Discursos leidos ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la recepción pública de D. Lorenzo Álvarez y Capra el día 24 de junio de 1883
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DISCURSOS LEIDOS ANTE LA / • REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO EN LA RECEPCIÓN PUBLICA Il m o . Sr. D. LORENZO ÁLVAREZ Y CARRA EL DIA 24 DE JUNIO DE 188 3 MADRID ' IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TELLO IM PRESO R DE CÁMARA D E S . M. Isabel la Católica, 23 1883
DISCURSOS LEIDOS ANTE LA BIBLIOTECA UNIVERSITARIA granada N.5 Documento lOs SO N.» Copia — 2 3 5 7 Q < T REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO EN LA RECEPCIÓN PUBLICA Il m o . Sr. D. LORENZO ÁLVAREZ Y CAPRA EL DIA 24 DE JUNIO 'DE 188 3 MADRID IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TELLO IM PRESO R DE CÁMARA D E S. M. Isabel la Católica, 23 1883
LEIDOS ANTE LA DISCURSOS BIBLIOTECA UNIVERSITARIA granada N.5 Documento. N.» Copie — Z 3 5 7 (9<T REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO EN LA RECEPCIÓN PÚBLICA Il m o . Sr. D. LORENZO ÁLVAREZ Y CAPRA EL DIA 24 DE JUNIO t>E 188 3 MADRID IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TELLO IM PR ESO R D E CAMARA D E S . M. Isabel la Católica, 23 1883
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DISCURSO DEL Il m o . Se. D. LORENZO ÁLVAREZ Y CAPRA
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Señores Académicos: Vuestra benevolencia me coloca hoy en la situación más extraordinaria de mi vida; pues si bien es cierto que está grabada en mi corazón la fecha en que me dispensásteis la honra inmerecida de elegirme compañero vues tro, no empecen el júbilo y la gratitud que me parezca temerario el hecho de sentarse entre vosotros el que, como yo, no puedo ofreceros ni idea alguna nueva por fruto de la observación, ni el descubrimiento artístico ó científico más humilde. Molesto vuestra atención en cumplimiento de un deber reglamentario, prestándome aliento en tan ardua empre sa, la cariñosa indulgencia que me habéis dispensado en época bien próxima, la solicitud con que muchos de vosotros habéis procurado trasmitirme vuestros conoci mientos desde las aulas, la seguridad de que encontraréis la compensación de mis triviales ideas en las brillantes y sabias de uno de mis maestros más queridos, que hace el honor de contestar á estas mal aliñadas frases; y sobre todo, la oportunidad de confesaros públicamente que ven go á aprender de vosotros y decidido á compartir vues tras tareas con fé y constancia, sin la esperanza de alcan zar un nombre como el vuestro, porque esa es empresa su-
12 do y ejecución de grandes vías de comunicación, al pavi mentado de las calles, á la construcción de acueductos y á todas las producciones debidas al genio arquitectónico de aquel pueblo. Bajo el imperio de la república, Roma se dedica principalmente á la arquitectura hidráulica: se construye el gran Circo Romano bajo la advocación de Marte, destinado á ejercicios atléticos; y como dato para juzgar de la arquitectura en aquel periodo, basta recordar la costumbre que se establece de levantar un templo des pués de las batallas al Dios que el general en jefe hubie ra invocado durante el combate; teniendo esta proceden cia, como todos sabéis, el que Quinctus dedicó á Marte, el de Juno, el de Salus, el de la Concordia, el de la For tuna y el de Magna Mater. La época de las victorias de los romanos en Sicilia, en Persia y Macedonia es otra fa se saliente de aquel pueblo: tesoros inmensos de oro, pla ta y pedrería sirvieron para engalanar los templos y edi ficios públicos, y las estatuas, pinturas, vasos, columnas y capiteles de mármol traidos de Grecia, inician una tras formación en el gusto arquitectónico que coincide con su organización especial, y la sencillez del etrusco se sustitu ye por el estilo aprendido en dichos objetos de arte: con el impulso de Julio César se restaura el Capitolio y se edifican los templos de Marte y Apolo, y después de la batalla de Barsalia el de Venus. El Senado romano se va le asimismo de la arquitectura para festejar á Julio Cé sar, y levanta los templos de la Libertad, de la Concor dia, de la B'elicidad y de la Clemencia. El siglo de Augusto, engalanado con el orden corintio que llenaba todas las exigencias de aquella sociedad, por su mayor riqueza de ornamentos en los capiteles, entablementos, cornisas y molduras, ha dejado marcadas sus hue llas en el 1 anteon de Agripa y en el pórtico de Octavio:
