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Irse y volver (El tiempo del torero)

Carrasco Aráuz, Norberto

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Revista de Estudios Taurinos N.º 12, Sevilla, 2000, págs. 137-152 IRSE Y VOLVER (El tiempo del torero) Norberto Carrasco Araúz a enésima vuelta a los toros de Pedrín Benjumea –23 de marzo pasado en San Sebastián de los Reyes–, un reciente corte de coleta del novillero Luis Carlos Aranda –21 de abril en Las Ventas–, más la despedida de José Luis Galloso, noticia de última hora en este mayo postrero en que escribo, han traído actualidad a dos temas relevantes: cuándo se van los hombres de luces de la profesión y en qué momento los espadas retirados deciden volver. Ambos extremos resultan muy significativos porque delimitan, en extremo, algo tan decisivo como «el tiempo de un torero»*. Precisar estos puntos –abandono, regreso– viene a ser como ponerle puertas al campo. El oficio taurino comporta una singularidad tal, que no existe tauromaquia alguna capaz de determinar la extensión de su ejercicio. Este aparece tan arriscado y áspero, implica tantos escollos, que se rige por un «aquí, vale todo» en que la taquilla y los aplausos encarnan los únicos árbitros respetados. El adiós y la vuelta a los rue- *Desgraciadamente Pedro Benjumea falleció el 21 de noviembre de 2000. Séale la tierra ligera y su recuerdo permanezca entre nosotros (La Redacción): Pero, aunque constituyan parte sustancial de la lidia (vuelvo a recordar lo que dice al respecto el maestro Corrochano), y aunque vivan la peripecia humana («os quedan la vida y la muerte»), es lo cierto –comprueba el mismo Gerardo Diego– que están de regreso y que «sueños de gloria, ambiciones volaron». El subalterno está en la rampa hacia su aniquilación diaria. Carece de sustantividad (se le niega socialmente): «Ya hacéis la ronda en la estela del astro». Sólo eso. Y por ello el poeta comienza su poema con estos estremecedores versos que debieran ir bordados en el terno de luces de todos y cada uno de los «peones»: «Quiero cantar a la cuadrilla ordenada, la lanzadera, el tapiz de la lidia, hilos de plata y de seda que tejen la trama de un cuarto de hora. Quiero exaltar el honor subalterno, sólo empeñado en labrar pedestales...». Quiere hacerlo Gerardo Diego por un imperativo de justicia; porque la realidad social es la que, con la pupila desorbitada, ha visto Leopoldo de Luis: «Ningún sol brilla en este adorno mate de pasamanería desgastado. Borrosamente vamos, y la pena hasta la misma sangre vuelve pálida». Tengo para mí que lo único que –en su caso– conforta al subalterno es la gratitud del maestro, que, cuando es tal, sabe lo que le adeuda y dice de él, como Neruda de España: «el subalterno en el corazón». Santiago Araúz de Robles 136 –como «alboroto divino de alguna pajarera»– un tole tole de gloria presagiada: «¡Ay el día que me embista un bicho!». Por lo mismo no presupone algo provisional o advenedizo, sino medular y último. En términos económicos, se diría que significa algo estructural, jamás coyuntural para el individuo. Si a quienes azacanean agónicos en la cola del escalafón –una o dos corridas al año, amén de algunos festivales– y ganan su pasar como Dios quiere –una tienda, un bar, un bingo, un taller– alguien les preguntara en qué se ocupan, responderían sin vacilación: «Soy torero». 1.