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El arquitecto curioso [Reseña]

Marina Castillo, Alberto

Abstract

En El arquitecto curioso, Alberto Marina Castillo reseña la edición y traducción que Josep Quetglas hace del Oikonomikós de Jenofonte (Saber habitar, Ediciones Asimétricas, 2023). La reseña describe la traducción como un acto de lectura cuidadoso, comparable a una conversación íntima en un café clásico, donde lector, autor y traductor se encuentran en diálogo vivo. Quetglas se aproxima al texto con humildad y rigor, reconociendo la distancia cultural y lingüística que nos separa del griego antiguo, pero también defendiendo la posibilidad de trasplantar su pensamiento a nuestra lengua contemporánea. Más que traducir palabra por palabra, su trabajo implica una forma de jardinería conceptual, donde el éxito del trasplante depende tanto del arte del traductor como del terreno del lector.

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365 ASTRÁGALO. Cultura de la Arquitectura y de la Ciudad, 37 (2025). ISSNe: 2469-0503 Attribution-NonCommercial-ShareAlike. Review https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i38.15 EL ARQUITECTO CURIOSO / THE CURIOUS ARCHITECT / O ARQUITETO CURIOSO Alberto Marina Castillo Universidad Pablo de Olavide [email protected] 0000-0002-3535-5149 Reseña de Saber habitar. Oikonomikós, de Jenofonte. Traducción y notas de Josep Quetglas / Review of Saber habitar. Oikonomikos, by Xenophon. Translation and notes by Josep Quetglas / Resenha de Saber habitar. Oikonomikos, de Xenofonte. Tradução e notas de Josep Quetglas Asimétricas, Madrid, 2023 El trabajo de Josep Quetglas para esta traducción de Jenofonte remite a lo que me atrevo a llamar la lógica del café. Y no hablo de un café cualquiera, ni por asomo de ésos franquiciados que minan hoy nuestros centros históricos, sino que debemos imaginar el establecimiento en su esplendor: pongo por caso el parisino Zimmer, en la Place du Châtelet, y estoy pensando, claro, en la escena célebre de Vivre sa vie (Godard, 1962) en la que el filósofo Brice Parain charla con Nana (Anna Karina) y dice algo así como “que es extraordinario que podamos comprender a Platón, aún se deja entender, y eso que escribió en griego hace... ¿cuántos, 2.500 años? Nadie conoce la lengua de aquel tiempo, por lo menos no exactamente. Sin embargo, algo queda”. Aún más, citando a Szlezák, cabe leer los diálogos de Platón y por ende los de Jenofonte como auténticos “dramas filosóficos”, donde aflora “el sentimiento de que uno como lector no es sólo testigo, sino también de alguna manera parte en la viva disputa” (Leer a Platón, Alianza, 1997, p.15). Y en el caso de este Saber habitar, no sólo leemos el diálogo como si participáramos en una grata y encendida charla de café con aquellas eL arQUitecto cUrioso 366 ASTRAGALO Nº 38 | MAYO / MAY / MAIO 2025 2025 | Visual Article | ISSN 2469-0503 presencias milenarias y fantasmales, sino también con el traductor, amigo suyo, que nos precede y que se queda a cenar lo que dure nuestra lectura. Pero, por otro lado, es cierto que el compromiso de comprender y traducir a los antiguos griegos, a cuya lengua estamos siempre regresando, se sustenta sobre inestables cimientos: como declara Quetglas, “no se traduce entre iguales. Si la griega es desconocida, nuestra lengua es “desconocedora” (p.45). Por obvio que parezca, conviene reconocer además que no entendemos a los antiguos —no necesariamente— mejor de lo que ellos mismos lo hicieron; o recordar, con el fulmíneo Novalis, aquello de que “pasa con la literatura clásica como con la Antigüedad: propiamente hablando, no se nos ha dado —no está presente—, sino que debe ser producida por nosotros” (cit. en Walter Benjamin, El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán, Abada, 2010, p.115). Dicho esto, téngase en cuenta que ni Quetglas ni este otro lector cómplice suscriben la presunta intraducibilidad de aquella literatura: asumimos que esa jardinería conceptual, en los mejores casos, logra trasplantarla con éxito a otros suelos, y que los plantones arraiguen y prosperen depende, como decía Lacarrière en su Diccionario del amante de Grecia, del arte del jardinero como de la tierra de acogida. Que traducir no es traicionar, sino más bien trasplantar. Me parece aleccionadora la última sección de su muy provechosa “Nota previa”, donde Quetglas, que se conduce con eso que Maurizio Bettini llama “arte di prudenza culturale”, reconoce que toma “como modelo de traducción la de Cesare Pavese de algunas poesías de Hesíodos [sic], donde la lengua italiana queda descoyuntada, balbuceada, y los pespuntes del ejercicio escolar de traducción se conservan y exhiben. La traducción, en este caso, aparece con la reverencia, agradecimiento y sinceridad de un humilde acto de lectura que ha necesitado poner el dedo en cada letra y pronunciarla torpemente en voz alta” (p.46). El lector aplaude esa honestidad en el traductor y la plena implicación del arquitecto y pensador que ha aprendido el griego antiguo quizás — aventuro— mientras tenía en mente esta edición, a la que aporta incluso