scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La formación de una ruina histórica o cómo la estancia jesuítica de San Ignacio pasó a ser arqueológica (Córdoba, Argentina)

Schávelzon, Daniel; Page, Carlos A.

Abstract

En los inicios del siglo XVIII se construyó en las cercanías de la actual ciudad de Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba, Argentina, una gran estancia jesuítica. Esta fue quedando abandonada, maltratada y vivió su destrucción en el siglo XX. En este artículo nos preguntamos porqué un conjunto de edificios se deteriora y destruye sin motivo aparente y a diferencia de sus similares en la región, se transforma en montículos, los que son necesarios de ser excavados por la arqueología. Cómo son los procesos destructivos, qué mecanismos actúan y de qué forma se van perdiendo, y porqué la historia decidió que ya no existían mucho antes de que realmente desaparecieran, transformándolas en ruinas y olvidándolas

Full text

Recibido 22 03 2011 Evaluado 25 05 2011 LA FORMACIÓN DE UNA RUINA HISTÓRICA: O CÓMO LA ESTANCIA JESUÍTICA DE SAN IGNACIO PASÓ A SER ARQUEOLÓGICA (CÓRDOBA, ARGENTINA) Daniel Schávelzon y Carlos A. Page Conicet-Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de Córdoba Resumen En los inicios del siglo XVIII se construyó en las cercanías de la actual ciudad de Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba, Argentina, una gran estancia jesuítica. Esta fue quedando abandonada, maltratada y vivió su destrucción en el siglo XX. En este artículo nos preguntamos porqué un conjunto de edificios se deteriora y destruye sin motivo aparente y a diferencia de sus similares en la región, se transforma en montículos, los que son necesarios de ser excavados por la arqueología. Cómo son los procesos destructivos, qué mecanismos actúan y de qué forma se van perdiendo, y porqué la historia decidió que ya no existían mucho antes de que realmente desaparecieran, transformándolas en ruinas y olvidándolas. Palabras claves: Jesuitas, estancia San Ignacio, arqueología Abstract At the beginning of the XVIIIth Century the Jesuits built a series of Estancias at Cordoba, now Argentina. One of them was San Ignacio devoted to Sacred Exercises. During the XXth. Century a fast sequence of events destroy the buildings, and the historians decided it disappearance before it was really demolished. Pictures show a different story. This paper studies the idea of the construction of the concept of “ruins” in history. Key words: Jesuits, San Ignacio Ranch, ruins, archaeology 2 Introducción La arqueología durante mucho tiempo fue considerada como un campo del conocimiento que trabaja sólo con restos materiales del pasado. Se pensaba que era una manera científica de reconstruir o tratar de explicar lo ya sucedido, creando leyes sobre el comportamiento de las sociedades a través de lo que aquellas descartaron materialmente en su vida cotidiana. De allí esa anticuada idea de que la escritura separa una cosa llamada prehistoria de otra llamada historia. Pero desde que Champollion tradujo los jeroglíficos egipcios, los documentos escritos se transformaron en otra fuente de información imposible de obviar para la arqueología; y lentamente desde los asirios a los mayas, al dejar de ser misteriosos sus textos, pasaron a tener también fuentes documentales para explicar el pasado. Es cierto que la arqueología, a diferencia de la historia -si es que quedan muchas diferencias-, excava, trabaja con restos materiales y considera que son incontrovertibles ante lo escrito. Esto dio origen, en la década de 1960, al menos en Estados Unidos primero y luego en América Latina, a lo que se llama arqueología histórica, eufemismo que si bien no es feliz como semántica tiene la virtud de que todos entendemos de qué se trata. Por supuesto y a medida en que la arqueología avanzó en el tiempo de sus temas de interés, se sumaron otras fuentes documentales: la fotografía, la cartografía, los diversos fechamientos por métodos químicos y físicos