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Discurso sobre la poesía popular apuntando brevemente la manera como se ha ido desarrollando, los génios que la cultivaron, vida que la dió al Teatro español, y como la poesía popular se halla encarnada en los romances españoles... / dicho en el Ateneo del Sacro-Monte por D. Fernando Perez Flores ... el 19 de febrero del año 1888...

Pérez Flores, Fernando

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SOBRE LA POESÍA POPULAR apuntando brevemente la manera como se ha ido desarrollando, los genios que la cultivaron, vida que la dio al Teatro español, y como la poesía popular se halla encarnada en los romances españoles, etc., etc. DICHO EN EL ATENEO DEL SACRO-MONTE D. FERNANDO PEREZ LEGISTA, e l 19 d e F e b r e r o d e l a ñ o 1888, ANTE LOS TEÓLOGOS Y LEGISTAS DE DICHO SEMINARIO, PEBSONAS PARTICULARES, x e l s e ñ o r R e c t o r d e d i c h a C a s a . ■ i " I GRANADA IMPRENTA DE F. DE LOS R E Y E S 1888 - 1 SETI. 92 p - ü'e,<r 3 / LA POESÍA POPULAR apuntando brevemente la manera como se ha ido desarrollando, los genios que la cultivaron, vida que la dio al Teatro español, y como la poesía popular se halla encarnada en los romances españoles, etc., etc. DICHO EN EL ATENEO DEL SACRO - MONTE - / ' 4 \ POR >■ ■ < %5i ÍJ* i. D. FERNANDO PEREZ FLORES; LEGISTA, e l 19 d e F e b r e r o d e l a ñ o 1888, ANTE LOS TEÓLOGOS T LEGISTAS DE DICHO SEMINARIO, PEBSONAS PARTICULARES, t e l s e ñ o r R e c t o r d e d i c h a C a s a . GRANADA IM PRENTA DE F. DE LOS R E Y E S 1888 -1 SET!. 92 ( i ada pueblo de aquellos que se han distinguido por su genio poético, por sus producciones en el campo de la poesía; cada pueblo de aquellos, á quienes las musas levantaron sobre sus sublimes alas á las divinas esferas de lo bello; cada pueblo de los que han erigido un templo, donde los laureles de sus vates no se marchiten, ni su memoria perez ca con el perenne rodar y continuas vicisitudes de los tiempos: cada pueblo de estos, ufano y orgullo so, posee alguna superior epopeya, á que le rinde los honores, que reclama una epopeya de primera cla se, y á cuyo autor lo ciñe con la inmarcesible coro na de príncipe entre los épicos. Grecia tiene á Ho mero con su Iliada; Roma á Virgilio con su Enei da; Italia al Dante con su Jerusalem; Inglaterra á Milton con su Paraiso. Y España, pueblo tan acariciado por las musas, cuyo azulado cielo y riente naturaleza, fuentes son de exuberante poesía; en cuyo parnaso difícil tarea sería reducir á cuento los estros que brillan, las co ronas que con eterno verdor ornan las sienes de le giones de vates que supieron hacer gemir á sus li ras con todo género ele melodiosos acentos. ¿Espa ña, carecerá por suerte aciaga de una epopeya, que merezca compararse con las Iliadas y los Paraísos? ¿Entre sus poetas no descuella algún cantor, k quien se le deba en justicia el título de príncipe en lo épico? General ha sido en algunos tiempos señalar con esta falta á nuestro parnaso. Kn el siglo X IV el li terato D Iñigo López de Mendoza notaba con el epíteto de bárbaros álos poetas populares; daba el nombre de mediocres á los imitadores de las musas clasicas; y solo encontraba poesía en Atenas y en Roma, reinas á su opinión del arte de deleitar pol la palabra Dos bandos de poetas, uno popular y el otro eru dito se han continuado hasta nuestros días; el se- «> gundo con algunas ó ningunas enmiendas ha repe tido las palabras de Mendoza, no reconociendo na da bello, que no se encontrase en los bellos cierta mente, pero estrechos parnasos de Grecia y Roma, y que no sintiera bajo su doblada cerviz el pesado yugo de los preceptos de Aristóteles y de Horacio. En la segunda mitad del siglo pasado fue gene ral enfermedad de los españoles despreciar lo pro pio y correr tras lo extranjero. La vecina Francia preguntaba en tono desdeñoso; ¿qué deben las mu sas, qué debe la epopeya á España? y estos ecos pa sando los Pirineos eran repetidos por los hijos de la Iberia. Pero contra Mendoza y el partido erudito y con tra los materialistas y pseudo-íilósofos de la pasa —4— da centuria, algunos españoles, beneméritos de las musas, y en cuyo pecho ardía el amor á la patria, coleccionaron en numerosos volúmenes, con el títu lo de romanceros y cancioneros, las innumerables rapsodias, que desparramadas vivían por el pueblo, y que eran como piedras de un grandioso edificio. Despues de estos trabajos eruditos, podrá acusár sele á España de que su parnaso