scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Discurso sobre el adorable misterio de la Santísima Trinidad : leído en la solemne apertura del Curso académico de 1881 a 1882 en el Seminario Conciliar Central de Compostela / por Severo Araujo

Araújo Silva, Severo

Full text

se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO DE COMPOS I LLA se UN1VFRSIDADE DE SANTIAGO u se UNIVERS1DADL DE SANTIAGO DE COMPOSTEIA BIBLIOTECA UNIVERSITARIA DE SANTIAGO 3 ^-r /WAAj^íík 00039484 VCK DISCURSO SOBRE a AWM8U wmw DE LA HIBIB ■«, teto tu la snltmra npttm htl inrsn atnirtmiru h 1881 i 1882, EN EL SEMINARIO CONCILIAR CENTRAL EB POR EL PERO. Profesor de Sagrada Teología en dicho Seminario. SANTIAGO: Imprenta del Seminario Conciliar, á cargo de D. Andrés Fraile y Pozo. «881. Te invocamus, Te laudamus, Te adúramus, O beata Trinitag. (Ecclestce tn Off. Sina-. Trinit.) $mmo. y Mino. Sr.: solemne. 3^ N imperioso deber me obliga á subir á ésta sagrada Cátedra en acto tan Siento, en verdad, que mi pobre talento y mis débiles fuerzas no den otro resultado, que un desaliñado discurso, bien poco digno de Vuestra Eminencia Reverendísima y de la ilustración del Profesorado que me escucha. Por lo mismo im  ploro los auxilios del Señor y espero vuestra be  névola indulgencia. Entre los varios puntos que son objeto de mi u UNIVERSIDADE DE SANTIAGO asignatura, me fijé con predilección en el dogma augusto de la Santísima Trinidad. Espinosa y en extremo delicada es la mate  ria, lo conozco: de ahí que mi pobre trabajo que  dará reducido á algunas breves reflexiones so  bre este misterio adorable. — 11 — sé contestaros: ¡es un misterio! ¡Creed y ado  rad, y exclamad con el Apóstol: O altitudo dV mtiarum Sapienüai et Sdenüai Dei.... (1). ¿Para qué se dignó Dios revelarnos éste misterio? Yo os lo diré, porque esto es más claro que la luz del sol; éste para qué es el abismo de la misericordia de Dios, el piélago de su bon  dad, el mar inmenso de su amor, de su caridad in  finita, de su entrañable ternura; yo os lo diré en dos palabras: para descubrirnos la economía ad  mirable de su Providencia, el plan divino de su Sabiduría en la redención del hombre, en la regeneración de la sociedad; para que, cono  ciéndole mejor en lo que se refiere á nosotros, su misericordia para con nosotros, su bondad para con nosotros, su amor, su caridad, su ter  nura para con nosotros, agradeciéramos sus fi  nezas y le devolviéramos amor por amor; para cautivar nuestro corazón y hacernos dulce vio  lencia; para hacerse dueño de todos los sen  timientos y afectos de nuestra voluntad: hélo aquí. Pero como. Dios quería cautivar nuestros co- (1) Rom. XI. 33. — 12 — razones y ganar nuestras voluntades de una manera digna de la criatura racional y ade  cuada á su naturaleza; como la acción de Dios sobre nosotros debía ser dulce y suave como el ósculo y la caricia de una madre, Dios no empleó otro estímulo que el del amor. Este amor, aunque siempre igual, siempre intenso, infinito siempre y eterno en sí mismo, no se manifestó del mismo modo, ni todo á la vez; con respecto á nosotros y según nuestra ma  nera de concebir, fué desarrollándose poco á poco en el transcurso de los siglos. La histo  ria de la humanidad es el recuerdo más ex  presivo de éste desenvolvimiento en tiempo del amor eterno de Dios á sus criaturas según el plan de su Providencia. Y á medida que éste plan divino, concebi  do desde la eternidad por la infinita Sabidu  ría, iba desarrollándose al través de las ge  neraciones, Dios hacía más sensibles sus rega  los y finezas, excitando en el hombre los más nobles sentimientos de gratitud y provocándo  le á amarle con todo su corazón. La Encarnación, la Redención, la regenera  ción de la sociedad y la santificación del inse UNIVERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTELA — 13 — dividuo, sintetizadas en el misterio del Calvario, son el compendio de las finezas del Señor. Pero estos misterios no podrían apreciarse en su justo valor; estos misterios serían in  comprensibles por falta de unión y enlace re  cíproco; estos misterios no moverían eficazmen  te nuestras voluntades, porque no nos descu brirían, como era de desear, la acción divina, el amor de un Dios, si otro dogma, profundí  simo, insondable, impenetrable en sí mismo, no viniera en nuestro auxilio, derramando un tor  rente de luz sobre nuestras inteligencias, pa  ra hacernos más claras, más marcadas las ope  raciones divinas ad eoctra. Este dogma es el