Filosofía y escritura electrónica : los riesgos de la "nueva oralidad"
Abstract
El artículo analiza el problema del impacto de una nueva tecnología (el ordenador, que posibilita la aparición de la escritura electrónica -a la que algunos autores califican como "nueva oralidad"- sobre una disciplina (la filosofía) estrechamente vinculada con la escritura tradicional. La escritura electrónica puede representar una amenaza para la filosofía si ésta adopta las características que los expertos atribuyen a aquélla, y sustituye la pausada argumentación por la precipitación irreflexiva.
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Ontology Studies 8, 2008 297 Filosofía y escritura electrónica: los riesgos de la “nueva oralidad” José Ignacio Galparsoro* Universidad del País Vasco Departamento de Filosofía Resumen: El artículo analiza el problema del impacto de una nueva tecnología (el ordenador, que posibilita la aparición de la escritura electrónica —a la que algunos autores califican como “nueva oralidad”— sobre una disciplina (la filosofía) estrechamente vinculada con la escritura tradicional. La escritura electrónica puede representar una amenaza para la filosofía si ésta adopta las características que los expertos atribuyen a aquélla, y sustituye la pausada argumentación por la precipitación irreflexiva. Palabras clave: Escritura electrónica, nueva oralidad, filosofía, ordenador, Internet Abstract. Philosophy and electronic writing: the risks of the “new orality” The article analyses the problem of the impact of a new technology (the computer, making the appearance of electronic writing —called by some authors “new orality”— possible) on a discipline (philosophy) which is closely linked with traditional writing. Electronic writing can represent a threat to philosophy if it adopts the characteristics attributed to this writing by experts and if it substitutes slow argumentation with unreflective haste. Key words: Electronic writing, new orality, philosophy, computer, Internet. 1.- Introducción: escritura y filosofía Una parte significativa de los teóricos de la comunicación subrayan el impacto que una nueva tecnología (el ordenador, que posibilita la aparición de la escritura electrónica) provoca sobre una tecnología más antigua (la escritura tradicional) y el hecho de que la escritura electrónica está transitando hacia una “nueva oralidad”, es decir, hacia una característica que está ausente de la escritura tradicional, quien, precisamente, intenta alejarse de la oralidad. Ensayos como, por ejemplo, el de Sharmila Pixy Ferris1 quieren tomar el relevo y * Este artículo se enmarca en el Proyecto de investigación financiado por la UPV/EHU “Metafilosofía: La noción de imagen natural del mundo en contextos metafilosóficos contemporáneos”. (Ref.:
Ontology Studies 8, 2008 298 actualizar las tesis de Walter J. Ong (Ong 1982). Ong, bajo la influencia de McLuhan (1962; 1964), distingue entre “oralidad primaria” de las sociedades sin alfabetización y “oralidad secundaria” derivada de la introducción de los medios electrónicos (radio, teléfono, televisión) en las sociedades alfabetizadas. En medio de estos dos tipos de oralidad se sitúa la escritura. Según Ong, la invención de la escritura introdujo profundos cambios en los procesos de pensamiento. La organización del discurso oral es distinta que la de la expresión escrita: el discurso oral es “básicamente formuláico, estructurado en proverbios y otros tipos de expresión. Es agregativo más que analítico, participativo más que distanciado, circunstancial más que abstracto. La alfabetización, ahora es claro, transforma la conciencia, produciendo patrones de pensamiento que a los alfabetizados parecen perfectamente triviales y ‘naturales’, pero que son sólo posibles cuando la mente ha concebido e interiorizado, cuando ha hecho propia, la tecnología de la escritura” (Ong 1982, I). La escritura es precisamente la tecnología gracias a la cual la filosofía pudo surgir y desarrollarse. Ong subraya la estrecha relación entre filosofía y escritura: “La filosofía y todas las ciencias y ‘artes’ (…) dependen para su existencia de la escritura, lo cual quiere decir que no son producidos sin la ayuda de la mente humana, sino por la mente que hace uso de una tecnología que ha sido profundamente interiorizada, incorporada a los propios procesos mentales. La mente interactúa con el mundo material más profunda y creativamente de lo que fue anteriormente pensado. Según parece, la filosofía debería ser reflexivamente consciente de sí misma como de un producto tecnológico —es decir, como una clase especial de un producto muy humano. La propia lógica emerge de la tecnología de la escritura” (Ong 1982, p. 172). EHU07/35). 1 Cf. Ferris 2002. Según la autora, los ordenadores han alterado significativamente las concepciones tradicionales de la escritura. Tanto es así que tras las tres grandes revoluciones en la comunicación (el lenguaje simbólico, la escritura y la imprenta), estamos asistiendo a una cuarta revolución: la de los ordenadores y las tecnologías electrónicas. Ferris señala cinco características en las que es posible localizar el impacto del ordenador, y de la escritura electrónica posibilitada por éste, sobre la escritura tradicional: 1) El paso de la literalidad a la oralidad; 2) El paso de la linealidad a la conectividad; 3) El paso de la fijeza a la fluidez; 4) El paso de la pasividad a la interactividad; 5) El paso de la calidad tradicional al valor. Independientemente de las objeciones que se puedan hacer a esta caracterización de las diferencias entre la escritura tradicional y la escritura electrónica, lo importante es destacar que es así como una parte significativa de los teóricos de la comunicación consideran la cuestión. De las características proporcionadas por Ferris, la que atrae nuestra atención es la primera: la que subraya el paso de la literalidad a la oralidad.
