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Un párroco-modelo que ofrece á los de su archidiócesis el Excmo. é Ilmo. Sr. Arzobispo de Granada, en la biografía del famoso cura de Ars, en el Obispado de Belley de Francia

Monzón Martín y Puente, Bienvenido, 1820-1885

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f t * M PARROCO-MODELO QUE OFRECE Á LOS DE SU ARCHIDIÓCESIS fflL _ EL EXCMO. É ILMO. SR. ARZOBISPO DE GRANADA, E N L A B IO G R A F ÍA DEL FAMOSO GURA DE A R S, en el Obispado de Belley de Francia. GRANADA.—1875. IMPRENTA DE D. JERÓNIMO ALONSO, calle del Colegio Catalino, nüm. l.° I i ' h ¿'cásr ®®VÍS ¿fe • « P £¿ -.- ■ r a ® ¡ Mucho ponderan y encarecen la sublimidad ó importancia del ministerio parroquial tanto los doctores de Derecho canóni co, como los de Teología moral y pastoral. Mucho y muy bueno se ha escrito en estos últimos tiempos sobre el grande y saludable influjo que ejercen los párrocos en la familia y en la sociedad, así en las ciudades y villas populosas, como en las aldeas y en los campos; pero por mucho que se hable y escriba, nunca se encarecerán bastante el mérito y excelen cia de un buen párroco y la inmensa trascendencia religiosa y social de todas y cada una de las sagradas funciones de su ele vado cargo pastoral. Hemos dicho de un buen párroco, esto es, de un párro co que resida material y moralmente en su parroquia: que procure conocer íntimamente á todos sus feligreses; que en el templo y en la calle, en su casa y en la ajena, en el ves tir y en el andar, en el mirar y en el hablar'v en su conduc ta pública y privada les edifique con su modestia, honestidad y buen ejemplo; que Ies alimente con el pan de la divina pa labra en los dias, modo y forma que prescribe el Santo Con cilio de Trento; que les administre con asiduidad y constan cia los santos Sacramentos; principalmente el de la Peniten cia y el de la sagrada Comunión; que les aconseje en sus du das y perplejidades; que les consuele en sus infortunios y des- A S B Mucho ponderan y encarecen la sublimidad é importancia del ministerio parroquial tanto los doctores de Derecho canóni co, como los de Teología moral y pastoral. Mucho y muy bueno se ha escrito en estos últimos tiempos sobre el grande y saludable influjo que ejercen los párrocos en la familia y en la sociedad, así en las ciudades y villas populosas, como en las aldeas y en los campos; pero por mucho que se hable y escriba, nunca se encarecerán bastante el mérito y excelen cia t/e un buen párroco y la inmensa trascendencia religiosa y social de todas y cada una de las sagradas funciones de su ele vado cargo pastoral. Hemos dicho de un buen párroco, esto es, de un párro co que resida material y moralmente en su parroquia: que procure conocer íntimamente á todos sus feligreses; que en el templo y en la calle, en su casa y en la ajena, en el ves tir y en el andar, en el mirar y en el hablar'v en su conduc ta pública y privada les edifique con su modestia, honestidad y buen ejemplo; que les alimente con el pan de la divina pa labra en los dias, modo y forma que prescribe el Santo Con cilio de Trento; que les administre con asiduidad y constan cia los santos Sacramentos; principalmente el de la Peniten cia y el de la sagrada Comunión; que les aconseje en sus du das y perplejidades; que les consuele en sus infortunios y des- gracias; que les socorra cuanto pueda en sus necesidades; que catequice é instruya á sus hijos en la Doctrina cristiana y san to temor de Dios; que les visite en sus enfermedades y les sostenga y conforte en su última hora con los auxilios espiri tuales de nuestra santa Religión; un párroco, en fin, que sea diligente y cuidadoso en llenar todas y cada una de las obli