Kant y el fin de la filosofía de la naturaleza
Abstract
Este artículo estudia la importancia de la filosofía de la naturaleza en la obra de Kant, y también analiza la importancia que tuvieron la ciencia y las matemáticas en la educación del filósofo. El autor intenta mostrar hasta dónde llegaba el conocimiento por parte de Kant de la ciencia de su tiempo. También trata de determinar la importancia de su influjo y su posible responsabilidad en la decadencia de la cosmología filosófica en el pensamiento contemporáneo.
Full text
Resumen Este artículo estudia la importancia de la filosofía de la naturaleza en la obra de Kant, y también analiza la importancia que tuvieron la ciencia y las matemáticas en la educación del filósofo. El autor intenta mostrar hasta dónde llegaba el conocimiento por parte de Kant de la ciencia de su tiempo. También trata de determinar la importancia de su influjo y su posible responsabilidad en la decadencia de la cosmología filosófica en el pensamiento contemporáneo. Palabras clave: filosofía de la naturaleza, ciencia, teleología, Ilustración. Abstract This article studies the moment of the philosophy of nature in Kant’s works; it realizes how important science and mathematics were in the philosopher’s education. The aim of the author consists in making clear how much Kant knew about the condition of science in his century; he tries to determinate the extent of Kant’s influence, going on to scrutinize in which way such influence results in the decadence of the philosophical cosmology in contemporary thought. Key words: philosophy of science, science, teleology, enlightment. Si contemplamos la filosofía kantiana desde una perspectiva histórica, quiero decir, a la vista de los efectos que realmente produjo, y no de las consecuencias extraídas a partir de un análisis lógico de su contenido, constatamos que el influjo del criticismo sobre la evolución de la filosofía no consistió en promover el descrédito de la metafísica como disciplina teórica, ni mucho menos. En efecto: tomando como base la división que hace Christian Wolff de la metafísica, podría asegurarse que para tres de sus partes fundamentales (la ontología, la teodicea y la psicología racional o, como hoy diríamos, la antropoloEnrahonar 36, 2004 11-24 Kant y el fin de la filosofía de la naturaleza Juan Arana Universidad de Sevilla Sumario 1. La crisis de la filosofía de la naturaleza 2. Kant y la crisis de la filosofía de la naturaleza Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 11
gía filosófica), la filosofía trascendental representa, más que un serio revés, un revulsivo estimulante, de forma que, a partir de Kant y en conexión directa con su pensamiento, estas disciplinas entran en una de las etapas más brillantes y sugestivas de su historia. El hecho es tan evidente y conocido que creo poder prescindir de la necesidad de demostrarlo o ilustrarlo. En cambio, no se ha llamado con tanta frecuencia la atención sobre la circunstancia de que el idealismo crítico coincide cronológicamente con la crisis más profunda que se conoce en la cuarta ciencia metafísica del esquema wolffiano, esto es, en la cosmología filosófica o filosofía de la naturaleza, crisis de la que sólo un loable optimismo que me gustaría compartir permite suponer que haya sido superada en la actualidad. Aunque profesionalmente me dedico a enseñarla, tengo la impresión de que la filosofía de la naturaleza sigue siendo hoy en día la «Cenicienta» de las ciencias filosóficas. Se da incluso el caso de que muchos de sus secretos cultivadores prefieren apadrinar sus trabajos bajo la rúbrica menos desamparada de la filosofía de la ciencia. Quizás fuera bueno asumir esta situación fáctica, pero si tenemos una mínima escrupulosidad semántica, tendríamos que admitir que la filosofía de la ciencia hace referencia a una reflexión sobre el conocimiento, mientras la filosofía de la naturaleza requiere hablar sobre un determinado campo de objetos y no meramente sobre las condiciones para estudiarlo y conocerlo. Sé que esta matización no satisface a muchas personas, para las cuales resulta cómica la pretensión por parte de los filósofos de sentar sus propias tesis sobre el ámbito de lo físico a esta alturas, ya que piensan que sólo la ignorancia puede