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Presentación del n.º 7 de la Revista de Estudios Taurinos, Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, patrocinada por la Real Maestranza de Caballería, 1998

García Añoveros, Jaime

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Revista de Estudios Taurinos N. º 8, Sevilla, 1998, págs. 225-238 Presentación del n.º 7 de la Revista de Estudios Taurinos, Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, patrocinada por la Real Maestranza de Caballería, 1998, por Jaime García Añoveros. Revista .de Estudios Taurinos Número 7 FUN IJ ,\Cf( JN DE LSTCDI OS T; \URINOS Sevilla. 1 9118 Fig. n.º 78. -Portada de la Revista de Estudios Taurinos, n. º 7, 1998. 226 Jaime García Añoveros El 6 de junio de 1998, el Excmo. Sr. D. Jaime García Añoveros, catedrático de Derecho Financiero de la Universidad de Sevilla presentó, a instancias del Patronato de la Fundación de Estudios Taurinos, en un acto, presidido por el Excmo. Sr. D. Tulio O'Neill, marqués de Caltójar, teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, el n.º 7 de la Revista de Estudios Taurinos, en el salón de Actos de la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Reproducimos, a continuación, el texto completo de aquella intervención. *** Es muy posible que algunos de Uds. se pregunten qué tendré que ver con este número de la Revista de Estudios Taurinos para hacer de presentador. Y si Uds. no se lo preguntan, me lo pregunto yo, o, de otra manera, me creo obligado a darles, o darme, una explicación. Jamás he escrito, ni he hablado en público sobre toros, ni tengo nada que ver, personalmente, con ninguna de las múltiples facetas del mundo taurino. Sí he visto muchas corridas, desde hace muchísimos años, como otros muchos españoles; pero tampoco soy eso que se llama un aficionado de nota; y también es cierto que tengo buena, incluso buenísima relación con gente relacionada con esto del toro, ganaderos, toreros, empresarios, algunos de los cuales están aquí. Pero en estos asuntos, a mí me toca ser público y no protagonista, por mínimo que sea. Presentaciones de revis ta s 227 Menos hoy. Y, aparte de la obviedad de que el director de la Revista me invitó a presentar el número 7, y yo acepté (recuerdo que estábamos en una boda, y en esos momentos los asentimientos son más fáciles), quiero explicar por qué. Pues sucedió que hace dos años José Rufino escribió un libro titulado Pinceladas sobre acoso y derribo de ganado vacuno, y me pidió que escribiera un prólogo, y lo hice, y ahí está. También en este número de la Revista escribe fosé Rufino un artículo sobre acoso y derribo, y eso le sirvió al Director para hacerme la petición de presentación que yo creía que iba a ser compartida con otros presentadores; luego,· cuando ya había aceptado, me dijo que tenía que hacerlo de todo el número, y aquí estoy de único ejecutante de esta faena más bien incruenta. En este orden de razonamiento, si presento el número porque hice un prólogo, también puede uno preguntarse por qué hice un prólogo sobre cuestión tan alejada de mis ocupaciones habituales. Es precisamente lo que explico en el susodicho prólogo, que les resumo. Y es que hace muchos años, recién llegado a la Universidad de Sevilla, José Rufino me hizo conocer el acoso y derribo en su salsa, en virtud de una serie de casualidades que hicieron de mí un razonable conocedor de esa suerte o faena campera. Así fue. Fue todo aquello una experiencia inesperada, la de las faenas de una ganadería brava en una amplia perspectiva de marismas con cerrados inmensos, lo que generaba una especial, o distinta, comunión con el campo, la ganadería, y la naturaleza casi intocada de la marisma, en una finca de la marisma de la margen izquierda del Guadalquivir, que aún no había sufrido los rigores parcelarios de la llamada colonización. 228 Jaime García Añoveros La forma era desnuda, sobria, espartana casi, no había público, ni invitados, sólo amigos, pocos, que participaban en las faenas, con mejor o peor fortuna. La mía era la de acompañante a caballo, jamás intenté derribar. Las enseñanzas recibidas, más prácticas que teóricas, no hicieron de mí un caballista como para manejar a la vez caballo y garrocha que, además, me resultaba pesadísima. Podía estar encima de la suerte, pero no ejecutarla. He pasado muchas tardes (muchas es un decir, aunque a temporadas era una vez por semana) pegado a los garrochistas, en medio de la marisma seca o inundada, centrados en su tarea, encendidos en su pasión (sí, pasión) por ejecutar el acoso y derribo con la mejor soltura, eficacia y elegancia. Y es así como vine a ser, próximo a los garrochistas, siempre pocos, de los que ya algunos se han ido; recuerdo, entre éstos, a José Murube, a Felipe Pablo-Romero; me permito traer aquí su memoria; Y de ahí, al cabo de los años mil, vino el Prólogo, y del prólogo, a