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El retablo del monasterio de la Mejorada de Alonso de Berruguete

Pérez Villanueva, Joaquín

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EL RETABLO DEL MONASTERIO DE LA MEJORADA DE ALONSO BERRUQUETE Rtfcienteineiile, y por disposición de la Dirección General de Bellas Artes, regentada por el Académico e ilustre cscriloi de ar e Sr. Oruetd, ha sido trasladado a Valladolid c instalado en una capilla del antiguo Colegio de San Gregorio, el magnífico retablo e Berniguete que procedente de la Mejorada venia fi gurando has a atiora en la iglesia de San Andrés, de Olmedo. Acertada medida que, salvando del abandono obra tan interesante, viene a permitir sobre ella el estudio de las más peculiares características del genial imaginero. Ya que es quizá en esta obra, en mayor grado que en ninguna otra, donde el genio de Bcrruguete aparece más al desnudo con todas sus cualidades y defectos. El subido valor artístico y aun histórico y critico que encierra, unido a la poca atención que en general ha venido prestándosele, justifican unas líneas sin más interés que ser dedicadas a poner de manifiesto algunas de las características de obra tan admirable como poco conocida. Quizá haya contribuido a esta escasa divulgación, junto a las dudas que su atribución suscitara en alguna ocasión, el hecho de haber sido adulterada su traza primitiva con adiciones barrocas que, atenuando su valor propio, distraían la atención de un estudio serio y detenido. En la actual instalación, hecha bajo lo inteligente dirección de los ingenieros señores Moya y Candeira, se ha prescindido de lodo el plastrón barroco que ocupaba su parte central, con lo que el retablo gana en propiedad y elegancia lo que pierde en pesadez y mix tificación. No se posee, hoy por hoy, el dato documental auténtico que permita hacer la atribución a Berruguete de un modo indudable y categórico. A falta de él, podemos disponer de un lesiinionio que apareciendo revestido de las mayores garantías, puede ser admitid ' con todos los honores; el de Juan de Arfe y Viliafañe ca: contemporáneo de Berruguete que en su Tratado de Varia Conm o casi en- 28 JOAQUIN PÉREZ VILLANUEVA suración para la Escultura y Arquitectura impreso por priniera vez en Sevilla en 1588 al enumerar obras de aquél, dice: «el relaldo del Templo de San Benito el Real en Valladolid y e! de la Mejorcuici » ya que es poco probable que hubiese error al atribuir una obra a un escultor que gozaba de la máxima popularidad y cuyas obras eran generalmente conocidas y admiradas. Después Palomino, en el siglo XVIII, da cabida a esta noticia sin añadir nada nuevo. En la obra de más empeño que para la Hisloria de nuestro Arte se lleva a cabo a fi nes de este siglo, la del Abate Antonio Ponz. «Viaje por España», no se cita el retablo de la Mejorada. Poco después Cean Bermiulez (1) vuelve a dar como de Berruguete el retablo de la Mejorada «con sus estatuas, bajos relieves y pinturas» y ésta, constituyendo la atribución tradicional, venía siendo la generalmente admitida por los escritores que se ocuparon del gran escultor, hasta que el señor (2) negó en absoluto tal atribución basándose en que el retablo tenía un letrero en que se leía. «Esta obra mandó facer la señora Dona Francisca de Zúñíga en el año de 1576 años» y por esta fecha había muerto ya Berruguete. El señor Asúa Campos (3) siguió a riega y Rubio hasta en lo de dar como éste por pinturas los ocho re leves del retablo. Fué el señor Agapito y Reviila (4) quien de un mo o conciuyenle y definitivo aclaró esta cuestión al poner de mam lesío, aceiíadamente, que el signo que el señor Ortega y Rubio eyera como un 7, era en realidad un 2 escrito en forma de Z como era época, lo que permiiió rectificar aquella fecha