gaciones de su cargo: porque faltando a ellas, claro está que no podrá ejercer en el pueblo la saludable influencia propia de su sagrado ministerio, y que este llegará á ser estéril é infecundo y quizás perjudicial y dañoso en muchos casos. Por eso nuestro Señor Jesucristo, divino Fundador de la Iglesia y dador invisible de todos los cargos y ministe rios que hay en ella, conociendo mas que nadie la altísima misión de los párrocos; que estos habían de ser cerca de los pueblos la mas común y genuina representación y personifi cación de su Religión santísima, y que por ellos se habían de repartir principalmente á lodos y cada uno de los fieles los riquísimos tesoros de gracia y de verdad que ha depositado en su Iglesia, ha cuidado de suscitar en todos los paises y tiempos algunos párrocos señalados en celo, virtud y santi dad, que sirviesen de estímulo y ejemplar á los demas. Y en nuestro mismo siglo XIX en que la Iglesia católica nuestra Madre está mas necesitada que nunca de buenos sacerdotes, y sobre todo de excelentes párrocos, nos ha suscitado uno in comparable en la persona del venerable siervo de Dios Juan María Yianney, Cura párroco de Ars en la diócesis de Belley de Francia, el cual ha muerto en olor.de santidad en nuestros dias, en 44 de Agosto de 4859. Llamado por Dios desde que se ordenó de Sacerdote al ministerio parroquial, fué primero nombrado vicario ó te niente coadjutor de un anciano párroco, y muerto este; se le confirió la pequeña feligresía de Ars; y aunque su Obispo quiso premiar su celo y sus virtudes, ascendiéndole á una par roquia de mas categoría y vecindario, el Señor estorbó su traslación, porque quería que viviese y muriese en el curato de una pequeña aldea, sin mas aspiraciones y deseos que dar gloria á Dios, ganarle almas, rendirle corazones , regir bien -4- su parroquia y conquistar en ella el reino de los cielos; y quería además que desde aquel rincón de Ars y en su modes ta posición de Cura de aldea sirviese de luz, de guia y de consuelo á lodos los párrocos de Europa y del mundo, y mas especialmente á los que Dios destina por medio de sus legíti mos Prelados á ejercer la cura de almas en pueblos misera bles y pequeños, que son la mayor parle, y en los cuales obrando con devoción , suele el Señor recompensar la falta de conveniencias temporales con mas paz interior, mas tran quilidad de conciencia* con mas consuelos espirituales, con mas fervor y fruto en el ministerio, con mas libertad de acción y aun con mas cariñosas muestras de consideración y de respeto. ¡Ah, cuántos y cuántos párrocos hemos visto ar repentidos y tristemente pesarosos de haber ascendido y mejorado de parroquia! ___ Por lo tanto creemos hacer un obsequio á nuestros que ridos párrocos con insertar en nuestro Boletín eclesiástico una pequeña biografía del famoso Cura de Ars, que hemos toma do de un periódico católico , y que ha sido extractada al pa recer de la vida que escribió en francés Mr. Monnin; de un precioso librito titulado «.Espíritu del Cura de Ars» y aun del proceso incohado para la beatificación de este venerable Sier vo de Dios, al que esperamos ver algún dia acaso no lejano en los aliares, atendiendo á lo muy favorablemente que ha sido acogida su causa en Roma por el Santo Padre y por la Sagrada Congregación de Ritos, y á los muchos milagros obrados recientemente en su sepulcro. Nuestro ilustrado y respetable Clero parroquial hallará en esta pequeña biografía al Sacerdote ejemplar y al Párrocomodelo que nos ha deparado el Señor en este siglo desdicha do, y esperamos que auxiliado con su gracia, se esforzará en imitarle cuanto pueda; acordándose que es legítimo sucesoren la dignidad y en el cargo, y que debe serlo también en la pie dad