los emperadores Trajano y Adriano, construyendo el pri mero el foro de Roma y la Basílica Ulpia, y el segundo proyectando y dirigiendo personalmente un templo en ho nor de Trajano, pusieron de relieve á los ojos del mundo la importancia que le dieron. En la Edad media, la arquitectura llena una de sus pá ginas más gloriosas, caminando desde la catacumba y el monumento romano hasta la ojiva: después del período en que los primeros campeones de la fé de Cristo, casi proscribieron las bellas artes por la repugnancia que te nían á todo lo que pudiera parecer pagano, se enseñorea del mundo la señal del Crucificado, comprende la Iglesia que cuando aquellas cumplen su verdadera misión, y los pueblos las cultivan en toda su magnitud, producen gran des efectos morales y materiales, y encarga á la arquitec tura cristiana, de acuerdo con los preceptos religiosos, to mar como objetivo el elevar al hombre á un mundo inte lectual y superior, y se crea el nuevo estilo que necesaria mente había de armonizar los sentimientos de la época. Al aproximarse á su fin el imperio de Occidente, bus ca refugio la arquitectura en el de Oriente, que se con servaba en todo su esplendor, á pesar de algunos sacudi mientos producidos por invasiones extranjeras, y sienta sus reales en la pequeña ciudad de Bizancio, que no tar da en tomar gran impulso: allí los arquitectos cristianos desechan añejas preocupaciones, aceptan la cúpula orien tal como recuerdo de la bóveda del universo, y á poco de crearse el estilo bizantino que admiramos*en el templo de la Sabiduría Divina ó de Santa Sofía, construido por Antemius, es tal el vuelo que toma y la revolución que pro duce, que después de la célebre frase nec facile cujusquam argui posset juditio, las cordilleras de los Alpes no son bas tantes á impedir que España se vea influida por él, tanto I3
H más cuanto que existiendo relaciones estrechas con los árabes posesionados de la mayor parte de la península, no pueden desecharse ni las costumbres orientales, ni la parte que tomada del estilo oriental se observa en nues tra arquitectura romano-bizantina. Este estilo, llamado con razón el de las abadías y de los santuarios de las flores tas, responde al espíritu del misticismo, y de la oscuridad se presenta como atributo del poder teocrático en su pri mera fase, y hasta su estructura, que dista de la oriental y no es la latina, es el reflejo de las costumbres. Después de la memorable conquista de Toledo, cuando Alon so VI hizo restaurar las ciudades de Avila, Salamanca y Segovia, este género de arquitectura se presenta con menos rudeza, toma capiteles con contornos más dibuja dos, adquiere variedad de ornatos, y sólo una mirada á las fábricas realizadas entonces, hace adivinar la laborio sidad y tranquilidad de aquellos días. La arquitectura morisca, esa arquitectura que se pre senta con todas las galas de la poesía y que se la ve por un lado guiar á la imaginación, al deleite y á la voluptuo sidad, y por otro siguiendo los preceptos del Korán se encierra en el misticismo, retrata á un pueblo de origi nal carácter en sus palacios, harenes y baños; en sus mezquitas y santuarios, es la expresión de una raza que hermanó el apasionamiento del corazón con la bravura en los combates. Los príncipes árabes se valen de ella para realzar el esplendor de su trono, y como hija de un genio oriental se atavíh con columnas esbeltas, arcos apuntados de herradura, estalactíticos, con bóvedas apiñadas, azule jos, mármoles, mosaicos, maderas preciosas, colores bri llantes, es decir, se engalana con todo cuanto puede hablar a los sentidos. ¿Quién contemplará la Alhambra de Gra nada, sus palacios y aljamas, sus torres y sus muros, sus
bosques y sus flores, cobijada por un cielo brillante y humedecida por los vapores del Genil, que no comprenda las ficciones y realidades que satisfizo por medio de su arquitectura el pueblo árabe? ¿Quién habrá permanecido en ella algunos instantes, que no haya dado la razón á nuestro ilustre poeta Zorrilla, cuando en su magnífico poema oriental Granada exclama: ¡Regia Alhambra! ¡ Aureo pebete! Perfumero de sultanas, tus arábigas ventanas son las puertas de la luz, el oriente se somete á tus pies como cautivo, y hace bien de estar altivo de tenerte el andaluz? Los gruesos muros del exterior indican la fuerza y ha cen temer á un pueblo esclavo el poder del que le domina; el interior, la felicidad material excitada por la fantasía de sn religión; el patio de los Leones, los salones de Em bajadores y el de las Dos Hermanas, con aquella riqueza de ornamentación, tienen el sello de la fantasía de sus moradores. La creación de una de las obras más notables del en tendimiento humano, la arquitectura ojival, tan contro vertida en su origen, fué el anuncio de un germen de pro greso y de bienestar material, apreciado simultáneamente en todos los puntos de Europa en que el catolicismo ejer cía su poderío: estilo lleno de ingenio, de 'severidad y de gracia tiene el sello de la fé religiosa en sus misteriosos ámbitos, y la arquitectura ojival la eleva y eterniza con sus perforados muros y sus agujas; las bellísimas cate drales góticas serán siempre la expresión de la inteligen cia y la fé: analizando sus detalles se ve un sistema de
