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Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. – 369 – HACIENDO MALABARES CON EL GÉNERO: JENNIFER MILLER María José Galé Moyano Universidad de Zaragoza (España) Recibido: 15-07-10 Aceptado: 14-09-10 Resumen: El devenir de nuestros cuerpos se prolonga a lo largo de todo el ciclo vital, en función de una serie de ejes de sentido que permiten leerlo, comprenderlo y hacerlo inteligible en el contexto en que se desarrolla. Estos ejes, estas categorías de sexo, género, sexualidad, nivel socioeconómico, clase, raza; se performan de un modo siempre fallido y deben una y otra vez ser reiterados en orden a lograr una adaptación progresiva a un pretendido canon normativo anterior que no es susceptible de ser representado por ningún cuerpo. Así, comprenderemos dicha repetición fallida y la consiguiente posibilidad subversiva que entraña, como un “estar en el aire”, un “hacer malabarismos”, con el doble componente de desmantelar paulatinamente la norma sin perder la posibilidad de que la vida prospere. Palabras-clave: mujeres barbudas, sexo, género, sexualidades. Abstract: The becoming process of the body development happens along all our lifes. The cathegories like sex, gender, sexuality, socioeconomic status, class, rage, are the matrix that allow body knowledge and inteligibility. We always perform this guiding principles with failures. We have to keep repeating the norm over and over to reach the adaptation to our contexts. The movement between the failure in the norm and the effort to a successful performing can be conceived like “juggling”. In one hand we can damage the standard, in the other we have to survive. Key-words: bearded women, sex, gender, sexualities.
María José Galé Moyano Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. – 370 – A pesar de la complejidad a la hora de situar un punto de partida en el análisis del cuerpo, estableceremos un marco de intelección relacionado con su característica de devenir para reflexionar acerca de su configuración y de cómo una vivencia del mismo “desajustada” en cuanto a lo normativo, puede conllevar sufrimiento, pero también contribuir al desarrollo de estrategias de subversión que pongan en tela de juicio su supuesta naturalidad. Así, a partir de ciertas prácticas vitales, podemos encontrar mecanismos para la resignificación de aquello que se ha considerado en el contexto occidental como un cuerpo “normal”. Es interesante proponer un pequeño ejercicio de “extrañamiento” conceptual sobre el significado léxico que se ha dado al término cuerpo. En el Diccionario de la Real Academia Española, la primera entrada en que se define el cuerpo es: «Aquello que tiene una extensión limitada, perceptible por los sentidos» pero, a continuación, hay otra entrada, la cuarta, que lo señala como: «Talle y disposición personal»1. En el Diccionario de uso del español de María Moliner, aparecen las entradas: «Cualquier porción de materia», «Materia completa de un animal» o «Figura de una persona considerada desde el punto de vista de su belleza»2. Esto situaría el concepto cuerpo en la encrucijada entre aquello que es perceptible de forma evidente y lo que es susceptible de ser interpretado. A pesar de que esto pueda parecer alejado del tema que nos ocupa, es curioso advertir cómo, la propia definición participa, en alguna medida, de la indeterminación. Es interesante este pequeño ejercicio de deconstrucción, desde el punto de vista terminológico tomado en su aplicación más reciente y que trata de revelar una tensión interna, puesto que permite observar cómo, en ocasiones, la necesidad de delimitar con precisión un concepto trae consigo la manifestación de su ambigüedad, de su ambivalencia constitutiva y, de este modo, hace patente la necesidad de que la entidad “real” a que corresponde ese término, el significante que correlaciona con ese significado, trate de fijarse de modo reiterativo, buscando a su vez adquirir una certeza de sí. Es difícil, incluso desde lo conceptual, desde el ámbito de lo lingüístico, establecer qué sea aquello que comprendemos como un cuerpo. Si atendemos a las nociones a través de las cuales se alcanza la posibilidad de fijar al cuerpo como algo acabado, inmovilizado, nos encontramos fundamentalmente con las variables de raza y de género, sexo, sexualidad (además de otras que dotan de inteligibilidad en los contextos en que se desenvuelve como podrían ser la discapacidad, la procedencia social). Será nuestro objetivo a través de la presente reflexión, contribuir una vez más a cuestionar la vinculación de la noción del sexo con lo dado a priori y, por tanto, lo biológico [1] Diccionario de la Real Academia Española, edición digital: www.rae.es. En adelante, a lo largo de nuestro trabajo, todas las consultas al diccionario se harán en esta misma versión. [2] María Moliner, Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 1998, p. 835.
Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. Haciendo malabares con el género: Jennifer Miller. – 371 – y la noción del género con la inscripción cultural que se articula sobre el sexo y, relacionado con esto, desvincular la supuestamente natural correspondencia unívoca entre categoría sexual y deseo heterosexual. De esta forma se tratará de entender a la variable sexo y, en definitiva, a los aspectos vinculados con lo biológico (y por lo tanto aquellos entendidos de antemano como inamovibles) como un constructo cultural edificado sobre la asignación de la categoría mujer u hombre al cuerpo concreto de cada individuo. Esta asignación, que podría entenderse como una imposición, supone que cada cuerpo tenga la posibilidad de ser inteligible dentro del contexto concreto en el que se desarrolla y pueda a lo largo de toda su vida cumplir con las expectativas que se ciernen sobre aquello que es de forma verdadera, de forma certera, pero también establece un canon normativo. A través de la determinación clara de aquello que es un hombre o una mujer se elige, de entre toda una multiplicidad de manifestaciones que es difícil encorsetar en unos términos tan poco claros, un ejemplo concreto que representará al conjunto, un modelo que imitar a la hora de actuar a diario y que servirá como referencia para configurar todo el abanico de posibilidades corporales que podemos encontrar. Si de nuevo, y con el fin de obtener cierta comprensión acerca de qué elementos barajar para lograr establecer la diferencia, acudimos al Diccionario de la Real Academia, en absoluto encontramos parámetros que permitan diferenciar uno y otro polo del que interpretaremos como continuo sexo-género. Para este, una mujer será una “persona del sexo femenino” en la primera entrada, o bien, en la tercera entrada “mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia” y para otorgar mayor claridad a este intento de definición se acompaña de un ejemplo concreto: “¡Esa sí que es una mujer!”3. Por otra parte tenemos que, al acudir a la entrada “femenino”, en un intento de definición se dice: “Dicho de un ser: Dotado de órganos para ser fecundado” es decir, es la feminidad y no tanto el hecho de ser una mujer la que dota de esa posibilidad de ser fecundada. No se encuentra una mayor claridad al remitirnos al término hombre, puesto que este se interpreta como genérico en nuestra lengua y nos encontramos con la paradoja de que el hombre sería un “Ser animado racional, varón o mujer” y a un mismo tiempo en otra de sus definiciones, más concretamente la tercera, un “Varón que ha llegado a la edad adulta” o bien “Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza”, con el consabido ejemplo aclaratorio que es el equivalente al propuesto para el caso de mujer: “¡Ese sí que es un hombre!”. Todo ello teniendo en cuenta por otra parte que el término hombre (como sucede con el término dios en algunas religiones) remite a un tiempo a la unidad y a la multiplicidad: “Grupo determinado del género humano”. Todo este, si se quiere, “juego de palabras” sirve a nuestro propósito para destacar la dificultad a [3] Diccionario de la Real Academia Española, edición digital: www.rae.es.
María José Galé Moyano Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. – 372 – la hora de establecer los límites precisos de lo que constituye pertenecer a una categoría que, en definitiva no es clara y que no puede serlo porque se trata de configurar a partir de una serie de nociones que no son fácilmente clasificables en dos ámbitos estancos. Ni el cuerpo, ni la distinción perfecta entre hombres y mujeres son claramente ubicables cuando hacemos referencia a la terminología a partir de la cual se pretende acotar las realidades, describirlas. Es necesario tener en cuenta cómo en la configuración del yo tiene un peso esencial la posibilidad de la enunciación. Si atendemos a la idea nietzscheana acerca del sujeto, encontramos que este sería una ficción constituida a partir de la enunciación, de la posibilidad de decir yo; una creencia en la persistencia que subyace a los cambios y que forma parte de una “suerte de fetichismo de la subjetividad”4 practicado por nuestra cultura que no consiste sino en una más de las ilusiones de la misma. Ese fetichismo de la subjetividad se extiende también a la forma, a la configuración de lo material en realidades bien delimitadas de características concretas, claramente perceptibles. Del mismo modo en que es construido ese sujeto lo es el cuerpo, supuesto sustento material de la subjetividad. Así podríamos entender la asignación de los sujetos a una u otra categoría sexual como una suerte de ánimo clasificatorio, de idea preconcebida para dotar de un significado asible, comprensible, nuestros cuerpos, insertándolos nuevamente en una