Amores : elegías amatorias
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LOS AMORES.
£ _ S I > o > AMORES. ELEGÍAS AMATORIAS DE OVIDIO, por primera vez publicadas en lengua castellana. Traducción hecha sobre el original latino por dos literatos valencianos. DONACION MONTOro VALENCIA; 1878. V <9 Librerías de Juan Mariana y Sanz , editor, librero de la Universidad y Ayuntamiento, Bajada de S. Francisco , I! Lonja de la Seda , núm. 11. II núm. T.
Esta obra es propiedad de su editor Sr. Mariana y Sanz, y todos los ejempla¬ res llevarán su sello para los efectos de la Ley. Valencia 1878.—Imp. de M. Alufre, Quevedo, 17.
EPIGRAMA DE P. OVIDIO NASON, SOBRE SUS AMORES. Nosotros que éramos poco há en número de cinco libros,, somos ahora solo tres: Ovidio, nuestro padre, asi lo ha preferido. Si no experimentáis gusto alguno al leernos, la disminución de dos libros aliviará vuestro enfado.
LOS TRADUCTORES. No hay español medianamente instruido, siquiera no posea la lengua del Lacio, que no conozca á Ovidio por sus célebres Metamórfosis , vertidas al castellano desde antiguo por Antonio Perez Sigler, Felipe Me y y otros; vulgar se ha hecho ya el conocimiento del mismo eminente poeta por su famoso Arte de amar , cuya últi¬ ma edición española ha publicado recientemente el edi¬ tor del presente libro; á quien registre nuestras biblio¬ tecas no ha de ser difícil saborear en la propia lengua de Castilla la traducción que D. Sebastian de Albarado tituló Heroyda Ovidiana y hasta las Epístolas amato¬ rias , causa, según se dice, de la desgracia y destierro de su autor, que tiempo há fueron traducidas por Diego Megía; pero los Amores, obra la más espontáneamente producida por* el genio poético del voluptuoso Ovidio, los Amores , que reflejan fielmente la manera más ínti¬ ma de ser y de pensar, no solo de su autor, sino de la juventud romana dd su época; los Amores , que mar¬ can el grado de la corrupción de costumbres de la cor te de Augusto, digna, por más de un concepto, de pro¬ fundo estudio; esos Amores son poco conocidos en el mundo literario, y jamás hasta ahora, que sepamos» han sido traducidos á la lengua castellana.
al combate. Así también el Amor apremia más cruelmente á los rebeldes que á los que se confor¬ man á prestarle vasallaje. Yo lo confieso, soy tu nueva presa, Cupido! somos los vencidos que extendemos las manos ante tu poder. No hay necesidad de guerra; paz y perdon te imploramos. Pero no mereces alabanza en vencer con tus armas á un hombre inerme. Coró¬ nate de mirto, unce las palomas de tu madre; el mismo Marte te dará el carro que te conviene, y sobre ese carro, en medio de las aclamaciones del pueblo, te erigirás triunfador, y guiarás con arte las uncidas aves. Seguiránle jóvenes cautivos y cautivas niñas. Esta será la pompa de tu magnífico triunfo, y yo mismo, postrer víctima, estaré allí con mi reciente herida, y, esclavo sumiso, arrastraré mi nueva cadena. La Moralidad será conducida con las manos atadas tras la espalda, lo mismo que el Pudor y cuanto es obstáculo á las armas del Amor. Todos te temerán y, extendiendo hácia tí sus bra¬ zos, entonará el pueblo con grandes voces «¡Vic¬ toria!» Las caricias serán tus compañeras, y la ilusión y la locura tu inseparable escolta. Con este ejército somete los hombres y los dioses. Alegre
15 tu Madre te aplaudirá triunfador, desde lo alto del Olimpo, y esparcirá rosas sobre tu frente. Tus alas y tus cabellos se adornarán con piedras preciosas, y resplandeciente como el oro, serás conducido por las doradas ruedas de tu carro. También entonces, si mal no te conozco, inflamarás no pocos corazo¬ nes; también entonces abrirás á tu paso muchas heridas. Tus flechas, aunque lo quisieras, no pue¬ den estar quietas, tu férvida llama quema aun en medio del agua. Tal era Baco cuando triunfó del pais donde corre el Ganges: tú eres conducido por aves, él lo fué por tigres; así, pues, que forme yo parte de tu sacra comitiva; no quieras perder el derecho del vencedor. Contempla la feliz conquista de tu pa¬ riente César: con la misma mano con que los ven¬ ce proteje á los vencidos.
16 ELEGIA TERCERA. ARGUMENTO. Se recomienda & su querida por las ex¬ celencias de la poesía, la pureza de sus costumbres y la. fidelidad á. toda prueba, que ofrece. Mi plegaria es justa: que la niña que lia poco me han robado, ó me ame, ó haga por que le ame toda mi vida. ¡Ah, demasiado he ambicionado! que solamente me permita amarla. Ojalá Venus oyera mis súplicas. Acepta un amante que te servirá por largos años, acepta un amante que sabe amar con fidelidad eterna. Si no me recomiendan ilustres apellidos de antigua familia; si mi abuelo era solo un caballero particular, y si las tierras de mi casa no se remue¬ ven con innumerables arados y mis padres restrin¬ gen mi escaso gasto, recomiéndenme no solamen¬ te Apolo y sus nueve compañeras y el inventor de la viña, sino también el Amor que me entrega á tí, y la fidelidad á que nadie me hará faltar; mis costumbres sin tacha, mi inocente sencillez, y mi rubicundo pudor. No me gustan todas: no soy
17 burlador de Amores. Tú sola, si me correspondes con la misma fidelidad, serás siempre mi perene cuidado. Ojalá pase junto á tí los años que la Par¬ ca me deje, y muera con sentimiento tuyo. Dame feliz lema para mis versos y serán dig¬ nos de quien los inspira. A la poesía deben su ce¬ lebridad la ninfa lo, asustada de sus cuernos; y aquella á quien el adúltero sedujo, trasformado en Cisne (1), y la que robada por un fingido toro se cogió á sus largos cuernos con virgínea mano (2). Nosotros también seremos cantados por todo el mundo, y siempre citarán unidos tu nombre y el mió. ELEGIA CUARTA. ARGUMENTO. Antes ele cenar con su querida le indi¬ ca las senas con que podrán mani¬ festarse su mutuo amor á pre¬ sencia del marido. Tu marido ha de cenar con nosotros; así sea esta su última cena! ¿mientras tanto solo contem- (1) Leda. (2) Europa. 2
48 piaré á mi amada como convidado? ¿El derecho de estar junto á ella será de otro? ¿Recostada con él darás nuevo calor á su seno? ¿Guando guste, pa¬ sará su mano sobre tu cuello? No atiendas á la que tras el festín de su boda (1) puso en guerra á los deformes Centauros. Yo no habito las selvas, ni soy medio caballo como ellos, pero me parece que apenas podré contenerme. Aprende lo que tienes que hacer y no dejes que se lleven mis palabras ni el Euro ni el tibio Noto. Llega ánles que tu marido; no preveo aun así qué puede hacerse, pero vé primero. Guando se acerque á la mesa, irás con aire modesto á poner¬ te á su lado; procurando el oculto contacto de nuestros piés. Observa lo que te indiquen mis se¬ ñas y el lenguaje de mis ojos. Mira y devuelve del mismo modo las furtivas señas. Sin voz te habla¬ rán mis cejas y leerás palabras trazadas con los de¬ dos. Cuando te ocurra la idea de nuestros placeres^ toca con el tierno índice tus sonrosadas mejillas. Si quieres darme alguna secreta queja, suspenda el extremo de tu oreja tu blanda mano. Guando te (1) Hippodarnia.
19 plazca, sol mío, lo que yo haga ó diga, haz rodar tu sortija al rededor de tus dedos. Pon las manos sobre la mesa del modo como cuando suplicantes piden para tu marido todos los males que merece. Cuando él te escancie el vino, haz que se lo beba, y pide después por lo bajo al criado que le sirva el que prefieras. Yo tomaré el primero la copa que tú dejes y beberé en ella por la misma parte por donde tú hayas bebido. Si por casualidad te ofrece el vino libado antes por él, rehúsalo. No permitas que oprima tu cuello con indignas caricias, ni re¬ poses tu cabeza sobre su rudo pecho; sobre todo, guárdate de darle besos. Si se los das, yo me de¬ clararé públicamente tu amante, diciendo «son mios;# y se los disputaré con mis manos. Estas caricias, sin embargo, las veré; pero las que me ocultará la cubierta de la mesa serán mi mayor tormento. No juntes, pues, ni tus piernas, ni tus rodillas á las de tu marido, ni roces con tu de¬ licado pié, su pié grosero. . Temo, infeliz, muchos males, porque muchos males hice, y me atormento con el temor de mi mismo ejemplo. Muchas veces mi querida y yo hemos estimulado bajo los vestidos que nos cu-
20 brian, el momento del dulce placer. Tú no harás eso; pero, para ahuyentar toda duda, desnuda tus espaldas del manto que las cubre. Ruega continua¬ mente á tu marido que beba, pero sin acompañar las súplicas con besos; y mientras beba, añádele furtivamente si puedes vino puro, y si se deja caer por efecto del sueño y del vino, nos aconsejarán el sitio y las circunstancias. Guando te levantes y todos nos levantemos para irnos á casa, no olvides introducirte en me¬ dio de la comitiva; allí me encontrarás ó allí te encontraré, y entonces tienta de mí lo que puedas. ¡Infeliz de mí! Te he enseñado lo que debe aprovechar para pocas horas, pues la noche manda separarme de mi compañera. Su marido se encer¬ rará con ella toda la noche, y yo, bañado de lágri¬ mas, no podré seguirle sino hasta la puerta. Le dará besos, después se tomará algo más que be¬ sos, y le darás como un deber, lo que á mí me concedes furtivamente; pero no te prestes, esto te es posible, sino de mala gana y como á la fuerza. Gallen las caricias, y séale Vénus avara. Si de algo sirven mis votos, él no hallará placer alguno* á lo menos tú no lo recibas de él. Por lo demás.
21 cualesquiera que sean los sucesos esta noche, nié¬ game mañana porfiadamente haberle concedido cosa alguna. ELEGÍA QUINTA. ARGUMENTO. Alégrase ele haber poseído á. su. amiga. Hacia mucho calor; era el medio dia, y yo me recosté en la cama para descansar. Las ventanas estaban entreabiertas, dando paso á una media luz semejante á la que suelen dejar los árboles del bosque, ó á la que destella el crepúsculo cuando el sol se pone, ó bien la que se distingue cuando acaba la noche, pero aun no ha principiado el dia. Tal es la luz que ha de prepararse á las niñas ver¬ gonzosas, para que su tímido pudor pueda coho¬ nestarse con la penumbra. Hé aquí que llega Corina, con la túnica recojida y con el cabello dividido sobre su blanco cue¬ llo, cual se dice iba al tálamo la hermosa Semíramis, ó como Lais se presentaba á sus numerosos aman-
22 tes. Le separé la túnica, que por lo fino no perju¬ dicaba gran cosa, pero luchaba por cubrirse con ella, y así luchando, como quien no quiere vencer, fué vencida sin gran pena. Cuando se descubrió ante mis ojos sin velo al¬ guno, no apareció ni una imperfección en lodo su cuerpo. ¡Qué hombros, qué brazos vi y toqué! ¡qué seno formado para las caricias! ¡Qué liso vientre bajo su preeminente pecho! ¡Qué esbelto talle! ¡Qué juvenil pierna! ¿Por qué descender á deta¬ lles? No he visto nada tan perfecto, y desnudo oprime su cuerpo con el mió. ¿Quién ignora lo demás? Fatigados, descansamos los dos. ¡Así pueda yo pasar á menudo las calurosas horas del medio dia! ELEGÍA SEXTA. ARGUMENTO. Imprecaciones contra, el portero que rehusaba abrirle la puerta. Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los goznes la rebelde puerta.
