El descubrimiento de la penicilina (pequeña historia de los microbios): (discurso de apertura)
Full text
r-, ". --_r - '---i J...., ~ -4- ~~ ! ¡ -, -; - e o ~ f'.. t--i --+-- f ~ .1 --....,. "'-...; '-" ("/ .., --" -""""'1 ¡.......j r r ~ '1 ......•....• ;-.... r-- -- <r:: .-..-/ .» 'J, - > /""./ ~ Z w:J ~ r ., --J r-. V ¡"......¡ -Lt6~ .••. ·--.4-4-- --~=~••.•--.•~.~~- _.-.... .~ ...•.... ::.. .•. ., ) .,
UN IVERSIDAD DE!:' V ACCADOLlD DR. D. EMILIO ZAPATERU BALLESTEROS eA TEDRAT!~() DE MICROBIOLOGi.'\ E HIGIENE f i .. I ¡ (DISCURSO DE APERTURA) .. {. : '. '- BiCe DISC.APERT.UVA 47/48 11111111111111111111111111111111111111111111111111111111111111111 1>0 o o o 7 3 1 4 9 2
· .. ,'.~ _---,.,.. .. "'"""~~~. Editorial, IlIlprenta y Libreria CASA MARTlN - Teléfs. 17U y ~730 . Valladolid ..... :~ .. Magnífico y Excmo. Sr. Rector; Excmos. e Iltmos. señores; ..., senoras y ..- senores: En virtud del turno automático establecido, me cabe hoy el. honor de ocupar este. tribuna para pronunciar el tradicional discurso con que se inauguran las tareas del nuevo curso académico. Serias preocupaciones me asaltaron cuando recibí la comunicación de mi designación, y ello por el concepto que, por muchos años de nuestra experiencia de oyente, hemos llegado a formar acerca de estos discursos. En general, el proceso es el siguiente: el catedrático designado elige, y hace bien, un tema de la materia en que está especializado, .desarrollándolo a fondo y de modo magistral: otras veces es un trabajo de investigación, con una valiosa aportación personal al asunto. Son varios meses de labor intensa, de consultas bibliográficas, de recopilación de datos, etc. El catedrático ha cumplido con SU deber. Llega el momento de la lectura en sesión solemne, como la de hoy. El público oyente está constituido por personas que podemos clasificar en tres grupos. Uno muy pequeño, 'a veces bastan los dedos de una mano para contarlo, de especialistas en la materia de que el discurso trata. Otro, mayor, constituido por técnicos no especializados. Y el tercero,formado por la gran mayor1a de los oyentes, por personas muy cultas pero que no son ni técnicos ni especializados. Resulta de esto que las únicas personas que seguirían con interés y atención la lectura son las pocas que hay en el salón especializadas en la materia. Pero éstas no pueden ~ .!..:.;.... » :
, '_ ..( .• ,; $4.i.l'¡U:S* - valdarse cuenta exacta del contenido del trabajo porque el autor ha de leer solamente rragmentos, por lo cual esperan a la lectura reposada y tranquila del trabajo en la quietud de su gabinete de estudio. Si esto sucede con 10s oyentes especializados, no es preciso que digamos lo que pasa con los técnicos no especialízados y con las personas que no son técnicas ni especializadas. La consecuencia es que, a los ~c~s iritnutos de coh-t~~zada la lectura, todos los gru~os de oyentes están pendientes del número de páginas que van quedando por volver al lector del discurso. '--He aquí los motivos de nuestra perplejidad al ser designados para llevar a cabo esta tarea. El proceso mental que nos ha llevado a redactar nuestro trabaja en la forma que lo hemos hecho ha sido el siguiente: en primer lugar, es lógico que hayamos elegido un tema correspondiente a la disciplina que explicamos en nuestra cátedra; pero no hemos elegido un tema especializado, sino que nos hemos decidido por un tema de carácter histórico. Creemos así que el discurso puede tener interés para todos los oyentes, pues que, además, hemos procurado redactarlo huyendo hasta de palabras demasiado técnicas para una mejor com- .prensión por parte de todos. Desearido que, al mismo tiempo, el asunto tuviese la máxima actualidad, nos decidimos por el relato de las circunstancias en que. tuvo lugar el descubrimiento de la penicilina, fármaco que es ya familiar a médicos y profanos. ¿Quién descubrió este medicamento maravilloso? ¿Cómo lo descubrió? ¿En qué casos y con qué resultados se aplicó por vez primera? Creemos, así, haber. elegido un tema de actualidad y,al mismo tiempo, de dnterés para toda persona culta, sea cualquiera la actividad a que se dedique. En consecuencia, comenzamos por titular nuestra trabajo El descubrimiento ae la penicilina. Pero apenas comenzamos a escribir, y dándonos cuenta de que este descubrimiento científico era la culminación de la lucha del hombrecontra las enfermedades infecciosas, determinadas todas ellas por microbios, pensamos que antes de hablar de •••*{ .;, .j. ~q, '{ ,T ¡ . 4$k:'¡ e e .; e !( : $ 6!. ,P W! 2 ¡!$U -IXla penicilina, y a fin de ambientar al oyente o al lector, no estaría demás relatar las curiosas y extraordinarias cír- 'cunstancías en que se descubrieron los microbios, y continuar con las vicisitudes porque ha pasado la lucha contra ellos a través de los tiempos. De aquí el subtitulo de nuestro trabajo: Pequeña historia de los microbios. Ya hemos dicho que hemos procurado huir de tecnícismas; .nos queda por decir que a veces, en el curso de nuestro relato, nos. acogemos a la leyenda, muchas veces más bella que la propia historia; pero ello sin falsear en lo más minimo la verdad histórica. No aspiramos a sentar de plaza de historiadores ni de literatos; hemos escrito el relato de la mejor manera que hemos sido capaces, atendíendo a darle la mayor amenidad posible, y aquí lo tienes, oyente o lector amigo; tú dirás si acerté o no; pero, en todo caso, júzgame con benevolencia en gracia a mi buena intención. Y hecha esta justificación, que he creído absolutamente necesaria para que nadie busque en mi trabajo lo que no contiene, vamos a comenzar su exposición. Pero quiero evitar a ustedes la' inquietud por el número de páginas que me vayan quedando por volver y, con la venia del magnífico y excelentísimo señor Rector, os vaya. hacer el relato de palabra. Tampoco temáis que el relato vaya a ser largo. pues como no seria posible desarrollarlo por entero sin someteros a la tortura de la fatiga, me voy a limitar a exponeros uno de los pasajes solamente. Si lo encontráis interesante, pasaréis de oyentes a Lectores,y ello será mi mayor satísraccíón, l.-LA PREHISTORIA DE LOS MICROBIOS De§de el punto y/hora en que el hombre tuvo conocimiento de que la causa de muchas enfermedades eran unos seres vivos, tan pequeños que no podían verse a simple vista, comenzó la lucha contra los microbios. Es curioso que ni el
-XI- -xhombre que los descubrió, ni el que los encontró causando enfermedades, eran médicos. El primero era un comerciante de telas. El segundo era un químico. Muchos miles de años tardó el hombre en darse cuenta de I~ existencia de los microbios, pues el acontecimiento de SU descubrimiento no tiene lugar hasta hace trescientos y sin embargo, ¿d~sde cuándo los microbios determinan mortales enfermedades del hombre? Antes de contestar esta pregunta es preciso que distingamos los microbios en dos grupos. Uno de ellos, el más numeroso, está constituído por microbios que no sólo no son perjudiciales para el hombre, sino que le prestan servicios inestimables; y uno de ellos es el de hacerle posible la vida. Tales son, por ejemplo, los que hacen la fermentación del pan y la del mosto de la uva. Tales los que viven en las raíces de las plantas haciendo posible su desarrollo y crecimiento. Tales los que desintegran los cadáveres de animales y plantas y transforman la materia orgánica en el suelo, sin lo cual la vida del hombre no sería posible. Son éstos los microbios que el hombre utiliza. desde que existe sobre la tierra. Si fué Noé el primer hombre que elaboró el vino, f'ué también el primero en manejar microbios, naturalmente sin saberlo. También es obra de microbios la fermentación del tabaco, y la de tantas fermentaciones industriales. Junto a estos microbios beneméritos, hay otro grupo. muy pequeño, que son dañinos, que se introducen en el organismo del hombre y de los animales, determinando enfermedades y trastornos que no pocas veces acaban con su vida. Estos microbios han hecho en otros tiempos epidemias con espantosas mortandades. Estos microbios, dentro de ese mundo invisible, son los delincuentes; pero, al igual que entre los seres humanos, son, afortunadamente, poco numerosos en relación con la gran cantidad de los microbios que no nos hacen más que bien. Es de suponer que si estos últimos existen en el mundo desde el momento mismo en que apareció la vida, los otros, los que no procuran más que la enfermedad y la muerte, apareciesen al mismo tiempo. En efecto, el hombre prehistórico ya se moría de enfermedades causadas por microbios. Seguramente la primera prueba de esto es el descubrimiento del arqueólogo alemán Barthels, quien, en las cercanías de Heidelberg, encuentra una tumba del período neolítico: de unos cinco mil años antes de Jesucristo. En este antiquísimo sepulcro se encontró el esqueleto de un hombre como de unos veinte años de edad, en cuya columna vertebral aparecen soldadas las vértebras dorsales cuarta y quinta, con lesiones que se identifican con lo que hoy llamamos los médicos «mal de Pott», o sea la tuberculosis vertebral. El hombre neolítico padeció, pues, la tuberculosis. i Cuántos miles de años habrían de transcurrir hasta que el alemán Roberto Koch descubrió el microbio causal de la tuberculosis! Demos ahora un salto en la historia y lleguémonos a los albores de la civilización en el delta del Nilo. Veamos el legendario y antiquísimo Egipto, con su culto a los muertos. Es bien sabido que los egipcios fueron maestros, aun no igualados, en el arte de conservar ·cadáveres. En los tiempos primitivos, los muertos eran enterrados sin preparación alguna y en posición acurrucada. Pero en el antiguo Imperio egipcio, y a consecuencia de la creencia en la resurrección, creencia basada en el mito de Osíris, comenzóse a enterrar -primero a los reyes solamentecolocando los cuerpos en posición estirada, intentando al mismo tiempo, mediante cuidadoso embalsamamiento, proteger el cadáver de la corrupción y darle duración eterna. La ertcacía de los procedimientos de embalsamami.ento que aquellos hombres empleaban lo demuestran las numerosas momias que, a través de muchos siglos, se han conservado hasta hoy en estado perfecto. Es bien sabido que la palabra «momia» viene del persa, derivándose de «mum» , que significa «cera» ,la que parece querer decir que esta sustancia era elemento fundamental en el embalsamamiento.