i6 construcción perfeccionado; dependiente todo del arco ójivo empleado en las fábricas romano-bizantinas, por él se trazan las bóvedas, las puertas y ventanas, disminu yendo las superficies para que sólo se contemplen líneas verticales grandes y atrevidas, y apareciendo las bóvedas como suspendidas del aire, produzcan sus conjuntos ver dadero efecto mágico en el ánimo del que las contempla. El sorprendente mecanismo de las resistencias, los mu ros horadados por airosas ventanas y reforzados á trechos por estribos y botareles, constituyen un conjunto de ver dad y de belleza que impresiona, lleva á la imaginación á consideraciones superiores, y á través de sus encajes se ve claramente que el objetivo de esta arquitectura era mora lizar al hombre purificando su espíritu. Al observar la ligereza y robustez, la severidad y la gracia de la catedral de León, por ejemplo, el alma se afecta, y al recorrer aquellos ámbitos góticos, el pensa miento penetra toda la poesía del arte cristiano: áerea y fantástica llega á aterrar por su misma soltura, y en aquel calado y primoroso encaje está encerrada toda la filosofía de la arquitectura. La catedral de Burgos, una de las glorias artísticas más brillantes de España, ¿qué es sino un certificado en pie dra de la civilización de los siglos xm , xiv y xv, y del amor á las artes en aquella época? La notable catedral de Toledo, museo del arte cristiano desde los siglos xm al xvm, como con razón la llaman varios historiadores, es el re flejo de la fé religiosa, de los concilios, de una misteriosa majestad, y expresa la índole elevada de la antigua iglesia. La grandiosa catedral de Sevilla, en la que el gótico florido, el renacimiento, el greco-romano, y áun el árabe, concurren á su conjunto, ¿qué impresión no hace experi mentar al verla tan magistralmente concebida, tan mag-
niñea y de tan colosales proporciones? Aquel arte con que las naves laterales aprisionan la central y todas ellas se dejan dominar por la famosa Giralda, pregona el bienes tar y la cultura de una ciudad ennoblecida con sus vic torias. En la época en que el arte arquitectónico vuelve á ha cerse profano, alentado por un espíritu de investigación y de duda que le llevó á la imitación y al recuerdo de pe riodos pasados, se vislumbra el estilo llamado impropia mente Renacimiento en Santa María del Fiore, de Flo rencia, y produce un cambio brusco la transición de la sociedad gótica á la moderna, se antepone la forma al pensamiento, se sacrifica la sencillez del gótico á una ex traordinaria ornamentación, y se mira el culto á la belle za, no como medio de llegar á la perfección, sino como fin á que aspira. Muerto el entusiasmo bélico se procede á la restaura ción de la idea en los monumentos antiguos, y al renacer el arte que presidía en aquéllos, se prefiere el sistema de líneas hoiizontales al de verticales, echándose en olvido la forma de pirámide. Italia se encarga de este cambio, gracias al afán con que se dedicaba al cultivo de todos los conocimientos del sér humano, y el renacimiento se difun de por toda Europa: evidente es que España no había de manifestarse extraña á este nuevo estilo, pero no era po sible afortunadamente borrar en un día trescientos años de la posesión del gótico ni la carta de naturaleza que el arte árabe había tomado; así es que transigió con la no vedad, pero respetando antiguas tradiciones que dieron por resultado la mezcla de arábigo en los ornamentos, la delgadez de las columnas góticas y el atavío de las for mas romanas, ese estilo llamado plateresco por unos y re nacimiento español por otros, estilo que ha venido á ser de i7
i8 una originalidad sin igual, tanto por la manera de escon der con la pompa del ornato los miembros arquitectóni cos, cuanto porque su objetivo consiste en las galas de la decoración. En esta manera de ser de nuestro renaci miento, y aparte de las anteriores dominaciones, la vista menos perspicua echa de ver la perfección que adquirie ron las artes del dibujo y que en ellas consistía el galar dón de los grandes, demostrado en el magnífico conven to de San Marcos de León, con su extraordinaria riqueza y grandiosidad; en la espléndida casa de Ayuntamiento de Sevilla, en la puerta lateral de la Catedral de Gra nada, en la Universidad de Alcalá de Henares, en la Cole giata de Calatayud, en el trascoro de la Catedral de Zara goza, en la Capilla de Medina, en la Sacristía de la Ca tedral de Sevilla, en el claustro del Convento de San Este ban, en el de Salamanca y en otras mil obras que se pu dieran citar, probando todas ellas que la arquitectura pla teresca es la fiel expresión de una época de desarrollo en el interés individual. La sucesora del estilo plateresco en nuestra patria, ó sea la arquitectura romana restaurada, que está sinteti zada por Juan de Herrera en el suntuoso Monasterio del Escorial, parece que lleva el sello de majestad y grandeza que corresponde áuna nación, que descubre un nuevo mun do, que triunfa en San Quintín y en la batalla de Lepanto. 1 emplo colosal en sus dimensiones, severo en sus or natos, de planta excepcionalmente pensada, de fachadas con lineas puras y adecuadas, encierra en su perímetro un Patio de los Reyes y un pórtico que elevan su trazado. San Lorenzo del Escorial, encarnación del voto de Feli pe II por la victoria alcanzada por sus armas, será siem pre la imagen fiel de la grandeza de nuestra nación hace tres siglos.
