scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Ciudades y crisis de civilización

Naredo Pérez, José Manuel

Abstract

Partiendo de un relato de los procesos de la modernización urbana, el autor señala la secuencia de crisis social y medioambiental en el contexto actual. Bajo el signo de la globalización económica se evidencia la insostenibilidad de la producción urbana.

Full text

CIUDADES Y CRISIS DE CIVILIZACióN* José Manuel Naredo Partiendo de un relato de los procesos de la modernización urbana, el autor señala la secuencia de crisis social y medioambiental en el contexto actual. Bajo el signo de la globalización económica se evidencia la insostenibilidad de la producción urbana. ¿Crisis de civilización? La preocupación por la crisis ambiental y la polarización social ha marcado el final del siglo xx, poniendo en cuestión la fe en la senda de progreso indefinido que nos había propuesto la civilización industrial. Sin embargo este hecho no autoriza por sí solo a hablar de crisis de civilización. Es más, puede argumentarse que el proyecto de modernidad y progreso subyacente nunca se había extendido tanto, ni había desbancando tanto como ahora a otras formas de concebir y de sentir el mundo. Precisamente el gran éxito del proyecto de modernidad civilizatoria que nos ha tocado vivir estriba en su capacidad para apoyar sus fundamentos en valores que se suponen universales, trascendentes y, por lo tanto, ajenos a consideraciones espacio-temporales, y para vincularlos, con visos de racionalidad científica, a evidencias empíricas domesticadas que dan puntual cuenta de los logros del progreso prometido, a la vez que soslayan las consecuencias regresivas, no deseadas, que los acompañan. La ciencia económica ha desempeñado un papel fundamental en este juego reduccionista, aportando el núcleo duro de la racionalidad sobre la que se asienta el llamado «pensamiento único» 1• Una vez sometido el mundo al yugo de ese «pensamiento único>> guiado por una racionalidad económica servil al universalismo capitalista dominante, se ha podido postular a bombo y platillo la «muerte de las ideologías>> y «el fin de la historia>>. La falta de pudor intelectual que subyace al manejo acrítico y desenfadado de tales afirmaciones 2, en un mundo intelectual que se supone informado, da cuenta de la impunidad con la que se desenvuelve el reduccionismo imperante cuando tales consideraciones parecen más propias de visiones paleocientíficas hoy -LXXXV85 ASTRAGALO, 16 (2000) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2000.i16.06 Economista y escritor. Premio Nacional de Medio Ambiente 2000 86 trasnochadas: nos recuerdan ese supuesto «Orden natural» inmutable, fruto de la creación divina, al que se consideraba sujeto el mundo antes de que Darwin construyera la teoría de la evolución. Curiosamente, en una cabriola intelectual sorprendente, semejante inmovilismo reduccionista suele venir aderezado con alardes de relativismo «postmodernista», para huir así de los problemas del presente. A la vista de lo anterior, parece que se ha invertido el antiguo papel progresivo que en su día se atribuyó a las ciencias sociales. Desde Platón y Aristóteles se ha venido pensando que las personas son capaces de mejorar la sociedad en la que viven y qu~ el conocimiento racional (científico) brindaría el punto de apoyo necesario para posibilitar el cambio social. Sin embargo hoy la economía, esa «reina de las ciencias sociale s» , ha invertido la situación: hemos as istido a la extensión de un discurso econórecurso antes apuntado a evidencias domesticasdas que magnifican « la irrefrenable marcha hacia el progreso» de nuestra sociedad, y los signos de regresión cada vez más ostensibles que muestran el deterioro ecológico y la polarización social en el acontecer diario. Asistimos así a las tribulaciones del discurso dominante del «pensamiento único» para ingeniárselas, no sólo para subrayar los signos de progreso, sino sobre todo para ocultar los signos de regresión. En esta pugna juegan dos novedades dignas de mención: una, la escala sin