y ar a e 1526 que es la que hoy prevalece. Este hecho, y sobre todo e esti o el letablo de estrecha coincidencia con todo lo de Berruguete, permite oy, sin duda alguna, identificarlo con el que en su primera época construyera para el entonces fio reciente Monasterio de la ejoia a, cerca de Olmedo. La composición de conjunto, y sobre to o a Isposlción de las fi guras y su fuerza expresiva, acusan en su actuia la mano de Berruguete de un modo claro y evidente. Fuera el único elemento de juicio y bastaría por sí sólo para hacer la atribución sin reservas ni vacilaciones posibles. En la época de la exclaustración pasó a la iglesia de San Andrés de Olmedo donde ai ser adaptado a su ábside, se prescindió de toda (1) «Diccionario de Bellas Artes», tomo I, página 142. (2) «Los Pueblos de la Provincia de Valladolid», tomo II, página 288. (3) «Por Carretera. Apuntes de Viajes» Madrid, 1900, páginas 70-71. (4) «Boletín de la Sociedad Castellana de Excursiones», 15 de junio de 1915; RETABLO DEL MONASTERIO DE LA MEJORADA DE A. BERRUQUETE 29 la parle central, colocaiulo en ella la hornacina y sagrario del siglo xviir y susliluyendo el «Ecce Homo» de Bcrrugnetc por un deficiente San Andrés. Aunque de este modo se hizo de dos retablos uno solo, sin embargo lioy puede estudiarse su carácter con bastante exactitud. ( Durante los últimos siglos de la Edad Media la escultura en Castilla está determinada por una serie de influencias que no dejan lugar a producir algo propio, aunque ello no es obstáculo para que esas influencias sean sentidas por nuestros artistas de un modo propio y original como respondiendo a nuestra ideología y manera de sentir. El poder intuitivo y de repentización de nuestros artistas, y sobre todo el nervio popular de su inspiración determinan, a pesar de estas influencias, un algo en arte que no es fácilmente confundible con lo que producen otros pueblos en esta misma época y sometidos a análogos inílujos. Se persigue principalmente en la escultura de esta época la expresión y a ella se supedita todo. La estatua no tiene mas objeto que hacer sentir algo al que la contempla, careciendo devaloración todo loque no tienda a ello. Los contornos son cuidados de un modo especial y la acción dramática no se hace ladicar exclusiva mente en la cara, como luego había de suceder, Al mismo tiempo el sentimiento religioso que la inspira impone una máxima austeridad en el modelarlo y una gran dureza en los patios que aleje todo indicio de sensualidad. Nada más lejos de la cuidadosa exquisitez con que el Renacimiento modela los cuerpos que estas figuras nuestras tan austeras y tan inoiíificadas por un dolor moral como en Berruguete o por un dolor físico como en juní y los barrocos, en este sentido tan góticos y tan tradicionales. Este sentimiento religioso sentido de muy diferente manera en los diversos países, motiva diferencias en sus artes que permite distinguirios claramente dentro de una época como ésta, en que las generales características señaladas pueden liacerse extensivas a todos los países de la Europa de entonces. Esta es la época de los grandes retablos. Tan característicos de nuestro arte,- adquieren desde esta época un gran desarrollo. Su prin cipal objeto, aparte el decorativo, es el de narrar de un modo sencillo, claro y sobre todo muy expresivo. Los temas preferidos en España en esta época son los más apacibles y menos dramáticos, tales como la Encarnación, la Natividad, la Epifanía, la Resurrección, etc.; y cuando se tratan escenas como los Azotes, la Amargura, la Pie dad, etc., se expresa en ellos ^pn dolor sin retorcimientos ni muecas de dolor físico, sino ínlimamente grave, silencioso y expresivo. Y junto a todo esto, como imposición' popular y constituyendo característica 30 JOAQUÍN PÉREZ VILLANIIEVA