Las licencias churriguerescas de periodos posteriores reflejan un nuevo estado moral, y cuando después se res taura la arquitectura greco-romana, el Palacio Real de Madrid, prueba que dió Felipe V de su amor á la arqui tectura, es el principio de una nueva era que cultivó Ven tura Rodríguez, y que continúan Sabatini primero, y des pués Villanueva, dando gallardas muestras del progreso de la arquitectura. La rápida ojeada en que habéis tenido la abnegación de acompañarme, interpretando caracteres de algunos estilos arquitectónicos, y su estructura, pone de manifiesto con hechos consumados, que esta bella arte ha sido siempre la fiel expresión de las ideas de cada época, no deja la me nor duda que los monumentos realizados llevan la señal del genio y civilización de cada pueblo, y como conse cuencia lógica que la arquitectura es el lenguaje con que las distintas sociedades responden de su adelantamiento. Al demostrar, con el testimonio de la historia, que la so ciedad antigua se valió de la arquitectura para el culto á la naturaleza, la Edad media para elevar el espíritu del hombre á una región superior, y que la Edad moderna responde con sus construcciones á sus ideas, demostrado queda en mi concepto el célebre dicho de Custine, que la arquitectura es la fisonomía de las naciones, y por lo tanto, que tiene una influencia muy directa en la so ciedad. Además, la arquitectura es la compañera inseparable del hombre, no le abandona desde la cuna al sepulcro: ella es la encargada de preparar el bienestar y la comodi dad del hogar doméstico rodeado de sus afectos más ín timos; allí recibe el hombre sus primeras impresiones, los halagos de los que le dieron el sér; en él recoge las pri meras caricias de la madre, de esa gran figura que con 19
20 nada es comparable, pues ella con su abnegación convier te la casa en un verdadero santuario; la arquitectura igualmente realiza los templos donde, postrándose ante el Sér Supremo, le pone en su contacto; construye el cole gio en que el hombre recibe su primera instrucción, y la universidad ó escuela superior de donde obtiene su ver dadera posición social; se ocupa del hospital y del ma nicomio como albergues del desvalido, preparándole buen alojamiento y de condiciones á propósito para alivio de sus males; levanta museos para el esplendor de sus com pañeras las otras bellas artes, y los dispone de modo que los productos del genio se presenten con lucimiento; pre para bibliotecas y archivos que sirvan de fuentes de ins trucción y de conocimiento de edades pasadas; edifica teatros y salas de conciertos para que el hombre encuen tre recreo y descanso á sus fatigas, despertando sus senti mientos; se ocupa de cárceles y presidios, que al par que regeneren, sirvan de expiación de faltas ó delitos; produ ce congresos y senados, en los que los representantes de la patria atiendan al mejoramiento del país y á los derechos y libertades de los ciudadanos; lleva á cabo talleres y fá bricas para que, al ganar su sustento las clases poco aco modadas, se desarrollen y aumenten las riquezas públi cas; construye academias y ateneos como palanques de la inteligencia y del ingenio; eleva monumentos que recuer den al pueblo las virtudes de sus conciudadanos, y pre para el postrer alojamiento de la criatura, su tumba, y allí encierra su organismo dentro de la materia inorgáni ca, dando formas al mármol ó á la piedra para inmortali zar su recuerdo. He llegado al término del accidentado camino que aca bo de recorrer, abusando de vuestra paciencia; al daros innumerables gracias por lo complacientes que habéis si—
21 do conmigo, escuchando recuerdos que todos tenéis olvi dados, debo sincerarme respecto al exclusivismo que pue da reflejar este discurso, ocupándome sólo de la arquitec tura, y dejando sin mencionar á sus hermanas las otras artes que tanto coadyuvan á su esplendor, que tienen vi cisitudes afines con ella y brillante historia: dos razones poderosas existen para esto; es la primera, que todos sa béis que, aunque con poco fruto por la escasez de mis fa cultades, me dedico al cultivo de la arquitectura con sin igual cariño y eutusiasmo; y la segunda y principal, que juzgo, tanto á la pintura, como á la escultura y á la mú sica, artes de tradición é influencia tan importantes, que caso de haber hablado de ellas, estaría obligado á dedicar las capítulos largos y especiales, que hubieran llevado á este pobre discurso á tocar el límite de vuestro cansancio. He d ic h o .
