scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno a lo narrativo en Historia

Carrasco Martínez, Adolfo

Abstract

Producción Científica

Full text

La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno a lo narrativo en historia ADOLFO CARRASCO MARTÍNEZ «Señor —dijo él—, no hay nada demasiado pequeño para tan pequeña criatura como el hombre. Estudiando co - sas pequeñas es como obtenemos la gran sabiduría de ex - perimentar la menor desdicha y la mayor felicidad posi - bles» LA HISTORIA, EN LA ENCRUCIJADA ENTRE LO NARRATIVO Y LO ANALÍTICO «Nada se olvida con tanta facilidad como lo inolvidable. Nada es tan incierto como la experiencia, tan peculiar como Ja perspectiva, tan personal y sujeto a (re)interpretación como las vidas que se han vivido en compañía. El futuro del pa - sado no resulta nunca seguro. La única certeza es que el pasado será lo que le ha - gamos ser, y que lo que decidamos destacar del presente o recordar del pasado cambiará en cuanto cambien nuestros intereses»2 Es muy posible que el tono general de las opiniones de los historiadores so - bre el estado de su disciplina, vertidas en los últimos veinte años, acabe con - virtiéndose en un lugar común, con independencia de otras circunstancias. Ha - blar de «crisis de la historiografía», de «inquietud ante el futurode lahistoria», ¡ James Boswell, Diario londinense (1762-1763), ed. deP. A. Pottle, Madrid, 1997 (primera edi - ción en inglés, 1950), p. 61, anotación del 16 dejulio de 1763. 2 Fugen Weber, Francia,Jin de siglo, Madrid, 1989, p. 302. fha demos de Historia Moderna, ni 20, Servicio de Publicaciones. Universidad Complutense. Madrid, 1998 88 Adolfo Carrasco Martínez de «desorientación», es ahora un insustituible preámbulo de cualquier trabajo sobre teoría de la historia o sobre la historiografía actual que se precie de co - nocerdesde dentro la situación del quehacer historiográfico. En el centro del huracán —así parece considerarse la situación en el seno de laprofesíon— se ubican problemas que no sólo han afectado alos historiadores, sino también a los que practican otros saberes: la crisis del estructuralismo, el derrumbamien - to del marxismo teórico y del socialismo real, un desarrollodisparado de la tec - nología mal digerido y otros fenómenos que, en cadena, han venido a configu - rar un nuevo eincierto estado de cosas en el crepúsculo del siglo, definido con exitosa expresión de Francis Fukiiyama como «el fin de la historia» ~.Pero, como ha escrito Emilio Mitre recientemente, «¿Cuántos fines referidos a la historia se han invocado en tos últimos años?» ~‘. En apariencia, no hay ninguna razón que justifique en este momento una mayor sensibilidad de los historia - dores a la hora de aceptar las transformaciones, sobre todo por el despego que muchos de ellos, practicantes de tin riguroso empirismo profesional, muestran ante los aspectos epistemológicos de la propia disciplina. Pero lo cierto es que una gran cantidad de trabajos —limitándonos a los publicados en los años no - venta— se intcian o dedican capítulos extensos a tratar, con desazón en oca - siones, con voluntarista optimismo otras veces, un panorama historiográfico fragmentado y atenazado entrepeligrosas novedades y «retornos» de modos de hacer historia igualmenteinquietantes. Quizá lo que está sucediendo, en escala superior al ámbito de la historia, sea una secuela del enterramiento de la confianza en el futuro. Primero fue la im - pugnación de la idea de progreso, después ha sido el derrumbamiento del so - cialismo «real» y el arrastre que ha producido sobre el marxismo teórico como motor de las ideas que han alimentado la mayor parte de las causas de liberación en este siglo. Por fin —valga este apresurado repaso—, la puesta en cuestión de los más potentes paradigmas científicos y modelos de conocimiento, que han explotado en confusos fragmentos y nos han obligado a producir modos de pen - sar bien distintos —por ejemplo, el «deconstruccionismo» de Derrida—. Y todo este proceso ha concluido, inevitablemente, en algo que podríamos deno - minar, conManuel Cruz, como la «muerte del futuro» t Francis Fukuyama, Tire bid of Historv and tire Last Man, Nueva York, 1991. El supuesto fin de la historia, que en realidad para Fukuyama es el certificado dela muerte del marxismo como sistema económico, político e ideológico, ha sido puntualizado, al menos desde el punto de vista historiográfico, en VV. AA., A propósito de/fin de la historia, Valencia, 1994 (primera edición en inglés, 1992>, y también porJosep Fontana, Lo u storia después del fin de la historia, Barcelona, 1992. Emilio Mitre. Historia y pensa’niento histórico. Estudio y antología, Madrid. 1997, p. 133. Manuel Cruz, «El futuroha muerto: apor el pasadol», en El País, 5 deenero de 1998, donde desarrolla esta idea en relación con la legitimación que se pide a la historia para certificarlo, frentea lo cual el autor plantea otra postura: «Ahora bien, difícilmente se podría defender el pasado de estas agresiones sin una concepción algo distinta de la historia, que permita escapar a la señalada disyun - tiva entre una historia ya imposible y una histuria indeseable. Tal vez debiera ser ésa la verdadera cuestión a debatir.» La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno a lo narrativo... 89 En la amalgama de dolencias que parece aquejar ala historia de hoy, el hin - capié que algunos han puesto en la estrecha vinculación de lo narrativo con la producción historiográfica, sea sólo en su forma, sea también en el contenido, es uno de los más conspicuos. Así lo han señalado los críticos y lo resumió bien David Harían en su famoso trabajo de 1989: «El retorno de la literatura ha sumido a los estudios histéricos en una ex - tendida crisis epistemolégica. Ha cuestionado nuestra creencia en un pasado in - móvil y determinable, ha comprometido la posibilidad de la representación histórica y ha socavado nuestra habilidad para ubicarnos a nosotros mismos en el tiempo»6. Harían se hacía eco de la desazón provocada en las filasde los historiadores, desde hacia tiempo, por las voces de aquellos que, desde campos distintos e in - cluso extraños entre sí, habían puesto el acento en la carga que la narración — o el relato, por decirlo sin ambages— aportaba ala historia. Un trabajo recien - te de Roger Chartier ha intentado, después de dejar sentada la paradoja de que este ambiente de inquietud entre la profesión no concuerda con la «hermosa vi - talidad» de lahistoria hoy y el gran eco intelectual que su producción disfruta, reconducir la desconfianza ante las nuevas tendencias historiográficas señalan - do los logros que se están obteniendo por la profundización en las cualidades de Jo narrativo como vehículo adecuado, almenos