Poco es lo que te pido: entreábrela solo lo sufi¬ ciente para que pueda yo pasar de lado. La prolon¬ gada pasión amorosa, lia extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes, y dirije, protegiéndolos, mis pasos. En otro tiempo, empero, yo temía la noche y sus vanos fantasmas, y me admiraba de que Al¬ guien se aventurase entre tinieblas. Se burló ámis oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú también te volverás valiente.» La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona. No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando desnudo estabas para recibir azotes, intercedí po r tí ante tu señora. Así, pues, mis súplicas que entonces pudieron alcanzar gracia en favor tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que me debes, hé aquí la ocasión de mostrarte agradecido, como deseas. La noche avan-
v \ 30 ménos, para borrarlas tristes señales de mi crimen arregla y peina tus cabellos. ELEGIA OCTAVA. ARGUMENTO. Contra, una alcahueta que intentaba enseñar á la querida d.el poeta las artes d.e la prostitución. Oiga, quien quiera conocer una alcahueta: hay cierta vieja Dipsas; su nombre lo toma de su ofi¬ cio (1); jamás vio en ayunas á la madre del negro Memnon (2), en su carro de púrpura. Conoce las artes mágicas y los versos de encantamientos, y con su poder hace volver hácia su origen las rápidas aguas. Conoce bien la virtud de las yerbas, la del lino arrollado sobre el torno cabalístico y la del hipomanes. Cuando ella quiere, se llena el cielo de nu¬ bes; cuando ella quiere, brilla la luz del dia en el puro firmamento. Yo he visto, ¿lo creereis? las es- (1) Viene del griego y significa tener sed. (2) La Aurora.
Si trallas destilando sangre, y la faz de la luna estaba también ensangrentada. Sospecho que suele volar viva entre las som¬ bras de la noche y cubrir con plumas su viejo cuerpo. Lo sospecho y así es fama: en sus ojos brilla una doble pupila de donde nace la luz más viva. Evoca á los antepasados, que yacen en los sepulcros, y al son de su plañidero canto, se abre el duro suelo. Se complace en profanar el casto tálamo, y no carece de elocuencia su corruptora lengua. La casualidad me hizo testigo de su ense¬ ñanza, á favor de una doble puerta que me ocul¬ taba, mientras decía así: ¿Sabes, luz de mis ojos, que prendaste ayer á un rico joven? Te vio y no cesó de fijar sus ojos en tu rostro. ¿Y á quién no has de gustar? No cedes en belleza á ninguna otra. Pero ¡ay de mí! faltan galas dignas de tan bellas formas. Quisiera yo que fueses tan rica como hermosísima eres! No seré pobre cuando seas rica. Has tenido que sufrir la adversa estrella de Marte, pero Marte ha cesado y ahora Vénus te es favorable. Mira cómo te es propicia su lle¬ gada: un rico amante te quiere y desea saber qué es lo que te haga falta. Su cara no desdice de la
tuya, y si no te quisiera comprar los suyos, ha¬ brías tú de comprarle tus encantos.» La joven se sonrojó. «El pudor, continuó la vieja, sienta bien á las blancas mejillas; si lo finges, aprovecha; pero cuando tengas tus ojos con arte inclinados sobre tu seno, no mires á nadie sino á proporción de lo que te ofrezca. Quizá, bajo el reinado de Tacio, las rudas Sabinas no hubiesen querido entregarse á muchos hombres. Ahora es¬ cita Marte los ánimos contra las armas extranjeras, y Vénus reina en la ciudad de su querido Eneas. Divertios, hermosas jóvenes, solo es casta aquella á quien nadie solicita, y aun si su rusticidad no lo impide, ella misma busca. Desarruga el entrecejo; ¡cuántos crímenes se ocultan á menudo debajo de una arruga! Penélope probaba las fuerzas de los jóvenes con un arco, y para el que quiera saber más este arco era de cuerno. El tiempo vuela sin sentir y engaña la voluble edad, como se desliza el agua del rio, renovaaá incesantemente. El acero brilla con el uso: un buen trage quiere ser llevado. Los palacios deshabitados se arruinan bajo la yerba. La belleza, si nadie la regocija, envejece. Y no son bastantes uno ó dos amantes; cuantos más, es
35 más seguro y fácil el provecho! Los lobos viejos buscan su presa en un rebaño entero. Dime, ¿qué te dá ese tu poeta, fuera de nuevos versos? De tu amante muchos miles lees. El mismo dios de los poetas, cubierto con un manto recamado de oro, pulsa las cuerdas de una dorada lira. Quien te dé oro sea á tus ojos más grande que el grande Homero. Créeme, el dar es cosa ingeniosa. Ni des¬ deñes' al redimido por merced; pues el tener el pié marcado con la señal de la esclavitud, no es un crimen; pero tampoco te dejes engatusar por rancios títulos de nobleza. Váyase con sus abue¬ los el amante pobre. ¿Qué? porque sea guapo, ¿querrá el otro pasar una noche sin pagar? Que busque antes el oro de su amigo. No seas demasiado exijente mientras tiendes las redes, por miedo de que te se escape la presa: una vez apresados, remátalos á tu antojo. Ningún efecto hace un amor fingido, deja creer que tu amante es amado, pero cuida de que este amor no sea cierto. Rehúsa muchas veces pasar la noche juntos, finge para ello un dolor de cabeza ó la abstinencia que requieren los dias consagrados á Isis; pero re¬ cíbele á menudo para que no se habitúe á la priva-
54 cion, ó que no se enfrie el amor frecuentemente rechazado. Sean tus puertas sordas al que ruega y blandas al que dá; oiga el amante recibido las pa¬ labras del desdeñado. Y no dejes nunca en cual¬ quier desavenencia de quejarte como primeramente ofendida. Desvanece tus culpas con tus inculpacio¬ nes; pero no te abandones demasiado tiempo á la có¬ lera: una cólera prolongada ha engendrado á menu¬ do el odio.—Aprendan también tus ojos á derra¬ mar lágrimas forzadas, y á humedecer tus mejillas— y con tal de engañar á alguno, no temas ser perjura: Yénus hace que los Dioses sean sordos á las lágri¬ mas de los ilusos. Toma á tu servicio un siervo y una criada hábiles que sepan indicar lo que se ha¬ ya de comprar para tí, y para sí pidan cortos re¬ galos. Si entre muchos, piden un poco á cada uno, de muchas migajas se hará grande monton. Y tu hermana y tu madre y tu ama de leche, hagan con¬ tribuir á tu amante. Pronto se hace buen botín cuando muchas manos ayudan á ello. Guando te fal¬ te un preteslo, celebra tu cumpleaños. Cuida sobre todo de no dejar creer á tu aman, te que está seguro sin rival; sin la rivalidad, poco dura el amor. Vea sobre tu lecho indicios de otro
poseedor de tu belleza, y marcado tu cuello con lascivas señales, y vea principalmente los regalos que otro te hubiese enviado. Si nada te lleva, habíale de las novedades que se venden en la Via sacra. Cuando le hayas sacado bastante, para que no todo sea dar, pídele prestado lo que nunca le habrás de volver. Ayude tu lengua á lo que se proponga tu mente; halágale para mejor perderle; el mortífero veneno se encubre con dulce miel. Si sigues mis lecciones, fruto de una larga experiencia, y no dejas que mis palabras se las lleve el viento, llegará dia en que me dirás «vive desahogadamente.» ¡Cuán¬ tas veces después que yo muera pedirás al cielo que descansen en paz mis huesos!» Así decía, cuando me delató mi sombra. No sé cómo pude contener mis manos para no arran¬ carle su blanco y escaso pelo, sus ojos llorosos devino, y sus rugosas mejillas. ¡Sin casa ni hogar, exclamé, dente los Dioses una miserable vejez, largos inviernos y perpétua sed!
36 ELEGIA NOVENA. ARGUMENTO. Gracioso paralelo entre la guerra y el amor. Todo amante es soldado, y Cupido tiene su campo: sí, Atico, créeme, todo amante es soldado. La edad que conviene para la guerra es la propia para Vénus. ¡Malhaya un soldado viejo! ¡Malhaya un amante anciano! La edad que quiere un general en un bravo soldado, es la que pide una joven beldad en el poseedor de sus encantos. Uno y otro vigilan; ambos duermen en tierra; ambos hacen centinela: el uno á la puerta de casa su querida, el otro en la (fe su general. ¡Cuánto camino tiene que hacer el soldado! El amante, cuando cu querida está desterrada, la seguirá intrépido hasta el fin del mundo. Atrave¬ sará las montañas más altas y los rios más en¬ gruesados por las tempestades; cruzará las amonto¬ nadas nieves. ¿Conviene pasar los mares? No pre¬ testará los vientos desencadenados; no buscará el
37 tiempo propicio para la navegación. ¿Qué otro que un soldado ó un amante despreciará la frescura de las noches y los torrentes de lluvia mezclados de nieve? El uno es enviado delante del enemigo como explorador; el otro tiene los ojos fijos en su ri¬ val, como en un enemigo. Aquel sitia las ciudades amenazadoras, este la casa de su inflexible dama: más ó menos grandes, ambos baten las puertas pa¬ ra irse á fondo. Se fué frecuentemente vencedor, por haber po¬ dido sorprender á un enemigo sumerjido en el sueño, y matar, espada en mano, á un ejército sin defensa. Así fueron degollados los bravos batallo¬ nes del tracio Reso, quien se vio robar sus famo¬ sísimos caballos. También con frecuencia los aman¬ tes saben aprovecharse del sueño dé los marido^ y volver sus armas contra el enemigo. El cuidado de escapar á la vigilancia de los guardas y de los centinelas tiene siempre en suspenso al soldado y al amante; Marte es dudoso y Yénus nada tiene de ase¬ gurada: los vencidos se reaniman, y los que os parecen no poder ser derrotados, caen á su vez. Que se deje, pues, de llamar al amor la desi-
38 dia: es menester un alma á toda prueba para amar. Aquiles arde por Brisada, arrebatada á su amor: mientras que su dolor os lo permita, Troyanos, quebrantad las fuerzas de la Grecia. De los abrazos de Andrómaca, Héctor corría á las armas; su esposa le cubría la cabeza con su casco. El pri¬ mero de los jefes de la Grecia, el hijo de Airea, á la vista de la hija de Priamo con los cabellos es¬ parcidos á la manera de las bacantes, quedó, se dice, suspenso de admiración. Pero él mismo fué preso en el lazo que había forjado Vulcano: nin¬ guna historia hizo tanto ruido en el cielo. Yo mismo estaba sosegado y nacido para no hacer nada: el lecho y el descanso habiair ablandado mi alma. El cuidado de una joven belleza puso tér¬ mino á mi apatía: ella me mandó hacer mis prime¬ ras armas á su servicio. Desde entonces, me veiais ágil y siempre ocupado en alguna expedi¬ ción nocturna. ¿Queréis no ser cobardes? Amad.