precedentes que han alcanzado los fenómenos urbanos y los problemas y deterioros que éstos generan y, otro, los medios de difusión, y de disuasión, también sin precedentes, con los que cuenta el «pensamiento único» para favorecer el conformismo y desactivar la disidencia. mico reduccionista que aniquila la posibilidad La crisis urbana del XIX de reconsiderar las metas de la sociedad y, por en los países industrializados lo tanto, de cambiarla, haciendo que incluso la política se supedite a ese discurso. La reflexión económica estándar se sitúa así en un campo meramente instrumental, servil al ciego instinto de promoción competitiva y al desatado mecanismo del crecimiento económico, cerrando los ojos a los daños sociales y ambientales que tal modelo ocasiona o ayudando a asumirlos como algo normal o inevitable, como si del pedrisco o el rayo se tratara. Sin embargo el territorio testifica los daños físicos y sociales infligidos, que permanecen reflejados en los paisajes urbanos, periurbanos y rurales. La situación crítica de la actual civilización alimenta una pugna ideológica sorda entre el y sus enseñanzas Las grandes concentraciones urbanas que trajo consigo la revolución industrial supusieron una clara ruptura con los modelos de orden que, con diversas variantes, habían venido presidiendo hasta entonces la configuración de la ciudades. Estas concentraciones rompieron las primitivas ideas de unidad en el trazado que se tenía de las ciudades, haciendo que su continua construcción y remodelación evolucionara de forma errática e incontrolada, para ofrecer el panorama de las modernas «conurbacio3 nes >> . Pensadores que van desde la antigüedad hasta el medievo (como Aristóteles o san Isidoro de -LXXXVI- Sevilla) dijeron: «no son las piedras, sino los hombres los que hacen las ciudades», subrayando así la dimensión comunitaria que desde antiguo permitó la realización y el mantenimiento de ese instrumento material de vida colectiva que ha venido siendo la ciudad. Sin embargo, la ética individualista e insolidaria y los enfoques de una ciencia parcelaria, que se extendieron con la civilización industrial, socavaron sistemáticamente esa dimensión comunitaria que en su día sostuvo los proyectos urbanos. El nuevo tono moral que presenta como algo aceptable, e incluso socialmente deseable, la realización de los apetitos más voraces de poder y de dinero, acabó haciendo de la construcción urbana una actividad especulativa más y motivando que ya no sean «los hombres», sino el lucro apoyado en el hábil uso del cemento, el ladrillo y las influencias, lo que de verdad hace la ciudad, presentando esos gigantes sin alma que son las actuales «conurbaciones». La implantación del Estado Moderno como afirmación de un nuevo poder político desbrozó el camino hacia el actual orden de cosas. La expresión territorial del nuevo complejo cultural, político y social se plasmó en el modelo de «ciudad barroca», así denominado por Mumford y otros autores. La «ciudad barroca>> rompió los antiguos recintos amurallados para desplegar por el espacio abierto un plan geométrico en el que primaban la perpectiva horizontal, las largas avenidas y el diseño ortogonal, por contraposición a las calles más angostas y curvas y al diseño más orgánico de los «cascos>> medievales. La homogeneidad administrativa en el tratamiento de las personas y los territorios y la formalización democrática de los Nuevos Estados contribuyeron a eliminar la idea medieval de la ciudad como baluarte de libertad o refugio de «hombres libres>>, debilitando, con ello, la antigua cohesión de los ciudadanos, y haciendo que este término pase a designar al conjunto de los súbditos de un Estado con independencia de que vivan o no en ciudades: la gran ciudad sólo otorga ya a los individuos la libertad que, para bien o para mal, se deriva de las mayores cotas de anonimato. El peso determinante de la autoridad política fundadora de los nuevos Estados explica la firmeza planificadora que subyace a las realizaciones de la «ciudad barroca>> que, pese a todo, se escalonaron en el