explicar esta falta de respeto a la ciencia en los albores ya del siglo XXI. No deseo polemizar ahora con estas personas, las cuales, por otra parte, probablemente estarán de acuerdo con la afirmación de que la antigua filosofía de la naturaleza conoció una aguda crisis en los tiempos inmediatamente posteriores a Kant. Mi intervención va a limitarse a caracterizar esta crisis, analizar el papel desempeñado por Kant en su desarrollo y, por último, intentar establecer si la herencia kantiana asumida por el pensamiento contemporáneo ha influido en el relativo fracaso de los intentos efectuados a lo largo de los siglos XIX y XX para «resucitar» la filosofía de la naturaleza. 1. La crisis de la filosofía de la naturaleza Por muy problemática que sea la presente situación de la filosofía de la naturaleza, nadie puede discutir que su pasado es brillante. En ella se inscribe la parte cuantitativa y cualitativamente más importante de la especulación presocrática y, más tarde, obras de tanta trascendencia como el Timeo platónico, los escritos físicos de Aristóteles o algunos de los trabajos más significativos de las escuelas estoica y epicúrea, sin olvidar la larga tradición de comentaristas de la tardía antigüedad y la edad media. En el Renacimiento, la problemática cosmológica constituye un eje fundamental de las discusiones filosóficas, como puede comprobar cualquiera que se asome a las obras de Leonardo da Vinci, Giordano Bruno o Bernardino Telesio. Por su parte, el racionalismo barroco e ilustrado ha dado dos obras cumbres de la historia de la disciplina: los Principia 12 Enrahonar 36, 2004 Juan Arana Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 12
philosophiae de Descartes (1644) y la Cosmologia rationalis de Christian Wolff (1731). A fines del siglo XVIII lo que seguía enseñándose como física en la mayor parte de las universidades europeas se parecía más a la Cosmologia de Wolff que a las obras de Newton. Los manuales que todo profesor tenía que tomar obligatoriamente como base para sus explicaciones reunían, de modo paradójico, consideraciones metafísicas apriorísticas sobre el ente físico con informes detallados, cuajados de anécdotas, sobre la experiencia. Lo único que no contenían era la parte teórica y las formulaciones matemáticas características de la física moderna1. Además, todo filósofo sistemático que se preciara —especie todavía abundante en tiempos de la Ilustración, al menos en Alemania—, se veía en la obligación moral de escribir una obra cosmológica2, o bien dedicar una parte considerable de sus tratados generales a exponer los principios básicos del conocimiento de la naturaleza3. Este panorama cambia por completo en los primeros decenios del siglo XIX. El empirismo, siempre hostil a la física especulativa, fructificó en el positivismo, que trató de convertir en ley epistemológica esa hostilidad. Al mismo tiempo, la reacción romántica contra el materialismo de la Ilustración tardía, consiguió imprimir al concepto de naturaleza unas connotaciones muy poco idóneas para la teorización filosófica. Paralelamente, el idealismo —la corriente sobre la que gravita el esfuerzo filosófico del momento— pretende ofrecer una explicación de lo físico completamente al margen de la nueva ciencia, que no tarda en ser rechazada unánimemente por el mundo científico. Todo esto, sin embargo, constituye un aspecto superficial del asunto. Lo que dio al traste con la filosofía de la naturaleza no fue ni los ataques de los positivistas, ni la hostilidad de los románticos, ni la desmesurada especulación de los idealistas. Para poder ponderar las causas profundas del hecho es necesario atender a la lógica interna del proceso y, en particular, al problema de las relaciones de la filosofía con las ciencias positivas de la naturaleza. Sin que se pueda determinar una fecha exacta para su nacimiento, lo cierto es que durante la Ilustración ya estaban ahí, y su presencia planteó el problema teórico más crucial de un siglo que todavía es costumbre llamar «de los filósofos». ¿En qué momento un vago malestar se transforma en un dolor inequívoco? ¿Cómo y cuándo la sospecha se convierte en certeza? ¿De qué forma lo que sólo era mera amistad alcanza el apremio de la pasión amorosa, o la simple hostilidad degenera en odio acervo? A veces es posible señalar el momento preciso en que se ha producido la repentina metamorfosis, pero lo más usual es que descubramos de pronto algo que no sabemos decir a ciencia cierta cuándo apareció. La Kant y el fin de la filosofía de la naturaleza Enrahonar 36, 2004 13 1. Véanse, p. ej., J.P. EBERHARD, Erste Gründe des Naturlehre, Halle, Renger, 1767; J.Ch.P. ERXLEBEN, Anfangsgründe der Naturlehre, Göttingen, Dieterich, 1772; W.J.G. KARSTENS, Anleitung zur gemeinnützlichen Kentnnis der Natur, Halle, Renger, 1783. 