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Carácter de la medicina contemporánea : discurso leído en la Universidad Literaria de Sevilla en la solemne inauguración del curso académico de 1893 a 1894

Meléndez y Herrera, Francisco

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CARACTER I)E LA MEDICINA CONTEMPORÁNEA. X3XSCTJKSO LEIDO EX LA UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA KN r,A SOLEMNE INAUGURACIÓN DEL CURSO ACADÉMICO DE 1893 A 1894. DISCURSO LEIDO EX LA UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA EN LA SOLEMNE INAUGURACION DEL CURSO ACADÉMICO DE 1893 A 1894 POR EL DOCTOR D. FRANCISCO MELÉNDEZ Y HERRERA CATEDRÁTICO DE MEDICINA OPERATORIA DE LA FACULTAD DE MEDICINA ESTABLECIDA EN CADIZ. 4 4 X CÁDIZ IMPRENTA 1)E LA REVISTA MÉDICA, de D. FEDERICO JOL\. CALLE CEBALLOS, NÚM. 1. 1893 cf'twio. LI énos aquí congregados para inaugurar un nuevo curso acaffflldémico en este sagrado recinto, que ha de ser turbado al¬ gunos instantes por mi débil voz, falta á la vez de la respe¬ tabilidad y el acierto de la de mis sabios predecesores. Este templo augusto, esas tumbas que encierran las cenizas de tan¬ tos ilustres varones, honra de la patria, el aparato solemne que me rodea, la gran ciudad, cuyas auras rara vez orearon mi ya cansada frente, este suelo, pocas veces hollado por mi planta: to¬ do esto se representaba tan al vivo en mi cerebro al tomar la plu ma para bosquejar este discurso, que habría bastado para hacer desfalleciese, no ya mi pobre aliento, sino otro harto mas vigoro so y robusto. Por eso debiera yo enmudecer en presencia vues tra, y por eso, á ser suficiente mi voluntad sola, habría declina do la alta honra de ocupar esta cátedra, si sobre aquel deseo, nacido no de falsa modestia, sino del conocimiento íntimo de mí mismo, no estuviese el sagrado deber de acatar los preceptos ( 2 ) 6 de la superior autoridad universitaria; preceptos que cumplo siempre, tanto más gustoso, cuanto que en mi obediencia van juntas la sumisión que debo al alto cargo de que aquellos ema¬ nan, y la profunda estima que profeso á la dignísima persona que lo desempeña. Grande es mi temor, excusable y legítima mi desconfianza al presentarme por vez primera ante este respetable claustro; ante vosotros, herederos de tantas glorias como encierra el claro nombre de la Universidad Sevillana; nombre que incólu¬ me guardáis, glorias que renováis para más enaltecer á esta madre común, que ha visto acrecentar las antiguas suyas, con las nada escasas que vino á ofrecerle la noble historia de otra escuela, que si cobijada bajo su mismo manto, vive apartada de ella por la distancia, no por el desamor. En nombre de aquella escuela, convertida hace ya más de medio siglo en vuestra Facuitad de Medicina, ocupo hoy este honroso sitio, y yo que, al verme para ello designado, me estremecí sintiendo todo el peso de la cruel comparación que habrá de establecerse entre las disertaciones pasadas y mi humilde trabajo,—sin que deje de lamentar la desgraciada elección que escoge lo más malo donde tanto bueno existe,—hube de tranquilizarme, re¬ flexionando que si ha de haber gradación en estos discursos, es preciso que alguna vez se oiga aquí, como en la ocasión presente, lo modesto y pobre, para poder compararlo con lo rico y de gran valor de los tiempos pasados. Olvidad, pues, ó borrad del todo las gratas reminiscencias que conserváis en la memoria de lo ocurrido aquí en años anteriores, y preparaos á escuchar por breves momentos la torpe palabra de un compañe¬ ro que todo lo espera de vuestra indulgencia y de vuestro afecto. Perplejo é irresoluto he estado antes de decidirme á ele¬ gir asunto para mi trabajo, que si como mío nunca habría de ser digno de vuestra ilustración, fuese al menos oportuno ó tole¬ rable. Vacilante y lleno de dudas, no sabía qué derrotero tomar; fácil me hubiera sido escoger cualquiera de esos numerosos pro¬ blemas quirúrgicos que á diario tenemos que estudiar y diluci¬ dar los que á esta clase de enseñanza nos dedicamos; pero en¬ tendí, que abusaría de vuestra atención haciéndola gravitar so¬ bre asuntos por demás técnicos ó circunscriptos: fijóse mi ánimo, por último, en los portentosos adelantos que la Ciencia Médica ha alcanzado en los modernos lustros: progresos debidos á las im¬ perecederas enseñanzas de lo pasado y á las fecundas energías de lo presente: constituyendo una esperanza legítima, por lo cier¬ ta, para el porvenir. Estudiar á grandes rasgos esos adelantos, basar ese estu¬ dio en el conocimiento de la Historia de nuestra ciencia en estos últimos tiempos, para deducir el carácter de la medicina contem¬ poránea, hé aquí lo que me propongo exponer en este trabajo, si me seguís prestando vuestra benevolencia. I. Dice el Génesis que formada la naturaleza por el sabio y omnipotente dictado de un Dios, que pronunció el mágico fiat con el que todo hubo de ordenarse, cambió de forma al hacer el hombre, exclamando: Faciamus hominem adsmilitudinem nostram ; e h i zo al hombre con sus propias manos y su propio aliento, ha ciendo que se cerniera el pensamiento divino sobre la maravillo sa síntesis encerrada en su prodigioso organismo. Al hacer este último ser, no faltó al pensamiento creador 8 que colocó la unidad de una ley constante, bajo la variedad in¬ mensa de las transformaciones y los fenómenos. Era una síntesis preciosa en que todo se enlazaba harmóni¬ camente, lo grande, lo inmenso, lo contrario; con lo chico, lo mi¬ croscópico, lo atómico; lo más sencillo, con aquello que presenta una variedad aturdidora: Dios, en fin, que es el gran principio, con la Creación, que es su obra niveladora del infinito. De aquí que sea posible al pensamiento subir por esa escala