los dos años, esta presentación. Permítanme pues, alguna reflexión a propósito de este número de la Revista, que es a lo que he venido aquí. Precisamente este número refleja muy bien algo que es consustancial al fenómeno de los toros: la adaptación del que podríamos llamar el espectáculo de los toros a la sensibilidad y a la ideología dominante en cada momento de la historia. Lo curioso precisamente es que el espectáculo de los toros, el que sea, persiste a lo largo del tiempo, pero tan modificado que el de unas épocas se parece muy poco al de otras. Y esto lo podemos contemplar, incluso directamente, en la actualidad. Cuando hablamos de los toros, nos estamos refiriendo, sin más, a las corridas de toros tal y como se desarrollan Presenlaciones de revislas 229 actualmente, con su reglamento (norma de derecho, emanada de la autoridad), y el ejercicio de la compulsión pública para sujetar la celebración a dicho reglamento. Pero es que el espectáculo y celebración de los toros es, actualmente, mucho más que eso, aunque, por regla general, produce menos titulares y noticias: capeas, encierros, vaquillas, toros enmaromados y otras celebraciones, que responden a formas mucho más antiguas de los que podríamos llamar juegos con el toro. Y es que en la actualidad conviven algo así como formas de celebración que pertenecen a estratos temporales diferentes, algunos, sin duda, muy antiguos, y que responden a sensibilidades distintas, hasta el punto de que algunos muy devotos del que podríamos llamar modo de celebración moderno, las corridas de toros, muestran desacuerdo, e incluso rechazo de esas otras formas más antiguas, y que responden a sensibilidades distantes que se rechazan por los primeros, precisamente por su carácter burdo, o brutal, o de ausencia total de arte; el arte como redención de la dureza de la fiesta: sobre esto volveré luego. La forma actual de las corridas de toros es un producto de la Ilustración, o sea, de la racionalización; cierto que de la racionalización de un digamos juego, juego arriesgado, pero así es; desde el siglo XVIII, como es sabido, la celebración toma unos caminos que producen estereotipos que dan lugar a reglas racionales, que se concretan en las primeras tauromaquias del siglo XVIII, producidas por expertos profesionales, que llevan al papel lo que ellos ejecutan en la práctica; la racionalización no sólo afecta a la celebración en sí, sino a su entorno, especialmente en lo que se refiere a un elemento esencial de esa celebración, el toro bravo; simultáneamente a la cristalización de las reglas de torear, se crea todo un siste- 230 Jaime García A1ioveros ma de selección y cultivo del ganado bravo, del toro; la racionalización se produce, en estos dos sectores, no en paralelo, sino de manera relacionada: los ganaderos preparan el producto necesario para la práctica de la celebración según unas reglas, al fin establecidas, y que no en vano se denominan por muchos «cánones», que con tanta frecuencia recuerdan los cronistas más severos. Dentro de ese modo de correr toros creado a partir de la Ilustración, ha habido, obviamente; evolución; pero no es a esto a lo que me quier© referir, sino a la evolución de las sensibilidades o de los «modos de ver». Hay en este número de la Revista un interesante artículo de Álvaro Martínez-Novillo . "Fiestas de Toros en el Teatro de Lope de Vega'', que puede ayudar a ilustrar lo que digo. Lope de Vega ve los toros de una manera muy diferente a como se han visto en todo el siglo XIX y el XX. Y no me refiero sólo a que lo que contemplaba Lope de Vega era muy distinto del espectáculo que vemos hoy; era «otro» espectáculo, con elementos comunes, sin duda alguna. Pero está, además, visto con otros ojos, que· se fijaban en el valor, el arrojo, Ja fuerza, la habilidad para matar, pero aquel espectador nada tenía que ver con este que va a la plaza a ver una creación artística, aunque sigan siendo necesarios el valor, el arrojo, y la habilidad, pero sólo como soporte, en general no apreciado, de aquella otra cosa que el espectador ha ido a ver. Siglo y medio después de Lope de Vega, la Tauromaquia de Goya revela un cambio, pero es algo todavía muy alejado del momento actual. Muchos de los elementos de la celebración actual están presentes en sus soberbios aguafuertes, pero otros no, y los hay que ya han desaparecido, y que subsisten, Presentaciones de revistas 231 en la época de Goya, de períodos anteriores. Pero el espectador de la época goyesca busca algo distinto del de la de Lope de Vega. Todavía hay una gran intervención del juego arriesgado que podríamos decir es más vital, el aspecto de la habilidad descuella en cuant,o que se personifica en toreros individualizados, profesionalizados, que son ídolos del público, que es ya, en parte, un público, no sólo aficionado, sino también «especializado», pero la belleza está en la tragedia del