misterio de la Santísima Trinidad. Y hé aquí la razón por qué, si bien ha si  do revelado desde el principio, no lo fué con toda claridad y precisión hasta que llegó la plenitud de los tiempos; ved aquí la razón por qué el misterio de la Santísima Trinidad es la base de todos los misterios, el centro de su unidad, el lazo íntimo que los estrecha, el prin  cipio que los explica y completa, la fuente pe  renne y manantial fecundísimo de aplicaciones intelectuales y morales, la vida de Dios y la se UN1VERS1DADE DE SANTIAGO — 14 — . expresión más tiel de su acción divina sobre las criaturas. Permitidme desarrollar ligeramente estos pen  samientos. II. Si abrimos las sagradas páginas del anti  guo Testamento, encontramos con frecuencia la idea de unidad y de Trinidad como principio fundamental de la divina revelación, como pri  mer eslabón de la misteriosa cadena de ver  dades sobrenaturales que Dios se dignó ense  ñar á los hombres. Me ha llamado siempre la atención el ver ya en las primeras pala  bras de la Historia genesíaca un testimonio de éste adorable misterio; y comprendo que no debe extrañarnos que el sagrado historiador Moisés haya comenzado su relación, inculcan  do lo que es base de nuestras creencias. El libro del Génesis comienza de ésta ma  nera: In principio creavit Deus coelum et terram...., et Spiritus Dei ferebatur super aquas. En el principio creó Dios el cielo y la tierra... se UNIVERSIDAD! DE SANTIAGO DE COMPOS 1E-A — 15 — y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas. La palabra hebrea EloMm está en plu  ral; de modo que la traducción literal debie  ra ser: En el principio los Dioses creó el cie  lo y la tierra. Esta construcción tan extraña, tan singular, parecería, sin duda alguna, con  traria á todas las reglas del buen lenguaje, si no tuviéramos en cuenta que aquella pa  labra en el número plural era para los judíos muy enfática y eminentemente expresiva: con ella querían significar la pluralidad de perso  nas en Dios nuestro Señor. Dos expresiones muy notables emplea siem pre la sagrada Escritura para designar á la Divinidad: JeliODah y Elohim. Según los mejo  res rabinos y los que más se distinguieron por sus profundos conocimientos en la lengua de los hebreos, la primera se refiere á la esen  cia divina, á la divina sustancia, al ser de Dios, considerado en sí mismo; la segunda di  ce relación á su poder, á su sabiduría, á su actividad, á su presencia sustancial: es una palabra misteriosa que entraña la idea de plu  ralidad; que de una manera oculta, figurada, pero muy expresiva, significa la existencia sise UNIVERSIDADE DE SANTIAGO — 16 — multánea de muchas personas en una sola y simplicísima naturaleza. Jeho-oah está siempre en singular; EloMm se la encuentra siempre en plural. Ahora bien, si ésta palabra es tan enérgica, tan enfática, tan misteriosa; si sig  nifica el poder, la sabiduría, la actividad de Dios; si siempre se emplea en el número plu  ral • y' nunca en el singular ¿quién no ve en éste pasaje la pluralidad de personas divinas? Más tadavía ¿quién no ve al Padre represen  tado en el poder, al Hijo en la sabiduría y al Espíritu Santo en la actividad? Y si recorda  mos que la palabra Elohim, Dioses, concierta con el verbo creó en singular, la idea de uni  dad es inseparable de la idea de Trinidad. Pero quiero demostrar más claramente que en éste pasaje, el primero de la sagrada Es  critura, no tan sólo se hace mención de la plu  ralidad de personas en Dios, sino que también se expresan las tres divinas personas, por más que el Señor se reservaba para otro tiempo y lugar una revelación más explícita y terminante. S. Agustín, S. Ambrosio, Orígenes y otros Padres, comentando el pasaje citado, entien  den por las palabras In principio lo mismo que — 17 — In Verbo. Oigamos al Obispo de Hipona: «Di  jo el Señor á los incrédulos judíos: Si creyéseis á Moisés, también me creeríais á mí, por que de mí escribió... Y en efecto que escribió del Señor, cuando dijo: En el principio creó Dios el cielo y la tierra, se deduce del Evangelio, cuando preguntándole los judíos ¿quién era? res  pondió: Yo soy el principio el mismo que está hablando con vosotros. Hé aquí en qué prin  cipio hizo Dios el cielo y la tierra: Dios hizo el cielo y la tierra en su Hijo^ por quien fue  ron hechas todas las cosas, y sin el cual na  da se hizo» (1). S. Ambrosio dice: «En éste principio, es de  cir, en Cristo, hizo Dios el cielo y la tierra; porque por el mismo fueron hechas todas las