28 siervos sin libertad, sin voluntad, sin porvenir, instrumento de la primera: sus divinidades son múltiples, así como sus símbolos; admiradores los indios de todo cuanto les ro dea en la naturaleza, creen que los animales son hombres, á quienes degradó el mal uso que de su vida hicieron, idea que les lleva á respetarlos hasta la exageración y á veces á divinizarlos. Los monumentos indios, ejecutados bajo la idea y con arreglo á las órdenes de los sacerdotes, care cen de inspiración en las tres épocas en que se puede considerar dividida su arquitectura, que consisten en cons trucciones subterráneas ó socavadas, que debieron ser las primeras que prestaron albergue al hombre y á la misma divinidad, á la cual corresponden las rocas de Mahabalipur y de Elephanta; construcciones que se elevan con las ro cas, pero sin apartarse de ellas, como la pirámide de Jagrenat y el templo de Indra, y edificios aislados formados con partes arrancadas á las montañas, á las que corres ponden la notable pagoda de Brama, la más monumen tal de todas ellas: en todas se patentiza el dominio de la autoridad sobre la libertad; la paciente labor de miles de siervos condenados á duros trabajos, siguiendo rutina riamente las órdenes superiores en el entallado de aque llas rocas y de aquellas esculturas de animales, de lo cual resulta una arquitectura por extremo variada como su imaginación y las divinidades á que prestaban culto, pero en la que lo accesorio domina sobre lo fundamental y una escultura amanerada y falta de expresión. El pueblo Egipcio, que debió recibir influencias de la In dia y de otros países, conserva en sus instituciones la di visión en castas; mas estas aumentan en número, y la de los sacerdotes y la de los guerreros constituyen las prin cipales: difundense determinados conocimientos, y hace piogresos notorios la geometría: en la religión de las castas
sacerdotales comienza a iniciarse la idea de unidad, que refieren a un grande y supremo arquitecto del univer so; descúbrese en la doctrina la idea de la Trinidad rela cionada con las fuerzas generadoras fecundantes y fruc tíferas que da origen a la diversidad de númenes, y admi ten la existencia de una vida más allá de la muerte del individuo y el juicio que se abre ante el sepulcro. La ar quitectura muéstrase ya mas variada en sus aplicaciones, satisfaciendo las diversas necesidades que determinan las condiciones de vida de aquel pueblo, áun cuando prevalece el simbolismo; notase en ella una gran regularidad que la hace degenerar en rígida, como lo es su justicia; predomi nando las formas cuadrangulares, los robustos pilastrones y las largas líneas horizontales, que señalan sus caracte res distintivos de vigor y de solidez, como símbolo de la duración; no limitándose ya, como en la India, á construir templos aquí sujetos a la expresión geroglífica, y en la que se confunden en extraña mezcla miembros de hombres y de animales que engendran las esfinges y las raras figu ras de los númenes, sino que también erige palacios sun tuosos para los guerreros un día elevados á la digni dad de reyes: traza ciudades y canales que muestran á un tiempo mismo su poder, instrucción y el desarrollo del comercio; levanta pirámides y obeliscos, y abre en las montañas verdaderas catacumbas para enterramiento de sus moradores. Otro pueblo, cuyo territorio se halla casi cercado de mares y en fácil comunicación con el Egipto y con la Si ria, estaba llamado á producir grandes innovaciones en su constitución social; á concluir con la división en cas tas; á no mantener la religión encerrada en el santuario; a exaltar ánimos en el amor de la patria hasta el mayorgrado de heroísmo, á profundizar en las ciencias, á impri 29
mir un impulso gigantesco á las artes: y este pueblo era Grecia. Dotado de una gran fuerza de asimilación, áun cuan do en su principio conservó el predominio de la casta sa cerdotal, pronto se le ve aprovecharse de los dogmas y tradiciones del Egipto, para ponerlos en armonía con las dudas que sobre ellos siente, animado de su gran espíri tu de libertad; la preponderancia exclusiva del sacerdote comienza á decrecer con la predicación de una moral que pudiera llamarse civil, y casi independiente de la Teolo gía, impulsando á la ciencia á buscar el origen del mun do fuera de las tradiciones del sacerdote; primer paso de la filosofía que tanto vuelo tomó con Pitágoras, Sócrates, Platón y Aristóteles; adquirieron gran desarrollo la me dicina y las matemáticas, y en el siglo de Pericles llega ron á su apogeo las artes. El espíritu de