Carta pastoral que el Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. José Martín de Herrera y de la Iglesia ... con motivo de su entrada solemne en la capital de la Archidiócesis / [José Martín de Herrera y de la Iglesia]
Full text
“ VoV . SA ¡A. QUE EL EXCMO. É ILMO. SK. Di\Wtíbííii(WtanjWiIglÉ, ARZOBISPO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA, DIRIGE AL CLERO Y PUEBLO CON MOTIVO DE SU ENTRADA SOLEMNE EN LA CAPITAL DE LA ARCHIDIÓCESIS. SANTIAGO: Imp. y Ene. del Seminario Conciliar 1889 u
CARTA PASTORAL NOS EL DR . D. JOSÉ MARTÍN DE HERRERA Y DE LA IGLESIA, POR LA GRACIA DE DlOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA A r zobispo de S a nt ia go de C ompost el a , C a pel l á n M a yor de S. M., J uez O r dina r io de su R ea l C a pil l a , C a sa y C or t e , N ot a r io M a yor del R ein o de L eón , C a ba l l er o G r a n C r uz de l a R ea l y dist inguida O r den de C a r l os III, S ena dor del R eino , et c ., et c . -A-l "Ve^eralDle Eeány CaTollá-o <5.0 niaestra. Santa, Apoatóllco-jr I^etTopolltaxLa Xgrlesla. <5.0 Seuntiagro, al "VezaeraTolo A"ba5. 37CaTaild-o <5.e la Coleg-lal ele la Coruña, á nuastroe Arcipieetes -y ^árrocoo ^ domás Clero, á los XSolledoooG y XSellgrlosaG, y á loa £.elea todos de nueotra -A-rclxldlócesls: PAX VOBIS. C on humildes acciones de gracias hemos alabado á _ Dios nuestro Señor, porque al hacer nuestra pri mera entrada en la Capital de esta Archidiócesis, hemos sido, sin merecerlo, objeto de una manifestación general de la fe del Clero y pueblo Compostelano. Al Re^ inmor tal de los siglos sea el honor y la gloria (1) por las pú- (i) I ad Timoth. 1-17.
— 4 — blicas y repetidas demostraciones de respeto y aprecio, que las Autoridades, Corporaciones, Asociaciones y particulares han hecho en nuestro favor, saludando con júbilo y entusiasmo religioso á su nuevo Pastor y Pre lado. Sólo á Dios corresponde la gloria de este fausto suceso, porque á la virtud divina del nombre de Jesús es á la que se debe la vitalidad y lozanía, que en este afortunado suelo ostenta hoy, después de diez y ocho siglos, el árbol santo de la Cruz, que el grande Apóstol Santiago plantó con su predicación, regó con sus sudo res, sostuvo con su celo y mantiene con la presencia de sus venerandas Reliquias. Este hijo del trueno fué quien hizo resonar en España la voz del Verbo encarnado; es te Apóstol predilecto de Jesús fué el que encendió en nuestra Patria la hermosa antorcha de la fe cristiana; y mediante su intercesión poderosa, brilla con esplendor la llama de esa misma fe, que tanto enaltece á los pue blos que la profesan. Bajo la égida gloriosa de este Patrono de nuestra Na ción y sus dominios atravesamos el mar Atlántico hace más de trece años, para regir y gobernar, por voluntad del inmortal Pontífice PíoIX,el Arzobispado de Santiago de Cuba, de aquel país descubierto por Cristóbal Colón para la Católica España, de aquella tierra de vegetación frondosa y exuberante, en la que habitan nuestros her manos por la Religión, la lengua, la sangre, las leyes, las instituciones y las costumbres. Allí, donde con la bandera de España se conserva el morado estandarte de Castilla, se rinde también culto especial al mismo Apóstol de Jesucristo, que tan prodigiosamente ha pa trocinado á los españoles en sus combates contra los in fieles; y á pesar de las desgracias y miserias, que son comunes á todos los pueblos, el de nuestra amada Cuba ofrece numerosos y notables ejemplos de fe viva, piedad acendrada y caridad generosa. Nunca olvidaremos las demostraciones de respeto, consideración y obediencia de nuestro Clero y pueblo, ni su docilidad á nuestras exhortaciones y enseñanzas. Si nuestro ministerio ha sido fructuoso durante nuestra residencia en el Arzobis pado de Santiago de Cuba, más que á nuestros esfuer; zos, se debe, después de la gracia de Dios, á las exce
lentes disposiciones de nuestros buenos diocesanos, al respeto que les inspira la Dignidad Episcopal, y á la avidez con que siempre escuchan la palabra de Dios. Pero, llamado por el Vicario de Jesucristo ¿í ejercer entre vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, el ministerio pastoral, venimos con el corazón lleno de esperanza, al mismo tiempo que reconocemos nuestra propia debilidad para soportar tan enorme peso, formi dable aun para los mismos Angeles (1). Venimos con la confianza, que Nos inspiran vuestra religiosidad nunca desmentida, vuestra firmeza en seguir las cristianas tra diciones de vuestros gloriosos antepasados, y vuestra fidelidad en guardar el preciosísimo tesoro de las Reli quias del Santo Apóstol. Nos abate, sin embargo, la idea de nuestra pequeñez, recordando la larga serie de doc tísimos y celosísimos Prelados, que han ocupado y en noblecido esta Sede Metropolitana. Ellos forman nume rosa pléyade de sabios, que han brillado como estrellas en el firmamento del mundo de la fe; que con su ciencia profunda han obtenido gloriosas victorias sobre las huestes del error, y las han puesto en vergonzosa fuga. Ellos se destacan en el campo de la historia como vale rosos atletas, que recorrieron á paso de gigante el ca mino de la verdad y de la justicia, y descuellan como vigilantísimos Pastores, que levantaron oportunamente su voz para ahuyentar á los lobos rapaces, que venían á devorar el rebaño de Cristo. No Nos atrevemos á com pararnos con ninguno de ellos, ni podemos menos de rendir á todos el debido honor de nuestra admiración y de nuestra alabanza, especialmente al malogrado inme diato antecesor nuestro el Excmo. é limo. Sr. Dr. D. Vic toriano Guisasola y Rodríguez (q. s. g. h.), á quien tu vimos el honor de conocer personalmente, mereciéndo nos siempre el concepto de Prelado sabio, recto, enérgi co y laborioso, á la par que sufrido, humilde, modesto y discreto. Dolorosa fué la impresión que causó en todos la noticia de su muerte, justísimo el tributo desús hon ras fúnebres y grande el vacío que dejó en el Episcopa- (i) Conc. Trid. scs. 6.® cap. i.° de Rcfor.