en dos géneros que están sien - do frecuentados actualmente con asiduidad: la microhistoria y la biografía7. In - cluso Jacques le Goff ha puesto el acento en los «retornos» que atañen a la his - toriografía francesa, según él fruto de la evolución íiatural del grupo de los Annales: la historia política, el acontecimiento, la historia narrativa, la biografía, el sujeto; son viejos temas, modos y categorías que habían perdido su sitioy que ahora, enriquecidos con el bagaje de varias décadas de búsqueda por parte de los historiadores, pueden ser retomados con nuevas energías ~• En cualquier caso, no parece que sólo la recuperación del protagonismo de lo narrativo sea la causa de las dudas planteadas en la historia de este fin de siglo y, por tanto, la reorientación de la disciplina ha de suponer una operación de más calado, tal y como se contiene en las dieciséis tesis «para alcanzar el nuevo consenso histo - riográfico en proceso de gestación», lanzadas por Carlos Barros durante el Congreso Internacional A Historia a debate, celebrado en Santiago de Com - 6 David Harían, «Intellectual History and the Return of Literature», en American Historical Review, 94(1989), p. 881. Roger Chartier, «La historia hoy día: dudas, desafíos, propuestas», en Ignacio Olábani y Fran - cisco Javier Caspistegui (dirs.), La «nueva» historia cultural: la influencia del postestructuralismo y el auge de la interdisci plinarí edad, Madrid, 1996. Pp. 19-33. Este texto es una traducción del publi - cado en francés en Carlos Ranos (ed.), Historia a debate. Tomo! Pasado yfrturo, Santiago de Com - postela. 1995, pp. 119-130. iacques le Goff, «Les retours daus lhistoriographie franQaise actuelle», en Historia a debate. Tomo hL pp. 157-165. 90 Adolfo CarrascoMartínez postela en 1993~. Los puntos propuestos por Barros sin duda podrían ser sus - critos por cualquier historiador o, más aún, por cualquier intelectual con in - quietudes ante el futuro de nuestra sociedad dentro de un nuevo modelo global que, tras los cambios producidos desde los ochenta, desee mantenerse vincula - do a las grandes cuestiones presentes y por venir. Sin embargo, para los histo - riadores, mucho antes, en 1974, cuando no era fácil atisbar algunas de las gran - des transformaciones, Michel de Certeau había señalado algunas claves de comprensión nacidas del sentido común y, sobre todo, del conocimiento pro - fundo de la tarea del historiador. En La operación histórica, Certeau analiza desde dentro el trabajo del historiador, enmarcado por un espacio social —las formas de reclutamiento, la política universitaria, la coyuntura de poder acadé - mico, etc.— y una práctica «cientc.fica». Así se configuran unas reglas con valor determinante en la producción historiográfica de una sociedad concreta, cuyo análisis resulta decisivo, por tanto, para entender los métodos, los temas y los enfoques lO~ Del conocimiento de esta realidad insoslayable pueden extraerse conclusiones para entender la trayectoria de la historiografía y, lo que quizá sea más importante, para comprender las razones de la pérdida de potencia de determinados modos de historiar, el surgimiento de otros y los debates surgidos en el seno de la disciplina. Es muy posible que la inquietud actual provenga de lo que Bruno Anatra ha denominado «aceleración» de la investigación y de la reflexión histórica desde el fin de la Segunda Guerra Mundial11, que si bien ha dado frutos positivos, también ha hecho quela historigrafía sufralos transtomos del crecimiento DEFINICIÓNDE UN NUEVODISCURSO SOBRE LA NARRATIVIDAD El amplio debate suscitado por lo narrativo ha acabado por producir cierta confusión. Referirse a lo narrativo en historia implica, al menos, tres plantea - mientos que deben ser diferenciados: 1) lo narrativo como un enfoqee particular de acercarse a la materia historiable; 2) las cualidades del texto historiográfico como discurso organizado que es —independientemente de su tipo narrativo li - neal u otro-; 3) las relaciones, desde el punto de vista del discurso, entre dos modalidades de relato, el histórico y el de ficción; sus elementos comunes, el tra - tamiento del tiempo, sus técnicas. Sin embargo, latupida urdimbre tejidapor es - tos tres conjuntos de problemas obliga a tratarlos en conjunto. De hecho, la onda Carlos Barros, «La historia que viene», en Historia a debate. Tomo L pp. 95-117. Michel de Certean, «La operación histérica», en iacques le GofÍ y Pierre Nora (dirs.), Hacer la historia. Volumen 1. Nuevos problemas, Barcelona, 1978 (primera edición en francés, 1974), pp. 15-54. Bruno Anta, «Storia quantitativa e storia politica: nouve tendenze e orientamenti», en Actas del 1 Coloquio Internacional «Lo historiografía europea: autores y métodos», Mar del Plata, 1 996, p. 1 9. La trama del tiempo. Algunas consideraciones en tomo a lo narrativo... 91 narrativa no sólo ha afectado a la historia; como ha señalado Morales Moya, la sociología, la antropología, la filosofía, por lo menos, se han visto afectadas ~, Ya en los años sesenta, como parte del debate sobre la posibilidad de for - mular leyes en historia propiciado por la filosofía analítica ‘¾ Arthur C. Danto había renovado el interés por las cualidades del relato para la explicación his - tórica. Su argumento partía del tipo de frase empleado en la historiografía, es decir, las características lingúisticas del texto histórico. Para Danto, «la narra - ción es ya, por lanaturaleza de las cosas, una fonna de explicación» ~. Por este mismo camino, W. 13. Galliehabía profundizado en el principio estmctural de la narración, entendida ésta como una forma que permite comprender lo narrado o, lo que es lo mismo, establece una continuidad entreel relato —story— y el con - tenido —history— ~ Y Louis O. Mink, al reconocer el carácter sintético de la narración o, dicho con otras palabras, su totalidad organizada que exige un acto específico de comprensión, ponía en valor al relato en historia 16• Después, desde el territorio mismo de la historia, Lawrence Stone, quiso certificar el fra - caso, según él, de tres formas ~<científicas»,académicamente hegemónicas, de hacer historia: el modelo marxista, laescuela de los Annales —más en concre - to la corriente cuantitativista de lallamada segunda generación— y la cliometría norteamericana. El vacio dejado por las expectativas no colmadas, opinaba Stone, debía ser cubierto por unanew oíd history, la narrativa, que superaba los modelos «detenninistas» de explicación y que, además, mejoraba el viejo modo narrativo decimónico, pues no sólo afectaba a laforma, sino que también traía aíres renovadores al contenido y al método ~La tesis de Stone fue pronto 2 Antonio Morales, «Paul Ricoeur y la narración histórica», en