sorprenden¬ te que va desde el espíritu humano al divino, dejándose luego caer desde las alturas del Creador á los abismos de la criatura; ya para inventar la ciencia, ya para comprobarla y dejarla es¬ tablecida, explicándose todo acto por su potencia, todo efecto por su causa, toda consecuencia por su principio, y todo fenómeno por su ley. La idea de Dios al crear, obedece á una regla que aleja su obra del azar, y la somete al progreso; este aparece por todas partes expresado en la serie, en la continuidad, en lo diferente; siempre deja transparentar la unidad de la fuerza organizadora; y esta fuerza, actuando sobre la materia, la regula, la combina, la diluye, cambia su estado, y la somete á movimientos varios y á corrientes diversas, que la hacen aparecer como de distinta na¬ turaleza. ¡Cuánta distancia no vá desde la mecánica á la óptica! ¡Y cuánta más se observa desde el sonido á las corrientes de Ampáre! ¡Cómo confundir el misterioso trabajo de la semilla, bajo el fecundo suelo del trópico, productor del bosque, y cómo comprender esa labor secular del infusorio generando la isla co¬ ralífera en el seno de los mares! Así como una vibración del éter explica toda la acústica, y otra de la luz toda la óptica, y otra de la molécula imantada todo el magnetismo, y otra de la reacción química toda la electricidad; así la combinación de los átomos da lugar á las células orgánicas, y la vida vegetativa se trans- 9 forma en animal, y la vicia de relación se añade á la respira¬ toria, y el movimiento se agrega al crecimiento, para producir desde el musgo al cedro, y desde el microbio al elefante; con el poder del tiempo, el influjo de la asociación y los prodigios do las combinaciones y transformaciones de lo uno en lo diferente, de lo opuesto en lo harmónico, de lo simple en lo complicado. Bajo esta ley se realiza aquel fiat divino y sorprendente, que aparta la sombra de la luz y las aguas de las tierras; que fija en el firmamento esa estrella que nos sirve de luminar, y deshace las flotautes nubes en rocío fecundo que hace darnos á la tierra toda especie de frutos; que con su luz nos regala colores y aro¬ mas, arrancando a los vergeles el oxígeno que reclaman nues¬ tros pulmones; y con su calor llena el mundo de bosques y selvas; y las selvas y bosques de animales, poniendo en los valles pue¬ blos y hombres, y dejando en las alturas hielos y nieves solitarios. Mas esta era la parte muda, dócil, fatal de la Creación; es¬ ta era la parte formada en el hombre por el dedo de Dios, la harmonía de la materia ciega, y el movimiento necesario e irre¬ flejo. Faltaba la parte divina: faltaba que después de haber har¬ monizado Dios en el hombre toda la naturaleza con su química,, su mecánica, sus funciones vegetativas y sus actos animales, pu¬ siese algo de su ser, que le hiciese parecerse a Él, que ligase su destino puramente humano á su parte divina, que le condujese á Él, que le permitiera conocerlo, sentirlo é imitarlo, que abrie¬ se en el seno de su ser lugar para la conciencia, y revelase en la tierra el origen celestial de su creación, perpetuando en la hu¬ manidad el reinado providencial de Dios. De este modo el hombre se asemejaba á su Autor, lo repre¬ sentaba y podía pensar divinamente; de esta manera podría lle¬ gar a llamarse sabio y genio y santo , y obrar, en fin, divinamen te , aunque siempre perdiese su obra el carácter de absoluta. — 16 — cia. Hoy no es posible absorberse en la contemplación inmóvil del pasado, dice Bouchard;^) hoy no hay escuelas en el sentido histórico de la palabra; pero hay en todo el mundo científico un fondo común de conocimientos, legados por los siglos y en¬ riquecido por el trabajo de cada día; hay un método general de observación é investigación, una disciplina científica común que no son invención moderna, sino que asumen en su forma más sencilla, segura y expedita, y la más apropiada á las nece¬ sidades actuales, los diversos modos de investigación que si¬ guieron ias épocas anteriores. Así ha comprobado la Historia la exactitud de aquella frase de Baglivio, cuando señalando la evolución de las doctrinas médicas, decía: Necessitas medicinara inxenit , experientia perfecit... regente ac moderante rationes lamine . El genio de algunos hombres ha impuesto á veces á la cien¬ cia sus doctrinas, desviándola de su derrotero. Cuando resonaban en el mundo científico las voces elocuentes de Sthal, Barthez, Boerahave, Sydenham, Bichat y Bostan, la ciencia se inclinaba del lado de estos hombres; la marcha de las cosas se cambia¬ ba, surgían luego las sistematizaciones, y la Medicina camina¬ ba por sendas hasta entonces desconocidas. Hoy no suceden las cosas de idéntica manera. Tindall y Pasteur, conmueven el edifi¬ cio de las Ciencias médicas;—acaso también tienda el espíritu de muchos á admitir como principios algunas conclusiones que co¬ mo nacidas de premisas particulares no debieran nunca gene¬ ralizarse;—pero ni esta falta de lógica es tan grande, que venga á constituir un sistema lo que no pudo ser más que una teoría, ni las doctrinas actuales pueden asimilarse con el dogmatismo délos siglos pasados. En las épocas que nos han precedido las sistematizaciones nacían casi siempre de un concepto subjetivo: por el SL Ortega Mofean. Madrid' d e '* " UtrÍC¡6n ’ P ° r Ch ' Bouchí,rd ' Tra<1 ' — 17 — se tomaba un hecho, se le erigía en principio, y de él se deducían consecuencias; había más síntesis que análisis; adolecían los sistemas de un marcado subjetivismo que les daba más sa¬ bor idealista y dogmático que realista y positivo. Y si estas aserciones necesitaran prueba plena de compro¬ bación, la tendríamos sobrada en el estudio crítico de las princi¬ pales doctrinas que han dominado