya le acusó de “sacrificar todas las cosas menores y aparentemente insignificantes al gran efecto general”31. No obstante, su libro llegó a ser el origen del interés de numerosos ingleses por los asuntos españoles. Tampoco los ingleses supieron apreciar particularmente el carácter de la guerra revolucionaria, patente en la guerra de guerrillas, a las que se debieron según el novelista español Galdós tanto la “permanencia nacional” como “el respeto que todavía infunde a los extranjeros el nombre de España” (en especial, esa “seguridad vanagloriosa, pero justa, que durante medio siglo hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros”)32. La referencia a Galdós es obligada porque, como hoy se reconoce, sus narraciones al igual que las de Balzac, Dickens o Tolstoi, lograron el grado de plenitud, de penetración en el mundo y verdad característico de las obras maestras. 27 W. F. P. Napier, History of the War in the Peninsula and the South of France, from the Year 1807 to the Year 1814. London: John Murray, 1828-1840, vol. I, p. 10. 28 John Keegan, The Face Of Battle: A Study of Agincourt, Waterloo and the Somme. London: Random House, 2011, p. 40. 29 Keegan, The Face Of Battle…, p. 40. 30 John Ramsay McCulloch, A Catalogue of Books, the Property of a Political Economist; with Critical and Bibliographical Notices, London, 1862, p. 261. 31 Keegan, The Face of Battle… p. 41. 32 Benito Pérez Galdós, Juan Martín el Empecinado [Episodios Nacionales, 1ª serie]. Madrid: Imprenta de Noguera, 1874, pp. 59-60. Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 83 El mito británico de la Peninsular War Sin embargo, como aliados de los españoles, los ingleses sí entendieron la guerra en términos de colaboración, pero sin comprender que en una guerra total como aquélla se hacía muy difícil la lucha convencional. De donde el desprecio a un tipo de lucha que, no obstante sus limitaciones, tuvo y ejerció un desgaste inusitado en la guerra contra Napoleón. Pues ante una guerra como aquélla, ¿cómo podía juzgarse de forma convencional la actuación de las autoridades sin plan ni concierto o la forma de combatir de unos ejércitos que, caso insólito en la guerra napoleónica europea, destrozados una y otra vez, volvían a pelear de forma aparentemente inexplicable? Muy pronto en Londres la versión británica que los ingleses dieron de “su” guerra exasperó a los liberales españoles que se encontraban refugiados en la propia Inglaterra, escandalizados ante lo que se decía de su país y de los españoles. Hasta el punto de que José Canga Argüelles, profundamente indignado ante tantas arbitrariedades como se escribían (como la de que “muchos forman juicio de España por lo acaecido en Zaragoza como si su espíritu hubiera sido común a la nación”33), cogió la pluma para rechazar tamaños improperios. Que así fue como, en 1829, en su exilio de Londres y en español, publicó sus Observaciones sobre la historia de la Guerra de España que escribieron los Sres. Clarke, Southey, Londonderry y Napier, una obra reivindicativa, que se reimprimió en Madrid justo a partir de 1833, en la que frente a tantas “inexactitudes y falsedades” de los ingleses puso en entredicho el protagonismo y el papel de sus ejércitos en la lucha34. A la altura de aquella fecha, el autor español mostraba su indignación por el “caprichoso y calculado tesón” con el que se escarnecía a los españoles, cuando “célebres militares ingleses en 1814 nos consideraban dignos de la inmortalidad, por el valor y la firmeza que habíamos desplegado en los conflictos más terribles”35 (el caso de lord Bentinck en su proclama a los italianos de 14 de marzo de 1814). Sobre todo cuando se contaba todavía “con el testimonio respetable de muchos testigos de las hazañas que hoy nos disputan, y de la constancia que se nos niega…”. Pues, según el español, “para confusión de los detractores…, contamos con el dictamen de afamados militares británicos que elogiaron nuestra decisión y nuestro valor”36. En el mismo año de su publicación, el marqués de las Amarillas –uno de los pocos generales españoles que hablaban inglés, y que conoció de cerca a Wellington con quien luchó en Vitoria– escribió desde Sevilla a Washington Irving diciéndole que la obra del coronel Napier “en la parte que concierne a los españoles sería 33 Canga Argüelles, Observaciones…, p. 105. 