cosas y sin él nada se hizo» (2). . (1) Alt enim Dominus incredutis judaeis: Si crederetis Moysi, crederétis et mihi, ille enim de me scripsit... Nam, In principio creavit Deus coelum el terram, Moyses scripsit; quem utique de Domino scripsisse, ipsius Domini voce firmatur, loquen te Evangelio; ubi judaei cum a Domino quaesissenl, quis esset? respondit: Principium, qui et loquor vobis. Eccc in quo principio fecit Deus coclum el ter  ram. Coelum ergo el terram fecit Deus in Filio, per quem facía sunt omnia, el sino quo faclum est nihil. (Serm. 14 De diversis). _ (2) In hoo ergo principio, hoc est, in Christo, fecit Deus coelum et terram, quia per ipsum omnia facía sunt, el sine ipso faclum est nihil. (Lib. I. Hexaem. cap. 4). . 3 u se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO — 18 — Orígenes: «En éste principio, esto es, en su VerLo, creó Dios el cielo y la tierra» (1). El mismo S. Agustín en sus Confesiones y en la Ciudad de Dios desarrolla más y más éste pensamiento, comparando el Evangelio de S. Juan con el Génesis, y al Evangelista con Moisés, haciendo ver que no sin misterio comien  zan los dos por éstas mismas palabras: In prin  cipio (2). Déjanse ver, pues, en éste pasaje las tres divinas personas, realizando la admirable obra de la creación. El Padre con su poder saca las cosas de la nada; pero las saca en su Verbo y con su Verbo, con su infinita y eterna Sabiduria, que es el principio y la causa eficaz de todas las cosas; y el Espirita de Dios es llevado sobre las aguas, porque con su vir  tud y actividad las fecundiza. Pero aquel Ver  bo no es un Verbo extraño al Padre: es el mis  mo Verbo del Señor, es la expresión fidelísi  ma de su Sabiduría, es su divina comprensión, es aquel por quien y en quien conoce todo lo existente y posible, es la imágen perfectísima (l) In hoc ergo principio, hoc est, in Verbo suo, Deus coelum et terram fecit. (Hom. I. in Gen.) (2) Conf. lib. 13, cap. 5. — De Cioit. Del, cap. 31. — 19 — y acabada de su ser, es el reflejo de su sus  tancia y el resplandor de su gloria; es su mis  mo pensamiento que en una acción inmanen  te procede de El por una generación eterna y divina (1); es, en una palabra, su misma naturaleza. Tampoco es extraño aquel Espíritu^ porque es el Espíritu de Dios que crea el cie  lo y la tierra, es su aliento, es su vida, el soplo que anima y fecunda cuanto tiene sér; y por eso es Señor y vivificador como el Pa  dre y el Verbo (2). De aquí es que aunque son tres las divinas personas, y realmente distintas, no son tres los actos de la creación; uno solo y simplicísimo, como una sola, única y simplicfsima es la naturaleza de las tres, significada en el verbo creamt, creó, en el número sin  gular. De ésta breve exposición se deduce, que el misterio de la Santísima Trinidad comienza ya á presentarse en la primera página de la sa  grada Escritura. Sí: antes que el Águila de Patmos remontase su atrevido vuelo hasta el trono de ¡la Divinidad, y con su penetrante (1) Ex ulero ante luciferum genui te. (Ps. CIX, 4). (2) Credo in Spirilum Sanctum, Dominum et vivificantem. (Simb. Nic. Const.) se UNIVERSIDADE DE SANTIAGO — 29 — mirada contemplase, cuanto era dable á una criatura transportada á la esfera de los espí  ritus, la generación eterna del Verbo en el se  no del Padre, ya el inspirado autor del G-énesis nos había dicho que en Dios hay tres personas y una sola divina esencia; y si el Discípulo amado ha bebido, reclinado sobre el pecho de Jesús, aquella celestial sabiduría que le ha hecho exclamar: In principio eral Verbum 3 también el Amigo de Dios, contemplán  dole cara á cara y escuchando su voz omni  potente en la cima de la montaña, había re  cibido aquella sublime inspiración que movió su pluma y le hizo escribir: In principio creamt Deus coelum el terram, uniendo de este modo el primer y el más grande de los misterios de la Divinidad con la primera y más sublime de las acciones acl eactra de un Dios todopode  roso. Por eso éstas breves palabras de Moisés son la clave de su Pentateuco, como las de S. Juan lo son de todo su Evangelio; y así como la inteligencia del Evangelio depende del buen sentido de las palabras de S. Juan, tam  bién las primeras palabras del Historiador sa  grado son un rayo de luz que facilita la intese UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE COMPOSTE LA — 27 — clones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Tres personas se nombran en este pasaje: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas tres personas, éstas tres relaciones tan claramente expresadas, de  ben ser realmente distintas; ya porque nun  ca el Padre ha sido ni pudo ser el Hijo, ni el Hijo es ni puede ser el Padre, y el Espí  ritu Santo está en la misma línea que el Pa  dre y el Hijo; y ya también por la repetición de la partícula copulativa que las enlaza, pues siempre la conjunción ha servido para unir palabras distintas, ideas, conceptos distintos. El que engendra no es ni puede ser el engendra  do, ni éste puede ser aquél; y si la tercera persona está unida á las dos primeras por me  dio de la partícula y, como éstas lo están; si tiene la misma relación de procedencia ú ori  gen respecto de las dos primeras, que éstas tie  nen entre sí; distinto debe ser el Espíritu San  to del Padre y del Hijo, como el Hijo es dis tinto del Padre. Pero si bien Jesucristo nos des  cubre dé la manera más clara y terminante lá distinción real de personas, no dice en los nombres, ni tampoco en el nombre del Padre^ y I el issc 111 UNiVERSIDADE DF SANTIAGO — 28 — en el nombre del Hijo, -y en el nombre del Espí  ritu Santo; sino en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, para indicar que es común á las tres personas lo que con la pa  labra nombre se quiere expresar. Lo que ésta palabra significa, muy fácilmente se infiere de las sagradas Escrituras. Deas, in n o min e t u o saloum me fac, dice el Profeta David (1): Dios mió, sálvame en tu nombre; ésto es: en tu po  der y con tu poder; y en el mismo sentido di  ce en otro lugar:... et in n o min e meo exaltabitur cornu ejus (2), para indicar que todo po  der y grandeza trae su origen de la grande  za y poder de Dios. Jesucristo había prometi  do que los verdaderos creyentes lanzarían los demonios en su nombre: in n o min e meo daemonia ejicient (3), es decir, con su virtud y eficacia; y en efecto, con la virtud de Cristo curó San Pedro al cojo de nacimiento, que pedía limos  na sentado á la puerta del Templo, diciendo: I n n o min e J. C. Nazareni surge et ambula (4): En nombre de J. C. Nazareno levántate y anda. (1) Ps. LUI, 1. (2) Ps. LXXXVIH, 25. (3) Maro. XVI, 17. (4) Act. III, 6. — 29 — Es indudable, pues, que el nombre común al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo es su virtud, su eficacia, su poder; pero el poder de Dios es su sér, es su misma esencia: luego una ' misma es la esencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y las palabras del Salvador con  firman más y más la repugnancia que halla nuestra inteligencia en admitir tres distintas sustancias divinas, tres distintas divinidades. Luego es uno en esencia y trino en personas. Hé aquí el adorable misterio que, revelado ya desde el principio hablando Dios por me  dio de sus Profetas, por último, llegada ya la plenitud de los tiempos, fué revelado en nues  tros dias con toda claridad y precisión, hablán  donos por medio de su Hijo querido, su eterna é infinita Sabiduría (1). Me he detenido un poco en el desarrollo de ésta prueba, porque es el baluarte contra el cual se estrellan las argucias de la impie dad. Diga lo que quiera el moderno raciona  lismo: la cuestión es de hecho. ¿Es cierto que Dios se ha dignado revelarnos éste misterio? (1) Hebr. 1, 1. u se UNIVERSIDADE — 30 — Si lo es, inclinemos nuestra frente y adorémos  le, penetrados de respeto y veneraeion. III. Démos ahora un paso más. Este misterio se nos reveló para que cono  ciéramos el plan divino, el mecanismo admi  rable de la Providencia en la grande obra de la Redención. La Redención humana es el dog  ma capital de donde arranca el Cristianismo. El Gólgota; en la cima del Gólgota clava  da una cruz; pendiente de la cruz un Dios he  cho hombre, para salvar al hombre; que des  cendió hasta el hombre, porque el hombre no podía ascender hasta él; que reconcilia al cie  lo con la tierra, y en quien la justicia y la paz se dan el ósculo de la amistad más sin  cera (1): tál es en compendio el cuadro de la Redención, el desenvolvimiento de la acción soberana, vivificante del Señor en la obra de la reparación humana. Dios que ab aeterno es felicísimo en el seno (1) Justitia ct pax osculatae su^t. Ps. LXXXIV, 11. — 31 — de su Divinidad, conociéndose yamándose infi  nitamente, quiso hacer á otros participantes de su felicidad y ventura. Dios es bueno, y la bondad tiende á comunicarse. El hombre cria  do á su imagen y semejanza, enriquecido con los más sublimes dones de naturaleza y gra  cia, elevado al orden