y celo, de aquellos ilustres y valerosos párrocos, primi cias de nuestro Seminario de S. Cecilio, que en la rebelión de los moriscos sufrieron cruelísimos martirios por la fe de Cristo en varios pueblos de nuestras Alpujarras; del venera- —5- ble y renombrado párroco do Venias de Huelma D. Francis co de Velasco, famoso por su caridad y celo, por su grande mortificación y rigurosas penitencias, y de otros muchos Sa cerdotes dignísimos que en distintas épocas han honrado y en altecido sobremanera el ministerio parroquial en este nuestro Arzobispado. Granada 5 de Marzo de 1875. —6toUeiúDo. Arzobispo de Granada, I, PRIMEROS AÑOS DE LA VIDA DEL CURA DE ARS. E l lugar y la hora en que vino al mundo el siervo de Dios nos recuerdan Belen y la dulce hora de la Natividad de Nues tro Señor Jesucristo. Daidilly, pequeña aldea situada á 8 ki lómetros de Lyon, tuvo la dicha de poseer á la familia piado sa y ejemplar de los Vianneys. Maleo Vianney y María Beluse vivían modestamente cultivando sus tierras y practicando la piedad y las virtudes. Dios los recompensó dándoles muchos hijos, entre los que vino al mundo el 8 de Mayo de 1776 , á las doce de la noche nuestro Santo (1). á quien se bautizó con los simpáticos nombres de Juan María. Dios, al conceder les este nuevo hijo, quiso sin duda recompensarles la caridad que ambos esposos dispensaban á cuantos pobres pisaban los umbrales de su casa; y entre ellos tuvieron la dicha de socor rer al bienaventurado Labre, que hoy veneramos en los alta res, y que con su presencia atraería sobre aquella casa innu merables bendiciones. Su madre, sobre lodo , era tan afable y piadosa, que acordándose un dia de ella Juan María, cuan do ya era anciano, dijo estas sublimes palabras: «Me parece imposible que un hijo vea á su madre sin conmoverse y llorar.» (1) Al llamar Sanio al Cura de Ars, no pretendemos en modo algu no prevenir la decisión de la Santa Iglesia que acatamos humildemente. —14— i'rulos, y el genio militar y revolucionario de Napoleón habia comprendido sagazmente la necesidad de dirigir la atención de los franceses hacia el. extranjero, y de prodigar en los cam pos do batalla de Italia aquel exceso de energía que supo ga nar los laureles de la victoria, y dar alguna paz y descanso á su infortunada nación. La impiedad, como siempre, no satisfacía las conciencias, que mas despreocupadas y libres de los delirios demagógicos, volvían con ansiedad y anhelo á buscar la verdadera felicidad que da la posesión de la verdad y la práctica de los princi pios religiosos. Necesitábase pues, un Clero lleno de fuego y entusiasmo, que indicase una vez mas el camino para el cic lo, que enjugase tantas lágrimas y reparase tantos desastres, que difundiese la caridad en vez del odio, y que se pusiese al frente de aquella regeneración social. Y entre varias almas predilectas, Dios suscitó para ello á M. Yianney, pobre Sacer dote, Párroco de una humilde aldea de Lyon. Cuando tomó posesión de su curato, procuró ganar con afabilidad y dulzura el cariño de sus feligreses, exhortábalos y visitábalos, dándoles buenos y saludables consejos; informá base cuidadosamente de la salud de lodos sus individuos , y de dia y noche estaba siempre dispuesto á socorrer y aliviar todas sus necesidades. Pronto obtuvo la benevolencia univer sal , y empezó á ejercer en el pueblo aquella irresistible in fluencia que fue siempre en aumento, robustecida con sus re levantes virtudes. ¿Y cómo no habia de ser asi, al ver aquel digno Sacerdote de elevada estatura, facciones ascéticas, ojos expresivos, y despidiendo llamas de caridad, pálido y dema crado por los ayunos, vestido con una sotana raido y con los zapatos de suela fuerte, amarillos del uso y sin