- 6 - do español. ¡Descanse en paz eterna con los Bienaven turados de la Celeste Sión el Prelado ilustre, que en tan breve tiempo preparó y realizó la grande obra de un Concilio Provincial! Mas, ya que carecemos de las eminentes dotes, que tanto han distinguido á nuestros antecesores, Nos con suela sobre manera la idea de que vuestra viva fe os hará apartar los ojos de la pequeñez de nuestra humil de persona, para fijarlos en la altísima dignidad que, sin mérito alguno de nuestra parte, se Nos ha conferido. No tenéis necesidad, VV. HH. y aa. hh., de que se os encarezca la legítima misión, que hemos recibido de nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII; porque sa béis muy bien que el Romano Pontífice, como legítimo sucesor de San Pedro, ha recibido el poder de apacen tar, regir y gobernar toda la Iglesia, y como conse cuencia de esta potestad, que emana del mismo Jesu cristo, tiene el derecho incontrovertible de enviar Pas tores á todas las Diócesis de la cristiandad. ¡Desgracia do aquel que se atreviese á arrogarse la facultad de gobernar un Obispado sin haber recibido para ello mi sión alguna del Romano Pontífice! Este es, quien ha pronunciado el fíat de nuestra promoción; de su orden se han expedido á nuestro favor las Bulas correspon dientes, y en virtud de éstas hemos recibido el Palio Arzobispal, y hemos tomado quieta y pacífica posesión de esta renombrada Sede Metropolitana de Santiago de Compostela. Podemos, por tanto, deciros, VV. HH. y aa. hh., con el Papa San Clemente: No por mis méritos me ha en viado á nosotros el Señor para hacerme participante de 'miestras coronas. Non meis meritis ad , uos me missit Dominus Destris coronis participem ficri. Somos vues tro Prelado por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica; y á impulsos de la caridad que os profesa mos en el Sagrado Corazón de Jesús, venimos á man tener con vosotros enhiesta la bandera de la Cruz; d anunciaros el testimonio de Cristo, no con sublimidad de palabra, ni de sabiduría. Porque yo no he creído saber algo entre Dosotros, sino á Jesucristo, y éste crucifi cado ....... y mi conversación y mi predicación no consistíu
lo eran los que adoraban los gentiles; sino porque siendo de esencia de la verdad revelada, como lo es de toda ver dad conocida por la recta razón, la unidad, y no pudiendo ser verdaderas al mismo tiempo doctrinas opuestas entre sí, sin destruirse el principio de contradicción, de dúcese con evidencia, que hay en el hombre estricto de ber de seguir la única Religión verdadera, una vez cono cida, y obligación indispensable de no apartarse jamás de la comunión de la Iglesia Católica, después de haber entrado en ella. Los que rechazan la máxima cristiana de que f uera de la Iglesia no hay salvación para los que culpable mente viven y mueren fuera de ella, como si fuese la ex presión de un exclusivismo irritante, y de una intoleran cia fanática, confunden lastimosamente el error con el que yerra, el pecado con el pecador, y abren la puerta al indiferentismo con su absurda tolerancia religiosa. Porque, siendo la verdad el objeto adecuado de la inteli gencia humana, siempre que aparece al hombre con cla ridad y certidumbre, tiene éste la obligación ineludible de recibirla y proclamarla, así como todo el que no cie rre voluntariamente sus ojos sanos á la luz solar, tiene que confesar la existencia del Sol y la hermosura de los rayos que difunde por todo el universo. La verdad revelada por Dios, contenida en las Sa gradas Escrituras y en la tradición, de que es custodio é intérprete la Iglesia Católica, es incompatible con la herejía, como lo es la afirmación con la negación; y sien do obligatorio á todo hombre de recta razón el salir de las tinieblas de la ignorancia y del error, y apartarse de las nebulosidades de la duda y del frío glacial de la indi ferencia, tan pronto como brilla á sus ojos la luz de la verdad, si la desecha, una vez conocida, obra contra esa ley de su propia naturaleza intelectual y racional, detie ne la verdad de Dios en injusticia (1), y marcha al abis mo de su eterna condenación. Este pecado se agra va, y esta responsabilidad es todavía mucho mayor en aquellos que, habiendo nacido en el seno de la santa madre Iglesia, y recibido el don de la fé desde los pri- (1) Ad Rom. r-18.