Historia a debate. To,no III, p. 183. El punto de partida había sido Carl (1. Hempel con su trabajo Tire Function of General Laves ¿it Hisrorv, 1942, donde se ligaba el estatuto científico de la historia a su capacidad para emplear el mé - todo hipotético-deductivo con el objetivo de formular leyes. Perola unidad del modelo explicativo de las ciencias, propuesto por Hempel, ha tenidoque ceder ante el reconocimiento de la pluralidad de modelos en el mismo seno de la ciencia reconocida como tal. Así, esta situación, obvia en cuanto a la producción historiográfica actual, se produce también en otras formas de conocimiento que no tienen necesidad de acreditar constantemente su estatuto científico. Más aún, la epistemología científica hace tiempo que no se limita a distinguir entre el modelo deductivo y el modelo probabilístico de expli - cación, pues,como se ha hecho notar, caben otras posibilidades, como la explicación funcionalo la genética, esta última que tan buen resultado han dado en su aplicación a la filosofía o a la misma his - toria, como hizo Michel Foucault. ‘~ Arthur C. Danto, Ana/yUcal Philosophy of Histor>. Cainbridge (Mass.), 1965; la cita textual, en p. 201. Dcl mismo autor y sobre el mismo tema, pero con la perspectiva del paso del tiempo, eSpie - gazione sIútica, comprensione storica e scienze umane», en Pietro Rossi (cd.), La teoria della sto - riografia oggi, Milán, 1983, pp. 3-32. ‘> W. B, CaRie, Philosophyand tire Historical Understanding, Nueva York, 1964. ~ Louis O. Mink, «Philosophical Analysis and Historical Analysis», en Revieve Metaphysics, 20 (1968), pp. 667-698. ~‘ Lawrence Stone, «The Revival of Narrative: Refiections on a New Oíd History», en Tire Pasr ond tire Present Revisited, Londres,, 198 l,pp. 74-96, en especial, las Pp. 74-88, donde explica las razones quejustificaii la vuelta a Ja narración. El texto apareció por primera vez en la revista Past and Presení, 85(1979), pp. 3-24. 92 Adolfo Carrasco Martínez contestada por E. J. Hobsbawmen la misma tribuna donde había sido expuesta, la revista Past ant! Presení1t Visto con la perspectiva de los años, lo importante del artículo de Stone no era tanto su primera parte, de crítica con evidente afán provocador, sino la segunda, en la cual ponía de manifiesto cómo un mi - rada renovada hacia la forma narrativa podía aportar un instrumento útil alos nuevos métodos y los nuevos temas que por entonces empezaban a interesar a los historiadores. En definitiva, Stone profetizaba el hecho, constatable ya cuando publicó su artículo —1979—, de que la ízueva historia encontraría en la narración uno de sus territorios preferidos. Otra cuestión, mucho más discutible, era su afirmación acerca del fin de los intentos de construir una historia cientí - fica o, según sus propias palabras, «el fin del intento de producir una explica - ción coherente y científica del cambio en el pasado» ~‘, asunto que excede al presente trabajo y que, para su orientación más correcta, debería insertarse en el gran debate sobre el modelo de ciencia, sea humana o natural, y su interrelación con la sociedad que la consume. Lo narrativo, no lo olvidemos, había sido hasta los comienzos del siglo xíx el paradigma historiográfico contra el que, desde 1929, los renovadores de la historia tradicional en Occidente, los miembros de la escuela de los Annales, con Hloch y Febvre a lacabeza, se enfrentaron con tenacidad. Por ésto lanueva historia de lo social y de lo económico desterró durante décadas el relato y, con ello, los temas de estudio que habían monopolizado cl interés de lavieja histo - ria ahora impugnada. Una víctima propiciatoria de la «revolución» de los An - nales fue, en consecuencia, la historia política. Sólo cuando los miembros de la sezunda~ generación de los Annale,s se plantearon nuevos w ~ ntevos ~n foques y nuevos temas, fue posible retomar la historia política. Así lo hizo Jacques Julliard, en la obra colectiva titulada Faire de ¡lii stoi re (1974), dirigi - da por Jacques le Goff y Pierre Nora. Su texto, un alegato en defensa de la his - toria política, llamaba a los historiadores franceses a que retomasen los temas políticos, tanto tiempo abandonados, y que los abordasen desde una perspectiva renovada. La historia política se convertía, de esta manera, en historia del poder, un enfoque que integraba rasgos de sociología histórica, de historia de la opi - nión, de historia de las mentalidades colectivas, además de incorporar los mé - todos que ya habían sido ensayados anteriormente 20 Más recientemente, y ‘~ Eric 1. l-lobsbawm, «Re Revival of Narrative: Sorne Comments», en Past and Present, 86 (1980). La réplica de Hobsbawm se centra en defender los logros dela historia científica, es decir, a polemizar sobre el fracasoque atribuía Stone al marxismo historiográfico y al cuantitivismo francés. Esta es la línea que han seguido los que después de Hobsbawm han tratadola cuestión. Véase, por ejemplo, Julián Casanova, La historia social y los historiadores, Barcelona, 1991. pp. 114-118. Sobre la polémica Stone / Hobsbawm, véase un resumen en José Sánchez Jiménez, Para comprender la his - toria, Estella, 1995, pp. 152 y ss. y 176-178. ‘» L. Stone, ob. cit., p. 91. -» Jacques Julliard, «La política», en Hacer la Historia. Tomo IL Nuevos enfoques. Barcelona, 1979, pp. 237-257. En concreto, estas son las razones que Julliard considera determinantes paraque La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno a lo narrativo... 93 centrado en la Historia Moderna, Bruno Anatra ha puesto el acento en que este return to essentials significa un replanteamiento de las claves de estudio: la reelaboración continuade los equilibrios en el seno de los aparatos burocráticos, los rituales del poder, las relaciones entre la monarquía y las aristocracias y tan - tos otros escenanos que en la actualidad son frecuentados por los estudiosos. In - siste Anatra en que lahistoria política actual toma elementos de la antropología, de la historia de la cultura, de la literatura o de la sociología, y ha encontrado en la corte un objeto de estudio y análisis cargado de signifcados, verdadero cruce de caminos en el cual se entrelazan aspectos de variada índole —en especial para el estudio de los grupos dirigentes y elites—21. Sin duda, la modalidad na - rrativa se adaptabien a estos objetivos de historia política, aunque no sea el úni - co enfoque fructífero y, en cualquier caso, lanarración deba ser enriquecida con otros elementos ya aquilatados por la experiencia historiográfica. En definitiva, la nueva historia política, o historia del poder, es directamente tributaria de los caminos que había abierto Annales y de la apertura de la histo - ria a otras disciplinas afines que el movimiento