2. Así, A. RÜDIGER con su Physica divina (1716); SPERLETTE con su Physica nova (1694), CRUSIUS con su Anleitung über natürliche Begebenheiten (1749)… 3. Como en las Dilucidationes philosophicae de BILFINGER (1725); las Institutiones de THÜMMIG (1725-6) o la Weltweisheit de GOTTSCHED (1733-4). Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 13
gestación de la ciencia positiva como algo separado y aún opuesto a la filosofía se encuentra en este último caso. El proceso, sea como fuere, no se produjo como algo súbito en el tiempo ni se repartió homogéneamente en el espacio. Fuera de unos pocos lugares, los filósofos digamos «convencionales» del siglo XVIII no se sentían obligados a pedir un permiso especial para intentar resolver cuestiones que hoy consideramos incumbencia exclusiva de la ciencia positiva. Sin ir más lejos, el propio Kant propuso una estimación del período de rotación de Saturno4. Con gran frecuencia resulta muy difícil encuadrar a determinados sujetos dentro de las categorías pretendidamente separadas y estancas de la «ciencia» y la «filosofía». ¿A cuál de ellas, por ejemplo, deben ser adscritos los últimos cartesianos, hombres como Rohault o Régis, que se dedicaban fundamentalmente a ilustrar mediante demostraciones prácticas experimentales doctrinas concebidas especulativamente?5. No se trata, por lo demás, de los únicos casos: hay muchos nombres de indudable relevancia histórica que no suelen aparecer ni en las historias de la filosofía ni tampoco en las de la ciencia, precisamente porque sus biografías se convierten en algo fragmentario e inconexo al aplicarles nuestros intocables criterios de demarcación. Las vinculaciones que entonces se establecían entre tesis filosóficas abstractas y cuestiones fácticas concretísimas, como la curvatura del meridiano terrestre6 o la altura que alcanza el péndulo en sus oscilaciones7, asombrarían a cualquier partidario ingenuo de las doctrinas de la falsación empírica, llevándole a la conclusión de que para las gentes de la época la existencia de Dios o la eternidad del mundo eran de hecho cuestiones científicas, puesto que se consideraban empíricamente refutables. Todavía en plena época de las luces lo más usual era que los filósofos recogieran y discutieran los últimos resultados empíricos en sus tratados de cosmología general. Es cierto que por esta época podemos detectar la existencia de una división efectiva y operante entre la ciencia y la filosofía de la naturaleza, como atestiguan las clasificaciones del saber que se publican8, pero es dudoso que tal separación obedeciera a la creencia de que había aquí dos modos específicamente diversos de conocer el mundo físico. Lo normal era que cada autor, a tenor de su posición personal, preconizara un determinado modelo de ciencia «positiva» asociado a una forma coherente de abordar la filosofía de la naturaleza, aportando después contribuciones a uno solo o a ambos campos a la vez9. Lo que sí se da ya con claridad en el siglo XVIII 14 Enrahonar 36, 2004 Juan Arana 4. Véase Allgemeine Naturgeschichte…, AK I, p. 298. 5. Véase P. MOUY, Le développement de la physique cartésienne, París, Vrin, 1934, p. 103-113; 145-147. 6. Con la cuestión de la imposibilidad de determinado tipo de relaciones entre los cuerpos. Véase P.L.M. de MAUPERTUIS, Discours sur la figure des astres, 1732. 7. Con la existencia en los cuerpos de una interioridad metafísica extraespacial. Véase LEIBNIZ, Brevis demonstratio erroris memorabilis Cartesii…, Math. Schr., VI, p. 117-119. 8. Véase G. TONELLI, «The problem of the classification of the sciences in Kant’s time», Riv. crit. St. d. Fil., 30 (1975), p. 243-294. 9. Incluso los que consideramos hoy en día ante todo como científicos. Así, D’ALEMBERT en su Essai sur les éléments de philosophie, u EULER en sus Lettres à une princesse d’Allemagne. Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 14