sobrenatural y hecho por adopción hijo suyo y heredero del ciclo, fue la obra perfecta y acabada de su mano omnipo  tente. En su frente brillaba un destello de la Sabiduría increada, y ardía en su corazón una centella del amor divino. Dulces y cariñosos lazos de amistad le estrechaban con su Dios. Era feliz. En aquel estado de incomparable ventura nada había que pudiera turbar la paz envidiable de su alma; y la humana posteri  dad, representada en el que era su padre y cabeza, estaba llamada á la misma herencia sobre la tierra, y sin gustar el amargo cáliz de la muerte, gozaría después de la visión in  tuitiva de Dios en los cielos por perpetuas eter  nidades. Coronado de gloria y honor marcha  ba al frente de la creación entera, que le obe  decía como á su rey legítimo, y reflejábalas perfeccionas de su Hacedor soberano. — 32 — Pero el pecado no tardó en entrar en el mundo. El hombre, infiel á sus deberes, ingra  to á los beneficios y regalos de su buen Dios, traspasó temerario su santísima ley; y ésta pre  varicación del primer hombre produjo un tras  torno universalísimo, radical en el individuo y en la sociedad. Se eclipsó la imagen bellísima de Dios grabada en su alma, vióse despojado de los sublimes dones con que había sido en  riquecido, cayó del orden sobrenatural, y per  dió la amistad del Señor y el título de hijo suyo y heredero del Paraíso. El pecado oscu  reció su inteligencia, apagó del todo la lla  ma del amor divino que abrasaba su corazón y rompió los lazos que le unían á su Criador. De aquel dichoso estado no quedó más que el triste recuerdo que debía acibarar su precaria existencia, hasta que la muerte le arrojara al sepulcro, para volver al polvo de que había sido formado; y en calidad de padre de todo el género humano debía arrastrar en pos de sí á la humana naturaleza, llorando con lá  grimas amargas su eterna desventura. De éste modo el hombre destruyó, en cuanto estaba de su parte, la obra admirable de Dios. — 33 — Pero Dios no podía quedar frustrado en sus fines. Y éste mismo Dios, para quien no hay pa  sado ni futuro, que veía en la eternidad la fatal caída de la naturaleza humana por el pecado de Adan, veía también en la eternidad la rehabilitación de la humana naturaleza por un efecto incomparable de su bondad y mise  ricordia sin límites. Esta rehabilitación debía ser una obra toda divina y sobrenatural. La justicia de Dios exi  gía una reparación infinita; su Majestad so  berana una infinita satisfacción: sólo Dios po  día satisfacer de ésta manera. Y llegó la plenitud de los tiempos, y Dios descendió del cielo á la tierra, tomó la hu  mana naturaleza, la hizo suya para padecer y morir, y después de haber sufrido afrentas, humillaciones y dolores sin cuento, en la ci  ma del monte santo, clavado en el madero de la cruz, exhaló el último suspiro; y dando tér  mino á su costoso y cruento sacrificio, se cons  tituyó Medianero de la humanidad. Entonces el cielo y la tierra se abrazaron; entonces la justicia de Dios se dió por satisfecha y salió — 34 — al encuentro á la misericordia, para confun  dirse en un solo ósculo, dulce, cariñoso, de sin  cera y eterna reconciliación; entonces se abrie  ron las puertas del cielo y fueron reconocidos como legítimos los antiguos derechos á la Pa  tria dichosa, que en hora infausta el hombre había perdido; entonces la humanidad, perdo nada ya, redimida, dueña del mérito infinito de los sufrimientos de su Redentor, pudo apro  ximarse á su Dios ofendido, llamarle Padre y esperar de nuevo sus inefables bondades. Este es el dogma consolador de nuestra Re  dención. Pero éste dogma no puede estar solo; debe estar inseparablemente unido á otro, que es su sosten y su vida, que es á la vez su principio y su término. ¿No es verdad, señores, que, considerándole aisladamente, la doctrina que acabo de exponer sería demasiado general? ¿No es cierto que su vaguedad no nos permitiría aproximarnos si  quiera á la grandeza, á la sublimidad que en  cierra la obra de la reparación humana? ¿No es indudable que cuanto acabais de oir no nos descubriría el plan admirable de la Providense UNIVERSIDAD! DE SANTIAGO DL COMPOSTÉL* — 35 — cia, y su generalidad no nos dejaría apreciar la grandeza de una acción, que es la obra maes  tra de la Divinidad, el compendio de la sabi  duría, misericordia y omnipotencia de Dios? Hay más. Esta doctrina es para nosotros muy halagüeña y consoladora, porque partimos de un principio, que es su base íundamental; pe  ro prescindamos