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El corpus funcional de la Compañía de Jesús en Nueva España. Una estructura para la expansión. El modelo de Baja California (1683-1767)

Guillén González-Novo, Juan Manuel

Abstract

Tesis Univ. Granada.

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UNIVERSI DAD DE GRA NADA Facultad de Filos ofía y Letras. Escuela de do ctorado de Hum anidade s, Ciencias So ciales y Jurídica s. Program a de Histor ia y Artes. Tesis doctoral El corpus funcion al de la Co mpañía de Jesús en Nuev a España . Una estructura para la expans ión. El modelo de Baja Ca lifornia (1683 -1767). Presentada p or Juan Manue l Guillé n González- Novo Tutelada y dirigida por Miguel Áng el Sorr oche Cuerv a Editor: Uni versidad de Granada. Tesis Doctorales Autor: Juan Man uel Guillén González -Nov o ISBN: 978- 84 - 1195 -346-7 URI: https: //hdl.handle.ne t/1048 1/92585 A Fani, que me e nseñó a amar la Historia... ...eternamente. AGRADECIMIENTOS Durante estos seis años dedicados al estudio de este trabajo, se me han presentado vicisitudes pe rsonales que hab rían dificultado sobremane ra las tareas de búsqueda de bibl iografía y fuentes. Además, la pandemia del COV I D-19 rep rese ntó un vacío en mucha s de las pre staciones de los servic ios públicos, en espec ial de archivos y bibliotecas, que ca usó el retraso de cualquier a ctividad investigadora. Sea mi primera muestra de gratitud hacia la Universidad de Granada, a todas y cada una de las personas que la int eg ran, por la sensi bilidad demostrada en la rápida adaptac ión de sus procedimientos para que el impa cto en el beneficiario fuera el mínimo posible. En este ámbito, la a y uda r ecibida del personal de la Biblioteca de l a Facultad de Filosofía y L etras fu e siempre extraordinariamente e fica z y amable, en especial la de Antonio C armona, quien ti ene el detalle de envolver el libro que entrega con la sonrisa del que c ompre nde la sa tisfacción que su lectura va a proporcionar. La plur alidad de los estudios que re quieren los variados recursos que emplearon los misioneros jesuitas necesitaron de la consulta a v aria s de las magníficas bibliotecas de nue stra Universidad, c omo las de las F acultades de Psicología, Farmacia, Derec ho, C iencias Polí ticas y S ociología y B ellas Artes; además d e las del Colegio Máximo de la Cartuja, la de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura y mu y especialmente la del Hospit al Real, en la que Dª María Artés me dedicó un larg o ra to de su precioso ti empo. En todas ellas obt uve la inest imable colaboración de los empleados. Resultó, asimismo, capital para el avance de los contenidos, la visita continuada a los fondos de la Biblioteca de la Facultad de Teología de Grana da, de ingente volumen. Fueron varias las consultas a los profesores de la UGR, en particular a los doctores Miguel Molina Martínez, Rafael L ópez Guzmán, Antonio Orteg a, Ana Ruiz, Juan J osé Lozano Navarro, Fra ncisco Sánchez -Montes y Margarita Birriel, de los que de todos ellos recibí al gunos granos de s us profund os conocimientos c on el asombro del ignora nte que desea dejar de serlo. La generosidad de la conversa ción con el pad re jesuita D. Miguel C. Salmerón representó una gran ayuda para compre nder el motor que subyace dentro del jesuita, tan válido ahora como hace trescientos años. L a claridad en la exposición de determinados conceptos me a y udó a comprender muchos de los textos leídos en las diversas fuentes. Mi estancia en Ciudad de Méx ico, una vez levantadas las restricciones por la pa ndemia a los archivos españoles, tropezó c on el hecho de que la consulta en el Archivo Genera l de la Nación de México todavía e staba sujeta a importa ntes restricciones a pesar de que en su página web se afirmara lo contrario. A esta circunstanc ia se sumó la de que, en los días en q ue acudí al Ar chivo, se estaba cambiando el sistema de referenc ia de los documentos allí depositados y de que no se ha bía rec ibido mi e-mail solicitando la c onsulta de una larga lista de leg ajos, por haber caído el sistema informático de correo durante una semana. A pesar de todo ello, el auxilio inestim a ble dedicado a mi perso na por las Licenciadas Hedikel Maldonado y Eunic e Ruiz, me permitieron el acceso a los documentos soli citados e incluso, a al gunos más que, procedentes de índic es detallados y de sus propuestas, pude consultar, resultando datos e informaciones extraordinariamente enriquecedora s para este trabajo. Parecidas circunstancias encontré en el Archivo Histórico Pablo L . Martínez de La Paz, en BCS. Aunque sus fondos tienen un im portante avance en la digitalización, la Lda. S elene Enciso y el entonces Director D. L uis Domínguez Bareño, me permiti eron acceder a documentos y mapas que cla rificaron a lgunos aspectos geográficos y urbanísticos de los lugares misionales jesuitas. Con el mismo objetivo, las explicac iones del L do. Davíd Ánge l Romero, funcionario de la Casa de l a Cultura jurídi ca de L a P az me ahorraron varios días de pesqu isas en diferentes arc hivos sobre los reg istros de las p rimeras concesiones de terrenos en la península califor niana. El trabajo de campo en la Baja California y Baja California Sur pudo ser planificado con bastante cohere ncia gracias al permanente contacto mantenido con el Maestro Arquitecto Uriel Pabello, de quien, además de su ayuda , re cibí la que y a viene manteniéndose como una amistad durade ra. Fueron también inestimables los comentarios a tr avé s d e correos electrónicos d el Maestro Eli gio Moisés Co ronado, del Ldo. J org e Mez a, del M ae stro Ar quitecto Carlos L a zcano, del fotó g rafo D. Julio Rodríguez Ramos y de la profesora de la UAB CS Dª Micheline Cariño. Resulta dig na de admiración la labor que realizan los párrocos d e las pequeñas ciud ades de Baja California y Baja C alifornia Sur. La dispersión de los ranchos les obliga en numerosas ocasiones a r ealizar largos y duros desplazamientos a través de un desierto muchas veces hostil con el fin de administrar sac ramentos o, simplemente, hacer m ás liviana la sol edad del lejano ranchero. Mi reconocimiento a la ge nerosidad del cora zón de los padres Martín, de Loreto; Roberto, de San Ignacio; Martín Mojaraz, de Mulegé y, muy especialmente, al padre Hugo Chavira D elgado de Ciudad Constitución. Sirva además esta página para expresarles mi más sincero agradecimiento por sus indic aciones y referencias. Una de las fuentes más singulares consultadas ha sido el contacto y las conversaciones con algunos rancheros de la península. L as expli caciones y respuestas a mis innumerables pr eguntas ofrecidas por D. Eleazar Osuna, propietario de l rancho Purísima Vieja; D. Rosendo Mesa Arce y su hijo, D. Rosendo Mesa Vill avice ncio, prop ietarios del rancho San R eg is; D. Jesús Ortiz, propietario del rancho Los A chemes y D. J osé Manuel Espinoza, “Chemel”, de un rancho aledaño a la misión de San L uis, entre otros, han sido enormemente il ustrativas, deduciéndose de ellas la dureza de l a vida en el desierto, de las limitaciones de los recursos y los daños d e las numerosas torm entas. La pe rvivencia de las a ntigua s costumbres, artesanías y del uso de las infraestructuras misionales, ha permitido obtener informaciones muy útiles d e las qu e a lo l argo de este trabajo ofreceremos detalles. Durante las est anc ias en las misiones han sido requeridas las asistencias de guías, p ersonas qu e conocen con p rofundidad la ge ografía de los entornos y , por tradición oral, gran parte de los antecedentes de los lugares misionales. Así, es de justicia agradecer los servicios prestados por el S ubdeleg ado de Como ndú, D. Agustín Olaec hea Peralta y la visita g uiada por el pequeño museo antropológico de La Purísima por la ex maestra de la Población Dª María J esús Pera lta Higuera, una vez recorr ido el entorno de la mano de D. Epifanio Murillo . L a paciente espera al final de la discusión entre la e scritora y ciudadana de San Ig nacio, Dª J ane Be ard y el nonagenario ciud ada no del lugar, D. J uan Jacobo Rousseau tuvo como fruto el esclarecimiento de l recorrido de alg unos tramos de ac equia y a d esaparecidos. En la misión de San J avier estuve acompañado por D. J orge Ferná ndez Delgado y la L da . Dª Aimée Hernández Trujillo, quienes convirtieron un a jornada de estudio del lugar en una agradable y amena ponencia sobre el terreno. La visita a la misión de Mulegé contó con las exposiciones del guía local ofici al D. Carlos Armando Romero Villanueva. La visita a la misión de Santa Gertrudis coincidió con la romería anua l en honor a la santa, sin que ello fuera un problema para que D. Héctor Zúñiga Murillo y su hijo me ilustrasen sobre las instalaciones hidráulicas más pró ximas al templo mi sional y las huertas aledañas. Me tomaré la licencia d e opina r so bre las explicaciones de D. Án gel Monteón Ríos en la m isión de San Francisco de Bo rja, autodenominado “e l último cochimí” y que asumió la función de guía, cuy o discurso raramente coincid ió con la realidad, p ero que aportó un buen rato de entretenimiento a e ste cu rioso visitante. Este tra bajo no tendr ía coherenc ia alguna y presentaría importa ntes lagunas sin la dirección, consejos y a y uda del pro fesor D. Miguel Ángel Sorroche Cuerva, quien, además, me of reció su amistad desde el primer momento. S u esposa, la también profe sora de l a UGR Dª Ana Ruiz Gutiérre z, se sumó al mismo ofrec imiento. Agradezco infinitamente la calidez en el trato con ambos. No puedo dejar de elogiar la pacienc ia mostrad a por mis amigos durante tantas charlas en las que tuvi eron que soport ar mi s largas expli cac iones sobre los misioneros jesuitas en la Ba ja California. Rara vez se les cerra ron los ojos de ag otamiento. Me si gue conmoviendo su interés p or el tema o su cariño... no sé bien cuál de las dos es la ve rdadera causa de su atenció n. Finalmente, desconozco la forma en la que pued o agradecer el amor que recibo de mis hijos Nacho, Gonzalo y Álex y qu e me demostraron animándome a empezar esta nueva e tapa de mi formación. Índice __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ Capítulo IX. PRODU CTOS Y P RODUCCIONES EN EL ESPACIO MISIONAL .............................................................................................. .......... 341 IX.1. Criterios seguidos p ara el cálculo de producci ones ................................ 345 IX.1.A. Las dificultades para la estimación de cifr as ................................. 345 IX.1.B. Fuentes ......................................................... ............................... 34 8 IX.1.C. Las medidas de s uperficie , volumen y peso ............... .................... 352 IX.1.D. Proceso general para la obten ción de rend imientos y necesidades. 3 55 IX.2. L a prep aración del t erreno mi sional ........................... ........................... 356 IX.2.A. La necesidad de obras hídricas .................. .................................... 357 IX.2.B. Las herramientas utilizadas .................................................... ....... 361 IX. 3. L a producción ganadera ................ ........................................................ 362 IX.3.A. Cuantificación d el ganado misional ......................................... 369 IX.3.B. Cuantificación de la producción de carne ... .............................. 374 IX.3.C. El queso de cabra ...................................................................... 391 IX.3.D. La le che d e oveja . ............................................................... ...... 398 IX.4. La p roducc ión agrícola ................................. ......................................... 399 IX.4.A. Los métodos agr arios ................................ .................................... 399 IX.4.B. L os productos c ultivados .............................................................. 401 IX.4.C. C uantifica ción de la producción a grícola ... ................................... 405 IX.4.C.a) Los cereales co nsumidos: el trigo y el maíz .. ......................... 410 IX.4.C.b) Las p arras o c epas. El vino ..................... ............................... 416 IX .4.C.c) L a c ebada .............................................................................. 422 IX.4.C.d) La caña de azú car ................................... .......... ..................... 425 IX.4.C.e) La palma datilera .............................................................. ..... 429 IX.4.C.f) Frutas, hortaliz as y otros ve getales .................. ...................... 430 IX.5. Algunos apuntes sobre el consumo del pescado ........... .......................... 432 Capítulo X. LA LOCALIZACIÓN DE LOS ESP ACIOS PRODUCTIVOS MISIONALES .................................................................................................. 435 X.1. Consideraciones previas ........................................................................ 436 X.2. Algunos apuntes sobre la evolución histórica de las propiedad............ 440 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ___________ ________ _________ ______ _______ ___________ ____ ______ X.3. L ocalización de suertes de labor ............................................................ 448 X.4. L ocalización de sitios de ganado ma y or.......... ......................................... 454 Capítulo XI. LOS ESPACIOS PRODUCTIVOS MISIONALES ................. 463 XI.1. Nuestr a Señora de L oreto Conchó ........................... .............................. 472 XI.1.A. Instalaciones híd ricas de Nª Sª de Loreto .. .................................... 473 XI.1.B. Agricultura en Nª Sª d e L oreto ...................................................... 476 XI.2. San Francisco J avier Viggé- Biaundó ..................................................... 484 XI.2.A. Instalaciones hídricas en San Francisco J avier .............................. 485 XI.2.B. Agricultura en S an Francisco J avier ........... ................................... 490 XI.2.C. Ganadería en S an Francisco J avier ............. ................................... 496 XI.3. Santa Rosalía de Mulegé ....................................................................... 501 XI.3.A. I nstalaciones hídricas en Santa R osalía.......................................... 502 XI.3.B. A gric ultura en Santa R osalía de Mule gé .... ................................... 503 XI.3.C. Gan adería en S anta Rosalía de Mule g é ...... ......... .......................... 50 7 XI.4. San J osé de C omondú ............................................................................ 510 XI.4.A. Instalaciones hídricas en San José de Comon dú ............................ 5 12 XI.4.B. A gricultura en S an J osé de Comondú ............................................ 519 XI.4.C. Ganadería en San José de Comondú .............................................. 526 XI.5. L a Purísima Concepción de Ca degomó ................................................ 530 XI.5.A. Instalaciones híd ricas en La Purísi ma ........................................... 533 XI.5.B. A g ricultura en La Purísima ........................................................... 537 XI.5.C. Ganadería en La Purísima .................................. ........................... 544 XI.6. Nue stra Se ñora de Gua dalupe Hu asinapí .............................................. 550 XI.6.A. Instalaciones híd ricas en Guad alupe ......... .................................... 551 XI.6.B. Agricultura en Guadalupe ......................... .................................... 552 XI.6.C. Gan adería en la misión de Guadalupe ................. .......................... 5 57 XI.7. San Ignacio De Kadaka amán .................................................. .............. 560 XI.7. A. Instalaciones híd ricas en San I gnac io ........ ................................... 563 XI.7.B. A gricultura en S an Ignacio ........................................ .................... 571 Índice __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ XI.7.C. Ganadería en San Ignacio .............................................................. 579 XI.8. S anta Rosa de Todo s S antos .......................... ........................................ 584 XI.8.A. I nstalaciones hídricas en Todos Santos ........................................ 585 XI.8.B. Agricultura en T odos Santos .............. ........................................... 587 XI.8.C. Ganadería e n Todos Santos ........... ................................................ 590 XI.9. San L uis Gonzaga Chiri y aqui ............................................................... 594 XI.9.A. I nstalaciones hídricas en San Luis Gonzaga ....... ........................... 595 XI.9.B. A g ricultura en Sa n L uis Gonzaga ..................... ............................. 598 XI.9.C. Ganadería en S an Luis Gonz aga ................. ................................... 601 XI.10. Nuestra S eñora De L os Dolores Chil lá (Anteriormente, Apaté). .......... 605 XI.10.A. I nstalac iones hídricas en L os Dolor es Ch illá .............................. 60 6 XI.10.B. Agricultura en Los Dolores Chillá ............................................... 608 XI.10.C. Ganadería en Los Dolores Chillá ................................................. 611 XI.11. Santa Gertrudis de Cadamán ............................................................... 614 XI.11.A. I nstalaciones hídricas en Santa Gertrudis ....... ............................. 616 XI.11.B. A gricultura en S anta Gertrudis ..................... ............................... 623 XI.11.C. Ganadería en Santa Gertrudis ...................................................... 631 XI.12. San Francisco de Borja Adac. .................... .......................................... 635 XI.12.A. Instalaciones hí drica s de S an Francisco d e Borja ........................ 6 40 XI.12.B. Agricultura en San Francis co de Borja ..... ............................. ...... 644 XI.12.C. Ganadería en San Francisco de Borja ....... ........ ........................... 653 XI.13. Resumiendo las capac idades del sistema productivo. ......................... 656 Capítulo XII. COBERTURA GENERAL DE LOS RECUR SOS ALIMENTICIOS MISIONALES ............... ..................................................... 667 XII.1. Grado de cobertura de alimentos producidos por el sistema misiona .... 669 XII.2. Cobertura de los recursos en condiciones deseables: sin el concurso de alguna catástrofe natural ...................................... ........................................... 670 XII.3. Cobertura de los r ecursos en un año con inundaciones o plagas de corta duración ............................................. ............................................................. 675 XII.4. C obertura d e los recursos en un año de sequí a ...................................... 684 XII.5. Las epidemias, otr o factor de reducción de l os recursos dispo nibles.... 688 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ___________ ________ _________ ______ _______ ___________ ____ ______ XII.6. S obre el alcance d e la cobertura de los r ecursos agropecuarios............. 689 Capítulo XIII. LA SU FICIENCIA NUTRICIONAL DE LOS ALIMENTOS ..............................................................................................................................693 XIII.1. Los nutrientes alimenticios ................................................................. 694 XIII.2. La alimentación proporcionada por el sis tema misional ..................... 701 XIII.3. La alimentación tr adicional de los nativos .............. ............................ 701 Capítulo XIV. LA ESTRUCTURA FINA NCIERA APARENTE DEL SISTE MA MISIONAL ............................................................................ ......... 705 XIV.1. Consideraciones iniciales ................................................................... 706 XIV.2. La finan ciac ión en el inicio de la evangeliz ación californiana ........... . 708 XIV.3. El Fondo Piadoso , corazón d el sistema misional ........................... ..... 714 XIV.3.A. Cr eación y administración del Fondo Pia doso ........................... 715 XIV.3.B . Algunos apuntes sobre las haciendas del Fondo ......................... 718 XIV.3.C. El papel del p rocurador de las misiones de California en México ....................................................................................................................728 XIV.4. El valor del Fondo en el mom ento d e la expulsi ón............................... 730 XIV.5. Operaciones de in greso del Fondo Piadoso ............... .......................... 746 XIV.5.A. L as dona ciones re cibidas ........................................................... 746 XIV.5.B . La s v entas de los produc tos de las h aciendas y sus costes d e explotación................................................................................................. 750 XIV.5.C. La concesión de préstamos .... ..................................................... 756 XIV.5.D. Los a rrendamientos de tierras a terceros .................................... 760 XIV.5.E. Las a y udas fina nciera s de las Cajas Reales ................................. 760 XIV.6. L os g astos aplicados en las mis iones .................................................. 766 XIV.6.A. Los salarios de soldados y marine ros ...... ................................... 766 XIV.6.B . El techo del gasto apare nte en las misiones: las asignaciones y los salarios .......................................................... ............................................. 781 XIV.7. La suficiencia del Fondo para el objetivo previsto ........................... ... 788 Índice __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ Capítulo XV. L A RED LOGÍSTICA DEL SISTEMA MISIONAL DE LAS CALIFORNIAS ................................................................................................ 803 XV.1. Consideraciones in iciales ..................................................................... 804 XV.2. Miembros de la compañía con re sponsabilidad lo gística ............... ...... 806 XV.2.A. El procura dor d e las Mis iones de las C alifornias en Méx ico ... .... 808 XV.2.B. El proc urador en Guay mas .......................................................... 810 XV.2.C. El procurador d e L o reto ..................................... .......................... 813 XV.2.D. El procurador d e las Indias O ccidenta les ........... .......................... 818 XV.2.E. El procura dor G enera l de I ndias en l a Cor te de Madrid ............... 820 XV.3. Escenarios geográficos de la función lo gística ..... ..................................... 822 XV.3.A. L os ca minos ................................................................................ 822 XV.3.B. La s rutas marítimas y las embarcaciones ...... ............................... 843 XV.4. Los bienes en cir culación. Flujos desde Méx ico. La s memorias ............. .. 852 XV.4.A. Atalajes para las caballerías .................. ....................................... 861 XV.4.B. Ferretería y h erramientas pa ra talleres y campo .......................... 86 3 XV.4.C. Artículos pa ra el hogar y la cocina ............ ................................... 865 XV.4.D. Jabón ........................................................................................... 868 XV.4.E. Tabaco y artículos comestibles .................................................... 872 XV.4.F. Efectos militare s .......................................................................... 875 XV.4.G. Orn amentos y v estiduras reli giosas ........ ..................................... 877 XV.4.H. L ib ros y materia l de esc ritura ................... ................................... 896 XV.4.I Coste de los fletes de la recua de mulas .... ..................................... 901 XV.4.J. Otros ............................................................................................ 902 XV.4.K. Indefinido ................................................................................... 903 XV.4.L. P renda s de vestir, telas y mantas .............. .................................... 904 XV.5. Un mercado interior. Las ventas a soldados y m arineros ............ .......... 910 XV.6. Un mer cado o culto. L os intercambios con el Galeón de Manila. .... ..... 918 XV.7. Un mercado c ercano. El comerc io con las m isiones del otro lado del Golfo ........................................................................................................................ 926 XV.8. Una cu arta vía d e a bastecimiento. Las compr as e n otras ciudades ....... 930 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ___________ ________ _________ ______ _______ ___________ ____ ______ Capítulo XVI. HACIA UNA VISIÓN ACTUA LIZADA DE LA ECONOMÍA EN LAS MISIONES ......................................................................................... 935 Capítulo XVII. CONCLUSIONES ................... ............................................... 943 ANEXOS ............................................................................................................ 963 Anexo 1. Breve esquema legislativo sobre disposición y con cesiones de t errenos (1697-1857). ..................................................................... .............................. 964 Anexo 2. Relación de hojas cartográficas 1:50.000 y sus c apas del SIG corre spondientes consultadas en el I NEGI. ......................... ........................... 966 Anexo 3. Primeras concesiones conforme a las ordenanzas de Gálvez. 1768 - 1772................................................................................................................ 967 Anexo 4. Concesiones de tierras de labor entre 176 8 y 1880. ......................... 968 Anexo 5. Expedientes de suertes de tierras de labor cursados en 1858 por La ssépas en s ervicio de apoderado de los interesados. ................................ .... 973 Anexo 6. Huertas en ranchos, criaderos o t érminos de pueblos en 1857. .... .... 974 Anexo 7. Relación de sue rtes de labor citados en los anexos 1 a 6 (neta de duplicados) ..................................................................................................... 980 Anexo 8. Localización de suertes de labor en las mi siones californianas fundadas por la Compañía de J esús. ....................................... ........................................ 993 Anexo 9. Relación de diez mos a pagar por propietarios de tierras en 1781 e n las jurisdicciones de Santa Ana y Loreto. ..................... ...................................... 1000 Anexo 10. Expedientes de tierras de g anado ma y or cursados en 1857 por La ssépas en su función de agente d el Ministerio de Fomento con títulos fechad os antes de la independencia mex icana. ............................................................ 1003 Anexo 11. Tierras de ganado ma y or con tí tulos fechados antes de la independenc ia mex icana en 1721 no cursados. ....... ...................................... 1004 Anexo 12. Expedientes de tierras de g anado ma y or cursados en 1857 por La ssépas como agente d el Mº de Fomento. ............ ....................................... 1007 Anexo 13. Expedientes de tierras de g anado ma y or cursados en 1858 por La ssépas en s ervic io de a podera do de los interesados. ..................... ............. 1009 Anexo 14. Títul os pose ídos de ti err as de g anado may or, no curs ados por La ssépas.1015 Anexo 15. C oncesiones de sitios de ganado ma y or entre 1768 y 1880. ......... 1019 Índice __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ Anexo 16. Errores detectados en las fecha s de concesión indi cada s en las anotaciones de L assépas. .......................... .................................................... 1023 Anexo 17. Visitas sin hue lla registral en fuentes, con posición conocid a en mapas............................................................................................................ 1024 Anexo 18. Relación d e sit ios de gana do ma y or ci tados en los anexos 10 a 17 (neta de duplic ados). ......................................... ............................................ 1 025 Anexo 19. Ranchos localizados que pudieron ser parte de las tierras misionales de ganado ma y or con r eferencia a los mapas del INEG I ... ............................ 1045 Anexo 20. Voces de los inventarios de 1733 correspondientes a pinturas, imáge nes, retablos, orfebrería en metales pr eciosos, casullas, dalmáticas, instrumentos musicales y campanas. ............................................................ 1050 FUENTES DOCUMENTALES ........................... ...........................................1059 BIBLIOGRAFÍA ..............................................................................................1071 ÍNDICE DE CUADROS ...................................................................................1093 ÍNDICE DE ESQUEMAS ................................................................................1115 ÍNDICE DE FIGURAS ....................................................................................1117 ÍNDICE DE F OTOGRAFÍAS .........................................................................1119 ÍNDICE DE GRÁF ICOS .................................................................................1123 ÍNDICE DE PLAN OS .. ....................................................................................1125 ÍNDICE DE PLAN OS SATELITALES .........................................................1127 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ___________ ________ _________ ______ _______ ___________ ____ ______ Capítulo I. I ntroducción. 1 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Capítulo I INTRODUCCI ÓN 2 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Dª Selene Enciso, en cu y a cabeza desc ansan perfectamente cl asifica dos todos los documentos del Archivo Histórico Pablo L . Martínez de L a Paz (México) formuló la pre g unta mientras posaba el mapa solicitado sobre la mesa, des pués de explicarle con detalle el objetivo de mi tesis. —Entonces, ¿cómo lo hicieron? L os jesuitas… ¿cómo consig uieron hacerlo? El párroco de la i glesia d e Nª Sª de Guadalup e, D. Hugo Chavi ra, rompió un silencio de varios minutos en el coc he, camino de la misión de San Luis. —¿Cómo hicieron, los padre s jesuitas… cómo llegaron aquí? Chemel Espinoz a, ranchero que lleva toda su v ida viviendo frente a la portada de la mi sión de S an Luis, allá donde el porche de su casa linda con los escalones del antiguo almacén, entrecerraba los o jos sin separarlos de l os r estos de la presa de piedra . —Y díga me ¿ cómo “hisieron” todo esto? Una investiga dora, un hombre de Iglesia y un d esce ndiente de uno de los soldados que acompañaron a los jesuitas en la construcción de lo que unos años después sería un Est ado mex icano, formulan la misma duda ¿Cómo se contesta a estas preguntas? Desde su mismo comienzo, han transcurrido más de trescientos años de estudio, bajo diversos aspectos, de la gran hazaña de los miembros de la Compañía de J esús en ti erras cali forniana s. C onocemos l os hechos, los person ajes, los documentos que ellos escribieron levantando la vista del papel para ve r el sol esconderse en l as inhóspi tas sierras de más allá de las palmeras, dando lugar a los mismos leg ajos que he mos tenido en nuestras enguantadas m anos al visitar los archivos. Hemos tenido acceso a los escritos de los misioneros y de los cronistas, los compendios de los investigadores y d e las eminencias que h an r ecogido sus conocimientos, sus opiniones y el resultado de sus estudios en libros que han sido leídos con avid ez… y cuando se nos pregunta por esa histórica gesta, apenas sabemos balbucear unas palabras, conscientes de que es d ifícil comprende r la obra de aquellas g entes. Al último de estos tre s “c uriosos” habría que explicarle antes lo que era la Compañía de Jesús, lo que no es nada fácil… No somos pocos los que nos hemos hec ho la misma pregunta. Nos consuela saber qu e la vo cación en una de las mentes más privilegiadas qu e se h an dedicado al estudio de la histor ia misional de la Califor nia nac ió, precisamente en circunstanc ias parecidas a las nuestras: “Cómo se pudo levantar y sosten er una misión en aquellos para jes? , ¿cómo enfre ntaron los soldados y r elig iosos aquel la inmensidad, aquella soledad? y ¿ qué o currió con los pueblos indígenas que por generaciones habían habitado las árida s tierras tras la lleg ada de la espada y de la cruz? ” (Salvador Bernabéu e n la presentación de la obra de Taraval, 1996: 11). Capítulo I. I ntroducción. 9 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Ni mucho menos están nombrados todos los investigadores que han h echo importantes aportaciones al c onocimiento de la Compañía de Jesús en la península. Hemos enumera do algunos de ellos con el fin de ilustrar algunas de las dif erentes miradas desde las que se puede contemplar el hecho misional y es tan amplio el ab anico de temas como la concreción de los datos, que en muchas ocasiones no se permite clarificar la interrelac ión entre las part es del estudio misional. Volvemos a poner sobre la mesa la necesidad expuesta por algunos autores de sis tematizar la óptica del aná lisis del hecho c aliforniano. Nuestra opinión es que e stamos ante una gran oportunidad de acometer este estudio, pues hay mucho conocimiento disponible realizado por investigadores de ex traordinaria solvencia y que aportan datos con más objetividad de la que ha habido nunca. Estamos seguros de que este trabajo no constit uye más que el inicio de un recorrido en el que habrán de aliarse enfoques diferentes, procedentes desde distintas disciplinas en la búsqueda de visi ones más completas. Trataremos de cubrir algunas de las lagunas que quedan entr e l as relaciones propuestas por los autores citados y otros que, como ellos, amplían l os campos de la visi ón histórica. Asimismo, somos conscientes de que serán prec isas futuras correcciones en base a datos aportados que ahora mismo no están disponibles o que pueden proceder de fuentes no consultada s, lo que no sería ex traño da da la dispersión de las mi smas. I.4. Fuente s consu ltadas Desde el comienzo de la investigación, el primer problema con el que nos encontramos fue el de la dispersión de las fuentes que podían aportar dat os de la empresa californiana jesuita. Al gran número de autores y obras sobre el tema se une la sabid a costumbre de los jesuitas de escribir, por lo que la ta rea de b úsqueda de las fuentes primarias se nos imaginaba ardua. L lama la atención al leer los primeros textos sobre el ex trañamiento de enero de 1768, que entre los pocos efec tos que los misioneros pudieron llevar co nsigo al s er expulsados de la California figuraban algunos libros, papel, pluma y tinta con la que escribir. Así, en efec to, sus c artas, crónicas e informes se multiplican comprendidos entre los miles de legajos de los archivos y c olecciones privadas de Europa y las Américas. La comentada y p rofunda búsqueda qu e los indicados y otors investigadores han llevado a cabo en los archivos, presenta la ventaja d e que muchos de los documentos relevantes para nuestro trabajo están disponibl es, aunque en ediciones limitadas. Sin embargo, nuestros objetivos documentales han sido mu y c oncretos, pues pretendemos ac ceder al detalle de l a realidad de los recursos y esos datos son difíciles de encontrar. Los jesuitas documentaban cualquier variación de los recursos en libros y registros contables, cu yos movi mientos se encontraba n amparados po r recibos, inventarios, u otro tipo de pruebas documental es que se realizaban en todas las misiones, pero existen muy pocos de ellos. Pensamos que la realidad qu e sale a la luz al final de este trabajo justificó en un momento dado la convenienc ia de su desap arición. 10 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ No se puede tener un enfoque integral de la Compañía sin estudiar muy detenidamente las Fórmulas, las Constituciones y los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, dado que son la raíz de toda la estructura mantenida a lo lar g o del t iempo. La lectura de est as tres fuentes nos permite ser consciente s de que la fi g ura del misionero es compleja y completa y los textos que contienen son el impulso con el que los jesuitas llevará n a cabo sus misiones. El acceso restringido a los archivos e spañoles por c ausa de la pandemia del COVID-19 se ha vist o compensado por el avanz ado estado de la di gitalización de los principales, como el Archivo Gen eral de I ndias de Sevilla (AG I), que ha permitido un im portante ahorro de tiempo en la consulta de l as seccio nes de Guadalajara, Patronato e I ndiferente General, encontrándonos con qu e la mayor parte de los documentos con interés para nuestro trabajo ya están referenciados y parcialmente transcritos en al guna s obras de los investigadores. El Archivo Histórico Nacional d e España (A HN) ha sido consultado en el área de Instituciones del Antiguo R égimen y en Instituciones Eclesiásticas (Clero Regular / Jesuitas) en el que se cons erva n documentos de temporalidades de 344 instituciones jesuitas, pero no había ninguno de las mi siones californianas ni de la Procuraduría de las Misiones de California de l Colegio de San Andrés en la ciudad de México, que era nuestro objetivo. En general, debemos agradecer la cooperación recibi da de los responsable s de los archivos e instit uci ones a los que nos hemos dirigido, sin embargo, en e l ca so del Archivo de Esp aña de la Compañía de J esús en Alc alá de Henares (AES I- A), no tuvimos esa sensación. L os fondos del Ar chivo no están digitalizados, lo que no permitió preseleccionar las direcciones de investi ga ción que debíamos seguir. Respuestas vagas a nuestras preguntas, índices que nos presentaron claramente incompletos, just ificac iones para no entregar algunos legajos solicitados con la excusa de que esas secciones estaba n reordenándose o aleg ación de insuficiencia de personal fueron el producto de un viaje infructuoso a Alcalá de Henares, en el que esperábamos encontrar huellas de los pasos de ciertos artículos por los puertos de Sevilla o Cádiz entre los documentos del Ofic io de I ndias de Sevilla. Es posible que nuestra intención de búsqueda no re sultara de su agrado. El Archivo Nac ional de Chil e (ANCH), en el Área “Jesuitas de América” conserva 433 documentos de l Fondo de la J unta de Temporalidades de la Compañía de Jesús, documentos que en su día formaron parte de los fondos del Archivo Histórico Nacional de España y que, tras increíbles avatares, fueron comp rados y depositados en el citado archivo chileno. Están tota lmente digitalizados y contienen los inventarios de las temporalidades de l a ma yor parte d e los colegios y casas d e la Compañía. Entre ellos , están algunos de l a Procuraduría de las Misiones de la California en Mé xico, salvo los libros y registros contables. El catálogo d el Archiv o del Instituto de Investigaciones Históricas de México (IIH) nos ha permitido solicitar, previa su consulta digitalizada, copias de algunos docum entos, aunque con los retrasos o riginados por la p andemia de l COVID-19. Las colecciones de revistas también están disponibl es en internet, Capítulo I. I ntroducción. 