la fotografía de cubierta: las muchachas de terracota que juegan a las tabas, como indicio del jovial e intenso intercambio dialógico que promete este Saber habitar. Oikonomikós. Se trata, curiosamente, de una de las piezas del British Museum que circularon por nuestro país hace poco menos de diez años gracias a la exposición Agón! La competición en la antigua Grecia, y de nuevo imagino que acompañaría a quien estudiaba por entonces el texto en griego de Jenofonte con vistas a su publicación. Puestos a divagar —que no es sino una forma más de enseñorearse de lo leído, de incorporarlo—, confieso mi sorpresa ante una coincidencia digamos múltiple y acaso azarosa: pues eso a lo que allí juegan las muchachas (que si tienen suerte obtendrán la máxima puntuación bajo la figura conocida como “Afrodita”, mostrando cada una de las tabas una cara diferente) se llamaba en griego precisamente ἀστράγαλος, nombre de esta publicación, en cuya cabecera se afirma que “alude a una pieza del orden arquitectónico, que articula lo vertical y lo horizontal, lo soportado y el soporte, lo real y lo imaginario. Es una pieza pequeña pero fundamental, que une y separa, que distingue y conecta. También sugiere ramas de flores, a veces solitarias”. La coincidencia podrá ser casual, pero no deja de parecerme significativa, tanto más cuando reparamos en que aquel juego de los astrágaloi o de las tabas (si bien en su variante kúboi) se cuenta entre las téchnai que Theuth inventa y regala, como divinidad filantrópica, a la humanidad, según el mito relatado por Sócrates en el Fedro: y es que “el número, la astronomía, los juegos, las letras son espacios marcados en ese territorio donde la naturaleza humana empieza, verdaderamente, su proceso de humanización” (Emilio Lledó, El surco del tiempo, Crítica, 2000, p.43). Si Quetglas se enfrasca en la traducción del Oikonomikós es por considerarlo un texto capital, un diálogo sólo en apariencia menor —como insignificante podría antojarse, en principio, el elemento arquitectónico cuyo nombre aprovecha alberto marina castillo https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2025.i38.15 367 esta publicación y que se revela luego como “pieza pequeña pero fundamental”—, una obra que el maestro rescata como momento fundacional de otra forma de entender la casa, opuesta a la implantada mediante la lectura canónica de Vitruvio. El lector disculpa, por no decir que agradece, cierta dispersión en el texto introductorio y las muy sugerentes notas, ya que compensa con creces que el traductor y ensayista lance sus redes sobre un panorama tan amplio de intereses y lecturas. El filólogo clásico queda fascinado al descubrírsele este Jenofonte funcionalista: “Una casa, para Smithson, debería estar constituida en un 25-30 % de armarios. Jenofonte hubiera habitado a gusto en ella” (p.32). Digámoslo de una vez por todas: el ensayo introductorio de Quetglas remonta nuestra lectura a un tiempo en que — según la observación de Gilbert Murray— los manuales no habían abandonado aún, especializándose, el reino de las Musas. Confieso que he disfrutado particularmente de la estupenda sección 5 “Sobre “mandar” y “obedecer” (pp.29-37), donde Foucault queda discretamente refutado, si bien Quetglas se muestra mucho más mesurado de lo que yo mismo lo sería considerando en particular el acercamiento a la Antigüedad en su conjunto del autor de Les mots et les choses (al cual, por otra parte, y como diría el bueno de Agustín García Calvo cuando se refería a la Cultura con mayúsculas, odio cordialmente). Y como todo buen libro, el valioso volumen de Quetglas invita al descubrimiento de otros títulos y conjura además la presencia de lecturas próximas: cerca están, en mi caso, las de dos autoras de su generación. Carmen Estrada nos regaló primero una Odisea ilustrada (por Brieva, hijo suyo), auténtica filigrana de adaptación semejante en espíritu a aquella traducción de Samuel Butler que Borges elogiaba como “irónica novela burguesa”, y luego La herencia de Eva. Del instinto de curiosidad a la ciencia moderna (Taurus, 2024). Como Quetglas, Estrada cultiva el griego clásico como culminación (o guinda) de una carrera científico-técnica que no puede entenderse sin esa apertura humanística. En cuanto a Adriana Cavarero, no logro desligar la lectura de este Saber habitar de la Penélope con que comienza su recientemente traducido A pesar de Platón (Galaxia Gutenberg, 2024), donde la ensayista italiana revela en qué consiste su “técnica de latrocinio: en sustraer las figuras femeninas a su contexto y dejar que la tela rasgada permita entrever los nudos que conforman la trama conceptual que las oculta”. Gracias a Cavarero —o por su culpa— ahora puedo imaginar a la esposa de Iscómacos en el diálogo de Jenofonte, reducida como Penélope al espacio femenino de los telares, puertas adentro, tejiendo y destejiendo una antigua trama, y así perfilando “un primer horizonte de pertenencia que excluye el masculino afanarse en el reino de la muerte que el varón ha elegido como medida y límite extremo de sus sangrientos horizontes” (A pesar de Platón, pp.41-42).