- 14 - meros días de su exitencia en este mundo, han apos tatado de la Religión Católica, y se han convertido en propagandistas de la herejía y de la impiedad. A estos y á todos los que viven fuera de la comunión de los santos, los compadece la Iglesia, practicando la máxima de San Agustín: Matad los errores, y amad á los hombres. In ter Jicite errores, diligite homines; los llama con el amoro so silbido del buen pastor, y los encomienda á Dios en sus oraciones, especialmente en el día del Viernes San to, aniversario de la redención de todos los hombres por Jesucristo. En lo cual no hace otra cosa, que cumplir con el encargo del Apóstol San Pablo de que se hagan peticiones, oraciones, rogativas y hacimicntos de gracias por todos los hombres ..... Porque esto es bueno y acepto delante de Dios nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres sean salvos; y que vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, y uno el medianero en tre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús: que se dió á si mismo en redención por todos (1). Y no hay bajo del Ciclo otro nombre dado á los hombres, en que poda mos ser salvos (2), sino el de Jesús, que derramó su pre ciosísima sangre, para pagar superabundantemente las deudas de los pecados de todos los hombres. Profesamos, pues, los católicos un Señor, una fe, un bautismo (3); un solo redil, un solo pastor (4); un solo reino de Dios, y un solo fin para todos los hombres. Una sola es la Iglesia verdadera de Jesucristo, una la esposa del Cordero sin mancilla, y una la senda que conduce á la vida (5). El que creyere será salvo, el que no creye re será condenado (6). II Resplandece esta unidad de la Iglesia de Cristo en la Organización, que Él mismo la ha dado. A San Pedro confirió el poder de apacentar toda su grey, y el cncar- (i) I Ad Tim. 2-i , 3, 4, 5 y 6. (2) Act. 4-12. (3) Ad. Ephes. 4-5. (4) Joan. io-i6. (5) Matt. 7-14. (6) Marc. 16-16. u
— 15 — go de confirmar en la fe á sus hermanos, comunicándole la solidez y firmeza de piedra, sobre la cual edificó su Iglesia. Y conforme á la promesa terminante del mismo Jesucristo de que las puertas del injierno jamás preva lecerán contra la piedra fundamental de la Iglesia, ni contra ésta, estando con ella todos los días hasta la cón sul nación de los siglos, los legítimos sucesores del Prín cipe de los Apóstoles, esto es, los Romanos Pontífices, han constituido el centro de la unidad; el anillo que en laza todos los órdenes de Clérigos y legos fieles de Cris to; la clave que ata todo el edificio de la Iglesia; la Ca beza y Supremo Jefe de toda la jerarquía de derecho divino y de derecho eclesiástico. El Romano Pontífice ha sido siempre y continúa siendo el Obispo de los Obis pos, el Pastor de los Pastores, el Doctor universal, el Juez supremo, el Dispensador de todos los tesoros con fiados á la Santa Iglesia, y la suprema Autoridad de la misma en el ejercicio del poder bajo sus diferentes for mas de Sacerdotal, doctrinal, legislativo, administrativo, gubernativo y judicial. El Romano Pontífice es el que instituye los Obispos en todo el mundo católico; el que envía Misioneros á todas partes, para proseguir la gran diosa obra de la propagación de la santa fe; el que erige nuevas Sedes, funda nuevas Diócesis, y organiza en to dos sus grados la jerarquía católica. El dicela última palabra en todas las controversias doctrinales; aprueba ó desaprueba con soberano magisterio toda clase de en señanzas; define como dogmas y artículos de fe las ver dades que han sido negadas, puestas en duda, ó de cual quier modo combatidas. El Romano Pontífice es el que arregla la sagrada Liturgia, y determina la forma del culto divino; el que sanciona y aprueba los decretos Conciliares ó Sinodales; el que dicta disposiciones de carácter general, obligatorias en todo el orbe católico; el que reforma la Disciplina de la Iglesia, y la modera y proporciona á los tiempos, lugares y personas. El Sumo Pontífice de Roma es quien autoriza, aprueba y confir ma la institución de las Ordenes Regulares y Congrega ciones Religiosas, fijando sus deberes y sus derechos en armonía con los que corresponden á los Prelados de la jurisdicción ordinaria. Es quien da lecciones de sabidu-
- 16 - ría y de prudencia á todas las clases de la sociedad, se ñalando íí los Reyes y Príncipes de la tierra el camino seguro de la verdadera paz, según los dictámenes deri vados de las prescripciones de la ley evangélica; es quien mantiene siempre vívala antorcha de la doctrina revelada para alumbrar á los hombres en los derroteros de la vida presente; y es quien promueve sin cesar, y vigoriza con su benéfica influencia, la obra de la santifi cación de las almas. Por divina virtud, y no por los cálculos de la huma na prudencia, se conserva firme, estable é inconmovi ble esta piedra fundamental de la Iglesia, y por divina virtud tiene ésta, en todas sus partes, en toda su orga nización, vida y movimiento, tal uniformidad, tal unión y trabazón tan estrecha, tan bella armonía y tan sabio y perfecto orden, que cual majestuoso edificio construi do sobre roca de granito, continúa fija en medio de un mar borrascoso, y como nave bien construida y mane jada por experto piloto, surca felizmente ese mismo mar con la firmísima esperanza de arribar á puerto seguro, mientras que todas las instituciones puramente huma nas, todas las sociedades sufren terribles sacudidas, y con el trascurso de los siglos, después de haber gastado sus fuerzas en continuas luchas y contradicciones, ce den, zozobran y perecen. Fenómeno es éste verdadera mente singular y que Nos obliga á exclamar con David: Por el Señor ha sido hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos. A Domino /actum est istud; et est mirabílein oculis nostris (1). Levántase orgulloso el espíritu del error contra la fe, y el Papa le aplasta con la palabra de Dios; vomita sus blasfemias el impío, y el Vicario de Jesucristo con el soplo de sus labios disipa su hálito ponzoñoso; sacude el yugo de la obediencia el hombre libertino, y la voz del supremo Jerarca de la Iglesia execra y condena su conducta. Aspiran los poderes del mundo á obtener la derogación de una ley de derecho divino, y el Papa no puede menos de mostrarse intransigente en el terreno de los principios y de la ley natural, de los preceptos del (i) Psalm. 117-23.
derecho divino positivo y de las máximas de la moral cristiana; empero es tolerante con las personas, á las cuales hace ver la imposibilidad de complacerlas y la obligación de reducirlas al deber. Surgen cuestiones de orden social y de carácter político entre diferentes Es tados, y el Papa es el oráculo que pronuncia la palabra de una solución que afirma la paz existente, ó restablece la perturbada. Gran árbitro del derecho, de la equidad, de la justicia y de la moral, con una grande elevación de miras, rectitud de intención, imparcialidad de juicio y caridad generosa, que le hacen superior á todos los grandes del mundo, el Papa merece el respeto, el aca tamiento y el amor de todos los hombres, las considera ciones y deferencias de todos los Estados, y los pláce mes de todos sus hijos. III A este centro de unidad, á este trono de doble majes tad, y á este supremo Jerarca de toda la Iglesia se ha llan estrechamente unidos los Obispos, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios(l). Aun los mismos Apóstoles, destinados por Jesús á propagar el Evangelio en todo el mundo, sin tener una Sede fija, ni territorio demarcado, salva la distribución que entre sí hicieron de los diferentes países entonces conocidos, estuvieron siempre unidos á San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, Pastor universal y Cabeza visible de toda la Iglesia. En sus Concilios, en sus predicaciones, en la ordenación de Obispos y Presbíteros, en la fundación de nuevas cristiandades, en el orden de la Sagrada Litur gia, y en todos los actos de su ministerio estuvieron de acuerdo con la doctrina anunciada por San Pedro, res petaron la autoridad comunicada á San Pedro, y el or den establecido por Jesús para el gobierno de la Iglesia por San Pedro. El mismo San Pablo, favorecido con una misión extraordinaria, con un Apostolado singular, y con poderes dados en persona por el mismo Jesús, que le derribó del caballo al aproximarse á Damasco y le (i) Act. 20-28.