•••••__ .,.,.-'..•.•••.:-.""'•.,.......•......,...-..•~·-..-,-,....,¡.•••.•..••_--- .•. .,;----"-"'--.iIIII"_i •••-IIIIIIII ••• !I'-••• :s1llltIll!JO. - Jtn- '. El medio más antiguo para impedir la putrefacción de los cadáveres consistía en la extracción de las vísceras, para lo cual se abría la cavidad abdominal, por el lado ízquíerdo y medíante un cuchillo de piedra. Esta maniobra, como todas las que seguían, eran hechas por hombres de una casta especial, que se dedicaba exclusivamente a embalsamar cadáveres. Hecha la apertura del abdomen, el operador fingía' huir, y los asistentes procedían al arrojo simbólico de piedras. Las vísceras extraídas se arrojaban al Nilo unas veces, pero otras eran conservadas en vasos en la propia tumba. La cavidad abdominal se rellenaba luego con paquetes de tela impregnada en resina, y el cuerpo se frotaba con esencias y se envolvía en apretados vendajes. Más tarde, al principio del Imperio nuevo, se sacaba también la masa encefálica por medio de unos ganchos que se introducían por las fosas nasales. Se limpiaba la cavidad craneal y se dejaba vacía, o se llenaba con una mezcla de sustancias bituminosas, incienso, mirra, aceite de cedro y grasa de buey. ~xtraídas las vísceras abdominales, se cosía el cadáver y se mantenía durante sesenta días en , un baño de sosa, lo que daba, al método una gran eficacia conservadora; luego se lavaba el cadáver y se envolvía en apretadas vueltas de vendas de 'fino lino impregnadas en goma y sustancias bituminosas. Damos estos pormenores, a pesar de ser bien conocidos, para' explicarnos bien cómo el estudio de' momias, hecho después de varios millares de años del enterramiento, haya permitido hallazgos de gran interés para nosotros. Y así, los estudios de Elliot Smith Ruffer, Fouquet, W. Jones y , . Derry, entre otros, han comprobado la existencia de índudables lesiones tuberculosas de las vértebras, como corrosienes, soldaduras y jibosidades. En alguna agrupación de tumbas fueron tan frecuentes estos hallazgos que hasta se pensó si se trataba de algún lugar destinado a albergar enfermos de este tipo y que tenia su cementerio. .Elliot Smith ha encontrado en alguna momia lesiones . , .....:....- ------'-::-'--~ .••..... -'- ---,- .. - XIIII ! • , pulmonares y restos de adherencias de pleura, lo que no tiene mucho de partícular si consideramos que, al menos en muchos casos, la evísceracíón se limitaba al abdomen. Tenemos, por lo tanto, pruebas indudables de que los microbios patógenos hacían ya estragos en aquel remoto tiempo. Es preciso tener en cuenta que los microbios causantes de enfermedades no encontraron ambiente muy propicio a sus acciones hasta que el hombre no comenzó a vivir en grupos sociales compactos, en cuyo punto y hora comenzaron' a regir las leyes de la Epidemiología, o sea el paso del microbio patógeno del hombre enfermo al sano. Pero estas leyes habían de permanecer desconocidas a lo largo de muchos siglos, hasta que surgió el hombre que descubrió los microbios, hecho que no se produce hasta diez y siete siglos después del nacimiento de Cristo. Hasta este momento, el hombre ya se venia explicando la' aparición y difusión de ciertas enfermedades por la .existencía de causas animadas invisibles. Y así, durante muchos siglos, la doctrina de los miasmas invisibles, propagados por el aire, fué.la explícacrón de muchos hechos. Los estragos que los microbios han hecho en todos los tiempos en la humanidad pueden seguirse de un modo especial desde la aparición de las llamadas «pestes>. La peste es descrita ya en los tiempos bíblicos; pero antes, en el siglo III antes de Jesucristo, ya se describe la «peste de los níísteoss . Mucho después, la «peste de Tucídídess , la «peste de Oorosio», la «peste de los galos», la «peste de Justiniano» (años 331-580 después de Cristo), son tremendas devastaciones hechas por los microbios..., y asi a lo largo de toda la historia. La lectura de los estragos que las epidemias hacen en la Edad Media ponen espanto en el ánimo; en las grandes ciudades de aquel tiempo morían diariamente trescientas (J cuatrocientas personas, y ciudades de cincuenta mil habitantes perdieron en alguna epidemia de diez a veinte mil, como sucedió en algunas epidemias europeas del siglo XIII. Los efectos de tales epidemias rue-
- XIV- -xvDe una tienda de telas a la inmortalidad, pasando por la conserjería de un Ayuntamiento. En Holanda hace trescientos años. La ciudad de Delft y el conserje de su Palacio Municipal. Cómo se produjo el descubrimiento: Antonio van Leeuwenhoek, Alejandro el Grande, Julio César y Núñez de Balboa. De Holanda a Italia. El abate Spallanzani y la generación espontánea. El experimento de Red!. El abate y los microbios. y custodiada por numerosos molinos de viento, los gigantes de la maravillosa historia de nuestro Don Alonso Quijano. aparecida en los primeros años del mismo siglo en que hacemos el viaje a Delft. Para encontrar al hombre que descubrió los microbios, no tenemos que ir a ningún hospital, ni buscar a médico alguno. Tenemos que ir a la gran plaza, entrar en el Ayun· tarmento y preguntar por el conserje. Antes de entrar hemos de admirar el magnífico edificio, de reciente construc ción en el momento de nuestra visita (1688), que tiene una atalaya gótica y guarda cuadros muy valiosos. En nuestro camino hacia .Ia plaza nos ha llamado la atención una iglesia gótica que tiene una torre ligeramente inclinada. También habíamos contemplado, al divisar la ciudad, un magnífico castillo construído en el siglo XI (1070) por Guillermo el Jorobado, y que más tarde había de ser residencia de Guillermo I de Orange. Antes de entrar en el Ayuntamiento nos hemos informado sobre el hombre que buscamos. Se llama Antonio van Leeuwenhoek, había nacido en 1632 y tiene en aquellos momentos unos cincuenta y tantos años. Es huraño, gruñón y huye de visitas y de gentes que le preguntan por las cosas que ve con unas lentes que él mismo se fabrica. No tiene más que un amigo a quien se confía plenamente: el médico Regnier de Graaf, que se ha hecho célebre descubriendo cosas importantes en el ovario de las mujeres. El Conde de Graaf, a quien acudimos, nos dice que el bueno del conserje del Ayuntamiento es hombre original y que tiene entre sus convecinos fama de chiflado; su padre era fabricante de cerveza, por lo que era muy estimado y respetado en la ciudad; también fabricaba cestos. Cuande su hijo Antonio tuvo dieciséis años le envió a Amsterdan de dependiente de una tienda de telas. Cinco años más tarde volvió a Delft, casado, ypuso por su cuenta una tienda tejidos. y asi pasa algunos años, entre la vara de medir y discusiones con l~,>compradoras que le regatean el precio de la mercancía. ron tan terribles, que sobrepasan a todo lo imaginable; en muchos países fueron atacadas las dos terceras partes de la población y sucumbieron más de la mitad de los habitantes. Pueblos y comarcas enteras se despoblaron por completo, hasta el punto de que no se podia cultivar la tierra, lo que contribuía al hambre y a la miseria. Toda esta trágica obra de destrucción y de muerte es la negra huella de la existencia de los microbios, que permanecían invisibles para el hombre. Las causas de todas estas hecatombes se vinieron atribuyendo a cosas muy diversas, y las ideas más antiguas están dominadas por las fuerzas sobrenaturales. Espiritus, demonios, dioses, etc., eran los responsables de aquellas catástrofes. Y este caos no cesa hasta que Dios dispuso que un humilde comerciante de telas descubriese los misteriosos. feroces e invisibles seres que eran la verdadera causa de todo. n.-EL DESCUBRIMIENTO DE,WS MICROBIOS Para poneros en situación de comprender la magnitud del descubrimiento, tenemos que retroceder cerca d,e trescientos años y, haciendo largas jornadas por polvorientos caminos, en sillas de posta, encarnínarnos a Holanda. Una vez allí, penetrando en el distrito de La Haya, damos en la ciudad de Delft, en aquel tiempo famosa por las magníficas piezas de porcelana y loza que salían de sus fábricas para adorno de mesas de magnates de todos los paises. La ciudad está a orillas del rio Schie, contaba con varios miles de habitantes, está recorrida por verdes canales
- XVIEra hombre de bajo nivel de cultura, carecia de estudios profesionales de ningún tipo, y era incapaz de hablar y escribir el latín, que era la lengua de las personas cultas de su tiempo. Algunos años después de establecido, logró ser nombrado conserje del Ayuntamiento de la ciudad. Nos dice también el Conde de Graaf que Leeuwenhoek es un hombre de una curiosidad sin limites, una gran habilidad manual y unas magníficas dotes de observador. Pero es huraño y poco comunicativo; desde luego, se niega sistemáticamente a satisfacer la curiosidad de quienes le visitan con ánimo de comprobar los maravillosos descubrimientos de que tanto se hablaba. Sólo al Conde de Graaf se confía, y gracias a él podemos vísitarle en su casa del Ayuntamiento: es un hombre de aspecto tosco, nariz y boca grandes, ojos expresivos bajo cejas muy pobladas y grises; lleva el rostro afeitado, salvo el labio superior, que muestra un bigote casi lineal; abundosa peluca con rizos . que le descansan sobre los hombros; un pañuelo claro anudado al cuello, y traje humilde. Es de estatura regular y tiene en el momento de· nuestra visita cincuenta y seis años. Adopta J.maire entre desconfiado Ytímido. Logramos entrar en conversación. Hace algún tiempo que dió en la manía de fabricarse lentes de mano bajo las cuales colocaba toda clase de objetos y pequeños animales. Pero no se conformaba con lo que aquellas lentes aumentaban, y habiendo oído decir que cuanto más pequeñas eran, más grandes se veían los objetos, visitó los talleres de los ópticos y allí aprendió a tallarse sus lentes. Como cada vez eran más pequeñas, llegó el momento en que no podía manejarras con los dedos, y entonces se metió por los talleres de los joyeros y aprendió a fundir metales, con el fin de fabricarse soportes adecuados a sus distintas lentes, que ya tenían un diámetro no mayor de tres milimetros. Cuanto caía en sus manos era inexorablemente puesto bajo sus lentes. y como los objetos que atraian su atención eran también muy pequeños, hubo de complicar el soporte Retrato de Antonio van Leeuwerihoek , (De la Colección Gabb. Londres.:
~' .. "
-xxuros palacios. Este es el mundo invisible, insignificante, pero implacable y a veces benéfico, al que Leeuwenhoek, entre todos los hombres de todos los países, fué el primero en asomarse. Este fué el día grande para Leeuwenhoek ...» Es difícil ponerse en situación de comprender los sentimientos que se despertaron en aquel hombre al observar aquellos «animalillos» de cuya existencia no se tenía ni idea. Los examina una y otra vez, se da cuenta de que no todos son iguales, estudia sus agilísimos movimientos: «se paran, quedan inmóviles, como en equilibrio sobre una punta, después se revuelven rápidamente, igual que un trompo, describiendo un círculo no mayor que un pequeñísimo grano de arena»; adivina que estos seres extrafías tienen unos sutilísimos pies, invisibles aún con su lente. Se planteó a sí mismo el tamaño de aquellos «animalillos» tan pequeños, tan pequeños ... ; y recordando las cosas más pequeñas que hasta entonces había visto, dió con una unidad de medida: «son mil veces más pequeños que el ojo de un piojo». Y, en seguida, otro problema: ¿De dónde habían salido aquellos misteriosos habitantes de la gota de agua? ¿Caerán del cielo con la lluvia? .. y comenzó unos experimentos, que si ahora nos parecen ingenuos, son realmente extraordinarios dada la mentalidad de aquel hombre. Empezó comprobando la existencia de los «animalillos» en el agua de lluvia que escurría de un canalón, pero rápidamente pensó que esto no demostraba nada, y que había que recoger el agua que caía directamente de las nubes, pues que los «animalillos» podían estar en el tejado o en la tierra. Y lo que hace es tomar un plato «esmaltado de azul interiormente», limpiarlo bien, y ponerlo en el jardín, sobre un cajón, para evitar salpicaduras de la tierra; y en efecto: «he demostrado que este agua no contiene ni uno solo de esos animalitos». «Luego no caen del cielo». Todavía hizo más: conservó 'el agua, la examinaba a Cara anterior y posterior de un microscopio de Leeuwenhoek. «Anímalillos» de la boca rsalíva: del hombre. Primer dibujo de bacterias, hecho por Leeuwvenhoek en 1683. Figura alegóríca (estampa de un libro) mostrando cómo se usaba el microscopio de Leeuwenhoek. Gnbill/'lt' de trabajo de un microscopista en 1718. (Grabados de J1ikmbcl1 Jiuier, de P. drKruif.)