34 José Canga Argüelles, Observaciones sobre la historia de la Guerra de España : que escribieron los señores Clarke, Southey, Londonerry y Napier publicadas en Londres el año de 1829. Madrid, Imprenta de Miguel de Burgos 1833-1836. 35 Canga Argüelles, Observaciones…, p. 6. 36 Canga Argüelles, Observaciones…, p. 10. 84 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso menester hacerla de nuevo, porque hay en ella demasiadas inexactitudes”. En su opinión, la obra del inglés no era una historia “escrita con el objeto de transmitir a la posteridad la narración verdadera de los hechos, sino la demostración de una proposición que sienta en sus primeros renglones”37. Es decir, que la liberación de la Península no fue cosa de los españoles sino de los ingleses. Ante su amigo americano, el general español se quejaba de que el historiador inglés escribiera “constantemente de una manera hostil a los españoles”, adoptando “todas las vulgaridades y todas las equivocaciones que han podido llegar a sus oídos”. En su opinión, su historia no se arreglaba poniéndole notas, sino que era necesario escribir “otra historia” 38. Lo mismo que pensaba Antonio Alcalá Galiano, que tan bien llegó a conocer a los ingleses durante el tiempo que pasó en Inglaterra como emigrado liberal, que igualmente mostró su disconformidad con las nuevas Historias inglesas sobre la guerra peninsular como la de Southey y, en particular, la de Napier. “No aventuramos gran cosa en decir que no puede satisfacer a un lector imparcial, juicioso y enterado de las cosas de España, ni una ni otra historia”, escribió. La primera, en su opinión, “por el odio ciego del escritor a los franceses”, y la segunda “por un odio no menos ciego a los españoles y a su causa”, pues, en su opinión, aparte de en otros aspectos equivocados, ambos historiadores británicos coincidían en mirar el levantamiento del pueblo español como antirrevolucionario, encaminado a sostener el poder absoluto y los abusos de la aristocracia civil y religiosa, al tiempo que incurrieron en todo tipo de “preocupaciones vulgares”39. Así lo vio, igualmente, el general español Miguel Ricardo de Álava –tan próximo a Wellington que hasta llegó a vivir en su propia casa de Londres–, que lo conocía bien y lo admiraba como historiador, aunque declaró que estaba enfadado con él porque había sido un “canalla” con los españoles. Algo que al británico no debió de preocuparle gran cosa porque él era el primero en ser consciente de que su obra estaba llena de “todo tipo de mentiras”40. Argumentos atávicos característicos de una vieja historia que por mucho que nos extrañe actualmente sigue conformando por entero la “nueva”, aun cuando ésta trate de adoptar un lenguaje políticamente más correcto, si bien en el fondo continúa siendo impermeable a las reglas imprescindibles de la historia, the 37 En José Canga Argüelles, Documentos pertenecientes…, p. 357. 38 “Carta del Excmo. Sr. Marqués de las Amarillas al Sr. Irving sobre el juicio que merece la Historia del Sr. Napier”, en José Canga Argüelles, Documentos pertenecientes a las Observaciones sobre la Historia de la Guerra que escribe en ingles el teniente coronel Napier. Madrid: Imprenta de Don Marcelino Calero, 1836, vol. II, pp. 357-358. 39 Antonio Alcalá Galiano, Obras escogidas [Biblioteca de Autores Españoles], Madrid: Atlas, 1955, p. 447. 