tiempo, compartiendo estilos y conviviendo con el tejido urbano preexistente para originar en el «Viejo mundo>> lo que acostumbra hoy a denominarse la «ciudad clásica>> o «histórica>>, por contraposición a las presentes «conurbaciones>>. El proyecto de «ciudad barroca>> fue así un paréntesis en el desmantelamiento de la vieja cultura urbana que dejó abierto el camino hacia el mayor peso del capitalismo y el predominio del modelo de urbanización que, con diversas variantes, ha llegado hasta nuestros días. Como es sabido, el capitalismo orientó la gestión del mundo físico desde el universo de los valores monetarios para maximizar beneficios. Este criterio de gestión es una máquina potentísima de deterioro del patrimonio (natural y construido) de la sociedad: los «agentes económicos>> , tratan de favorecer su beneficio particular forzando sus ingresos a base de ex- -LXXXVII87 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672 88 plotar bienes «libres» o de terceros o trasladando sus costes sobre otros «agentes» o territorios que quedan fuera de su ámbito contable. Este principio de acrecentar beneficios privados a costa del deterioro público o de terceros · es el que originó la crisis de la urbanización masiva que trajo consigo el capitalismo industrialista del XIX. Ese gran «arrecife humano» 4 que era, al decir de Geddes, el Gran Londres de la época, constituía el ejemplo más característico de la nueva problemática urbana. Las imágenes poco recomendables que presentaban las primeras ciudades industriales en la Inglaterra del siglo xrx, gobernadas por el afán de lucro empresarial, trajeron consigo un fuerte movimiento de reflexión y de protesta. La importancia inédita del nuevo fenómeno y el empeño en discutir con datos en la mano la amplitud y gravedad de los problemas suscitados, dio pie a numerosos estudios y estadísticas 5. Las encuestas y los registros sistemáticos de población ayudaron a cuantificar la pobreza y a confirmar que las nuevas aglomeraciones urbanas de la época acarreaban tasas de mortalidad superiores a las del medio rural 6, como fiel reflejo de las deplorables condiciones de vida de una parte importante de la población y el medio ambiente. Lo cual desencadenó en Inglaterra un fuerte movimiento «antiurbano» que veía las nuevas aglomeraciones más como «tumores abominables» que como exponentes del progreso prometido por la civilización industrial. Las obras de Charles Dickens, Thomas Carlyle y John Ruskin ejemplifican el reflejo literario de esta corriente, que inspiró elaboraciones importantes en el campo del socialismo (William Morris y, en cierta medida, Marx y Engels) y del urbanismo (Howard, Geddes y, más tarde, Mumford). Este movimiento ayudó a ver el statu qua como algo inadmisible, extendiendo entre políticos, administradores y filántropos, afanes de reforma tendentes a corregir los aspectos más negativos que acompañaban al proceso de urbanización ejemplificado por esa «ciudad monstruo» de Londres. Se trataba, sobre todo, de paliar la insalubridad y la inseguridad mejorando «las condiciones de vida de los pobres» que se concentraban en el medio urbano, para hacer de él algo más saludable y apacible. Un muy documentado y divulgado estudio sobre los problemas sanitarios que entrañan las grandes aglomeraciones urbanas 7 permitió orientar con eficacia las reformas en Inglaterra. A nuestros efectos cabe destacar que este estudio identificó las causas de la elevada mortalidad urbana y propuso soluciones en el campo técnico, dejando de lado las inquietudes sociales, éticas, estéticas y religiosas que veían en esa mortalidad el reflejo de una moral y unas formas de vida poco recomendables. En resumidas cuentas, se separó definitivamente la moral de la patología urbana 8, postulando que no hacía falta cambiar la sociedad, ni siquiera reducir el tamaño de las concentraciones urbanas, sino hacer que éstas se atuvieran a determinados estándares de salubridad. Al ver que las enfermedades infecciosas explicaban el grueso de las elevadas tasas de mortalidad urbana, se trataron de mejorar las condiciones