- 18 - convirtió de furioso perseguidor de la naciente Iglesia, cu -vaso de elccióu, que confundiese á los judíos por su incredulidad y llevase el nombre de Cristo í ¡ los genti les, fué á comunicar con San Pedro durante sus traba jos apostólicos, para que éstos no fuesen inútiles. Y jun to con San Pedro estuvo en la cárcel Mamertina, y junto con él salió para el martirio, y tiernamente se des pidió de él, cuando se separaron para el diferente lugar en que habían de dar su vida por Jesús. No h¡i mucho que hemos visto en Roma la Capilla levantada en con memoración de esta tierna despedida, y en su frontis picio se leen estas palabras, que una antigua tradición atribuye á San Pablo, como dirigidas á San Pedro: La. t)a3 sea contigo, Fundamento de la Iglesia y Pastor de todos los corderos de Cristo. A los sucesores de San Pedro, los Romanos Pontífi ces, estuvieron igualmente unidos los varones apostó licos y los Obispos de toda la cristiandad. En las dudas, en las controversias, en las necesidades de las iglesias particulares, así del Oriente como del Occidente, todos los que buscaban sinceramente la verdad, ó procuraban la paz de los ánimos, ó deseaban obtener remedio á sus males, acudían siempre, desde los primeros siglos, á la Suprema autoridad doctrinal del Romano Pontífice, y á la caridad generosa del Vicario de Jesucristo. La visita ad sacra ALostolorum Limina, la relación del estado de la Iglesia, la asistencia á los Concilios Ecuménicos, las Bulas, Constituciones, Decretales, Rescriptos Pon tificios y otros muchos documentos del Cuerpo del De recho Canónico nos demuestran, que los Obispos han puesto todo su cuidado en hallarse en continua comu nión con la Santa Sede, mirándola como el Centro de la unidad. A la Santa Iglesia Romana es preciso que esté unida toda iglesia particular, porque el vínculo de todas, lo que las constituye un todo compacto, un cuerpo orga nizado, un edificio sólido, una Iglesia Católica, ó univer sal, es la unión íntima con la Iglesia fundada, regida y poseída hasta la muerte por el Príncipe de los Apósto les San Pedro, de quien son legítimos sucesores los Ro manos Pontífices. Es ya, por consiguiente, una doctrina u
- 19 - ciertísima, contenida en una frase axiomática, la de que donde está Pedro, allí está la Iglesia de Jesucristo. Ubi Pctnis, ibi Ecclcsia (1). 121 que no está con San Pedro en la nave que él dirige, como Vicario de Jesucristo, perecerá. Convencido plenamente de esta verdad, de cía San Gerónimo al Papa San Dámaso: Yo me uno á tu Beatitud, esto .es, á la Cátedra cíe Pedro, en la misma comunión; sobre aquella piedra sé que ha sido edificada la Iglesia. Todo el que comiere el Cordero fuera de esta casa, es profano. Si alguno no se hallare en el arcado Noé,perecerá durante el diluDio (2). La rama del árbol, separada del tronco que le comunica la sávia, se seca y perece; así también todo el que no está en comunión de fe y caridad con el Romano Pontífice, pierde la saludable influencia de la gracia de Cristo, y no puede dar fruto alguno para la vida eterna, según aquellas palabras que el mismo Jesucristo dijo á sus Apóstoles en la no che memorable de la Cena: Estad en mí y yo en vos otros. Como el sarmiento no puede de sí mismo llevar fruto, sino estuviere en la vid: así ni vosotros, si no estuviércis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmien tos: el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto: porque sin mí no podéis hacer nada. El que no estuviere en mí, será echado fuera, así como el sarmiento , y se secará, y lo cogerán, y lo meterán en el fuego, y ar derá (3). Y si esto se verifica en los fieles, con mayor razón tiene lugar respecto de los Pastores y Rectores de las iglesias particulares, los cuales son y constituyen el vínculo de unión de los cristianos de cada Diócesis con el Jefe y Centro de toda la Cristiandad. Precisamente por esta unión tan íntima de los Obis pos con el Papa; por esta comunión de fe y. de moral, de obediencia y sumisión, aun en los asuntos meramen te disciplinares, es por lo que todos los hombres pensa dores, todos los que estudian la historia de las vicisitu des y contratiempos, á que están sujetas las sociedades humanas, se ven obligados á reconocer la fuerza incon trastable, que sostiene unida y compacta la Iglesia fun- (i ) Sanctus Ambrosias, in Psalm. 40, n. 3o. (2) Epist. i5 alias Sy. (3) Joan. i 5.-4, 5, 6. u
- 20 - dada por Jesucristo. Comparando la mutabilidad de los Estados en sus formas, en sus Constituciones, en sus principios de gobierno y en sus leyes, con la fijeza de los principios, la invariabilidad de los dogmas, la pure za de la moral, la integridad del cuerpo doctrinal, la sa biduría en la aplicación de la Disciplina á los diferentes países, tiempos y personas, y la previsión para el por venir, que tanto resplandecen en la organización de la Iglesia Católica, y en los actos y disposiciones de la Santa Sede, no pueden menos de exclamar: Obra del de do de Dios es ésta. Digitus Del est hic (1). Las socieda des humanas, no sólo experimentan los vaivenes produ cidos por el choque de fuerzas encontradas, por la lucha de ideas ó principios opuestos, de aspiraciones diferen tes, y de intereses incompatibles, sino que sufren ne cesariamente las fases de incremento y decadencia, de prosperidad y de infortunio; y con el trascurso de los siglos llegan á cambiar por completo, y aun á desapa recer entre ruinas y desolación. Empero la sociedad de Cristo, fundada sobre Pedro, como piedra fundamental del edificio, cuanto más débil aparece en lo exterior, más robusta se conserva en su interior; cuanto más perseguida por las potestades del infierno, más firme y constante permanece contra todos sus adversarios; cuanto más oprimida, más sufrida; cuanto más despoja da, más rica. En ella se cumple lo que de sí mismo y de los varones apostólicos decía San Pablo: Nos maldiccH, y bendecimos: nos persiguen, y lo sufrimos; somos blasfemados y rogamos -por los que nos blasfeman (2). En todo padecemos tribulación, mas no nos acongoja mos: estamos en apuros, mas no quedamos sin recurso: padecemos persecución, mas no somos desamparados: somos abatidos, mas no perecemos (3). IV Si el Episcopado Católico, firmemente adherido á la Cátedra de San Pedro, por la comunión de una misma fe y de una misma caridad, forma como el Estado mayor (r) Exod. 8. (2) I Ad. Cor. 4-12, i3. (3) II Ad Cor. 4-8,9. u