carece de una epo peya? No, Señores, nosotros poseemos una epopeya de singular grandeza; cual? nuestros romances, nues tros cancioneros, y más en general nuestra poesía popular. Epopeya grande por el cantor: el pueblo; grande por el asunto: la vida íntima y exterior, la vida de paz y de guerra de la nación española; grande por el héroe; los lieróicos hijos de la Iberia. En Covadonga alentó por primera vez los espíri tus de vida el pueblo español; pues antes de ese ven turoso día la España por antonomásia no existiera. España nació de una desnuda roca, pero pasadas ocho centurias creció tanto, se hizo tan gigantesca que sus posesiones llegaban hasta los confines de la tierra y en expresión vulgar: en ellas el sol nun ca ocultaba su clara lumbre; dictaba leyes á los pueblos y á los soberanos, de su civilización toma ba tanto el embrutecido salvaje como las naciones más cultas. También nació en Covadonga la poesía castellana, que creció con España y que fue como un espejo de ella, en su vida interior y exterior, en su grandeza y civilización; por esto si grande ha si do algún día España, no ménos grande ha sido también la poesía ibera; si sorprendende la majes- —5— la beldad del pensamiento la galanura de las for mas exteriores, y del número, y de la rima; veríamos el tributo que le pagan las extranjeras musas y por último, la veríamos en su edad de oro cauti var con su hermosura á los dos mundos conocidos, precisamente cuando la patria había llegado á la cumbre de la gloria y de la grandeza. Pero el tiem po ni los estrechos límites de un discurso, permiten explanar tan vasta materia, solo me contentaré con hacer algunas ligeras indicaciones. Ante todo deseo anotar que, pasada la edad de la infancia , deben contarse como poetas populares á los eruditos que inspirados en las fuentes nacio nales asimilaban á nuestra poesía extranjeras for mas, como Alfonso el Sabio y otros ciento. En cin co períodos puede dividirse la gloriosa vida de nuestra poesía vulgar , cuyos puntos divisorios son Berceo, el rey Sabio, el desastre de Montiel, los re yes Católicos, la casa de Borbon hasta nuestros días; cada uno de estos periodos se ha señalado por un nuevo comercio con extrañas musas y por un nue vo progreso. Berceo recogió todos los frutos de los primeros años de la musa castellana; Alfonso el Sa bio, dolorido su tierno corazón de padre, hiciera la mentar á su lira las tan pesarosas como inmorta les querellas: Como jar solo el rey de Castilla.— Em perador de Alemaña que foee.— Las coplas de Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida,— Avive el seso despierte — Contemplando ..... etc., etc., son la más bella expresión de nuestra poesía popular y la prueba más clara de que ya sus for -12— mas exteriores son clel más delicado gusto y de la más brillante galanura. Pero á los Calderones y Lope de Vega, á los Luises y Zherreras con otros muclios, reservó la musa nacional la sobre-humana empresa de que desarrollaran toda la vida poética que la animara, haciéndoles cantar con todo géne ro de melodiosos acentos, estos también despojaron á todas las musas de paises extranjeros de todas aquellas bellezas que no contradecían á la naturale za y leyes de desarrollo de nuestra poesía, para en riquecerla y engalanarla más y más. Pero la gloria mayor de este periodo fué la del teatro español, pro piedad completa sin disputa de nadie, de la poesía popular; ella le dió los primeros alientos de vida en el antiquísimo monumento de los reyes de Oriant, inspiró á Juan de la Encina, á Torres Nabarro, á Juan de la Cueva y á mil otros; ella para sin tetizar todas las glorias de la escena, hizo '■'■Fé nix de los Ingenios,, á Lope de Vega, y príncipe de los poetas á Calderón de la Barca. Otra gloria de este periodo fue también, que no queremos dejar de insinuar, la afición á las composiciones antiguas que llevaban el nombre de romances; y el gusto de componer otros nuevos; bellísimo es el de Góngora á un cautivo: «Amarrado al duro banco— De una galera turquesa,— Ambas manos en el remo— Y ambos ojos en la tierra... etc.. .» Numerosas colec ciones se hicieron también de los antiguos roman ces, mereciendo citarse los romances de Martín Nu ció, de Esteban de Nágera y el que lleva el nom bre de Romancero general. Subidos al trono los Bor- —13— bones, la influencia extranjera empezó á dominar en nuestra pátria y á corromper nuestro caracter, nuestra cultura y nuestra civilización. Como conse cuencia natural empezóá