y muchas otras más. Hoy la arqueología está cruzada por múltiples disciplinas, con diferente significación cada una de ellas en su aporte a la interpretación del pasado, aunque sigue siendo el registro material el centro de la disciplina. Pero pese a todos los cambios ocurridos en los estudios del pasado en los últimos tiempos -y que no han sido pocos-, casi nadie se preguntó por qué un sitio, un edificio, un lugar en uso por un grupo social, se transforma en una ruina al grado de llegar a ser invisible y por obviedad objeto de la arqueología. Por supuesto que el abandono, el fuego (recordemos a los tiempos de Roma en tiempos de Nerón), los desastres naturales, las guerras, el hambre, han producido la destrucción o abandono de muchos lugares, y los hombres mismos demuelen la arquitectura heredada por diversos motivos. Teotihuacan en México fue cortada toda al mismo nivel para hacer la ciudad nueva encima de la vieja. En algún momento antes del siglo IV y cuando quizás sólo alguna ciudad en Europa tenía esas 3 dimensiones se decidió destruir para erigir a nuevo aunque finalmente el fuego la destruyó hacia el siglo IX. Si bien ese y otros casos los conocemos, es diferente saber cómo se produce ese proceso y porqué algunas cosas se mantienen y perduran a través de los siglos y otras no y hay que excavar para encontrar sus restos. Entender esos fenómenos en detalle no es simple por que casi no hay experiencia, no hay realmente ejemplos estudiados de manera sistemática, por que la destrucción se remite generalmente a un hecho, un acto, no a un proceso que puede ser estudiado y relevado con todo rigor. Tenemos extensas historias de cómo se ha construido algo pero solamente existe un renglón para citar su destrucción. Se nos habla del abandono pero difícilmente se lo describa en términos materiales, se lo cuantifique, se observe si es del exterior al interior de la ciudad o al revés, o del edificio; si la gente siguió viviendo en las ruinas tal como sucede tantas veces alterando el conjunto una y otra vez, y cómo y porqué y dónde y de qué manera y por cuánto tiempo. Parecería que esa historia póstuma no es importante. Y resulta que es el eje alrededor del cuál gira la arqueología de los lugares históricos (y prehistóricos, lógicamente) La pregunta que nos hacemos en este texto es precisamente esa: cómo es la historia de un sitio arqueológico, cómo se transformó en tal. Y valga de ejemplo el cuestionarnos por qué un enorme conjunto jesuítico no demasiado antiguo -en términos arqueológicos-, desapareció al grado que al declararse Patrimonio de la Humanidad a las Estancias Jesuíticas de Córdoba en 2000, ésta ni siquiera estaba en la lista. Y son sólo seis las estancias, no tantas como para olvidarse de una de ellas. Las demás están completas, bien o mal preservadas, con mucha o poca restauración, pero allí están. ¿Qué le pasó a San Ignacio? Obvia decirse que ni hubo un terremoto, ni un deslave, ni le pasó una autopista por encima, ni siquiera se destruyó con la salida de los jesuitas. La fundación de la estancia Los padres Francisco de Angulo y Antonio Barzana junto al hermano Juan de Villegas fueron los primeros jesuitas que ingresaron al actual territorio argentino en 1585. Eran tiempos en que la región estaba administrada por la provincia jesuítica del Perú y la incursión alentaba ampliar las fronteras de evangelización ignaciana. Poco a poco fueron asentándose en ciudades españolas desde donde realizaban sus misiones volantes, hasta que 4 en 1599 se asentaron en Córdoba. Los tres sacerdotes que se encontraban en la ciudad recibieron del gobernador Ramírez de Velazco la manzana donde edificarían su residencia. Pero mayor impulso se tuvo cuando el padre general Claudio Acuaviva creó la provincia jesuítica del Paraguay en 1604 y en Roma el padre Diego de Torres Bollo fue designado provincial. Este eligió Córdoba como sede por ser una ciudad equidistante al territorio que abarcaba la provincia. Y como lo ordenan las Constituciones debió crear las