',. ,,' - XXIIIcada momento un día, y otro, y otro ... hasta que al cuarto vió aparecer los animalillos junto a partículas de polvo caído en el agua del plato. Pero todavía no escribe a la Real Sociedad de Londres, sino que multiplica las observaciones con una paciencia y una tenacidad extraordinarias. Ha aprendío a estirar delgados tubos de vidrio, calentándolos a la llama, hasta obtenerlos de un diámetro casi capilar, y maneja así fácilmente pequeñas porciones de agua. Y cuando ya está bien • convencido, y ha analizado la forma y los movimientos de aquellos fantásticos seres, entonces escribe una de sus cartas a Londres, fechada en Delft en 9 de octubre de 1676 (tenía entonces cuarenta y cinco años) en la que, como es natural, en lenguaje completamente vulgar describe aquellos seres, tan pequeños -<iiceque un pequeño granito de arena abultaba lo que un millón de animalillos. Llega todavía a más: los dibuja. Hoy vemos en estos toscos dibujos las formas más corrientes de las bacterias: redondas (cocos), cilíndricas (bacilos) y retorcidas en espiral (espírilos). Además traza con líneas de puntos las trayectorias que siguen en sus fantásticos movimientos. Hay que suponer la estupefacción que en Londrescausaron las cosas que Leeuwenhoek contaba en estas cartas: nada menos que el descubrimiento de' unos seres que durante miles de años habían pasado desapercibidos a causa de su tamaño tan infinitamente pequeño. Los graves señores se dividieron, unos no creyeron lo que en las cartas se decía, otros, conociendo a su autor, por sus anteriores escritos, creyeron. En suma, Se le rogó que detallase cómo hacía sus lentes, con el fin de comprobar la verdad de tan fantástico descubrimiento. Después de un forcejeo epistolar, la Real Sociedad encargó a dos de sus miembros, Roberto Hooke y Neherníals Grew, la construcción de uno de aquellos microscopios, y el día 15 de noviembre de 1667 (un año después de la primera carta en que de los microbios se hablaba), Hooke demostró a la Real Sociedad la exactitud de las observaciones de Leeuwenhoek.
- XXIV- -XXV - Fué pOCO después cuando la famosa entidad científica le nombra miembro de la misma y le envía el Diploma encerrado en una caja de plata, en cuya tapa van grabadas las armas de la Sociedad. El efecto que tal honor causó al conserje de Delf fué extraordinario y escribió una carta rebosante de gratitud y con la promesa de «serviros fielmente hasta el fin de mi vida» ... pero no soltó ni uno de sus microscopios, a pesar de tener los a docenas, y cuando se le ofreció un buen precio, por un 'comisionado especial, rechazó la oferta y llegó a no enseñarle las mejores lentes que tenía, y que guardaba para sí. No hay que decir que al comisionado le parecieron maravillosas las que pudo usar y, desde luego, mucho mejores que las que hacían en Inglaterra. Continúa sus observaciones y encuentra microbios por todas partes, siendo curiosas las cartas en que da cuenta de su hallazgo en el sarro de los dientes; ¡hasta en su propia boca había animalitos de aquellos! Así iban pasando los años para Antonio V. Leeuwenhoek, quien alternaba sus observaciones con su tienda de telas y su cargo municipal, y así se iba extendiendo su fama por Europa. Soberanos como Pedro el Grande de Rusia y la reina de Inglaterra, fueron a verle para contemplar por sí mismos aquellas maravillas. Así, también, fué en aumento su orgullo, pero no dejó de modificarse su carácter, llegando a escribir: «Estoy decidido a no guardarrne tercamente mis ideas y a comunicarlas a los demás», pero todavía con reservas ... «No tengo otro propósito que poner la verdad ante mis ojos, en la medida que mis fuerzas lo permitan». Contagiado ya por las nuevas orientaciones de la Ciencia, agrega: « ... emplearé el poco talentto que me ha sido concedido en librar al mundo de sus viejas supersticiones paganas, haciéndole ver la verdad y perseverar en ella». Es fama que era hombre de recia constitución, y a los ochenta años tenía el pulso firme para sostener sus microscopios. Pero no se le pasó nunca por la imaginación el que los seres invisibles que había descubierto tuviesen relación alguna con las enfermedades. Ahora bien, sí se dió cuenta del enorme poder de destrucción que podían desarrollar. Veamos cómo: estudiaba los rnejrllones que abundaban en los canales de Delft, y se asombró encontrando millones de ellos en el interior de las madres, «no me explico -decíacómo al desarrollarse todos estos embriones no se atascan los canales». Pronto encontró la explicación, y se la proporcionó aquél verdadero ojo mágico que con tanta destreza manejaba: ¡el contenido de las conchas de los mejillones desaparecía devorado por millones de microbios que atacaban vorazmente los embriones! Y escribió: «La vida vive a costa de la vida misma, esto es cruel, pero es así la voluntad de Dios. Y es, sin duda, para nuestro bien, ya que de no existir estos animalillos que se comieran los mejillones, se atascarían los canales, puesto que cada madre engendra de una vez más de un millón de hijos». Cumple ochenta y cinco años y, como los amigos le recomendaran el descanso, afirma que «los frutos que maduran en el otoño son los que más duran». Tiene una curiosa correspondencia con el filósofo Leibnítz, quien le aconseja que enseñe lo que él había aprendido, pero permaneciendo fiel a su carácter, le contesta: «si me dedicase a enseñar, me sometería a una esclavitud y deseo seguir siendo un hombre libre». Además, es un escéptico en este aspecto, porque, a propósito de que la Universidad de Leyden ha contratado pulidores de lentes para continuar el estudio de sus descubrimientos, escribe: «¿Y qué ha resultado de todo esto? Nada, a mi juicio, porque casi todos los cursos que alli se dan no tienen otra finalidad que ganar dinero, validos del conocímíento de las cosas, o cuando más, conquistar el respeto del mundo haciendo ver a las gentes lo sabios que son, cosas que nada tienen que ver con el descubrimiento de los hechos ocultos a nuestros ojos». En 1723, a los noventa y un años de edad, cae en el lecho de muerte este hombre extraordinario, que, entre sus
- XXVI- - xxvnPero a los seis años de la desaparición de Leeuwenhoek, nace otro elegido a mil quinientos kilómetros de Holanda. Es ahora la bella Italia quien tiene la gloria de ver nacer en la aldea de Scandiano al deseado continuador de la obra. Próxima a Reggio, la aldea de Scandiano era conocida por su vinos y por la existencia de unos manantiales de aguas sulturosas. En ella, nació, en 1729; Lazzaro Spallanzani que fué naturalista por instinto. Ya de niño tenía su distracción favorita en la caza de pequeños animales +-escarabajos, moscas, gusanosa los que arrancaba patas y alas para ver cómo funcionaban. Su padre le impuso el estudio de las leyes, y él, a quien ya llamaban «el astrólogo», se dió a estudiar matemáticas, griego y francés. Llevado por su impetuosa afición al estudio de los fenómenos naturales, se fué, a escondidas, a visitar a Vallisnieri, célebre hombre de ciencia, conocido por sus artículos de medicina e historia natural reunidos en su Opere nsico-meaicne (impreso en Venecia en 1733). Vallisnieri fué a ver al padre de Lazzaro y le hizo ver lo absurdo de torcer una vocación. Así fué como Spallanzani abandonó el estudio del Derecho. En este tiempo ya no había que esconderse para hacer experimentos. Las Sociedades científicas funcionaban a plena luz. Dado el ambiente de esta época nada tiene de particular que Spallanzani siguiese los estudios eclesiásticos, compartiéndolos con los de las Ciencias Naturales. Ordenado sacerdote católico, de tal manera trabajó, que a los treinta años fué nombrado profesor de la Universidad de Reggio, y es entonces cuando recoge los trabajos de Leeuwenhoek y se dedica al estudio de los microbios. Como quiera que en aquel tiempo imperaba la doctrina de la generación espontánea, para explicar la aparición de muchos seres vivos, no tiene nada de particular que lo primero que hiciese Spallanzani fuese tratar de averiguar cómo se originaban los microbios. Hay que tener en cuenta, para situarnos en aquel ambiente, que Ross, el naturalista inglés, decía que «poner en duda que los' escarabajos y las avispas son engendrados por el estiércol de vaca, es poner en duda la razón, el juicio y la experiencia». A Spallanzarií le decía su razón lo absurdo de estas y otras ideas sobre la génesis de tales seres y, pensando en abordar unas experiencias, cae en sus manos el libro de Redi quien con un sencillo experimento hacía tambalearse todo el edificio de la generación espontánea. Veamos cómo: se tenía como cierto que las moscas nacían de la carne en putrefacción, todo el que quería podia ver cómo de la carne salían unos gusanos y, más tarde, moscas de color verde brillante; pues bien, Redi toma dos tarros y pone en cada uno de ellos un trozo de carne, deja uno de los tarros destapados, cubre el otro con un trozo de gasa, y se pone a observar: las moscas entran y salen a su gusto en el primer tarro y es en este trozo de carne donde aparecen los gusanos y las moscas; la carne del segundo se pudre buenas condiciones, tiene la de la exaltación del sentimiento de la gratitud. Y así lo demuestra cuando, al quedarle pocas horas de vida, llama a su amigo Hoogvliet y, casi sin ver, le dice que ponga en latín las dos últimas cartas que escribió a los señores de la Real Sociedad y las haga llegar a su destino. Su amigo cumple el encargo y el último ruego del moribundo, acompañando a las cartas unas líneas suyas que dicen: «Envío a ustedes, doctos caballeros. este último presente de mi moribundo amigo, esperando que sus postreras palabras les sean gratas». Así cumplió Antonio van Leeuwenhoek la promesa que hiciera a sus colegas de la Real Sociedad, de servir les hasta la muerte. Gran dolor causó en el mundo científico de entonces la muerte de este hombre. No había quedado ningún discípulo, ya que siempre trabajó solo, de acuerdo con sus ideas y su carácter. Grande Iué la consternación de las Sociedades científicas al no quedar quien continuase la obra de Leeuwenhoek, el hombre elegido por Dios para dar a conocer a los humanos la existencia de los microbios.