Ontology Studies 8, 2008 299 Por tanto, sin escritura no hay filosofía. La filosofía está intrínsecamente vinculada a la escritura. El problema que se plantea con la aparición de esa nueva modalidad de escritura que es la escritura electrónica es el impacto de ésta sobre aquellas disciplinas que, como la filosofía, mantienen un vínculo de dependencia con la escritura impresa. Las preguntas que surgen son, pues, las siguientes: ¿cuál es el impacto de la escritura electrónica sobre la filosofía? ¿Puede la filosofía sobrevivir en el ámbito de un ciberespacio en el que, según parece, domina una nueva oralidad incompatible con la escritura tradicional? En definitiva, ¿es la escritura electrónica una amenaza para la filosofía? Se trata de preguntas que abordan aspectos cruciales de nuestra cultura y que, en mi opinión, no han sido tratados con la atención que se merecen. Pues lo que está en juego es mucho. No se trata de la expresión de un temor corporativista ante la desaparición de una disciplina institucionalizada ni, por tanto, de la manifestación de un prejuicio conservador ante el surgimiento de nuevos medios de expresión. De lo que se trata más bien es de analizar si esa revolución que las llamadas nuevas tecnologías de la información están, según parece, llevando a cabo tendrían las mismas consecuencias revolucionarias que las que Ong señala que tuvieron lugar con la aparición de la escritura, a saber: un cambio radical en los modos de pensar. Se trata, pues, de analizar si la escritura electrónica traerá como consecuencia la aparición de una postfilosofía que enterraría a esa vieja filosofía totalmente condicionada por la escritura tradicional. Este análisis no debería consistir en la redacción del enésimo capítulo de la muerte de la filosofía, sino en la reflexión lúcida ante la amenaza de su desaparición como forma de pensamiento, incluyendo en ella a aquellas filosofías que anuncian su muerte. Esta reflexión merece un análisis mucho más profundo que el que se puede hacer en el breve espacio de esta intervención. En lo que sigue me limitaré a indicar algunas direcciones por las que puede transitar esta reflexión, esperando que ello sirva de estímulo para investigaciones futuras. 2.- La digitalización de los textos filosóficos Según Javier Echeverría, el salto cualitativo que para la expresión del conocimiento representa la escritura electrónica se pone de manifiesto en una serie de nuevas tecnologías que modifican radicalmente las artes de la escritura. Entre estas nuevas tecnologías el autor cita la digitalización, gracias a la cual “es posible expresar los más diversos sistemas de signos en sistemas binarios, es decir, mediante combinaciones de ceros y unos (bits)” (Echeverría 2003, p. 3). Entre estos sistemas de signos, “también las expresiones racionales (habladas, escritas) del conocimiento humano son digitalizables. En concreto, lo son los libros, simplemente por medio de un scanner” (Echeverría 2003, p. 3). Si nos limitamos al terreno de los textos filosóficos clásicos (que deberían ser una de las herramientas principales de los filósofos), las nuevas tecnologías posibilitan un cambio en el soporte material de la escritura. Palabras escritas en tinta sobre un papel pueden ser
Ontology Studies 8, 2008 300 ahora traducidas a palabras escritas en soporte electrónico. Ahora bien, ¿representa este cambio de soporte una modificación en el estatuto mismo de la palabra escrita? ¿Cambia en algo su significado? Para responder a estas preguntas conviene, en primer lugar, decir algo que podría parecer obvio: tan escritura son los signos inscritos en un pergamino, en un papiro o en una hoja de papel de celulosa como los signos que aparecen en la pantalla de un ordenador. Todos estos signos son precisamente eso: signos, es decir, manifestaciones tangibles del lenguaje. Y, además, manifestaciones tangibles de una lengua natural concreta. A pesar de que todas las lenguas naturales sean representables en una escritura electrónica por medio de una tecnología digital basada en la combinación de 0s y 1s, el texto que aparece en la pantalla del ordenador es comprendido porque a la conciencia del lector se le presenta como escrito en una lengua natural que él conoce. Por tanto, la inteligibilidad de un texto (lo cual es el aspecto fundamental de cualquier tipo de texto, incluidos los