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Sobre Critica de la razón utópica de Franz Hinkelammert, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2002 [Reseña] 

Sánchez Rubio, David

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J Araucaria. Año 4, Nº 7 Primer semestre de 2002 Sobre Crítica de la razón utópica de Franz Hinkelammert, Desclée David Sánchez Rubio | Universidad de Sevilla osé Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera, utilizando todo un juego de imágenes, nos describe cómo los seres humanos, sin estar ciegos, no vemos la realidad de bajezas, podredumbres e inmundicias sociales que estamos construyendo. Muchos son los espejos colectivos con los que edificamos y visualizamos nuestras experiencias. Sin que sean de vidrio, representan todo un conjunto de abstracciones, imaginarios, mediaciones, instituciones, normatividades e ideologías con las que, relacional y procesualmente, se estructura la realidad. Por medio de la ciencia, la religión, el Derecho, la economía, el Estado, el mercado, los derechos humanos, los mitos, la cultura... establecemos correspondencias y jerarquías entre campos infinitamente vastos de prácticas sociales. Lo que los espejos reflejan son lo que la sociedades son. Cuando nos supeditamos a ellos, delegándoles el protagonismo y el control de nuestras acciones, aumentamos el riesgo de quedar atrapados en sus dominios bajo relaciones verticales de discriminación y exclusión. Cuando hacemos que sean ellos los que estén en función de todas y cada una de las personas que conformamos la humanidad, manteniendo el desarrollo comunicativo e intersubjetivo de nuestras acciones, abrimos posibilidades para quedar liberados bajo relaciones horizontales de reconocimiento mutuo e inclusión. Desde hace más de treinta años, el economista, filósofo y teólogo alemán Franz Hinkelammert, con una admirable coherencia teórica y práctica, viene desarrollando todo un vasto y profundo pensamiento con el que pretende dilucidar los principales espejos que Occidente construye y utiliza para ver, afrontar y actuar sobre la realidad. Principalmente se preocupa por sacar a la luz, a través del análisis de los marcos categoriales y los principios fundantes de la cultura occidental, cuáles son las opacidades que provocan no sólo el oscurecimiento de nuestras vidas sino también su rechazo y su eliminación. Muchos son los espejos en los que las personas se reflejan. En múltiples imágenes, no todas tienen el mismo nivel de reconocimiento. Bastantes humanos son los que aparecen como monstruos y animales que, por poner en peligro determinadas mediaciones, hay que eliminar. Incluso también los hay que ni aparecen proyectados porque no existen, porque no son nada. Pero resulta que somos nosotros, los seres humanos sin excepciones, en cuanto sujetos corporales y necesitados, quienes creamos toda esta artificialidad de la vida para mantenerla y desarrollarla. Cuando olvidamos que las abstracciones, los imaginarios, las mediaciones, las instituciones, las normatividades y las ideologías tienen que servirnos para que todos/as tengamos condiciones de vida dignas; cuando, además, ignoramos que no son la única realidad a la que tenemos que subordinarnos y a las que rendir pleitesía, estamos contribuyendo no sólo a que desde determinadas instancias se permita reconocer como sujetos a unos, sacrificando y excluyendo a otros, sino también a que toda la humanidad y sus proyectos de vida vayan desapareciendo a pasos agigantados de la faz de la tierra. Por el contrario, debemos saber y ser conscientes de que hay que utilizarlas, coordinarlas e interpelarlas para que así estén supeditadas en función de nuestras vidas, sin privilegios y sin tarjetas de invitación para poder seguir caminando. A través de obras, entre otras, como Dialéctica del desarrollo desigual (1970), Las armas ideológicas de la muerte (1977), Crítica a la razón utópica (1984), Democracia y totalitarismo (1987), El mapa del emperador (1996), El grito del sujeto (1998), Coordinación social del trabajo, mercado y reproducción de la vida humana (2001), este último en coautoría con Henry M. Mora, Franz Hinkelammert se rebela reivindicando la vida y la rebeldía de todos los sujetos. Reclama la resistencia frente a esos espejos que por llegar a convertirse en estatuas, se tambalean, se desequilibran y caen, haciendo tambalear, haciendo desequilibrar y haciendo caer a quienes, pese a crearlos, hemos quedado proyectados en sus imágenes: todos y cada uno de los seres humanos que, con nombres y apellidos, vamos conformando una humanidad concreta y situada, no abstracta y tampoco desubicada. Debemos congratularnos de que la Editorial Desclée de Brouwer, dentro de la colección Palimpsesto admirablemente dirigida por el