- XXVIII - sin que se produzca un solo gusano ni una sola mosca. La cosa estaba bien clara: las moscas ponían sus huevos en la carne en putrefacción y de ellos salían los gusanos-larvas, que más tarde se tranformaban en moscas. Pues bien, se preguntó Spallanzani. ¿cómo y dónde nacen los animalillos invisibles? Estos no pueden ser una excepción en la naturaleza y tienen que tener padres, es cuestión de investigar. En esto llegan a Spallanzani noticias interesantes de Inglaterra: otro hombre, también sacerdote católico, llamado Nedham ha demostrado que los tales animalillos invisibles se engendran en caldo de carnero: póngase el caldo en una botella, tápese herméticamente, caliéntese entre cenizas para destruir toda materia viva, déjese en reposo por unos dias, ábrase, aplíquese el microscopio a una gota, y allí están los microbios. Hemos venido desde el principio manejando el término «microbios», pero nos interesa advertir que esta palabra es muy posterior a la época en que transcurre la presente historia, siendo así que este término fué ideado por Sedillot en 1878; pero lo hemos venido usando por sernos hoy familiar esta palabra y expresar mejor las cosas que la de «animalillos subvisibles» que era la denominación de entonces. Spallanzani no se conforma con lo que dice Nedham, y piensa que en el caldo de carnero pueden pasar cosas análogas a las que ocurrían en la carne del experimento de Redi; pero con la diferencia de que siendo los microbios tan diminutos, podían pasar a través del tapón de la botella, aunque estuviese muy ajustado. Y entonces prepara el caldo, lo mete en una redoma, cierra el cuello fundiendo el vidrio a la llama, la pone en agua hirviendo horas y horas ... y los microbios no aparecen. Nedham no tiene razón .. Pero una vez observa una redoma que no había calentado más que unos minutos, y allí había microbios. ¿Qué había pasado? Por otra parte, en las redomas tapadas con corchos, y a pesar de calentarlas, se desarrollaba enorme Lazza ro Spallanzani. r De un g rabado aut.iuuo.e
_ ~~~----~~~--- ~-- • - ~ ~"""1 - XXIX_ cantidad de microbios al cabo de unos días. No cabía duda, los microbios entraban por el tapón de las botellas de Nedhan como las moscas por las bocas de los tarros de Redi. De lo que tampoco cabía duda, era que de todos los microbios había algunos capaces de resistir el calor por unos minutos, había que calentar las redomas durante una hora, por lo menos, para que no apareciese ninguno. En cuanto una de ellas se abría, el caldo se poblaba de aquellos fantásticos seres ... que no podían proceder más que del aire que entraba en los recipientes. Después publicó sus experiencias y conclusiones, hacinendo tambalearse a Nedham quien en unión de Buffon, inventó lo de la «fuerza vegetatíva» para explicar la aparición de los microbios en las redomas de sus experimentos y en las de los de Spallanzani. Se entabla entonces una disputa que tuvo gran repercusión en todas las Sociedades científicas, pero todo termina con la victoria rotunda de Spallanzani, quien la logra a fuerza de paciencia y de repetir centenares de veces sus experiencias. Alcanza con esto el abate italiano la cúspide de su fama, todas las Sociedades científicas se disputan el honor de contarle entre sus miembros, recibe, como Leeuwenhoek, cartas de monarcas, y la Emperatriz de Austria, María Teresa, le ofrece la cátedra de Historia Natural de la Universidad de Pavía. La actividad de Spallanzani es enorme, y, entre otras muchas cosas, prosigue el estudio de los mícrobíos, y observa los efectos desagradables que les produce el humo del tabaco y la chispa eléctrica, y ve los efectos del vacío, asombrándose de que algunos podían vivir sin aire ... pero su constante preocupación era averiguar cómo nacían. Algunas veces había visto dos microbios unidos, lo que le hizo pensar si aquello no sería otra cosa que la cópula de la que habían de nacer los hijos. Las dudas de Spallanzani llegaron a otro naturalista, De Sawsure, que también se dedicaba al estudio de los misteriosos animalillos, y que se aventuró a decir que cuando había dos unidos no se tra-
• J. -XXX- - XXXItaba de cópula, sino de un animalillo adulto que se estaba dividiendo en dos partes, cada una de las cuales era luego un animalillo nuevo. Llegar a Spallanzani estas noticias y ponerse a comprobar aquello, fué la misma cosa. Asombra ahora leer esta experiencia: en una placa de cristal pone una gota de caldo con microbios, y muy cerca de ella otra de agua destilada, sin microbios; enfoca su microscopio y, con una aguja finísima, se dedica a unir las dos gotas por estrechísimos canales. Y así centenares de veces hasta lograr sorprender el paso de un solo microbio de una gota a otra, corta bruscamente el canalillo, y ya tiene un solo microbio en la gota de agua destilada. Ahora, más paciencia todavía, y a observar cómo este microbio se agita y nada en la gota de agua, hasta que ve cómo empieza a adelgazar por la parte central de su diminuto cuerpo, y cada vez más hasta que las dos mitades están unidas solamente por un finísimo hilo; de repente, de un tirón, se rompe el hilo y las dos mitades se separan, y se mueven y nadan ágilmente, y ya hay dos microbios donde solo había uno. ¡Ya sabe de donde vienen los animalillos!, ahora la cosa aparece sencílla ; los microbios se reproducen por división transversal, procedimiento ya conocido en la Historia Natural. Se había dado con esto un gran paso, pero tampoco Spallanzani sospechó el papel de los microbios en la determinación de enfermedades. Una apoplejía acabó con la vida de Lazzaro Spallanzani en el año 1799,o sea a los setenta años de edad. III.--INTERMEDIO Los microbios, Beethoven y Napoleón. Sinfonía heroica. La guerra de la Independencia española: un sargento de granaderos y el porvenir de los mícrobíos. El 5 de mayo de 1821 y el 27 de diciembre de 1822. Muere, pues, Spallanzani en los albores del siglo XIX, cuando d~s de los grandes genios de este siglo asombran al mundo. Uno es el genio de la guerra: Europa entera cruje al paso triunfal de los ejércitos de Napoleón; es la guerra, la desolación y la muerte: los jinetes del Apocalipsis galopan feroces por los campos del viejo Continente. El otro genio es el de la exaltación de lo espiritual, es el creador de placeres incomparables que habían de gustar todas las generaciones posteriores; es Beethoven, que llama a las puertas del siglo XIX llevando bajo el brazo la partitura de la primera de sus hermosas sinfonias, llena de motivos guerreros como corresponde al espíritu bélico de la época, El fragor de la guerra aleja a los hombres de ciencia de sus actividades, toda Europa está entregada al furor bélico; pero allá, en su rincón de Bonn, Beeth~ven ha dado cima a la tercera de sus sinfonías. La ha escrito dominado por un sentimiento de admiración hacia Napoleón; y no es sólo Beethovenel alemán que siente admiración por el enemigo de su país, otro genio contemporáneo también la siente: Goethe. Ries, discípulo del genio de la Música, vió la copia de esta tercera sinfonía, hecha en 1804,para remitírsela a Napoleón a través de la Embajada de Francia; en la parte alta de la cubierta, una sola palabra hace el título: «Buonaparte», muy abajo de la misma: «Luigi van Beethoven». Nadie supo lo que hubiere puesto en medio. Cuando llegó a Beethoven la noticia de que Napoleón se había hecho Emperador, se vino abajo toda su admiración, y pensó: «¿Tampoco él es otra cosa que hombre corriente? Ahora pisoteará todos los derechos, sólo para entregarse
• - XXXII- - XXXIII - a su ambición. Se pondrá por encima de los demás s610 para convertirse en un tirano». Se fué hacia la mesa, cogió la sinfonía, y arrancando violentamente la cubierta, la desgarró arrojando los pedazos al suelo. Más tarde aparece la tercera sinfonía con este título: «Sinfonia per festeggíare la memoria de un eroe». Cuando en 1821 llegó a Beethoven la noticia de la muerte del Emperador, dice, aludiendo a la marcha fúnebre, que constituye uno de los más maravillosos movimientos de la sinfonía: «Hace ya veinte años que escribí yo la música para esta ocasión». Todo el mundo conoció después esta composición como «Sinfonía Heroica». La guerra lo absorbe todo, nadie se acuerda de Leeuwenhoek, ni de Spallanzani, ni de los microbios. Y sin embargo los microbios están allí, y están causando en los ejércitos tantos o más estragos que las balas enemigas; las epidemias, de que ellos son los protagonistas, se ceban en los que luchan y en los que no luchan, pero las balas nada pueden contra ellos. Las águilas de Napoleón veían al ejército enemigo, le localizaban, y desarrollaban la estrategia del genio; pero no podían ver los microbios, este enemigo era invisible, no había contra él estrategia posible, y las enfermededades epidémicas abatían las águilas napoleónicas. Nada podían contra ellas el genio militar. Mal van las cosas para Napoleón en España, Bonaparte ha estado en Madrid, ha recorrido el Palacio Real, y ha permanecido largo rato contemplando, ceñudo, el retrato de Felipe n. Tan largamente contempla el retrato del rey, que el silencio es absoluto, y su comitiva asiste al mudo coloquio en que Bonaparte y Felipe parecen sumidos. Dicen los testigos que Napoleón no tiene el aire feliz en estos momentos, acaso presiente el fracaso rotundo que va a ser el final de la guerra en España; acaso está pensando en el juicio que, con notoria ligereza, había emitido sobre España y los españoles: «dignos de Don Quijote: ignorancia, arrogancia, crueldad, cobardía, he ahi el espectáculo. Los monjes y la Inquisición han embrutecido al pueblo. I Las tropas españolas combaten parapetadas en las casas. como los árabes; los campesinos no valen más que los «felahs» egipcios, los monjes son ignorantes y disolutos, y los nobles, degenerados, no tienen fuerza ni influencia». He aquí uno de los grandes errores de Napoleón. Su soberbia le llevó a considerar duradera su victoria sobre España, y no se dió cuenta de que, si vencedor, esta victoria sería efímera. Mañana el pueblo español se parapetaría de nuevo detrás de las casas para disparar sobre sus tropas. Sus soldados sucumbirían a la navaja de los madrileños del 2 de mayo, y hasta las mujeres defenderán igualmente. con empuje viril, la independencia patria ... No tardó el Emperador en darse cuenta de su error, y en decirle francamente a Vincent, viejo camarada de las primeras campañas, hablando de los asuntos de España: «Es la tontería mayor que he hecho nunca ... ; dame las ideas que se te ocurran para sacarme de este atolladero». Pero había quien tocaba más de cerca las consecuencias de la invasión de España, y así le pasaba a cierto soldado del tercer Regimiento de línea, cuya misión era perseguir en las provincias del Norte a las tropas del famoso Espoz y Mina. Este soldado se llamaba Juan José Pasteur, e incorporado a las armas en 1811 estuvo en España hasta 1813. No tenía este soldado el mismo concepto de los españoles que su Emperador; los que combatían a las órdenes de Espoz y Mina, eran para los franceses un enemigo legendario, de quien se decía que fabricaba su pólvora en las agrestes y melancólicas escarpaduras de las montañas. Para las asechanzas y emboscadas, contaba con miles de partidarios. Llevaban tras de sí a los ancianos y a las mujeres; los niños se ofrecían al General para servirle de centinelas de avanzadas y de espías. A fines de enero de 1814 retornó a Francia el tercer Regimiento de línea. Sucede luego la abdicación de Napoleón. El sargento' primero Juan José Pasteur, fué dado de baja en 1814.El retorno de Napoleón de la isla de Elba fué \ ,'o