por un momento de éste prin  cipio, y nuestra inteligencia, encontrándola im  posible y absurda, se negará invenciblemente á prestar su asentimiento, y nuestra voluntad á continuar amando una grata ilusión que ha  cía sus delicias. Hé dicho que la Majestad de Dios ofendida por el pecado del primer hombre exigía una satisfacción infinita, su justicia una infinita re  paración; que sólo Dios podía satisfacer de és  ta manera, y que por un efecto de su mise  ricordia sin límites había satisfecho cumplida  mente, descendiendo del cielo á la tierra y cons  tituyéndose Medianero de la pobre humanidad. Pero ¿Quién satisfizo á quién? ¿Pudo Dios satis  facerse á sí mismo? ¿Pudo Dios ser el acreedor y á la vez el que pagó la deuda? ¿Pudo Dios ser el ofendido y al mismo tiempo el que re- — 36 — paró la ofensa? ¿ó no fué una satisfacción pro  piamente dicha, sino una simple condonación de la deuda, un perdón de la ofensa recibida? Se dice con frecuencia que Dios perdonó gra  tuitamente al hombre, y ésta palabra necesita explicación. Si se entiende que Dios por un efecto de su misericordia rehabilitó al hombre, sin exigir de él una satisfacción que el hom  bre no podía dar, es exactísimo; pero si con esa palabra quiere decirse, que Dios por un acto de inefable generosidad se dió por satisfecho, sin exigir satisfacción alguna , es falso y absurdo: Dios no puede perdonar de ésta manera, por  que sería ponerse en contradicción consigo mis  mo. Nosotros, que participatnos de la justicia de Dios, pero que no somos la justicia absolu  ta, podemos perdonar gratuitamente, dejando á la absoluta y soberana justicia que se satisfa  ga á sí misma; pero Dios, que es ésta justicia absoluta y soberana, no puede perdonar gratuita  mente, despreciando sus derechos y abandonando los legítimos intereses de su equidad. No, señores; Dios no sería santo, Dios no sería celoso por la glo  ria de su nombre, Dios no sería Dios, si de éste modo perdonara. Si la naturaleza del hombre — 43 — tir un examen que, partiendo de la duda, li  sonjearía al orgullo de nuestra viciada natura  leza y sería una traición al Criador; si quisieran decirnos que ante la divina revelación nuestra inteligencia se rinde incondicionalmente, y ado  rando á su Dios y Señor que la ilustra, abre su seno, para recojer y reconcentrar en sí misma la luz que baja del cielo, y con sumisión y docilidad seguir el camino que aquella antorcha le señala, lo mismo en el orden especulativo que en el orden práctico; en una palabra, si quisieran decirnos que los misterios de la Reli  gión, derramando vivísimos destellos de luz di  vina sobre toda nuestra vida intelectual y mo  ral, permanecen velados á los ojos del alma, son impenetrables á la razón humana, como que son verdades superiores á ella; en todo esta  ríamos de acuerdo; pero si por fé oscura, si por fé ciega entienden un asentimiento arrancado violentamente á la razón y que la pone en con  tradicción consigo misma; si por misterios en  tienden enigmas inconcebibles, un agregado de palabras sin significación alguna, sin co  nexión entre sí; que se creen, porque Dios lo manda, pero ni se entienden, ni pueden enten- — 44 — derse; que la razón rechaza, porque la repug  nan; ni éstos son nuestros misterios, ni aque  lla es nuestra fé. Bayle dice con un cinismo sin igual, que el misterio de la Santísima Trinidad es tui mon  tón de palabras inconexas y vacías de sentido. Semejante aserción es una blasfemia lanzada á la infinita Sabiduría de Dios. Y los impíos aplau  dieron, y llamaron á Bayle el brillante ingenio de su siglo. Sí, lo será; pero olvidóse, sin duda, el brillante ingenio de la impiedad de que no basta decirlo, de que es necesario probarlo; y para ésto sería necesario hacer ver ante todo que nada valen, nada son cuantos argumentos aca  bo de presentar; sería preciso demostrar que és  tas palabras Padre, Hijo, Espíritu Santo, natu  raleza, esencia, persona, inteligencia, amor, nú  mero, unidad, etc. nada valen, nada son, nada significan; sería necesario demostrar, como di  ce Feller (1), que todas las voces y términos que definen la naturaleza íntima de las cosas, son palabras vacías de sentido, frases inconexas, por cuanto ésta naturaleza es impenetrable á nuestro entendimiento; sería preciso igno- (1) Catee. Filosofa Mist. de la Trin. se UNIVERSIDADF. DE SANTIAGO — 45 — raí* que cuanto á éste misterio adorable se re  fiere, cuanto á él pertenece, está determinado con una exactitud, con una precisión tan