iusfilósofo español Juan Antonio Senent de Frutos en la sección "Derechos Humanos y Desarrollo", se haya atrevido a publicar una nueva edición de la Crítica a la razón utópica , ampliada y revisada por el mismo Juan Antonio Senent con la no pequeña colaboración del filósofo del derecho costarricense Norman Solórzano Alfaro en el capítulo VI titulado "Del cautiverio de la utopía por las utopías conservadoras y el espacio para las alternativas", texto refundido de dos trabajos de Franz Hinkelammert que ahora aparece como una de las principales novedades, entre otras, del libro. Del resto, se puede destacar: con respecto al título, la sustitución de la preposición "a" por la "de" para acercarse más a la traducción que en castellano se hace de la Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, tal como el mismo economista y filósofo alemán señala en el prólogo de su libro. Además nos encontramos con la alteración del orden de aparición de algunos capítulos junto a la inclusión de algunas modificaciones: es el caso de la Introducción de la primera edición titulada "El realismo político como arte de los posible", que pasa a ser el capítulo VIII y último en la nueva, así como el capítulo dedicado al pensamiento de Popper, que si era el capítulo V en el año 1984, ahora es el primero en la edición de Desclée. Del resultado final, sale a la luz uno de los libros más importantes publicados en las últimas décadas, y que ha sido poco conocido tanto por el público europeo como por gran parte del latinoamericano, debido a distintas razones, la mayoría de ellas de índole política e ideológica. A esto hay que añadir la poca difusión que han tenido y tienen los libros editados por el admirable y meritorio DEI, centro al que pertenece el autor como docente e investigador desde 1981. Múltiples son los comentarios que pueden realizarse sobre la Crítica de la razón utópica. Una de las obsesiones del pensamiento moderno ha sido descubrir, delimitar y superar los límites de las posibilidades de uso que tiene la razón para captar la realidad. Como muy bien señala el filósofo y teólogo cubano-germano Raúl Fornet Betancourt, Kant se ha dedicado permanentemente a establecer cuáles son esos límites desde el concepto de "crítica". En esta misma línea se sitúa Franz Hinkelammert, pero con relación a la razón utópica y en el contexto del pensamiento social moderno. Si tuviéramos que decir en pocas palabras en qué consiste y de qué trata esta fascinante, profunda y sugerente obra, lo haríamos con las dos frases interrelacionadas que hemos seleccionado, y que sintetizan no sólo el libro, sino gran parte del pensamiento del autor, insistiendo en lo consciente que somos de las limitaciones y la parcialidad que tienen las palabras de quien les habla: - De la tierra al cielo parece existir una escalera y el problema es encontrarla. - La política como arte de lo posible. Con relación a la primera frase, entendiéndola en un sentido metafórico, se denuncia cómo por medio de ideales de perfección, de pureza, de justicia infinita, construimos la realidad. Cuando nos enfrentamos a ella, descubrimos defectos, carencias y obstáculos que limitan y sacuden nuestro quehacer y nuestro convivir diarios. Reaccionamos intentando superarlos, pulirlos y depurarlos. Mediante ideales de perfección, de mejoras totales y sin defectos, transformamos esas ausencias e incompletudes con la intención de solucionar armónicamente nuestras relaciones. De esta forma pensamos en mercados perfectos, en estados perfectos, en máquinas perfectas, en teorías y en leyes perfectas, en normas perfectas, en global democratic marketplace, en utopías perfectas... Y creemos que lo logramos intentando llegar a ello cueste lo que cueste. Pero lo hacemos de tal manera que, con esta imaginación de una aproximación infinita y sin fin asintóticaa esas situaciones ideales, invisibilizamos y velamos no sólo la compleja estructura de la realidad, sino también los límites, la contingencia y la sujetividad de quienes elaboramos esas mediaciones y que bien reflejan la condición humana. En cuanto a la política como arte de lo posible, en la misma línea, esta idea entra en la conciencia actual en el instante en el cual empezamos a modelar la sociedad según proyectos de una sociedad por hacer, inventando y utilizando leyes sociales. Principalmente con la Ilustración, la ciencia social normativa se entiende como el arte cuya principal finalidad es el gobierno de la sociedad (es el caso de Condorcet). En el mundo de las relaciones y de la convivencia humanas pretendemos obtener situaciones de control, de armonía y de plenitud que resuelvan y den cuenta de los conflictos sociales y de los problemas de la producción, la distribución y la satisfacción de las necesidades humanas. En el contexto