11 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ permitiendo acceder a la l ectura d e al gunos artículos re lacionados con la historia de la Baja California. La composición de los m apas de los entornos misionales y de los caminos y la localización de los ranchos, lugares herederos de los antiguos “pueblos de visita” ha sido posible mediante la descarga d e document os y archivos di gita lizados en el Instituto Na cional de Est adística, Geografía e I nfo rmática de Méx ico, disponibles, no sólo en versiones actualiz adas, sino algunas ant ig uas que mostraban ran chos que actualmente e stán deshab itados y arruinados. Somos conscientes del privilegio de pod er consultar los recursos e n formatos di g itales que fa cilitan plataformas como la Biblioteca Virtual Cervantes, Dialnet, Google Aca démico, la B iblioteca Digital Mundial, la B iblioteca Digital de América, etc., que han permitido ac ceder con gran comodidad a textos que no están disponibles comúnmente en las estanterías de las bibliot eca s. El Diccionario de la RAE, el de Americanismos y el de Autoridades han permitido encontrar el significa do de palabras desconocidas en España y de uso fr ecuente en La tinoamérica o y a desaparecidas. No exist e bibl iogra fía sobre los entornos geográficos de las misiones, ni más descripciones de los lu gares misionales y de las estructuras hídricas que las contenidas absolutament e dispersas en los escritos de los misioneros y de los cronistas posteriores. P ara ello, y para consultar documentos en los archivos mexicanos, nos desplaza mos entre el 16 de octubre y e l 21 de noviembr e de 2021 a la C iudad de México y a la península de Baja California. El pro y ecto corre spondiente no obtuvo la deseada a y uda de los fondos de la AUIP, por lo que el trabajo de campo y archivos fue sufragado personalme nte en su totalida d por el doctorando. Aunque existen múltiples organismos y pro gramas, entre ellos de esta Universidad de Granada, la permanencia mí nima requerida e ra imposible de ser asumida por el mismo, dada su situación persona l y familiar. Esta estancia de cinco semanas de duración fue altamente provechosa, como podemos j uzgar a continuación. La fuente archivísti ca que más documentos de utili dad ha proporcionado para este tr abajo ha sido, sin duda alg una, el Ar chivo de la Nación de México (AGN). L os í ndices disponibl es digitalizados y fácilmente accesibles nos han permitido c onfeccionar una extensa ag enda de consulta de documentos preseleccionados en nues tra visi ta al Ar chivo entre el 16 y e l 26 de octubre d e 2021. Aunque todavía e staban vige ntes a lgunas medidas de prote cción c ontra el COVI D- 19, la cooperación de los funcionarios y un permiso especial de consult a nos permitieron ac ceder a los fondos previstos y a algunos más solicitados a la vista de la lectura de algunos de ellos, aunque sólo pudiéramos disponer de un l imitado número de horas de cons ulta. Fueron foto grafiados legajos de las series Californias, Cárceles y Presidios, Archivo Histórico de Hac ien da, Jesuitas, Provincias Internas, Misiones y muchos otros de la s ección Indiferente virreinal. Nuestro objet ivo era conseguir el máx imo de documentos contables, las memorias de los envíos a las misiones de California y documentos relativos a ciertas operaciones r ealizadas por el Fondo Piadoso de las Californias. 12 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ El Ar chivo Histórico de B aja Califor nia Sur “Pablo L. Martínez” de La Paz no está contenido en un antiguo edificio, sino en unas modernas instalaciones que contienen numerosos documentos y una interesante bibl ioteca de la historia del Estado de Ba ja California Sur con unos índ ices mantenidos al día. La amabili dad de los empleados y su conocimiento de los tema s objeto de l Arc hivo fue clave pa ra acceder, no sólo a los documentos que llevábamos previamente seleccionados, sino a otros relac ionados con ellos cu ya s referencias no s facilitaron. Este Archiv o es una visita obligada par a cualquier estudioso de las mi siones y de él obt uvimos informaciones muy concretas sobre algunos de los primeros ranchos californianos, mapas de los entornos misionales y bibliog rafía, pudiendo a cceder a algunos libros publicados en edicione s mu y limitadas. El Archivo Histórico de l Agua en Ciudad de México contiene mucha documentación antigua d e los pro y ectos y obr as h ídricas del p aís. El catálogo está digitalizado, pero no los r eg istros documentales, tarea especialmente compleja dado el carácter técnico de su s contenidos. Aunque llevábamos seleccionados algunos documentos para una la rga consulta, el retra so en el AGN nos impidió tot almente disponer de los días necesarios para tal trabajo. Existe una revista de la instituc ión, el Boletín del Arc hivo Hist órico del Agua, digitalizada desde su número 20 y los índices desde e l 12. La consulta de docume ntos antiguos sobre concesiones de tierras en el Registro A grario de La Paz no dio ningún resultado positi vo. L os expedientes históricos fueron transferidos a la Casa Cultural Jurídica de La Paz hace unas décadas. Dirigidos a la citada C asa, solicitamos información sobre expedientes de las expropiaciones a la Ig lesia en el siglo XIX. N os emplazaron para una semana después, con el fin d e poder preparar al guna s rel aciones. P asado ese plazo, no las tenían ni tan siquiera iniciadas: “estamos pocos trabajando, ¿sabe Ud.? ”. Nuestro objetivo era ver si en esos expedientes figuraban algunos planos de los e ntornos misionales, pero conside ramos que las tierras allí recogidas serían las resi duales después de las distintas concesiones, por lo que tampoco representarían datos absolutamente fiable s. Entre los días 4 al 19 d e noviembre de 2021 y e n el curso d el trabajo de campo, fueron visitados los emplazamientos de todas las misiones, salvo las de Santiago, San José del Cabo, Guadalupe y S anta María de los Ángeles. Las dos primeras porque el entorno de la antigua misión estaba absolutamente urbanizado y los templos no e ran los originales edificados p or los misioneros. La mi sión de Santa María de los Án geles estaba demasiado lejo s para ser visitada en un número de días tan reducido, quedando sólo en pie algunos muros de adobe que, estimábamos, no podrían aporta r resultado al guno al trabajo. El des plazamiento a la misión de Guadalupe tuvo que suspenderse al estar corta dos los a cce sos a través de la carretera d e terracería por la última tormenta. L os objetivos de las visitas eran la estimación aproximada de las tierras potencialmente ex plotables por los misioneros y la identificación de las instalaciones hídricas con las qu e fueron cultivadas las tierras. Capítulo I. I ntroducción. 13 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ En la ciudad de Loreto, donde radicaba el rectorado misional jesuita, fue visitado el Museo de las Misiones, una cuidada co lección de piezas antigua s de un valor artístico o antropológico inestimable. L a ma y or pa rte de los objetos coinciden con las descripciones de los inventarios mi sionales aportando la visión de sus dimensiones para comprender diversos aspectos de la vida misional que permiten reflexionar sobre determi nados datos o hec hos referidos en las crónicas. Otro museo con un buen número de ornamentos y objetos permanece abierto en la misión de San Francisco J avier, algunos de ellos coincidentes con descripciones de los inventarios. Un museo q ue esperábamos poder visitar en la misión de San I gnacio estaba cerrado en los días de permanencia en la misma. El párroc o de la i glesia invitó a este doctorando a dormir dos noches en la estancia que fue de los soldados misionales, sin duda una experienci a personal inolvidable. La bibliografía fue obt enida, aparte de en el men cionado AHPLM., en su práctica totalidad de dos fuentes. La primera es el conjunto de las bibliot ecas de la Universidad d e Granada, constitu y endo un p rivilegio y un v erdadero pl ace r e l escoger las obr as, bien a través de su perfecto sistema de acceso a los catálogos, o bien disfrutando del paseo entre las estanterías de las muchas bibliot ecas de los Centros y Facultade s de Granada. La segunda es el aprovechamiento de un servicio mu y ut ilizado para la consulta de li bros que no están disponibles en la Biblioteca de la UGR, es el del “préstamo interbibliotecario”, que nos ha servido para poder acceder a más de cuare nta ejemplares de otras bibliotecas esp añolas y americanas. Somos conscientes de la g ran ventaja que supone esta p osibilidad para el progreso de la investigac ión. La bibliot ec a d e la Facultad de Teolo g ía de Gr anada ha sido otra de las fuentes mu y utilizadas de bibliografía jesuita. El catálogo de obras está totalmente digitalizado y el acceso para la investi gación cuenta con todas las facili dades, incluido el préstamo y la petición, a través de ella, de obras qu e no están pr esentes en la biblioteca y sí en otras instituciones jesuitas. Como apuntábamos, muchos de los documentos r e lativos a la historia de la Baja California están depositados en importantes bibliotecas estadounidenses. Así, hemos podido solicitar o comprar copias de documentos en la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California en Berkele y y d e la Colección W. B. Stephens dentro de la C olección Latinoamericana Nettie Lee Benson de l a Universidad de Texas en Austin. De ambas conseguimos varios informes de visitadores je suitas a la península ca liforniana. Finalmente, la fuente más preciada para el desarr ollo de e sta tesis han sido las conversaciones con las personas. Pro fesores y estudiosos de arquit ectura , historia y biolo gía de la Universidad Nacional A utónoma de la Ciudad de México y de la UABCS, investigadores y funcionarios de los registros y archivos que han regalado su tiempo o freciendo sus conocimientos con la esperanza d e que algo de lo hablado pudiera ser d e nuestro int eré s. Hemos podido hacer pr eguntas sobre las antigua s misiones y otros lugares a sacerdotes cuya labor pastor al en la Baja 14 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ California está más cerca de los cometidos misionales que de la tarea que asociamos comúnmente a su vocación. Pero sobre todo, han sido espec ialmente fructíferas las conversaciones con ranc heros y “gentes del lugar” que narran historias, relatan hechos de p ersonas desaparecidas ti empo at rás relatadas por sus p adres y sus abuelos… y es ahí donde la c harla se c onvierte en fue nte, es en ese punto en que la mirada del cu rtido ranchero evo ca, recuerda, añora los tiempos en los que se cultivaba, se vendía, se gastaba en colorid as fi estas… momentos en los que el tiempo re trocede y las palabras concuerdan con los escritos permitiendo adquirir la dimensión de alg o de lo que este trabajo se alimenta. Somos conscientes de que los archivos podrían haber sido consultados con más profundidad, pero nos hemos visto oblig ados a buscar un equilibrio entre el tiempo dispo nible, el tra bajo de investi gac ión y la posibilidad de obtener resultados útiles de esfuerzos complementarios. El pl azo de veinte días p ara visitar las misiones, el haber proseguido c on las búsquedas con resultados infructuosos en los archivos mencionados, incluso la pesquisa e n de ter minados documentos cu yo tex to ha sido tr anscrito d e forma incompleta en las c olecciones publi cadas, y ot ras muchas posibilidades, se nos antojan fuentes no suficientemente ex plotadas. I.5. Metodología I.5.A. Aspectos metodológicos para el estudio del sistema Debemos dejar claro que el enfoque del estudio de las misiones como sistema no es el objeto preferente de este trabajo, sino la herramienta de la que nos vamos a valer para sintetiz ar un análisis integrado del funcionamiento del mismo, por lo que nos esforzaremos en ser lo más suc int os posible en la exposición de este apartado. La validez de l a aplicación del método ci entífico al estudio de l as ciencias sociales está fuera de toda duda y h a supuesto un gran avance en el conoci miento de los hec hos históricos en las últimas déc adas. El estudio de de terminados he chos históricos desde sus en foques como sistemas no es algo nuevo; y a en 1976 Bertalanffy defendía que “de bemos bus car la aplicación del con cepto de sistema en los ámbitos más vastos posibles, así lo s grupos humanos, las sociedades y la humanidad en conjunto” proponiendo que debemos entende r “la cien cia no como descripción d e singularidades, sino como ordenación de he chos y elaboración de ge n era lidades” (Bertalanff y , 1976: 204). A diferencia de la cienc ia, los momentos que de scribe la historia no se repiten, sólo se han producido una vez, pero sí po demos establecer características comunes a determinados eve ntos acaecidos en lugares y tiempos diferentes, y a que los hechos históricos no suelen ser accident ales, sino que exist en ciertas regularidades entr e causas y cons ecuencias. Esta af irmación no constituye u na re g la infalible. Una cosa es admiti r que un hecho histórico sea o form e parte de un sistema y ot ra distinta es conside rar que, dada un a estructur a análoga en otro tiempo o lugar, se permita pre decir cuál va a ser el resultado. Capítulo I. I ntroducción. 15 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ En el sentido de la considera ción d e la gesta jesu ita californiana como un modelo de evangelización, como lo fue el diseña do en S udamérica , tratamos de partir de la base de hecho s estudiados por los investigadores durante muchos años, para en contrar las causas y rel aciones entre ellos buscándolas entre la estructura, sintetizando para ello sus partes, pero sin pretender c rear un modelo que permita predec ir comportamientos futuros. Podríamos cons iderar que los jesuitas fracasaron en 1767, pero también lo contrario, d ada la huella que dejaron en todo el globo y muy particul arme nte en la actual Baja California. También cabe reflexionar sobre el hecho d e qu e varias veces la Orden ha renacido de sus cenizas y que su hist oria está a medias de escribir. De la misma forma, podríamos comparar la C ompañía con otras estruc turas religiosas de a nálogos fines y medios y estudiar las difere ntes consecue ncias de parecidos sistemas, pero la cul tura ha evolucionado y t ambién, por tanto, el medio del que se nutren y al que se p restan sus servicios. Pensamos que sólo se podrían establecer modelos y ha cer predicciones cé teris páribus , es decir, si todas las demás varia bles permanecieran constantes. Sin ánimo de entrar en discusiones de d etalle, podemos afi rmar que l a Compañía de Jesús, como quizás el resto de las órdenes religiosas, se constitu y ó con el ánimo de construir una cultura difer ente dentro de la I g lesia. Realmente, a lo que aspiraba san Ignacio era a crear un a organización que preservara una cultura determinada , que conser vara la esencia d e la Iglesia Católica pese a cualquier ataque e xterno y la evangeliz ación como forma de expansión de tal cultura. La propuesta de Ignac io del Río y de O rtega Noriega para estudiar las misiones de la California jesuita bajo la perspectiva de su consideración como un sistema, requiere un método de trabajo que se muestre de acuerdo con los procedimientos generalmente aceptados de la Teoría General de Sistemas. En realidad, lo que están proponiendo es que los jesuit as im plantaron una organiz ación sumamente compleja, con unos objetivos a corto, medio y largo plaz o, y qu e estaba compuesta de partes cuyos estudios habían sido e nfoc ados de fo rma independiente, debiéndose a frontar un análisis posterior de las variables como entes dep endientes que aportara valor a la or ga nización misional. Des de la d éca da de 1960, los estudios de las organizaciones se afrontan desde su consideración de sistemas (Bertalanffy, 1976: 4-6). El estudio de una entidad para conocer si responde a la estructura de u n sistema debe ajusta rse a una sistemática de trabajo comúnmente emplea da en la actualidad. La T eoría G enera l d e Sist emas describe los márgenes dent ro de los cuales debe ser considerada la estructura objeto del estudio en función de unas reglas mínimas que, por otro lado, van a facilitar la sistemática del tr abajo. S erá preciso alimentarnos de los hechos históricos descritos por los cronistas e investigadores para construir la estructura del sistema, con la principal preocupación de establecer las correspondencias en tre los datos más concretos que sus estudios han aportado. En este sentido, atenderemos inicialmente a dos requisitos básicos en el estudio de todo sistema: La sinergia y la recursividad. 16 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ La sinergia es la consideración de que el todo de lo que vamos a estudiar es más que la sim ple su ma de sus p artes. En el caso de la C alifornia jesuita, analizaremos c ómo ca da uno de los aspectos que los investig adores han sacado a la luz se relaciona con los demás: las misiones entre ellas, la economía con la log ística, la progre sión de la evangelización con los recursos disponibles, etc. La recursividad es “el hecho de que un sistema esté compuesto de partes con caracter ísticas tales que son, a su vez , objetos sinerg éticos (sistemas)”, es decir, que “tiene propiedades que lo convierten en una tot alidad, en un elemento independiente” (Bertoglio, 1982: 44). Est a es la razón por la que es preciso estudiar cada uno de los aspectos, sus relaciones int erna s y s us carac terísticas, sus relaciones con los demás y su contribución al objetivo común, directa e in directa. Identifica remos los recursos de los que dispone el sistema misional de la Califor nia jesuita y su integración con las otras partes en l a orientación hacia el objetivo. Consideramos fundamental la identificación de la medida del recurso o, al menos, el establecimiento de los márge nes entre los que éste se manifiesta. Uno de los problemas con el que nos enfrentamos al establecer la f rontera del sistema misional ca liforniano es, precisamente, el de establecer su lími te. In ici almente, parece que podemos considerar que es el conjunto de misiones el objetivo de estudio, pe ro el otro lado del Golfo, del que recibían a y udas, también forman parte del sistema. Por la misma razón, cabría considerar c omo una frac ción del sistema misional, los gestores económicos que, desde la capital de México proporcionan los elementos de los que se carecen en la península, y, además, ¿por qué no pudieran formar parte del sistema las altas jerarquías que influ yen en las voluntades de los reye s o del P apa e n los casos de necesidad de amparo? En este trab ajo vamos a considerar que el límite del sistema mi sional californiano vien e im puesto por aquellos elementos propios exclusivamente de la acción evangelizadora en la California, que fueron creados para ese objetivo y consideraremos como parte de un suprasiste ma más amplio aquellos otros elementos que forman parte de la estructura de la Compañía de J esús con independenc ia de si se llevaba a cabo la evangelización en California o n o, como pueden ser el prepósito general de la orden, los pro cura dores de I ndias, o d e la Corte de España o el mismo provincial de Nue va España. La des cripción d el sistema responde en esencia al estudio de los flujos q ue interacc ionan entre c ada una de las partes de las qu e se com pone. Es mu y frecuente, como creemos que ocurre en nuestro caso, que esas partes sean a su vez si stemas de funcionamiento, en el que un procedimiento implique a varias de sus parte s. El esquema I- 1 se corresponde con el cuadro de fluj os que ge neralmente se o frece en un sistema. Capítulo I. I ntroducción. 17 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Esquema I-1. Flujos de un siste ma. Elaboración p ro pia en base a (B ertoglio, 1976 : 71 - 87 ). Distinguimos las partes más genéricas del sistema, los recursos o sistemas de los que se compone, los elementos de control, los inputs de e ntrada y outputs de salida y los flujos int ernos y ex ternos de información y control. Con arreglo a ese proceso, enfocaremos nu estro estudio bajo un p risma análogo qu e se p l asma en el esquema I- 2. Esquema I-2. Flujos en el sistema misional jesuita de la Cali fornia. Elab oración propia. 18 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Consideramos entradas a todos aquellos elemento s que van a formar parte del sistema alimentando las actividades de éste y que, o bien han sido aporta dos desde fuera del sistema, o, por el contrario, han sido generados en e l interior del mismo para permitir cumplir con los objetivos finales. El volumen de cada uno de esos elementos diseñará el modo en el que se b uscará la conse cución de dicho objetivo. La s salidas d el sistema están constituidas por los elementos fin ales que constituye n el objeto, en este caso, la evangelización 5 , que es en sí la tr ansformación de los nativos en nuevos cristianos. También son considera das salidas del sistema aquellos elementos qu e, directa o indirectamente regresan o no salen del sistema realimentando su entrada, como son todos aquellos recursos que se autoconsumen o se interca mbian. El estudio de los flujos enumer ados va a requerir la descomposición en subsistemas del sistema mi sional, estudiando primeramente sus estructuras, volúmenes y dinámicas para después de finir las relaciones o flujos e ntre las diferentes partes del sistema. El esquema I -3 muestra e l aba nico de los subsistemas identificados que componen el sist ema misional y el esquema I-4, pretende remarcar que lo más importante de l estudio es definir las relaciones entre todas las partes del sistema misional jesuita para complet ar la visión ge neral d el hecho histórico con otra más intimista que explicaría finalmente por qué e l hecho transcurr ió de una forma y no de otra diferente. Esquema I-3. Rec ursos / sub sistemas que co m ponen el sistem a misional jesuita en Ca lifornia. Elaborac ión propia. El sis tema organizativo comprende la estructura m antenida en el tiempo por el sis tema, la distribución de la ocupación espacial, la jerarquí a o elementos de 5 Desarrollaremos el análisis s obre el/los objetivos del sistema m isional ca liforniano jesuita en el capítulo II. Capítulo I. I ntroducción. 25 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ de indígenas. Por otro lado, no fue misionero, por lo que es natura l que no prestara demasiada atención a esos detalles. - El pa dre Baegert (Baegert, 1942) escribe su obra e n e l exilio con los principales objetivos de corregir l as imp erfecc iones hist óricas de la obr a de Venega s-Burriel y de fender a la Compañía de las acusaciones vertidas so bre ella en el proce so de expulsión. No se refiere a las visitas por no entrar éstas en el ámbito de tales objetivos. Podría haber sido un fiable cr onista del esfuerzo de la Compañía por poner en march a las visi tas si hubiera dedicado a los resultados obtenidos en ellas parte de su con tenido, dado el conocido temperamento crítico de este autor. - El padre Clavijero (Clavij ero, 1852) no fue misionero, lo que no resta un ápice de solvencia al enorme valor de su obr a. Se preocupa m ás de la p arte espiritual, del ensalzamiento de la labor evangelizadora y del en foque religioso de las fundaciones que de la descripción física del entorno de las misiones. Cuando se refiere a las visitas, generaliza el uso del término con el de rancherías y se presta a confusiones sobre la d ependencia a una u otra misión o sobre a qué visitas diferentes con el mismo nombre se refieren sus fue nte s. - La monumental obra del padre Francisco J avier Alegre (Alegre, 1841) no entra en detalles que permitan la identificación de las visitas. S on referidos algunos lu ga res por sus nombres, pero muy poca s veces concreta si se refiere a un pueblo, visita, ranc ho, sembrado o simple ranchería. - Miguel del Barco (Barco, 1988), por el contrario, es un privileg iado testigo de la existencia de mucha s visitas, en las que, en alguna de ellas, indica si están dedicada s a al g ún cultivo. - Michael Mathes (Mathes, 1977) obtiene de la lectura de las innumerables fuentes documentales, el conjunto de referencias m ás completo sob re l as visitas de la Baja California. - Edward W. Vernon (Vernon, 2002), de una form a sintetizada al describir los lugares misionales, aporta los datos de otros pueblos de visita complementando a Mathes. - Harry W. C rosby , (Crosb y , 1974) nos permi te conocer la situación ge ográfica de las visi tas más cerca nas al Camino Real desde La P az hasta la más septentrional de las misiones jesuíticas. De la relación anterior se deduce que las principales fu entes para el estudio no han sido las obr as e nciclopé dicas relativas a la historia de la evange lización jesuita en la península ca liforniana sino, más bien, la obra de D el Barco jun to con el estudio detallado de las incontables cartas dispersas por los archivos 10 . Citaremos un e jemplo aporta do e n la búsqueda, que no estaba re cogido por los autore s mencionados. Píccolo, e n una carta de fecha 17 de julio de 1717 (Píccolo, 1962: 214) señala la exist encia de la visita d e S anta María de Be goña que adscri be a l a misión de L oreto. En tal se ntido, es necesa rio admitir que, aunque se a poco probable, podemos encontrarnos con la ex istencia de alg una visita no enumerada y a que consideramos que alg uno de los ranchos que estudiaremos más adelante 10 P ara su lect ura, ade m ás de la inves tigación direc ta en los archivos, so n fuentes d e cap ital importancia las ob ras d e grandes investigadores como B urrus (19 63, 19 64, 1982, 1 98 6) y Ma thes (2003, 199 8, 1988 Tomo I, 1977 ). 26 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ pudiera haber tenido en al gún momento cierto tipo de estructura similar a la del pueblo de visita sin que esta c ircunstancia aparezca e n los documentos históricos o en la bibliografía 11 . Fuentes M isiones Pueblos de visita Barco , 1988 Mathes, 1977 Vernon, 2002 Palou, 1994 Mapa s en Crosby, 1974 Santa Mª de la Columna o d e los Ángeles Cabujakaa man Calamajué (Antes, d e San Borj a) 117 181 San Francisco de Borja A dac Santa María (Desp ués misión de Santa María) Calamajué. ( Pasó a ser de Sta. María) 117 181 San Juan 113 226 X San Fco. Regis 113 226 Santa Ana 113 226 Santa Gertrudis Kadakaa m an San Francisco de Borja. (Después misión) 173 X San Pablo 109 149 - 151 X San Ignacio de Kadakaa m an San Joaquín 93 X San Borj a 93 X San Sabás 93 Sta. María Magdalena 93 Los Dolores del Norte (Puede ser Santa Gertrudis o San Pablo ) 93 San Atanasio 93 Santa Mónica 93 Santa Martha 93 X Santa Lucía (Ante s, fue de Santa Rosa lía) 93 Santa Ninfa 93 Santa Clara 93 Santa Ana 93 San Juan Bautista 93 Nª Sª de Guadalupe Huasinapí S. Miguel 81 89 220 X El Valle 90 X San Patricio. (An tes, de Santa Rosalía) 90 X San José d e Gracia 81 221 La Concepción 81 11 Miguel del Barco (Bar co, 198 8: 303-304) apunta hacia un lugar a ocho leguas de distancia descubierto por el capitán Rive ra y Mo ncada en unas m esetas situadas e n una sierra, en las que había agua y pasto, dec idiendo llevar allí “ seiscientas cincuenta reses y ochenta yeguas” sin dar más d atos sobre su situació n. E xaminados los entornos en los m apas del INEGI, 1 :50.000, H12C51 y H12C61, caben dos posibilidades. Una, hacia el norte de la m isión, en los entornos d e los actuales ranchos de Agua Amarga, Agua d e Hi gueras, Masionare o T homas y otro, hacia el sudoeste, en las m esetas cercanas a los ranchos El Salinito o San Germán. Parece lógico que, dada la distan cia y la importancia del rebaño, se hubiera p odido estimar el levantamiento d e una visita, pero no hay ningún indicio de su existe ncia como tal. Capítulo I. I ntroducción. 27 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ San Pedro y San Pablo 81 X Santa Rosalía de Mulegé San Luis 65 Santa Lucía. (p asó a San Ignacio) 65 La Santísima Tr inidad 65 San Patricio ( pasó a Guadalupe) 65 90 X San Marcos (en al gún m o mento fue de La Purísima) 65 Santa Águeda 65 San Lucas 65 La Purísima Concepción de Cadegomó Santa María 73 San Miguel. ( Pasó a Comondú) 73 Cadegomó o La Purísima Viej a 260 ? Nª Sª de Loreto Conchó San Juan Londó 254 53 33 San Ignacio (Despué s, misión de San Jo sé Comondú) 254 - 255 S. Miguel (P asó a ser de S.J . de Com ondú) 254 - 255 Santa María de Begoña San José de Comondú San Ignacio 259 69 57 Londó 259 69 Comondú Viej o 259 57 San Miguel d e Comondú. (Ante s, de otras m isiones) 259 69 55 San Francisco Javier Vigué Biaundó Santa Rosalía 257 57 214 San Javier Antiguo o Viejo 430 San Pablo. (Después, San Javier N uevo) 257 - 258 57 24 214 San Miguel (P asó a ser de Co m ondú) 257 57 24 San Juan Bautista Ligüí No constan visitas adscritas a esta misión. San Luis Gonzaga Chiriyaqui San Juan Nepomuceno 105 Sta. María Magdalena 105 San Hilario. (P asó a La Paz) 105 La Pasión. (Despué s, misión de Dolo res Chillá) 89 Nª Sª de lo s Dolores Apaté- Chillá La Concepción 89 La Santísima Tr inidad 89 La Redención 89 La Resurrección 89 Nª Sº del Pilar de la Paz A irapí San Blas 77 Ángel de la Guard a 77 San Hilario. ( An tes d e San Luis) 77 San José de Caduaño 85 28 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Santiago de lo s Coras Los Mártires 85 Santa María de la Luz 85 San Borj a 85 Santa Rosa- Todo s Santos El Rosario 101 San José del Cabo Añuití La Soledad 97 Santa Rosa 97 Cuadro I-2. Relación de pueblo s de visita r elacionados en l as fuentes que se indica n. Elab oración prop ia. Cuando las visitas se co nstituían como tales, no se realizaba formalismo documental alguno, simplemente el misionero señalaba el lugar de acuerdo con un criterio lógico y pe rsonal, todo lo más, consultando con el rector correspondiente o con algún compañe ro y se levantaba una capilla, aunque fuera de forma pobre y provisional. S in embargo, tras la expulsión y p osterior concesión de predios a indígena s y colonos, se conformaban expedientes y se expedían tí tulos de propiedad, documentos que, aunque no siempre, pueden aportar una valiosa información sobre la utilidad que h a tenido el p redio en sus antecedentes, sus límites y , quizás lo más importante, si ha y alg una indicación sobre algún uso misional. No hemos podido consultarlos directame nte e n los archivos, tarea que se antoja larg a y meticulosa, pero sí hemos podido traba jar sobre l os registros de tales concesiones que detallaremos en el capítulo X. Para estimar si un pu eblo de visita se ha constituido con el fin complementario de explotar agrícola o ga nad era mente una l ocalización, las primeras fuentes son, como no puede ser de otra forma, los propios docum entos que nos informan de su ex istencia. Dentro de l silencio g eneral sobr e el tema, Del Barco es prolijo en proporcionar datos sobre el ap rovechamiento del lu gar. Math es identifica los nombres, p ero apenas suministra otra informa ción complem entaria. Vernon y Crosby no da n dato cualitativo alguno, pero, como se ha indicado, sí dan fe de la existencia y situación de algunas visitas. Una vez completada la re lación de visitas, acometere mos la tarea de situarlas en el mapa. Una de las c aracterísticas que presenta la geografía de la Ba ja California, en relación con su historia es que en la zona ce ntral de la península y en gra n parte del sur, se han mant enido los usos y costumbr es de la vid a rural, los siste mas de explotación ranchera y la escasa densidad de los pueblos y ciudades, por lo que el paisaje ha vari ado relativ amente menos que otras áreas. Los asentamientos de las misiones y visitas siguen constitu y endo v erdaderos o asis y los ranchos que les sucedieron heredaron s u austeridad, permaneci endo en la m a y or parte de las ocasiones en los mismos lugares y conservando l os mismos nombres con los que nacieron los predios. Es por ello, por lo que nos ayuda mos de las rel aciones de ranchos identificados a través de los datos del I NEGI 12 como posiblemente misionales y d e las fuentes para la obtención de datos sobr e la situ ación y producción de los sitios de ga nado mayor y suertes de siembra, estudiando una a una las visitas en relación con las mismas buscando las posibles coincidencias en e l 12 Ins tituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática de México. El detalle de las fuentes con este origen queda detallad o al desar rollar la metodología del est udio de sitios de ganado m ayor. Capítulo I. I ntroducción. 29 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ capítulo V II , donde tamb ién detallaremos en map as la situación geográfica de los ranchos. Para la identific ación d e al gunos lugares, en c aso de duda, nos hemo s ay udado de la consulta de los nombres de los arroy os de la z ona. Resulta sorprendente que, aun siendo mí nimo o nulo el flujo de agua qu e habitualmente llevan éstos, los nombres de las cor rientes fueron tomados, en su día, de lo s de las visitas o ranchos cercanos y vic eversa y que, ho y día p ermanece n y figuran como tales en las re laciones re gistrales y en los mapas del I NE GI. Para el an álisis, la descripción de los luga res y construcc ión de mapas y esquemas, nos he mos ayudado de las informac iones visuales que nos proporcionan los Sistemas de I nformación Geográfica (INEGI, Basemap, Google Earth, etc.) tratados con las a plicaciones ARCG I S y QGI S. Reconoce mos que los resultados obtenidos presentan algunos aspectos incompletos, tanto en la historia de la formac ión de la visita, de su evolución, del detalle de la actividad que allí se desarrollaba y , en muchos casos, de su decadencia. Muchos de estos tem as, a la vista de la es case z de fuentes que nos aporten datos más c oncretos, nunca podrán ser conocidos, pero un adec uado trabajo de campo e n cada lugar arrojaría dat os enormemente importantes sobre la autoría de los vestigios, los lími tes de las siembr as, la cantid ad de g anado estabulado y las posibles rutas del mismo. Ni qué decir tiene que una fuente de v alor inest imable sería poder mantener conversaciones con los actuale s propietarios o con vecinos que nos permitieran concretar los aspectos mencionad os y otros muchos más. En las pro y ecciones orto g onales que s e pr esentan en e l siguiente apartado, se s eñalarán objetos que, para el estu dioso del lugar en relación con la estancia jesuita , son de gran interé s: lugares de h uerta y siembra, p resas, r ediles, a cequias, etc., que puede n haber n acido d e la mano de los misioneros o de los ocupantes posteriores. El interés de tal señalamiento no es la afirmación de estar ante vestigios jesuitas, ante elementos de p roducción en ex plotación, sino apreciar el poten cial que pu do tener aquel lugar, del que los padres de la Compañía pudieron o no e xtraer el máximo beneficio. El análisis de los resultados de este estudio queda muy limi tado por la dificultad de estimar las fecha s ap roximadas de inicio y cese de la actividad de la visita. Las cifras de ind íg enas que suminist ran las fuentes nos dicen que éstos disminu y eron en número, ge neralmente a causa de las epid emias y así nos encontramos con terrenos con un amplio potencial productivo que, probablemente por la falta de mano de obra, no pudieron s er aprovechados. Para estimarlas, nos tenemos que guiar po r las fechas d e establecimiento de l as misiones y t ratar de deducirlas a través d e alguna referencia t emporal, procedimiento que, en demasiadas ocasiones, re sulta proba blemente aventurado pa ra obtener una datación siquiera aproximada. Algunos de los resultados obtenidos, como los de las visitas de San J uan Nepomuceno, Santa Rosa, El Rosario o el Ángel de la Guarda, necesitan de una confirmac ión documental en el Arc hivo General Ag rario, arc hivo que, como y a 30 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ hemos comentado, nos ha sido imposible su consulta por no estar digitalizado y no disponer del tiempo necesario en el despla zamiento realizado a México. El ll amado Camino R ea l de la California, es otra refe rencia histórica p ara confirmar las situaciones de las visitas, de hecho, la bibliografía de Crosb y nos ha permitido señalar al g unas visitas de acuerdo con l as indicaciones de los m apas de dicha obra, pero la red de caminos abiertos por los jesuitas a lo largo de su amplio desplieg ue misional, no sólo se circunscribe a la necesidad de es tablece r comunicación entre misiones, sino entre éstas y sus visitas, como en numerosas ocasiones hacen referencia en sus escritos. Es además notorio en las obras de Crosby, la indicación a que, siempre que era pos ible, las visitas se establ ecían lo más cercanas a las rutas entre misiones, facilitando así el reparto de bastimentos y las visitas de los misioner os, nominalmente con obj eto evangelizador, pero tambi én controlador. Hay, pues, una íntima relación entre los caminos y las visitas. I.5.E. Metodología del estudio de las extensiones misionales En consonancia con la s citadas consideraciones, admiti remos que lo s terrenos misionales no fueron registrados en la época jesuítica, pero sí des pués de la expulsión, cuando éstos fueron dados en p ropiedad a sus nuevos dueños en virtud de las suce sivas legislaciones al efec to. Para localizarlos, estudiaremos los datos contenidos e n las siguientes fuentes: (Río y Altable, 2011) ; (Piñera, 1991) ; (Amao, 1997) ; (Lassépa s, 1995) ; (Beltrán, 2012) ; (Magaña, 2017) ; (Martínez, 2011) y 66 mapas y capas del S I G del I NEGI. Uno de nu estros objetivo s en este trab ajo es intentar reconstruir los entornos misionales, o al menos, dimensionar sus á rea s partiendo de la hipótesis de que las mejores superficies de c ultivo y hu ertas fueron las primeras cuyas concesiones fueron soli citadas a las au toridades, antes y d espués de la independencia de Méx ico. De la misma forma, en virtud de diferentes decretos, parte de las t ie rra s aledañas a las misiones fueron asignadas a los nativos p arceladas en suertes, con el fin de que se establecieran en pu eblos. Asimi smo, y con pos terioridad, las tierras que fueron asigna das a la Iglesia y q ue despué s fueron ex propiadas, debería n informar sobre la entidad de pa rte de las explotaciones agra rias y ganaderas de las misiones. La dispersión de los documentos de transmisión, la i nexistencia de la ma yor parte de los primitivos y la falta d e tiempo para consultar archivos no digitalizados hacen de este estudio una tarea de enorme complejidad que sería motivo de acometer otra tesis o, al menos, un profundo y largo estudio, pero interesa nte sin duda alguna. La s fases del estudio de los reg istros citados han sido: 1. Localización de las suertes de labor y sitios de ganado may or contenidas en las fuentes. 