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La fisiología del saber de la experiencia y los frutos de su posesión

Barrientos Rastrojo, José

Abstract

Este trabajo analiza los requisitos necesarios para obtener un tipo específico conocimiento: el saber de la experiencia o la experiencia de vida. La edad, vivir experiencias, la paciencia, el retiro socializado y el abismamiento son elementos necesarios para producirlo. Por otra parte, investiga las transformaciones que este saber crea en las personas. Transitando por estas inmediaciones, podremos diferenciar los falsos mesías de los auténticos caminantes de vida. Pensadores orteguianos, como Zambrano, Marías, López Aranguren, y el alemán Spranger serán nuestro punto de partida y guía de este proyecto.

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Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [79] LA FISIOLOGÍA DEL SABER DE LA EXPERIENCIA Y LOS FRUTOS DE SU POSESIÓN1 José Barrientos Rastrojo. Universidad de Málaga Resumen: Este trabajo analiza los requisitos necesarios para obtener un tipo específico conocimiento: el saber de la experiencia o la experiencia de vida. La edad, vivir experiencias, la paciencia, el retiro socializado y el abismamiento son elementos necesarios para producirlo. Por otra parte, investiga las transformaciones que este saber crea en las personas. Transitando por estas inmediaciones, podremos diferenciar los falsos mesías de los auténticos caminantes de vida. Pensadores orteguianos, como Zambrano, Marías, López Aranguren, y el alemán Spranger serán nuestro punto de partida y guía de este proyecto. Abstract: This work analyses what are the requisites to get a specific kind of knowledge: Knowledge of experience or experience of life. Age, to live experiences, patient, to live a “social retreat” and to go inside ourselves (“abismiento”) are items needed to produce it. On the other hand, it researches mutations this knowledge create into people. In doing so, we could differ falses messiahs from authentic walkers of life and knowledge. Orteguian thinkers as Zambrano, Marías, López Aranguren, and the german Spranger will open and will lead this project. Introducción a una descripción del saber de la experiencia. El saber de la experiencia o experiencia de la vida alude al conocimiento adquirido a través de experiencias cruciales de la existencia y a la ciencia que proporciona una agudeza intelectiva profunda. Esta agudeza permite dictaminar, expertamente, ante circunstancias que demandan una acción determinante en el futuro personal. Conseguirlo depende del maridaje entre una visión amplia de los factores que influyen en un contexto específico, el conocimiento de principios básicos articulados vitalmente y una suerte de intuición (una visión interior que integre la complejidad de la circunstancia) de la que emerja la respuesta. Uno de nuestros artículos anteriores2 resumía el saber de la experiencia como el sumatorio de conocimientos teóricos, puesta en práctica de los mismos, evidencias extraídas del acto de actualizar las informaciones referidas, reflexión posterior de 1 El presente trabajo ha sido realizado en el marco del Proyecto de Investigación (I+D+i) del Ministerio de Ciencia e Innovación, sobre "Ciencia, tecnología y sociedad: estudio multilineal de las comunidades de conocimiento y acción en el ciberespacio" (Referencia FFI2009-07709). 2 Cfr. J. Barrientos, “El rostro de la experiencia de la vida desde la marea orteguiana y zambraniana”, Endoxa, UNED, 2010. En prensa. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [80] lo acontecido (de los hechos vividos y las emociones conclusivas) y cristalización del conocimiento en máximas y en ideas, que se saben como verdad3 Aquella investigación, por una parte, avanzaba algunos requerimientos para destilar el contenido de esta singular aproximación a la realidad vivida y, por otra, dotaba al saber de la experiencia de las siguientes características4: El saber de la experiencia es personal e intransferible, puesto que constituye el producto del propio recorrido existencial. Coincide con el saber del alma, esto es, con el conocimiento de experiencias que forjan nuestra intimidad más profunda, aquella que determina nuestros anhelos, pesares, conductas o cosmovisiones específicas. El saber de la experiencia no puede transmitirse desde máximas conceptuales impuestas. Se enseña por medio de vías de comprensión indirectos como la narración, la metáfora, la poética o con el ejemplo personal. Su asistematicidad no litiga con la posibilidad de ser una aprehensión totalizadora del uni-verso. Esta totalización no es totalitarismo, puesto que no se impone coercitivamente. De hecho, aunque adolezca de sistematicidad, el fragmento es expresión del todo, de la verdad profunda. La evidencia conforma su esqueleto, antes que el juego razones-conclusiones, propio de conocimientos argumentativos. Dispone de una triple fontanalidad: las intelecciones de los entes (epistemología ontíca), el marco histórico del sujeto (apriorismo y las creencias nodales de quien lo construye. Aquella exposición finalizaba con un desafío, para el que no disponíamos espacio en las limitaciones espaciales de aquel momento: comprendido su rostro, se hacía imprescindible entender la fisiología de la aproximación de un sujeto al saber de la experiencia. Éste reto ocupará las siguientes páginas. 2. El proscenio al saber de la experiencia. 2.1. La edad de la experiencia. La noción asociada al saber de la experiencia más reiterada está ligada a la de, por decirlo metafóricamente, las canas. Spranger ha explicado esta ligazón. Para ello, distingue “tres fases de desarrollo de la estructura del alma humana”5. El niño se funde con la realidad “formando una sola cosa, con los datos del ambiente”. En este contexto, no es posible una reflexión autónoma, es decir, 3 La definición surge de nuestra investigación reciente sobre María Zambrano (J. Barrientos, Vectores zambranianos para una teoría de la Filosofía Aplicada a la Persona, Universidad de Sevilla, Sevilla, 2010, p. 555). No nos detenemos en ella debido a las limitaciones necesarias del presente artículo. 4 La fundamentación de cada punto se encuentra en nuestro mencionado artículo “El rostro de la experiencia de la vida desde la marea orteguiana y zambraniana”. 5 Spranger, Eduard, La experiencia de la vida, trad. José Rovira Armengol, Realidad, Buenos Aires, 1949, p. 41. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [81] apartada de la realidad. El muchacho y la edad de la maduración miran a lo objetivo, real y externo, por lo que pierden asidero con su yo, condición básica para nuestro tema. “Con la edad viril, comienza la tarea más seria de reconciliar lo ideal con la realidad, encajar lo ideal en el mundo no pocas veces renuente”6, es decir, se facilita la atmósfera benevolente para gestarse el saber de la experiencia. Por otra parte, José Luís López Aranguren dictamina que este conocimiento “parece ser adquirido a través de los años”7. La duda creada por el verbo parecer es un acierto, puesto que no toda persona en edad avanzada usufructúa (usa y disfruta de) esta sapiencia. Aceptada tal posición, habría de evitarse la falacia del consecuente aplicado al caso: si bien la edad parece ser requisito de la sabiduría, podrá ser razón necesaria pero no suficiente. No todo anciano (persona con años y canas) es acreedor de sabiduría, aunque es más probable topar con personas en edad vetusta que dispongan de él que con niños o jóvenes que la posean. Por otra parte, la antigüedad clásica conceptuó la sabiduría como la coronación de la edad, siendo, por el contrario, objeto de mofa aquel anciano que no la detente. Muestra de ello es la siguiente sentencia del Tratado del alma de Séneca. No hay cosa más torpe que ver un viejo de mucha edad que, para probarlo, no tiene otro testimonio más que los años y las canas.8 En suma, aunque la experiencia sea consumación propiedad de los “años avanzados”9, se han de añadir otros ingredientes, que veremos más adelante, para detentarla, puesto que tener la tarea escrita no es razón suficiente para que vaya a resolverse. 