embetunar? Todos conocían su celo por la salvación de las almas, que lo absorbía totalmente su tiempo, y aquella generosidad sin lí mites que le impulsaba á despreciar su cadáver (así llamaba á su cuerpo) para remediar las necesidades de los pobres. Consiguió sus principales triunfos con la predicación y el confesonario. Cuando llegó á Ars, muchos desús habitan tes no cumplían con el precepto pascual y no se conocía la fre- I p* cuente comunión. Predicándoles sobre la necesidad de reci bir los Santos Sacramentos, les decía; «lodos los seres de la creación necesitan comer para vivir, y por esto Dios les pío porciona plantas y árboles, mesa siempre b!e“ pse” ,daJ d® los animales hallan el alimento que les conviene Cuando D'os quiso alimentar nuestras almas para sostenerlas durante su peregrinación en este mundo , nada encontró digno en toda U creacióny entonces se reconcentro en si mismo, y resolv o darse Oh íl.no mia. cuál es tu grandeza « » «¡te H ¡ sustentar un Dios!» ¡Quién no creerá oír ai b. Agua tn en uno de sus mejores soliloquios, con su privilegiado talen y p s f J a L c í razón? Tara encaminarlos al confesonario , les utamfcsló (1110 de dia j de noche estaba siempre a su disposición. Hifosmios les dccia, no es posible comprender la bondad de Dios al instituir este gran Sacramento. Nunca nos hubiésemos atrevido á pedirle esta gracia, pero iodo lo pievio su amor, ai i di ese d esos pobres condenados que há mucho tiempo estan en el infiernofque un Sacerdote confesaría a los que qurae sen hacerlo, croéis hijos míos, que altana alguno? 1 odos. aun los mas culpables, dirían en voz alta sus pecados, si lucra ccsario y el infierno quedarla desierto.» Pue^ bien ; nosolros tenemos el tiempo y los medios do que carecen los condenados y estoy persuadido que ahora grilan: Maldito Sacerdote, si nunca le hubiésemos conocido, t ’ d u t a r S ^ L s atraía á sus feligreses como el perfume de las dores atrae 6 las abejas, j c™ ^ ° lodo de asnéelo. Aumentó la concurrencia al Sonto oacriücio, y casi lodos comulgaban. Juzgúese, pues, cuanto alegran Lío s primeros resultados al digno Párroco que ve.ai benditos do Dios todos sus esfuerzos y trabajos Aun no se salislacc y establece la Adoración perpétua al Santísimo Sacramento. «Mirad decia cuán bueno es el Señor, y como se acomoda a nuestra’ debilidad. A llí, y les mostraba el tabernáculo, es a (I) Espíritu del Cura de.Ars, pág. 172. - r e - oculto como en una cárcel, y nos dice: «No me veis; ¿qué im porta? Pedid lo que que queráis, y os lo concederé.» Y se ex pone sin embargo á muehos-trabajos por salvar los pecadores. Visitémosle con frecuencia; ¿á quién le faltará un cuarto de hora para consolarle de la ingratitud de las criaturas? y si lo hacemos, nos lo reeompensará debidamenle (t).» M. Vianney procuró también reanimar la devoción á la Virgen Santísima, y estableció en su parroquia la cofradía del Santo Rosario. Llegado el momento oportuno, lleno de confianza en la misericordia divina, condenó desde el pulpito tres abusos es candalosos de sus feligreses. Estos eran la profanación del Domingo, una frenética afición al baile y la concurrencia á las tabernas. Ante tas enérgicas exhortaciones de M. Vianney, que á nadie ofendían directamente, sim emplear en sus discursos otro sarcasmo que la mas exquisita caridad , las mujeres de jaron de ir á los bailes, y los jóvenes se vieron en la imposi bilidad de acudir á ellos. En vano buscaron un< músico que recorriese las calles de la aldea.-«Amigo mió, le dijo el Pár roco, nada agrada á Diosla profesión queV. ejerce.»-Sr. Cu ra, es necesario vivir.-Sí, amigo mió; pero también es nece sario morir, y temo que entonces no le agrade á V. mucho su profesión. Vamos á hacer un trato. ¿Cuánto le dan á V. al diaP-Veinte francos.