de nuestras sociedades occidentales, se han buscado alternativas que en la mayoría de las ocasiones han sido consideradas incompatibles unas y otras, de forma maniquea: han sido la utopía de la asociación libre de productores, la utopía del plan total y la del mercado total los medios con los que afrontar la realidad precaria (abordadas por el pensamiento marxista, el soviético y el neoliberal). Nos encontramos con realidades idealizadas, que se pretenden lograr y que aparentemente nos garantizan un supuesto realismo más verdadero que aquel en el que estamos insertos y que nos supera, a pesar de pretender encorsetarlo y reducirlo. Surge entonces la distinción, y además la contradicción, entre lo que se hace y lo que se cree hacer, entre actuación real e imaginación. Ésta última es necesaria para buscar la mejor sociedad concebible, de ahí que lo imposible sea necesario como punto de orientación y de brújula de la praxis y el conocimiento humano. Lo posible, su definición, sólo puede descubrirse dándonos cuenta de lo que nunca y jamás se podrá conseguir. Si caemos en la ilusión de poder realizar lo inalcanzable, resulta que la realización de lo posible se vuelve en su contrario. Por medio de varias plenitudes imposibles y los caminos de su aproximación en términos de "lo mejor posible", distorsionamos lo que es factible para nuestras vidas, nuestras condiciones de posibilidad para seguir actuando desde nuestra contingencia. Siendo la utopía necesaria, a través de las mediaciones imaginadas modelamos la realidad para obtener de ella lo mejor, moviéndonos por fines de máxima perfección. Con instituciones como el mercado total o el estado total pensamos que afinándolas en su más elevada expresión, podremos obtener la solución a todos nuestros problemas. Tenemos toda una empresa de una sociedad por hacer. Si perdemos el referente de lo que es factible, el marco de lo posible, creyendo que vamos a lograr llegar a ella pese a ser imposible, sucumbimos a un proceso de mala infinitud. En la Crítica de la razón utópica se analizan los marcos categoriales y la ingenuidad utópica en la que incurren determinadas expresiones muy significativas del pensamiento social moderno: desde el conservadurismo (a través del análisis de la obra de Peter Berger, en el capítulo II), pasando por el neoliberalismo (con Hayek, en el capítulo III), el anarquismo (entrando en los aportes del mexicano Ricardo Flores Magón en el capítulo IV, cuyo mundo imaginario de relaciones humanas armónicas y de plenitud que se puede obtener y conseguir sin instituciones también es ingenuo) y, finalmente, el socialismo (dentro del contexto soviético de discusión sobre el comunismo durante el periodo de Kruschef, sobre la ideología tecnocrática y la mística del crecimiento económico, en el capítulo V). Se hace toda una crítica a la racionalidad utópica presente en todos los ámbitos de la vida social y, además, en la constitución de los conceptos base de las propias teorías científicas. Se describe y se denuncia detalladamente cómo la ciencia empírica moderna también está inmersa en un pensamiento utópico que adolece de los mismos síntomas enfermizos: confrontando la adversidad de la realidad, intenta controlarla, manipularla y excederla. Para ello se mueve también por la consecución de lo imposible, de modelos ideales, de fórmulas o leyes perfectas que, bajo una sensación de acaparar la totalidad de las cosas, sólo son expresión de nuestros límites fronterizos. El problema aparece cuando las ciencias empíricas olvidan y abstraen no sólo la realidad sino también la misma condición humana (como "límite escatológico" que se sitúa en el interior de la realidad). Si ésta nos excede, tratamos de abordarla desde imaginarios e ideales, no para convivir en ella, sino para moldearla en función de los patrones que fabricamos para fagocitarla y encasillarla. En ese instante, la realidad aparece como una deformación de las idealizaciones fabricadas que hay que depurar para llegar a ellas. Se pierde entonces el referente: el ser humano y su inescindible vínculo con el circuito natural de la vida, quien nos indica qué es y qué no es imposible, aquello que es posible expresado en términos de factibilidad, de no destrucción de la instancia que permite la actuación, el razonamiento y la reflexión sobre la realidad. El hilo conductor de todo el libro lo establece el capítulo I, titulado "La metodología de Popper y sus análisis teóricos de la planificación, la competencia y el proceso de institucionalización", por medio del análisis de los marcos categoriales del pensamiento liberal del Karl Popper, quien según nuestro filósofo, fue el que primero realizó, junto a K. Manheim, una crítica de lo utópico, pero incurriendo en el error de caer en la misma ingenuidad