2.2. La autoridad del saber de la experiencia. Esta ciencia no es directamente proporcional al reconocimiento obtenido o a los premios ostentados o, como gusta decir a Spranger, no es deudora del mérito o la dignidad10. Análogamente a la distinción entre liderazgo y dirección11, la experiencia de la vida se asienta en una “auctoritas” que supera cualquier tipo de reconocimiento externo o designación de un superior. El hecho de que se reconozca a las personas con esta autoridad es resultado de una experiencia interna profunda, que es manifiesta externamente. El “respeto a 6 Ibídem, pp. 41-42. 7 J.L. López Aranguren, “La experiencia de la vida” en Autores varios, Experiencia de la vida, Alianza, Madrid, 1966, p. 26. Las cursivas son nuestras. 8 L.A. Séneca, Tratados filosóficos. Cartas, trad. Pedro Fernández Navarrete y Nicolás Estevanez, Porrúa, México, 2000, p. 136. 9 Cfr. E. Spranger, op.cit., p. 11. 10 Ibídem. 11 El líder recibe su autoridad de la impronta de su carisma sobre los inferiores; por su parte, el director impone su poder desde la potestad que le confiere una autoridad superior. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [82] las canas y los años” es fruto de una vida que produjo algo más que claridad en las sienes y acumulación de días en la vida. Quien, sin poseer esta autoridad, la perora como si dispusiese de ellas genera discursos impositivos que recuerdan senilidades antes que decoro laudatorio de la experiencia vital12. En esta línea, se mueve la conexión de Miguel de Molinos, de la que beberá María Zambrano13, entre el teólogo y el contemplativo. El primero disfruta de conocimientos teóricos en extensión casuística o de premios en número superlativo; el segundo procede desde una experiencia de vida que le permite dictaminar con prudencia y sabiduría y que no anhela égloga alguna. Dicho de otra forma, el primero parece y el segundo es. Las palabras del segundo no se arremolinan en torno a un “saber estudiado y aprendido, ni tampoco ideado o construido. No es un saber intelectual”14, sino de un padecer experiencias. De esta forma, su fuente no es la teoría, apegada exclusivamente a lo intelectual, sino la evidencia, que añade una segunda fuente: la vida reflexionada. La evidencia suele ser pobre, terriblemente pobre en contenido intelectual. Y sin embargo, opera en la vida una transformación sin igual que otros pensamiento más ricos y complicados no fueron capaces de hacer.15 A diferencia del científico que funda sus asertos en razones, la persona madura (sabia si se quiere) responde desde el cúmulo de experiencias pasadas que, progresivamente, han destilado insondables enseñanzas. 2.3. La adquisición “peligrosa” del saber de la experiencia. La edad facilita y/o afianza el encuentro con la sabiduría, pero no la asegura. La experiencia decide la adquisición de nuestro fugaz saber. La experiencia generadora de su saber ha de reunir ciertas notas básicas para ser válida. Ortega y Gasset hace derivar el término “experiencia” de la raíz “per”, que cuenta con varios sentidos16. En primer lugar, “peira” significa “prueba o ensayo” y recuerda las grandes pruebas que los héroes griegos habían de culminar para conseguir el trofeo del amor de mujeres o de las hojas doradas del laurel olímpico. No es extraño, en segundo lugar, que el concepto quede hermanado, también, con “periculum”, puesto que las hazañas de un Ulises o un Hércules no están exentas de peligros y riesgos, conducentes a la muerte o al extravío existencial sempiterno. En tercer lugar, el peligro acontecía durante viajes a lugares desconocidos. 12 Cfr. J.L. López Aranguren, “op.cit”, p. 34. 13 Cfr. J. Barrientos, “Bases formales metafísicas de Miguel de Molinos dentro las concepciones filosóficas de María Zambrano”, Estudios filosóficos, número 169, 2010. En prensa. 14 J.L. López Aranguren, “op.cit.”, p. 36. 15 M. Zambrano, La confesión: género literario, Siruela, Madrid, 1995, p. 69. 16 J. Ortega y Gasset, Obras completas VIII, Alianza, Madrid, 1994, p. 175. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [83] Per se trata originariamente de viaje, de caminar por el mundo cuando no había caminos, sino que todo viaje era más o menos desconocido y peligroso. Era el viajar por tierras ignotas sin guía previa.17 Sintentizando el apunte etimológico, no hay experiencia allá donde no hay novedad e incertidumbre, pues esto es lo que nos trae cualquier Odisea. Ahora bien, para capturar el saber de la experiencia no es preciso convertirse en héroe griego, puesto que nace incluso en las actividades más baladíes de la vida como la primera vez que se conduce un automóvil o que se realiza una receta culinaria o cuando nunca antes hemos accedido a Internet. Ni que decir tiene que habrá varios niveles de aquilatamiento (de posesión de quilates) de la experiencia. Percatémonos que no estamos aquí refiriéndonos a un “know how” de tipo técnico sino a una configuración más profunda. Si bien, el “know how” será la base de nuestra ciencia. Imaginemos el pintor a quien se enseña a manejar los pinceles: el primer paso demanda este conocimiento técnico, aunque su saber experimentado exige una suerte de autonomía frente a ese uso estereotipado inicial. A medida que el uso y el aprendizaje se afianzan por la repetición, el peligro disminuye, la novedad fallece y la intranquilidad inicial entra en aguas calmas. Por ende, la circunstancia deja de ser experiencia puesto que se pierde su raíz de peligrosidad y su capacidad para transformar al sujeto en algo diferente. Este es el pilar de la justificación del argumento de Julián Marías de la cortedad de experiencia en medio de la acerca de prolijidad de años o vivencias: El campesino, o la mujer escasamente cultivada, muestran en ocasiones una sorprendente acumulación de experiencias de la vida, unida a una gran pobreza de “experiencias”: son gentes que han hecho siempre lo mismo, a quienes nunca les ha pasado nada.18 No se trata de que “nunca les haya pasado nada” sino que han deambulado por un elenco reducido, mermando el peligro y reduciendo la corona del saber de la experiencia. Sólo quien está en constante peligro es acreedor de una experiencia de vida densa y profunda. 2.4. La reubicación existencial que acomete el saber de la experiencia. La experiencia provoca cambios esenciales en la persona, lo resitúa ontológicamente en niveles de conocimiento superior. Nuestro pintor pasa de aprendiz a maestro. El traslado de un nivel a otro se representa por el paso a través de puertas. Esas puertas son circunstancias de quiebra, cuya superación 17 Ibídem, p. 176. 18 J. Marías, “Un escorzo de la experiencia de la vida” en Autores varios, Experiencia de la vida, Alianza, Madrid, 1966, p. 116. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [84] no permitirá al héroe regresar atrás. Ortega y Gasset advierte de la vinculación entre “peiro”, relacionado con el aludido “per” y “portus” (puerta). La ex-periencia implica salir por puertas a ámbitos desconocidos e inhóspitos. Además, el filósofo de la razón vital asocia “peiro” y “póros”, que está ligado a la semántica de “camino” y al acto de “atravesar”. El peligro de la experiencia no siempre conduce a la elevación del héroe. La caída es un riesgo real que acomete por una temporada o para siempre. Si es temporal, no ha de rechazarse, puesto que la evidencia de “la finitud vital”, de la caída, forma parte de un saber posterior, siempre que se admita la propia debilidad. Si comparamos un fallecimiento cercano y el concepto de “muerte” ofrecido por un diccionario, es más probable que el primero conduzca al saber de la experiencia. En el “libro”, la muerte aparece como término objetivo, intelectual y desapasionado; mientras que la experiencia del fallecido se siente como la vida muerta que nos atraviesa en primera persona, es decir, se identifica a la muerte como fenómeno entrando en nuestro ser. Este ingreso es resultado del cariño que nos despierta la otra persona y del sentimiento de ausencia rechinante en nuestra esencia. Nuestro ser es, como ha estudiado muy acertadamente Levinas, una construcción de la alteridad19. Razón de ello es que haya una reubicación de nuestro ser ante el cuerpo sin vida que ante el libro. 