-Tome V. cuarenta, y déjeme V. en paz.» El músico se marchó, y.en Ars no se volvió á bailar. También conmovió dolorosamente á M. Vianney la profanación del dia festivo, cuyo móvil era una codicia excesiva, pero subía al púlpito ylesdecia:: «Trabajo perdido: hé aquí la enfermedad, la tempestad, el granizo; Dios puede, cuando quiere, vengar se, porque no hay nadie mas fuerte que El. Conozco dos me dios seguros para ser pobre; y son: trabajarlos Domingos y lomar los bienes ajenos (2). Quedábale solo el deseo de que se cerrasen las dos taber nas que habia en la aldea, y con su dulce persuasión lo con- (1) Espíritu del Cura de Ars, pág. 128. (2) Espíritu del Cura de Ars, pág. 97. siguió de los propicíanos. Enlonces Ars fue modelo de fervor, Y "contrajo tales hábitos de piedad, que desde el amanecer hasta hora muy avanzada de la noche el santo Cura no veía un solo instante desocupada la Iglesia, y pasaba muchas ho ras en el confesonario, ó dando la Comunión. A la una de la tarde les enseñaba el catecismo, al que aíluian muchísimos fo rasteros. So cantaban después vísperas y completas, se reza ba el Rosario , y al anochecer predicaba aquellos sermones que hoy leen con avidez y entusiasmo muchos cristianos. M. Vianney no podia permanecer indiferente ante la po breza de su iglesia: acudió á la oración, y pronlo tuvo abun dantes limosnas, sobre todo del vizconde de Ars, que le per mitieron poner un tabernáculo nuevo de bronce y hacer cons truir cuatro capillas: la primera á S. Juan Bautista, la segun da á Sta. Filomena, á quien atribuía los milagros que Dios obraba por él; la tercera al Ecce Homo, su gran recurso con tra los pecadores, y la cuarta á los Santos Angeles, á los que tuvo mucha devoción. No satisfecho aun, estableció la obra de las Misiones, y acudió con todas sus fuerzas y con su cooperación personal á los Párrocos que las predicaban: imposible parecía que pudie se atender á tantas cosas sin descuidar su feligresía: así es que sus superiores eclesiásticos pronlo supieron sus eminentes virtudes, y determinaron nombrarle Párroco de Salles, impor tante aldea do Beaujolais. Obedeció el siervo de Dios; pero sobrevino una fuerte avenida del Saone, y llenos de aflicción los habitantes de Ars, nombraron una comisión que fué bien recibida en Lyon. Revocóse la orden, y el siervo de Dios con tinuó ejerciendo su evangélica misión. M. Vianney había visto entre los pobres á quienes socor ría con abundantes limosnas muchas jovencilas huérfanas, ó abandonadas por sus familias, y movido á compasión, empleo 20.000 francos, reslo de sus bienes, en comprar una casa, donde auxiliado por dos ó tres piadosas señoras, fundó un asilo para ellas, que llamó de la Providencia. Falláronle los recursos muchas veces, y con heroica fe invocaba el favor di vino, mereciendo socorros milagrosos, que presenciaron mu5 - 1 8 - chos testigos. En esta sania casa pudo recibir hasta 80 aco gidas, que después de recibir una instrucción sólida y crisliana, fueron algunas religiosas, otras excelentes criadas y mu chas buenas madres de familia. Todos estos prodigios de ce lo no los hacia el santo Párroco, descuidando el negocio de su propia salvación. Su mortificación y penitencia eran tan grandes, que corma solo un poco de pan y seis ó siete patatas cocidas, durmiendo sobre un misero jergón. Rugía el infierno ante varón de tan eminente santidad, y le persiguió durante algún tiempo con ruidos extraordinarios á deshora déla noche, impidiéndole el corto descanso que concedía á su agobiado cuerpo, mollifi cándole además con la penosísima tribulación que experimentó de parle de Sacerdotes y seglares que le calumniaban y atri buían á escándalo sus