– Y VOLVER, VOLVER, VOLVER... Veintitrés de marzo último en la plaza de San Sebastián de los Reyes. Astados de María Lourdes Martín de Pérez Tabernero para Pedrín Benjumea, Morenito de Jaén y José Luis de los Reyes. ¿Qué persigue a estas alturas –45 años– el primero de los citados, un sábado perdido en el almanaque y en semejante compañía? Se registra menos de media entrada, no cabe pensar en taquilla alguna –la general vale 1.500 ptas. lo mismo en sol que en sombra– y los compañeros de terna –dicho con el respeto que merece quien se viste de luces– no cuentan, andan desnortados en el taurino Mar de los Sargazos1. Irse y volver (El tiempo del torero) 139 1Baste recordar a este respecto que el 21 de abril último, sólo un mes después de aquella corrida, Manuel Cruz, Morenito de Jaén, tras dieciséis años bregando por ser figura, se incorporó como peón a la cuadrilla de César Pérez. El otro diestro, José Luis de Los Reyes, que tomó la alternativa el año pasado en «La Tercera», no se vistió de luces desde entonces, sino de corto en contados festivales, como el que le vi el 9 de septiembre de ese año en el pueblo jienense de Castellar. dos no son algo reglado y concreto –como sucede en cualquier profesión en sus correspondientes estatutos laborales –, sino que significa un tema personalísimo, uti singuli, en que cada cual actúa según le dictan las fuerzas y muchas más veces –erróneamente– el corazón... Los actuales retornos de nombres con solera –Ruiz Miguel, Ojeda, Capea– valen, al margen del dinero, como exclamaciones de rebeldía contra una sociedad que al englobar a los vestidos de grana y oro en la grey anónima –ese desalmado square man de los anglosajones– los aniquila, los mata, los devora para siempre. Cuando los diestros desertan de la fiesta –como según Ortega y Gasset les sucede a los europeos sin misión histórica–, «se aflojan, se les descoyunta el alma». ¿Qué significa un matador –pese a sus millones– perdido en el yermo de lo privado? Nada o casi nada: ceniza al viento, inconsistencia, lejanía... ¿Dónde están, para el gran público, los fenómenos de ayer mismo? Pedrés, Camino, Puerta, El Viti, Ángel Teruel, etc. ¿Qué parcela de su presente requiere un foco informativo? Ninguna; se fueron para siempre y sus fastos actuales –«¿Qué se fízo del rey don Juan/ y los infantes de Lara/ qué se fizieron?»– apenas merecen una gacetilla en los medios. Si perviven y son algo, será siempre desde su pasado artístico, nunca descolgados o apartados de él. Frente a los pontífices máximos, para la tropa –hostigada por una intemperie sin contratos–, ser torero supone no abandonar una vocación –aunque no fructifique–, sino aguardar que un toro los descubra y haga desbordarse la represada torería que cada uno de ellos pretende albergar. Es desajuiciarse de asuntos mostrencos y llevar por contra en la cabeza Norberto Carrasco Aráuz 138 –como «alboroto divino de alguna pajarera»– un tole tole de gloria presagiada: «¡Ay el día que me embista un bicho!». Por lo mismo no presupone algo provisional o advenedizo, sino medular y último. En términos económicos, se diría que significa algo estructural, jamás coyuntural para el individuo. Si a quienes azacanean agónicos en la cola del escalafón –una o dos corridas al año, amén de algunos festivales– y ganan su pasar como Dios quiere –una tienda, un bar, un bingo, un taller– alguien les preguntara en qué se ocupan, responderían sin vacilación: «Soy torero». 1.– Y VOLVER, VOLVER, VOLVER... Veintitrés de marzo último en la plaza de San Sebastián de los Reyes. Astados de María Lourdes Martín de Pérez Tabernero para Pedrín Benjumea, Morenito de Jaén y José Luis de los Reyes. ¿Qué persigue a estas alturas –45 años– el primero de los citados, un sábado perdido en el almanaque y en semejante compañía? Se registra menos de media entrada, no cabe pensar en taquilla alguna –la general vale 1.500 ptas. lo mismo en sol que en sombra– y los compañeros de terna –dicho con el respeto que merece quien se viste de luces– no cuentan, andan desnortados en el taurino Mar de los Sargazos1. Irse y volver (El tiempo del torero) 139 1Baste recordar a este respecto que el 21 de abril último, sólo un mes después de aquella corrida, Manuel Cruz, Morenito de Jaén, tras dieciséis años bregando por ser figura, se incorporó como peón a la cuadrilla de César Pérez. El otro diestro, José Luis de Los Reyes, que tomó la alternativa el año pasado en «La Tercera», no se vistió de luces desde entonces, sino de corto en contados festivales, como el que le vi el 9 de septiembre