2. Confección de una sola relación de cada uno de l os dos tipos teniendo en cuenta la posible intersección de re g istros y su contraste con los datos históricos de las crónicas. 3. Selección de la s suertes q ue podemos considerar misionales. Capítulo I. I ntroducción. 31 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ 4. Selección de los registros que podemos encontrar en los mapas y capas del SIG. 5. Estimación hipot ética de los límites de las misione s a priori de la visita a los terrenos misionales e n Baja California. En relación con l as tierras cultivables, los escasos e imprecisos datos obtenidos en las cuatro primeras fas es son clara mente insuficientes para delimitar el perímetro mi sional, el conjunto de ex plotaciones cercanas a l a misión. Las mismas fuentes consultadas indi ca n que las peripecias históricas en México y , en especial en Baja C alifornia, han supuesto la desaparición de muchos de los documentos de propiedad y registros de los archivos. En relación con los sitios de ga nado ma y or, a l a circu nstancia que ac abamos de comenta r se sum a que muchos de los primeros propiet arios perdieron las escrituras de las concesiones por d iversas causas, ex plotando terre nos que no estaba clara su propiedad, fusi onando amplísimos luga res bajo un solo nombre que provocaron un “movimiento” en los supuestos asentamientos de los pu eblos de visita y ranchos misionales. Por las causas indicadas no he mos podido desarr ollar la fa se 5 siendo sumamente importante el desplazamiento a los e ntornos de las cabeceras misionales y , a la vista de las diversas fuentes, estimar las superficie s ex plotadas por los misioneros. I.5.F. Metodología para la estimación de rendimientos Un aspecto relevante para poder analizar los resultados productivos de las misiones, entendidas desde la ópti ca de explotaciones agropecuarias, es el conocimiento de los rendimientos de los productos más básicos que allí se daban, los métodos empleados, las variedade s obteni das y el grado de tecnología disponible. La investigación de estos resultados pr esenta varias característi cas que la dificultan. Hemos considerado, a la vista de los escritos de los misioneros y visitadores y las c rónicas posterio res, que había tres productos básicos en la alimentación misional: el maíz, el tri go y la carne. Las ho rtalizas, las frutas y el queso d e cabra tenían una importancia secundaria, al menos para el grueso de la población y otros productos como la lana y el algodón no ha sido posible tener un mínim o d e datos para a prox imar una opinión sobre su suficiencia. Existen poc os e incompletos reg istros c ontables o de producción, a pes ar d e que los miembros de la Compañía eran extremadamente cuidadosos en el registro escrito de las producciones y de su disposición. Además, los pocos e incompl etos registros que e xist en están dispersos en dife rentes archivos de EEUU y México. Los datos suministrados por los cronistas y misioneros jesuitas están ge neralmente car ga dos de subjetividad, tanto en las descripciones como en lo relativo a los rendimientos de la producción, por lo que es n ecesario establec er comparaciones para ase gurar su coherencia ant es de ser tenidos como v álidos. Es, quizás, Migue l del Barc o, el misionero y cronista que más datos objetivos aporta, 32 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ aunque serán necesarios alg unos cálculos y deducciones lóg icas para q ue éstos puedan ser utilizado s. Aunque el número de documentos escritos por los misioneros jesuitas en la California es mu y amplio, es difícil encontrar en ellos datos concre tos de producción. L os libros de contabilidad prácticamente ha n desaparecido y esa e ra la principal fuente de datos y , con toda se g uridad, éstos serían totalmente ciertos. Por ello, los datos de superf icies sembradas, producción y r endimiento, objetivo que tratamos de conseg uir en este apartado, d eberán ser deducidos de forma indirecta del estudio de otras fuentes. Algunos de los datos aportados por franciscanos y domi nicos, continuadores de la obra jesuita tra s la expulsi ón aportan luz e n a lgunos aspectos, pe ro e n numerosas ocasiones sus comentarios no están exentos de quejas exageradas, lo que no impide que sus in for mes más cercanos a la fecha de la expulsi ón puedan ser utilizados como fuentes. Los d atos que revelan los informes, c artas y actas d e entre ga de los franciscanos muestran las circunstancias que nos permiten valorar como relativa, la utilidad d e los datos ofrecidos en ellos y que resumimos: - El periodo de general inactividad que paró la producción, al menos durante seis meses después de la expulsión de los jesuitas. - La falta ge neral de aguas para el riego, aludiendo a la larga sequía que, desde 1767 se generalizó en la península y que duró cinco años. - La s escasas tierras útiles para el cultivo, problema heredado de los jesuitas y que los nuevos misi oneros no c ontribu y eron a su ampliación. - La pla ga de langosta en el sur que mermó las cosechas. - Los retrasos de grano y bastimentos de la contracosta. - Los problemas citados de los expolios y requisas. - La falta de datos en algunos de los tex tos. Estas particularidades i mplican que las cifras que se indic an en lo s inventarios estén, p resumiblemente al go por d ebajo de las produ cciones que podrían ser consideradas como normales en el tiempo jesuita, al menos en los últimos años, salvando en esta época, claro está, las pérdidas de cosechas ori ginadas por las catástrof es. Será fundamental, y podríamos decir qu e constituirá la piedra ang ular de nuestro méto do de trabajo, establecer las relaciones ló gicas entre los datos dispersos para construir referencias de pro ducción que nos permitan seguir avanzando en el estudio y objetivando en la medida de lo posible las conclus iones en cada uno de los aspectos productivos. Aun así, estos datos obtenidos deberán ser cons iderados como un suelo mínimo de producción en determinados casos, por lo que sirve n para aclarar dudas o complementar otros datos obtenidos. Estaremos ex puestos permanentemente a que la aparición de nuevos documentos p ermita apuntar o co rreg ir alguna de las tesis que deduzcamos. Dada la falta d e progresión en la explotación agropecuaria a lo largo del siglo XIX en toda la Baja California, en l a que lo s ranchos, he rencia del modo de Capítulo I. I ntroducción. 33 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ producción jesuita, eran una parte importante de la economía de subsistencia peninsular, tienen validez alg unos datos fec hados 90 años después, casi todos ellos comentados en la obra d e Ulises U. Lassepas. Ex iste un alto grado de cont inu idad posterior en la variedad d e productos cultivados y razas del g anado que se cría bajo el sistema extensivo de alimentac ión en la península, así como a mplias regiones en las que el tiempo parece h aberse detenido desd e hace 100 ó 150 años. Los in teriore s de las sierras todavía contienen ranchos que util izan métodos de explotación y supervivencia qu e se ha n transmitido generac ión tras generación desde la época jesuita. El modo de hacer las cosas en esos casos aporta datos sumamente interesantes que permiten cuantificar algunos re ndimientos. Para la estimación de la suficiencia nutricional ha n sido consultadas varias tablas oficiales y de or g anismos y asociacione s reconocidas, además de una bibliografía esp ecializada que han p ermitido evaluar la contribución de las alimentaciones misional y rec olectora- cazadora, comparando las c oberturas de elementos nutricionales de ambas. La uti lidad de la estimación de rendimientos es un eslabón en la c adena de dimensionamiento de los recursos del sistema mis ional. El obje tivo perseguido en los siguientes c apítulos está basado en la cua ntificación ini cial de l a producción obtenida. De l a comparación entre las necesidade s de producción y las capacidades productivas obtendre mos una visión del sistema misional mucho más objeti va. I.5.G. Metodología para la estim ación de la producción obtenida: la medida de los espacios productivos misionales y la capacidad productiva Como hemos apuntado, la búsqueda de registros sufici entes para recomponer los límites de las ti erras mi sionales aledañas a cada i glesia en las fuentes especificadas ha sido insuficiente. L a estimación de las superficies misionales dedicadas a la explot ación agraria ha sido realizada med iante el desplazamiento a la península de California que se realizó entre los días 27 de octubre al 21 de noviembre de 2021. La visita presencial no ha cubie rto todas las misiones, las de S an J osé del Cabo y la de la de Santiago de los Cor as no podía n ofrecer novedad alguna, pues todos los alrede dores están densamente urbanizados, no quedando huella ni del entorno ni de los templos orig inales 13 . Por eso, las misiones visitadas fue ron Nuestra Señora de Loreto Conchó, San Francisco J avier Viggé-Biaundó, San J osé de Comondú, Santa Rosalía de Mulegé , La Purísima Concepción de Cadegomó, Sa n Ig nacio de Kadakaamán, Santa Gertrudis de Cadamán, San Fra ncisco de Borja Adac, Santa Rosa d e Todos Santos y San Luis Gonzaga Chiri y aqui . 13 No fue posible visitar las misiones de Nª Sª de Guadalupe por encontrarse cortada la car retera de terracería en las fechas de vis ita p revistas y la de Nª Sª de Los Dolores Chillá, po r ca usa d e una avería e n el 4 x4 alquilad o que impidió lle gar hasta el l ugar. P or otro lado , el desplazamiento hasta la misión de Santa María de lo s Ángeles Cabujakaa m an g repr esentaba do s días más de viaje de los que no disponía m os. 34 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ La dinámica que se g uimos en todas ellas fue prácticamente la misma:  Estudio pre vio en ga binete de la zona a recorrer, señalamiento de puntos de interés.  Formulación de una hipótesis previa sobre las instalaciones hídricas y tierras de posibles cultivos.  Localización de alguna pe rsona con conocimientos de los terrenos de l entorno de la misión.  Contacto y conv ersaciones con tales pe rsonas que, en la ma y or parte de las ocasiones se ofrec ieron a guiarnos.  Desplazamiento por el entorno, especialmente dirigido a localizar las instalaciones hídricas y lími tes de tierras de labor. Ge olocalización y foto g rafía de los puntos de interés.  Correcc ión de las hipótes is formuladas pre viamente.  Trabajo d e gabinete para componer planos satelitales, esquemas, planos d e detalle y cua dros de superficies estimadas. Aunque no visitamos la s misiones de Guadalupe y Los Dolor es Chillá, formulamos hipót esis de máx imos de producción posibles en base a las descripciones y estimaciones de sus superficie s estimadas en el estudio de visiones satelitales, planos del INEGI y crónicas jesuitas, que, creemos, han podido proporcionar dimensione s bastante aproximadas a la realida d. El siguiente paso ha sido componer cuadros acumulativos de los resultados obtenidos en el total de la s misiones, cuadros que, con las salvedades que se s eñalan, proporcionan una visión general de la capacidad máx ima de producción en el sistema misional. I.5.H. Metodología para la estimación de necesidade s de producción La s n ecesidades de producción han sido esti madas relacionando las poblaciones a las qu e ha bía que alimentar diariamente en las cabeceras misionales con las c apac id ades m áximas de producción de cereales y carne. De las comparaciones entre ambos datos, hemos obteni do el g rado de cob ertura de las necesidades que, como m áximo pudo conseguir el sistema misional. A partir de ese punto, será preciso estudiar c ómo el sistema obtuvo los rec ursos necesarios. I.5.I. Metodología para la definición de la red logística El sis tema misional, lógicamente , no podía s er capaz de producir todos y cada uno de los artículos necesarios para su supervivencia, a lo más que podía aspirar era a obtener de la tierra los productos de consumo más básicos y del ganado, la carne que complem entara la alimentación, poc o más pudo of recer la geografía californiana. Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 41 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ otro mi sionero jesuita d e S inaloa, Andrés Báez, embarc a en la de Pedro Porter Cassanate de 1648. Ha sta 1669 no vuelven a e mbarcar jesuitas con rumbo a California. Esta vez, los padre s E gidio de Mont efrío y Juan Bautista de Asieta, lo hacen en la expedición de Bernardo Bernal de Piñadero. Exploradores Años Descripción genera l Álvaro de Saaved ra Cerón 1527 Inauguró las explo raciones cortesianas en el Pacifico nortea mericano. Diego Hurtado d e Mendoza 1532 Murió en la trave sía y sus dos e m barcacio nes naufragaron. Los sobrevivient es dieron cuenta de unas islas, la s Marías. Hernando de Grijalva, Diego Becerr a y Fortún Ji m énez 1533 -1534 Dos e m barcaciones. En una, Grijalva avistó las islas Revilla gigedo. En la otr a, el piloto Jiménez protagonizó u n motín en el que perdió la vida Bec e rra. Los amotinados navegaron hacia el norte y descubrier on el extremo meridio nal de la península d e California. Infor m aron de la existencia de placeres p erleros. Hernán Cortés 1535 A la cabeza de un grupo de colonizad ores, puso pie en las p layas del actual puerto de La Paz, al que llam ó Sa nta Cruz. La empresa fracasó por la falta de víveres y la sequedad de la tierra. Francisco de Ulloa 1539 Navegó po r el golfo y se percató de que la California era p enínsula. Dobló el cabo de San Lucas y recorrier on las costas california nas del P acifico. Lleg aron a la is la d e Cedros. Ulloa y parte d e la trip ulación continuaron más al Norte si n que ja m ás volviera a saber se de ellos. Hernando de A larcón 1542 Subió por el golfo casi hasta la desembocadura del rio Colorado. Juan Rodríguez Cabr illo 1542 Navegando a lo largo del litoral del P acífico llegó hasta un po co más al norte del paralelo 38, ce rca de la actual bahía de San Fra ncisco. Muerto en ruta fu e re mplazado po r Bartolom é Ferrer, q uien prosiguió hasta l os 43 ⁰. Francisco Gali 1584 Estas tres exped iciones partieron d esde Filipinas con el pr opósito d e en contrar un sit io en la costa cali forniana donde fundar una colonia que sirviera p ara proteger los intereses españoles en el Pac ifico septentrional. Confirmaron las dific ultades de estab lecer colonos en regione s tan apartad as de la Nueva España. Pedro d e Unamuno 1587 Sebastián Rod ríguez Cermeño 1595 Sebastián Vizcaíno 1596 Expedición par a situar una colo nia española en la península y para explotar sus recursos perlero s. La colonia se estableció en el puerto de Santa Cruz, al c ual rebautizó con el nombre de La Paz. No se cumplieron lo s objetivos econó m icos ni ta m poco pudiero n perm anecer los colonos. A fines de 1596 todos tom aron el camino de r egreso. 42 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ Sebastián Vizcaíno 1602 Reconocieron la co sta cali forniana más allá de los 40⁰ . El reconocimiento geo gráfico que se hizo fue muy a m plio. Vizcaí no r ecom endó el puerto de Monterrey para estab lecer una colonia; su cosmógra fo, el carmelita fray Antonio de la Ascensión, sugi rió la bahía de San Bernabé, en la p unta sureña de la península próxi ma al cabo San Lucas. To m ás de Cardo na, Nicolás de Cardona y Juan de Iturbe 1615 -1616 Dos viajes: uno en 1 615 al mando d e Nicolás de Cardo na y el otro en 1 616, capitane ado por Iturbe. Ambos destinado s a la explo tación de perlas. Francisco de Ortega 1632 -1636 Realizó tres expedicio nes, la pri m era en 16 32, la segunda e n 1633 y la tercera en 16 36. El propósito er a explorar las co st as del golfo par a determinar si valía la pena col onizar la península. Solicitó una cuarta licencia, pero le fue negada. Luis Cestin de Ca ñas 1642 Recibió per m iso par a navegar a California. Su expedición fue br eve y poco significa tiva. Pedro Po rter y C assana te y Alonso Botello Serrano 1648 Exploración po r el golfo, probable m ente hasta el paralelo 29, donde se lo calizan las islas Ángel de la Guard a y Tiburó n. Bernardo Bernal de Piñader o 1662 -1664 Llevó a cabo varias incursiones sin m ayor pena ni gloría. Francisco de Luce nilla 1668 Como las a nteriores, esta expe dición resultó frustrante. Isidro d e Atondo y Antil lón 1683 -1685 Expedición fina nciada por la Corona p ara reintentar la co lonización de la península. Los colonos aca m paro n en La Paz, de donde tuvieron que salir po r entrar en conflicto co n los nativos. Se reubicar on en un par aje que llamaron San Bru no, pero las condiciones adversas del terr eno dieron al traste co n la empresa. Francisco de Ita marra 1694 Obtuvo per m iso p ara ir a Califor nia con recursos pro pios. Su viaje fue infructuoso también. Cuadro II -1. Relación de las expedicio nes a California a nterior es a 16 97. Fuente: ( Altable, 200 3: 53 - 54 ). Este último almirante, adujo una razón de peso para que fueran los jesuitas los que fuera n embarcados con él: “California, a lo menos a los principios, se ha d e surtir y abastecer de la contracosta de S onora; las florecientes reducciones que allí cultivaban los jesuitas podían ser en caso de apuro, por hambre o contagio, la providencia de las que se hicieran en frente, y no sería tan factible si los misioneros fueras otros ” (Bayle, 1933: 93). A pesar de los fracasos, tanto en la colonización como en la simple obtención de una inform ación objetiva de la geografía y riquezas de la pe nínsula, en la segunda mitad del siglo XVIII las autoridades nov ohispanas no cejaron en el empeño de ex pandir el im perio ocupando la California, pues los int ereses Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 43 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ ge oestratégicos cada vez pesaban más y era más necesario consolidar el comercio con Asia. Una nueva licencia es concedida a Isidro de Atondo y Antillón 5 , un prestigioso militar forja do en varias campañas, a la sazón gobernador de Sinaloa. Obtenida la corr espondiente li cenc ia del virrey, y concedidas una serie de peticiones, constru y e dos barcos en Sinaloa. Ent re las demandas de Atondo figura “que se ha de en cargar a los Padres de la sagra da religión de la Compañía de Jesús asistan con los reli giosos y misioneros n ece sa rios ” (Altable, 2003: 6 2). La Compañía desi gna a los padres Eusebio Kino y Matías Goñi p ara asumi r las responsabilidades relig iosas de la nueva colonia californiana. El 1 de abril de 1683 l os dos barcos fondean en la bahía de La Paz, aprestándose a preparar l as defensas y medios d e vida para inicia r la colonización. Ante la esterilidad de la tierra, los barcos cruzan el Golfo para abastec er de lo necesario desde la costa de Sinaloa. El 5 de octubre, la colonia se trasl ada hacia el Norte, creando el nuevo asentamiento de San Brun o 6 . A 3,5 leguas de allí se levanta un seg undo presidio, el de San I sidro (después San Juan L ondó) donde ha y agua y pastos suficientes. Ese sería el posterior punto de partida para el inicio de las expediciones hacia el interior, llegando hasta Co mondú por el Oeste y rec orriendo algunas parte s de la sierr a de la G iganta por el Suroeste. Plano II -2. Fortificación de San Br uno en 1685 . Fuente: AGI. MP-MEXI CO,77. 5 Po dem os leer una interesa nte bio grafía de Isidro de Aton do en Mathe s, 1971 . 6 Sobre el estudio de los restos arqueológicos del asentamiento en San Bruno, se recomienda la lectura de (Ma ndujano y Mattiussi, 20 13). 44 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ Para Kino, cosmógrafo ilustre, la experiencia le aportó conocimientos de la ge ografía, la oro g rafía y del idioma de los nativos, preparando un diccionario que sería uti lizado por los jesuitas en la siguiente expedi ción a la California. La mente de Kino no estaba diri gida hacia un lugar o re g ión dete rminada, su visión de cosmógrafo enl azaba el antes llamado Mar de Cortés con e l Mar del Sur, el Atlántico con Asia, el S ur de lo que ho y es la América del Norte, con la s lejanas tierras septentrionales del Canadá, entonce s, colonias fra ncesas. Bajo estas ópticas globale s, presentó sus planes al provincial, al general de la Compañía, al virrey y a las personas qu e de al guna forma l e favorecían, como la Duques a de Aveiro, co nsiguiendo llamar la atenc ión en varios frentes. Para apo y ar sus tesis, diseña algunos mapas en los que e nlaza por tierra las posesiones en Sonora y la Pimería, y las rutas rec orridas hacia los ríos Gila y C olorado con los contornos cost eros del Norte de l a península de California 7 . En un próxim o apartado de este capítulo detallaremos el plan de Kino, analizando sus propue stas en consonancia con el verdadero objetivo de la Compañía en e l ámbito de la evangelización californiana. Una de las personas que ven posibles sus plane s es el visitador genera l de la Nueva España, J uan María Salvatierra , cercano a l a corte virreinal. La volu ntad de ambos, tras largos silenci os como respuesta, dará como resultado la obtención de la licencia para acomete r la conquista esp iritual de la California. Obligado Kino a permanecer en la Pimería para mediar en las rebeliones de los indios pimas, es Salva tierra quien, ostentando todos los podere s para la futura colonia y misiones en California, ejerce el lidera zgo de la expedición. La exigua flotilla parte d esde la desembocadura del río Yaqui, compre ndiendo una goleta y una lancha con pocos hombres, seis m arineros, seis soldados, y tres indios y aquis. Desembarcan el 12 de octubre de 1697 en el lugar donde después sería fundada la misión de L oreto, in corporándose un mes d espués el jesuita Francisco María Píccolo. Desde ese lugar se inician las primeras expediciones de reconocimiento y los contactos con los pobladores, nativos que ant es se habían r elac ionado con los perleros y los compone ntes de la expedición de At ondo y Kino. No es el objeto de este tr abajo la enumeración d e los innumerables hechos históricos relatados en las carta s de Salvatierra y Píccolo, en las crónicas y en los tratados de los misioneros, sino tan sólo, como y a hemos indicado, nos centrare mos en extraer a lgunos comentarios que se incluy en e n tales obras y que nos permiti rán definir con el máximo detalle el sistema misional y, en particular en este c apítulo, el objetivo jesuita en la Califor nia del Oeste novohispano. 7 Hay n umerosas obras de cartografía q ue reco gen e stos mapas, per o recom enda m os la lectura de una c uidada r ecopilación en León-Portilla, 2 001, extraordinaria obra en la que a los m apas s e añaden comentarios sob re los estudios del autor. Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 45 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ II.2. Los objetivos evangelizadores de la Compañía de Jesús Una de las primeras preocupaciones de los constituyentes de la Orden, antes todavía de tener redactadas las C onstituciones, fue darle forma a un texto que reflejara el compromiso de los nuevos integ rantes, d e aquellos que quisieran contraer la obligación de convertir su vida en u n camino de una sola di recc ión luchando por un objetivo común y así el mismo s e expresa en el capítulo 1 de las Fórmulas de la Compañía 8 : “Una Compañía fundada ante todo para atende r principalmente a la defe nsa y propagación de la fe y al provecho d e las almas en la vida y do ctrina cristiana por medio de [ …], la educación en el Cristianismo de los niños e ignora ntes” 9 . El texto señala que ha y dos objetivos, la defensa de la fe por un lado y la propagac ión de la fe, por otro. P ropone, asimism o, un medio par a lo g rarlos, la educación. Las primeras versiones de las Fórmulas de 1539 y 1540 inciden más en la enseñanza d el catecismo a los niños, mientras que la definitiva de 155 0 incide más en l as obras de caridad, como las visitas a hospitales y cárceles y en la gratuidad de los servicios (Arzubialde et alt., 1993: 16). Esta escueta declaración de p rincipios u objetivos nace en un complejo contexto histórico, especialmente en el orden de los cambios en los paradigmas relig iosos y d e la transformación de los diferentes ámbitos políticos y so ciales. En el siglo X VI, Europa está convulsa po r el nacimiento de nu evas filosofías en lo relativo a las supremacías c iviles, populare s y relig iosas, por las tensiones e ntre los países y por la corrupci ón en los poderes papales. Nuevas religiones na cen en Europa proclamando su independencia de la fe c atólica y como cons ecuencia de ello, nacen nuevas con gregaciones o tendencias radicales en el seno d e la Igle si a, pero aún más para evitar un cre cimiento de las aberraciones blasfemas y proponer caminos alternativos pa ra reformarla, que con el fin de ganar almas para el catolicismo. Sin embargo, una lectura parcial d e las Fórmulas, sin continuar con l a del resto de las Constituciones mostraría unos objetiv os sin un fundamento co ncre to: defender la fe ¿ para qué? ; propagar la fe ¿para qué? El párrafo 2º del capítulo 1º del Examen General e xpli ca el fin último que se c onfu nde c on el mensaje y l a razón de la venida d e Jesucristo: “El fin de esta Compañía es no solamente atender a la salvación y la perfecció n de las ánimas propias con la gracia divina, mas con la misma int ensamente procurar de a y udar a la sal vación y perfección de la de los prójimos”. Y otra pregunta m ás, ¿ por qué? cuestión que contesta san Ignacio cuando esc ribe una instructiva carta a los estudiantes del Coleg io de Coímbra e n la 8 Jesús Corella S.J. se ñala que “no sab emos quién red actó los Qu inque Ca pítula , que es el no m bre ordinario por el q ue deno m inamos a la Primma Instituti Summa del año 1539. Pero que el esp íritu, la cabeza y el corazó n son los de Ignacio, es algo evide nte” ( Arzubialde et alt., 19 93: 13). 9 T odas las referencias a los contenidos de las Fórmulas, E xamen y Con stituciones de la Compañía de Jesús, han sido tomadas de las tra nscripcione s de los mis m os contenidas e n A rz ubialde et alt. , 1993 . 46 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ que les dice que “la ne cesidad de evangelizar nace de la caridad, pues hay almas que, por ignorancia, se pueden c ondenar” ( Ruiz Jurado, 2005: 22). Resulta evidente l a importancia a tribuida a la enseñanza de la doctrina de la fe c ristiana. Con el si glo XVI nace el interés e n que los niños y jóvenes d e l as clases más privilegiadas y, por ende, de la bur guesía, asistan a la inst r ucción en colegios y los j esuitas no se sustraen a tal tendencia. Los ni ños de las clases elevadas serán los dirig entes d el futuro más o menos próx imo y es absolutamente n ece sa rio que caminen por la s enda m arc ada por l a I glesia d e Roma. A los pobres les re sulta imposible asumir los gastos de maestros, libros y desplazamientos. “Será el siglo XVII e l que dé a la sociedad el “hombre honesto; el XVI produjo al ge ntilhombre” (Ravier, 1991: 58). La realidad e ra que el pueblo no estaba bien catequiz ado. Al analfabetismo ge neral, había que sumar la dificultad de ac ceder a libros religiosos escritos en latín, de ahí la importancia de l as imá g enes como medio para adoctrinar al neófito . Había mezcla de cree ncias religiosas y sup ersticiones, fiestas litúrgicas ce lebradas con ritos paga nos o con excesos, actos litúrgicos teatralizados y acceso a las ó rdenes o al clero se cular d e profundos ignorantes, cuand o no de gente inm oral. En las cere monias reli giosas se recitaba n fórmulas o ratorias inventadas y había clérigos y sacerdotes que apenas sabían leer el mi sal. Los co mpañeros jesuitas son conscientes de que h a y una ne cesidad prioritaria en enseñar a los ministros eclesiásticos los contenidos del e vangelio, la predicación, la te ología y la liturgia, porque ese desconocimiento da ría l ugar a la propaga ción de la he rejía y l a superstición: brujería, falsas visiones y milagros, profecías, etc. Una de las primeras misiones que da Paulo III a la Compañía es la de catequizar a los niños de Roma ( Ravier, 1991: 55-62) 10 . El escenario en el que se ha de cumplir con los fin es de l a Orden es global. El párr afo 5 del ca pítul o I del Examen está señalando la inexist encia de lími te ge ográfico cuando el cuarto voto del jesuita prof eso compromete a “ ir dond e quiera que Su Santidad le ma nd are, entre fieles o entre infieles”. El sentido de la obediencia al Pap a consiste, por tanto, en ponerse a su entera disposición para propagar la fe, s er enviado para ello a donde sea, a asumir las misiones encomenda das por el Pap a. Un lema que describe la vocación del jesuita de e xtender su acción evangeliz adora en cualquier lugar del mundo, se muestra en el famoso grabado del g aleón y las f iguras re presentativas de l sa ber, la fa una, la flora, e tc., en la Chronica da Compan hia de J esu do Estado do Brasil (L isbo a, 1663), en donde figura el lema Unus no n sufficit Orbis (u n solo mundo no es suficiente), lema 10 El m odelo inicial d e de seo evangelizad or lo muestra el mismo sa n I gnacio cuando , con anterioridad al proyecto de creación de, tan siquiera un In stituto, solicita al Papa la autorización par a desplazarse a Tierra San ta. Desde 1291, añ o de la derrota final de la ú ltima cru zada, Je rusalén había dej a do de ser un objetivo de conquista e uropea para constituir un a ciudad de un país, Turquí a, al que convenía tener co mo a mig o en previs ión de fut uras guerras; más a ún cua ndo los nuevos descubri m ientos ampliab an otros ca m pos para la evangeli za ción (Füllöp, 19 63: 64). Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 47 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ acuñado con anterio ridad, en 1640, con motivo del centenario de la creación de la Compañía. Figura II -1. Grab ado en la Chron ica d a Compa nhia de Jesu do Estado do Brasil . Fuente: https://twitter.co m/resobscura/status/71 0941906 621038593 descargado en 16 de febrero de 2019. Puesto que la Compañía se sitúa bajo la voluntad del Papa relacionándose éste de distintas manera s con los re y es europeos, y e stando aquella diseminada por los territorios incluidos en sus reinos, será preciso prestar atención a las r elaciones entre el general de la Orden con el Papa y los rey es, espe cialmente con el de España y l as posiciones políti cas y sociales que toman, todo ello con el fin de poder contextualizar los proy ectos y las dire ctrices de los mi sioneros jesuitas (Bernabé u, 2009: 181). Sin ánimo de profundizar en conceptos teológicos sino, más bien al contrario, en un afán de simplificar al máximo el significa do del “ providencialismo ” , podemos definirlo como el conjunt o de int erve nciones de Dios en la historia o ante determinados hechos, con el fin de que el hombre pueda salvarse. L os jesuitas creía n que, d ada la pérdida de crey entes católicos a la q u e estaba sometida la Europa de los siglos XVI y XV II , Dios pro vey ó el descubrimiento de las tierras am eric anas como medio oportuno para facilit ar la 48 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ evangelización procurando así un camino alternativo de salvación. Amé rica se convierte en el campo de batalla de la lucha contra el demonio detentada por la Iglesia de Roma a través de la Compañía, cuyos mi embros adquieren así la condición de “soldados de Cristo” (Bernabéu, 2009: 177). En la evangelización d e las Américas se condensan pues, de modo no excluyente, las máxim as aspiraciones a las que un jesuita puede optar: su conversión en herramienta de la volunt ad divina, la participación en el o bjetivo evangelizador propio de la Orden, la lejanía que permiti rá extender la geog rafía jesuítica y la defensa de los indígenas ante los ataques del Maligno. II.3. Los objetivos de la Compañía en la California II.3.A. Un escenario global Messmacher est ablec e que la Compañía ocupó una amplia región de utilidad potencial par a su proyecto globalizador. Califica esta intención como un primer “objetivo sub y acente” s eñalando que la península californiana se encuentra en un lugar estratégico d el globo, al estar a medio camin o entre Europa y Asia, en un lugar en el que, a través del Galeón de Manila, puede ser transformado en un importantísimo nudo de c omunicaciones e influencias comerciales. Este a specto se traduce en un fortalecimiento de la independe ncia de la Orde n, de su influencia social y de su poder económi co (Messmacher, 1997: 241). Salvador Bernabéu afirma que ex istía una visión g lobaliz adora y totalizadora que influ yó en los pro y ectos ignacianos “…por ejemplo, la e mpresa californiana cob ra más significado si la contempla mos como una etapa intermedia para conquistar China y J apón ” (B ernabéu, 2009: 177-179). Hausberge r complementa esta idea, afirmando que la óptica de observ ación jesuit a es globalizadora , en el sentido de que su visión es universalista, no local , ni regional (Hausberger, 2009: 233). Las expediciones de Kino eran producto de la alta movilidad del mundo en aquella época, nada excepcional, por tanto 11 . La habitatio propia de los jesuitas es l a misión, la lejanía de sus patri as de ori g en. (Haus berge r, 2009: 214-221). Parece, pues, que se diseña una organización transversal, donde e l individuo pone en segundo plano su idea de patria (lugar en donde se nace) frente a la p ertenencia a un lugar a donde Dios dirige su alma y al qu e se debe fidelidad, es decir, a una nueva pat ria supranacional donde l as fronteras sólo están marcadas por el amor a Cristo y a los semejantes. 11 Hausberger continúa en el mismo texto , en relación con la f igura del padre Kino, calificándolo de “supranacional y pr enacional” indicando q ue tenía su patr ia donde se le necesitaba, conforme a las Constituciones de la Compañí a en su T ercera Par te, que afirman “…nuestra vocació n es para discurrir y hacer vida en cualq uier parte del mun do d onde se espera más servicio d e Dios y ayuda a las ánimas ”. Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 49 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Llame mos la atención sobre esta opinión, porque la distancia entre la afirmac ión de que la ide a de p atria p asa a segundo plano y la teoría de q ue una nueva patria (espiritual, pe ro patria) sust ituye a la primera, es, para al gunos autores, corta y d ará pie a la aparición de otro objetivo encubierto, como es el de la construcción de un “Estado” transve rsal g lobalizado 12 . Lo cie rto e s que, fruto de la coincidencia de los objetivos entre la Compañía y los re y es españoles, aprovechando las ventajas que a estos últimos les proporcionaba el Patronato Reg io, los jesuitas supieron ir de la mano de los intereses reales desd e el norte de Nueva España hasta C hile y desde las costas america nas del P acífico hasta las Filipinas, aunando esfuerzos de reducción y evangelización, instru y endo y adoctrinando nuevos cristianos, por un lado, para aumentar la grandeza d el Imper io y por otro, a d maiorem Dei glori am . Como consecue ncia de estos acuerdos y licencias, al en frentarse los intereses de España con diversos país es europeos en Asia (Inglaterra, Francia, Portu ga l, Hol anda), el ge neral de la Compañía se vio obligado a intervenir en numerosas ocasiones c on e l fin de dirimir compete nci as sobre los lugares de evangelización e ntre miembros de la Orden d e diferentes naciones europeas, es d ecir, se p roducen desavenencias locales entre los objetivos de la Compañía con los de las autoridades, que implican la aplicación flex ible de los objetivos, imponiendo límites ge ográficos, como en el caso de Filipinas, en donde la competencia con franciscanos y dominicos y los miembros portugueses d e la p ropia C ompañía, ob ligaron a acotar la acción de los jesuitas españoles a las i slas del Este y Sudeste d el archipiélago, en pleno océano Pacífico (Bernabé u y García Redondo, 2014: 153). La realidad muestra qu e no siempre fue fácil mantener la adecuada equidistancia e ntre e l espíritu e vangelizador g lobal de la Or den con los de lo s rey es de las naciones. L as li cenc ias para evangeliz ar concedidas por éstos en sus territorios convertía n a los misioneros en herramientas de la voluntad real, lo que conllevaba que, en de terminados casos, se defendiera el interés regio en contradicc ión con el interé s de la Compañía. En 1656, el ge neral Nickel “escribirá para advertir a los jesuita s sobre el peligro del pro vincialismo o nacionalismo o de cualquier particularismo en la Compañía que, po r naturaleza y ori g en, tie ne una vocació n univer sal” ( Rui z Jurado, 2005: 31). Sin embarg o, los objetivos estratégicos son diseñados por el general de la Compañía y éste decide en función de los intereses de la misma en cada momento. Hasta que el re y Felipe II no lo solicita en 1565 y 1566, no se envían jesuitas a Indias unos años después, en 1570, estando fijado el objetivo prioritario de la Orden, hasta aquel mom ento, en la evangelización de lugares asiáticos 13 . El proye cto del padre Kino sobre l a conquista espiritual de la C alifornia ha de ser defendido a nte la 12 Este punto apar enta car ecer de demasiada importancia mie ntras el re y de España a dmite su subordinación espiritual al Rey Divino representado por el Papa, pero cuando a partir de la segunda mitad d el siglo XVIII surg e el regalismo, q ue defiende la in d ependencia de los reyes euro peos f rente al p oder tradicional ej ercido por la Santa Sed e, ob liga a recomponer las te sis de las “dos banderas” jesuitas, deriva ndo en las sucesiva s expulsiones de los reinos europ eos. 13 P ara conocer el d etalle d e la demora d e sa n I gn ac io en decid irse al envío de misioneros a Indias, se recomienda la lectura de Pen samiento ignacia no sobre mis iones en América , (Francisco Mateo s, 1956 ). 