ELEGÍA DÉCIMA. ARGUMENTO. A tana, jó ven para, apartarla ele la pro stittx oion. Como la princesa, que arrebatada en las orílias del Eurolas sobre los bajeles frigios, fué para sus dos esposos la causa de una tan larga guerra; y la bella Leda, que el diestro Júpiter, oculto bajo la engañosa apariencia de un cisne de blancas plu¬ mas, sedujo con menosprecio de himeneo; y Ané¬ mona corriendo con una urna sobre la cabeza, los campos estériles de la Argólida: tal eras tú á mis ojos. Temía para tí la metamorfosis del águila y del toro, y todas las astucias que sugiere el Amor al poder de Júpiter. Hoy dia, no temo nada; estoy fuera de mi error, y tu belleza no anubla mis ojos. ¿De qué proviene, pues, este cámbio? me pregun¬ tas. Consiste en que tú la pones á precio: y vé ahí lo que hace que tú no sabrías gustarme. Cuanto más sencilla y sin arte fueras, tanto más amaría tu alma y tu cuerpo: hoy dia, la enfermedad de tu
46 debió servir únicamente para colgar á algún infe¬ liz, para suministrar al verdugo infames cruces; pa¬ ra dar lúgubre sombra al buho graznador, y para sostener sobre sus ramas los huevos del buitre y del osífraga. Y á esta madera he tenido la locura de confiar los secretos de mi amor! á ella he en¬ cargado llevar á mi dueña las palabras más tiernas! A esa cera convenia mucho mejor la insípida asig¬ nación que despacha el juez en tono feroz; era mu¬ cho más propia para servir de diario al avaro, quien no habría consignado mas que llorando los gastos hechos con pena. Tabletas engañosas, no sin razón se os llama dobles; tampoco este número era de buen agüero. ¿Qué puedo desear para vosotras en mi cólera? Que el tiempo os inme y os roa, y que la cera que os cubre se enmohezca y sea man¬ chada por un robín inmundo. ELEGÍA DÉCIMO TERCIA. ARGUMENTO. A la. Aurora., para que no acelere demasiado su marcha. Ya aparece sobre el Océano, al salir de los brazos de su anciano marido, la blonda diosa, cuyo
' 47 carro resplandeciente conduce el dia. ¿A dónde corres, bella Aurora? detente; y que á este precio un combate solemne sea, cada año, ofrecido por las aves á los manes de Memnon. Yé ahí el mo¬ mento en que deseo quedar en los brazos cari¬ ñosos de mi dueña; vé ahí el momento, mejor que nunca, de estrechar amorosamente su cuerpo contra el mió; vé ahí el momento en que el sueño es dulce y el aire fresco, en que la garganta fle¬ xible de las aves, deja oir sonidos melodiosos. ¿A dónde vas contra los votos de los amantes, contra los votos de las bellas? Acorta con tu radiosa mano, las riendas húmedas de tus corceles. Antes de que asomes, el piloto observa mejor los astros y no vaga á la aventura en medio de los mares. Guando apareces, por fatigado que esté, el viajero se levanta, y el soldado empuña sus armas belicosas. Eres la primera en ver al trabajador cargado de la azada; la primera en llamar bajo su yugo al pesado buey. Tú arrancas á los niños al sueño, y los entregas al pedagogo, para que sus delicadas manos se ofrezcan á la cruel férula. Tú también traes la caución delante el tribunal, donde va á pesar sobre ella la responsabilidad de una
sola palabra. Tan importuno para el abogado como para el juez, les obligas cada dia á levantarse para nuevos procesos. Eres tú aun quien, cuando las mujeres podrían saborear las dulzuras del descanso, las llamas á hilar la lana con sus manos labo¬ riosas. Pasaría por alto lo demás; pero ¿quién sino el que no tenga ninguna, sufrirá que las bellas se le¬ vanten tan de mañana? ¡Cuántas veces he deseado que la noche no quisiera hacerte lugar, y que los astros fugitivos no se cubriesen delante de tí! ¡cuántas veces he deseado que el viento volcara tu carro, ó que uno de tus caballos cayera atascado en la espesura de una nube! ¡Cruel! ¿A dónde corres? Si has tenido un hijo cuya piel era negra, debió este color al del corazón de su madre. Qué! si se hubiese abrasado menos de amor por Céfalo, ¿crée que su culpable pasión nos seria des¬ conocida? Yo quisiera que Tithon pudiese libremen¬ te hablar de tí: jamás nadie hubiera oido en los cielos la historia de tan vergonzosos amores. Tú huyes de tu viejo esposo, porque la edad le ha helado, y te apresuras á montar sobre un carro que él detesta. Pero si tú tuvieras amorosamente en tus
49 brazos algún Céfalo, se te oiría gritar: caminad len¬ tamente, corceles de la noche. ¿Si tu esposo siente el frió de su perdurable edad, debo yo pagarlo? ¿Soy yo quien te lia unido á un viejo? Yé cuántas horas de sueño la Luna otorga á su joven amante; y su belleza no es menor á la tuya. El padre mismo de los dioses, para no verte con tanta frecuencia, de dos noches no hace mas que una, á fin de dar un más libre campo al amor. Había terminado estos reproches, y, como si ella me hubiese oido, su frente se enrojecía, sin que no obstante el dia apareciera más tarde que de costumbre. ELEGIA DECIMACUARTA. ARGUMENTO. A una. muchacha vuelta, calva, de re¬ pente. Bien te lo decía yo: «Deja de teñir tus cabellos.» Hoy dia no tienes cabellera que teñir. No obstante, si tú lo hubieras querido, ¡qué había más hermoso que tus cabellos! Descendían hasta tus rodillas. Tal 4
50 era su finura que temías peinarles. No era más fino el tejido de que se cubren los Tártaros de atezado color; no es más fino el hilo que, con su delicado pié, desarrolla la araña, suspendida en la viga soli¬ taria, para tramar allí su desliada tela. Sin embar¬ go, su color no era el del ébano, no era tampoco el del oro: era una mezcla de ambos. Tal es, en los delicados valles del monte Ida, el color del alto ce¬ dro despojado de su corteza. Tal era también su flexibilidad, que se presta¬ ban á mil colocaciones, sin causarte jamás el menor dolor. Jamás la punta de la aguja, jamás el diente del peine los.partió, jamás tu peinadora tuVo nada que temer. Muchas veces lie asistido á su tocador, y jamás tomó la aguja'para'pincharle los brazos. Más de una vez también, por la mañana, con sus cabellos aun desordenados, quedó basta medio dia acostada en su cama de púrpura, y su descuido no carecía de gracia: se la hubiese tomado entonces por una bacante de la Tracia, muellemente recostada sobre el verde césped para reparar sus fatigas. Aunque sus cabellos fueran tan .flexibles como el vello, cuántas veces, ay! .fueran puestos en tor¬ tura! cuántas veces sufrieron pacientemente el liier-
51 ro y el fuego, para sujetarse en torneadas trenzas! «Un crimen es, exclamaba yo, si, es un crimen que¬ mar estos cabellos: ellos mismos se arreglan con gracia: cruel, conserva tu cabeza! Lejos de tí esa violencia: no son cabellos para quemar: muestran ellos mismos su sitio á la aguja.» Ya no existe aquella bella cabellera de que Apolo y Baco hubieran estado celosos, aquella ca¬ bellera comparable á la que Dione, saliendo des¬ nuda de la espuma de las olas, sostenía con sus húmedas manos. ¿Por qué, si no te gustaban, deplorar la pérdida de tus cabellos? Insensata, ¿por qué con mano eno¬ jada rechazas el espejo? tus ojos no se fijan en él tan á gusto como otras veces: para gustar aun, tie¬ nes necesidad de olvidar lo que eras. Su caída no es debida á las yerbas encantadas. de una enemiga, ni al agua sacada de las fuentes de Hemonia por'un pérfido hechicero. No es efec¬ to tampoco de una enfermedad grave (de que el cielo te preserve), ni de los celos de una rival, envidiosa de su hermosura. No, la falta está en tí; á tu propia mano debes la pérdida que te desola, tú misma derramabas el veneno sobre tu cabeza.
52 Entretanto la Germanía te enviará cabellos de es¬ clavos: una nación vencida se encargará de tu compostura. ¡Cuántas veces, cuando oirás alabar la belleza de tus cabellos, te dirás abochornada: «Hoy dia es un adorno comprado que me hace pa¬ recer bella; no sé que Sicambro se admira en mí. Y sin embargo, recuerdo hubo un tiempo en que estos homenajes no se dirigían mas que á mí misma!» ¡Infeliz! ¿qué he dicho? Apenas puede conte¬ ner sus lágrimas; con sus manos oculta su frente, y el rubor ha pintado áus mejillas hechiceras. Tiene el valor de contemplar sobre sus rodillas los cabe¬ llos que no eran hechos para hallarse en este puesto. Calma la perturbación de tu corazón y de tu mirada: el mal no es irreparable: presto embe¬ llecerás aun, con tu primera cabellera.
55 ELEGIA DECIMAQUINTA. ARGUMENTO. Contra, los adversarios de la. poesía. ¿Por qué me acusas, maldiciente Envidia, de consumir mis años sin hacer nada? ¿por qué lla¬ mas á mis versos la obra de un perezoso? ¿por qué reprocharme de no seguir las huellas de nues¬ tros antepasados, de no aprovechar las fuerzas de mi edad para cojer los laureles empolvados del dios de la guerra; de no estudiar la prosa de nuestras leyes, de no prostituir mi palabra en las luchas fastidiosas del foro? Estas obras que alabas, son perecederas; aspiro á una gloria inmortal, á fin de ser celebrado siempre y en todos lugares. El cantor de Meonia vivirá mientras subsistan Tenedos é Ida, mientras lleve el Simois al mar sus veloces aguas. Vivirá también el poeta de Ascra, mientras la uva granará en la viña, mientras los dones de Géres caerán bajo el cortante de la hoz. Siempre hablará el mundo entero del hijo de Balto,
54 aunque en este poeta el arte domine al génio. El coturno de Sófocles no se usará, pero vivirá Arato tanto como el sol y la luna. Tanto como la falacia caracterizará al esclavo; tanto como el padre será severo, la alcahueta pérfida, la cortesana cariñosa, vivirá Menandro. Ennio , que no conoció el arte; Accio, cuyos acentos eran tan varoniles, tienen un nombre que el tiempo no destruirá. ¿Qué siglo no conocerá á Yarron, y el primer marinero, y el Vellocino de oro conquistado por un jefe ausonio? Los versos del sublime Lucrecio, no perecerán, sino el dia en que el mundo perezca. Títyro y los segadores, Eneas y sus combates serán leidos, en tanto que Roma sea la reina del mundo que ha conquistado. Mientras el arco y el fuego sean las armas del Amor, se aprenderán tus cantos melo¬ diosos, elegante Tibulo. Galo será conocido por los pueblos de Occidente; Galo será conocido por los pueblos de Oriente; en todas partes, con Galo, será conocida su querida Lycoris. Así, aunque el tiempo mine los peñascos, aunque destroce el diente de la dura esteva, los versos escapan á la muerte. El cetro con sus con¬ quistas, cedan, pues, el paso á la poesía! ¡Cédanse-
lo también, las riberas afortunadas del Tajo, que arrastra el oro con sus aguas! En buen hora que el vulgo se entusiasme por cosas de poco más ó menos: yo lo que pido es que Apolo me vacie á copa.llena el agua de Cas¬ talia; que el mirto que teme el frió orne mi cabe¬ za, y que mis versos no dejen de ser leídos por el agitado amante. Viviendo, se sirve de pasto á la Envidia; muerto, se disfruta del reposo á la som¬ bra de la gloria que se ha merecido. Cuando la pira fúnebre me habrá consumido, viviré, y la mejor parte de mí mismo habrá triunfado de la muerte.
64 más deja de tener efecto: pero como es más fácil valerse de los ruegos, te dirigimos los nuestros, mientras aun tienes tiempo de complacernos. ELEGIA CUARTA. ARGUMENTO. Su. inclinación a.1 amor; por qué todas las Joellas, sin. distinción, le agra¬ dan. . No pretendo justificar el relajamiento de mis costumbres, ni recurrir jamás á pretextos engaño¬ sos para excusar mis desvarios. Confieso mis faltas por si tal declaración puede ser útil para algo. Ahora que me reconozco culpable, quiero revelar todas mis locuras. Reniego de mis errores, y no puedo dejar de complacerme en los errores que maldigo. Oh! Cuán pesado es de llevar el yugo que se querría sacudir! Yo no tengo ni la fuerza ni el poder de domar mis pasiones: ellas me atraen, como las rápidas olas llevan la lijera barca. No es tal ó cual belleza la que me inflama: cien motivos me obligan á amar siempre. Si alguna
tiene sus ojos modestamente inclinados, mi corazón se enciende, y su pudor es el cepo en que caigo. Si es incitativa, me dejo apresar porque no es no¬ vicia, y porque promete ser viva y eficaz sobre un mullido lecho. Si veo una cuyo aire arisco recuer¬ da la severidad de las Sabinas, me figuro que tiene deseos, pero que sabe disimularlos. ¿Eres sabia? me gustas por tus raros talentos: ¿eres ignorante? me gusta tu simplicidad. Esta halla los versos de Calimaco sin gracia en comparación á los mies; lo agradezco y me gusta al momento: aquella criti¬ cando mis versos, me disputa el titulo de poeta; á pesar de sus críticas quisiera tocarla de cerca. Es¬ ta marcha muellemente, su suavidad me encanta: aquella, pesadamente; la aproximidad de un aman¬ te le prestará tal vez agilidad. La una canta con gracia, y su garganta flexible exhala los acentos más melodiosos; yo quisiera robar un beso á su bo¬ ca medio abierta; la otra recorre con un dedo lijero las temblorosas cuerdas de su lira: ¿quién podría dejar de amar manos tan diestras? Esta oirá, en fin, me seduce por su danza:' amo al ver sus lascivas posiciones, el movimiento cadencioso de sus bra¬ zos, su destreza en responder al compás por el
66 • contoneo de todo su cuerpo. No hablemos de mí, que todo me inflamo: colocad á Hipólito delante de ella; se volvería un Priapo. Tú que eres alta no cedes á las heroínas de la antigüedad, y tienes tu puesto á lo largo del lecho. Tú que eres baja sabes gustarme también. Ambas me arrebatan; la glan¬ de y la pequeña me convienen igualmente. ¿Esta está sin adorno? pienso en lo que la compostura po¬ dría aumentar sus encantos; ¿aquella esta engalana¬ da? brilla con todos sus atractivos. Soy esclavo de la rubia y de la morena, que también es agradable Yénus bajo atezado color. ¿Flotan negros cabellos sobre un cuello de nieve? La belleza de Leda con¬ sistía en su negra cabellera. ¿Yeo blondos cabellos? Una cabellera dorada hace la belleza de la Aurora. En todas partes la historia me ayuda para justificar mi amor. La juventud me encanta, la madurez me seduce: la una tiene en su favor la belleza del cuer¬ po, la otra su espíritu. En una palabra, de todas las bellas que se admiran en Roma, no hay una que no Je apetezca á mi amor.