instituciones que les eran obligatorias, principalmente el Noviciado y el Colegio Máximo o Universidad. Pero la distancia que habían tomado los vecinos encomenderos con los jesuitas se tradujo en un quite de limosnas con las que sustentarse y obligó a los padres a mantenerse a través de la adquisición y explotación de tierras rurales1. De tal manera que llegados a la expulsión de 1767, los jesuitas contaban en Córdoba con seis estancias que mantenían no sólo el noviciado y la universidad, sino también los gastos de la administración jesuítica en general, al Convictorio fundado en 1687 y las Casas de Ejercicios. Un crecimiento notable y un emprendimiento empresarial único. Las estancias fueron adquiridas y ampliadas de dos formas: por compras: Caroya en 1610 y luego por donación en 1687, Jesús María en 1618 y Santa Catalina en 1622; por donaciones de ingresantes al Instituto en calidad de Hermanos Coadjutores: Alta Gracia por parte de Alonso Nieto de Herrera en 1643, La Candelaria por el general Francisco de Vera y Mujica en 1683 y San Ignacio por de Pedro de Echezarraga en 1726. Todas ellas se formaron en una zona circundante a la gran ciudad con enormes extensiones de tierra y cientos de esclavos, cuya producción se basó en la cría de ganado mular, aunque había una variada diversificación en actividades agrícolas y más que nada obrajes para la producción textil. Las mulas y telas eran usadas básicamente para enviar a Lima y Potosí en un largo y cuantioso tráfico comercial2. La estancia de San Ignacio (Fig. 1), a diferencia de otras, estaba destinada a solventar gastos de la práctica de los Ejercicios Espirituales por expresa indicación de su donante. Los ejercicios instaurados por San Ignacio cobraron especial atención en la provincia a partir de 1678. Consistían en un retiro espiritual de ocho días, diferenciado por 1 Joaquín Gracia SJ, Los jesuitas en Córdoba. Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina SA, 1941, pp. 19-75. Carlos A. Page, La Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba. Córdoba, Eudecor, 2000, pp. 17-100. 2 Carlos A. Page, El Camino de las Estancias. Buenos Aires, 2000. Nicholas P. Cushner, Jesuit Ranches and the agrarian development of colonial Argentina 1650-1767. New York, University of New York Press, Albany, 1983. 5 sexos, que se hacía en una casa con pequeñas habitaciones individuales y en número de veinte, con cocina y comedor común. La Casa de Ejercicios de la ciudad de Córdoba funcionó en una propiedad que habían donado los hermanos Mujica en 1700 para el Noviciado, de la que hoy sólo se conserva su capilla enterrada porque nunca se hizo el edificio completo3. Así fue como se le dio esa nueva función a San Ignacio en 1726. Con los años aparecieron otras Casas de Ejercicios, pero en ese año Pedro de Echezarraga, al ingresar a la Compañía de Jesús, donó el dinero para comprar las tierras de la estancia de San Ignacio para que sirvieran de sustento de la práctica espiritual en toda la provincia4. Las tierras escogidas se ubicaban en el valle de Calamuchita y fueron adquiridas a Juan Clemente Baigorrí y su esposa, a instancias del provincial Antonio Machoni, quien designó como administrador al padre Martín López, una importante figura que falleció en la estancia tras una eficiente labor5. El conjunto edilicio Fue el padre López quien inició la estancia abocándose a su construcción, entre otras tareas. Levantó unas primeras habitaciones provisorias y para 1734 recibía órdenes del provincial para que se previniera de abundantes materiales de piedra, cal y ladrillos. Lo hacía para que una vez confeccionados y aprobados los planos se comenzara la obra. Disponía de una cantera de cal donde aconsejaba ubicar el horno. El proyecto fue encomendado al arquitecto coadjutor Giovanni Andrea Bianchi (1675-1740) quien desde Buenos Aires partió para Córdoba con la obligación de continuar también con las obras del Colegio Máximo, el convictorio y las estancias de Alta Gracia y Jesús María, pero especialmente la de confeccionar la planta de la iglesia de San Ignacio, para luego ser aprobada por los Padres Consultores. Bianchi fue un arquitecto que llegó a las costas del Plata en 1717 con experiencia en obras realizadas en Italia6 y se trasladó constantemente entre Buenos Aires y Córdoba. No 3 Page, La manzana…. pp. 34-44. 