y, hasta cierto punto, también en el XVII es una conciencia de especialización. Esto sugiere que el motivo determinante de la separación entre la ciencia y la filosofía de la naturaleza puede haber sido simplemente práctico: la inmensa acumulación de datos y hallazgos y el desarrollo de procedimientos de observación y medida que requería un aprendizaje y entrenamiento específicos hizo imposible que nadie después de la muerte de Leibniz pudiera asumir de un modo activo y pleno todos los cometidos relacionados con el estudio del mundo físico. Tal vez la necesidad de dar títulos a los libros y denominaciones a las profesiones influyó más en la generalización que estudiamos que las discusiones gnoseológicas y epistemológicas. Sin embargo, aun cuando se acepten las anteriores consideraciones, podemos y debemos preguntarnos por qué sufrió una crisis de fundamentos tan profunda la filosofía de la naturaleza poco después de separarse de las ciencias empíricas y matemáticas. Ya dije que la crisis coincide en el tiempo y en el espacio con la difusión de la filosofía trascendental, lo cual no significa que quiera hacer a Kant personalmente responsable de ella. Creo que las causas son estructurales y van más allá de la acción de un pensador concreto, por muy importante que sea. No obstante, así como tensiones sociales acumuladas durante siglos acaban desencadenando en unos pocos años transformaciones decisivas, cuyos protagonistas en cierto modo configuran la situación que prevalecerá en la etapa subsiguiente, tengo la impresión de que Kant, aunque no fuera el culpable de la crisis de la filosofía de la naturaleza, sí fue en cambio la figura que más influyó en su desarrollo, de suerte que, aun cuando sin él la crisis se habría producido de todos modos, con él evolucionó en la forma en que lo hizo y en buena parte por él tuvo las consecuencias que finalmente ha tenido. Esto es importante, porque el hecho de que los filósofos hayan quedado desautorizados para tratar de las cuestiones sustantivas que estudian los científicos, ha generado la escisión entre la civilización tecnológica y la cultura humanística, que a su vez está en la raíz de muchos de los problemas que hoy nos preocupan. 2. Kant y la crisis de la filosofía de la naturaleza También en éste, como en otros aspectos, lo que resulta más admirable del pensador alemán es la plenitud con que encarna las inquietudes de su tiempo. Su obra intelectual se abre y se cierra con sendas obras sobre la física, y a todo lo largo de ella, aunque predominen las preocupaciones gnoseológicas, metafísicas o antropológicas, no olvida en ningún momento que una parte esencial de su misión histórica consiste en dar razón del progreso realizado por la moderna ciencia de la naturaleza, para hacerlo compatible y solidario con el progreso del conocimiento en general10 y de la propia humanidad11. La meta Kant y el fin de la filosofía de la naturaleza Enrahonar 36, 2004 15 10. Véase Preisschrift, AK II, p. 286. 11. Véase Handscriftliches Nachlaß, AK XX, p. 44 y s. Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 15
no puede ser más noble y ambiciosa, y los esfuerzos que invierte en su consecución tampoco son despreciables. Antes de llegar a las ideas fundamentales de su sistema, no se cansa de ensayar una y otra vez todas las soluciones posibles para armonizar los elementos en pugna, es decir: naturaleza y espíritu, teoría y praxis, matemática y filosofía, razón y experiencia, física y metafísica, etc., hasta llegar casi al agotamiento y la desesperación. La inspiración final, cuando llega, no supone tampoco un desciframiento completo del enigma, sino que, por el contrario, exige que Kant se ensimisme en nuevas y penosísimas reflexiones, en cuyo curso más de una vez está a punto de desistir, hasta que por fin puede ofrecer al mundo en la prodigiosa década de 1780 a 1790 el fruto de sus cavilaciones. En las exposiciones populares de Kant, se tiende a veces a ponderar su filosofía en detrimento de su figura personal, tantas veces caricaturizada por culpa del relato que hizo Wasiansky de sus manías seniles. Me