de ese año en el pueblo jienense de Castellar. dos no son algo reglado y concreto –como sucede en cualquier profesión en sus correspondientes estatutos laborales –, sino que significa un tema personalísimo, uti singuli, en que cada cual actúa según le dictan las fuerzas y muchas más veces –erróneamente– el corazón... Los actuales retornos de nombres con solera –Ruiz Miguel, Ojeda, Capea– valen, al margen del dinero, como exclamaciones de rebeldía contra una sociedad que al englobar a los vestidos de grana y oro en la grey anónima –ese desalmado square man de los anglosajones– los aniquila, los mata, los devora para siempre. Cuando los diestros desertan de la fiesta –como según Ortega y Gasset les sucede a los europeos sin misión histórica–, «se aflojan, se les descoyunta el alma». ¿Qué significa un matador –pese a sus millones– perdido en el yermo de lo privado? Nada o casi nada: ceniza al viento, inconsistencia, lejanía... ¿Dónde están, para el gran público, los fenómenos de ayer mismo? Pedrés, Camino, Puerta, El Viti, Ángel Teruel, etc. ¿Qué parcela de su presente requiere un foco informativo? Ninguna; se fueron para siempre y sus fastos actuales –«¿Qué se fízo del rey don Juan/ y los infantes de Lara/ qué se fizieron?»– apenas merecen una gacetilla en los medios. Si perviven y son algo, será siempre desde su pasado artístico, nunca descolgados o apartados de él. Frente a los pontífices máximos, para la tropa –hostigada por una intemperie sin contratos–, ser torero supone no abandonar una vocación –aunque no fructifique–, sino aguardar que un toro los descubra y haga desbordarse la represada torería que cada uno de ellos pretende albergar. Es desajuiciarse de asuntos mostrencos y llevar por contra en la cabeza Norberto Carrasco Aráuz 138 De seguida, a torear. En algún instante se envalentona y vuelve a aquellas formas aguerridas, toscas y refrescantes de sus comienzos. Sin embargo, le falta oficio –no anda suelto en la cara del animal– y descomunales pasodobles, que en las plazas reducidas se tararean con orfeones calientes –«¡Hazte a él, Pedro!»– lo devuelven al presente de un tiempo menos bonancible, que quisiera esquivar cuanto antes. Mata mal y nadie lo aclama como en el 67, en que quedó el segundo detrás de El Cordobés por corridas toreadas (84). Al cruzar el albero, camino del hotel, en la asamblea de los tendidos, ninguno se solivianta –miradas cálidas de amigos, algunos niños lo rodean, el piadoso “Todavía se conserva” de un viejo– y este atardecer marceño, que se le clava trapacero en el costado, como un inmerecido bajonazo. Algunos espectadores, que durante la lidia cuentan y no acaban –«Tiene una finca de cien millones y no vuelve por dinero mayormente»–, al advertir que esta ocasión no pasará a las crónicas, concluyen clarividentes: «No es el de antes». Se desviste en el Gran Prix de Alcobendas y cuando, recién duchado, aparece por el bar su cara viento-del-pueblo se contrasta de ambigüedad –«¿Valgo o no valgo ya para esto?»– como si un jeroglífico se le descabalgara por la frente. 2.– PRISIONEROS DEL AYER Abandonemos circunstancialmente a Benjumea y volvamos al tema principal. Estábamos en el momento en que las viejas glorias deciden –a regañadientes– colgar el traje de luces. Cuando dejan la brújula de la torería –faenas en el Irse y volver (El tiempo del torero) 141 Benjumea –conseguida ya su parcela de gloria en el Cossío: «Valiente a prueba de cornadas, de toreo emocionante con ribetes tremendistas, muy buen estoqueador en múltiples ocasiones...» no se resigna, quiere bullir todavía entre los nombres que suenan. Nacido en el pueblo sevillano de Herrera –1945– inició sus andanzas en 1964 y salió por la puerta grande de Las Ventas en septiembre de ese año, con una novillada de Alonso Moreno de la Cova, en la que cortó tres orejas. Luego, unos años más que discretos. Treinta y cinco novilladas el 65, cincuenta y tres el 66 y el 67 –año de su alternativa en Castellón–, su