2.5. Experiencia y padecimiento. Visto lo anterior, comprendemos la relación entre el saber de la experiencia y la tragedia atisbada con acierto por María Zambrano: Entiendo por experiencia el saber trágico —que Zeus había de aprender padeciendo—. Según Santo Tomás, la mística ¿no es el conocimiento experimental de Dios? Pues en eso estamos queramos o no queramos. Y una servidora añade siempre: <recibiéndolo> pasivamente, y padeciendo activamente.20 La red sémica del “padecimiento” señalado por Zambrano es sinonímica de “sentirse afectado”, incluyendo ésta tanto resultados positivos (entes de disfrute) como negativos (entes dolorosos). 19 Un estudio interesante que extiende la conceptualización levinasiana al concepto de la alteridad intercultural se encuentra en la obra Interculturalidad y convivencia (GONZÁLEZ ARNÁIZ, Gr.: Interculturalidad y convivencia. El “giro intercultural” de la filosofía, Biblioteca Nueva, Madrid, 2008). 20 M. Zambrano, Cartas de la Pièce (correspondencia con Agustín Andreu), PretextosUniversidad Politécnica de Valencia, Valencia, 2002, p. 80. Cursivas de la autora. El conocimiento trágico aludido aparece en SC como “ese que se adquiere padeciendo el conflicto hasta apurarlo” (M. Zambrano, El sueño creador, Turner, Madrid, 1986, p. 79). Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [85] El padecimiento posee el doble movimiento de recibir la afección y de actualizarlo, mediante una reflexión y profundización. Las verdades de ese padecimiento irán ascendiendo a la superficie y dotan de un saber transformador. La transformación es constante como la necesidad de mantenerse en situación peligrosa. En palabras de Zambrano, se trataría de mantenerse en el “incipit vita nuova”21. Esta circunstancia a que nos anima la pensadora exige vivir cada una de las experiencias como una oportunidad de renovación que dé a luz a los rebordes ocultos del propio ser. Los lados de sombra del ser han de verse como desafíos que deberán exponerse, como puertas a ser abiertas. Su clausura está motivada por los miedos a transitar por piélagos desconocidos. Quien se atreva a atravesar esas puertas ensanchará las fronteras de su ser y ampliará su experiencia de vida. Se llama, pues, a un ““incipit vita nova” total, que despierte y se haga cargo de todas las zonas de la vida. Y todavía más de las agazapadas por avasalladas de siempre o por nacientes”22. Los beneficios apartarán la amenaza de la consternación. ¿Qué significa este “Incipit vita nova”? No puede responder más que a la alegría de un ser oculto que comienza a respirar y a vivir, porque al fin ha encontrado el medio adecuado a su hasta entonces imposible o precaria vida.23 2.6. El método de la sierpe como formalidad del saber de la experiencia. En terminología zambraniana, el saber de la experiencia se acoge al método de la sierpe24. Frente al método arquitectónico, el saber de la experiencia no se dirige de directamente a su objetivo sino que admite que su adquisición se opera de modo transversal, oblicuo, fragmentario y en penumbra. Sin embargo, crea una certidumbre desconocida en los resultados del método científico. Tal método [el de la sierpe], es obvio, no puede pretender la continuidad ni el sistema, sino que por el contrario, se presenta como esencialmente discontinuo y fragmentario, y 21 Esta idea posee ascendencia en la obra de Dante y es una constante en la última etapa de los escritos de nuestra pensadora. La propia vida de la autora destila una ciencia experiencial recabada a lo largo de años gracias a la aplicación de la teoría del “Incipit vita nuova” a su propio transcurso cotidiano. 22 M. Zambrano, Claros del bosque, Seix Barral, Barcelona, 1993, p. 15. 23 Ibídem. 24 Sólo éste es capaz de acceder a la verdad propia del saber de la experiencia: “Verdad esquiva que en ningún modo ha permitido ser pensada, ser reducida a concepto, ni apresada en ideas, ser despegada de sí misma, en suma; verdad que el intelecto humano, hasta ahora, no ha podido captar para dominar, que ha exigido perderse en ella —la entrega de nuestro ser— porque no es cosa que se sepa, verdad de la mente, sino íntegra verdad de la vida” (M. Zambrano, La España de Galdós, Biblioteca de autores andaluces, Barcelona, 2004, p. 108). Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [86] será a su vez, oblicuo y alusivo, respetando las curvaturas y descensos de la luz, la multiplicidad en que se nos aparece el tiempo más allá del pensar discursivo y lineal.25 El método lógico-argumentativo descansa en un edificio basado en conclusiones sustentadas por razones. El sustento de sus verdades se hospeda en el de sus razones. Esas razones son de índole cognitiva, o si se quiere, lógicoargumentales. Pero la vida excede estas inmediaciones. El resultado es claro: como la mariposa dentro de la red o escapa o se muere, la vida dentro de la red conceptual muere o no es alcanzada. El método de la sierpe alcanza con mayor competencia la vida. Desde el método arquitectónico, es posible edificar un ensayo sobre el tema “la libertad”. Ahora bien, el conocimiento de la libertad no se restringe a esta aproximación: el día que sale de las rejas el preso que lleva veinte años dentro hace acopio de un saber sobre la libertad que no se caza con un conjunto de palabras o razones. Su saber sobre la “libertad” ha requerido años de anhelos, de frustraciones por no poder salir los días en que, por ejemplo, nacieron sus nietos o se casaron sus hijos y de nostalgias por no disfrutar del abrazo de su familia el momento de su excarcelación definitiva. Análogo patrón se opera en la comparación entre el lector voraz de manuales sobre el amor y el poseedor de una relación afectiva estable durante cinco, quince o cincuenta años. María Zambrano parangona el aprendizaje del saber de la experiencia al camino que recorre Virgilio en La Divina Comedia: siempre en ascensión a Beatriz, con una trayectoria con retrocesos y avances, y nunca con un sendero lineal sino en espiral. Semejante trasiego encontramos en el aprendizaje vital de don Lope en la obra Tristana de Pérez Galdós o en el del abuelo de las dos niñas de la obra homónima del autor madrileño26. María Zambrano, con su afilada pluma metafísica y metafórica, describe así este método de sierpe cuando reseña la vida de Dante en su obra autobiográfica Vita Nova. Y la “Vita Nova” de Dante, enigmático breviario sinuoso, espiral que avanza y retrocede para en un instante recobrarse por entero. ¿No son todos ellos la repercusión de un instante, de un único instante que se perpetúa discontinuamente, a punto de perderse salvándose porque sí y, por lo que al sujeto hace, por una fidelidad sin desfallecimiento? Es un centro, pues, que ha sido despertado.27 El fiador del saber de la experiencia se ha cultivado desde estas latitudes: con avances, retrocesos, iluminaciones puntuales, desfallecimientos, pero superando obstáculos y abriendo puertas. Al fin y al cabo, respetando la estructura de la vida que, mal que nos pese, se suele acomodar a los senderos con forma de 25 Autores varios, María Zambrano. Premio Miguel de Cervantes, 1988, p. 115. 26 Nos referimos a sus novelas Tristana y El abuelo. 27 M. Zambrano, La confesión…, p. 16. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [87] serpiente antes que al camino recto. Aunque la línea más corta entre dos puntos suele ser la recta, escasamente coincide con la de la existencia cotidiana. 2.7. El retiro. El saber de la experiencia conduce al sujeto a su centro, a través de evidencias particulares. Esta realidad se repite en los grandes filósofos que para alcanzar sus teorías se apartaron del mundo: Las Epístolas morales a Lucilio elaboradas en la villa senequista alejada de la corte de Nerón, las Consolaciones de Boecio escritas en la cárcel, los Ensayos de Montaigne construidos en su castillo francés, el Discurso del Método cartesiano proyectado al calor de la estufa y detrás de la ventana, El príncipe de Maquiavelo producido en San Casciano de Val di Pesa, la Política de Dios y Gobierno de Cristo de Francisco de Quevedo gestado en la Torre de Juan Abad, los Claros del Bosque de Zambrano ideados en La Pièce o los Caminos del Bosque de Heidegger proyectados en la Selva Negra son un pequeño elenco de ejemplos. El retiro de la vida tumultuosa facilita el acceso a la autenticidad del yo y la decantación de la verdad. Esta idea se encuentra en el estoicismo senequista y, más tarde, en