-"- XXXIVresplandor de esperanza y alegría para nuestro sargento, pero luego todo volvió a sumirse en sombras. Juan José Pasteur vuelve a su oficio de curtidor, se casa, y es entonces cuando el porvenir de los microbios se torna sombrío, pues de este matrimonio iba a nacer el hombre que había de desenmascararles, dando cuenta al mundo de que eran un peligro; el hombre que habría de. dar los medios de combatir las epidemias y 'de curar muchas enfermedades, demostrando como causa de ellas a los microbios. El 5 de mayo de 1821,se extingue la vida de Napoleón en la isla de Santa Elena. El 27 de diciembre de 1822,nace en Dóle el tercer hijo de Juan José Pasteur y de Juana Estefanía Roquí, joven matrimonio que vive del trabajo de curtidor, cuyo es el oficio del marido; este niñ.o se llamará Louis Pasteur y su nombre pasará a la inmortalidad, como pasaron el del conserje del Ayuntamiento de Delft y el del sacerdote-profesor de la Universldad de Pavia. IV.-COMIENZA LA GUERRA A WSMICROBIOS Francia.-El curtidor de Arbois. La herrería y los lobos rabiosos. Un niño de siete años. Besancon, Estra.;burgo y Paris. La cerveza y 106gusanos de seda. El pastor y el perro rabioso. José Meister. J.895. Alemania.-Un médico rural y el carbunco. Berlín. El 24 de marzo de 1882. 'Roberto Koch, la tuberculosís y el cólera. 1910. Marcha triunfal: Roux, Yersin, Chamberland, Behring, Kitasato, Metchnikoff, Bruce, Laveran, Ferrán, Loeffler ... Escondido entre las montañas del Este de Francia, hay un pueblo que se llama Arbois. Estamos en el mes de octubre de 1831. Arbois es un pueblo laborioso, fabrica papel, tiene molinos de aceite, serrerias de madera, y produce buenos vinos. Entre las peñas de las montañ.as próximas brota un agua cristalina y helada, como a una legua del pueblo, y forma un rápido torrente que corre presuroso l -·~·""""""'~''''''''''''''''''''~---'''''''--'''''''''''''''''''''¡-----.~iP-_'''',4'''4_.$.__ •. '''''''''.0 ~1ISSIiI(""; ....... _" - .A.A.AV - hacia Arhois; rodea el poblado, se precipita luego en ttimultuosa cascada y prosigue después su curso a lo largo de vergeles y prados al pie de las montafias cubiertas de vifias. As1es el r10 Cuíssance, que pasa bajo el puente de Arbois, cerca del cual, Juan José Pasteur se gana la vida curtiendo pieles y recordando sus tiempos de soldado de Napoleón. El curtidor iba todos los domingos a la vecina ciudad de Besancon, ataviado con una bien cepillada levita, en cuya solapa ostentaba la cinta roja de la Legión de Honor, ganada en' la pasada campafia.· Mucho piensa el curtidor sobre el porvenir de su hijo Luis, quien muestra unas raras disposiciones para el dibuje, y ahí está para demostrarlo el retrato que hizo de su madre en cierta mañana, que iba al mercado, tocada con su cofia blanca y con su chal escocés y verde por los hombros. La fama de artista que en el pueblo tenía.el pequeño Luis no halagaba a su padre. Un número muy reducido de amigos visitaba la casa del curtidor. Entre ellos figuraba el Director del Colegio, M. Romanet, que tuvo influencia decisiva en el porvenir del pequeño. Este, como es natural, no desdeñaba las correrías con los compafieros, ni las partidas de pesca por las orillas del Cuissance. También acudia a la puerta de la herrer1a, cuando ante ella se agolpaban las gentes, y de la que salían gritos humanos y olor a carne quemada. Se trataba de algún desgraciado campesino a quien el herrero cauterizaba, con un hierro candente, las heridas hechas por los colmillos y las garras de algún lobo rabioso ... j Qué cosa más extraña era la rabia!... tal vez era un demonio lo que se introducía en el cuerpo del lobo y pasaba luego a los desgraciados mordidos. La sensibilidad de artista del pequeño Luis, le hacía quedar taciturno después de tales escenas, y por mucho tiempo recordaba los terribles alaridos y el olor a quemado de la carne del campesino Nicole desgarrada en plena calle del pueblo por un lobo rabioso de fauces cubiertas de espuma. ¿QUéera entre tanto de los microbios? El sueco Linneo se esforzaba en clasificarlos entre los demás seres vivos, y
- XXXVI- < { • - XXXVIIel alemán Ehremberg sostenía que eran unos seres muy dignos de atención y discutía si eran animales o vegetales. Pero nadie se ocupaba en serio de su estudio. Son muy pequeños y confusos, decía Linneo, los pondremos en una clase que llamaremos Caos. Luis Pasteur era el primer alumno del colegio y seguía dibujando. En agosto de 1840se graduaba de Bachiller en Besancon, en cuyos exámenes tuvo respuestas «buenas en Griego, sobre Plutarco; en Latín, sobre Virgilio; buenas también en Retórica; medianas en Historia y Geografía; y muy buenas en Ciencias». Fué enviado a París a seguir estudios en la Escuela Normal, donde explicaba Química el gran Dumas, de cuya clase salió Luis un día llorando de emoción y decidido a ser químico. Y lo fué. El 20 de marzo de 1848, a los veintiséis años de edad, leyó en la Academia de Ciencias su primera comunicación científica. En enero del año siguiente fué nombrado profesor de Química de Estrasburgo, en competencia con colegas tres veces más viejos que él. Un día escribió una carta a la hija del Decano de la Facultad, uno de cuyos párrafos decía: «Nada hay en mí que pueda llamar la atención de una mujer, pero mi experiencia me dice que los que me han conocido bien, me han querido mucho». y se casaron. Su mujer le comprendió. Pasteur escribía: «Estoy al borde de muchos misterios, el velo se vuelve cada vez más tenue, las noches se me hacen demasiado largas; Mme. Pasteur me riñe con frecuencia, pero yo la aseguro que la conduciré a la fama». Y así fué. y comenzaron los descubrimientos. Había sonado la hora del comienzo de la cacería de microbios. Estudiando las «enfermedades» de los destilados de alcohol, encontró como causa unos microbios ... y salvó el vino y la cerveza, cuyos fabricantes se ahorraron muchos miles de francos siguiendo los consejos de Pasteur; ya no tenían que tirar cubas enteras echadas a perder por introducirse en ellas aquellos «seres vivientes subvisibles» que transtornaban la marcha de las fermentaciones. l Un buen día le nombraron Director de estudios científicos de la Escuela Normal de París. Y allí siguió sus trabajos coronando el estudio de las fermentaciones y descubriendo microbios que eran capaces de vivir sin aire; y vió que los microbios eran la causa de la putrefacción de la carne, y demostró su existencia en el aire. Otro día le requirió su maestro Dumas para que viese lo que ocurría en Allais, su pueblo natal, donde se perdía la cosecha de capullos de la seda. Los gusanos enfermaban, sé ponían como secos y acartonados y se morían a millones. Pasteur descubrió la causa de la enfermedad de los gusanos: un microbio. Y dió unos cuantos consejos que salvaron la cosecha de la seda. Dió entonces el grito de alarma: ¡atención a los microbios; pueden dar lugar a enfermedades! Por entonces sufrió una hemorragia cerebral que le dejó paralítico del lado izquierdo. Sucedía esto a los cuarenta y cinco años de su vida. De nuevo Se estremece Europa con otra guerra: la tranco-prusíana de 1870.No se podía trabajar en París, los transtornos de la guerra no lo permitían. El hondo patriotismo de Pasteur sufría terriblemente con las derrotas de Francia, y es entonces cuando nace· su odio a Alemania y devuelve a la Facultad de Medicina de Bonn el título de Doctor «honoris causa» que le había otorgado. El día 5 de septiembre se marcha de París y se refugia en Arbois donde se da intensamente a la lectura. El toque de corneta con que el pregonero de Arbois anunciaba las noticias de la guerra, turbaba sus horas de estudio y las de descanso con su mujer y su hija: el hijo estaba en la guerra. El 18 de septiembre comienza el sitio de París por los prusíanos, Llegan notícías a Pasteur de los destrozos que la artillería hace en sus laboratorios. Por una carta de Bertin se entera de que el estudio del piso bajo está ocupado por 120 artilleros, y de que en su propio laboratorio hay 40 guardias nacionales. Pasa la tormenta, torna Pasteur a París, pone en orden