techo más alto con ochenta y cuatro corridas. Después pierde fuelle: cuarenta y cinco el 68, treinta el 69, etc. En abril del 74 se tira de espontáneo en Sevilla a un toro de Palomo y lo sancionan con dos años sin actuar. Tras un prolongado silencio, reaparece cortando tres orejas en Palma de Mallorca2. El año pasado se encierra en Aranjuez con seis toros, no obtiene el éxito esperado, y ahora este penúltimo intento en San Sebastián de los Reyes. Otra vez de lentejuelas entre sus convecinos –hace mucho que a Benjumea los habitantes de este pueblo madrileño lo tienen por uno de los suyos– y los sempiternos incondicionales que se han acercado a «La Tercera», aprovechando un sábado sin toros en Las Ventas. En el patio de caballos –con aire de corralón destartalado– fotos inmotivadas con los asistentes y sonrisas a contrapelo, en la hora equívoca de prolegómenos, cuando el espada actúa de máscara de sí mismo, mientras la lengua se torna de esparto, el cerebro resbala por geografías desdibujadas y las costuras de antiguas cogidas se recrudecen como hernias en primavera. Norberto Carrasco Aráuz 140 2Su reaparición en Palma fue el 3 de agosto de 1986 (Nota de la Redacción). De seguida, a torear. En algún instante se envalentona y vuelve a aquellas formas aguerridas, toscas y refrescantes de sus comienzos. Sin embargo, le falta oficio –no anda suelto en la cara del animal– y descomunales pasodobles, que en las plazas reducidas se tararean con orfeones calientes –«¡Hazte a él, Pedro!»– lo devuelven al presente de un tiempo menos bonancible, que quisiera esquivar cuanto antes. Mata mal y nadie lo aclama como en el 67, en que quedó el segundo detrás de El Cordobés por corridas toreadas (84). Al cruzar el albero, camino del hotel, en la asamblea de los tendidos, ninguno se solivianta –miradas cálidas de amigos, algunos niños lo rodean, el piadoso “Todavía se conserva” de un viejo– y este atardecer marceño, que se le clava trapacero en el costado, como un inmerecido bajonazo. Algunos espectadores, que durante la lidia cuentan y no acaban –«Tiene una finca de cien millones y no vuelve por dinero mayormente»–, al advertir que esta ocasión no pasará a las crónicas, concluyen clarividentes: «No es el de antes». Se desviste en el Gran Prix de Alcobendas y cuando, recién duchado, aparece por el bar su cara viento-del-pueblo se contrasta de ambigüedad –«¿Valgo o no valgo ya para esto?»– como si un jeroglífico se le descabalgara por la frente. 2.– PRISIONEROS DEL AYER Abandonemos circunstancialmente a Benjumea y volvamos al tema principal. Estábamos en el momento en que las viejas glorias deciden –a regañadientes– colgar el traje de luces. Cuando dejan la brújula de la torería –faenas en el Irse y volver (El tiempo del torero) 141 Benjumea –conseguida ya su parcela de gloria en el Cossío: «Valiente a prueba de cornadas, de toreo emocionante con ribetes tremendistas, muy buen estoqueador en múltiples ocasiones...» no se resigna, quiere bullir todavía entre los nombres que suenan. Nacido en el pueblo sevillano de Herrera –1945– inició sus andanzas en 1964 y salió por la puerta grande de Las Ventas en septiembre de ese año, con una novillada de Alonso Moreno de la Cova, en la que cortó tres orejas. Luego, unos años más que discretos. Treinta y cinco novilladas el 65, cincuenta y tres el 66 y el 67 –año de su alternativa en Castellón–, su techo más alto con ochenta y cuatro corridas. Después pierde fuelle: cuarenta y cinco el 68, treinta el 69, etc. En abril del 74 se tira de espontáneo en Sevilla a un toro de Palomo y lo sancionan con dos años sin actuar. Tras un prolongado silencio, reaparece cortando tres orejas en Palma de Mallorca2. El año pasado se encierra en Aranjuez con seis toros, no obtiene el éxito esperado, y ahora este penúltimo intento en San Sebastián de los Reyes. Otra vez de lentejuelas entre sus convecinos –hace mucho que a Benjumea los habitantes de este pueblo madrileño lo tienen