había propiciado. Es fácil rea - lizar un paralelismo entre laactitud que muestra Julliard hacia la nueva historia política y lo que propugna Stone con respecto alo narrativo. El primero aboga por un enfoque renovado que incorpore en el seno del concepto de poder as - pectos diversos ignorados por la historia política tradicional. Por su parte, Stonc se refiere a la nueva historia narrativa como el vehículo más apropiado para los temas y los enfoques que están surgiendo. Según la definición propuesta por Rúsen: «la narración histórica (es) una es - tructurade enunciados o un proceso de interpretación lingiiística del mundo» 22; y dice aun mas: «sólo con argumentos de tipo narrativístico se puede determinar exactamente en qué consistepropiamente la racionalidad a la que aspira la historia en cuanto ciencia, y sólo con argumentos de tipo narrativo se puede decir exactamente en qué consiste la modernidad de la investigación histórica y de la historiografía resla historia política no hubiera gozado de prestigio entre los miembros de A una/es de las primeray se - gunda generaciones —entre ellas figura su forma narrativa, contraria al análisis——: «La historia po - lítica es psicológica, e ignora los condicionamientos; es elitista. incluso biográfica, e ignora la so - ciedad global y las masas que la componen; es cualitativa e ignora lo sedal; enfoca lo particular e ignora la comparación; es narrativa e ignora el análisis; es idealista e ignora lo material; es ideológi - cay no tiene conciencia de serlo; es parcial y no lo sabe tampoco; se apega al consciente e ignorala larga duración; en una palabra, pues esta palabra lo resume todo en la jerga de los historiadores, es aconteci,nental» (p. 237). 21 Bmno Anatra, art. cit., pp. 23-26. Un recorrido sobre las maneras actuales de abordar el estu - dio de la corte y un estado de la cuestión de esta clase trabajos en España. en Antonio Alvarez-Ossorio, «La corte: un espacio abierto para la historia social», en Santiago Castillo (coord.), Lo Historia Social en tspana. Actualidad yperspecri vas. Madrid, 1991, pp. 247-260. El punto departida para esta clase de estudios ha sido la obrade Norbert Elias, Lo société de coar, París, 1974 (primera edición en alemán, 1969). 22 1dm ROsen, «Narrativitá e modemité nella storia>,, en Pietro Rossi (cd.), ob. cir, p. 198. 94 Adolfo Carrasco Martínez pecto a las formas anteriores de pensamiento histórico que habitualmente sc de - nomina (en el lenguaje ordinario) “narración’»23. Sin duda es excesiva una fonnulación del campo de la historia que expulsa otras maneras de abordar la materia historiable, sobre todo teniendo en cuenta las distintas historiografías que a lo largo del xx han mostrado su capacidad de explicar —y también contar— el pasado que, además, no pueden ser ignoradas en cualquier operación de renovación conceptual y metodológica. Sin estar de acuerdo con la radical formulación de Riisen, sí podemos considerar dos ele - mentos que en su opinión se apuntan como fundamentales para determinar la ubicación de lo narrativo en la historia actual, por lo menos desde el punto de vista epistemológico: uno es la vinculación entrelo que se enuncia del pasado y el lenguaje que lo expresa —de ello nos ocuperaremos más adelante—, y el otro se ídentifica con la narración histórica como proceso de significación determi - nado por la experiencia temporal, tanto referido al objeto sobre el que se escri - be como el tiempo contemporáneo al historiador. La historia, como han seña - lado Fentress y Wickham, se mueve en la amplia franja de la memoria colectiva —social—, reinterpretada constantemente y habilitada como comprensión del pasado con funciones específicas —la legitimación del poder no es la menos importante— y, por fin, se encuentra siempre con el tiempo, materia difusa y maleable cuyas claves de codificación residen en el sujeto que lo interpela y lo moldea24 EL SUJETO ENLA TRAMADEL TIEMPO Paul Ricoeur ha sido, quizás, uno de los que más ha hecho avanzar la re - flexión teórica acerca de las relaciones entre la narración y la historia 25• Su Temps et réci4 desde el mismo título, plantea una definición de historia en la que confluyen la categoría temporal —posiblemente la dimensión más impor - tante para el historiador— y lo narrativo, no ceñido sólo al instrumento de re - presentación. Pero la obra ricoeuriana no se limita a un establecimiento de ca - tegorías esenciales, sitio que profundiza más. Precisamente, es lo temporal lo que dota a la narración de valor como eco de la experiencia humana y, en ello, insiste, reside la semejanza estrecha entre historia y relato de ficción, «el ca - rácter temporal de la experiencia», algoque determina al relato histórico desde dentro —como relato en sí— y desde fuera —como representación del pasa - do—. Es más, opina Ricoeur, sólo entendiendo las implicaciones del relato como elemento vertebrador del texto histórico, se logra identificar en éluna re23 ¡hident, p. 199. 24 James Fentress y Chris Wickham, Memória social, novas perspectivassobre o passado, Lis - boa, 1994 (primera edición en inglés, 1992). 25 Un comentario de la aportación ricoeuriana, en A. Morales, «Paul Ricouer...», pp. 185 y ss. La trama del tiempo. Algunas consideraciones en tomo a lo narrativo... 95 producción de la experiencia humana; en sus propias palabras: «(lo narrativo) determina, articula, y clarifica la experiencia temporal». De este modo, el tex - Lo no es sólo un ámbito autónomo de sentido, como habían sostenido el es - tructuralismo o lo han interpretado algunos semióticos, sino que trasciende a éste. La tesis de Ricoeurconsiste en predicar una misma operación de la his - toria como narración y del relato de ficción, unaoperación configurante de sen - tido que dota a ambos géneros de inteligilibilidad, aunque existan obvias dife - rencIas —la fundamental, la máxima irrenunciable de verdad otorgada por los documentos—. Y la operación intelectual que asume elpapel de mediador es la creación de la trama, el nexo que vincula los hechos aislados —aconte - cimientos— y les aporta sentido—«una síntesis de lo heterogéneo», en pala - bras de Ricoeur—26. El concepto de trama, ampliamente desarrollado por Paul Veyne y recogi - do por Ricoeur27, se convierte entonces en el elemento que conecta la sustancia intelectual del conocimiento histórico con la identidad de su relato. Escribe Veyne: «(la historia) sigue siendo fundamentalmente un relato y lo que denominamos ex - plicación no es más que la forma en que se organiza el relato en una trama com - prensible (...) explicar, para un historiador, quiere decir “mostrar el desarrollo de la trama, hacer que se comprenda”» 2t Es en la trama donde los hechos cobran sentido, como nudos de relaciones, cuyo significado se cobra sólo cuando el historiador los ordena y reconoce gracias a los conceptos disponibles —por eso la historia es actividad intelec - tual—. Así, la explicación histórica consiste en desvelar tramas por medio de la narración, su vehículo propio29. Ahora bien, segón Veyne, explicar en historia es, simplemente, evidenciar <da claridad queemana de un relato suficientemente documentado» 30• La historia no explica en el sentido de prever o deducir —lo que tanto preocupaba a los análiticos hempelianos—, sino quepone en positivo una trama en donde los hechos cobran sentido entre sí, y ello sólo es posible — esa es la opinión de Veyne— bajo la forma del relato. La trama, construidapor el historiador, abre posibilidades infinitas de explicación, porque en su tejido las categorías históricas cobran signifeado, y no viceversa. De esta manera, Veyne «desdramatiza» eldebate de lo episódico y lo no episódico, abierto por los An - 26 Paul Ricoeur, Tiempo y narración. 