traducciones teológicas de autores como Agustín de Hipona28. Marías precisa el lugar al que hemos de retirarnos: “a la vida donde reside su sentido y significación”29, donde radica el sentido y significación de las cosas o a la vida de sentido y significación. Habitualmente, intuimos (nos afincamos en) los entes como medios y no como fines. Así, impedimos que se manifiesten como ellas mismas son. “Habitamos” la naranja como un instrumento para prevenir un resfriado, el aceite será herramienta para prevenir afecciones cardíacas, el hierro será material para fabricar aleaciones metálicas que, por ejemplo, sirvan para la creación del chasis de un coche; el árbol se utilizará para la elaboración de papel o, lo que es más grave, las personas se usan para intereses específicos (Antonio se convierte en un trampolín para medrar en la empresa o Fátima sirve como paño de lágrimas en los momentos de depresión; así se coarta parte de su esencia). Por medio de estas reducciones, se escapa el autentico “sentido y significación” de las entidades citadas. En el diario vivir, nos atenaza la dimensión pragmática de la vida, es decir, nos movemos para alcanzar objetivos, olvidando de otras dimensiones de la vida. Durante el retiro, recuperamos la conciencia profunda inherente a lo que nos rodea, es decir, recuperamos (o, al menos, nos acercamos) su verdad (o su significado y sentido) y, por ende, una mirada auténtica. 28 Apuntamos a su conocida es su frase: “No salgas de ti mismo, vuelve a ti, en el interior del hombre habita la verdad; y si hallas que tu naturaleza es mudable, levántate por encima de ti mismo”. Ni que decir tiene que él equiparaba esa verdad con Dios. 29 J. Marías, “op.cit”, p. 117. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [94] Franquear los abismos nacidos de duras exposiciones existenciales al raso rinde resultados útiles para los sujetos clausurados en una severidad existencial dolorosa, es decir, crear circunstancias que ayuden a exponerse a la auténtica verdad a individuos que se atrincheran en posiciones intransigentes que, realmente, sirven para ocultar sus miedos. Nos referimos a padres con estrictos códigos de conductas, jefes con normativas puritanas en ambientes que no las precisan o profesores que ocultan sus incertidumbres en máscaras esquivas e insociables reacias al intercambio con los alumnos. En este epígrafe, resumimos brevemente, las fases de la travesía a recorrer por aquellos que quieran liberarse de estas cárceles y falsías de cuyas cerraduras ellos mismos poseen la llave. La situación inicial es la de una persona rigurosa en demasía con una visión ocluida a ciertas regiones de lo real. El miedo o la búsqueda de certidumbres forjan una cosmovisión sedienta de seguridad y fundada en la falsedad con matices más o menos intensos de hipocresía. La posibilidad de mirar allende la unicidad absolutista, segunda etapa de nuestra estrategia, quiebra el enclaustramiento anterior57 y se opera una primera disolución de la contumacia despótica anterior. Preguntar por un más allá, abrirse a opciones que quiebren lo establecido es piedra de toque en nuestra estela liberadora. Un horizonte de aceptación de lo plural erige la tercera fase de nuestro método. Una democracia de pareceres forja la respuesta ideal a la dictadura ontológica previa, pues “la democracia es el régimen de la unidad de la multiplicidad, del reconocimiento, por tanto, de todas las diversidades, de todas las diferencias de situación”58. Ahora bien, una constante eclosión sin decantación sume a la persona en la confusión y relativismo. La última fase evita este riesgo: la condensación de una polifonía de voces. No hay una razón para que la imagen sea la de un edificio más que la de una sinfonía (…). Y la sinfonía hemos de escucharla, actualizarla cada vez; hemos de rehacerla en cierto modo, o sostener su hacerse: es una unidad, un orden que se hace ante nosotros y en nosotros (…). El orden de una sociedad democrática está más cerca del orden musical que del orden arquitectónico.59 La riqueza zambraniana podría ofrecernos otros métodos60, pero quedamos en éste como ejemplo de la ductilidad de sus aseveraciones en la aplicación concreta. 