que cuestiona, a pesar de considerar que sus planteamientos van más allá de todas la utopías. En este capítulo, además, Franz Hinkelammert pone a prueba la teoría de la falsabilidad y la consistencia metodológica de los análisis empíricos que Popper emplea en el ámbito tanto de las ciencias sociales como naturales. Aparecen en los análisis y exposición de los hechos de este último, dos metodologías distintas y excluyentes: por un lado, una metodología explícita, que se asienta en la aseveración de que la validez de las teorías empíricas descansa única y exclusivamente sobre enunciados falsables, y sólo así se mantiene el carácter científico de las mismas. Y por otro, unos principios metodológicos no explícitos que contradicen y que no son compatibles con esa metodología explícita: son los principios generales empíricos de imposibilidad referidos a la capacidad y a la acción humanas. Lo paradójico de todo esto es que las ciencias empíricas serán más consistentes si se asientan no sobre la metodología explícita popperiana, sino sobre la metodología no explícita que parece ignorar y que no reconoce el autor, pese a ser la más adecuada. Hay que resaltar y tener muy en cuenta la noción de "crítica" y el sentido que Hinkelammert le da a ésta en sus trabajos, y que queda perfectamente reflejado en el presente libro. El también autor de El mapa del emperador utiliza un concepto que la mayoría de los teóricos olvidamos, no siendo muchos los que aplican un aparato crítico con este planteamiento y desde esta perspectiva. No se trata de desechar, destrozar, rechazar e ignorar parte o la totalidad de un pensamiento: lo criticado y cuestionado el autor lo considera como algo recuperable una vez que se determina su marco de validez, estableciendo y señalando sus límites, abriendo sus horizontes e impidiendo su cierre y la caída en los dominios de lo tautológico. Esto mismo es lo que hace con los pensamientos no sólo de Popper, sino también de Carlos Marx, Max Weber y de F. Von Hayek. Intenta ir más allá de sus estudios para poder dar sentido a los aportes que hacen, y lo consigue. En el análisis de los mecanismos internos de producción del pensamiento social realiza una crítica trascendental, enfocada a los presupuestos y a los límites del conocimiento humano teórico y práctico. No en sentido formal y estrictamente kantiano, sino en el material y corporal. Realiza un crítica interna que consiste en que partiendo del propio marco categorial, y el conjunto de la obra de cada autor, surge la propia crítica y la necesidad de trascender ese pensamiento cuando olvida el ámbito de lo real y de la condición humana. Así hay que entender el enfoque cuestionador y recuperador que se aplica e implementa en el curso de la Crítica de la razón utópica. En la teoría de Popper, nos encontramos con análisis, afirmaciones y descubrimientos importantes y dignos de mención, y de gran virtualidad, que básicamente se centran en los principios generales empíricos de imposibilidad. Por ejemplo, retomando reflexiones de Hayek, con la utilización del principio de imposibilidad de un conocimiento ilimitado en los procesos de institucionalización en general, y en la planificación y la competencia del mercado en particular. Toda acción humana está limitada por el hecho de que el conjunto de conocimientos humanos no es centralizable en una sola persona, cabeza o instancia. Resulta imposible un conocimiento perfecto de todos los hechos de las relaciones humanas. Lo mismo sucede con el "método cero" de la teoría del equilibrio del mercado y con la imposibilidad de la ciencia por conocer el futuro: no puede tener un saber de futuro y realizar predicciones exactas sobre él. Estos principios Popper los adopta en términos categoriales, no hipotéticos o de un "todavía no" que en algún futuro dejará de ser inalcanzable. Hinkelammert también destaca el análisis y la denuncia de Popper, que ya Hegel anticipara, sobre los progresos infinitos frustrados y los procesos de mala infinitud contenidos en las diferentes opciones y/o dimensiones de la institucionalidad: el equilibrio del mercado, el intervencionismo, el anti-intervencionismo y la planificación. Pero si nos quedamos en el marco metodológico popperiano incurrimos en una serie de incoherencias y contradicciones que hay que tratar de superar. Tenemos que ir más allá de sus planteamientos para dar sentido a los aportes que realiza. En primer lugar, reconociendo la no falsabilidad de los principios generales empíricos de imposibilidad sobre los que se construyen las ciencias, frente a la afirmación de que todos los enunciados científicos son falsables. La acción humana choca con imposibilidades fácticas que nunca podrá superar. El conocimiento de la realidad parte de un sujeto humano actuante que