por uno de los suyos– y los sempiternos incondicionales que se han acercado a «La Tercera», aprovechando un sábado sin toros en Las Ventas. En el patio de caballos –con aire de corralón destartalado– fotos inmotivadas con los asistentes y sonrisas a contrapelo, en la hora equívoca de prolegómenos, cuando el espada actúa de máscara de sí mismo, mientras la lengua se torna de esparto, el cerebro resbala por geografías desdibujadas y las costuras de antiguas cogidas se recrudecen como hernias en primavera. Norberto Carrasco Aráuz 140 2Su reaparición en Palma fue el 3 de agosto de 1986 (Nota de la Redacción). Irse y volver (El tiempo del torero) 143 Norberto Carrasco Aráuz 142 Fig. n.º 22.– Castañeda, A.: Salir cada tarde, óleo sobre lienzo, 32’5 x 91 cm, 1990. Irse y volver (El tiempo del torero) 143 Norberto Carrasco Aráuz 142 Fig. n.º 22.– Castañeda, A.: Salir cada tarde, óleo sobre lienzo, 32’5 x 91 cm, 1990. de otros mil intereses humanos. Es muy verosímil, sin embargo, que los negocios iniciados nunca le confieran el relieve que le otorgó en su día el paso por la tauromaquia. Habiendo triunfado en un difícil menester, trata de adentrarse en otros que apenas conoce, usando la fortuna y nombradía que le dieron los cosos. Ahí precisamente radica el problema. Cuando se está yendo del toro hacia otros rumbos, entre las manos le queda un nombre –Dominguín, El Viti, Capea– del que ni sabe ni quiere desprenderse. ¿Cómo se puede abandonar plenamente la profesión cuando se está actuando fuera de ella –El Cordobés nunca fue Manuel Benítez en sus empresas, ni Bienvenida fue Antonio Mejías Rapela en su negocio de automóviles– con un alias que los ruedos consagraron? Todo lo anterior resulta tan evidente que son los propios diestros quienes acaban utilizando esta circunstancia en su provecho. Tal es el caso de Luis Miguel González Lucas, a quien recientemente la justicia española ha reconocido el derecho de usar como apellido el famosísimo y taurino Dominguín. El torero de masas queda preso en su ayer, que le devora las entrañas como a un Prometeo condenado a hurgar siempre entre mil sucesos pretéritos. «El torero veterano, como el cazador, magnífica sus hazañas, las mejora y, cuando no hay materia prima, las inventa de cabo a rabo». 3.– EL INFIERNO ES NO TOREAR Si los grandes de la coleta se apartaban de los toros de mala gana ¿cómo se marchaban los modestos? Casi todos los que han buscado el éxito sin conseguirlo, arrastran luego una Irse y volver (El tiempo del torero) 145 campo, apartados, tientas, herraderos– la catedral erigida sobre la fiesta se resquebraja y, vueltos a la civilidad, se amustian como plantas silvestres en un invernadero. El sistema orbital de su vida –los hombres coexistimos entre galaxias de afectos e intereses que nos gobiernan– se atasca y agarrota como un mecanismo desajustado. Recorrían el mundo a mil por hora: hoteles, palmas, broncas, orejas, el naufragio de los avisos, horas de neón y quirófano y mujeres... con un protagonismo desaforado en las horas muertas del maestro3. De repente, alguien tira del freno de alarma y el fantástico vehículo se detiene en seco. Frente al deambular por carreteras y aeropuertos, la calma chicha del hogar, la ponderación de lo doméstico y las horas insípidas de un negocio con los dineros del toro. Domingo Ortega lo reconoció sin eufemismos: «No es fácil retirarse de los toros. Yo mismo, desde que me retiré, todas las noches sueño que toreo». Es un desajuste tan colosal –todo lo que había sido hasta ahora su existencia queda suspendido, cosificado, clausurado en el museo del yo– que cualquiera se resiente. ¿Qué representa una antigua figura ante esta sociedad superagresiva y consumista? Quien hasta anteayer aportaba arte a la sociedad, se incluye bruscamente en la nómina de muñidores Norberto Carrasco Aráuz 144 3Luis Miguel Dominguín lo dijo con claridad: «Si las mujeres no fueran a los toros, casi no valdría la pena vestirse de