- XLVIV.-EL DESCUUBRIMIENTO DE LA PENICILINA De la «bala mágica» de Ehrlich a la penicilina.. pasando por las sulfamidas. Las armas químicas contra los microbios. Juegos mala bares con los átomos. El «606».La primera guerra mundial del siglo XX: el estudiante de Sarajevo y la gangrena de los heridos de guerra. La guerra entre los microbios: el microbio del «pus azul» y el bacteriófago. Volvemos a Pasteur: una profecía del hijo del curtidor de Arboís. Aparecen las sulfamidas: los «grupos» amida, benceno y sulionumida. Más juegos malabares. La segunda. guerra mundial del siglo: la penicilina y la bomba atómica. Londres y Oxford frente a Hiroshima y Nagasaki. Sir Alexander Flemlng. La. escuela de Oxford: Chain. Píorev y las penicilingirls. De cómo comienza una nueva Era en la historia de los microbios y termina la nuestra, El día que Roberto Koch fué de Wollstein a Breslau, a demostrar ante Conheim sus descubrimientos sobre el carbunco, estaba entre los que asistieron a las demostraciones un hombre diez años más joven que Koch y que se convirtió en un fanático admirador de éste. Se llamaba Paul Ehrlich. Este hombre siguió rápidamente las nuevas doctrinas que emanaban de las Pasteur y de Koch; se contagió de la manía de los microbios, pero no se puso a descubrir microbios nuevos, sino que empezó a discurrir la manera de matarlos: tenemos que inventar «balas mágicas» para matar microbios, decía. .Hacia 1892 entró a trabajar en el Instituto Roberto Koch, de Berlín, y allí comenzó las experiencias que habrían de abrirle de par en par las puertas de la inmortalidad. Consistieron sus trabajos en ensayar la acción de sustancias químicas colorantes. Pensaba Ehrlich que si estos colorantes, al hacer preparaciones microscópicas, determinaban la muerte de los microbios, que después se teñían brillantemente, estos mismos efectos mortales podrían producirse en el organismo vivo y, en este caso, el resultado sería la curación de las enfermedades por los microbios producidas. ar .t - XLVIILa gran variedad de materias colorantes, ensayadas sobre ratones previamente inoculados con los microbios. y lo mismo los eonejillos de indias, dieron particular aspecto al laboratorio de Ehrlich. En los estantes hay frascos con polvos y líquidos de todos los colores del arco iris, jaulas y más jaulas llenas de ratones y conejillos que se pasaban el día chillando, docenas de libros, revistas y' papeles ocupaban todos los lugares posibles: mesas, sillas, armarios, y hasta apilados en el suelo, que es fama que los pocos visitantes que Erhlich recibía no tenían donde sentarse. Así era también el laboratorio de Francfort, donde se trasladó después. En esta ciudad estaba la fábrica de productos químicos más importante de Alemania. Eran verdaderos magos aquellos químicos que producían materias de todos los colores imaginables. Tuvo allí de ayudante a un japonés llamado Shiga, cuyo nombre habría de pasar a la historia al descubrir el microbio de la disentería epidémica. Con este médico oriental, pacienzudo y expertísimo en las inoculaciones y manejo de los animales de experimentación, capaz de resistir el humo de los puros que, uno tras otro, fumaba Ehrlich sin eesar, y con los químicos de la fábrica vecina, estaba éste en su elemento, y así pudo poner las bases del gran descubrimiento que iba a matar el microbio productor de una terrible y repugnan te enfermedad. La viuda del banquero Speyer le dió una crecida cantidad de dinero, con el que se montó un Instituto (Fundación Speyer), bien dotado de medios, con numerosos laboratorios donde químicos y microbiólogos llevaban a cabo las experiencias que Ehrlich ideaba, llenando montones de cuartillas con fantásticas fórmulas químicas de nuevas sustancias que los laboratorios de química tenían que fabricar y los de bacteriología ensayar sobre centenares de animales. Pero los colorantes no condujeron al fin práctico que Ehrlich se imaginó. ¡A tal conclusión se llegó después de centenares de experiencias! La «bala mágica» para matar
- XLVIII - microbios no aparecía. Pero así nació la moderna quimioterapia. Un buen dia llegan a Ehrlich noticias de que con un medicamento llamado «atoxil» (que quiere decir «no venenoso») se mata el microbio de la enfermedad del sueño, allá en Atríca, lográndose la curación de muchos enfermos. Pero 10 sorprendente era que uno de los cuerpos que entraban en la composición de este medicamento nuevo era el arsénico, ¡uno de los venenos más fuertes que se conocíant , y, sin embargo, el compuesto había dejado de ser venenoso. Y a partir de este momento es cuando comienzan los químicos a hacer juegos malabares con los átomos, y cogen moléculas y las escinden como quien desgaja una naranja, y separan átomos, y los cambian de sitio, y los sustituyen por otros ... y cada vez sale un producto nuevo, y así docenas y docenas de ellos. Se logró modificar el atoxil, sus seis átomos de carbono, sus cuatro de hidrógeno, el amoníaco y el óxido de arsénico, que tales son sus componentes, son manejados por los químicos de la fábrica como las pelotas por los malabaristas chinos de los circos. Con tales productos se curaban ratones inoculados de un microbio muy parecido al de la enfermedad del suefio. y se ensayan cinco centenares de productos nuevos, y se llega así a uno que hada el número 606... ¡la bala má- -gtca! Era el año 1909, Paul Ehrlich iba por la cíncuentena cuando su nombre llegó a todos los rincones del mundo. ¿Qué había pasado? Nada más ni nada menos que esto: el «606» curaba la sífilis. Le había llegado la vez al microbio de esta terrible y repugnante enfermedad. Ehrlich lo había cazado con su bala mágica. Se trataba, pues, de un nuevo compuesto de arsénico que, no sólo no era venenoso, sino que curaba a los sifilíticos. He aquí el flamante nombre con que le bautizaron los químicos: «p.p-dihidroxidiaminoarsenobenceno» . El día 31 de agosto de 1909, curó Ehrlich unas úlceras sifilit1cas producidas experimentalmente en el conejo. Ber- ••....... - ,A.&,¿A - theím fué el químíco malabarista que habla hecho aqueüos ~eiscientos seis cuerpos. Conrado Alt rué el médico que ínyecto el «606» al primer hombre sif1l1tico. Pero el nombre qulmico del nuevo medicamento no se prestaba a decirlo de corrido, y su descubridor le llamó entonces «salvarsán». Pero cuando el uso del salvarsán se extendió por el mundo, y comenzaron a producirse sorprendentes curaciones se produjeron también algunos accídentes desagradables: algún enfermo sucumbió a una extrafia crisis que aparecía después de las inyecciones. De nuevo los juegos malabares, y surge el <neosalvarsáns , que es lo que actualmente se utiliza aún en el tratamiento de la sífilis. Quedó fundada la quimioterapia de las enfermedades infecciosas. Los microbios tenían nuevos enemigos, y muchos investigadores se lanzaron por los nuevos caminos en busca de más balas mágicas. Otra vez se estremece el mundo con el fragor' de una guerra. Ha comenzado la primavera de 1914. Hacía ya dos años que venía aumentando la tensión diplomática en Europa. El movimiento nacionalista de Servia iba ganando terreno a partir de la anexión de Bosnia y Herzegovína (1908). Los círculos de conspiradores trabajan activamente. Y así llega el día 28 de junio de 1914..El Archiduque heredero de Austria, Francisco Fernando, y su esposa Sotía, se dirigen en automóvil al Ayuntamiento de Sarajevo. Oabrmovítch lanza la bomba, que estalla detrás del coche. Nada ha pasado a los archiduques, que van más tarde al hospital a visitar a los heridos. Salen del hospital y el brazo, armado de una pistola, del estudiante Garilo Prínzíp logra el siniestro fin de los conspiradores. Los archíduques han muerto. Mes y medio después Europa arde en guerra. La máquina formidable del ejército alemán se pone en marcha por tierras de Bélgica. Los campos se van poblando de toscas cruces de madera de las que pende un casco de guerra. Muchos de estos
--- L -- - 1,Imuertos lo son por la terrible gangrena gaseosa que se desarrolla en las grandes heridas que abre la metralla. Pero es que estos trozos de metralla salen de la tierra, donde profundizó y reventó el proyectil, y los trozos se impregnan de tierra... y en esta tierra van unos microbios que desarrollándose luego en la torturada carne de los heridos, la pudren. Brazos y piernas exhalan el hedor de la putrefacción, y el veneno producido por tales microbios en las heridas se difunde por todo el cuerpo y acaba con la vida de los infelices soldados. y comienza la caza de estos microbios. Se prepara el suero antigangrenoso, que no cura la gangrena, pero la evita. Torrentes de suero se inyectan sistemáticamente a todos los heridos, sea cualquiera la clase y localización de sus lesiones, y la gangrena no aparece. El sombrío reino de la gangrena gaseosa se ilumina con luz intensa: se conocen bien los microbios, sus venenos, y se preparan los sueros; pero, además, tanto material humano no deja de aprovecharse para buscar nuevas balas mágicas. En 1917, en plena guerra, unos cazadores de microbios. Twort y D'Herelle, trabajando separadamente, descubren que también entre los microbios hay guerra: han visto que el bacilo de la disentería es atacado por otro microbio todavía más pequeño que él, y es deshecho rápidamente. Guiados por este descubrimiento, otros bacteriólogos encuentran el mismo sutil enemigo en otras bacterias. Es un microbio tan pequeño que no se le ve con los más potentes microscopios. Habían de pasar más de vein te años para que se inventase el microscopio electrónico yse le pudiese ver y fotografiar. Como este díminutísimo microbio parece comerse materialmente las bacterias, se llama «bacteriófago» . En seguida se cae en la cuenta de que la observación de la existencia de guerra entre los microbios no es nueva. Pasteur había visto ya que el bacilo del pus azul, un microbio que fabrica una vistosa materia colorante que tiñe de color azul verdoso las gasas que cubren las heridas, era un enemigo feroz del de la difteira, y que allí donde se desarrollaba aquél no podía vivir éste. También víó Pasteur con Joubert, ya en 1877, que si en los cultivos del mícrobío del carbunco se introducían ciertos microorgantsmos, anulaban el desarrollo del carbuncoso. y fué entonces cuando el hijo del curtidor de Arbois escribe estas proféticas palabras, a propósito de estos fenómenos de antagonismo entre las bacterias: «Tous ces taus autorisent: peut étre les plus grandes espérances aú point du vue ttierapeutique» . Fué así como Pasteur profetizó la utilidad de esta guerra entre los microbios, algunos de los cuales segregan sustancias que impiden la vida de otros. Es decir, lo que hoy llamamos, dándonos mucha importancia de hombres modernos, los antibioticos. Aquellos químicos malabaristas de átomos que trabajaron con Ehrlich habían abierto una nueva senda y alumbrado un nuevo campo de lucha contra los microbios. Pero ya estaba lejos la época de Leeuwenhoek, ahora los hombres de ciencia publicaban sus trabajos para que otros los siguiesen. En el Laboratorio de Investigaciones Químicas y Biológicas de Elberfeld (Alemania) hay un hombre que ha seguido los caminos de los químicos de Francfort, y trabaja con unos compuestos que se llaman «sulfamidas» y estudia su acción sobre un mortífero microbio que tiene aspecto de diminuto rosario: el estreptococo. Se trata de un microbio que introduciéndose por la piel herida, invade la sangre encendiendo una fiebre que sube a 40" por la tarde y baja a poco más de 37" por la mañana: la septicemia; y así un día y otro, y una semana y otra, hasta que el enfermo muere. Es el microbio que, no sólo hace la vulgar erisipela, sino que mataba muchas mujeres recién dadas a luz, produciendo en ellas la temible «fiebre puerperal», contra la que los sueros y las vacunas nada podían hacer.