higiénicas de la ciudad y las viviendas, controlando la densidad de población, separando el abastecimiento de agua de los vertíLXXXVIII dos, pavimentando las calles y recogiendo los residuos sólidos. Ante la evidencia de que el mercado no resolvía por sí mismo estos problemas, se planteó la necesidad legal de establecer una serie de estándares mínimos de densidad y de salubridad, entre los que figuraba la emblemática dotación de un retrete por familia. Los nuevos estándares y reglamentos entronfabriles o de enviar los detritus físicos y sociales a vertederos y cárceles 9• Se pudo mejorar así el confort y la limpieza del medio ambiente urbano, pero a base de ocupar más suelo, de utilizar más recursos foráneos y de llevar al extra-radio una contaminación acrecentada, aumentando por todo ello las necesidades de transporte. caron con otros derivados del proyecto de ciuProblemas de las conurbaciones dad «barroca» que ligaban, por ejemplo, la anactuales chura de las calles a la altura de los edificios o la dotación de equipamientos al número de habitantes, para reordenar el nuevo crecimiento urbano y readaptar el antiguo, resolviendo los principales problemas de las nacientes «conurbaciones». Con lo cual, las tasas de mortalidad (y de natalidad) urbana disminuyeron en Extensión e importancia del fenómeno urbano Las ciudades de la antigüedad, e incluso del medievo, tenían una dimensión muy inferior a la de las aglomeraciones de hoy día. En 1800 sólo Londres alcanzaba el millón de habitanla Inglaterra de finales del siglo XIX, hasta sites, siendo Inglaterra el país más urbanizado tuarse por debajo de las del medio rural, antidel mundo. En 1850 sólo había en el mundo cipando el patrón demográfico que, con más o menos desfase, siguieron los otros países industrializados. Las «omnipotentes» palancas de la ciencia y la técnica facilitaron una salida razonable a la crisis que plantearon las nuevas aglomeraciones urbanas del XIX . Renació la fe en el progreso, decayó el «antiurbanismo» antes mencionado y aumentó la confianza en el capitalismo y en los aspectos benéficos del crecimiento económico (y urbano). Hemos de insistir en el caracter técnico-parcelario que impregnó a las soluciones: cada problema fue tratado con reglamentaciones y medidas ad hoc. La salubridad y la seguridad urbana mejoraron a base de evitar el excesivo hacinamiento, instalar retretes en locales y viviendas, de elevar la altura de las chimeneas dos ciudades que superaban el millón de habitantes, Londres (con 2,3 millones) y París (con 1,1 millones). En 1900 aparecen ya diez ciudades con más de un millón de habitantes, encabezadas por Londres (4,5), Nueva York (3,4) y París (2,7). En 1910 ya hay trece, a la vez que empieza a observarse la presencia de aquellas ubicadas en los antiguos países coloniales, que tomarían la delantera en tamaño de población: hoy, entre las aglomeraciones de más de 1 O millones de habitantes se encuentran, junto a Nueva York, México, Sao Paulo, Calcuta, Shangai, etc., etc. Podemos resumir el giro mencionado en la evolución de la población urbana mundial de la siguiente manera. La población mundial que vive en ciudades de más de 100.000 habi- -LXXXIX89 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672 90 tantes pasó de represent.ar el 16 de la población total en 1950, al 24 en 1975 y al 50 por 100 en el año 2000. Pero subrayemos, como dato más significativo, el peso dominante que han adquirido los países pobres o «menos desarrollados» en el proceso de urbanización mundial: en 1950 la población urbana antes mencionada que estaba situada en los países ricos o «desarrollados» doblaba a la de los países pobres, mientras que en 1975 la población urbana se distribuía mitad y mitad entre países pobres y ricos y en el año 2000 la población urbana de los países pobres dobla ya a la de los países ricos. Los problemas derivados de la urbanización masiva han dejado, así, de ser el problema casi exclusivo de los países ricos que era hace un siglo, a convertirse en un problema de primer orden en los países pobres, cuya tasa de