50 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ corte española po r vía virreinal y por su amiga epistolar, la Duquesa de Aveiro, autoridades qu e int erceden ante el Consejo de I ndias, ante l a S anta Sed e y a nte el ge neral de la Orde n para que envíe misioneros 14 . “Qu e la nao de China, [...] , podrá tener es cala en la contracosta de la California, donde hallarán alivio los muchos enfermos de l mal de loanda y otros que suele traer, y podrá tener un comercio muy ga nancioso p ara todos con las provincias deste rei no de la Nueva Vizca y a” ( Kino 1958: 172). Kino aleg a a nte el rey la conveniencia de la conquista de la Ca lifornia en base a vari as razones, como vemos, no sólo la relig iosa, sino la económica con el fin de despertar un may or interés de la C orona por facilitar la conexión con Asia, lo que, en realidad, constitu y e un segundo compromiso de los padres jesuitas en la península. II.3.B. Otros objetivos subyace ntes Messmacher acusa a la Compañía de querer lograr la asignación de la región en exclusividad, manteniendo su aislamiento geográfico y su marginalidad física, so cial y cultur al (Messmacher, 1997: 243). El hecho real es que así fue. Como veremos más ade lante, Kino y Salv atierra movi eron los resortes necesarios para conseguir tal indep endencia en todos los ámbitos de la conquista de la Cal ifornia. Sin embargo, creemos que, como y a hemos señ alado, se confunde lo que en realidad es un medio para facilitar la evangelización, con el objetivo que el autor señala de posesión exclusiva del territorio. Los j esuitas sabían que no podrían inici ar un a expansión hacia el norte hasta que las misiones no estuvier an consolidadas y que, en caso de éxit o, éstas serían secularizadas antes o después, como en el caso de las de la Tepehua na. Estratégica mente, creemos que más les conve nía log rar el máximo éxito po sible en el cumplimiento de los objetivos acordados con el vir rey, sob re todo cuando es notorio que los “asentamientos fijos de los jesuitas” son los colegios, no las misiones, al tener éstas el citado carácter temporal. C uando se inicia en 1683 el “salto” a la orilla c aliforniana del Golfo, los jesuitas ya llevaban casi un siglo abriendo nuevas misiones y nin g ún cole g io fuera de las grandes ciudades mexicanas, salvo el de Sinaloa, lo que indica su clara conciencia sobre la temporalidad de la gestión de las nuevas misiones. Recordemos que las Constituciones de la Orden, en su capítulo IV, establecen que sólo los cole g ios pueden tener los bienes estables necesarios p ara su uso y habitación y no las misiones (Arzubialde, 1993: 20). Así pues, parece ser di gna de consideración la idea d e que las misi on es californianas sólo aportarían un valor añadido a la 14 Belén Navaj as ( Navajas, 20 09) ap orta un a amplia y pr ofunda visión sobre la figura de Eusebio Kino y se refiere en varias ocasiones a las dificultades que tu vo en lograr los apoyos necesarios para progresar en la Pimería Sonor ense y po steriormente, pr osegu ir con su p lan d e conq uista e spiritual de la California, mano a m ano con Salvatierra. Sobr e la i m portancia de la figura d e la Duquesa de Aveiro y el conte nido de las cartas a ella escritas por el padre Kino, se rec omienda la le ctura de Burrus, 196 4. Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 57 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Guay mas con una estanc ia (e ste pueblo lo evangeliza y funda después el padre Píccolo, siempre para lograr el apoyo a la California) (Burrus, 1961: 75-77). - También en e sta c arta, Kino dice que le c omunica e l visitador Antonio L e al que se l e ha prohibido pa sar a C alifornia Alta tal y como tenía previsto po r el norte. Buscando en Alegre 1841, III: 113, el autor califica la p rohibición como producto “de l de scrédito de los é mulos” del padre Kino, “algunos aún de los mismos jesuitas”. Por eso escribe al general. Sin embargo, en las siguientes cartas d el general a Kino, no se resuelve ni se menciona este t ema. - Carta del padre Kin o al padre general Mi gue l Ángel Tamburini de 14 de diciembre de 1707) . Insiste en el plan de pasar a la Alta California hasta la bahía de Monterre y y llegar hasta el cabo Mendocino, pero n e cesita operarios. (Burrus, 1961: 84-87). De la sec uencia d e estas cartas, observamos que, si bien obtuvo e l apoy o del ge neral Tirso González, ni la iniciativa parte d e la cúpula de la C ompañía, ni se tradujo este interés en la esperada s atisfacción de recursos, sobre todo de misioneros, que el proyecto requería. El sigu iente general, Tamburini, ce sa en la fluidez de correspondencia, por lo que deducimos que la Compañía no asumió como propio, ni antes ni después, el plan de Kino, es d ecir, que podemos afirm ar, por tanto, que el proy ecto no tenía su raíz en un plan global explícito anterior a Kino con origen en la ca beza de la Orden. Más adelante hablaremos del g rado de implicación inicial de los misioneros jesuitas en el plan del padre Kino en su prime ra f ase, la evangelización de la “California Baxa”. Nos causa sorpresa cuando oímos opiniones de autores que a cusan d e “ambición” a la Compañía por el hecho de querer abrir nuevas misiones en nuevos territorios. Imaginemos a la Compañía, a un a fracción de ella o siquiera a un solo jesuita, inactivos, sin intentar evangelizar nuevos grupos de población que desconoce n los preceptos de la fe c ristiana, cruza dos de brazos a nte una “ necesidad espiritual de los semejantes”. De acuerdo con el espíritu de la Orden, no resulta concebible. Las p ropias f uentes del pensamiento j esuita, las cartas edificantes, las Constituciones, los ejercicios espirituales y la propia razón desde el nacimiento como Instituto impiden tal dejadez, “no entendiendo la Compañía para algún lugar particular, sino para ser esparcida por el mundo por diversas region es y lugare s, deseando acertar más en esto con hacer la división el S umo Pontífice” (Constituciones, séptima parte, Cap. I , párrafo 1, e n Arzubialde et alt., 1993: 264). ¿Ambición de expansión? Por supuesto, estamos hablando de la Compañí a de Jesús. Nadie diseña u n sistema para no emple arlo, salvo po r ti empos li mitados en los que la ra zón impong a l a quietud. Como veremos más adelante, la maquinaria jesuita no está h echa pa ra la in actividad. La Compañía es un sis tema dinámico, consustancial a la acción evangelizadora. Si no re cibe instrucciones para nuevas misiones, las propondrá y , al menos, preparará los recursos para cuando llegue el momento adecuado, tal y como hiz o Kino en la Pimería. A la vista de la actividad desarrolla da en las misiones americanas, no podemos imaginar a los jesuitas 58 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ “para dos”. La expansión es la consecuencia inmediata de la consolidación, paso a paso, de un proyecto cu y o fin es la “propag ación de la doctrina de Cristo” a todos los hombres. II.3.D. Las misiones jesuíticas: ¿utopí a o u na for ma de evangelizar? E l conce pto de utopía en los siglos XV I al X V III “Por definición, una utopía es un pro y ecto irr ealizable, un ideal alejado de la realidad” ( Revuelta, 2007: 51). Sin embar go, el concepto de utopía es el producto de la evolución, a lo largo de gran parte de la hist oria, de aqu ellas obras en las que se plantea como tema principal, la descripción de un mundo en el que el funcionamiento de todos los aspectos de la socieda d estuviera supeditad o a un criterio único, un horizonte filosófico qu e orientara todos los ámbi tos de las relaciones sociales y políticas, de las religiosas y del comportamiento humano. En el siglo XVI, bajo el impulso de los deseos de refor ma, se retoman las fuentes filosóficas griegas para sentar las bases d e una nuev a sociedad basada en una nueva posición d el ser humano en la misma y ante Dios. Así, de la e volución de La República de Plató n y de su contradicción conceptualizada en la “topía” de Aristóteles, nacen nuev os pensamientos que se re flejan en obras de u nivers al difusión. C on el único ánimo de esquematizar al máximo y exponer las de may or estudio en el siglo por filósofos en colegios y uni versidades, señ alar emos algunos autores y sus principale s obras, en orden cronológico de publicación: - Erasmo de Rotterdam. ( 1466- 1536).- Manual d el Caballero C ristiano . (1503). - Nicolás Maquiave lo. (1469 -1527).- El Príncipe . (1513). - Tomás Moro. (1478-1535).- Utopía . (1516). - Martín L utero. (1483-15 46).- Tr atados, a partir de 1520 - El Concilio de Trento.- (1545-1563) - Tommaso Campanella (1568-1639).- C iudad del Sol (1602, revisada en 1613). - Francis Bacon (1 561 -1626).- La Nueva Atlántida . (1626). Conscientes de haber d ejado muchos grandes pensadores en el tintero y a sabiendas de qu e las for mulaciones y propuest as de los citados son prod ucto del encadenamiento de obr as y reflexiones de otros tan grandes como ellos, hemos querido incluir el Concilio de Trento porque supone la respuesta a la demanda de reforma que, desde casi todos los puntos de la sociedad y d el p ensamiento se reclama ban 22 . 22 Para comprender de f or m a esq uem ática las relaciones entre estos autores y el concepto de utopía, resulta mu y i nstructiva la lectura de la introducción que l leva po r título “T opía y Utopía” de Eugenio Imaz en “Utopías d el re nacimiento” (Moro et alt., 1973 ), o bra que co ntiene además las ci tadas obras íntegras de Mo ro, Cam pa nella y B acon. De ésta, hem o s extrac tado los siguientes párr afos con el único objetivo de dibujar a grandes trazos el e scenario e n el que se i nicia la co nquista espiritual del Nuevo Mundo. Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 59 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Tomás Moro plantea en su obra l a idea de que Utopía, un reino ima g inario, es posible con un re y -filósofo que acabe con la voracidad de los hombres. Esa filosofía debe adapt arse a los ti empos difere ntes y combatir los nuevos modo s de gobernar propuestos por Maquiavelo, por lo que el punto d e partida es el humanismo cristiano. Desde la óptica de la imitación a Cristo, es posible mantener la propiedad c omunitaria. Moro propugna también una “ relig ión natural universal ” que contenga los valores comunes a las pr incipales religiones del mundo 23 . Como veremos al analizar las diferentes formas de evangelización en Nueva España entre los siglos XV I y X VIII , con el descubrimi ento del Nuevo Mundo surge su conquista espiritual como respuesta a la posibilidad de cre ación de un mundo utópico, perfecto, refor mado y esta opo rtunidad es diferente porqu e, en el ámbito relig ioso, se parte de un desconocimiento absoluto del catolicismo e n el seno de lo s nuevos pueblos, es d ecir, se parte desde c ero, si n la realidad religiosa d eteriorada, sin una sociedad corrompida a la que se había llegado en Eu ropa. Algunos, como los milenaristas franciscanos, entienden que es, po siblemente, una oportunidad de orige n divino para salvar a la humanidad antes de la segunda llegada de Jesucristo. Otros, como Herná n Cortés, se plantea la simple necesidad de im poner un orden de corte europ eo, pero libre de los defectos de los ac usados nacionalismos del Viejo Continente. “América se convirtió en un pro yecto. Se re alizó a im ag en y semejanza de Europa , pero s e hiz o a través de un proceso de revalorización de lo europeo, que produjo el sueño de hac er de América la otr a Europa, mejor que la vie ja” ( Sánchez Méndez, 2010: 9). Los r eyes Carlos V y Felipe II se pr eocupan, po r un lado, de asegurar l a rentabilidad del Imperio; por otro, de respetar y h acer respetar los caminos espirituales marcados por la I glesia a través de las bulas y por otro, en la medida de lo posible pero en un t ercer plano, de d ar sati sfacción a las ideas hu manist as florecientes, no tanto a l as de origen era smista q ue se asocian al des arrollo del protestantismo europeo, como a los influy entes humanistas españoles contemporáne os, al gunos de ellos jesuitas (Lo y ola 24 , Suárez, etc.). El siglo XVI forma parte de una épo ca en las que las ideas se r evolucionan y producen efectos en t odas las ramas d el sab er (político, filosófico, religioso, científico), así como en todos los esce narios religiosos posi bles, que dan lugar a separaciones de la I glesia Católica, como a la apari ción de tende ncias reformistas y contrareformistas en el seno de la misma. En est e conjunto de e scenarios diferentes (la Iglesia, la Corte española, el Nuevo Mundo ), los jesuitas asumen la labor d e evangelización en mu y distintos lugares, irrumpiendo en el int erior de culturas 23 Este p un to es i nteresante porque facilita el ente ndimiento de la postura j esuita en las d iferentes áreas de evan gelización (asiáti ca, africana, americana, etc. ) de buscar los signo s comunes externos entre las culturas y las religiones regionale s co n la católic a, facilitando la entrada del misionero y adop tándolos como parte del c ulto religioso. Muc has veces a lo largo de la historia, los jesuitas han sido criticad os por desviarse de lo s estrictos cánones de lo s misales y protocolo s eclesiásti cos. 24 San Ignacio canal iza u na e norme i nfluencia e n s us Eje rcicios E spirituales, obra con clar as influencias proced entes de la I mitación de Cris to , de Tom ás de Kem pis. “En efecto, el sig lo XV fu e el m ome nto en que m uchos devotos cristianos se sintieron tentados a perd er toda esperanza en su salvación final, y los Ej ercicios Espir ituales o frecieron un ca mino para m itigar aquellos t emores” (Brad ing , 20 15: 33). 60 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ extremadamente diferen tes y adoptando mod elos y soluciones desi gua les, adaptados a entornos diversos. Una de las controversias más difundidas entre los críticos de la evangelización jesuita americana, ha sido la referente al tem a de la concepción utópica de las reducciones y pu eblos misionales de la Compañía, aspecto que conformar ía un nuevo e importante objetivo de la Orden. Hay autores 25 a los que les parece que las reglas de vida y los presupuestos sociales instaurados en las mision es jesuíticas, tanto las par aguay as c omo las mexicanas en general, como las guaraníes y bajacalifornianas en par ticular, constituye n int entos de creación de “ estados teocráticos ” de corte utópico en unos, comunista e n otros, que constituían el primer objet ivo de la Compañía de Je sús. L a dialéctica sobre la construcción utópica de las misiones de la Orden es más apasionada en los historiadores sudamericanos o que centraron sus estudios sobre el hecho jesuita sudamericano, más que sobre el novohispano, aunque para muchos, los dos escenarios están relacionados. La s lecturas sobr e la utopí a jesuita son tan diversas como escritos ha y. Dependiendo del momen to histórico en el que se publicó la obra por primera vez, el modelo jesuita será llamado comunal, a islacionista, teocrá tico cristiano, utópico, comunista o calific ado, simplemente, como el único posible, el inspi rado por Dios o el más acertado. Tamb ién hay autore s, como M anuel Revuelta, que bus can una visión positiva del térmi no utópi co y no lo relacionan con u n objetivo primigenio de la C ompañía, sino co mo un exitoso modelo adoptado en cie rtos momentos y lugares 26 . Enfrentarnos al análisis profundo de c ada autor es una materia absolutamente im posible para nosotros, saliéndose además del contenido de este trabajo, pero no podemos evitar dar al guna s pinc eladas sobre el tema, dado que un estudio sis temático del hecho misional jesuita, requiere el acotamiento, lo más definido posible, del objetivo que persig ue todo el “ supersistema ” misional. Como señalamos en el apartado de metodología, hemos recurrido a la obra de Migu el Meesmacher porque en los c apítulos que tratan sobre el est ado te ocrático y los presuntos objetivos subyace ntes de la C ompañía de J esús en la evangeliz ación de la Baja California, s e sintetizan con un orden bien estructurado los diferentes aspectos sobre los que se apoyan las opini ones pro -utópicas, manifestac iones a las que el autor se une (Messmacher, 19 97: 197-270) . A continua ción, presentaremos estas bases añadiendo breves comentarios en cada una de ellas, mostrando algunos 25 Existen m ultitud de autores e inv estigad ores cuyas obras, con mayor o m enor profundidad, se h an centrado en el est udio de este aspecto, principalmente en el anális is de las mi siones suda mericanas. Pod em os d estacar a Guiller mo Furlong (Furlong, 1962 ) q ue hace suya la defensa antiutóp ica d e historiadores jesuitas co mo P ablo Pastells (Pastells, 194 9), Wilhem K r atz (Kr atz, 1 954) y Antonio Astrain (Astrain, 192 5), arremetiendo ferozmente en sus obras y artículo s contra Ibáñez de Echávarri (Ibáñez, 1770), Blas Garay (Gara y , 1897) y Leopoldo Lu gones ( Lugones, 1907). Ma ría Elena Imolesi expone u n interesante y extr actado est udio sobre la def ensa de la Compañía po r Furlong en Imolesi, 201 4. 26 “Quienes han co nsiderado las reducciones co mo una d e las exp eriencias misionales más admirables de la historia, están tentados a ca lificar las de utop ías” (Revuelta, 200 7: 51). Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 61 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ matices de subjetividad. Repetimos que no es nuestro objetivo rebatir ni sumarnos a estas tesis, pero la referenc ia a estos aspectos nos aportará datos, enfoques y argumentos que finalmente nos permitan valorar e l g rado de veracidad o, al menos, la cercanía a la misma que pue dan tener algunas de las siguientes indicaciones. II.3.E. ¿Estados teocráticos en Nueva España? Una vez s entados los antecedentes y el entor no histórico eu ropeo y america no alrededor d el concepto d e utopí a y siguiendo el estructurado hilo de Messmacher, ac otaremos el hecho de que, en la América meridional, la Compañía es ac usada de buscar un objetivo primordial, la constitución de un estado teocrá tico bajo el poder de los mi sione ros jesuitas, independiente de los podere s temporales de los rey es, así como de su prolong ación a lo largo del g lobo, asegura ndo que hay una ruta d e transmisión de experiencia. Este autor defiende que los misio neros de la Compañía crean el modelo de pueblo independiente y alejado de las autoridades en Mesoamérica (r egión que comprende t ambién la Sinaloa jesuita). Posteriormente, los jesu itas ex portan el modelo al Paragua y . Dicho mo delo es mejorado en Paraguay en base a la experiencia y , en a finales del siglo XVII y a lo larg o del XVIII s e pretende implantar en Ba ja California ( Messmacher, 1997: 14). Insistimos en que los autores, cuya opinión resume Messmacher, plantean que la Compañía de Jesús se dirig ió al logro de una serie de objetivos que él califica de “ suby acentes ” , no definiendo éstos como medios o referencias, separados de los “ aparentes ” de conquista, evangelización y colonización (Me ssmacher, 1997: 240) El esquema que se presenta para ex poner las bases que establecen la intención de formar un estado teo crático en C alifornia está formado por los siguientes a spectos (Messmacher, 1997: 245-298) :  La utilización de la fue rza de los soldados que a yuda a imponer el ré g imen. Es cierto que los jesuitas uti lizan la fuerza en la medida en que la necesitan, pero su mensaje no se apo y a en ella ni tampoco el establecimiento de las primeras relaciones a medida que avanzan a través de la península, son tomas de contacto militares. Es más, el aumento del número d e soldados que c ruzan el Golfo tr as la r ebelión pericú, ha ce peligrar, como se h a comentado, la independencia del poder casi omnímodo que detentaba n. S i hay algo de lo que tr atan los padres misioneros es de evitar el contacto violento de los indios con los soldados pasa do el p rimer contacto con ellos. En todas las crónica s jesuitas se da la coincidencia de indicar e l número de soldados que habitan ha bitualmente en las misiones en las que no h a y presidio (todas, salvo Loreto). Generalmente había un soldado y nunca hubo más de tres. Pa rece desmedido pensar qu e tamaña fue rza pue da servir para imponer un estado teocrático militarista. Lo que sí es cierto, y lo analizaremos más adelante, es que la utilización selectiva del recurso militar, sirvió en determinados momentos, no sólo para sofocar rebeliones o ataques, sino para evit ar el fracaso de la conquista. S ólo tenemos que examinar la entrada de Atondo y Kino, en la que la animadversión de los 62 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ habitantes mantuvo ca si enclaustrada a la guarnición en San Bruno durante dos años. L a presencia permanente del soldado va dirigid a a la defensa personal del misionero, que evita la t entación d e la agresión en algunas ocasiones. “Sería una temeridad la de arriesgarse sin escolta entre los semihombres americanos para predicarles el Evangelio, o solamente el querer vivir sin ella entre los recién convert idos, debido a su veleidad e irreflexión” (Baegert, 1942: 187).  El establecimiento de un orden jerárquic o opresor. No nos parece que el interés por instaurar un orden urbano o rural de corte casi europeo sirva d e apoy o a esta opinión. Co rtés fue el primer gran in iciador del orden, Carlos V se apoya en el orden eclesial para r edactar sus primeras instrucciones, línea seguida por los siguientes re y es de una u otra forma. Tampoco puede ser opreso r en la Californ ia jesuita, un régimen qu e permite a los “súbdito s” salir de él para continuar con las costumbres ancestrales tres cuartas partes del tiempo, sabiendo perfectamente que la rotación se dirige en dirección contraria a la consolidaci ón del adoctrinamiento. Creemos que es nec esario distinguir entre el orden jerárquico que emana de las atribuciones de gobier no concedidas por el virrey pa ra la conqu ista, que las propias en calidad de misioneros, seguidas habitualmente por los mendicantes y jesuitas durante los siglos XVI, XVII y X VIII . Los jesuitas son absolutamente conscientes de que llegará el día en que tales atribuc iones les sean retiradas, po r lo que su ord en jerárquico es tempor al y circunstanc ial no pudien do ser ca lificado de un objetivo de la Compañía.  La posesión de los med ios de producción. Es cierto q ue se valen d e la agricultura y la ganadería para ofrecer a los indios una alte rnativa a su alimentación, pero el hecho real en las misiones californianas es que los únicos beneficiados por la obtención de los insuficientes alimentos son los propios usuarios, padres, soldados y nativos y , de vez en cuando, algunas nuevas o d eficiente s misiones peninsulares. Has ta tal punto no son un vínculo de autoridad sobre los indígenas que, c omo hemos indicado, la mayor parte de éstos pasan tres cuartas pa rtes de su tie mpo fuera de la mi sión, alimentándose d e la caza, fr utos silvestres y pesca en el litoral, como siempre habían he cho dada la falta d e producción de alimentos para todos. Cuando más adelante estudiemos los aspectos de la alimentación en las misiones, analizaremos con detalle e ste aspecto.  La p eculiar estructura de gobierno. Como veremos con detalle, la asignación de cometidos y responsabilidades a los indígenas de las misiones californianas está copiada de los métodos organizativos usados por los franc iscanos, dominicos, agustinos y j esuitas en el resto de l as misiones y en los siglos precedentes en toda la Nueva España, tanto si el pueblo se sitúa en los aledaños de las ciudades, como si se encuentran alejados de ellas. Es cierto que a la c abeza siempre h a y un religioso, pero los cargos los detentan los propios indígenas escogi dos. Creemos que esta jerarquía no constituye el aparato de un estado teo crático pues podría ser extrapolada a cualquier misión o área misional, de cualquier orden y en cualquier Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 63 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ momento, siendo éstas, por tanto, dignas de recibir, el mismo calificativo. Ahondando más en el tema, los padres se quejan en varias ocasiones de la irresponsabilidad de los cargos nombrados. “P or regla general, puede decirse d e los californios que son […] g ente d esorientada, desprevenida, irreflexiva e i rresponsable; gente qu e pa ra n ada puede dominarse y que en todo siguen sus instintos naturales ” (Baegert, 1942: 109).  El control de las r elac iones dentro y fuera de la California, como requisito previo para mantener el aislamiento. El autor hab la de la importancia del comercio con Filipinas, del come rcio de seda efectuado por los jesuitas, de las embarcaciones jesuitas para mantener el co ntacto con Matanchel y Acapulco, etc. H emos comentado las relaciones con el i nterio r novohispano.  Sentar las bases económicas del proyecto jesuita. Uno de los análisis que llevaremos a cabo más adelante, es el referente a las temporalidades tanto financieras, como agropecuarias. La progresión de las nuevas mi siones jesuitas se basaba en la recepción de donaciones y de apo y os de las y a existentes, para lo que estas últimas debían ser económicamente productivas. Un simple vist azo a la o rografía peninsular nos permite afirmar que no se pue de eleg ir pe or ge ografía de entre la g eneralidad de las misiones jesuitas para la obtención de recursos que la Baja California, y ello es así por varias raz ones. Aunque el terreno es mucho, el suelo productivo es escaso y necesita mu cha mano de obra; las cosechas est án sujetas a la eventualidad de cat ástrofes natur ales, salvando el clima desértico que impera durante todo el año; las producciones no eran suficientes para a limentar a los misioneros, soldados, mariner os, familias y neófitos, por lo que hablar de excedentes totales es inj ustificado. S ólo s e exportaron algunos prod uctos procedentes d e las ex plotaciones ganaderas, destinados al interca mbi o por cereales en la otr a costa, como los cueros o algo d e vino “para obsequiar a los benefactores” lo que no r epre senta una magnitud rel evante, dado el ingente volumen de importaciones a la península. Sentar las bases, significa construir bases sólidas de a poyo económico. La California jesuita era un constant e núcleo de generación de déficit. El único aspecto positi vo en el que podemos fijar nuestra atención es el de las bases financiera s y logísticas que generaron recursos en la Nueva España continental para que l a California no fuera abandonada en los setenta y un años de e stancia misional jesuita, de lo que hablaremos con detalle más ade lante.  Intervención en materia social. Es cierto que los jesuitas impusieron varios sistemas de control, sobre los aspectos de g obier no, orden, movimi entos, adoctrinamiento, etc. La may or parte de ellos se basaba e n las e xperiencias de los siglos anteriores de las órdenes mendicantes y de ellos mismos en las misiones continentales, pero ha y que significar que estas medidas, en sí mismas, no son un objeto sub y acente, como cree ver el autor, sino un medio de control. Más adelante analizare mos este aspecto. 64 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___  El control sobre el acceso de la pobla ción civil. T ampoco creemos qu e sea un objeto, sino un medio para aislar a los indi os de las práctica s cuasi - esclavistas y de las malas influencias, según explican ellos. Repetimos lo y a men cionado, los jesuitas fueron conscientes de que las misiones acabarían siendo entregadas al clero secular y qu e las autoridade s corre spondientes serían c iviles, militares o seculares en toda la geografía, pero trataron de que las entregas, los rel evos estructurales, se produjeran cuando los indí ge nas estu vieran evangelizados pud iendo def enderse con los criterios cristianos apren didos y estuvieran en co ndiciones de hacer valer sus propios derechos civiles. II.4. Una corta reflexión A la vista de lo comentado, creemos que, en la p enínsula de California, el único objetivo que está en la mente de los misione ros es el de transformar a los indígena s en hijos de Dios y súbditos del re y de España, para lo que cuentan con unas extraordinariamente amplias atribu ciones. Hay otros cometidos complementarios como la bú squeda de un lugar p ara atraque temporal del Galeón de Filipinas o la exploración de nuevos territorios, pero, para l a O rden, los p rimeros indicados son los objetivos fundamentales. Al menos en lo referente a la Baja California, los mi sioneros jesuitas intentaron crear en las misiones, no unos ce ntros de formac ión -producción capaces de crear excedentes, generando sociedades indefinidamente independientes del poder civil establecido. T an sólo procuraron sobre vivir como buenamente p udieron, aportando, además un plus de es fuerzo p ara expandir los ter ritorios mediante la creación de nu evas misiones para dar satisfacción a “los dos re y es”, el divino y el español. L o que sí parece cier to es que, para ello, adoptaron el modelo de la ig lesia primitiva, de la propied ad comunal, del e sfuerzo de cada uno hacia los de más, “una sociedad que recordara las primeras comunidades de cristianos en la Europa del mundo antiguo” una v ez que “la reforma protestan te hubiera puesto en tela de jui cio la moralidad de la iglesia romana” . Son numerosas las compara ciones, al inicio de la evangelización californiana, entre aquella tierr a y el cielo o el paraíso o, como dice S alvatierra en una carta dirigida al padre Ugarte, donde escribe qu e la Virgen guardaba las perlas de California "para darlas a los que primero buscaren en este reino el de Dios, que es la santa fe de Jesucristo" (Altable, 2003, 108 -109). Añadiremos que, quizás, el esfuerzo por logr ar la indep endencia que algunos autores ap recian en la obra californiana de la Compañía, má s que tener un carácter de Estado paralelo o transversal al poder rea l, calificativo que nos parece excesivo y falto de sol idez en el argumento, sea la de obtene r una ventaja cuantitativa y cualitativa sobre el poder religioso secular y una posición tambié n ventajosa sobre las otr as órdenes ope rantes en América, tratando de cerrar un círculo, además, alrededor de la Tierra , que se tradujera en una c ierta autonomía en el funcionamiento de la Orden mediante el empleo de recursos propios, pero no hemos encontrado n ada concre to que certifique tal plan, salvo la idea original Capítulo II. El o bjetivo del siste m a mis io nal en la Calif ornia . 65 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ ignaciana de expansión por todo el orbe más de cien años antes del desembarco de Kino y Atondo. El hecho de que los jesuitas desembarcaran en California no fue fruto de una idea puntual del rey de España o del virrey de la Nueva España. Desde el mismo momento en que s e consolida la presencia española en Am érica, surgen diferentes intereses p ara coloniz ar l a península cuya s priorid ades y contenidos van c ambiando a lo larg o del tiempo: la n ecesidad de ex ploración de la costa Norte del Mar del Sur, la presencia española pa ra evitar ap ropiaciones de otras nac iones, los ata ques de piratas y corsarios extranjeros, la defensa del Galeón de Manila, la explotación de los recursos, la expansión del I mp erio y la e van g eliz ación de los na tivos. 66 Juan Manu el Guil lén González -Novo ____________ ________________ ________________ ________________ ________________ ___ Capítulo III . Or ganización, dirección y control. 73 __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ procura dor de las Califor nias” (Crosb y, 1994: 137). Nos atrevemos a subray ar que “ parte ” , pero no toda. Desde Hasta Nombre 1697 1717 Juan María de Salvatierra 1718 1722 Juan de Ugarte 1723 1725 Francisco María Píccolo 1726 1728 Clemente Guillén 1729 1731 Sebastián de Sistiag a 1732 1735 Clemente Guillén 1736 1740 Sebastián de Sistiag a 1741 1743 Clemente Guillén 1743 1747 Sebastián de Sistiag a 1747 1750 Fernando Consag 1751 1754 Miguel del Barco 1755 1757 La mberto Hostell 1758 1759 Fernando Consag 1761 1763 Miguel del Barco 1764 1766 La mberto Hostell 1767 1768 Benno Ducrue Cuadro III -2. Visitadores d e la California. Fuente: ( Crosby, 1994 : 145) . Directame nte del visitador de la California dependía el procurador de Loreto , aunque t enía una estrecha r elación funcional con el pro curador de las Misiones de California en Mé xico. Este carg o fue creado en 1728 por el provincial Nieto, aunque y a d esde años antes, el co adjutor Jaime Bravo, realizaba sus funciones como auxil iar del rector de Loreto. En 1730, el padre Echeverría, entonces visitador ge neral de la Nue va España visi ta las misiones y , de ac uerdo con los misioneros más vete ranos, a cuerda unos p untos para acotar el cometido del procura dor en Loreto. Aunque también detallaremos más adelante las funciones de este cargo, es importante señalar que, aunque residía en el recinto misional de L oreto, dependía directamente d el visi tador de la California y no, como en algunas oc asiones se tiene la im presión, del re ctor de L oreto 3 . L a misión de Loreto tenía varios talleres y dependencias, pero el almacén de artículos recibidos de México, de otras misiones o de la costa del continente, e ra responsabilidad exclusi va suy a. También es importante remarcar que él era quien señalaba lo s desplazamientos por mar que debían hacer las embarc aciones y las cargas que debían ser embarcadas. No está suficientemente claro si también tenían alguna r esponsabilidad en la elecc ión o remoción de los soldados y marineros, pu es, aunque Crosb y propone que sí, por 3 Este punto , como vere m os, e s de m ucho interés. Los pro cedimientos econó micos, financier os y logísticos que presentare m o s en los capítulos XIV y XV muestran p rácticas q ue pudiero n ser desconocidas p ara los m isioner os jesuitas, que co nfiaron en el buen hacer y en la ad ecuada ética de las acciones, mientras que lo s pr ocuradores debían conocer necesaria m ente el fondo de ciertas cuestiones que saldrán a la luz en este tr abajo . 74 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ delegac ión del visi tador (Crosb y , 1994: 138 -140), leemos en varias c rónicas que los soldados eran elegidos por su capitán y éste po r el visi tador, lo qu e parece más lógico. Desde Hasta Nombre 1730 1744 Jaime Bravo 1744 1748 Gaspar de Trujillo 1748 1752 Juan de Armesto 1753 1757 Juan Javier Bischoff 1757 1767 Lucas Ve ntura Cuadro III -3. Relación de pr ocuradores de Loreto. Fuente: ( Crosb y , 199 4: 138 ). Desde 1730, los proc uradores de L oreto estuvie ron auxiliados por hermanos coadjutores de la Compa ñía, miembros que no habían realizado el cuarto voto. De ellos se habla poco en las crónic as, salvo de J uan Bautista Mugazábal, qu e había sido alfé rez en el presidio de L oreto y soli citó el ingre so en la Orden quedándose en la misma misión con ese ca rgo. Desde Hasta Nombre 1705 1718 Jaime Bravo 1719 1730 Juan Bautista Muga zábal 1752 1759 Francisco Lópe z 1759 1764 Joaquín López 1764 1767 Juan Antonio Villavieja Cuadro III -4. Relación d e coadj utores d e Loreto. Fuente: (C rosby, 1994: 138 ). A efectos de organización, las mi siones californiana s se estructuraron en tres distritos o re ctorados: el del Nor te, el del Me diodía y e l de Loreto. En c ada uno había un rector y todos ellos obedecían al visitador de la península, que estaba nombrado de entre ellos por el provincial cada tr es años (Clavijero, 1852: 110). El del Norte comprendía las misiones de Guadalupe, Mulegé, San Ignacio, Santa Gertrudis y S an Borja; el Central o de L oreto, las mi siones de L oreto, Co mondú, San Javier y La Purísima y el de Mediodía , las de L os Dolores, San L uis, Sa ntiago, Todos Santos y S an José del Cabo (Crosb y , 1994 : 134). Las responsabilidades de los rectores sobre las misiones de su distrito eran l imitadas: la exigencia y control del cumplimiento de la obliga ción de hacer los ejercicios espirituales, el control de los sacramentos, la cobertura de las sustit uciones y la confesión de los mi sioneros. Ningún cronista denota alguna diferencia en los cometidos entre misioneros y rectores salvo en el trato indicado hacia sus personas en las cartas, en las que, al hablarse de un misionero con el cargo de uno de los tres rectorados, normalm ente se refiere como “pa dre re ctor”. Sobre los soldados y oficiales del presidio de Loreto, el tema es tan importante y delic ado qu e dedicaremos un deteni do estudio en el apa rtado VI.4.E. y aportaremos d etalles s obre sus s alarios y gastos en v arios apartados del capítulo XI V. Baste adelantar que, por primera vez como hemos indicado, el br azo militar Capítulo III . Or ganización, dirección y control. 75 __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ en Nueva España depende en casi todos los aspe ctos de la autoridad del visi tador de la California 4 , quien delega algunas responsabil idades en el c apitán y otr as, pocas, en los misioneros que cuentan con algún soldado agregado e n su misión. Nicolás Tamaral, de scribe los cargos y cometidos de los nativos, tanto e n la cabecera misional como en las rancherías (Río, 2000: 96). En las cabeceras hay t res “justicias principales” : - El gobernador. - El capitán de la iglesia, que mira por el cumplimiento de los rezos, tanto en la cabecera como en las rancherías y estable ce los turnos de asistencia a l a cabecera misional de las rancherías que no están fijas en ella. - El fiscal mayor. En cada ranc hería ha y dos “varas o justicias” y un encargado de los rezos: - El capitán. - El fiscal. - El temastián, que ense ña la doctrina y vela por el cumplimiento de los rezos. Más adelante profundizaremos en estas figuras y s us cometidos, pero aho ra, de momento, debemos fijarnos en que se nombran los carg os, pero aparecen a la vez jerarquía s que establecen la exist encia de un control en tre los mismos nativos. La denominación de “varas” no sólo viene de la costumbre española de los bastones de mando, sino de la entr ega de unas varas a los que detentan algún cargo con el fin de rea lzar su autoridad so bre los de más. III.2. El control de la gestión En el apartado anterior h emos ido desgranado al gunas medidas de control interno al que estaban sometidos desde el genera l de la Compañía hast a el último nativo. La d elegación de autoridad ignaciana se caracteriza por una relación de confianza, en la qu e el q ue ejerce una función por delegación de un superior actúa con un máximo de liberta d, pero sometido a una ob liga ción de informa ción puntual y a otras medidas de control, recibiéndose, además, más apoyo a posteriori de la decisión tomada por el delegado, admitiéndose como just ificac ión de una posible desviación la existencia de ries g os y la necesida d de flexibi lidad (Lowney, 2004: 143). Los p adres jesuitas, sin d uda por caus a del alto grado de formación recibida, eran asiduos escritores d e tratados, libros, cartas, diarios, etc., y r egistraban en sus corre spondencias p articulares gran cantidad de dat os concernientes a sus fu nciones. También estaban obli ga dos a registrar su actividad y los resultados obtenidos en 4 El capitán tenía ta m bién la respo nsabilidad de prohibir la pesca de la p erla en las costas peninsulares a quien no t uviera la autorización necesaria y de cobrar l os quintos reale s por las capturas r ecogidas, en el nombre del virrey, co metido que, generalme nte, tenían los gober nadores. Quizás fuera ese el único aspe cto en el que no dep endía de la autorid ad del visitador j esuita. 