filosóficos) no se modifica por el hecho de estar escrito en un soporte impreso o electrónico. En este sentido, los textos que podemos leer en un ordenador tienen el mismo estatuto racional que los textos que podemos leer en cualquier otro tipo de soporte material. El significado de un texto es independiente del soporte que se elija para su difusión. Por decirlo con un ejemplo: a las ideas expresadas por Kant en su Crítica de la razón pura no les afecta en nada el hecho de que las leamos en un libro o en la pantalla de un ordenador. Podremos discutir sobre el hecho de que sea más cómodo leerlo en un soporte o en otro. Y, ciertamente, parece mucho más cómodo leerlo como libro impreso: leer la Crítica de la razón pura en la pantalla de un ordenador debe ser un ejercicio muy penoso. Por consiguiente, podemos decir que el mero hecho de la digitalización de los textos filosóficos no parece afectar en nada a sus contenidos conceptuales. 3.- El impacto del ordenador en la actividad filosófica El ordenador se ha convertido en una herramienta de trabajo imprescindible para la inmensa mayoría de los filósofos. Para escribir sus textos, para difundirlos, para buscar información y para comunicarse con sus colegas y con las instituciones casi todos los filósofos se sirven del ordenador. Las cartas tradicionales han sido en gran medida sustituidas por los e-mails. Cuando llega a su puesto de trabajo, el filósofo, antes de abrir el que presupone vacío buzón de las cartas, abre su buzón electrónico comprobando, normalmente para su desesperación, la existencia de un importante número de mensajes que debe leer con rapidez y, en su caso, responder con la misma rapidez. Normalmente, y a diferencia de la relación epistolar tradicional, en los e-mails se es poco proclive a utilizar fórmulas ceremoniosas o a expresarse en un lenguaje literariamente elaborado. En esta cuestión, Ferris parece estar en lo cierto cuando habla de una “nueva oralidad” a propósito de la escritura electrónica y, más en concreto, de los e-mails. Es, en efecto, un hecho que los e-mails tienden a reproducir el lenguaje oral. La
Ontology Studies 8, 2008 301 actitud de precipitación con la que los filósofos abordan su relación epistolar es, sin duda, incompatible con una expresión escrita elaborada que sería el resultado de una previa actividad reflexiva reposada. No parece que el filósofo que lee y escribe precipitadamente e-mails esté utilizando un pensamiento altamente argumentativo. No parece, pues, que aquí el filósofo esté mostrando una actitud muy filosófica. Se podría objetar que esto no es muy importante porque es simplemente el resultado de la precipitación con que se desarrolla su actividad profesional. Pero ¿qué se puede decir de la actitud que mantiene el filósofo cuando se sienta ante el ordenador a escribir un texto? Desde el momento en que el filósofo enciende su ordenador se le abren una serie de posibilidades que no aparecen cuando se sienta ante la hoja de papel en blanco armado únicamente con un lápiz. El filósofo sabe que puede encontrar en el disco duro de su ordenador una serie de textos (supongamos que escritos por él mismo); sabe también que su programa de procesamiento de textos le ofrece la posibilidad de copiar y pegar partes de otro texto para componer un texto “nuevo”; sabe también que se puede conectar a Internet donde encontrará rápidamente información sobre prácticamente cualquier tema, y que esta información también puede copiarla y pegarla en un “nuevo” texto; por último, sabe también que si se decide a escribir un texto original no debe preocuparse por el hecho de que en una primera redacción las ideas estén confusas o las frases incorrectamente expresadas. Confía, pues, en que el significado del texto se vaya aclarando hasta alcanzar la forma deseada. Parece que el temor ante la pantalla en blanco es menor que el experimentado ante la hoja de papel en blanco; y ello es debido simplemente a que la pantalla sólo está aparentemente en blanco: detrás de ella se esconden una serie de potenciales ayudas de las que se podrá servir. El problema es que, gracias a la facilidad con que se pueden “copiar y pegar” fragmentos de texto, se puede caer en la tentación de utilizar partes ya usadas anteriormente por uno mismo o por otros. En definitiva, que un texto puede correr el riesgo de asemejarse más a un “collage” de partes más o menos dispersas que a un discurso coherentemente estructurado. Se abusa, pues, de la llamada “intertextualidad”, palabra acuñada recientemente y tras la que, en ocasiones, se esconde lo que anteriormente se designaba con el nombre de “plagio”. En todo caso, parece conveniente señalar el peligro de que la coherencia lógica y argumentativa del texto pase a ocupar un lugar secundario y de que, por tanto, el trabajo previo del pensamiento antes de ser plasmado en el texto escrito electrónicamente sea, si no abandonado por completo, sí al menos colocado en un lugar posterior en el orden de las prioridades. La escritura corre así el riesgo de hacerse más fragmentaria, más sincopada. Está siempre abierta la posibilidad de intercambiar los párrafos o de añadir con posterioridad otros párrafos aquí o allá en medio del texto. Lo cual es señal de la primacía de la coordinación o aditividad sobre la subordinación. Es decir, de la primacía de la que es, según Ong, una de las características del pensamiento basado en la oralidad y, por tanto, de la renuncia a lo que probablemente sea la característica más importante de la escritura:
Ontology Studies 8, 2008 302 “la analítica, razonada subordinación” (Ong 1982, p. 37). Si el discurso se llena de frases o párrafos coordinados con la conjunción “y” estaríamos resucitando el estilo narrativo de, por ejemplo, el libro del Génesis, en cuyos cinco primeros versículos aparece, según Ong, nada menos que en nueve ocasiones la conjunción “y” si lo leemos en su lengua original (Génesis I: 1-5). La coordinación aditiva de las frases hace caer al discurso casi inevitablemente en la superficialidad, pues no se hacen uso de esas herramientas (como, por ejemplo, las partículas subordinativas) que posibilitan la profundización de la cuestión analizada mostrando la complejidad de los diferentes estratos que la componen y las relaciones que se pueden establecer entre ellos. De la misma manera que el discurso propio a la escritura electrónica corre el riesgo de fragmentación en una multiplicidad de elementos inconexos, nos podríamos preguntar si el ensayo filosófico (es decir, el modo más extendido de expresión de las ideas filosóficas) podría verse también afectado por esta tendencia a la fragmentación. Es un hecho la tendencia dominante hacia un acortamiento de la extensión del texto filosófico. Cada vez es menos frecuente la aparición de libros de filosofía propiamente dichos, es decir, de obras extensas recorridas por una estructura interna. El ensayo filosófico adopta cada vez más la forma del artículo de una extensión aproximada de entre 10 o 20 páginas. El tamaño de un ensayo no es, en principio, un criterio válido para juzgar acerca del valor de un texto: se pueden decir muchas tonterías en un libro de 500 páginas, y muchas cosas interesantes en un artículo de 10 páginas. Pero se constata cada vez más la tendencia por parte de los filósofos a publicar artículos cortos. En ocasiones, el autor recoge estos artículos que ha ido publicando en diferentes lugares, los reúne, redacta una breve introducción y les da la forma de un libro. Pero, en el fondo, no se trata más que de colocar juntos una serie de artículos redactados independientemente. Podríamos esgrimir muchas razones para explicar este paso gradual del libro al pequeño artículo. Y dichas razones tienen normalmente poco que ver con la actividad estrictamente filosófica y mucho que ver con condicionamientos externos. Uno de estos condicionamientos es la presión a la que el filósofo (normalmente empleado de algún centro de enseñanza) se ve sometido por las instituciones para las que trabaja. Tiene que demostrar que su trabajo es objetivamente productivo, y el criterio que se utiliza para juzgar su productividad es casi exclusivamente cuantitativo: el número de publicaciones. Un filósofo que no publica, no produce a los ojos de la administración; y un filósofo que publica poco es señal de que produce poco. De suerte que si el filósofo quiere obtener reconocimiento se ve en la obligación de publicar; y, claro está, es más fácil (y más rápido) publicar unos cuantos artículos que publicar un único libro. Esta tendencia a la publicación de textos cortos no parece tener mucho que ver con la escritura electrónica. Y así es. No obstante, la publicación filosófica breve encuentra un buen aliado en las nuevas tecnologías. El tamaño del artículo corto es el conveniente