4 Carlos A. Page, La estancia jesuítica de San Ignacio de los Ejercicios, Calamuchita, Córdoba, reconstrucción histórica del último gran establecimiento rural. Córdoba: Junta Provincial de Historia de Córdoba, 1998. 5 Carlos A. Page, “Una biografía del P. Martín López publicada por Ladislao Orosz”. Alta Gracia: Segundas Jornadas de Historia de los pueblos de Paravachasca, Calamuchita y Xanaes, 2001, pp. 23-45. 6 Aunque el P. Sobrón no le adjudica el proyecto de San Ignacio a Bianchi, Page presenta documentación que lo prueba fehacientemente. Dalmacio Sobrón. Giovanni Andrea Bianchi, un arquitecto italiano en los albores 6 tenemos constancia que se haya aprobado el proyecto de San Ignacio pero la capilla quedó concluida en dos años, como consta en un inventario de los ornamentos y alhajas de 1736. Pero en él no se describe el edificio sino su contenido7. Las noticias sobre su construcción son prácticamente nulas, pero los inventarios de la expulsión significaron una especie de retrato del estado en que se encontraban los bienes de los jesuitas en ese momento. La estancia tenía un casco central (edificio o conjunto de edificios) y varios puestos dispersos en su territorio. En el amplio predio donde se ubicaba la casa principal habían construido la casa de los padres con la iglesia, una ranchería de esclavos y más alejado, un molino. La casa constaba según varios inventarios que se sucedieron durante la administración de las Temporalidades, de doce habitaciones de unos cuatro metros de longitud que se ubicaban en torno a un patio, en dos alas o pabellones de siete y cinco cuartos cada uno de ellos. Había una biblioteca donde se encontraban 253 libros. Las habitaciones se abrían a un corredor o galería de dos metros de ancho y un largo total para los dos tramos de 36 metros con once columnas de madera labrada. En el tramo de menos habitaciones y más largo que los demás, se ubicaba en el extremo el refectorio con aguamanil y alacena. El patio tenía un reloj de sol, estaba cerrado con muros y en uno de ellos se ubicaba una “portada grande” de ingreso. En otro inventario posterior (1773) se escribe que ese patio tenía tres naranjos chicos y tres limoneros. Pero contaba con otro donde se encontraba la sombrerería, estañería, herrería, cocina y un viejo galpón donde estaban las paellas para hacer jabón. Había una sacristía de siete por tres metros. Mientras que la capilla tenía cinco metros de ancho. La totalidad de la cubierta de los edificios era de cañizo y tejas con tirantes, con pisos enladrillados. Los muros de la capilla eran de “adobe crudo”. Los esclavos sumaban 215 individuos que vivían en una ranchería8 cercada de tapial de tierra con un largo de 55 metros, que encerraba 27 “ranchos de paja y cuero”. Cerca de allí había un horno de cal, otro de ladrillos, un molino con perchel para moler trigo y batán, con sus acequias. Hoy aun existen restos de parte de esas estructuras. Se completaba el de la arquitectura colonial argentina. Buenos Aires: Corregidor, 1997, p. 69 y Page, La estancia jesuítica de San Ignacio… p. 25. 7 Darko Bozidar Sustersic, “Las misiones jesuíticas de guaraníes y los estrechos vínculos con su capital: Córdoba”, Revista de la Junta Provincial de Historia de Córdoba, Nº 21, Córdoba (2004), p. 250. 8 Construcción específica destinada a albergar esclavos, su nombre deriva de Rancho, sustantivo para casa modesta y adjetivo que descalifica su materialidad. 