67 ELEGIA QUINTA. ARGUMENTO. Dirije reproches ó. su señora., quien, á. su vista, mientras fingía dormir, ha¬ bía dado á otro convidado seña¬ les inequívocas de su amor. ¡Cupido; huye con tu carcax! el Amor no tiene bastante precio, para que yo invoque tan frecuente¬ mente la muerte. Sí, yo invoco la muerte cuando sueño en tu perfidia, ingrata belleza, nacida para mi eterna desgracia. No son tus tablitas mal borra¬ das las que me descubren tu conducta: no son los presentes recibidos furtivamente los que revelan tu crimen. Quieran los dioses que acusándote yo, no pueda convencerte. ¡Infeliz de mi! ¿por qué mi cau¬ sa es tan buena? Dichoso el amante que puede de¬ fender valientemente lo que él ama, y á quien su señora puede decir: «Yo no soy culpable!» Tiene un corazón de hierro y se abandona demasiado á su ira, aquel que quiere adquirir un laurel ensan¬ grentado por la condenación de una pérfida. Desgraciadamente lo he visto todo, cuando tú
68 rae creias dormido. Sí, he visto por mis ojos, que el vapor del vino no perturbaba, he visto vuestra trai¬ ción. Os he visto entenderos por el movimiento de vuestras cejas: vuestros signos de cabeza, lenguaje bastante claro, eran como palabras. Tus ojos ne fueron mudos: se trazaron letras con el vino sobre la mesa: tus propios dedos no estaban sin hablar su lenguaje. A pesar de todos vuestros esfuerzos para ocultarle, he penetrado el sentido de vuestras palabras: he comprendido el valor de los signos convenidos entre vosotros. Ya la mayor parte de los convidados se habían alejado; no quedaban más que dos jóvenes, dormidos por la embriaguez. Yo os vi entonces cambiar culpables besos, besos en los cua¬ les, yo lo he visto, vuestras dos lenguas se confun¬ dían; no de los besos que recibía de una hermana un hermano virtuoso, sino de los que dá una tierna mujer á su ávido amante; no de los besos que Febo podía dar á Diana, sino de los que Vénus prodi¬ gaba á su querido Marte. «¿Qué haces tú? exclamaba yo, ¿á quién das los favores que me pertenecen? Es mi derecho, es mi bien; yo la vindico y yo la defenderé. Solo para mí tus caricias, solo para tí las mias; ¿por qué un ter—
69 cero quiere lener una parte en lo que no pertenece mas que á nosotros dos?» En estos términos es como se exhalaba mi des¬ pecho: el color de la vergüenza cubrió bien pronto ■ sus culpables mejillas. Así se colora el cielo al na¬ cer de la esposa de Titon, ó la joven virgen á la vista de su prometido: así brillan las rosas en me¬ dio de los lirios que las rodean: tal 'enrojece la lu¬ na, detenida en su curso por algún encantamiento; tal aun el marfil asirio, que tiñe una mujer de Meó¬ me para impedirle se vuelva amarillo con los años. Tal ó poco menos, era el color de la pérfida, y qui¬ zás jamás lmbia estado más bella. Miraba á tierra y esta mirada era hechicera: la tristeza estaba pinta¬ da en su cara y esa misma tristeza la agraciaba. Sus cabellos, y nada era tan bello como sus cabe¬ llos, estuve á punto de arrancárselos; sus mejillas delicadas, estuve por abofetearlas. Guando mis ojos encontraron los suyos, mis nerviosos brazos cayeron á pesar mió, y mi señora encontró su seguridad en sus armas. Al ver que ella venia amenazante, yo me arrojé á sus rodillas, y la supliqué no me diera menos tiernos besos. Sonrió y me dió de todo su corazón el más dulce beso, uno
70 de esos besos que arrancarían á la mano irritada de Júpiter su rayo luminoso. Lo que me atormenta hoy¬ es el temor de que mi rival habrá recibido de tan deliciosos: yo no quiero que los suyos hayan po¬ dido ser del mismo género. Ciertamente había en aquel beso mucho más arte del que debe á mis lecciones: me parece que ella había aprendido algo nuevo. Ese refinamiento de voluptuosidad nada bueno me presagia; tengo por mal lo que más plugo; nuestras lenguas, cruzán¬ dose mutuamente, fueron todas enteras estrechadas por nuestros lábios, y con todo no es esto solo k> que me apena: no es solamente de aquellos besos voluptuosos de lo que me quejo, aunque no obstante me compadezco; pero tales lecciones no se dan más que en la cama, y no sé qué maestro ha recibido la inestimable paga.
7i ELEGIA SEXTA. ARGUMENTO. Deplora, la. muerte d.el papagayo que liabia regalado ó. su señora. El ave imitador venido de las Indias Orienta» les, aquel papagayo no existe. ¡Llegad en tropel á sus funerales; venid todos, piadosos habitantes de los aires; herid vuestro pecho con las alas, y surcad con aguzadas uñas vuestras cabezas delicadas. En defecto de plañideras que se arranquen los cabellos, despedazad vuestras plumas erizadas; en defecto de los acentos del clarín que resuena á lo lejos,, haced oir funerarios cantos. ¿Por qué te quejas, Filomela, de la maldad del tirano ismario? el tiempo ha debido poner término á tus lamentos. Resérvalos para la muerte del ave más rara. La suerte de Itis fué un gran moti¬ vo de dolor, pero es un asunto muy antiguo. Vosotras que os balanceáis dulcemente en las llanuras de los cielos, y tú más que otra, tórtola querida, exhalad vuestras lúgubres quejas. Estuvo
72 toda su vida en perfecta inteligencia con vosotras, y su fidelidad á toda prueba no se desmintió jamás. Lo que fué el griego Pílades para su amigo Orestes, la tórtola, oh papagayo, lo fué para tí, mientras viviste. ¿De qué te ha servido esa fidelidad? ¿De qué te ha servido el brillante explendor de tu raro plu¬ maje? ¿De qué te ha servido esa voz tan hábil para imitar nuestro lenguaje? ¿De qué te ha servido haber agradado á mi señora desde que le fuiste regalado? ¡infeliz! ¡eras la gloria de las aves, y ya no existes! Tú podrías, por el brillo de tu plumaje, eclipsar la verde esmeralda, y el rojo color de tu pico igualaba al brillo de la púrpura. Ninguna ave en la tierra hablaría tan bien como tú: tan grande era tu habilidad en repetir tartajeando los sonidos que no habías entendido! La muerte envidiosa te ha herido; tú no decla¬ rabas la guerra á ninguna ave, tú eras á la vez hablador y amigo de las dulzuras de la paz. Yernos las codornices, siempre en guerra, y por esto mis¬ mo quizás, alcanzar frecuentemente la vejez. Los menores alimentos te bastaban; el placer que en¬ contrabas en hablar no te permitía tomar un fre-
73 cuente alimento. Una nuez constituía tu comida; al¬ gunas adormideras te invitaban al sueño; algunas gotas de agua pura extinguían tu sed. Vemos vivir al insaciable buitre, y al milano, el que en su vue¬ lo, describe grandes círculos en medio de los aires, y al grajo, que pronostica la lluvia. Vemo s á la cor¬ neja, odiosa á la belicosa Minerva: apenas muere al cabo de nueve siglos. Y lia muerto el pájaro que sabia imitar tan bien la voz del hombre, aquel pa¬ pagayo, raro presente traido de las extremidades del mundo! Casi siempre las manos avaras de la muerte hieren desde luego lo que hay de mejor en la tierra, y las cosas más malas cumplen su des¬ tino. Thérsistes vio los tristes funerales de Phylá— cides: Héctor estaba reducido á cenizas, cuando sus hermanos aun vivían. ¿A qué recordar los tiernos votos que hizo por tí mi señora alarmada, votos que el tempestuoso Noto llevó al medio de los mares? Habías alcan¬ zado el séptimo dia, que debía ser el último para tí: ya la Parca había enteramente dividido su huso: sin embargo, tu lengua tuvo el valor de hacerse oir aun y exclamaste muriendo: «Corina, adiós!» En el Elíseo, en la pendiente de una colina
80 ¡Sin amor hay tantas jóvenes! Hay tantos jóvenes sin amor! En ellos pues alcanzarás un triunfo glorioso. Si Roma no hubiese desplegado sus fuerzas por todo el universo, hoy no seria aun sino un conjunto de chozas. El fatigado soldado abandona ]a guerra por el campo que acaba de dársele. El corcel, libre de su prisión, corre á brincar en los prados; extensos muelles resguardan el buque vuelto de nuevo al puerto, y el gladiador recibe en cambio de sus armas, la varilla que le libra de los combates, y yo que puedo contar tantas campañas al servicio del Amor, ¿no seria tiempo de que vi¬ viese tranquilo? Y sin embargo, si un dios me dijese: «En ade¬ lante vive sin amor;» yo me defendería; ¡tan dul¬ ce es el mal de amor! No sé qué vértigo arrastra mi mal aconsejada alma cuando estoy bien repuesto de amor, cuando no experimento sus fuegos. Gomo el caballero, recogiendo en vano las riendas blan¬ queadas por la espuma, se ve arrebatado en el precipicio por su corcel que no siente el freno; como el esquife, cerca de tocar la tierra y de llegar al puerto, se vé á un tiempo arrojado por un golpe de
81 viento; así yo soy arrastrado aquí y allá por el so¬ plo incierto de Cupido, y el Amor de color de rosa vuelve á tomar contra mí sus acostumbradas tretas. Tira, niño, he depuesto las armas, y me ofrezco desnudo á tus tiros. Desplega aquí tus fuerzas, y haz ver aquí tu destreza. Vé ahí el punto en que, sin oir tus órdenes, vienen las mismas flechas á cla¬ varse: apenas el carcax le es tan conocido como mi corazón. Triste de quien puede descansar una noche entera, y comprar á gran precio el sueño! In¬ sensato! ¿Qué es el sueño sino la imagen de la fria muerte? Los destinos te reservan un largo re¬ poso. Quiero que mi señora me engañe alguna vez con promesas falaces: la esperanza por lo menos será para mí una verdadera dicha; quiero que ella ya me acaricie, ya me riña: que frecuentemente se me entregue, que frecuentemente me rechace. Si Ma¬ rio, (Marte), es inconstante,'lo es por ti, Cupido; el amante de tu madre, imitándote, lleva de aquí para allá sus armas. Eres veleidoso, eres cien veces más lijero que tus alas, y, siempre inconstante, dás y rehúsas el placer á medida de tu capricho. Si no obstante, tu graciosa madre y tú os dignáis atender
82 mis súplicas, ven á reinar como dueño en mi cora¬ zón y no lo abandones jamás. Que las hermosas, en veleidoso tropel, acudan bajo tu imperio: tú serás, á este precio, adorado de los dos sexos á la vez. ELEGIA DÉCIMA. ARGUMENTO. A Gi’ecino: se puede muy bien, dígase lo que se quiera, amar á. dos mujeres ála vez. Tú eras, Grecino, lo recuerdo, quien me nega¬ ba que pudiese amar á dos mujeres á un mismo tiempo. Gracias á tí be sucumbido; gracias á tí lie sido apresado sin defensa, y vé aquí que tengo vergüenza, vé aquí que amo a dos mujeres a la vez, bellas las dos, las dos en estado de buen ser¬ vicio: seria imposible decir cuál tiene más talento. La primera aventaja en belleza á la segunda, esta - á la primera: tan pronto es una como otra la que más me place. Mi corazón, como el esquife batido por los opuestos vientos, marcha a la ventura, di¬ vidido entre estos dos amores. ¿Por qué, diosa del
83 monte Erycino, multiplicar así mis eternos tormen¬ tos? ¿No era bastante tener que ocuparme de una sola querida? ¿Por qué añadir hojas á los árboles, estrellas al cielo, y nuevas aguas á las olas del in¬ menso Occéano? Prefiero, no obstante, amar así, á consu¬ mirme sin amor. Para mis enemigos una vida sin voluptuosidad; para mis enemigos el sueño en una cama solitaria y la facilidad de descansar conten¬ tos en medio de un lecho no dividido! Para mi, quiero que el cruel amor me arranque á las dul¬ zuras del sueño; no quiero ser solo en estrujar el plumón de mi cama. Que solo una mujer apure sin obstáculo mi amor, si una sola puede hacerlo; y si no es suficiente una, que sean dos. Mi cuerpo seco, pero no débil, me dará fuerza; es la gordura y no el vigor lo que le falta. Por otra parte la vo¬ luptuosidad me animará con su poder: jamás he quedado en falta junto á una hermosa. Frecuente¬ mente, después de una noche consagrada al placer, me he encontrado por la mañana lleno de vigor y dispuesto á la acción. Dichoso quien muere en los dulces combates de Vénus! Hagan los dioses que yo encuentre ese dia la muerte!