76 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ tres tipos de libros o documentos que debían se r cumplimentados sin excusa alguna: las llamadas cartas anuas, los libros de contabilidad y los libros r eg istros sacra mentales. La s cartas anuas proporcionaban información relativa al estado de los centros de la C ompañía en la provincia y cont enían datos sobre el progreso espiritual y temporal, los misioneros presentes, y comentarios de los log ros o incluso de aspectos que pudieran afectar negativamente, pero se desgranaban de ellas también detalles sobre antropolo gía, lengua, costumbres, número de indios, etc. Para su confe cción, cada casa, colegio o misión reda ctaba un informe o puncta pro annuis , el provincial int eg raba todas la s cartas recibidas en las annales provinciae o cartas anua s. Finalmente, con las c artas re cibidas en cada año de todas las provincias, en Roma se guardaban y resumían en el C ompendium annuarum . Así, se daba lugar a que la información que llegara al ge neral, pudie ra estar “filtrada”. Esa posi bilida d es admitida a veces por los mismos jesuitas bajo la justificación de que se trataba de obras “edificantes” (Medina, 1994 : 48-49). Aunque en los primeros años de la existencia de la Compañía en el siglo XV I las cartas dirigidas al general (relaciones) eran escritas cada cuatro meses, des de 1565 se remitían anua lmente a Ro ma. Existen cartas anuas de t odas las provincias jesuit as. Como el destinatario final de la información era el general de la Comp añía en Roma, la ma y or parte de ellas se encuentran en el ARS I ., en Roma. Sin embargo, muchas de ellas han desaparecido, se cree qu e la ma y or parte de las p érdidas pudo producirse entre la disolución de 1773 y la restauración de 1814. Además, parece ser que el propio ge neral, visto e l clima de sfavora ble previo a la dis olución, ordenó la destrucción de gran parte de los doc umentos (Medina, 1994: 34). El hecho es que actualmente, de las provincias españolas sólo hay cartas en Roma hasta 1600, por lo que no podemos rec urrir a esa fue nte para acceder a e llas. Existen alg unas cartas anuas mu y dispersas en varios archivos españoles y america nos. Michael W . Mathes asegura que todas las relativas a Méx ico están compendiadas en “Monumenta Mexicana” (Zubil laga, 1981), aña diendo que hay algunas insertadas en el “Diccionar io biobibliográfico” (Gutiérre z Ca sillas, 1977) 5 . Consultadas las dos obras, no hemos encontrado ninguna que arroje algún dato de interés para este traba jo. Cada una de las operaciones de compra, venta, recepción, entrega, recursos agropec uarios, p agos, cobros, etc., eran re gistra dos en los col egios, casas, residencias, haciendas o mi siones de la Compañía de forma minuciosa, aunque no siempre de la misma manera u observando los mism os criterios. L os visitadores comprobaban al g unas operaciones y los saldos, sobre todo que éstos coinc idieran con los saldos reflejados en las contabilidades de otros centros con los que tenían relaciones. Como veremos, ese era un objetivo en las visitas recibid as en la 5 Los volúme nes X V y XVI d e esta obr a recogen las biografías d e los misioneros de Mé xico del siglo XVIII, entre ello s, los de California. Capítulo III . Or ganización, dirección y control. 77 __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ California jesuita, donde se verifi caba n los existentes entre las mision es y un almacén centra lizado que exist ía en la misión de L oreto. Aunque no ex iste ninguno de los libros contables de las misiones californianas, dedic are mos el capítulo X IV a comentar el detalle de func ionamiento de la gestión financ iera y e conómica en las misiones. Los misioneros est aban facultados p ara administrar los sacramentos, incluido el de la confirmación, por del egación es pecial del obispo de Guatemala, estando obligados, por tanto, al r egistro de los bautiz os y matrimonios c elebrados en la mi sión y a los otros libros que se solían llevar también en las parroquia s, como el de defunciones. Los diferentes avatares históricos acontecidos en l a península de California han provocado la pérdida de muchos de los libros sacramentales. Los que quedan de la época jesuita son lo s que se indican en el cuadro I II -5, e xtraídos de las fuentes que se seña lan 6 . Misión Libro registro Desde Hasta Santa Rosalía de Mulegé Defunc. y matrimonios 1718 1845 San Ignacio Kadakaam án Bautismos 1743 1838 San Ignacio Kadakaam án Matrimonios 1748 1803 San Francisco de Borj a Bautismos 1762 1827 San Francisco de Borj a Matrimonios 1762 1819 San Francisco de Borj a Defunciones 1762 1822 La Purísima Concepción Bautismos 1757 1801 La Purísima Concepción Matrimonios 1757 1801 San Francisco Javier Bautismos 1709 1716 San José de Comondú Bautismos 1736 1831 San José de Comondú Matrimonios 1753 1826 San José de Comondú Defunciones 1737 1826 Nª Sª de los Dolores Bautismos 1739 1748 Santiago de los Coras Bautismos 1753 1769 Santa Gertrudis Bautismos 1751 1812 Santa Gertrudis Matrimonios 1752 1822 Santa Gertrudis Defunciones 1752 1816 Cuadro III -5. Relación de libros sacramentales d e California que se con servan de la ép oca jesuita. Fuente: (Martínez, 2 011 ) y (M agaña, 2017 : 621 ). 6 Aunque los registr os que se citan está n disperso s por varios archivos de México y EE.UU. vale la pena destacar el esfuerzo realizado para recopilar copi as microfilm ada s de muchos de ellos y de otros que se iniciaro n tras la expulsión de la Co m pañía p or Mario Alberto Magaña Ma ncillas en el Acervo de microfilmes del IIH. de T ijuana en Baj a California y por la m onumental obra de Pablo L. Martínez e n su “Guía ” ( Martínez, 201 1), una ordenació n paleo gráfica de todos los registros contenidos e n los libros superviviente s. 78 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Como resumen relativo a la función de control que la Compañía ejercía en los distintos nivele s, mostramos en el esquema III-2 las distintas acciones ex plícitas o implícitas de inspec ción o fiscaliz ación en el sistema misional jesuita californiano. Esquema III-2. Relac iones de control en el siste m a misional de la Calif ornia. Elab oración pro pia. Describimos las relaciones indicadas e n el esquema III-2: 1. El provincial de la Nueva España es nombrado por el general de la Compañía. El provincial remite la s cartas anuas al g eneral. 2. El provincial de la Nueva España es superior jerárquico del visitador de la s Californias y pu ede intervenir en la gestión de las misiones californianas cuando lo estime conveniente. El visitador in forma al provincial del estado de las misiones para que éste confecc ione las cartas anuas. 3. El provincial nombra al visitador ge neral que rec orre las misiones informando de sus estados directame nte al provincial. Capítulo III . Or ganización, dirección y control. 79 __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ 4. El visitador de las Californias nombra o mantiene e n su carg o al proc urador de las mi siones de California en México. Ha y que suponer que este último informara de su gestión y estado de los fondos al visitador de la California. 5. El visi tador de la California nombra o mantiene en su cargo al procurador de Loreto. Este último depende d irectamente del pr imero. Es de supone r que ejerciera un control sobre las existencias y necesidades en sintonía con s u ge stión. 6. El procurador del Méx ico envía las memorias a nuales y acompaña un ejemplar de las cuentas con los movimientos habidos y el saldo que el Fondo Piadoso mantiene con las misiones californiana s. 7. El procurador de Loreto lleva una cuenta separada por cada misión, en función de las extracciones y aportaciones al almacén de Loreto y las cantidades de ven g adas anualmente. 8. El visitador de la California desi gna a los rectores y misioneros de cada misión y recibe informes de la gestión de las misione s, al menos una vez al año. Además, recorre las misiones. 9. El visitador de la California revisa los libros sac ramentales en sus visitas. 10. El visitador de la California puede r evisar los libros de cuentas de las misiones en cualquier momento. 11. El visi tador de Nueva España revisa la g estión y el estado de cada misión en sus desplazamientos, pudiendo pedir informes a los rectore s o a los misioneros, con total independencia del visitador de la California. 12. El visi tador de Nueva Es paña revisa los li bros sacr amentales de c ada misión en sus desplazamientos. 13. El visitador de Nueva Es paña revisa los libros de ingresos y gastos de c ada misión en sus desplazamientos, comprobando que los saldos de las operac iones con el almac én de Lore to, son iguales que los que reflejan los libros del almacén. Aparentemente, el sistema de control descrito parece ser completo, pero en gran medida depende del gra do de cumplimiento de l as obli gaciones y neu tralidad de los sujetos. H emos comentado la posible fal ta de control efectivo s obre el procura dor de las misiones de California en Mé xico, pero lo mismo, a unque quizás con menor int ensidad, po dría pasar con el control sobre los reparto s de los envíos recibidos de Méx ico u otras operaciones de más complejidad que analizaremos más adelante. Otra posible laguna en la efectividad del control de la gestión podía d arse cuando el visi tador no se desplaza hasta la región o cuando se conforma c on los informes de los misioneros para r edactar su informe final al provincial. P ero, quiz ás, el ma y or de los problemas se podía orig inar e n el caso de comportamientos dañinos 80 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ para el sistema por cua lquiera de los cargos. La Compañía de J esús era y es especialmente remisa a l a remoción o al despido de uno de sus mi embros, lo que origina que, aunqu e un visitador o un superior sea consciente del mal infli gido por un mi sionero, las m edidas que adopte puedan ser insufici entes, continuando el problema sin ser solucionado 7 . Desde este punto de vista, ha y que entender las ex tremas condiciones de vida y soledad a las que se veían sometidos durante años los misioneros, po r lo que podemos suponer que habría situaciones de posible tra nsgresión a las normas y que hubieran de s er resueltas con flex ibilidad. No tenemos constancia d e estos casos, pero son varia s las notas del ca rácter de a lgunos misioneros que los califica n como de “ge nio fuerte” o “genio san guíneo” lo que p arece c ontradecir un tanto e l “a mor” que se destila de la lectura de los cronistas. La p erspectiva de los elementos mi sionales como productores de recursos agropec uarios para su supervive ncia es una parte fundamental en el estudio del sistema debido a la complejidad que supuso la obt ención de alimentos en el entorno misional. Desde el principio, los jesuitas fueron conscientes de que las misiones no podrían sobrevivir únicamente en base a un apoyo externo permanente, y que la ausencia de mercados cercanos impediría la obte nción inmediata de los recursos que ellas no produjeran por sí mismas. Esta circunstancia era t an sumamente importante que, como veremos, la capacidad productiva limi tó la acción evangelizadora . Es por eso por lo que se diseñaron he rramientas logísticas y financieras diferentes y complejas que, a corto y lar go pl azo de bían permitir consolidar el sistema y ex pandirlo, y todo ello, co n el máx imo de autonom ía , pero sin renunciar al control del máximo número de aspectos de la gestión. No obstante, las autoridades jesuitas superiores al sistema implementad o en la California, los prepósitos gene ral y provincial de la C ompañía, requerían información ascendente y conservaban los p oderes para modificar lo que considerase n necesario. El flujo de info rmes escritos a todos los niveles y las inspecciones de los visitadores provinciales conformaron elementos de control de la gestión realmente efe ctivos, aunque quiz ás insuficiente s. Por otro lado, los registros contables y sacramentales, daban cuenta de la entidad que el siste ma iba conformando y de la c omplejidad cre ciente para la solución de las necesidades. Reflexionando sobre cada uno de los aspectos, comunes y dife rentes al r esto, del sistema misional implementado en la California, éste se conforma como un proy ecto de un a organiz ación en el que existe inde pendencia de la estruc tura fija en los niveles básicos de ejecución, pero se conse rva una subordinación a los más altos niveles, modelo de g estión que hasta finale s del sig lo XIX no sería adoptado en las 7 Las Constitucione s de la Com pañía apuntan que “aunq ue to dos puedan ser d espedidos [ …] en algunos ca sos, habrá menos dificultad que e n o tros” y re conoce que “cua ntas má s obligacione s hubiese para con una persona, por ser benemérita, o cua nto tuviese más partes co n que ay udar a la Compañía en servicio de Dios Nuestro Señor; más dificultad deberá tener en despedirla”, es d ecir, lo que se legis la pa ra un ca so, no vale a utomáticamente para otro ( Constituciones, se gunda parte, cap. 1º , párrafo 2, en Arzubiald e et alt., 1993: 125) . Capítulo III . Or ganización, dirección y control. 81 __________ ________ ________ _________ ________ _________________ ______ ______ grandes empresas. P odemos asegurar que la disposición de los niveles de organización, las fa cultades de los cargos que desarrollaban funciones de dirección y la exist encia de los elementos de control, son suficientes para afirm ar que éstos responden a los modelos requeridos en los sistemas soc iales, en los que se integran los recursos, las dir ectrices y los medios encaminados a lograr las mejoras necesarias. 82 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Capítulo I V. El misione ro jesuita. 89 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ (biografía s de los tre s padres c itados en Gutiérrez Casillas, 1977, tomo II : 369, 499 y 589). Este procedimiento no es frec uente en otras órdenes ni, generalizando aún más, en otro tipo de instituciones. L a ventaja de l mismo es la pluralidad de a spectos diferentes que se pu eden incluir en la g estión, resultando ésta e nriquecida p or ellos, pero, por el contrario, se presentan posibles problemas de falta de cohesión en la continuidad de los planes, rencillas o rencores, dispersión en las referencias que deben tomar los subordinados o afectados, etc. Sólo la asu nción de estos dos principios desde las primeras andanzas en e l seno de los colegios pueden evitarlo. 3º.- El liderazg o. El ejercicio de la autoridad requiere estar disponible para ello, pues en cu alquier momento, el provincial puede nombrar a cualquier pa dre profeso como responsable para ejercer t areas de visi tador, procurador, rector, etc. No basta, por tanto, con esa dispo nibilidad, sino que es necesario tener la preparación suficiente. Hoy en día las ciencias sociales han profundizado en el estudio y desarrollo de los difere ntes aspectos del mando, el lidera zgo o el e jercicio de la responsabilidad, p ero en el siglo X VI, en la época de creación de l a Orden y de la reda cción de las Constituciones, ni tan siquiera ex istía tal concepto, que era construido como la consecuencia lógica d e la posesión del resto de los v alores o, simplemente, el inhere nte al ejercicio de la autoridad. Para un estudioso del concepto de liderazgo, result a fascinante el aná lisis de las indicaciones al respecto contenidas en l as Const ituciones, en la Ratio Studiorum y en muchísimas de l as c artas cruzadas entre los miembros de la Orden, a sí como en las crónicas de la Baja California. Para un f also líder, es decir, aqu el que no ejerce su labor sustentad o por la convicción, por la il usión y por la p erseveranc ia, la Baja California debió constituir un verda dero purgatorio sin más salida que la abdicac ión o la muerte. Pocos lugares ha y en l a historia de los jesuitas tan adversos a la evangelización, com o veremos cuando hablemos de tal aspecto. Sin embarg o, pocos fueron los padres que prefirieron el re greso a sus colegios de o rigen. P odemos afirmar, po r tanto, que la preparación propo rcionada pa ra asumir responsabilidades diferentes al estudio y al conocimiento fue exitosa en todos los colegio s de donde procedieran los misioneros californianos, que fueron muchos y lejanos entre ellos. Lowney estructura el liderazgo del jesuita en varias direcc iones y para ello, la formación de los novicios busca que éstos entiendan sus personales fortalezas, debilidades y v alores, in novaran y se adaptaran a un entorno y cultura ca mbiante, tratando al prójimo con amor y teniendo una actitud de mejora c ontinua (fortalecimiento del alma) hasta llegar al heroísmo (llegar a Dios por la vía del martirio). L os formaban para dirigir y por ello, los miembros de la Compañía se saben con talento, dignidad y poten cial para ello ( L owne y , 2004: 18). El padre Kino, en los últ imos capítulos de la biografía del padre Saet a, se r efiere en varias ocasiones al impulso que recibe y t ransmite del deseo de extender la palabra de Dios y no de l simple hec ho de desc ubrir nuevas ti erras (Kino, 2001). Esta forma de enfocar la vida, de ejercer l iderazgo, d e asumir la responsabilidad, era refe rido generalmente como “nuestro modo de proceder” e n los textos y ca rtas. Se gún este sistema, no es importante tener un a guía larga y 90 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ detallada de formas de hacer las cosas, sino una idea c lara de qué es lo que hay que hacer, del objetivo a al canzar y una h erramienta par a trazar el camino que es “ nuestro modo de proceder ” para lle ga r al fin dese ado, para adaptar el método y a la persona a las nuevas circunstancias. No es probable que el corpus de las enseñanzas recibidas en los coleg ios jesuitas contuviera manuales de todas aquellas artes y oficios que les serían precisos en la California, más teniendo en cuenta el grado de erudición de la ma y or parte de ellos. Hoy , en la jerga coloquial, nos referiríamos a e ste aspecto afirmando que “lo tenían en el ADN”. El esfuerzo ini mag inable para obtene r los fr utos de la ti erra era el medio del que Dios se valía para alimentar a los “des graciados indios que eran pr esa del demonio ” y el ánimo se renovaba con los ejercicios espirituales, una y otra vez, de forma que se c onstituía un soporte mental fuerte y sólido capaz de continuar con la misión a pesar del clima, de la baja calida d de la ti erra, de la fa lta de re cursos, de la incomprensión de los indios… Es importante re saltar una de licada cue stión característica del jesuita, como es el de la flex ibilidad en la aplicaci ón d e la doctrina. “Puede también a y udar mucho la uniformidad así en lo interior de doctrina, juicios y voluntades, en cu anto sea posible” (Constituciones, octava parte, capítulo 1, párraf o 8 en Arzubialde et alt. , 1993: 293). Esa connotación “en cuanto se a posible” constitu y e una herramienta valiosísima y poderosa p ara los miembros de la Orden, pues realmente facilita la adaptac ión a las circunstancias con la amplitud que el jesuita necesite. Se insiste de nuevo sobre el mismo te ma en su apartado siguiente pues, así como en el aspecto interior de unifo rmidad de doctrina, el objetivo de las C onstituciones es m antener la uniformidad en todos los miembros, en el plano externo, como las costumbres, la adaptac ión a las culturas, incluso la forma de las c eremonias de la misa, el vestir, etc., admite “acomodarse en lo que se puede a la doctrina que es más común en la Compañía”. Ese margen expresado “en lo que se p uede” sólo se d a a “quien hubiera y a h echo sus estudios” y no a “los que no han estudiado” (Const itucio nes, octava parte, capítulo 1, párrafo 8, K en Arzubialde et alt., 1993: 293). En el caso de la Baja California, por ejemplo, tal criterio d e flex ibilidad permitirá que l a impartición de la do ctrina a los neófitos se realice por períodos cortos, interrumpidos por la imposibilidad de facilitarles la alimentación a diferencia de las reducciones de América del Sur, en donde la misión constituía un todo social, económico, político y religioso del que no era pre ciso sa lir a penas para nada. Otra aplicación de la flexibilidad se entrev é en la práctica de los ejer cicios espirituales, que s e r ealizaban cu ando bu enamente se podía y con autorización del rector, más qu e bajo el mandato anual, natur almente con la n ecesidad de informar en las cartas anuas o en o tro tipo de correspondencia epistolar. Pero la flexibilidad no es un valor, es una herra mienta mu y útil cuando se conce de el de rec ho de uso a la persona en la que se co nfía. Finalmente, el aspecto de la distancia geográfica entre los miembros de la Compañía no es baladí. Señala Sim ón Decloux (Arzubialde et alt., 1993: 278) que un problema que se l e pr esenta a la C ompañía es que, al estar t an separados unos miembros de otros y c asi todos con la cabeza d e la misma, es fácil llegar a la Capítulo I V. El misione ro jesuita. 91 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ desunión. Pero también l a ausen cia de signos ex ternos identificativos (v estimenta diferente, coros, falta de vida monástic a c omún, formación i ntelectual personalizada, etc.), pueden ser causa de dispersión y separación. La soledad y sensación de ab andono de los mi sioneros se vencían con la autodisciplina, los ejercicios espirituales, la lectura y el con vencimiento de que su obra, independientemente de l os resultados, les p ermitiría g anar el Reino de los Cielos (Hausberger, 2009: 240). El cuidado de la conserva ción de los valores, el seguimiento de los di ctados de I gnacio de Loyola, el r espeto por la contin uidad de los ejercicios espirituales y la oración bajo la guía del Espírit u Santo, fue ron pilare s en los que se apoy ó la capacidad de los misioneros jesuitas para ejercer su misión. IV.3. La formac ión del profeso En consonancia con lo comentado hasta ahora , la selec ción de los miembros de la Orden p asaba por la exigencia d e un elevado nivel de estudios. Desde las primeras fórmulas creadas para acoger a los aspirantes a profesos, las lla madas Fórmulas, compromiso que adquiere el jesuita, y a re cogen “que nadie sea admitido para hacer la profesión en esta Compañía, sin qu e su vida y fo rmación inte lectual hay an sido probadas con largas y dili gentísimas probaciones” ( Fórmulas de la Compañía, cap. IV en Arzubialde et alt., 1993: 39). “La Compañía de Jesús se distinguió de las demás órdenes religiosas por la preparación que daba a sus miembros, que comprendía no sólo las disciplinas eclesiásticas como teolog ía, filosofía y der echo canónico, sino también formación huma nística y científic a de la época” (Ortega Noriega, 1993: 79). Para lo g rar la propagación de la Fe, no basta la existencia de los colegios, pues éstos circunscriben su acción con ciertas limitaciones geográficas hacia determinada s loc alidades o hacia élites sociale s concretas. Para romper esos contornos, deben ser los mismos padre s los que m isionen e n todos aquellos lug ares donde se desconoc e el mensaje de Cristo, dando testimonio, pero también sie ndo capaces de crear de la nada nuevos sistemas para que la propagación de la Fe se produzca y el evangelio se instaure. Desde el principio de sus días, se toma la concienc ia de que, para desarr ollar su misión, el “ supersistema ” de la Co mpañía debe estar formado por e lementos que, aun estando distantes, conten ga n un núcleo de valores comunes que encaminen a sus miembr os a actuar coherentemente con los objetivos, con la misión de la Orden y p ara conservar esa coheren cia que salvag uarda el carácter d e corpus , se reda cta la parte octava de las C onstituciones, “ De lo que ayuda para unir a los re partidos con su cabeza y entre sí ” convirtiendo un deseo en un verdadero sis tema gene rador de cristianos, estructurado, eficaz y perdura ble. L a inspi rac ión del mét odo pedagógico d e los jesuitas fue el “ modu s parisiensis ”, con una importancia capital de la asimilación activa, no sólo del aprendizaje de memoria como elemento fundamental del conocimiento. En los 92 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ estudios de Ignacio de Lo y ola y los prime ros jesuitas en París, se profundiza en el humanismo clásico, en el cultivo de los valores permanentes del hombre, que trasciende n del momento para dejar clara su validez a lo lar go de cua lquier tiempo. La aplicación de esta pe rspectiva ha de afectar no sólo a los alumnos, sino a los profesores y a los procedimientos del c entro d e estudios en todos sus niveles, incluidos los modos de examinar. L as innumerables cartas escrita s por san I gnacio, su ordenac ión y síntesis, la Parte I V de las Constituciones y las experiencias de los primeros colegios fundados por san Igna cio, confor man la base de la post erior Ratio Studiorum , un completo e innovador método de formación se guido en tod os los colegios jesuitas hasta hace poco tiempo (Labrador et alt., 2002: 20) 3 . El sistema pedagógico que propone la Ratio se basa en la “ prelección ” , preparación de l as lecciones y método por el profesor, la “ repetición ” , aprendizaje de las p artes fundamentales y la “ aplicación ” de lo aprendido en ej erc icios prácticos, deb ates, et c. Es también contemplada la propuesta d e una amplia variedad de textos para el alumno a lo largo de cada curso, ca usa de la grandeza de las bibliotecas jesuitas. “Por medio de las t écnicas de la R atio [ …] las escuelas jesuíticas desarrollaron un sistema p edagógico m ás avanzado que ninguno de los existentes en otras partes de Europa y que al alcanzar la uniformida d, estableció un alto nivel de éxito” (James Bowen en Labra dor et alt., 2002: 51). Una de las herramientas que se consideraba fund amental para conseguir la aportación d el alumno al contenido de lo aprendido era la “disputa” , ejercic io típico del modus parisiensis 4 . Consi ste en el establecimiento de una proposición que es defendida por un alumno y atacada por otro, todo mediante argumentos y razones. Así apre ndían las dificultades que contra ellos se podían presentar en el futuro, reforzando l a dialéctica y el empleo de la razón para convencer a las personas , “para que más se ejerciten los ing enios” . L a disputa fue utilizada, sin duda, como una eficacísima herramienta para convencer a los benefactores y fundadores. “ L a tarea de los formadores no fue transmitir conocimientos, sino dotarlos de las d estrezas para dis cernir por sí mi smos lo que había que h acer” (Lowne y , 2004: 23). En efecto, si el jesuita era un divulgador de la Fe católica y debía desplazarse a donde le enviaran pa ra realizar l a función asignada, debería tener la capacidad máxima para elegir en cada momento lo más conveniente, en bas e a sus conocimientos, pero también con las des trezas aprendidas de trato s ocial, de capacidad p ara debatir, etc 5 . La adopción del p apel individual de la mi sión, toma cuerpo cuando en el entorno del individuo dentro de la Compañía, todo apunta en una misma dirección, en especial los maestros y gerentes. No es im portante tener una lista de formas de hacer las cosas, sino una id ea c lara de qué es lo que hay que 3 Para cualquier interesado en la práctica de la enseñanza, la lectura de la Ra tio S tudiorum puede representar un a sorp rendente exper iencia, pues encontrará entre sus con te nidos una muestra de m oder nismo, inteligencia y r azonamiento lógico que, muchos de ellos, han sido la bas e de los métodos modernos. Aso m bra saber que fue co m puesta a lo l argo del si glo XVI. Recomendamos la lectura de L abrado r et alt., 2002; Ortega Zenteno, 2010; Zer meño Padilla, Guillerm o y Navas, 1992. 4 Simón Declo ux desarr olla el modu s parisiensis suci ntamente, per o co n mucha clar idad, al relacionarlo co n Constituciones en ( Arzu bialde et alt., 19 93, 162 -183). 5 Un ejemplo de esta si mbiosis con el entor no q ueda manifestad o a lo largo de la obra de l os jesuitas en Japó n, para lo q ue recomenda m os la lectura d e (Lisón, 200 5). Capítulo I V. El misione ro jesuita. 93 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ hacer, del objetivo a al canzar y una h erramienta par a trazar el camino que es “ nuestro modo de proceder ” pa ra llegar al fin deseado, para a daptar el método y la persona a las nuevas circunst ancias. El sis tema pedagógico s e basaba en la educación p or el e jemplo, para lo que era necesario un grupo de virtuosos y estudiosos maestros. Como era previsible que no se desplazara n al Nuevo Mundo un número su ficiente de sabios jesuitas, en los colegios novohispanos hubo un empeño de eleva r al m áximo posible el nivel de enseñanza, ofrecida a los criollos para crear hermanos y sace rdotes jesuitas (Gonzalbo, 2001: 54). El coleg io jesuita mostraba el camino que había de dirigir los actos futuros, ofrec iendo la posibilidad de escoger entre varias alternativas eli giendo la más conveniente: “Generalmente deben se r instruidos del modo que debe tener una person a de la Compañía, que por tan varias partes conversa, con tanta diversidad de personas, previniendo los inconvenientes que puedan intervenir y las ventajas que para mayor divi no servicio pueden tomarse, usando unos medios y otros ” (Constituciones, cuarta parte, capítulo octavo, párraf o 8 en Arzubialde et alt., 1993: 186). Pero no sólo las enseñanzas de las materias fueron el objeto de la formación jesuita, en pr evisión de las exigencias futuras, el inicio en la más absoluta obediencia es inici ado en el seno del colegio. Una mu estra del grado d e subordinación mor al del escolar contenido en las Constit uciones: “ y con to do orden y parecer de sus mayores, a los cuales se obligan de obedec er en lu gar de Cristo Nuestro Señor” (Constituciones, cuarta parte, capítulo octavo, párrafo 3 en Arzubialde et alt., 1993: 175). De e se modo, el aspirante a profeso, tras varios años en la Compañía, no e ntiende su vida fu era de ella, se obli ga totalmente a la obediencia aceptando ciega mente las órdenes y velando sobre todo por el bien de la Compañía. Si no es así, no se le admite c omo pr ofeso. El jesuita no tiene el concepto de la existencia de un único gran hombr e en un pro y ec to, por el contrario, se prepara para dirigir y lo hace con responsabilidad, no sólo cuando dirige, sino cuando obedece. Si no fuera así, no podría ser efectiva la rotación de los c argos cada tres años, por ello, se a costumbra a aprovechar todas las oportunidades que le brinden las circunstancias en beneficio de su mi sión y de la Compañía. El cua dro IV -1 presenta un esquema mu y simple de las trayectorias del jesuita. Sólo los profesos con voto forman parte de la Co ngragación General que vota al ge neral de la Ord en y conforman la Compañía profesa, a los que se refiere la Bula de 1540. La tercera Probación consiste en la acumulación de seis experiencias para poder obtener la oportunidad de realizar el cuarto voto (Ravier, 1991: 277- 286). - Ejercicios espiritua les de un mes de duración. - Servicios en hospitales. 94 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ - Peregrinación: prueba de pobreza, humildad y confianza en Dios. - Ejercer en e l interior de la Casa los trabajos más b ajos y humildes. - Enseñanza de la doctrina a niños o adultos. - Predicac ión y confesión. HERMANOS (no ordenados) s/situación: NOVICIOS COADJUTORES TEMPORALES FORMADOS Durante un período de 10 años. Al final hacen los votos simples COADJUTORES TEMPORALES APROBADOS Ya han hecho los votos simples. NOVICIOS SECULARES Sacerdotes Votos simples Los que estudian para serlo Al terminar el novic iado NOVICIOS ESCOLARES Ordenados En Tercera probación COADJUTORES ESP I RITU ALES Votos simples PROFESOS 4ª voto Cuadro IV-1 . Fase s d e estudio hasta llegar a pr ofeso en la Compañía de Jesús. Elab oración propia en base a (Lozano, 2005: 28 ). Un caso p articular de la Orde n era la costumbre de redactar las bio grafías de los misioneros jesuitas, sobre todo a partir del siglo XVII . En ellas se daban a conocer las ejemplares obras de los padres, pe ro, además, constituían una buena publicidad de que los jesuitas se encontraban repartidos por todo el orbe, siempr e con el fin de reclutar nue vos soldados de Cristo en los coleg ios d e la Compañía. L as lecturas de intervención divina, mostraban cómo el plan de los jesuitas respondía a un plan divino del que ellos eran simples herramientas. J osé de Acosta, en su Historia natural y mor al de Las Indias, 1590, afirma que “…Quien subiere más en su pensamie nto [en el del conocimiento de la n aturaleza] y , mi rando al sumo y primer Artífice de todas estas maravillas, gozare de su saber y grandeza, diremos que trata de ex celente teología ” (Millones y Ledesma, 2005: 13). Cuando un jesuita lle gaba a la Nu eva España para ser destinado a las misiones, el provincial de la Compañía des igna ba su destino en donde, normalmente se asignaba a una misión dirigida por un misionero durante un periodo de aprendizaje de las cost umbres, el idioma y el resto de las condi ciones particulares de la región. Algunos ejemplos nos pe rmitirán hacernos una idea de los tiempos de adaptac ión necesarios (Venegas, 1979: 295-299): Capítulo I V. El misione ro jesuita. 95 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ - Nicolás Tama ral fue envi ado a Santa Rosalía, cu atro meses en compañía del padre Píccolo, pa ra que aprendiere la lengua y después fundara La Purísima. (1717-1718). Como la fundación se retrasó, estu vo 16 meses con Píccol o entre Santa Rosalía y Sa n Miguel. - Juan Bautista Mugazábal era alférez en el presidio de California. Ejerció como coadjutor t emporal a la vez que realiza ba su noviciado baj o el magisterio del padre J uan d e U garte. En dos años hiz o sus votos y fue nombrado coadjutor con el padre Jaime Bravo. - A Sebastián de S istiag a s e le adjudica dir ectamente a su llegada l a mi sión de Santa Rosalía, pero en ella permanece temporal mente el p adre Tamaral, que le enseña todo lo relativo a misiones. Los misioneros no recibían form ación esp ecífica de talleres y construcción previamente a su e ntrada a la Califor nia. Lo que sabían lo aprendían por su ing enio y experiencia o las d e l os otros religiosos o de los soldados, de forma, a vec es rudimentaria. P ero si empre intentaban aprender todo lo posible de los oficiales carpinteros, albañiles, sa stres, etc. qu e contrataron para estancias en la península mezclándose con los aprendices. Se cita al c apitán Rodríguez Lore nzo c omo un hombre diestro en muchos conocimientos mecá nicos (Río, 198 4: 170-180). Con a nterioridad a la llegada de los jesuitas, y e n los primeros años del siglo XVI, se produjo muchas veces el caso de envío de sde España al Nuevo Mu ndo de frailes que no estaban s uficientemente p reparados. En una carta de Bartolomé Sánchez a Juan de Ovando en 1572 se comenta q ue “muchas v ece s envían acá las heces y los que allá no se pueden valer con ellos sus superiores, y esto redunda en grande daño, po rque no se mueven con celo de la salvación de las almas y no son ge nte de probada virtud, hacen muchas cosas con grande escándalo de est a gente flaca” (Galán, 1945: 46). ¿Cómo se selecciona a los misioneros que han de ir a I ndias? Agustín Galán continúa hablándonos d e que unas v eces, los p rovinciales de donde sa len los misioneros proponen una relación con informes detallados de la que el general elige . Otr as veces, el ge neral es el que hace la relación de los propuestos, la que es confirmada por el provincial del actual destino del jesuita. En los primeros años, el perfil deseado es aquel que goce de buena salud, de probada virtud, pero con gran conocimiento de letra s. Aunque tardías, “las misiones de California atra jeron mucho la atención por el hecho de h aberse lo grado la c olonización de la provincia más alejada del imperio español después de un siglo y medio de fa llidos intentos” (Mathes, 2003, 86) ¿Qué motivó que hubiera tanto s jesuitas dispuestos desde el principio al fina l de sus vidas a aceptar el heroísmo como una fo rma d e vida? Lowne y asegura que la principal causa hay que buscarla en S an Ig nacio (Lowne y , 2004: 177): - “Primero. Invitó a los novicios a convertir una aspiración de la Compañía en una visión persona l. - Segundo. Creó una cultura que subra y aba el heroísmo, sirviendo los mismos jesuitas de modelo. 96 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ - Tercero. Dio a c ada un o la oportunidad de engrandecerse mediante la contribución si gnifica tiva a un a empresa más grande qu e sus propios intereses” . El mismo autor añade a continuación que tras l a muerte de san Francisco Javier, se multiplicaron las solicitudes de envío a misiones 6 . La s cartas escritas por los misioneros a los otros p adre s tenían por objetivo relatar con d etalle las vicisitudes habidas en cada p aso dado, y a fuera d e reconoc imiento de terrenos, de eva ngelización o de descripciones geo gráficas o humanas, pero también su ponían un manua l para que el lector conociera los métodos para salir de sit uaciones apu rada s, el carácter de las personas en general, de los indios en particular y también d e las penurias sufridas, estas últimas con el fin de prevenirse contra ellas. Por e so muchas de estas cartas, al gunas de ellas llamadas edificantes 7 , eran compiladas y edita das y figuran en las biblioteca s de los colegios, con fines educativos y espirituales. Lejos de espantar a los que habían pensado en solicitar ir a misiones, los ejemplos de los padres que se habían enfre ntado a peli g ros e incomodidades, constituían un incentivo más para desear acudir a esos lugare s. Aun así, la recluta de misioneros no fue fác il. Aunque hubo nume rosísimas peticiones de ser enviad o a Indias, los provin ciales y rectores de los c oleg ios españoles no fa vorecieron la labor, pues no era fá cil cubrir las va cantes con nuevos miembros bien formados y ex perimentados; pr eferían enviar novicios a pu nto de ser ordenados, bien s eleccionados, con sus estu dios aca bados. El provi ncial de Castilla, Diego Carrillo, no es favorable en 1567 de misionar en I ndias pu es dice que, con menos personal de la misma cualificac ión, se pueden levantar varios colegios en España. Durante un tiempo se a callan las voces estableciendo un sistema proporc ional de reparto entre l as distintas provincias jesuitas (Galán, 1995: 49-51). “La calidad de los sujetos en todo este periodo fue ex cepc ionalmente rica. La razón parece obvia. Tenían a la sazón los jesuitas casi toda la enseñanza pública de la más próspera y adel antada de las co lonias españolas; podían pues sacar vocaciones de entre la parte más escogida de aque lla sociedad, a la vez culta y piados a [ … ] . L as mi siones fo rmaban hombres que, o descollaban o sucumbían a la carga. Sin embarg o, a r aíz de todo, hay qu e hallar a estos Maestros de novicios y Dir ectores espirituales, virtuosos y peritos, que sabían infundir en las almas ese espíritu igna ciano, sin el cual se evaporarían las dotes y empresas meram ente humanas de los j esuitas” (Decorme, 1941, tomo 1: 387). 