1: configuración del tiempo en el relaro hworuo, Madud, 1995 (primera edicicón en francés, 1985), p. 26. 27 Paul Ricoeur, ob. ciÉ. 286, uhica a Veyne en el cruce entre las tesis weberianas y las corrientes narrativistas anglosajonas. ~‘ Paul Veyne, Cómo se escribe la historia.Foucaultrevoluciona la historia, Madrid, 1984 (pri - mera edición en francésen 1971), pp. 67-68. Eran~ois Furet, «De I’histoire-récit á l’histoire-probléme», en Diógenes, 89 (1975). ~ Paul Veyne, Cómo se escribe p. 69. 102 Adolfo Carrasco Martínez niones políticas e ideológicas empleando recursos retóricos y estilísticos que mezclaban la ficción conla realidad 58, lo cual conlíeva cierto interés parael his - toriador, al menos desde una doble perspectiva: el empleo de los recursos, las figuras y las técnicas narrativos en general, y la consideración de la novela his - tórica como fuente, sea referida al tiempo representado en la novela como al tiempo en que se escribe la novela. HISTORIA NARRATIVA E HISTORIA CONCEPTUALIZANTE. LA RELACION ENTRE HISTORIA YLENGUAJE «Foucault es el historiador completo, el final de la historia» ~. Estas taxati - vas palabras escritas por Paul Veyne parecen excesivas leídas casi treinta años después, pero de lo que no cabe duda es de la influencia que este inclasificable filósofo francés ha tenido en el mundo intelectual occidental en estas últimas dé - cadas, y particularmente entre los historiadores. Quizá uno de los méritos de Miche! Foucaultconsista en haber sabido explicar el proceso de expansión y de fragmentación que ha experimentado la historia desde los setenta, casi a velo - cidad de vértigo, y cuyos efectos se han dejado sentir en distintas manifesta - ciones de desconcierto, inquietud o «crísís» en el seno de la disciplina. Aporta - ciones foucaultianas como la noción de discontinuidad, la explicación de la fragmentación del objeto —no sólo en la historia, también en la psiquiatría y en otras cíencías—, la necesidad de redefinir las categorías historiográficas exis - tentes y crear otras nuevas, entre otros campos que cubre su obra, han conver - tido al filósofo en un punto de referencia de lanueva historia, de sus métodos, de sus objetos y de sus formas de representar. En Lo arqueologíadelsaben analiza Foucault eldiscurso como medio de conocimiento y propone, como actitud de inicio, la liberación de conceptosy nociones que nos lastran, como laidea de la existencia de distintos discursos estancos entresí para laciencia, la literatura, la historia, la religión, la filosofía ~. Y, después de poner en tela dejuicio los apriorismos desde los cuales tradicionalmente se ha construido el discurso de las distintas disciplinas, es decir, de la multiplicidad de objetos y de las disconti - nuidades —pensemos sólo en la historiografía— se infiere laimportancia de lo individual — no sólo del sujeto, de )o subjetivo, o de las intersubjetividades, sino también una nueva valoración del acontecimiento como hecho singular— “ Sobre estos aspectos, véase José María Pozuelo Yvancos «Realidad, ficción y semiótica de la cultura», en La novela histórica aJlnalesdel siglo XX, pp. 104 y ss. ~ Paul Veyne, Cómo se escribe la historia p. 200. El propio Veyne, en la necrológica que tri - butó en Le Monde a Foucault (1984), afirmó que su obra era «el acontecimiento de pensamiento más importante de nuestro siglo», citado por J. O. Merquior, Foucault o el nihilismo de la cátedra. Mé - xico, 1988 (primera edición en inglés, 1985), p. 13. ~« Michel Foucault, Larcheologia del zape re, Milán. 1971 (primera edición en francés, t969}, pp. 29 y ss. La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno a lo narrativo... 103 y, podríamos añadir, las prestaciones de lo narrativo adaptado para este nuevo discurso de la historia. Pero esta reelaboración del discurso historiográfico —en general, del dis - curso del pensamiento— no es menos conceptual si es narrativa, entre otras co - sas porque Foucault mantuvo una compleja relación con el estructuralismo como paradigma del conocimiento, sin someterse nunca a una ortodoxia que él mísmo rechazó explícitamente en cuantas ocasiones le fue posible. Lo que lan - za Foucault en Los palabras y las cosas es la idea de que no sólo se puede pen - sar de una determinada manera o, en otras palabras, ordenar la realidad según unas categorías heredadas sin crítica —la noción del progreso lineal del cono - cimiento, la invariabilidad del objeto de las ciencias, la existencia de un único método científico—. Para determinar cómo hemos llegado a pensar de una de - terminadamanera, es decir, por qué hemos ordenadola realidad así y no de otra forma, propone «el método arqueológico», un procedimiento que exhuma de la historia —de ahí el término arqueológico—— los códigos fundamentales, las formas de pensamiento que han sido necesarias para construir nuestra manera de ordenar la experiencia. Entendida dentro de su arqueología del conocimiento, la propuesta más interesante de Foucault para la historia es el método genealógico, parcialmente heredado de Nietzsche, y completado luego con elestudio del dis - curso que desarrolla en La arqueología del saber61. Foucault «no es un histo - riador de la continuidad sino de la discontinuidad»62 lo cual implica no sólo una distinta manera de abordar el estudio del pasado, sino también un diferente modo de reorientar teóricamente la relación del historiador conel pasado63. En cuanto ala distinta manera de abordar el pasado, Veyne señala cómo el método foucaultiano consiste en «comprender que las cosas no son más que objetiva - ciones de prácticas determinadas, cuyas determínaciones hay que poner de manifiesto, ya que la conciencia no las M —esa es la tarea del histo - riador—. Ello diferencia la historia de la ciencia, según Veyne, pues: «La ciencia no es la forma superior del conocimiento: se aplica a “modelos de serie’, mientras quela explicación histórica se ocupa, caso por caso, de “prototi - pos”; por la naturaleza de los fenómenos, la primera tiene por invariantes mode - los formales; la segunda, verdades aún más formales. Aunque sea enteramente co - yuntural, la segunda no tiene menos rigor que la primera.Positivismo obliga.»65 Así pues cabe lo conceptual en historia, en la nuevahistoria que, en medida importante, está hermanada con lo narrativo. De esta forma, podríamos apuntar ~~J. G. Merquior. ob. cit., pp. 58 y ss. 62 Mark Poster, Foucault, el marxismo y la historia, Buenos Aires, 1987 (primera edición en in - glés, 1984), pp. 108-109. ~-‘ Mark Poster, «Foucault, el presente y la historia», en E. Balbier, G. Deleuze y otros, Michel Foucault, filósofo, Barcelona, 1990 (primera edición en francés, 1989), p. 298. ~ Paul Veyne, Cómo se escribe ..., p. 213. «‘ Ibídem, p. 229. 