UN1VLRSIDAD1 DE SANTIAGO DF COMPOSTF.I.A - 21 - de la milicia sagrada, que pone temor y espanto en las huestes del infierno, debemos considerar qüe no se halla aislado; sino que cuenta bajo sus órdenes, en las diferen tes Diócesis, en que se halla dividido el orbe católico, un numeroso ejército, formado con individuos de los dife rentes grados jerárquicos; y no obstante la gran varie dad de funciones encomendadas al Clero Catedral y Pa rroquial, que es el que está más íntimamente unido á los Obispos, uno y otro se aúna é identifica en la defensa de la doctrina revelada, en el respeto á la autoridad de la Iglesia, y en el celo por los derechos é intereses de la misma. A la voz del Romano Pontífice obedecen los Obispos, y á la voz de los Obispos obedecen los Cléri gos, que militan para Dios, y velan por el fiel cumpli miento de sus deberes sagrados. Ante esta organización tan robusta, por ser tan bien ordenada y tan íntima, des fallecen los enemigos del Catolicismo, y en los accesos de su satánico furor contra la obra de Cristo, no tienen otro recurso á que apelar, sino á ciertas armas de mala ley, á la calumnia, á la perfidia y á la hipocresía, para desacreditar el estado eclesiástico. Llamados los simples Clérigos á la suerte del Señor, y siendo Él, por la libre elección de aquellos, la parte de su herencia y de sn calis , se obligan desde el día de su alistamiento en la milicia de Cristo, á seguir de un modo especial la voluntad de sus respectivos Prelados, que pueden disponer de ellos, agregándolos á una Iglesia determinada, y señalándoles el cargo particular que en ella han de ejercer. Cuando ascienden á los sagrados Ordenes del Subdiaconado y del Diaconado, crece en ellos y se aumenta sobre manera la obligación de some terse con docilidad á todo aquello, que dispongan sus Superiores eclesiásticos, teniendo grabada en su con ciencia la causa que movió á estos á ordenarles, que no fué otra que la de proporcionar doctos y celosos opera rios, que se ocupasen en el cultivo de la viña del Señor , ó sea, en el servicio de la Iglesia. En el momento solemne en que termina la ordenación del Presbítero, hace éste, en manos del Obispo, pública promesa de respeto y obe diencia á su Prelado actual, y á sus legítimos sucesores. Unidos por tan estrecho vínculo y con tan grave obliga-
- 22 - ciónlos nuevos Presbíteros, y profesando la misma fe y la misma moral, acuden con diligencia ¿i donde quiera que sus Prelados juzgan útiles sus servicios; predican la ver dad en toda su pureza; esgrimen la espada de la palabra de Dios contra los enemigos de la Iglesia; defienden vale rosamente los derechos de ésta; trabajan infatigables en la administración de los Santos Sacramentos y en pro mover, con actos do acendrada piedad, la santificación de las almas; inculcan la paz y la concordia entre todos los fieles de Cristo; y mostrándose poderosos en obras y palabras, y trabajando en todo de común acuerdo entre sí, obtienen la victoria sobre las pasiones y los vicios, que es el resultado de la verdadera unión. Saben, ade más, que la Iglesia es un cuerpo perfectamente organi zado, en el cual cada miembro ocupa su lugar, sin tener envidia el uno del otro, ni pretender colocarse en un lugar diferente de aquel, que le ha señalado la vocación peculiar del Espíritu Santo. Tranquilos en sus respecti vos puestos, velan los Sacerdotes por los intereses de la Religión, secundan siempre la acción de sus Prelados, y. recogen de su ministerio abundantes y sazonados frutos. De aquí proviene la inmensa influencia del Clero ca tólico en la sociedad; y por esto el Santo Concilio de Trento quiere que sea en todas partes un claro y limpio espejo de fe, de pureza y de santidad, para que mirán dose en él el pueblo fiel, encuentre un poderoso estímulo para apartarse de todo vicio y dedicarse á la práctica de todo bien. Pero, hay también en la Iglesia de Dios un elemento poderoso de orden, concierto y armonía, que viene á reforzar la acción bienhechora del Clero secular; y este elemento le constituyen las Ordenes Regulares. Nacidas al calor del fuego divino de la caridad; formadas á im pulsos de la gracia de Cristo; y organizadas con la luz celestial que recibieron sus Santos Fundadores, han sido, son y serán siempre una gloria purísima del Cato licismo, una apología constante de los consejos evangé licos, un ejemplo vivo de la generosidad y abnegación con que el cristiano, auxiliado por Dios, puede acometer empresas al parecer irrealizables de caridad; y una prueba patente de la santidad, que es nota caracterís
- 29 - Pedro, puesto bajo el dominio ajeno y rodeado de ene migos que odian su doble carácter de Papa y de Rey; ese Anciano venerable, inerme y encerrado en el Vati cano. Queriendo dar á Dios humildes gracias por la pro longación de su existencia desde que comenzó á ejercer el Sacerdocio; y deseando que los fieles de todo el mun do tomasen parte en el justo regocijo, que había de causar la celebración de su Jubileo Sacerdotal , hizo oportunamente un llamamiento general á la fe de todos sus hijos; estimuló la piedad del clero y pueblo católico; determinó hacer una Exposición de los objetos, que en tan solemne ocasión se le ofreciesen, como testimo nio de veneración y de amor; resolvió celebrar sobre el sepulcro de San Pedro su Misa Jubilar, y hacer más solemne el año de su Jubileo con la canonización y bea tificación de algunos siervos de Dios. Cuál haya sido el éxito de tan célebre y memorable acontecimiento lo sabéis muy bien, Venerables herma nos y amados hijos. Los Obispos y los sacerdotes; los Reyes y los príncipes; los hombres de Estado y los más reputados sabios; los literatos, los artistas, los obreros, todas las clases de la sociedad, hombres de todos los países del mundo, aun de aquellos en que domina la he rejía y la infidelidad, han acudido espontáneamente al Trono pontificio; han ofrecido al Papa sus homenajes; le han manifestado su alegría; han hecho demostracio nes de su generosidad, y han tomado parte en las fun ciones jubilares. ¿Qué significa todo esto? ¿A qué se debe esta unidad de acción, esta concurrencia universal, esta espontaneidad, esta generosidad y este entusiasmo? ¿Qué fuerza oculta ha movido tantas voluntades? ¿Qué imán misterioso ha atraído tantos corazones? ¿Qué hay en el Papa León XIII, que así ha impulsado hacia él á esas muchedumbres tan fervorosas, tan piadosas y tan humildes? ¿Es que la desgracia que sufre, las mueve á compasión? ¿Es que las cualidades personales que le adornan, las seducen y las encantan? ¿Es que la sabidu ría de León XIII les impone, persuade y arrastra? Hay algo más; existen causas poderosas que explican este admirable resultado. Es que la situación actual del Ro mano Pontífice no puede menos de afligir á todos los UNIVLRSJDADE DE SANTIAGO