portentosas conversiones. La Cruz es el patrimonio de los elegidos; y el Cura de Ars pedia cons tantemente á Río s que le diese la alegría del sacrificio. Entonces M. Devio, Obispo de Relley, le defendió públi camente, é hizo callar á los murmuradores, consiguiendo el siervo de Dios que todos hiciesen justicia á sus rectas inten ciones, y difundiéndose mas, aunque á pesar suyo , el buen olor de sus virtudes y la fama de su acrisolada santidad. Su vida era tan laboriosa, que su naturaleza, debilitada con los ayunos se resintió, y el o de Mayo de 1845 cayó gravemente enfermo. Los médicos que le asistieron perdie ron toda esperanza de curación, y para no alarmar á la po blación, se decidió administrarle los últimos Sacramentos sin tocar las campanas. M. Vianney se opuso á ello, y al loque primero de la campana acudió una multitud numerosa de pue blo, que lloraba al saber la critica situación de su venerable Pastor. El Señor aun le reservaba para su mayor gloria, y por intercesión de Santa Filomena le concedió la salud, lemeroso de los juicios de Dios, intentó después dos ó tres ve ces retirarse ocultamente del curato, y pasar en soledad el resto de sus dias; pero el amor de sus "feligreses y su gran ca ridad le decidieron al fin á permanecer en Ars. En 18‘23, época en que el siervo de Dios fundó la obra — 19— de las Misiones, comenzó la peregrinación á Ars, siendo tal la afluencia de forasteros, que en 1858 los ómnibus que estaban en correspondencia con la estación de Villafranca y los vapores del Saona trasportaron mas de 80.000 personas del Delfinado, Langüedoc, Provenza, Borgoña, Franco Condado, la Alsacia, Lorena, Bretaña, Saboya, Bélgica, Inglaterra, Alema nia y otros países. Entre ellas había de todas clases y condi ciones, ricos y pobres, ciegos, sordos, cojos, epilépticos y en demoniados, que venían de ciento y de doscientas leguas pa ra pedir al Santo la curación de sus almas y de sus cuerpos. No había casas bastantes á dar albergue á tantas gentes que se veían obligadas á pasar muchas horas, en el presbiterio, en la iglesia y en sus alrededores, esperando un rigoroso tur no para confesarse ú oir al digno Párroco. No bien rayaba el alba, acudía á la iglesia, celebraba la Misa, y pasaba al confe sonario, en donde permanecía diez y seis ó diez y ocho horas todos los dias. Toda descripción es pálida ante la realidad del admirable cuadro que presentaba á la vista del viajero la aldea de Ars, siempre llena de peregrinos; y cuando acertaba á pasar el ve nerable M. Viannev bendiciendo y mirando con dulzura á los que llamaba sus amados hijos, no era posible olvidar su per sona siempre vestida con sobrepelliz, extraordinariamente de macrada, y que parecía despedir llamas de ardiente caridadEntonces se estremecía, y decía: «¿Se necesita venir a Ars pa ra conocer lo que es el pecado? ¡Ah! solo podemos llorar y orar.» Todos se retiraban después pacíficos y contentos, sin poder olvidar nunca las impresiones dulces de su viaje á Ars. E, poco tiempo de que podia disponer despachaba la muchísi ma correspondencia que recibía de varios puntos del globo. Consultáronle los Arzobispos y Obispos de Lyon, do Aix, Orleans, Annecy, Dijon, Valonee, Aulun, etc., pero sumamente modesto bacía quemar estos preciosos autógrafos que maní, leslan el poder y la influencia de su santa vida. -2 0 III, HEROICAS VIRTUDES Y PRECIOSA M UERTE DEL CURA DE ARS. \¡\t Vianney poseía en grado eminente las virtudes teologales, que constituyen la esencia de la santidad. Hablaba de los sa grados misterios de la Religión con tal fe, que no pareció si no que los contemplaba y veia sin verlos. Vivia como el jus to, de la fe, y con ella obró estupendos milagros, según lo prueban mas de dociontas