urbanización creció en consonancia con los datos aportados, pasando del 7,8 por 100 en 1950 a superar el 40 por 100 con el cambio de siglo. Sobre los criterios que orientan el actual orden de cosas Mumford señaló la fuerza impulsora que condujo desde el orden geométrico estricto de la ciudad «barroca» hasta el caos de la «conurbación»: «el gusano de la especulación -dijoatacó hasta el corazón la bella flor barroca ». El distinto modelo de ciudad, o más bien de «no ciudad », al que se atenían las primeras «conurbaciones », reflejaba ya la hegemonía del capitalismo sobre la autoridad política. Esta hegemonía tuvo que atenerse a los nuevos estándares de calidad urbana acordados en las metrópolis para seguir progresando. Pero a medida que tal hegemonía se fue extendiendo por el mundo, con ella se extendió también, en lo esencial, el nuevo modelo de orden territorial, con alguna variante que precisaremos a continuación. La tan cacareada «globalización» económica, y la consiguiente extensión del «pensamiento único», trae consigo la aplicación planetaria de un único modelo de ordenación del territorio. Resumamos sus rasgos esenciales. En primer lugar, creo haber demostrado 10 que las reglas del juego económico desarrolladas por el capitalismo tienden a ordenar el territorio en «núcleos de atracción de capitales y productos (más densos en población e información) y áreas de apropiación y vertido». Junto a esta tendencia general, que funciona a escala nacional e internacional, se plantean otras que explican más matizadamente la universalidad del modelo aparentemente caótico de las propias «conurbaciones». Éstas vienen dadas por la confluencia de ciertos presupuestos técnico-económicos que cabe resumir de la siguiente manera: Presupuestos económicos: Con el capitalismo la mayoría de los edificios y viviendas no se construyen ya directamente para el uso de sus futuros usuarios, sino para la venta (o el alquiler), por entidades interpuestas que buscan el beneficio monetario. Esta finalidad hace que se tienda a maximizar (al menor coste posible) el volumen construido por unidad de superficie hasta donde lo permita la normativa vigente y que los propietarios de suelo traten de modificar su calificación hacia normas más laxas, alterando los planes existentes 11 • Pr esupuestos técnicos: El perfeccionamiento técnico, y el abaratamiento, observados en el - XC - manejo del hierro y el hormigón desde finales del siglo XIX, permitió dotar a los edificios de un «esqueleto» de vigas y pilares independiente de los muros, capaz de soportar numerosas plantas y de conseguir un volumen construido por unidad de superficie superior al de los edificios tradicionales, con un coste inferior, a base de sustituir trabajo por energía fósil 12 . Con los presupuestos señalados se generalizó por el mundo la apariencia uniforme de los edificios, originando una «estética universal» acorde con el predominio del «pensamiento único». A la vez que la nueva posibilidad de aumentar el volumen construido sobre el suelo ocupado por edificios antiguos, desencadenó procesos de demolición de la «ciudad histórica» sin precedentes, cuando el marco institucional lo permitía, como ha sido el caso de España 13 • Por otra parte, el desastroso comportamiento térmico de Jos nuevos edificios acrecentó el gasto energético necesario para hacerlos habitables. Evidentemente, como el afán de lucro no tiene límite, tampoco lo tienen las aglomeraciones constructivas que con tal fin se producen. Entre los numerosos aspectos que complementan o matizan el funcionamiento de las tendencias indicadas, hay que insistir, en que cada modelo de usos del territorio conlleva unas necesidades de transporte que a su vez tienen incidencia territorial e influyen sobre los usos. La posibilidad técnica y económica de satisfacer adecuadamente estas necesidades condiciona el tamaño de los asentamientos. Serían inconcebibles las «conurbaciones» actuales sin contar con los oleoductos, los gaseoductos, los tendidos eléctricos, los ferrocarriles, los aeropuertos ... las autopistas, que facilitan