luces». Victoriano Valencia aportó también su memoria histórica: «La plaza de Cali en Colombia es de las más peligrosas no por el piso ni el viento. El peligro está en las muchachas caleñas cuando miran». Los versos sabios del padre Rubén Darío –«Carne, celeste carne de mujer/ arcilla dijo Hugo/ ambrosía más bien...» han hilvanado, desde la sapiencia superlativo del instinto, muchas más «grandes faenas» que todas las escuelas juntas de Pedro Romero a nuestros días. de otros mil intereses humanos. Es muy verosímil, sin embargo, que los negocios iniciados nunca le confieran el relieve que le otorgó en su día el paso por la tauromaquia. Habiendo triunfado en un difícil menester, trata de adentrarse en otros que apenas conoce, usando la fortuna y nombradía que le dieron los cosos. Ahí precisamente radica el problema. Cuando se está yendo del toro hacia otros rumbos, entre las manos le queda un nombre –Dominguín, El Viti, Capea– del que ni sabe ni quiere desprenderse. ¿Cómo se puede abandonar plenamente la profesión cuando se está actuando fuera de ella –El Cordobés nunca fue Manuel Benítez en sus empresas, ni Bienvenida fue Antonio Mejías Rapela en su negocio de automóviles– con un alias que los ruedos consagraron? Todo lo anterior resulta tan evidente que son los propios diestros quienes acaban utilizando esta circunstancia en su provecho. Tal es el caso de Luis Miguel González Lucas, a quien recientemente la justicia española ha reconocido el derecho de usar como apellido el famosísimo y taurino Dominguín. El torero de masas queda preso en su ayer, que le devora las entrañas como a un Prometeo condenado a hurgar siempre entre mil sucesos pretéritos. «El torero veterano, como el cazador, magnífica sus hazañas, las mejora y, cuando no hay materia prima, las inventa de cabo a rabo». 3.– EL INFIERNO ES NO TOREAR Si los grandes de la coleta se apartaban de los toros de mala gana ¿cómo se marchaban los modestos? Casi todos los que han buscado el éxito sin conseguirlo, arrastran luego una Irse y volver (El tiempo del torero) 145 campo, apartados, tientas, herraderos– la catedral erigida sobre la fiesta se resquebraja y, vueltos a la civilidad, se amustian como plantas silvestres en un invernadero. El sistema orbital de su vida –los hombres coexistimos entre galaxias de afectos e intereses que nos gobiernan– se atasca y agarrota como un mecanismo desajustado. Recorrían el mundo a mil por hora: hoteles, palmas, broncas, orejas, el naufragio de los avisos, horas de neón y quirófano y mujeres... con un protagonismo desaforado en las horas muertas del maestro3. De repente, alguien tira del freno de alarma y el fantástico vehículo se detiene en seco. Frente al deambular por carreteras y aeropuertos, la calma chicha del hogar, la ponderación de lo doméstico y las horas insípidas de un negocio con los dineros del toro. Domingo Ortega lo reconoció sin eufemismos: «No es fácil retirarse de los toros. Yo mismo, desde que me retiré, todas las noches sueño que toreo». Es un desajuste tan colosal –todo lo que había sido hasta ahora su existencia queda suspendido, cosificado, clausurado en el museo del yo– que cualquiera se resiente. ¿Qué representa una antigua figura ante esta sociedad superagresiva y consumista? Quien hasta anteayer aportaba arte a la sociedad, se incluye bruscamente en la nómina de muñidores Norberto Carrasco Aráuz 144 3Luis Miguel Dominguín lo dijo con claridad: «Si las mujeres no fueran a los toros, casi no valdría la pena vestirse de luces». Victoriano Valencia aportó también su memoria histórica: «La plaza de Cali en Colombia es de las más peligrosas no por el piso ni el viento. El peligro está en las muchachas caleñas cuando miran». Los versos sabios del padre Rubén Darío –«Carne, celeste carne de mujer/ arcilla dijo Hugo/ ambrosía más bien...» han hilvanado, desde la sapiencia superlativo del instinto, muchas más «grandes faenas» que todas las escuelas juntas de Pedro Romero a nuestros días.