decaer nuestra poesía, de tal manera, que á mediados de la centuri a pasada, era una aberración estética echar una mirada bené vola sobre nuestros seculares vates. Pero gracias á la guerra de la independencia y antes á algunos va lientes que la precedieron, rompimos esa cojunda en lo literario y haciéndose nuevas colecciones que todos vosotros conoceisy estudiando á nuestro parnaso po pular, de boca de propios y de extraños, resonaron otra vez justas alabanzas á la poesía española. Terminaré este punto haciendo algunas obser vaciones acerca de algunas reglas de estética que deben aplicarse cuando se haya de juzgar de nues tra poesía popular en comparación con la clásica. En toda obra de arte debe distinguirse la beldad primera realizada en ella, que debe ser como el cen tro á donde converja todo lo deiMs; y el conjunto de formas sensibles, ó sea la concepción caleotécnr ca, que combinadas debidamente, destaquen aque lla acción ó hermosura, que intenta representar el artista. De estas formas unas son más intrínsecas, otras más exteriores; y al hablar de la poesía, el len guaje, el número, y la rima pertenecen á este últi mo órden Por otra parte aquellas formas más in teriores deben sujetarse en primer término á la primera belleza, y de ellas dependerá en la ma yor parte el que la belleza última aparezca como conviene, ó el que quede oculta á los ojos del —14— — i .. ................ ................... ........ ...................... « i ............. ... .........................................■ ■ n i i i n i — ■ ■ i i i b i b i i i ■■ m u i n m n i i ' i ■ ni -15espectaclor. Ahora bien, la poesía popular espa ñola debe ser muy diversa de la clásica, porque así lo exigían las generales leyes de la estética, en su beldad primera, en sus formas caleotócnicas más interiores y exteriores, en estas sobre to do cuando nacía y se formaba la lengua castella na, y cuando tomábamos nuestros rudimentarios metros y rimas de la poesía latino-eclesiástica. Y no podía ser de otro modo, porque diversísima era la vida que A ambas artes animaba. La religión, la patria y las costumbres y demás caracteres que de ellos dimanan. El arte clásico creó á sus dioses; los dioses de Thesiodo y Homero no son de superior condición á la naturaleza. El fatalismo gravita al par sobre los hombres que sobre los dioses. El Dios de los cristianos vive en lo increado, en lo infinito, en lo independiente; á su voz desaparece el caos, brota la luz, brillan los astros en el espacio, y la tierra gira en perpétuo movimiento. Júpiter se transforma en tero para robar á Europa, mas el Dios absoluto baja á la tierra, toma nuestra carne para dar a los hombres el más grande testimonio de su amor. Los héroes deGi’ecia y Roma necesitan para sobreponerse sobre los demás hombres trocar su naturaleza, convirtiéndose en semi-dioses; los hé roes castellanos no trocan las condiciones de la na turaleza, frágiles como el barro que los viste, se al zan por su propio brazo y virtud al heroísmo. Gre cia y Roma luchan ya por una venganza ó un sen timiento de orgullo, ya para imponer la coyunda de la servidumbre á naciones libres España emprende una cruzada de ocho siglos para rescatar la libertad perdida, para derrocar al opresor extranjero, que sujeta con vergonzoso yu go el cuello de la patria y que profana sus altares, sus sacerdotes y sus vírgenes. La vida de Grecia y Roma es exterior, material, en ella la familia no existe. La vida de la España cristiana es espiritual, interior y en los pechos de aquellos fieros soldados al volver de las batallas al hogar doméstico brotan los más dulces afectos. La familia española se mues tra con todo el amor, la lealtad, la fó, las ternuras y caricias, y las costumbres nacidas de aquellos principios debían de ser también muy diferentes. Si pues los principios que animan á uno y otro ar te son tan distintos, cómo querer que uno sea mol de del otro? El arte clásico era exterior y mate rial y como desconociera las inagotables fuentes de belleza de lo espiritual, tuvo que cifrar su perfec ción en las formas. El arte popular español nació de aquellas mismas fuentes espirituales, de modo que sobre todo en un principio debió apartarse grandemente del formalismo y preceptismo clásico. Dije en la proposición que 3a poesía vulgar espa ñola se encontraba como encarnada en los roman ces, lo cual no me detendré en probar, ora porque es cosa evidente entre todos, ora porque los roman ces son las mismas