parece que es algo muy injusto, ya que la mejor forma de apreciar la magnitud y el temple de un espíritu es evaluar la dificultad de las tareas que ha arrostrado y el tesón que ha puesto parar llevarlas a cabo. En este aspecto, no hay en todo el siglo XVIII ningún pensador que pueda compararse ni siquiera de lejos con Kant. Ahora bien, así como no dudo en profesar una abierta admiración por el hombre, no me siento inclinado a pensar que su preparación intelectual fuera algo insuperable para la época. Al menos como filósofo de la naturaleza, las limitaciones de su formación son bien evidentes12. Cuando Kant llegó a la universidad, no sabía prácticamente ni una palabra de matemáticas, física o historia natural13. Los progresos realizados en el conocimiento de estas ciencias dentro de la academia königsbergueriana son innegables, pero aún así no consiguió alcanzar ni siquiera remotamente el nivel de una persona auténticamente versada en la ciencia de la época. En primer lugar, hay que tener en cuenta que Kant no se dedicó exclusivamente en estos años a las materias científico-naturales. Su currículo parece haber sido más bien disperso14, dando muestras de un polifacetismo intelectual que conservó durante toda su juventud15. En segundo lugar, Königsberg no era en aquel momento un centro cultural donde se pudiera adquirir una formación científica cabal: estaba demasiado alejada de los puntos neurálgicos del progreso científico y su universidad estaba consagrada exclusivamente a la formación de teólogos, médicos y juristas para nutrir los cuadros de funcionariado prusiano16. En tercer lugar, los maestros que llevaron a Kant de la mano en sus primeros pasos filosóficos y científicos eran gentes honestas y bien intencionadas, pero distaban de ser autoridades en la materia: Rappolt, a pesar de ser profesor de física, dedicó 16 Enrahonar 36, 2004 Juan Arana 12. Uno de los mejores conocedores de Kant, Erich Adickes, lo reconoce abiertamente. Véase Kant als Naturforscher, Berlín, Gruyter, 1924, especialmente la introducción, vol. I, p. 1-64. 13. Véase K. VORLÄNDER, Immanuel Kant. Der Mann und das Werk, Hamburgo, Meiner, 1977, I, p. 26-34. 14. Véase K. Vorländer, Immanuel Kant…, I. p. 51-55. 15. Véase E. CASSIRER, Kants Leben und Lehre, Berlín, B. Cassirer, 1918, p. 45. 16. Véase B. ERDMANN, Martin Knutzen und seine Zeit, Hildesheim, Gerstenberg, 1973, p. 11 y s. Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 16
lo mejor de su esfuerzo docente a la enseñanza de las lenguas latina e inglesa y, como publicista, se dedicó ante todo a la descripción de aspectos y paisajes de su tierra natal17. Lo único que Kant le debe es el gusto por los libros de Alexander Pope, quien no era precisamente un científico. Teske era por lo visto un hombre de escaso valor, de quien un contemporáneo informa que «Kant tenía un concepto muy pobre y con razón»18. Y en cuanto al tercer y más celebrado mentor, Martin Knutzen, no era más que un joven profesor apenas unos años mayor que Kant, al que el exceso de trabajo llevó pronto a la tumba19 y cuyos objetivos intelectuales se cifraban en encontrar una síntesis entre la filosofía wolffiana y el pietismo20, así como solucionar la controversia suscitada dentro de la escuela de Wolff sobre la armonía preestablecida21. Por consiguiente, su atención no estaba centrada en la física o las matemáticas, ni sus conocimientos en estos ámbitos pasaban de ser los de un buen aficionado22. Tampoco había que ser otra cosa para enseñar estas disciplinas en la Universidad de Königsberg, muy alejada todavía de los tiempos de Helmholtz y Bessel. Los apuntes de los cursos dictados por el propio Kant, quien años después profesaría también física y matemáticas23, muestran cuán elemental era esta enseñanza, si la comparamos con las memorias que contemporáneamente se presentaban a las academias, los artículos que se publicaban en las revistas eruditas o los tratados redactados por autores solventes. Además, ¿por qué no reconocerlo?, los secretos del cálculo infinitesimal estuvieron siempre fuera del alcance de Kant, como atestiguan no sólo las reflexiones manuscritas24 y los cursos, sino también los claros errores25 que aparecen en sus publicaciones al manejar magnitudes infinitas e infinitesimales26. Aquí tocamos un punto quemante de la historiografía kantiana. El primer trabajo de nuestro hombre, la Estimación de las fuerzas vivas (1746), es un libro de considerable extensión que trata ciertos problemas de mecánica. El contenido científico del mismo era casi totalmente insostenible en el mismo momento de su publicación. La mayor parte de los intérpretes pasan piadosamente por encima Kant y el fin de la filosofía de la naturaleza Enrahonar 36, 2004 17 17. Véase J.G. MEUSEL, Lexikon der vom Jahr 1750 bis 1800 verstorbenen teutschen Schrifsteller, vol. XI, Leipzig, G. Fleischer, 1811, p. 43-45. 