matriz de sentido. La construcción del sujeto sexuado, del cuerpo desde un punto de vista canónico, no finaliza en el momento en que se produce la asignación de género por parte de un especialista. Este cuerpo, que escapa siempre de algún modo a nuestra posibilidad de definición, deberá ser perfilado de manera reiterada, constante, a lo largo de todo el ciclo vital. Las asignaciones de género, supuesta correspondencia cultural de las características biológicas, deberán ser impuestas repetidamente a través del discurso de la Historia, de la Psicología, de la Medicina. Deberán ser reconfiguradas para que no queden en ningún momento difuminadas, para que no lleven a confusión y deberán dejar claro que se establecen por correspondencia con un sexo biológico. De esta forma no se inscriben sobre el cuerpo, sobre la asignación sexual previa, sino que van otorgando una forma a eso que significará, durante toda nuestra vida, tener unos genitales primarios concretos determinados por esa persona especialista. En cualquier caso, cuando hacemos referencia a esta desnaturalización de la categoría, no se puede suponer por el contrario que exista una libertad individual por parte del sujeto para configurar los ejes que le confieren el estatus de humano según le plazca. Las oposiciones que se producen entre lo que se construye libremente y aquello que está predeterminado, naturalizado, señala Butler que «no describen la complejidad de lo que está en juego en cualquier [4] Enrique Lynch, Dionisio dormido sobre un tigre. A través de Nietzsche y su teoría del lenguaje. Barcelona, Destino, 1993, p. 317. En el texto la cita hace referencia a Cfr. Crepúsculo de los ídolos, III, 5, KSA 6.
Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. Haciendo malabares con el género: Jennifer Miller. – 373 – esfuerzo por considerar las condiciones en las que se asumen el sexo y la sexualidad. La dimensión “performativa” de la construcción es precisamente la reiteración forzada de normas»5. El género no constituirá una descripción sino más bien una prescripción, algo obligatorio que deberá ser cumplido con un margen limitado de actuación. Por tanto, la no reiteración sistemática de las normas, o bien la reiteración cuyo fallo sea demasiado evidente, tendrá consecuencias sobre la vida del individio en cuestión que la produzca. A la hora de repetir la norma de género tendrá gran importancia la posibilidad de modificación de un cuerpo que tratará de sustentar sin nunca lograrlo un canon de belleza, de feminidad, de masculinidad, un orden heterosexual, cuya abstracción, cuya inasibilidad, conllevarán una perpetua falta. No se debe, en ningún caso, actuar en el contexto de lo social con un cuerpo difícilmente legible, los cuerpos singulares, fronterizos, confusos deberán performar en contextos adecuados, acotados al arte, a lo circense, o bien a lo que sea posible reparar por la clase médica y, por tanto, se circunscribirán al concepto de lo anormal, de la enfermedad. Citando nuevamente a Judith Butler encontramos cómo «De hecho, precisamente porque ciertos tipos de “identidades de género” no se ajustan a esas normas de inteligibilidad cultural, dichas identidades aparecen solo como fallas en el desarrollo o imposibilidades lógicas desde el interior de ese campo. Sin embargo, su persistencia y proliferación proporcionan oportunidades muy importantes para revelar los límites y los fines reguladores de ese campo de inteligibilidad, por consiguiente, para abrir –dentro de los términos mismos de esa matriz de inteligibilidad– otras matrices distintas y subversivas de desorden de género»6. Será aquí, en el lugar de la “falla”, en ese punto de desajuste que produce la imposibilidad de reiterar la norma en un cuerpo no coherente con el modelo imitado, donde situemos la figura de Miller y, por tanto, toda una serie de posibilidades de cuestionamiento de la propia norma de género. El vello facial constituye un hito en la diferenciación entre hombres y mujeres y deberíamos tener en cuenta el problema que supone el hacer una manifestación pública del mismo, es decir, de presentar una característica prototípicamente masculina en un cuerpo considerado femenino. El desajuste, ese símbolo concreto que produce sorpresa, que es difícil de leer y hace que cualquier persona deba pararse a interpretar ante el cuerpo de la “mujer barbuda” y, por tanto, ante el cuerpo de Jennifer Miller, es el elemento concreto que se propone como nuclear en su relato. Pero más allá de este hecho, la vivencia en un cuerpo que no cumple con las normas de género en distintos contextos será [5] Judith Butler, Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Barcelona, Paidos, 2002, p. 145. [6] Judith Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, México, Paidós, 2001, p. 50.