composiciones poéticas salidas del pueblo, conservadas tradicionalmente en él, y coleccionadas por laboriosos eruditos á partir del siglo XV. Solo haré decir dos palabras sobre cada especie de ellos. Comunmente se dividen en ro —16- manees históricos, caballerescos, moriscos, pastori les y vulgares. De los romances históricos, unos se llaman viejos, porque fueron las primeras creaciones del pueblo y sirvieron de comprobante á las crónicas; otros nue vos, porque reconocían existencia más corta, por que fueron compuestos por más pulidos poetas y porque su asunto fuera tomado de las crónicas. Los primeros más toscos, de rudo lenguaje, pobres de formas; los segundos ya vistosos y galanos en el exterior, perfeccionada la lengua, el metro y la ri ma. Pero ambos venerando monumento, legado im perecedero de la religiosidad, del patriotismo, de la heroicidad, de la grandeza, de la sencillez, de las costumbres de nuestros mayores. En una palabra, ellos constituyen máximamente la epopeya de nues tra Patria. El hijo de Arias Gonzalo, El mancebito Pedro Arias Para responder á un reto Velando estaba unas armas; Era su padre el padrino, La madrina Doña Urraca Y el Obispo de Zamora Es el que la misa canta, Estaban sobre la mesa Las frescas y duras armas, Dando espejos á los ojos Y fuerza á quien las miraba. Esta es una pequeña piedra de ese monumento de inestimables perlas brillantes. Llegado á su mayor apogeo el feudalismo, por los fines del siglo XIII, propagada ya por toda Eu ropa la literatura simbólica indo-oriental, realiza- —17— - I B - clas ocho cruzadas para rescatar el Santo Sepulcro, sentidos los influjos por todas partes de la musa arábigo-hispana; se vió renacer en todas las nacio nes un espíritu aventurero exagerado, extravagan te; la imaginación, dejando los hechos y héroes rea les, fingía otros, á quienes colgaba todos los extra víos de su mente. ¿A España, qué parte le cupo en ese género de literatura? Muy cultivado fué cierta mente por nuestros poetas; pero aquí no se desba rró tan generalmente como en otras partes. Nues tros héroes caballerescos fueron los de los históricos, su caballerosidad era más real, ni teníamos que pe dir á la imaginación portentosas hazañas, ni distin guidos héroes, cuando este género de cosas era fru to común de nuestra tierra; por otra parte, en lo que participaban del gusto extranjero, no arraiga ron y fueron plantas exóticas entre nosotros. Por esto, á nuestra colección de romances caba llerescos debe tenérsela por un conjunto de riquezas poéticas. Luego que el sarraceno devolvió hasta el último rincón de tierra de que se apoderara, los españoles dejaron de mirarlos bajo aquel prisma negro por todos lados, y los poetas consagraron su musa á cantar toda la poesía en que la naturaleza por cier to no fue avara en ellos. Nuestros bellos romances moriscos producen las guerras, combates, fiestas, fuegos, amores y pasiones de los españoles hijos de Arabia; expresan sus sentimientos, ideas, trajes y hasta los nombres. En ellos todo es una escena com pleta, y un retrato vivo que nos dejaron al retirar •19se á los desiertos de Berbería y refundido todo con nuestra civilización de los siglos X Y I y X V II. Como agotada ya la materia en las fuentes histó ricas, nuestros poetas se inspiran en la bella natu raleza y forman una preciosa colección de roman ces con el nombre de bucólicos ó pastoriles. Por último, los romances llamados vulgares que son fruto de un periodo de decadencia; y aunque tiene bellas formas, sin embargo anda escasa la be lleza intrínseca. Largo y pesado os habré sido, pero no dudo que me perdonáis, porque encendido nuestro pecho en ese santo amor de lo propio y más de la Patria, ha bréis aprobado en mí los deseos de revindicar para nuestra poesía popular y por lo tanto para nuestra poesía en general, la gloria que con justicia le per tenece. Si grande es nuestro parnaso, pero sus cimientos, sus más altivos torreones, sus soberbios arcos y sus sabrados altares obra son de los pueblos populares. Las musas de todos géneros habitan en esa sa grada morada, mas nuestros romances son teni dos y venerados por todos como cosa sagrada, la joya más apreciable, la gran epopeya de la nación. Por último, repetiré lo que todos vosotros sabéis; quereis fuentes de poesía, quereis una belleza cris tiana, id á nuestra poesía popular; á nuestros ro mances, á nuestros demás cantores populares y á los príncipes de ellos los Lope de Vega y los Cal derones,— He D ich o.