muletas colgadas en las paredes de la capilla de Santa Genoveva. Los Santos son tan amados de Dios, que hacen de Dios lo que quieren; y así decía el siervo de Dios, «que un alma pura lodo lo alcanza del Cielo.» La fe hace milagros; y cuando existe en un corazón santo, convier te, como M. Vianney, los pecadores por millares. Confesó diariamente mas de cien personas durante los treinta años que hubo peregrinaciones en Ars, fruto inmenso de su fe, que el demonio le vituperaba, diciéndole que habia llevado a Dios mas de ochenta mil almas. Fundaba su esperanza cristiana en los méritos de Jesucristo, de la Virgen y de los Santos, acom pañándola de la oración y de la contemplación. Era muy de voto de la Pasión del Señor, de la Santísima Virgen y de las Animas benditas del Purgatorio. El Corazón de la Virgen San tísima, decia, es lodo misericordia, y solo desea hacernos di- —21 — diosos. Basta invocarla para ser oidos. Siendo medianera con su divino Hijo , ama y se compadece de los pecadores, como una buena madre ama al hijo mas débil y desgraciado. Su ben dito corazón es un abismo de amor, junto al cual son hielo los de todas las madres del mundo.» Muy devoto de S. José, le proponía como modelo de Sacerdotes. «¡Oh! decía con los ojos anegados en lágrimas: el Padre Eterno nos confia á los Sacerdotes su divino Hijo, como lo confió al Patriarca. ¡Qué dignidad hay que se asemeje á la sacerdotal! Grande era también su amor á la Santísima Trinidad. Bajaba un dia del pulpito, después de haber hablado con su ma elocuencia sobre el Espíritu Santo , cuando uno de sus oyentes, el Padre Lacordaire, le siguió hasta la sacristía, y le dijo: «Señor Cura, me ha dado V. á conocer hoy al Espíritu Santo.» Hablaba siempre con efusión del Sagrado Corazón de Jesús, y del amor de Dios á los hombres, no pudiendo concebir la ingratitud de las criaturas con su benéfico Autor. Sus palabras, mas dulces que la miel, salían de sus labios pu rificadas por la oración, llevando á sus oyentes la persuasión y la necesidad de practicar la vivlud. Pero su pasión domi nante era la conversión de los pecadores y el secorrer á los pobres, que consideraba séres privilegiados. Se complacía en nombrar á S. Benito Labre, que pidiendo limosna, hizo la voluntad de Dios, atrayéndose los insultos y desprecio del mundo, sin hacer en su defensa mas que callar. Socorría a los necesitados con limosnas abundantes; y causa admiración que siendo tan pobre, haya podido emplear doscientos mil fran cos en la obra de las misiones y cuarenta mil en aniversarios de Misas. Dios concede el don de la humildad según la santidad y Ia misión que han de ejercer sus predilectos. En el Cura de Ars la humildad fué tan profunda, que Dios durante 18 meses le dió á conocer su propia nada, cuya vista le inspiraba tal desaliento , que pidió y obtuvo que se apartase esta consi deración de su alma.-«La humildad , decia con encantadora sencillez, es como una balanza: cuanto mas desciende uno de sus platillos, otro tanto sube el olro.»-Su pobreza era tan -22extremada, que vivía de limosnas y nada poseia. Un dia entró en su casa un Sacerdote que pensaba amueblar lujosamente su casa, y al considerar la sencdlez de aquellos muebles, se conmovió, y resolvió emplear en Misas y limosnas el dinero que á ello destinaba: «el lujo mas digno de un Párroco, dijo, es el de la pobreza evangélica.» El Cura de Ars practicaba muchas penitencias y austeri dades; como victima por los pecadores se ofrecía en holocaus to á Dios, en unión de los méritos de Jesucristo. Nunca se le vió oler una flor, beber fuera de las comidas, alejar los in sectos que le molestaban, apoyarse estando de rodillos. Pa saba 18 ó 20 horas lodos los dias en el confesonario, sufrien