104 Adolfo Carrasco Martínez la idea de que lahistoria es el cruce de caminos entre los conceptos y los acon - tecimientos, reflejados en la trama elegida por el historiador como representa - ción de una parte del pasado. Por otra parte, parece fuera de toda discusión cuál es la razón que ha generado el interés de los filósofos por la historia. En tanto queel trabajo del historiador supone un intento de representar el mundo a través del lenguaje y del pensamiento, la operación histórica se inscribe dentro del campo de reflexión de las ideas t Y esta operación —la que convierte en inte - ligibles los acontecimientos y aplica con el sentido adecuado los conceptos— implica un mecanismo de mediación de origen conceptual: la selección. En este sentido, las palabras de E. H. Carr son reveladoras: «El historiador es necesariamente selectivo. La creencia en un núcleo óseo de hechos históricos existentes objetivamente y con independencia de la interpreta - ción del historiador es una falacia absurda, pero dificilísima de desarraigar (...) En general, puede decirse que el historiador encontará la clase de hechos que busca. Historiar significa interpretar» ~‘. El hecho de que los críticos de la historia narrativa la hayan acusado de poco válida ——en concreto, alguien laha calificado de «débil» modo de repre - sentación de la historia68, otrode «modalidad de huida»69— es, a nuestro juicio, consecuencia de un problema más amplio, que es la propia dificultad de con - ceptualizar en historia, sea cual sea el modo de operar. Paul Veyne ha caracte - rizado esta cuestión central de la epistemología histórica, que atañe, insistimos acualquier planteamiento teórico o historiográfico, al señalar los obstáculos que el historiador encuentrapara conocer mediante conceptos y para utilizar con - ceptos que hayan demostrado eficacia anterionnente, porque «del devenir his - tórico no poseemos un conocimiento inmediato (...) [y] los circuitos aconteci - mentales no los conocemos, primero, más que de un modo parcial y confuso» 7O~ Esta cuestión tiene que ver con un debate largamente librado —y aún no can - celado—: el problema de la objetividad en historia o, mejor dicho, la búsqueda de un modelo de objetividad adaptado a esta disciplina. No es este lugar para discernir sobre si lahistoria debe o no compartir lanoción de objetividad propia de la ciencia —aunque algunas cosas se han dicho sobre ello—, pero sí es ~< Peter Winch, «La rappresentazione del mondo da parte dello storico>’, en Pietro Rossi (edj, ob. cit, p. 247. 67 E. H. Cant ¿Qué es la historia?, Barcelona, 1981 (primera edición en inglés. 1961), PP. 16y 32. 68 Julio Aróstegui, Lo investigación histórica: teoría y método, Barcelona, 1995, p. 255. La cita completa: «La narrativa sólo es una de las formas posibles de representación dela historia y en manera algunala mejorde ellas. Se trata, más bien, de una forma «débil» de hacerlo.» 69 Josep Fontana, ob. cit, p. 17. La cita completa: «He citado precisamente la narración, unade las modalidades de huida más frecuentes, y elementales, de quienes pretenden escapar del contagio de la teoría». ‘« Paul Veyne, «La historia conceptualizante», en Jacques leGolf y Pierre Nora (dirs.), Hacer la historia volumen 1, p. 75. La trama del tiempo. Algunas consideraciones en tornoa lo narrativo... 105 pertinente retomar larelación entre elobjeto representado —los acontecimien - tos del pasado, o simplemente el pasado— y su representación —el texto his - tórico—. Si aceptamos con Jesús de Garay que historiar consiste en sustituir por palabras «las acciones que en símismas son irrepetibles»71, elnudo problemá - tico consiste en la «posibilidad de confundir las palabras conlas cosas». Pero esta atribución no limita, a nuestro juicio, la capacidad intelectiva del texto his - tórico, sea o no narrativo. Por el contrario, exige del historiador una reflexión sobre la epistemología de su saber que obliga a no reproducir de forma auto - mática la noción de objetividad al uso —venida de las ciencias experimentales y mensurables—y a hacer un esfuerzo de búsqueda de la propia especificidad de la objetividad histórica. Y en este sentido una de las propuestas más suges - tivas en las últimas décadas ha sido, reiteramos, el método arqueológico-gene - alógico de Foucault. Pero no es laúnica. Entre nosotros, Bartolomé Escandelí ha realizadorecientemente uno de los esfuerzos más interesantes por elaborar una teoría del conocimiento histórico como sistema completo. Su Teoría del Discurso Historio grófico plantea un modelo global para la disciplina histórica en el cual la fundamentación epistemológica ocupa una parcela importante, así como dedica otro tanto a los problemas de formalización del relato en his - toria 72 Uno de los campos quecon más frecuencia han sido transitados por el pensamientoposmodemo es el del lenguaje—lainfluencia de Wittgenstein es decisiva—, en concreto su capacidad para representar o simbolizar la expe - rienciahumana y comunicarla. Frente a los grandes sistemas de antaño, las ideas-fuerza o, en general, la universalidad comprensiva de grandes verdades, es decir, el «pensamiento fuerte», los ochenta han alumbrado el «pensamIen - to débil», escéptico por definición ante la apariencia de lo real —en este sen - tido, una fenomenología del conocimiento— y reconocedor de la fragmenta - ción del mundo sensible, de las diferencias73. En palabras de Antonio Morales, se trata de centrarse en «lo concreto, atentos a las diferencias intra y extracul - turales, a la verdad como apariencia, no como esencia, alas formas retóricas y simbólicas» ~. La influencia de esta manera de pensar en la nueva historia es obvia. No sólo por laconstatación de la fragmentación de la realidad como ob - jeto de conocimiento —algo constatable en la dispersión de objetos del interés de los historiadores en la actualidad—, sino también, por la forma de aher - ~ Jesús de Garay, «La objetividad, viejo y nuevo problema», en José Andrés-Gallego (dR,), New History, Nouvelle 1-listo ry. Hacia una nueva Historia, Madrid, 1993, p. 155. 