84 Que el soldado presente su pecho á los dardos del enemigo, que compre al precio de su sangre una gloria inmortal; que el avaro busque lejos las riquezas, y que, sumergido en los mares que ha cansado su nave, trague las aguas con su boca perjura: por lo que á mí toca, quiero encanecer bajo la bandera de Yénus, quiero morir en medio de la lucha, y que puedan decir llorando sobre mi sepulcro: «Ha muerto como ha vivido.» ELEGIA ONCENA. ARGUMENTO. Trata. de disuadir á. Corina ele su pro¬ yecto de ir á. las bayas de Campania. El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en Jas olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos, para traer el toison de oro. Oh! quiera el cielo que Argo haya sido absorbido en los profundos abis¬ mos del mar, á fin de que ningún mortal fatigue con su remo la inmensidad de las olas!
85 Vé aquí que, abandonando su cama acos¬ tumbrada y sus penales domésticos, Corina se ya á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo es¬ pectáculo no tendrás mas que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo allí hay se¬ guridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os cuenten los combates que libran los vien¬ tos, qué mares son infestados por Garybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que otros os instruyan, cua¬ lesquiera que sean sus relaciones, creedlas: creer en la relación de una tempestad, no es correr ries¬ go alguno. Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de la ribera, la nave voga á ve-
86 las llenas en el vasto mar. El navegante inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Tritón levanta con furia sus agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho, leer algún libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia. Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, que al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer tal belleza, vuestro seria el crimen y de vuestro padre, Diosas y Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio , y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos ayudarán á hacer mover. Yo seré el primero en descubrir desde la ri-
87 bera tu nave querida; y diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos, tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofre¬ cida para tu regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí con el vaso en la mano me contarás todas tus aven¬ turas; me describirás tu navio medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia mí no temías ni al frió ni á la noche, ni á los austros im¬ petuosos. Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo. ¿Y por qué no lie de creer yo con complacencia lo que más deseo? Ojalá pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes, traerme desde luego este dichoso dia!
8a ELEGIA DUODÉCIMA. ARGUMENTO. Se goza. d.e haber por fin obtenido los favores de Gorina. Ceñid mi frente, laureles de la victoria. Soy vencedor: Corina está en mis brazos; aquella que un marido, que un guardián, que una puerta de encina, que tanto antemural ponían al abrigo de una sorpresa! La victoria que, ante todas las otras, merece los honores del triunfo, es seguramente aquella que no está manchada por la sangre del vencido. No son humildes murallas, no son plazas cercadas por estrechos fosos, una bella es la que he sabido tomar por asalto. Cuando Pérgamo cayó, después de diez años de guerra, ¿qué parte de honor, entre tantos sitia¬ dores, alcanza el hijo de Atreo? Mi gloria, es mia, me es toda personal: ningún soldado puede reclamar su parte, ninguno tiene título para pretenderla. Co¬ mo jefe y soldado á la vez he logrado mis fines: yo mismo fui á la vez caballero, infante, abande¬ rado, y en mis hechos no tuvo lugar la casualidad.
89 Para mí, pues, mi triunfo que es premio de mis es¬ fuerzos! No seré tampoco la causa de una nueva guer¬ ra. Sin el rapto de la hija de Píndaro, la paz de Europa y del Asia no se hubiese alterado. Una mu¬ jer es quien, con el vino, arma vergonzosamente, unos contra otros, á los salvajes Lapithas y la raza monstruosa de los Centauros. Una mujer es quien en tu reino, justo latino, obligó á los Troyanos á empezar de nuevo desastrosas guerras. Una mujer es quien, desde los primeros tiempos de Roma, fué causa del sangriento combate en que los Romanos tuvieron que defenderse contra sus suegros. He visto pelearse los toros por una blanca vaquilla, que, es¬ pectadora de la lucha, animaba su valor. Yo-tambien soy uno de los numerosos soldados del Amor; pero es sin efusión de sangre como me hace seguir sus estandartes.
96 piedra muy seca, yo tocaría ante todo los húmedos lábios de mi bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rebusaié de¬ jar su dedo; me encojeré para sujetarle más fuer¬ temente. Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero quizá entonces viéndote des¬ nuda, el amor despertará mis sentidos, y ese mis¬ mo anillo tomará de nuevo su papel de amante. ¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y que mi señora no vea en tí mas que la prenda de mi fidelidad.
97 ELEGIA DÉCIMASEXTA. ARGUMENTO. A Gorina, induciéndola él cjvie vaya á. verle en su casa ele campo de Sulmona. Estoy en Sulmona, tercer cantón del territorio de los Sabinos (1)> Este cantón es pequeño, pero el aire es saludable, gracias á frescas fuentes de agua viva. Aunque los rayos más cercanos del sol hienden aquí la tierra, aunque se sienten los ardores funestos de la canícula, límpidos arro¬ yos serpentean á través de los campos Pelignos, y una vejetacion vigorosa cubre el suelo de fresco césped. El país es fértil en trigo, más fértil aun en uva: produce alguna vez ademas la almendra que viene del árbol de Palas. Las aguas que corren por las praderas las tienen al instante cubiertas de una yerba nueva, y el suelo, siempre refresca¬ do, presenta un espeso tapiz de verdura. Pero allí no se encuentra mi amor; me enga¬ ño de una palabra: allí no se encuentra el objeto (1) Abruzo. 7
98 de mi amor, mi amor se encuentra solo. Aunque se me colocase entre Castor y Pollux, sin tí yo no querría habitar el cielo. Que la muerte sea cruel y la tierra pesada á aquellos que han trazado los primeros, en sus carreras, lejanos surcos en el globo! Al menos debían mandar á las jóvenes bellezas á acompañar á sus amantes, si fuera menester surcar la tierra por caminos interminables. Por lo que á mí toca, si había de trepar, helado de frió, los Alpes ex¬ puestos á todos los vientos, este viaje, penoso como es, me parecería dulce con mi señora; con mi señora, no dudaría en atravesar los Sirtes de la Libia, en presentar mi vela al pérfido Noto; con ella no temería ni á los monstruos marinos que ladran á los lados de Scila, ni tus estrechas gargantas, tortuosa Malea, ni las aguas que el in¬ fatigable Caribdis, hartada sin cesar de navios sumergidos, vomita y engulle de nuevo. Que si los vientos son más fuertes que Neptuno, si las olas se llevan los dioses que nos pro¬ tejen, enlaza á mis hombros tus brazos tan blan¬ cos como la nieve, yo llevaré fácilmente tan dulce peso. Frecuentemente, para ir á ver á Hero, su
99 joven amante había atravesado los mares á nado; no hubiese perecido, sin la oscuridad que ocultó el camino á sus ojos. Yo, aquí solo sin mi señora, tengo agradable vista de ricos viñedos, de campos en todas partes bañados por Hmpidos rios; veo al agua, obede¬ ciendo al cultivador, dividirse en numerosos arro¬ yos, y las hojas de los árboles suavemente agitadas por el fresco aliento de los vientos; mas no creo habitar el bello pais de los Pelignos; no encuentro la heredad de mis antepasados, el lugar que me ha visto nacer; me creo en medio de la Scythia, de los bravos cilicianos, de los Bretones con el rostro pintado de verde y entre peñascos teñidos con la sangre de Prometheo. El olmo ama la viña, la viña se une al olmo; ¿por qué estoy tan á menudo lejos de mi señora? Sin embargo, tú debías no separarte nunca: tú me lo habías jurado, y por mí y por tus ojos que son mis astros tutelares. Más lijeras que las hojas de otoño, las vanas promesas de la belleza huyen siempre á merced de los céfiros y de las aguas. Si por tanto eres aun sensible á mi desamparo, comienza en fin á cumplir tus promesas; sube sin
100 más tardar en un carro lijero tirado por dos ve¬ loces caballos, y sacude tú misma las riendas sobre su clin flotante. Y vosotros, montes orgu¬ llosos, humillaos á su paso; y vosotros, tortuosos valles, abridle fácil camino. ELEGIA DÉCIMASÉPTIMA. ARGUMENTO. Se compadece de Corina, demasiado engreída de su belleza.. Si hay alguno que piense que es vergonzoso el ser el esclavo de una bella, acepto su condena¬ ción. Que me declare pues infame, con tal que la diosa que reina á Paphos y á Cytheres me trate con un poco más miramiento. ¿Por qué no he sido el esclavo de una amante sensible y dulce, puesto que yo había nacido para ser el esclavo de una bella? La belleza dá orgullo: la belleza de Corina la vuelve intratable. ¡Ay! por qué se conoce tan bien! De su espejo saca su arrogancia; aunque no se mirá en él mas que después de componerse. Si tu belleza, nacida para hechizar mis ojos,
101 te asegura el imperio de todos los corazones, no •debes, comparándome á tí, despreciarme; la infe¬ rioridad puede asociarse con la grandeza. Se sabe que la ninfa Galipso, ardiendo en amor por un simple mortal, le retiene contra su voluntad para hacerle su esposo. Se sabe que una de las Nerei¬ das no se abochornaba por tener comercio con el rey de Phtliia, Egeria con el justo Numa, Yénus con Yulcano, cojo, y todo sucio como está al dejar su yunque. Estos versos no son de un metro igual, y por tanto el verso heroico se combina muy bien con un verso de más pequeño corle. Tú también, oh alma mia, acójeme á cualquier título que sea. Que de lo alto de tu lecho te plaz¬ ca dictarme leyes. No verás nunca en mí un acu¬ sador pronto á vengarse de su desgracia: no ten¬ drás que negar nuestro amor. Que cerca de tí mis versos suplan en mí la riqueza. Más de una bella quiere deberme su ce¬ lebridad. Sé de una que en todas partes va ha¬ ciéndose pasar por Corina: ¿por serlo efectiva¬ mente qué no daría ella? Pero como no se vé cor¬ rer por un mismo cauce al fresco Eurotas y al Pó guarnecido de chopos, del mismo modo ninguna
102 otra que tú será el objeto de mis cantos: solo á tí está reservado inspirar mi genio. ELEGIA DÉCIMAOCTAVA. ARGUMENTO. A Macer: se justifica. d.e entregarse en¬ teramente á. cantos eróticos. Mientras que juntas en tus versos la cólera de Aquiles, y revistes de sus primeras armas á los héroes encadenados por sus juramentos, yo, Ma¬ cer, gozo del reposo á la sombra de la indolente Venus, y el tierno Amor viene á parar el vuelo audaz de mi genio. Más de úna vez he dicho á mi señora: «Basta ya, retírate,» y al punto ella se sienta sobre mis rodillas. Frecuentemente le lie di¬ do: «En verdad estoy avergonzado;» y ella, rete¬ niendo con pena sus lágrimas, exclamaba: «Qué desgraciada soy! ya te avergüenzas de amarme!» Entonces estrechándome entre sus brazos, me pro¬ digaba mil besos de aquellos que hacen mi perdi¬ ción. Estoy vencido; mi espíritu no sueña en los combates: lo que yo canto son mis hazañas domés-
103 ticas y mis guerras privadas. No obstante he ma¬ nejado el cetro; mi pluma ha osado abordar la trajedia, y la empresa no era superior á mis fuerzas. El Amor se echó á reir al ver mi noble manto, mi coturno pintado y mi cetro tan bien llevado por manos para las cuales está hecho. Las exigencias de una señora imperiosa me han arrancado de este trabajo, y el poeta de coturno es batido por el Amor. Puesto que esta es mi suerte, me limito á profesar el arte de amar; y soy el primero ¡ay! abrumado bajo el peso de mis preceptos. O escribo una carta de Penélope á Ulyses, ó pinto tus lᬠgrimas, Phyllis, cuando te ves abandonada. Es¬ cribo á Páris y á Macarea, y al ingrato Jason, y al padre de llippólyto, y al mismo Hippólyto. Re¬ pito los lamentos de la infortunada Didon, armada de su amenazante espada, y los suspiros de la heroína de Lesbos, amiga de la lira Eolia. Con qué velocidad mi amigo Sabino ha re¬ corrido el mundo, y traído de mil diversos lugares la respuesta á estas letras! La casta Penélope ha reconocido el sello de Ulyses, y la suegra de Hip¬ pólyto ha leído los reproches que él le dirije. Ya
