La república de las letras como sistema de comunicación (1500-2000)
Abstract
En este trabajo, Peter Burke pasa revista a más de quinientos años de República de las Letras, o comunidad de intelectuales, que cooperan más allá de las fronteras geográficas o políticas. Distingue cuatro fases en esta larga historia, que aparecen marcadas por sucesivas revoluciones tecnológicas –la imprenta, el vapor, la electricidad e Internet–, pero también por tendencias contrapuestas hacia la universalización o hacia el nacionalismo excluyente.
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La república de las letras como sistema de comunicación (1500 – 2000) IC-2011-8 / pp. 35 - 49 ISSN: 1696-2508 35 LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS COMO SISTEMA DE COMUNICACIÓN (1500 – 2000) 1 THE REPUBLIC OF LETTERS AS A COMMUNICATION SYSTEM (1500 – 2000) IC – Revista Científica de Información y Comunicación 2011, 8, pp. 35 - 49 Resumen En este trabajo, Peter Burke pasa revista a más de quinientos años de República de las Letras, o comunidad de intelectuales, que cooperan más allá de las fronteras geográficas o políticas. Distingue cuatro fases en esta larga historia, que aparecen marcadas por sucesivas revoluciones tecnológicas –la imprenta, el vapor, la electricidad e Internet–, pero también por tendencias contrapuestas hacia la universalización o hacia el nacionalismo excluyente. Abstract In this paper, Peter Burke focuses on over five hundred years of the Republic of Letters, or scholarly community, which cooperates beyond geographical or political boundaries. He distinguishes four periods in its history, that appear characterized by consecutive technological revolutions – print, steam, electricity, the Internet – but also by compelling trends towards globalization or exclusive nationalism. Palabras clave República de las Letras / Historia de las Ideas / Historia de la Ciencia / Nacionalismo. Keywords Republic of Letters / Intellectual History / Science History / Nationalism. 1 Traducción del inglés: Francisco Lorenzo Pete r Burke 1 (Emmanuel College, Cambridge, Inglaterra)
Peter Burke ISSN: 1696-2508 IC-2011-8 / pp. 35 - 49 36 I P oco pudo imaginar el humanista veneciano Francesco Barbaro, cuando empleó en su correspondencia en 1417 el término respublica litterarum, la popularidad que su metáfora alcanzaría y el tiempo que permanecería vigente. Tan solo una generación después de la invención de la imprenta con tipos móviles (más concretamente de su reinvención, ya que esta técnica se utilizaba en Corea), los estudiosos de la época –ya en tiempos de Erasmocomenzaron a referirse a ellos mismos como ciudadanos de la república de las letras. Esta unión o república de ‘letras’, en el sentido de aprendizaje, fue fundamentalmente una comunidad imaginaria, a veces descrita en textos como República Literaria (1655) de Diego de Saavedra Fajardo o Deutsche Gelehrtenrepublik (1774) de Friedrich Klopstock, como una ciudad circundada por un foso de tinta y defendida por plumas de escribir, o en ocasiones como un estado soberano con su propio senado y leyes. En una interpretación literal de la metáfora, el estudioso benedictino Martín Sarmiento propuso el establecimiento de una ‘junta’ que redactase un libro de reglas con las leyes y costumbres de la república 2 . Se trataba de un estado igualitario, en el que deberían abolirse o al menos suspenderse las distinciones sociales entre sus componentes, prohibiéndose las muestras de deferencia en las reuniones. En la Real Academia de Ciencias de Suecia, por ejemplo, el tratamiento para todos los miembros era el de herr, a pesar de que muchos pudiesen ostentar títulos nobiliarios. Esta Unión podía considerarse no solo como una comunidad imaginaria, sino también como un sistema de comunicación, una red intelectual o una red de redes, ya que existían costumbres y usos para facilitar la colaboración o al menos la cooperación a distancia. Entre estos usos y costumbres destacaba la correspondencia por carta escrita en latín, que rompía las barreras de las lenguas europeas vernáculas, el intercambio de publicaciones e información y la visita a colegas de estudio durante los periplos y viajes académicos. A principios del siglo XVII, por ejemplo, era de rigor que los estudiosos que visitaban Venecia incluyesen en su itinerario una visita al monje Paolo Sarpi, del mismo modo que a la Piazza San Marco. Junto con esto, las bibliotecas europeas estaban abiertas para los visitantes extranjeros. La entrada a la Bodleian Library aún mantiene la inscripción ‘Reipublicae letteratorum’, aunque algunos estudiosos extranjeros se quejaban de no ser bien recibidos, sobre todo si pedían consultar 2 D. de Saavedra Fajardo (1665). República Literaria (usé la edición de Alcalà 1670); F. G. Klopstock (1774). Die Deutsche Gelehrtenrepublik. Hamburg. Véase sobre Sarmiento, J. Álvarez Barrientos (1995). La república de las letras y sus ciudadanos. En Barrientos, F. Lopez y I. Urzainqui. La República de las letras en la España del siglo XVIII (pp. 7-17, en p. 12). Madrid.