- 30 - católicos; es que su causa es la causa de toda la Iglesia; es que su libertad es la garantía necesaria de la liber tad de todos los que le miramos como nuestro Padre y Pastor. ¡Ah! Esto es innegable. Desde que por el bár baro derecho de la fuerza fué privado el gran Pontífice Pío IX del poder temporal, garantía del libre ejercicio de su soberanía espiritual, la Iglesia Católica vive en continua alarma por la suerte de su Cabeza visible. Y desde que su sucesor nuestro Santísimo Padre León XIII ha dicho y repetido, que el despojo y opresión que su fre el Romano Pontífice, es obra de las sectas masóni cas, con razón comparamos los hijos fieles de la Iglesia la situación del Papa á la de San Pedro en la cárcel de Jcrusalén bajo el dominio de Herodes, y en la Mamertina de Romíi bajo el imperio de Nerón. Empero, si el Sqñor permite que se prolongue en nuestros días esta situación angustiosa y de verdadera servidumbre, este martirio á fuego lento de una legali dad cada día más opresiva, y este despojo inicuo de una propiedad y soberanía completamente justas, no es ciertamente porque haya abandonado su Iglesia al furor de las potestades del infierno, sino porque quiere esti mular más y más nuestro celo por la causa de la justi cia,- reprendiendo á la par nuestra poca fe y actividad en estos tiempos de incredulidad, de indiferencia y de naturalismo. Lo que no podrá negarse jamás es, que la causa del Romano Pontífice es una causa que afecta á todo el mundo católico; que interesa á todas las nacio nes, donde hay fieles hijos de la Iglesia de Cristo; que no puede someterse á la resolución y arbitrio de ningu na potestad civil, y mucho menos, á los cálculos y pro yectos de los enemigos declarados de nuestra Religión, y fautores sistemáticos de la revolución cosmopolita. No es posible conciliar á Cristo con Belial, ni amalga mar el Reino de Cristo con el del Anticristo. Aquí no cabe transacción, ni pacto, ni concordia. Santa intran sigencia debemos llamar la fortaleza invicta, con que, tanto León XIII, como Pío IX, han defendido los dere chos inalienables, imprescriptibles, sagrados é inviola bles de la Santa Sede. No es, por cierto, el deseo de dominación terrena, sino el deber de mantener íntegra
- 31 - é ilesa la potestad recibida de Jesucristo, lo que mueve al Romano Pontífice á protestar de continuo contra una usurpación, que ha traído por resultado el triunfo de la herejía, de la impiedad y de la iniquidad; la disolución de las Congregaciones religiosas; la desamortización y despojo de los bienes eclesiásticos; la enseñanza libre del error; el menosprecio de los Sagrados Cánones; la promulgación de leyes injuriosas al Clero; y la ingeren cia de un poder temporal en asuntos de la competencia exclusiva de la Iglesia. En tal caso y situación más vale morir mártir del deber, que comprar con una ley de falsas garantías una libertad, que sería más bien una humillante esclavitud. ¡Gloria á Dios, que nos ha conce dido ser fieles hijos de tan grandes Pontífices! VII Pero no basta, VV. HH. y aa. hh., que vivamos firme mente adheridos á la autoridad, enseñanzas y disposi ciones del Romano Pontífice, ni hemos de contentarnos con hacer pública profesión de respeto, sumisión y obe diencia al Vicario de Jesucristo. Es preciso poner por obra los medios de santificación, que Él nos indica en su piadosa Encíclica de 25 de diciembre último, con la cual puso fin al año de su Jubileo Sacerdotal. ¡Oh! ¡Qué her mosas lecciones contiene! ¡Qué sabios consejos abraza! ¡Qué reglas de conducta tan prácticas y oportunas nos ofrece! Exponiendo con su acostumbrada claridad y ele gancia la significación de las demostraciones, que ha hecho el mundo católico con ocasión de su Jubileo Sa cerdotal, dice: “ Pero lo que en ello más estimamos es la expresión de las voluntades y el testimonio libérrimo que se ha dado de constancia en la fe. Porque esto decía aquella voz acorde y unánime de los que Nos felicitaban, que de todas partes los entendimientos y las voluntades estaban vueltos hacia el Vicario de Jesucristo; que en medio de los males, que por todos lados Nos oprimen, á la Sede Apostólica, como á fuente perenne é incorrupta de salud, dirigen confiadamente los hombres sus mira das; y que donde quiera que resuena el nombre católico, con ardoroso afecto y concordia suma se venera y se u
- 32 - respeta, como es justo, la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las iglesias. 11 Explicando después la causa de esta unánime mani festación y el resultado positivo que de ella espera fun dadamente, añade: “ Porque en esta disposición de los ánimos, que se esmeran en dar al Pontífice Romano con inusitado ardor muestras de su amor y reverencia, Nos parece ver la acción divina y voluntad de Aquel que acostumbra frecuentemente, y es el único que puede, sa car de pequeños fundamentos el principio de grandes bienes. Verdaderamente parece que Dios, cuya provi dencia es infinita, despierta la fe, en medio de tantas erradas opiniones, y ofrece una ocasión de volver á lla mar la atención del pueblo cristiano á los propósitos de una vida mejor ..... porque entonces será el honor tribu tado á la Sede Apostólica plena y colmadamente per fecto, cuando juntándosele el esplendor de las virtudes cristianas, haga adelantar las almas en el camino de la salvación, que es el único fruto que debemos desear, porque es también el único que perpetuamente ha de durar. u Declara después el Sumo Pontífice los vicios domi nantes en la sociedad, según la frase del Apóstol San Juan: Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de carne, y concupiscencia de ojos, y soberbia de la vida (1); y como sapientísimo médico de las almas, propone en seguida el remedio de tantos males, diciendo: “ La suma y lo principal de la vida cristiana es, que no se ha de condescender con las costumbres corrompidas del si glo, sino constantemente rechazarlas y resistirlas. Esto declaran los dichos y hechos todos del Autor de la fe y Consumador Jesús; esto sus leyes y ordenaciones; esto su vida y muerte. u Y en prueba de que es necesario su frir y pelear varonilmente contra el pecado para conse guir la corona de la justicia y lograr la vida eterna, dice muy oportunamente nuestro Santo Padre: “ No pa saremos en silencio haber sido ordenado por divino consejo, que ningún bien pueda venir al hombre sino á fuerza de combate y de dolor. Y en verdad, si al linaje (i) I Joan. a-i6.