18. Véase B. Erdmann, Martin Knutzen…, p. 140. 19. Véase B. Erdmann, Martin Knutzen…, p. 48-52. 20. Véase B. Erdmann, Martin Knutzen…, p. 98 y s. 21. Véase B. Erdmann, Martin Knutzen…, p. 84-86. 22. Se ha conservado una correspondencia con Euler que consta de 74 documentos. Knutzen comunica al conocido sabio los resultados que ha obtenido en el campo de la observación astronómica, el magnetismo y las matemáticas; pero sobre todo trata de obtener su apoyo para una siempre frustrada promoción profesional. Véase Leonhardi Euleri Opera Omnia, vol. IV A, 1, Basel. Birkhäuser, 1975, p. 202-211. 23. Véase, p. ej., la Herder Mathematik (AK XXIX,1,1, p. 47-66), o lo referente al cálculo de la velocidad en la Danziger Physik (AK XXIX,1,1, p. 113-114), etc. 24. Véase Handsschriftlicher Nachlaß, AK XIV, p. 3-61. 25. Véanse Lebendige Kräfte, AK I, p. 124; Anfangsgründe, AK IV, p. 521-523. 26. Gottfried MARTIN («Kant und die moderne Mathematik», en Gesammelte Abhandlungen, vol. I, Köln, Kölner, 1961, p. 98-99) exalta los conocimientos y la dedicación de Kant a la matemática, pero no puede aportar ningún dato significativo en contra de esta afirmación. Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 17
de esta dolorosa circunstancia, aludiendo a las precarias condiciones en que fue escrito. Renuncian a entrar en pormenores y se concentran en los pocos pasajes en que Kant hace afirmaciones metodológicas o generaliza sobre la filosofía, el estado de las ciencias o su propia vocación intelectual. Estos pocos pasajes, siempre los mismos, aparecen citados y glosados una y otra vez. Es cierto que todo el mundo tiene derecho a equivocarse, y más cuando se tienen 22 años y se ha estudiado en una universidad de provincias. Sin embargo, lo que no se dice es que, aunque Kant modificó posteriormente muchas de las tesis genéricas del libro, ésas que tanto celebran los críticos, en cambio no llegó nunca a desdecirse de la mayor parte de sus errores científicos, reafirmando en plena madurez alguno de los más graves, como la distinción entre fuerzas vivas y muertas27. Si en obras posteriores de índole, digamos, científica, como la ya mencionada Historia general de la naturaleza, los desaciertos no son tan evidentes, es porque en ellas se acentúa el uso vago de los conceptos y la aplicación metafórica de los principios, al tiempo que se renuncia a emplear cualquier tipo de algoritmo matemático o a realizar la más mínima prueba experimental. Kant, en definitiva, se aparta cada vez más de las pautas metodológicas y epistemológicas de la ciencia de su tiempo, ya que no hay que olvidar que escribe sobre mecánica y cosmología, no sobre botánica o zoología. Supongo que, aun en el caso de que se me conceda la corrección de lo que he dicho hasta ahora, podría objetarse que Kant tal vez no fue un científico ejemplar, pero que a pesar de ello pudo ser un buen filósofo de la naturaleza. Precisamente ése es el punto que me propongo discutir a continuación. Ante todo constato, ateniéndome a lo expuesto, que Kant pertenece a la estirpe de cosmólogos iniciada por Wolff, esto es, la que integran individuos que no pueden ser considerados a la vez como científicos creadores, rango que en cambio es preciso reconocer a Descartes, Pascal, Leibniz, etc. Kant, al igual que Wolff y, entre paréntesis, lo mismo que la inmensa mayoría de los filósofos posteriores, se ve constreñido a adoptar una actitud meramente receptiva ante la ciencia natural. A estas alturas de la edad moderna, la ciencia físico-matemática es una realidad hecha y madura, algo con entidad propia, que sólo puede ser transformado desde dentro, por personas como Euler, Lambert, Lagrange