57 Esto puede aplicarse a campos que trascienden lo personal. Por ejemplo, la superación del absolutismo político depende de una fase cuyo corazón se identifica con lo que aquí destacamos: “La sociedad o el modo de vida democrático es la liberación de todo absolutismo. Y el absolutismo, cualquiera que sea su origen y su argumento, es mirado desde la persona humana, un quedarse encadenada en un momento absoluto, y en él detenerse o abismarse” (M. Zambrano, Persona y democracia, p. 202). 58 M. Zambrano, Persona y democracia, Siruela, Madrid, 1996, p. 204. 59 Ibídem, p. 206. 60 Hemos descrito en otros trabajos las seis etapas de un proceso, análogo al presente, que Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [95] 3. Conclusión. En síntesis, los elementos claves para una aprehensión correcta del saber de la experiencia serían: (1) Edad con experiencias vividas y vívidas. (2) Disponibilidad de evidencias consecuentes de episodios significativos en la propia existencia. (3) Arrojo frente a sucesos peligrosos. (4) Coraje para atravesar puertas, que ayudan a madurar o para exponer la propia debilidad. (5) Capacidad para abrirse a la realidad de los entes más allá de sus notas pragmáticas. (6) Asumir el padecimiento doloroso y valentía para elevarse de ellos con una nueva mirada. (7) Paciencia y humildad para aceptar el método de la sierpe antes que caminos más directos. (8) Disponibilidad de un retiro no solipsista. (9) Compromiso con la autenticidad en lugar de huida. El saber de la experiencia es el fruto maduro de un conjunto de ingredientes que, prudente y valientemente, han de cocinarse durante años. Esto se articula en un perenne “perderse, encontrarse y reflexionar sobre uno mismo y sobre la experiencia acaecida”. Su resultado no es la imposición ensoberbecida por una falsía ideológica sino la asunción humilde del débito a ese saber. Sólo de este modo se operará la transformación de la cosmovisión del individuo desde el leibniciano “nihil est sine rationem” al aperturismo heideggeriano “saber es poder aprender”61. Bibliografía Autores varios, Experiencia de la vida, Alianza, Madrid, 1966. Autores varios, María Zambrano. Premio Miguel de Cervantes, 1988, Anthropos-Ministerio de Cultura-Dirección General del Libro y Bibliotecas, Barcelona, 1989. cataliza la disolución de las obstrucciones intelectivas: (1) existencia de sentimientos enquistados y cierre del sujeto que los sufre; (2) primera apertura: intento de hacer visibles la razón de los sentimientos; (3) segunda apertura: con ayuda de un interlocutor, se ofrece tiempo y espacio oportuno para que los sentimientos florezcan; esta fase estará asistida (a) por la escucha misericordiosa y atenta y (b) por la luz del entendimiento; (4) perseverancia y esperanza en el proceso; (5) aparición de lo inesperado: ruptura del quiste sentimental; (6) condensación de una novedad sentimental aperturista (Barrientos, José: Vectores zambranianos… p. 1041). 61 M. Heidegger, Introducción a la metafísica, trad. Pilar Ángela Ackermann, Gedisa, Barcelona, 2001, p. 17. Thémata. Revista de Filosofía. Número 44. 2011 [96] Barrientos, José, “Bases formales metafísicas de Miguel de Molinos dentro lasconcepciones filosóficas de María Zambrano”, Estudios filosóficos, número 169, 2010. En prensa. Ɇ Vectores zambranianos para una teoría de la Filosofía Aplicada a la Persona, Vicerrectorado de investigación de la Universidad de Sevilla, Sevilla, 2010. Cavallé, Mónica, La sabiduría recobrada, Oberón, Madrid, 2000. Comte-Sponville, André, El amor. La soledad, trad. Godofredo González Rodríguez, Paidós, Barcelona, 2000. Freire, Paulo, Pedagogia do oprimido, Paz e terra, Rio de Janeiro, 1987. Gadamer, Hans Georg, El estado oculto de la salud, trad. Nélidad Machaim, Gedisa, Barcelona, 2001. Heidegger, Martin, Introducción a la metafísica, trad. Pilar Ángela Ackermann, Gedisa, Barcelona, 2001. Ɇ Sein und Zeit, Tübingen, 1953. Kant, Inmanuel, Lecciones de ética, trad. Rodríguez Aramayo y Roldán Panadero, Crítica, Barcelona, 2002. 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