libertad del pueblo griego; el senti miento de lo bello que poseía con tal viveza, que ha he cho decir á un .escritor que le veneraba como virtud; las recompensas populares, y hasta la religión, permitiendo representar á los dioses con semblantes humanos, crea dos á imagen del hombre, pero ennoblecidos hasta lo su blime, hicieron del pueblo griego el más original, engen drando un arte en que campea la realidad ingénua, des provista de la confusa y embrollada labor ornamental de los asirios: arte ceñido á expresar sencilla y elocuente mente lo que el sentimiento exige; y todas estas condicio nes se hacen positivas por sus artistas en el Partenón de Ictinus, en el Erecteo y en el templo de Minerva, muy oportunamente citados por el nuevo académico, y en otros muchos consagrados á sus múltiples dioses, así como en las inimitables esculturas de Diana y de Minerva, atri buidas á Fidias; en la Niobe de Scopa, y en las obras 3°
pictóricas que se deben á Polignoto, á Apeles y á Arístides el Tebano. En Grecia, por fin, tuvieron su origen los órdenes de arquitectura llamados dórico, jónico y el co rintio, que se aplicaban y desenvolvían dentro de una li bertad prudente que constituye su belleza, y no con arre glo á las leyes inflexibles y amaneradas á que se les sujetó después. Si el arte se particulariza en Grecia con el artista, y adquiere esa vida del espíritu que permite descubrir á través de la forma la esencia, la idea madre que le da vida, condición de su existencia y de la de aquel pueblo que se emancipa y asciende por su saber y libertad desde la clase de siervo a la de ciudadano, carácter que le dife rencia en absoluto del practicado en la India y en el Egip to, en que dominaba la teocracia; el arte en Roma es también el reflejo de la vida, empresas, organización so cial y mudanzas de aquel pueblo con todas sus grande zas, con todos sus decaimientos; pueblo enriquecido con los despojos y el trabajo de todos los países con quien mantuvo guerras, sujeto, no obstante, en artes á la in fluencia que en él ejercieron'los arquitectos y artistas ve nidos de otros países, algunos de ellos en calidad de escla vos: no alcanza, no, el arte romano el grado de origina lidad que el griego; su característica es el arco que vie ne a sustituir al arquitrave de aquéllos; la pilastra, repar tida á lo largo de los muros, á la que á veces se adosa la columna y la bóveda que se engendra con los arcos. Bajo la república que vivió vida agitadísima, y á pe sar de la libertad, no hizo progresos la arquitectura, que alcanzó mayor esplendor con el imperio: de sus grandes victorias surgió la necesidad de arcos conmemorativos y de templos al Dios invocado, y la arquitectura levan tó los arcos de Septimio, Severo y de Tito, y los tem3i
píos de Marte, de la Fortuna viril y otros; de su fuerza é instintos sanguinarios, el circo y la arquitectura erigió el Coliseo; de su lujo y de su voluptuosidad los baños ó termas, y el arte elevó las famosas de Caracalla; de la idea absorbente y de concentración de fuerzas del Estado, así como de dominación universal, las grandes vías, la diversidad de templos; el Panteón de Agripa, el monu mento acaso más notable de los romanos, yen el que tuvo su origen la cúpula. Este pueblo, que reunió en su recinto habitantes de todos los países, cubrió de monumentos y de estatuas traídas de ellos el recinto de Roma; por eso el arte arqui tectónico es allí más grandioso que original, presentando ya superpuestos los órdenes arquitectónicos en algunos edificios; y áun cuando vivió por la fuerza, justo es con signar que tendió á dar unidad al gobierno del Estado, y que dejó en todas partes en que dominó huellas de su grandeza, poderío y administración en obras nuevas é im portantes que erigió la arquitectura, como puentes solidísi mos, murallas y acueductos notables, testimonios elocuen tes de la íntima relación é influencia de aquel arte en la satisfacción de las necesidades que emanan del organis mo social en cada época. No he de detenerme en poner de manifiesto el espec táculo triste que ofrecía el pueblo romano al advenimien to del Cristianismo, acontecimiento el más grande que registran los siglos, porque además de ser de todos muy conocido, ha sido descrito y cantado con tan vivos colores, con tal magia y elocuencia por oradores y poetas, que sería en mí atrevimiento inexcusable intentarlo; mas cum ple á mi propósito dejar consignado, en apoyo del tema del discurso á que contesto, que cuando el Cristianismo, por el triunfo de Constantino, pudo mostrarse á la luz del 32