marcada, y que las voces que se emplean en su enun  ciación y exposición son también tan exactas tan precisas y expresivas, que no podemos aña  dir ni quitar cosa alguna, no podemos decir más ó ménos, sin peligro de extraviarnos. De donde se infiere que la doctrina acerca del dog  ma de la Santísima Trinidad no es un monton de palabras, no; es una série de verdades exac  tísimas, unidas entre sí con estrecliísimos la  zos; es un conjunto de divinas verdades que Dios en su misericordia se ha dignado revelar á sus criaturas, y que envuelven ideas las más precisas y marcadas; verdades que entendemos, aunque no comprendemos su por qué, y que dejando al misterio á su correspondiente altu  ra, á una distancia infinita de la comprensión humana, descubren á la razón un ancho cam  po para sus deducciones, y la muestran nuevos y dilatados horizontes, á donde puede llegar con su actividad y 1 desarrollo. «Convengamos, diceLeibnitz, en que los misterios admiten expli  cación, bien que imperfecta. Basta que tenga- — 46 — mos una inteligencia analógica de un misterio, como del de la Trinidad y Encarnación, para qué, al admitirlos, no pronunciemos palabras enteramente faltas de sentido, mas no es ne  cesario que ésta explicación sea tan clara, que nuestra razón llegue hasta comprenderlos y á saber el cómo ó por qué ello es así (L).» ¡Véd cuán presto se eclipsa un ingenio tan brillante! Pero hé dicho antes que el misterio de la Santísima Trinidad era la vida de Dios, el ser de Dios, y quiero explicarme, para que resul  te más clara y hermosa la armonía entre la fé y la razón. En efecto. Supuesta la divina revelación, la inteligencia se convence de que, sin aquel mis  terio, nunca podría formarse una idea analó  gica del carácter de la Divinidad; de que, sin el misterio de la Santísima Trinidad, ningún filósofo de corazón recto y entendimiento libre de preocupaciones podría explicarse la existen  cia de Dios. No es exagerada esta idea; por  que sin aquel dogma adorable Dios sería un ente más misterioso que el misterio mismo; Dios (1) Disc. sobre la Conform. de la fé con la razón. — 47 — sería un ser que por una fatalidad inconcebi  ble se vería necesitado á la más completa inac  ción, á una eterna ociosidad. No es difícil de  mostrarlo. Dios es un espíritu purísimo, infinito y eter  no; debemos, pues, suponer y confesar en él todas las perfecciones de un ente espiritual y en el más alto grado, sin limitación de ninguna clase; aquellas perfecciones que le constituyen esencialmente: una inteligencia que conoce, y una voluntad que quiere. Pero el entender y querer no son en Dios una facultad como en las criaturas; su infinidad y su inmutabilidad exigen que, cuanto conoce y quiere, lo conozca y quiera ab aetemo, sin que sus conocimientos y voliciones añadan cosa alguna á su infinita y soberana grandeza. Acto purísimo, sustan  cial, no puede concebirse de otra manera que en continua actividad, pensando siempre, aman  do siempre, porque el pensamiento y el amor son su vida, y su vida es su esencia. En el momento en que dejara de pensar y de amar, dejaría de existir, como muere el sér vivien  te, cuando se suspenden del todo sus funcio  nes vitales. Ahora bien: á ésta inteligencia in  — 48 — finita, á esta infinita voluntad, que conoce y ama desde toda la eternidad , v debe correspon  der un objeto infinito, perfectísimo y eterno; de lo contrario la acción divina no sería comple  ta y adecuada; Dios no sería infinito, eterno y perfectísimo, pues no debemos olvidar que ésta acción es su misma naturaleza, y ésta acción carecería de un término que recibiera to da su Yivtud y desarrollo; y éste término ni es ni puede ser otro que Dios (1). Dios, pues, sé conoce infinitamente y desde toda la eter  nidad, y se ama con un amor infinito y eter  no; y conociéndose, conoce cuanto tiene sér, porque en sí mismo lo tiene; y amándose, ama también todo aquello en donde brillan sus per  fecciones, en donde le plugo estampar un sello de su Divinidad. Pero la inteligencia, conociendo, engendra 3 del mismo modo que la voluntad, amando, pro  duce; y el resultado de éste conocimiento y de éste amor está siempre en relación con la na  turaleza y actividad del principio puesto en ac  to: de consiguiente, el pensamiento de Dios es la expresión fidelísiniM de su Sabiduría, es el • (1) Véase Slo. Tomás. Sum. Theol. p. I, q. 14. se UNIVERSIDADE DE SANTIAG(' DE COMPOSTEEÁ — 49 — Verbo de su inteligencia, coexistente y coe  terno; el amor de Dios