el continuo trasiego de personas, materiales e información que reclama y posibilita la creciente dispersión geográfica de sus funciones (separando zonas dormitorio de zonas industriales, comerciales, de esparcimiento, etc). Precisamente los avances técnicos observados en el terreno de los transportes y las comunicaciones han facilitado la enorme extensión territorial en forma de «mancha de tinta o de aceite» que caracteriza a la «conurbación difusa» o al «urban sprawl» 14 de nuestro tiempo. Si reducir el hacinamiento ayudó en su día a mejorar la salubridad urbana, la extrema dispersión actual de los usos y la gran dependencia del transporte constituyen hoy uno de los principales de factores de deterioro del medio ambiente urbano. Conviene señalar al menos dos variantes fundamentales. Una es la que señala la incapacidad de los países pobres para mantener la calidad interna de sus cada vez más pobladas «conurbaciones», asegurando unos estándares mínimos de salubridad y habitabilidad acordes con los logrados en los países ricos, marcándose así la diferencia entre el Norte y el Sur. Otra es la que distingue el urbanismo del viejo continente europeo, que trata de revivir más o menos formalmente los restos de esa «ciudad histórica» tan valorada por todos, del urbanismo de ultramar, en el que el «estilo universal» y el «urban sprawl» evolucionó con menos cortapisas. Por último, hay que advertir que la «globalización» económica llevó a escala internacional las relaciones de dominación, atracción y de- -XCI91 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672 92 pendencia que antes se daban entre las ciudades o capitales y el medio rural, haciendo que ciertos Estados desempeñen también el papel que han venido desempeñando las ciudades. A finales del XIX, la palabra metrópoli pasó a designar no sólo la capital de un país, sino también al país que controlaba territorios más amplios. Inglaterra entera era ya la metrópoli del Imperio Británico 15 • Así, junto a esos núcleos más concentrados de atracción de capitales y productos que son las «Conurbaciones», hoy ejercen tales funciones atractoras los Estados metropolitanos en los que se domicilia el poder político y económico de nuestro tiempo (Estados Unidos, la Unión Europea y Japón) 16 • La proyección internacional de las relaciones de la ciudad con el entorno hace que la tradicional emigración del campo a la ciudad tienda a producirse también ahora desde el resto del mundo hacia los Estados metropoespacio económico más amplio capaz de garantizar establemente sus abastecimientos a precios moderados. Las reglas del juego económico que orientan el funcionamiento del mercado mundial, aseguran el abastecimiento a bajo precio de los territorios metropolitanos, a la vez que el sistema financiero internacional inclina a su favor la capacidad de compra sobre el mundo para utilizarlo como fuente de recursos y sumidero de residuos 17• Lo cual sitúa a estos países en una posición privilegiada para cuidar de su «medio ambiente». Pero, lo mismo que no cabe concebir la existencia de las ciudades sin poner un entorno rural a su servicio, hoy resulta inconcebible la opulencia de los países metropolitanos sin poner a su servicio el resto del mundo. Al ser fruto de su posición dominante, esta opulencia se convierte en un «bien posicional» imposible de generalizar al resto del mundo. litanos, testimoniando que la época de las Hacer creer lo contrario sigue siendo uno de grandes colonizaciones y la apertura de nuelos mayores engaños de la civilización indusvas fronteras se acabó ya hace tiempo. Tras la tria!. confusión que originó el antiguo «bipolarismo» político entre los dos Estados más poderosos, la desaparición de uno de los polos nos ha deparado inequívocamente un orden mundial unipolar dominado por el poder económico capitalista y escindido sólo por la segregación entre pobres y ricos, que se proyecta dentro y fuera de las «conurbaciones» y los países. Los nuevos Estados metropolitanos pasaron a ejercer una función que Weber (1921) consideraba característica de las ciudades: la de constituir, no sólo una organización económica interna, sino la de organizar también un Sobre el «panem circensis» prometido a las urbes mundiales Un grave problema de fondo ligado al actual proceso de urbanización es el que plantea el indiscutido afán de extender a todo el mundo los patrones urbanos de vida de las metrópolis mundiales, cuando estos patrones se muestran hoy inviables para el conjunto de la población: su generalización plantea unas exigencias en recursos y residuos que se salen del limitado entorno planetario, evidenciando esta imposibilidad. Pero el problema no sólo se limita a proponer a la especie humana un modelo de - XCII - progreso que se revela inviable a la luz de la lógica más elemental, sino que en los últimos tiempos la distancia entre ricos y pobres se acentúa a pasos agigantados a escala planetaria, reflejándose en el ensanchamiento de la brecha Norte-Sur y en la aparición de crecientes «bolsas de pobreza» y de marginación en el propio Norte 18• Por contraposición al modelo de progreso y bienestar que presentan, con la ayuda de los media, esos escaparates que hoy son las metrópolis del mundo civilizado, resalta sobre todo el panorama cada vez más dramático que ofrece el disparatado crecimiento de las conurbaciones de los antiguos países coloniales, con sus enormes «cinturones> > de miseria. Es como aquel aprendiz de brujo que fue víctima de su propio éxito, al desencadenar fuerzas que luego no pudo controlar. Los cantos de sirena del desarrollo económico industrialista y urbanizador apuntalaron con éxito la posición de dominio de las metrópolis del capitalismo mundial, pero desencadenaron procesos de creciente frustración y crisis que se manifestarán en toda su crudeza durante el nuevo siglo que comienza. De ahí que tenga sentido hablar de crisis de civilización, cuando el panem circensis que la llamada «sociedad de consumo>> había prometido a las urbes mundiales resulta cada vez más inalcanzable para la mayoría de la población, revelándose incapaz de adormecer su conciencia crítica sobre los conflictos y deterioros cada vez más acusados que se derivan del orden social y espacial imperantes. de las sociedades «periféricas» al capitalismo, sino provocando su crisis, sin garantizar alternativas solventes de mejora para la mayoría de la población implicada e incluso originando, en ocasiones, situaciones de penuria y desarraigo mayores que las que se pretendían corregir. Desde esta perspectiva «podemos imaginar al desarrollo como una ráfaga de viento que arranca al pueblo de sus pies, lejos de su espacio familiar, para situarlo sobre una plataforma artificial, con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este expuesto y arriesgado lugar, la gente se ve obligada a alcanzar nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo, en educación formal, sanidad hospitalaria, transporte rodado, alquiler de vivienda, ... » [Illich, l. (1992) ]. Y para ello es necesario disponer de unos ingresos que el «desarrollo» acostumbra a escatimar a la mayoría de los individuos, originando procesos de miserabilización 19 sin precedentes que afectan incluso a las necesidades llamadas primarias o elementales (alimentación, vestido .. . ). Porque, además, las nuevas necesidades aparecen como algo ajeno a las posibilidades de los individuos para hacerles frente directamente, con lo que la persona carente de trabajo e in - gresos aparece como un residuo obsoleto, inadecuado a las nuevas exigencias del «desarrollo», que cae con facilidad por la pendiente de la marginación social y el deterioro personal. Así, no cabe considerar el proceso actual de urbanización que se opera en los países pobres como un paso que repite la misma senda de modernización y progreso seguida tiempo En efecto, el «desarrollo>>, en vano su pretenatrás por los países ricos: es más común que sión de erradicar la pobreza, no ha intervenido este proceso resulte de la mera destrucción de mejorando de entrada las condiciones de vida las formas de vida y de cultura que secular- -XCIII93 ASTRAGALO,16(2000)ISSN 1134-3672