en Medicina en estos últimos ochenta años, sobre todo de los sistemas vitalista y solidista . Veamos, si no, lo que nos dice la Historia. II. Generalmente se considera á Glisson como el fundador de la escuela vitalista;—nosotros creemos como Trousseau/ 1 ) que aquel autor fue el precursor filosófico del vitalismo;—fisiólogo pensador dio un programa del porvenir, que precedió con mu¬ cho á la observación. Su estilo escolástico conservaba bastante el sabor de los tiempos pasados, y la doctrina de sus ideas era demasiado metafísica para que hubiese podido ejercer una ac¬ ción próxima sobre la práctica de la medicina, en una época en fiue los ánimos estaban con razón deseosos de experimentos y de hechos. Stahl y Hoffmann establecieron las bases de un nuevo vita¬ lismo, aunque sin introducir apenas modificación alguna peiceptible en la materia médica; cuando Boerhaave empleó toda la extensión y todo el poder desús grandes recursos intelectua¬ les en amalgamar las doctrinas antiguas y las observaciones p , {\) Tratado de Terapéutica y Materia Médica, por A. Trousseau y H. Pidoux. Tomo III. ( 5 ) — 18 clínicas de sus predecesores y de sus contemporáneos, con las teorías mecánico-químicas á que dieron lugar los primeros des¬ cubrimientos del renacimiento médico. Viéronse, pues, las grandes ideas de Hipócrates acomoda¬ das á un humorismo más grosero que el de Galeno. El mecani¬ cismo se echo en brazos de esta quimiatria indigesta, y los pre¬ ciosos trabajos de los observadores de los siglos xvi, xvii y xvin, fueron en cierto modo el grano saneado que el ilustre pro¬ fesor de Leiden dio á moler á su monstruosa construcción mecᬠnico-química, obscureciendo los primeros albores del vitalismo que, merced á Glisson, Stahl y Hoffmann, empezaban á brillar. Y aunque la escuela de Boerhaave inauguraba una especie de galenismo en medio del siglo xvm, no le fue posible prescin¬ dir enteramente del espíritu innovador de la época. Agitábanse entonces los sabios por una fiebre de observa¬ ción y de experimentación que iba transformando la física. Re¬ generada esta, desde luego impuso su yugo á la medicina con toda la fuerza del impulso que había recibido, obligando á ha¬ cer más experimentos. Mas cuando la experimentación tiene que circunscribir su objeto, escurécese y hace perder de vista el conjunto; por eso Boerhaave no obtuvo grandes beneficios con este modo de interrogar á la naturaleza; utilizándolo con grandes ventajas su ilustre discípulo Haller, en la demostración de la irritabilidad ; descubrimiento de incalculable trascenden¬ cia, que debió aniquilar los principios intromecánieos que pare¬ cían haberla dado origen. La irritabilidad tal como salió del laboratorio de Haller, separada de las demás propiedades vitales y considerada como una fuerza viva en medio de elementos muertos é inertes, no podía ser para los fisiólogos más que una energía física, sin de¬ terminación funcional, un segundo impetums faciens , pero mate- — 19 — rial y palpable, un motor de nueva especie, limitado como todas las potencias mecánicas á un movimiento sencillo de vaivén, que por lo tanto no podía ser modificado sino en su cantidad y en su velocidad; en una palabra, que solo era susceptible de más y de menos. Tal fue el origen del solidismo, sistema que en realidad no fué otra cosa que un mecanicismo disfrazado; puesto que consa¬ gró el principio fundamental de un error, que consistió en no ver en los fenómenos vitales más que las modificaciones del movi¬ miento puro y simple, y de uno solo de sus elementos: la cantidad. Para apreciar bien la diferencia que hay entre los solidismos antiguo y moderno, es preciso considerar este sistema en Hoffmann y en Cullen, acordándose de que Haller vivió entre estos dos autores. Generalmente se asimila y aún se confunde el solidismo de Hoffmann con el de Cullen, bajo el pretexto de que ambos estribaban en el espasmo y la atonía; y sin embargo, hay entre los dos una inmensa diferencia. La dilatación y el es¬ trechamiento alternativos de los tejidos, el sístole y diastole de los vasos menores, en la doctrina de Hoffmann, no eran efecto de una fuerza motriz inherente á la fibra misma, sino de un flui¬ do espansivo que, ejecutando el esfuerzo, era el único que obraba. El sólido, dilatado de dentro á fuera, obedecía y no tema mas ac¬ ción que la que debía á su elasticidad, propiedad muerta, en que todo, hasta el más repentino movimiento, es puramente pasivo. El espasmo de Cullen es hijo déla irritabilidad de Haller, } r pertenece á la fibra y al vaso como la atracción a la piedra. Procede de la impresión y no de la dilatación, y esta impresión uada tiene de física; es un acto de la sensibilidad, que responde * la acción de los cuerpos exteriores, en virtud de una expontaUeidad, tan esencial para los tejidos vivos, como el calor para los cuerpos en ignición. Los agentes físicos excitan, ponen en — 20 — juego, determinan en cierto modo esta propiedad; pero no la co¬ munican, como comunican su movimiento, su calórico, su lumí¬ nico, su electricidad á los cuerpos adyacentes de naturaleza analoga a la suya. Hay más; la irritabilidad recibía sus verdaderas determinaciones funcionales, no del exterior, sino de una materia viva, la materia nerviosa, dotada esencialmente de sensibilidad, como la fibra muscular lo está de irritabilidad ó facultad motriz. La intervención de estos dos elementos daba á las obras de Cullen un carácter de novedad desconocido hasta entonces. Y en este momento fué cuando se desprendió la medicina, con toda claridad y bajo una forma sistemática, de los eternamente céle¬ bres experimentos de Haller. Presentóse, por entonces, un discípulo de Cullen, el esco¬ cés Brown, dotado de un espíritu