espectáculo y e~ los pinceles o en el buril del pintor, no se ve, todavía, ese elemento descollante del «arte» del torero, del toreo como expresión artística del torero. Hay otro artículo en este mismo número de la Revista, el de Jacobo Cortines, muy revelador como exponente de esos cambios de mentalidad: "Tauromaquia y Literatura en la Generación del 27". Es sabido que la generación del 98 fue, en términos generales, antitaurina: los toros como expresión de la brutalidad nacional, del encanallamiento, etc., etc., aquel verso terrible de Antonio Machado, referido a la vieja raza podrida: "Devota de Frascuelo y de María". Para Ortega, los toros es un fenómeno digno de estudio, de atención, de análisis sociológicos, político, artístico; no es un fenómeno a rechazar por incivil. Y precisamente la generación poética del 27 es la que introduce, me parece, una nueva manera de ver los toros, consecuencia de una nueva sensibilidad para enfrentarse con ellos. En frase de Lorca que cita Cortines, el toreo «es probablemente la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos ha dado, y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar ... los toros es hoy la fiesta más culta que hay en el mundo». Esta cita es de 1935. El 232 Jaime García Añoveros artículo de Cortines expresa con plenitud la aportación «taurina» de esta generación poética. Lo que aquí quiero expresar es que los poetas, en este caso, y así suele suceder, anticipan y expresan fenómenos de sensibilidad más extendida personalmente que entre los solos poetas, o de algún -modo contribuyen a expandir esa nueva sensibilidad. Son reflejo y catapulta de esa nueva sensibilidad. Y a sensibilidad nueva o modificada, público en alguna medida nuevo, o que innova en su-manera-de ver. Lo que, a su vez, determina cambios en lo que se ve, que se adapta e integra en la nueva sensibilidad del espectador. Generalmente los cambios en la celebración, en la «corrida», tal como la conocemos, se achacan a puros inter~ses económicos de unos y otros relacionados con la fiesta; no cabe duda de que es así, en alguna medida; pero quizá la mayor determinante del cambio sea el de sensibilidad del público. No voy a terciar en la discusión de si ese cambio, como dicen los puristas severos; es para peor, un proceso de degeneración anunciada; también puede suceder que, a muy largo plazo, el cambio induzca a una banalización, preludio de la desaparición; o que sea una adaptación que deja la celebración taurina tan vigente como antes y ahora. Lo que quiero decir es que, ¿desde cuándo van los públicos a las plazas a ver arte?; o al menos parte de los públicos; no sólo habilidad, arrojo, valor y fuerza; sino arte, y, si me apuran, sobre todo arte. Precisamente la generación del 27 coloca a los toros entre eso que podemos llamar estética: no sólo en su evidente forma plástica, sino, como tal estética, ligada a lo poético, como una creación artística de las más depuradas; lo que determina un cambio en la manera de ver, Presentaciones de revistas 233 frente al que los protagonistas de la celebración reaccionan adaptándose, bien que mal, a las nuevas circunstancias. Pero también en la generación del 27 se apunta una nueva sensibilidad, la que ahora podríamos llamar, con palabra «correcta», ecológica. El miembro de la generación más significativo a estos efectos es Fernando Villalón. La poesía de Villalón habla del toro, pero no tanto de la celebración o espectáculo taurino. Celebra el toro, su belleza, hace lo que Cortines llama «poesía taúrica más que estrictamente taurina». En la Toriada, después de esta exaltación del toro, llega a condenar la corrida moderna, y luego se lamenta de la destrucción de la Naturaleza. Por un lado, esta poesía conecta con la visión específica del toro en el campo, de la que han participado y participan generaciones de ganaderos y gente de las ganaderías, o conocedores del toro en el campo y de las faenas de su, digamos, explotación. Es cierto que todo esto existe porque hay corridas de toros o para proveer un elemento esencial de la corrida, pero produce un tipo de goce o disfrute por sí mismo, autónomo, que nada tiene que ver con el de la celebración taurina en sí. Se puede ser incluso un gran aficionado al toro de campo, un devoto de todo lo que comporta, con un específico sentido estético y de exaltación de la naturaleza, y ser poco o menos aficionado a la corrida, aunque ésta sea, al final, la prueba del nueve de la eficacia de los desvelos del ganadero. Lo curioso es que ese sentir conecta perfectamente con la sensibilidad que se opone a las corridas, que se enfrenta con ellas, pensando, no en los aspectos morales de un espectáculo con riesgo para la vida humana, que ha sido, y es, el punto de vista tradicional de los antitaurinos, sino en los aspectos morales de un espectáculo que destruye un producto (no tan espontáneo, la verdad) de la