o Laplace. Los que permanecen «fuera» tienen que resignarse a la condición de espectadores, arriesgándose como máximo a modificar algún pequeño detalle que quede al alcance de la mano, sin necesidad de franquear las puertas del análisis matemático o la experimentación sofisticada. Nótese además que la «exterioridad» del filósofo con respecto a la ciencia natural puede agravarse si, además de desconocer su trama teórica íntima, acepta como supuesto preliminar que la ciencia y la filosofía de la naturaleza son formas de conocimiento específicamente diferentes. En tal caso, el filósofo se ve obligado a tratar el estado de la ciencia del momento como un «todo» que puede acep18 Enrahonar 36, 2004 Juan Arana 27. Véanse Danziger Physik (1785), AK XXIX,1,1, p. 144-145, y Anfangsgründe (1786) AK IV, p. 538-539. Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 18
tar, rechazar o ponderar en su conjunto, pero sobre el que debe abstenerse de ejercer una crítica interna. El propio Kant ni siquiera estaba en buenas condiciones para hacer una evaluación global de la ciencia natural serena y distanciada, ya que vivió en medio de la euforia newtoniana que sacudió a Europa durante los dos últimos tercios del siglo XVIII28. La exactitud y la validez apodíctica de la geometría euclidiana y de la mecánica newtoniana son, como se sabe, dos supuestos básicos de su filosofía, hasta el punto de que en los Prolegómenos basa sobre ellos la posibilidad de llegar a la filosofía trascendental a través de un método analítico y no sintético como en la Crítica de la razón pura, es decir, procediendo a analizar las condiciones de posibilidad de la matemática y de la ciencia natural puras, aceptando como dada la existencia real de estas ciencias, concretada en la aritmética elemental, la geometría euclidiana y la mecánica newtoniana29. Los kantianos más fervorosos han insistido con los más variados argumentos en la capacidad del criticismo para sobrevivir a Lobatschevsky y Einstein30, tesis que no voy a discutir a fondo, pero que no anula el hecho de que las geometrías no euclidianas y las físicas postnewtonianas desvirtúan fácticamente dos supuestos que no son meros corolarios, sino principios genéticamente fundamentales de la filosofía kantiana. Incluso en la hipótesis de que el análisis kantiano de la objetividad pueda prescindir de apoyarse en ellos, hay que reconocer que están indisolublemente unidos a dos ideas centrales de la articulación del idealismo crítico, a saber, la exigencia de necesidad incondicionada para todo conocimiento científico en sentido propio y la unicidad formal de la intuición pura del espacio, identificada con la estructura de la geometría euclidiana. Dicho de un modo ingenuo, la derogación de estos dos supuestos significa que Kant propugnó una fundamentación del conocimiento teórico mucho más rigurosa de lo que requerían y permitían los ejemplos más perfectos y modélicos de saber científico que tenía a la vista. Construyó una teoría de conocimiento adaptada a una teorización del mundo fenoménico absolutamente única, y después ha resultado que existen muchas alternativas lógicamente equivalentes. No deja de ser admirable que el criticismo pueda asumir estas consecuencias conservando su identidad. Sin embargo, todo esto tiene que ver más con el Kant filósofo de la ciencia y de las matemáticas que con el Kant filósofo de la naturaleza. Para hablar de éste último es necesario recordar un par de distinciones, a fin de evitar los malentendidos que siempre acechan al confrontar la terminología kantiana con la de los pensadores precedentes o con las categorías usuales entre los historiadores del pensamiento. La primera se refiere a la que se establece entre ciencia y filosofía de la naturaleza. En mi exposición precedente, me he mostrado parKant y el fin de la filosofía de la naturaleza Enrahonar 36, 2004 19 28. Véase G. GUSDORF, Les principes de la pensée au siècle des lumières, París, Payot, 1971, p. 180-212. 29. Véase Prolegomena, § 4, AK IV, p. 274-275. 30. Véase A.C. ELSBACH, Kant und Einstein, Berlín, Gruyter, 1924, en cuya segunda parte (p. 160-368) pasa revista a la posición de los neokantianos con respecto a la teoría de la relatividad. Enrahonar 36 001-173 1/2/06 10:40 Página 19