tan inflexible y tan claro, pero también tan breve y tan exclusivo como una línea recta, según la gráfica espresión del eminente Trousseau.W Brown, discutiendo poco, pero afirmando mucho, tan em¬ papado se hallaba del vigor y de la sencillez de su principio, que pasa por alto los grados y las excepciones. Aquel principio procedía de la irritabilidad de Haller, la cual en la doctrina más exacta que poderosa del creador de la fisiología experimental, no pasaba de ser un hecho emanado de un experimento; fenómeno que estaba reducido á las proporciones de una propiedad esen¬ cial á la fibra viva, pero sin determinación fisiológica. Cullen en su medicina, como Haller en su fisiología, ha¬ bían conservado los pormenores y la diversidad que inducen en las manifestaciones de la llamada fuerza vital, las propiedades anatómicas especiales de los tejidos y de los órganos, de los sóli¬ dos y de los líquidos, como también las diferencias funcionales (1) Trousseau y Pidoux, loe. cit. — 21 — que son consiguientes. No así Brown, que para fundar con más seguridad la unidad de su sistema, conoció que le era indispen¬ sable la más absoluta sencillez, y la consiguió; suprimiendo en fisiología todos los pormenores anatómicos y funcionales, en pa¬ tología toda la nosología, y en materia médica toda idea de es¬ pecificidad en los modificadores terapéuticos, toda distinción de naturaleza entre los mismos. Frente ála doctrina de Brown, levántase Broussais con su célebre teoría fisiológica, negando hasta la idea de enfermedad, porque, en efecto, es negar la enfermedad, reducirla á un acci¬ dente. En la plenitud de su talento y de su autoridad, desde la al¬ tura de su cátedra de Patología general, convertida en tribuna, y para él creada, ejerció su proselitismo dominador, logrando apaciguar y dominar bien pronto los espíritus. A veces es el eco de esos acentos apasionados que habían quebrantado la vieja medicina. Pero las ideas de aquella época son conducidas por otra vía, y Broussais debió conocer bien pronto todas las amar¬ guras del pontificado: la fé que se extingue, los fieles que se van, el templo vacío, la indiferencia que todo lo cubre. Sin embargo, hoy emitiendo juicio imparcial, debe conce¬ dérsele la parte de gloria que en justicia le pertenezca. Y lo que constituye la gloria de Broussais no es el haber creado una medicina que se llamó fisiológica; no es haber eliminado un sis¬ tema; es haber minado todos los sistemas y preparado así el hundimiento de su propio edificio; es haber hecho independien te á la medicina. En medio de estos hechos y estas relativas victorias, en que tes sistemas surgen y mueren á manos de sus mismos invento res ó principales propagandistas; el nosologismo muerto á ma¬ nos del naturismo; la homeopatía queriendo sostener sus cona7 r a \ — 22 — tos de verdadera doctrina; no quedaba al práctico verdadero, es decir, al médico observador, otro punto de mira que el eclecti¬ cismo, científico para unos, grosero empirismo para otros, qui¬ zás para los más. Algunos hechos, de aislada y no prevista observación, pro¬ dujeron, sin embargo, fenómenos sorprendentes en la marcha sucesiva de la Ciencia. Hace algún tiempo, dice Bouchard, sabíamos que un miembro entero puede ser contundido, fracturado sus huesos, dislacerados sus músculos, sin que por esto resulten desórdenes terribles, gangrena, supuración, &c.; sabíamos que la curación se verificaba por una série de actos fisiológicos, con tal que la piel no hubiera sido herida, con tal que la lesión no hubiese trascendi¬ do al exterior. Sabíamos, por otra parte, que una escoriación, al parecer insignificante, puede llegar á ser el punto de partida de complicaciones locales sérias y de accidentes generales graves, si permanece expuesta al contacto del aire: habíase supuesto que el aire podía ser el vector de algunos agentes nocivos; y la Cirugía buscaba medios para preservar de su influencia á los ór¬ ganos lesionados; pero estas no eran más que vagas nociones. Suscitóse entre dos sabios una cuestión sobre un punto tras¬ cendental de biología, que en nada parecía afectar los intereses de la medicina. Pouchet que creía en la generación expontánea, y Pasteur que la negaba, siguieron la controversia con el ardor y el entusiasmo propio de los grandes caracteres y de las profundas convicciones; el mundo científico se dividió en dos bandos, y el público se apasionó por el debate: la cuestión era llevada de tal suerte que no podía terminarse sino por una solución definitiva. Las investigaciones se multiplicaron, las experiencias se varia- (1) Bouchard. Enf. por retardos de la nutrición, loe. cit. — 23 — ron hasta el infinito; y al fin se llegó á esta demostración: que to¬ dos los seres que se desarrollan en cualquier medio , reconocen siem¬ pre otros que son sus generadores . Este triunfo del eminente profesor Pasteur, vino á demos¬ trar que la verdad en la ciencia, por el estudio se encuentra; por masque cueste mucho, y que ande el hombre largo tiempo por difíciles senderos, perdido en nebulosa de estériles divagaciones, y llegue en su soberbia á querer saberlo todo. En 1863 un azote terrible aflige á la industria en algunos departamentos de Francia: una enfermedad del bombi/x mori , hizo descender los productos en la extracción de la seda á ocho millones de francos, desde la enorme cifra de ciento treinta á que habían llegado quince años antes. Pasteur, accediendo á las instancias de Mr. Dumas, quien le escribió afirmando que la miseria en algunas provincias exce¬ día á cuanto pudiera imaginarse, se dedicó á estudiar la patolo¬ gía de aquel insecto, logrando regenerar la especie y salvar la erísis industrial, después de haber demostrado hasta la evideneia que la