104 el piadoso Eneas ha respondido á la muy desgra¬ ciada Elisa; y Phyllis, si con todo eso ella respi¬ rara, también tiene su respuesta. Las tristes des¬ pedidas de Jason han llegado á Hypsipyle; y Safo, querida de Apolo, no tiene mas que depositar á los piés del Dios la Lyra que le tiene consagrada. Pero tú también, Macer, cantando los com¬ bates y los trabajos de Marte, tú también has hablado, tanto como has podido, del amor y de sus tesoros. En tu poema figuran París, y aquel adúltero cuyo crimen ha hecho tanto ruido, y Laodamia acompañando á su esposo que ya no existe. Sí, te conozco bien, tratas estos asuntos tan de buena gana como los combates, y pasas fre¬ cuentemente de tu campo al mió. ELEGIA DÉCIMANOVENA. ARGUMENTO. A tan hombre otaya mtajer amaba. Insensato, si para tí tú no tienes necesidad de vigilar tu mujer, vigilala al menos para mí á fin de hacérmela desear más. Lo que nos está permi-
105 tido nos es insípido; lo que nos está prohibido excita más fuertemente nuestra pasión. Aquel que ama lo que otro le permite amar, tiene un corazón de hierro. En cuanto á nosotros, los que sabemos amar, nos falta esperar y temer á la vez, y, pata desear más vivamente, tener que sufrir algunas repulsas. Que no se me hable de una fortuna que me pondría al abrigo de toda decepción. No sabría amar lo que no pueda inquietarme en ningún tiempo. Este es mi flaco; bien lo había visto la astuta Corina: demasiado sabia ella por dónde podíaseme cojer. ¡Cuántas veces, ay! le tengo visto ¡la mentirosa] fingir un violento mal de cabeza, á fin de despedirme! ¡Cuántas veces he debido, aun¬ que me costase, alejarme á paso lento! Cuántas veces meha supuesto culpas, y, culpable ella misma, se ha supuesto la inocente! Después de haberme atormentado, después de haber así reanimado mis fuegos medio apagados, volvía á estar dulce y sen- . sible á mis deseos. ¡Qué de caricias, qué de ter¬ nuras entonces me prodigaba! ¡Cuántos besos y ¡grandes dioses! qué besos! Tú también, que recientemente has embelesado
112 f mí aprende Corina á engañar á su guardián, á for¬ zar la cerradura de una puerta rigurosamente cer¬ rada, á salir furtivamente de su lecho, vestida de una túnica arremangada, y á avanzar con paso sordo, en las tinieblas de la noche. «Cuántas veces me he visto suspendida en una puerta rebelde, importándome poco ser vista por los paseantes! Hay más: recuerdo que la sir¬ vienta de Corina me recibió y tuvo escondida en su seno, hasta que vio alejarse al severo guardián de su señora. ¿Te recordaré que para celebrar el aniversario del nacimiento de tu bella, me envia¬ bas á ella en presente, y que me rasgó y me ar¬ rojó despiadada en el agua? Soy yo la prjmera que ha hecho germinar en tí las semillas fecundas de la poesía: á mí debes el privilegiado talento que reclama para sí mi rival.» Las dos Musas habían acabado, y, dirigiéndo¬ me á ellas, les dije: «Por vosotras mismas os con¬ juro; acojed sin prevención mis tímidas palabras. Vosotras me ofrecéis el cetro y el noble coturno y ya los acentos sublimes salen de mi boca apenas entreabierta; y vosotras hacéis inmortales mis amo¬ res. Sé, pues, propicia á mis votos y déjame mez-
115 ciar entre sí el grande y el pequeño verso: otór¬ game una poca dilación, majestuosa Tragedia: tus obras exigen años, y las de tu rival solamente al¬ gunas horas.» No fue sorda á mi ruego: los tiernos amores esméranse en aprovechar la próroga otorgada: he de ultimar una obra mucho más grande que me apremia. ELEGIA SEGUNDA. ARGUMENTO. Los juegos d.el Circo. «Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada, ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. Oh, dichoso, sea quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de interesarte. Que se8
414 mejante dicha me alcance; al instante me lanzaría ele la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabría, aquí, soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo; mas lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera rápida, llegara á divisarte, oh! me deten¬ dría, y las riendas se me escaparían de las manos. Ah! faltó poco para que Pelops no cayera en me¬ dio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte, bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de sus bellas! ¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estáis colocados detrás, no exten¬ dáis tanto vuestras piernas; tened bastante cir¬ cunspección para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla. Cuidado, amiga mia, tu ropa dema¬ siado baja arrastra por tierra; levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por
cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en •verlas; sí, tú estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que Milanion hubiera que¬ rido tocar con sus manos: tales también las de Diana, cuando, levantada la ropa, perseguía en las selvas los venados, menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que be visto, lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu lijera ropa. ¿Quieres tú, entretanto, que un aire agrada¬ ble venga á refrescar tu rostro? esta tablilla agi¬ tada por mi mano, te dará ese placer; á menos que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que te aboga, y que tu corazón •no arda con una placentera llama. Mientras que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca ropa: huye de encima de aque¬ llas espaldas de nieve, polvorosa tierra! Mas vé •ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atención. Es llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.
116 En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh diosa, seme favorable, y haz que mi amoV sea vencedor. Aplaudid á Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus on¬ das. Por lo que á mí toca, nada tengo de común con el mar, y no amo mas que la tierra que habi¬ to. Tú, soldado,aplaude á tu dios Marte. Yo huyo de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que Febo sea propicio á los augu¬ res, Febé á los cazadores. Tú, Minerva, recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vos¬ otros, labradores, saludad á Géres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votes del gladiador, y Castor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á tí, dulce Venus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxi¬ to. Lo que ella me ha prometido, prométemelo tú también. Atiende mi súplica, y perdóneme Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no
117 tienen punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar «n medio de estos barrotes la punta de tus piés. Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor acaba de dar la señal: los cuadrigas (1), se lian lanzado todos á un tiem¬ po, desde la barrera. Miro aquel por que te inte¬ resas; quien quiera que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos parecen adi¬ vinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrede¬ dor del mojon! desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que lia rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda iz¬ quierda. Nos hemos interesado por un torpe. Va¬ mos, romanos, llamad, y dad la señal sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama: pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la simetría de tu tocado, pue¬ des ponerle al abrigo bajo la falda de la mia. Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales, á quienes distingue su co¬ lor, lanzan sus caballos eu la arena. Esta vez al (1) Carro de dos ruedas con cuatro caballos. (N. T.)
118 menos sé vencedor, y vuela por el espacio que s& abre ante tí. Haz que mis votos, y los de mi se¬ ñora se vean cumplidos. Lo son efectivamente los de mi señora y aun más los míos. Ha conquis¬ tado la palma; me resta ganar la mia.» La befla ha sonreído, y su chispeante mirada lia' prome¬ tido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte darás el resto. ELEGÍA TERCERA. ARGUMENTO. A su. amiga, que lnabia. faltado á. sus juramentos. ¿En adelante creeré que hay dioses? Ella ha hecho traición á la fé jurada, y su belleza es la misma que antes! Tan larga como era su cabelle¬ ra antes que tomase por testimonio á los dioses, tan larga es hoy dia en que los ha engañado. Las rosas se mezclaban á la blancura de su color, y su tez ostenta aun el matiz de las rosas. Tenia un pequeño pié, y su pié es aun lo que tiene de más lindo. Su talle era á la vez noble
119 y gracioso; noble y gracioso es aun su talle. Los ojos relumbrantes que tan frecuentemente me han engañado, los ojos, semejantes á dos astros, lanzan aun los mismos fuegos. Así los mismos dioses permiten el perjurio á las bellas, y la misma belleza es una diosa. No há mucho, no lo he olvidado, ella juraba por sus ojos y los mios; y los mios han vertido lágrimas. ¡Oh dioses! si la perfidia ha podido abusar de vosotros impunemente, decid, ¿por qué me habéis penado de su crimen? pero no temeis en hacer condenar á muerte á la hija de Gefea, para casti¬ gar en ella el orgullo de su madre. Si no es bas¬ tante que yo haya encontrado en vosotros testigos sin valor, y que ella triunfe hoy dia de haberos engañado, al mismo tiempo que á mí; ¿será menes¬ ter aun que sufra yo la pena de su perjurio, que yo sea á la vez víctima y responsable de su perfidia? O la divinidad no es más que un nombre sin realidad, una quimera imaginada para espantar la necia credulidad de los pueblos; ó si hay un Dios, no es favorable mas que á las bellas y les dá muy exclusivamente el derecho de atreverse á todo. Solo contra nosotros se arma Marte con homicida
120 espada; solo contra nosotros Palas vuelve su for¬ midable lanza. Contra' nosotros solo dirije Apolo sus flechas: contra nosotros amenaza el rayo en la mano soberana de Júpiter. Los dioses no osan penar las ofensas de las -bellas, y, no habiendo sabido hacerse temer, son los que las temen. ¿Y aun irán á quemar incienso en sus altares? No, los hombres deben tener más corazón. Júpiter fulmina contra los bosques y las ciudadelas, y prohíbe á su trueno alcanzar á las mu¬ jeres perjuras. En presencia de tantos culpables, la 'desgraciada Semelé es la sola quemada por el rayo: su complacencia es la causa de su suplicio. Si hubiera evitado la visita de su amante, el pa¬ dre de Baco no hubiese sido cargado del peso que debía llevar su madre. Mas ¿por qué estos reproches^ y esta guerra que hago á todo el cielo? Los dioses tienen ojos como nosotros, y como nosotros tienen corazón. Yo mismo, si fuera un dios, no me ofendería de que una mujer engañara mi divinidad con una mentira. Atestiguaría con un juramento la verdad de los juramentos de una bella, y no pasaría por un dios uraño.
m Tú, sin embargo, joven belleza, usa más mo¬ deradamente de la protección de los dioses, ó al menos evita la vista de tu amante. ELEGÍA CUARTA. ARGUMENTO. Exhorta. ó. un marido 6. no hacer vigi¬ la, r tan severamente á. su mujer. Intratable esposo, tú lias atado un guardián á los pasos de tu joven compañera: ¡pena inútil! el guardián de una mujer es su virtud. Es solo casta aquella que no se vé obligada á serlo por el temor y la que es fiel á la fuerza no es verdaderamente fiel. Gracias á tu continua vigilancia, su cuerpo ha podido quedar intacto; su corazón es adúltero. No se sabría guardar una alma á despecho de ella, y los cerrojos entonces nada valen. Por bien que cierres las entradas de tu casa, el adúltero pene¬ trará: quien impúnemente puede cometer algunas faltas comete menos: el poder de hacer mal enfria el deseo. Cesa, créeme, de incitar al vicio prohi¬ biéndolo: triunfarás mucho mejor por la compla¬ cencia.