también esencial al arle grófico, está la riqueza y osteníocióíi que resalta en todas las obras de la última época, tai vez como expresión el estado fl oreciente y optimista de la sociedad que los costeaba. Lo dicho, incompleto y deshilvanado, puede bastar para precisar, en algún punto, la verdadera genealogía de delerminatlas caracterís ticas del arte de Berruguele. Bien puede decirse que el tipo del artista original no existe en absoluto. Se da de hecho el artista que dotado de un gran temperamento puede, asimilándose en mayor o menor grado lo que le precede, revestirlo con su genio de nuevas formas y expresiones, imprimiendo a toda su obra un sello personalísimo y propio que le individualice; pero sin que sea nunca imposible preci sar sus antecedentes y determinar en algún grado su genealogía artística. El rasgo primordial del arte de Berruguete es el de ser esencial mente nuevo. Podrá ser motivo de duda el lugar donde nuestro artista asimila esas modalidades intensamente emotivas que distinguen su personalidad; si aquí en España o del estudio que en Italia hiciera délos maestros del siglo xv Donatello, Brunellesco, Quercia y hasta el mismo Gbiberti; pero es innegable que la expresión de sus figuras y el intenso dramatismo de sus actitudes, es algo perfectamente cncajable en nuestro arte y en la manera de sentirlo en las diversas épocas. Es la vigorosa impresión de movimiento en algunas de sus escenas y sobre todo la compleja espiritualidad de sus personajes a que priva a su arfe de precedentes inmediatos en este sentido y de continuadores fi eles. Del Renacimiento tomará en abundancia os motivos decorativos y hasta tal vez pensará en los italianos para componer alguna escena concebida en ocasiones siguiendo a aquellos, pero siempre aparecerá su obra dotada de una vida estrí ente e impetuosa, tai vez no muy comprensible pero siempre suge ridora y elocuente. Vuelto de Italia, y pasada su época que podríamos llamar oficial en que no consigue para su arte el apoyo decidido del Emperador y después de unas pocas obras de no mucho empeño, realiza este retablo de la Mejorada que a su propio Interés añade el de ser uno de los primeros hechos en España rompiendo con la exclusiva tradición gótica imperante. En él aparece el genio de Berruguete más descar nado quizá que en ninguna otra de sus obras posteriores, destacando su personalidad sobre las Influencias góticas y renacientes de un modo fuerte y acusado. El retablo (Lám. I), debido a las vicisitudes señaladas, aparece RETABLO DEL MONASTERIO DE LA MEJORADA DE A. BERRUGUETE 31 hoy mutilado en su parte central, aunque a pesar de todo conserva baslante bien su carácter. Su configuración puede ser reducida en líneas generales a un basamento, un cuerpo central coronado por un amplio entablamento y sobre este un segundo cuerpo a modo de ático en cuyo centro se alza el Calvario. A lo ancho pueden ser apreciados otros tres cuerpos: uno central y dos laterales separados de aquél por un cuerpo de dos columnas en cuyo intercolumnio tal vez fi gu rasen primitivamente esculturas o pinturas. El basamento consta de un doble plinto decorado con cabeza de ángeles alados, monstruos extraños, etc. En el segundo de ellos y en los extremos un poco salientes correspondiendo a la prolongación de las columnas exteriores, fi gura el letrero ya citado, dividido en dos partes —una a cada lado— donde en caracteres perfectamente legibles se hace constar la fecha y nombre de la donante. En este mismo plinto se ven a los lados unas mujeres desnudas, recostadas y coro nadas por unos ángeles tan ausentes de gracia y feminidad como rebosantes de profanidad e italianismo. En el zócalo, y encima de los letreros citados, aparecen los escudos de la familia Zúfiiga. Interesantes son las cuatro fi guras de