6 La influe ncia d el ejemplo de san Franci sco Javier f ue capital en el devenir de la Co m pañía de Jesús. Sobre su o bra se ed itaron tempranas e i m porta ntes biogra fías . Se ñalamos algunas de las que se encuentran en la Biblioteca de la Facultad de Teo logía de Granada, como (Maf fei, 1589), (Guzmán, 1601) y (Luce na, 1619) . 7 Desde muy tempranas épocas d e la Co mpañía, han s ido ed itadas muchas ob ras co m pilato rias de cartas edificantes. Señalamos algunas de las que están disponibles en antiguas ediciones en la Biblioteca de la Facultad d e Teología de Granada, com o (Davin, 175 4) y (Francisco Xavier, 1795) . Capítulo I V. El misione ro jesuita. 97 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Como todo sistema social, también hubo fa llos o imperfecc iones. L a dureza de las condiciones hacía mella física en los cuerpos de los misioneros, pero pocas veces fu eron causa d e evacuación de los misioneros californianos. D e los más de cincuenta misioneros que participaron en la C alifornia jesuita, doce d e ellos murieron allí (Río, 1984: 217). Hausberger señala las causas de las posibles desilusiones que sufrieron los mi sioneros en el e jercicio de sus funciones y que alguna vez se dio en las tierras californianas (Hausberge r, 2015: 78): - No preveían la frecue nte pobreza de los recursos. - Excesivo alejamiento de la tra nquilidad (stress). - Falta de voluntad de los indígenas para aceptar l a nuev a religión con sus normas. - Reducida disposición a cooperar, transfor mando las normas y hábitos. Los caracteres pe rsonales de los misioneros jesuitas también ocasionaban algunos problemas. El informe d e 1744 emitido por el visitador Baltasar emite juicios de todos y cada uno de los misioneros de Nueva Espa ñ a. R esulta curioso que, en Sonora, de los 22 mi sioneros visitados, 16 de ellos presentan alguna nota en su carác ter que, en principio, desaconse jaba su estancia en las misiones, sorprendiéndonos los co mentarios por no parece r propios de los miembr os de la Compañía. Por el contario, cuando visita las misiones de la C alifornia, de los 16 misioneros, tan sólo ap recia li gera s notas negativas en tres de ellos (Burrus y Zubillaga , 1986: 197-210 y 481-485): - Clemente Guillén.- “ Viejo y e nfermo ” . - Jacobo Druet.- “Es algo d uro de cabeza y , por lo menos, pulido de su natural, ocasionado a explicarse con demasiada llaneza”. - José Gasteiger.- “Genio encogido”. Nombre Nacionalidad Nació Llegó Salió Destierro Murió Arm esto, Juan Español 1713 1748 1752 1799 Arnés, Victor iano Español 1736 1764 1768 1788 Badillo, Fran cisco Mar ía Español 1719 1752 1783 Barco, Miguel Español 1706 1744 1768 1790 Baegert, Jacob o Alem án 1717 1751 1768 1772 Basaldúa, Juan M. Mexicano 1687 1702 1709 ? Bischoff, Juan Javie r Bohem io 1710 1752 1768 ? Bravo, Jaim e Aragonés 1683 1705 1744 Carranco, José L orenz o Mexicano 1695 1727 1734 Conzag , Fernando Croata 1703 1733 1759 Díez, Juan José Mexicano 1735 1766 1768 1800 Druet, Jacobo Turinés 1698 1732 1753 Ducrue, Fran cisco Benno Alem án 1721 1748 1779 Echeverría, José Español 1688 1756 Escalante, Fr ancisco Español 1724 1758 1768 1706 Franco, Franci sco Jav ier Español 1738 1764 1768 1807 García, Andrés Javier Español 1686 1737 1764 Gasteiger, José Alem án 1702 1745 1755 Gordon, Gu illermo Escocés 1697 1730 <1744 Guillén, C lemente Mexicano 1677 1714 1748 Guisi, Benito I taliano 1711 1713 98 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Helen, Ever ardo Alem án 1679 1719 1735 1757 Hostell Lam berto Alem án 1706 1745 1768 I namma, Francisco Austríaco 1719 1750 1768 1780 Link, Vences lao Austríaco 1736 1762 1768 1772 Luyando, Ag ustín Mexicano 1699 1730 1739 1752 Luyando, Juan Mexicano 1700 1727 1734 1757 Mayorg a, Julián Español 1669 1708 1736 Minutuli, Jer ón I taliano 1669 1702 1705 Mugaz ábal, Juan Bauti sta Español 1682 1704 1761 Nápoli, Ig nacio María I taliano 1692 1721 1726 1745 Nascimben, Ped ro Veneciano 1703 1745 1754 Neum ayer, Carlos Alem án 1707 1745 1764 Osorio, Franci sco Español 1695 1725 1727 Peralta, Franci sco Español 1682 1709 1711 1728 Píccolo, Franc isco Mar ía Siciliano 1650 1697 1729 Retz, Jorge Alem án 1717 1748 1768 1773 Rotea, Jose Ma ría Mexicano 1732 1750 1768 1799 Salazar, Julián citado en Píccolo, 1964, 310 Salvatierra, Juan María I taliano 1648 1697 1717 Sistiaga, Seb astián Mexicano 1685 1718 1747 1756 Tamaral, Nic olás Español 1687 1717 1734 Taraval, Seg ism undo I taliano 1700 1730 1750 1763 Tempis, An tonio Austríaco 1703 1736 1746 Trujillo, Joaqu ín Mexicano 1726 1754 1750 1775 Thursch (Tirs ), Ig nacio Austríaco 1733 1762 1768 Ug arte, Juan Hondureño 1660 1700 1730 Ug arte, Pedro Hondureño 1671 1704 1710 1745 Ventura, Luc as Español 1727 1757 1768 1793 Villavie ja, Juan Español 1736 1766 1768 1816 Wagner, F rancisco Javier Alem án 1706 1737 1744 Zum piel, Bernardo Alem án 1739 1748 Cuadro IV -2. Relación de lo s m isioneros j esuitas de Cali fornia. Elabor ación propia en b ase a (Decorme, 1941 : 543 -544) , (Crosby, 1994 : 403 -413) y (Guti érrez, 1977 ). Del cuadro I V-2 podemos hacer el recuento de los países de ori gen de los misioneros: - España.- 16 - Resto de Europa.- 24 - Novohispanos.- 11 - Origen desc onocido.- 1 - TOTAL.- 52 Entre los misioneros jesuitas encontra mos españoles (16%), c riollos (11%) y eu ropeos (24% ) que sortearon las diferencias en sus idiomas, aprendier on las lenguas de los nativos y cohesionaron su labor en una comunidad de objetivos, asumiendo sus defectos y los de sus ig uales. Según la teoría de Benjamin Whorf, “los modos de pensar y p erc ibir d e los grupos qu e utilicen distint os sis temas lingüísticos, conducirán a visiones del mund o Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 105 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ para continuar c on la recolección de frutos y semillas silvestres 4 , las prác ticas de la caza y la pesca; la fa lta absoluta de perros o de l uso de la sal pa ra el condimento de la comida e incluso, el uso de un “ ca potillo ” hecho con ca bellos por los guamas, no permiten suponer que los habitantes californios tengan una raíz cultural común, más aún, se pu ede afirmar que la ma y or parte de los ras g os comunes proceden de la influencia d e un clima extremadamente seco y la vegetación que en aquellas tierra s se produce (Paul Kirchof f en Baegert, 1942: x vii). Estas similit udes aumentan tanto más cuanto más cerca d el sur residen los co chimíes, aumentando, por t anto, las diferencias culturales y te cnológicas de éstos con l os cochimíes del nort e de los 31⁰. Lo mismo ocurre, aun si endo mu y inferiores las dist anc ias entre ellos, co n los guaycuras, por ejemplo, los de San Luis, con los de Loreto. Tampoco los pericúes del sur se salvan de la constatación de dife renc ias entre ellos (Paul Kirchoff en Baegert, 1942: xx iv) a pesar de que Del Barco aseg ure que “en obsequio de la verdad, de cimos que la nación de los pe ricúes no se divide ni se ha dividido jamá s, en las y a dich as nac ionc illas ni en otras” ( Barco, 1 988: 251). Esta difusión entre las frontera s cultura les e s consecue ncia del movimiento de las tribus o rancherías e n la búsqueda de tierras más ge nerosas en la produ cción sil vestre. Así, la primera nota común que podemos apreciar en todos ellos es la pobreza, tanto en el número de recursos qu e compon en el ajuar doméstico, como en la te cnolog ía emplea da en la fabricación d e los mismos. Ésta se reducía apenas a la confección d e pequeños cordeles y redecillas, darle un diferente uso a las hojas de algunas plantas y a la fabricación de a rmas com puestas por toscas lanz as, arcos y flechas de puntas endurec idas al fuego, ma cana s y boomerangs sin retorno 5 . La s fuentes prima rias más completas qu e des criben al indígena de la California son, sin duda, las obr as de Juan Jacobo Baegert y Miguel Del Barco, misioneros jesuitas que estudiaron con p rofundidad las lenguas y costumbres de las tribus peninsulares gua y curas y cochimíes. Hay mul titud de escritos en l os que se insertan algunos calificativos puntuales por auto res como Eusebio Kino y otros padres de la Compañía d e Jesús como Tarava l, Píccolo, Nápoli, etc., pero que no aportan c asi nada más a la obra de los dos padres citados. También los cronistas posteriores a la epope y a jesuita californiana, como Francisco Clavijero y Miguel Venega s hablan de las características del indígena, pero se nutren, en la gra n mayoría de sus escritos, de las obras de estos misioneros citados. Habre mos de recurrir a la bibliografía que contienen las investigaciones d e lingüistas, antropólogos e historiadores para concretar o t ratar de vislumbrar l a objetivi dad o subjetividad con la que se describe el carácter de los nativos californios, pero también al intento de comprender el entorno fí sico y social qu e dete rmina los diferentes comportamientos del indígena 6 . 4 Una interesante descripció n so bre el calendario anual d e los movimientos nó mad as está descr ita en (Zarco, 20 18: 67 -72). 5 Los per icúes del sur utiliza ban ta m bién el lanzad ardo s, pr opulsor de flechas anter ior al descubri m iento del arco, lo qu e atesti gua una antigüedad mayor de estas trib us (Paul K irchoff en Baegert, 1 942: xxxiii). 6 Se indican interesa ntes refer encias bib liográficas en (Ibar ra, 2011: 28 ) y (Gard uño, 2010: 187- 191 ), que citan a autores co mo Willia m C. Masse y , ( 1966 ) ; Mauricio S wadesh, ( 1959 ); Wigber to Jiménez Moreno y M iguel Othón de Mendizáb al, ( 1937 ); Miguel León -Portilla, (19 76 y 1985 ) y 106 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ De las descripciones de Del Barco y d e las investigaciones de los citados arqueólogos, entre ellas las suya s, De l Río construy e un mapa de distribución de las lenguas y , por analogía, de las grandes familias y subfamilias de los indí ge nas californios en e l momento de la entrada de los misioneros a finales del siglo XVII. Figura V-1. Map a lingüístico d e la península d e California. Fuente: (Río, 2000: 69 ). Mauricio Mixco, f uentes , éstas últimas de las que bebe asimismo Ignacio del Río par a desarrollar un in teresantísimo capítulo e n (Río, 19 84: 28 - 47 ) . Aunq ue el autor se refiere a investi gadores y obras que pod em os co nsiderar antiguas, muchos de sus tra bajos recogen testi m onios de fuentes hablantes de lenguas que ac tual m ente está n prác tica o totalmente desap arecidas, po r lo que tie nen una especial i mportancia en la investigació n lingüística. Mar ía de la Luz Gutiérrez e s una p rofunda conocedo ra de las huellas arq ueológicas d atadas con anterior idad a la llegada d e los españoles a Baja California relacio nando los diversos aspectos l ingüísticos, sociales y tec nológicos e n ( Gutiérrez Martínez, 200 1). Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 107 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ Cochim íes meridionales Guaycuras Pericúes Borjeño Guaycura Pericú peninsular Ignacieño Uchití Pericúes Isleños Cadeg omeño Aripe Lay món Callejú Cora Monquí-didiú 7 Cuadro V-1 P rincipales dialec tos de las tres len guas peninsular es. Fuente: (Río, 198 4: 43). Resulta así que, en las misiones jesuitas, en las que ca da una atendía preferenteme nte a las rancherías qu e poblaban la región circundante, era preciso dominar por el misionero las len gua s y diale ctos que conformaban el mapa lingüístico del lug ar. La superposición del mapa de misiones con el c itado mapa de Ignacio del Río, permite asignar las prefe renc ias lingüísticas de las misiones jesuitas. Misión Fam ilia lingüística Subfamilia lingüística Santa María de los Án ge les Cabujakaamung Yumano Borjeño San Fra ncisco de Borja Adac Yumano Borjeño Santa Gertrudis KadaKaamán Yumano Ignacieño San Ig nacio K adaKaa mán Yumano Ignacieño Nª Sª de Guadalupe Hua sinapí Yumano Ignacieño Santa Rosalía de Mulegué Yumano Ignacieño La Purísima Concepción de Cadegomó Yumano Cadeg omeño San José de Comondú Yumano Lay món San Fco. Javier de Viggé -Biaundó Guaycura Monquí-Didiú Nª Sª Loreto Conchó Guaycura Monquí-Didiú San Luis Gonzaga Chiri yaqui Guaycura Guaycura Nª Sª de los Dolores Chillá (antes A paté) Guaycura Guaycura Nª Sª de los Dolores Apaté Guaycura Guaycura Nª Sª del Pilar de la Paz Airapí Guaycura Aripe Sta. Rosa de Todos Santos Guaycura Callejué Santiago Apóstol Aiñiní Pericú Pericú San José del Cabo Añuití Pericú Pericú Cuadro V-2. Le nguas hablada s en las misiones j esuitas. Elabor ación propia. Hemos de señalar que la fronter a entre los g ua y curas y los pericúes, no está definida con claridad, p or ser móvil. Del Barco dice que Todos Santos estuvo originalmente ocupada por guay curas, p ero quedó despoblada y l a repobló Ta maral 7 Massey i ncluye e n la fa milia yumana peninsular , po r tanto, entre los d ialectos co chimíe s, a los m o nquíes y didiús, de las inmediacio nes de Loreto . Ign acio del Río le corrige en (Río, 1984: 43 -44) asignando estas d os subfamilias a la familia guaycura. 108 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ en 1731 con pericúes ll egados del Sur y Sudeste hasta 1749, año en que se mudaron a Santiago. T ambién re g istra lími tes variables respecto al área d e L a Paz, indicando allí ocupac iones de pericúes, las que sabemos que fueron t ransitorias ( Barco, 1988: 246-260). Pero como seña la Del Rí o, las investigaciones sobre las lenguas y dialectos hablados en la península son del todo insuficientes. Las huellas apo rtadas por los misioneros sirven para esclarecer una visi ón general, pero no p ermiten hacer un mapa de las diferentes hablas. Plano V -1. Rancherías gua y cur as del área central d e la p enínsula d e California. Fuente: (Arraj , 20 14: 26 ). Un ejemplo de lo que d ecimos es tomado de Juan J acobo Baegert, quien indica un detalle sobre las ran chería s que había en San Luis: P aurus, Ats chémes, Mitschirikutamáis, Mitschirikuteurus, Mitschirikutarua najéres, Teackw às , Teenguá bebes, Utschis, Ikas, Anjukwáres, Utschipujes: todos grupos diferentes, pero entre todos, no llega ban a medio mi llar de californios. De ellos, los I kas hablaban un idioma y el resto otro (Ba egert, 1942: 73). La lengua g ua ycura se Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 109 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ hablaba, además d e en San L uis, en Los Dolores y en Todos S antos todavía en 1755 (Utrera, 1755), pero si as piramos a delimitar con más exactitud las fronteras entre guay curas y pericúes, nos tendremos que conformar con la pro puesta del mapa de la figura V- 1. El problema de los diferentes matices con los que se hablaba la mi sma lengua en l as dispers as rancherías toma ma y or dimensión cuando fijamos nuestro foco en un may or número de misiones. Era frecuente que un misionero tuvie ra que atender va rias mi siones ante la falta, la enfermedad o, sim plemente, la a usencia por un viaje de otro mi sionero. Entonces, la diversid ad de dialectos se multiplicaba. Para hacernos una idea de hasta qué punto se podía hacer difícil la comunicac ión, fijémonos en las rancherías guaycuras de la zona central p eninsular situadas en el mapa del plano V-1. Desconocemos el motivo real por el que unas rancherí as eran llamadas por el nombre del lugar en donde se asentaban generalmente y a otras se les han asig nado denominaciones religiosas. Como veremos, hubo ranc herías que no tenían ca pilla alguna y , por tanto, no podían ser ca lificadas como pueblos de visita. Una de las misiones cu ya influencia se ejercía so bre una gran superficie es la de L a Purísima Concepción de Cadegomó. E n toda ella, la lengua raíz es la y umana, subfamilia cadegomeña, pe ro es se g uro qu e, dada la d esig ual compartimentac ión geográfica, en la que exist en cuatro sierras y una amplia z ona llana que li mita con el Pacífico, se h ablaba n v arios dialectos diferentes. Baste con saber qu e Tam aral, en su informe de 1730 (Río, 2000: 93-95) señala la exist encia de 34 rancherías, indicando los nombres, las distancias entre ellas y la longitud aproximada de las sierras que ocupan 8 . Un daño colateral de las mortales epidemias d eclaradas sucesivamente en la California j esuita fue que la aparición de éstas era siempre súbita y causaba en muchas ocasiones el fall ecimiento de todos los miembros de los grupos de in díge nas, lo que causó la pérdida irr ecupera ble de muchos dialectos que se hablaban. Otras veces, lo s pocos supervivientes se acogían a las misiones por lo que en éstas resultaba más raz onable hablar en español, perdiéndose también el habla de las raíces in dígena s (Rodríguez Tomp, 2004: 71 ). Más allá d e los estudios sobre las lenguas y la tecnología casi común ent re las naciones indígenas, hay que señalar las distantes culturas que se muestr an en la profusión de pinturas que se muestra n e n rocas y c ueva s a l o lar go de pr ácticamente toda la península ca liforn iana, mucha s de ellas de gran complejidad. 8 Los nombres de las ranc herías respetan las deno m inacione s iniciales, al contrario d e los pueblos de visita a los que los misioneros asignan nombres religiosos. La m ayor parte de ellos tienen significados relacionados con el agua (agua de m ezq uite, angostu ra de arroyo, agua de los peñascos grandes, etc.). 110 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ V.1.B. El carácter de los nativos Son numerosas las notas g enéricas del carácter de los nativos señaladas por los misioneros, tanto e n sus cartas c omo en sus obras y , aunque éstas están sometidas a la subjetividad del momento en el que se realiza la descripción y el padre que las describe, de la mano de Eligio Moisés Coronado, nos quedamos con unos cortos pero certeros comentarios que selecciona de la obra de S igismundo Taraval. Refiriéndose a los pericúes “los mejores boga dores…, hij os de piratas y criados en el corso 9 ”. De los gua y cura s “son los indi os de los indios” y respecto a los cochimíes “Cuando más par a el norte, mejores, más bien inclinados y más obedientes ” (Taraval, 1996: 39). Pero, aun siendo fác il leer notas a plicadas a la ge neralidad de los nativos de la pe nínsula, es difícil encontrar crónicas que aporten datos fiables sobre las diferencias entre los caracteres de un a y otra na ción, cuanto más ent re las diferentes subfamilias de los n ativos californios. En las cartas y obras se tiende a ge neralizar los ras g os del carácter describiéndolos como válidos para todos los indígenas, a pesar de que conozcamos los lug ares en que los cronistas acumularon sus experiencias y , por tanto, podamos aseg urar que la descripción de c ada uno corre sponda a sólo cier ta nación o parte d e ella. Así, Mig uel del Ba rco, aun refiriéndose al c arácter de los californios en general, re almente indica rasgos de los cochimíes de San Franc isco Javier. Por su parte, B aegert se queja continuamente de los defe ctos de los gua ycuras de San Luis, mi sión, dicho sea de paso, de las más pobres de la península. V eneg as y Clavijero, que recogen las voces de much os otros padres, tampoc o añaden mucha información al respecto 10 . De los pericúes, realmente, sabemos lo que los cronistas nos indican en referenc ia con las rebel iones por lo que, constantemente, serán tachados de violentos y luj uriosos. La rebelión de 1734 -1738 y las epidemias tr ajeron consigo una drástica despoblació n, hasta tal punto, que sólo quedaron en pocos años los indígena s misionales. Cu ando los jesuitas fueron expulsados, la lengua pericú y a no existía, aunque quedaban algunos cientos de pericúes (Río, 1984: 202). 9 E stos calificativos pro ceden de lo s numerosos con tactos q ue se prod ujeron en el sur entre los corsarios y piratas ingleses y holandeses. El padre Nápoli, en 1721 , (Río, 2000: 48) indica que ha y algunos indios que tiene n la p iel blanca y los cabellos c laros, i m aginando que, sin d uda, son proced entes del encuentro con naves p iratas inglesas, dada la costumbre d e lo s cor as de ofrecer a sus mujeres como mu estra de cortesía. A esta curiosidad rara vez aludiero n los mis ioner os en sus escritos. 10 Del Bar co estu vo en tre 1744 y 17 68, en las mis iones de San Fra ncisco J avier, Los Dolor es y Santa Rosalía, e s decir, conoció bien a lo s guaycuras y distintas tri bus de cochi míes y Baegert e ntre 1 751 y 17 68 en la misión d e Sa n Luis, te niendo continuo trato co n guaycura s y co ntactos frecuentes con pericúes. Ve m os q ue ambos misionaro n en los últimos a ños de la estancia jesuita en la p enínsula y, atendiendo a las misiones que dirigieron, po dem os afir mar q ue tanto Del Bar co com o B aegert trataron exclusi vamente con indíge nas ya evangelizad os desde generacione s anteriores, es d ecir, neófitos con muy alto grado de aculturación, pero con un a diferencia: Baegert misionó en San Luis, misión q ue, como vere m os, e n los últi m os a ños prese ntó una b aja p roductividad, lo que, un ido a su carácter y a la necesidad de rebatir la existencia de riq ueza s proclamada p or Venegas en su obra, desembocó en la visión pesimista de este misionero en lo res pectivo a los neófito s misionales. Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 111 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ El padre P íccolo, en su famoso informe de 17 01 presentado a la Real Audiencia de Guadalajar a, sólo habla de los indíg enas en general, distingui endo que existían en la costa, e n el interior y “muchos más hac ia el norte” y los de scribe diciendo que “su genio es mu y vivo y de spierto […] . Después de estar domesticados, se ll egan a corre g irnos después de predica r cualquier desl iz en su lengua” (Pícc olo, 1962: 45 -76). Desplazándonos hacia u na descripción contraria, tampoco podemos hacer excesivo caso a Baegert cuando dice que: “P uede decirse de los californios que son tontos, torpes, toscos, sucios, insolentes, ingratos, me ntirosos, pillos, perezosos en extremo, grandes habladores y, en cuanto a su inteligenc ia y actividades, como quien dice, niños hasta la tum ba; que son ge nte de sorientada, desprevenida, ir refle xiva e irresponsable; gente que para nada puede dominarse y que en todo siguen sus instintos naturales, igua l a las bestias” (Baegert, 1942: 109) 11 . Él mismo, atempera sus comentarios cuando, al gunos párrafos d espués, le s ex culpa aclarando qu e, si se les enviara a Europ a desde niños, “pro g resarían en modales, virtudes, arte s y cienc ias, iguales a los europeos”. Miguel del Barco no emite jui cio nega tivo alg uno sobre el carácter de los californios, remitiéndose al capítulo VI d e la ob ra de Venegas p ara aclarar que cuando este últim o autor cita “los cortísimos alcanc es de su entendimiento [el de los indígenas], debe ent enderse qu e habla d e los californios se gún estaban en tiempos de su gentilidad”, apreciando que los n eófitos de las misiones “muestran entendimiento bastante despierto” indicando que muchos saben leer y escribir “como aquellos españoles que están muy ejercita dos en los libros” ( Barc o, 1988: 294-295). La dicha referencia a Miguel Vene ga s arroja una imagen ciertamente negativa del californio, sin distinguir los carac teres de las distintas naciones. “no hay gente tan poco cultivada , tan falta de especies y tan endeble e n fue rzas de alma y cu erpo como los infelices californios”. Señ ala que c arece n de capacidad de conocimientos abstractos, de pond eración del da ño, ambición personal u honra, avaricia, previsión p ara el futuro, etc. Un a nota en la que incide varias veces: su valentía dura mientr as el contrincante no demuestre su fuerz a o les haga frente. “Cualquier cosa b ast a para acobardarlos y no hay para ellos cosa indecent e desde que empiezan a ce der y se apodera de sus ánimos e l miedo” (Venegas, 1757, Tomo I: 75-77). Como veremos más adelante, esto explica cómo un p equeño nú mero de escoltas bastan par a ma ntener el orden en las misiones y , en buena m edida, la disposición para el tra baj o de los indíge nas. La objetividad con la que Miguel del Barco describe la naturaleza en la península, se extiende a sus textos cuando habla de los nativos, de sus naciones y 11 No es habitual enco ntrar tanto s epíteto s junto s dirigidos a l desprecio de una per sona o grupo de ellas. Par a aquel lector que quiera profundizar en el te ma del insulto, se recomienda la lectura de Pancracio Celdrán “Inventario general de insultos” d e la Editorial del Pr ado, Madrid, 1995 o de cualquiera de la s ave ntu ra s de T intín, prestando particular at ención a los textos pue stos en b oca del capitán Hadd ock por Her gé, su au tor. 112 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ lenguas, de sus usos y costum bres con gra n p rofusión de anécdotas que l levan al lector a hac erse una idea de su falta de conocimiento, pero no de su maldad o bondad (Barco, 1988: 243-308). Esta dualidad entre la impresión que los nativos produ cen en los misioneros también es reflejada por el padre Decorme, en particular cuando se refiere a los pericúes como “de cará cter indómit o y lujurioso”, pero también les disculpa asegura ndo qu e la causa de este comportamiento está “en la funesta influencia de unos mulatos y mestizos, dejados allí [en el sur] por piratas o navegantes extra njeros” (Decorme , 1941, tomo II : 522). Clavijero, recolector d e muchas de l as cartas y tex tos de misioneros que estuvieron en la C alifornia jesuita, tampoco ex presa notables descripciones concre tas de los indígenas, contentándose con se ñalar algunas cu alidades genéricas en la p rimera parte de su obra , tales como de “sencillez pueril” y c uando sí a djetiva su carácter , como en las citas anteriores, busc a el equilibrio entre el juicio emitido y l a causa: “ son rudos, muy limitados en sus conocimientos por falta d e ideas, perezosos por falta de estímul o, inconstantes, precipitados en sus resoluciones y muy in clinados a los jueg os y diversiones pueriles por falta de freno” añadiendo que “no son obstinados y te rcos, sino dóciles y fáciles de ser conducidos a lo que se quiere” y agradeciendo que “la embriag uez, vicio dominante de los ame ricanos, no está en uso entre los californios” 12 (Clavijero, 1852: 23). Sin embarg o, a l o largo de toda su obra, frecuentemente i nsertará adjetivos peyorativos sobre los indios, refiriéndose a ellos como bárbaros 13 , endemoniados, glotones, desleales, etc., siempre en relac ión con a lgún acto puntual nar rado. Sin embarg o, es este último autor, haciéndose eco de las muchas fue ntes de primera mano a las que tuvo ac ceso para la re dacción de su obra, el que escribe uno de los pocos comentarios que ayudan a diferenciar el carácter de los cochimíes del norte de los guayc uras y pericúes del centro y sur. “Se había observado que los cochimíes, habit antes de los países setentrionales, eran mas despiertos y dóciles, mas pacíficos y fieles, menos viciosos y libe rtinos, y p or tanto mas bien dispuestos á recibir el Evangelio y á sujetarse á la vida civ il y cristiana. Al contrario, se habia advertido que los pericúes y gua y curas, habitantes de los países meridionales, eran mas perezosos y poltrone s, mas inconsta ntes é ingratos, mas taciturnos y dobles, y sobre todo, mas disolutos que los otros, y que sus tribus viví an en continuas disensiones y guerras, con las que se d estruían r e cíproca mente” (Clavijero, 1852: 73). 12 Baegert aseg ura que los ca lifornios no sabía n prepar ar ninguna clase d e bebida alcohólica, p or lo que no tuvieron lo s jesuitas q ue luchar co ntra los prob lemas derivado s del consu m o e xcesivo del alcohol. Eso significaba ta mbién que los soldad os no tenían disponible el acceso a beb idas alcohólicas, salvo a las oca sionalmente traídas del otro lado ( Baegert, 194 2: 93). A pesar de lo que se lee e n los textos, d escubriremos e n siguientes apartad os d e este trabaj o, huellas evide ntes de que en las misiones j esuitas se destilaban ap reciados aguardiente s. 13 El calificativo de “bárbaros” es aplicado en su ob ra indistintamente para señalar su falta de conoci m iento, co mo la no adscrip ción a alguna misió n, es decir, como sinónimo de “gentiles”. Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 113 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ Hemos indicado qu e, a l os principales cronistas de las costumbres de los nativos californios, l es gustaba señalar el at raso en el conocimiento, la escasez de destrezas o la sim plicida d de sus valores mediante la descripción de costumbres que a los misioneros les parecían bárbaras o aberrantes. Así, D el Barc o y Baegert (Barco, 1988: x lvii y 296) y (Baegert, 1942: 92) muestran al lector algunas pr áctica s en el ámbito de la alimentac ión de los guay curas como la deg lución de trozos de carne qu e, una vez atados con finos cordeles, eran traga dos y extraídos de nuevo para ser c omidos en otra ocasión poste rior o c ompartidos con otros miembros de la tribu. Ta mbién la práctica de la llamada seg unda cos echa , selección e ntre las hece s de las semillas no dige ridas y comidas de nuevo, parece que fue ge neraliz ada en toda la península. Hemos de enmarcar estos usos d entro de la búsqueda del máximo aprovec hamiento de unos recursos alimenticios sumamente escasos pues, si endo las pitahay as la fuente bási ca de alimentación en las regiones int eriores, y estando sujeta a fluctuac iones estacionales e incidencias climáticas, pudo en numerosa s ocasiones ser insuf iciente para cubrir las necesidades (Río, 1984: 32-35). La poligamia era re conocida sólo entre los peric úes, pero la indolenc ia en el cuidado de los niños e ra patente y también general izada, hasta e l punto de que éstos pudieran ll egar a se r ab andonados a su suerte. Esta circunstancia permitió, como veremos, ente nder la facilidad que tuvieron los mi sioneros para recoger a los niños en “escuelas” dentro de la misión, facilitando su adoctrinamiento e instrucción. Respecto al trab ajo de la s mujeres en la tribu, era n éstas las que llevaban a cabo todas las ac ciones relativas a la búsque da y preparación de los frutos y semillas y al cuidado de los niños pequeños. Los hombres sólo cazaban y preparaban las armas. Del R ío señala que esta distinción de funciones, posiblemente sirviera para aumentar la unión familiar. Del mi smo modo, el hecho de que la tribu co mpartiera una determinada y amp lia superficie de terreno e n e l que cazar, re colectar y moverse, fue un elemento de cohesión importante entre sus miembros (Río, 1984: 36). No está clara la e xistencia de líderes o jefes entre las tribus. Como di ce De l Río, “el conjunto de est as informac iones [ las que proporcionan las fuent es de la época], no b asta p ara comprender los mecanismos sociales que se ponían en jue go [ante] un a posición de mando” (Río, 1984: 38 -39). S e pone así en duda la afirmac ión de Baegert sobre la ause ncia de “a utoridades, policía y l eyes” (Baeg ert, 1942: 125) al indicar que, dada la independencia d e las familias en la búsqueda de alimentación, tuvo que s er del todo necesario un elemento aglutinador como es la autoridad. Indica el p adre S alvatierra que el temor a que el primer parto de una mujer tuviera como consecuenc ia el nacimiento de un hijo dé bil o con alguna tara, forzaba en numerosas ocasion es l a práctica d el abo rto, lo que, de alguna for ma, coadyuvaba al mantenimiento del equilibrio de la población re specto al límite de los recursos (Castillo, 2014 c: 187-212). 114 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ V.1.C. Las creencias religiosas anteriores a los jesuitas Sobre las creencias religiosas de los nativos anter iores a su inclusión en el sistema misional podemos resaltar el hecho de que en ningún lu gar de la península se practicaban ritos comunes, sacrificios o cerem onias exclusivamente de dicadas en honor a los dioses. Las manifestaciones que más se par ecen a ritos comunales relig iosos son, quizás, las fiestas y d anzas de las épocas de r ecogida de semill as o frutos 14 . La úni ca influ encia religiosa qu e r ecibía el nativo venía de manos de los chamane s o “ guamas ” , que ejercían al guna ascendencia sobr e él. Clavijero indica que el primer acto con el que se iniciaba una fiesta eran las palabras del guama tra s haber fumado de l a pipa, cuando “tenía al go p erturbada la cabeza” (Clavijer o, 1852: 31). Aunque é stos promovían en oca siones la re sis tencia a las doct rinas misioneras, al estar diseminados, no más de uno por ranchería, realmente no constituyeron un insalvable problema pa ra la ex pansión eva ngélica pues tan sólo tenían ascendencia sobre los componentes de su “ banda ” . Miguel Venega s ofrece una síntesis que toma de S igismundo Ta raval sobre las diferentes creencias relig iosas de las tres naciones (Venegas, 1979, Tomo I V: 524-530) 15 y que resumimos: Según la mitología pericú , ha y un dios, Nipara y á, c rea dor de todo, que tiene una familia, muj er e hijo s, cada uno con dive rsos poderes. Tienen conciencia del cielo como lugar en el que habitan los dioses, pero también dominan el int erior de la tierra. Ha y otro dios, Wac- Tuparám que está e n permanente guerra con Niparay á. Según la mitolog ía g ua y cura, había un demonio, Gumonco que re sidía en el Norte y enviaba enfermedades 16 . Otro, Gu y iaqui, qu e propor cionaba frutos y pesc a. La s estrellas del cielo eran, podríamos decir, el alma de los muertos. Según la mitología cochimí, había una trinidad, tres dioses en uno. Ese dios creó el cielo, la tierra, los a nimales y las plantas. Exist ieron también unos demonios que se enfrentaron al dios. A la vista de esta corta introducción podemos constatar que el indígena peninsular, el indi o californio, ha sido objeto de numerosos estudios, tanto por su orige n, como por la pe culiaridad del c ambio cultural al que se vio obligado a afrontar o como por la permanencia de a lgunos rasgos de su cultura más a llá de los años jesuitas. La radical variación de sus costumbres se produjo en apena s una o dos generaciones, circunstancia digna d e es tudio, no sólo para hist oriadore s, sino 14 Las citas conte nidas en ( A rraj , 2014 ) sobre descrip ciones del m isionero jesuita Hostell, Ve negas, Luis Sales y otr o m isionero an ónimo, co inciden en q ue estos ac tos estab an dirigido s por los chamanes, pero no aprecian irrefutablemente que tuvieran un marcado carácter religioso. Los rito s de iniciación se d esarrollaban en cuevas (Mor ales, 2 016: 96), pero p arece ser q ue tenían más q ue ver con la aceptación en la comunidad del nu evo hombre o mu jer que con el estableci miento de u na relación con los d ioses (Arraj , 2014: 326 -335). 15 P ara pr ofun dizar en el te ma, Alberto Ibarra referencia a Pablo L. Martínez, en su obra “Historia de la B aja California” 2a. edició n, México: Editorial Baj a Cali fornia, 1956 . pp. 65-66 y transcrib e algunos párrafos e n los que s e describe la mitología de lo s cochimíes más s epte ntrionales de la península (Ibarr a, 2011: 160) . 16 No es la única c ultura de la Nueva Espa ña que alude al norte como origen de males. Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 121 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ Si bien al principio de l a época j esuita, no les a grada ba v estirse, con el tiempo se conve rtiría en l a muestra de un status frente al no iniciado 18 . Es el mi smo caso de la vivienda o habitación habitada en el recinto mi sional, no v alora da inicialmente por el nativo dado que, con a nterioridad a la lle gada de los misioneros, en la ma yor parte de las ocasiones dormían en c uevas o al raso, sin protección alguna, si bien más tarde se a costumbrarían a la comodi dad que ésta le ofrecía en la misión. Figura V-2. Indios ac ercándose a una misión. Pintura de I g nacio Tirsch S.J. Como una parte inhe rente al sistema misional se desarrollaron, además de las actividades purament e religiosas, otros apr endizajes que facultaron a los nativos para desarrollar artesan ías o industrias agrope cua rias. Éstos les p ermitieron disponer de elementos a los que ellos no tenían acceso con anteriorida d a la llegada de los jesuitas y que, además, most rados estos a rtículos a los miembros de las tribus no catequizadas, indu cirían, como con las citadas telas, al s entimiento de orgullo fr ente a los no iniciados, tales como cueros de calidad bien trabajados, dulc es, etc. El catecúmeno recibía formación cristiana, aprendiendo en su lengua los rudimentos de una fe nueva que, al menos en su aspecto meramente superficial, junto con las nuevas d estrezas incorporadas, les permitía percibir que les compensaba integrarse e n una sociedad mucho más fuerte e importante qu e la ex misional. 18 T al es el caso de la s “ crucecita s ” con la s q ue se di stinguía a lo s b autizados y que llevaban c ol gadas al cuello (Cla vijero, 1852: 9 7). Las prendas d e tela ta m bién fueron o bjeto de regalo a los indios, según refier en los cronistas, si endo ap reciado por ellos y hasta objeto de robo ( Clavijero, 1852: 68; Barco , 1988: 300 y 316). 