pebrina era una enfermedad esencialmente parasitaria. Tindall impugnando á Bastian la autogénesis, como Pasteur lo hizo con Pouehet, llegó á comprobar que allí donde parecía imposible la vida, donde el poder amplificante del rayo de luz en su refracción divergente no alcanzaba á demostrar la morfolo¬ gía de los gérmenes; bastaba como impresión sensible en la camara oscura, para comprobar su presencia. De la disputa de estos dos sabios y de los estudios especia¬ os de Fisiología comparada, hechos por Pasteur, surgió una consecuencia, acaso la menos prevista y la que ocasionaría una de las revoluciones más grandes de la Medicina. Establecióse que las fermentaciones son producidas por fermentos figurados, por séres vivos, por organismos inferiores; 24 — se comprobó que la putrefacción no es más que una fermenta¬ ción, y que la materia muerta es destruida por organismos pe¬ queñísimos, en tanto que algunos de estos seres pueden vivir y multiplicarse en la materia viva y determinar su muerte. Esta doctrina, que justificaba las previsiones de los antiguos ciruja¬ nos, introdujo una reforma lógica en los procedimientos operato¬ rios. Así ha disminuido la mortalidad de los heridos, y han per¬ dido mucho de su importancia las más graves operaciones; así se han esclarecido muchos puntos de patogenia, se ha formulado una nueva higiene y podrá rectificarse la terapéutica. Hé aquí un sistema nuevo, con noción fundamental: ¿pero hay en esto algo de común con los sistemas á que antes nos re¬ ferimos? Aquí se parte de un hecho comprobado y cuyas rela¬ ciones de causalidad con los efectos que de él se derivan, por ser desconocidas, se admiten solo empíricamente: obsérvanse una y otra vez sus efectos, acúdese á la experimentación, y cuando muchas veces repetidos los mismos hechos, se obtienen idénticos resultados, establécese el principio que luego la práctica sancio¬ na, dándose los fenómenos como si realmente fuesen ciertos. Si al¬ guna vez aparecen casos excepcionales, el vicio del argumento no estará en las premisas, sino en la consecuencia; habremos he¬ cho la conclusión más general de lo que podía permitir la exten¬ sión de aquellos. De todo esto se deduce, que después de tantos siglos trans¬ curridos, el método que estableció la escuela hipocrática, no solo subsiste, sino que cada día vá estimándose con más seguridad como el único posible en Medicina: la observación y la expe¬ riencia. Pero no por eso hemos de caer en un frío positivismo ó en un realismo tan craso que no permita la recta interpretación de los principios, y mucho menos de los fenómenos que de ellos se — 25 — derivan. La observación requiere interpretar lo que se vé; el ex¬ perimento exige la traducción de lo que se comprueba; el mé¬ todo se completa con la inducción y con la síntesis: hoy en Me¬ dicina se analiza mucho y se hace necesario sintetizar. Es ver¬ dad que los elementos que hay que reunir aparecen a nuestra vista tan heterogéneos, que se presenta como muy difícil empre¬ sa dar unidad de concepto á las doctrinas de nuestra época. III. Pero si examinamos más de cerca el objeto y fin déla Me¬ dicina, veremos que conocer al hombre como sér orgánico, estu¬ diando con un criterio analítico sus aparatos, órganos, elemen¬ tos anatómicos y principios inmediatos; reconstituir su unidad biológica perdida en este examen de detalles, investigando los fenómenos que le conservan, reproducen y relacionan con los demás séres que le rodean; averiguar la manera cómo estos obran sobre él, y los medios que el hombre pone en práctica para mo¬ dificar estas influencias de un modo apropiado, constituye el objeto de la Medicina respecto al individuo sano, ideal que pue¬ de reasumirse diciendo que estudia lo que es y loque hace; el ser y sus propiedades. Este mismo puede decirse también que es el ob¬ jeto de la Medicina en el hombre enfermo: puesto que ni la en¬ fermedad cambia la naturaleza del sér, sino que la modifica; ni le induce propiedades diversas, sino que las perturba, asi pues ha de estudiarlo también en relación al organismo alterado en su textura, á la economía trastornada en su función, al medio que originó el desorden, ó que siendo influido en su manera de aplicarse allega materiales para efectuar la curación. Y asi como ejemplar una brillante pléyade de discípulos distinguidos. In¬ justo sería yo si tratando de estudios histológicos no hiciera men¬ ción desde este sitio del profesor insigne gaditano, tan humil¬ de y modesto como rico en ciencia y en amor al trabajo. De todas aquellas escuelas, preciso es confesar que la de Vivchow, con su omnis cellula á cellulá , es la que mas adeptos cuenta, la que ha formado discípulos más numerosos, que han demostrado la verdad en que se asienta la doctrina, trabajando experimentalmente en todos los paises, discutiendo y razonan¬ do los hechos inquiridos. Las diferencias de estas escuelas han dependido de no abar¬ car del modo filosófico que conviene todo lo que la doctrina ce¬ lular comprende en lo referente á la anatomía y á la fisiología de la célula, y de no remontarse al conocimiento de las leyes generales de la materia inorgánica y orgánica, puestas cada vez más de relieve á medida que los seres tienen una perfección ma¬ yor. El estudio de las propiedades de la materia conduce de un modo natural al encuentro de las leyes; y este estudio hecho con la posible detención, demuestra que existe en la naturaleza esa ley de gradación ó perfeccionamiento de lo inorgánico á lo organizado; y en lo inorgánico, desde la materia etérea impal¬ pable á la materia objetiva de constitución amorfa, corpórea, definida, limitada, regular ó cristalina; y en lo orgánico, la gra¬ dación de lo vegetal á lo animal; y en lo