Santos que aparecen en el centro de pte cuerpo en la prolon gación de las columnas centrales; la-foetura,-actitudes y expresión no pueden ser más de Berruguete; detalle de atrevimiento es ese San Antonio que revolviéndose en su nicho llega a mostrarse ca^i comple tamente de espalda al espectador. Las cuatro fi guras —empotradas en hornacinas con la típica concha por fondo— con el San Marcos que en medallón (Lám. 11^ aparece a la derecha, ofrecen un avance de lo que más tarde ha de '^er toda la escultura de Berruguete; dinamismo, amplitud de paños que velan las formas no muy desarrolladas casi siempre, empleo de recursos anatómicos, más para dar expresión que para reflejar el natural, y sobre todo esa actitud de sufrimiento moral íntimo y desgarrador que sobrecoge e impone. Ante aquel conjunto de fi guras del Museo, en actitud agitada y violenta que lanzan a lo alto el quejido que les produce un dolor quintaesenciado y torturador; en medio de aquella algarabía de sentimientos que escapa de una serie de cuerpos resecos por el dolor moral y espiritualizados por el sufrimiento, se quisiera poder acallar de algún modo la angustia de sus almas y humanizar la violenta postura que una chirriante y conti nuada actitud de súplica impone a sus cuerpos. El medallón (Lám, III) que al otro extremo completa el zócalo representa una Santa Catalina pesada e inexpresiva que hasta en el 32 JOAQUÍN PÉREZ VILLANUEVA mismo detalle de los ángeles que decoran los ángulos perinüe rela cionarla con las mujeres desnudas del plinto. El cuerpo central presenta hoy cuatro columnas ya que Icis dos más centrales desaparecieron al adaptar en él la parte barroca. Totlas son cilindricas, con capitel corintio; fuste con su tercio inferior estriado y el resto decorado con un mascarón y grutescos. Tanto los compartimentos laterales, como los intercolumnios, están divididos a la mitad de su altura por un entablamento dando lugar en aquellos a cuatro espacios ocupados por altorrelicves que representan: El Camino del Calvario, la Anunciación, el Nacimiento y la Oi ación del Huerto. - En general las figuras que en cuanto a factura aisladti no resistirían la mayor parle un examen serio, están sin embargo agrupadas con acierto en escenas en que la vida bulle y la narración se logra. En el Camino del Calvario (Lám. IV) es la Virgen abrumada poi el dolor, e! centro de la representación: a elle convergen la mirada del Hijo y la solícita conmiseración de las Santas personas pendientes todos de la absorción dolorosa en que aquélla va sumida. iTarescena de la Anunciación (Lám. V) posiblemente concel^it a teniendo en cuenta a Donalello, está lograda con una sencillez e idealidad que encantan. La Virgen (Lám. VI) sorprendida orando vuelve la cabeza y concentra toda su atención en escuchar si Angel. Éste (Lám. ^j) apenas apoyado en el suelo y con sus vestidos bi usca mente agitados en señal todavía de movimienío, comunica —.ufil'^aiuio incluso el gesto a la Virgen lo-que ésta atiende con tanto iníeiés. gsfa escena, por su misma sencillez y delicadeza, es de lo qnc más acducc del retablo. . El Nacimiento (Lám. VIII), entendido al modo fradicíjnab respiia una paz V equilibrio muy en contraposición coh la manera frccnenle en Berruguefe de concebir las escenas tan suyas en que las ipovidas por una fuerza interior irreprimible, se precipitan lumuHuosaixiente en vigoroso tropel, proporcionando a la acción esa enérgica movilidad furiosa tan caiacíeríslica de su arte. Completa esta . parte central de! retablo, una Oración del Huerto (Láni. IX) descuidada de factura y pobremente concebida. Correspondiendo a éstos, y alas columnas centrales, figuran en el ático otros cuatro altorrelieves que representan: el Nacimiento de la Virgd' Resurrección, la Ascensión y la Adoración de los Reyes. gn la escena del Nacimiento de la Virgen (Lám. X) los panos 7 i Lámina II.