- 33 - humano lo libró Dios de la culpa y le dió el perdón de su pecado, lo hizo con esta condición, que su mismo Uni génito pagase la pena que justamente se le debía. Y pudiendo Jesucristo satisfacer á la divina justicia de otras muchas maneras, prefirió sin embargo haceilo, dando su vida entre los mayores tormentos. Y asimis mo á sus alumnos y secuaces les dió esta ley fii mada con su propia sangre, que fuese la vida de ellos un per petuo batallar con los vicios de los tiempos y malas cos tumbres. ¿Y qué otra cosa fué, sino la valerosa obedien cia de esta ley, la que hizo á los Apóstoles invencibles en el oficio de enseñar al mundo la verdad, y lo que á innumerables mártires hizo fuertes para dar con su san gre testimonio de la fe cristiana? No fué otro el camino que siguieron cuantos tuvieron cuidado de vivir como cristianos y atender al ejercicio de la virtud; ni es otio el que debemos nosotros seguir, si queremos mirar por el bien, no sólo nuestro propio, sino de toda la sociedad. 11 Mas, para no avergonzarse de confesar á Cristo de lante de los hombres, y para cumplir fielmente con los deberes propios de un cristiano, no bastan por sí solas las humanas fuerzas; sino que necesitamos implorar de Dios los auxilios de su gracia por medio de la oración. U Y por esto, dice Su Santidad, aquella común ley y condición de la vida, que dijimos consistía en cierto perpetuo combate, tiene unida á sí la necesidad de hacer oración á Dios. Porque, como verdadera y hermosamente dijo San Agustín, traspasa la oración piadosa los espa cios de este mundo y atrae del Cielo la divina miseri cordia. Contra los desordenados movimientos de las pasiones, contra las asechanzas del enemigo malo, para que, pues de todos lados nos cercan, no seamos engaña dos, mándanos el oráculo divino que pidamos los auxi lios ’ y socorros celestiales, orad jDara que no entréis en tentación (Math. 26-41) .... En verdad que seria mu cho menos de temer la fragilidad de la naturaleza, ni con la molicie y desidia se desvirtuarían las costumbres, si la observancia de este divino precepto fuera menos interrumpida por incuria y aun fastidio .... Nada hay que la oración bien hecha no pueda conseguir, porque hay en ella ciertos como alicientes que mueven á Dios 5 se I.NIVHlSnJADK 1)1. SANTIAGO DI.CnMPnSTHA u
- 34 - á dejarse fácilmente aplacar y mover con la oración. Pues mientras oramos, abstraemos el ánimo de las co sas perecederas, y absortos en el pensamiento de sólo Dios, oprímenos la conciencia de nuestra debilidad de hombres, y por esto buscamos el descanso en la bondad y abrazo de nuestro Padre, y un refugio en el poder del Criador. Hacemos esfuerzo para ponernos delante del Autor de todo bien, como queriendo que ponga Él sus ojos en las enfermedades de nuestra alma, en la poque dad de nuestras fuerzas y en nuestra pobreza; y llenos de esperanza imploramos protección y ayuda de Aquel, que es el único que puede dar la medicina de las enfer medades y los alivios de nuestra flaqueza, y miseria. Dispuesto así el ánimo y juzgándose á sí propio con hu mildad y sumisión, inclínase admirablemente Dios á la clemencia, porque como resiste á los soberbios, así á los humildes da gracia (I Petr. 5-5). Sea, pues, sagrada para todos la costumbre de orar; oren el entendimiento, la voluntad y la lengua; y juntamente concuerde con la oración la vida, para que ésta sea, por la guarda de las divinas leyes, un perenne subir hacia Dios. u Esta necesaria y útilísima virtud de la oración se engendra y sustenta, como nos enseña el Padre Santo, con la fe divina. “ Porque Dios es quien enseña cuáles son los verdaderos bienes del hombre y que tienen en sí la razón de ser apetecidos; y por su mismo magiste rio conocemos la infinita bondad de Dios y los méritos de nuestro Redentor Jesucristo. Y á la inversa, nada hay más á propósito que el hábito de orar, para alimen tar la fe y hacer que crezca. De cuya virtud en los más debilitada y en muchos apagada, bien se ve cuánta es la necesidad que hay en estos tiempos. Pues de ella principalmente es de donde, no sólo se ha de sacar la enmienda de la vida de los particulares, sino que se ha de esperar también el juicio de aquellas cosas, cuya in decisa contienda no permite á los Estados estar tran quilos y seguros. “ Al logro del bien particular y común, que resulta de la práctica de la fe, de la oración y demás virtudes cristianas, contribuye en gran manera la vida arreglada y costumbres intachables del Clero. “ Si se investigan,
— 35 — dice el Sumo Pontífice, las causas del bien privado y público, no cabe duda que para ambos pueden mucho la vida y costumbres de los clérigos. Acuérdense, pues, que por Jesucristo son llamados lus del mundo, y que como la lus que ilumina el orbe todo, asi debe brillar el alma del Sacerdote (San Juan Crisóst. De Sacerdotio, lib. 3?, cap. /.°JLuz de doctrina, y no vulgar, se re quiere en el Sacerdote; puesto que su oficio es henchir á los demás de sabiduría, arrancar errores y guiar á la multitud por los caminos de la vida, en los cuales es fá cil extraviarse y resbalar. Y sobre todo exige esta doc trina llevar por compañera la inocencia de la vida, prin cipalmente porque en la enmienda de los hombres se adelanta más con el ejemplo que con la palabra. Brille vuestra lus delante de los hombres, para que vean vues tras biicnas obras (San Mat. 5-16). Sentencia divina, cuyo sentido ciertamente es que en los Sacerdotes debe ser tan acabada y perfecta la virtud, que se puedan ofrecer como espejo á los que los miran. Nada hay que á los otros más asiduamente Jarme á la piedad y servi cio de Dios, que la vida y ejemplo de aquellos, que se han dedicado al ministerio divino; porque como los ven elevados de las cosas de este siglo á unlugar más alto, á ellos como á un espejo dirigen los demás la vista y de ellos toman el modelo que imitar (Cono. Trid. Ses. 22 cap. 12 de ReJ.)