La república de las letras como sistema de comunicación (1500 – 2000) IC-2011-8 / pp. 35 - 49 ISSN: 1696-2508 37 manuscritos. En una época de conflictos religiosos, que en ocasiones desembocaba en guerras, los estudiosos protestantes tenían acceso a la Biblioteca Vaticana (Jaumann, 2001; Grafton, 2009). Muchos estudiosos católicos y protestantes conseguían mantener buenas relaciones personales y epistolares entre ellos. Las revistas académicas, como la famosa Nouvelles de la République des Lettres, servían de nexo de unión entre los miembros, con información sobre el mundo de la intelectualidad, reseñas de nuevos libros o necrológicas de miembros destacados. Hacia el siglo XVIII, la Unión se había expandido allende Europa y contaba con puestos en Batavia (hoy Yakarta), Calcuta y en las Américas, especialmente en la Ciudad de México, Lima, Boston, Filadelfia y Río de Janeiro, donde se fundó una Academia de Ciencias en 1772 3 . El desarrollo de unas comunidades de conocimiento a nivel mundial o al menos intercontinental no comenzó, por tanto, en la era de Internet, aunque ciertamente se ha acelerado en los últimos veinte años. Es posible que, fruto de la nostalgia, tendamos hoy a idealizar esta comunidad de conocimiento. Sin embargo, también existieron retratos más cínicos y realistas, como los estudios en el ámbito anglófono de Lorraine Daston (1991) y Ann Goldgar (1995), en los que se da cuenta de las rivalidades y conflictos o las disputas sobre autoría y las acusaciones de plagio. En lo social, la Unión se veía restringida, prácticamente reservada, a varones de clase media y alta (aunque la Condesa Eva de la Gardie llegó a ser miembro de la Academia de Suecia). En teoría, la comunidad era igualitaria, basada en igualdad de trato. Por supuesto, en la práctica algunos miembros eran más iguales que otros. Había maestros y discípulos, profesores y estudiantes, mecenas y clientes. De alguna manera, esta unión no se encontraba aislada del resto de la sociedad, la sociedad jerárquica del antiguo régimen, aunque en algunos aspectos representaba una crítica de esta. II L a mayoría de los estudios sobre esta comunidad, real o imaginaria, concluyeron en torno a 1750, con la Encyclopédie, en 1789, o a lo más hacia 1800 4 . Habría que preguntarse si este final no es injustificado o prematuro. En las siguientes páginas, mantendré que lo es. 3 Véase sobre Boston y Philadelphia, Fiering, N. (1976). The Transatlantic Republic of Letters. William & Mary Quarterly. Vol. 33, pp. 642-60. 4 Goldgar, idem; Bots, H. and F. Waquet (1997). La République des lettres. París, también termina en 1750. D. Goodman (1994). The Republic of Letters: a Cultural History of the French Enlightenment. Ithaca, termina con la Revolución.