Ontology Studies 8, 2008 303 para la transferencia de archivos en la red. El artículo corto puede circular por Internet con mucha mayor comodidad que un texto de 500 páginas. Si, al navegar por Internet, nos encontramos con un texto de 10 páginas podemos tener la tentación de leerlo o, al menos, de examinarlo rápidamente. No ocurre lo mismo si nos topamos con un texto de 500 páginas. El tradicional tratado filosófico no se ajusta bien a las exigencias de la red; en cambio, el pequeño texto, sí. Una de las características que Echeverría atribuye a la escritura electrónica es la telematización: la facilidad con que se pueden hacer públicos la información y el conocimiento. El filósofo es sabedor de la facilidad con que puede publicar sus textos. Pero también es consciente de que los textos deben adaptarse a las exigencias del medio en que se publican; en este caso, al medio del ciberespacio. Anteriormente aludía a la presión institucional a la que el filósofo se ve sometido y que le empuja a publicar un texto. La escritura electrónica le da la posibilidad de liberarse de esa presión facilitándole la tarea de la publicación. Por tanto, una presión que no es intelectual es la que empuja al filósofo a publicar en un medio en el que, según los expertos en comunicación, domina una “nueva oralidad”. Así, ni el desencadenante del texto ni el destino final del mismo parecen tener una estrecha relación con la filosofía. De la unión de estos dos elementos puede resultar una mezcla explosiva que puede afectar negativamente al texto filosófico. El margen de maniobra puede resultar estrecho y el filósofo puede caer en la tentación de adecuar su texto a las exigencias estilísticas de la Web, pudiendo ser víctima de esa “nueva oralidad” de la que hablaba Ferris. Puede, en efecto, que el filósofo marque el acento en ciertas palabras claves para facilitar su localización, tratando de llamar la atención de los buscadores, es decir, de esas máquinas que “leen” los textos sin saber lo que leen. Puede, pues, que adapte su texto a una lectura mecanizada, y no ya a la lectura de un lector dotado de racionalidad. Puede que intente adaptarse al estilo de las páginas Web, poco apropiado a la discusión racional, tal y como queda puesto de manifiesto en su tendencia a la concisión y, por tanto, a no desarrollar argumentaciones complejas. Puede, en definitiva, que caiga en la tentación de concentrar sus pensamientos en pequeñas píldoras que resulten de fácil y rápida digestión para el internauta-lector, ávido de encontrar con poco esfuerzo claves que le permitan una rápida comprensión de los problemas. Pero el problema es precisamente que los problemas filosóficos no son fácilmente resolubles. Quitar a la filosofía su aspecto problemático equivaldría a arrancarle su propia esencia. 4.- Conclusión: los riesgos de la “nueva oralidad”. El filósofo debe ser consciente del riesgo que corre la disciplina que él practica si se adapta a las exigencias de ese lenguaje que está surgiendo en la Web, en los e-mails o en los chats y que representa, según los expertos en comunicación, el surgimiento de una nueva oralidad incompatible con la escritura tradicional. El filósofo debe ser consciente
Ontology Studies 8, 2008 304 del hecho de que está en contacto con una tecnología que le puede hacer contraer hábitos filosóficamente poco saludables que pongan en peligro su propia continuidad. Con ello no se está sugiriendo que la filosofía deba evitar todo contacto con la escritura electrónica. Esto, además de resultar ya prácticamente imposible, supondría ignorar algunas nuevas posibilidades que se le podrían abrir, por ejemplo las señaladas por autores como Kolb y Boss a propósito del hipertexto2. Si la filosofía respeta la forma y los contenidos que le son propios, no es muy relevante el soporte en que redacte sus textos; como manuscrito, como texto impreso o como texto electrónico. Si se cumplen estas condiciones, la escritura electrónica (el hipertexto) no matará a la escritura tradicional (la filosofía). Pero si la filosofía se pliega a la tendencia dominante (por ejemplo, en la Web) a la fragmentación inconexa y meramente aditiva del discurso, renunciando con ello a la argumentación fruto de un atento y paciente análisis y cayendo en