* La vigilancia sobre sí mismos, la mortificación de las propias pasiones, la rectitud de intención, el deseo puro de la salvación de las almas, el desprendimiento de las cosas caducas y perecederas de este mundo, y la fre cuente contemplación de los bienes celestiales, son las virtudes que marcan el camino que deben seguir los Ministros del Santuario, para procurar el bien común, al mismo tiempo que la propia santificación, sin ame drentarse por la grandeza de las dificultades, ni deses perar del remedio por lo inveterado de los males. Si los pueblos y naciones no corresponden, como deben, á los beneficios y gracias que el Señor les dispensa por medio de nuestra santa Religión, no debemos olvidar que “ la justicia de Dios, rectísima é inmutable, tiene re servados premios para las obras buenas, como castigos se UMVHieilDADh DK $AN IIAGO di : CO mp <1$ it : i ? u
- 36 - para los pecados; y que por inescrutable disposición de la divina Providencia, de tal modo es regido y gober nado el curso de las cosas mortales, que cuanto sucede á los hombres, todo sirve á la gloria de Dios, y todo es igualmente medio de llevar al fin de su salvación á los que de veras y con toda su alma siguen á Jesucristo, 11 según nos enseña nuestro Santísimo Padre en la tantas veces citada Encíclica. El mayor consuelo qué debemos tener los católicos, cualquiera que sea el estado á que pertenezcamos, y el ministerio, oficio ó profesión que desempeñemos, es que á todos nos da vida y alimento, nos guía y guarda la Iglesia; la cual, dice León XIII, “ como está unida á su Esposo Cristo con caridad íntima é inconmutable, así le acompaña en los combates, y entra á la parte con El en la victoria. Nada pues de ansiedad sentimos, ni pode mos sentir por la suerte de la Iglesia; pero tememos grandemente por la salvación de muchísimos, que por haber soberbiamente postergado á la Iglesia, son arras trados de multitud de errores á su propia ruina; angústianos la suerte de esos Estados, que no podemos menos de ver alejados de Dios y dormidos con necia confianza cuando mayor peligro corren. Nada hay que con la Igle sia pueda medirse .... ¿Cuántos á la Iglesia atacaron, y perecieron? La Iglesia llega hasta dentro de los Ciclos, y es tal su grandesa, que atacada en campo abierto vence; con asechanzas combatida, triunfa; lucha, y no es derribada; combate, y no es vencida (San Juan Crisos.) Y no sólo no es vencida, sino que conserva íntegra, y á pesar del cambio de los tiempos, inmutable, aquella fuerza suya que de Dios mismo en raudal perenne reci be, y con la cual enmienda á la naturaleza y produce el bien. u Permanezcamos todos, VV. HH. y aa. hh., firmemen te adheridos al Romano Pontífice, Vicario de Jesucris to y Cabeza visible de la Santa Iglesia Católica, Apostó lica, Romana. Guardemos en nuestra memoria y en nuestro corazón, para llevarlas á la práctica, todas sus enseñanzas, exhortaciones, máximas y reglas de con ducta; y marchemos todos unidos por la senda que él nos traza para obtener nuestra eterna salvación. Haga u
- 37 — mos nuestra la devotísima plegaria con que pone fin á su piadosísima Encíclica, diciendo: u Nos, por nuestra parte, puestos en tan contrario temporal al 1 rente de la mística nave de la Iglesia, fijamos el pensamiento y la voluntad en el Divino Piloto, que invisible va sentado en la popíi y teniendo el gobernalle. Tú, Señor, ves cómo por todas partes se han levantado los vientos, cómo se encrespa el mar, alzándose con gran fuerza las . olas. Manda, te rogamos, Tú, que sólo lo puedes, á los vientos y al mar. Devuelve al humano linaje.la paz ver dadera, que el mundo no puede dar, la tranquilidad del orden. Es decir, que favorecidos é impulsados por Tí, vuelvan los hombres al orden debido, restituidas como deben ser, la piedad para con Dios, la justicia y la cari dad para con los prójimos, y la templanza para consigo mismos, domadas las pasiones por la razón. Venga á nos el tu reino, y entiendan que también deben sujetarse á servirte á Tí los que vanamente trabajan en buscar la verdad y la salud fuera de Tí. Hay en tus leyes una equi dad y suavidad paternal, y para guardarlas, espontá neamente nos suministras fuerzas expeditas con tu gra cia. Milicia es la uida del hombre sobre la tierra, pero Tú estás siendo testigo de la batalla, y ayudas al hombre pa ra que 'Densa , y si flaquea , lo levantas , y cua ndo vence, lo coronas (San Agus. sobre el Salmo 32). a Dios Nuestro Señor, que es rico en misericordia, nos asista con los auxilios de su gracia, y dilate los se nos de nuestro corazón al suavísimo impulso de su ca ridad, á fin de que, corriendo por la senda de sus santos Mandamientos, y perseverando en su servicio con toda fidelidad hasta el fin de esta vida, podamos entonces decir con San Pablo: Yo he peleado buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la Je. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, justo Jues, me dará en aquel día; y no sólo á mí, sino también á aquellos que aman su venida (1). Como feliz augurio de tan dichosa suerte, y como prenda segura del amor, que en Jesús á todos profesa mos, recibid, VV. HH. y aa. hh., nuestra bendición: En (i) 2. a ad Timoth. c. 4. vv. 7 et 8. se UNI\ ; ERS1DADE DE SANTIAGO DE COMPOSTEÍ.A
- 38 - el nombre del ® Padre, y del ©Hijo, y del Espíritu ® Santo. Dada en nuestro Palacio Arzobispal de Santiago de Compostela, firmada por Nós, sellada con el de Nuestra Dignidad, y refrendada por Nuestro infrascrito Secre tario de Cámara, el día de la Dominica in Pahnis, á catorce de abril de mil ochocientos ochenta y nueve. JOSÉ, ÁT&oVvs'po (kSantiago ác CowposteXa. Por mandado de S. E. I. el Arzobispo, mi Señor, Lie. E u g en io d el B l a n c o A l v a r ez , Secretarlo. u