vegetal, la perfección vegetativa sobre la formativa; y en lo animal, la perfección re¬ sultante de la agregación á la corporeidad individual de un en¬ te espiritual para cada sér; alma racional para el hombre. Mas si en orden anatómico y fisiológico la célula, como ele¬ mento orgánico, tiene una importancia primordial é indiscuti¬ ble, en el concepto patológico, aún siendo mucha, no es tanta para que aseguremos que de ella, y solo de ella, han de partir — 33 — los desordenes morbosos, tal como creen firmemente los parti¬ darios decididos de la llamada doctrina celular, negando por completo todo proceso de enfermedad que no se inicie en una perturbación material de las células. No vamos, ni podemos nosotros, hoy por hoy, ir tan adelante, y el fundamento de nues¬ tra duda estriba precisamente en el estudio de la nutrición orgᬠnica. La salud y la enfermedad serán dos modos distintos de rea¬ lizar su existencia los seres orgánicos, estados extremos que al fin son siempre manifestaciones de la vida: de aquí es preciso partir, tanto para estudiar lo que es aquella, como para precisar lo que constituye á esta. Si consideramos los elementos ideoló¬ gicos que entran en la noción de vida, fácil será convencernos de que el que aparece más fundamental, acaso el mas rudimenta¬ rio, pero por lo mismo el más indispensable, es la nutrición; ella se realiza lo mismo en la célula que en el hombre; sus fenómenos constitutores son cambio de materia con el mundo exterior, cambio de fuerzas tomadas del mismo mundo: sin nutrición no habría fuerza que pudiera hacerse libre bajo el influjo de un es¬ timulo; sin nutrición sería imposible que el órgano realizase el acto que le estuviera encomendado; función y nutrición son dos términos más disociables por un esfuerzo de nuestro espíritu, que por una diversidad positiva. Ahora bien, si tan esencial es el enlace entre la nutrición y la vida, considerada esta como expresión de funciones, no menos íntimo debe ser entre la nutri¬ ción y la enfermedad, que, después de todo, es un modo espe¬ cial de vivir. En toda enfermedad habrá una modalidad anormal uutritiva cuya perturbación acaso no sea primaria, ni la ra¿.on determinante ó casual del hecho, como tampoco lo es la nutrición Aspecto á la función, pero sí se acompañan tan de cerca que a penas son separables por un esfuerzo de nuestro organismo, todo organismo funciona porque se nutre, y en justa reciproci- ( 9 ) — 34 — -dad se nutre porque funciona, siendo estos términos correlativos, ya que se les considere en el estado normal, ya en el patológico. Pero es preciso no dejarse llevar de una concepción imagi¬ nativa; la modalidad nutritiva perturbada no es siempre ni pue¬ de ser en todos los casos una alteración histológica, una lesión, un cambio de textura orgánica. En el elemento anatómico ó cé¬ lula, en los organismos más sencillos, la nutrición se verifica esen - cialménte como en los más complicados por un cambio de mate¬ ria y fuerza: pero en estos sofocada la autonomía celular por la unidad del individuo, estas transformaciones se verifican con el •concurso de un aparato intermediario; el cambio de materia lo prepara el aparato circulatorio transportando los plasmas con •sus elementos asimilables; el cambio de fuerzas lo ordena el sistema nervioso, ya que disocie ó descomponga las fuerzas acu¬ muladas, ya que cangee ó cambie las fuerzas que suscite: así, pues, perturbándose el dinamismo de este sistema ó la distribu¬ ción de materiales plásticos, están perturbadas las condiciones nutritivas, sin que aún exista la lesión de textura, que al cabo no se hará esperar, si persisten circunstancias tan abonadas pa¬ ra producirla. IV. W Después de todo, bien se puede asegurar hoy, que el cri¬ terio que informa á la Medicina no es ni puede llamarse celu¬ lar, ni solidista, ni humorista, ni histológico, ni convienen á ella ninguna de esas denominaciones, más bien apodos que adjeti- (1) Algunas de las ideas emitidas en esta parte y en algunos otros lugares de este discurso, están tomadas de la exposición razonada que acompaña al programa inédito de Patología médica del dignísimo catedrático de esta Facultad, D. Manuel Bernal y Jiménez Trejo. — 35 vas que le cuadren; ni el hombre es el producto de varios agen¬ tes, cuyas influencias recíprocas se encuentran en equilibrio ines¬ table. La multiplicidad de elementos no destruye la unidad del individuo; antes bien, por las relaciones que entre sí guardan, por el orden y harmonía en que se dan los unos para con los otros, subsiste la personalidad humana. La idea del yo en el hombre como sugeto de sus actos, ni dimana del principio que contribuye á formarle, ni está vinculada á su proporción cuantita¬ tiva ó cualitativa. El hombre es uno como ser que tiene el determinismo de sus actos, como organismo que funciona con un fin determinado; preséntase como fenómeno de conciencia la per¬ sistencia del yo con la misma claridad intuitiva que su unidad; casi pudiéramos decir que ambas nociones se encuentran entre sí tan enlazadas que no es fácil señalar con convicción cual de ellas se destaca en la conciencia con prioridad de orden ya que no de tiempo: si su identidad ó su unidad. En este sentido, ni sus funciones ni sus actos son propios de ninguno de sus elementos ó partes: el órgano podrá ser el instru¬ mento, el medio de realización: el fin de ellos, su propiedad es siempre del individuo que las realiza; preciso es no perder de vista que la unidad que corresponde á las diversas partes de un organismo no puede ser sino muy relativa, en tanto que la au¬ tonomía no pertenece sino al todo orgánico, ó para decir mejor, á la personalidad humana. Y si la función no es propia sino del individuo que la deter¬ mina, si solo en sentido relativo puede decirse que coiresponde á tal ó cual órgano, si este no es más que el medio subordinado que particularmente contribuye á su cumplimiento, ¿como ha de ■ s er lógico olvidar este unitarismo al hablar de enfermedades que no pueden ser otra cosa sino desviaciones del estado normal? El hombre si no es uno como ser simple, es uno como individuo, — 36 — como á tal le pertenece la conservación de sí propio, la repro¬ ducción en la especie, las relaciones en el Universo; clásica divi¬ sión de las grandes funciones que cumple desde el puesto eleva¬ do que ocupa en la escala biológica; y así como la vida es pro¬ pia del ser que la posee, no del órgano por cuya mediación se expresa, así la enfermedad, modo especial de vivir, es propia del individuo que la padece, no del órgano que la sufre; en tal sen¬ tido, todo cuanto sea analizar es extraviar nuestras ideas: el concepto sintético es aquí lo esencial, el detalle lo accesorio. Nace esta deplorable confusión de la mayor importancia que se ha dado á algunos délos elementos morbosos sobre los otros, y al olvido quizás absoluto de conceptos fundamentales. Convencidos, ante todo, de que en la práctica el objetivo, la ten¬ dencia, el fin iltil de la Medicina es aproximarse á lo concreto, ó sea á la clínica, la noción de enfermedad, en cuya formación en¬ tran las ideas de causa, lesión, síntoma y remedio, se integra con los datos de evolución ó patogenesia y de semiología; juntos ellos comprenden el concepto fundamental que jamás el pató¬ logo debe perder de vista, ni dejar de formular el clínico: el en¬ fermo. Pues bien, el olvido de ese enfermo, es lo que ha embro¬ llado la cuestión, lo que ha hecho retroceder al nosologismo, lo que ha permitido al anatomismo concebir aspiraciones que nun¬ ca debió abrigar, porque nunca debió aspirar la patología á lle¬ nar ante el enfermo exclusivamente la indicación sintomática, única que se desprende del analítico anatomismo. Ni condeno ni rechazo la indicación sintomática; conveniente casi siempre, se impone á veces como necesaria, con mas exigencia aún que la causal; pero paliar un síntoma podrá ser á lo sumo quitar un pe¬ ligro que amenazaba la vida del enfermo, nunca curar una en¬ fermedad. No es posible detenerse en los primeros términos de la série — 37 — que establece la ideología clínica; la perturbación funcional; y allí formular el diagnóstico, y allí buscar las indicaciones tera¬ péuticas; ese es el prólogo de la gran obra que emprendemos, y que no ha de terminar sin que al mismo tiempo hagamos el anᬠlisis del enfermo; así únicamente es posible una síntesis racional y exacta. Si nos detenemos en este camino, si perdemos de vista el enfermo; haremos acaso un estudio prolijo de fisiología pato¬ lógica, de etiología patogénica, ó de química biológica; pero no veremos la enfermedad. Ese criterio nos llevará á ver fenómenos aislados, de los que, cuando mucho, conoceremos su causa pró¬ xima; y á distraer; ¿por qué no decirlo? á estorbar, á detener á la ciencia en su camino, á fuerza de sobrecargarla de hipótesis in¬ geniosas, pero nacidas en el laboratorio y llevadas á la clínica; no formadas en la clínica y sometidas después á la experiencia del laboratorio: ¡funesta inversión de método, que ocasiona erro¬ res no menos lamentables! Experimentar buscando siempre por la lesión la perturba¬ ción funcional, y hallada esta en clínica, esforzarnos en deducir aquélla, es un trabajo muy loable, que dará tantas mas garan¬ tías de buen éxito, cuanto más minuciosamente se ultime; pero detenerse en este detalle localizador es recorrer tan solo el ter¬ cio del camino, dejando de ser médico para convertirse en fisió¬ logo teórico ó en naturalista analizador. Y téngase en cuenta que al expresarnos asi, no es, ni con mucho, porque dejemos de conocer los incontestables progresos que el laboratorio ha aportado á la clínica: nada más lejos de nues¬ tro ánimo.Creemos firmemente que los adelantos de nuestra cien¬ cia han nacido de la observación clínica; pero poderosamente ayudada por la experimentación fisiológica y la comprobación del histólogo; sin que estas hayan podido anular la autonomía de aquella. En una palabra; seamos clínicos para ser expenmen- — 38 — tadores: tal, opinamos nosotros, debe ser el carácter científico de la Medicina; surgiendo de aquí un mayor afán para la investiga¬ ción clínica y una firme tendencia para comprobar lo observado. Por eso nuestras clínicas y nuestros laboratorios, por solo el hallazgo de la célula y de la bacteria, lian conmovido por completo nuestras ideas y nuestras creencias de antaño; porque hemos llegado á saber el inmenso y tremendo poder de la cau¬ sa viva en la etiología de las enfermedades infecciosas y la in¬ tervención reservada á la célula y al protoplasma en los altos destinos de la organización. Sin menoscabar la Medicina su propia autonomía científi¬ ca, se ha enriquecido en doctrina y en procedimientos, gracias á los poderosos auxilios que le han prestado las demás ciencias. Con tan valiosos medios, y con el criterio que á grandes rasgos dejó establecido, la ciencia médica ha progresado mucho; tan¬ to que será muy difícil no sentirse presa de un vértigo al en¬ golfarse en lo que es la Medicina en nuestros días; porque es tarea superior á las humanas fuerzas dominarla en toda su ex¬ tensión; no hay mirada que la abarque por completo, ni inteli¬ gencia que pueda acaparar y retener todo lo adquirido, todo lo hecho, todo lo que conviene saber y todo lo que se debe utili¬ zar; y esto ocurre, porque los hechos se suceden con vertiginosa marcha; porque los inventos que ayer nos admiraban, apenas hoy llaman nuestra atención; porque el libro muere al poco