Peter Burke ISSN: 1696-2508 IC-2011-8 / pp. 35 - 49 38 Hay, por supuesto, buenas razones, quizás suficientes, para que la comunidad de historiadores (una república dentro de la más amplia república del conocimiento) haya tomado esta decisión. Sus motivos son dos, resumidos también en dos palabras: nacionalismo y especialización. Las dificultades de la comunicación provocadas por las guerras napoleónicas tuvieron un impacto claramente negativo en la academia. Aunque los franceses y británicos comenzaron por adoptar el ‘axioma’ de que, en palabras del presidente de la Real Sociedad de Londres, Joseph Banks, «entre la ciencia de dos Naciones puede existir la Paz, aunque sus políticos estén en guerra», la colaboración pronto cesó. El propio Banks, por ejemplo, manifestaba su sorpresa de que un estudioso francés hubiese declinado visitarle. «No concibo –escribióque pueda considerarse una necesidad política desposeer a nadie de la amistad de un hombre sabio por el simple hecho de que pertenezca a una nación con la que estamos en guerra» (Gascoigne, 1988, p. 155) 5 . Banks procuró la liberación de varios estudiosos franceses que habían sido apresados. El Instituto de París le pidió interceder para que la expedición francesa que iba a cartografiar la costa australiana no se viese amenazada, y así lo hizo, aunque no fue capaz de conseguir a cambio la liberación de un explorador británico (Gascoigne, 1988, p. 159). El famoso comentario del científico médico Edgard Jenner de que «las ciencias no están nunca en guerra» perdía vigencia en el mismo momento (1803) en que lo pronunciaba. La armonía de esta comunidad letrada no se vio tan amenazada por las guerras como, más insidiosamente, por el cambio del cosmopolitismo al nacionalismo o en expresión de Friedrich Meinecke, del Weltbürgertum al Nationalstaat 6 . De tal forma, podría incluso hablarse de una nacionalización del conocimiento en el siglo XIX, con una creciente percepción por parte de los estudiosos de que ejercían como representantes de sus respectivas naciones y de que se encontraban reclutados al servicio de sus estadosnación. Por su parte, los gobiernos destinaban fondos a grandes proyectos académicos como museos nacionales, bibliotecas nacionales (como la Biblioteca Nacional de Madrid), diccionarios biográficos nacionales, atlas geográficos y geológicos nacionales, o historias de las naciones, sus lenguas y literaturas. Sin embargo, los proyectos académicos que carecían de resonancias nacionales recibían menos apoyo oficial. 5 Véase G. R. de Beer (1960). The Sciences were never at War. London; Daston, idem. 6 Meinecke, F. (1970). Weltbürgertum und Nationalstaat (1908: traducción inglesa Cosmopolitanism and the National State. Princeton).
La república de las letras como sistema de comunicación (1500 – 2000) IC-2011-8 / pp. 35 - 49 ISSN: 1696-2508 39 El segundo argumento que fija en 1800 -o incluso antesel final de la comunidad de las letras, se sustenta en la acusada tendencia hacia la especialización intelectual, la división o fragmentación de la antigua república en provincias separadas o comunidades de especialistas 7 . A finales del siglo XIX comenzaron a institucionalizarse en Alemania y los Estados Unidos las divisiones entre disciplinas con la creación de departamentos e institutos que servían de barrera para separar «las tribus y territorios académicos» (Becher, 1989). La comunidad intelectual, como los campus que en ese momento las constituían, se convirtieron en un archipiélago de áreas disciplinarias. Estos cambios dieron como resultado que la expresión république des lettres se viese gradualmente restringida a las belles-lettres, especialmente a la narrativa y la poesía 8 . III A pesar del nacionalismo y la especialización, defiendo la restitución de la idea de una comunidad letrada para describir la vida académica en Occidente (y con más fuerza a escala global) a partir de 1800 9 . Pretendo de esta forma poner en cuestión la tradicional separación entre alta y baja Edad Moderna o, al menos, propiciar un diálogo entre ambos tipos de historiadores. De acuerdo con esto, el propósito fundamental de este artículo es sugerir una división de la historia de la comunidad de las letras en cuatro periodos de una duración del todo desigual. El primer periodo, un largo periodo temprano que se extiende desde el 1450 hasta el 1850, podría describirse como la época de la academia de tracción animal, ya que los libros, las cartas y los propios estudiosos viajaban efectivamente a lomos de caballo. Esto también podría aplicarse a la Edad Media, pero la idea de una comunidad letrada solo se extendió por Europa tras la aparición de la imprenta, a pesar de que la expresión respublica litterarum aparece en 1415 (Fumaroli, 1988, pp. 129-52). El segundo periodo, desde la mitad del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, podría denominarse la edad del vapor, aplicado ahora a la 7 Bots and Waquet, idem, p. 159. 8 Bots and Waquet, idem, p. 159. 9 Véase Karady, V. (1988). La république des lettres des temps modernes. L’internationalisation des marchés universitaires occidentaux avant la Grande Guerre. En Actes de la Recherche en Science Sociale, 121-22; Callisen, C. T. y B. Adkins. The Old Face of New Social Networks: the Republic of Letters as a Virtual Community. Conferencia inédita. Agradezco al autor que me haya permitido la lectura del artículo antes de su publicación.