122 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ V.2.B. E l n ativo com o ele mento estructu ral de la m isión (neófitos y catecúmenos) Los mi sioneros jesuitas no fueron proclives a apreciar con la debida justicia el ingente esfuerzo que s upuso para el indio el cambi o cultural que se les exigía. Asimismo, podemos afirmar que tampoco fue suficientemente reconocido e l trabajo de los nativos en el levantamiento de iglesias, tr azado de caminos y tant as otras tareas que realizaron, bien es ve rdad que bajo la direc ción de los re ligiosos o de los soldados. Ex iste una diversidad de ópticas bajo las que se pudo observ ar al in dígena, desde la del trato como un niño que juega hasta la del jornalero que se gana el sustento, pasando por la del anonimato de su part icipación en la ejecución de un proy ecto. L os misioneros son prolijos en elo g ios a l buen hacer d e sus compañeros de Orden, incluso reconocen en numerosas ocasiones la importanci a de contar con los soldados, pero rara v ez ponen nombre y apellidos a los neófitos, haci éndolo práctica mente a título de anécdota o curiosidad. La s mejoras en el apre ndizaje de conocimientos sobre la do ctrina, el aumento en las de strezas de trabajos y talleres o e n las norma s de comportamiento, eran percibidos por los jesuitas como la consecuenc ia del esfuerzo personal de los misioneros y no como la natural consecuencia de la enseñanza a se res que nunca tuvieron tal oportunidad antes de la lle gada de lo s mi embros de l a Compañía de Jesús. En una alabanza de las virtudes que adornaron al padre Ugarte, se señ ala que “llegaron sus indios no s ólo a saber y a entender la doctrina, sino también a vivir una vida arreg lada, crist iana y sin desórdenes. Acostumb ró su indócil pereza al trabajo y logró tener abundantes cosechas de trigo, maíz y otras semill as” (Decorme, 1941: 492). Refiriéndose a la mano de obra para levantar las iglesias, Jacobo Bae g ert, incurriendo en sus frecuentes vaivenes a la hora de califica r las cualidades de los indígena s, dice: “M uchos californios han apre ndido a lab rar la tierra y a levantar una pa red […] . L os indi os son los jornaler os, a quienes de e sta manera, se les ahorra el trabajo de buscar su sustento en el campo mi entras dura su construcción y quienes, d e todos modos, no tienen qu e d ejar desatendidos nad a de sus quehacere s domésticos o de sus negoci os” (Baeg ert, 1942: 171). Observamos que, además, justifica la uti lización del indígena como mano de obra no remunerada, a pesar de que les trata como “jornaleros”, lo que va en contra del ordenamiento Real, que obligaba al pago d e un salario por los t rab ajos realizados. En las crónic as sobre la evangelización californiana, es frec uente la asignación de un ma yor esfue rzo en la ejecución de una obra a los soldados o al misionero, que a los prop ios indios. Aunque los ejemplos son nu merosos, citaremos a Clavijero en la descripción de l trazado de un c amino previo a la fundac ión de San Francisco Javier Vigg é: “la dificultad del camino fue de tal suerte allana da, aunque con sumo trabajo, por lo s soldados, alentados por el padre Píccolo y a y udados de Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 123 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ los indios” ( Clavijero, 1852: 47). L a indiscriminación, muchas veces demost rada en los textos, entre la dirección de un a obra o tarea, el control de la ejecución y el esfuerzo del nativo en ella, es causa de que p odamos entrar en algún tipo de confusión a la hora de valorar el esfuerzo físico del indígena en los t rabajos realizados. A lo largo d e los siguientes capítulos, analizaremos con detalle el procedimiento de ejecución de las obra s a si g nando el protag onismo de cada una de las a cciones que en e llas se ope ran, distinguiendo así, la labor de direcc ión ejercida por e l misionero o un maestro contratado, la del soldado como e lemento de control y el nativo como aportador de la mano de obra. El padre Ugarte, para “in clinarlos a que l e ayudasen en la fábrica [ de un a] casita de adobes [en lo que sería la visita de San J uan Bautista Ligüí] proc uró conciliarse la benevolencia de los indios con la afa bilidad de algun os rega lillos” (Clavijero, 1852: 58). Podemos pensar qu e, en efe cto, l a dist inción o el premio mediante el re g alo a aquellos que participaran en alguna obra o en la adopción de algún aprendizaje, pudo ser un mot or frecuentemente utiliz ado por los misioner os para lograr la participación de los nativos. “Lo más que en ellos se encuentra es alguna sensibili dad a la riva lidad y e mulación. Pica nse de v er alabados o premiados a sus compañeros y sólo esto los pone en algún mov imiento” (Ve negas, 1757, tomo I: 76). Lo cierto e s que la mano de obra nece saria para construir la red de misiones estuvo casi íntegramente constituida por los nativos. El gran mérito de los misioneros radicaba en su int elig encia, qu e condujo a que una s erie de tribus indígena s despa rra madas por toda la península, con un desconocimiento absoluto de técnicas y oficios, sin c ostumbre alguna de trabajar para una c omunidad y en un período de, tan sólo, set enta años, fuera capaz de acometer tantas y tan diversas tareas, pero no hay que o lvidar, insistimos, que la mano de obra fue indí g ena. En nuestra opinión, no hay qu e hacer mucho caso de los comentarios despectivos de los misioneros y cronistas, que p ueden se r ori ginados en algunas ocasiones por un afá n de resaltar las dificultades, giga ntescas sin duda, a las que se enfre ntaron sin más a y uda que su voluntad y la del recurso de los in díge nas desconoce dores d e toda técnica. El hermano Jaime Bravo, coadjutor en la misión de Loreto en los tempranos años de la época jesuita (en 1712 apena s transcurridos 15 años desde e l desemb arco de Salvatierra), decía que en las misiones ya había “Entre los bárbaros [ …] ca rpint eros, albañiles, herreros, cal eros, ladrilleros, y que manejaban bi en el a rado y la c oa y el azadón; sabe n al gunos trasquilar ovejas, cardar, hila r, tejer frazadas […] las mujeres hilan algodón que se ha sembrado, saben coser, l avar, hacer fajas, li g as, ol las, cazuela y comale s” (Introducc ión de Consta ntino Bayle, citando a J aime Bravo en Salvatierra, 1946: 22). Cambiando radicalmente de óptica, d esde el pu nto de vista material, la realidad p ara los nativo s fue, como comentare mos, la recepción de u n pago ap arentemente pequeño por un esfuerzo tan elevado. La re muneración satisfecha al trabajador que más valoraban los pa dres era la in material, la salvación de las almas, regalo que les facultaba p ara considerar a los indios “in gra tos” por quejarse, negarse 124 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ o rebelarse, actitudes que recibían su inmediato castigo bajo el amparo de una justicia dispensada se gún el criterio de una sola parte sin defe nsa alguna para la otra, más allá de la personal y puntual generosidad del padre. Bajo estas condiciones, los catecúmenos y n eófitos, generación tras ge neración, constituyeron un recurso barato e inestimable para levantar pe queñas capillas que fueron ganando en c alidad hasta ll egar a ser t emplos de los que algunos de ellos continúan en pie ha sta nuestros días. Recordemos que la ma yor p arte de las tribus californianas no construían tan siqui era sus propias viviendas y en el transcurso de po cos años habían trabajado p ara levantar pequeños pueblos con pobres materiales capaces de satisfacer la mayor parte de las neces idades comunales. La red de caminos, cu y a longitud trataremos de es timar en el capítulo XV , no fue construida por los soldados, como a veces los cronistas tratan de h acer creer, sino dirigida la obra por ellos y limpi ado el firme por los nativos en un trab ajo que requería de un considerable esfuerzo de mantenimiento a causa d e las te mpestades que devolvían la superficie robada a las piedras arrastradas por el agua. Debemos añadir que el trazado de los caminos se hiz o, generalmente, al r ecorrer los l ugares siguiendo las indicaciones de los indígenas que ejercían de g uías e intérpretes y que conocían la reg ión como la palma de su mano (B arco, 1988: 341 ; Lozano y Pericic, 2001 ). El suelo californio no daba facilidades para ser cultivado. Antes de la primera siembr a era necesario allanarlo, r etirar ton eladas de piedras e in cluso, como veremos, a veces cubrirlo con tierra capaz para ser sembrada. Las obras para contener y conducir el agua fueron en una inmensa mayoría, de tal calidad, que muchas de ellas son utili zadas en la a ctualidad alimentando con su agua los escasos terrenos de los oasis j esuitas. Aún hoy día sobrecoge pensar el esfu erzo físico realizado para construir algunas acequias y diques. Los indígenas participaron, además, en otr as actividades ocasion ales como la construcción de barcos o la participación en com bates contra n aciones fronterizas que se oponían a la expansión misional, pero c uando hablamos del cambio c ultural, éste también se manifiesta, entre otros asp ectos, en las actividades cotidianas , como el aprendizaje y desarroll o de oficios, labores y ar tes de las que la ma y or parte de la población no había tenido noti cia alguna y que, una vez “alejados de su natural barbaridad” constitu y eron su día a día en el sen o de la misión. Hablaremos con detalle de producciones en los diversos talleres, de explotaciones ganaderas, del mantenimiento de industrias alimenticias y artesanales, de cultivos y huertas que fueron atendid as con sumo cuidado dada la fragilidad del sistema. Inc luso fueron ellos, los indios, quienes recolectaron frutos silvestres c uando el hambre acució los estómag os de los miembros de las misiones en un regreso a la vida “ salvaje ” de sus antece sores. También fueron los nativos los que constituyeron la capacidad lo gística p ara acometer las ex pediciones que describiremos por las ti err as más ásperas que conocieron los padres misioneros. Sin su a y uda, como peones, guías, intérpretes y Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 125 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ hasta fuerza militar, no se habrían llevado a cabo c on tanta prof undidad en tan poco tiempo. Llegados a este punto, es nec esario a nticipar una r eflexión. I maginemos po r un instante que los indíge nas, ya fueran neófitos o catecúmenos, no formaran parte del sistema misional, sino ajenos a él, pero que, en determinadas oc asiones, para diferentes pro yectos, hubieran de ser contratados y retribuidos, tal y como entendemos ho y el sistema económico, con carácter general. La con clusión inmediata es que habría sido imposible la ejecución de las tareas s eñaladas. Los costes de mano de obra habrían sido inmensos. Sin embargo, simplemente recibiendo una alimentación básica y siendo “debidamente” adoctrinados, los nativos californios fueron capaces de realizar tan ingentes tareas. Si además pensamos que en la estru ctura de m ando y control mi sional se engarzaba n e lementos surg idos de entre los propios nativos 19 , podemos afirmar que los indios californios, lejos de re sponder a la descripción de Baegert, fueron protag onistas en el sis tema productivo misional constitu y endo el elemento económico esencial que, bajo la dirección de lo s padres y en el seno de una estructura de peculiares características, dieron lu gar a la creación de un sistema que sin ellos, habría sido imposible ni siquiera imag inar. Al analizar la estructura económica y fin anciera del sistema mi sional, podremos corr oborar que, ni los neófitos que residían en las misiones con carác ter permanente, ni los neó fitos y catecúmenos qu e la visi taban ocasionalmente, tuvieron jamás asignación salarial al guna , la cual estaba r eservada para las gentes de razón que tuvieran que residir en la península, procede ntes del continente, para el desarrollo temporal d e determinadas activida des o bien residentes fi jos que desarrollaran a lguna actividad en la misión. También hubo c omplementos pa gados a los soldados con el fin de hacer más atr activo el destino en la California. El indígena trab ajaba remunerado, como h emos indicado, por la instrucción r eligiosa que suponía la s alvación del alma, la alimentación, el vestido y la ocupación de alguna vivienda en la misión, por supuesto leva ntada por ellos. El c oste de la mano de obra no pudo ser más reducido. Como vemos, en el ámbito del entorno misional existía una diferencia permanente y real entre las gentes de razón y l os indíge nas que s e trad ucía en posiciones jerárquicas inherentes al des arrollo de los trabajos, en el esfue rz o físico necesario para su ejecución y en l a calidad y vari edad de los alimentos recibidos. El problema que podía producirse por esta situación era que, al verse el nativo con las mismas capacidades que las gentes de r azón, llegaría un momento en que exigiría un salar io o, al menos, una sustancial mejora en sus condiciones laborales, situación que no podría ser a frontada por los jesuitas, dada la escasez de la producción y la limitación de las ayuda s financier as re cibidas de l exterior. La solución adoptada para afrontar este problema fue drástica. A pes ar d e ser conscientes de las capacidades qu e los indígenas podían llegar a detentar, se 19 Cargos que ostentaba n neófito s escogidos co m o los capitan es o alcaldes de pueblo, tem as tianes y fiscales, cuyas respo nsabilida des y utilidad descr ibirem os más adelante. 126 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ limitó radicalmente el a cce so a un a formación d e ma y or profundidad qu e la d el adoctrinamiento básico, la destreza profesional de trab ajos cotidianos para la explotación agropecuaria y poco más. Una d e las consecuencias inmed iatas se tradujo en que las g entes de razón siempre tendrí an un status superior al de l indio, puesto que poseían un ma yor conocimiento y, por tanto, serían capaces de asumir mayores r esponsabilidades. Es decir, ni el paso d el tiempo, ni la aceptación de la aculturac ión mejoraron la posición social del indio en el sistema misional. Para da r soli dez a este razonamiento, es n ecesario reflexionar sobre la idea de que jamás hubo neófito californio que fuera promovido como estudiante a colegio alguno de la Orden, resultando poco creíble que, de entre los niños que desde mu y pequeños r esidieron con carácter semipermanente en la mi sión, fuera imposible que algunos pudieran haber accedido a una educación más elevada que les ha bría permitido, por ejemplo, llegar a ser misi oneros o hermanos en el seno de la Compañía 20 . Los padres prefirieron obten er de ellos el máximo rendimient o inmediato sin que nin g uno saliera del entorno mi sional. No hubo jamás un p royecto de creación de colegio como sí se cre ó en Sinaloa, lo que confirma la inconveniencia de la idea, posiblemente por considerarse demasiado bajo el nivel de instrucción del indio o por desconfia nza en que tal institución pudiera prog resar y mantenerse mínimamente. De la misma forma, nin guno de los indí g enas fue soldado en los presidios californianos. L os soldados era n hijos de soldados o traídos de l otro lado del Golfo elegidos por los sucesivos capitanes del presidio de L oreto. Al contrario de la práctica se guida en los nuevos pueblos creados a partir del siglo XVI en la Nueva España, los indios ca lifornios jamás tuvieron tierra s asigna das para su explotación individual, ni ejido s marcados para uso comunal en la época j esuita. Todo recurso era misional, inc luido el agua, los puertos, los sembrados, el ganado y toda clase de industria, siendo los nativos de la misión meros emplea dos. S i desarrollaban su cometido con actitud y confo rmida d, era n califica dos como “de confianza”; Baegert , como hemos señalado, ha abierto un amplio a banico de calificativos para los que n o responden a las expectativas deseables, sin embar go, podemos pensar que, pasados unos años, los p rimeros niños crec idos y educados en el entorno misional debí an tener los suficientes valores como para hacerse a creedores de la confianza de los padres y , por ello ser capaces de asumir la responsabilidad de explotar una pe queña superficie de tierr a particular o un hato de ganado pro pio, lo que habría podido servir para desarrollar pueblos económicamente viables. Fray Francisco Palou, que llegó a ser rec tor d e las misiones californianas tras la expulsión de los j esuitas en 1768, escribe en una carta dirigida a Fr. Juan Andrés, guardián del Colegio franciscano de San Fernando, fechada en Loreto, el 24 de noviembre de 1769 afirmando que no se pudo cumplir lo relativo a la siembra 20 Los cronistas nom bran algunos ejem plos de indios depositario s de la confianza de los m isio neros, pero no van más allá en el elogio, co m o el caso d el indio catequista Andr és Sestiaga Comanají (Clavijero, 1852 : 97) y d e un líder indígena, valiente guerrer o y gran trabaj ador, el indio Juan Nepomuceno ( Barco, 19 88: 347). Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 127 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ de una fa nega de maíz por misión en las tres del sur, como tribut o al rey “… no sólo por la pobreza de los indios, sino por su ineptitud al trabajo, pues siempre habían vivido ociosos y como fie ras en los montes” (Palou, 1994: 69, punto 8). Cabe preguntarse cómo es posible tal afirmación si el indio fue la mano de obr a de tan ingentes pr o y ectos y de las tareas citada s. Resulta imposible pensar que no estaban habituados al tr abajo, por el contrario, tras una reflexión con la suficiente perspec tiva, podemos llegar a la conclusión de que el indíg ena no fue una pieza más, sino una base de suma importancia par a mantener un sis tema misional que dependía de varios soportes en un equilibrio difícil de conseguir, pero no imposible. El indí g ena fue el principal e lemento p roductivo d e la estructura misional al hacer viable, de u na fo rma o de otra, el pro y ecto de la o btención d e recur sos para subsistir que plantearon los jesuitas por lo que, insistimos, su papel va mucho más allá de ser simplemente el obj etivo de la Orde n en la California. V.2.C. El nativo como sujeto contra el sistema misional (e nemigo, endemoniado) “También le ayudaba n mucho al Padre [padre L u yando, en San I gnacio] sus indios, no solo en lo tempora l del cultivo de la tierra, c omo y a se dixo; si n o también en la fá brica de la c asa y principalmente en abrir y allanar caminos desde la misión para tod as las ranc herías […] y aunque la obra cedía en utilidad de Dios, no obstante, para alentarles más al trabajo, al fin les repartía sus premios competentes de maíz, say ales, frezadas y otras ropas. Con este señuelo no solo trabajaban con gusto sino también co n emulación y competencia por ganar a otros la primacía y el mejor premio” (Venegas, 1979: 376). En las descripciones escritas por los cronistas, hemos vist o que han retratado al indí gena en numerosas ocasiones con una serie de adjetivos asoc iados a sus caracteres de tal forma que parec en inamovibles, e s decir, que, independientemente de las circunstancias o d el entorno, el indí g ena detentaba un carácter y , p or tanto, sus acciones estaban dirigidas continuamente hacia la realización de determinadas accione s, por ejemplo belicosas, a la constante inacción de ciertas actividades, como el trabajo o a un a p ersistente dificultad para el aprendizaje de d estrezas, como puedan ser la confecc ión de tejidos o las inherentes a la agricultura o ganadería. Sin embarg o, creemos que se pres cinde de una v isión más completa de s u comportamiento, que depende de las diferentes situaciones en las que s e viera inmerso, pues el nativo, como todo ser humano, reaccionar ía de distinta forma en función de la presión que las variables externas e jercieran sobre él o al esfuerzo que a conseguir su aprendizaje se dedicara. No pode mos definir, por ejemplo, como permanentemente violento a un grupo humano que tra ta de defe nder lo que es suy o o su cultura frente a la i njerencia de un recién llegado. Su comportamiento será agresivo, pero, des aparecida la causa inicial, será necesario reestudiar el 128 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ comportamiento para definir su cará cter en otro co ntexto. Ig nacio del Río se refiere a este a specto cu ando califica de “ ambivalente y reveladora d e un estado de confusión” la a ctitud de los indíg enas ante la llegada de los misioneros a los lug ares en donde p ermanecían y c alifica como “imperiosa”, la ne cesidad de resistencia ante la nueva cultura para “conservar el modo de vida que los pueblos nativos habían llega do a desarroll ar durante mi lenios” (Río, 1984: 207-208) y que, c omo veremos, de éstas podría depender su supervivencia. De esta forma, y con la in tención de simpli ficar el planteamiento, partiremos del establecimiento de tres escenarios diferentes en los que misioneros y nativos californios se de senvuelven. Un primer escenario a considerar es el d el prim er conta cto de los recién llega dos a un lu gar con las tribus que en él se movían. Como señalaremos más adelante, el obsequio con pequeños objetos y el ofrec imiento de alimentos atractivos para el indí gena, facilita los ac ercamientos iniciales. A veces, como quedó claro a los jesuita s tanto en la ex pedición de Atondo y Kino, com o en el desembarco en San Bruno del padre Salvatierra, o en lo que años después sería el puerto de La Paz, las hostilidades se manifiestan con ataques en masa. La c ausa de éstos, en este caso, h ay q ue buscarla en las experiencias previas a la ll ega da en 1697 de los jesuitas como fue ron las y a habituales de savenencias con los barcos perleros que se a cerca ban a las c ostas con la intención d e obligar a los n ativos a extraer perlas del Golfo o a los combates habidos contra el almirante Atondo catorce años antes de la ll egada de Salv atierra (Clavijero, 1 852: 36, 45 y 64), como se h a comentado en el capítulo V. De bemos hacer constar que , incluso en este e scenario, los indios no siempre se muestran e squivos. Sin embargo, las hostilidades iniciales de los primeros conta ctos del sur, apenas se die ron en el centro de l a península, resultando fácil a los mi sioneros, no sólo el establecimiento del contacto inicial, sino el inicio de la evangelización, como vere mos detalladamente más adelante. Un segundo y di ferente escenario se d esarrollaba cuando el contacto con la nueva tribu, ranch ería o familia procedía del pr evio conocimiento de l as intenciones de los rec ién llegados o con el conocimiento de ésta de la experiencia qu e otros nativos ya neófitos tenían con los padres en el ámbito misional. A la curiosidad se sumaba el afán de reci bir reg alos y alimentación y la aceptación d el cambio cabalga ba entre la ne gociación, el miedo a las armas y el adoctrinamiento. En esta fase, los indí genas no estaban adscritos a misión alguna, pe ro empez aban a mantener los contactos suficientes como para obt ener al gunas ventajas sie mpre y cuando ac eptaran escuchar “la palabra de Dios”. Es en este periodo, en el que no está muy bien definida la posición del indio, cuando se producen robos y acciones muy localiz ada s en el tie mpo y en el espacio, generalmente po r p ocos individuos que, como veremos, muchas veces son interpretadas como ataques y q ue son repelidas con severidad conllevando acciones de c astigo 21 . No podemos califica rlas 21 Las accio nes de ca stigo no siempre consi stía n en op eraciones de t ipo militar. Clemente Guillén narra unos robo s de ganado habidos en algunas rancherías d e Los Dolores y reciben el castigo de trazar un ca min o de o cho leguas a lo largo de la co sta (Arraj, 2014 : 75). Capítulo V. Lo s nativos d e la Ca lifornia je suita. 129 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ____________ de rebeliones, pero causan tensiones entre misioneros y tribus vecinas y dificultan la expansión. Dada la cultura nómad a desarrollada an cestra lmente en torno a la caza y l a recolección, resulta lógico pensar que, acostumbrados a la ausencia de ne cesidad de acometer esfuerzos en mejoras de estructuras habitacionales, templos o caminos, no entendieran la razón de tales esfuerzos y sólo puntuales convencimientos de los misioneros les convirtieran en un rec urso product ivo. Pensamos que, en esta fase de desarrollo de las nuevas relaciones, era c apital g anar la confianza d el indígena para qu e posibilitara un futuro cambio de há bitos. Como ese tránsito e ra más difícil que se produj era en edades adultas, el objetivo de los misioneros se centraría en mujeres, jóvenes y, sobre todo, niños, a los que se les bautizaba en las edades más tempranas y se les acogía en escuelas misionales ha sta la edad de seis años (Barco, 1988: 209). El poder que los guamas ostentaban sobre el resto de los indí genas y sus int entos de preservarlo a toda costa era eviden te en todas las nuevas misiones. Clavijero narra el caso de la fundación de San I gnacio, en la que a ntes de producirse el levantamiento, es apagado por los neófitos d e Mulegé que acompañ aba n al misionero (Clavijero, 1 852: 76). El padre Taraval c oncreta que éste c onsistió únicamente en el intento de asesinato de l misionero por un solo indígena sin que hubiera ninguna otra acción ni deseo de rebelión por nadie más (Tar aval, 1996: 120). Un tercer escenario de disgusto con el nuevo orden propuesto era el del nativo “ doctrinero ” 22 ya i mbuido en la vida mi sional. Si éste estaba bautiz ad o recibía el nombre de “ neófito ” y si no lo estaba, pero a cudía a la doctrina, el de “ catecúmeno ” ; el resto eran llamados “ gentiles ” . En esta fase, el indígena estaba inmerso en el cambio cultural, viviendo en so ciedad, con sujeción a estrictas normas y p articipando en procesos productivos que prop orcionaba n un es caso m argen de libertad 23 . Bajo estas condiciones, los nativos s erían tachados de indolen tes o perezosos, pero como hemos indicado, contribu y er on fundament almente con su trabajo al mantenimiento y de sarrollo misional. En e ste escenario, los indígenas estaban sujetos a un c ontrol férreo en todas las actividades que desarrollan a lo largo del día (asistencia a a ctos religiosos, formación, trabajo, etc.), y a la disposición absol utamente limitada de los bienes misionales. Debemos considerar que lo que los misioneros califican como comportamientos “bárbaros” no siempre deben ser definidos como tal es, a l a vist a de los resultados positi vos y teniendo en cuenta que su cultura ant erior era totalmente contraria a la de este e scenario, por lo que se puede entender f ácilmente que sur g ieran lo calizadas acciones discordantes y t ambién p equeños rob os en las misiones, en los sembrados o en los campos de ganado . Estas acciones estaban 22 Este tér m ino es empleado en un informe de 1765, cr eem os por su estructura, caligrafía y contenido, atrib uible al padre vis itad or Lizasoaín, (UT . WBS. 68). En el folio 27 se indica que “por nombre de d octrineros se entienden todos los indios q ue, habiendo llegado al uso de la razón hasta que se case n según el estilo de algunas pro vincias y se gún el de otras hasta q ue tenga n hij os […] asisten todo s los días tarde y ma ñana a la iglesia a r ezar las oraciones y doctr ina cristiana”. Entendemos que tales rezos p ued en ser efectuado s en las ca beceras m isionales o e n los pueb los de visita. 23 Esta situación será estudiada con detalle en los capítulo s VI y VII. 130 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ controladas de tal forma que la respuesta del sistema misional era inmediata y contundente mediante la reprimenda o el castigo fís ico, de los cuales qued an huellas de grillos y cepos e n los i nventarios (Corona do, 1994). Cuando tratamos de leer entre líneas para entresacar de los tex tos alguna s grie tas del sistema, podemos señalar los principales motivos de descontento del indígena en estos dos últimos escenarios. La reducción al sistema misional suponía la cesación del nomadeo duran te unos días o semanas al mes, días en los que las rancherías acudían a la misión a recibir la doctrina y r ealizar trabajos. En esos días, la misión alimentaba a la totalidad de los allí presentes y se supone que los nativos recibían ésta con alegría al ahorrarse la búsqueda de semillas y frutos en e l campo. L ejos de la consideración reflejada en los escritos d e los padres jesuitas, las rancherías y naciones del Sur de la península, no pereg rinaban continuamente en busca de alimentos. L os e studios realizados en las acumulaciones de huesos procedentes de l a pesca manifiestan que los asentamientos de los pericúe s costeros tenían un carácter semipermanente y respondían a la necesida d de cooperar en la difícil pesca de peces, d elfines y otros cetáceos (Rodríguez Tomp, 2003: 23). L a irrupción de los jesuitas bus cando la forma d e hacer depender a los indios de las reglas misionales, tuvo que causar un fuerte impacto en sus modos de vida. En e l ca so de las rancherías de ca zadores-r ecolectores, está demostrado que un e sfuerzo de entre 15 y 20 horas de dedicación a la semana, con carác ter g eneral, bastaban para satisfacer las necesidades alimenticias (Rodríguez Tomp, 2013: 170). Sin duda, los tra bajos dia rios mi sionales y la sujeción a horarios y c alenda rios hubo de suponer pa ra los indígenas una carga difí cil de soportar, en comparación con el mínimo esfuerzo al que estaban ac ostumbrados para la obtención de alimentos. Resulta llamativo el relato de C lavijero de la es capada que llevaron a cabo algunos pe ricúe s en 176 6, fuga a la contracosta del Golfo tras el robo de una embarcación de la misión de Santiago y en la que consiguieron lle gar hasta l a ciudad de México para ex poner unas quejas entre las que se encuentra la de una absoluta prohibición de liberta d de movimientos (Clavijero, 1852: 104-105). Sorpre nde e ste aspecto al pensar qu e brota tal protesta por primera vez en 1766, siendo la restricción de movilidad un requisito que se im po nía desde la aceptación por parte del indígena d e la vida en el seno del sistema mi sional, desde casi setenta años antes 24 . Sólo el permiso de un misionero podía perm itir al na tivo el desplazamiento más allá de la z ona asignada a la ranchería o facultarle para ausentarse de la misión. La prohibición trató de evitar el despl azamiento del re curso humano d esde una misión a otra, que causaba perjuicios económicos y logísticos pero que, podemos deducir, nunca fue del todo aceptada de buen grado. 24 Clavijero detalla la restricción de movimientos. “ni los pericúes podían pasar al p aís de los guaycuras, ni éstos al d e los cochimíes; y lo que es todavía más notable, ni aún era p ermitido a un a tribu p oner lo s pies en el territ orio de otra de la misma nación [ …] . Más desp ués de haber recib ido el cr istianismo, pod ían a su a ntojo andar por todo el terr itorio de su respectiva misión” (Clavij ero, 1852, 104). Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 233 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ responder al esfuerzo realiz ado aportando la producción esperada, po r d iversas causas como la disminuc ión del número de indios, la variac ión o d esaparición de los flujos de ag ua o las pr olonga das sequías (Ba y le, 1933: 123). Por esta razón, los jesuitas fueron conscientes de que el éx ito de la empresa dependía en gran medida de la localización y explotación de los humedales y d e acometer los trabajos para su transformación en oasis. VI I.4. Las estancias misionales Hemos apuntado que las mi siones respondía n a tres funciones, la religiosa, la social y la productiva, entre otras. La estructura habitacional de la función relig iosa estaba constituida por la iglesia o c apilla y por el atrio, e dificios de los que hablaremos con det alle más adelante. D e fo rma complementaria, p odemos considerar que las habitaciones que modificaron los usos sociales de los indígenas estaban fo rmadas no sól o por las viviendas, sino también por los lugares públicos entre ellas, como las pl az as o calles, lugares en donde se manifestaban las fiestas relig iosas o los b ailes tolerados, quedando los tall eres, establos y almacenes como estructuras del ámbito productivo. Cuando hablamos de la planta de la misión, no podemos dejar de lado l a consideración esenc ial y tradicional de las estancias misionales, así como “el atrio, la capilla abierta, las capill as posas, y la cruz en un mismo asentamiento, y a que las funciones que cumplen, tanto de forma individual, como globalmente, los d efinen como edificios integrantes de una unida d constructiva ” (Espinosa, 1995: 1). La misma autora subra y a que las iglesias construidas en piedra en la Baja California, “se caracter izan por ten er atrio” (Espinosa, 2011: 1 06). Podemos suponer, por tanto, que las iglesias levantadas con materiales pobres no se acompañan necesariamente con una estructura a corde con las tradiciones al e fec to, por lo que no hace falta la delimitación de un atrio, bastando, si a caso, con que la i g lesia esté sit uada en una plaza para cumplir sus funciones y hacer not ar su presencia como edificio más importante de la c omuni dad 22 . Messmacher, en un intento de manifestar un a í ntima relación entre las misiones jesuíticas infiere “qu e la planta y partido de estas misiones -redu cciones [las jesuitas de la B aja Ca lifornia] tuvo semeja nzas con las del prototi po par aguay o, si se ex ceptúa el volumen de indi os reducidos” (Me ssmacher, 1997: 311). Pe nsamos que, tanto si nos referimos al espacio físico r elativo, como si nos centramos en la observac ión de la situació n preeminente de la iglesia con el resto de las poblaciones, el parecido es lógico sólo en la división entre iglesia-viviendas de neófit os-del misionero y sold ados-t allere s-hospital, pero a penas nada más. Creemos que establecer sim ilitudes de las plantas californianas con la s de las misiones 22 Fuensanta Baena estab lece tres zo nas difere nciadas en la estructura misional: Una religio sa, con la iglesia, la cruz y la p laza y calles p rocesionales, otra de carácter civil, con las estancia s donde vivían los indí genas y las troj es, talleres y d espensas y, final mente, los espacios a gro - ga na deros, de carácter p roductivo (Baena, 201 2:103). 234 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ paraguay as más allá de su función básica es extrapolar conclusiones discuti bles, sin aportar otros datos interesantes, como vamos a comentar a continuación. La persistente normativa sobre el modo en que las ci udades del Nuevo Mundo debían ser conformadas muestra la constante preocupación por el orden urbano de los monarcas españoles del siglo XVI 23 . C on el único ánimo de concre tar un resumen de los requisitos afianzados en ella de la plant a urbana, citaremos las Ordenanzas de 13 de julio de 1573 de Descubrimiento, Población y Pacificación de las Indias, en las que se señala tex tualmente en la ordena nza 114 que de “la plaça salga n quatro calles principales, una por medio de cada costado de la plaça y dos calles po r cada esquina”, es decir, que se diseñen siguiendo fielmente el modelo de Santa Fe y en la 126, “en la plaz a no se den solares para particulares: dense para iglesia y casa s reales, y propios de la ciudad” 24 . La realidad fue que la cre ación de los pueblos de indios, anexos o separa dos de las ciudades y villas, también respondieron a este modelo desde las primeras reducc iones de las órden es mendicantes: “lo dem ás del pueblo se dividía a cordel, las calles de rechas y anchas, Nor te a Sur, L este a Oeste, en form a d e cuadras” (F ra y Antonio del Remesal en Solano, 1995: 144). En la medida de lo posible, los pueblos de misión fundados por los jesuitas en l a f rontera noroeste de la Nueva España, fueron trazados a im itación de los pueblos ant eriores, situando en el lu gar central, la iglesia con su atrio, el ce menterio 25 y las dependencias misionales y , fo rmando cuadra s, las viviendas, tall ere s y almacenes. La s características urbanas de los recintos misionales de la C alifornia jesuita difieren de l as de los franciscanos: mientras esto s configuran la misión c omo un espacio cerrado, de tipo monástico, los jesuitas extienden el plano misional como una “aldea misional”, a veces a continuación de a ldeas indíg enas y a exist entes. Una plaza con la iglesia, la casa del misionero y alguna dependencia más para los foráne os, otr as dependencias para los talleres y algunas edificaciones extremadamente sencillas para los indí ge nas, generalmente no de masiado ordenada s (Montes, 2011: 213). L eonardo Varela señala la falta del aspecto de 23 E l pro fesor Molina Martínez nos recuerda que, co n a nterioridad al inicio de la legislació n so bre el asu nto, Nicolás de Ovando, en 15 02, siguió el trazad o reticular pro pio d el ca strum ro m ano, co n el antecedente de la Santa Fe granadina, para el d iseño de la planta de Santo Do mingo (Mo lina, 1992: 56). Respec to d e las d iversas le yes sob re la plan ta urbana, valgan co mo ejemplo las referenciadas en la reco pilación d e “Nor m as y leyes de la ciudad hispanoa mericana” realizada por Francisco de So lano, que incluye la descripción d e las trazas de levantamiento de ciudades como Santiago de Guatemala, Lima, San P edro de Puerto Caballo s en Honduras y otras vari as (Solano, 1995 : 75, 112 y 114) . 24 El tema del urbani smo e n el Nuevo Mu ndo es m ás co m plej o. A pesar de la legislació n, la necesaria flexibilidad par a adaptarse a las necesidad es traj o, por ejemplo, trazas urbanas d iferentes en las ciudades de m ina s. Un completo estu dio comparativo entre distintos enclaves, aspectos urbanísticos y arquitectónico s se puede consultar e n (López Guzmá n, 2007). 25 Antes d e la llegada d e los jesuita s a la California, los c uerpos de los fallecidos er an que mados “quizás p or la dificultad de darles sepultur a en tierr a tan pedregosa, y sin i nstrumentos, que no los tienen”, pero se les i nstruyó en la co stumbre de enterrar a los difuntos “y po nen e ncima una cr uz […]. A esta d iligencia se debe el que a muchos de ellos no se los coman desampar ados; las fieras, co mo ante s s e comían no pocos, porq ue dexados sin cuidado y sin guardia, perecían comido s de los animales” (Carta d el padre Tamaral en Díaz, 198 6: 12 8). As í pues, los enterrad os en el cementerio misional eran los fallecidos en la prop ia m isión. Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 235 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ co nventos-fortaleza de la s misiones del XV I , indicando que tampoco cuentan con la barda perimetra l de los conjuntos franciscanos ( Vare la, 2018: 56). Al contrario que en l a ma y or parte del continente, en la California jesuita no siempre fue posible respetar el diseño de la traza reticular en torno a una plaza rectang ular central. Es ci erto que la iglesia ocupó en todas las misiones la p osición preeminente y qu e delante de ella se extendía un atrio o una plaz a, p ero la difícil orografía del terreno im puso sus particulares condiciones. Ha y rasgos comunes a casi todas ellas, tales como la contigüidad de las habit aciones y al menos, la cercanía de los talleres y trojes con la i g lesia, l a erección de la cruz de piedra o madera a cierta distancia de la fac hada prin cipal del templo y el fácil acceso hasta llegar a ella desde el ex terior. Los ca minos terminaban o salían de e sa plaza o a trio, pero en aquellos parajes mi sionales, g eneralmente oasis c onstreñidos en los que la misión se extendía a lo largo de las riberas de los cauces de a gua , es poco probabl e que se pudiera respetar el mo delo indi cado. Tanto es así que s e procuraba que las explanadas situadas ante las fac hadas prin cipales, permitieran los actos religiosos, pero no que sacrificaran importantes extensiones par a el cultivo. Para evitarlo, podemos observar que, en los lugares estrechos y alargados, la i g lesia estaba frec uentemente situada en un borde del oasis. Pero la búsqueda del máximo aprovec hamiento del suelo cultivable no era la únic a razón para que la sit uación del templo, las habitaciones y las viviendas estuviera n situadas fuera del cauc e. En las misiones que ap rovec ha ban el suelo del cauce para cultivo, eran frecuente las temibles avenidas d e a g ua originadas por fuertes tormentas. Era inevitable que s e destruy eran las huertas y las acequias, pero las vivi endas y el templo estaban a sa lvo de las riada s (Crosb y, 2010: 175). Respecto a la disposición de las viviendas de los soldados, rec ordemos que, salvo en L oreto, mi sión que contaba con un presidio, generalmente sólo había uno o dos escoltas en cada c abecera , por lo que sólo se necesitaba una estancia capaz para po co más de ese número. Desconocemos si en las misiones californianas, insistimos, salvo Lore to, era posible que el soldado habitara permanentem ente en la misma sin ser rel eva do, en cu y o caso, probablemente disfrutara de al gún p equeño terreno y alguna cabeza de ga nado para su familia en el caso de estar casa do. Las viviendas para los indios estarían agrupa das en algún lugar cercano a la iglesia fo rmando en ocasiones u na sola calle con la misma, calle que delinearía el fin del camino de llega da. Podemos considerar, por tanto, que el complejo misional comprendía dos clases de estancias. Un primer conjunto estarí a sit uado en torno a la plaza, a uno o varios patios o a un atrio formado g eneralmente por la i glesia, la vivienda del misionero y soldados de escolta, los talleres, las troje s y almacenes y , a veces, el hospital y los aposentos de los niños en periodo de instrucción, que vivían fijos. E l resto de los edificios, viviendas de los indios, cuadras y establos, estarían dis puestos alineados en torno a una calle/camino o alrededor de una plaza que podría llegar a confundirse con el atrio misional . Respecto al ce menterio, señ alaremos q ue ha y mis iones, como San José de Comondú, que tienen el c amposanto aledañ o a los edificios misionales y o tros, como San Fra ncisc o de Borja, que lo ti enen algo alejado del recinto y de bidamente cercado. 236 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Como y a hemos mencionado, los neófitos acogidos permanentemente en la misión, no tenían ga nado propio, pues todo el que había era propiedad de la comunidad, por lo que, en las misiones ca lifornianas difícilmente encontraremos el mosaico de casitas con pequeña huerta alrededor de la i glesia conformando el pueblo. Las únicas pequeñas huertas con al gún anim al era n de las f amilias de las “ gentes de razón ” y éstas habitualmente se podrían encontrar sólo en algunas misiones gra ndes como L oreto. Si hablamos de las misiones del sur, L oreto y , quizás, San Francisco Javier, podemos pensar que, estando situadas e n un terreno plano y más amplio, la disposición de las viviendas podría haber sido alr ededor de la plaza o atrio, pero también resulta posible que no fuera así respetando la citada Orden anza 126. Además, hay que tener en cuenta que, salvo en Loreto, no había edificios reales, militares ni administrativos que dieran c ontorno a la plaza, por lo que ésta quedaría diáfana. En Santa Rosalía y en Todos Santos, por el contrario, se buscó que la iglesia ocupara un lu ga r pr eferente frente al resto de la misión, siendo erigidas en promontorios. El padre Clavijero descri be la construcción de los primeros edificios una vez señalado el lu gar de erec ción de la misión. Unos pa los atados con tiras de cuero que soportaban un techo de cañas . “Cuando las misiones con el tiempo adquirieron estabilidad, los neófitos comenzaban a s acudir la pereza de la vida salvaj e y s e conseguían mejores materiales para fabricar, se c onstruían mejores ig lesias y casas más cómodas (Clavijero, 1852: 97). Hay qu e imaginar que, dada la fragilidad de estas construcciones ini ciales, estarían algo s eparadas unas de otras en un primer momento. Sólo cuando las paredes de las viviendas eran d e adobe, éstas aparecerían unidas unas a otras. Inicialmente, la misión erigida constaba de una c apilla, levantada en jacal, con la simple intención de identificar la presencia de l misionero, y poco después se construía en adobe otra c apilla 26 , la habitación del mi sionero y l a de los soldados de esc olta. A medida que la población n eófita se iba adecuando al plan misional, se alternaba n los trab ajos agrícolas con la mejor a de l a iglesia. Un a vez te rminada ésta, se proc uraba paulatinamente que los edificios colindantes guardaran alguna relación con la arquitec tura de la iglesia. El pa dre Ba egert nos ilustra, una vez más, con el relato de otro de esos esfuerzos titánicos realizados por los misioneros, refiriéndose a la falta de acabado de la iglesia de San I gnacio por el padre Rotea: “El padre de la misión de San I gnacio nunca quiso resolv erse a construir una iglesia de cal y canto porq ue le pareció im posible conseg uir la leña necesaria para quemar la cal […] . Es cierto que yo hallé su ficiente leña para mi cal cuando edifiqué mi iglesia y mi casa, pero treinta mil tabiques [ladrillos de barro co cido] tuve que cocerlos con el corazón o esqueleto de la s matas o nabos” (Baegert, 1942: 38 -39). 26 “Respecto a las edificac iones [d e la Baj a California], to das tenían u n punto en co mún, se i dearon como espacios despejad os donde el p resbiterio era visible desde todos los puntos del templo sin que nada i m pidiera su visión. De este m odo se lograba ver siem pre el o rna to p rincipal de los templos, las imágenes devocio nales y a los fieles e n ellas ” (S uñer, 2018 : 727). Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 237 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Hemos apuntado qu e las estancias misionales estaban contiguas a la i glesia. Los modelos de distribución son variados, sin duda dependiendo de los espacios disponibles, los vientos, los materia les y , por s upuesto, las necesidades. En los dibujos de I gnacio Tirsc h de las misiones de Santiag o y San José del Cabo, únicas que plasmó de forma esq uemática de manera in genua característica del sigl o XVIII, podemos apreciar que ha y unos edificios aledaños a la i glesia , presumiblemente la escuela, el hospital, los talleres, los almacenes y l a vivienda del misionero. Separados de éste, pero alineados entre ellos, las viviendas de los neófitos, posiblemente de los que no tenían residencia fija en la misión y , al fondo, en unas casitas que a parentan ser de mejor fac tura (fachada enfoscada, tejados a dos aguas, porches), e s probable que sea n los de los residentes fijos e n la misión. Observemos la disposición en torno a la plaza, centro de la a ctividad misional, mencionada para las misiones del sur. Figura VII-1. Misión de Santiago de los Coras. Ignacio T irsch. La dist ribución de las estancias mi sionales es, sin embargo, mu y variada. Tengamos en cu enta, ad emás de las men cionadas circunsta ncias orográficas, que también influ y en los crit erios del promotor de la construcción, definidos por las diferentes épocas, su nacionalidad, posibilidades fi nancieras, y necesidades propia s de la mi sión. Por ello, no debe sorprendernos que los productivos complejos misionales de San Francisco Javier y San José de Comondú, entre otros, cuenten con mejores estructuras y mayor núme ro de estancias q ue otras de menor entidad productiva. La misión de San José de Comondú dispone las habitaciones todo alrede dor de un patio trasero a la ig lesia y a dos costados de un atrio latera l, quedando este último, con la iglesia, a bierto sólo por uno de los lados. Una buena casa con la habitación para los padres, de bóveda, y los demás cuartos necesarios para oficinas, cubiertos de jacal. El autor del inventario r eferido dist ingue entre “oficin as de l a casa” y “ofi cinas fu era de la casa”, enumerand o, entre otros, en las pr imeras, herra mientas de carpinte ría. En las de fuera, sobr e todo hay aperos de lab ranza y 238 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ efec tos d e ganadería que parecen corresponder con ranchos o lu gares de trabajo cercanos a la misión y si túa la fragua entre ellas, lo que llama la atención, pu es el plano sitúa la herrería dentro del conjunto misional, aunque no rodee ni el pat io ni el atrio. (Coronado, 1994: 79-80). Figura VII-2. Misión de San Jo sé del Cabo Añuití. Ignacio T irsch. Plano VII -2. Planta de la m isió n de San José de Com ondú. F uente: (Verno n, 2002 : 65 ). Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 239 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ En San Francisco J avier Biaundó, el número d e estancias desciende resp ecto de los anteriores, estando situadas detrás del ábsi de de la i g lesia. El inven tario de 1773 agrupa los e fec tos en las siguientes habitaciones: casa d el misionero, cocina, bodega, panadería , carp intería, fr agua y al menos otro cuarto con objetos de albañilería, c antería y herramie ntas de c ampo, es decir, un mínim o de siete estancias. S in embargo, la enumera ción que hace e l redactor d el inventario e numera “ dos cuartos de ca l y ca nto con su bóveda [ distintos de las sacristías, y a citadas con anterioridad], uno de ad obes con su sala y apos ento [ pare ce ser l a vivienda del misionero], nueve oficin as de adobes y t errado, dos trojes de piedra y lo do y un cuarto que sirve para e l s old ado de escolta” (Coronado, 1994: 57). Volvemos a dar más crédito a esta versión, máx ime cuando describe calidades de construcción que no coinciden con los grosores de los muros de las seis estancias reflejados en el plano V II -3 y coincid entes c on los de la iglesia , c uando en el inventario sólo detalla dos de ellos “de cal y ca nto con su bóveda”. Plano VII -3. Planta de San Francisco Javier Biaundó . Fuente: (Vernon, 20 02: 21 ). Baegert describe l a disposición de Nuestra Señora de L oreto, subr a y ando su poco parecido a una ciud ad. “La habitación del misionero [ …] era un pequeño cuadrilá tero de un solo piso, de adobes li ge ramente revocado con cal, con techo totalmente plano . La iglesia ocupa un ala […]. Las otr as tres alas consi sten de sei s cuartitos de tres bra zas por cada lado, cada uno con un ag ujero para la luz que da a la arena o al mar, la sacristía, la cocina y una pequeñ a tienda”. El presidio era “un techado de zacate, que desempeña el papel de cuarto de guardia y , al mismo tiempo, de cuartel de los so ldados solteros” (Baege rt, 1942: 157). 240 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Figura VII-3. Misión de Loreto en el siglo XIX. Autor desconocido. Fuente: https://www.pinter est.es/pin/4 115868534 17271639/ consultada el 1 7 de enero de 20 19. A pesar de que la misión es descrita como un patio cerrado por los cuatro lados, ha bía un atrio “que desa pareció c on la apertura de la calle” (D íaz, 1986: 97). Esta descripción no coincide con la del inventario de 1773, que relaciona “13 piezas bajas y 2 altas y otro cuartito chico c on puerta hacia afuera y dos corralitos de adobes: el uno para las gallinas y el otro de palomar; otro corra l peg ado a la cocina” (Coronado, 1994: 37). La calidad de la obr a es aho ra apreciada como de cal y canto, salvo los corralitos, que son reconocidos de adobe. Parece más creíble est a última versión, redactada po r alguien ajeno a la Compañía y qu e cuenta con más estancias, de conformidad con las necesidades que podemos imaginar en un centro de alta importancia logística: almacenes, talleres, cocina, dor mitorios de los niños, hospital, habitaciones para otros misioneros, e tc. Ulises La ssepas nos proporciona datos de L oreto relativos a su estado en 1857. Por un lado, describe la penosa situación de abandono desde que fue clausurada como tal misión en 1829 : “Unas pobres familias habitan las piezas ennegrecidas y deterioradas del colegio y troje. Un cuero crudo funciona d e puerta. ¡Tal es e l triste aspecto de la a ntigua y primordial ca pital d el ter ritorio!” (Lassepas, 1995: 178). A pesar d e ello, nos proporciona las medidas de los rest os que permanecen casi tre inta años después: “L os edificios de L oreto son: El coleg io, de 216 vara s cuadra das que contiene 16 pi ezas, inclusa la iglesia además de otr as dos piezas separadas ll amadas el almacé n; la troje, 41 va ras sobre 7 ½; la ca sa de g obierno, 15 vara s sobre 6 ½; el arsena l, 48 varas, sobre 6 ½; la casa consistorial, 7 vara s sobre 5” (La ssepas , 1995: 179). Esta descripción coincide en mucho c on la d el inventario. Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 241 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Plano VII-4. Planta actual del edificio princ ipal de la misió n de N uestra. Sra. d e Loreto. Fuente: (Hinojo sa, 2000: 26). El inventario de La Purísima aparece agrupado en las siguiente s estanc ias: “casa del misionero, ofi cina de trastes, carpintería, fragua, cuarto de telares, bodega, oficina de hi gos y otras cosas, despens a del gasto, cocina y otros para el campo” (Coronado, 1994: 91-95), sin facilitar más detalle. Santa Rosalía de Mulegé en la ac tualidad carece aparentemente de atrio , pero ti ene delante una ex planada con plataforma s de varios niveles (Díaz, 1986: 116). En el inventario se confunden las estancias. En la casa del mi sionero se integra la vivienda de l padre , la cocina, los cua rtos de herramientas de c ampo y los tela res. La ca rpintería y la fragua aparecen independientes, así como una “ofi cina” con sillas de montar y efectos de vaqueros y pastor es (Coronado, 1994: 107-109). L a separación entre estanc ia s nos induce a im aginar una cierta dispersión entre ellas huye ndo de la estructura patio/atrio descrita en otras misiones a pes ar de la importancia que tuvo esta misión en la expansión hacia el norte. Hinojosa aprecia la ex istencia de cimientos exteriores al ala norte del edificio misional, in dicando que “el conjunto de la ig lesia era más grande” (Hinojosa, 2000: 62). La c asa de la misión de Nuestra Señora de Guadalupe es descrita, así como la iglesia, como “mu y bi en proporcionada, de pie dra, con sus azoteas de t orta” en los inventarios de 1773. En ellos, los artículos enumerados aparecen clasificados, no por estancias, sino por su natura leza: los de la cas a, que comprenden los utensilios de cocina, tela res, e fectos del padre, librería, servicio, campo, etc.; figuran separados los de albañilería, c arpintería y fra g ua (Coronad o, 199 4: 120- 126). En la actualidad sólo quedan los restos de algunos cimientos que permiten 242 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ suponer la ex istencia de u n conjunto de grandes dimensiones. Asimismo, hay r estos de muros y lindes de piedras de huertas en las inmediaciones destinados a proteger las mismas de las inundaciones (Hinojosa , 2000: 83). Plano VII -5. Planta del ed ificio actual de la misión de Santa Rosalía de Mu legé. Fuente: (Hinoj osa, 2000: 61). El inventario de 1773 detalla las estancias de S an Ignacio: ca sa que incluye la cocina, bodega, c arpintería, albañilería, fra gua y, al menos, otro cuarto para los utensilios del campo, sin detallar nad a más, salvo que indica que la ig lesia es de adobe, por lo que podem os afirmar qu e las estanc ias también lo serían (Coronado, 1994: 138-142). Hay que resa ltar que el templo y edifica ciones actuales anexas fue construido por los dominicos tras la expulsión de los jesuitas. En Santa Gertr udis, el inventario no facilita dato alguno sobr e estancias de la casa, limitándose a relacionar los diversos efectos de campo, carpintería , fragua y las existencias en la/las trojes y la bodega (Coronado, 1994: 160-164). San J osé del Cabo describe las estancias en el inventario, de adobe con te cho de terrado y “a punto de caerse”: troje, casa del misionero, cocina y frag ua (Coronado, 1994: 174-176). Es, quizás, la mi sión más pobre en el momento de la expulsión, lo que sorprende si tenemos en cuenta el especial cometido de ésta de apoy ar al Galeón de la China en la casi obligada estación de aguaje, en su ruta hacia Acapulco. La casa d el misionero de la mi sión de S antiago de los Coras es descrita en el inventario de 1773, como “de adobe s y lodo, bl anqueada de c al por dentro y por fuera , con su azotea de mezcla, con dos corredores. Tiene una sala y un cuarto buenos”. De man era independiente s e relacionan los utensilios de labranza, carpintería y herrería, co ntando también con, al menos, una troje pa ra granos. El citado inventario indic a que la casa “que sirve a los padres [está] hecha de adobes, cubierta con mezcla y p etate por aba jo, con un corredor bastante largo y capaz. Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 249 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ ajuar doméstico se reducían a algún cestillo fácilmente transportable tejido con mimbres y de aplicaciones diversas, por lo que tampoco era necesaria una estructura jerarquizada de for ma co mpleja para tomar la decisión de iniciar e l traslado 32 . Esta forma de vida, extremadamente sencilla y ausente de una organización compleja constituía una “tradición cultural de libertad” que dificultaría sobremanera el contacto pe rmane nte que reque ría el proceso de ad octrinamiento jesuita (Río, 1984: 128). L as reg iones centrales de la península ofrecen un paisaj e desértico, por lo que el nomadeo tiene aquí ma y or importan cia. Cua ndo los misioneros habl an de las sequías, las h ay de hasta cinco años de duración, lo que ll ega a c ausar l a desaparición o, al menos, la decadencia de varias de las visitas y misiones de esta región. La descripción d e las costumbres salvajes de los indios responde más a esta zona desértica que a las del Norte o del Sur (Rodrígue z Tomp, 2003: 39). Los primeros mi sioneros se refieren a las rancherías como a los grupos de indígena s que se e ncuentran en un lugar. Aun siendo nómadas, éstos se mueven por área s que no distan muchas leg uas unas de otra s, salvo en circ unstancias de catástrofes especiales c omo las plagas de langosta o las sequías. “Nosotros, sin faltar a la enseñanza de los que teníamos en casa, salíamos en busca d e los que nos s olicitaban, y con esas sali das descubrió e l P. Recto r Juan María todas las rancherías de qu e consta la M issión d e L oreto Conchó” (Píccolo, 1962: 51, I nforme de 10 de febrero de 1702 a la Real Audiencia de Guada lajara). La ranc hería responde a la agrupación natural de indios, casi siempre en grupos pequeños, no rmalmente con vínculos familiare s y de lengua y con li bertad para moverse libre mente. La se paración entre unas rancherías y otras era debida en parte a la esca sez de fuentes naturales de a gua . Esta es la estructura social que encontraron los misioneros en toda la península. Sin embarg o, el proce so de absorción de la ranchería por parte de la misión era progresivo y “se les inducía a arra igarse temporal o definitivamente e n ella [ en la mi sión] o en los parajes proporcionados que se hallaran en las pr oxim idades” (Río, 1984: 122). Lo común era que, con el fin de poder re ferirse a algún grupo de indígenas y no a otro, se nombrara a las rancherías con nom bres diferentes, generalmente de santos o de lugare s referidos en la leng ua indígena, de tal forma que, co mo las rancherías s e movían ent re d eterminados lími tes territoriales, el nombre asignado servía en numerosas ocasi ones, para designar a la ranc hería, al grupo humano y no tanto al terreno, aguaje, valle o monte en el que ésta habitualmen te se hallaba (Muñoz González, 2015: 74). Sin embargo, el padre Tamaral identifica tr einta y dos diá m etro” y en e l norte, “para dormir, hacen en la tierra una especie de sep ultura como de media vara de profu nda”. En la parte centra l de la península, ref iere que se construían unos “cercadillos de dos varas de diám etro ” sin techo “porque les agob iaba” ( B arco, 1 988: 268) . 32 Los mo vimientos d e los indio s en el territorio no eran erráticos, respondían a varios i ntereses. Si bien las familia s y r ancherías al com pleto se d esplazaban buscando la exp lotación de las p lantas silvestres allá d onde se enco ntraran, también está documentado que rea lizaban intercambios de objetos, semillas, abalorio s, piedras, etc. , entre las difere ntes ranc herías. P untos de o bligado paso eran las fuentes de agu a e n esos desplaza mien to s, lo que diseñaba unas rutas más o menos fijas q ue darían lugar a los ca m inos permanentes utilizad os por los jesuitas y los militares (Rodrígue z Tomp, 2003: 34 - 35). 250 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ rancherías en las inmediaciones de La Purísima, todas con el nombre d el amplio lugar en “ donde empieza su t err itorio” ( carta reproducida en Díaz, 1986: 12 5) 33 . Los padres jesuitas emplearon prin cipalmente dos recursos para lo g rar el acerca miento. Como h emos visto al coment ar el sistema evan geliz ador empleado en la península, el primero de ellos fue vincular el contacto entre las dos culturas con la mejora de su alimentación de form a progresiva. El segundo y n o menos importante, era la institucionalización de los “pueblos de visita” o, coloqui al mente, las “visitas” 34 . En un sentido estricto, las visitas eran lugares a los que el titular de la cabecera misional se dirigía p eriódicamente para adoctrin ar a los indios. L a constitución del pueblo d e visi ta e ra producto d e un procedimiento de acercamiento progresivo ha cia la cultur a misional. I nicialmente, tras la lleg ada del pa dre al luga r, se producía el agrupa miento de los habitantes de un áre a determinada para recibir su enseñanza, c elebrar la misa y , en la ma y or parte de las ocasiones, reforzar s u alimento con el poz ole aportado por el mi sionero que preparaba in situ y que gratifica ba a los asistentes. Las visitas tenían un carácter fijo, en el sentido de que, si bien al p rincipio, son los mi sioneros los que localiz an dónde se encuentra e l grupo y es allí donde se imparte la doctrina, tras varios contactos, se fija el lugar de reunión y se levanta una c apilla, frecuentemente acompañada de una habitación para dormitorio del padre, a donde los indios debe n acudir 35 . Dependiendo de la ge ografía de los entornos misionales, del númer o y con centración de los indígenas, del grado de catequización y de la le janía, así se establece rían los hábitos de visita, pero también la calidad de la arquitectura de la capilla 36 . En ocasiones, el lugar elegido no fue acert ado pues “pasado el br eve laps o de floración, la sequeda d volvía a ser tanta qu e descubrir algún aguaje o arro y o les producía una alegría sólo superable po r el encuentro de algunos árboles frutales” ( Bernabé u y García Redondo, 2014: 146). Era habitual qu e, en los contactos entre los habitantes de diferentes grupos vecinos, unos que había n tenido alguna relación con los padres y otros a los que todavía éstos no habían ll egado, se comentaran la s novedades inherentes a rec ibir la asistencia de los mi s ioneros, con las ventajas que ello comportaba, provocando la c uriosidad de extraños que acudían a la siguiente visita en los días señalados por el misionero. L os padres interpretaban que querían recibir la doctrina, bautizaban a 33 C uriosame nte, la gran m ayoría de los to pónimos de las lenguas indígenas se re fieren a la situación o cualidad del agua que allí ha y. 34 Gloria Esp inosa alude al concep to de visita cread o por los franciscanos, dentro de sus e structu ra s guardianía-vicaría -visita, en la que en la vis ita “no residían religiosos y ellos sólo aparecían periód icam ente par a satisfacer las necesidades más urgentes d e la población” (Esp inosa, 1995 : 2 ). 35 De San Ignacio, visita de San José de Comondú, decía el padre May orga, “no hab ía m ás que un aposen to para el padre en tan malas condiciones que si no se caía solo sería m enester derribarle”. En San Juan (también nombrado com o pueblo de visita de San José de C o m ondú) “h abía una piececilla para el padre y una despen silla , piezas bien m alas” ( Río, 1984: 138). 36 Mientras mucha s de las capill as levantadas por los misionero s han desap arecido, lo s restos de la capilla de la visita de San Jua n Londó presentan muros d e pied ra co n una pesad a b óveda, ta m bién de piedra y mortero ( Vernon, 2002: 3 5). La mayor p arte d e estas ca pillas fueron levantadas en ado be, algunas con una m ezcla de adobe y p iedras (por e jemplo, Calamajué), pero tam bién hubo vi sitas que la capilla co nsis tía en un jacal con techo d e palmas. Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 251 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ los niños, se esforzaban e n aprender la lengua de lo s recién llegados si era dif ere nte, se interesaban por cono cer el núme ro de posi bles nuevos neófitos del l ugar de procede ncia, la distancia y las posibil idades ac uífera s y se planteaban nuevas expediciones para expandir el sistema misional. S upuesto el éx ito de la ex p edición, se fundaría un a nueva misi ón y la visita pasaría a depender, probablemente, del misionero del nuevo centro o, incluso, ésta podría llegar a tener el status de nueva misión, con ampliación de sus instalaciones y la adscripción de un mi sionero permanente 37 . A vece s, previendo tal expansión, se adscribe a un pueblo de visita un padre recién lle gado c on el fin de, auxiliando a otro padre titular de la misión, mejorar las condiciones de la visita aprendiendo el idioma y acostumbrándose así al r itmo de trabajo, al c lima y a la cultura indíg ena c on el fin de progre sar hacia otras misiones futuras 38 . En una fase posterior, y a a vanzado de alguna manera el adoctrinamiento, se promueve el agrupamiento de las rancherías dispersas en un lugar, con un carácter más permanente en torn o a la capilla levantada. L a visi ta no sólo constitu y e, entonces, tan sólo un centro de form ación, sino un centro de control de la población tendiendo a evitar que los desplazamientos nómadas a que su cultura los tenía acostumbrados fueran demasiado lejanos, permitiendo, así mantener un vínculo de carácter permanente d e éste con la visita y , p or ende, con l a misión 39 . Esta modificación del hábito del nomadeo po r el asentamiento en torno a u n lugar determinado, necesitará de una fuente de alimentación alternativa a la recolección y que procede rá de la agricultura y la ganadería. Las visitas pa sarán de ser un lugar de reunión a una explotación agropecuaria en la que pa rticiparán los propios indígena s para obten er el sust ento necesario. Mu y rara vez la visita será capaz de alimentar a las ranc herías que se encuentran en s u entorno (tal vez alguna de gran entidad productiva como San Miguel de Comondú antes d el traslado de San J osé a Comondú, pero no hay una constancia explícita de ello). El reconoc imiento de determinados lugares com o pueblos de visita tiene, aparte del interés relig ioso para los misioneros, un componente de cumplimiento de la obligación de reduci r a los indios en pueblos como ya hemos señalado. 37 Un ejemplo de tanteo de las posibilid ades evangelizadoras en un nuevo territo rio nos es descrito por el padre Píccolo en (P íccolo, 1962 : 167) en do nde env ía un mensaj ero p ara pedir que lo s representantes d e las rancherías cerca nas acudan a una cita c on él. 38 En el informe d el Visitado r G eneral d e las Misiones en 1 748 (Burrus, 1963 : 92), el p adre Gregorio Hernáez h ace figurar en la n ó mina de m isioneros de Calif or nia al padre Gaspar T rujillo com o titular de la misión d e San Miguel, c uando, en realidad, este lugar no era tal misión, sino una visita de la misión de G uadalupe. El padre Truj illo se encontraba allí, sin duda, en periodo de formación previendo p róxima la fundación de la misió n d e Santa Gertr udis. Como c uriosidad, no se ter m inó de acostumbrar a tal activida d, por lo q ue le veremos e n 1751, año de la fundac ión de Santa Gertrudis, como superior y prefecto de la Congregació n d e Nuestra Señora en la r esidenc ia de El Parr al (Gutiérrez Casillas, 1977: 58 5). 39 T am aral señala que adoctr inó a unos c uantos jó venes para que fu era n ca paces de ense ñar la doctrina en el ámbito de sus r ancherías cua ndo no estab an en la misión (Río, 1984: 176). Eso da lugar a pensar que, aunque est uv iera n lejo s, se les exigía una cierta disciplina de horario para asistir a esa doctr ina impartida por los te m astia nes y lo s fiscales. 252 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ Recordemos que desde 1618 40 , era oblig atorio que en cada pueblo se levantara un a iglesia; otro asunto diferente era la calidad de la misma y la existencia de puerta en ella exigida en la misma L e y . Pero no debemos confundir el objetivo de la institucionalizació n de los pueblos de visi ta con l a realidad. Río afirma que “ pocas de esas unidades s ociales referidas como pueblos de visita fueron alg o más que rancherías volant es”. San Marcos era una r anchería de las que vivía de la pesca y frut as silvestres, no requiriendo su régimen d e vida de un alto g rado d e dispersión. El padre Echeverría, en su visita de 1730, afir ma que en California no había verda deros pueb los, sino rancherías (Río, 1984: 138) 41 . Venegas nos brinda u n breve, pero claro ejemplo de ello c uando se ñala que e n Gua dalupe se re cogen las ranc herías en c inco pueblos, el más lejano a seis leguas de la misión, con choz as y una pequeña iglesia en cada uno y que s e les han asignado unos pequeños rebaños de cabras y ovejas. Aun así, el padre les permitía ausent arse de los pueblos para buscar los alimentos natura les de los que siempre se habían alimentado, dada la falta de maíz para alimentarles a todos “quedando algunos con su Gobernador para cuidar el pueblo y los pastores en guarda de sus chinchorros, y llevando a los demás quien los cuidasse y gobernasse y los hiziese rezar todos los días la doctrina, Rosario y devo ciones” (Venegas, 1979: 329). Otro a specto que se trasluce además de los re feridos, es que la visita llegó a ser una unidad de catecúmenos sobre la que se establecía el turno de asistencia periódica a la misión, es decir, una ve z adquirido un c ierto g rado de de sarrollo, a la misión se acudía por turno de visitas y ésta era, por tanto, un lugar de espera para la asistencia 42 . “Para guardar el orden, tan to dentro como fuera de la misión, se habían nombrado fiscales y policías en cada horda de entre ellos mismos. Estos tenían las oblig aciones siguientes: mete r a la iglesia, después del repique de campana s, a todos los que vivían alrededor de l a c asa; conducir a la misión a los que, por tres semanas habían permanecido en el campo, cuando les llega ba su turno […] hacer rezar la doct rina cristiana en el campo, antes d e dispersarse y el rosario en la tarde al juntarse de nuevo”. (Baegert, 1942 : 164). La s visitas son, como po demos deducir, una ex tensión de la misión hacia otros lugares de l territorio que aporta n extensión y producción al sistema de misiones y una cierta est ructura so cial a las dispersas rancherías de indí g enas. No 40 T exto íntegro ya transcrito de la Recop ilación de Leyes d e Indias d e 168 0. Libro VI, Título III, Ley IV, (Ley dada p or Felipe III en Mad rid, el 10 de octubre de 1618). 41 Sobre todo en los pri m eros años d e la co nquista peni nsular, la ilusión d e los p adres ante el descubri m iento de nu evos lugares dieron lug ar a textos en los qu e se en salzaban desmesuradamente las virtudes de los asenta mien tos, lo que tendría sus co nsecue ncias e n el interio r del virreinato. Sobre este aspecto r ecom enda mos la lectura de (Bernab éu, 2008, 46- 68 ). 42 Sabe m os por T am aral, que en La P urísima había en su tiempo 24 rancherías. En las m is iones en donde había muchas o donde los recursos eran poco s, los tu rnos de asiste ncia a la misión duraban dos o tr es días, como en La Purísim a, siendo la tónica general d e una se m ana d e per m anencia ( Río, 1984: 136). Capítulo VII . I ntroducción a las m isiones jesuíticas de California. 253 __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ podemos acometer el es tudio de los recursos ni del funcionamiento interno del sistema misional sin atender a esta parte del sistema, por lo qu e se hace necesaria la descripción, más ade lante, del no mu y ex tenso c onocimiento que ha y hasta ahora del conjunto de pueblos de visita en l a Californi a jesuita y d e las posibilidades de ampliación de su definic ión y análisis. VI I.4.C. Los ranchos de ganado Hemos visto que la mi sión tenía su cabecera en un lugar mu y próx imo a fuentes de agua, comprendiendo también las tierras cercanas de c ultivo y extendiendo su zona de influencia hasta los pueblos de visi ta y ran cherías de nativos. Finalmente, también los lugares en l os que estaba el ganado mayor constituía ti erra misional. Aparte de un as poc as cabezas residentes en al gún pequeño cercado d e la misión, el grueso de las ma nadas estaba en lugares alejados de ésta, grandes ex tensiones sin un límite concreto más que l as ref ere ncias orográficas en los qu e había algún flujo de a g ua que permitía satisface r la sed de los animales. El ganado ll amado ma y or, bovino y , en a lgunas ocasiones, algo d e c aballar, aparecía disperso en los ranchos de dos formas diferentes. Algunos de ellos estaban “reduc idos a rodeo”, que era t anto como de cir “de hierro arriba” o sea, ma rcado con el hierro candente (Coron ado, 1994: 213). Otros, l a ma yor parte de ellos, solía esta r cimarrón o alz ado, no estando marcado y va gando libremente por el campo. L a alimentación de todo el ganado dependía de é l mismo, c omiendo lo que encontraba. El rodeo era el conjunto de tare as para mar car las reses, en caso necesario llevar algunas de ellas hacia la mi sión para su consumo o, sim plemente, evitar que el ga nado se alejara demasiado, lo que significaba su pérdida. Las crónicas hablan poco sobre su vigilancia, pero los cuidados del ga nado necesitaban de un conocimiento espec ífico, que generalmente era realiz ado por criollos o indígenas especializados contratados en el continente ( Baege rt, 1942: 64) y que no eran fáciles de convencer para que s e establecieran en la California. Baegert explica en poca s líneas la dureza e importancia de este trabajo: “Pero para que el ganado no se alejara demasiado o se perdiera por completo, se nec esitaban unos cinco o seis vaqueros, cuy a tarea e ra la de trasladarse hoy, por una semana, a cierto rumbo y mañana por otra semana, a otro rumbo, para arrimar las rese s un poco. Siempre que e stos muchachos salen a c ampear, tienen que llevar consigo toda una le gión de caballos o mulas, porque recorren los campos a galope tendido, por altos y hondonadas, por entre piedras y espinales. En virtud de que ni c aballos ni mulas tienen herraduras, de que el pasto es escaso y malo y de que estas correrías dur an a menudo días o seman as ente ras, los vaqueros tienen que cambiar, varias veces al día, su cabalgadura y echar su silla en otro animal. La consecuencia es, que, para cuidar unos cuantos cientos de reses, se necesita c asi igual númer o de caballos. Pero no es sólo el hambre la que hace que el ganado se aleje a tan grandes dist ancias d e la misión; también sufre mucho por las as echanzas de los californios, que cazan en el campo más 254 Juan Manuel G uillén González -Novo __________ ________ ________ _________ ________ ________ _________ ______ ______ reses que el núme ro de las que se llegan a sacrificar en la misión, y que tampoco re spetan los caballos y mulas, porque les es tan sabrosa la carne de uno como de otro animal” (Baegert, 1942: 181). Más adelante estudiarem os con detenimiento la situac ión de los ranchos o sitios de ganado ma y or correspondientes a cada u na de las misiones, que, en pocas ocasiones, coincidían con alguno de los llamados pueblos de visita. VI I.5. La alimentación y el sistema de rotación en las misiones Al hablar de la evangelización hemos indicado la enorme importancia que para el proceso evan ge li zador tuvo la alimentación en las mi siones califo rnianas, no sólo para a segurar l a s upervivencia de los misioneros, los so ldados y sus familias, también par a m antener l a atr acc ión de lo s indios hacia la misión. Uno de los grandes problemas al que se enfrentaron los religiosos ignacianos en la California fue la escasez de terrenos para la sie mbra y el a g ua para regarlos, es decir, la poca capacidad de autoabastecimiento de productos, por lo que la insuficiencia de alimentos fue una constante en to do el periodo jesuita. Debido a esta ca usa, la reducción de los indios fue incompleta, pues resultaba im posible dar de comer a toda la c omuni dad. La solu ción que encontraron los padres fue dotar al complejo misional de una comunidad permane nte de indios y familias e scogidos, con un adoctrinamiento avanzado, “neófitos de confianza” y capaz de desarrollar trabajos d e alguna especialidad (vaqueros, agricultores, albañiles, peones, a y udantes d e herrería, talabarteros, etc.) que realizaran las principales t are as de p roducción a g rícola y mantenimiento de la iglesia y las instalaciones. El resto de los indígenas del área misional permanecían en sus rancherías, alimentándose como siempre l o habían hecho, de l a caza, la pesca en el li toral y siem pre la recolección. En todas las misiones se establecier on unos turnos de asistencia de las r ancherías a la cabecera a los que Del Barco den ominaba “ir a misa y doctrina”. Estos turnos de asist encia eran semanales, los domingos, para las rancherías cercanas a la misión y con otra periodicidad, ge neralmen te mensua l, para e l resto de las rancherías. L a duración de la estancia de estas últimas, variaba entre los tres y los siete días. L as más alejada s podían acudir cada “ dos lunas ” , dos ciclos lunares, medida más comprensible para ellos que el cómputo del tiempo de las gentes de razón 43 . Mientras permanecían en la cabe cera misional, los nativos californianos aprendían la doctrina y a lguna s p alabras de c astellano, aunque generalmente, para la comunicación con los padres se usab an las lenguas nativas de los indígenas. En la misión siempre había trabajos en curso: el leva ntamiento de la i glesia o mejora de las estancias, aten ción al gana do, labores agrícolas, prepar ación o manteni miento de caminos, ay uda en los talleres, etc. Una vez terminado el periodo, los indios eran 43 Clavijero señ ala que “en la fiesta principal de la m isión y en la Semana Santa, se reunían todas las tribus e n la cabecer a” (Clavijer o, 1852: 111). [Document text truncated for crawler view.]