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Jordi Planas (2013), Viticultura i cooperativisme. La comarca d’Igualada, 1890-1939, Publicacions de l’Abadia de Montserrat. 412 pp

Garrido, Samuel

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Samuel Garrido 227 Jordi planas (2013), Viticultura i cooperativisme. La comarca d’Igualada, 1890-1939, Publicacions de l’Abadia de Montserrat. 412 pp. A condición de contemplarlo con el enfoque adecuado, casi cualquier tema presenta los misterios necesarios para que estudiarlo sea algo apasionante. Sobre la viticultura catalana del periodo comprendido entre los años finales del siglo xix y la victoria del franquismo en 1939, objeto de la atención de Jordi Planas en el libro que aquí se reseña, los misterios que se desentrañan son especialmente abundantes. Me limitaré a citar tres aparentes paradojas que están directamente relacionadas con ellos. Como ya ha estudiado Planas en numerosos trabajos anteriores, durante ese periodo el asociacionismo y el cooperativismo arraigaron en la viticultura catalana con más fuerza que en el resto de la viticultura española. Sin embargo, James Simpson aportó en su momento pruebas de que, simultáneamente, la vinicultura catalana perdió competitividad respecto a la de otras zonas de España. Posiblemente, las mayores dificultades atravesadas por los productores actuaron como una incitación para que en Cataluña aparecieran más sociedades de viticultores, y en especial más bodegas cooperativas (aunque fuertemente concentradas en algunas comarcas tarraconenses), que en ningún otro lugar de la península Ibérica. Pero lo que importa es que, a continuación, eso no sirvió para revertir la tendencia hacia la pérdida de competitividad. En segundo lugar, ese proceso comenzó después de que la invasión filoxérica obligase a replantar los viñedos y estuvo estrechamente ligado a los avatares experimentados por el contrato de rabassa morta. Con él, se creaba una división de dominios sobre la propiedad de la tierra: un aparcero plantaba vides en tierra ajena y accedía a la propiedad del dominio útil de la parcela. El gran dinamismo que había mostrado la viticultura catalana antes de la filoxera fue en gran medida una consecuencia de la presencia de ese contrato. Sin embargo, la posterior pérdida de competitividad estuvo en parte provocada por la «cuestión rabassaire». Por último, fue habitual que los mismos rabassaires que originalmente habían creado los viñedos se encargasen de replantarlos (auxiliados o no por el terrateniente) cuando la filoxera los destruyó. Los terratenientes defendieron que los contratos de rabassa morta habían expirado con la muerte de las vides y la replantación había sido efectuada bajo contratos (a menudo solo verbales) de «mera aparcería» o de «arrendamiento a partes de frutos» (es decir, bajo contratos que no daban al cultivador ningún derecho sobre la tierra). No obstante, los rabassaires siguieron considerándose 16495_RHI_63_tripa.indb 227 13/6/16 12:36 Viticultura i cooperativisme. La comarca d’Igualada, 1890-1939 228 rabassaires y continuaron actuando como tales a todos los efectos; por ejemplo, transmitían sus rabasses en herencia y, cuando así lo deseaban, las vendían a otro rabassaire, igual que habían hecho antes de la filoxera. Paradójicamente, los historiadores catalanes han tendido a situarse emocionalmente del lado de los rabassaires y a dar por buenas las tesis de los terratenientes sobre la extinción de los «verdaderos» contratos de rabassa. La moderna historiografía sobre esas cuestiones arranca con los trabajos publicados por Emili Giralt y Albert Balcells en la década de 1960 y ha tenido una enorme vitalidad hasta el presente. Tanto por la cantidad como por la calidad de sus aportaciones, Jordi Planas es uno de los autores que destaca con luz propia dentro de ese universo. Lo mejor que creo que puede decirse del libro que reseño es que se sitúa a la altura de sus trabajos previos. Geográficamente, el libro se centra en el estudio de lo sucedido en la «comarca de Igualada», que es la porción (lindante con el Alt Penedès) más claramente especializada en la viticultura de la comarca de Anoia. Jordi Planas realiza un estudio tan exhaustivo sobre el asociacionismo y el cooperativismo agrario de la zona que su trabajo es una verdadera mina de información puesta al servicio de todos los investigadores. Inevitablemente, ello también tiene un coste: tanto para los especialistas en la materia como, sobre todo, para quienes no lo son, las tesis principales del libro habrían sido más fáciles de seguir si hubiese habido menos datos y nombres propios. Por lo demás, se trata de un buen estudio local. En dos sentidos: por una parte, lo local es utilizado para obtener conclusiones de carácter general y, por otra, se proporciona abundante información sobre lo sucedido en el conjunto de Cataluña, con objeto de contextualizar adecuadamente el caso local estudiado. La obra está estructurada de manera