es la acción constante, la tendencia incesante, necesaria de su volun  tad santísima que quiere y quiere necesaria  mente el bien, y descansa en sí misma, como en piélago infinito de todo bien y perfección. Démos ahora á cada una de éstas relacio  nes su verdadero nombre, el único que le cor  responde, el único que debemos darle. Llame  mos á esa inteligencia fecundísima, siempre en acto, engendrando siempre, desde toda la eter  nidad, P a d r e ; llamemos á esa concepción sublime de la mente de tal Padre, á ese Verbo el más gran  de, el más digno de Dios, eterno como él, perfectísimo como él, consustancial á él, H ijo ; y lla  memos también á ese amor recíproco del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, á ese amor san  tísimo, eterno, inextinguible, infinito, que salien  do de Dios, pero sin desprenderse de la Divi  nidad, vuelve á Dios por una acción constan  te, inmanente, necesaria, E s pír it u S a n t o : y véd aquí el dogma católico de la Beatísima Trini  dad, la vida de Dios, la expresión de Dios, la manifestación de Dios. Prescindamos de éste misterio que nos ha 7 — 50 — sido revelado, y nuestra razón no le concibe ya. Un Dios que, siendo espíritu purísimo, debe ser por esencia inteligente y amante , y sin embargo, ni entiende ni ama ¿puede ser Dios? Un Dios que no conoce sus perfecciones, ni ama su bon  dad ¿puede ser Dios? ¿qué Dios es ese, que en la más completa inacción, en eterna ociosidad, no da señal alguna de vida? Señores: yo renega  ría de semejante Divinidad. No puedo pasar en silencio éste bellísimo trozo de Augusto Nicolás (1): «Hé aquí, pues, dice, el misterio de la Trinidad, que nos des  cubre tres personas en Dios: el Padre engen  drando un pensamiento eterno, que es su Hijo, y que lo ama y es amado por él con un amor que procede igualmente del uno y del otro, y es el Espíritu Santo. No vacilemos en decir que por más misteriosa que parezca semejante doc  trina, es la única que permite á la razón for  marse una idea consecuente y lógica de Dios. Sin ella la filosofía carece de derecho para pro  nunciar tan augusto nombre; porque ó no es más que una preocupación que ella no puede comprender, ó si le estrecha, degenera en ab- (1) Estud. filosóf. Trinidad. — 51 — gurdo; porque por una parte no puede rehusar á Dios lo que constituye la esencia de un sér cualquiera, que son las relaciones; y por otra no puede encontrar términos para explicar es  tas relaciones, más que en él mismo.» Voy á terminar; pero no lo haré sin diri  girme antes á la juventud escolar, que con  sagra los más floridos años de su vida al es  tudio de las ciencias eclesiásticas. El dogma de la Santísima Trinidad, ama  dos jóvenes, es eminentemente práctico. No nos contentemos con una fé muerta en és  te misterio adorable: es preciso llevarlo retra  tado en nuestra conducta, porque él nos recuerda nuestros deberes para con nosotros mismos. Hémos sido criados por el Padre, re  dimidos por el Hijo y reengendrados por el Espíritu Santo; llevamos la imágen de Dios grabada en nuestra alma: deber nuestro es con  servarla pura y hermosa, reproduciendo en nos  otros la armonía y santidad de las tres di vinas personas. Respetemos ésta imágen augusta y no la profanemos con el pecado. Cultivemos nuestra inteligencia y perfeccionemos nuestro corazón: la ciencia y la virtud, aproximándo  — 52 — nos á la adorable Trinidad, adornarán nues  tras sienes con la doble corona de sabios y santos, sin las cuales no puede ser agradable á los ojos del Señor un ministro de su altar. Sea desde hoy más profundo nuestro res  peto y más tierna nuestra devoción hácia és  te divino misterio, diciendo con frecuencia lo qué el Apóstol de las Indias repetía á cada momento: ¡O Sanctissima Imitas! ¡Oh Santísima Trinidad! «Durante más de diez años los ecos de Oriente repitieron éstas palabras misterio  sas, que eran como el grito de guerra del San Pablo de los siglos modernos. Francisco Javier considera la imágen augusta de la Santísima Trinidad desfigurada en tantos millones de hom  bres, para excitarse á la gigantesca lucha que había trabado contra el Paganismo indio, y su boca repetía ésta exclamación: ¡O Sanctissima Triuitas! Encendíase entonces en entusiasmo divino, se agitaba su pecho, brotaban lágri  mas de sus ojos radiantes, y se lanzaba con la rapidez del relámpago hácia mundos des  conocidos, derrocaba los ídolos, sembraba los prodigios, vertía sobre millares de frentes el agua regeneradora, restableciendo la imágen