día y tomar parte en la vida social, después de relegado largo tiempo á las catacumbas, donde se afirmó en la creen cia de un Dios grande y verdadero, no le fue tarea fácil habilitar los templos paganos para aquel culto, prefirien do utilizar las basílicas romanas, construcciones más gran des donde se administraba justicia, y que con su espacio central sus dos naves laterales, y el ábside donde toma ban asiento los jueces ofrecía condiciones más en armo nía con las exigencias de la liturgia á que se arreglaba aquél. El Imperio romano en Occidente pudo satisfacer las necesidades del culto de la nueva idea, utilizando á este propósito algún templo pagano y las basílicas ya construi das; pero en Oriente, falto de ellos, hubo de erigirlos, y la influencia allí de los constructores griegos y de otros pue blos, la naturaleza ó el medio en que vivían y otras va rias causas, imprimieron á las construcciones arquitectó nicas, aunque consagradas á un mismo fin ó idea, carac teres diversos, predominando en ellas elementos orna mentales propios del país y engendrando esas variadas manifestaciones de un estilo peculiar, que ha dado oca sión á los críticos y arqueólogos para aplicarles denomi naciones no muy apropiadas á un sistema general de cla sificación. Ejemplar notable, grandioso de la arquitectura cris tiana en Oriente ofrece el templo de Santa Sofía en Constantinopla, monumento el más grande y rico en lujo y magnificencia de cuantos elevó el Imperio en aquella parte. En Occidente se había adoptado como tipo para la Iglesia la basílica romana, sin excluir sistemáticamente otras formas, dejando á cada pueblo, de los que se con vertían al Cristianismo, construir sus templos con arreglo á su inspiración y á los materiales de que disponía, im3 33
primiéndoles el sello de su nacionalidad, lo cual ha dado lugar á esa variedad que muestra la arquitectura en Eu ropa, en edificios que tienen por punto de partida la mis ma unidad de doctrina. La basílica se vino estudiando y mejorando en su disposición, completándola perseverantemente hasta que recibe su forma más grande, más ar mónica y más cristiana de la arquitectura ojival. ¿Y cuan do se verifica esto, señores? Precisamente cuando la Igle sia alcanza su unidad, la sola que subsiste á la sazón en medio aquella variedad; cuando sacerdotes, siervos y se ñores se unen y lanzan con el vigor de la más espontánea voluntad á rechazar el Oriente; cuando todos se aúnan y confunden en el propósito de levantar iglesias, monaste rios y catedrales; cuando las relaciones entre los indivi duos y los pueblos no están ya determinadas por la espa da del conquistador, sino por la fé y la esperanza: el tem plo es la encarnación de aquella sociedad sostenida por el sentimiento de una religión que la presta consuelo y da fuerzas para esperar una mejora en sus condiciones de existencia, en medio el estruendo y la lucha que caracte rizan la Edad media. Y cómo y hasta qué punto realizó la arquitectura oji val los ideales y creencias de aquella época, descríbelo muy elocuentemente un notable crítico diciendo: c'La igle sia material representa la iglesia espiritual de Cristo, y se halla construida sobre la cruz; las piedras que la compo nen son las almas de los creyentes; los pilares son los Apóstoles que la mantienen; las puertas las personas di vinas en cuyo nombre se entra; la luz de sus altas venta nas los dones del Espíritu Santo que descienden de lo al to; todas las cosas visibles figuran las invisibles: todo en la catedral respira la paz, la armonía; todo convida á la adoración; y es que el Artista Supremo, al crear el mun 34
do, ha tomado el hombre por unidad de medida hacién dole el medio de lo infinitamente grande y de lo infinita mente pequeño, y la arquitectura ojival, adoptándole por módulo, ha puesto en relación con él y á su servicio todos los miembros que emplea, los cuales no aumentan en vo lumen sino en número, á manera que crece la fábrica: vi niendo en su ayuda Dios mismo que, ofreciéndose á nues tra vista más pequeño que el hombre bajo la forma eucarística, hácenos sentir su invisible presencia, y cualquiera que sea la dimensión de la iglesia, ella contiene siempre el Infinito. La arquitectura no ha elevado nunca á Dios tan digno santuario.’’ El arte era, pues, religioso, y la arquitectura ojival, estrechamente unida á la escultura y á la pintura, reali zaba aquella unidad de creencias, aquella comunidad de tipos y de símbolos que aseguraron su poder y su gran deza, y crearon esas magníficas y portentosas catedrales, á cuyo estudio y conservación se consagran hoy con tanto ahinco los arquitectos modernos, los hombres instruidos, amantes de las glorias patrias y los verdaderos hombres de gobierno, como para vindicar á aquellos monumentos del dictado de bárbaros que sobre ellos lanzaron las preo cupaciones de siglos cercanos al nuestro, al pretender re sucitar el espectro del paganismo, resucitando en el arte y hasta'en las costumbres las formas paganas, y hacer patente á la vez el espíritu de investigación y de sana crí tica que caracterizan al siglo actual. Alejaríame grandemente del fin que persigo, dilucidar cuántas y de qué diversa índole fueron las causas que con tribuyeron á la decadencia de un arte que llegó al apogeo que ningún otro conocido, y determinar qué modificacio nes de forma en 1a. curvatura de los arcos, en la estructu ra de las bóvedas, en la complicación de sus tracerías y 35
en la ornamentación experimentó durante largo tiempo: y qué causas sociales hicieron perder su preponderancia á este arte, hasta olvidar el recuerdo de las leyes mecá nicas que rigen su construcción, y adjudicarle el califica tivo de bárbaro; pero es lo cierto que desde la segunda mitad del siglo xv se le ve decaer, y que en el siglo xvi la Italia, que había sufrido la influencia avasalladoia del arte ojival, pero resintiéndose á adoptarle, aprovechó la ocasión que le ofrecía la preponderancia y riqueza del Papa-Rey León X y de la corte romana, y su predilec ción por los gustos y literatura de la antigüedad, á la que daban prestigio los descubrimientos que se hacían, para hacer triunfar el arco de medio punto, y con el las formas de la arquitectura romana de la época del paganismo. Sucumbía el arte ojival y la arquitectura comenzaba á adoptar lentamente en nuestra patria las formas de la ro mana; pero las embellecía con tal profusión y diversidad de adornos, que engendró un género ó estilo denominado renacimiento español, en el que la razón no sabe qué ad mirar más, si la riqueza del dibujo, la gracia de la com posición y el sentimiento en su ornamentación, o la lesistencia que muestra á través de tanto primor y gallardía a la adopción de aquella arquitectura. Salamanca, Alca lá de Henares, Toledo, Sevilla y otras ciudades conservan ricos modelos de aquel género, en el que se refleja la duda entre el pasado y el porvenir que agitaba á la época. Correspondiendo á Italia la iniciativa en el nuevo rum bo impreso á la filosofía, á las ciencias, a la literatura y á todas las demás artes y con especialidad á la pintura, á ella acudieron sabios filósofos y artistas de todos puntos, encontrando eficaz y decidida protección y ocasiones de mostrar su saber y su genio en las grandes obras empren didas por los Papas, por los Médicis, los Farnesios y 36
otros poderosos, amantes de las artes y grandemente exaltados por su amor á la antigüedad, á cuyo estudio se consagraban con ardimiento, ávidos de resucitar los ocul tos tesoros de sabiduría de los grandes espíritus del pa ganismo. El amor á las artes de los Papas Julio II y León X, y su propósito de erigir un templo á Dios con las formas de la arquitectura antigua, pero tan grandioso como los de la Edad media, determinó la construcción de la grandísi ma basílica de San Pedro en Roma, el monumento cris tiano más notable y más ricamente exornado de esta época, que al tiempo mismo que recuerda su nombre y los de sus sucesores Sixto V, Clemente VII y VIII, in mortaliza el de los grandes arquitectos Bramante y Mi guel Angel y el del gran pintor Rafael, en el que, según la opinión de un escritor contemporáneo, se resume la lucha de aquella sociedad colocada entre las corrientes de las ideas paganas y de las cristianas, seducida por las galas de la literatura, de la arquitectura y escultura antiguas. Vida grande y próspera lograron largo tiempo en Italia las artes, y Roma, Florencia y otras ciudades se dispu taban la primacía en la erección de monumentos y de palacios que exornaban ricamente con esculturas y pin turas que alcanzaron gran perfección en la forma, si bien no era difícil descubrir en ellas el cambio de objetivo, que no era ya realizar el ideal de la fé, sino el mas terre nal de la manifestación del lujo y riqueza de los podero sos: mas la reforma religiosa intentada por Lutero para volver el Cristianismo al tiempo de los apóstoles, chocan do con el fuerte poder de la Iglesia romana y de los reyes absolutos, dió lugar á guerras sangrientas que suspendie ron el cultivo del arte, que se le vió decaer, agravándose después con la creencia impuesta que se oponía á la ne37