40 Priscilla Napier, Revolution and the Napier Brothers, London: Michael Joseph, 1973, 132136 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 85 El mito británico de la Peninsular War practice of history, de la que se ocupó el historiador británico Geoffrey Elton. Pues nos encontramos ante un tipo de historia que no experimenta la más mínima duda frente a lo sucedido en el pasado y a la forma de contarlo por parte de los nuevos historiadores, que no cuestionan la parcialidad de los relatos ni someten la narración a los principios más elementales de la crítica. Sobre todo cuando tantos de sus planteamientos, rayanos en los límites de la verosimilitud, resultan en buena lógica histórica inaceptables. Máxime cuando difícilmente se avienen con la tarea de comprender la existencia de los otros, especialmente cuando se hace historia de otro país que en su mayor parte, con la propia población incluida, permaneció siendo para ellos una terra incognita (en el fondo para el propio Wellington, España no dejó de ser sino “ce diable de pays, où j’ai fait la guerre pendant cinq ans”, tal como le confesó a su amigo el general Dumouriez)41. En el caso de la Peninsular War el poder organizador de los relatos canónicos oculta muchos hechos importantes que se encuentran fácilmente a nuestro alcance, aparte de tergiversar o interpretar erróneamente la información que ha quedado registrada. Con lo que la fascinación de los relatos oficiales, presentados a veces como primarios, se convierte en un serio obstáculo que impide la comprensión de la realidad histórica que en verdad sigue permaneciendo oculta. De aquí la necesidad de plantearnos a dos siglos de distancia de los acontecimientos numerosos aspectos viciados por una historiografía que, construida sobre bases discutibles, exige una revisión a fondo de no pocas de sus tesis, más allá de la magnificación de la superioridad y protagonismo británico y la subordinación de españoles y portugueses a su gesta bélica. Sin embargo, este panorama es muy distinto si se contempla desde lejos y con independencia de los planteamientos culturales y nacionales señalados, tan cargados de prejuicios, lo mismo en Inglaterra que en España. Es el caso, por ejemplo, de la historiografía napoleónica rusa que apenas si ha resaltado la gesta británica en la Península mientras, por el contrario, ha valorado tanto la lucha de los españoles. El ejemplo más sobresaliente es el del historiador Albert Manfred, tan apreciado por los historiadores napoleónicos occidentales, quien tras resaltar el coraje y heroísmo de los españoles, ha considerado la “pequeña guerra” realizada por aquellos como mucho “más terrible que las batallas en campo raso”. Según su tesis, fue el pueblo la fuerza fundamental que quebró el poder militar del Imperio y puso fin a la dominación francesa. Asimismo, este historiador, tras desmitificar la acción británica, hasta dice de Wellington que “no era el genio militar que se 41 Arthur Wellesley, Duque de Wellington, The Dispatches During His Various Campaigns in India, Denmark, Portugal, Spain, the Low Countries and France from 1799 to 1818; Compiled from Official and Authentic Documents by John Gurwood. London: Murray, 1838, p. 309. 86 Erebea, 6 (2016) pp. 65-86 issn: 0214-0691 Manuel Moreno Alonso dijo más tarde”, en lo cual sigue la opinión de Marx, que “le consideró con toda razón como el hombre de la mediocridad”. Pero como quiera que fuera, en la construcción historiográfica la imagen británica se consolidó progresivamente hasta construir todo un paradigma iconográfico e interpretativo –mítico– que habrá de convertirse en un componente esencial de una tradición inventada. De donde la necesidad de analizar toda una representación del pasado que en tantas ocasiones difiere de la realidad histórica. Asunto del que se ocupó ampliamente el historiador británico Hobsbawm, cuando, al estudiar la cuestión capital de la “invención de la tradición”42, llegó a la conclusión de que todos los historiadores, sean cuales sean sus objetivos, están comprometidos en un proceso similar en tanto que contribuyen de forma más o menos consciente no sólo a la creación, desmantelamiento o reestructuración de las imágenes del pasado que no sólo pertenecen al mundo de la investigación especializada, sino a la esfera pública del hombre. 42 Eric Hobsbawm & Terence Ranger, eds., The Invention of Tradition. Cambridge: Cambridge University Press, 1983.