128 vaba la cabeza de Medusa, erizada de mil ser¬ pientes! ¡No tener yo aquí el carro de Triptoleme, quien, el primero, enseñó á los salvajes humanos el arte de confiar á la tierra las semillas de Géres! Estos prodigios, ¡ay! jamás han existido mas que en la imaginación de los antiguos poetas: ni se han visto, ni se verán. Pero tú, rio desbordado, (¡ojalá en recompensa sea eterna tu corriente!), vuelve otra vez á tus primeros límites. No podrás, créeme, llevar el peso del odio público, ¿i se sabe que tú has detenido los pasos de un amante. Los ríos deberían secundar á los jóvenes ena¬ morados; los mismos rios han sentido lo que es el amor. El pálido Inaco se prendó, según dicen, de los encantos de Melia, ninfa de Bithinia, y se abrasó por ella, hasta en sus frias aguas. Troya no había aun sostenido sus diez años de sitio, oh Xantho, cuando Nerea fijó tus miradas. ¿Qué hizo recorrer á Alfeo tantos países diversos? ¿no fué su amor por una virgen de Arcadia? Y tú, Penea, cuando Créusa estaba prometida á Xantho, tú la tenias, se dice, escondida en los campos de la Phthiótida. ¿Hablaría yo de Asopo, prendado de los encantos de la guerrera Thebe, Thebe que
129 debia dar á luz cinco hijos? Y tú, Acheloe, si te pregunto dónde están hoy tus cuernos, me dirás con dolor que la mano de Hércules con ira los ha cortado. Esto que no lo hubiese hecho Hercules por Calydon, que no lo hubiese hecho por Etolia misma, lo hizo por la sola Dejanira. El Nilo, ese rico rio que precipitándose por siete embocaduras, tan bien oculta el origen de sus fecundas aguas, dicen que no pudo en sus profundos atolladeros, matar la llama que le consumía por Evadna, hija de Asopo. Enipea, para poder abrazar á la hija de Salmoneo sin inundarla, Enipea ordenó á sus aguas retirarse, y á su vez las aguas se retiraron. No te olvidaré tampoco, á tí que, huyendo á través de las rocas que has socavado, riegas con tus aguas espumosas los campos del argeo Tíber; ni á tí á quien agradó Ilia, toda descuidada como estaba en su compostura, después de haberse ar¬ rancado los cabellos y golpeado el rostro con sus uñas. Llorando el sacrilegio de su tio y el alen¬ tado de Marte, vagaba ella, con los piés desnudos, en los caminos solitarios. Del seno de sus rápidas ondas, el rio generoso la descubrió, y levantando la cabeza por encima de las olas, le dijo una voz 9
130 sonora: «¿Por qué vagar en mis riberas, con un aire inquieto, Iiia, descendiente de la sangre del ¥ Ideo Laomedonte? ¿Qué lias hecho de tus ador¬ nos? ¿dónde dirijes tus pasos solitarios? ¿por qué la blanca cintilla no retiene tus desordenados ca¬ bellos? ¿por qué llorar y ajar con esas lágrimas el brillo de tus ojos? ¿por qué, en tu delirio, te gol¬ peas así el pecho? Tiene un corazón de roca ó bronce, quien puede ver, sin conmoverse, un ros¬ tro encantador regado por las lágrimas. Ilia, cesa de temer; mi palacio estará abierto para tí; mis ondas te protejerán: Ilia, cesa de temer. En me¬ dio de más de cien ninfas, tú sola serás reina; porque más de cien ninfas habitan en el fondo de mis aguas. No me desdeñes, es todo lo que te pido, ilustre vástago de Troya. Mis presentes se¬ rán superiores á mis promesas.» Así habia dicho; é Ilia, con los ojos dirigidos humildemente hacia tierra, bañaba con lágrimas su conmovido seno. Tres veces trató de huir; tres veces se detuvo en el borde de las profundas aguas, el temor le quitó la fuerza para correr. Por último, sin embargo, arrancándose los cabellos con mano enemiga, dejó escapar de su boca balbu-
431 dente estas lamentables palabras: «Oh! pluguiese al délo que mis huesos hubiesen sido recogidos y encerrados en el sepulcro de mi familia, cuando eran aun los de una virgen! ¿Por qué invitarme al himeneo, á mí, vestal ayer, hija infame hoy dia, indigna en adelante de velar él fuego sagrado de Ilion? ¿Qué espero aun? Ya se me señala con el dedo como á una adúltera. Perezca conmigo el pudor que no me permite levantar los ojos sin sonrojarme!» Dijo, y cubriendo con su ropa sus hermosos ojos llenos de lágrimas, se precipitó desesperadamente en medio de las olas. El rio, dicen, la sostuvo, llevando amorosamente la mano bajo su pecho, y la admitió en su lecho, como á. esposa. Tú mismo, es probable que te hayas también consumido por alguna bella: pero los bosques, las selvas, están allá para ocultar tus crímenes. Mien¬ tras que hablo, tus olas van engrosando siempre, y tu lecho, tan largo como es, no basta para con¬ tener las aguas que á él afluyen de todas partes. ¿Qué he de disputar contigo, rio furioso? ¿Por qué diferir los placeres de dos amantes? ¿Por qu é detenerme tan brutalmente en medio de mi cami-
152 no? Si á lo menos tú corrieras, no debiendo más que á tí tus olas orgullosas, y envanecido de un nombre conocido por el universo entero! un nom¬ bre... tú no tienes: tus ondas, las debes á misera¬ bles arroyos. Tú no has tenido nunca ni origen, ni morada cierta. Tu origen, en tí, son las lluvias y las nieves derretidas; riquezas que debes al pe¬ rezoso invierno. O llevas espumosas aguas durante la estación de las escarchas, ó tu lecho no es du¬ rante el estío más que un sulco ávido y pútrido. ¿Qué viajero ha podido entonces encontrar en el jamás bastante agua para extinguir su sed, y de¬ cirte en su reconocimiento: «¡ Sea eterno tu curso!» Tu curso es funesto á los rebaños, más funesto • aun á los campos. Otros, quizá, serán sensibles á estos males: yo no lo soy mas que á los que su¬ fro. ¡Qué insensato soy! ¡Le he contado los amo¬ res de los rios! Tengo vergüenza de haber pro¬ nunciado tan grandes nombres delante de un tan pobre arroyo. ¿En qué pensaba yo, pues, al citar delante de él los nombres de Acheloon é Inaco y el tuyo, Nilo de dilatadas ondas? ¡Pero tú, torrente cenagoso, bien lo mereces,
133 ojalá no veas más que estíos abrasadores é invier¬ nos siempre secos! * ELEGIA SÉPTIMA. ARGUMENTO. Contra, él mismo, por haber caído en falta con su querida. Pero esta muchacha no es bella, ni atractiva. Por eso no ha sido pues bastante largo tiempo el objeto de mis deseos! Oh vergüenza! la he tenido en mis brazos, perdiendo el tiempo: en su lecho me he quedado, como una masa inerte, sirf fuer¬ za y sin acción. A pesar de todos mis deseos, á pesar de los deseos de mi bella, no he podido des¬ petar mi extenuado órgano del placer. Ella tuvo cuidado en pasar con tiento al rededor de mi cue¬ llo sus brazos de marfil, más blancos que la nieve de Tracia; ella tuvo cuidado en luchar su lengua amorosa contra la mia ávida, y meter bajo mi muslo su muslo lascivo; por más que me prodiga¬ ba los nombres más tiernos, me llamaba su ven¬ cedor, anadia todo lo que se repite en semejante
134 caso para excitar la pasión, mi órgano adormecido, como si hubiera sido frotado (ion la fria cicuta, no supo llenar su deber. Quedé como un tronco sin vigor, como una estátua, como una masa inútil, al punto que ella ha podido dudar si yo era un cuer¬ po ó una sombra. ¿Qué haré cuando viejo, suponiendo que lle¬ gue, si mi juventud cae en tal defecto? ay! tengo vergüenza de mi edad: soy joven, soy hombre, y no he podido probar á mi señora que soy joven, que soy hombre. Ella ha abandonado su íecho como la piadosa sacerdotisa' que vela por la con¬ servación del fuego eterno de Yesta, tal cual una castrhermana abandonando á un hermano queri¬ do. Poco antes, sin embargo, dos veces pagaba mi débito con la rubia Chie, tres veces con la blanca Pitho, tres veces también con Libas; y, acosado por Gorina, en una corta noche, nueve veces, recuerdo, tengo librado el combate. ¿Es la virtud mágica de un veneno Thessálico el que embota hoy dia mis miembros? ¿es un encantamiento, una yerba venenosa, lo que me re¬ duce á un tan triste estado? ó bien una hechicera habrá grabado mi nombre sobre la cera roja, y me
habrá hundido una aguja en el hígado? Los teso¬ ros de Géres, golpeados por un encantamiento, no son más que una yerba estéril; golpeados por un encantamiento los manantiales de agua viva se secaron; bajo el peso de un encantamiento la be¬ llota se desune del roble, el racimo cae de la viña, y los frutos abandonan el árbol sin que se les sa¬ cuda. ¿Quién niega que el arte mágico paralice también los nervios? Quizá á él debo haber sido de hielo. A esto añadid la vergüenza; la misma vergüenza me quitaba mis medios; ella fué la se¬ gunda causa de mi impotencia. ¡Qué belleza, en tanto, se ofrecía á mis mira¬ das, á mis tocamientos! Porque la toqué como la túnica que la cubre. El rey de Pilos, á este dulce contacto, habría podido rejuvenecer, y Tilhon se sentiría con fuerzas superiores de su edad. Encon¬ tré en ella una mujer: ella no encontró en mi un hombre. ¿A qué nuevos votos, á qué súplica re¬ currir hoy dia? Sin duda después del vergonzoso uso que tengo hecho, los dioses están arrepentidos de haberme otorgado un tan raro presente. Me deshacía por ser admitido cerca de aquella bella; y he sido admitido; por darla besos, y se los he
136 dado; por obtener lodos sus favores, y los lie ob¬ tenido. ¿De qué me lia servido ser tan dichoso? ¿De ser rey sin reinar? Avaro en medio de las ri¬ quezas, no he tenido de tantos tesoros mas que la posesión y no el goce! Así abrasa de sed, en medio de las aguas, al indiscreto Tántalo; así vé al rededor suyo frutos que no obtendrá jamás; así el marido deja en la madrugada á su cariñosa es¬ posa, para aproximarse santamente al altar de los dioses. Pero quizá ella no me ha prodigado sus más dulces y ardientes besos; quizá ella no lo ha puesto todo en obra para estimularme. Los más robustos robles, el diamante más duro, los más escabrosos peñascos, hubiese podido ella animarlos con sus caricias. Hubiese podido mover todo sér dotado de vida, todo lo que es hombre; pero entonces yo no era un sér vivo, ni un hombre. ¿Qué placer pro¬ ducirían á un sordo los cantos de Femio? ¿qué placer causaría un cuadro al desgraciado Thamyras? ¡Qué deleites, empero, no me tenia yo pro¬ metidos en secreto! ¡qué série de placeres, qué variedad de goces no había imaginado! y mis
137 miembros, ¡oh vergüenza! lian quedado como muertos, más lánguidos que la rosa cogida de la víspera. Al presente hé allí que intempestivamente se reaccionan y vuelven á la vida; hélos ahí que piden obrar y prestar de nuevo su servicio. ¿No quedas confundida de vergüenza, oh parte la más vil de mí mismo? así es como he sido juguete de tus promesas. Por tí mi señora ha sido engañada, por tí me encuentro caído en falta, por tí he pro¬ bado la más sensible afrenta, el más grave daño. Y no obstante mi bella no desdeñó aguijonear con su mano delicada; pero, viendo que todo su arte no puede nada, que el órgano, .olvidando su antigua.arrogancia, se obstina en recaer impotente sobre sí mismo. «¿Por qué, dice ella, te burlas de mí? ¿Quién te forzaba, insensato, á venir, á pesar tuyo, á acostarte en mi cama? ó bien un mágico de Ea, con su aguja y su lana, te ha hechizado: ó tú vienes enervado de los brazos de otra.» Al instante se arrojó de la cama, apenas ves¬ tida con su túnica lijera, y no titubeó en esca¬ parse con los piés desnudos; y no queriendo que sus camareras dudaran de si salía intacta del com¬ bate, tomó agua, para disimular la afrenta.