~. LIt - - LrnContra este microbio preparó sus baterías Gerardo Domagk, que así se llama el hombre de Elberfeld. El fuego graneado de las nuevas balas mágicas dirigido contra los estreptococos en unos tubos de cultivos no daba resultado; los microbios seguían alimentándose tranquilamente. Lo sorprendente era esto: ratones enfermos por la inoculación de este microbio, que se pone en fila como las cuentas de un rosario, se morían indefectiblemente de septicemia; pero si después de la inoculación, a la hora u hora y media, se les daba por la boca la sulfamida, seguían trepando tranquilamente por la malla metálica de su jaula y continuaban engordando pacíficamente. ¡La sulfamida curaba la septicemia de los ratones! Aquí pasaban las cosas al revés que siempre: hasta ahora las armas contra los microbios se ensayaban primero en los cultivos artificiales, y al ver que así se morían se aplicaban luego a los animales. Ahora resultaba que lo que nada hacía en los cultivos era eficaz en el organismo de los animales. Tres años estuvo Domagk trabajando en secreto y ensayando una sulfamida que llamó «prontosil rubrum» en atención al color roja que la droga tiene y del que se teñía la piel de los ratones blancos. Pero los químicos dieron al prontosil otro nombre, tan largo como llamativo: 4-sulfonamido-2-4-diaminoazobenceno. Este prontosil curaba los ratones, pero, ¿qué sucederia en la especie humana? ¿No seria tóxico para el hombre? Tenemos así un problema análogo al que se planteó a Pasteur cuando la vacuna antírrábica era eficaz en el perro y se le presentó José Meister en el laboratorio. Pero en esto, los designios de la Providencia hacen que una hija del propio Domagk se pinche un dedo con una aguja impregnada de estreptococos. Rápidamente empiezan los dolores, la inflamación de los tejidos, y los síntomas de la septicemia. Se abre la zona inflamada, pero la obra destructora del microbio continúa. La gravedad de la situación induce a Domagk a ensayar en su hija la nueva bala mágica. No es dificil imaginarse la emoción y la an1 I gustia de aquel hombre, que no sabe si el nuevo medicamento, al matar al microbio, tiene o no acción nefasta sobre el organismo. Pero también nos podemos imaginar su alegria al ver cómo la curación sobrevino con una impresionante y espectacular rapidez. i Su hija se había salvado de una muerte segura! Comienza asi la era de la sulttmudoterapia. Tal éxito obtenido con un agente químico sobre un microbio no se había logrado desde que, veinticinco años antes, lo consiguió Ehrlich con su salvarsán. Empezaron inmediatamente las aplicaciones clínicas, y se obtienen nuevos éxitos. Los químicos de todo el mundo se lanzan sobre las sulfamidas, las despedazan y encuentran que están constituídas por tres «grupos» químicos, que llaman «amida», «bencénico» Y «sulfonamida». Comienza nuevamente el malabarismo, se estudian los grupos por separado para determinar su actividad, se cambian los átomos de posición, se modifican los «enlaces» de los grupos ..., Ysurgen más y más compuestos, de los que unos son activos contra ciertos microbios y otros contra otros. Uno cura la pulmonía, los clínicos ensayan las nuevas drogas contra la erisipela, la fiebre puerperal y bronconeumonías, anginas, peritonitis, blenorragia, osteomielitis ..., y las sulfamidas son el medicamento de moda. Pero hay enfermos sobre los que carecen de eficacia, y, además, en ciertos casos, se producen fenómenos de intolerancia, a veces graves, Y el riñón se resiente con facilidad. Unas veces se curan bien enfermos de infecciones; pero otras, aun tratándose del mismo microbio, no se curan. Aparecen los gérmenes sulfamida-resistentes. Hay entonces una retirada a líneas menos avanzadas, y se emprenden nuevos estudios. No obstante, se ha dado un paso formidable, se han salvado muchas vidas y todo con un medicamento que se admtnístra sencillamente por la boca. Los resultados en las meningitis son sorprendentes, Y se arrincona el suero antimeningocócico.
- LIVLlegamos al año 1939, y la humanidad asiste despavorida a la explosión del conflicto guerrero más grande de la Historia. Se sabe en seguida de progresos inconcebibles en la perfección y eficacia de las armas de guerra. El mundo se estremece ante el poder destructor de nuevos explosivos arrojados desde aviones que se deslizan por el cielo con tal rapidez que todo parece alucinación de la fiebre. El hombre se espanta ante bombardeos realizados a miles de kilómetros de los frentes de batalla; toda la superficie del globo es ahora frente de guerra. El aire, la tierra y el mar son rasgados por explosivos de una potencia increíble ... y llega el colmo en el refinamiento del arte de la destrucción: ¡la bomba atómica! Físicos y químicos descubren que esa cosa tan infinitamente pequeña que es el átomo puede desarrollar tal energía al desintegrarse, que allá en el Japón del ensueño y la leyenda, dos ciudades, Hiroshima y Nagasaki, han sido totalmente borradas con un explosivo fabricado con arreglo a los nuevos descubrimientos. Pero la Providencia Divina vela aún por los humanos, todavía les perdona tales desmanes y decide compensar los millones de muertos mediante la salvación de millones de vidas. En efecto, ha dispuesto que en la brumosa Inglaterra comience el desenlace de la historia de los microbios. y frente a Hiroshima y Nagasaki desaparecidas, pone a Oxford y Londres. Y un buen día, dominando el fragor de la guerra que se desarrolla en todos los Continentes, se oye la voz de la Providencia: ¡hay un medicamento nuevo mil veces más mortífero para los microbios que todos los 'conacidos hasta el momento! Los millones de muertos por la guerra se van a compensar por millones de vidas salvadas con el nuevo medicamento. Lo ha descubierto un inglés que se llama Alexander Fleming: la penicilina. y sobre el estruendo de los motores de la aviación y del estallido de gigantescos explosivos, que vuelan solos por el aire y van a dar con precisión en blancos situados a muchos kilómetros del punto de su partida, como si una infernal y misteriosa mano los guiase, empiezan a aparecer • ..# i.b - LVnoticias sensacionales de curaciones tan espectaculares que equivalen a verdaderas resurrecciones. Millares de soldados que padecen terribles infecciones, que poco antes conducían a una muerte segura, se curan en unas horas deteniendo a los enfermos en el mismo borde del abismo de la muerte. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido esto? ¿Qué es la penicilina? ¿Quién es Fleming? ¿Cómo ha encontrado tan maravilloso medicamento? Tales son las preguntas que el mundo entero se hace. Fleming, el descubridor, era ya bien conocido en el campo de la Medicina. Trabajó con otro médico famoso en su tiempo, el profesor Wright, que se distinguió por sus estudios sobre el papel de los glóbulos blancos de la sangre en la defensa del organismo contra las infecciones. Formado junto a este bacteriólogo, era natural que él fuese también bacteriólogo y que continuase los estudios de su maestro sobre los glóbulos blancos de la sangre. En sus trabajos víó cómo tales glóbulos acuden al sitio de la infección y cómo entablan una lucha cuerpo a cuerpo con los microbios, a los que engloban y destruyen, siendo éste uno de los mecanismos de la curación de las infecciones. Amplió estos trabajos con ocasión de ensayar antisépticos y desinfectantes sobre las heridas, y encontró que algunos de ellos paralizaban esta beneficiosa acción de los glóbulos blancos, determinándose así efectos contrarios a los que se pretendían. Sus investigaciones sobre estos medios de defensa del organismo contra los microbios le llevaron al descubrimiento de una sustancia existente en los tejidos y en algunas secreccíones, particularmente en las lágrimas, dotada de poder microbicida, y a la que llamó «lísozírna>. En el curso de sus investigaciones se dedicó a estudiar, de un modo particular, un microbio llamado estafilococo, el cual, además de muchas infecciones, es el productor de los molestos diviesos. Este microbio no se dispone en cuen-
-- LVI - tus de rosario, como el estrcptococo, sino que forma grupitos que semejan minúsculos racimos de uvas. Pues bien, en un día del mes de septiembre del año 1928, Fleming está trabajando en su laboratorio del Si: Mary's Hospital de Londres. Nos imaginamos al profesor sentado a su mesa de trabajo: los cestillos de tubos, las preparaciones, los frascos de colorantes, etc., forman legión junto al microscopio y el cuaderno de notas. Nos imaginamos también el laboratorio recibiendo por un ventanal la luz del pálido sol de Londres. Fleming está ocupado en comprobar unas curiosas cosas que un colega suyo de Dublín, el profesor Bigger, ha descubierto en los estafilococos. Estos microbios se cultivan artificialmente en un medio especial que se encierra en unas cajitas redondas de cristal que los bacteriólogos llamamos placas de Petrí. Sobre el medio de cultivo los microbios forman a modo de pequeñas manchas redondeadas, formadas por millones de ellos, que se llaman «colo- .nias». Y lo que está comprobando Fleming es que el microbio en cuestión hace colonias en forma y aspecto diferente, sufriendo un fenómeno que se llama variación de las bacterias. Centenares de placas de Petri llevaba Fleming sembradas con este microbio en el curso de sus investigaciones. Ha apartado el microscopio y con una fuerte lupa está comprobando los hallazgos del colega de Dublin. Pero el incesante trabajo diario ha acumulado en su mesa una gran cantidad de placas. Ya no queda sitio para más y hay que eliminar las que ya no tienen interés. Todos los bacteríólogos saben muy bien que esta operación no debe hacerse sin un cuidadoso estudio del material de que se va a prescindir. Y es ahora cuando va a producirse el sensacional descubrimiento. Bien ajeno está Fleming a que la operación de limpieza de su mesa de trabajo le va a llevar a la categoría de Premio Nobel, y que su nombre va a pasar al catálogo de los inmortales: las repetidas veces que hay que destapar las placas para someter las colonias El descubridor de la penicilina, Profesor Alexander F'leming. en la mesa de trabajo de su laboratorio,