7 predio con un huerto con 920 duraznos, 215 guindos, peras, membrillos y nogales, delimitado por una zanja que encerraba un cuadro de 410 por 316 pasos9. El destino del edificio y los cambios de uso La expulsión de los jesuitas al menos en este territorio, y la incautación de sus bienes, fue uno de los actos de mayor corrupción en nuestro medio. Los gobernantes se apropiaron de ellos enviando administradores corruptos que fueron vaciando las estancias hasta convertirlas en improductivas. El virrey Vértiz decidió en 1772 la venta de esos bienes que casualmente fueron adjudicados a personajes que ostentaban el poder, con créditos cuyos pagos quedaron truncos con la Revolución de Mayo de 1810 y la consiguiente confusión. La disminución de los valores también se vio reflejada en el deterioro de los edificios que figura en los documentos, sean reales o ficticios; finalmente la estancia fue vendida en $ 32.366 al sargento mayor José Antonio Ortiz por un tercio de lo que había sido valuada en 1767. Este prometió pagar el inmueble en tres cuotas, pero fueron innumerables los pedidos de moratoria argumentando un supuesto deterioro económico de sus arcas. Diez años después le fueron concedidos dos años más para pagar su deuda. Incluso para 1805, desde España, se pedía encarecidamente que se apremiara con el pago a los descendientes de Ortiz, todos altos funcionarios públicos. La deuda se liquidó luego de 47 años en la absurda suma de $ 2.68210. Ortiz incorporó a la estancia la explotación del cobre, dejando vestigios de esa actividad en dos hornos que aún se conservan y se ubican en medio de un camino que comunica los restos del molino con el casco11 de la estancia. Durante esos avatares la estancia fue destinada, junto a otros edificios, para los prisioneros ingleses de la invasión y reconquista de 1806. Así lo determinó el Cabildo de Buenos Aires para tranquilizar a la población sacando de la ciudad a los invasores capturados que fueron distribuidos entre la ciudad de Córdoba, Candelaria y San Ignacio. Uno de esos prisioneros fue Alejandro Gillespie que en un libro describió aquellos días en la estancia, donde estuvieron tres meses12. El inglés se asombró de la prosperidad, de ver la 9 Page, La estancia jesuítica de San Ignacio…, pp. 29-42. 10 Ibidem, pp. 43-49. 11 Casco: término local para definir el sector que ocupan los edificios principales de un establecimiento rural. 12 Alejandro Gillespie. Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807. Ediciones Vaccaro: Buenos Aires, 1921, p. 123. 8 huerta cercada con un antiguo muro y el molino jesuítico que todavía se usaba. Cuenta que los prisioneros se movían libremente, salían a pasear a caballo y hasta recibían un aporte económico mensual, aunque hubo algunos tumultos que provocaron el asesinato de uno de sus compañeros por soldados españoles. Otro hecho curioso es que el mismo Ortiz, a la llegada de los prisioneros, promovió la fuga de tres prisioneros que se fueron a Montevideo, proporcionándoles caballos y provisiones. Luego de un juicio, el dueño de la estancia fue llevado a la cárcel donde murió. Finalmente los prisioneros fueron conducidos a Montevideo para regresar a Gran Bretaña. La estancia la heredaron sus 16 hijos y fue desmembrada por puestos, quedando para Magdalena Ortiz el casco con un reducido terreno. Luego de la Independencia otros hechos violentos llenaron páginas de historia local, como la sublevación contra el gobernador Francisco Reynafé. Fue por el año 1833 que se libró un combate en el antiguo puesto jesuítico de Yacanto y los vencidos fueron fusilados en San Ignacio. El siglo XX La otrora próspera estancia ahora propiedad de los Ortiz se fue deteriorando y abandonando ante la falta de inversión y la sobreexplotación económica. Pasó a manos de Manuel Verde en 1898, quien seguramente determinó construir una casa nueva a la que se accedía por un camino que dividió la ya mermada propiedad en dos partes. De 1933 tenemos referencias periodísticas calificadas que muestran que aún existía el edificio principal, al que se lo describe como “en ruinas”. Así lo dice monseñor Pablo Cabrera en tiempos en que se gestionaba el camino hacia Río Cuarto y escribía “entre los escombros delante de los cuales acabamos de detenernos, figura una capilla”13. Luis Roberto Altamira escribió una década después: “He contemplado la estancia de San Ignacio en una deliciosa mañana del verano de 1943; hoy solo quedan sus ruinas” 14. Qué significaban esos términos en ese momento es tema que aún debemos estudiar, pero no dejan de tener un sentido bastante claro. 