144 los dioses? ¿De qué os sirven los sistros (1) de los egipcios? ¿De qué os sirve no haber admitido á nadie en vuestra cama? Cuando veo á los más virtuosos arrastrados por un destino cruel, perdo¬ nadme esta idea, estoy tentado de creer que no existen dioses. Vivid piadosamente; á pesar de vuestra piedad, moriréis; honrad la religión; la despiadada muerte os arrancará de los templos, tan religioso como sois, para precipitaros en el sepulcro. Contad con vuestro génio poético; hé ahí á Tíbulo muerto: de un tan grande poeta, apenas queda con qué llenar la más pequeña urna. Qué! es á tí, poeta sagrado, á quien acaba de consumir la llama de la pira, y no teme alimen¬ tarse de tus entrañas! Habrá podido consumir los templos dorados de los más augustos dioses esa llama que fue para tí tan culpable. La diosa del monte Erycis desvió sus miradas; también dicen que ella no pudo retener sus lágrimas. Y sin embargo, la suerte del poeta era menos de lamentar que si, muerto en el país de los Feacianos, hubiese sido enterrado sin honor y sin (1) Instrumento músico.
145 nombre. Aquí al menos una madre ha cerrado sus ojos cubiertos de las sombras de la muerte, y lle¬ vado sus últimos dones á las cenizas de su hijo. Aquí al menos una hermana ha partido el dolor de su desgraciada madre, y, agarrándose los cabellos, ha venido á llorar junto á él. Némesis y Delia han dado amhas á tus lábios un último beso, y no han dejado un instante tu pira abandonada. Delia decía alejándose: «Yo soy la que ha hecho tu amor más dichosa: tú vivías cuando yo era el objeto de tu llama.—¿Qué dices tú? replica Némesis. ¿Te toca llorar la pérdida que yo he experimentado? A mí es á quien al morir ha estrechado la mano con la suya desfallecida.» Si no obstante queda de nosotros alguna otra cosa que un nombre y una sombra, Tibulo habi¬ tará en los risueños valles de Elíseo. Yen á su encuentro, con la frente coronada de yedra, ven aquí con tu querido Calvo, joven y docto Calulo. 1 tú también, si te acusan injustamente de haber ofendido á un amigo, ven aquí, Galo, pródigo de tu sangre y de tu vida. Vé ahí las sombras que deben juntarse á la tuya, si todavía la sombra de un cuerpo es alguna 10
146 cosa; porque á sus cantos de amor tú lias unido los tuyos, elegante Tíbulo. Que tus huesos descan¬ sen tranquilos y á salvo en la urna! ¡Que la tierra sea lijera á tu ceniza! ELEGIA DÉCIMA. argumento. a Céres: se lamenta d.e que no le sea. permitido asistir á. sus misterios con su señora. Yé aquí el aniversario de las fiestas de Céres; la joven bella reposa sola en su lecho no dividido. Rubia Céres, cuya fina cabellera es coronada de espigas, ¿porqué, pues, el diade tu fiesta,nos pri¬ vas tú el placer? Sin embargo, oh diosa, las na¬ ciones hablan de tu munificencia, y ninguna otra divinidad es más propicia á los mortales. Antes de tí, los groseros habitantes de los campos no cocían pan, y el area era un nombre des¬ conocido entre ellos. Pero los robles, primeros oráculos, producían la bellota: la bellota y la yerba tierna eran todo el alimento de los mortales. Ceres,
147 la primera, les enseñó á confiar á la tierra el grano que debia allí multiplicase, y á segar con la hoz las espigas doradas; la primera que forzó á los toros á llevar el yugo, y partió, con el corvo dien¬ te del arado, la tierra largo tiempo ociosa. ¿Quién podría creer, después de esto, que quiera ver cor¬ rer las lágrimas de los amantes, y ser honrada con sus tormentos y su continencia? Ciertamente que para gozar la vida activa délos campos no tiene as¬ pereza, y su corazoh no está cerrado al amor. Tomo por testigo á los cretenses, y todo no es pura fᬠbula en esta Creta tan ufana por haber alimen¬ tado á Júpiter. Allí se crió el soberano del imperio celeste: allí mamó con infantiles labios una leche bienhechora. Los testigos son aquí dignos de fé: su hijo de feche es el que garantiza su veracidad, y Céres convendrá, según creo, en una debilidad muy conocida. La diosa había visto, al pié del monte Ida, al joven Yasio, cuya mano segura cazaba las bestias feroces. Ella lo vió, y de pronto un fuego secreto se introdujo en sus venas delicadas. De un lado el pudor, y de otro el amor se disputaban su corazón; el amor triunfó del pudor. Desde entonces hubié-
148 seis visto secarse los surcos; y la tierra apenas, dio tantos granos como se la liabian confiado. Después de haber, con ayuda de azadas, revuelto bien sus campos, y abierto, con la reja del arado, el regazo rebelde de la tierra; después de haberla en todas partes igualmente, sembrado el confiado labrador veia defraudados sus deseos. La diosa que preside á las mieses vivía reti¬ rada en lo más espeso de las selvas. Las coronas de espigas se habían desprendido de su larga ca¬ bellera. La Greta sola tuvo un año fértil y cosechas abundantes. Todos los lugares por donde la diosa había pasado, estaban cubiertos de mieses. La mis¬ ma Ida había visto sus bosques llenarse de espigas amarillentas, y el feroz jabalí se alimentaba de trigo. El legislador Minos deseó muchos años se¬ mejantes; deseó que el amor de Céres fuese de larga duración. La pena que tú hubieras experimentado, rubia diosa, si le hubiese sido preciso descansar lejos de tu amante, estoy precisado á sufrirla en este dia consagrado á tus misterios. ¿Por qué es necesario que esté triste, cuando tú lias vuelto á encontrar á una bija, á una reina que no es inferior á June
149 mas que por el capricho de la suerte? Los dias fes¬ tivos invitan á la voluptuosidad, á los cantos y álos festines: tales son los presentes que conviene ofrecer á los dioses señores del universo. ELEGIA UNDÉCIMA. ARGUMENTO. Cansado en fin de los numerosos des¬ precios de su señora, el poeta hace aquí el juramento de no volver ó. amar. Mucho y por mucho tiempo he sufrido: tu per¬ fidia ha puesto á prueba mi paciencia. Huye de mi fatigado corazón, vergonzoso amor! Esto es hecho me he sustraído al yugo, y he quebrantado mis ca¬ denas: estos hierros que llevé sin vergüenza, tengo vergüenza al presente de haberlos llevado. Triunfo y pisoteo al Amor vencido. Es muy tarde, es ver¬ dad, que el bochorno me sube á la cara. Vamos, valor y energía! Estos males tendrán un día su re¬ compensa. Los enfermos han debido frecuentemen¬ te su curación á los venenos más amargos.
150 Qué! yo he podido, yo, después de tantas hu¬ millaciones, olvidarme hasta el punto de dormir en el suelo de tu puerta! Qué! yo he podido, yo, para no sé cuál amante que tú estrechabas entre tus brazos, hacerme, como un esclavo, el guardián de la casa que me estaba cerrada! Yo mismo lo he visto salir fatigado de tu casa, con el paso de un veterano gastado por el servicio. Aun he sufrido menos de verlo que de ser visto. ¡Ojalá semejante afrenta sea reservada para mis enemigos! ¿Cuándo has paseado tú sin encontrarme á tu lado, á mí, tu guardián, á mí, tu amante, á mí, tu inseparable compañero? mucho agradabas á las gentes, acompañada por mí; y mi amor te ha va¬ lido buen número de amantes. ¿Por qué recordaré los vergonzosos engaños de tu mentirosa lengua, y los dioses testigos de tantos juramentos violados para perderme? ¿Por qué diré aquellas señas de in¬ teligencia, dirigidas durante la corrida, á jóvenes amantes, y aquellos términos convencionales para disfrazar el sentido de nuestras palabras? Un dia se me dijo que ella estaba enferma: yo corro á su casa enteramente perdido, enteramente fuera de mí; llego y no estaba enferma para mi rival.
451 Vé ahí, sin hablaf de otras muchas, las afren¬ tas que he tenido que sufrir frecuentemente. Busca hoy dia otro que pueda soportarlas en mi lugar. Ya mi popa, adornada de una corona votiva, vé, sin conmoverse, el fracaso de las olas que se le¬ vantan tras ella. Basta de caricias y de palabras otras veces poderosas: es trabajo perdido: no soy tan loco como lo fui. Siento luchar en mi corazón, muy lijera y diversamente agitado, el amor á la vez y el odio: y si no me engaño es el amor quien le enoja. Yo aborreceré, si puedo; si no yo amaré únicamente mi defendido cuerpo. El toro tampoco ama el yugo: lo aborrece y sin embargo lo lleva. Huyo de su perfidia: su belleza es la que vuel¬ ve mis pasos hacia atrás. Aborrezco los vicios de su alma; amo los hechizos de su cuerpo. Asi yo no puedo vivir ni sin tí, ni contigo; y yo mismo no sé lo que deseo. Yo querría que tú fueses ó me¬ nos bella ó menos pérfida. Tantos hechizos se aúnan mal con tanta perversidad. Tu conducta es¬ cita el odio, tu belleza encomienda al amor. Des¬ graciado soy! sus atractivos pueden más que sus defectos. Perdóname, yo te conjuro por los derechos de
152 aquella cama que nos fué común, por todos los dioses (¡pudiesen frecuentemente dejarse engañar por til), por tu semblante que adoro como una di¬ vinidad poderosa, por tus ojos que lian cautivado los mios: como sea, siempre serás mi amiga. Escoje solamente si quieres que te ame por gusto ó por fuerza. [Ah! despleguemos cuanto antes las velas y aprovechemos los vientos favorables;' porque á pe¬ sar de mis esfuerzos, no me vería yo menos obli¬ gado á amar. ELEGIA DUODÉCIMA. ARGUMENTO. Siente que su.s escritos hayan dado demasiado 6 l conocer á. su bella. Decidme, lúgubres aves, ¿qué dia fué aquel en que no me augurásteis sino amores desgracia¬ dos? ¿Qué astro supondré sea hostil á mis deseos? ¿Qué dioses debo acusar de hacerme la guerra? Aquella que no há mucho se llamaba toda mia; aquella de quien fui el primero y solo amante, te¬ mo no poseerla sino con mil rivales.
153 ¿Me engañé? ¿O es que mis escritos no la han hecho demasiado conocer? Ella era toda mia; mi genio poético ha hecho de ella una cortesana. Y yo lo he merecido: ¿tenia yo necesidad, en efecto, de preconizar su belleza? si ella se vende hoy, la falta es mia. Por mi mediación ella agrada: soy yo quien le trae amantes; mis propias manos le abren la puerta. ¿Son útiles los versos? esta es una cues¬ tión: ciertamente ellos me han sido siempre fu¬ nestos; son los que han atraído sobre mi tesoro las miradas de la envidia. Guando yo podia cantar á Thebas, Troya ó los altos hechos de César, solo Gorina encendió m i genio. ¡Ojalá las Musas hubiesen sido rebeldes á mis primeros esfuerzos, y Febo me hubiese aban¬ donado en medio de mi carrera! Y sin embargo, como es costumbre tomar por testigos á los poetas, que hubiese preferido que la medida hubiera fal¬ tado á mis versos. Nosotros somos los que hemos mostrado á Scyla, arrancando á su anciano padre el cabello fatal, condenada á ver salir de sus entrañas per¬ ros furiosos. Somos nosotros quienes hemos puesto alas á los piés, y dado serpientes á la cabellera. A.