—Retablo del Monasterio de la Mejorada.—Me dallones de la predela. (Foto Garay). (I RETABLO DEL MONASTERIO DE LA MEJORADA DE A. BERRUGUETE 33 agitados por una movilidad incomprensible y las fi guras afanadas en la acción con un ímpetu exagerado imprimen a la acción un brío y una acometividad realmente en desacuerdo con el tema. Santa Ana con un gesto como de temor ante algún peligro que parece amenazar a la recién nacida la estrecha entre sus brazos mientras esta en precoz éxtasis dirige su mirada al cielo como enterada ya de lo divino de su misión. La escena de la Resurrección (Lám. XI) hace juego en parquedad de recursos con la de La Oración del Huerto, siquiera lo afectado del gesto y lo majestuoso de su actitud puedan pioporcionaile cierta prestancia. Aunque de hecho el arte de Berruguete no se mueva nunca dentro de un academismo estricto, sin embargo están tan ausentes en este retablo los rasaros de cuidadoso estudio y perfeccióti técnica, que realincute se precisa ese acierto con que compone algunas de sus escenas para que la repulsión que en principio pueda producirse, no subsista. Un mismo sentimiento de tristeza ante ia separación y un mismo chillón y vehemente deseo de seguir al Maestro de,a traslucir la actitud de todas las Hguras que componen el cuadro de La Ascensión (Lám. XII). La escena no puede ser lograda de un modo más expresivo y elocuente. Ese gesto del apóstol que esta en primer término que con la mano quiere sujetar lo que .rreparableme.Ue se les escapa, dice con un acto fisico lo que el alma de aquellos hombres siente en aquel momento. Sus fi guras sufriendo por la separación y rebelándose contra ella, se alargan en un supretno esfuerzo tratando de evitar lo irremediable. La diversidad de act,ludes dentro de la misma unidad de acción, imprime a la escena admirable de plasticidad y precisa de composición, un realismo acabado una expresión magníflca c insuperable. . , , , Son curiosas, y hasta cierto punto insoslayables las sugerencias del Greco que se producen ante esta escena, de analoga orientación y acusado parecido con alguno de sus cuadros mas celebres. La Adoración de los Reyes (Lám. Xlll) también en el ático, completa con el Calvario la escultura del retablo. Una Virgen de corte italiano, y de gesto más bien poco simpático como ajena a la escena que ante ella se está desarrollando, sostiene en sus rodillas al niño que con simpática curiosidad parece complacerse con las apasionadas muestras de acatamiento que le brinda uno de los leciéii llegados. El anciano, más que arrodillado tumbado, alaiga su mano en ademán cariñoso para acariciar un pie que el niño posa en ella y adelanta su 34 JOAQUÍN PÉREZ VILLANUEVA cabeza para besarlo con Inconicnida y ansiada fruición. Realtnenle exhala vida y está hondamente sentida la fi gura de este ancicino que aparecextambicn en la Adoración del Retablo de San Benito siquiera en este resulte suspendida la acción de besar por un movimiento Í)ru.sco de la cabeza que deja la fi gura fría e inexpresiva. En la escena ile La Mejorada, San José, consciente desu papel, contempla patriarcalnienie la escena en actitud atenta y beatifica colaborando al desai ' o"^^ de la acción de un modo más activo que en aquélla, mientras que lo.s otros dos reyes, presentando eñ la mano el recipiente que piensan ofrecer, esperan que les llegue su turno, hablando en actitud dogmática el uno y volviendo la cabeza distraído en algo que no se ve el otro, que al mismo tiempo que con una mano sujeta el airoso manto ¿idelanlci un pie en actitud un poco forzada. Todo tiende a dar variedad a Ui escena, que bien concebida resulta de una gran propiedad y entonación. De hecho lo descuidada de su factura