María José Galé Moyano Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. – 374 – fundamental. A la hora de hacer un análisis de la norma es necesario tener en cuenta cómo esta presenta un componente represivo, se impone tratando de paliar las manifestaciones de la diferencia pero también tiene un componente fundamentalmente positivo, productivo. En el documental de la realizadora Tami Gold, de principios de los noventa, encontramos una aproximación en poco menos de media hora a la figura de Jennifer Miller. En él se filman una serie de reflexiones y de actuaciones en distintos contextos en los cuales ella interpreta la vivencia de su propio cuerpo y, al mismo tiempo, interactúa con personas del entorno. Desde el inicio, la pauta está marcada por una dificultad a la hora de presentar el cuerpo, de performar con el propio cuerpo en distintos contextos vitales. Se aborda la cuestión de lo afectivo, de lo laboral, de la vida cotidiana. Hay algunas cuestiones de especial interés en sus palabras, en concreto, al inicio, ella hace alusión a su núcleo familiar y a su propio proceso educativo: Crecí en Hartford, una ciudad pequeña. Crecí en un ambiente académico, mis padres eran profesores universitarios. Mi madre era una educadora. Su filosofía de la educación tuvo mucho que ver con el fortalecimiento de mi carácter, hasta el punto que he elegido ciertas opciones que me desafían a mí misma y a otras personas. Mi abuela era una educadora. Era muy fuerte y dinámica, ellas implementaban instrucción individualizada, mi abuela desde hace muchos años y mi madre en los años sesenta. Eso era algo revolucionario. Luchaban contra el sistema de esa manera. Todo eso fue una influencia muy grande para mí sobre lo que es importante, hermoso, útil, lo que es fundamentalmente productivo y fuerte. Un individuo tiene muchas maneras diferentes de ser. La idea no es ser como el resto del mundo. Es fundamental el apoyo por parte del entorno, a pesar de que, como refiere poco más adelante, haciendo alusión al momento del cambio, al período concreto en el que comienza a aparecer la barba en su rostro; en un principio sus características son difíciles de interpretar incluso dentro de su núcleo familiar, A los diecisiete años me empezó a salir un poco de barba. En mi familia realmente no lo hablamos. A mi abuela no le gustaba mencionármelo. Empecé a perder el apoyo de mi familia. Cuando la barba me empezó a crecer con fuerza mi madre se había muerto. No tuve oportunidad de hablarlo mucho con ella. La necesidad de la comunidad, de un contexto en el que la diferencia pueda ser no tanto tolerada sino comprendida, inteligida, dotada de la posibilidad de existencia, se comprende como vital en un sentido literal, es decir, capaz de dotar de la susceptibilidad de vida, Hubo un tiempo en que yo me relacionaba con unas grandes amistades pero mi barba no se mencionaba. Me querían y yo las quería pero era un tópico que no se mencionaba. Eso a mí me daba mucho miedo e inseguridad. Ahora ya no. Me siento apoyada por mis amistades y por la comunidad. Ya me siento mejor en la calle.
Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. Haciendo malabares con el género: Jennifer Miller. – 375 – Todo ello teniendo en cuenta además cómo es necesario que ese contexto sea capaz de revisar una y otra vez aquellos ejercicios de exclusión que desarrolla, pudiendo dar cabida a un sujeto no conformado ya de forma definitiva sino en constante modificación. La reconfiguración del discurso que interpreta al ser humano debe proponerse en la medida en que las propias individualidades que constituyen eso que denominamos lo humano –no que lo acotan en los límites de lo que debe ser sino que lo hacen posible, que permiten que el concepto de lo humano emerja como algo complejo– fuercen a ese discurso, a esa definición, a flexibilizarse a partir del desarrollo de estrategias de subversión. Se trataría por tanto de identificar posibles estrategias de ruptura con lo normativo en la actuación vital de determinados cuerpos. En esta búsqueda de un lugar donde situar lo humano no normativo que el discurso de lo hegemónico pretende relegar a los márgenes, hemos de tener en cuenta cómo el proceso –reiterando de nuevo la idea butleriana pero acudiendo a las palabras concretas de Miller– no es algo anecdótico, que surja por una decisión aleatoria y dependa del libre albedrío de la persona que presenta una corporalidad no ajustada a la norma. La repetición performativa desacomodada conlleva una respuesta que puede acarrear distintos grados de violencia, Tengo miedo de ir al baño en lugares públicos. Siempre tengo que traer a alguien conmigo y hablar cuando entramos para que escuchen mi voz porque no quiero que las mujeres me pregunten: “¿qué está usted haciendo aquí?” (…) Me acuerdo de haber sentido mucho miedo y no me convertí en dueña orgullosa de mi barba fácilmente o rápidamente. Tengo una vaga idea de un viaje a través del país, cuando lo noté estaba en un baño público y digo, “¿qué es esto en mi mandíbula?”. No sabía qué hacer, pero crecía de una manera muy lenta o sea que tuve años para pensarlo. Cualquiera puede tener uno o dos pelos en la mandíbula pero yo estaba pronunciándome como lesbiana en aquel tiempo. Tenía diecisiete años durante la era del movimiento lesbiano que estaba basado en el reinado el matriarcado y el derrocamiento del patriarcado. Esto incluía no sólo derechos iguales pero un nuevo sistema [sic], y el reclamar lo que pensábamos era natural y de la naturaleza. La experiencia de Miller, su percepción acerca de su propia identidad, supone una concepción de la norma de género como algo que se va construyendo, no como algo dado en correspondencia con un cuerpo adecuado a la norma, Mi definición de género sexual es creada no sólo a través de cómo soy y quién soy, pero también por mi interacción con la sociedad. Yo estaría contenta de considerarme una mujer con barba, aunque mi definición de mujer no es algo rígido, sino más inclusivo. Siento que la experiencia de ser tratada como un hombre por años afecta mi carácter de tal manera que en un sentido cultural mi interacción con la sociedad crea mi género sexual. Me siento un poco diferente de lo que sería simplemente una mujer. A pesar de reivindicar el hecho de ser una mujer, el cuestionamiento que se desarrolla sobre su cuerpo una y otra vez, en todos los contextos, conlleva una reinterpretación en su figura de lo que pueda ser una mujer y, por lo tanto, de lo que significa llegar a ser una mujer o un hombre en cualquier caso. No es solo su reflexión acerca de sí misma lo que resulta
María José Galé Moyano Thémata. Revista de Filosofía Nº 46 (2012 - Segundo semestre) pp.: 369-376. – 376 – interesante sino también sus preguntas, sus inseguridades, la imposibilidad de reivindicar para sí una identidad fija, soberana, de acotar los límites de su actuación, Cómo una lesbiana barbuda se comporta no lo sé. ¿Cuál es su pregunta? ¿Qué es travestismo? No lo sé. Pregúntame otro día y lo entenderé, pero hoy, no lo entiendo. Me siento como un travesti, soy un travesti, somos todos travestis. (…) ¿Te da poder? ¿Qué? La diferencia. ¿De ser barbuda? Mucho poder. El poder ganado por haber tenido que pasar por tanta mierda. El tener que haber pensado tantas preguntas. Como el poder básico que dan ciertas clases de opresión, si se lucha contra ellas, esa clase de poder. Hace unos años sentí que estaba logrando mucho poder al sentirme sin secretos, al saber que había llegado al fin de la búsqueda por la mujer perfecta, y que yo nunca lo sería. Estaba liberada de buscar cualquier cosa en la sociedad dominante. Miller verbaliza la idea de haber ganado un gran poder después de haber tenido que enfrentarse a toda una serie de ejercicios de exclusión desarrollados en distintos contextos de intelección pero también después de haber roto con el estereotipo de mujer predominante en ellos. A través de la necesidad de existir, de que su cuerpo sea entendido por el resto de personas e incorporándose a la categoría mujer, fuerza a esta a reconfigurarse y por tanto a ubicar de nuevo los lugares que ocupan las distintas realidades dentro del continuo sexo-género. En este sentido, las manifestaciones de la diferencia, identificables no ya en el cuerpo de Miller sino de cualquier persona puesto que ninguna es capaz de cumplir con éxito la imitación de un supuesto modelo primigenio en su performatividad de género, suponen siempre la posibilidad de criticar la norma y, por tanto, de subvertirla a través de la actuación vital. En definitiva, nuestro género, como el de Miller, se configurará permanentemente en una tensión –una inestabilidad, un estar en el aire– entre aquellas actuaciones que desde nuestros contextos vitales puedan ser comprendidas, vivibles y toda una serie de repeticiones fallidas que permitan revisar los ejercicios de exclusión que la norma realiza.