13 Mons. Pablo Cabrera, “Puntos de turismo en nuestra provincia: Calamuchita”. La Nación. 1º de marzo de 1933, Buenos Aires. 14 Luis Roberto Altamira, Córdoba, sus pinturas y sus pintores (Siglos XVII y XVIII). Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, 1954, Tomo II, p. 51. 9 Esas ruinas, siempre citadas pero nunca descritas y ante las que los historiadores quedaban embelezados, fueron motivo para darle un nuevo uso ligado al turismo. Así fue como en 1957 se anunció una supuesta restauración pero nunca se hizo nada15. La propiedad pasó por manos de Gregorio Loza y llegó a Adolfo Heme, quien la adquirió pasando a llamarse el lugar Villa Sierras de San Ignacio. Era un emprendimiento turístico inmobiliario en donde se llegó a construir un hotel y una casa, divididos por una ancha y arbolada calle de ingreso al loteo. Todos los rincones de la provincia se desarrollaban turísticamente en esos años, a gran velocidad, y la antigua estancia, estuviera como estuviese, tenía un fuerte atractivo porque el nombre era conocido y las bellezas naturales soberbias. Pero resulta interesante que la Comisión Nacional de Monumentos, que desde 1939 estaba trabajando en conservar y restaurar sitios históricos, nunca se preocupó por este sitio y sí por las otras estancias incluso con fuertes deterioros16. Valgan de ejemplo Jesús María y Caroya que tenían parte de techos caídos, o La Candelaria que le habían cambiado la cubierta y realizado muchas otras alteraciones; en Alta Gracia y Jesús María habían demolido las Rancherías y nada de eso fue justificativo para no preservarlas. Las llamadas ruinas quedaban en ese nuevo complejo turístico de Calamuchita como el centro de atractivo, ubicadas en un lote mayor que los demás, de poco más de 5000 m2. Este tipo de negocio también lo registramos en las por entonces ruinas de la estancia de Caroya (por entonces llamada Estancia de Las Mercedes), cuando en 1947, luego de haber sido declarada Monumento Nacional, sus tierras fueron adquiridas por una sociedad que propuso donar el casco al Estado para que lo restaure y junto a él trazar un loteo de tierras. Pero en ambos casos, Caroya y San Ignacio, el negocio fracasó. En San Ignacio se acentuarían los deterioros al punto que pareció desaparecer su existencia, al menos en los ámbitos académicos. Al escribir sobre las estancias jesuíticas en 1969, Mario Buschiazzo -responsable por treinta años de la restauración de monumentos en el país-, nos desconcierta con sus expresiones “…hoy no queda nada. Absolutamente nada”, sospechando como decían los lugareños que las ruinas habían quedado bajo el agua del embalse del Río Tercero aunque no creyó esa hipótesis, que sí era convincente en la 15 C. Martín. “Las ruinas jesuíticas cordobesas de San Ignacio”. El Hogar: Buenos Aires, 1957, p. 84-85. 16 Daniel Schavelzon. Mejor Olvidar: historia del patrimonio cultural argentino. Buenos Aires: Ediciones Deloscuatrovientos, 2009. 16 Fig 5 Una de las construcciones del caso de la estancia en pleno proceso de deterioro pero con paredes aun en pie en la década de 1950. Fig. 6 Vista general en la década de 1960 de uno de los edificios mayores. Fig. 7 Restos de los muros de piedra de la iglesia (2003). 17 Fig. 8 Construcción cuadrada, posible jaguel conservado completo (2003) Fig. 9 Sector central de la iglesia saqueado en 1998 por los propietarios. 18 Fig. 10 Vista del piso enladrillado de la iglesia después del saqueo de 1998. Fig. 11 Objetos, tejas y ladrillos abandonados en el sitio después de la destrucción de1998. 19 Fig. 12. Plano de la región con las estancias jesuíticas declaradas como Patrimonio de la Humanidad (de: http://www.vallepunilla.com.ar/jesuitas/mapa.htm