le coloca por bajo de Ui Adoración de San Benito y de la de Santiago —de concepción más atrevida y de más briosa ejecución—pero las aventaja desde luego en equilibrio y expresión. — En el centro del ático, y coronado por un arco semicircular peral tado, se eleva el Calvario que completa la imaginería del retablo. Por una necesidad nacida desu alejamlenlo del espectador adopta mayores nroporcioi)|s para poder ser visto desde abajo como corresponde además a ^ Importancia. Entre las fi guras llorosas de San Juan y la Vi,-gen y ante una Magdalena que —tema tan grato luego al Greco V & * - - ^ VI\7\ .-n un p3ño recoge la sangre divina se eleva el Cristo (Lárn. Aivj cui' . . . . . _ hecho ¿ramálico en su majestad e imponente en su quietud. El cuerpo, yp poco a la ligera, aparece desplomado e inerte; y el rostro, feo y no se sucio, revela una angustia y un dolor vago y escondido que n£>rn aue se slenfp* p«s Tiirr/-» cnrrírípnrtn iin;^ ínfima tristeza. alpa» siente; es algo que sugiriendo una íntima ¡eta y conmueve. gn cuanto a la arquitectura las nuevas formas italianas tienen complef^ utilización en oposición a las góticas, si bien esta diverencia radique exclusivamente en lo decorativo y externo. Sus «hisíoo .:^nntomontí> _• .a.-1... r'omO tal ■qs» eminentemente narrativas siguen siendo góticas y como nresivas con exclusividad. De entre ellas destacan algunas, que gXP - • - .. . . . . ^^sarroiladas de un modo violento y atropellado difunden a borboncs resto del retablo una vida que lo anima en su conjunto con conmoción de arte vigorosa y genial que sólo Berruguctc sabe f^p,.¡niir a sus obras. De este modo el retablo resulta movido y la atención es solicitada de un modo poderoso. RKTARI.O np.l. MONASTKRIO RE I.A MEJORADA DE ABERRUÜUETE 35 En él no puetien verse destellos de una técnica depurada ni cxquisiieces de factura, sólo loqfrados cuando más tarde al contacto de otros talleres el estudio reflexivo sucede a las tarascadas de la im|)rovisaci<)n. Hay fiq^iiras que parecen hechas de cuatro gui)iazos dados rápida y nerviosamente, poniétidose a veces de inaniíiesto la mano de los ayudantes en la ejecución total de la ol)ra. Ausente también la nota de exaltación individual en los personajes aislados, resalta en cambio utia poderosa inventiva para componer las escenas que en efecto resullan vividas en un grado de realismo y expresión que no ha de ser alcanzado en ninguno de sus retablos posteriores. Las diversas escenas sin relaciones íie continuidad entre sí, desprovistas del menor lazo de unión y formando cuadros perfectamente aislados. Integran, sin embargo, im todo que vibi a y se agita, logrando su misión muy de Berruguete— de hacer sentir lo representado. El retablo está totalmente avivado por esa policromía tan búllante y característica y latí perfectamente encajada en su maneta de sentii y realizar la escultura, adquiriendo en las telas, mediante un estofado de ricos matices y delicado dibujo, aspectos de gian finuia y exquisitez. Su arquitectura, de traza renacenlisla, recia y decidida, está decorada —siti exceso— con motivos de este estilo distribuidos con lino y simetría. De justas proporciones, ligero y elegante, resulta el retablo de la Mejorada, una obra curiosa e interesante cuyos ati activos se ven hoy realzados de un modo considerable merced ai cuidado y aciertos de su nueva instalación. Joaquín Pérez Villanueva. bibliografía selecta utilizada Ricardo Berruguete y su obra. Casa editorial Calleja, 1917, Madrid. M. Gómez iVloreno.-Z.fl escultura del Renacimiento en £'s/7fl/2a.'Pantheon. Casa Editrice Firenze. Gustavo Gili, Barcelona, 1931. J. Martí y monsó.—Estudios histórico-artisíicos relatioos a VaüadoUd, 1898. Agapito y Revilla. - La obra de ios maestros de la escultura oaílísoietana, 1.1 QOQ 1920-1929.