6. ea j ¿ ¡ A ·+9 - LVU.- a:la observación con pequeños aumentos del microscopio, yestudiar así sus caracteres, facilita la penetración de microbios que, cual minúsculos paracaidistas, están en suspensión en el aire deseando encontrar donde posarse ..., y acaban por caer en los cultivos de las cajitas de Petri; entre estos paracaidistas hay pequeñísimos esporas de mohos, que todos hemos vísto enseñorearse-ds los medios de cultivo, quedándolos inútiles para el estudio; y todos hemos venido arrojando sistemáticamente las placas con hongos al recipiente a ello destinado, y que llamamos gráficamente en los laboratorios «cementerio». , y ahora se produce el sensacional descubrimiento. ¿Es la casualidad quien lo determina? De ninguna manera. Es verdad que en muchos descubrimientos cientificos ha jugado un gran papel el azar; pero es preciso afirmar que la casualidad no ayuda más que a los que se ayudan a sí mismos, o sea a los muy preparados, como ya dijo Pasteur. Son muchos los llamados, pero son pocos los elegidos, y Fleming ffié uno de éstos. El profesor, en lugar de tirar las placas ante la sola vista de unas colonias de mohos, como hacemos todos, las examina también cuidadosamente, y surge así el hecho transcendental: en una de las placas que ha servido para el cultivo del estafilococo, se ha desarrollado una colonia de un moho, pero las del estafilococo que se habían formado en las proximidades de las del hongo están casi borradas, han palidecido, cuesta trabajo dístinguirlas; en cambio las que están fuera del alcance del moho, tienen todos sus caracteres habituales: son grandes, blanquecinas, opacas ... ; y esta placa, que ya es hístóríca, no la tira Fleming, y a tal hecho, de apariencia tan trivial, deben hoy la vida millares de seres humanos. Aparta la placa, la estudia, analiza los posibles hechos que han podido producir tan extraño fenómeno, y llega a esta explicación: el moho en cuestión difunde en el medio de cultivo alguna sustancia capaz de oponerse a la vida del estafilococo. El descubrimiento estaba hecho. &.
- LVIII - ¿Cuántas veces no hemos tenido los bacteriólogos ante nuestros ojos hongos contaminando placas de cultivo? Pero sólo Fleming fué capaz de ver que la presencia del moho no tenía solamente el alcance de una vulgar contaminación de laboratorio. Es verdad que tampoco él tuvo en aquel momento ni la menor idea de la enorme transcendencia que iba a tener aquella simple observación. Experimentador sistemático y minucioso, Fleming se propuso provocar por sí mismo el curioso fenómeno para estudiarlo mejor: siembra el hongo de la ya famosa placa y obtiene el primer cultivo del mismo en un poco de caldo; al cabo de una semana, cuando el moho se ha desarrollado bien, extrae líquido de su cultivo y lo disemina en una placa de Petri en la que previamente había sembrado un estafilococo; lo incuba, y comprueba que, en efecto, el fenómeno de la inhibición del desarrollo del microbio se vuelve a producir. Diluyó luego el líquido del cultivo del moho hasta ochocientas veces, y el fenómeno vuelve a repetirse. Por consiguiente: las sustancias vertidas por el moho tenian un fuerte poder de no dejar vivir al estafilococo, y era capaz de evitar el desarrollo del microbio de una manera mucho más intensa que lo que podía hacerlo el ácido fénico, por ejemplo. Era preciso, pues, ver qué clase de moho era aquél. Se estudió éste y se vió que era un pemciuium. Moho muy difundido en la naturaleza, capaz de desarrollarse sobre multitud de cosas: el queso, las harinas, la fruta abandonada, etc. Pero penicüliurn. hay muchos; había que identificarlo exactamente, cosa no fácil, pues la identificación de las especies botánicas es difícil y hay pocos hombres capacitados, por una larga experiencia, para lograrla. Uno de estos hombres es el botánico Charles Thom (que hace muy poco tiempo ha estado en España), y a él le envió Fleming el moho de su placa. La contestación no se hizo esperar: se trataba del Penictlliurn. notatum. Y la sustancia que tenía tan interesante poder de inhibición del desarrollo de los microbios fué bautizada por Fleming: penicilina. He aquí la histórica placa del descubrimiento. El número 1 señala la colonia d.- Pcnrciílium. El número 3. las colonias normales de estafilococos. El número 2. las que. situadas al alcance del moho. están tan mcdificadas que algunas apenas oucdan verse. Tal rué el efecto de la penicilina difundida desde el moho .. ¿ Uria ;!n\l\ fundición') ¿ Unos .utos norncs? No. La tutníca de pemcrliuu d,' la «ComIlwrcial SoIVC'lILSCorpol'atiol1» de los Estados Unidos.
~~' ;Jir.>1.: ~ 4.;:9.·' - LIXPero hablan de pasar años para que se supiese bien de lo que era capaz la penicilina en sus aplicaciones a la terapéutica de las infecciones. Recordemos que estamos en 1928. De todos modos ya tuvo Fleming entonces un atisbo de lo que podía ser, pues en 1929escribe: «Puede ser un antiséptico eficaz para aplicarlo en las heridas infectadas por microbios sensibles a su acción». Escríbía así porque comprobó en seguida que el misterioso poder del moho no se ejercía sobre todos los microbios ensayados, Poca atención se prestó en aquellos años al descubrimiento de Fleming. Pero algunos investigadores se dedicaron al estudio de las sustancias vertidas por el peniciuium notatum en los medios de cultivo. Algunos encontraron un medio de cultivo en que el moho se desarrollaba óptimamente. Era el año 1932. Hasta 1938 no se vuelve a poner sobre el tapete el estudio de la penicilina, y esto se hace por el «equipo de Oxford» , constituido por investigadores a quienes se debe el avance definitivo. El patólogo Florey y el químico Chain deciden acometer conjuntamente el estudio, y emprenden unos trabajos que les iba a llevar a compartir con Fleming el Premio Nobel 1945. Todo el personal del William Dunn. Institut 01Pathology, de Oxford, se empeñó en la lucha por arrancar al moho su misterio, y es simpático el hecho de que Fleming cita con encomio a todos los colaboradores en la magna tarea, sin olvidar a las muchachas que trabajan a sus órdenes y a las que llama «penicillin girls». Se prepararon cultivos del Penicillium notatum, se estudian las condiciones de crecimiento y desarrollo del moho, su capacidad para producir penicilina, y se establece el medio de medir la actividad de ésta, creando la «unidad Oxford», y se ponen los jalones para la obtención del producto activo en grandes cantidades. La empresa era difícil, el moho se resistía a soltar su presa, y la penicilina se producía en cantidades insignificantes. No obstante, el día 12 de febrero de 1941se aplica por primera vez la penicilina con fines terapéuticos, Y se
- LXle inyecta a un hombre enfermo de septicemia estafilocócíca: el resultado fné sorprendente, pero la penicilina se acaba y el enfermo sucumbe. Otros ensayos muestran las excelencias del medicamento, pero era preciso la obtención en grandes cantidades. Se está entonces en plena guerra, los bombardeos de Inglaterra con los proyectiles volantes alemanes enrarecen la atmósfera de trabajo creando un ambiente totalmente hostil a la investigación científica. Es en este moo mento cuando entran en escena los técnicos americanos, que habían de dar el empuje final. Los trabajos se paralizan en Oxford por los bombardeos. Se da entonces la orden de mantener el más riguroso secreto acerca de los trabajos y de los ya brillantes resultados que se van obteniendo. Florey y Heatley, colaborador suyo, se trasladan a Norteamérica (1941) y allí enseñan a los americanos todo lo conseguido por ellos bajo la dirección de Fleming. A partir de este momento los progresos son enormes en lo referente a la industrialización de la preparación de la penicilina. Los técnicos americanos, alejados del fragor de la guerra, la estudian, la purifican y dan con los medios de obtenerla en grandes cantidades. Se trata una septicemia de estreptococos y se obtiene una impresionante curación. Los progresos han culminado en la obtención de la penicilina pura y cristalizada y en la determinación de su estructura química. Se montan fábricas en los Estados Unidos y en Inglaterra, pero toda la producción es absorbida por los hospitales de guerra. La población civil del mundo entero, que ya conoce las maravillas de las curaciones obtenidas, clama por el envío de penícílina, millares de enfermos graves ven aproximarse la muerte pensando en el nuevo medicamento. Los norteamericanos realizan un gigantesco esfuerzo y se montan fábricas, como la de la «Commercial Solvents Corporation», que cuesta 1.750.000dólares y prepara 70.000.000.000de unidades por mes. Pero ha habido que vencer múltiples dificultades; hay Un ratón somerido a la myección expetimeuta l de penicilina. Si' ve tarnbléu e! frasco del medicamento. CUI·O modelo t'S ya familiar a médicos v prOI,\I\05.