Peter Burke ISSN: 1696-2508 IC-2011-8 / pp. 35 - 49 40 locomoción -tanto por ferrocarril como por mary al uso de la prensa de vapor como técnica de impresión a inicios del siglo XIX, que abarató los libros y periódicos. La tercera época, que cubre desde 1950 hasta finales del siglo XX, fue la edad del aire, etapa en la que la clase académica, convertida en una verdadera jet-set, disfruta de constantes viajes a la vez que la telefonía internacional resulta más accesible y barata. La cuarta es la época electrónica, marcada por el desarrollo del ordenador personal, el uso del correo electrónico y una creciente mala conciencia medioambiental. Quiero apuntar, para evitar malentendidos, que no abogo por un cierto determinismo tecnológico. Sin embargo, ya que esta comunidad de letrados fue esencialmente, como apunté antes, un sistema de comunicación, parece útil ordenar su historia de acuerdo con las sucesivas tecnologías de comunicación que han existido. Quede claro que, para mí, las nuevas tecnologías simplemente ofrecían oportunidades que los individuos y grupos adoptaron al instante. A continuación se tratan la segunda, tercera y cuarta época, sin olvidar los vestigios de cada edad en las siguientes. IV E n un sentido, la segunda época o era del vapor de la comunidad letrada fue una continuación de la primera. La práctica de la correspondencia epistolar seguía siendo importante. El servicio postal internacional era más rápido, más económico y fiable, en parte gracias al transporte ferroviario y a la Conferencia Postal de Berna de 1874. Ahora, a la carta le acompañaba la separata, un tipo de tarjeta de visita académica que podía enviarse para iniciar y mantener relaciones con colegas extranjeros (Hagstrom, 1965, p. 30). Sin embargo, lo que determinó que esta comunidad se transformase en la edad del vapor fue la aparición de los congresos internacionales. Este tipo de congresos surgió en el siglo XIX con tanto éxito, que a finales de siglo rondaban una media de treinta anuales. El primer Congreso Internacional de Ciencias Históricas, por ejemplo, tuvo lugar en París en 1900, coincidiendo con la feria mundial de ese año, que también atrajo los congresos de matemáticos, físicos, químicos, botánicos, geólogos, meteorólogos y psicólogos (Erdmann, 2005). La comunidad de historiadores fue relativamente lenta en organizarse. Cuando se estableció como tal, los estadísticos ya habían celebrado su primer congreso internacional en 1853, los químicos en 1860, los médicos en 1867, los geógrafos en 1871, los historiadores del arte, los orientalistas y los meteorólogos en 1873, los geólogos en 1878, entre otros.