sencilla y efectiva: en bloques sucesivos, se detalla qué presencia tuvieron en la comarca de Igualada las principales modalidades del asociacionismo catalán de principios del siglo xx y se analiza las repercusiones que ello produjo. La gran protagonista del primer bloque es la Unió de Vinyaters de Catalunya. Fue una organización de carácter interclasista, cuyo liderazgo estuvo siempre en manos de grandes propietarios, que movilizó a los viticultores con objeto de conseguir que desde los poderes públicos se articulasen las medidas que a su juicio eran necesarias para superar la crisis vitícola: supresión del impuesto de consumos, persecución contra los fraudes a que daba lugar la elaboración de vinos «artificiales» con alcoholes industriales, etc. El foco de análisis se desplaza a continuación hacia la Cámara Agrícola de Igualada, que agrupó a agricultores de toda la comarca. De manera similar a la Unió de Vinyaters, las cámaras agrícolas eran de naturaleza interclasista, estaban impulsadas por terratenientes acomodados y pretendían actuar como grupo de presión. La novedad es que también ejercieron funciones cooperativas, por más que la actividad que realizaron en ese sentido fue casi siempre de volumen modesto. La de Igualada distribuía abonos químicos y productos anticriptogámicos, tenía una trilladora mecánica y destilaba alcoholes. Con lo último pretendía retirar vino del mercado durante los años de cosecha especialmente abundante y dar salida comercial, en forma de licores, 16495_RHI_63_tripa.indb 228 13/6/16 12:36 Samuel Garrido 229 a los caldos de muy mala calidad. Tenía como objeto, pues, tanto que aumentase la calidad del vino vendido como atemperar las oscilaciones de los precios de venta. Pero cuando en 1910, 1911 o 1913 los precios fueron altos debido a las malas cosechas el aparato destilador estuvo prácticamente parado a causa de la falta de materia prima, lo que sugiere que la presencia de una cámara agrícola en Igualada tuvo pocos efectos prácticos sobre la mejora de la calidad del vino. El siguiente bloque está dedicado a las cooperativas acogidas a la Ley de Sindicatos Agrícolas de 1906, que abundaron en la comarca y, a menudo, fueron dos por municipio: una de «los ricos» y la otra de «los pobres». Pese a que la gran mayoría de sus socios eran viticultores, fue sin embargo poco frecuente que se dedicasen a la venta en común del vino que producían. Al contrario de lo sucedido en las comarcas vitícolas de la provincia de Tarragona, también fue poco habitual que contasen con una bodega cooperativa. Como el Sindicat de Vinyaters de Igualada (1921) fue una de las principales excepciones, buena parte de este bloque está dedicada a él. Sus logros se vieron lastrados por el hecho de que sus intentos para conseguir que los socios produjeran uva de calidad, un requisito imprescindible para que la cooperativa pudiera a su vez producir vino de calidad, acabaron en fracaso. «La calidad del producto —concluye Planas— no era la apuesta principal de la acción cooperativa y, en cambio, acabaría constituyendo la respuesta más efectiva a la crisis de sobreproducción crónica de sector vitivinícola» (p. 241). El libro acaba con un capítulo sobre «la conflictividad social durante los años treinta». En él se presta atención, en primer lugar, al sindicalismo rabassaire situado en la órbita de la Unió de Rabassaires; a continuación, a las respuestas articuladas por los terratenientes ante las reivindicaciones de mejora contractual por parte de los cultivadores y, por último, a la actividad desarrollada por una cooperativa durante los años de la guerra civil. Pese a ser relativamente corto, es en este capítulo donde, a mi juicio, se aporta la información (sobre las repercusiones en la comarca de los decretos de revisión de rentas, sobre la conflictividad asociada a la promulgación en 1934 de la Ley de Contratos de Cultivo, etc.) más novedosa e interesante. Hay en él, no obstante, algo que no me ha convencido: sin explicar qué significado se da a cada uno de esos términos, los mayoritarios viticultores de la comarca que cultivaban la tierra a cambio del pago de una porción de la cosecha son indistintamente llamados «arrendatarios», «aparceros» y «rabasaires». ¿Qué eran exactamente? El volumen incluye dos útiles índices: uno de asociaciones y otro onomástico. No se proporciona, sin embargo, una recopilación de la bibliografía citada en las notas a pie de página y el nombre de sus autores no está incluido en los índices onomásticos, lo que no facilita que el lector pueda tener una visión de conjunto sobre la bibliografía utilizada. Es una verdadera lástima, porque Planas (en lo que creo que es otro de sus méritos) se sirve de una gran cantidad de investigaciones de carácter local, de muchas de las cuales habrá sin duda lectores interesados en la materia que tendrán por primera vez noticia gracias a este libro, que recomiendo leer. samuel GaRRido Universitat Jaume I 16495_RHI_63_tripa.indb 229 13/6/16 12:36