tiem¬ po de publicado. Cuando Morton y Simpson con la aplicación de los anes¬ tesíeos hicieron posible la abolición de la sensibilidad durante los actos quirúrgicos, demostrando que vivir es algo más que sentir. Cuando Smarch, con su venda elástica compresora con¬ seguía una hemostasia completa preventiva en muchas amputa¬ ciones. Cuando Levis, en Filadelfia, empleaba en 1875 como _ 39 — proceso curativo la introducción de cuerpos extraños en el inte¬ rior de los sacos aneurismáticos. Cuando Trouvé hacía fácil la exploración de las heridas de armas de fuego, y seguro el co¬ nocimiento exacto del sitio en que se encuentra el proyectil, por la aplicación de un sencillo aparato eléctrico. Cuando Lister sienta la doctrina antiséptica, confirmada por los experi¬ mentos de Pasteur y de Tindall, estableciendo una nueva era en la práctica de la Cirugía; porque descartados los accidentes infecciosos, pueden llevarse á feliz término las más atrevidas indicaciones operatorias... parecía, al suceder todo esto, que se había llegado al summum de los progresos y se había recorrido todo el camino de los adelantos. Mucho se ha avanzado con estas conquistas; pero han sido estas de procedimientos, de apli¬ cación, ó de práctica quirúrgica; y en las ideas, en las doctrinas, no han sido menores ni menos valiosas las evoluciones sufridas. Por eso, en los últimos lustros del siglo que corre, se pro¬ cura consolidar un sistema; basado en la inteligencia y la ra¬ zón, que vienen del Cielo; en el experimento y la observación que pertenecen á los sentidos; en la autoridad, que es la histo¬ ria, con su útil enseñanza; la lección de los tiempos. Yoy á terminar, Sres. Doctores, pues no me considero au¬ torizado para molestar por más tiempo vuestra benévola aten¬ ción; y permitidme termine con las mismas elocuentes frases, con que lo hace mi distinguido amigo el Dr. Gimeno Cabanas en una de sus más recientes publicaciones .M ,? D e spuésdelo adqui¬ rido ¿qué importa si hay disputas sobre qué es más interesante, (1) Prólogo á la edición española del Tratado de Medicina, publicado en francéa bajo dirección de los Dres. Charcot, Bouchard yBrissaud. — 40 — el organismo humano ó la bacteria, en la patogenia de la en¬ fermedad? ¿Qué importa si se presentan dudas acerca de qué va¬ le más: el microbio ó su veneno? ¿Qué importa si existen vaci¬ laciones en el camino que conviene seguir: el de la botánica microscópica 6 el de la toxicologia viva? El hecho indiscutible que nada ni nadie echará abajo, es el de la existencia de algo vivo, que envenena y mata; que el microscopio descubre y que el bacteriólogo cultiva y estudia. Sentado esto, los corolarios serán numerosos, mudables; pero la Medicina tiene ya una ba¬ se que no poseía y un nuevo carácter que ha transformado pro¬ fundamente su ser.” Cuanto acabamos de expresar dá claramente á conocer el carácter de la medicina contemporánea ; que de modo breve é imperfecto lie procurado mostraros. Quizás este carácter sea hijo y heredero de las escuelas de pasados tiempos; y quizás pu¬ diera también afirmarse que sea el desenvolvimiento y la am¬ pliación de aquella escuela hipocrática que tenía por base la observación, y que por este motivo contenía en potencia todos los descubrimientos de los siglos posteriores; porque las conquis¬ tas de la observación son indestructibles; porque los hechos bien observados, prevalecen contra todos los sistemas. Preciso es confesar que si el estudio y la enseñanza son siempre penosos, han de serlos mucho en una ciencia como la médica, que se encuentra en el período de grandes transforma¬ ciones, como hemos visto. Sin embargo, consuélame la idea de que en la árdua y difícil tarea de ilustrar á la juventud, afortu¬ nadamente no estoy solo; antes bien, os tengo á todos por sa¬ bios colaboradores; y esto me anima y me consuela; porque por mi parte me fatiga la insuficiencia, y ni aún siendo un genio podría realizar sino una poquísima parte de mi trascendental misión. — 41 — Yo no puedo dar sino un conocimiento siempre imperfecto, y el más triste que puede ofrecerse á la juventud estudiosa. A mis manos llega la humanidad doliente ó agonizante; en el estado en que habría que despertar virtudes para el sufrimiento, ó el recuerdo de idealidades que iluminaron la vida, y que han de¬ bido recibir de vosotros; verdaderos sacerdotes del deber y de la ciencia. Por lo mismo que en nuestra actual civilización, el po¬ der se vá unificando con la ciencia, y el bienestar familiar, in¬ dividual y social tiende á hermanarse con la cultura; nuestra obra tiene una gran trascendencia, y casi resonancia única en los destinos privados y públicos de la nación; y esto inte¬ resa grandemente, sobre toda medida, á los jóvenes que pueblan las aulas, y al dignísimo profesorado que con tan ilustrada be¬ nevolencia me ha escuchado. Y vosotros, ¡oh jóvenes alumnos! que teneis la buena suer¬ te de pisar esta Escuela, donde se alimenta el espíritu con las ideas más salvadoras y más útiles: alejaos de las que os traen los vientos públicos, siempre tumultuosos y huracanados, con los que respiráis el hálito pernicioso del error y de las pasiones, halagadoras de vuestros antojos; y venid, venid á recibir las que os dan vuestros maestros; ya correctoras de las que os inspira el mundo, ya desvanecedoras de perniciosos errores, siempre pro¬ pias del profesor científico y del hombre de bien, y acordes con vuestra vocación y vuestro carácter de ciudadanos honrados y generosos hijos de esta noble España. En vosotros se encierra su porvenir y sus destinos; de voso¬ tros depende que aquel sea brillante con luces de esperanzas; y estos gloriosos con reflejos tradicionales de su pasada historia. He dicho. ( 11 )