La república de las letras como sistema de comunicación (1500 – 2000) IC-2011-8 / pp. 35 - 49 ISSN: 1696-2508 41 Aunque estos congresos resultaban modestos desde nuestra visión actual, los estadísticos llegaron a congregar hasta 236 miembros en Bruselas en 1853 10 . El desarrollo simultáneo del ferrocarril y los congresos internacionales no son mera coincidencia. La comunicación entre los académicos se desarrollaba en una de las tres lenguas que competían por el dominio académico internacional: primero el francés, que ya empezaba a reemplazar al latín a final del siglo XVII, tras él el alemán, desde inicios del siglo XIX en adelante, y finalmente el inglés. El barco a vapor también ayudó a transformar la comunidad rompiendo hacia 1840 la barrera transatlántica y haciendo posible los ciclos de conferencias, como los de Charles Lyell, Matthew Arnold, T. H. Huxley y otros divulgadores científicos británicos por los Estados Unidos. También las estancias cortas; en 1904 Karl Lamprecht, Ferdinand Tönnies, Ernst Troeltsch, Max Weber y Werner Sombart viajaron a los Estados Unidos con ocasión de la Exposición Universal de San Luis, donde impartieron un importante número de conferencias. Tres años después fueron Sigmund Freud y Carl Gustav Jung quienes visitaron los Estados Unidos como conferenciantes, mientras que la Asociación Británica para el Desarrollo de la Ciencia se reunía en Australia en 1914. Un programa de intercambio para profesores visitantes de Berlín y Harvard se inauguró a principios del siglo XX. En la década de 1920, las becas Rockefeller ofrecían a los jóvenes físicos europeos la oportunidad de trabajar en los Estados Unidos 11 . Tomando las ideas de Walter Bagehot sobre la constitución británica, pueden distinguirse los congresos ‘solemnes’ o meramente protocolarios de los ‘eficientes’ o productivos. Algunos de estos congresos del diecinueve marcaron sin duda importantes hitos, singularmente la Convención de Ginebra de 1864 y el Congreso sobre el Meridiano Cero de 1884 en Washington. En el terreno de la Química y de la Estadística, los congresos celebrados ayudaron a estandarizar la terminología y las categorías. Lo mismo ocurrió en otras disciplinas aunque no en la Historia, donde Marc Bloch intentó en vano convencer a sus colegas para estandarizar conceptos técnicos como feudalismo. 10 F. S. L. Lyons, F. S. L. (1963). International Scientific Collaboration. En Lyons (ed.). Internationalism in Europe 1815-1914, Leiden, pp. 223-37. Véase M. P. Crosland (1978). Aspects of International Scientific Collaboration and Organization before 1900. En E. G. A. Forbes (ed.). Human implications of scientific advance. Edinburgh, pp. 114-25. 11 Vom Brocke, B., ed (1991). Wissenschaftsgeschichte und Wissenschaftspolitik im Industriezeitalter: Das ‘System Althoff’ in historische Perspektive. Hildesheim 1991, pp. 185-6; Weiner, C (1968). The Refugees and American Physics. En Fleming, D. and B. Bailyn (eds.). Intellectual Migration: Europe and America, 1930-1960. Cambridge MA, pp. 190-228, en pp. 194, 196.
Peter Burke ISSN: 1696-2508 IC-2011-8 / pp. 35 - 49 42 Resulta imposible calcular los efectos reales de los congresos académicos, aunque algunos proyectos internacionales, como la redacción de Cambridge Modern History (1902-12), emprendida a finales del siglo XIX por el cosmopolita británico Lord Acton, no podrían haberse realizado sin ellos. Los congresos alentaban la denominada ‘des-nacionalización’ de la ciencia, un antídoto a la nacionalización antes citada. Su labor se auxiliaba con la fundación de las asociaciones internacionales permanentes: la de geodesia (1861), botánica (1901), sismología (1903), entre otras (Crawford, Shinn y Sörlin, 1993). Como la mayoría de los cambios históricos, estos desarrollos también tenían sus costes. Entre ellos destaca el declive de las sociedades académicas locales –de anticuarios, arqueólogos, literatos y demás– o al menos la pérdida de algunas de sus funciones, aunque muchas de ellas resistieron hasta mediados del siglo XX al menos. Hubo también un proceso de lo que podría llamarse ‘academización’, en otras palabras, una división sin precedentes entre intelectuales vocacionales (curas, abogados y doctores que habían hecho importantes aportaciones al conocimiento en el dieciocho y