una simplificadora superficialidad, entonces estará cavando su propia tumba. Reducir la argumentación filosófica a fórmulas cada vez más simples y sin conexión entre sí es contribuir a la pereza del pensamiento. Y un pensamiento perezoso es la antítesis de la filosofía. Ong señala que el proceso de la escritura requiere lentitud (Ong 1982, p. 40). Y en esta observación coincide plenamente con un filósofo como Friedrich Nietzsche, de quien podemos leer lo siguiente a propósito de lo que debería ser la escritura: Somos amigos de lo lento mi libro y yo. No en vano se es o se ha sido filólogo. Filólogo quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente. No sólo el hábito, sino también el gusto —un gusto malicioso acaso—, me llevan ahora por ese camino. No escribir más que aquello que pueda desesperar a los hombres que se apresuran. La filología es un arte venerable, que pierde ante todo a sus admiradores que se mantengan retirados, tomarse tiempo, volverse silenciosos y pausados, un arte de orfebrería, un oficio de orífice de la palabra, un arte que pide trabajo sutil y delicado, y en que nada se consigue sin aplicarse con lentitud. Precisamente por eso es hoy más necesaria que nunca; precisamente por eso nos seduce y encanta en medio de esta época de trabajo, es decir, de precipitación, que se consume por acabar rápidamente las cosas. Aquel arte no acierta a acabar fácilmente: enseña a leer bien, es decir, a leer despacio, con profundidad, con intención honda, a puertas abiertas y con ojos y dedos delicados. (Aurora, Prólogo § 5). Si a Nietzsche le parecía que la suya (el texto citado fue escrito en Otoño de 1886) era una 2 Esta cuestión es analizada con más detalle en Galparsoro (2006). David Kolb (1994a; 1994b) y Gilbert Boss (1998; 2004) no se limitan a presentar sus obras en la forma de hipertexto, sino que, además, hacen una interesante reflexión teórica sobre la relación entre la filosofía y el hipertexto, subrayando que la tecnología puede reforzar las capacidades de la propia reflexión filosófica, siempre que sea utilizada como un medio al servicio de ésta y no ya como un fin en sí mismo.
Ontology Studies 8, 2008 305 época de precipitación, pensemos lo que podríamos decir al respecto sobre la época que nos ha tocado vivir. A lo largo de este trabajo he sugerido en algunas ocasiones que esa oralidad que va ganando terreno en algunas formas de escritura electrónica es precisamente un reflejo de la época de precipitación en la que vivimos. Época en la que la serena y pausada reflexión va convirtiéndose cada vez más en un elemento exótico. Así pues, la lentitud, frente a la cada vez más extendida precipitación en la lectura y en la escritura de los textos, se perfila como la condición necesaria para la continuidad de una disciplina tan estrechamente vinculada a la escritura como lo es la filosofía. Si la filosofía cae en la tentación de adoptar esa precipitación de la que hacen gala algunas modalidades de escritura electrónica es muy probable que diga pronto su última palabra. Tomar conciencia de la naturaleza de la amenaza es el primer paso. El siguiente será adoptar las medidas necesarias para defenderse de ella. Referencias bibliográficas: Boss, Gilbert, 1998: Jeux de concepts, Zurich, Grand Midi. Boss, Gilbert, 2004: “La philosophie, le livre et l’ordinateur”, Zurich. http://www.gboss. ca/livreordinateur.htm Echeverría, Javier, 2003: “Las telecomunicaciones, un nuevo espacio para la escritura y publicación electrónica”, Lamusa digital, nº 1. http://www.uclm.es/lamusa/ paginas/monografico/Echeverria.htm Ferris, Sharmila Pixy, 2002: “Writing Electronically: The Effects of Computers on Traditional Writing”, The journal of Electronic Publishing, August, 2002. Volume 8, Issue 1. http://www.press.umich.edu/jep/08-01/ferris.html Galparsoro, José Ignacio, 2006: “Is Electronic Writing a Treath to Philosophy?”, in: Nicanor Ursua & Andreas Metzner-Szigeth (Hg.) Netzbasierte Kommunikation, Identität und Gemeinschaft. Net-based Communication, Identity and Community, Trafo Verlag, Berlin, pp. 101-122. Kolb, David, 1994a: Socrates in the Labyrinth: hypertext, argument, philosophy. Hypertext, available on diskette, Watertown MA: Eastgate Systems. Kolb, David, 1994b: “Socrates in the Labyrinth”, in George Landow, Hyper/Text/Theory, Baltimore & London, John Hopkins UP, pp. 323-344.