72 Bartolomé Escandelí, Teoría del discurso Historiográfico, Oviedo, 1992; en especial, pp. 83-127 y 193-223. ‘~ Entre otros textos representativos del «pensamiento débil», Gianni Vattimo y Pier Aldo Rovatti (edsj. El pensamiento débil, Barcelona, 1990 (primera edición en italiano, en 1983). De Vattimo: Lía sociedad transparente, Barcelona, 1990; Elogio del pudor, Barcelona, 1991; Elica de la interpreta - ción, Barcelona, 1991. ~ Antonio Morales, «Postmodernismo e historia», en José Andrés-Gallego, ob. cm, p. 152. 106 Adolfo Carrasco Martínez darlo —el sujeto—. Cabe, entonces, un replanteamiento de la historia desde el pensamiento «vacilante»75 posmoderno, como apunta Gabrille Spiegel: rota la confiada y estable relación entre palabras y cosas -—-entre texto histórico y pa - sado—, se impone un solapamiento entre las palabras, que no sólo representan cosas, sino que también tienen sentido en sí mismas, y entre las palabras y lo que quieren atribuir —lo representado— 76• Es la cuestión de la mediación, o el linguistic turn, lo que accede al primer plano77, es decir, el intercambio de significados entre los textos y de los textos con la realidad expresada. Desde la filosofía del lenguaje —anglosajona y germana— y desde el postestructuralismo francés, la preocupación por la narración ha influido en la producción historiográfica. Gadamer, desde la hermenéutica, ha reiterado su profunda convicción en que nuestro acercamiento a las cosas, al mundo, al pasado también, es dialogada, es decir, a través del lenguaje como vehículo de comunicación, y que sólo esa dinámica de interpelación continua entre ob - jeto y sujeto, y entre sujetos, nos acerca a la verdad ~. Ricoeur, en un trabajo antenor a su obra culminante, señalaba cómo el discurso, entendido como predicado dotado de sentido, es una entidad con estructura propia «en el sentido sintético, es decir, el entrelazamiento y la acción recíproca de las fun - ciones de identificación y predicación en una y la misma oración», con ca - pacidad al mismotiempo de «identificación singular» y de «predicación uníversal»79. Sobre estas cuestiones, situándose en la frontera entre historia y literatura, el trabajopionero de Régin Robin inauguraba la puesta en valor de las técnicas narrativas que podían ser titiles para los historiadores enfrentados a nuevos problemas y nuevos objetos ~ Menos concretopero con más re - percusiones fue La arqueología del saber, de Foucault, definidor, como se ha dicho, de conceptosinfluyentescomo el de discontinuidad del discurso, tan determinante de la producciónhistoriográfica posterior que podemos hablar de un «efecto Foucault» referido a la manera de analizar los textos y de constniirlos81. ~ La expresión proviene de Ciampiero Commolli, «Cuando sobre e] pueblo cubierto por la nieve aparece, silencioso, el Castillo ... (La propensión narrativa ante el paisaje indescriptible)>~, en Gianni Vartirno y Pier Aldo Rovatti, ob. cm, p. 291. 76 Gabrielle Spiegel, «Towards a Theory of the Midde Cround: Historical Writing in the Ageof Postmodernism», en Historia a debate. Tomo 1, pp. 170-171. ~ Ibidem, pp. 171 y ss., Véase, también, Pedro Cardim, «Entre textos y discursos. La historio - graffayel poder del lenguaje», en Cuadernos de Historia Moderna, 17(1996), pp. l26y ss. ~ Hans-Oeorg Gadamer, «Historia y lenguaje: una respuesta>~, en R. Koselleck y l~l.-G. Gadamer, Historia y hermenéutica, Barcelona, 1997 (primera edición en alemán, 1987), pp. 97-106. ~< Paul Ricoeur, Teoría de la interpetación. Discurso y excedente de sentido, Madrid, 1995 (primera edición en inglés, en 1976), p. 25. >« Régine Robin, Histoire et Linguistique, París, 1973. Un análisis de su obra, contextualizada y puesta en perspectiva, es el de Noemí Goidman, El discurso como objeto de la historia, Buenos Ai - res, 1989, pp. 33 y ss. <‘ Sobre este efecto, véase Pedro Cardim, art. cit., Pp. 139 y ss. La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno a lo narrativo... 107 NUEVAS PERSPECTIVAS DE LO NARRATIVO En definitiva, la nueva historia narrativa, o vuelta al relato en historia, tal y como lahan presentado Stone, Burke o Veyne, inspirada en Ricocur o Foucault, entreotros, busca incluir la descripción, el análisis, la explicación y cuantos ele - mentos puedan enriquecer la narración. Todos ellos, junto con las técnicas re - tóricas y un corpus conceptual, construyen un discurso denso que intenta me - jorar anteriores maneras de historiar. Es obvio que no se trata de un mero retomo a la historia positivista o romántico-nacionalista del siglo XIX, sino el producto de la recuperación por parte de la historia de su propia especificidad, con rasgos narrativos —no exclusivamente lineales— y también analíticos ~ ¿Cuáles son las aportaciones surtidas por lanueva visión de lo narrativo en historia? Alo largo de las anteriores páginas se han recogido algunas. Siguien - do a Rúsen, laprimera —desde un punto de vista teórico— puede ser una re - lectura de la relación del pasado conel presente83 cuestión ya expuesta por He - gel y desarrollada más tarde por Gadamer y más recientementepor Foucault, lo cual implica toda una variedad de actitudes ante la noción de tiempo, junto con distintas consecuencias para el objeto histórico. Como nos ha explicado Fou - cault, estas conexiones están cortocicuitadas por las «discontinuidades» o des - plazamientos de significado de los conceptos, manifiestos en las prácticas de cada época histórica, lo que produce distorsiones en nuestra noción anterior - mente lineal del pasado —más o menos ligada a la idea deprogreso. En cuanto a modalidades historiográficas, una aportación de la historia na - rrativa es la microhistoria, muy influida por los trabajos antropológicos de Clifford Geertz y Marshall Sahlins. El método de ambos autores consiste en se - leccionar casos muy concretos en el tiempo y el espacio que, gracias a unalabor conceptual y explicativa desarrollada hasta sus últimos términos, sirven para construir un universo en detalle y de gran valor general —la referida «descrip - ción densa»—84. Con la microhistoria se responde al intento de reconstruir, se - gún las pautas antropológicas descritas, lo intrincado de las relaciones sociales, sobre todo en las capas inferiores, aquellas cuyas huellas documentales han exi - 82 Véase Jórn Rilsen, art. cit., p. 197. ~‘ Júm ROsen, «La historia, entre modernidad y postinodernidad», en J. Andrés-Gallego (ed.), ob. cii., p. 129. <~ Cliffurd Geertz, La interpretación de las culturas, Barcelona, 1988; Marshall Sahlins, !sla,s de historia. & muerte del capitán (‘cok. Me¡áforn, antropología o /z&o ¡-ja, Basvelona, 1988; C. Geertz, 1. Clifford y otros, El surgimiento de la antropologíaposmoderna, Buenos Aires, 1992. Sin embargo, también desde la antropología, se ha criticado el trabajo de Geertz, por considerarlo poco riguroso y abocado a un callejón sin salida. La supresión de cualquier estructura teórica, de que hace gala Geertz y que ha tenido gran influencia en la historiografía reciente, ha sido impugnada porJosep R. Llobe - raen tresde sus trabajos: Hacía una historia de las ciencias sociales, Barcelona. 