diecinueve) y los nuevos profesionales especializados. El desarrollo de procedimientos como la revisión por pares para la publicación de artículos en revistas académicas solía excluir a miembros externos a las comunidades y los trabajos de menor calidad de los miembros propios. La mayor falla en el mundo del saber, sin embargo, iba a ser la que C.P. Snow denominó en 1959 ‘las dos culturas’. Sea dicho al margen, en la época de Snow, los científicos tenían una mayor percepción de formar comunidad que los humanistas, a los que se describía en ocasiones como una congregación invisible (Crane, 1972). El polímata anglo-húngaro Michael Polanyi adaptó conscientemente la vieja expresión, acuñando el concepto ‘república de la ciencia’. Esta república se dividía en este momento en un cada vez mayor número de disciplinas, también conocidas como comunidades. La idea de una ‘comunidad cristalográfica’ competía ahora con una unidad más global, aunque por supuesto resultaba posible considerarse a la vez miembro de ambas unidades, la más genérica y la más específica 12 . También hubo tiempo para las rupturas. Como cabría esperar, la aparición del fascismo y el nazismo y las dos guerras mundiales fueron verdaderos desastres para el mundo del saber y para el mundo en general, aunque algunas reacciones pusieron de manifiesto altas cotas de 12 Law, J. (1976). The Development of Specialties in Science: the case of x-ray protein crystallography. En G. Lemaine (ed.) Perspectives on the Emergence of Scientific Disciplines. The Hague, pp. 123-52. Véase Crawford, E. (1990). The Universe of International Science, 18801939. En Frängsmyr, T. (ed.). Solomon’s House Revisited: the organisation and institutionalization of science. Canton MA, pp. 251-69.
La república de las letras como sistema de comunicación (1500 – 2000) IC-2011-8 / pp. 35 - 49 ISSN: 1696-2508 43 solidaridad académica. Aún así, algunos miembros de esta comunidad expresaron un fuerte nacionalismo. Hasta noventa y tres profesores firmaron una carta de apoyo a la quema de la biblioteca de la Universidad de Lovaina en 1914 (Johnson, 1990, pp. 181-182). En los Estados Unidos, el sociólogo Albion Small se enfrentó al hasta entonces amigo y colega Georg Simmel. En Bélgica, Henri Perenne también rompió relaciones con su amigo Kart Lamprecht durante la guerra. El propio Perenne, junto a su colega Paul Frédericq fue arrestado y deportado a Alemania tras manifestarse contra el asalto alemán a la Universidad de Gante (Lyon, 1974, pp. 247-262). Incluso tras la guerra, Francia promovió un boicot internacional a los científicos alemanes. El Consejo Internacional de Investigación Científica inaugurado en Bruselas en 1919 excluía a los alemanes y sus aliados, y cuando se levantó la prohibición en 1926, los alemanes rehusaron formar parte de él (Kevles, 1971, pp. 47-60). Por otro lado, Perenne alentó la celebración de nuevas ediciones del Congreso Internacional de Historia y la readmisión de miembros alemanes en la comunidad de historiadores. Como presidente del Congreso de Bruselas en 1923, presentó la historia comparada como antídoto al nacionalismo. Otro belga, el bibliófilo Paul Otlet, dedicó gran parte de su vida a mejorar la comunicación en el mundo del conocimiento y las esperanzas de paz entre las naciones con la fundación del Mundaneum (1919) en Bruselas y la colaboración con el Comité de la Liga de Naciones para la Cooperación Intelectual (1922). El intento de Otlet de reconstruir la comunidad de aprendizaje no tuvo éxito, pero ilustra el resurgir de este ideal 13 . La aparición del fascismo y el nazismo llevó, por supuesto, al éxodo intelectual de la década de los treinta, la huida de los intelectuales, en su mayoría judíos y germanófonos (sin olvidar a los intelectuales que abandonaron España durante o tras la Guerra Civil). La solidaridad de esta Comunidad quedó demostrada con la acogida de estos intelectuales en Gran Bretaña, Suecia, Turquía, los Estados Unidos, Sudamérica, Nueva Zelanda y otros destinos (aunque a algunos no les resultó fácil, especialmente a las académicas, encontrar un puesto adecuado en su nuevo destino). 13 Discutido en Londres en la defensa de la Tesis Doctoral de D. Laqua. European Internationalism(s), 1880-1930: Brussels as a Centre for Transnational Cooperation (2008).