do los extremados fríos y calores de las estaciones del invier no y del verano. «Cuando salgo del confesonario, dijo un dia, no puedo sostenerme sino apoyándome en las paredes; pero en el cielo ya no pensaremos en esto.» A todas estas mortifica ciones, y á los cilicios de hierro que ceñían su cuerpo este rillado preferia el sacrificio de la propia voluntad : hablando de esta difícil virtud, decía, que si una pobre criada de servir supiese utilizarla bien , sería tan agradable á Dios como una religiosa que observase bien la regla de su instituto. M. Vianney habia conseguido ya el dominio absoluto sobre sus pasio nes, lo que bien se conocía al verle tranquilo y contento, asediado c importunado siempre por muchísimas personas. Acercábase ya el momento solemne en que Dios queria recompensar las virtudes de su siervo. La predicación y el confesonario habían aniquilado aquella pobre existencia próxi ma á desaparecer; su voz era tan débil que costaba mucho trabajo oiría, y desmayos continuos pronosticaban dolorosa mente que iban á concluir sus preciosos dias sobre la tierra. El verano de 1859 fué en extremo caloroso; y un dia al re tirarse M: Vianney del confesonario, se dejó caer sobre una silla, diciendo estas palabras: «No puedo mas; creo que se acerca mi muerte» (1). Con sumo trabajo pudo ir á su pobre lecho, suplicando á los circunstantes que no merecía la pena de que se molestasen por él. Imposible es describir la cons ol) El Cura de Ars, pág, 122. —23— temaciori general, no bien se supo ía gravedad del venerable Párroco. La iglesia fu ó invadida, y se elevaron al cielo fer vorosos votos por la salud de M. Vianncy; pero el mal fue en aumento, y el martes, cuarto dia de la enfermedad, pidió los Santos Sacramentos. Habia entonces en Ars muchísimos Sacerdotes, convocados sin duda por la Providencia, de dió cesis lejanas, para que la ceremonia sagrada fuese rilas impo nente. Concurrieron á ella inmenso pueblo y muchísimos fo rasteros. Cuando el venerable anciano vió entrar en su humil de habitación al Rey de los reyes y Señor de los señores, sus ojos se arrasaron de lágrimas, y tuvo una emoción inexplica ble. Se negó á pedir á Dios su salud , y bendijo con mano trémula todas las obras de su apostolado. Entonces entró M. Ijangalene, Obispo de Belley, en la alcoba del santo mori bundo, y le bendijo paternalmente. Al verle se sonrió dulcemente, y en el momento en que los Sacerdotes rezaban esas hermosas palabras de la Iglesia: «Que los ángeles de Dios salgan á su encuentro, y le conduz can á la celestial Jerusalen,» se durmió en el Señor el 4 de Agosto de 1859 á las dos de la mañaña , rodeado de varios Sacerdotes y algunos de sus amados feligreses. Celebráronse sus funerales con ostentación, concurriendo millares de per sonas, y pronunciando el Sr. Obispo de Belley la elocuente oración fúnebre, que mereció de toda la Francia unánimes elogios. El proceso de la beatificación del Cura de Ars ha si do acogido favorablemente en Roma, y Su Santidad Pió IX se ha dignado firmar el 16 de Setiembre de 1865 el decre to de revisión de los escritos del siervo de Dios. Los milagros obrados recientemente en su glorioso sepulcro nos hacen con jeturar que pronto será venerado en los aliares el digno Sa cerdote que consagró toda su vida al amor de Dios y del pró jimo, porque Dios glorificando á sus Santos se glorifica á sí mismo. Al concluir estos apuntes bibliográficos, parece natu ral pedir al Señor por intercesión de su siervo, que no de jemos de imitarle en la medida de nuestra pequeñez, y que nos dé Santos, para que luzca inalterable y pura la verdad católica, en medio de las difíciles circunstancias y terribles pruebas que boy sufre la Iglesia de Jesucristo.