1988; Caminos diis - cordantess cemralidad y marginalidad en la historia de las cienciassociales, Barcelona, 1989; y La identidad de la antropología, Barcelona, 1990. Llobera busca también una ciencia social única, en cl mismo sentido que la vieja aspiración de los Minales. 108 Adolfo Carrasco Martínez gido un cambio de actitud del historiador hacia las fuentes. El método consiste en utilizar a un individuo como hilo conductor de la explicación, de forma que la trayectoria de una vida individual, o del devenir de una familia,permita comprender los múltiples factores, intereses y elementos mentales que compo - nen el universo social de las masas campesinas del Antiguo Régimen. Para Ginzburg y Poni, dos de los más destacados microhistoriadores, el microanáli - sis presenta dos dimensiones: por un lado, el acceso a lo vivido, a la realidad personal individual, que sería impracticable estudiando grandes grupos huma - nos; por otro, el desentrañamiento de las estructuras «no visibles», es decir, los aspectos mentales y sus repercusiones en la conducta85. Las prestaciones retó - ricas del relato lo convierten en vehículo apropiado para reflejar lo imaginario, los mecanismos que determinan la toma de decisiones y todos los demás as - pectos de lo «micro». Fruto de la revitalización del relato es, también, la preocupación por lo in - dividual, que se manifiesta, por ejemplo, en un renovado interés por el género biográfico, fronterizo por definición ~Durante varias décadas—desde el fin de la SegundaGuerra Mundial hasta casi los ochenta— la biografía se consi - deró un género historiográfico agotado, como consecuencia del predominio de los paradigmas marxianos y estructuralistas 87~ Pero, en los últimos años, se ha producido un cambio «espectacular», como lo califica Antonio Morales, sobre ~ Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos, Barcelona, 1981; P. Boyer y 5. Nissenbaum, Lo cirtá indemoniata.Salem e le orgini sociali di una caccia alíe streghe, Turín, 1986 (primera edición en inglés, en 1974), en especial el prólogo de Carlo Ginzburg; Carlo Ginzburg y Carlo Poni, «La mi - cro-histoire», en Le D~bat, 1981, pp. 133-136; Carlo Ginzburg y Marco Ferrari, «La colombara ha apeno gli occhi», en Quaderni Storici, 38 (1978), pp. 631-639; E. Grendi, «Micro analisi e storia so - ciale», en Quaderni S¡orici, 35(1972); J. Agirreazkuenaga, E. Giorgi, G. Levi, M. Urquijo, A. Torre, O. Raggio, F. Bocchi, Storia locales due visioni di confronto, Bilbao, 1993; Carlo Ginzburg, Clues, myths, and rite histarical inetitod, Baltimore, 1989; un texto muy completo sobre el método mi - crohistórico es el de Giovanni Levi, Sobre ¡nicrohistoria, Buenos Aires, 993. Véase, también, Be - rardo Hernández, «De la historia local a la microhistoria», en Nuevas fronte ras de la historia, mo - nográfico de Iber. Didáctica de las Ciencias Sociales; Geografía e Historia, 12 (1997), pp. 72-78. En nuestra historiografía, el libro de Jaime Contreras, Sotos contra Riquelmes. Regidores, inquisidores y criprojudios, Madrid, 1992, es un punto dereferencia del enfoque microhistórico. Sobre laobra de Contreras, su método y su importancia en el panorama histodográfíco, véanse las reseñas de Mireille Peytavin y Luciano Allegra, «Microstoria e Inquisizione: un accordo fruttuoso», e «1 limiti della plan - sibilitá>8, respectivamente, en Quaderni Srorici, 1995, pp. 83 1-855. ~ André Maurois, Aspects de la biographie, París, 1930; René Pillorgel, «La biografía en Fran - cia>’, en 1! Conversaciones Internacionales de Historia. Las individualidades en Histona, Pamplona, 1985; P. M. Kendall, Tite art of biograpitv, Londres, 1965; D. Reales, History aná biography. An inaugural lecture, Cambridge, 1981; R. Gitting, The nature of biograpity, Londres, 1978; Carlos Seco Serrano, «La biografía como género historiográfico», en Once ensayos sobre la historia, Madrid, 1976; Francisca Colomer, «Biografíaycambio social: la historia que estamos viviendo», en Historia a debate. Tomo HL pp. 167-174; Susana Strozzi, ~<Sujetoypersonaen la biografía histórica», en His - toria a debate. Tomo SIL pp. 175-182. ~ Antonio Morales Moya, «Biografía y narración en la historiografía actual,>, en Problemas ac - tuales de la historia, Salamanca, 993. p. 229, La trama del tiempo. Algunas consideraciones en torno alo narrativo... 109 todo en Francia, precisamente donde el género se había visto más despresti - giado. En la misma corriente se ha de situar el florecimiento de dos modalida - des cercanas, las memorias y la autobiografía88, Morales Moya ha propuesto una articulación tripartita para establecer los límites y las variedades de la historia persona ft: labiografía de un individuo sobresaliente desde el punto de vista de la historia política 90; la biografía de una elite de poder, es decir, la pro - sopografía9h y la biografía de personas ordinarias, como medio de profundizar en una época, tal y como postulan los microhistoriadores 92• >8 Acerca de la autobiografía y las memorias, véanse Philippe Lejeune, El pacto autobiogrdflco y <gros estudios; yA. Morales Moya, «Hiograña y narración , p. 231. >~ A. Morales Moya, «Biografía y narración ...». Una clasificación en cuatro grupos, pero bastante similar, en Emilio Mitre, ob, st, pp. 103-104. «‘ 5. Hook, El héroe en la historia, Buenos Aires, 1958; C. Wilson, «Aciertos y errores en las de - cJsloncs personales en la historia. Tres ejemplos, Isabel 1 de Inglaterra, Cromwell y De Witt>’. en II Conversaciones Internacionales de la Historia pp. ¡95-209. <‘ L. Srone, «Prosopography>’, en Tite Fas! ant] ¡he Fresen! Reririted, Londres, 1987, pp. 45-77; E. Burkc, Venice ant] Amsterdam. A study of Seventeenrit Cenlurv elites, Cambridge, 1994. 92 Algunos trabajos clásicos, además de los citados en notas anteriores: Natalie Z~mon Davis, Tite return of Martin Guerre, Cambridge (Mass.), 1973. Richard L. Ragan, Las sueños de Lucrecia. Po - lítica y profrcía en la España del siglo XVL Madrid, 1991 (primera edición en inglés, 1990).