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Papeletas sobre escultura gótica: La Piedad de la Granja de Fuentes

Calvo Díez, Lucas

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vV. PAPELETAS SOBRE ESCULTURA GÓTICA LA PIEDAD DE LA GRANJA DE FUENTES Esfa Piedad que se conserva en la Granja de Fuentes (Tudela), se la puede relacionar, aunque es bastante posterior, con una existente en Medina de Ríoseco, de Rodrigo de León y que se fecha en la segunda década del siglo xví. Al ver esta escultura (Lám. I) no se sabe qué admirar más, si el dolor callado de la Virgen o la solicitud verdaderamente maternal con que sostiene el cuerpo de su Hijo. El cuerpo de Cristo, sostenido en el regazo de su madre; está curvado como arco que va a lanzar la salvación del género humano: está rígido, está tenso; su cabellera cae abundante hacia atrás y el brazo derecho se desploma inerte, mientras que el izquierdo lo sostiene llena de dulzura y de cariño la Virgen con su mano. Lo dispar se hace recordar tanto como lo semejante y este debe ser el porqué, al contemplar esta escultura, de que venga a la mente la estatuaria de Gregorio Fernández. Hay entre ambas producciones un mundo de diferencia. Mientras Gregorio Fernández hace que María se duela con un dolor exteriorizado, haciéndola elevar su mirada al cielo, aquí, en esta Piedad, la Madre sufre callada la muerte de su hijo con los ojos puestos en Él y reflexionando en su dolor. Contrasta el cuerpo de Cristo con los grandes y duros pliegues, duros como góticos, del manto de la Virgen, quien se cubre con un manto de grandes pliegues también, con lo cual la expresión de duelo y de tristeza se acentúa más. Y ya al terminar vienen a nuestra memoria las notas del himno medieval: Stabat Maler dolorosa juxta crucem lacrimosa, dum pendebat FIlius. 126 PAPELETAS SOBRE ESCULTURA GÓTICA Aquí el Hijo no pende de la cruz, aquí está mantenido sobre sU regazo; pero muerto, y la madre, lacrimosa, sin consuelo en la desgracia. Grupo de la familia de la Virgen. Este grupo (Lám. II), que estuvo en La Seca (Valladolid), se guarda al presente en la capilla del Seminario Conciliar y representa una escena de la infancia de jesús. Componen el grupo, a uno y otro lado, San Joaquín y Santa Ana y en el centro, como sentada, la Virgen que tiene sobre si ai nino. Éste, medio desnudo, parece que se quiere escapar del regazo materno, como si quisiese echar a andar; es la fi gura de más moví miento del grupo: Madre e hijo contrastan con las fi guras de San Joaquín y Santa Ana, tanto, que hace pensar si no sera un algo acomodado posteriormente, en cuyo caso habría sido una fetó acomodación; sobre todo si se tiene en cuenta la fi gura de Santa Ana, que es la más hierática y hasta parece estar aiena a todo loque sucede, no es una sospecha infundada. Ésta sostiene sobre sus rodillas un libro abierto y sobre su mano se ha posado una paloma, que es añadidura posterior (asi como el brazo izquierdo del niño); no parece muy atenta a lo que sucede, como ya dijimos, y tiene su mirada distraída; la cara de la Santa parece aprisionada por la toca que la cubre y que origina en su frente una serie de pliegues. San Joaquín, sentado, sostiene un plato con unos dátiles y se cubre con un gorro de gran tamaño que se confunde con su pelo) que deja caer dos cordones que se entrecruzan en sus extremos. También el santo deja vagar su mirada. Las cuatro figuras componen una escena familiar de la infancia de Jesús, llena de dulzura y sentimiento, a pesar de la dureza de modelado y del sentido de hieralismo que nos muestran. La imagen de San Roque, de Montcalcgre, Tres figuras componen este grupo; (Lám. III) San Poque, un ángel y el perro. Dice el padre Rivadeneira en la vida de este biena venturado, que fué de origen francés e hijo de padres ilustres, que repartiendo sus bienes abandonó su tierra y se hizo romero; continúa y nos dice, que el Señor permitió que le atacara una enfermedad y LA PIEDAD DE LA GRANJA DE FUENTES 127 que le atravesase el muslo una fl echa; cuando de vuelta se encami naba para su patria, al atravesar un desierto, como no tuviese qué comer, el Señor dispuso que el perro de un caballero le llevase, de la mesa de su señor, el pan de cada día. Pero el San Roque que aquí yernos es bien diferente; por ninguna parte vemos en él las conchas, ni el bordón, ni tampoco el báculo con su calabaza, atributos todos de romero o peregrino, sino que, bien al contrario, el santo tiene un aspecto de cortesano de aquellos otoños góticos, inclusive tiene un cierto parecido con Carlos I, que debe ser debido al sombrero con que va tocado. De su actitud no sé qué decir; tiene adelantado el pie izquierdo y el mismo brazo, y muestra poco caso al ángel que solícito se le acerca para curarle la sangrante herida, y al perro que le ofrece el pan; luce el santo una barba de rizos simétricos, y la expiesión de su rostro tiene algo de indiferencia o de santa conformidad. El ángel, sin alas actualmente y de cara redonda, bien parece uno de esos que suelen sostener los escudos en las fachadas; avanza con una caja en la mano siniestra, y viste una túnica larga que solamente deja ver la mitad de la pierna izquierda y adivinar la otra a través de sus pliegues. ^ Presenta el ángel un vivo movimiento en contraposición al santo, el que si avanza su pierna izquierda, sólo lo hace para mostrarnos la llaga. Todo ello del gótico más avanzado, cuando ya empezaba a despuntar el día renacentista. L. Calvo Díez. 1^* ÍII1IÍX ■ r'!" L L.