desarrolla finalidades más allá de lo inmediato. En este proceso crea categorías con la intención de trascender la realidad. Y resulta que las categorías del pensamiento teórico se derivan de los límites de la acción. Estos límites de la acción determinan, por tanto, las formas del pensamiento. Los marcos categoriales de las ciencias empíricas se derivan de las imposibilidades de nuestras acciones. Se formulan principios empíricos generales de imposibilidad que no son falsables. Como las ciencias empíricas no pueden hablar de la realidad sin utilizar los principios de imposibilidad que se refieren a las imposibilidades con las que choca la acción humana, sus marcos categoriales derivan de estos principios. Además, sobre ellos se construyen también las leyes empíricas. El problema y la contradicción aparecen cuando sobre este mismo esquema popperiano se ignora la no falsabilidad, tanto de los principios generales de imposibilidad como de las leyes empíricas generales, que se derivan analíticamente de ellos y sobre los cuales se construyen las teorías científicas. El análisis de los principios de imposibilidad obliga a ver todo el conocimiento de las ciencias empíricas en términos de una estrecha vinculación entre la acción y la teoría. No estamos ante imposibilidades lógicas sino empíricas. El utopismo popperiano aparece cuando afirma que estos principios son falsables y para ello utiliza unos falsadores que interpreta como metas que pueden ser logradas algún día, como un "todavía no posible" que el progreso técnico puede alcanzar. De esta manera traslada la fuerza utópica a la tecnología y a la inercia objetiva de su progreso, yendo en contra de la propia libertad humana. En segundo lugar, muy vinculado con lo anterior, tenemos la confusión de Popper al no distinguir entre regularidades de los hechos empíricos o enunciados básicos entendidos como enunciados que afirman que un evento observable acontece en una región individual del espacio y del tiempo- (p.e. "el sol saldrá mañana y se pondrá cada veinticuatro horas") e imposibilidades empíricas y fácticas de validez inductiva y de carácter afirmativo-apodíctico, que son límites de la acción humana (p.e. "es imposible que haya un hombre inmortal" o el perpetuum mobile ). En tercer lugar, hay que superar la separación y la polarización que el autor de La sociedad abierta y sus enemigos realiza entre las metas concretas y posibles y las utopías imposibles. El hecho de que tengamos que acudir a imposibles no obliga a tener que prescindir de ellos por ser eternamente irreales. No se puede prohibir pensar lo imposible porque es inseparable de la capacidad que tenemos para saber lo que sí es posible. Ambas dimensiones se coimplican permanentemente. Popper es incapaz de analizar la relación que las utopías tienen con las metas posibles. Curiosamente la imposibilidad que para él más hay que eliminar es la de la planificación perfecta. No sucede lo mismo con la imposibilidad utilizada en el modelo de equilibrio perfecto del mercado. Lo que Popper parcializa y reduce con relación a los peligros de la planificación, también hay que extenderlo a todas las mediaciones e instituciones humanas que se ciegan por procesos de absolutización. Pero para ello necesitamos criterios de inteligibilidad que permitan enjuiciar cuándo esto sucede sin tener que polarizar de manera excluyente y maniquea las idealizaciones sobre la realidad. Tenemos que saber los momentos en los que bajo una apariencia de realismo, las categorías, las teorías y las instituciones pretenden convertirse en la única realidad a costa de la realidad misma. Estos mismos esquemas, pero condicionados por la particularidad de cada teoría, se proyectan en los sucesivos capítulos sobre el pensamiento social conservador, neoliberal, anarquista y socialista. La esencia de la modernidad es la ilusión trascendental de progresos infinitos. Pese a ser una ilusión inevitable y necesaria, hay que tomar distancia crítica frente a ella. De una u otra manera, todas esas expresiones analizadas incurren en progresos de mala infinitud. En Peter Beger (capítulo segundo) aborda su consideración de la función social de legitimación del orden a partir de una realidad precaria, y una realidad idealizada por medio de la facticidad autolegitimadora de las instituciones cuyas deficiencias y defectos se complementan con la función social de legitimación. El statu quo se mantiene a costa de impedir, como sea, cualquier expresión discrepante y cuestionadora; con Hayek (capítulo tercero), en tanto pensamiento de legitimación de una sociedad específica, la burguesa, que reduce la realidad a elementos institucionales propios del mercado perfecto; sobre el anarquismo (capítulo cuarto) subraya la ausencia de un concepto de praxis y de