El ego docente, punto ciego de la enseñanza, el desarrollo profesional y la formación del profesorado
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99 Herrán Gascón, A. de la, y González Sánchez, I. (2002): El ego docente, punto ciego de la enseñanza, el desarrollo profesional y la formación del profesorado. Madrid, Editorial Universitas (páginas: 356). Este libro es una invitación a reconsiderar la vocación, la misión, la función y la tarea docente desde ámbitos psicopedagógicos poco cultivados en la formación de profesores. El docente que exige la educación actual y futura no puede ser un simple asalariado, ni un empleado y menos un “mercenario” de la enseñanza. Se nos exige a los profesores ser consecuentes, auténticos, un fiel, vivo y constante testimonio ejemplar de lo que es el desarrollo integral de la personalidad. Éste –nos dicen los autores– no se puede acometer sin un cabal conocimiento de nuestras debilidades y fortalezas y sin una atinada intervención en base a ellas. El ego docente nos ofrece la posibilidad de considerar la imagen real (“así somos”) y virtual (es bueno mirarnos “desde fuera”) que tenemos los profesores de nosotros mismos. No nos referimos a la “imagen” como apariencia externa sino a la realidad personal que muestra un continuo y consciente proceso de interiorización hacia el mejoramiento de la vida humana, hacia una plenitud inagotable, que sólo se alcanza cuando, traspasando el cúmulo de condicionamientos del ego, se es progresivamente consciente de/desde alguien. Éste es al acto educativo por antono-masia: ser plenamente consciente de nuestro alguien para dirigirnos/comunicarnos con otro alguien, al que nuestros autores nos conducen a lo largo de esta confluyente expresión de voluntades, como podemos constatar en la amplia bibliografía que enriquece la obra de estos dos experimentados profesores. La formación del profesor debe estar centrada en la transformación interior (“desegotización”) y en la experienciación del conocimiento. Observación-reflexión profundas para reconocer y desmontar las tramas del ego; preparación pedagógica y científica constante y ejemplaridad docente son ejes fundamentales para dicha formación. Éste es el único camino válido a una Psicología de la Educación, una Pedagogía y una Didáctica redefinidas, a las que se orienta este interesante y novedoso trabajo de Agustín de la Herrán e Isabel González. Ésta no es una tarea individual, es más bien personal, es decir la que se da en la relación entre personas. Pues si del “ego docente” se trata, somos egoístas frente a los demás y nos podemos desegotizar no sin la ayuda de los otros. Por otra parte –como nos dice el prólogo del libro– el conocimiento de nuestro ego docente es una exigencia de la ética profesional. Ésta sólo es posible comprobar, vivir, faltar a ella, desarrollar cuando dos a más personas se encuentran realizando una tarea común. Es en la relación personal donde se da la natural disolución del ego (centrismo), como objetivo educativo fundamental de la nueva tradición formativa a la que apunta este trabajo. Nos parece de singular importancia que, desde el campo de la educación, empecemos a distinguir mejor la mente, el yo, el ego; la mente-yo, el yo-ego y sus caminos educativos adecuados para descubrirlos, distinguirlos y encaminar sus virtualidades hacia la evolución y desarrollo personal, en términos del paso del ego a la conciencia. Si el punto ciego de la enseñanza es el ego docente, la toma de conciencia del mismo puede constituirse para el profesor en fuente de inagotable riqueza para su transformación personal y profesional, así como en medio fundamental de motivación, enseñanza y comunicación en la relación pedagógica. El esfuerzo del docente para reconocer sus egos permite la identificación de su grandeza de educador. Supone la dureza de descubrirse ante sus alumnos. Esta humanizante actitud Revista de Enseñanza Universitaria 2003, N.º 22; 99-100
Jesús Muñoz Díez 100100 tiene grandes repercusiones en la vida y en el aprendizaje de cada uno. Encontrar los métodos por los cuales los “egos” limitan nuestro desarrollo y actuar con la correspondiente humildad o modestia intelectual es una de las claves fundamentales del éxito en la educación y de la comunicación didáctica. En suma, tenemos ante nosotros una obra trascendente e iluminadora de las Ciencias de la Educación. Muy sugerente para quienes sentimos la necesidad de nuevos planteamientos hacia una mejor formación inicial y en servicio de los profesores que requiere este nuevo siglo de la educación en el que nos encontramos. Recomendamos su lectura reflexiva, atenta, pausada. Son tantas las propuestas de mejoramiento (o desempeoramiento) que contiene “El ego docente” que podría constituirse en un curso abierto de formación y capacitación didáctica para las comunidades de investigación y diálogo que tenemos que constituir los educadores. Jesús Muñoz Díez Exrector de la Universidad de Ibarra (Ecuador)